El Primer Congreso
constitutivo del PDPR-EPR-TDR es la actividad política más importante realizada
internamente por nuestro agrupamiento revolucionario. Desde fuera, el hecho
podría parecer intrascendente. Desde dentro, constituye un acontecimiento cuya
relevancia política no tiene precedente.
La realización de este evento ha
contribuido a probar la posibilidad y, sobre todo, la necesidad de la democracia
al interior de un partido político-militar, en la lucha por la transformación
revolucionaria de nuestra sociedad. Asimismo, dicho evento contribuye a echar
por tierra la tesis de que era imposible la realización de un Congreso en los
marcos de la clandestinidad y de la lucha armada revolucionaria. Tesis sostenida
y reiterada por más de tres décadas en el anterior proyecto partidario.
Sin temor a equivocarnos, podemos
afirmar que el aislamiento, la sectarización y la falta de desarrollo de un
partido revolucionario reside en su falta de democracia interna. Y por
democracia interna es necesario entender por lo menos dos requerimientos: la
participación activa de toda la militancia en la discusión de todos los asuntos
partidarios y en la elección democrática de sus representantes. Al garantizar
dicha participación se garantiza el desarrollo político de la militancia. Por el
contrario, la ausencia de democracia al interior de un partido inhibe la
iniciativa y la creatividad de la militancia, al tiempo que mediatiza su
conciencia y su voluntad.
Sin democracia interna la conducción
política es asumida por un grupo dirigente que, al concentrar la experiencia
colectiva, termina por considerarse superior a los demás y, por añadidura,
infalible. En tales circunstancias, la cultura providencialista y paternal se
reproduce al interior del partido permeando la práctica política de la
militancia y de la dirigencia. La militancia delega en la dirigencia la parte de
la responsabilidad que le corresponde en la conducción del partido. La
dirigencia, por su parte, sacraliza con tesis dogmatizadas y símbolos
revolucionarios su autoridad política, tornándola incontrovertible. Así, la
distancia que separa a la dirigencia de la militancia, lejos de reducirse, se
incrementa, cerrándose el círculo que impide el desarrollo general del partido.
Pero este problema no se reduce al ámbito partidario, involucra además la
relación del partido con el pueblo. El partido, como depositario del saber y la
verdad, analiza la realidad y decide las alternativas. El pueblo, considerado
políticamente menor de edad, sólo se encarga de seguir dichas alternativas.
No es difícil advertir en esta
descripción algunos de los rasgos que caracterizaron nuestra dinámica interna y
nuestra práctica política en el anterior proceso. Tampoco es difícil advertir
que las deficiencias, errores y limitaciones que trabaron nuestro desarrollo
tuvieron que ver con un modelo de conducción política y de construcción
revolucionaria vertical y autoritario, asumido por la militancia con mayor o
menor disciplina, como resultado de la dirección política y moral reiterativa,
así como de su correspondiente sistema coercitivo. Tampoco es difícil advertir
que dicho modelo es el resultado de la interpretación cientificista y
doctrinaria de la teoría de la revolución y del partido que asumimos como
propia. Interpretación que reprodujo los mismos esquemas de dominación (de una
parte sobre el todo) propios de la sociedad capitalista, lejos de dar lugar a la
construcción de un nuevo poder (o dominación del todo por sí mismo) y de una
relación política verdaderamente revolucionaria dentro de nuestras filas. Por
último, no es difícil advertir el origen de la crisis, de la ruptura y de la
fragmentación del proyecto anterior en sus deficiencias, errores y limitaciones,
así como en los esfuerzos por superar todo esto, desde valoraciones éticas,
políticas y estratégicas distintas e incluso contrapuestas.
En este contexto, la importancia
política adquirida por nuestro Primer Congreso constitutivo reside,
fundamentalmente, en que constituye un precedente histórico y, al mismo tiempo,
el primer paso dado en firme hacia la reactivación de la iniciativa y de la
creatividad de la militancia, hacia el desarrollo de su conciencia y la
restitución de su voluntad política, hacia la construcción de un nuevo poder del
pueblo, con el pueblo y para el pueblo, con base todo ello en el establecimiento
de una nueva relación social, de una nueva moral, de una ética crítica y
libertaria, así como de una ideología verdaderamente revolucionaria.
De ahí la importancia que adquiere
para toda la militancia el estudio de los documentos centrales aprobados por
nuestro Congreso, así como su participación activa y directa en la discusión
política, en el cumplimiento de nuestras tareas y en la evaluación periódica del
trabajo político realizado. De ahí la importancia de impulsar la construcción de
una nueva cultura política al interior de nuestras filas, así como en nuestra
relación con el pueblo, como principal sujeto de la actividad revolucionaria. De
ahí la importancia, finalmente, de honrar los acuerdos políticos establecidos
por medio de nuestro Congreso.
Fraternalmente: el Consejo Político