
Buzón revolucionario
SOBRE LA MORAL.
L
as dificultades
interpuestas por la moral burguesa para entenderla y practicarla como lucha de
clases, provienen del idealismo y de su tesis principal: los valores son eternos
y universales, esto es, están ahí desde siempre y valen para todos en todas
partes.
Frente a
esta posición, el marxismo-leninismo plantea todo lo contrario: no hay valores
eternos y universales sino comportamientos y posiciones frente a la vida y la
muerte según las necesidades productivas y reproductivas. Las primeras exigen
reproducir las relaciones de producción dominadas por un modo de producción y
una clase y, para ello, no sólo es necesario reproducir los medios de producción
sino también las relaciones de producción (carta de Marx a Kugelman, 1868). Esto
se logra por la ideología, ese complejo de ideas, sentimientos, sensaciones,
nociones y modos de vida, mitos y ritos, que orientan la masa de significaciones
habitualmente llamada cultura. Cada nación y cada estado posee una cultura
popular, común a todos, ricos y pobres. Cada ideología de clase y grupo, la
orienta para su beneficio productivo hasta el punto de hacer irreconocibles sus
fines. Tras los llamados a la unidad nacional, tras los discursos patrióticos
oficiales, tras las proclamas humanistas, está la necesidad de convencer de que
todos luchamos por lo mismo y como hermanos.
La posición revolucionaria tiene sus
propias contradicciones además de las del enemigo. Ninguna es clara si el pleito
se da en los límites idealistas y sus consecuencias voluntaristas y
fundamentalistas. En efecto, si frente a las orientaciones religiosas burguesas
se opone otra posición religiosa reductora del marxismo-leninismo a doctrina con
su correspondiente apologética y retórica, las consecuencias prácticas
reproducen un fundamentalismo idealista incapaz de transformar nada ni de
procrear un grupo revolucionario radical. Todo se queda en golpes de pecho,
condenas, fusilamientos por infidencia y en respeto religioso hacia una cúpula
de sacerdotes poseedores de la verdad.
Por tanto, es necesario desplazar no
sin esfuerzos teóricos profundos, el campo de discusión a fin de hacer de la
teoría una práctica transformadora de conceptos, nociones y paradigmas. El
pleito, dice Althuser, no es por las palabras pero es también por ellas. En
lugar de valores, ideología como proceso complejo de reproducción de las
relaciones de producción. Esto no sólo implica descubrir el origen de los
valores, sino su raíz de clase y con ella, sus posibilidades de dominación y su
concreción en estructuras de poder. De este modo, la formación social, oculta
como sociedad de todos y de el Hombre, es transformada en lucha de clases donde
coexisten la ideología dominante, las dominadas y la dirigente según el esquema
de Gramsci importante por la perspectiva revolucionaria que indica que a pesar
de los dominios, es posible ideologías dirigentes por sus planteamientos
sociales e históricos.
En lugar de la ética como indagación
o tratado de los valores y sus consecuencias morales abstractas y
pretendidamente universales, el punto de partida ideológico da lugar a la
crítica de la economía política de las ideologías. Esto concreta un programa de
vinculaciones y articulaciones entre el estado, las instituciones sociales y las
adscripciones de grupos y clases sociales con sus correspondientes
planteamientos históricos. Se actualiza así el programa del marxismo originario
en lucha contra los neohegelianos y sus espiritualismos, su religiosidad, su
individualización de costumbres y comportamientos transformados por obra de la
teoría en paradigmas eternos y universales. Al humanismo abstracto y
universalista burgués se opone así, el humanismo concreto, histórico, el
continente de la historia como lugar por construir en la tierra en lucha contra
el conservadurismo y el dogmatismo atenidos a invocaciones espiritualistas
abstractas y a imposiciones conventuales sectarias, cuya raíz ideológica queda
al descubierto.
Frente a la división disciplinaria
idealista asumida por la burguesía, reproducida en las escuelas y las iglesias,
crece entonces la posición marxista. Metafísica, Lógica, estética, ética,
epistemología, tienden a ser sustituidas por la crítica de la economía política
en ramas de la producción diversas. La teoría resulta así punto de partida de la
práctica y exploración primera del continente de la historia descubierto por
Marx para alcanzar la plenitud humana, la humanidad socializada, la sociedad
humanizada.
No es casual que la última obra de
LuKács construida con sus discípulos de la llamada Escuela de Budapest, haya
sido Ontología del ser social. Se trataba de explicar el sentido profundo de esa
sociedad humanizada, sus posibilidades, sus dificultades, sus recursos. Agnes
Heller emprendió desde entonces la investigación de la vida cotidiana, ese
complejo ideológico donde topan los principios y las leyes generales para
desconstruirse en y por la individualidad. De aquí el encuentro de Heller con
posiciones ideológicas distintas al marxismo, en vez de asumir eso: la
ideologización del marxismo como una necesaria concreción social de él. Esto es
determinante para la vida cotidiana y tiene que ver con el célebre de Sartre en
Cuestiones de método de la Crítica de la razón dialéctica, donde plantea la
incapacidad del marxismo para pasar de las generalidades a las particularidades
individualizadas. De aquí advirtió Sartre el predominio de la totalización sobre
la particularización y de aquí también, el totalitarismo, el de Stalin, habría
que añadir, pero también el de los dirigentes poseedores de la Verdad y la
Razón, de la Ciencia infusa y del Bien, por el sólo hecho de ser dirigentes.
Para enfrentar estos límites
prácticos del marxismo, nada mejor que la lucha de clases en las ideologías,
asumida como práctica constante de crítica de la economía política y de
autocrítica. La emulación resulta así, no un mecanismo de reconocimiento moral,
sino una necesidad económica, política y social de hacer presente y en acto, la
ejemplaridad de los mejores para construir la avanzada necesaria de construcción
del socialismo. El hombre nuevo, que llamara el Che en seguimiento de una
antigua noción cristiana, no es un dechado de virtudes sólo morales, sino lo es
por lo que aporta a la construcción del socialismo en lo concreto, individual y
particular. De estas particularidades se va construyendo el socialismo con el
motor del marxismo concretado en ideología de construcción. Cuando algunos
hablan de metodología de construcción, es esto a lo que intentan referirse, bien
distinto del recetario, las recomendaciones morales y la referencia a una ética
al fin idealista por lo que tiene de abstracta y universalista.
La práctica, es la posición clave
distintiva del marxismo desde los tiempos de las Tesis sobre Feuerbach, su fe en
la fraternidad decretada o no por dirigentes moralistas y en la sociedad civil
donde se concretan ilusorias virtudes independientes de la política, fue desde
entonces rebatida por Marx para deslindar a la burguesía que llega hasta la
sociedad civil como dechado de virtudes tal como la proclamó el EZLN y en
especial Marcos, para explicar su repudio al poder y a la política militante. El
agua sucia es tirada así con todo y el niño que se bañaba. Lucha ideológica de
deslinde constante con la burguesía, construcción constante del hombre nuevo,
emulación como proceso concreto de reconocimiento a los constructores del
socialismo como vida cotidiana y en beneficio de la especie entera como destaca
Marx en sus escritos de 1844, son entonces la respuesta teórica y práctica del
marxismo a la moralina burguesa infiltrada como racionalismo totalitario,
arrogante y destructor de todo compañerismo, aún en las organizaciones
revolucionarias.
(Articulo enviado por un colectivo revolucionario
fraterno)