LENIN
¿Qué hacer?
Problemas
candentes de nuestro movimiento (1)
Editorial
PROGRESO
¡Proletarios de todos los países, uníos!
“…
La lucha interna da al partido fuerzas y vitalidad; la prueba más grande de la
debilidad de un partido es la amorfía y la ausencia de fronteras bien
delimitadas; el partido se fortalece depurándose…”
(De una carta de Lasasalle a Marx, 24 de Junio de
1852.)
Según
el plan inicial del autor, el presente folleto debía consagrarse a desarrollar
minuciosamente las ideas expuestas en el artículo ¿Por dónde empezar? (2) (Iskra
(3), núm. 4, mayo de 1901)*. En primer lugar, debemos disculparnos ante el
lector por haber cumplido con retraso la promesa que hicimos en dicho artículo
(y que repetimos en respuesta a numerosos requerimientos y cartas
particulares). Una de las causas de dicha tardanza ha sido la tentativa, hecha
en junio del año pasado (1901), de unificar todas las organizaciones
socialdemócratas rusas en el extranjero (4). Era natural que esperase los
resultados de esta tentativa que, de haber tenido éxito, tal vez se hubiese
requerido exponer las concepciones de Iskra
en materia de organización desde un punto de vista algo distinto; en todo
caso, este éxito
prometía acabar muy pronto con la existencia de dos corrientes la
socialdemocracia rusa. El lector sabe que el intento fracasó y que, como
procuramos demostrar a continuación, no podía terminar de otro modo después del
nuevo viraje de Rabócheie Dielo (5),
en su número 10, hacia el “economismo”. Ha sido absolutamente necesario
emprender una enérgica lucha contra esta tendencia imprecisa y poco definida,
pero, en ---------------------------------------------
*Véase V.I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 5, págis. 1-13. (N. de la Edit.)
cambio, tanto más persistente y capaz de resurgir en
formas diversas. De acuerdo con ello, ha cambiado y se ha ampliado en grado muy
considerable en plan inicial del folleto.
Debían haber sido su tema principal los tres problemas
planteados en el artículo ¿Por dónde
empezar?, a saber: el carácter y el contenido principal de nuestra
agitación política, nuestras tareas de organización y el plan de crear,
simultáneamente y en distintas partes, una organización combativa de toda
Rusia. Estos problemas interesan desde hace mucho al autor, quien trató ya de
plantarlos en Rabóchaya Gazeta (6)
durante una de las tentativas infructuosas de reanudar su publicación (véase el
cap. V). Dos razones han hecho irrealizable por completo nuestro primer
propósito de circunscribirnos en este folleto al examen de los tres problemas
mencionados y de exponer nuestras ideas, en la medida de lo posible de manera
afirmativa, sin recurrir o casi sin recurrir a la polémica. Por una parte, el
“economismo” ha resultado más vivaz de lo que suponíamos (empleamos la palabra
“economismo” en su sentido amplio, como se explicó en el número 12 de Iskra (diciembre de 1901), en el
artículo Conversación con los defensores
del economismo, que trazó, por decirlo así, un esbozo del folleto* que
ofrecemos a la atención del lector). Ha llegado a ser indudable que las
distintas opiniones sobre el modo de resolver estos tres problemas se explican
mucho más por una oposición radical entre las dos tendencias de la
soicaldemocracia rusa que por divergencias de detalle. Por otra parte, la
perplejidad de los “economistas” al ver que Iskra
sostenía de hecho nuestras concepciones ha evidenciado que hablamos a menudo en
lenguajes literalmente distintos; que, debido a ello, no podemos llegar a ningún acuerdo sin comenzar ab ovo**; que es necesario intentar “explicarnos” sistemáticamente con todos
los “economistas” en la forma más popular posible y basándonos en el
mayor-----------------------------------------------------------------------------
* Véase V.I. Lenin. Obras
Completas, 5ª ed. En ruso, t. 5, págs. 360-367. (N. de la Edit.)
** Ab ovo: desde el principio. (N. de la Edit.)
número posible de ejemplos concretos sobre todos los
puntos cardinales de nuestras discrepancias. Y me he decidido a hacer esta
tentativa de “explicarnos” con plena conciencia de que ello va a aumentar
muchísimo el volumen del folleto y a retardar su aparición; pero no he visto
ninguna otra posibilidad de cumplir la promesa hecha en el artículo ¿Por dónde empezar? Así pues, a las
disculpas por la tardanza he de añadir las excusas por los inmensos defectos
del folleto en lo que a su forma literaria se refiere: he tenido que trabajar con una precipitación extrema y, además,
prestar atención a otras muchas ocupaciones.
El
examen de los tres problemas indicados sigue constituyendo el tema principal
del folleto. Pero he tenido que comenzar por dos problemas de carácter más
general: ¿por qué la consigna de “libertad de crítica”, tan “inocente” y “natural”, es
para nosotros una verdadera llamada al combate?; ¿por qué no podemos llegar a
un acuerdo ni siquiera en el problema fundamental del papel de la
socialdemocracia en relación al movimiento espontáneo de masas? Luego expongo
las opiniones acerca del carácter y el contenido de la agitación política,
exposición que se ha convertido en un esclarecimiento de la diferencia entre la
política tradeunionista y la socialdemócrata, en tanto que la exposición de los
puntos de vista sobre las tareas de organización se ha transformado en un
esclarecimiento de la diferencia entre los métodos primitivos de trabajo, que
satisfacen a los “economistas”, y la organización de revolucionarios, que
consideramos indispensable. Después insisto en el “plan” de un periódico político para toda Rusia,
tanto más que las objeciones hechas contra él carecen de fundamento y que no se
ha dado una respuesta a fondo a la pregunta hecha en ¿Por dónde empezar? De cómo podríamos emprender simultáneamente en
todas partes la formación de la organización que necesitamos. Por último, en la
parte final del folleto espero demostrar que hemos hecho cuanto dependía de
nosotros para prevenir una ruptura decisiva con los “economistas”, ruptura que,
sin embargo, ha resultado inevitable;
que Rabócheie Dielo ha adquirido una
significación particular, y se quiere “histórica”, por haber expresado de la manera más completa y con el
mayor relieve no el “economismo” consecuente, sino más bien la dispersión y las
vacilaciones que han constituido el rasgo distintivo de todo un período de la
historia de la socialdemocracia rusa; que por eso adquiere también
importancia la polémica, demasiado detallada a primera vista, con Rabócheie Dielo, pues no podemos avanzar sin
superar definitivamente este período.
I
a) ¿Qué significa la “libertad de crítica”?
La “libertad de crítica” es hoy, sin
duda, la consigna más en boga, la que más se emplea en las discusiones entre
socialistas y demócratas de todos los países. A primera vista es difícil
imaginarse nada más extraño que esas alusiones solemnes a la libertad de
crítica, hechas por una de las partes contendientes. ¿Es que en el seno de los
partidos avanzados se han levantado voces en contra de la ley constitucional
que garantiza la libertad de ciencia y de investigación científica en la mayoría de los países
europeos? “¡Aquí pasa algo!”, se dirá toda persona ajena a la cuestión que haya
oído la consigna de moda, repetida en todas partes, pero que no haya
profundizado aún en la esencia de las discrepancias. “Esta consigna es, por lo
visto, una de esas palabrejas convencionales que, como los apodos, son
legalizadas por el uso y se convierten casi en nombres comunes”.
En efecto, para nadie es un secreto que en el seno de la
socialdemocracia internacional* contemporánea
se------------------------------------------------------------------
*A propósito. En la historia del socialismo moderno es quizá un hecho único, y extraordinariamente consolador en su género, que una disputa entre distintas tendencias en el seno del socialismo se haya convertido, por vez primera, de nacional e internacional. En otros tiempos, las discusiones entre lassalleanos y eisenacheanos (7), entre guesdistas y posibilistas (8), entre fabianos (9) y socialdemócratas, entre partidarios de Libertad del Pueblo (10) y socialdemócratas (11) eran discusiones puramente nacionales, reflejaban peculiaridades netamente nacionales, se desarrollaban, por decirlo así, en planos distintos. En la actualidad (ahora se ve esto bien claro), los fabianos ingleses, los ministerialistas franceses (12), los bernsteinianos (13) alemanes y los críticos rusos (14) son una sola familia; se elogian mutuamente, aprenden los unos de los otros y cierran filas contra el marxismo “dogmático”. ¿Será en esta primera contienda, realmente internacional, con el oportunismo socialista donde la socialdemocracia revolucionaria internacional se fortalezca los suficiente para acabar con la reacción política que impera en Europa desde hace ya largo tiempo?
han formado dos tendencias cuya lucha ora se reaviva
y levanta llamas ora se calma y consume bajo las cenizas de impresionantes
“resoluciones de armisticio”. En qué consiste la “nueva tendencia, que asume
una actitud “crítica” frente al marxismo “viejo, dogmático”, lo ha dicho Bernstein y lo ha mostrado Millerand con suficiente
claridad.
La
socialdemocracia debe dejar de ser el partido de la revolución social para
transformarse en un partido democrático de reformas sociales. Bernstein ha
apoyado esta reclamación política con toda una batería de “nuevos” argumentos y
razonamientos concertados con bastante
armonía. Se ha negado la posibilidad de basar el socialismo en argumentos
científicos y demostrar que es necesario e inevitable desde el punto de vista
de la concepción materialista de la historia; se ha refutado la miseria
creciente, la proletarización y la exacerbación de las contradicciones
capitalistas; se ha declarado carente de fundamento el concepto mismo de “objetivo final” y rechazado de plano la
idea de la dictadura del proletariado; se ha denegado que haya oposición de
principios entre el liberalismo y el socialismo, se ha rebatido la teoría de la
lucha de clases, afirmando que es
inaplicable a una sociedad estrictamente democrática, gobernada conforme a la
voluntad de la mayoría, etc.
Así
pues, la exigencia de que la socialdemocracia revolucionaria dé un viraje
decisivo hacia el socialreformismo burgués ha ido acompañada de un viraje no
menos decisivo hacia la crítica burguesa de todas las ideas fundamentales del
marxismo. Y como esta última crítica del marxismo se venía haciendo ya mucho
tiempo, utilizando para ello la tribuna política, las cátedras universitarias,
numerosos folletos y gran cantidad de tratados científicos; como toda la nueva
generación de las clases instruidas ha sido educada sistemáticamente durante
decenios en esta crítica, no es de extrañar que la “nueva” tendencia “crítica”
haya salido de golpe con acabada perfección en el seno de la socialdemocracia,
como Minerva de la cabeza de Júpiter (15). Por su fondo, esta tendencia no ha
tenido que desarrollarse ni formarse: ha sido transplantada directamente de las
publicaciones burguesas a las publicaciones socialistas.
Prosigamos.
Por si la crítica teórica de Bernstein y sus anhelos políticos estaban aún poco
claros para ciertas personas, los franceses se han cuidado de demostrar
palmariamente lo que es el “nuevo método”. Francia se ha hecho una vez más
acreedora de su vieja reputación de “país en el que las luchas históricas de
clase se han llevado siempre a su término decisivo más que en ningún otro
sitio” (Engels, fragmento del prólogo a la obra de Marx Der 18 Brumaire) (16). En lugar de teorizar, los socialistas
franceses han puesto manos a la obra; las condiciones políticas de Francia, más
desarrolladas en el aspecto democrático, les han permitido pasar sin demora al
“bernsteinianismo práctico” con todas sus consecuencias. Millerand ha dado un
brillante ejemplo de este bernsteinianismo práctico: ¡por algo Bernstein y
Vollmar se han apresurado a defender y ensalzar con tanto celo a Millerand! En
efecto, si la socialdemocracia es, en esencia, ni más ni menos que un partido
de reformas y debe tener el valor de reconocerlo con franqueza, un socialista
no sólo tiene derecho a entrar en un ministerio burgués sino que incluso debe
siempre aspirar a ello. Si la democracia implica, en el fondo, la supresión de
la dominación de las clases, ¿por qué un ministro socialista no ha de cautivar
a todo el mundo burgués con discursos acerca de la colaboración de las clases? ¿Por
qué no ha de seguir en el ministerio, aun después de que los asesinatos de
obreros por gendarmes hayan puesto de manifiesto por centésima y milésima vez
el verdadero carácter de la colaboración democrática de las clases? ¿Por qué no
ha de participar personalmente en la felicitación al zar, al que los
socialistas franceses no dan ahora otro nombre que el de héroe de la horca, del
látigo y de la deportación (“knouteur,
pendeur et déportateur”)? ¡Y a cambio de esta infinita humillación y este
autoenvilecimiento del socialismo ante el mundo entero, a cambio de
pervertir la conciencia socialista de las masas
obreras –única base que pueda asegurarnos el triunfo -, a cambio de todo eso
ofrecer unos rimbombantes proyectos de reformas tan miserables que eran mayores
las que se lograba obtener de los gobiernos burgueses!
Quien
no cierre deliberadamente los ojos debe ver por fuerza que la nueva tendencia
“crítica” surgida en el socialismo no es sino una nueva variedad de oportunismo. Y sin o juzgamos a los
hombre por el brillo del uniforme que se han puesto ellos mismos, ni por el
pomposo sobrenombre que a sí mismos se dan, sino por sus actos y por las ideas
que propagan en realidad, veremos claramente que la “libertad de crítica” es la
libertad de la tendencia oportunista en el seno de la socialdemocracia, la
libertad de hacer de la socialdemocracia un partido demócrata de reformas, la
libertad de introducir en el socialismo ideas burguesas y elementos burgueses.
La
libertad es una gran palabra; pero bajo la bandera de la libertad de industria
se han hecho las guerras más rapaces, y bajo la bandera de la libertad de
trabajo se ha expoliado a los trabajadores. La misma falsedad intrínseca lleva
implícito el empleo actual de la expresión “libertad de crítica”. Personas
verdaderamente convencidas de haber impulsado la ciencia no reclamarían
libertada para las nuevas concepciones al lado de las viejas, sino la
sustitución de estas últimas por las primeras. En cambio, los gritos actuales
de ¡Viva la libertad de crítica! Recuerdan demasiado la fábula del tonel vacío.
Marchamos
en grupo compacto, asidos con fuerza de las manos, por un camino abrupto e
intrincado. Estamos rodeados de enemigos por todas partes, y tenemos que
marchar casi siempre bajo su fuego. Nos hemos unido en virtud de una decisión
adoptada con toda libertad, precisamente para luchar contra los enemigos y no
caer, dando un traspiés, en la contigua charca, cuyos moradores nos reprochan
desde el primer momento el habernos separado en un grupo independiente y
elegido el camino de la lucha y nos el de la conciliación. Y de pronto, algunos
de los nuestros empiezan a gritar: “¡vamos a esa charca!” Y cuando se les pone
en vergüenza, replican: ¡ah, sí, señores, ustedes son libres no sólo de
invitarnos, sino de ir adonde mejor les plazca, incluso a la charca; hasta
creemos que su sitio de verdad se encuentra precisamente en ella, y estamos
dispuestos ayudarles en lo que podamos para que se trasladen ustedes allí! ¿Pero, en ese caso,
suelten nuestras manos, no se agarren a nosotros, ni envilezcan la gran palabra
libertad, porque también nosotros somos “libres” para ir adonde queramos,
libres para luchar no sólo contra la charca, sino incluso contra los que se
desvían hacia ella!
b)
Los nuevos defensores de la
“libertad de crítica”
Precisamente
esta consigna(“libertad de crítica”) ha sido lanzada de manera solemne en los
últimos tiempos por Rabócheie Dielo
(número 19), órganos de la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero
(17). Y no como un postulado teórico, sino como una reivindicación política,
como respuesta ala pregunta de si “es posible la unión de las organizaciones
socialdemócratas rusas que actúan en el extranjero”: “Para una unión sólida es
indispensable la libertad de crítica” (pág. 36).
De
esta declaración se deducen dos conclusiones bien claras: 1) Rabócheie Dielo asume la defensa de la
tendencia oportunista en la socialdemocracia internacional en general; 2) Rabócheie Dielo exige la libertad del
oportunismo en el seno de la socialdemocracia rusa. Examinemos estas
conclusiones.
A Rabócheie Dielo le disgusta, “sobre
todo”, la “tendencia de Iskra y Zariá
(18) a pronosticar la ruptura entre la Montaña
y la Gironda (19) en la socialdemocracia internacional*.
“En general –escribe B. Krichevski, director de Rabócheie Dielo -, las habladurías sobre la Montaña y la Gironda en las filas de la socialdemocracia nos parecen una analogía histórica superficial y extraña en la pluma de un marxista: la Montaña y la Gironda no representaban dos temperamentos o corrientes intelectuales diferentes, como puede parecerles a los historiadores de la ideología, sino distintas clases o sectores: por una parte, la burguesía media; y por otra, la pequeña burguesía y el proletariado. Pero en el movimiento socialista contemporáneo no hay choques de interés de clase; sustenta en su totalidad, en todas (subrayado por B. Kr.) sus variedades, incluidos los más declarados bernsteinianos, la posición de los intereses de clase del proletariado, de su lucha de clase por la liberación política y económica” (pág. 32-33).
¡Atrevida afirmación! ¿No ha oído B. Krichevski hablar del
hecho, observado hace ya tiempo, de que precisamente la amplia participación
del sector de los “académicos” en el
movimiento socialista de los últimos años ha asegurado una difusión tan rápida
del bernsteinianismo? Y lo principal: ¿en qué funda nuestro autor su juicio de
que incluso “los más declarados bernsteinianos” sustentan la posición de la
lucha de clases por la emancipación política y económica del proletariado?
Nadie lo sabe. Esta enérgica defensa de los más declarados bernsteinianos no se
apoya en ningún argumento, en ninguna razón. El autor cree, por lo visto, que
con repetir cuanto dicen de
*La comparación de las dos
tendencias existentes en el proletariado revolucionario (la revolucionaria y la
oportunista) con las dos corrientes de la burguesía revolucionaria del siglo
XVIII (la jacobina –la Montaña – y la gironda) fue hecha en el artículo de
fondo del número 2 de Iskra (febrero
de 1901) escrito por Plejánov. A los demócratas-constitucionalistas (20), los
“sin título” (21) y los mencheviques les gusta mucho, hasta ahora, hablar del
“jacobinismo” en la socialdemocracia rusa. Pero hoy prefieren callar u… olvidar
que Plejánov lanzó por primera vez este concepto contra el ala derecha de la
socialdemocracia. (Nota de Lenin para la edición de 1907. – N. de la Edit.)
sí mismos
los más declarados bernsteinianos huelgan las pruebas de su afirmación. Pero
¿es posible imaginarse algo más “superficial” que este juicio acerca de toda
una tendencia fundado en lo que dicen de sí mismos los representantes de la tal
tendencia? ¿Es posible imaginarse algo más superficial que la “moraleja”
subsiguiente sobre los dos tipos o cauces distintos e incluso diametralmente opuestos
de desarrollo del partido (Rabócheie
Dielo, pag. 34-35)? Los socialdemócratas alemanes, se dice, reconocen la
completa libertad de crítica; pero los franceses no, y precisamente su ejemplo
demuestra todo lo “nociva que es la intolerancia”.
Precisamente
el ejemplo de B. Krichevski –responderemos a eso – demuestra que a veces se
llaman marxistas gentes que ven la historia sólo ¡a lo Ilovaiski” (22). Para
explicar la unidad del Partido Socialista Alemán y la desunión del francés no
hace falta en absoluto escarbar en las peculiaridades de la historia de tal o
cual país, comparar las condiciones del semiabsolutismo militar y el
parlamentarismo republicano, analizar las consecuencias de la Comuna y las de
la Ley de excepción contra los socialistas (23), confrontar la situación
económica y el desarrollo económico, recordar que “el crecimiento sin par de la
socialdemocracia alemana” fue acompañado de una lucha de energía sin igual en
la historia del socialismo, no sólo contra los extravíos teóricos. (Mülberger,
Dühring*, los socialistas de cátedra (26), sino también
-------------------------
*Cuando Engels arremetió contra Dühring, muchos representantes de la socialdemocracia alemana se inclinación por las concepciones de este último y acusaron a Engels, incluso públicamente, en un congreso del partido, de brusquedad, intolerancia, polémica impropia de camaradas, etc. Most y sus compañeros propusieron (en el Congreso de 1877)(24) retirar de Vorvärts (25) los artículos de Engels por “no tener interés para la inmensa mayoría de los lectores2, y Vahlteich declaró que la publicación de estos artículos había perjudicado mucho al partido, que también Dühring había prestado servicios a la socialdemocracia: “debemos aprovecharnos a todos en beneficio del partido, y si los catedráticos discuten, Vorwärts en modo alguno es el lugar adecuado para sostener tales discusiones” (Vorwärts, 1877, número 65, 6 de junio). ¡Como ven, éste es también un ejemplo de defensa de la “libertad de crítica”, y no estaría mal que meditaran en él nuestros críticos legales y oportunistas ilegales, a quienes tanto place invocar el ejemplo de los alemanes!
contra las equivocaciones en el terreno de la
táctica (Lassalle), etc. ¡Todo esto está de más! Los franceses riñen porque son
intolerantes; los alemanes están unidos porque son buenos chicos.
Y
observen que, mediante esta sin par profundidad de pensamiento, se “elimina” un
hecho que rebate por completo la defensa de los bernsteinianos. Sólo la
experiencia histórica puede dar una respuesta definitiva e irrevocable a la
pregunta de si sustentan la posición
de la lucha de clase del proletariado. Por tanto, en este sentido tiene la
máxima importancia precisamente el ejemplo de Francia por tratarse del único
país donde los bernsteinianos han intentado actuar
de manera independiente, con la aprobación calurosa de sus colegas alemanes
(y, en parte, de los oportunistas rusos: véase R. D., núm. 2-3, pág. 83-84). La alusión a la “intolerancia” de los
franceses –además de su significación “histórica” (en sentido “nozdrioviano
“)(27) – no es más que una tentativa de disimular con palabras graves hechos
muy desagradables.
Tampoco
estamos dispuestos, en absoluto, a entregar a los alemanes como regalo a B.
Krichevski y demás copiosos defensores de la “libertad de crítica”. Si se
tolera todavía en las filas del partido alemán “a los más declarados
bernsteinianos”, es sólo por cuanto acatan
la resolución de Hannover (28), que rechazó de plano tanto las “enmiendas” de
Bernstein como la de Lübeck (29), contenedora esta última (pese a toda su
diplomacia) de una clara advertencia a Bernstein. Se puede discutir, desde el
punto de vista de los intereses del partido alemán, si esta diplomacia era
oportuna o no, o si, en tal caso, no valía más un mal ajuste que un buen
pleito; se puede disentir, en suma, de si conviene tal o cual procedimiento de rechazar el
bernsteinianismo; pero lo que no se puede hacer es no ver que el partido alemán
ha rechazo dos veces el
bernsteinianismo. Por tanto, creer que el ejemplo de los alemanes confirma la
tesis de que “los más declarados bernsteinianos sustentan la posición de la
lucha de clase del proletariado por su emancipación política y económica
“significa no comprender en absoluto lo que está pasando delante de todos
nosotros*.
Es
más: como hemos dicho ya, Rab. Dielo
presenta a la socialdemocracia rusa
la reivindicación de “libertad de crítica” y defiende el bernsteinianismo. Por
lo visto, ha tenido que convencerse de que se ha agravida injustamente a
nuestros “críticos” y bernsteinianos. ¿A cuáles en concreto? ¿A quién, dónde y
cuándo? ¿En qué consistió, ni más ni menos, la injusticia? ¡R. Dielo guarda silencio sobre este
punto, no menciona ni una sola vez a ningún crítico o bernsteiniano ruso! Sólo
nos resta hacer una de las dos hipótesis posibles. O bien la parte agraviada injustamente no es otra que el mismo R. Dielo
(así lo confirma el que en ambos artículos de su número 10 se trate sólo de
-------
*Debe advertirse que, al hablar del bernsteinianismo en el partido alemán, R. Dielo se ha limitado siempre a un mero relato de los hechos, “absteniéndose” por completo de calificarlos. Véase, pro ejemplo, el número 2-3, pág. 66, acerca del Congreso de Stuttgart (30); todas las discrepancias se reducen a la “táctica”, sólo se hace constar que la inmensa mayoría es fiel a la anterior táctica revolucionaria. O el número 4-5, pág. 25 y siguientes, que es una simple reptición de los discursos pronunciados en el Congreso de Hannover, acompañado de la resolución de Bebel; la exposición de las concepciones de Bernstein y la crítica de las mismas quedan aplazadas de nuevo (así como en el número 2-3) hasta la publicación de un “artículo especial”. Lo curiosos del caso es que en la pág. 33 del número 4-5 leemos: “… las concepciones expuestas por Bebel cuentan con una inmensa mayoría en el congreso”, y un poco más adelante: “… David ha defendido las opiniones de Bernstein y sus amigos, a pesar de todo (¡sic!), sustentan la posición de la lucha de clases"”.. ¡Esto se escribió en diciembre de 1899; pero en septiembre de 1901 R. Dielo no cree ya, por lo visto, que Bebel tenga razón y repite la opinión de David como suya propia!
agravios inferidos por Zariá e Iskra a R. Dielo). En este caso, ¿cómo explicar
el hecho tan extraño de que R. Dielo,
que siempre ha negado de manera tan obstinada toda solidaridad con ell
Bernsteinianismo, no haya podido defenderse sin hablar en pro de los “más
declarados bernsteinianos” y de la libertad de crítica? O bien han sido agraviadas injustamente unas terceras personas.
Entonces ¿cuáles pueden ser los motivos que impidan mencionarlas?
Vemos,
pues, que R. Dielo sigue jugando al
escondite lo mismo que venía haciendo (y como demostraremos más adelante) desde
que apareció. Además, observen esta primera
aplicación práctica de la decantada “libertad de crítica”. De hecho, esta
libertad se ha reducido en el acto no sólo a la falta de toda crítica, sino a
la falta de todo juicio independiente en general. Ese mismo R. Dielo, que guarda silencio sobre el
bernsteinianismo ruso, como si fuera una enfermedad secreta (según la feliz
expresión de Starovier) (31), ¡propone para curarla copiar lisa y llanamente
la última receta alemana contra la variedad alemana de esta enfermedad! ¡En vez
de libertad de crítica, imitación servil… o, peor aún, simiesca! El idéntico
contenido social y político del oportunismo internacional contemporáneo se
manifiesta en una y otras variantes,
según las peculiaridades nacionales. En este país, un grupo de oportunistas
viene actuando desde hace tiempo bajo una bandera especial; en ése, los
oportunistas han desdeñado, la teoría, siguiendo en la práctica la política de
los radicales socialistas; en aquél, algunos miembros del partido
revolucionario han desertado al campo del oportunismo y pretender alcanzar sus
objetivos no con una lucha franca en defensa de los principios y de la nueva
táctica, sino mediante una corrupción gradual, imperceptible y, valga la
expresión, no punible de su partido; en el de más allá, esos mismos tránsfugas
emplean iguales procedimientos a la sombra de la esclavitud política,
manteniendo una proporción de lo más original entre la actividad “legal” y la
“ilegal”, etc. pero decir que la libertad de crítica y el bernsteinianismo son
una condición para unir a los socialdemócratas rusos, sin haber analizado en qué se manifiesta precisamente el
bernsteinianismo ruso, ni qué frutos
singulares ha dado, es hablar por hablar.
Intentemos,
pues, decir nosotros, aunque sea en pocas palabras, lo que no ha querido
exteriorizar (o quizás ni siquiera ha sabido comprender) R. Dielo.
c)
La crítica en Rusia
La
peculiaridad fundamental de Rusia en el aspecto que examinamos consiste en que
el comienzo mismo del movimiento
obrero espontáneo, por una parte, y del viraje de la opinión pública avanzada
al marxismo, por otra, se distinguió por la unión de elementos a todas luces
heterogéneos bajo una bandera común para combatir a un enemigo común (la
concepción sociopolítica anticuada del mundo). Nos referimos a la luna de miel
del “marxismo legal”. En general fue un fenómeno de extraordinaria originalidad
que nadie hubiera podido siquiera creer posible en la década del ochenta o
primeros años de la siguiente del siglo pasado. En un país autocrático, donde
la prensa estaba sojuzgada por completo, en una época de terrible reacción
política, cuando eran perseguidos los mínimos brotes de descontento político y protesta, se abrió de
pronto camino en las publicaciones visadas
por la censura la teoría del marxismo revolucionario expuesta en un
lenguaje esópico, pero comprensible para todos los “interesados”. El gobierno
se había acostumbrado a considerar peligrosa únicamente la teoría del grupo
(revolucionarios) Libertad del Pueblo, sin ver, como suelo ocurrir, su
evolución interna y regocijándose de toda crítica que fuera contra ella. Pasó
mucho tiempo (mucho según contamos los rusos) hasta que el gobierno se despertó
y hasta que el aparatoso ejército de censores y gendarmes pudo descubrir al
nuevo enemigo y caer sobre él. Mientras tanto, iba apareciendo un libro marxista
tras otro; empezaban a publicarse revistas y periódicos marxistas; todo el
mundo se hacía marxista; se halagaba y lisonjeaba a los marxistas; los editores
estaban entusiasmados de la extraordinaria venta que tenían los libros
marxistas. Se comprende perfectamente que entre los marxistas principiantes
envueltos por esa humareda de éxito hubiera algún que otro “escritor
envanecido”… (32)
Hoy
puede hablarse de ese periodo con calma, como de algo ya pasado. Para nadie es
un secreto que la efímera prosperidad alanzada por el marxismo en la superficie
de nuestras publicaciones fue debida a la alianza de elementos extremistas con
otros muy moderados. En el fondo, estos últimos eran demócratas burgueses, y
esa deducción (confirmada con evidencia por el desarrollo “crítico” posterior
de dichos hombres) no podían menos de hacerla ya ciertas personas en los
tiempos de mantenimiento de la “alianza”*.
Pero
si eso es así, ¿no recae la mayor responsabilidad por la “confusión” ulterior
precisamente en los socialdemócratas revolucionarios, que pactaron esa alianza
con los futuros “críticos”? Esta pregunta, seguida de una respuesta afirmativa,
se oye a veces en boca de gente que enfoca el problema de una manera demasiado
simple. Pero esa gente no tiene la menor razón. Puede temer alianzas
temporales, aunque sea con personas poco seguras, sólo quien desconfía de sí
mismo, y sin esas alianzas no podría existir ningún partido político. Ahora
bine, la unión con los marxistas legales fue una especie de primera alianza
verdaderamente política concertada por la socialdemocracia rusa. Gracias a esta
alianza se ha logrado el triunfo, de asombrosa rapidez, sobre el populismo, así
como la grandiosa difusión de las ideas del marxismo (si bien en forma
vulgarizada). Además, la alianza no fue pactada sin “condición” alguna, ni
mucho menos. Pruebas al canto: la recopilación marxista Datos sobre el
desarrollo económico de Rusia (33), quemada por la censura de 1895. Si el
acuerdo literario con los marxistas
*Aludimos al artículo de K. Tulin contra Struve (véase V.I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. I, pág. 347-534), basado en un informe que tenía por título El reflejo del marxismo en las publicaciones burguesas. Véase el Prólogo. (Nota de Lenin para la edición de 1907 – N. de la Edit.)
legales puede ser comparado con una alianza
política, este libro puede compararse con un pacto político.
La
ruptura no se debió, desde luego, al hecho de que los “aliados” resultaran ser
demócratas burgueses. Por el contrario, los adeptos de semejantes tendencias
son aliados naturales y deseables de la socialdemocracia, siempre que se trate
de las tareas democráticas de esta última, planteadas en primer plano por la
situación actual de Rusia. Mas, para esta alianza, es condición indispensable que
los socialistas tengan plena posibilidad de revelar a la clase obrera la
oposición antagónica existente entre sus intereses y los de la burguesía. Ahora
bien, el bernsteinianismo y la tendencia “crítica”, hacia la cual evolucionó
totalmente la mayoría de los marxistas legales, descartaban esa posibilidad y
corrompían la conciencia socialista, envileciendo el marxismo, predicando la
teoría de la atenuación de las contradicciones sociales, declarando
absurda la idea de la revolución social
y de la dictadura del proletariado, reduciendo el movimiento obrero y la lucha
de clases a un tradeunionismo estrecho y a la lucha “realista” por reformas
pequeñas y graduales. Era exactamente lo mismo que si la democracia burguesa
negara al socialismo el derecho a la independencia, y, por tanto, su derecho
ala existencia; en la práctica, eso significaba tratar de convertir el
incipiente movimiento obrero en un apéndice de los liberales.
En
tales condiciones, como es natural, la ruptura se hizo imprescindible. Pero la
particularidad “original” de Rusia se manifestó en que esa ruptura sólo
significaba que los socialdemócratas se apartaban de las publicaciones
“legales”, más accesibles para todos y muy difundidas. Los “ex marxistas” se
hicieron fuetes, en ellas, colocándose “bajo el signo de la crítica” y
obteniendo casi el monopolio de “demoler” el marxismo”. Los gritos: “¡Contra la
ortodoxia!” y “¡Viva la libertad de crítica!” (repetidos ahora por R. Dielo) se pusieron en el acto muy en
boga. Ni siquiera los censores ni los gendarmes pudieron resistir a esa moda,
como lo prueba la aparición de tres ediciones rusas del libro del famoso
(famoso a Eróstrato) Bernstein (34) o la recomendación por Zubátov (35) de los
libros de Bernstein, del señor Prokopóvich y otros (Iskra, número 10). Los socialdemócrtas tienen planteada ahora una
tarea difícil de por sí y, además, complicada en grado increíble por obstáculos
puramente externos: la tarea de combatir la nueva corriente. Y esta corriente
no se ha limitado al terreno de las publicaciones. El viraje hacia la “crítica”
ha ido acompañado de un movimiento opuesto: la inclinación hacia el
“economismo” por parte de los socialdemócrtas dedicados a la labor práctica.
Podría
servir de tema para un artículo especial esta interesante cuestión: cómo han
surgido y han aumentado el nexo y la interdependencia entre la crítica legal y
el “economismo” ilegal. A nosotros nos basta con señalar aquí la existencia
incuestionable de este nexo. El famoso Credo
ha adquirido tan merecida celebridad precisamente por haber formulado con toda
franqueza ese nexo y haber revelado, sin proponérselo, la tendencia política
fundamental del “economismo”: que los obreros se encarguen de la lucha
económica (más exacto sería decir: de la lucha tradeunionista, pues esta última
comprende también la política específicamente obrera), y que la intelectualidad
marxista se fusione con los liberales para la “lucha” política. La labor
tradeunionista “entre el pueblo” resultó ser la realización de la primera mitad
de dicha tara, y la crítica legal, la realización de la segunda mitad. Esta
declaración fue un arma tan excelente en contra del “economismo” que, si no
hubiese aparecido el Credo, valdría
la pena hacerlo inventado.
El Credo no fue inventado, pero sí
publicado sin el consentimiento y hasta en contra, quizás, d ella voluntad de
sus autores. Al menos, el autor de estas líneas, que participó en sacar a la
luz del día el nuevo “programa”*, tuvo que escuchar lamentos y--
*Se trata de la Protesta de los 17 contra el Credo. El autor de estas líneas participó en la redacción de la protesta (fines de 1899) (36). La protesta fue publicada en el extranjero, junto con el Credo, en la primavera de 1900. Hoy se sabe ya, por el artículo de la señora Kuskova (publicado, creo, en la revista Byloe ) (37), que fue ella la autora del Credo y que entre los “economistas” de entonces que se encontraban en el extranjero desempeñó un papel prominente el señor Prokopóvich. (Nota de Lenin para la edición de 1907. – N. de la Edit.)
reproches porque el resumen de las opiniones de los
oradores se difundió en copias, recibió el mote de Credo y ¡apareció incluso en la prensa junto con la protesta!
Referimos este episodio porque revela un rasgo muy curioso de nuestro
“economismo”: el miedo a la publicidad. Un rasgo precisamente del “economismo”
en general –y no sólo de los autores del Credo
– que se ha manifestado en Rabóchaya
Mysl (38), el adepto más franco y más honrado del “economismo”, en R. Dielo (al indignarse contra la
publicación de documentos “economistas” en el Vademécum (39); en el comité de Kíev, que hace cosa de dos años no
quiso autorizar la publicación de su Professión
de foi (40) junto con la refutación* escrita contra ella, y en muchos,
muchísimos partidarios del “economismo”.
Este
miedo que tienen a la crítica los adeptos de la libertad de crítica no puede
explicarse sólo por astucia (si bien algunas veces las cosas no ocurren,
indudablemente, sin astucia; ¡no es prudente dejar al descubierto ante el
embate del enemigo los brotes, débiles aún, de la nueva tendencia!). no, la
mayoría de los “economistas” desaprueba con absoluta sinceridad (y, por la
propia esencia del “economismo”, tiene que desaprobar) toda clase de
controversias teóricas, disensiones fraccionales, grandes problemas políticos,
proyectos de organizar a revolucionarios, etc. “¡Sería mejor dejar todo eso a
la gente del extranjero!”, me dijo en cierta ocasión un “economista”, bastante
consecuente, expresando con ello la siguiente idea, muy difundida (y también
puramente tradeunionista): lo que a nosotros nos incumbe es el movimiento
obrero, las organizaciones obreras que tenemos aquí, en nuestra localidad, y el
resto no son más----
*Por lo que sabemos, la composición del comité de Kíev ha cambiado desde entonces.
que invenciones de los doctrinarios, “sobrestimación
de la ideología”, como decían los autores de la carta publicada en el número 13
de Iskra, haciendo coro al número 10
de R. Dielo.
Ahora
cabe preguntar: en vista de estas
peculiaridades de la “crítica” rusa y del bernsteinianismo ruso ¿en qué debía
consistir la tarea de los que de hecho, y no sólo de palabra, querían ser
adversarios del oportunismo? Primero, era necesario preocuparse de reanudar la
labor teórica, apenas iniciada en la época del marxismo legal y que había
vuelto a recaer sobre los militantes clandestinos; sin esta labor era imposible
un incremento eficaz del movimiento. Segundo, era preciso emprender una lucha
activa contra la “crítica” legal, que correspondía a fondo los espíritus.
Tercero, había que combatir con energía la dispersión y las vacilaciones en el
movimiento práctico, denunciando y refutando toda tentativa de subestimar,
consciente o inconscientemente, nuestro programa y nuestra táctica.
Es
sabido que R. Dielo no hizo ni lo
primero, ni lo segundo, ni lo tercero;
y más adelante tendremos que aclarar detalladamente esta conocida verdad en sus
más diversos aspectos. Por ahora, sólo queremos mostrar la flagrante
contradicción en que se halla la reivindicación de “libertad de crítica” con las
peculiaridades de nuestra crítica patria y del “economismo” ruso. En efecto,
echen un vistazo al texto de la resolución con que la Unión de Socialdemócratas
Rusos en el Extranjero ha confirmado el punto de vista de R. Dielo:
“En beneficio del ulterior desarrollo ideológico de la socialdemocracia consideramos absolutamente necesaria la libertad de criticar la teoría socialdemócrata, en las publicaciones del partido, es el grado en que dicha crítica no esté en pugna con el carácter clasista y revolucionario de esta teoría” (Dos congresos, pág. 10).
Y se
exponen los motivos: la resolución “coincide en su primera parte con la
resolución del Congreso de Lübeck del partido acerca de Bernstein”… ¡En su
simplicidad, los “aliados” ni siquiera notan qué testimonium paupertais (certificado de pobreza) se firman a sí
mismos con esta manera de copiar! … “Pero…, en su segunda parte, restringe más
la libertad de crítica que el Congreso de Lübeck”.
¿De
modo que la resolución de la Unión está dirigida contra los bernsteinianos
rusos? ¡Porque, de otro modo sería un absurdo completo referirse a Lübeck! Pero
no es cierto que “restrinja la libertad de crítica de un modo estricto”. En su
resolución de Hannover, los alemanes rechazaron punto por punto precisamente las enmiendas que presentó
Bernstein, y en la de Lübeck hicieron una advertencia personal a Bernstein, mencionando su nombre en el texto. En cambio,
nuestros imitados “libres” no hacen la
menor alusión a una sola de las manifestaciones de la “crítica” y del
“economismo” especialmente rusos; si se guarda silencio de esa forma, la mera
alusión al carácter clasista y revolucionario de la teoría deja mucha más
libertad para falsas interpretaciones, sobre todo si la Unión se niega a
calificar de oportunismo “el llamado economismo” (Dos congresos, pág. 8,punto 1). Pero esto lo decimos de pasada. Lo
principal consiste en que la posición de los oportunistas frente a los
socialdemócratas revolucionarios es diametralmente opuesta en Alemania y en
Rusia. En Alemania, los socialdemócratas revolucionarios, como es sabido, están
a favor de mantener lo que existe: el viejo programa y la vieja táctica, que
todo el mundo conoce y que han sido explicado en todos sus detalles a través de
la experiencia de muchos decenios. Los “críticos”, en cambio, quieren
introducir modificaciones; y como estos “críticos” representan una ínfima
minoría, y sus aspiraciones revisionistas son muy tímidas, es fácil comprender
los motivos por los cuales la mayoría se limita a rechazar lisa y llanamente
las “innovaciones”. En Rusia, en cambio, son los críticos y los “economistas”
quienes desean mantener lo que existe: los “críticos” quieren que se siga
considerándolos marxistas y que se les asegure la “libertad de crítica” que
disfrutaban en todos los sentidos (pues, en el fondo, jamás han reconocido
ningún vículo de partido*; además,
entre nosotros no había un órgano de partido reconocido por todos que pudiera
“restringir” la libertad de crítica, aunque sólo fuera por medio de un
consejo); los “economistas” quieren que los revolucionarios reconozcan “la
plenitud de derechos del movimiento en el presente” (R. D., número 10, pág. 25), es decir la “legitimidad” de la
existencia de lo que existe; que los “ideólogos”, no traten de “desviar” el
movimiento del camino “determinado por la acción recíproca entre los elementos
materiales y el medio material” (Carta
en el número 12 de Iskra); que se
considere deseable sostener la lucha “que es posible para los obreros en las
circunstancias presentes”, y se considere posible la lucha “que mantienen
realmente en el momento actual” (Suplemento
especial de “R. Mysl” (41), pág. 14). En cambio, a nosotros, los
socialdemócratas revolucionarios, nos disgusta ese culto a la espontaneidad es
decir, a lo que existe “en el momento actual”; reclamamos que se modifique la
táctica que ha prevalecido durante los últimos años, declaramos que “antes de
unificarse y para unificarse es necesario empezar por deslindar los campos de
un modo resulto y definido”----------------------------------------------------------------------------
*La falta de vínculos claros con el partido y de tradiciones de partido constituye por sí sola una diferencia tan cardinal entre Rusia y Alemania que debería haber puesto en guardia a todo socialista sensato contra cualquier imitación ciega. Pero he aquí una muestra de hasta dónde llega la “libertad de crítica” en Rusia. Un crítico ruso, el señor Bulgákov, hace la siguiente reprimenda al crítico austríaco Hertz: “Pese a toda la independencia de sus conclusiones, Hertz sigue en este punto (acerca de las cooperativas), según parece, demasiado atado por las opiniones de su partido y, al disentir en los detalles, no se decide a desprenderse del principio general” (El capitalismo y la agricultura, t. II, pág. 287). ¡Un súbdito de un Estado esclavizado en el terreno político con una población que el servilismo político y la absoluta incomprensión del honor de partido y de los vínculos de partido tienen corrompida en el 999 por 1000 hace una reprimenda altiva a un ciudadano de un Estado constitucional porque “lo atan demasiado las opiniones del partido”! Lo único que les queda a nuestras organizaciones clandestinas es ponerse a redactar resoluciones sobre la libertad de crítica …
(del anuncio sobre la publicación de Iskra)*. En pocas palabras, los alemanes
se conforman con lo que existe, rechazando las modificaciones; nosotros
reclamamos que se modifique lo existente, rechazando el culto a ello y la
resignación con ello.
¡Precisamente
esta “pequeña” diferencia es la que no han advertido nuestros “libres”
copiadores de resoluciones alemanas!
d)
Engels sobre la importancia
de la lucha teórica
“Dogmatismo,
doctrinarismo”, “anquilosamiento del partido, castigo ineludible por las trabas
impuestas al pensamiento”: tales son los enemigos contra los cuales arremeten
caballerescamente en Rab. Dielo los
paladines de la “libertad de crítica”. Nos alegra mucho que se haya suscitado
esta cuestión, y sólo propondríamos completarla con otra:
¿Y
quiénes serán los árbitros?
Tenemos
a la vista los anuncios de dos publicaciones. Uno es el programa de “Rabócheie Dielo”, órgano de prensa de la Unión de Socialdemócratas Rusos (separata
del núm. 1, de R. D.). El otro, es el Anuncio
sobre la reanudación de las publicaciones del grupo Emancipación del Trabajo
(42). Ambos están fechados en 1899, cuando la “crisis del marxismo” estaba
planteada a la orden del día desde hacía ya mucho tiempo. ¿Y bien? En vano
buscaríamos en el primero de dichos documentos una alusión a este fenómeno y
una exposición definida de la actitud que el nuevo órgano piensa adoptar ante
él. Ni en este programa ni en los suplementos del mismo, aprobados por el III
Congreso de la Unión en 1901 (43) (Dos
congresos, pág. 15-18), se dice una sola palabra de la labor teórica ni de
sus tareas inmediatas en el momento actual.
*Véase V.I. Lenin. Obras completas, 5ª ed. en ruso, t. 4, pág. 358. (N. de la Edit.).
Durante todo este tiempo, la redacción de R. Dielo ha dado de lado los problemas
teóricos, a pesar de que preocupaban a todos los socialdemócratas del mundo
entero.
Por
el contrario, el otro anuncio señala, ante todo, que en los últimos años ha
decaído el interés por la teoría, reclama con insistencia que se preste una
“atención vigilante al aspecto teórico del movimiento revolucionario del
proletariado” y llama a “criticar implacablemente las tendencias bernsteinianas
y otras tendencias antirrevolucionarias” en nuestro movimiento. Los números
aparecidos de Zariá muestran cómo se
ha cumplido este programa.
Vemos,
pues, que las frases altisonantes contra el anquilosamiento de la idea, etc.,
encubren la despreocupación y la impotencia en el desarrollo del pensamiento
teórico. El ejemplo de los socialdemócratas rusos ilustra con particular
evidencia un fenómeno europeo general (señalado también hace ya mucho por los
marxistas alemanes): la famosa libertad de crítica no significa sustituir una
teoría con otra, sino liberarse de toda teoría íntegra y meditada, significa
eclecticismo y falta de principios. Quien conozca por poco que sea el estado
efectivo de nuestro movimiento, verá forzosamente que la vasta difusión del
marxismo, ha ido acompañada de cierto menosprecio del nivel teórico. Son muchas
las personas muy poco preparadas, e incluso sin preparación teórica alguna, que
se han adherido al movimiento por su significación práctica y sus éxitos
prácticos. Este hecho permite juzgar cuán grande es la falta de tacto de R. Dielo al lanzar con aire triunfal la
sentencia de Marx: “cada paso del movimiento efectivo es más importante que una
docena de programas”. Repetir estas palabras en una época de dispersión teórica
es exactamente lo mismo que gritar al paso de un entierro: “¡Ojalá tengáis
siempre uno que llevar!” Además, estas palabras de Marx han sido tomadas de su
carta sobre el Programa de Gotha (44), en la cual censura duramente el eclecticismo en que se incurrió al formular
los principios: si hace falta unirse –escribía Marx a los dirigentes del
partido - , pactad acuerdos para alcanzar los objetivos prácticos del
movimiento, pero no trafiquéis con los principios, no hagáis “concesiones”
teóricas. Tal era el pensamiento de Marx, ¡pero resulta que entre nosotros hay
gente que en nombre de Marx trata de aminorar la importancia de la teoría!
Sin
teoría revolucionaria tampoco puede haber movimiento revolucionario. Jamás se
insistirá bastante sobre esta idea en unos momentos en que a la prédica de moda
del oportunismo se une la afición a las formas más estrechas de la actividad
práctica. Y para la socialdemocracia rusa, la importancia de la teoría es mayor
aún, debido a tres circunstancias que se olvidan con frecuencia. En primer
lugar, nuestro partido sólo empieza a organizarse, sólo comienza a formar su
fisonomía y dista mucho de haber ajustado sus cuentas con las otras tendencias
del pensamiento revolucionario que amenazan con desviar el movimiento del
camino justo. Por el contrario, precisamente los últimos tiempos se han
distinguido (como predijo hace ya mucho Axelrod a los “economistas”) por una
reanimación de las tendencias revolucionarias no socialdemócratas. En estas
condiciones, un error “sin importancia” a primera vista puede tener las más
tristes consecuencias, y sólo gente miope puede considerar inoportunas o
superfluas las discusiones fraccionales y la delimitación rigurosa de los
matices. De la consolidación de tal o cual “matiz” puede depender el porvenir
de la socialdemocracia rusa durante muchísimos años.
En
segundo lugar, el movimiento socialdemócrata es internacional por naturaleza.
Esto no significa únicamente que debamos combatir el chovinismo nacional.
Significa también que el movimiento incipiente en un país joven sólo puede
desarrollarse con éxito a condición de que aplique la experiencia de otros
países. Y para ello no basta conocer simplemente esta experiencia o limitarse a
copiar las últimas resoluciones adoptadas; para ello es necesario saber enfocar
de modo crítico esta experiencia y comprobarla uno mismo. Quienes se imaginen
cuán gigantescos son el crecimiento y la ramificación del movimiento obrero
contemporáneo comprenderán cuántas fuerzas teóricas y cuánta experiencia
política (y revolucionaria) se necesitan para cumplir esta tarea.
En
tercer lugar, ningún otro partido socialista del mundo ha tenido que afrontar
tareas nacionales como las que tiene planteadas la socialdemocracia rusa. Más
adelante deberemos hablar de los deberes de índole política y orgánica que nos
impone esta tarea de liberar a todo el pueblo del yugo de la autocracia. Por el
momento queremos señalar únicamente que sólo
un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de
combatiente de vanguardia. Y para que el lector tenga una idea concreta,
por poco que sea, de lo que esto significa, que recuerde a precursores de la
socialdemocracia rusa como Herzen, Belinski, Chernyshevski y a la brillante
pléyade de revolucionarios de los años 70; que piense en la importancia
universal que está alcanzando ahora la literatura rusa; que … ¡pero basta con
lo dicho!
Aduciremos
las observaciones hechas por Engels en 1874 a la significación de la teoría en
el movimiento socialdemócrata. Engels reconoce tres formas de la gran lucha de la socialdemocracia, y no dos (la política y la económica)
–como es usual entre nosotros -, colocando
también a su lado la lucha teórica. Sus recomendaciones al movimiento
obrero, alemán, ya robustecido en los aspectos práctico y político, son tan
instructivas desde el punto de vista de los problemas y las discusiones
actuales que el lector no nos recriminará, así lo esperamos, por reproducir un
extenso fragmento del prefacio al folleto Der
deutsche Bauernkrieg*, que desde hace ya mucho es una rareza bibliográfica:
“los obreros alemanes tienen dos ventajas esenciales sobre
los obreros del resto de
*Dritter Abdruck. Leipzig, 1875. Verlag der Genossenschaftsbuchdruckerei. (La guerra campesina en Alemania, tercer edición, Leipzig, 1875. Editorial Cooperativa. – N. de la Edit.)
Europa. La primera es que pertenecen al pueblo más
teórico de Europa y han conservado en sí ese sentido teórico, casi
completamente perdido pr las clases llamadas “cultas” de Alemania. Sin la
filosofía alemana que le ha precedido, sobre todo sin la filosofía de Hegel,
jamás se habría creado el socialismo científico alemán, el únioc soiccalismo
científico que ha existido alguna vez. De haber carecido los obreros de sentido
teórico, este socialismo científico nunca hubiera sido, en la medida que lo es
hoy, carne de su carne y sangre de su sangre. Y demuestra cuán inmensa es dicha
ventaja, de un lado, la indiferencia por toda teoría, que es una de las causas
principales de que el movimiento obrero inglés avance con tanta lentitud, a
pesar de la excelente organización de algunos oficios, y de otro, el
desconcierto y la confusión sembrados por el proudhonismo, en su forma
primitiva, entre los franceses y los belgas, y, en la forma caricaturesca que
le ha dado Bakunin, entre los españoles y los italianos.
“La
segunda ventaja consiste en que los alemanes han sido casi los últimos en
incorporarse al movimiento obrero. Así como el socialismo teórico alemán jamás
olvidará que se sostiene sobre los hombros de Saint-Simon, Fourir y Owen –tres
pensadores que, a pesar del carácter fantástico y de todo el utopismo de sus
doctrinas, pertenecen a las mentes más grandes de todos los tiempos, habiéndose
anticipado genialmente a una infinidad de verdades cuya exactitud estamos
demostrando ahora de un modo científico -, así también el movimiento obrero
práctico alemán nunca debe olvidar que se ha desarrollado sobre los hombros del
movimiento inglés y francés, que ha tenido la posibilidad e sacar simplemente
partido de su experiencia costosa, de evitar en el presento los errores que
entonces no había sido posible evitar en la mayoría de los casos. ¿Dónde
estaríamos ahora sin el precedente de las tradeuniones inglesas y de la lucha
política de los obreros franceses, sin ese impulso colosal que ha dado
particularmente la Comuna de París?
“Hay
que hacer justicia a los obreros alemanes pro haber aprovechado con rara
inteligencia las ventajas de su situación. Por primera vez desde que existe el
movimiento obrero, la lucha se desarrolla en forma metódica en sus tres
direcciones concertadas y relacionadas entre sí: teórica, política y
económico-práctica (resistencia a los capitalistas). En este ataque
concéntrico, por decirlo así, reside precisamente la fuerza y la invencibilidad
del movimiento alemán.
“Esta
situación ventajosa, por su parte, y, por otra, las peculiaridades insulares
del movimiento inglés y la represión violenta del francés, hacen que los
obreros alemanes se encuentren ahora a la cabeza de la lucha proletaria. No es
posible pronosticar cuánto tiempo les permitirán los acontecimientos ocupara
este puesto de honor. Pero, mientras lo
sigan ocupando es de esperar que cumplirán como es debido las
obligaciones que les impone. Para esto, tendrán que redoblar sus esfuerzos en
todos los aspectos de la lucha y de la agitación. Sobre todo los jefes deberán
instruirse cada vez más en todas las cuestiones teóricas, desembarazarse cada
vez más de la influencia de la fraseología tradicional, propia de la vieja
concepción del mundo, y tener siempre presente que el socialismo, desde que se
ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal, es decir, que se le estudie.
La conciencia así lograda, y cada vez más lúcida, debe ser difundida entre las
masas obreras con celo cada vez mayor, y se debe cimentar cada vez más
fuertemente la organización del partido, así como la de los sindicatos …
“… Si
los obreros alemanes siguen avanzando de este modo, no es que marcharán al
frente del movimiento –y no le conviene al movimiento que los obreros de una
nación cualquiera marchen al frente del mismo -, sino que ocuparán un puesto de
honor en la línea de combate; y están bien pertrechados para ello si, de pronto
duras pruebas o grandes acontecimientos reclaman de ellos mayor valor, mayor
decisión y energía” (45).
Estas
palabras de Engels resultaron proféticas. Algunos años más tarde, al dictarse
la ley de excepción contra los socialistas, los obreros alemanes se vieron de improviso sometidos a
duras pruebas. Y, en efecto, los obreros alemanes les hicieron frente bien
pertrechados y supieron salir victoriosos de esas pruebas.
Al
proletariado ruso le esperan pruebas inconmensurablemente más duras; tendrá que
luchar contra un monstruo, en comparación con el cual parece un verdadero
pigmeo la ley de excepción en un país constitucional. La historia nos ha
impuesto ahora una tarea inmediata, que es la más revolucionaria de todas las
tareas inmediatas del proletariado de cualquier otro país. El cumplimiento de esta tarea, la demolición del más
poderoso baluarte no sólo de la reacción europea, sino también (podemos decirlo
hoy) de la reacción asiática, convertiría al proletariado ruso en la vanguardia
del proletariado revolucionario internacional. Y tenemos derecho a esperar que
conquistaremos este título de honor, que se merecieron ya nuestros
predecesores, los revolucionarios de
los años 70, si sabemos infundir a nuestro movimiento, mil veces más
vasto y profundo, la misma decisión abnegada y la misma energía que entonces.
II
La
espontaneidad de las masas y la conciencia de la socialdemocracia
Hemos
dicho que es preciso infundir a nuestro pueblo movimiento, muchísimo más vasto
y profundo que el de los años 70, la misma decisión abnegada y la misma energía
que entonces. En efecto, parece que nadie ha puesto en duda hasta ahora que la
fuerza del movimiento contemporáneo reside en el despertar de las masas (y,
principalmente, del proletariado industrial), y su debilidad, en la falta de
conciencia y de espíritu de iniciativa de los dirigentes revolucionarios.
Sin
embargo, en los últimos tiempos se ha hecho un descubrimiento pasmoso que
amenaza con trastrocar todas las opiniones dominantes hasta ahora sobre el
particular. Este descubrimiento ha sido hecho por R. Dielo, el cual, polemizando con Iskra y Zariá, no se ha
limitado a objeciones parciales, sino que ha intentado reducir “el desacuerdo
general” a su raíz más profunda: a “la distinta apreciación de la importancia
comparativa del elemento espontáneo y del elemento “metódico” consciente”. R. Dielo nos acusa de “subestimar la
importancia del elemento objetivo o espontáneo del desarrollo”*. Respondemos a
esto: si la polémica de Iskra y Zariá no hubiera dado ningún otro
resultado que el de llevar a R. Dielo
a descubrir ese “desacuerdo general”, ese solo resultado nos proporcionaría una
gran satisfacción: hasta tal punto es significativa esta tesis, hasta tal punto
ilustra claramente el fondo de las actuales discrepancias teóricas y políticas
entre los socialdemócratas rusos.
Por
eso mismo, la relación entre lo consciente y lo espontáneo ofrece un magno
interés general y debe ser analizado con todo detalle.
a)
Comienzo del ascenso
espontáneo
En el
capítulo anterior hemos destacado el apasionamiento general de la juventud
instruida de Rusia por la teoría del marxismo, a mediados de los años 90. Las
huelgas obreras adquirieron también por aquellos años, después de la famosa
guerra industrial de 1896 en San Petersburgo (46), un carácter general. Su
extensión a toda Rusia patentizaba cuán profundo era el movimiento popular que
volvía a renacer; y puestos a hablar del “elemento espontáneo”, es natural que
precisamente ese movimiento huelguístico deba ser calificado, ante todo, de
espontáneo. Pero hay diferentes clases de espontaneidad. En Rusia hubo ya
huelgas en los años 70 y 60 (y hasta en la primera mitad del siglo XIX),
acompañadas de destrucción “espontánea” de máquinas, etc. comparadas con esos
“motines”, las huelgas de los años 90 pueden incluso llamarse “conscientes”:
tan grande fue el paso adelante que dio el movimiento obrero en aquel período.
Eso nos demuestra que, en el fondo, el “elemento espontáneo” no es sino la forma embrionaria de lo consciente.
Ahora bien, los motines primitivos reflejaban ya un cierto despertar de la
conciencia: los obreros perdían la fe tradicional en la inmutabilidad el orden
de cosas que los oprimía; empezaban… no diré que a comprender, pero sí a sentir
la necesidad de oponer resistencia colectiva y rompían resueltamente con la
sumisión servil a las autoridades. Pero, sin embargo, eso era, más que lucha, una manifestación de
desesperación y de venganza. En las huelgas de los años 90 vemos muchos más
destellos de conciencia: se presentan reivindicaciones concretas, se calcula de
antemano el momento más conveniente, se discuten los casos y ejemplos
conocidos de otros lugares, etc. si
bien es verdad que los motines eran simples levantamientos de gente oprimida,
no lo es menso que las huelgas sistemáticas representaban ya embriones de lucha
de clases, pero embriones nada más. Aquellas huelgas eran en el fondo lucha
tradeunionista, aún no eran lucha socialdemócrata; señalaban el despertar del
antagonismo entre los obreros y los patronos; sin embargo, los obreros no
tenían, ni podían tener, conciencia de la oposición inconciliable entre sus
intereses y todo el régimen político y social contemporáneo, es decir, no
tenían conciencia socialdemócrata. En este sentido, las huelgas de los años 90,
aunque significaban un progreso gigantesco en comparación con los “motines”,
seguían siendo un movimiento netamente espontáneo.
Hemos
dicho que los obreros no podían tener
conciencia socialdemócrata. Esta sólo podía ser traída desde fuera. La historia
de todos los países demuestra que la clase obrera está en condiciones de
elaborar exclusivamente con sus propias fuerzas sólo una conciencia
tradeunionista, es decir, la convicción de que s necesario agruparse en
sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar al gobierno la promulgación de
tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc.*. En cambio, la doctrina
del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas
elaboradas por intelectuales, por hombres instruidos de las clases poseedoras.
Por su posición social, los propios fundadores del socialismo científico
moderno, Marx y Engels, pertenecían la
intelectualidad burguesa. De igual modo, la doctrina teórica de la
socialdemocracia ha surgido en Rusia independiente por completo del crecimiento
espontáneo del movimiento obrero, ha surgido como resultado natural e
ineludible del desarrollo del pensamiento entre los intelectuales
revolucionarios socialistas. Hacia la época de que tratamos es decir, a
mediados de los años 90, esta doctrina no sólo era ya el programa, cristalizado
por completo, del grupo Emancipación del Trabajo, sino que incluso se había
ganado a la mayoría de la juventud revolucionaria de Rusia.
Así
pues, existían tanto el despertar espontáneo de las masas obreras, el despertar
a la vida consciente y a la lucha consciente, como una juventud revolucionaria
que, pertrechada con la teoría socialdemócrata, pugnaba por acercarse a los
obreros. Tiene singular importancia dejar sentado el hecho, olvidado a menudo
(y relativamente poco conocido), de que los primeros socialdemócratas de aquel
período, al ocuparse con ardor de la agitación económica (y teniendo bien
presentes en este sentido las indicaciones realmente útiles del folleto, Acerca
de la agitación, entonces todavía en manuscrito), lejos de considerarla su única
tarea, señalaron también desde el primer momento las más amplias tareas
históricas de la socialdemocracia rusa, en general, y la tarea de dar al traste
con la autocracia, en particular. Por ejemplo, el grupo de socialdemócrtas de
San Petersburgo que fundó la Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase
Obrera (47), redactó ya a fines de 1895 el primer número del periódico ------
*El tradeunionismo en modo alguno descarta toda “política” como se cree a veces. Las tradeuniones han realizado siempre cierta agitación y cierta lucha política (pero no socialdemócrata). En el capítulo siguiente expondremos la diferencia existente entre política tradeunionista y política socialdemócrata.
titulado Rabóchei
Dielo. Completamente preparado para la imprenta, fue recogido por los
gendarmes, al allanar éstos el domicilio de A. A. Vanéiev*, uno de los miembros
del grupo, en la noche del 8 de diciembre de 1895. De modo que el R. Dielo del primer período no tuvo la
suerte de ver la luz. El editorial de aquel número (que quizá alguna revista
como Rússkaya Starina (48) exhume de los Archivos del Departamento de Policía
dentro de unos treinta años) esbozaba las tareas históricas de la clase obrera
de Rusia, colocando en primer plano la conquista de la libertad política. Luego
seguían el artículo ¿En qué piensan nuestros ministros?**, dedicado a la
disolución de los Comités de Primera Enseñanza por la fuerza de la policía, y
diversas informaciones y comentarios de corresponsales no sólo de San
Petersburgo, sino de otras localidades de Rusia (por ejemplo, sobre la matanza
de obreros en la provincia de Yaroslavl)(49). Así pues, si no nos equivocamos,
este “primer ensayo” de los socialdemócratas rusos de los años 90 no era un
periódico de carácter estrechamente local, y mucho menos “económico”; tendía a
unir la lucha huelguística con el movimiento revolucionario contra la
autocracia y lograr que todos los oprimidos por la política del oscurantismo
reaccionario apoyaran a la socialdemocracia. Y cuantos conozcan, por poco que
sea, el estado del movimiento de aquella época, no dudarán que semejante
periódico habría sido acogido con toda simpatía tanto por los obreros de la
capital como por los intelectuales revolucionarios y habría alcanzado la mayor
difusión. El fracaso de esta empresa demostró únicamente que los
socialdemócratas de entonces no estaban en ------
*A.A. Vanéiev falleción en 1899, en Siberia Oriental, a causa de la tuberculosis que contrajo cuando se hallaba incomunicado en prisión preventiva. Por eso hemos tenido a bien publicar los datos que figuran en el texto, cuya autenticidad garantizamos, pues proceden de gente que conocía personalmente a Vanéiev y tenía intimidad con él.
**Véase V.I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 2,
pág. 75-80. (N. de la Edit.)
condiciones de satisfacer la demanda vital del
momento debido a la falta de experiencia revolucionaria y de preparación
práctica. Lo mismo cabe decir de Sankt-Petersburgski
rabochi Listok (50) y, sobre todo, de Rabóchaya
Gazeta y del Manifiesto del
Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, fundado en la primavera de 1898. Se
sobreentiende que no se nos ocurre siquiera imputar esta falta de preparación a
los militares de entonces. Mas, para aprovechar la experiencia del movimiento y
sacar de ella enseñanzas prácticas, hay que comprender hasta el fin las causas
y la significación de tal o cual defecto. Por
eso es de extrema importancia hacer constar que una parte (incluso,
quizá, la mayoría) de los socialdemócratas que actuaron de 1895 a 1898
consideraba posible, con sobrada razón ya entonces, en los albores del
movimiento “espontáneo”, defender el programa y la táctica de combate más
amplios*. La falta de preparación de la mayoría de los revolucionarios,
fenómeno completamente natural, no podía despertar grandes recelos. Dado que el
planteamiento de las tareas era justo y que había energías para repetir los
intentos de cumplirlas, los reveses temporales eran una desgracia a medida. La
experiencia revolucionaria y la habilidad de organización son -----------------
*”Al repudiar la actividad de los socialdemócratas de fines de los años 90, Iskra no tiene en cuenta que entonces faltaban condiciones para toda labor que no fuera la lucha por pequeñas reivindicaciones”, dicen los “economistas” en su Carta a los órganos socialdemócratas rusos (Iskra, núm. 12). Los hechos mencionados en el texto demuestran que esta afirmación sobre la “falta de condiciones” es diametralmente opuesta a la verdad. No sólo a fines, sino incluso a mediados de los años 90 existían de sobra todas las condiciones necesarias para otra labor, además de la lucha por pequeñas reivndicaciones; todas las condiciones, excepto una preparación suficiente de los dirigentes. Y en vez de reconocer con franqueza esta falta de preparación por nuestra parte, por parte de los ideólogos, de los dirigentes, los “economistas2 quieren achacarlo todo a la “falta de condiciones”, a la influencia del medio material, el cual determina un camino del que ningún ideólogo conseguirá apartar el movimiento. ¿Qué es esto sino servilismo ante la espontaneidad, apego de los “ideólogos” a sus propios defectos?
cosas que se adquieren con el tiempo.¡Lo que hace
falta es querer formar en uno mismo las cualidades necesarias! ¡Lo que hace
falta es tener conciencia de los defectos, cosa que en la labor revolucionaria
equivale a más de la mitad de su corrección!
Pero
la desgracia a medias se convirtió en una verdadera desgracia cuando comenzó a
ofuscarse esa conciencia (que era muy vía entre los militantes de los
susodichos grupos), cuando aparecieron hombres, y hasta órganos
socialdemócratas, dispuestos a erigir los defectos en virtudes y que incluso
intentaron argumentar teóricamente su
servilismo y su culto a la espontaneidad. Es hora ya de hacer el balance de
esta tendencia, muy inexactamente definida con la palabra “economismo”, término
demasiado estrecho para expresar su contenido.
b)
El culto a la espontaneidad.
“Rabóchaya Mysl”
Antes
de pasar a las manifestaciones literarias de este culto, señalaremos el
siguiente hecho típico (comunicado en la fuente antes mencionada), que arroja
cierta luz sobre la forma en que surgió y se ahondó en el medio de camaradas
que actuaban en San Petersburgo la divergencia entre las que serían después dos
tendencias de la socialdemocracia rusa. A principios de 1897, A.A. Vanéiev y
algunos de sus camaradas asistieron, antes de ser deportados, a una reunión
privada (51) de “viejos” y “jóvenes” miembros de la Unión de Lucha por la
Emancipación de la Clase Obrera. Se habló principalmente de la organización y,
en particular, del Reglamento de la Caja
Obrera, cuyo texto definitivo fue publicado en el número 9-10 de Listok “Rabótnika” (52) pág. 46). Entre los “viejos” (“decembristas” como
los llamaban entonces en broma los socialdemócratas petersburgueses) y algunos
de los “jóvenes” (que más tarde colaboraron activamente en Rabóchaya Mysl) se manifestó en el acto una divergencia acusada y
se desencadenó una acalorada polémica. Los “jóvenes” defendían las bases
principales del Reglamento tal y como
ha sido publicado. Los “viejos” decían que lo más necesario no era eso, sino
fortalecer la Unión de Lucha transformándola en una organización de
revolucionarios a la que debían subordinarse las distintas cajas obreras, los
círculos de propaganda entre la juventud estudiantil, etc. Por supuesto, los
contrincantes estaban lejos de ver en esta divergencia el comienzo de una
disensión, un desacuerdo; por el contrario, la consideraban esporádica y
casual. Pero este hecho prueba que, también en Rusia, el “economismo” no surgió
ni se difundió sin lucha contra los “viejos” socialdemócratas (cosa que los
“economistas” de hoy olvidan con frecuencia). Y si esta lucha no ha dejado, en
su mayor parte, vestigios “documentales”, se debe únicamente a que la composición de los círculos en funcionamiento
cambiaba con frecuencia, por lo cual las divergencias tampoco ser registraban
en documento alguno.
La
aparición de Rab. Mysl sacó el
“economismo” a la luz del día, pero tampoco lo hizo de golpe. Hay que tener una
idea concreta de las condiciones de trabajo y de la vida efímera de numerosos
círculos rusos (y sólo puede tenerla quien la ha vivido) para comprender cuánto
hubo de casual en el éxito o fracaso de la nueva tendencia en distintas
ciudades, así como del largo período en que ni los partidarios ni los
adversarios de estas ideas “nuevas” pudieron determinar, ni tuvieron
literalmente la menor posibilidad de hacerlo, si era, en efecto, una tendencia
especial o un simple reflejo de la falta de preparación de algunas personas.
Por ejemplo, los primeros números de Rab.
Mysl, tirados en hectógrafo, no llegaron en absoluto a la inmensa mayoría
de los socialdemócratas. Y si ahora podemos referirnos al editorial de su
primer número es sólo gracias a su reproducción en el artículo de V. I. n º 53
(Listok “Rabótnika”, nú. 9-10, pag.
47 y siguientes), que, como es natural, no dejó de elogiar con fervor (un
fervor insensato) al nuevo periódico, el cual se distinguía tanto de los
periódicos y proyectos de periódicos que hemos mencionado antes*. Este
editorial expresa con tanto relieve todo el espíritu de Rab. Mysl y del “economismo” en general que merece la pena
examinarlo.
Después
de señalar que el brazo con bocamanga azul (54) no podrá detener el desarrollo
del movimiento obrero, el artículo continúa: “… El movimiento obrero debe esa
vitalidad a que el propio obrero toma, por fin, su destino en sus propias
manos, arrancándolo de las manos de los dirigentes”, y más adelante se explana
en detalle esta tesis fundamental. En realidad, la policía arrancó a los
dirigentes (es decir, a los socialdemócratas, a los organizadores de las Unión
de Lucha), puede decirse, de las manos de los obreros**, ¡pero las cosas son
presentadas como si los obreros hubieran luchado contra esos dirigentes y se
hubieran emancipado de su yugo! En vez de exhortar a marchar a volver atrás, a la lucha tradeunionista
exclusiva. Se proclamó que “la base económica del movimiento es velada por el
deseo constantes de no olvidar el ideal político”, que el lema del movimiento
obrero debe ser: “lucha por la situación económica” (¡); o mejor aún: “los
obreros, para los obreros”; se declaró que las cajas de resistencia “valen más
para el movimiento que un centenar de otras organizaciones” (comparen esta
afirmación, hecha en octubre de 1897, con la discusión entre los “decembristas”
y los “jóvenes” a principios de 1897), etc. Frasecitas como, por ejemplo,
*Digamos de paso que este elogio de Rabóchaya Mysl, en noviembre de 1898, cuando el “economismo” se había definido por completo, sobre todo en el extranjero, partía del propio V. I.-n., que muy pronto formó parte del cuerpo de redactores de Rab. Dielo, ¡Y Rab. Dielo todavía continuó negando la existencia de dos tendencias en la socialdemocracia rusa, como la sigue negando hoy!
**El siguiente hecho característico prueba que esta comparación es justa. Después de ser detenidos los “decembristas”, entre los obreros de la carretera de Shlisselburgo se difundió la noticia de que había contribuido a ello el provocador N. N. Mijáilov (un dentista), vinculado a un grupo que estaba en contacto con los “decembristas”. Los obreros se indignaron de tal modo que decidieron matar a Mijáilov.
La de que no debe colocarse en primer plano la “flor
y nata” de los obreros, sino al obrero “medio”, al obrero de la masa; que la
“política sigue siempre dócilmente a la economía”*, etc., etc., se pusieron de
moda y adquirieron una influencia irresistible sobre la masa de la juventud
enrolada en el movimiento, la cual sólo conocía, en la mayoría de los casos,
retazos del marxismo tal y como se exponían en las publicaciones legales..
Esto significaba someter por completo la conciencia a la
espontaneidad; a la espontaneidad de los “socialdemócratas” que repetían las
“ideas del señor V.V. , a la espontaneidad de los obreros que se dejaban llevar
por el argumento de que conseguir aumentos de un kopek por rublo estaba más
cerca y valía más que todo socialismo y toda política; de que debían “luchar,
sabiendo que lo hacían no para imprecisas generaciones futuras, sino para ellos
mismos y para sus hijos” (editorial de núm. 1 de R. Mysl). Las frases de
este tipo han sido siempre el arma favorita de los burgueses de Europa
Occidental que, en su odio al socialismo, se esforzaban (como el
“socialpolítico” alemán Hirsch) por trasplantar el tradeunionismo inglés a su
suelo patrio, diciendo a los obreros que la lucha exclusivamente sindical** es
una lucha para ellos mismos y para sus hijos, y no para imprecisas generaciones
futuras con un impreciso socialismo futuro. Y ahora, “los V.V. de la
socialdemocracia rusa” (55) repiten estas frases burguesas. Importa señalar
aquí tres circunstancias que nos serán de
*Del mismo editorial del primer número de Rabóchaba Mysl. Se puede juzgar po resto de cuál era la preparación teórica de esos “V.V. de la socialdemocracia rusa”, los cuales repetían la burda vulgarización del “materialismo económico”, en tanto que los marxistas hacían en sus publicaciones la guerra al auténtico señor V. V., llamado desde hacía tiempo “maestro en asuntos reaccionarios” por ese mismo modo de concebir la relación entre la política y la economía.
**Los alemanes incluso tienen una palabra especial, Nur-Gewerk-schaftler, para designar a los partidarios de la lucha “exclusivamente sindical”.
gran utilidad para seguir examinando las
divergencias actuales*.
En
primer lugar, el sometimiento de la conciencia a la espontaneidad, antes
mencionado, se produjo también por vía espontánea. Parece un juego de palabras,
pero ¡ay!, es una amarga verdad. Este hecho no fue resultado de una lucha
abierta entre dos concepciones diametralmente opuestas y del triunfo de una
sobre otra, sino que se debió a que los gendarmes “arrancaron” un número cada
vez mayor de revolucionarios “viejos” y a que aparecieron en escena, también en
número cada vez mayor, los “jóvenes” “V. V. de la socialdemocracia rusa”. Todo
el que haya, no ya participado en el movimiento ruso contemporáneo, sino
simplemente respirado sus aires, sabe de sobra que la situación es como
acabamos de describir. Y si, no obstante, insistimos de manera especial en que
el lector se explique del todo este hecho notorio; si, para mayor claridad, por
decirlo así, aducimos datos sobre Rabócheie
Dielo del primer período y sobre las discusiones entre los “viejos” y los
“jóvenes” de principios de 1897 es porque hombres que presumen de “demócratas”
especulan con el hecho de que el gran público (o los jóvenes) lo ignoran. Aún
insistiremos sobre este punto más adelante.
En
segundo lugar, ya en la primera manifestación literaria del “economismo” podemos
observar un fenómeno sumamente original, y peculiar en extremo, que permite
comprender todas las discrepancias existentes entre los socialdemócratas y
contemporáneos. El fenómeno consistente en que los partidarios del “movimiento
puramente obrero”, los admiradores del contacto más estrecho y más “orgánico”
(expresión de Rab. Dielo) con la
lucha proletaria, los adversarios de todos los ------------
*Subrayamos actuales para quienes se encojan farisaicamente de hombros y digan: ¡ahora es fácil demostrar a Rabóchaya Mysl cuando no es más que un arcaísmo! Mutato nomine de te fabula narratur (“cambiando el nombre, la fábula habla de ti”. – N. de la Edit.), contestamos nosotros a esos fariseos contemporáneos cuya completo sumisión servil a las ideas de Rab. Mysl será demostrada más adelante.
Intelectuales no obreros (aunque sean intelectuales
socialistas) se ven obligados a recurrir, para defender su posición, a los
argumentos de los “exclusivamente tradeunionistas” burgueses. Esto nos prueba que R.
Mysl comenzó a llevar a la práctica desde su aparición –y sin darse cuenta
de ello el programa del Credo. Esto
prueba (cosa que R. Dielo en modo
alguno puede comprender) que todo lo que
sea rendir culto a la espontaneidad del movimiento obrero, todo lo que sea
aminorar el papel del “elemento consciente”, el papel de la socialdemocracia, significa –de manera independiente por completo de la voluntad de quien lo hace –
acrecentar la influencia de la ideología burguesa entre los obreros. Cuantos
hablan de “sobrestimación de la ideología”*, de exageración del papel del
elemento consciente**, etc., se
imaginan que el movimiento puramente obrero puede elaborar por sí solo y
elaborará una ideología independiente con tal de que los obreros “arranquen su
destino de manos de los dirigentes”. Pero eso es un craso error. Para completar
lo que acabamos de exponer, añadiremos las siguientes palabras, profundamente
justas e importantes, dichas por C.
Kautsky con motivo del proyecto de nuevo programa del Partido Socialdemócrata
Austríaco***:
“Muchos de nuestros críticos revisionistas consideran que Marx ha afirmado que el desarrollo económico y la lucha de clases, además de crear las condiciones necesarias para la producción socialista, engendran directamente la conciencia (subrayado por C. K.) de su necesidad. Y esos críticos objetan que el país de mayor desarrollo capitalista, Inglaterra, es el que más lejos está de esa conciencia. A juzgar por el proyecto, podría creerse que esta sedicente concepción marxista ortodoxa, refutada de la manera indicada, es compartida por la comisión que redactó el programa austríaco. El proyecto dice: “Cuanto más crece el proletariado con el desarrollo capitalista, tanto más obligado se ve a emprender la lucha contra el
*Carta de los “economistas” en el núm. 12 de Iskra.
***Rabócheie Dielo, núm. 10
***Neue Zeit, 1901-1902, XX, I, núm. 3, pág. 79. El proyecto de la comisión a que se refiere C. Kautsky fue aprobado por el Congreso de Viena (56) (a fines del año pasado) un tanto modificado.
capitalismo y tanto más capacitado está para emprenderla. El proletariado llega a adquirir conciencia” de que el socialismo es posible y necesario. En este orden de ideas, la conciencia socialista aparece como el resultado necesario e inmediato de la lucha de clase del proletariado. Eso es falso a todas luces. Por supuesto, el socialismo, como doctrina, tiene sus raíces en las relaciones económicas actuales, exactamente igual que la lucha de clase del proletariado; y lo mismo que esta última, dimana de la lucha contra la pobreza y la miseria de las masas, pobreza y miseria que el capitalismo engendra. Pero el socialismo y la lucha de clases surgen juntos, aunque de premisas diferentes; no se derivan el uno de la otra. La conciencia socialista moderna sólo puede surgir de profundos conocimientos científicos. En efecto, la ciencia económica contemporánea es premisa de la producción socialista en el mismo grado que, pongamos por caso, la técnica moderna; y el proletariado, por mucho que lo desee, no puede crear ni la una ni la otra; de la ciencia no es el proletariado, sino la intelectualidad burguesa (subrayado por C. K.): es del cerebro de algunos miembros de este sector de donde ha surgido el socialismo moderno, y han sido ellos quienes lo han transmitido a los proletarios destacados por su desarrollo intelectual, los cuales lo introducen luego en la lucha de clase del proletariado, allí donde las condiciones lo permiten. De modo que la conciencia socialista es algo introducido desde fuera (von auBen Hineingetragenes) en la lucha de clase del proletariado, y no algo que ha surgido espontáneamente (urwüchsig) dentro de ella. De acuerdo con esto, ya el viejo programa de Heinfeld decía, con toda razón, que es tarea de la socialdemocracia introducir en el proletariado la conciencia (literalmente: llenar al proletariado de ella) de su situación y de su misión. No habría necesidad de hacerlo si esta conciencia derivara automáticamente de la lucha de clases. El nuevo proyecto, en cambio, ha transcrito esta tesis del viejo programa y la ha prendido a la tesis arriba citada. Pero esto ha interrumpido por completo el curso del pensamiento…”
Puesto que ni hablar se puede de una ideología
independiente, elaborada por las propias masas obreras en el curso mismo de su
movimiento*, el problema se plantea----
*Esto no quiere decir, naturalmente, que los obreros no participen en esa elaboración. Pero no participan como obreros, sino como teóricos del socialismo, como los Proudhon y los Weitling; dicho con otras palabras, sólo participan en el momento y en la medida en que logran, en grado mayor o menor, dominar la ciencia de su siglo y hacerla avanzar. Y para que lo logren con mayor frecuencia, es necesario preocuparse lo más posible de elevar el nivel de conciencia de los obreros en general; es necesario que éstos no se encierren en el marco, artificialmente restringido, de las “publicaciones para obreros”, sino que aprendan a asimilar más y más las publicaciones generales. Incluso sería más justo decir, en vez de “no se encierren”, que “no sean encerrados”, pues los obreros leen y quieren leer cuanto se escribe también para los intelectuales, y sólo ciertos intelectuales (de ínfima categoría) creen que “para los obreros” basta relatar lo que ocurre en las fábricas y repetir cosas conocidas desde hace ya mucho tiempo.
solamente así: ideología burguesa o
ideología socialista. No hay término medio (pues la humanidad no ha elaborado
ninguna “tercera” ideología, además, en general, en la sociedad desgarrada por
las contradicciones de clase nunca puede existir una ideología al margen de las
clases ni por encima de las clases). Por eso, todo lo que sea rebajar la ideología socialista, todo lo que sea separarse de ella
significa fortalecer la ideología burguesa. Se habla de espontaneidad. Pero el
desarrollo espontáneo del movimiento
obrero marcha precisamente hacia la subordinación suya a la ideología burguesa,
sigue precisamente el camino trazado en
el programa del Credo, pues el movimiento obrero espontáneo es
tradeunionismo, es Nur-Gewerkschaftlerei,
y el tradeunionismo no es otra cosa que el sojuzgamiento ideológico de los
obreros por la burguesía. De ahí que nuestra tarea, la tarea de la
socialdemocracia, consista en combatir la
espontaneidad, en apartar el movimiento obrero de este afán espontáneo del
tradeunionismo, que tiende a cobijarse bajo el ala de la burguesía, y enrolarlo
bajo el ala de la socialdemocracia revolucionaria. La frase de los autores de
la carta “economista”, publicada en el núm. 12 de Iskra, de que ningún esfuerzo de los ideólogos más inspirados podrá
desviar el movimiento obrero del camino determinado pro la interacción de los
elementos materiales y el medio material equivale
plenamente, pro tanto, a renunciar al
socialismo. Y si esos autores fuesen capaces de pensar en lo que dicen, de
pensar hasta el fin con valentía y coherencia –como debe meditar sus ideas toda
persona que actúa en la palestra literaria y social – no les quedaría más
remedio que “cruzar sobre el pecho vacío los brazos innecesarios” y… y ceder el terreno a los señores Struve y
Prokopóvich, que llevan el movimiento obrero “por la línea de la menor
resistencia”, es decir, por la línea del tradeunionismo burgués, o a los
señores Zubátov, que lo llevan por la línea
de la “ideología” clerical-policíaca.
Recuerden
el ejemplo de Alemania. ¿En qué consistió el mérito histórico de Lassalle ante
el movimiento obrero alemán? En haber
apartado ese movimiento del camino del tradeunionismo progresista y del
cooperativismo, por el cual se
encauzaba espontáneamente (con la
participación benévola de los Scheulze-Delitzsch y sus semejantes). Para
cumplir esta tarea fue necesario algo muy distinto d ela charlatanería sobre la
subestimación del elemento espontáneo, sobre la táctica-proceso, la interacción
de los elementos y del medio, etc. para ello fue necesario desplegar una lucha encarnizada contra la
espontaneidad, y sólo como resultado de esa lucha, que ha durado largos
años, se ha logrado, por ejemplo, que la población obrera de Berlín haya dejado
de ser un puntal del Partido Progresista para convertirse en uno de los mejores
baluartes de la socialdemocracia. Y esta lucha no ha terminado aún, ni mucho
menos (como podrían creer quienes estudian la historia del movimiento alemán en
los escritos de Prokopóvich, y su filosofía, en los de Struve). También hoy
está fraccionada la clase obrera alemana, si es lícita la expresión, en varias
ideologías: una parte de los obreros está agrupada en los sindicatos obreros
católicos y monárquicos; otra, en los sindicatos de Hirsch-Duncker (57),
fundados por los admiradores burgueses del tradeunionismo inglés, y una
tercera, en los sindicatos socialdemócratas. Esta última es incomparable mayor
que las demás, pero la ideología soicaldemócrata ha podido conquistar esta
supremacía y podrá mantenerla sólo en lucha tenaz contra todas las demás
ideologías.
Pero,
preguntará el lector: ¿por qué el movimiento espontáneo, el movimiento por la
línea de la menor resistencia, conduce precisamente al predominio de la
ideología burguesa? Por la sencilla razón de que la ideología burguesa es, por
su origen, mucho más antigua que la ideología socialista, porque su elaboración
es más completa y porque posee medios de difusión incomparablemente mayores*. Y cuanto más joven sea el movimiento
socialista en un país, tanto más enérgica deberá ser, por ello, la lucha contra
toda tentativa de afianzar la ideología no socialista, con tanta mayor decisión
se habrá de prevenir a los obreros contra los malos consejeros que protestan de
“la exageración del elemento consciente”, etc. Los autores de la carta
“economista”, al unísono con R. Dielo,
fulminan la intolerancia, propia del período infantil del movimiento.
Respondemos a eso: sí, nuestro movimiento se encuentra, en efecto, en la
infancia; y para que llegue con mayor rapidez a la edad viril debe contagiarse
precisamente de intolerancia con quienes frenan su desarrollo prosternándose
ante la espontaneidad. ¡Nada hay más ridículo y nocivo que dárselas de viejos
militantes que han pasado hace ya mucho por todos los episodios decisivos de la
lucha!
En
tercer lugar, el primer número de R. Mysl
nos muestra que la denominación de “economismo” (a la cual, por supuesto, no
pensamos renunciar, pues, de uno u otro modo, es un sobrenombre que ha
arraigado ya) no expresa con suficiente exactitud la esencia de la nueva
corriente. Rab. Mysl no niega por
completo la lucha política: en el Reglamento de las cajas, publicado en su
primer número, se habla de la lucha contra el gobierno.
*Se dice a menudo que la clase obrera tiende espontáneamente al socialismo. Esto es justo por completo en el sentido de que la teoría socialista determina, con más profundidad y exactitud que ninguna otra, las causas de las calamidades que padece la clase obrera, debido a lo cual los obreros la asimilan con tanta facilidad, siempre que esta teoría no ceda ante la espontaneidad, siempre que esta teoría supedite a la espontaneidad. Por lo general, esto se sobreentiende, pero Rab. Dielo lo olvida y lo desfigura. La clase obrera tiende al socialismo de manera espontánea; pero la ideología burguesa, la más difundida (y resucitada sin cesar en las formas más diversas), es, sin embargo, la que más se impone espontáneamente a los obreros.
Rabóchaya Mysl entiende sólo que “la
política sigue siempre dócilmente a la economía” (en tanto que Rabócheie Dielo varía esta tesis,
asegurando en su programa que “en Rusia, más que en ningún otro país, la lucha
económica está ligada de modo inseparable
a la lucha política”). Esta tesis de Rabóchaya
Mysl y de Rabócheie Dielo son
falsos desde el comienzo hasta el fin si
entendemos por política la política socialdemócrata. Como hemos visto ya,
es muy frecuente que la lucha económica de los obreros esté ligada (si bien no
de modo inseparable) a la política burguesa, clerical, etc. las tesis de R. Dielo son justas si entendemos por
política la política tradeunionista, es decir, la aspiración común de todos los
obreros de arrancar al Estado tales o cuales medidas contra las calamidades
propias de su situación, pero que no acaban aún con esa situación, o sea, que
no suprimen el sometimiento del trabajo al capital. Esta aspiración es en
verdad común tanto a los tradeunionistas ingleses, enemigos del socialismo,
como a los obreros católicos, a los obreros “zubatovistas”, etc. Hay diferentes
tipos de política. Vemos, pues, que Rab.
Mysl, también en lo que respecta a la lucha política, lejos de negarla,
rinde culto a su espontaneidad, a su
falta de conciencia. Al reconocer plenamente la lucha política que surge en
forma espontánea del propio movimiento obrero (o dicho con más exactitud: los
anhelos y las reivindicaciones políticas de los obreros), renuncia por completo
a elaborar independientemente una política socialdemócrata específica
que corresponda a los objetivos generales del socialismo y a las condiciones
actuales de Rusia. Más adelante demostraremos que Rab. Dielo incurre en el mismo error.
c)
El Grupo de Autoemancipación
(58) y Rabóchei Dielo”
Hemos examinado con tanto detalle el
editorial, poco conocido y casi olvidado hoy, del primer número de Rab. Mysl
porque expresó anntes y con mayor relieve que nadie esa corriente general que
saldría después a la superficie por innumerables arroyelos. V. I-n tenía plena
razón cuando, al elogiar el primer número y el editorial de Rab. Mysl, dijo que
había sido escrito “con fogosidad y vigor” (Listok “Rabótnika”, núm. 9-10, pág.
49). Toda persona de convicciones firmes y que cree decir algo nuevo escribe
“con vigor” y de manera que pone de relieve sus puntos de vista. Sólo quienes están
acostumbrados a nadar entre dos aguas carecen de todo “vigor”; sólo esa gente
es capaz, después de haber elogiado ayer el vigor de Rab. Mysl, de atacar hoy a
sus adversarios porque den muestras de “vigor polémico”.
Sin
detenernos en el Suplemento especial de “Rabóchaya Mysl” (distintos motivos nos obligarán más adelante a referirnos
a esta obra, que expresa con la mayor coherencia las ideas de los
“economistas”), comentaremos sólo brevemente el Llamamiento del Grupo de
Autoemancipación de los Obreros (marzo de 1899, reproducido en Nakanunie (59)
de Londres, núm. 7, julio del mismo año). Los autores de este llamamiento dicen
con toda razón que “la Rusia obrera sólo empieza a despertar, a mirar en torno
suyo y se aferra instintivamente a los medios de lucha que tiene a mano”. Pero
deducen de ahí la misma conclusión falsa que R. Mysl, olvidando que lo
instintivo es precisamente lo incosciente (lo espontáneo), en cuya ayuda deben
acudir los socialistas; que los medios de lucha “que se tienen a mano” serán siempre,
en la sociedad actual, medios tradeunionistas de lucha, y que la primera
ideología “que se tiene a mano” sreá la ideología burguesa (tradeunionista).
Esos autores tampoco “niegan” la política, sino que, siguiendo al señor V. V.,
dicen solamente (¡solamente!) que la política es una superestructura y que, por
ello, “la agitación política debe ser una superstructura de la agitación
en pro de la lucha económica, debe
nacer de ella y seguirla”.
En
cuanto a R. Dielo, comenzó su actiivdad precisamente por la “defensa” de los
“economistas”. Después de haber afirmado con evidente falsedad, ya en su primer
número (pág. 141-142) que “ignoraba a qué camaradas jóvenes se había referido
Axelrod” en su conocido folleto*, al hacer una advertencia a los “economistas”,
R. Dielo tuvo que reconocer, en la
polémica con Axelrod y Plejánov a propósito de esa falsedad, que, “fingiendo no
saber de quién se trataba, quiso defender
de esa acusación injusta a todos los emigrados socialdemócratas más jóvenes”
(Axelrod acusaba de estrechez de miras a los “economistas”) (60). En realidad,
dicha acusación era completamente justa, y R.
Dielo sabía muy bien que se aludía, entre otros, a V. I-n, miembro de su
redacción. Señalaré de paso que en la polémica mencionada, Axelrod tenía completa
razón, y R. Dielo se equivocaba de
medio a medio en la interpretación de mi folleto Las tareas de los socialdemócratas rusos**. Este folleto fue
escrito en 1897, antes de que apareciera Rab.
Mysl, cuando yo consideraba con todo fundamento que la tendencia inicial de
la Unión de Lucha de San Petersburgo, que he definido más arriba, era la
predominante. Y por lo menos hasta mediados de 1898, esa tendencia predominó,
en efecto. Por eso, R. Dielo no tenía
ningún derecho a remitirse, para refutar la existencia y el peligro del
“economismo”, a un folleto que exponía concepciones desplazadas en San Petersburgo en 1897-1898 por las concepciones
“economistas”***.
*En torno a las tareas actuales y la táctica de los socialdemócratas rusos. Ginebra, 1898, Dos cartas a Rabóchaya Gazeta, escritas en 1897.
**Véase V.I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 2, pág. 433-470 (N. de la Edit.)
***Defendiéndose, Rabócheie Dielo completó su primera falsedad (“ignoramos a qué camaradas jóvenes se ha referido P.B. Axelrod”) con una segunda, al escribir en su Respuesta: “Desde que apareció la reseña de Las tareas, entre algunos socialdemócratas rusos han surgido o se han definido con mayor o menor claridad tendencias hacia la unilateralidad económica, que significan un paso atrás en comparación con el estado de nuestro movimiento esbozado en Las tareas” (pág. 9). Esto lo dice la Respuesta publicada en 1900. Pero el primer número de Rabócheie Dielo (con la reseña) apareció en abril de 1899. ¿Es que el “economismo” surgió sólo en 1899? No, en 1899 se oyó por vez primera la voz de protesta de los socialdemócratas rusos contra el “economismo” (la protesta contra el Credo). (Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 4, pág. 163-176. –N. de la Edit.) El “economiso surgió en 1897, como sabe muy bien Rabócheie Dielo, pues, V. I-n elogiaba a Rabóchaya Mysl ya en noviembre de 1898 (Listok “Rabótnika”, núm. 9-10).
Pero R.
Dielo no sólo “defendía” a los “economistas”, sino que él mismo caía
continuamente en sus equivocaciones principales. Esto se debía al modo ambiguo
de interpretar la siguiente tesis de su propio programa: “El movimiento obrero de masas (la cursiva es de R. D.) surgido en
los últimos años es, a juicio nuestro, un fenómeno de la mayor importancia de
la vida rusa y está llamado principalmente a determinar las tareas (la cursiva es nuestra) y el carácter de la
actividad literaria de la Unión”. Es
indiscutible que el movimiento de masas representa un fenómeno de la mayor
importancia. Pero la cuestión estriba en la manera de concebir “cómo determina
las tareas” este movimiento de masas. Puede concebirse de dos maneras: o bien en el sentido del culto a la
espontaneidad de ese movimiento, es decir, reduciendo el papel de la
socialdemocracia al de simple servidor del movimiento obrero como tal (así la
conciben Rab. Mysl, el Grupo de
Autoemancipación y los demás “economistas”); o bien en el sentido de que el movimiento de masas nos plantea nuevas tareas teóricas, políticas y
orgánicas, mucho más complejas que las tareas con que podíamos contentarnos
antes de que apareciera el movimiento de masas. Rab. Dielo tendía y tiende a concebirla precisamente en el primer
sentido, pues no ha dicho nada concreto acerca de las nuevas tareas y ha
razonado todo el tiempo como si el “movimiento de masas” nos eximiera de la necesidad de comprender
con claridad y cumplir las tareas que éste plantea. Será suficiente recordar
que R. Dielo consideraba imposible
señalar al movimiento obrero de masas como primera
tarea el derrocamiento de la autocracia, rebajando esta tarea (en nombre del
movimiento de masas) al nivel de la lucha por reivindicaciones política
inmediatas (Respuestas, pág. 25).
Dejemos
a un lado el artículo La lucha económica y política en el movimiento ruso,
publicado por B. Krichevski, director de Rab.
Dielo, en el núm. 7 –artículo en que se repiten esos mismos errores* -, y
pasemos directamente al número 10 de dicho periódico. Por supuesto, no nos
detendremos a analizar objeciones aisladas de b. Krichevski y Martínov contra Zariá e Iskra. Lo único que os interesa aquí es la posición de principios
que ha adoptado Rabócheie Dielo en su
número 10. No nos detendremos, por ejemplo, a examinar el caso curioso de que R. Dielo vea una “contradicción
flagrante” entre la tesis:
“La socialdemocracia no se ata las manos, no circunscribe
sus actividades a un plano o procedimiento cualesquiera de lucha política
concebidos de antemano: admite
*Por ejemplo, en ese artículo se expone con las siguientes palabras la “teoría de las fases” o teoría de los “tímidos zigzags” en la lucha política: “Las reivindicaciones políticas que, por su carácter, son comunes a toda Rusia, deben, sin embargo durante los primeros tiempos” (¡esto se escribe en agosto de 1900!) “corresponder a la experiencia adquirida por el sector dado (¡sic!) de obreros en la lucha económica. Sólo (¡) tomando como base esta experiencia se puede y se debe iniciar la agitación política”, etc. (pág. 11). En la pág. 4, indignado el autor por las acusaciones de herejía economista, carentes de todo fundamento, según él, exclama con tono patético: “Pero ¿qué socialdemócrata ignora que, según la doctrina de Marx y Engels, los intereses económicos de las distintas clases desempeñan un papel decisivo en la historia y que, por tanto (la cursiva es nuestra), en particular la lucha del proletariado por sus intereses económicos debe tener una importancia primordial para su desarrollo como clases y para su lucha emancipadora?” Este “por tanto” está completamente fuera de lugar. Del hecho de que los intereses económicos desempeñan un papel decisivo en modo alguno se deduce que la lucha económica (=sindical) tenga una importancia primordial, pues los intereses más esenciales y “decisivos” de las clases pueden satisfacerse en general únicamente por medio de transformaciones políticas radicales, en particular, el interés económico fundamental del proletariado sólo puede beneficiarse por medio de una revolución política que sustituya la dictadura de la burguesía con la dictadura del proletariado. B. Krichevski repite el razonamiento de los “V. V. de la socialdemocracia rusa” (la política sigue a la economía, etc.) y de los bernsteinianos de la alemana (por ejemplo, Woltmann alegaba precisamente los mismos argumentos para tratar de demostrar que los obreros, antes de pensar de una revolución política, deben adquirir una “fuerza económica”).
todos los medios de lucha con tal de que
correspondan a las fuerzas efectivas del partido”, etc. (núm. 1 de Iskra)*
y la tesis:
“Sin
no existe una organización fuerte con experiencia de lucha política en
cualquier situación y en cualquier período no se puede ni hablar de un plan
sistemático de actividad, basado en principios firmes y aplicado rigurosamente,
del único plan que merece el nombre de táctica” (núm. 4 de Iskra)**.
Cuando se quiere hablar de táctica, confundir la admisión
en principio de todos los medios de lucha, de todos los planes y procedimientos
con tal de que sirvan para lograr el fin propuesto, con la exigencia de guiarse
en un momento político concreto por
un plan aplicado a rajatabla equivale a confundir que la medicina admite todos
los sistemas terapéuticos con la exigencia de que en el tratamiento de una
enfermedad concreta se siga siempre un sistema determinado. Pero de lo que se
trata, precisamente, es de que Rab. Dielo,
que padece de una enfermedad que hemos llamado culto a la espontaneidad, no
quiere admitir ningún “sistema terapéutico” para curar esta enfermedad. Por eso
ha hecho el notable descubrimiento de que “la táctica-plan está en contradicción
con el espíritu fundamental del marxismo” (núm. 10, pág. 18), de que la táctica
es “un proceso de crecimiento de las
tareas del partido, las cuales crecen junto con éste” (pág. 11; la cursiva
es de R. D.) Esta segunda máxima
tiene todas las probabilidades de hacerse célebre, de convertirse en un
monumento imperecedero a la “tendencia” de Rab.
Dielo. A la pregunta de “¿A dónde ir?, este órgano dirigente responde: El
movimiento es un proceso de cambio de la distancia entre el punto de ------
*Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 4, pág. 376 (N. de la Edit.)
**Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 5, pág. 6-7 (N. de la Edit.)
partida y el punto subsiguiente del movimiento. Esta
incomparable profundidad de pensamiento no sólo es curiosa (si sólo fuera
curiosa no valdría la pena detenerse especialmente en ella), sino que
representa, además, el programa de toda
una tendencia, a saber: el mismo programa que R. M. Expuso (en el Suplemento especial suyo) con las siguientes
palabras: es deseable la lucha que es posible, y es posible la lucha que se
sostiene en un momento dado. Esta es precisamente la tendencia del oportunismo
ilimitado, que se adapta en forma pasiva a la espontaneidad.
“¡La
táctica-plan está en contradicción con el espíritu fundamental del marxismo!”
Eso es una calumnia contra el marxismo, eso equivale a convertirlo en la
caricatura que nos oponían los populistas en su guerra contra nosotros. ¡Eso es
precisamente aminorar la iniciativa y la energía de los militantes conscientes,
mientras que el marxismo, por el contrario, da un impulso gigantesco a la
iniciativa y a la energía de los socialdemócratas, abriendo ante ellos las
perspectivas más vastas, poniendo a su disposición (si podemos expresarnos así)
las fuerzas poderosas de los millones y millones que constituyen la clase
obrera, la cual se alza a la lucha “espontáneamente”! Toda la historia de la
socialdemocracia internacional abunda en planes, propuestos ora por uno, ora
por otro líder político, que demuestran la perspicacia y la justedad de las
concepciones que uno tiene de política y organización o revelan la miopía y los
errores políticos de otro. Cuando Alemania dio uno de los mayores virajes
históricos –la formación del Imperio, la apertura del Reichtag, la concesión
del sufragio universal -, Liebknecht tenía un plan de la política y la acción
en general de la socialdemocracia, y Schweitzer tenía otro. Cuando sobre los
socialistas alemanes cayó la Ley de excepción, Most y Hasselman, dispuestos a exhortar
pura y simplemente a la violencia y al terrorismo, tenían un plan; Höchberg,
Schramm y (en parte) Bernstein tenían otro plan, y empezaron a predicar a los
socialdemócratas que, con su innsensata brusquedad y su revolucionarismo,
habían provocado esa ley y debían ganarse el perdón con unna conducta ejemplar;
tenían un tercer plan quienes prepararon y llevaron a la práctica la
publicación de un órgano de prensa clandestino (61). Al mirar al pasado, muchos
años después de terminar la lucha por la elección del camino y de haber
pronunciado la historia su veredicto sobre el acierto del camino elegido, no es
difícil, claro está, revelar profundidad de pensamiento, proclamando la máxima
de que las tareas del partido crecen con éste. Pero limitarse en un momento de
confusión*, cuando los “críticos” y los “economistas” rusos hacen descender a
la socialdemocracia al nivel del tradeuninismo, y los terroristas propugnan con
empeño la adopción de una “táctica-plan” que repite los viejos errores, a
semejante profundidad de pensamiento significa extenderse a sí mismo un
“certificado de pobreza”. Decir en un momento en que muchos socialdemócratas
rusos padecen precisamente de falta de iniciativa y energía, de falta de
“amplitud en la propaganda, agitación y organización políticas”**, de falta de
“planes” para organizar a mayor escala la labor revolucionaria, decir en un
momento así que “la táctica-plan está en contradicción con el espíritu
fundamental del marxismo” no sólo significa envilecer el marxismo en el sentido
teórico, sino, en la práctica, tirar del
partido hacia atrás.
“El socialdemócrata revolucionario –nos alecciona más adelante R. Dielo – se plantea la única tarea de acelerar con su labor consciente el desarrollo objetivo, y no suprimirlo o sustituirlo con planes subjetivos. Iskra sabe todo esto en teoría. Pero la magna importancia que el marxismo atribuye justamente a la labor revolucionaria consciente la lleva en la práctica, debido a su concepción doctrinaria de la táctica, a aminorar la importancia del elemento objetivo o espontáneo del desarrollo” (pág. 18)
*Ein Jahr der Verwirrung (“Un año de confusión”): así ha titulado Mehring el apartado de su Historia de la socialdemocracia alemana en que describe los titubeos y la indecisión que manifestaron los socialistas en un principio, al elegir la “táctica-plan” que correspondía a las nuevas condiciones.
**Del editorial del núm. 1
de Iskra. (Véase V. I. Lenin. Tareas urgentes de nuestro movimiento. –
N. de la Edit.)
Otra
vez la mayor confusión teórica, digna del señor V. V. y cofradía. Pero
desearíamos preguntar a nuestro filósofo: ¿en qué puede manifestarse la
“aminoración” del desarrollo objetivo por parte de un autor de planes
subjetivos? Evidentemente, en perder de vista que este desarrollo objetivo crea
a afianza, hunde o debilita a estas o las otras clases, sectores y grupos, a
tales o cuales naciones, grupos de naciones, etc., condicionando así una u otra
agrupación política internacional de fuerzas, una u otra posición de los
partidos revolucionarios, etc. pero el pecado de tal autor no consistirá
entonces en aminorar el elemento espontáneo, sino en aminorar, por el
contrario, el elemento consciente,
pues le faltará "“conciencia"” para comprender con acierto el
desarrollo objetivo. Por eso, el mero hecho de hablar de “apreciación de la
importancia relativa” (la cursiva es
de Rabócheie Dielo) de lo espontáneo
y lo consciente revela una falta absoluta de “conciencia”. Si ciertos
“elementos espontáneos del desarrollo” son accesibles en general a la conciencia
humana, su apreciación errónea equivaldrá a “aminorar el elemento concsciente2.
Y si son inaccesibles a la conciencia, no los conocemos ni podemos hablar de
ellos. ¿De qué habla, pues, B. Krichevski? Si considera erróneos los “planes
subjetivos” de Iskra (y él los
declara erróneos), debería probar qué hechos objetivos no son tenidos en cuenta
en esos planes y acusar a Iskra, por
ello, de falta de conciencia, de
"“minoración del elemento consciente"” usando su lenguaje. Pero si,
descontento con los planes subjetivos, no tiene más argumento que el de invocar
la “aminoración del elemento espontáneo” (¡!) lo único que demuestra es que: 1)
en teoría, comprende le marxismo a los Karéiev y a lo Mijailovski,
suficientemente ridiculizados por Béltov (62); 2) en la práctica, se da por
satisfecho en absoluto con los “elementos espontáneos del desarrollo”, que
arrastraron a nuestros marxistas legales al bernteinianismo, y a nuestros
socialdemócratas, al “economismo”, muestra “gran indignación” con quienes han decidido
apartar contra viento y marea a la
socialdemocracia rusa del camino del desarrollo “espontáneo”.
Y más
adelante siguen ya cosas divertidísimas. “De la misma manera que los hombres,
pese a todos los éxitos de las ciencias naturales, seguirán multiplicándose por
el método antediluviano, el nacimiento de un nuevo régimen, pese a todos los
éxitos de las ciencias sociales y el aumento del número de luchadores
conscientes, seguirá siendo asimismo principalmente
resultado de explosiones espontáneas” (pág. 19). De la misma manera que la
sabiduría antediluviana dice que no hace falta mucha inteligencia para tener
hijos, la sabiduría de los “socialistas modernos” (a lo Narciso Tuporílov) (63)
proclama: Cualquiera tendrá inteligencia suficiente para participar en el
nacimiento espontáneo de un nuevo régimen social. Nosotros también creemos que
cualquiera tendrá inteligencia suficiente. Para participar de ese modo, basta dejarse arrastrar por el “economismo”
cuando reina el “economismo”, y por el terrorismo. Así, en la primavera de sete
año, cuando tanto importancia tenía prevenir contra la inclinación al
terrorismo, Rabócheie Dielo estaba
perplejo ante este problema, “nuevo” para él. Y seis meses más tarde, cuando el
problema ha dejado de ser actual, nos ofrece a un mismo tiempo la declaración
de que “creemos que la tarea de la socialdemocracia no puede ni debe consistir
en contrarrestar el auge del espíritu terrorista” (R. D. núm. 10, pág. 23) y la resolución del congreso: “El congreso
considera inoportuno el terrorismo ofensivo sistemático” (Dos congresos, pág. 18). ¡Con qué magnificas claridad e ilación
está dicho! No nos oponemos, pero lo declaramos inoportuno; y lo declaramos de
tal manera, que el terror no sistemático y defensivo no va incluido en la
“resolución”. ¡Es forzoso reconocer que semejante resolución está a cubierto de
todo peligro y queda garantizada por completo contra los errores, como lo está
un hombre que habla por hablar! Y para redactar semejante resolución sólo hacía
falta una cosa: saber mantenerse a la zaga del movimiento. Cuando Iskra se burló de Rab. Dielo por haber declarado que el programa del terrorismo era
nuevo*, R. Dielo, enfadado, acusó a Iskra de tener “la pretensión
verdaderamente increíble, de imponer a la organización del partido la solución
que ha dado a los problemas de táctica hace más de 15 años un grupo de
escritores emigrados” (pág. 24). En efecto ¡qué pretensión y qué exageración
del elemento, consciente: resolver de antemano los problemas en teoría, para
luego convencer de la justedad e esa solución tanto ala organización como al
partido y a las masas!** ¡Otra cosa es repetir simplemente cosas trilladas y,
sin “imponer” nada a nadie, someterse a cada “viraje”, ya sea hacia el
“economismo”, ya sea hacia el terrorismo! Rab.
Dielo llega incluso a generalizar este gran precepto de la sabiduría de la
vida, acusando a Iskra y Zariá de “oponer su programa al
movimiento, como un espíritu que se cierne sobre un caos amorfo” (pág. 29).
Pero ¿en qué consiste el papel de la socialdemocracia sino en ser el “espíritu”
que no sólo se cierne sobre le movimiento espontáneo, sino que eleva a este último al nivel de “su programa”? Porque no ha de consistir en seguir
arrastrándose a la zaga del movimiento, lo que, en el mejor de los casos, sería
inútil para el propio movimiento y, en el peor de los casos, nocivo en extremo.
Pero Rabócheie Dielo no sólo sigue esta “táctica-proceso”, sino que la erige en
principio, de modo que sería más justo, llamar a esta tendencia seguidismo (de
la palabra “seguir a la zaga”) en vez de oportunismo. Y es obligado reconocer
que quienes han decidido firmemente seguir siempre a la zaga del movimiento
están asegurados, en absoluto y para siempre, contra la “aminoración del
elemento espontáneo del desarrollo”.
*Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 5, pág. 7-8 (N. de la Edit.)
**Tampoco debe olvidarse que, al resolver “en teoría” el problema del terrorismo, el grupo Emancipación del Trabajo sintetizó la experiencia del movimiento revolucionario anterior.
Así
pues, hemos podido convencernos de que el error fundamental de la “nueva
tendencia” en la socialdemocracia rusa consiste en rendir culto a la
espontaneidad, en no comprender que la espontaneidad e las masas exige de
nosotros, los socialdemócratas, una elevada conciencia. Cuanto más crece la
lucha espontánea de las masas, cuanto más amplio se hace el movimiento, tanto
mayor, incomparablemente mayor, es el imperativo de elevar con rapidez la
conciencia en la labor teórica, política y orgánica de la socialdemocracia.
La
activación espontánea de las masas en Rusia ha sido (y sigue siendo) tan rápida
que la juventud socialdemócrata ha resultado poco preparada para cumplir estas
tareas gigantescas. Esta falta de preparación es nuestra desgracia común, una
desgracia de todos los
socialdemócratas rusos. La activación de las masas se ha producido y aumentado
de manera continua y sucesiva, y lejos de cesar donde había comenzado, se ha
extendido a nuevas localidades y nuevos sectores de la población (bajo la
influencia del movimiento obrero se ha reanimado la efervescencia entre la
juventud estudiantil, entre los intelectuales en general e incluso entre los
campesinos). Pero los revolucionarios se
han rezagado de la creciente actividad de las masas tanto en sus “teorías”
como en su labor, no han logrado crear una organización permanente que funcione
sin interrupciones y sea capaz de dirigir todo el movimiento.
En el
primer capítulo hemos consignado que R.
Dielo rebaja nuestras tareas teóricas y repite “espontáneamente” el grito
de moda: “libertad de crítica”; quienes lo repiten no han tenido “conciencia”
suficiente para comprender que las posiciones de los “críticos” oportunistas y
las de los revolucionarios en Alemania y en Rusia son diametralmente opuestas.
En
los capítulos siguientes examinaremos cómo se ha manifestado este culto a la espontaneidad en el terreno de las
tareas políticas y en la labor de organización de la socialdemocracia.
III
Política
tradeunionista y política socialdemócrata
Comenzaremos
una vez más haciendo un elogio de Rabócheie
Dielo. En su número 10 publica un artículo de Martínov sobre las
discrepancias con Iskra, titulado Las publicaciones de denuncias y la lucha
proletaria. “No podemos limitarnos a denunciar el estado de cosas que
entorpece su desarrollo (el del partido obrero). Debemos también hacernos eco
de los intereses inmediatos y cotidianos del proletariado” (pág. 63). Así
formula Martínov la esencia de esas discrepancias. “Iskra… es de hecho el órgano de la oposición revolucionaria, que
denuncia el estado de cosas reinante en nuestro país y, principalmente, el
régimen político… Nosotros, en cambio, trabajamos y seguiremos trabajando por
la causa obrera en estrecha conexión orgánica con la lucha proletaria” (ibíd.).
Es forzoso agradecer a Martínov esta fórmula. Adquiere un notable interés
general, porque, en el fondo, no abarca sólo, ni mucho menos, nuestras
discrepancias con R. Dielo: abarca
también, en general, todas las discrepancias existentes entre nosotros y los
“economistas” respecto a la lucha política. Hemos demostrado ya que los
“economistas” no niegan en absoluto la “política”, sino que únicamente se
desvían a cada paso de la concepción socialdemócrata de la política hacia la
concepción tradeunionista. De la misma manera se desvía Martínov, y por eso
estaremos dispuestos a tomarlo por modelo de las aberraciones economistas en
esta cuestión. Trataremos de demostrar que nadie podrá ofenderse con nosotros
por esta elección: ni los autores del Suplemento
especial de “Rabóchaya Mysl”, ni
los autores del Llamamiento del Grupo de Autoemancipación, ni los autores de la
carta “economista” publicada en el núm. 12 de Iskra.
a)
La agitación política y su
restricción por los economistas
Todo
el mundo sabe que la lucha económica* de los obreros rusos alcanzó gran
extensión y se consolidó a la par con la aparición de “publicaciones” de
denuncias económicas (concernientes a las fábricas y los oficios). El contenido
principal de las “octavillas” consistía en denunciar la situación existente en
las fábricas, y entre los obreros se desencadenó pronto una verdadera pasión
por estas denuncias. En cuanto los obreros vieron que los círculos
socialdemócratas querían y podían proporcionarles hojas de nuevo tipo –que les
decían toda la verdad sobre su vida miserable, su trabajo increíblemente penoso
y su situación de parias -, comenzaron a inundarlos, por decirlo así, de cartas
de las fábricas y los talleres. Estas
“publicaciones, de denuncias” causaban inmensa sensación tanto en las fábricas
cuyo estado de cosas fustigaban como en todas las demás a las que llegaban
noticias de los hechos denunciados. Y puesto que las necesidades y las
desgracias de los obreros de distintas empresas y de diferentes oficios tienen
mucho de común, la “verdad sobre la vida obrera” entusiasmaba a todos.
Entre los obreros más atrasados e propagó una verdadera pasión por “ser
publicado”, pasión noble por esta forma embrionaria de guerra contra todo el
sistema social moderno, basado en el pillaje y la opresión. Y las “octavillas”,
en la inmensa mayoría de los casos, eran de hecho una declaración de guerra,
pues la denuncia producía un efecto terriblemente excitante, movía a todos los
obreros a reclamar que se pusiera fin a los escándalos más flagrantes y los
disponía a defender sus reivindicaciones
por medio de huelgas. Los propios fabricantes tuvieron, en fin de
cuentas, que reconocer hasta------
*Advertimos, para evitar equívocos, que en la exposición que sigue entendemos por lucha económica (según el uso arraigado entre nosotros) la “lucha económica práctica” que Engels denominó, en la cita reproducida antes, “resistencia a los capitalistas” y que en los países libres se llama lucha gremial, sindical o tradeunionista.
tal punto la importancia de estas octavillas como
declaración de guerra, que, muy a menudo, ni siquiera querían esperar a que
empezase la guerra. Las denuncias, como ocurre siempre, tenían fuerza por el
mero hecho de su aparición y adquirían el valor de una poderosa presión moral.
Más de una vez bastó con que apareciera una octavilla para que las
reivindicaciones fuesen satisfechas total o parcialmente. En una palabra, las
denuncias económicas (fabriles) han sido y son un resorte importante de la
lucha económica. Y seguirán conservando esta importancia mientras exista el
capitalismo, que origina necesariamente la autodefensa de los obreros. En los
países europeos más adelantados se puede observar, incluso hoy, que las
denuncias de escándalos en alguna “industria de oficio” de un rincón perdido o
en alguna rama del trabajo a domicilio, olvidada de todas, se convierten en
punto de partida para despertar la conciencia de clase, para iniciar la lucha
sindical y la difusión del socialismo*.
Durante
los últimos tiempos, la inmensa mayoría de los socialdemócratas rusos han
estado absorbida casi enteramente por esta labor de organización de las
denuncias de los abusos cometidos en las fábricas. Basta con recordar Rab. Mysl
para ver a qué ---
*En este capítulo hablamos únicamente de la lucha política, de su concepción más amplia o más estrecha. Por eso señalaremos sólo de paso, como un simple hecho curioso, la acusación lanzada por Rab. Dielo contra Iskra de “moderación excesiva” con respecto a la lucha económica (Dos congresos, pág. 27; acusación repetida con machaconería por Martínov en su folleto La socialdemocracia y la clase obrera). Si los señores acusadores midieran por puds o por pliegos de imprenta (como gustan de hacerlo) la sección de Iskra dedicada a la lucha económica durante el año y la compararan con la misma sección de R. Dielo y R. Mysl juntos, verían fácilmente que, incluso en este sentido, están atrasados. Es evidente que el conocer esta sencilla verdad les obliga a recurrir a argumentos que demuestran con claridad su confusión. “Iskra –escriben- , quiéralo o no (¡), tiene (¡) que tomar en consideración las demandas imperiosas de la vida y publicar, por lo menos (¡!), cartas sobre el movimiento obrero” (Dos congresos, pág. 27). ¡Menudo argumento para hacernos trizas!
extremo había llegado esa absorción y cómo se
olvidaba que semejante actividad, por sí
sola, no era aún, en el fondo, socialdemócrata, sino sólo tradeunionista.
En realidad, las denuncias no se referían más que a las relaciones de los
obreros de un oficio determinado con
sus patronos respectivos, y lo único que lograban era que los vendedores de la
fuerza de trabajo aprendieran a vender a mejor precio esta “mercancía” y a
luchar contra los compradores en el terreno de las transacciones puramente
comerciales. Estas denuncias podían convertirse (siempre que las aprovechara en
cierto grado la organización de los revolucionarios) en punto de partida y
elemento integrante de la actividad socialdemócrata, pero podían conducir
también (y, con el culto a la espontaneidad, debían conducir) a la lucha
“exclusivamente sindical” y a un movimiento obrero no socialdemócrata. La
socialdemocracia dirige la lucha de la clase obrera no sólo para conseguir
ventajosas condiciones de venta de la fuerza de trabajo, sino para destruir el
régimen social que obliga a los desposeídos a venderse a los ricos. La
socialdemocracia representa a la clase obrera en sus relaciones no sólo con un
grupo determinado de patronos, sino con todas las clases de la sociedad
contemporánea, con el Estado como fuerza política organizada. Se comprende, por
tanto, que, lejos de poder limitarse a la lucha económica, los socialdemócratas
no pueden ni admitir que la organización de denuncias económicas constituya su
actividad predominante. Debemos emprender una intensa labor de educación
política de la clase obrera, de desarrollo de su conciencia política. Ahora, después del primer embate de Zariá e Iskra contra el “economismo”, “todos están de acuerdo” con eso
(aunque algunos lo están sólo de palabra, como veremos enseguida).
Cabe
preguntar: ¿en qué debe consistir la educación política? ¿Podemos limitarnos a
propagar la idea de que la clase obrera es hostil a la autocracia? Está claro
que no. No basta con explicar la
opresión política de que son objeto los obreros (de la misma manera que era
insuficiente explicarles el
antagonismo entre sus intereses y los de los patronos). Hay que hacer agitación
con motivo de cada hecho concreto de esa opresión (como hemos empezado a
hacerla con motivo de las manifestaciones concretas de opresión económica). Y
puesto que las más diversas clases de la sociedad son víctimas de esta opresión, puesto que se manifiesta
en los más diferentes ámbitos de la vida y de la actividad sindical, cívica,
personal, familiar, religiosa, científica, etc., ¿no es evidente que incumpliríamos nuestra misión de
desarrollar la conciencia política de los obreros si no asumiéramos la tarea de organizar una campaña de denuncias políticas
de la autocracia en todos los aspectos?
Porque para hacer agitación con motivo de las manifestaciones concretas de la
opresión es preciso denunciar esas manifestaciones (lo mismo que arpa hacer
agitación económica era necesario denunciar los abusos cometidos en las
fábricas).
Podría
creerse que esto está claro. Pero aquí precisamente resulta que sólo de palabra
están “todos” de acuerdo con que es necesario desarrollar la conciencia
política en todos su aspectos. Aquí precisamente resulta que Rab. Dielo, por ejemplo, lejos de asumir
la tarea de organizar denuncias políticas en todos los aspectos (o comenzar su
organización), se ha puesto a arrastrar
hacia atrás también a Iskra, que
había iniciado esa labor. Escuchen: “La lucha política de la clase obrera es
sólo” (precisamente no es sólo) “la forma más desarrollada, amplia y eficaz de
la lucha económica” (programa de Rab.
Dielo: véase su número 1, pág. 3).
“En la actualidad, los socialdemócratas tienen planteada la tarea de dar a la
lucha económica misma, en la medida de lo posible, un carácter político”
(Martinóv en el núm. 10, pág. 42). “La lucha económica es el medio que se puede
aplicar con la mayor amplitud para incorporar
a las masas a la lucha política activa” (Resolución del Congreso de la
Unión (64) y “enmiendas”: Dos congresos,
pág. 11 y 17): como ve el lector, Rab.
Dielo está impregnado de todas estas tesis desde su aparición hasta las
últimas “instrucciones a la redacción”, y todas ellas expresan, evidentemente,
un mismo parecer de la agitación y la lucha políticas. Analicen, pues, este
parecer desde el punto de vista de la opinión, dominante entre todos los
“economistas”, de que la agitación política debe seguir a la económica. ¿Será cierto que la lucha económica es, en
general*, “el medio que se puede aplicar con la mayor amplitud” para incorporar
a las masas a la lucha política? Es falso por completo. Medios “que se pueden
aplicar” con no menos “amplitud” para tal “incorporación” son todas y cada una de las manifestaciones de la opresión policíaca y de la
arbitrariedad autocrática, pero en modo alguno sólo las manifestaciones ligadas
a la lucha económica. ¿Por qué los jefes de los zemstvos (65) y los castigos
corporales de los campesinos, las concusiones de los funcionarios y el trato
que da la policía a la “plebe” de las ciudades, la lucha con los hambrientos y
la persecución de los deseos de instrucción y de saber que siente el pueblo, la
exacción de tributos y la persecución de las sectas religiosas, el
adiestramiento de los soldados a baquetazos y el trato cuartelero que se da a
los estudiantes y los intelectuales liberales; por qué todas estas
manifestaciones de opresión y miles de otras análogas, que no tienen relación
directa con la lucha “económica”, han de ser en general medios y motivos “que
se pueden aplicar” con menos
“amplitud” para hacer agitación política, para incorporar a las masas a la
lucha política? Todo lo contrarios: es indudable que, en la suma total de casos
cotidianos en que el obrero (él mismo o sus allegados) está falto de derechos o
sufre de la arbitrariedad y la violencia ,–
*Decimos “en general” porque en Rab. Dielo se trata precisamente de los principios generales y de las tareas generales de todo el partido. Es indudable que en la práctica se dan casos en que la política debe, efectivamente, seguir a la economía; pero sólo “economistas” pueden decir eso en una resolución para toda Rusia. Porque hay también casos en que “desde el comienzo mismo” se puede hacer agitación política “únicamente en el terreno económico”, puede hacer agitación política “únicamente en el terreno económicos”, pese a lo cual Rab. Dielo ha llegado, por fin, a la conclusión de que “no hay ninguna necesidad” de ello (Dos congresos, pág. 11). En el capítulo siguiente probaremos que la táctica de los “políticos” y de los revolucionarios, lejos de desconocer las tareas tradeunionistas de la socialdemocracia, es, por el contrario, la única que asegura su cumplimiento consecuente.
sólo una pequeña minoría son casos de opresión
policíaca en la lucha sindical. ¿Para qué restringir
de antemano la envergadura de la agitación política y declarar que se
“puede aplicar con más amplitud” sólo uno
de los medios, al lado del cual, deben hallarse, para un socialdemócrata, otros
que, hablando en general, “pueden aplicarse” con no menos “amplitud”?
En
tiempos muy, muy remotos (¡hace un año!…), Rab.
Dielo decía: “Las reivindicaciones políticas inmediatas se hacen asequibles
a las masas después de una huelga o, a lo sumo, de varias huelgas”, “en cuanto
el gobierno emplea la policía y la gendarmería” (núm. 7, pág. 15 de agosto de
1900). Ahora, esta teoría oportunista de las fases ha sido ya rechazada por la
Unión, la cual nos hace una concesión al declarar que “no hay ninguna necesidad
de desarrollar desde el comienzo mismo la agitación política exclusivamente
sobre el terreno económico” (Dos
congresos, pág. 11). ¡Por este solo hecho el futuro historiador de la
socialdemocracia rusa verá mejor que por los más largos razonamientos hasta qué
punto han envilecido el socialismo nuestros “economistas”! Pero ¡qué ingenuidad
la de la Unión imaginarse que, a cambio de esta renuncia a una forma de
restricción de la política, podía llevársenos a aceptar otra forma de
restricción! ¿No hubiera sido más lógico decir, también en este caso, que se
debe desarrollar con la mayor amplitud posible la lucha económica, que es preciso
utilizarla siempre para la agitación política, pero que “no hay ninguna
necesidad” de ver en la lucha económica el medio que se puede aplicar con más amplitud para incorporar a las masas
a la lucha política activa?
La
Unión atribuye importancia al hecho de haber sustituido con las palabras “el
medio que se puede aplicar con la mayor
amplitud” la expresión “el mejor medio”, que figura en la resolución
correspondiente del IV Congreso de la Unión Obrera Hebrea (Bund) (66). Nos
veríamos, efectivamente, en un aprieto si tuviésemos que decir cuál de estas dos resoluciones es mejor: a
nuestro juicio, las dos son peores.
Tanto la Unión como el Bund se desvían en este caso (en parte, quizá, hasta
inconscientemente, bajo la influencia de la tradición) hacia una interpretación
economista, tradeunionista, de la política. En el fondo, las cosas no cambian
en nada con que esta interpretación se haga empleando la palabreja “el mejor” o
la expresión, “el que se puede aplicar con la mayor amplitud”. Si la Unión
dijera que “la agitación política sobre el terreno económico” es el medio
aplicado con la mayor amplitud (y no “aplicable”), tendría razón respecto a
acierto período de desarrollo de nuestro movimiento socialdemócrata. Tendría
razón precisamente respecto a los “economistas”, respecto a muchos militantes
prácticos (si no a la mayoría de ellos) de 1898 a 1901, pues esos
prácticos-“economistas” aplicaron, en
efecto, la agitación política (¡en el grado en que, en general, la aplicaban!) casi exclusivamente en el terreno económico.
¡Semejante agitación política era aceptada y hasta recomendada, como hemos
visto, tanto por Rab. Mysl como por
el Grupo de Autoemancipación! Rab. Dielo
debería haber condenado resueltamente
el hecho de que la obra útil de la agitación económica fuera acompañada de una
restricción nociva de la lucha política; pero, en vez de hacer eso, declara que
¡el medio más aplicado (por los “economistas”)
es el medio más aplicable! No es de extrañar que estos hombres, cuando los
tildamos de “economistas”, no encuentren otra salida que ponernos de vuelta y
media, llamándonos “embaucadores”, “desorganizadores”, “nuncios del papa” y
“calumniadores”*; no encuentren otra salida que llorar ante todo el mundo,
diciendo que les hemos inferido una atroz afrenta, y declarar casi bajo
juramento que “ni una sola organización socialdemócrata peca hoy de
“economismo””**. ¡Ah, esos calumniadores,
*Expresiones textuales del folleto Dos congresos, pág. 31,32, 28 y 30.
**Dos congresos, pág. 32.
esos malignos políticos! ¿No habrán inventado
aldrede todo el “economismo” para inferir a la gente, por simple odio a la
humanidad, atroces afrentas?
¿Qué
sentido concreto, real, tiene en labios de Martínov plantear ante la
socialdemocracia la tarea de “dar a la lucha económica misma un carácter
político”? La lucha económica es una lucha colectiva de los obreros contra los
patronos por conseguir ventajosas condiciones de venta de la fuerza del trabajo, por mejorar las condiciones de
trabajo y de vida de los obreros. Esta lucha es, por necesidad, una lucha
sindical, porque las condiciones de trabajo son muy diferentes en los distintos
oficios y, en consecuencia, la lucha orientada a mejorar estas condiciones tiene que sostenerse forzosamente por
oficios (por los sindicatos de Occidente, por asociaciones sindicales de
carácter provisional y por medio de octavillas en Rusia, etc.). Dar a la “lucha
económica misma un carácter político” significa, pues, conquistar esas
reivindicaciones profesionales, ese mejoramiento de las condiciones de trabajo
en los oficios son “medidas legislativas y administrativas” (como se expresa
Martínov en la página siguiente, 43, de su artículo). Y eso es precisamente lo
que hacen y han hecho siempre todos los sindicatos obreros. Repasen la obra de
los esposos Webb, serios eruditos (y “serios” oportunistas), y verán que los
sindicatos obreros ingleses han comprendido y cumplen desde hace ya mucho la
tarea de “dar a la lucha económica mima un carácter político”; luchan desde
hace mucho por el derecho de huelga, por la supresión de todos los obstáculos
jurídicos que se oponen al movimiento cooperativista y sindical, por la
promulgación de leyes de protección de la mujer y del niño, por el mejoramiento
de las condiciones de trabajo mediante una legislación sanitaria y fabril, etc.
¡Así
pues, tras la pomposa frase de “dar a la lucha económica misma un carácter político”, que suena con “terribles” hondura de
pensamiento y espíritu revolucionario, se oculta, en realidad, la tendencia
tradicional a rebajar la política socialdemócrata
al nivel de política tradeunionista! So pretexto de rectificar la
unilateralidad de Iskra, que
considera más importante –fíjense en esto – “revolucionar el dogma que
revolucionar la vida”*, nos ofrecen como algo nuevo la lucha por reformas económicas. En efecto, el único contenido,
absolutamente el único, de la frase “dar a la lucha económica misma un carácter
político” es la lucha por reformas económicas. Y el mismo Martínov habría
podido llegar a esta simple conclusión si hubiese profundizado como es debido
en la significación de sus propias palabras. “Nuestro partido –dice, enfilando
su artillería más pesada contra Iskra
– podría y debería presentar al gobierno reivindicaciones concretas de medidas
legislativas y administrativas contra la explotación económica, contra el
desempleo, contra el hambre, etc.” (R. D.,
núm. 10, pág. 42-43). Reivindicar medidas concretas, ¿no es, acaso, reclamar
reformas sociales? Y preguntamos una vez más a los lectores imparciales:
¿calumniamos a los rabochediélentsi**
(¡que me perdonen esta palabreja poco feliz hoy en boga!) al calificarlos de
bernsteinianos velados cuando presentan, como
discrepancia suya con Iskra, la tesis de que es necesaria la
lucha por reformas económicas?
La
socialdemocracia revolucionaria siempre ha incluido e incluye en sus
actividades la lucha por las reformas. Pero no utiliza la agitación “económica”
exclusivamente para reclamar del gobierno toda clase de medidas: la utiliza
también (y en primer término) para exigir que deje de ser un gobierno
autocrático. Además, considera su deber presentar al gobierno esta exigencia no sólo en el terreno de la lucha
económica, sino asimismo en el terreno de todas las manifestaciones en general
de la vida sociopoítica. En una palabra, subordina la lucha por las reformas
como la parte al –
*Rab. Dielo, núm. 10, pág. 60. Así aplica Martínov al estado caótico de nuestro movimiento en la actualidad la tesis de que “cada paso de movimiento real es más importante que una docena de programas”, cuya aplicación hemos analizado ya antes. En el fondo, eso no es sino una traducción al ruso de la célebre frase de Bernstein: “el movimiento lo es todo; el objetivo final, nada”.
**Partidarios de Rabócheie Dielo. (N. de la Edit.)
todo, a la lucha revolucionaria por la libertad y el
socialismo. En cambio, Martínov resucita en una forma distinta la teoría de las
fases, tratando de prescribir infaliblemente la vía económica, por decirlo así,
del desarrollo de la lucha política. Al propugnar en un momento de efervescencia
revolucionaria que la lucha por reformas es una “tarea” especial, arrastra al
partido hacia atrás y hace el juego al oportunismo “economista” y liberal.
Prosigamos.
Después de ocultar púdicamente la lucha por las reformas tras la pomposa tesis
de “dar a la lucha económica misma un carácter político”, Martínov presenta
como algo especial únicamente las
reformas económicas (e incluso sólo las reformas fabriles). Ignoramos por
qué lo ha hecho. ¿Quizá por descuido? Pero si hubiera tenido en cuenta no sólo
las reformas “fabriles”, perdería todo sentido la tesis entera suya que
acabamos de exponer. ¿Tal vez porque estima posible y probable que el gobierno
haga “concesiones” únicamente en el terreno económico?* De ser así, resultaría
un error extraño. Las concesiones son posibles, y se hacen a veces también en
el ámbito de la legislación sobre castigos corporales, pasaportes, pagos de
rescate (67), sectas religiosas, censura, etc., etc. Las concesiones
“económicas” (o seudoconcesiones), son sin duda, las más baratas y las más
ventajosas para el gobierno, pues espera ganarse con ellas la confianza de las
masas obreras. Mas por eso mismo nosotros, los soicaldemócratas, en modo alguno debemos dar lugar, ni
absolutamente con nada, a la opinión (o a la equivocación) de que apreciamos
más las reformas económicas, de que les concedemos una importancia singular,
etc. “Estas reivindicaciones –dice Martínov, refiriéndose a las
reivindicaciones concretas de medidas legislativas y administrativas formuladas
por él antes –no serían palabras vanas, puesto que, al prometer ciertos
resultados palpables podrían ser apoyadas
--------
*Pág. 43: “Desde luego, si recomendamos a los obreros que presenten determinadas reivindicaciones económicas al gobierno, lo hacemos porque el gobierno autocrático está dispuesto, por necesidad, a hacer ciertas concesiones en el terreno económico”.
activamente por la masa obrera”… No somos
“economistas”, ¡oh, no! ¡Unicamente nos humillamos a los pies de la
“palpabilidad” de resultados concretos con tanto servilismo como lo hacen los
señores Bernstein, Prokopóvich, Struve, R. M. y tutti quanti! ¡Unicamente damos a entender (con Narciso Tuporílov)
que cuanto no “promete resultados palpables” son “palabras vanas”! ¡No hacemos
sino expresarnos como si la masa obrera fuera incapaz (y no hubiese demostrado
su capacidad, pese a los que le imputan su propio filisteísmo) de apoyar
activamente toda protesta contra la autocracia, incluso la que no le promete absolutamente ningún resultado palpable!
Tomemos
aunque sólo sean los mismos ejemplos
citados por el propio Martínov acerca de las “medidas” contra el desempleo y el
hambre. Mientras Rab. Dielo se ocupa,
según promete, de estudiar y elabora “reivindicaciones concretas (¿en forma de
proyectos de ley?) de medidas legislativas y administrativas” que “pometan
resultados palpables”, Iskra, “que
considera siempre más importante revolucionar el dogma que revolucionar la
vida”, ha tratado de explicar el nexo indisoluble que une el desempleo con todo
el régimen capitalista, advirtiendo que “el hambre es inminente”, denunciando
“la lucha de la policía contra los hambrientos”, así como el indignante Reglamento provisional de trabajos
forzados, y Zariá ha publicado en
separata como folleto de agitación, la parte de su Crónica de la vida interior* dedicada al hambre. Pero, Dios mío,
¡qué “unilaterales” han sido esos ortodoxos de incorregible estrechez, esos
dogmáticos sordos a los imperativos de la “vida misma”! ¡Ni uno solo de sus
artículos ha contenido - ¡qué horror! – ni
una sola, ¡imagínense ustedes!, ni siquiera una sola “reivindicación
concreta” que “prometa resultados palpables”! ¡Desgraciados dogmáticos! ¡Hay
que llevarlos a aprender de los Krichevski y los Martínov para que se
*Véase V. I. Lenin, Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 5, pág. 297-319 (N. de la Edit.)
convenzan de que la táctica es el proceso del
crecimiento, de lo que crece, etc., de que es necesario dar a la lucha
económica misma un carácter político!
“La
lucha económica de los obreros contra los patronos y el gobierno (¡¡”lucha económica contra el gobierno”!!), además
de su significado revolucionario directo, tiene también otro: incita
constantemente a los obreros a pensar en su falta de derecho políticos”
(Martínov, pág. 44). Si hemos reproducido este pasaje no es para repetir por
centésima o milésima vez lo que hemos dicha ya antes, sino para agradecer de
manera especial a Martínov esta nueva y excelente fórmula “La lucha económica
de los obreros contra los patronos y el gobierno”. ¡Qué maravilla! Con qué
inimitable talento, con qué magistral eliminación de todas las discrepancias
parciales y diferencia de matices entre los “economistas” tenemos expresada
aquí, en su postulado conciso y claro, toda
la esencia del “economismo”,
comenzando por el llamamiento a los obreros a sostener “la lucha política en
aras del interés general, para mejorar la situación de todos los obreros”*,
siguiendo luego con la teoría de las fases y terminado con la resolución del
congreso sobre el medio “aplicable con la mayor amplitud”, etc. “La lucha
económica contra el gobierno” es precisamente política tradeunionista, que está
muy lejos, lejísima, de la política socialdemócrata.
b)
De cómo Martínov ha
profundizado a Plejánov
“¡Cuántos Sénecas socialdemócratas han
aparecido últimamente en nuestro país!”, observó cierto día un camarada,
refiriéndose a la asombrosa inclinación de mucha gente propensa al “economismo”
a alcanzar indefectiblemente con “su propia inteligencia” las grandes verdades
(por ejemplo, que la lucha económica incita a los obreros a pensar en su falta
de derechos), desconociendo con magnífico desdén de genios innatos cuánto ha
*Rabóchaya Mysl, Suplemento especial, pág. 14.
proporcionado ya el desarrollo anterior del
pensamiento revolucionario y del movimiento revolucionario. Un genio innato de
esta índole es precisamente Séneca-Martínov. Den un vistazo a su artículo Problemas inmediatos y verán cómo llega con “su propio entendimiento” a
cosas dichas hace ya mucho por Axelrod (al que nuestro Séneca, como es natural,
silencia por completo); cómo empieza,
por ejemplo, a comprender que no podemos pasar por alto la oposición de tales o
cuales sectores de la burguesía (Rabócheie
Dielo, núm. 9, pág. 61, 62, 71; compárese con la Respuesta de la redacción de R.
D. a Axelrod, pág. 22, 23-24), etc. pero -¡ay! – sólo “llega” y no pasa de
“empezar”, ya que, a pesar de todo, no ha comprendido aún las ideas de Axelrod
hasta el punto de que habla de “lucha económica contra los patronos y el
gobierno”. Rab. Dielo ha venido acumulando fuerzas durante tres años (de 1898 a
1901) para comprender a Axelrod y, pese a ello ¡no lo ha comprendido! ¿Quizás
también se deba esto a que la socialdemocracia, “a semejanza de la humanidad”,
se plantea siempre únicamente tareas realizables?
Pero
los Sénecas no se distinguen sólo porque ignoran muchas coas (¡eso sería una
desgracia a medias!), sino también porque no ven su ignorancia. Eso es ya una
verdadera desgracia, y esta desgracia los mueve a emprender en el acto la labor
de “profundizar” a Plejánov.
“Desde que Plejánov escribió el folleto citado (Las tareas de los socialistas en la lucha contra el hambre en Rusia) ha corrido mucho agua bajo los puentes –cuenta Séneca-Martínov -. Los socialdemócratas, que en el transcurso de diez años han dirigido la lucha económica de la clase obrera…, no han tenido aún tiempo de ofrecer una amplia argumentación teórica de la táctica del partido. Hoy esta cuestión ha madurado, y si quisiéramos ofrecer esa argumentación teórica, tendríamos, sin duda, que profundizar considerablemente los principios tácticos desarrollados en su tiempo por Plejánov… Ahora tendríamos que definir la diferencia entre la propaganda y la agitación de una manera distinta a como lo hizo Plejánov” (Martínov acaba de citar las palabras de Plejánov: “El propagandista comunica muchas ideas a una sola o a varias personas, mientras que el agitador comunica una sola idea o un pequeño número de ideas, pero, en cambio, a toda una multitud”). “Nosotros entenderíamos por propaganda la explicación revolucionaria de todo el régimen actual o de sus manifestaciones parciales, indiferentemente de que se haga en una forma accesible sólo para algunas personas o para la multitud. Por agitación, en el sentido estricto de la palabra (¡sic!), entenderíamos el llamamiento dirigido a las masas para ciertas acciones concretas, la ayuda a la intervención revolucionaria directa del proletariado en la vida social”.
Felicitamos
a la socialdemocracia rusa –e internacional – por esta nueva terminología
martinoviana, más estricta y más profunda. Hasta ahora creíamos (con Plejánov y con todos los líderes del
movimiento obrero internacional) que sin un propagandista trata, por ejemplo,
el problema del desempleo, debe explicar la naturaleza capitalista de las
crisis, mostrar la causa que las hace inevitables en la sociedad actual,
exponer la necesidad de transformar la sociedad capitalista en socialista, etc.
en una palabra, debe comunicar “muchas ideas”, tantas, que todas ellas en
conjunto podrán ser asimiladas en el
acto sólo por pocas (relativamente) personas. En cambio, el agitador, al
hablar de este mismo problema, tomará un ejemplo, el más destacado y más
conocido de su auditorio –pongamos por caso, el de una familia de parados
muerta de inanición, el aumento de la miseria, etc. – y, aprovechando ese hecho
conocido por todos y cada uno, orientará todos sus esfuerzos a inculcar en la
“masa” una sola idea: la idea de cuán
absurda es la contradicción entre el incremento de la riqueza y el aumento de
la miseria; tratará de despertar en
la masa el descontento y la indignación contra esta flagrante injusticia,
dejando al propagandista la explicación completa de esta contradicción. Por
eso, el propagandista actúa principalmente por medio de la palabra impresa, mientras que el agitador lo
hace de viva voz. Al propagandista se
le exigen cualidades distintas que al agitador. Así, llamaremos propagandistas
a Kautsky y a Lafargue; agitadores, a Bebel y Guesde. Pero segregar un tercer
terreno o tercera función de actividad práctica incluyendo en esta función “el
llamamiento dirigido a las masas para ciertas acciones concretas”, constituye
el mayor desatino, pues el “llamamiento”, como acto aislado, o es un
complemento natural e inevitable del tratado teórico, del folleto de propaganda
y del discurso de agitación, o es una función netamente ejecutiva. En efecto,
tomemos, por ejemplo, la lucha actual de los socialdemócratas alemanes contra
los aranceles cerealistas. Los teóricos escriben estudios sobre la política
aduanera y “llaman”, supongamos, a luchar por la conclusión de tratados
comerciales y por libertad de comercio; el propagandista hace lo mismo en una
revista, y el agitador, en discursos públicos. Las “acciones concretas” de las
masas consisten en este caso en firmar peticiones dirigidas al Reichstag,
reclamando que no se eleven los aranceles cerealistas. El llamamiento a esta
acción parte indirectamente de los teóricos, los propagandistas y los
agitadores, y directamente, de los obreros que recorren las fábricas y las viviendas
particulares recogiendo firmas. Según la “terminología de Martínov”, resulta
que Kautsky y Bebel son propagandistas, y los portadores de las listas de
adhesión, agitadores. ¿No es así?
El
ejemplo de los alemanes me ha hecho recordar la palabra alemana Verballhornung, que traducida
literalmente significa “ballhornización”. Juan Ballhorn fue un editor de
Leipzig del siglo XVI; publicó un cantón, en el que, siguiendo la costumbre,
incluyó un dibujo que representaba un gallo, pero, en lugar de la estampa
habitual del gallo con espolones, figuraba uno sin espolones y con dos huevos
al lado. Y en la portada del cantón agregó: “Edición corregido de Juan
Ballhorn”. Desde entonces, los alemanes dicen Verballhornung al referirse a una “enmienda” que, de hecho, empeora
el original. Y no puede menso de recordarse a Ballhorn al ver cómo los Martínov
“profundizan” a Plejánov…
¿Para
qué ha “inventado” nuestro Séneca este embrollo? Para demostrar que Iskra, “lo mismo que Plejánov hace ya
unos quince años, presta atención a un solo aspecto del asunto” (pág. 52). Si
traducimos esta última frase del lenguaje de Martínov a un lenguaje corriente
(pues la humanidad no ha tenido aún tiempo de adoptar esta terminología recién
descubierta), resultará lo siguiente: en Iskra,
las tareas de propaganda y agitación políticas relegan a segundo plano la tarea
de “presentar al gobierno reivindicaciones concretas de medidas legislativas y
administrativas” que “prometen ciertos resultados palpables” (O, en otros
términos, reivindicaciones de reformas sociales, si se nos permite emplear una
vez más la vieja terminología de la vieja humanidad, que no ha llegado aún al
nivel de Martínov). Proponemos al lector que compare con esta tesis la retahíla
siguiente:
“En estos programas” (los programas de los socialdemócratas revolucionarios) “nos asombrará también que coloquen eternamente en primer plano las ventajas de la actividad de los obreros en el Parlamento (que no existe en nuestro país) dando de lado por completo (a causa de su nihilismo revolucionario) la importancia de la participación de los obreros en las asambleas legislativas de los fabricantes, asambleas que sí existen en nuestro país, para discutir asuntos de las fábricas… o aunque sólo sea, de la participación de los obreros en la autogestión urbana…”
El
autor de esta retahíla expresa de una manera algo más directa, clara y franca
la idea a que ha llegado con su propio entendimiento Séneca-Martínov. El autor
es R. M., en le Suplemento especial de “Rabóchaya
Mysl” (pág. 15).
c)
Las denuncias políticas y la
necesidad de “infundir actividad revolucionaria”
Al
lanzar contra Iskra su “teoría” de
“elevar la actividad de la masa obrera”, Martínov ha puesto al descubierto ¡de
hecho! Su tendencia a rebajar esta
actividad, pues ha declarado que el medio preferible, de importancia singular,
“aplicable con la mayor amplitud” para promoverla y su campo de operaciones es
la misma lucha económica, ante la cual se han postrado todos los “economistas”.
Este error es característico precisamente porque no es propio sólo de Martínov,
ni mucho menos. En realidad, se puede “elevar la actividad de la masa obrera” únicamente a condición de que no nos limitemos a hacer “agitación
política sobre el terreno económico”. Y una de las condiciones esenciales para
esa extensión indispensable de la agitación política consiste en organizar
denuncias políticas omnímodas. Sólo con esas denuncias pueden infundirse conciencia política y actividad revolucionaria a
las masas. De ahí que esta actividad sea una de las funciones más importantes
de toda la socialdemocracia internacional, pues ni siquiera la libertad
política suprime en lo más mínimo esas denuncias: lo único que hace es
modificar un tanto su orientación. Por ejemplo, el partido alemán afianza sus
posiciones y extiende su influencia, sobre todo, gracias a la persistente
energía de sus campañas de denuncias políticas. La conciencia de la clase
obrera no puede ser una verdadera conciencia política si los obreros no están
acostumbrados a hacerse eco de todos
los casos de arbitrariedad y de opresión, de todos los abusos y violencias, cualesquiera
que sean las clases afectadas; a hacerse eco, además, desde el punto de
vista socialdemócrata, y no desde algún otro.. la conciencia de las masas
obreras no puede ser una verdadera conciencia de clase si los obreros no
aprenden –basándose en hechos y acontecimientos políticos concretos y, además,
actuales sin falta – a observar a cada
una de las otras clases sociales en todas
las manifestaciones de su vida intelectual, moral y política; si no aprenden a
hacer un análisis materialista y una apreciación materialista de todos los aspectos de la actividad y la
vida de todas las clases, sectores y
grupos de la población. Quien orienta la atención, la capacidad de observación
y la conciencia de la clase obrera de manera exclusiva –o, aunque sólo sea con
preferencia – hacia ella misma, no es un socialdemócrata, pues el conocimiento
de la clase obrera por sí misma está ligado de modo indisoluble a la completa
claridad no sólo de los conceptos teóricos … o mejor dicho: no tanto de los
conceptos teóricos como de las ideas, basadas en la experiencia de la vida
política, sobre las relaciones entre todas
las clases de la sociedad actual. Por eso es tan nociva y tan reaccionaria,
dada su significación práctica, la prédica de nuestros “economistas” de que la
lucha económica es el medio que se puede aplicar con más amplitud para
incorporar a las masas al movimiento político. Para llegar a ser un soicaldemócrata, el obrero debe
formarse una idea clara de la naturaleza económica y de la fisonomía social y
política del terrateniente y del cura, del dignatario y del campesino, del
estudiante y del desclasado, conocer sus lados fuertes y sus puntos flacos;
saber orientarse entre los múltiples sofismas y frases en boga, con los que
cada clase y cada sector social encubre sus apetitos egoístas y su
verdadera “entraña”; saber distinguir
qué instituciones y leyes reflejan tales o cuales intereses y cómo lo hacen. Mas esa “idea clara” no se puede
encontrar en ningún libro: pueden proporcionarla únicamente las escenas de la
vida y las denuncias, mientras los hechos están recientes, de cuanto sucede
alrededor nuestro en un momento dado; de lo que todos y cada uno hablan –o, por
lo menos, cuchichean – a su manera; de lo que revelan determinados
acontecimientos, cifras, sentencias judiciales, etc., etc., etc. Estas
denuncias políticas omnímodas son condición indispensable y fundamental para infundir actividad
revolucionaria a las masas.
¿Por
qué el obrero ruso muestra todavía poca actividad revolucionaria frente al
salvajismo con que la policía trata al pueblo, frente a las persecuciones de
las sectas, los castigos corporales impuestos a los campesinos, los abusos de
la censura, las torturas de los soldados, la persecución de las iniciativas
culturales más inofensivas, etc.? ¿No será porque la “lucha económica” no le
“incita a pensar” en ello, porque le “promete” pocos “resultados palpables”,
porque le ofrece pocos elementos “positivos”? No; semejante juicio, repetimos,
no es sino una tentativa de achacar las culpas propias a otros, imputar el
filisteísmo propio (y también el bernsteinianismo) a la masa obrera. Debemos
culparnos a nosotros mismos, a nuestro atraso con respecto al movimiento de las
masas, de no haber sabido aún organizar denuncias lo suficiente amplias,
brillantes y rápidas contra todas esas ignominias. Si lo hacemos (y debemos y
podemos hacerlo), el obrero más atrasado comprenderá o sentirá que le estudiante y el miembro de una secta religiosa, el
mujik y el escritor son vejados y atropellados por esa misma fuerza tenebrosa
que tanto le oprime y le sojuzga a él en cada paso de su vida. Al sentirlo, él
mismo querrá reaccionar, sentirá un deseo incontenible de hacerlo; y entonces
sabrá armar hoy un escándalo a los censores, manifestarse mañana ante la casa
del gobernador que haya sofocado un levantamiento campesino, dar pasado mañana
una lección a los gendarmes con sotana que desempeñan la función del Santo
Oficio, etc. Hemos hecho todavía muy poco, casi nada, para lanzar entre las masas obreras denuncias omnímodas y actuales.
Muchos de nosotros ni siquiera comprendemos
aún esta obligación suya y
seguimos espontáneamente tras la “monótona lucha cotidiana” en el estrecho
marco de la vida fabril. En tales condiciones decir que “Iskra tiene la tendencia a rebajar la importancia dela marcha
ascendente de la monótona lucha cotidiana, en comparación con la propaganda de
ideas brillantes y acabadas” (Martínov, pág. 61), significa arrastra al partido
hacia atrás, defender y ensalzar nuestra falta de preparación, nuestro atraso.
En lo
que respecta al llamamiento a las masas para la acción, éste surgirá por sí
mismo siempre que haya enérgica agitación política y denuncias vivas y
aleccionadoras. Pillar a alguien en flagrante delito y estigmatizarlo en el
acto ante todo el mundo y en todas partes es más eficaz de cualquier
“llamamiento” e influye a veces de tal modo que después es incluso imposible
decir con exactitud quién “llamó” a la muchedumbre y quién propuso tal o cual
plan de manifestación, etc. Se puede llamar a una acción – en el sentido
concreto de la palabra, y no en el sentido general – sólo en el lugar mismo
donde la acción se lleve a cabo; y puede hacerlo únicamente quien va a obrar en
el acto. Y nuestra misión de publicistas soicaldemócratas consiste en ahondar,
extender e intensificar las denuncias políticas y la agitación política.
A
propósito de los “llamamientos”. “Iskra”
fue el único órgano que, antes de los sucesos de la primavera, llamó a los obreros a intervenir de modo
activo en una cuestión – el aislamiento forzoso de estudiantes – que no prometía absolutamente ningún resultado palpable al obrero. Nada más
publicarse la disposición del 11 de enero sobre “el aislamiento forzoso de
ciento ochenta y tres estudiantes para hacer el servicio”, Iskra insertó un artículo sobre este hecho (núm. 2, febrero)* y, antes de que comenzara toda
manifestación, llamó con claridad “a los obreros a acudir en ayuda de los
estudiantes”, llamó al “pueblo” a contestar públicamente al insolente desafío
del gobierno. Preguntamos a todos y cada uno: ¿cómo explicar la notable
circunstancia de que, hablando tanto de “llamamientos” y destacando los
“llamamientos” incluso como una forma especial de actividad, Martínov no haya
mencionado para nada este llamamiento?
¿No será filisteísmo, después de todo, la declaración de Martínov de que Iskra es unilateral porque no “llama” suficientemente a la lucha por
reivindicaciones que “prometen resultados palpables”?
Nuestros
“economistas”, entre ello Rabócheie Dielo,
tenían éxito porque se adaptaban a la mentalidad de los obreros atrasados. Pero
el obrero socialdemócrata, el obrero revolucionario (y el número de estos
obreros aumenta día en día) rechazará con indignación todos esos razonamientos
sobre la lucha por reivindicaciones que “prometan resultados palpables”, etc.,
pues comprenderá que no son sino variantes de la vieja cantilena del aumento de
un kopek por rublo. Este obrero dirá a sus consejeros de R. Mysl y de R. Dielo: en
vano se afanan, señores, interviniendo con demasiado celo en asuntos que
nosotros mismos resolvemos y esquivando el cumplimiento de sus verdaderas
obligaciones. Porque no es nada inteligente decir, como lo hacen ustedes, que
la tarea de los socialdemócratas consiste en dar a la lucha económica msima un carácter político; eso es sólo el
comienzo, y no radica en ello la tarea principal de los socialdemócratas, pues
en el mundo entero, sin exceptuar a Rusia, es la policía misma –
*Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 4, pág. 391-396. (N. de la Edit.)
la que
comienza muchas veces a dar a la lucha económica un carácter político, y los propios obreros
aprenden a darse cuenta de con quién está el gobierno*. En efecto, esa “lucha
económica de los obreros contra los patronos y el gobierno”, con que ustedes
presumen como si hubieran descubierto América, la sostienen en numerosos
lugares perdidos de Rusia los propios obreros, que han oído hablar de huelgas,
pero que quizá nada sepan de socialismo. Esa “actividad” nuestra, de los
obreros, que todos ustedes quieren apoyar presentando reivindicaciones
concretas que prometen resultados palpables, existe ya entre nosotros; y en
nuestra minúscula labor cotidiana, sindical, nosotros mismos presentamos esas
reivindicaciones concretas, a menudo sin ayuda alguna de los intelectuales.
Pero esa actividad no nos basta; no
somos niños a los que se pueda alimentar sólo con la papilla de la política
“económica”; queremos saber todo lo que saben los demás, queremos conocer
detalladamente todos los aspectos de
la vida política y tomar parte activa
en todos y cada uno de los acontecimientos políticos. Para ello es necesario
que los intelectuales repitan menos lo que ya sabemos nosotros --------
*La exigencia de “dar a la lucha económica misma un carácter político” es la manifestación más patente del culto a la espontaneidad en la actividad política. La lucha económica adquiere a menudo un carácter político de manera espontánea, es decir, sin la intervención de los “intelectuales”, que son el “bacilo revolucionario”, sin la intervención de los socialdemócratas conscientes. Por ejemplo, la lucha económica de los obreros en Inglaterra adquirió también un carácter político sin participación alguna de los socialistas. Ahora bine, la tarea de los socialdemócratas no se limita a la agitación política en el terreno económico: su tarea es transformar esa política tradeunionista en lucha política socialdemócrata, aprovechar los destellos de conciencia política que la lucha económica ha hecho penetrar en los obreros para elevar a éstos al nivel de conciencia política socialdemócrata. Pero los Martínov, en vez de elevar e impulsar la conciencia política que se despierta de manera espontánea, se prosternan ante la espontaneidad y repiten con machaconería, hasta dar náuseas, que la lucha económica “incita” a los obreros a pensar en su falta de derechos políticos. ¡Es de lamentar, señores, que este despertar espontáneo de la conciencia política tradeunionista no les “incite” a ustedes mismos a pensar en sus tareas socialdemócratas!
mismos* y nos den más de lo que todavía no sabemos,
de lo que jamás podremos saber por nosotros mismos a través de nuestra
experiencia fabril y “económica”, o sea: conocimientos políticos. Ustedes, los
intelectuales, pueden adquirir estos conocimientos y tienen el deber de proporcionárnoslos cien y mil veces más que
hasta ahora; además, deben proporcionárnoslos no sólo en forma de
razonamientos, folletos y artículos (que a menudo -¡disculpen al franqueza! – suelen
ser algo aburridos), sino indispensablemente en forma de denuncias vivas de cuanto hacen nuestro gobierno y nuestras clases
dominantes en estos momentos en todos los aspectos de la vida. Cumplan con
mayor celo esta obligación suya y hablen
menos de “elevar la actividad de la masa obrera”. –
*Para confirmar que todo este discurso de los obreros a los “economistas” no es una invención gratuita nuestra, nos remitiremos a dos testigos que, sin duda, conocen el movimiento obrero directamente y no se inclinan, ni mucho menos, a ser parciales con nosotros, los “dogmáticos”, pues uno de ellos es un “economista” (¡que considera incluso a Rabócheie Dielo un órgano político!) y el otro, un terrorista. El primer testigo es el autor de un artículo, notable por su veracidad y viveza, publicado en el núm. 6 de Rab. D. con el título El movimiento obrero de San Petersburgo y las tareas prácticas de la socialdemocracia. Divide a los obreros en: 1) revolucionarios conscientes; 2) sector intermedio, y 3) el resto de la masa. Y resulta que el sector intermedio “a menudo se interesa más por los problemas de la vida política que por sus interese económicos inmediatos cuya relación con las condiciones sociales generales ha sido comprendida hace ya mucho”… Rab. Mysl es “criticado con dureza”: “siempre lo mismo, hace mucho que lo sabemos, hace mucho que lo leímos”, “tampoco esta vez hay nada nuevo en la crónica política” (pág. 30-31). Pero incluso el tercer sector, “la masa obrera más sensible, más joven, menos corrompida por la taberna y por la iglesia, que casi nunca tiene posibilidad de conseguir un libro de contenido político, habla a diestro y siniestro de los fenómenos de la vida política y reflexiona sobre las noticias fragmentarias acerca de un motín de estudiantes”, etc. Y el terrorista escribe: “… Leen un par de veces unas líneas dedicadas a minucias de la vida de las fábricas en ciudades que no son las suyas y luego dejar de leer… Les aburre… No hablar en un periódico obrero sobre el Estado… significa imaginarse que el obrero es un niño pequeño… El obrero no es un niño” (Svoboda (68), ed. del Grupo Revolucionario-Socialista, pág. 69-70)
¡Nuestra actividad es mucho de lo que ustedes
suponen y sabemos sostener, por medio de la lucha abierta en la calle, incluso
las reivindicaciones que no prometen ningún “resultado palpable”! Y no son
ustedes los llamados a “elevar” nuestra actividad, pues ustedes mismos carecen
precisamente de esa actividad. ¡Póstrense menos ante la espontaneidad y piensen
más en elevar su propia actividad, señores!
d)
¿Qué hay de común entre el
economismo y el terrorismo?
Hemos confrontado, en una nota a pie de
página, a un “economista” y a un terrorista no socialdemócrata, que por
casualidad han resultado solidarios. Pero, hablando en general, entre los unos
y los otros existe un nexo no casual, sino interno y necesario, del cual
tendremos que hablar aún más adelante y al que es preciso referirse
precisamente cuando se trata de inculcar la actividad revolucionaria. Los
“economistas” y los terroristas de nuestros días tienen una raíz común: el culto a la espontaneidad, del que hemos hablado en el capítulo precedente como
de un fenómeno general y que ahora examinamos desde el punto de vista de su
influencia en la actividad política y la lucha política. A primera vista,
nuestra afirmación puede parecer paradójica: tan grande es, aparentemente, la
diferencia entre quienes hacen hincapié en la “monótona lucha cotidiana” y
quienes preconizan la lucha más abnegada del individuo aislado. Pero no es una
paradoja. Los “economistas” y los terroristas rinden culto a dos polos
diferentes de la corriente espontánea: los “economistas”, a la espontaneidad
del “movimiento puramente obrero”, los terroristas, a la espontaneidad de la
indignación más ardiente de los intelectuales que no saben o no tienen la
posibilidad de vincular la labor revolucionaria al movimiento obrero para
formar un todo. Quienes hayan perdido la fe en esta posibilidad, o jamás la
hayan tenido, difícilmente encontrarán, en efecto, otra manera de manifestar su
sentimiento de indignación y su energía revolucionaria que no sea el
terrorismo. Así pues, el culto a la espontaneidad en las dos direcciones
indicadas no es sino el comienzo de la
aplicación del famoso programa del Credo:
los obreros sostienen su “lucha económica contra los patronos y el gobierno”
(¡que nos perdone el autor del Credo porque expresemos sus ideas con
palabras de Martínov! Creemos tener derecho a hacerlo, pues también en el Credo se habla de que los obreros, en la
lucha económica “chocan con el régimen político”), ¡y los intelectuales, con
sus propias fuerzas, despliegan su lucha política, como es natural, por medio
del terrorismo! Esta conclusión es
completamente lógica e inevitable, y es forzoso insistir sobre ella, aunque quienes comienzan a realizar dicho programa no han comprendido que tal conclusión es inevitable. La actividad
política tiene su lógica, que no depende de la conciencia de quienes con las
mejores intenciones exhortan o al terrorismo o a imprimir un carácter político a
la lucha económica misma. De buenas intenciones está empedrado el camino del
infierno, y en el caso presente las buenas intenciones no salvan aún de la
inclinación espontánea a “la línea del menor esfuerzo”, a la línea del programa
netamente burgués del Credo. Porque tampoco tiene nada de
casual que muchos liberales rusos –tanto los liberales declarados como los que
se cubren con una careta marxista – simpaticen de todo corazón con el
terrorismo y traten de mantener la intensificación de las tendencias terroristas
en el momento actual.
Pues
bien, al surgir el “Grupo
Revolucionario-Socialista Svoboda”,
que se había señalado precisamente la tarea de ayudar por todos los medios al
movimiento obrero, pero incluyendo en el
programa el terrorismo y emancipándose, por decirlo así, de la
socialdemocracia, este hecho vino a confirmar una vez más la admirable
perspicacia de P.B. Axelrod, quien predijo con
toda exactitud estos resultados de las vacilaciones socialdemócratas ya a fines de 1897 (en su trabajo A
propósito de las tareas y de la táctica actuales) y trazó sus famosas “dos
perspectivas”. Todas las discusiones y discrepancias posteriores entre los
socialdemócratas rusos están ya, como la planta en la semilla, en esas dos
perspectivas*.
Desde
el punto de vista indicado se comprende también que R. Dielo, que no ha podido resistir a la espontaneidad del
“economismo”, tampoco haya podido resistir a la espontaneidad del terrorismo.
Tiene sumo interés señalar aquí la argumentación especial que ha esgrimido Sbovoda en defensa del terrorismo.
“Niega por completo” el papel intimidador del terrorismo (Renacimiento del revolucionarismo, pág. 64), pero, en cambio,
destaca su “importancia excitadora”. Esto es característico, en primer lugar,
como una de las fases de la descomposición y decadencia del conjunto
tradicional (presocialdemócrata) de ideas que obligaba a asirse al terrorismo.
Reconocer que en la actualidad es imposible “intimidar” al gobierno –y, por
consiguiente, desorganizarlo –por medio del terrorismo equivale, en el fondo, a
condenar rotundamente este último como sistema de lucha, como campo de
actividad consagrado por su programa. En segundo lugar, esto es aún más
característico como ejemplo de la incompresión de nuestras tareas urgentes de
“infundir actividad revolucionaria a las masas”. Sbovoda hace propaganda del terrorismo como medio de “excitar” el
movimiento obrero y darle un “fuerte impulso”. ¡Es difícil imaginarse una
argumentación que se refute a sí misma-
*Martínov “se imagina otro dilema más real (¿)” (La socialdemocracia y la clase obrera, pág. 19): “O la socialdemocracia sume la dirección inmediata de la lucha económica del proletariado y, con ello (¡), la transforma en lucha revolucionaria de clase”… “Con ello”, es decir, al parecer, con la dirección inmediata de la lucha económica. Que nos indique Martínov dónde se ha visto que, por el único y solo hecho de dirigir la lucha sindical, se haya logrado transformar el movimiento tradeunionista en movimiento revolucionario de clase. ¿No caerá en la cuenta de que, para realizar esta “transformación”, debemos asumir activamente la “dirección inmediata” de la agitación política omnímoda?… “O bien otra perspectiva: La socialdemocracia abandona la dirección de la lucha económica de los obreros y, con ello…, se corta las alas”… Según el juicio de Rab. Dielo, antes citado, es Iskra la que “abandona”. Pero hemos visto que Iskra hace para dirigir la lucha económica mucho más que “Rab. Dielo” y, por añadidura, no se limita a eso ni restringe, en nombre de eso, sus tareas políticas.
con mayor evidencia! Cabe preguntar: ¿es que existen
en la vida rusa tan pocos abusos que sea preciso aún inventar “excitantes”
especiales? Y, por otra parte, si hay alguien que no se excita ni es excitable
siquiera por la arbitrariedad rusa, ¿no es evidente que seguirá contemplando
también con indiferencia el duelo entre el gobierno y un puñado de terroristas?
La realidad es que las masas obreras se excitan mucho por las infamias de la
vida rusa, pero nosotros no sabemos reunir, si puede decirse así, y concentrar
todas las gotas y chorrillos de la excitación popular que la vida rusa rezuma
en cantidad inconmensurablemente mayor de lo que todos nosotros nos figuramos y
pensamos, y que es preciso fusionar en un
solo torrente gigantesco. Que esto es factible lo demuestran de manera
irrefutable la colosal propagación del movimiento obrero y la avidez, ya
señalada, de publicaciones políticas, así como los llamamientos a dar a la
lucha económica misma un carácter político, son formas distintas de esquivar el deber más imperiosos de los
revolucionarios rusos: organizar la agitación política en todos sus aspectos. Sbovoda quiere sustituir la agitación con el terrorismo, confesando sin rodeos
que, “en cuanto empiece una agitación intensa y enérgica entre las masas, el
papel excitador de éste desaparecerá” (Renacimiento
del revolucionarismo, pág. 68). Esto justamente muestra que tanto los
terroristas como los “economistas” subestiman
la actividad revolucionaria de las masas, pese al testimonio evidente de los
sucesos de la primavera*; además, unos se precipitan en busca de “excitantes”
artificiales y otros hablan de “reivindicaciones concretas”. Ni los unos ni los
otros prestan suficiente atención al desarrollo de su propia actividad de agitación política y de organización de
denuncias políticas. Y ni ahora ni en ningún otro momento se puede sustituir con nada esta labor.
*Se trata de la primavera de 1901, en la que comenzaron grandes manifestaciones en las calles. (Nota de Lenin para la edición de 1907. –N. de la Edit.)
e)
La clase obrera como
combatiente de vanguardia por la democracia
Hemos visto ya que la agitación política más
amplia y, por consiguiente, la organización de denuncias políticas de todo
género es una tarea necesaria en absoluto, la tarea más imperiosamente necesaria de la actividad, siempre que esta
actividad sea de veras socialdemócrata. Pero hemos llegado a esta conclusión
partiendo sólo de la necesidad
apremiante que la clase obrera tiene de conocimientos políticos y de educación
política. Sin embargo, esta manera de plantear la cuestión sería demasiado
estrecha y daría de lado las tareas democráticas universales de toda la
socialdemocracia, en general, y de la socialdemocracia rusa actual, en
particular. Para explicar esta tesis del modo más concreto posible,
intentaremos enfocar el problema desde
el punto de vista más “familiar” al “economista”, o sea, desde el punto de
vista práctico. “Todos están de acuerdo” con que es preciso desarrollar la
conciencia política de la clase obrera. Pero ¿cómo hacerlo y qué es necesario
para hacerlo? La lucha económica “hace pensar” a los obreros sólo en las
cuestiones concernientes a la actitud del gobierno ante la clase obrera; por
eso, por más que nos esforcemos en
“dar a la lucha económica misma un carácter político”, jamás podremos, en los
límites de esta tarea, desarrollar la conciencia política de los obreros (hasta
el grado de conciencia política socialdemócrata), pues los propios límites son estrechos. La formula de Martínov es valiosa
para nosotros, pero en modo alguno porque ilustre la capacidad del autor para
embrollar las cosas. Es valiosa porque pone de relieve el error fundamental de
todos los “economistas”: el convencimiento de que ese puede desarrollar la conciencia política de clase
de los obreros desde dentro, por
decirlo así, de su lucha económica, o sea, partiendo sólo (o, al menos,
principalmente) de esta lucha, basándose sólo (o, al menos, principalmente) en
esta lucha. Semejante opinión es errónea de raíz; y precisamente porque los
“economistas”, enojados por nuestra polémica con ellos, no quieren reflexionar
como es debido en el origen de nuestras discrepancias, acabamos literalmente
por no comprendernos, por hablar lenguas diferentes.
Al
obrero se le puede dotar de conciencia política de clase sólo desde fuera, es decir, desde fuera de la lucha económica,
desde fuera del campo de las relaciones entre obreros y patronos. La única
esfera de que se pueden extraer esos conocimientos es la esfera de las
relaciones de todas las clases y
sectores sociales con el Estado y el gobierno, la esfera de las relaciones de
todas las clases entre sí. Por eso, a la pregunta de qué hacen para dotar de
conocimientos políticos a los obreros no se puede dar únicamente la respuesta
con que se contentan, en la mayoría de los casos, los militantes dedicados a la
labor práctica, sin hablar ya de quienes, entre los, son propensos al
“economismo”, a saber: “Hay que ir a los obreros”. Para aportar a los obreros
conocimientos políticos, los socialdemócratas deben ir a todas las clases de la población, deben enviar a todas partes destacamentos de su
ejército.
Si
empleamos adrede esta fórmula tosca y nos expresamos adrede de una forma
simplificada y tajante, no es en modo alguno por el deseo de decir paradojas,
sino para “incitar” a los “economistas” a pensar en las tareas que desdeñan de
manera tan imperdonable y en la diferencia – que ellos no quieren comprender –
entre la política tradeunionista y la política socialdemócrata. Por eso rogamos
al lector que no se impaciente y nos escuche con atención hasta el final.
Tomemos
el tipo del círculo socialdemócrata más difundido en los últimos años y
examinemos su actividad. “Está en contacto con los obreros” y se conforma con
eso, editando hojas que fustigan los abusos cometidos en las fábricas, la
parcialidad del gobierno con los capitalistas y las violencias de la policía;
en las reuniones con los obreros, los límites de estos mismos temas; sólo muy
de tarde en tarde se pronuncian conferencias y charlas acerca de la historia
del movimiento revolucionario, la política interior y exterior de nuestro
gobierno, la evolución económica de Rusia y de Europa, la situación de las
distintas clases en la sociedad contemporánea, etc.; nadie piensa en establecer
y desenvolver de manera sistemática relaciones con otras clases de la sociedad.
En el fondo, los componente de un círculo de este tipo conciben al militante
ideal, en la mayoría de los casos, mucho más parecido a un secretario de
tradeunión que a un jefe político socialista. Porque el secretario de cualquier
tradeunión inglesa., por ejemplo, ayuda siempre a los obreros a sostener la
lucha económica, organiza la denuncia de los abusos en las fábricas, explica la
injusticia de las leyes y disposiciones que restringen la libertad de huelga y
la libertad de colocar piquetes cerca de las fábricas (para avisar a todos que
en la fábrica dada se han declarado en huelga), explica la parcialidad de los
árbitros pertenecientes a las clases burguesas del pueblo, etc., etc. En una
palabra, todo secretario de tradeunión sostiene y ayuda a sostener “la lucha
económica contra los patrones y el gobierno”. Y jamás se insistirá bastante en
que esto no es aún socialdemocracia, que el ideal del socialdemócrata no debe
ser el secretario de tradeunión, sino el tribuno popular, que sabe reaccionar
ante toda manifestación de arbitrariedad de opresión, dondequiera que se
produzca y cualquiera que sea el sector o la clase social a que afecte; que
sabe sintetizar todas estas manifestaciones en un cuadro único de la brutalidad
policíaca y de la explotación capitalista; que sabe aprovechar el hecho más
pequeño para exponer ante todos sus convicciones socialistas y sus
reivindicaciones democráticas, para explicar a todos y cada uno la importancia
histórica universal de la lucha emancipadora del proletariado. Comparen, por
ejemplo, a hombres como Roberto Knight (conocido secretario y líder de la
Sociedad de Obreros Caldereros, uno de los sindicatos más poderosos de
Inglaterra) y Guillermo Liebknecht e intenten aplicarles las contradicciones en
que basa Martínov sus discrepancias con Iskra.
Verán que R. Knight –empiezo a hojear el artículo de Martínov – “ ha exhortado”
mucho más “a las masas a ciertas acciones concretas” (pág. 39), mientras que G.
Liebknecht se ha dedicado más a “explicar desde un punto de vista
revolucionario todo el régimen actual o sus manifestaciones parciales” (pág.
38-39); que R. Knight “ha formulado las reivindicaciones inmediatas del
proletariado e indicado los medios de satisfacerlas” (pág. 41), mientras que G.
Liebknecht, sin dejar de hacer eso, no ha renunciado a “dirigir al mismo tiempo
la intensa actividad de los diferentes sectores oposicionistas” y “dictarles un
programa positivo de acción”* (pág. 41); que R. Knight ha procurado
precisamente “imprimir, en la medida de lo posible, a la lucha económica misma
un carácter político” (pág. 42) y ha sabido muy bien “presentar al gobierno
reivindicaciones concretas que prometen ciertos resultados palpables” (pág.
43), en tanto que G. Liebknecht se ha ocupado mucho más de las “denuncias”
“unilaterales” (pág. 40); que R. Knight ha concedido más importancia al
“desarrollo progresivo de la monótona lucha cotidiana” (pág. 61), y g.
Liebknecht, “a la propaganda de ideas brillantes y acabadas” (pág. 61); que G.
Liebknecht ha hecho del periódico dirigido por él precisamente “un órgano de
oposición revolucionaria de denuncia nuestro régimen, y sobre todo nuestro
régimen político, por cuanto choca con los interese de los más diversos sectores
de la población” (pág. 63), mientras que R. Knight “ha trabajado pro la causa
obrera en estrecho contacto orgánico con la lucha proletaria” (pág. 63) – si se
entiende por “estrecho contacto orgánico” ese culto a la espontaneidad que
hemos analizado más arriba en los ejemplos de Krichevski y de Martínov – y “ha
restringido la esfera de su influencia”, convencido, sin duda como Martínov, de
que “con ello se hacía más compleja esta influencia” (pág. 63). Es una palabra,
verán que Martínov rebaja de facto la socialdemocracia al nivel del
tradeunionismo, aunque, claro está, en modo ------
*Por ejemplo, durante la guerra franco-prusiana, Liebknecht dictó un programa de acción para toda la democracia, cosa que Marx y Engels hicieron en mayor escala en 1848.
alguno lo hace porque no quiere el bien de la
socialdemocracia, sino simplemente porque se ha apresurado un poco a
profundizar a Plejánov, en lugar de tomarse la molestia de comprenderlo.
Pero
volvamos a nuestra exposición. Hemos dicho que el socialdemócrata, si es
partidario, no sólo de palabra, del desarrollo polifacético de la conciencia
política del proletariado, debe “ir a todas las clases de la población”. Surgen
varias preguntas: ¿Cómo hacerlo? ¿Tenemos fuerzas suficientes para ello?
¿Existe una base que permita realizar esta labor entre todas las demás clases?
¿No implicará eso abandonar, o conducirá a abandonar, el punto de vista de
clase? Examinemos estas cuestiones.
Debemos
“ir a todas las clases de la población” como teóricos, como propagandistas,
como agitadores y como organizadores. Nadie pone en duda que la labor teórica
de los socialdemócratas debe orientarse a estudiar todas las peculiaridades de
la situación social y política de las diversas clases. Pero se hace muy poco,
poquísimo, en este sentido, desproporcionadamente poco si se compara con la
labor tendiente a estudiar las peculiaridades de la vida fabril. En los comités
y en los círculos podemos encontrar personas que incluso estudian a fondo
especialmente algún ramo de la siderurgia; pero apenas encontrarán ejemplos de
miembros de las organizaciones que (obligados por una u otra razón, como sucede
a menudo, a retirarse de la labor práctica) se dediquen de manera especial a
reunir datos sobre algún problema actual de nuestra vida social y política que
pueda servir d emotivo para desplegar una labor socialdemócrata entre todos
sectores de la población. Cuando se habla de la poca preparación de la mayoría
de los actuales dirigentes del movimiento obrero, es forzoso recordar asimismo la preparación en este aspecto,
pues está ligada también a la concepción “economista” del “estrecho contacto
orgánico con la lucha proletaria”. Pero lo principal, por supuesto, es la propaganda y la agitación entre
todos los sectores de la población. El socialdemócrata de Europa Occidente ve
facilitada esta labor por las reuniones y asambleas populares, a las que asisten cuantos lo deseen, y por la
existencia del Parlamento, en el cual el representante socialdemócrata habla ante los diputados de todas las clases. En
nuestro país no tenemos ni Parlamento ni libertad de reunión; pero sabemos, sin
embargo, organizar reuniones con los obreros que quieren escuchar a un
socialdemócrata. Debemos saber también organizar reuniones con los componentes
de todas las clases de la población
que deseen escuchar a un demócrata.
Porque no es socialdemócrata quien olvida en la práctica que “los comunistas
apoyan por doquier todo movimiento revolucionario” (69); que, por ello, debemos
exponer y recalcar ante todo el pueblo
los objetivos democráticos generales, sin ocultar en ningún momento
nuestras convicciones socialistas. No es socialdemócrata quien olvida en la
práctica que su deber consiste en ser el
primero en plantear, acentuar y resolver todo problema democrático general.
“¡Pero
si no hay nadie que no esté de acuerdo con eso!” –nos interrumpirá el lector
impaciente- , y las nuevas instrucciones a la redacción de Rab. Dielo, aprobadas en el último Congreso de la Unión, dicen con
claridad: “Deben servir de motivos para la propaganda y la agitación políticas
todos los fenómenos y acontecimientos de la vida social y política que afecten
al proletariado, bien directamente, como clase especial, bien como vanguardia de todas las fuerzas
revolucionarias en la lucha por la libertad” (Dos congresos, pág. 17. La
cursiva es nuestra). En efecto, son palabras muy justas y muy buenas, y nos
consideraríamos satisfechos por ejemplo si “Rabócheie
Dielo” las comprendiese, si no
dijese, al mismo tiempo, otras que las contradicen. Pues no basta con
titularse “vanguardia”, destacamento avanzado: es preciso, además, actuar de
tal modo que todos los otros destacamentos vean y estén obligados a reconocer
que marchamos a la cabeza. Y preguntamos al lector: ¿es que los componentes de
los demás “destacamentos” son tan estúpidos que van a creernos como artículo de
fe cuando hablamos de la “vanguardia”? Imagínense de manera concreta el
siguiente cuadro. En el “destacamento” de radicales o de constitucionalistas
liberios del gobierno autocrático. Pero “nosotros”, si queremos ser demócratas
avanzados, debemos preocuparnos de incitar
a quienes están descontentos únicamente del régimen universitario o del
zemstvo, etc., a pensar que es malo todo el régimen político. Nosotros debemos asumir la tarea de
organizar la lucha política, bajo la dirección de nuestro partido, en forma tan
múltiple que todos los sectores de oposición puedan prestar, y presten de
verdad, a esta lucha y a este partido la ayuda que puedan. Nosotros debemos hacer de los militantes socialdemócratas dedicados
a la labor práctica líderes políticos que sepan dirigir todas las
manifestaciones de esta lucha múltiple, que sepan, en el momento necesario,
“dictar un programa positivo de acción” a los estudiantes en efervescencia, a
los descontentos de los zemstvos, a los miembros indignados de las sectas
religiosas, a los maestros nacionales lesionados en sus intereses, etc., etc.
Por eso es completamente falsa la
afirmación de Martínov de que “con respecto a ellos sólo podemos desempeñar el
papel negativo de denunciadores del régimen … Sólo podemos disipar sus esperanzas en las distintas comisiones
gubernamentales” (la cursiva es nuestra). Al decir esto, Martínov demuestra que
no comprende nada en absoluto del
verdadero papel de la “vanguardia” revolucionaria. Y si el lector tiene esto en
cuenta, comprenderá el verdadero sentido de las siguientes palabras de
conclusión de Martínov: “Iskra es un
órgano de oposición revolucionaria que denuncia nuestro régimen, sobre todo el
político, por cuanto choca con los intereses de los más diversos sectores de la
población. Nosotros, en cambio, trabajamos y trabajaremos por la causa obrera
en estrecho contacto orgánico con la lucha proletaria. Al restringir la esfera
de nuestra influencia, hacemos más compleja esta influencia” (pág. 63). El
verdadero sentido de semejante conclusión es: Iskra quiere elevar la
política tradeunionista de la clase obrera (a la que se limitan con tanta
frecuencia nuestros militantes prácticos, ya sea por equivocación, por falta de
preparación o por convicción) al nivel de política socialdemócrata. En cambio,,
Rab. Dielo quiere rebajar la
político socialdemócrata al nivel de política tradeunionista. Y, por si eso
fuera poco, asegura a todo el mundo que “estas posiciones son perfectamente
compatibles en la obra común” (pág. 63). O,
sancta simplicitas!
Prosigamos.
¿Tenemos bastantes fuerzas para llevar nuestra propaganda y nuestra agitación a
todas las clases de la población?
Pues claro que sí. Nuestros “economistas”, que a menudo son propensos a
negarlo, olvidan el gigantesco paso adelante que ha dado nuestro movimiento de
1894 (más o menos) a 1901. Como “seguidistas” auténticos que son, viven con
frecuencia aferrado a ideas del período inicial, pasado hace ya mucho, del
movimiento. Entonces, en efecto, nuestras fuerzas eran tan pocas que
asombraban, entonces era natural y legítima la decisión de consagrarnos por
entero a la labor entre los obreros y condenar con severidad toda desviación de
esta línea, entonces la tarea estribaba en afianzarse entre la clase obrera.
Ahora ha sido incorporada al movimiento una masa gigantesca de fuerzas; vienen
a nosotros los mejores representantes de la joven generación de las clases
instruidas; por todas partes, en todas las provincias se ven condenadas a la inactividad
personas que ya han tomado o desean tomar parte en el movimiento y que tienden
hacia la socialdemocracia (mientras que en 1894 los socialdemócratas rusos
podían contarse con los dedos). Uno de los defectos fundamentales de nuestro
movimiento, tanto desde el punto de vista político como de organización,
consiste en que no sabemos emplear
todas estas fuerzas ni asignarles el trabajo adecuado (en el capítulo
siguiente, hablaremos con más detalle de esta cuestión). La inmensa mayoría de
dichas fuerzas carece en absoluto de la posibilidad de “ir a los obreros”; por
consiguiente, no pude ni hablarse del peligro de distraer fuerzas de nuestra
labor fundamental. Y para proporcionar a los obreros conocimientos políticos
auténticos, vivos y que abarquen todos los dominios es necesario que tengamos
“gente nuestra”, socialdemócratas, en todas parte, en todos los sectores
sociales, en todas las posiciones que permiten conocer los resortes internos de
nuestro mecanismo estatal. Y nos hace falta esa gente no sólo para la
propaganda y la agitación, sino más aún para la organización.
¿Existe
una base que permita actuar entre todas las clases de la población? Quienes no
ven que existe, prueban una vez más que su conciencia se rezaga del movimiento
ascensional espontáneo de las masas. El movimiento obrero ha suscitado y
suscita entre unos el descontento; entre otros, despierta la esperanza de
lograr el apoyo de la posición; a otros les hace comprender que el régimen
autocrático no tiene razón de ser, y que su hundimiento es ineludible. Sólo de
palabra seríamos “políticos” y socialdemócratas (como ocurre, en efecto, muy a
menudo) si no tuviéramos conciencia de que nuestro deber consiste en aprovechar
todas las manifestaciones de descontento, en reunir y elaborar todos los elementos
de protesta, por embrionaria que sea. Y no hablemos ya de que la masa de
millones de campesinos trabajadores, artesanos, pequeños productores, etc.,
escuchará siempre con avidez la propaganda de un socialdemócrata algo hábil.
Pero ¿acaso existe una sola clase de la población en la que no haya individuos,
grupos y círculos descontentos por la falta de
derechos y la arbitrariedad, y, en consecuencia, capaces de comprender
la propaganda del socialdemócrata como portavoz que es de las demandas democráticas
generales más candentes? A quienes deseen formarse una idea concreta de esta
agitación política del socialdemócrata entre todas las clases y sectores de la población, les indicaremos las denuncias políticas, en el sentido
amplio de la palabra, como el medio principal (pero, claro está, no único) de
esta agitación.
“Debemos
–escribía yo en el artículo ¿Por dónde
empezar? (Iskra, núm. 4, mayo de
1901), del que tendremos que hablar detenidamente más adelante – despertar en
todos los sectores del pueblo con un mínimo de conciencia la pasión por las
denuncias políticas. No debe
desconcertarnos que las voces que hacen denuncias políticas sean ahora tan
débiles, escasa y tímidas. La causa de ello no es, ni mucho menos, una
resignación general con la arbitrariedad policíaca. La razón está en que las
personas capaces de denunciar y dispuestas a hacerlo no tienen una tribuna
desde la que puedan hablar, no tienen un auditorio que escuche ávidamente y
anime a los oradores, no ven por parte alguna en el pueblo una fuerza a la que
merezca la pena dirigir una queja contra el “todopoderoso” gobierno ruso… Ahora
podemos y debemos crear una tribuna para denunciar ante todo el pueblo al
gobierno zarista: esa tribuna tiene que ser un periódico socialdemócrata”*.
Ese
auditorio ideal para las denuncias políticas es precisamente la clase obrera,
que necesita, primero y principalmente, amplios y vivos conocimientos políticos
y que es la más capaz de transformar estos conocimientos en lucha activa,
aunque no prometa ningún “resultado palpable”. Ahora bien, la tribuna para
estas denuncias ante todo el pueblo
sólo puede ser un periódico central para toda Rusia. “Sin un órgano político es
inconcebible en la Europa contemporánea un movimiento que merezca el nombre de
movimiento político”, y en este sentido por Europa contemporánea hay que
entender también, sin duda alguna, a Rusia. La prensa se ha convertido, en
nuestro país, desde hace ya mucho, en una fuerza; de lo contrario, el gobierno
no gastaría decenas de miles de rublos en sobornarla y en subvencionar a los
Katlov y los Mescherski de toda laya. Y en la Rusia autocrática no es una
novedad que la prensa clandestina rompa los candados de la censura y obligue a hablar públicamente de ella a
los órganos legales y conservadores. Así ocurrió en los años 70 e incluso a
mediados de siglo. ¡Y cuánto más extensos y profundos son ahora los sectores
populares dispuestos a leer la prensa clandestina y a aprender en ella “a vivir
y a morir”, como se expresaba el obrero autor de una carta publicada en el núm.
7 de Iskra! (70). Las denuncias
políticas son precisamente una declaración de guerra al gobierno, de la misma manera que las denuncias de tipo económico
son una declaración de guerra al fabricante. Y la importancia moral de esta
declaración de guerra es tanto mayor cuanto más amplia y ----
*Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 5, pág. 10-11. (N. de la Edit.)
vigorosa es la campaña de denuncias, cuanto más
numerosa y decidida es la clase
social que declara la guerra para
empezarla. En consecuencia, las denuncias políticas son, ya de por sí, uno de
los medios más potentes para disgregar
las filas enemigas, para apartar del adversario a sus aliados fortuitos o
temporales y sembrar la hostilidad y desconfianza entre quienes participan de
continuo en el poder autocrático.
En
nuestros días podrá convertirse en vanguardia de las fuerzas revolucionarias
sólo el partido que organice campañas
de denuncias de verdad ante todo el
pueblo. Las palabras “todo el pueblo” encierran un gran contenido. La
inmensa mayoría de los denunciadores que no pertenecen a la clase obrera (y
para ser vanguardia es necesario precisamente atraer a todas las clases) son
políticos realistas y hombres serenos y prácticos. Saben muy bien que si es
peligroso “quejarse” incluso de un modesto funcionario, lo es todavía más
quejarse del “todopoderoso” gobierno ruso. Y se quejarán a nosotros sólo cuando vean que sus quejas pueden surtir efecto, que somos una fuerza política. Para lograr que las
personas ajenas nos consideren una fuerza política debemos trabajar mucho y con
tenacidad a fin de elevar nuestro
grado de conciencia, nuestra iniciativa y nuestra energía, pues no basta con
pegar el marbete de “vanguardia” a una teoría y una práctica de retaguardia.
Pero
los admiradores demasiado celoso del “estrecho contacto orgánico con la lucha
proletaria” nos preguntarán y nos preguntan ya: si debemos encargarnos de
organizar denuncias verdaderamente ante todo el pueblo sobre los abusos
cometidos por el gobierno, ¿en qué se manifestará entonces el carácter de clase
de nuestro movimiento? ¡Pues precisamente en que seremos nosotros, los
socialdemócratas, quienes organizaremos esas campañas de denuncias ante todo el
pueblo; en que todos los problemas plantados en nuestra agitación serán
esclarecidos desde un punto de vista socialdemócrata firme, sin ninguna
indulgencia para las deformaciones, intencionadas o no, del marxismo; en que
esta polifacética agitación política será realizada por un partido que une en
un todo indivisible la ofensiva contra el gobierno en nombre del pueblo entero,
la educación revolucionaria del proletariado –salvaguardando al mismo tiempo su
independencia política -, la dirección de la lucha económica de la clase obrera
y la utilización de sus conflictos espontáneos con sus explotadores, conflictos
que ponen en pie y atraen sin cesar a nuestro campo a nuevos sectores
proletarios!
Pero
uno de los rasgos más característicos del “economismo” consiste precisamente en
que no comprende esta conexión; es más, no comprende que la necesidad más
urgente del proletariado (educación política en todos los aspectos pro medio de
la agitación política y de las denuncias políticas) coincide con la necesidad
del movimiento democrático general. Esa incomprensión se manifiesta tanto en
las frases martinovianas como en diferentes alusiones del mismo sentido a un
supuesto punto de vista de clase. He aquí, por ejemplo, cómo se expresan al
respecto los autores de la carta “economista” publicada en el núm. 12 de Iskra*: “Este mismo defecto fundamental
de Iskra (la sobrestimación de la
ideología) es la causa de su inconsecuencia en los problemas referentes a la
actitud de la socialdemocracia ante las diversas clases y tendencias sociales.
Resolviendo por medio de deducciones teóricas…” (y no mediante “el crecimiento
de las tareas del partido, las cuales crecen junto con éste…”) “la tarea de
pasar sin demora a la lucha contra el absolutismo y sintiendo, por lo visto,
toda la dificultad de esta tarea para los obreros, dado el actual estado de
cosas…” (y no sólo sintiendo, sino sabiendo muy bien que esta tarea les parece
menos difícil a los obreros que a los intelectuales “economistas” que los
tratan como a niños pequeños, pues los ---
*La falta de espacio nos ha impedido responder circunstancialmente en Iskra a esta carta, tan típica de los “economistas”. Su aparición nos causó verdadero júbilo, pues hacía ya mucho que llegaban hasta nosotros, desde los lados más diversos, dimes y diretes acerca de que Iskra carecía de un consecuente punto de vista de clase, y sólo esperábamos una ocasión propicia, o la expresión cristalizada de esta acusación en boga, para darle una respuesta. Y tenemos por costumbre contestar a los ataques no con la defensiva, sino con contraataques.
obreros están dispuestos a batirse incluso por
reivindicaciones que, dicho sea con palabras de inolvidable Martínov, no
prometen ningún “resultado palpable”)…, “pero no teniendo la paciencia de
esperar que los obreros acumulen fuerzas para esta lucha, Iskra empieza a buscar aliados entre los liberales y los
intelectuales…”
Sí,
sí, se nos ha acabado, en efecto, toda la “paciencia” para “esperar” los días
felices que nos prometen desde hace mucho los “conciliadores” de toda clase, en
los cuales nuestros “economistas” dejarán de imputar su propio atraso a los
obreros y de justificar su insuficiente energía con una pretendida
insuficiencia de fuerzas de los obreros. Preguntamos a nuestros “economistas”:
¿en qué debe consistir la “acumulación de fuerzas por los obreros para esta
lucha”? ¿No es evidente que consiste en dar educación política a los obreros,
en denunciar ante ellos todos los
aspectos de nuestra abyecta autocracia? ¿Y no está claro que justamente para esta labor necesitamos
tener “aliados entre los liberales y los intelectuales” dispuestos a compartir
con nosotros sus denuncias de la campaña política contra la gente de los
zemstvos, los maestros, estadísticos, estudiantes, etc.? ¿Será, en realidad,
tan difícil de comprender esta asombrosa “treta”? ¿No les viene repitiendo P.B.
Axelrod, ya desde 1897, que “el problema de que los socialdemócratas rusos
conquisten adictos y aliados directos o indirectos entre las clases no
proletarias se resuelve, ante todo y sobre todo, por el carácter de la
propaganda que se hace en el seno del proletariado mismo”? ¡Pero no obstante,
los Martínov y demás “economistas” siguen creyendo que los obreros deben primero, por medio de “la lucha
económica contra los patronos y el gobierno”, acumular fuerzas (para la
política tradeunionista) y sólo después “pasar”,
según parece, del tradeunionista “infundir actividad” a la actividad
socialdemócrata!
“…En
sus búsquedas –continúan los “economistas” – Iskra se desvía con frecuencia del punto de vista de clase, velando las contradicciones
entre las clases y colocando en primer plano la comunidad del descontento con
el gobierno, aunque las causas y el grado de este descontento entre los
“aliados” son muy diferentes. Tal es, por ejemplo, la actitud de Iskra ante los zemstvos” … Iskra, según dicen los “economistas”,
“promete la ayuda de la clase obrera a los nobles insatisfechos de las limosnas
gubernamentales, sin decir una sola palabra del antagonismo de clase que separa
a estos dos sectores de la población”. Si el lector se remite a los artículos La autocracia y los zemstvos (números 2
y 4 de Iskra), a los que probablemente aluden los autores de la
carta, verá que están consagrados* a la actitud del gobierno frente a la
“agitación blandengue del zemstvo burocrático y estamental” y frente a la “iniciativa
que parte hasta de las clases poseedoras”. El artículo dice que el obrero no
puede contemplar con indiferencia la lucha del gobierno contra el zemstvo;
invita a la gente de los zemstvos a abandonar sus discursos blandengues y
pronunciarse con palabras firmes y tajantes cuando la socialdemocracia
revolucionaria se alce con toda su fuerza ante el gobierno. ¿Qué hay en esto de
inaceptable para los autores de la carta? Nadie lo sabe. ¿Piensan que el obrero
“no comprenderá” las palabras “clases poseedoras” y “zemstvo burocrático
estamental”? ¿Creen que incitar a la
gente de los zemstvos a pasar de los discursos blandengues a las palabras
tajantes es “sobrestimar la ideología”? ¿Se imaginan que los obreros pueden
“acumular fuerzas” para luchar contra el absolutismo si no saben cómo trata
éste también a los zemstvos? Nadie lo
sabe tampoco. Lo único claro es que los autores tienen una idea muy vaga de las
tareas políticas de la socialdemocracia. Que esto es así nos lo dice con mayor
claridad aún esta frase suya: “Idéntica es la actitud de Iskra” (es decir, de nuevo “vela las contradicciones entre las
clases”) “ante, el movimiento estudiantil”. En lugar de exhortar a los obreros
a afirmar, por medio de una manifestación pública, que el verdadero origen de
la violencia, de la arbitrariedad y del desenfreno se halla en el gobierno
ruso, y no en la juventud -----------
*Y durante el período comprendido entre estos artículos, se ha publicado (Iskra, núm. 3) otro dedicado especialmente a los antagonismos de clase en el campo. (Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 4, pág. 429-437. – N. de la Edit.)
universitaria (Iskra,
núm. 2)*, ¡deberíamos haber publicado, por lo visto, razonamientos en el
espíritu de R. Mysl! Y semejantes
ideas son expresadas por socialdemócratas en el otoño de 1901, después de los
sucesos de febrero y marzo, en vísperas de un nuevo crecer del movimiento
estudiantil, revelador de que, incluso en este terreno, la “espontaneidad” de
la protesta contra la autocracia adelanta
a la dirección consciente del movimiento por la socialdemocracia. ¡El deseo
espontáneo de los obreros de intervenir en defensa de los estudiantes apaleados
por la policía y los cosacos adelanta a la actividad consciente de la
organización socialdemócrata!
“Sin
embargo, en otros artículos – continúan los autores de la carta - , Iskra condena duramente todo compromiso
y defiende, por ejemplo, la posición intransigente de los guesdistas”.
Aconsejamos que mediten bien sobre estas palabras quienes suelen afirmar con
tanta presunción ligereza que las discrepancias entre los socialdemócratas de
nuestros días no son esenciales ni justifican una escisión. ¿Pueden actuar con
éxito en una misma organización quienes afirman que hemos hecho todavía muy
poco para denunciar la hostilidad de la autocracia a las clases más diversas y
para dar a conocer a los obreros la oposición de los sectores más diversos de
la población a la autocracia, y quienes ven en esta actividad un “compromiso”,
evidentemente un compromiso con la teoría de la “lucha económica contra los
patronos y el gobierno”?
Hemos
hablado, al recordar el cuadragésimo aniversario de la liberación de los
campesinos (núm. 3) **, de que es necesario llevar la lucha de clases al campo;
hemos mostrado, a propósito del informe secreto de Witte (núm. 4), que la
administración autónoma local y la autocracia son inconciliables; hemos atacado
el feudalismo de los --
*Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 4, pág. 391-396. (N. de la Edit.)
**Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 4, pág. 429-437 (N. de la Edit.)
terratenientes del gobierno, al comentar la nueva
ley (núm. 8)*, y hemos aplaudido el congreso ilegal de los zemstvos**,
alentando a los miembros y defensores de estos últimos a abandonar las
peticiones humillantes y pasar a la lucha; hemos estimulado a los estudiantes,
que empezaban a comprender la necesidad de la lucha política y pasaban a ella
(núm. 3) y, al mismo tiempo, hemos fustigado la “bárbara incomprensión” de
quienes propugnan el movimiento “exclusivamente universitario” y exhortan a los
estudiantes a no participar en las manifestaciones callejeras (núm. 3, con
motivo del llamamiento del Comité Ejecutivo de los Estudiantes de Moscú fechado
el 25 de febrero); hemos denunciado los “sueños absurdos” y la “hipocresía
falaz” de los astutos liberales del periódico Rossía (71) (núm. 5) y, a la vez, hemos destacado la furiosa
represión del gobierno carcelero “contra pacíficos literatos, contra viejos
catedráticos y científicos, contra conocidos liberales de los zemstvos” (núm.
5: Correría policíaca contra la
literatura); hemos revelado el verdadero sentido del programa “de patronato
del Estado para mejorar las condiciones de vida de los obreros” y celebrado la
“preciosa confesión” de que “más vale prevenir con reformas desde arriba las
demandas de reformas desde abajo que esperar a esto último” (núm. 6)***; hemos
animado (núm. 7) a los funcionarios de Estadística que protestan y
condenado a los funcionario esquiroles
(núm. ). ¡Quienes ven en esta táctica una ofuscación de la conciencia de clase
del proletariado y un compromiso con el
liberalismo prueban que no comprenden en absoluto el verdadero sentido del
programa del Credo y, de facto, aplican precisamente este programa,
por mucho que lo repudien! Porque, por eso mismo, arrastran ala
socialdemocracia a “la lucha económica contra los patronos y el gobierno” y se
rinden ante el liberalismo,
renunciando a intervenir de manera activa en cada problema “liberal” y a fijar
frente a él su propia actitud, su
actitud socialdemócrata.
*Véase V. I Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 5, pág. 87-92. (N. de la Edit.)
**Idem, pág. 93-94. (N. de la Edit.)
***Véase V.I. Lenin. Una preciosa confesión. (N.. de la Edit.)
f) Una vez más
“calumniadores”, una vez más “embaucadores”
Como recordará el lector, estas amables
palabras son de R. Dielo, que replica
así a nuestra acusación de “haber preparado indirectamente el terreno para
convertir el movimiento obrero en un instrumento de la democracia burguesa”. En
su simplicidad, Rab. Dielo ha
decidido que esta acusación o es otra cosa que una argucia polémica. Como si
dijera: estos malignos dogmáticos han resuelto decirnos toda clase de cosas
desagradables ¿y qué pude haber más desagradable que ser instrumento de la
democracia burguesa? Y se publica en negrilla un “mentís”: “una calumnia
patente” (Dos congresos, pág. 30),
“un embaucamiento” (pág. 31), “una mascarada” (pág. 33). Como Júpiter, Rab. Dielo (aunque se parece poco a
Júpiter) se enfada precisamente porque no tiene razón, demostrando con sus
insultos precipitados que es incapaz de seguir el hilo de los pensamientos de
sus adversarios. Y sin embargo, no hace falta reflexionar mucho para comprender
por qué todo culto a la espontaneidad
del movimiento de masas, todo
rebajamiento de la política socialdemócrata al nivel de la política
tradeunionista significa precisamente preparar el terreno para convertir el
movimiento obrero en un instrumento de la democracia burguesa. El movimiento
obrero espontáneo sólo puede crear por sí mismo el tradeunionismo (y lo crea de
manera inevitables), y la política tradeunionista de la clase obrera no es otra
cosa que la política burguesa de la clase obrera. La participación de la clase
obrera en la lucha política, e incluso en la revolución política, en modo
alguno convierte aún su política en una política socialdemócrata. ¿Se le
ocurrirá a R. Dielo negar esto? ¿Se
le ocurrirá, al fin, exponer ante todo el mundo, sin ambages ni rodeos, el
concepto que tiene de los problemas candentes de la socialdemocracia
internacional y rusa? ¡Oh, no! Jamás se le ocurrirá nada semejante, pues se
aferra al recurso de “hacerse el ausente”: Ni soy quien soy, ni sé ni quiero
saber nada del asunto. Nosotros no somos “economistas”, Rab. Mysl no es “economismo”, en general, en Rusia no hay
“economismo”. Es un recurso muy hábil y “político”, pero tiene un pequeño
inconveniente: a los órganos de prensa que lo practican se les suele poner el
mote de “¿En qué puedo servirle?”
Rab. Dielo cree que, en general, la
democracia burguesa en Rusia es una “quimera” (Dos congresos, pág. 32)*. ¡Qué felices son! Como el avestruz,
esconden la cabeza bajo el ala y se imaginan que con ello han hecho desaparecer
todo lo que les rodea. La serie de publicistas liberales que anuncian
triunfalmente cada mes el desmoronamiento e incluso la desaparición del
marxismo; la serie de periódicos liberales Sankt-Petersburgskie
Viédomosti, Russkie Viédomosti y
otros muchos) dedicados a estimular a los liberales que llevan a los obreros
una concepción brentaniana de la lucha de clases (72) y una concepción
tradeunionista de la política; la pléyade de críticos del marxismo, cuyas
verdaderas tendencias han puesto tan bien al descubierto el Credo y cuya mercancía literaria es la única
que circula por Rusia sin impuestos ni aranceles; la reanimación de las
tendencias revolucionarias no socialdemócratas, sobre todo después de los
sucesos de febrero y marzo; ¡todo eso, por lo visto, es una quimera! ¡Todo eso
no tiene en absoluto nada que ver con la democracia burguesa!
Rab. Dielo y los autores de la carta
“economista” aparecida en el núm. 12 de Iskra
deberían “pensar en cuál es la causa de que estos sucesos de la primavera
haya suscitado una reanimación o socialdemócratas, en lugar de fortalecer la
autoridad y el prestigio ---
*Y a renglón seguido se alude a “las condiciones concretas rusas, que empujan faltamente el movimiento obrero al camino revolucionario”. ¡No se quiere comprender que el camino revolucionario del movimiento obrero puede no ser aún el camino socialdemócrata! Bajo el absolutismo, toda la burguesía de Europa Occidental “empujaba”, empujaba conscientemente a los obreros al camino revolucionario. Pero los socialdemócratas no podemos contentarnos con eso. Y si rebajamos de una u otra forma la política socialdemócrata al nivel de la política espontánea, de la política tradeunionista, con ello precisamente haremos el juego a la democracia burguesa.
de la socialdemocracia”. La causa es que no hemos
estado a la altura de nuestra misión, que la actividad de las masas obreras ha
sido superior a la nuestra, que no hemos tenido dirigentes y organizadores
revolucionarios preparados en grado suficiente, que conocieran a la perfección el estado de ánimo de todos sectores
oposicionistas y supieran ponerse a la cabeza del movimiento, transformar una
manifestación espontánea en una manifestación política, ampliar su carácter
político, etc. en estas condiciones, nuestro atraso seguirá siendo aprovechado
de manera inevitable pro los revolucionarios no socialdemócratas más dinámicos
y más enérgicos; y los obreros, pro grandes que sean su abnegación y su energía
en la lucha con la policía y con las tropas, por muy revolucionaria que sea su
actuación, no pasarán de ser una fuerza que apoye a esos revolucionarios, serán
la retaguardia de la democracia burguesa y no la vanguardia socialdemócrata.
Tomemos el caso de la socialdemocracia alemana, de la que nuestros
“economistas” quieren imitar sólo los lados débiles. ¿Por qué no se produce en Alemania
ni un solo suceso político sin que
contribuya aumentar más y más la autoridad y el prestigio de la
socialdemocracia? Pues porque la socialdemocracia es siempre la primera en la
apreciación más revolucionaria de cada suceso, en la defensa de toda protesta
contra la arbitrariedad. No se adormece con la consideración de que la lucha
económica incitará a los obreros a pensar en su falta de derechos y de que las
condiciones empujan fatalmente el movimiento obrero al camino revolucionario.
Interviene en todos los aspectos y en todos los problemas de la vida social y
política: cuando Guillermo se niega a ratificar el nombramiento de un alcalde
progresista burgués (¡nuestros “economistas” no han tenido tiempo aún de
explicar a los alemanes que esto es, en el fondo, un compromiso con el
liberalismo!); cuando se dicta una ley contra las obras y estampas “inmorales”;
cuando el gobierno influye para que sean elegidos determinados profesores,
etc., etc. La socialdemocracia está siempre en primera línea, excitando el
descontento político en todas las clases, despertando a los dormidos,
espoleando a los rezagados y proporcionando hechos y datos de todo género para
desarrollar la conciencia política y la
actividad política del proletariado. Y el resultado de todo eso es que hasta
los enemigos conscientes del socialismo sienten respeto por el luchador
político de vanguardia, y no es raro que un documento importante, no sólo de
los medios burgueses, sino incluso de las esferas burocráticas y palaciegas,
vaya a parar por una especie de milagro al despacho de la redacción de
Vorwärts.
Ahí
está la clave de la aparente “contradicción”, la cual rebasa tanto la capacidad
de comprensión de Rab. Dielo que la
revista se limita a levantar las manos al cielo clamando: “¡Mascarada!” En
efecto, ¡figúrense ustedes: nosotros, Rab.
Dielo, colocamos en primer plano
el movimiento obrero de masas (¡y lo
imprimimos en negrilla!), prevenimos a todos y a cada uno contra el peligro de
disminuir la importancia del elemento espontáneo, queremos dar un carácter
político a la misma, a la mismísima
lucha económica, queremos mantener un contacto estrecho y orgánico con la lucha
proletaria! Y después de eso se nos dice que preparamos el terreno para
convertir el movimiento obrero en un instrumento de la democracia burguesa. ¿Y
quién nos lo dice? ¡Hombres que llegan
a un “compromiso” con el liberalismo, interviniendo en todos los problemas
“liberales” (¡qué incomprensión del “contacto orgánico con la lucha proletaria”!)
y dedicando tanto atención a los estudiantes e incluso (¡qué horror!) a la
gente de los zemstvos! ¡Hombres que, en general, quieren consagrar una parte
mayor de sus fuerzas (en comparación con los “economistas”) a la actividad
entre las clases no proletarias de la población! ¿No es eso, acaso, una
“mascarada”?
¡Pobre
Rab. Dielo! ¿Llegará alguna vez a
desentrañar el secreto de esta treta?
IV
El
primitivismo en el trabajo de los economistas y la organización de los
revolucionarios
Las
afirmaciones de Rab. Dielo, antes
analizadas, de que la lucha económica es el medio de agitación política más
ampliamente aplicable, de que nuestra tarea consiste ahora en dar a la lucha
económica misma un carácter político, etc., demuestran que se tiene una noción
estrecha no sólo de nuestras tareas políticas, sino también de las de organización. Para sostener la “lucha
económica contra los patronos y el gobierno” es innecesaria en absoluto una
organización centralizada de toda Rusia –que, por ello mismo, no puede formarse
en el curso de semejante lucha – que agrupe en un solo impulso común todas las
manifestaciones de oposición política, de protesta y de indignación; una
organización formada por revolucionarios profesionales y dirigida por
verdaderos líderes políticos de todo el pueblo. Y se comprende. La estructura
de cualquier organismo está determinada, de modo natural e inevitable, pro el
contenido de la actividad de dicho organismo. De ahí que Rab. Dielo, con las afirmaciones que hemos examinado anteriormente,
consagre y legitime, no sólo la estrechez de la actividad política, sino
también la estrechez de la labor de organización. Y en este caso, como siempre,
es un órgano de prensa cuya conciencia cede ante la espontaneidad. Sin embargo,
el culto a las formas de organización espontáneas, la incomprensión de cuán
estrecha y primitiva es nuestra labor de organización, de hasta qué punto somos
todavía unos “artesanos” en un terreno tan importante, esta incomprensión, digo
yo, es una verdadera enfermedad propia de la decadencia, sino una enfermedad
debida al crecimiento. Pero precisamente ahora, cuando la ola de la indignación
espontánea nos azota, por decirlo así, a nosotros como dirigentes y
organizadores del movimiento, es necesaria en grado sumo la lucha más
intransigente contra toda defensa del atraso, contra toda legitimación de la
estrechez de miras en este sentido; es necesario en grado sumo despertar, en
cuantos toman parte o se proponen tomar parte en la labor práctica, el
descontento por los métodos primitivos de
trabajo que predominan entre nosotros y la decisión inquebrantable de
desembarazarnos de ellos.
a)
¿Qué es el primitivismo en
el trabajo?
Intentemos responder a esta pregunta trazando
un pequeño cuadro de la actividad de un círculo socialdemócrata típico de los años comprendidos entre 1894 y
1901. Hemos aludido ya a la propensión general de la juventud estudiantil de
aquél período hacia el marxismo. Claro que esta propensión no era sólo, e
incluso no tanto, hacia el marxismo en calidad de teoría como en calidad de
respuesta a la pregunta “¿Qué hacer?”, de llamamiento a emprender la campaña
contra el enemigo. Y los nuevos guerreros iban a la campaña con un equipo y una
preparación primitivos en extremo. En muchísimos casos carecían casi por
completo hasta de equipo y no tenían absolutamente ninguna preparación. Iban a
la guerra como verdaderos labradores, sin más pertrecho que un garrote en la
mano. Falto de todo contacto con los viejos dirigentes del movimiento, falto de
toda ligazón con los círculos de otros lugares o hasta de otros puntos de la
ciudad (o de otros centros de enseñanza), sin organización alguna de las
diferentes partes de la labor revolucionaria, sin ningún plan sistematizado de
acción para un período más o menos prolongado, un círculo de estudiantes se
ponen en contacto con obreros y empieza a trabajar. Despliega paso a paso una
agitación y una propaganda cada vez más vastas, y con su actuación se gana las
simpatías de sectores obreros bastante amplios, así como de una parte de la
sociedad instruida, que proporciona dinero y pone a disposición del “comité”
nuevos y nuevos grupos de jóvenes. Crece el prestigio del comité (o unión de
lucha) y aumenta su actividad, que se amplía de un modo espontáneo por
completo: las mismas personas que hace un año o unos cuantos meses intervenían
en círculos de estudiantes y resolvían el problema de “¿a dónde ir?”, que
entablaban y mantenían relaciones con los obreros, redactaban e imprimían
octavillas, se ponen en contacto con otros grupos de revolucionarios, consiguen
publicaciones, emprenden la edición de un periódico local, empiezan a hablar de
organizar una manifestación y, por fin, pasan a operaciones militares abiertas
(que pueden ser, según las circunstancias, la primera hoja de agitación, el
primer número del periódico o la primera manifestación). Y por lo general, en
cuanto se inician estas operaciones, se produce un fracaso inmediato y
completo. Inmediato y completo precisamente porque dichas operaciones militares
no son el resultado de un plan sistemático, bien meditado y preparado poco a
poco, de una lucha larga y tenaz, sino sencillamente el crecimiento espontáneo
de una labor de círculo efectuada de acuerdo con la tradición. Porque la
policía, como es natural, conoce casi siempre a todos los dirigentes
principales del movimiento local, que se han “acreditado” ya en las aulas
universitarias, y sólo espera el momento más propicio para hacer la redada,
consistiendo adrede que el círculo se extienda y se desarrolle en grado
suficiente para contar con un corpus
delicti palpable, y dejando cada vez intencionadamente unas cuantas
personas, de ella conocidas, “como semilla” (expresión técnica que emplean,
según mis noticias, tanto los nuestros como los gendarmes). Es forzoso comparar
semejante guerra con una campaña de bandas de campesinos armados de garrotes
contra un ejército moderno. Y es de admirar la vitalidad de un movimiento que
se ha extendido, crecido y conquistado victorias pese a la completa falta de
preparación de los combatientes. Es cierto que, desde le punto de vista
histórico, el carácter primitivo del
equipo era al principio no sólo inevitable, sino incluso legítimo, como una de las condiciones que permitía atraer a
gran número de combatientes. Pero en cuanto empezaron las operaciones militares
serias (y empezaron ya, en realidad, con las huelgas del verano de 1896), las
deficiencias de nuestra organización de combate se hicieron sentir cada vez
más. El gobierno se desconcertó al principio y cometió una serie de errores
(por ejemplo, contar a la opinión pública monstruosidades de los socialistas o
deportar a obreros de las capitales a centros industriales de provincias), pero
no tardó en adaptarse a las nuevas condiciones de la lucha y supo colocar en
los lugares adecuados sus destacamentos de provocadores, espías y gendarmes, pertrechados
con todos los medios modernos. Las redadas se hicieron tan frecuentes,
abarcaron a un número tan grande de personas y barrieron los círculos locales
hasta el punto de que la masa obrera quedó lo que se dice sin dirigentes, y el
movimiento adquirió un carácter esporádico increíble, siendo imposible en
absoluto establecer continuidad ni conexión alguna en el trabajo. El pasmoso
fraccionamiento de los militantes locales, la composición fortuita de los
círculos, la falta de preparación y la estrechez de horizontes en el terreno de
los problemas teóricos, políticos y orgánicos eran consecuencia inevitable de
las condiciones descritas. Las cosas han llegado al extremo de que, en algunos
lugares, los obreros, a causa de nuestra falta de firmeza y de hábitos de lucha
clandestina, desconfían de los intelectuales y se apartan de ellos: ¡los
intelectuales, dicen, originan fracasos por su acción demasiado irreflexiva!
Cuantos
conozcan, por poco que sea, el movimiento saben que todos los socialdemócratas
reflexivos perciben, al fin, que el primitivismo en el trabajo es una
enfermedad. Mas para que no crea el lector no iniciado que “construimos” con
artificio, una fase especial o una enfermedad peculiar del movimiento, nos
remitiremos al testigo ya citado. Que se nos disculpe la extensión de la cita.
“Si el paso gradual a una actividad práctica más amplia –escribe B-v (73) en el número 6 de Rab. Dielo-, paso que depende directamente del período general de transición por que atraviesa el movimiento obrero ruso, es un rasgo característico…, existe otro rasgo no menos interesante en el mecanismo general de la revolución obrera rusa. Nos referimos a la escasez general de fuerzas revolucionarias aptas para la acción*, que se deja sentir no sólo en San Petersburgo, sino en toda Rusia. A la par con la intensificación-
*La cursiva en toda la cita es nuestra.
general del movimiento obrero,
con el desarrollo general de la masa obrera, con la creciente frecuencia de las
huelgas y con la lucha de masas de los obreros, cada día más abierta –lo que
recrudece las persecuciones gubernamentales, las detenciones, los destierros y
las deportaciones -, se hace más y más
patente esta escasez de fuerzas revolucionarias de alta calidad y, sin duda, no
deja de influir en la profundidad y el carácter general del movimiento.
Muchas huelgas transcurren sin una influencia enérgica y directa de las
organizaciones revolucionarias…, se deja sentir la escasez de hojas de
agitación y de publicaciones clandestinas… los círculos obreros se quedan sin
agitadores… Al mismo tiempo se deja notar la falta constante de dinero. En una
palabra, el crecimiento del movimiento
obrero rebasa al crecimiento y al desarrollo de las organizaciones
revolucionarias. Los efectivos de revolucionarios activos resultan demasiado
insignificantes para concentrar en sus manos la influencia sobre toda la masa
obrera en efervescencia y para dar a todos los disturbios aunque sea un asomo
de armonía y organización… Los círculos y los revolucionarios no están unidos,
no están agrupados, no constituyen una organización única, fuerte y
disciplinada, con partes metódicamente
desarrolladas”… Y después de hacer constar que el surgimiento inmediato de
nuevos círculos en lugar de los aniquilados “demuestra tan sólo la vitalidad
del movimiento…, pero no prueba que exista una cantidad suficiente de
militantes revolucionarios plenamente aptos”, el autor concluye: “La falta de
preparación práctica de los revolucionarios petersburgueses se refleja también
en los resultados de su labor. Los últimos procesos, y en particular los de los
grupos Autoemancipación y Lucha del Trabajo contra el Capital (74), han
demostrado claramente que un agitador
joven que no conozca al detalle las condiciones del trabajo y, por
consiguiente, de la agitación en una fábrica determinada, que no conozca los
principios de la clandestinidad y que sólo haya asimilado” (¿asimilado?) “las
ideas generales de la socialdemocracia, puede trabajar unos cuatro, cinco o
seis meses. Luego viene la detención, que muchas veces acarrea el aniquilamiento de toda la organización o,
por lo menos de una parte de ella. Cabe preguntar: ¿puede un grupo actuar con
éxito, con fruto, cuando su existencia está limitada a unos cuantos meses? Es
evidente que los defectos de las organizaciones existentes no pueden atribuirse
por entero al período de transición…; es evidente que la cantidad y, sobre
todo, la calidad de los componentes de las organizaciones activas desempeñan
aquí un papel de no escasa importancia, y la tarea primordial de nuestros socialdemócratas…
debe consistir en unificar realmente las
organizaciones con una selección rigurosa de sus miembros”.
b)
El primitivismo en el
trabajo y el economismo
Debemos analizar ahora una cuestión que, sin
duda, se plantean ya los lectores: ¿puede establecerse una relación entre le
primitivismo en el trabajo, como enfermedad de crecimiento que afecta a todo el movimiento, y el “economismo”,
como una tendencia de la socialdemocracia rusa? Creemos que sí. La falta de
preparación práctica y la falta de habilidad en la labor de organización son,
en efecto, cosas comunes a todos nosotros,
incluso a quienes desde el primer momento han sustentado con firmeza el punto
de vista del marxismo revolucionario. Y es cierto que nadie podría culpar de
esta falta de preparación, por sí sola, a los militantes dedicados a la labor
práctica. Pero, además de la falta de preparación, el concepto “primitivismo en
el trabajo” implica también otra cosa: el reducido alcance de toda la actividad
revolucionaria en general, la incomprensión de que con esta labor estrecha es
imposible constituir una buena organización de revolucionarios y, por último –y
eso es lo principal -, las tentativas de justificar esta estrechez y erigirla
en una “teoría” particular, es decir, el culto a la espontaneidad también en
este terreno. En cuanto se manifestaron tales tentativas se manifestaron en dos
direcciones. Unos empezaron a decir: la propia masa obrera no ha planteado aún
tareas políticas tan amplias y combativas como las que quieren “imponerle” los
revolucionarios, debe luchar todavía por reivindicaciones políticas inmediatas,
sostener “la lucha económica contra los patronos y el gobierno”* (y a esta
lucha “accesible” al movimiento de masas corresponde, como es natural, una
-------------
*Rab. Mysl y Rab. Dielo, sobre todo la Respuesta a Plejánov.
organización “accesible” incluso a la juventud menos
preparada). Otros, alejados de toda “gradación”, comenzaron a decir: se puede y
se debe “hacer la revolución política”, mas para eso no hay necesidad alguna de
crear una fuerte organización de revolucionarios que eduque al proletariado en
una lucha firme y tenaz; para eso basta con que empuñemos todos el garrote ya
conocido y “asequible”. Hablando sin alegorías: que organicemos la huelga
general*; o que estimulemos el “indolente” desarrollo del movimiento obrero por
medio del “terrorismo excitante”**. Ambas tendencias, los oportunistas y los
“revolucionistas”, capitulan ante el primitivismo imperante en el trabajo, no
confían en que sea posible desembarazarse de él, no comprenden nuestra primera
y más urgente tarea práctica: crear una organización de revolucionarios capaz
de asegurar a la lucha política energía, firmeza y continuidad.
Acabamos
de citar las palabras de B-v: “El crecimiento del movimiento obrero rebasa el
crecimiento y el desarrollo de las organizaciones revolucionarias”. Esta
“valiosa noticia de un observador directo” (comentario de la redacción de Rabócheie Dielo al artículo de B-v) tiene para nosotros un doble valor.
Demuestra que teníamos razón al considerar que la causa fundamental de la
crisis por que atraviesa en la actualidad la socialdemocracia rusa está en el
atraso de los dirigentes (“ideólogos”, revolucionarios, socialdemócratas)
respecto al movimiento ascensional
espontáneo de las masas. Demuestra que todas esas disquisiciones de los
autores de la carta”economista” (en el núm. 12 de Iskra), de B. Krichevski y Martínov, sobre el peligro de disminuir
la importancia del elemento espontáneo, la monótona lucha cotidiana, la táctica-proceso,
etc., son precisamente una defensa y una exaltación del primitivismo en el
trabajo. Esos hombres, que no pueden pronunciar la palabra “teórico” sin una
mueca de desprecio y que llaman “intuición de la vida” a su prosternación ante
–
*¿Quién hará la revolución política?, folleto publicado en Rusia en la recopilación La lucha proletaria y reeditado por el comité de Kíev.
**Renacimiento del revolucionarismo y Svoboda.
la falta de preparación para la vida y ante el
desarrollo insuficiente, demuestran de hecho que no comprenden nuestras tareas prácticas más imperiosas. Gritan a
quienes se han rezagado: “¡Seguid el paso! ¡No os adelantéis!” Y a quienes
adolecen de falta de energía y de iniciativa en la labor de organización, de
falta de “planes” para organizar las cosas con amplitud y valentía ¡les hablan
de la “táctica-proceso”! Nuestro pecado capital consiste en rebajar nuestras tareas políticas y orgánicas al nivel de los intereses
inmediatos, “palpables”, “concretos” de la lucha económica cotidiana, pero
siguen cantándonos; ¡hay que imprimir a la lucha económica misma un carácter
político! Repetimos: eso es literalmente la misma “intuición de la vida” que
demostraba poseer el personaje de la épica popular que gritaba al paso de un
entierro: “¡Ojalá tengáis siempre uno que llevar!”
Recuerden
la incomparable presunción, verdaderamente digna de Narciso, con que esos
sabios aleccionaban a Plejánov: “A los círculos
obreros les son inaccesibles en general (¡sic!)
las tareas políticas en el sentido real, práctico
de esa palabra, es decir, en el sentido de una lucha práctica, conveniente y eficaz, por reivindicaciones políticas” (Respuesta de la redacción de “R.D.”,
pág. 24). ¡Hay círculos y círculos, señores! Desde luego, a un círculo de
“artesanos” le son inaccesibles las tareas políticas, mientras esos artesanos
no comprendan el primitivismo de su trabajo y no se desembaracen de él. Pero
si, además, esos artesanos tienen apego a sus métodos, si escriben siempre en
cursiva la palabra “práctico” y se imaginan que el practicismo exige de ellos
que rebajen sus tareas al nivel de la comprensión de los sectores más atrasados
de las masas, entonces, por supuesto, serán incorregibles y, en efecto, las tareas políticas les serán inaccesibles
en general. Pero a un círculo de adalides como Alexéiev y Myshkin,
Jaulturin y Zheliábov les son accesibles las tareas políticas en el sentido más
real, más práctico, de la palabra. Y les son accesibles precisamente por cuanto
sus fogosos discursos encuentran eco en la masa que se despierta
espontáneamente; por cuanto su impetuosa energía es secundada y apoyada por la
energía de la clase revolucionaria. Plejánov tenía mil veces razón no sólo
cuando indicó cuál era esta clase revolucionaria, no sólo cuando demostró que
su despertar espontáneo era inevitable e ineludibles, sino también cuando
incluso señaló a los “círculos obreros” una tarea política grande y sublime. Y
ustedes invocan el movimiento de masas, surgido desde entonces, para rebajar esa tarea, para reducir la energía y el alcance de la
actividad de los “círculos obreros”. ¿Qué es esto sino apego del artesano a sus
métodos? Se vanaglorian de su espíritu práctico y no ven el hecho conocido de
todo militante ruso entregado a la labor práctica: que milagros puede hacer en
la obra revolucionaria la energía no sólo de un círculo, sino incluso de un
individuo. ¿O creen que en nuestro movimiento no pueden existir adalides como
los que existieron en los años 70? ¿Por qué razón? ¿Por qué estamos poco
preparados? ¡Pero nos preparamos, nos seguiremos preparando y llegaremos a
estar preparados! Es cierto que, por desgracia, en agua estancada de la “lucha
económica contra los patronos y el gobierno” se ha criado entre nosotros
verdín: han aparecido personas que se postran ante la espontaneidad y
contemplan con unción (como dice Plejánov) “la parte trasera” del proletariado
ruso. Sin embargo, sabremos limpiarnos ese verdín. Es ahora precisamente cuando
el revolucionario ruso, guiándose por una teoría verdaderamente revolucionaria
y apoyándose en una clase verdaderamente revolucionaria que despierta de manera
espontánea, puede al fin -¡al fin! – alzarse cuan alto es y desplegar todas sus
fuerzas de gigante. Para ello sólo hace falta que entre la masa de militantes
dedicados a la actividad práctica –y entre la masa, mayor aún, de quienes
sueñan con la práctica ya desde el
banco de la escuela – sea acogido con burla y desprecio todo intento de rebajar
nuestras tareas políticas y el alcance de nuestra labor de organización. ¡Y lo
conseguiremos, señores, pueden estar seguros de ello!
En el
artículo ¿Por dónde empezar? he
escrito contra Rabócheie Dielo: “En
veinticuatro horas se puede cambiar de táctica en la agitación respecto a algún
problema especial, se puede cambiar de táctica en la realización de algún
detalle de organización del partido; pero cambiar, no digamos en veinticuatro
horas, sino incluso en veinticuatro meses de criterio acerca de si hace falta
en general, siempre y en absoluto una organización combativa y una agiación
política entre las masas es cosa que sólo pueden hacer personas sin
principios”*. Rabócheie Dielo
contesta: “Esta acusación de Iskra,
la única que pretende estar basada en hechos, carece de todo fundamento. Los
lectores de R.. Dielo saben muy bien
que nosotros, desde el comienzo mismo, no sólo hemos exhortado a la agitación
política, sin esperar a que apareciera Iskra…”
(diciendo al paso que, no ya a los círculos obrero, “ni aun siquiera al
movimiento obrero de masas se le puede plantear como primera tarea política la
de derribar el absolutismo”, sino únicamente la lucha por reivindicaciones
políticas inmediatas, y que “las reivindicaciones políticas inmediatas se hacen
accesibles a las masas después de una o, en todo caso, de varias huelgas”)…,
“sino que, con nuestras publicaciones
hemos proporcionado desde el extranjero a los camaradas que actúan en Rusia los
únicos materiales de agitación política socialdemócrata…” (y en estos
materiales no sólo han practicado con la mayor amplitud la agitación política
exclusivamente en el terreno de la lucha económica, sino que han llegado, por
fin, a la conclusión de que esta agitación limitada es “la que se puede aplicar
con la mayor amplitud”. ¿Y no advierten ustedes, señores, que su argumentación
demuestra precisamente la necesidad de que apareciera Iskra –en vista del carácter de esos materiales únicos – y la
necesidad de la lucha de Iskra contra
Rabócheie Dielo?)… “Por otra parte,
nuestra actividad editorial preparaba en la práctica la unidad táctica del
partido…” (¿la unidad de convicción de que la táctica es un proceso de
crecimiento de las tareas del partido, las cuales crecen junto con éste?
¡Valiente unidad!)… “y, con ello, la posibilidad de crear una “organización de
combate”
*Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 5, pág. 6. (N. de la Edit.)
para cuya formación ha hecho la Unión todo lo que
está al alcance de una organización residente en el extranjero” (R. D. núm. 10,
pág. 15). ¡Vano intento de salir del paso! Jamás se me ha ocurrido negar que han
hecho ustedes todo lo que estaba a su alcance. Lo que yo he afirmado y afirmo
es que los límites de lo “accesible”
para ustedes se restringen por la miopía de sus concepciones. Es ridículo
hablar de “organizaciones de combate” para luchar por “reivindicaciones
políticas inmediatas” o para “la lucha económica contra los patronos y el
gobierno”.
Pero
si el lector quiere ver perlas de enamoramiento “económico” de los métodos
primitivos, tendrá que pasar, como es lógico, del ecléctico y vacilante Rab. Dielo al consecuente y decidido Rab. Mysl. “Dos palabras ahora sobre la
llamada intelectualidad revolucionaria –escribía R. M. En el Suplemento
especial, pág. 13- . es cierto que más de una vez ha demostrado en la
práctica que está totalmente dispuesta a “entablar el combate decisivo contra
el zarismo”. Pero lo malo es que, perseguida de manera implacable por la
policía política, nuestra intelectualidad revolucionaria tomaba esta lucha
contra la policía política por una lucha política contra la autocracia. Por eso
sigue aún sin encontrar respuesta a la pregunta de “dónde sacar fuerzas para
luchar contra la autocracia””.
¿Verdad
que es incomparable este olímpico desprecio que siente por la lucha contra la
policía un admirador (en el peor sentido de la palabra) del movimiento espontáneo? ¡¡Está dispuesto a justificar nuestra inepcia para la
actividad clandestina diciendo que, con el movimiento espontáneo de masas, no
tiene importancia, en el fondo, la lucha contra la policía política!! Muy
pocos, poquísimos suscribirán esta monstruosa conclusión: con tanto dolor
siente todo el mundo las deficiencas de nuestras organizaciones
revolucionarias. Pero si no la suscribe, por ejemplo, Martínov, es sólo porque
no sabe o no tiene la valentía de reflexionar hasta el fin en sus propias
tesis. En efecto, ¿acaso una “tarea” como la de que las masas planteen
reivindicaciones concretas que prometan resultados palpables exige preocuparse
de manera especial pro crear una organización de revolucionarios sólida,
centralizada y combativa? ¿No cumple también esta “tarea” una masa que en modo
alguno “lucha contra la policía política”? Más aún: ¿sería realizable esta
tarea, si, además de un reducido número de dirigentes, no se encargaran de
cumplirla también (en su inmensa mayoría) obreros que son incapaces en absoluto de “luchar contra la policía política”? Estos
obreros, los hombres de medios de la masa, pueden dar pruebas de energía y
abnegación gigantescas en una huelga,
en la lucha contra la policía y las tropas en la calle, pueden decidir (y son los únicos que pueden),
el desenlace de todo nuestro movimiento; pero precisamente la lucha contra la
policía política exige cualidades especiales, exige revolucionarios profesionales. Y nosotros debemos
preocuparnos no sólo de que las masas “planteen” reivindicaciones concretas,
sino también de que la masa de obreros “destaque”, en número cada vez mayor, a
estos revolucionarios profesionales. Llegamos así al problema de las relaciones
entre la organización de revolucionarios profesionales y el movimiento
puramente obrero. Este problema, poco reflejado en las publicaciones, nos ha
ocupado a nosotros, los “políticos”, mucho tiempo en pláticas y discusiones con
camaradas más o menos inclinados al “economismo”. Merece la pena que nos
detengamos en él especialmente. Pero terminemos antes de ilustrar con otra cita
nuestra tesis sobre la relación entre el primitivismo en el trabajo y el
“economismo”.
“El
grupo Emancipación del Trabajo –decía el señor N.N. en su Respuesta (75) –exige que se luche directamente contra el gobierno, sin pensar dónde está la fuerza
material necesaria pasa esa lucha ni indicar qué caminos ha de seguir ésta”. Y subrayando estas últimas
palabras, el autor hace a propósito del término “caminos” la observación
siguiente: “Esta circunstancia no puede explicarse por fines conspirativos, ya
que en el programa no se trata de una conjura, sino de un movimiento de masas. Y las masas no pueden avanzar por
caminos secretos. ¿Es posible, acaso, una huelga secreta? ¿Es posible celebrar
en secreto una manifestación o presentar en secreto una petición?” Vademécum, pág. 59). El autor ha
abordado de lleno tanto la “fuerza material” (los organizadores de las huelgas
y manifestaciones) como los “caminos” que debe seguir esta lucha; pero se ha
quedado, sin embargo, confuso y perplejo, pues se “prosterna” ante el
movimiento de masas, es decir, lo considera algo que nos exime de nuestra actividad revolucionaria, y no algo que debe
alentar e impulsar nuestra actividad
revolucionaria. Una huelga secreta es imposible para quienes participen en ella
o tengan relación inmediata con ella. Pero para las masas de obreros rusos, esa
huelga puede ser (y lo es en la mayoría de los casos) “secreta”, porque el
gobierno se preocupará de cortar toda relación con los huelguistas, se
preocupara de hacer imposible toda difusión de noticias sobre la huelga. Y aquí
es necesaria la “lucha contra la policía política”, una lucha especial, una
lucha que jamás podrá sostener activamente una masa tan amplia como la que
participa en las huelgas. Esta lucha deben organizarla, “según todas las reglas
del arte”, personas cuya profesión sea la actividad revolucionaria. La
organización de esta lucha no se ha hecho menos
necesaria porque las masas se incorporen espontáneamente al movimiento. Al
contrario: la organización se hace, por eso, más necesaria, pues nosotros, los socialistas, faltaríamos a
nuestras obligaciones directas ante las masas si nos supiéramos impedir que la
policía haga secreta (y si a veces no preparásemos nosotros mismos en secreto)
cualquier huelga o manifestación. Y sabremos
hacerlo precisamente porque las masas que despiertan espontáneamente destacarán también de su seno a más y
más “revolucionarios profesionales” (siempre que no se nos ocurra invitan a los
obreros, de diferentes maneras, al inmovilismo).
c)
La organización de los
obreros y la organización de los revolucionarios
Si el concepto de “lucha económica contra los
patronos y el gobierno” corresponde para una socialdemócrata al de lucha
política, es natural esperar que el concepto de “organización de
revolucionarios” corresponda más o menos al de “organización de obreros”. Y así
ocurre, en efecto; de suerte que, al hablar de organización, resulta que
hablamos literalmente en lenguas diferentes. Por ejemplo, recuerdo como si
hubiera ocurrido hoy la conversación que sostuve en cierta ocasión con un
“economista” bastante consecuente al que antes no conocía (76). La conversación
giraba en torno al folleto ¿Quién hará la
revolución política? Pronto convinimos en que el defecto principal de este
folleto consistía en dar de lado el problema de la organización. Nos
figurábamos estar ya de acuerdo, pero…, al seguir la conversación, resultó que
hablábamos de cosas distintas. Mi interlocutor acusaba al autor de no tener en
cuenta las cajas de resistencia, las sociedades de socorros mutuos, etc.; yo en
cambio, pensaba en la organización de revolucionarios indispensable para
“hacer” la revolución política. ¡Y en cuanto se reveló esta discrepancia, no
recuerdo haber coincidido jamás con este “economista” sobre ninguna cuestión de
principio!
¿En
qué consistía, pues, el origen de nuestras discrepancias? Precisamente en que
los “economistas” se apartan a cada paso de las concepciones socialdemócratas
para caer en el tradeunionismo, tanto en las tareas de organización como en las
políticas. La lucha política de la socialdemocracia es mucho más amplia y
compleja que la lucha económica de los obreros contra los patronos y el
gobierno. Del mismo modo (y como consecuencia de ello), la organización de un
partido socialdemócrata revolucionario ha de ser inevitablemente de un género distinto que la organización
de los obreros para la lucha económica. la organización de los obreros deber
ser, primero, profesional; segundo, lo más amplia posible; tercero, lo menos
clandestina posible (aquí más adelante me refiero, claro está, sólo a la Rusia
autocrática). Por el contrario, la organización de los revolucionarios debe
agrupar, ante todo y sobre todo, a personas cuya profesión sea la actividad
revolucionaria (por eso hablo de una organización de revolucionarios, teniendo
en cuenta a los revolucionarios
socialdemócratas). Ante este rasgo común de los miembros de semejante
organización debe desaparecer en absoluto
toda diferencia entre obreros e intelectuales, sin hablar ya de la
diferencia entre las diversas profesiones de unos y otros. Esta organización
debe ser necesariamente no muy amplia y lo más clandestina posible.
Detengámonos en estos tres puntos distintos. En
los países que gozan de libertad política, la diferencia entre la organización
sindical y la organización política es completamente clara, como lo es también
la diferencia entre las tradeuniones y la socialdemocracia. Por supuesto, las
relaciones de esta última con las primeras varían de manera inevitable en los
distintos países, en dependencia de las condiciones históricas, jurídicas,
etc., pudiendo ser más o menos estrechas, complejas, etc. (desde nuestro punto
de vista, deben ser lo más estrechas y lo menos complejas posibles); pero no
puede ni hablarse de identificar en los países libres la organización de los
sindicatos con la organización del partido socialdemócrata. En Rusia, en
cambio, el yugo de la autocracia borra a primera vista toda diferencia entre la
organización socialdemócrata y el sindicato obrero, pues todo sindicato obrero
todo círculo están prohibidos, y la huelga, principal manifestación y arma de
la lucha económica de los obreros, se considera en general un delito común (¡y
a veces incluso un delito político!). por consiguiente, las condiciones de
Rusia, de una parte, “incitan” con gran fuerza a los obreros que sostienen la lucha económica a pensar en las
cuestiones políticas, y, de otra, “incitan” a los socialdemócratas a confundir
el tradeunionismo con la socialdemocracia (nuestros Krichevski, Martínov y
Cía., que hablan sin cesar de la “incitación” del primer tipo, no ven la
“incitación” del segundo tipo). En efecto, imaginémonos a personas absorbidas
en el 99 por 100 por “la lucha económica contra los patronos y el gobierno”.
Unas jamás pensarán durante todo el período de su actuación (de cuatro a seis
meses) en la necesidad de una organización más compleja de revolucionarios.
Otras “tropezarán” tal vez con publicaciones bernsteinianas, bastante
difundidas, y extraerán de ellas la convicción de que lo importante de verdad
es “el desarrollo progresivo de la monótona lucha cotidiana”. Otras, en fin, se
dejarán quizá seducir por la tentadora idea de dar al mundo un nuevo ejemplo de “estrecho contacto orgánico con la
lucha proletaria”, de contacto del movimiento sindical con el movimiento
socialdemócrata. Cuanto más tarde entra un país en la palestra del capitalismo
y, en consecuencia, del movimiento obrero –razonarán esas personas -, tanto más
pueden participar los socialistas en el movimiento sindical y apoyarlo, y tanto
menos puede y debe haber sindicatos no socialdemócratas. hasta ahora, tal
razonamiento es completamente justo; pero la desgracia consiste en que van más
lejos y sueñan con una fusión total de la socialdemmocracia y el
tradeunionismo. En seguida veremos, por el ejemplo de los Estatutos de la Unión de Lucha de San Petersburgo, el nocivo
reflejo de esos sueños en nuestros planes de organización.
Las
organizaciones obreras para la lucha económica han de ser organizaciones
sindicales. Todo obrero socialdemócrata debe, dentro de lo posible, apoyar a
estas organizaciones y actuar intensamente en ellas. De acuerdo. Pero es
contrario en absoluto a nuestros intereses exigir que sólo los socialdemócratas
puedan ser miembros de las organizaciones “gremiales”, pues eso reduciría el
alcance de nuestra influencia entre las masas. Que participe en la organización
gremial todo obrero que comprenda la necesidad de la unión para luchar contra
los patronos y el gobierno. El fin mismo de las organizaciones gremiales sería
inaccesible si no agrupasen a todos los obreros capaces de comprender, por lo
menos, esta noción elemental, si dichas organizaciones gremiales no fuesen muy amplias. Y cuanto más amplias sean estas
organizaciones tanto más amplia será nuestra influencia en ellas, ejercida no
sólo por el desarrollo “espontáneo” de la lucha económica, sino también por el
influjo directo y consciente de los miembros socialistas de los sindicatos
sobre sus camaradas. Pero en una organización amplia es imposible la
clandestinidad rigurosa (pues exige mucha más preparación que para participar
en la lucha económica). ¿Cómo conciliar esta contradicción entre la necesidad
de una organización amplia y de una clandestinidad rigurosa? ¿Cómo conseguir
que las organizaciones gremiales sean lo menos clandestinas posible? En
general, no puede haber más que dos caminos: o bien la legalización de las
asociaciones gremiales (que en algunos países ha precedido a la legalización de
las organizaciones socialistas y políticas), o bien el mantenimiento de la
organización secreta, pero tan “libre”, tan poco reglamentaria, tan lose*, como dicen los alemanes, que la
clandestinidad quede reducida casi a cero para la masa de afiliados.
La
legalización de asociaciones obreras no socialistas y no políticas ha comenzado
ya en Rusia, y está fuera de toda duda que cada paso de nuestro movimiento
obrero socialdemócrata, que crece con rapidez, estimulará y multiplicará las
tentativas de esta legalización, efectuadas principalmente por los adictos al
régimen vigente, pero también, en parte, por los propios obreros y los
intelectuales liberales. Los Vasíliev y los Zubátov han izado ya la bandera de
la legalización; los señores Ozerov y Worms le han prometido y dado ya su
concurso, y la nueva corriente ha encontrado ya adeptos entre los obreros. Y
nosotros no podemos dejar ya de tener en cuenta esta corriente. Es poco
probable que entre los socialdemócratas pueda existir más de una opinión acerca
de cómo hay que tenerla en cuenta. Nuestro deber consiste en denunciar sin
desmayo toda participación de los Zubátov y los Vasíliev, de los gendarmes y
los curas en esta corriente, y explicar a los obreros los verdaderos propósitos
de estos elementos. Nuestro deber consiste en denunciar asimismo toda nota
conciliadora, de “armonía”, que se deslice en los discursos de los liberales en
las reuniones obreras públicas, independientemente de que dichas notas sean
debidas al sincero convencimiento de que es deseable la colaboración pacífica
de las clases, al afán de congraciarse con las --------
*Libre, amplia. (N. de la Edit.)
autoridades o a simple falta de habilidad. Tenemos,
en fin, el deber de poner en guardia a los obreros contra las celadas que les
tiende con frecuencia la policía, que en estas reuniones públicas y en las
sociedades autorizadas observa a los “más fogosos” e intenta aprovechar las
organizaciones legales para introducir provocadores también en las ilegales.
Pero
hacer todo eso no significa en absoluto olvidar que, en fin de cuentas, la legalización del movimiento obrero nos
beneficiará a nosotros, y no, en modo alguno, a los Zubátov. Al contrario:
precisamente con nuestra campaña de denuncias separamos la cizaña. El trigo
está en interesar en los problemas sociales y políticos a sectores obreros aún
más amplios, a los sectores más atrasados; en liberarnos nosotros, los
revolucionarios, de funciones que son, en el fondo, legales (difusión de libros
legales, socorros mutuos, etc.) y cuyo desarrollo nos proporcionará, de manera
ineluctable y en cantidad creciente, hechos y datos para la agitación. En este
sentido, podemos y debemos decir a los Zubátov y a los Ozerov: “¡Esfuércense,
señores, esfuércense!” Por cuanto tienden ustedes una celada a los obreros
(mediante la provocación directa o la corrupción “honrada” de los obreros con
ayuda del “struvismo” (77), nosotros ya nos encargaremos de desenmascararlos.
Por cuanto dan ustedes un verdadero paso adelante –aunque sea en forma del más
“tímido zigzag”, pero un paso adelante -, les diremos: “¡Sigan, sigan!” Un
verdadero paso adelante no puede ser sino una ampliación efectiva, aunque
minúscula, del campo de acción de los obreros. Y toda ampliación semejante ha de beneficiarnos y acelerar la aparición
de sociedades legales en las que no sean los provocadores quienes pesquen a los
socialistas, sino los socialistas quienes pesquen adeptos. En una palabra,
nuestra tarea consiste ahora en combatir la cizaña. No es cosa nuestra cultivar
el trigo en pequeños tiestos. Al arrancar la cizaña, desbrozamos el terreno
para que pueda crecer el trigo. Y mientras los Afanasi Ivánovich y las Puljeria
Ivánovna (78) se dedican al cultivo doméstico, nosotros debemos preparar
segadores que sepan arrancar hoy la cizaña y recoger mañana el trigo*.
Así
pues, nosotros no podemos resolver
por medio de la legalización el problema de crear una organización sindical lo
menos clandestina y lo más amplia posible (pero nos alegraría mucho que los
Zubátov y los Ozerov nos ofreciesen la posibilidad, aunque fuese parcial, de
resolverlo de este modo ¡para lo cual tenemos que combatirlos con la mayor
energía posible!). Nos queda el recurso de las organizaciones sindicales
secretas, y debemos prestar toda
ayuda a los obreros que emprenden ya (como sabemos de buena tinta) este camino.
Las organizaciones sindicales pueden ser utilísimas para desarrollar y reforzar
la lucha económica y, además, convertirse en un auxiliar de gran importancia
para la agitación política y la organización revolucionaria. Para llegar a este
resultado y orientar el naciente movimiento sindical hacia el cauce deseable
para la socialdemocracia, es preciso, ante todo, comprender bien lo absurdo del
plan de organización que preconizan los “economistas” petersburgueses desde
hace ya cerca de cinco años. Este plan ha sido expuesto en el Reglamento de la Caja Obrera del mes de
julio de 1897 (Listok “Rabótnika”,
núm. 9-10, pág. 46, del núm. 1 de Rab.
Mysl) y en el Reglamento de la Organización Sindical Obrera de octubre
de 1900 (boletín especial, impreso en San Petersburgo y mencionado en el núm. 1
de Iskra). El defecto de ambos
reglamentos consiste en que estructuran con todo detalle una vasta organización
obrera-
*La lucha de Iskra contra la cizaña ha originado esta airada salida de tono de Rab. Dielo: “Para Iskra, en cambio, estos importantes acontecimientos (los de la primavera) son rasgos menos característicos de la época que las miserables tentativas de los agentes de Zubátov de “legalizar” el movimiento obrero. Iskra no ve que estos hechos se vuelven precisamente contra ella y prueban que el movimiento obrero ha alcanzado, a juicio del gobierno, proporciones muy amenazadoras” (Dos congresos, pág. 27). La culpa de todo la tiene el “dogmatismo” de estos ortodoxos, “sordos a las exigencias imperiosas de la vida”. ¡Se obstinan en no ver trigo de un metro de alto para hacer la guerra a cizaña de un centímetro! ¿No es esto un “sentido deformado de la perspectiva con respecto al movimiento obrero ruso” (ibíd., pág. 27)?
y la confunden con la organización de los
revolucionarios. Tomemos el segundo reglamento por ser el más acabado. Consta
de cincuenta y dos artículos: veintitrés exponen la estructura, el
funcionamiento y las atribuciones de los “círculos obreros”, que serán
organizados en cada fábrica (“diez hombres como máximo”) y elegirán los “grupos
centrales” (de fábrica). “El grupo central – dice el art. 2- observa todo lo
que pasa en su fábrica y lleva la crónica de lo que sucede en ella”. “El grupo
central da cuenta cada mes a todos los cotizantes del estado de la caja” (art.
17), etc. Diez artículos están consagrados a la “organización distrital”, y
diecinueve, a la complejísima relación entre el Comité de la Organización
Obrera y el Comité de la Unión de Lucha de San Petersburgo (delegados de cada
distrito y de los “grupos ejecutivos”: “grupos de propagandistas, para las
relaciones con las provincias, para las relaciones con el extranjero, para la
administración de los depósitos, de las ediciones y de la caja”).
¡La
socialdemocracia equivale a “grupos ejecutivos” en lo que concierne a la lucha
económica de los obreros! Sería difícil demostrar con mayor relieve cómo el
pensamiento del “economista” se desvía de la socialdmeocracia hacia el
tradeunionismo; hasta qué punto le es extraña toda noción de que el
socialdemoócrata debe pensar, ante todo, en una organización de revolucionarios
capaces de dirigir toda la lucha
emancipadora del proletariado. Hablar de “la emancipación política de la clase
obrera”, de la lucha contra “la arbitrariedad zarista” y escribir semejante
reglamento de una organización significa no tener la menor idea de cuáles son
las verdaderas tareas políticas de la socialdmeocracia. Ni uno solo del medio
centenar de artículos revela la mínima comprensión de que es necesario hacer la
más amplia agitación política entre las masas, una agitación que ponga en claro
todos los aspectos del absolutismo ruso y toda la fisonomía de las diferentes
clases sociales de Rusia. Es más, con un reglamento así son inalcanzables no
sólo los fines políticos, sino incluso los fines tradeunionistas, pues estos
últimos requieren una organización por profesiones que ni siquiera se menciona
en el reglamento.
Pero
lo más característico es, quizá, la pesadez asombrosa de todo este “sistema”
que trata de ligar cada fábrica al “comité” mediante una cadena ininterrumpida
de reglas uniformes, minuciosas hasta lo ridículo y con un sistema electoral indirecto de tres grados. Encerrado en
el estrecho horizonte del “economismo”, el pensamiento cae en detalles que
despiden un tufillo a papeleo y burocracia. En realidad, claro está, las tres
cuartas partes de estos artículos jamás son aplicados; pero, en cambio, una
organización tan “clandestina”, con un grupo central en cada fábrica, facilita a los gendarmes la realización de
redadas increíblemente vastas. Los camaradas polacos han pasado ya por esta
fase del movimiento, en la que todos ellos se dejaron llevar por idea de fundar
cajas obreras a vasta escala, pero renunciaron muy pronto a ella, al
persuadirse de que sólo facilitaban presa abundante a los gendarmes. Si
queremos amplias organizaciones obreras y no amplios descalabros, si no
queremos dar gusto a los gendarmes, debemos tender a que estas organizaciones
no estén reglamentadas en absoluto. ¿Podrán entonces funcionar? Veamos cuáles
son sus funciones: “… Observar todo lo que pasa en la fábrica y llevar la
crónica de lo que sucede en ella” (art. 2 del reglamento). ¿Existe una
necesidad absoluta de reglamentar esto? ¿No podría conseguirse mejor por medio
de crónicas en la prensa clandestina, sin crear para ello grupos especiales?
“…Dirigir la lucha de los obreros por el mejoramiento de su situación en la fábrica” (art. 3). Para esto tampoco
hace falta reglamentación. Todo
agitador, por poco inteligente que sea, sabrá averiguar a fondo, por una simple
conversación, qué reivindicaciones quieren presentar los obreros y, después,
hacerlas llegar a una organización estrecha, y no amplia, de revolucionarios
para que les envíe la octavilla apropiada. “…Crear una caja… con cotización de
dos kopeks por rublo” (art. 9) y dar cuenta cada mes a todos de las entradas y salidas (art. 17); excluir
a los miembros que no paguen las cuotas (art. 10), etc. Eso es un verdadero
paraíso para la policía, pues nada hay más fácil que penetrar en el secreto de
la “caja central fabril”, confiscar el dinero y encarcelar a todos los
militantes mejores. ¿No sería más sencillo emitir cupones de uno o dos kopekss
con el sello de una organización determinada (muy reducida y muy clandestina), o
incluso, sin sello alguno, hacer colectar cuyo resultado se daría a conocer en un periódico ilegal
con un lenguaje convencional? De este modo se alcanzaría el mismo fin, y a los
gendarmes les sería cine veces más difícil descubrir los hilos de la organización.
Podría
continuar este análisis del reglamento, pero creo que con lo dicho basta. Un
pequeño núcleo bien unido, compuesto pro los obreros más seguros, más
experimentados y mejor templados, con delegados en los distritos principales y
ligado a la organización de revolucionarios de acuerdo con las reglas de la más
rigurosa clandestinidad, podrá realizar perfectamente, con el más amplio
concurso de las masas y sin reglamentación alguna, todas las funciones que competen a una organización sindical, y realizarlas,
además, de la manera deseable para la socialdemocracia. Sólo así se podrá consolidar y desarrollar, a pesar de
todos los gendarmes, el movimiento sindical socialdemócrata.
Se me
objetará que una organización tan lose,
sin ninguna reglamentación, sin ningún afiliado conocido y registrado, no puede
ser calificada de organización. Es posible. Para mí la denominación no tiene
importancia. Pero esta “organización sin afiliados” hará todo lo necesario y
asegurará desde el primer momento un contacto sólido entre nuestras futuras
tradeuniones y el socialismo. Y quienes deseen bajo el absolutismo una amplia organización de obreros, con
elecciones, informes, sufragio universal, etc., son unos utopistas incurables.
La
moraleja es simple: si comenzamos por crear firmemente una fuerte organización
de revolucionarios, podremos asegurar la estabilidad del movimiento en su
conjunto y alcanzar, al mismo tiempo, los objetivos socialdemócratas y los
objetivos netamente tradeunionistas. Pero si comenzamos a constituir una amplia
organización obrera con el pretexto de que es la más “accesible” a la masa
(aunque, en realidad, será más accesible a los gendarmes y pondrá a los
revolucionarios más al alcance de la policía), no conseguiremos ninguno de
estos objetivos, no nos desembarazaremos de nuestros métodos primitivos y, con
nuestro fraccionamiento y nuestros fracasos continuos, no logramos más que
hacer más accesibles a la masa las tradeuniones del tipo de las de Zubátov u
Ozerov.
¿En
qué deben consistir, en suma, las funciones de esta organización de
revolucionarios? Vamos a decirlo con todo detalle. Pero examinemos antes otro
razonamiento muy típico de nuestro terrorista, el cual (¡triste destino!)
vuelve a marchar al lado del “economista”. La revista para obreros Svoboda (núm. 1) contiene un artículo
titulado La organización, cuyo autor
procura defender a sus amigos los “economistas” obreros de Ivánovo-Voznesensk.
“Mala cosa es –dice- una muchedumbre silenciosa, inconsciente; mala cosa es un movimiento que no viene de la base. Vean lo que sucede: cuando los estudiantes de una ciudad universitaria retornan a sus hogares durante unas fiestas en el verano, el movimiento obrero se paraliza. ¿Puede ser una verdadera fuerza un movimiento obrero así, estimulado desde fuera? En modo alguno… todavía no ha aprendido a andar solo y lo llevan con andaderas. Y así en todo: los estudiantes e van y el movimiento cesa; se encarcela a los elementos más capaces, a la crema, y la leche se agria; se detiene al “comité” y, hasta que se forma otro nuevo, vuelve la calma. Además, no se sabe qué otro se formará, quizá no se parezca en nada al antiguo; aquél decía una cosa, éste dirá lo contrario. El nexo entre el ayer y el mañana está roto, la experiencia del pasado no alecciona al porvenir. Y todo porque el movimiento no tiene raíces profundas en la multitud; porque no son un centenar de bobos, sino una docena de inteligentes quienes actúan. Siempre es fácil que una docena de hombres caiga en la boca del lobo; pero cuando la organización engloba a la multitud, cuando todo viene de la multitud, ningún esfuerzo, sea de quien sea, podrá destruir la obra” (pág. 63).
La
descripción es justa. Ofrece un buen cuadro de nuestro primitivismo. Pero las
conclusiones son dignas de Rabóchaya Mysl
por su falta de lógica y de tacto político. Son el colmo de la insensatez, pues
el autor confunde la cuestión filosófica e histórica social de las “raíces
profundas” del movimiento con una cuestión técnica y de organización: cómo
luchar mejor contra los gendarmes. Son el colmo de la falta de tacto político,
porque, en lugar de apelar a los buenos dirigentes contra los malos, el autor
apela a la “multitud” contra los
dirigentes en general. Son un intento de hacernos retroceder en el terreno de
la organización, de la misma manera que la idea de sustituir la agitación
política con el terrorismo excitante nos hace retroceder en el sentido
político. A decir verdad, me veo en un auténtico embarras de richesses*, sin saber por dónde empezar el análisis del
galimatías con que nos obsequia Svoboda.
Para mayor claridad, comenzaré por un ejemplo: el de los alemanes. Nos negarán
ustedes, me imagino, que su organización engloba a la multitud, que entre ellos
todo viene de la multitud y que el movimiento obrero ha aprendido a andar solo.
Sin embargo, ¡¡cómo aprecia esta multitud de varios millones de hombres a su
“docena” de jefes políticos probados, con qué firmeza los sigue!! Más de una
vez, los diputados de los partidos adversos han tratado de irritar en el
Parlamento a los socialistas, diciéndoles: “¡Vaya unos demócratas! El
movimiento de la clase obrera no existe entre ustedes más que de palabra; en
realidad, es siempre el mismo grupo de jefes el que interviene. Año tras año,
decenio tras decenio, siempre el mismo Bebel, siempre el mismo Liebknecht.
¡Vuestros delegados, supuestamente elegidos por los obreros, son más
inamovibles que los funcionarios
nombrados por el emperador!” Pero los alemanes han acogido con un
sonrisa de desprecio estas tentativas demagógicas de oponer la “multitud” a los
“jefes”, de atizar en ella malos instintos de vanidad, de privar al movimiento
de solidez y estabilidad, minando la confianza de las masas en la “docena de
inteligentes”. Los alemanes han alcanzado ya suficiente desarrollo del pensamiento
político, tienen --------
*Aprieto de abundancia. (N. de la Edit.)
suficiente experiencia política para comprender que,
sin “una docena” de jefes de talento (los talentos no surgen por centenares),
de jefes probados, preparados profesionalmente, instruidos por un alarga
práctica y bien compenetrados, ninguna clase d ela sociedad contemporánea puede
luchar con firmeza. También los alemanes han tenido a sus demagogos, que
adulaban a los “centenares de bobos”, colocándolos por encima de las “docenas de
inteligentes”; que glorificaban el “puño musculoso” de la masa, incitaban (como
Most o Hasselmann) a esta masa a
acometer acciones “revolucionarias” irreflexivas y sembraban la
desconfianza respecto a los jefes probados y firmes. Y el socialismo alemán ha
crecido y se ha fortalecido gracias únicamente a una lucha tenaz e
intransigentes contra toda clase de elementos demagógicos en su seno. Pero en
su período en que toda la crisis de la socialdemocracia rusa se explica por el
hecho de que las masas que despiertan de un modo espontáneo carecen de jefes
suficientemente preparados, desarrollados y expertos, nuestros sabihondos nos
dicen con la perspicacia de Ivánushka*: “¡Mala cosa es un movimiento que no
viene de la base!”
“Un
comité compuesto de estudiantes no nos conviene porque es inestables”.
¡Completamente justo! Pero la conclusión que se deduce de ahí es que hace falta
un comité de revolucionarios
profesionales, sin que importe si son estudiantes u obreros las personas
capaces de forjarse como tales revolucionarios profesionales. ¡Ustedes, en
cambio, sacan la conclusión de que no se debe estimular desde fuera el
movimiento obrero! En su ingenuidad política, no se dan cuenta siquiera de que
hacen el juego a nuestros “economistas” y a nuestros métodos primitivos.
Permítanme una pregunta: ¿Cómo han “estimulado” nuestros estudiantes a nuestros
obreros? Unicamente transmitiéndoles
los retazos de conocimientos políticos que ellos tenían, las migajas de ideas
socialistas que habían podido adquirir (pues el principal alimento espiritual
del ---
*Ivánushka: personaje de los cuentos populares rusos. (N. de la Edit.)
estudiante de nuestros días, el marxismo legal, no
podía darle más que le abecé, no puede darle más que migajas). Ahora bien, tal
“estímulo desde fuera” no ha sido demasiado grande, sino, al contrario,
demasiado pequeño, escandalosamente pequeño en nuestro movimiento, pues no
hemos hecho más que cocernos con excesivo celo en nuestra propia salsa,
prosternarnos con excesivo servilismo ante la elemental “lucha económica de los
obreros contra los patronos y el gobierno”. Nosotros, los revolucionarios de
profesión, debemos dedicarnos, y nos dedicaremos, a ese “estímulo” cien veces
más. Pero precisamente porque eligen esta abyecta expresión de “estímulo desde
fuera”, inspira de modo inevitable al obrero (por lo menos al obrero tan poco
desarrollado como ustedes) la desconfianza hacia todos los que les proporcionan
desde fuera conocimientos políticos y experiencia revolucionaria, y que
despierta el deseo instintivo de rechazarlos a todos, proceden ustedes como demagogos,
y los demagogos son los peores enemigos de la clase obrera.
¡Sí,
sí! Y no se apresuren a poner el grito en el cielo a propósito de mis “métodos”
polémicos “exentos de camaradería”! Ni siquiera se me ocurre poner en tela de
juicio la pureza de sus intenciones; he dicho ya que la ingenuidad política
también basta para hacer de una persona un demagogo. Pero he demostrado que han
caído en la demagogia, y jamás me cansaré de repetir que los demagogos son los
peores enemigos de la clase obrera. Son los perores, porque excitan los malos
instintos de la multitud y porque a los obreros atrasados les es imposible
reconocer a estos enemigos, los cuales se presentan, y a veces sinceramente,
como amigos. Son los peores, porque en este período de dispersión y vacilaciones, en el que la fisonomía de
nuestro movimiento está aún formándose, nada hay más fácil que arrastrar
demagógicamente a la multitud, a la cual podrán convencer después de su error
sólo las más amargas pruebas. De ahí que la consigna del momento de los
socialdemócratas rusos deba ser combatir con decisión tanto a Svoboda como a Rabócheie Dielo, que caen en la demagogia. (Más adelante hablaremos
detenidamente de este punto*.)
“Es
más fácil cazar a una docena de inteligentes que a un centenar de bobos”. Este
magnífico axioma (que les valdrá siempre los aplausos del centenar de bobos)
parece evidente sólo porque, en el curso de su razonamiento, han saltado de una
cuestión a otra. Comenzaron por hablar, y siguen hablando, de la captura del
“comité”, de la captura de la “organización”, y ahora saltan a otra cuestión, a
la captura de las “raíces profundas” del movimiento. Está claro que nuestro
movimiento es indestructible sólo porque tiene centenares y centenares de miles
de raíces profundas, pero no se trata de eso, ni mucho menos. En lo que se
refiere a las “raíces profundas”, tampoco ahora se nos puede “cazar”, a pesar
de todo el primitivismo de nuestro trabajo; y, sin embargo, todos deploramos, y
no podemos menos de deplorar, la caza de “organizaciones”,
que rompe toda continuidad del movimiento. Y puesto que plantean la cuestión de
la caza de organizaciones e insisten
en trata de ella, les diré que es mucho más difícil cazar a una docena de inteligentes
que a un centenar de bobos; y seguiré sosteniéndolo sin hacer ningún caso de
sus esfuerzos para azuzar a la multitud contra mi “espíritu antidemocrático”,
etc. Como he señalado más de una vez, debe entenderse por “inteligentes” en
materia de organización sólo a los revolucionarios
profesionales, sin que importe sin son estudiantes u obreros quienes se
forjen como tales revolucionarios profesionales. Pues bine, yo afirmo: 1) que
no puede haber un movimiento revolucionario sólido sin una organización de
dirigentes estable que guarde la continuidad; 2) que cuanto más vasta sea la
masa que se incorpore espontáneamente a la lucha – y que constituye la base del
movimiento y participa en él -, tanto más imperiosa-
*Aquí nos limitaremos a advertir que cuanto hemos dicho respecto al “estímulo desde fuera” y a los demás razonamientos de Svoboda sobre organización es aplicable por entero a todos los “economistas”, comprendidos los adeptos de Rabócheie Dielo, pues, en parte, han preconizado y sostenido activamente estos puntos de vista sobre los problemas de organización o, en parte, han caído en ellos.
será la necesidad de semejante organización y tanto
más sólida deberá ser ésta (pues con tanta mayor facilidad podrán los demagogos de toda laya arrastrar a los
sectores atrasados de la masa); 3) que dicha organización debe estar formada,
en los fundamental, por hombres que hagan de las actividades revolucionarias su
profesión; 4) que en un país autocrático, cuanto más restrinjamos el contingente de miembros de dicha organización,
incluyendo en ella sólo a los que hacen de las actividades revolucionarias su
profesión y que tengan una preparación profesional en el arte de luchar contra
la policía política, tanto más difícil será “cazar” a esta organización, y 5)
tanto mayor será le número de
personas de la clase obrera y de las obras clases de la sociedad que podrán
participar en el movimiento y colaborar en él de un modo activo.
Invito
a nuestros “economistas”, terroristas, y “economistas-terroristas”* a que refuten
estas tesis, las dos últimas de las cuales voy a desarrollar ahora. Lo de si es
más fácil cazar a “una docena de inteligentes” que a “un centenar de bobos” se
reduce al problema que he analizado antes: si es compatible una organización de masas con la
necesidad de observar la clandestinidad más rigurosa. Jamás podremos dar a una
organización amplia el carácter clandestino indispensable para una lucha firme
y tenaz –
*Este término sería, quizá, más justo que el precedente en lo que se refiere a Svoboda, pues en Renacimiento del revolucionarismo se defiende del terrorismo; y en el artículo en cuestión, el “economismo”. “No las quiero, no están maduras”, puede, en general, decirse de Svoboda. Tiene buenas aptitudes y las mejores intenciones, pero el único resultado es la confusión; confusión, principalmente, porque, al defender la continuidad de la organización, Svoboda no quiere saber nada de continuidad del pensamiento revolucionario y de la teoría socialdemócrata. Esforzarse por resucitar al revolucionario profesional (Renacimiento del revolucionarismo) y proponer para eso, primero, el terrorismo excitante y, segundo, la “organización de los obreros medios” (Svoboda, núm. 1, pág. 66 y siguientes), menos “estimulados” desde fuera”, equivale, en verdad, a derribar la casa propia para tener leña con que calentarla.
contra el gobierno. La concentración de todas la
funciones clandestinas en manos del menor número posible de revolucionarios
profesionales no significa, ni mucho menos, que estos últimos “pensarán por
todos”, que la multitud no tomará parte activa en el movimiento. Al contrario:
la multitud promoverá de su seno a un número cada vez mayor de revolucionarios
profesionales, pues sabrá entonces que no basta con que unos estudiantes y
algunos obreros que luchan en el terreno económico se reúnan para constituir un
“comité”, sino que es necesario
formarse durante años como revolucionarios profesionales, y “pensará” no
sólo en los métodos primitivos de trabajo, sino precisamente en esta formación.
La centralización de las funciones clandestinas de la organización no implica en modo alguno la centralización de
todas las funciones del movimiento.
La colaboración activa de las más amplias masas en las publicaciones
clandestinas, lejos de disminuir, se decuplicará
cuando una “docena” de revolucionarios profesionales centralicen las funciones
clandestinas de esta labor. Así, y sólo así, conseguiremos que la lectura de
las publicaciones clandestinas, la colaboración en ellas y, en parte, hasta su
difusión dejen casi de ser una obra
clandestina, pues la policía comprenderá pronto cuán absurdas e imposibles
son las persecuciones judiciales y administrativas con motivo de cada uno de
los miles de ejemplares de publicaciones distribuidas. Lo mismo cabe decir no
sólo de la prensa, sino de todas las funciones del movimiento, incluso de las
manifestaciones. La participación más activa y más amplia de las masas en una
manifestación, lejos de salir perjudicada, tendrá, por el contrario, muchas más
probabilidades de éxito si una “docena” de revolucionarios probados, no menso
adiestrados profesionalmente que nuestra policía, centraliza todos los aspectos
de la labor clandestina: edición de octavillas, confección de un plan
aproximado, nombramiento de un grupo de dirigentes para cada distrito de la
ciudad, para cada barriada fabril, cada establecimiento de enseñanza, etc. (se
dirá, ya lo sé, que mis concepciones “no son democráticas”, pero más adelante
refutaré de manera detallada esta objeción nada inteligente). La centralización
de las funciones más clandestinas por la organización de revolucionarios no
debilitará, sino que reforzará la amplitud y el contenido de la actividad de un
gran número de otras organizaciones destinadas a las vastas masas y, por ello,
lo menos reglamentadas y lo menos clandestinas posible: sindicatos obreros,
círculos obreros culturales y de lectura de publicaciones clandestinas,
círculos socialistas, y democráticos también, para todos los demás sectores de la población, etc., etc. Tales
círculos, y organizaciones son necesarios en todas partes, en el mayor número y con las funciones más
diversas; pero es absurdo y perjudicial confundir
estas organizaciones con la de los revolucionarios,
borrar las fronteras entre ellas, apagar en la masa la conciencia, ya de por sí
increíblemente oscurecida, de que para “servir” al movimiento de masas hacen
falta hombres dedicados de manera especial y por entero a la acción
socialdemócrata, y que estos hombres deben forjarse
con paciencia y tenacidad como revolucionarios profesionales.
Sí,
esta conciencia se halla oscurecida hasta lo increíble. Con nuestro
primitivismo en el trabajo hemos puesto en entredicho el prestigio de los
revolucionarios en Rusia: en esto radica nuestro pecado capital en materia de
organización. Un revolucionario blandengue, vacilante en los problemas teóricos
y de estrechos horizontes, que justifica su inercia con la espontaneidad del
movimiento de masas y se asemeja más a un secretario de tradeunión que a un
tribuno popular, carente de un plan amplio y audaz que imponga respeto incluso
a sus adversarios, inexperto e inhábil en su arte profesional (la lucha contra
la policía política), ¡no es, con perdón sea dicho, un revolucionario, sino un
mísero artesano!
Que
ningún militante dedicado a la labor práctica se ofenda por este duro epíteto,
pues en lo que concierne a la falta de preparación, me lo aplico a mí mismo en
primer término. He actuado en un círculo (79) que se asignaba tareas vastas y
omnímodas, y todos nosotros, sus componentes, sufríamos lo indecible al
comprender que no éramos más que unos artesanos en un momento histórico en que,
modificando ligeramente la antigua máxima, podría decirse: ¡Dadnos una
organización de revolucionarios y removeremos a Rusia de sus cimientos! Y
cuanto más a menudo he tenido que recordar la bochornosa sensación de vergüenza
que me daba entonces, tanto mayor ha sido mi amargura contra los
seudosocialdemócratas que “deshonran el nombre de revolucionario” con su
propaganda y no comprenden que nuestra misión no consiste en propugnar que se
rebaje al revolucionario al nivel del militante primitivo, sino en elevar a este último al nivel del revolucionario.
d)
Amplitud de la labor de
organización
Como
hemos visto, B-v habla de “la escasez de fuerzas revolucionarias aptas para la
acción, que se deja sentir no sólo en San Petersburgo, sino en toda Rusia”. Y
es poco probable que alguien ponga en duda este hecho. Pero el quid está en
cómo explicarlo. B-v escribe:
“No nos proponemos esclarecer las causas históricas de este fenómeno; sólo diremos que la sociedad, desmoralizada por una larga reacción política y disgregada por los cambios económicos que se han producido y se producen, promueve un número extremadamente reducido de personas aptas para la labor revolucionaria; que la clase obrera, al promover a revolucionarios obreros, completa en parte las filas de las organizaciones clandestinas; pero el número de estos revolucionarios no corresponde a las demandas de la época. Tanto más que la situación del ocupado en la fábrica once horas y media al día, sólo le permite desempeñar principalmente funciones de agitador; en cambio, la propaganda y la organización, la reproducción y distribución de publicaciones clandestinas, la edición de proclamas, etc., recaen ante todo, quiérase o no, sobre un número reducidísimo de intelectuales” (R. Dielo, núm. 6, pág. 38-39).
Discrepamos
en muchos puntos de esta opinión de B-v. no estamos de acuerdo, en particular,
con las palabras subrayadas por nosotros, las cuales muestran con singular
relieve que, después de haber sufrido mucho (como todo militante práctico que
piense algo) a causa de nuestros métodos primitivos, B-v no puede, agobiado por
el “economismo”, encontrar una salida de esta situación insoportable. No, la
sociedad promueve un número extremadamente grande
de personas aptas para la “causa”, pero no sabemos utilizarlas a todas. En
este sentido, el estado crítico, el estado de transición de nuestro movimiento
puede formularse del modo siguiente: nos
falta gente, y gente hay muchísima. Hay infinidad de hombres porque tanto
la clase obrera como sectores cada vez más diversos de la sociedad proporcionan
año tras año, y en cantidad creciente, descontentos que desean protestar y que
están dispuestos a contribuir cuanto puedan a la lucha contra el absolutismo,
cuyo carácter insoportable no comprende aún todo el mundo, aunque masas cada
día más vastas lo perciben más y más. Pero, al mismo tiempo, no hay hombres,
porque no hay dirigentes, no hay jefes políticos, no hay talentos organizadores
capaces de realizar una labor amplia y, a la vez, indivisible y armónica, que
permita emplear todas las fuerzas, hasta las más insignificantes. “El
crecimiento y el desarrollo de las organizaciones revolucionarias” se rezagan
no sólo del crecimiento del movimiento obrero, cosa que reconoce incluso B-v, sino también del crecimiento del movimiento democrático general en todos
los sectores del pueblo. (Por lo demás, es probable que B-v consideraría hoy
esto un complemento a su conclusión). El alcance de la labor revolucionaria es
demasiado reducido en comparación con la amplia base espontánea del movimiento,
está demasiado ahogado por la mezquina teoría de “la lucha económica contra los
patronos y el gobierno”. Pero hoy deben “ir a todas las clases de la población”
no sólo los agitadores políticos, sino también los organizadores
socialdemócratas*. No creo que un solo militante dedicado a la actividad
práctica dude que los socialdemócrataas puedan reaprtir mil funciones
fragmentarias de-
*Entre los militantes, por ejemplo, se observa en los últimos tiempos una reanimación indudable del espíritu democrático, en parte a causa de los combates de calle, cada vez más frecuentes, contra “enemigos” como los obreros y los estudiantes. Y en cuanto nos lo permitan nuestras fuerzas, deberemos dedicar sin falta la mayor atención a la labor de agitación y propaganda entre los soldados y oficiales, a la creación de “organizaciones militares” afiliadas a nuestro partido.
su trabajo de organización entre personas de las clases
más diversas. La falta de
especialización es uno de los mayores defectos de nuestra técnica que
B-v deplora con tanta amargura y tanta razón. Cuanto más menudas sean las
distintas “operaciones” de la labor general, tantas más personas capaces de llevarlas
a cabo podrán encontrarse (y, en la mayoría de los casos, totalmente incapaces
de ser revolucionarios profesionales) y tanto más difícil será que la policía
“cace” a todos esos “militantes que desempeñan funciones fragmentarias”, tanto
más difícil será que pueda montar con el delito insignificante de un individuo
un “asunto” que compense los gastos del Estado en el mantenimiento de la
policía política. Y en lo que respecta al número de personas dispuestas a
prestarnos su concurso, hemos señalado ya en el capítulo precedente el cambio
gigantesco que se ha operado en este aspecto durante los cinco años últimos.
Pero, por otra parte, para agrupar en un todo único esas pequeñas fracciones,
para no fragmentar junto con las funciones del movimiento el propio movimiento
y para infundir al ejecutor de las funciones menudas la fe en la necesidad y la
importancia de su trabajo, sin la cual nunca trabajará*, para todo esto hace
falta precisamente una fuerte organización de revolucionarios probados. Con una
organización así, la fe en la fuerza
del partido se hará tanto más firme y tanto más extensa cuanto más
clandestina sea esta organización; y en la guerra, como es sabido, lo más
importante es no sólo infundir confianza en sus fuerzas al ejército propio,
sino hacer que crean en ello el enemigo y todos lo elementos neutrales; una
neutralidad amistosa puede, a veces, decidir la contienda. Con semejante
organización, erigida sobre una firme base teórica, y disponiendo de un órgano
de prensa socialdemócrata, no habrá que temer que el movimiento sea desviado de
su camino por los numerosos elementos “extraños” que se hayan adherido a él (al
contrario, precisamente ahora, cuando predominan los métodos primitivos, vemos
que muchos socialdemócratas lo llevan a la trayectoria del Credo, imaginándose
que sólo ellos son socialdemócratas). En un palabra, la especialización
presupone necesariamente la centralización y, a su vez, la exige en forma
absoluta.
Pero
el mismo B-v, que ha mostrado tan bien toda la
necesidad de la especialización, no la aprecia bastante, a nuestro
parecer, en la segunda parte del razonamiento citado. Dice que el número de
revolucionarios procedentes de los medios obreros es insuficiente. Esta
observación es del todo justa, y volvemos a subrayar que la “valiosa noticia de
un observador directo” confirma por entero nuestra opinión sobre las causas de
la crisis actual de la socialdemocracia y, por tanto, sobre los medios de
remediarla. No sólo los revolucionarios en general se rezagan del ascenso
espontáneo –
*Recuerdo que un camarada me refirió un día que un inspector fabril, que había ayudado a la socialdemocracia y estaba dispuesto a seguir ayundándola, se quejaba amargamente, diciendo que no sabía si su “información” llegaba a un verdadero centro revolucionario, hasta qué punto era necesaria su ayuda ni hasta qué punto era posible utilizar sus pequeños y menudos servicios. Todo militante dedicado a la labor práctica podría citar, sin duda, más de un caso semejante, en que nuestros métodos primitivos de trabajo nos han privado de aliados. ¡Pero los empleados y los funcionarios podrían prestarnos y nos prestarían “pequeños” servicios, que en conjunto serían de un valor inapreciable, no sólo en las fábricas, sino en correos, en ferrocarriles, en aduanas, entre la nobleza, en la iglesia y en todos los demás sitios, incluso en la policía y hasta en la corte! Si tuviéramos ya un verdadero partido, una organización verdaderamente combativa de revolucionarios, no arriesgaríamos a todos esos “auxiliares”, no nos apresuraríamos a introducirlos siempre y sin falta en el corazón mismo de las “actividades clandestinas”; al contrario, los cuidaríamos de un modo singular en incluso prepararíamos especialmente a personas para esas funciones, recordando que muchos estudiantes podrían sernos más útiles como funcionarios “auxiliares” que como revolucionarios “a breve plazo”. Pero, vuelvo a repetirlo, sólo puede aplicar esta táctica una organización completamente firme ya que no tenga escasez de fuerzas activas.
de las masas obreras. Y este hecho confirma del modo más evidente, incluso desde el punto de
vista “práctico”, que la “pedagogía” con que nos obsequia tan a menudo, al
discutirse el problema de nuestros deberes para con los obreros, es absurda y reaccionaria en el aspecto político.
Este hecho testimonia que nuestra obligación
primordial y más imperiosa consiste en ayudar a formar obreros revolucionarios
que, desde el punto de vista de su actividad en el partido, estén al mismo
nivel que los intelectuales revolucionarios (subrayamos: desde el punto de vista de su actividad en el partido, pues en
otros sentidos, aunque sea necesario, está lejos de ser tan fácil y tan urgente
que los obreros lleguen al mismo nivel). Por eso debemos orientar nuestra
atención principal a elevar a los
obreros al nivel de los revolucionarios y no a descender indefectiblemente nosotros mismos al nivel de la “masa
obrera”, como quieren los “economistas”, e indefectiblemente al nivel del
“obrero medio”, como quiere Svoboda
(que, en este sentido, se eleva al segundo grado de la “pedagogía” economista).
Nada más lejos de mí que el propósito de negar la necesidad de publicaciones de
divulgación para los obreros y de otras publicaciones de más divulgación aún
(pero, claro está, no vulgares) para los obreros muy atrasados. Pero lo que me
indigna es ese constante meter sin venir a cuento la pedagogía en los problemas
políticos, en las cuestiones de organización. Pues ustedes, señores, que se
desvelan pro el “obrero medio”, en el fondo más bien ofenden a los obreros con
el deseo de hacerles sin falta una
reverencia antes de hablar de política obrera o de organización obrera.
¡Yérganse para hablar de cosas serias y dejen la pedagogía a quienes ejercen el
magisterio, pues no es ocupación de políticos ni de organizadores! ¿Es que
entre los intelectuales no hay también hombres avanzados, elementos “medios” y
“masas”? ¿Es que no reconoce todo el mundo que los intelectuales también
necesitan publicaciones de divulgación? ¿No se escribe esa literatura? Pero imagínense
que, en un artículo sobre la organización de los estudiantes universitarios o
de bachillerato, el autor se pusiera a repetir con machaconería, como quien
hace un descubrimiento, que se precisa, ante todo, una organización de
“estudiantes medios”. Por seguro que semejante autor sería puesto en ridículo,
y le estaría muy bien empleado. Le dirían: usted denos unas cuantas ideíllas de
organización, si las tiene, y ya veremos nosotros mismos quién es “medio”,
superior o inferior. Y si las que tiene sobre organización no son propias,
todas sus disquisiciones sobre las “masas” y los “elementos medios” hastiarán
simplemente. Comprendan de una vez que los problemas de “política” y
“organización” son ya de por sí tan serios que no se puede hablar de ellos sino
con toda seriedad: se puede y se debe preparar
a los obreros (lo mismo que a los estudiantes universitarios y de bachillerato)
para poder abordar ante ellos esos
problemas; pero una vez los han abordado, den verdaderas respuestas, no se
vuelvan atrás, hacia los “elementos medios” o hacia las “masas”, no salgan del
paso con retruécanos o frases*.
Si el
obrero revolucionario quiere prepararse por entero para su trabajo, debe
convertirse también en un revolucionario profesional. Por esto no tiene razón
B-v cuando dice que, pro estar el obrero ocupado en la fábrica once horas y
media, las demás funciones revolucionarias (salvo la agitación) “recaen ante
todo, quiérase o no, sobre un número
reducidísimo de intelectuales”. No sucede esto “quiérase o no”, sino debido a
nuestro atraso, porque no comprendemos que tenemos el deber de ayudar a todo
obrero que se distinga por su capacidad para convertirse en un
agitador,-------------
*Svoboda, núm. 1, artículo La organización, pág. 66: “La masa obrera apoyará con todo su peso todas las reivindicaciones que sean formuladas en nombre del Trabajo de Rusia” (¡Trabajo con mayúsculas sin falta!) Y el mismo autor exclama: “Yo no les tengo ninguna rabia a los intelectuales, pero…” (éste es el pero que Schedrían traducía con las palabras: ¡de puntillas no se es más alto!)… “pero me pongo terriblemente furioso cuando viene una persona a contarme una retahíla de cosas muy bonitas y buenas y me hace que las crea por su (¿de él?) lindeza y demás méritos” (pág. 62). También yo “me pongo terriblemente furioso”…
organizador, propagandista, distribuidor, etc.,
etc., profesional. En este sentido dilapidamos vergonzosamente nuestras
fuerzas, no sabemos cuidar lo que tiene que ser cultivado y desarrollado con
particular solicitud. Fíjense en los alemanes: tienen cien veces más fuerzas
que nosotros, pero comprenden perfectamente que los agitadores, etc., capaces
de verdad, no descuellan con excesiva frecuencia de entre los obreros “medios”.
Por eso procuran colocar enseguida a todo obrero capaz en condiciones que le
permitan desarrollar plenamente y aplicar plenamente sus aptitudes: hacen de él
un agitador profesional, lo animan a ensanchar su campo de acción, a extender
ésta de una fábrica a todo un oficio, de una localidad a todo el país. De este
modo, el obrero adquiere experiencia y habilidad profesional, amplía su
horizonte y su saber, observa de cerca de los jefes políticos destacados de
otros lugares y de otros partidos, procura ponerse a la misma altura que ellos
y unir en su persona el conocimiento del medio obrero y la lozanía de las
convicciones socialistas a la maestría profesional sin la que no puede le proletariado desplegar su
tenaz lucha contra sus enemigos perfectamente instruidos. Así, sólo así, surgen
de la masa obrera los Bebel y los Auer. Pero lo que en un país libre en el
aspecto político se hace en gran parte por sí solo, en Rusia deben hacerlo
sistemáticamente nuestras organizaciones. Un agitador obrero que tenga algún
talento y “prometa” no debe trabajar
once horas en la fábrica. Debemos arreglarlo de manera que viva de los fondos
del partido, que pueda pasar a la clandestinidad en el momento preciso, que
cambie de lugar de acción, pues de otro modo no adquirirá gran experiencia, no
ampliará su horizonte, no podrá sostenerse siquiera varios años en la lucha
contra los gendarmes. Cuanto más amplio y profundo es el movimiento espontáneo
de las masas obreras, tantos más agitadores de talento descuellan, y no sólo
agitadores, sino organizadores, propagandistas y militantes “prácticos” de
talento, “prácticos” en el buen sentido de la palabra (que son tan escasos
entre nuestros intelectuales, en su mayor parte un tanto desidiosos y tardos a
la rusa). Cuando tengamos destacamentos de obreros revolucionarios (y bien
entendido que “todas las armas” de la acción revolucionaria) especialmente
preparados y con un largo aprendizaje, ninguna policía política del mundo podrá
con ellos, porque esos destacamentos de hombres consagrados en cuerpo y alma a
la revolución gozarán igualmente de la confianza ilimitada de las más amplias
masas obreras. Y somos los culpables
directos de no “empujar” bastante a los obreros a este camino, que es el mismo
para ellos y para los “intelectuales”, al camino del aprendizaje revolucionario
profesional, tirando demasiado a menudo de ellos hacia atrás con nuestros
discursos necios sobre lo que es “accesible” para la masa obrera, para los
“obreros medios”, etc.
En
este sentido, igual que en los otros, el reducido alcance del trabajo de
organización está en relación indudable e íntima (aunque no se dé cuenta de
ello la inmensa mayoría de los “economistas” y de los militantes prácticos
noveles) con la reducción del alcance de nuestra teoría y de nuestras tareas
políticas. El culto a la espontaneidad origina una especie de temor de
apartarnos un poquitín de lo que sea “accesible” a las masas, un temor de subir
demasiado pro encima de la simple satisfacción de sus necesidades directas e
inmediatas. ¡No tengan miedo, señores! ¡Recuerden ustedes que en materia de organización
estamos a un nivel tan bajo que es absurda hasta l apropia idea de que podamos subir demasiado alto!
e)
La organización “de
conspiradores” y la “democracia”
Entre nosotros hay mucha gente tan sensible a
“la voz de la vida” que nada temen tanto como eso precisamente, acusando de ser
adeptos del grupo Libertad del Pueblo, de no comprender la “democracia”, etc.,
a los que comparten las opiniones expuestas más arriba. Nos vemos precisados a
detenernos en estas acusaciones, que apoya también, como es natural, Rabócheie Dielo.
Quien
escribe estas líneas sabe muy bien que los “economistas” petersburgueses
acusaban ya a Rabóchaya Gazeta de
seguir a Libertad del Pueblo (cosa
comprensible si se la compara con Rabóchaya Mysl). Pro eso, cuando,
después de aparecer Iskra, un
camarada nos refirió que los socialdemócratas de la ciudad X califican a Iskra de órgano de Libertad del Pueblo,
no nos sentimos nada sorprendidos. Naturalmente, esa acusación era para todos
nosotros un elogio, pues ¿a qué socialdemócrata decente no habrán acusado de lo
mismo los “economistas”?
Estas
acusaciones son debidas a malentendidos de dos géneros. En primer lugar, en
nuestro país se conoce tan poco la historia del movimiento revolucionario que
toda idea de formar una organización combativa centralizada que declare una
guerra sin cuartel al zarismo es calificada de adicta a Libertad del Pueblo.
Pero lo magnífica organización que tenían los revolucionarios de la década del
70 y que debiera servirnos a todos de
modelo no la crearon, ni mucho menos, los adeptos de Libertad del
Pueblo, sino los partidarios de Tierra y
Libertad (80) que luego se dividió en Reparto Negro y Libertad del Pueblo.
Por eso es absurdo, tanto desde el punto de vista histórico como desde el
lógico, ver en una organización revolucionaria de combate algo específico de
Libertad del Pueblo, porque ninguna
tendencia revolucionaria que piense realmente en una lucha seria puede
prescindir de semejante organización. El error de los adeptos de Libertad del
Pueblo no consistió en procurar que se incorporaran a su organización todos los descontentos ni orientar esa
organización hacia una lucha resuelta contra la autocracia. En eso, pro el
contrario, estriba su gran mérito ante la historia. Y su error consintió en
haberse apoyado en una teoría que no tenía en realidad nada de revolucionaria y
en no haber sabido, o en no haber podido, establecer un nexo firme entre su
movimiento y la lucha de clases en la sociedad capitalista en desarrollo. Y
sólo la más burda incomprensión del marxismo (o su “comprensión” en sentido
“struvista”) ha podido dar lugar a la opinión de que la aparición de un
movimiento obrero espontáneo de masas nos exime
de la obligación de fundar una organización de revolucionarios tan buena como
la de los partidarios de Tierra y Libertad o de crear otra incomparablemente
mejor. Por el contrario, ese movimiento nos impone
precisamente dicha obligación, ya que la lucha espontánea del proletariado no
se convertirá en su verdadera “lucha de clase” mientras no esté dirigida por
una fuerte organización de revolucionarios.
En
segundo lugar, muchos –y entre ello, por lo visto, B. Krichevski (R. D., núm.
10, pág. 18) – no comprenden bien la polémica que siempre han sostenido los
socialdemócratas contra la concepción de la lucha política como una lucha “de
conspiradores”. Hemos protestado y protestaremos siempre, desde luego, contra la reducción de la lucha política alas
proporciones de una conjuración*, pero eso, claro está, en modo alguno
significaba que negásemos la necesidad de una fuerte organización
revolucionaria. Y, por ejemplo, en el folleto citado en la nota, junto a la
polémica contra quienes quieren reducir la lucha política a una conjuración se
encuentra el esquema de una organización (como ideal de los socialdemócratas)
lo bastante fuerte para poder recurrir tanto a la “insurrección” como a
cualquier “otra forma de ataque” con objeto de asestar el golpe decisivo al
absolutismo”**. Por su forma, una organización revolucionaria de esa fuerza en
un país autocrático puede llamarse también organización “de conspiradores”
porque la palabra francesa “conspiration”
equivale a “conjuración”, y el carácter conspirativo es imprescindible en el
grado máximo para ----
*Véase Las tareas de los socialdemócratas rusos, pág. 21, la polémica contra P. L. Lavrov. (Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª edic. en ruso, t. 2, pág. 451. – N. de la Edit. )
**Las tareas de los socialdemócratas rusos, pág. 23. (Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 2, pág. 451.- N. de la Edit.). Por cierto, he aquí otro ejemplo de cómo Rab. Dielo o no comprende lo que dice, o cambia de opinión “según de donde sople el viento”. En el número 1 de R. Dielo se dice en cursiva: “El contenido del folleto que acabamos de exponer coincide plenamente con el programa de la redacción de “Rabóchie Dielo” (pág. 142). ¿Es cierto eso? ¿Coincide con Las tareas la idea de que no se puede plantear al movimiento de masas como primera tarea derrocar la autocracia? ¿Coincide con ellas la teoría de la “lucha económica contra los patronos y el gobierno”? ¿Coincide la teoría de las fases? Que el lector juzgue de la firmeza de principios de un órgano que comprende la “coincidencia2 de manera tan original.
semejante organización. El carácter conspirativo es
condición tan imprescindible de tal organización que las demás condiciones
(número, selección, funciones, etc. de los miembros) tienen que concertarse con
ella. Sería, pro tanto, extrema candidez temer que nos acusen a los
socialdemócratas de querer crear una organización de conspiradores. Todo
enemigo del “economismo” debe enorgullecerse de esa acusación, así como de la
acusación de ser partidario de Libertad del Pueblo.
Se
nos objetará que una organización tan poderosa y tan rigurosamente secreta, que
concentra en sus manos todos los hilos de la actividad conspirativa,
organización necesariamente centralista, puede lanzarse con excesiva ligereza a
un ataque prematuro, puede enconar irreflexivamente el movimiento antes de que
lo hagan posible y necesario la extensión del descontento político, la fuerza
de la efervescencia y de la exasperación de la clase obrera, etc. Nosotros
contestaremos que, hablando en términos abstractos, no es posible negar, desde
luego, que una organización de combate puede
abocar en una batalla impremeditada, la cual puede acabar en una derrota que en modo alguno sería inevitable en
otras condiciones. Pero, en semejante problema, es imposible limitarse a
consideraciones abstractas, porque todo combate entraña la posibilidad
abstracta de la derrota, y no hay otro medio de disminuir esta posibilidad que preparar organizadamente el combate.
Y si planteamos el problema en el terreno concreto de las condiciones actuales
de Rusia, habremos de llegar a esta conclusión positiva: una fuerte
organización revolucionaria es sin duda necesaria para dar precisamente
estabilidad al movimiento y preservarlo
de la posibilidad de los ataques irreflexivos. Justamente ahora, cuando
carecemos de semejante organización y cuando el movimiento revolucionario crece
espontánea y rápidamente, se observan
ya dos extremos opuestos (que, como es lógico, “se tocan”): o un “economismo”
sin el menor fundamento, acompañado de prédicas de moderación, o un “terrorismo
excitante”, con tan poco fundamento, que tiende “a producir artificiosamente,
en el movimiento que se desarrolla y se consolida, pero que todavía está más
cerca de su principio que de su fin, síntomas de su fin” (V. Z. En Zariá, núm. 2-3, pág. 353). Y el ejemplo
de Rab. Dielo demuestra que existen ya socialdemócratas que
capitulan ante ambos extremos. Y no es de extrañar, porque, amén de otras
razones, la “lucha económica contra los patronos y el gobierno” jamás satisfará a un revolucionario, y
extremos opuestos siempre surgirán aquí o allá. Sólo una organización combativa
centralizada que aplique firmemente la política socialdemócrata y satisfaga,
pro decirlo así, todos los instintos y aspiraciones revolucionarios puede
preservar de un ataque irreflexivo al movimiento y preparar un ataque con
perspectivas de éxito.
Se nos
objetará también que el punto de vista expuesto sobre la organización
contradice el “principio democrático”. La acusación anterior tiene un origen
ruso tan específico como específico
carácter extranjero tiene esta otra.
Sólo una organización con sede en el extranjero (La Unión de Socialdemócratas
Rusos) ha podido dar a su redacción, entre otras instrucciones, la siguiente:
“Principio de organización. Para favorecer el desarrollo y la unificación de la socialdemocracia es preciso subrayar, desarrollar, luchar por un amplio principio democrático de su organización de partido, cosa que han hecho especialmente imprescindible las tendencias antidemocráticas aparecidas en las filas de nuestro partido” (Dos congresos, pág. 18)
En el capítulo siguiente
veremos cómo lucha precisamente Rab.
Dielo contra las “tendencias antidemocráticas” de Iskra. Veamos ahora más de cerca el “principio” que proponen los
“economistas”. Es probable que todo el mundo esté de acuerdo en que el “amplio
principio democrático” presupone las dos condiciones imprescindibles que
siguen: primero, publicidad completa, y, segundo, carácter electivo de todos
los cargos. Sin publicidad, más aún, sin una publicidad que no quede reducida a
los miembros de la organización sería ridículo hablar de espíritu democrático.
Llamaremos democrática a la
organización del partido socialista alemán ya que en él todo es público,
incluso las sesiones de sus congresos; pero nadie llamará democrática a una
organización que se oculte de todos los
que no sean miembros suyos con el manto del secreto. Cabe preguntar: ¿qué
sentido tiene proponer un “amplio
principio democrático”, cuando la condición fundamental de ese principio es irrealizable para una organización
secreta? El “amplio principio” resulta ser una mera frase que suena mucho, pero
que está vacía. Más aún. Esta frase demuestra una incomprensión completa de las
tareas urgentes del momento en materia de organización. Todo el mundo sabe
hasta qué punto está extendida entre nosotros la falta de discreción, conspirativa
que predomina en la “gran” masa de revolucionarios. Ya hemos visto con cuánta
amargura se queja de ello B-v, exigiendo, lleno de razón, “una severa selección
de los afiliados” (R. D., núm. 6, pág. 42). ¡Y de pronto aparecen gentes que se
ufanan de su “sentido de la vida” y, en semejante situación, no subrayan la necesidad de la más severa
discreción conspirativa y de la más rigurosa (y, por consiguiente, más
estrecha) selección de los afiliados, sino un “amplio principio democrático”! Esto se llama tomar el rábano por las hojas.
No
queda mejor parado el segundo rasgo de la democracia: el carácter electivo. En
los países que gozan de libertad política, esta condición se sobreentiendo por
sí misma. “Se considera miembro del partido todo el que acepta los principios
de su programa y ayuda al partido en la medida de sus fuerzas”, dice el
artículo primera de los estatutos orgánicos del Partido Socialdemócrata Alemán.
Y como toda la liza política está abierta para todos, igual que la rampa del
escenario para el público de un teatro, el que se acepte o se rechace, se apoye
o se impugne son cosas que todos saben pro los periódicos y por las reuniones
públicas. Todo el mundo sabe que determinado dirigente político ha comenzado de
tal manera, ha pasado por tal y tal evolución, se ha portado de tal y tal modo
en un momento difícil de su vida, se distingue en general por tales y tales
cualidades: pro tanto, es natural que a este dirigente lo puedan elegir o no
elegir, con conocimiento de causa, para determinado cargo en el partido, todos los miembros del mismo. El control
general (en el sentido literal de la palabra) de cada uno de los pasos del
afiliado al partido, a lo largo de su carrera política, crea un mecanismo de
acción automática que tiene pro resultado lo que en Biología se llama
“supervivencia de los mejor adaptados”. La “selección natural”, producto de la
completa publicidad del carácter electivo y del control general, asegura que
cada dirigente esté a fin de cuentas
“en su sitio”, se encargue d e la labor que mejor concuerde con sus fuerzas y
aptitudes, sufra en su carne todas las consecuencias de sus errores y demuestre
a la vista de todos su capacidad para reconocer sus faltas y evitarlas.
¡Pero
prueben ustedes a encajar este cuadro en el marco de nuestra autocracia! ¿Es
acaso concebible entre nosotros que “todo el que acepte los principios del
programa del partido y ayude al partido en la medida de sus fuerzas” controle
cada paso del revolucionario clandestino? ¿Qué todos elijan a uno o a otro entre
estos últimos, cuando, el bien de su trabajo, el revolucionario está obligado a ocultar su verdadera
personalidad a las nueve décimas partes de esos “todos”? Reflexionen, aunque
sólo sea un momento, en el verdadero sentido de las sonoras palabras de Rab. Dielo y verán que la “amplia
democracia” de una organización de partido en las tinieblas de la autocracia,
cuando son los gendarmes quienes seleccionan, no es más que un juguete inútil y perjudicial. Inútil
porque, en la práctica, jamás ha podido organización revolucionaria alguna
aplicar una amplia democracia, ni
puede aplicarla, por mucho que lo desee. Perjudicial porque los intentos de
aplicar en la práctica un “amplio principio democrático” sólo facilitan a la
policía las grandes redadas y perpetúan los métodos primitivos de trabajo
dominantes, desviando el pensamiento de los militantes dedicados a la labor
práctica de la seria e imperiosa tarea de forjarse como revolucionarios
profesionales hacia la redacción de prolijos reglamentos “burocráticos” sobre
sistemas de votación. Sólo en el extranjero, donde no pocas veces se juntan
gentes que no pueden encontrar una labor verdadera y real, ha podido
desarrollarse en algún sitio, sobre todo en diversos grupos pequeños, ese
“juego a la democracia”.
Para
demostrar al lector cuán indecoroso es el procedimiento predilecto de Rab. Dielo para preconizar un
“principio” tan decoroso como la democracia en la labor revolucionaria,
apelaremos de nuevo a un testigo. Se trata de E. Serebriakov, director de la
revista londinense Nakanunie, que
siente gran debilidad pro Rab. Dielo
y profundo odio a Plejánov y los “plejanovistas”; en los artículos referentes a
la escisión de la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero, Nakanunie se puso resueltamente al lado
de Rab. Dielo y descargó un nubarrón
de palabras detestables sobre Plejánov. Tanto más valor tiene para nosotros el
testigo en este punto. En el artículo Con
motivo del llamamiento del “Grupo de
Autoemancipación de los Obreros”, inserto en el número 7 de Nakanunie (julio de 1899), E.
Serebriakov decía que era “indecoroso” plantear cuestiones “de obcecación, de
primacía, de lo que se llama el areópago, en un movimiento revolucionario
serio”, y decía, entre otras cosas, lo siguiente:
“Myshkin, Rogachov, Zheliábov, Mijáilov, Peróvskaya, Figner y otro nunca se consideraron dirigentes y nadie los había elegido ni nombrado, aunque en realidad sí lo eran, porque tanto en el período de propaganda como en la lucha contra el gobierno cargaron con el mayor peso del trabajo, fueron a los sitios más peligrosos y su actividad fue la más fructífera. Y la primacía no resultaba de que la desearan, sino de que los camaradas que los rodeaban confiaban en su inteligencia, en su energía y en su lealtad. Temer a un areógrafo (y si no se le teme no hay por qué mencionarlo) que puede dirigir autoritariamente el movimiento es ya demasiada candidez. ¿Quién lo obedecería?”
Preguntamos al lector: ¿en
qué se diferencia el “areópago” de las “tendencias antidemocráticas”? ¿No es
evidente que el “decoroso” principio de organización de Rabócheie Dielo es tan cándido como indecoroso? Cándido porque
sencillamente nadie obedecerá a un “areópago” o a gentes con “tendencias
antidemocráticas”, toda vez que “los camaradas que los rodean no confiarán en
su inteligencia, en su energía nni en su lealtad”. E indecoroso como demagógica
salida de tono que especula con la presunción de unos, con el desconocimiento
que otros tienen del estado en que realmente se encuentra nuestro movimiento y
con la falta de preparación de los terceros y su desconocimiento de la historia
del movimiento revolucionario. El único principio de organización serio a que
deben atenerse los dirigentes de nuestro movimiento ha de ser el siguiente: la
más severa discreción conspirativa, la más rigurosa selección de los afiliados
y la preparación de revolucionarios profesionales. Si se cuenta con estas
cualidades, está asegurado algo mucho más importante que el “ambiente
democrático”, a saber: la plena confianza mutua, propia de camaradas, entre los
revolucionarios. Y es indiscutible que necesitamos más esta confianza porque en
Rusia no se puede ni hablar de sustituirla por un control democrático general.
Cometeríamos un gran error si creyéramos que, por ser imposible un control
verdaderamente “democrático”, los afiliados a una organización revolucionaria
se convierten en incontrolados: no tienen tiempo de pensar en las formas de
juguete de democracia (democracia en el seno de un apretado núcleo de camaradas
entre los que reina confianza mutua), pero sienten muy en lo vivo su responsabilidad, pues saben además, pro
experiencia, que una organización de verdaderos revolucionarios no se detendrá
en medios para deshacerse de un miembro digo. Además, en el país hay una
opinión publica bastante desarrollada de los medios revolucionarios rusos (e
internacionales) que tiene mucha historia castiga con implacable severidad todo
incumplimiento del deber de la camaradería (¡y la “democracia”, la verdadera
democracia, no la de juguete, va implícita, como la parte en el todo, en este
concepto de camaradería!). ¡Tomen todo esto en consideración y comprenderán qué
nauseabundo tufillo a juego a los generales en el extranjero trasciende de
todas esas habladurías y resoluciones sobre las “tendencias antidemocráticas”!
Hay
que observar, además, que la otra fuente de tales habladurías, es decir, la
candidez, se alimenta asimismo de una confusión de ideas acerca de la
democracia. En el libro de los esposos Webb sobre los tradeuniones inglesas hay
un capítulo curioso: La democracia
primitiva. Los autores refieren en él que los obreros ingleses tenían por
señal imprescindible de democracia en el primer período de existencia de sus
sindicatos que todos hicieran de todo en la dirección de los mismos: no sólo se
decidían todas las cuestiones pro votación de todos los miembros, sino que los
cargos también eran desempeñados sucesivamente por todos los afiliados. Fue
necesaria una larga experiencia histórica para que los obreros comprendieran lo
absurdo de semejante concepto de la democracia y la necesidad, por una parte,
de que existieran instituciones representativas y, por otra, funcionarios
profesionales. Fueron necesarios unos cuantos casos de quiebra de cajas de los
sindicatos para que los obreros comprendieran que la proporción entre las
cuotas que pagaban y los subsidios que recibían no podía decidirse sólo por
votación democrática, sino que exigía, además, el consejo de un perito en
seguros. Lean también el libro de Kautsky sobre el parlamentarismo y la
legislación popular y verán que las deducciones del teórico marxista coinciden
con las enseñanzas de prolongados años de práctica de los obreros unidos
"“espontáneamente"” Kautsky rebate con denuedo la forma primitiva que
Rittinghausen tiene de concebir la democracia, se burla de la gente dispuesta a
exigir en nombre de la democracia que “los periódicos del pueblo sean
redactados directamente por el pueblo”, demuestra la necesidad de que existan,
periodistas, parlamentarios, etc., profesionales,
para dirigir de un modo socialdemócrata la lucha de clase del proletariado;
ataca el “socialismo de anarquistas y literatos” que exaltan “por afán
efectista” la legislación que emana directamente del pueblo y no comprenden que
su aplicación es muy convencional en la sociedad contemporánea.
Todo
el que haya desplegado una labor práctica en nuestro movimiento sabe cuán
extendido está entre la masa de la juventud estudiantil y de los obreros el
concepto “primitivo” de la democracia. No es de extrañar que este concepto
penetre tanto en estatutos como en publicaciones. Los “economistas” de tipo
bernsteiniano decían en sus estatutos: “Artículo 10. Todos los asuntos que
atañen a los intereses de toda la organización sindical se resolverán pro mayoría de votos de todos sus
miembros”. Los “economistas” de tipo terrorista los secundan: “Es preciso que
los acuerdos del comité pasen por todos los círculos y sólo entonces sean
efectivos” (Svoboda, núm. 1, pág.
67). Observen que esta reclamación de aplicar ampliamente el referéndum se
plantea ¡después de exigir que toda la organización se base en el
principio electivo! Nada más lejos de nosotros, claro está, que censurar por
eso a los militantes dedicados al trabajo práctico, que han tenido muy poca
posibilidad de conocer la teoría y la práctica de las organizaciones
democráticas de verdad. Pero cuando Rab.
Dielo, que pretende ejercer una función dirigente, se limita en tales
circunstancias a insertar una resolución sobre el amplio principio democrático
¿cómo no llamar a esto sino puro “afán efectista”?
f)
El trabajo a escala local y
a escala nacional
Si las objeciones que se hacen al plan de
organización que aquí exponemos, reprochándole su falta de democracia y su
carácter conspirativo, carecen totalmente de fundamento, queda todavía
pendiente una cuestión que se plantea muchas veces y merece detenido examen: se
trata de la relación existente entre el trabajo local y el trabajo a escala
nacional. Se expresa el temor de que, al crearse una organización centralista,
el centro de gravedad pase del primer trabajo, al segundo, el temor de que esto
perjudique al movimiento, debilite la solidez de los vínculos que nos unen con
la masa obrera, y, en general, la estabilidad de la agitación local.
Contestaremos que nuestro movimiento se resiente durante estos últimos años
precisamente de que los militantes locales estén demasiado absorbidos pro el
trabajo local; que por esta razón es necesario desplazar algo, sin el menor
género de dudas, el centro de la gravedad hacia el trabajo en plano nacional;
que, lejos de debilitar, este desplazamiento dará, por el contrario, mayor
solidez a nuestros vínculos y mayor estabilidad a nuestra agitación local.
Examinemos la cuestión del órgano central y de los órganos locales, rogando al
lector que no olvide que la prensa no
es para nosotros sino un ejemplo ilustrativo de la labor revolucionaria y que,
en general, es infinitamente más amplia y más variada.
En el
primer período del movimiento de masas
(1896-1898), los militantes locales intentan publicar un órgano destinado a
toda Rusia: Rabóchaya Gazeta; en el
período siguiente (1898-1900), el movimiento da un gigantesco paso adelante,
pero los órganos locales absorben totalmente la atención de los dirigentes. Si
se hace un recuento de todos esos órganos locales, resultará* por término medio
un número al mes. ¿No es esto una prueba evidente del primitivismo de nuestros
métodos de trabajo? ¿No demuestra eso de manera fehaciente el atraso que
nuestra organización revolucionaria lleva del avance espontáneo del movimiento?
Si se hubiera publicado la misma cantidad
de números de periódicos por una organización única, y no por grupos locales
dispersos, no sólo habríamos ahorrado una inmensidad de fuerzas, sino asegurado
a nuestro trabajo infinitamente más estabilidad y continuidad. Olvidan con
demasiada frecuencia este sencillo razonamiento tanto los militantes
dedicados a las labores prácticas, que
trabajan activamente de manera
casi exclusiva en los órganos locales
(por desgracia, en la inmensa mayoría de los casos, la situación no ha
cambiado), como los publicistas que muestran en esta cuestión asombroso
quijotismo. El militante dedicado al trabajo práctico suele darse por
satisfecho con el razonamiento de que a los militantes locales “les es
difícil”** ocuparse de la publicación de un periódico central para toda Rusia y
que mejor es tener periódicos locales que no tener ninguno. Esto último es,
desde luego, muy cierto, y ningún militante dedicado al trabajo práctico ------
*Véase el Informe presentado al Congreso de parís (81), pág. 14: “Desde entonces (1897) hasta la primavera de 1900 fueron publicados en diversos puntos treinta números de varios periódicos… Por término medio, aparecería más de un número al mes”.
**Esta dificultad es sólo aparente. En realidad, no hay círculo local que no pueda asumir con energía una u otra función del trabajo a escala nacional. “No digas que no puedes, sino que no quieres”.
reconocerá antes que nosotros la gran importancia y
la gran utilidad de los periódicos locales en
general. Pero no se trata de esto, sino de ver si es posible librarse del
fraccionamiento y del primitivismo en el trabajo tan palmariamente reflejados
en los treinta números de periódicos locales publicados por toda Rusia en dos
años y medio. No se constriñan al principio indiscutible, pero demasiado
abstracto, de la utilidad de los periódicos locales en general; tengan, además,
el valor de reconocer francamente sus lados negativos, puestos de manifiesto en
dos años y medio de experiencia. Esta experiencia demuestra que, en nuestras
condiciones, los periódicos locales resultan en la mayoría de los casos
vacilantes en los principios y faltos de importancia política; en cuanto al
consumo de energías revolucionarias, resultan demasiado costosos, e
insatisfactorios por completo, desde le punto de vista técnico (me refiero,
claro está, no a la técnica tipográfica, sino a la frecuencia y regularidad de
la publicación). Y todos los defectos indicados no son obra de la casualidad,
sino consecuencia inevitable del fraccionamiento que, por una parte, explica el
predominio de los periódicos locales en el período que examinamos, y, por otra
parte, encuentra un apoyo en ese
predominio. Una organización local, por sí sola, no está realmente en
condiciones de asegurar la firmeza de principios de su periódico ni de
colocarlo a la altura de órgano político, no está en condiciones de reunir y
utilizar datos suficientes para escribir de toda nuestra vida política. Y, en
cuanto al argumento que
ordinariamente se esgrime en los países libres para justificar la necesidad de
numerosos periódicos locales –que son baratos, porque los confeccionan obreros locales, y pueden ofrecer una
información mejor y más rápida a la población local-, la experiencia ha
demostrado que, en nuestro país, se vuelve contra dichos periódicos. Estos
resultan demasiado costosos en lo que al consumo de energías revolucionarias se
refiere; y son publicados muy de
tarde en tarde por la sencilla razón de que un periódico ilegal, por pequeño que sea, precisa un inmenso mecanismo clandestino
de imprenta, que requiere la existencia de una gran industria fabril, pues en
un taller de artesanos no es posible montar semejante mecanismo. Mas cuando
éste es primitivo, la policía aprovecha muchas veces (todo militante dedicado
al trabajo práctico conoce numerosos ejemplos de este género) la aparición y
difusión de uno o dos números para hacer una redada masiva, que lo barre todo tan bien que es preciso volver a empezar
de nuevo. Un buen mecanismo clandestino de imprenta exige una buena preparación
profesional de los revolucionarios y la más consecuente división del trabajo, y
estas dos condiciones son de todo punto irrealizables en una organización local
aislada, por mucha fuerza que reúna en un momento dado. No hablemos ya de los
intereses generales de todo nuestro movimiento (una educación socialista y
política de los obreros basada en principios firmes); también los intereses
locales específicos quedan mejor
atendidos por órganos no locales. Sólo a primera vista puede parecer esto
una paradoja; en realidad, la experiencia de los dos años y medio de que hemos
hablado lo demuestra de manera irrefutable. Todo el mundo convendrá en que si
las fuerzas locales que han publicado treinta números de periódicos hubieran
trabajado para un solo periódico, habrían publicado sin dificultad sesenta
números, si no cien, y, por consiguiente, se habrían reflejado de un modo más
completo las particularidades del movimiento puramente local. No cabe duda de
que no es fácil conseguir esta coordinación; pero hace falta que, al fin,
reconozcamos su necesidad; que cada círculo local piense y trabaje activamente en ese sentido sin esperar el empujón de fuera,
sin dejarse seducir por la accesibilidad y la proximidad de un órgano loca,
proximidad que –según lo prueba nuestra experiencia revolucionaria – es, buena
parte, ilusoria.
Y
prestan un flaco servicio al trabajo práctico los publicistas que,
considerándose muy próximos a los militantes prácticos, no se dan cuenta de
este carácter ilusorio y salen del paso con un razonamiento de simpleza tan
extraordinaria como de vacuidad tan asombrosa: hacen falta periódicos locales,
hacen falta periódicos comarcales, hacen falta periódicos centrales para toda
Rusia. Es natural que, hablando en términos generales, todo esto haga falta,
pero también hace falta, cuando se aborda un problema concreto de organización,
pensar en las condiciones de medio y tiempo. ¿No es, en efecto, un caso de
quijotismo cuando Svoboda (núm. 1,
pág. 68), “deteniéndose” específicamente “en
el problema del periódico”, escribe: “Nosotros creemos que en todo lugar
algo considerable de concentración de obreros debe haber periódico obrero
propio. No traído de fuera, sino justamente propio”. Si este publicista no
quiere pensar en el sentido de sus palabras, piense usted al menos por él,
lector: ¡cuántas decenas, si no centenares de “lugares algo considerables de
concentración de obreros” hay en Rusia, y qué perpetuación de nuestro
primitivismo en el trabajo resultará si cada organización local se pusiera
efectivamente a publicar su propio periódico! ¡Cómo facilitaría este
fraccionamiento a nuestros gendarmes la tarea de capturar –y, además, sin hacer
esfuerzos “algo considerables” – a los militantes locales, desde el comienzo
mismo de su actuación, antes de haber podido llegar a ser verdaderos
revolucionarios! En un periódico central para toda Rusia – continúa el autor-
no interesarían mucho las narraciones de los manejos de los fabricantes “y de
los pormenores de poca monta de la vida fabril en diversas ciudades que no son
la suya”, pero “al orlense no le aburrirá leer lo que sucede en Oriol. Sabe
siempre con quién se han “metido”, a quién “se le da para el pelo” y a él le
baila el ojo” (pág.. 69). Sí, sí, al
orlense le baila el ojo, pero a nuestro publicista también “le baila” demasiado
la imaginación. En lo que éste debiera pensar es en si se muestra tacto al
defender la mezquindad de esfuerzos. No cederemos a nadie la palma en reconocer
cuán necesario e importante es denunciar los abusos que se cometen en las fábricas,
pero hay que recordar que hemos llegado ya a un momento en que a los vecinos de
San Petersburgo les aburre leer las cartas petersburguesas del periódico
petersburgués Rabóchaya Mysl. Para
denunciar los abusos que se cometen en las fábricas locales hemos tenido
siempre, y debemos seguir teniendo
siempre las hojas volantes; pero el
periódico hay que elevarlo, y no
rebajarlo al nivel de hojas volantes de fábrica. Para un “periódico”
necesitamos denuncias no tanto de “pequeñeces”, como de los grandes defectos
típicos de la vida fabril, denuncias
hechas con ejemplos de singular realce y, pro lo mismo, capaces de interesar a
todos los obreros y a todos los dirigentes del movimiento, capaces de
enriquecer efectivamente sus conocimientos, ensanchar su horizonte, dar
comienzo al despertar de un distrito más, de un nuevo sector profesional de
obreros.
“Además,
en un periódico local, los manejos de la administración de la fábrica o de
otras autoridades pueden recogerse en seguida, aún recientes. Y mientras la noticia
llega a un periódico central, lejano, en el punto de origen ya se habrá
olvidado lo sucedido: “¿Cuándo habrá ocurrido eso?; ¡cualquiera lo recuerda!””
(loc. cit.). en efecto, ¡cualquiera lo recuerda! Los treinta números publicados
en dos años y medio corresponden, según hemos visto en la misma fuente, a seis
ciudades. De modo que a cada ciudad corresponde, por término medio, ¡un número de periódico por medio año! E
incluso si nuestro insubstancial publicista triplica
en su hipótesis el rendimiento del trabajo local (cosa que sería indudablemente
inexacta con relación a una ciudad media, porque es imposible aumentar
considerablemente el rendimiento sin salir del primitivismo en el trabajo), no
recibiríamos, sin embargo, a más de un número cada dos meses, es decir, una
situación que en nada se parece a “recoger las noticias aún recientes”. Pero
bastaría con que se unieran diez organizaciones locales e invistieran de
funciones activas a sus delgados con el fin de montar un periódico central que
entonces pudieran “recogerse” por toda
Rusia no pequeñeces, sino escándalos notables y típicos en realidad, y esto
cada dos semanas. Nadie que sepa en qué situación se encuentran nuestras
organizaciones lo dudará. Y en cuanto a lo de pillar al enemigo con las manos en
la masa, si se toma esto en serio y no se habla por hablar, un periódico
clandestino no puede, en general, ni pensar en ello: esto puede hacerlo sólo
una hoja volante, porque el plazo máximo para sorprender así al enemigo no
pasa, en la mayoría de los casos, de uno o dos días (tomen, por ejemplo, el
caso de una huelga breve corriente, de atropellos en una fábrica o de una
manifestación etc.).
“El
obrero no sólo vive en la fábrica, sino en la ciudad también”, continúa nuestro
autor, pasando de lo particular a lo general con una consecuencia tan rigurosa
que honraría al mismo Borís Krichevski. Y señala los problemas de las dumas,
hospitales y escuelas de las ciudades, exigiendo que el periódico obrero no
calle los asuntos urbanos en general. La exigencia es de por sí magnífica, pero
ilustra con particular evidencia la abstracta vacuidad a que se limitan con
demasiado frecuencia las disquisiciones sobre los periódicos locales. Primero,
si en “todo lugar algo considerable de concentración de obreros” se publicaran
en efecto periódicos con una sección urbana tan detallada como quiere Svoboda, dadas nuestras condiciones
rusas, la cosa degeneraría inevitablemente en verdadera cicatería, conduciría a
debilitar la conciencia de lo importante que es un empuje revolucionario
general en toda Rusia contra la autocracia zarista y reforzaría los brotes, muy
vivaces y más bien ocultos o reprimidos que arrancados de raíz, de una
tendencia que ya ha adquirido fama por la célebre máxima sobre los
revolucionarios que hablar demasiado del parlamento inexistente y muy poco de
las dumas urbanas existentes. Y hemos dicho “inevitablemente”, subrayando así
que no es esto, sino lo contrario, lo que Svoboda
quiere a sabiendas. Pero no basta con las buenas intenciones. Para que la labor
de esclarecimiento de los asuntos urbanos quede organizada con la orientación
debida respecto a todo nuestro trabajo, hay que empezar por elaborar totalmente y dejar sentada con firmeza esa
orientación, y no sólo mediante razonamientos, sino mediante una inmensidad de
ejemplos, para que adquiera ya la solidez de tradición. Esto es lo que estamos muy lejos de tener y pro esto
precisamente hay que empezar antes de
que se pueda pensar en una vasta prensa local y hablar de ella.
Segundo,
para escribir bien y de un modo interesante de verdad sobre asuntos locales,
hay que conocerlos bien, y no sólo por los libros. Pero en toda Rusia apenas
hay socialdemócratas que posean este conocimiento. Para escribir en un
periódico (y no en folletos de divulgación) sobre asuntos locales y estatales
hay que disponer de datos frescos, variados, recogidos y elaborados por una
persona entendida. Y para recoger y elaborar tales datos no basta la
“democracia primitiva” de un círculo primitivo, en el que todos hacen de todo y
se divierten jugando al referéndum. Para eso hace falta una plana mayor de
autores especializados, de corresponsales especializados, un ejército de
reporteros socialdemócratas, que entablen relaciones en todas partes, que sepan
penetrar en todos los “secretos de Estado” (con los que tanto presume y que con
tanta facilidad revela el funcionario ruso) y meterse entre todos los
“bastidores”; un ejército de hombres obligados “por su cargo” a ser ubicuos y
omniscios. Y nosotros, partido de lucha contra toda opresión económica, política, social y nacional, podemos y
debemos encontrar, reunir, formar, movilizar y poner en campaña un ejército así
de hombres omnisapientes, ¡pero eso está todavía por hacer! Ahora bien,
nosotros no sólo no hemos dado aún,, en la inmensa mayoría de los lugares, ni
un paso en esa dirección, sino que a menudo ni siquiera existe la conciencia
de la necesidad de hacerlo. Búsquense en nuestra pensa socialdemócrata
artículos vivos e interesantes, crónicas y denuncias sobre nuestros asuntos y
asuntillos diplomáticos, militares, eclesiásticos, urbanos, financieros, etc.,
etc.: se encontrará muy poco o casi nada*. ¡Por eso “me enfado
terriblemente -----
*Por esta razón, incluso el ejemplo de los órganos locales de excepcional valía confirma totalmente nuestro punto de vista. Por ejemplo, Yuzhni Rabochi (82) es un excelente periódico, al que no se puede acusar de falta de firmeza en los principios. Pero como sale rara vez, y las redadas son muy frecuentes, no ha podido dar al movimiento local todo lo que pretendía. Lo más apremiante para el partido en estos momentos –plantear con firmeza de principios los problemas fundamentales del movimiento y desplegar una agitación política en todos los sentidos – ha sido superior a las fuerzas de ese órgano local. Lo muy bueno que ha dado, como los artículos sobre el congreso de los industriales mineros, sobre el paro, etc., no era de carácter estrictamente local, sino necesario para toda Rusia, y no sólo para el Sur. Artículos como ésos no los ha habido en toda nuestra prensa socialdemócrata.
siempre que viene alguien y me ensarta una retahíla
de lindezas y preciosidades” sobre la necesidad de periódicos “en todo lugar
algo considerable de concentración de obreros” que denuncien las
arbitrariedades tanto en la administración fabril como en la pública local y nacional!
El
predomino de la prensa local sobre la central es síntoma de penuria o de lujo.
De penuria, cuando el movimiento no ha cobrado todavía fuerzas para un trabajo
a gran escala, cuando aún vegeta en medio del primitivismo y casi se ahoga “en
las pequeñeces de la vida fabril”. De lujo, cuando el movimiento ha podido ya plenamente con la tarea de
las denuncias en todos los sentidos y de la agitación en todos los sentidos, de
modo que, además del órgano central, se hacen necesarios numerosos órganos
locales. Decida cada cual por sí mismo qué es lo que prueba el predominio que
hoy tienen los periódicos locales entre nosotros. Por mi parte, me limitaré a
formular con exactitud mi conclusión par ano dar pie a malentendidos. Hasta
ahora, la mayoría de nuestras organizaciones locales piensan casi
exclusivamente en órganos locales y trabajan de un modo activo casi
exclusivamente para ellos. Esto no es normal. Debe suceder lo contrario, que la
mayoría de las organizaciones locales pense sobre todo en un órgano central
para toda Rusia y trabaje principalmente para él. Mientras no ocurra sí, no
podremos publicar ni un solo
periódico que sea por lo menos capaz de proporcionar realmente al movimiento
una agitación en todos los sentidos en la prensa. Y cuando esto se así, se
entablarán por sí solas unas relaciones normales entre el órgano central
necesario y los órganos locales necesarios.
* * *
A
primera vista, la conclusión de que se precisa desplazar el centro de gravedad
del trabajo local al trabajo a escala de toda Rusia puede parecer inaplicable
al terreno de la lucha económica especial: el enemigo directo de los obreros es
en este caso un patrono determinado o un grupo de patronos no ligados entre sí
por una organización que recuerde, aunque sea remotamente, una organización
puramente militar, rigurosamente centralista, dirigida hasta en los detalles
más pequeños por una voluntad única, como es la organización del gobierno ruso,
nuestro enemigo directo en la lucha política.
Pero
no es así. La lucha económica –lo hemos dicho ya muchas veces- es una lucha
sindical, y por ello exige que los obreros se unan por oficios, y no sólo por
el lugar de trabajo. Y la necesidad de esta unión profesional se hace tanto más imperiosa cuanto mayor es
la rapidez con que avanza la unión de nuestros patronos en toda clase de
sociedades y corporaciones. Nuestra dispersión y nuestros métodos primitivos de
trabajo obstaculizan directamente esta unión, que exige una organización de revolucionarios
única para toda Rusia y capaz de encargarse de dirigir sindicatos obreros a
escala de todo el país. Ya hemos hablado antes del tipo de organización
deseable con este objeto, y ahora añadiremos sólo unas palabras en relación con
el problema de nuestra prensa.
No
creo que nadie dude de que todo periódico socialdemócrata deba tener una sección dedicada a la lucha sindical
(económica). Pero el crecimiento del movimiento sindical nos obliga a pensar
también en una prensa sindical. Creemos, sin embargo, que en Rusia todavía no
se puede ni hablar, salvo raras excepciones, de periódicos sindicales: son un
lujo, y nosotros carecemos muchas veces hasta del pan de cada día. La forma de
prensa sindical adecuada a las
condiciones de trabajo clandestino, y ya ahora imprescindible, tendría que ser
entre nosotros la de folletos sindicales.
En ellos deberían recogerse y agruparse sistemáticamente datos legales* e ilegales las condiciones de
trabajo en cada oficio, sobre las diferencias que en este sentido existen entre
los diversos puntos de Rusia, sobre las principales reivindicaciones de los
obreros-
*Los datos legales tienen especial importancia en este sentido, y estamos particularmente atrasados en lo que se refiere a saber recogerlos y utilizarlos sistemáticamente. No será exagerado decir que solo con datos legales puede llegar a confeccionarse más o menos un folleto sindical, mientras que es imposible hacerlo con datos ilegales nada más. Recogiendo entre los obreros datos ilegales sobre problemas como los que ha tratado Rabóchaya Mysl (83), derrocharemos en vano una inmensidad de fuerzas de un revolucionario (al que fácilmente puede sustituir en este trabajo un militante legal) y, a pesar de todo, no obtenemos nunca buenos datos, porque los obreros, que generalmente sólo conocen una sección de una gran fábrica y que casi siempre sólo conocen los resultados económicos, pero no las normas ni las condiciones generales de su trabajo, no pueden adquirir los conocimientos que suelen tener los empleados, inspectores, médicos fabriles, etc., y que están profusamente diseminados en crónicas periodísticas y publicaciones especiales de carácter industrial, sanitario, de los zemstvos, etc.
Recuerdo como si fuera ahora mismo mi “primer experimento”, que no me dejó gana de repetirlo nunca. Me entretuve durante muchas semanas en interrogar “con apasionamiento” a un obrero que venía a verme sobre todos los detalles de la vida en la enorme fábrica donde él trabajaba. Verdad es que, aun con grandísimas dificultades, conseguí más o menos componer la descripción (¡sólo de una fábrica!), pero sucedía que el obrero, limpiándose el sudor, decía con una sonrisa al final de nuestro trabajo: “¡Me cuesta menos trabajar horas extra que contestarle a sus preguntas!”
Cuanto más energía pongamos en la lucha revolucionaria tanto más obligado se verá el gobierno a legalizar una parte de la labor “sindical”, desembarazándonos así de parte de la carga que pesa sobre nosotros.
de una profesión determinada, sobre las deficiencias
de la legislación concerniente a ella, sobre los casos notables de la lucha
económica de los obreros de este gremio, sobre los gérmenes, la situación
actual y las necesidades de su organización sindical, etc. Estos folletos,
primero, librarían a nuestra prensa socialdemócrata de una inmensidad de
pormenores sindicales que sólo interesan especialmente a los obreros de este
oficio. Segundo, fijarían los resultados de nuestra experiencia en la lucha
sindical, conservarían los datos recogidos, que ahora se pierden literalmente
en el cúmulo de hojas y crónicas sueltas, y los sintetizarían. Tercero, podrían
servir de algo así como guía para los agitadores, ya que las condiciones de
trabajo varían con relativa lentitud, las reivindicaciones fundamentales de los
obreros de un oficio determinado son extraordinariamente estables (compárense
las reivindicaciones de los tejedores de la región de Moscú, en 1885 (84) y de
la región de San Petersburgo, en 1896) (85) y un resumen de setas
reivindicaciones y necesidades podría servir durante años enteros de manual
excelente para la agitación económica en localidades atrasadas o entre capas
atrasadas de obreros; ejemplos de huelgas que hayan tenido éxito en una región,
datos sobre un nivel de vida más elevado y sobre mejores condiciones de trabajo
en una localidad estimularían también a los obreros de otros lugares a nuevas y
nuevas luchas. Cuarto, tomando la iniciativa de sintetizar la lucha sindical y
reforzando de este modo los vínculos del movimiento sindical ruso con el
socialismo, la socialdemocracia se preocuparía al mismo tiempo de que nuestro
trabajo tradeunionista no ocupara un puesto ni demasiado reducido ni demasiado
grande en el conjunto de nuestro
trabajo socialdemócrata. A una organización local que esté apartada de las organizaciones
de otras ciudades le es muy difícil, a veces casi imposible, mantener en este
sentido una proporción adecuada (y el ejemplo de Rabocháya Mysl demuestra a qué punto de monstruosa exageración de
carácter tradeunionista puede llegarse en tal caso). Pero a una organización de
revolucionarios a escala de toda Rusia
que sustente con firmeza el punto de vista del marxismo, que dirija toda la
lucha política y disponga de una plana mayor de agitadores profesionales, jamás
le será difícil determinar acertadamente esa proporción.
V
“Plan” de un
periódico político central para toda Rusia
“El
error más grande de Iskra en este
sentido –escribe B. Krichevski (R. D.,
núm. 10, pág. 30), imputándonos la tendencia a “convertir la teoría en doctrina
muerta, aislándola de la práctica” – es un “plan” de una organización de todo
el partido” (es decir, el artículo ¿Por
dónde empezar?). Y Martínov lo secunda, declarando que “la tendencia de Iskra de aminorar la importancia de la
marcha progresiva de la monótono lucha cotidiana en comparación con la
propaganda de ideas brillantes y acabadas…, ha sido coronada por el plannn de
organización del partido, plan que se nos ofrece en el artículo ¿Por dónde empezar?, publicado en el
número 4” (loc. cit. pág. 61). Finalmente, hace poco se ha sumado a los
indignados con este “plan” (las comillas deben expresar la ironía con que lo
acoge) L. Nadiezhdin, que en su folleto En vísperas de la revolución, que
acabamos de recibir (edición del “Grupo Revolucionario-Socialista” Svoboda, que ya conocemos), declara que
“al hablar ahora de una organización cuyos hilos arranquen de un periódico
central para toda Rusia es dar ideas y hacer trabajo de gabinete” (pág. 126),
dar pruebas de “literaturismo”, etc.
no
puede sorprendernos que nuestro terrorista coincida con los defensores de la
“marcha progresiva de la monótona lucha cotidiana”, pues ya hemos visto las
raíces de esta afinidad en los capítulos sobre política y organización. Pero
debemos observar en el acto que L. Nadiezhdin, y sólo él, ha tratado
honradamente de penetrar en el curso del pensamiento del artículo que le ha
disgustado; ha tratado de responder yendo al grano, mientras que Rab. Dielo no ha dicho en esencia nada y
ha tratado tan sólo de embrollar la cuestión, mediante una sarta de indecorosas
y demagógicas salidas de tono. Y, por
desagradable de ello sea, hay que perder tiempo en limpiar antes los
establos de Augías.
a)
A quién ha ofendido el
artículo
“¿Por dónde
empezar?*
Vamos
a citar un ramillete de las expresiones y exclamaciones con que ha arremetido
contra nosotros Rabócheie Dielo. “No
es un periódico el que puede crear ----
*En la recopilación En doce años, Lenin suprimió el apartado “a)” del capítulo quinto, insertando la siguiente nota: “En la presente edición se suprime el apartado “a) A quién ha ofendido el artículo ¿Por dónde empezar?”, pues contiene exclusivamente una polémica con Rabócheie Dielo y el Bund en torno a los intentos de Iskra de “mandar”, etc. En este apartado se decía, entre otras coas, que el propio Bund había invitado (en 1898-1899) a los miembros de Iskra a reanudar la publicación del órgano central del partido y organizar un “laboratorio literario”. (N. de la Edit.)
la organización del partido, sino a la inversa”… “Un
periódico que se encuentre por encima
del partido, esté fuera de su control
y no dependa de él por tener su propia red de agentes”… “¿Por obra de qué
milagro ha olvidado Iskra las
organizaciones socialdemócratas, ya existentes de hecho, del partido a que ella
misma pertenece?”… “Personas poseedoras de principios firmes y del plan
correspondiente son también los reguladores supremos de la lucha real del
partido, al que dictan el cumplimiento de su plan”… “El plan relega a nuestras
organizaciones, reales y vitales, al reino de las sombras y quiere dar vida a
una red fantástica de agentes”… “Si el plan de Iskra fuese llevado a la práctica, borraría por completo las
huellas del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia que se viene formando en
nuestro país”… “Un órgano de propaganda se sustrae al control y se convierte en
legislador absoluto de toda la lucha revolucionaria práctica”… “¿Qué actitud
debe asumir nuestro partido al verse totalmente
sometido a una redacción autónoma?”, etc., etc.
Como
ve el lector por el contenido y el tono de estas citas, Rabócheie Dielo se ha ofendido. Pero no por lo que a él le toca,
sino por lo que toca a las organizaciones y comités de nuestro partido, a los
que Iskra, según pretende dicho
órgano, quiere relegar al reino de las sombras y hasta borrar sus huellas. ¡Que
todos los horrores fueran así! Pero hay una cosa extraña. El artículo ¿Por dónde empezar? apareció en mayo de
1901, y los artículos de Rabócheie Dielo
en septiembre de 1901; ahora estamos ya a mediados de enero de 1902. ¡En estos
cinco meses (tanto antes como después de
septiembre), ni un solo
comité, ni una sola organización del
partido ha protestado formalmente contra ese monstruo que quiere desterrar a
los comités y organizaciones al reino de las sombras! Y hay que hacer constar
que, durante este período, han aparecido, tanto en Iskra como en numerosas
otras publicaciones, locales y no locales, decenas y centenares de
comunicaciones de todos los confines de Rusia. ¿Cómo ha podido suceder que las
organizaciones a las que se quiere desterrar al reino de las sombras no se
hayan dado cuenta de ello ni se hayan sentido ofendidas, y que, en cambio, se
haya ofendido una tercera persona?
Ha
sucedido esto porque los comités y las demás organizaciones están ocupadas en trabajar de verdad, y no en jugar a la
“democracia”. Los comités han leído el artículo ¿Por dónde empezar?, han visto en él una tentativa “de trazar un
plan concreto de esta organización a fin
de que se pueda emprender su creación desde todas partes”, y, habiéndose
percatado perfectamente de que ni una sola de “todas esas partes” pensará en
“emprender su creación” antes de estar convencido de que es necesaria y de que
el plan arquitectónico es certero, no han pensado, naturalmente, en “ofenderse”
pro la osadía de los que han dicho en Iskra:
“Dada la urgencia e importancia del asunto, nos decidimos, por nuestra parte, a
someter a la consideración de los
camaradas el bosquejo de un plan que desarrollaremos con más detalle en
un folleto en preparación”. Parece mentira que no se comprenda, de enfocar este
problema con honestidad, que si los camaradas aceptan el plan sometido a su consideración, no lo ejecutarán por
“subordinación”, sino por el convencimiento de que es necesario para nuestra
obra común, y que, en el caso de no
aceptarlo, el “bosquejo” (¡qué palabra más presuntuosa!, ¿verdad?) no
pasará de ser un simple bosquejo. ¿¿No es demagogia arremeter contra el
bosquejo de un plan no sólo “demoliéndolo” y aconsejando a los camaradas que lo
rechacen, sino previniendo a gentes
poco expertas en la labor revolucionaria contra los autores del bosquejo por el mero hecho de que éstos se
atreven a “legislar”, a actuar de “reguladores supremos”, es decir, que se
atreven a proponer un bosquejo de
plan?? ¿Puede nuestro partido desarrollarse y marchar adelante sin la tentativa
de elevar a los dirigentes locales a ideas, tareas, planes, etc. más amplios
tropieza no sólo con la objeción de que estas ideas son erróneas, sino con una
sensación de “agravio” pro el hecho de que se les “quiera” “elevar”? Porque también L. Nadiezhdin ha “demolido” nuestro plan,
pero no se ha rebajado a semejante demagogia, que ya no puede explicarse
simplemente por candor o por ideas políticas de un carácter primitivo; ha
rechazado resueltamente y desde el primer momento la acusación de “fiscalizar
al partido”. Por esta razón podemos y debemos responder con argumentos a la
crítica que Nadiezhdin hace del plan, mientras que a Rabócheie Dielo sólo cabe contestar con el desprecio.
Pero
el despreciar a un autor que se rebaja hasta el punto de gritar sobre
“absolutismo” y “subordinación” no nos exime del deber de deshacer el lío en el
que estas gentes meten al lector. Y aquí podemos demostrar palmariamente a todo
el mundo de qué jaez son las frases en boga sobre la “amplia democracia”. Se
nos acusa de haber olvidado los comités, de querer o de intentar desterrarlos
al reino de las sombras, etc. ¿Cómo contestar a estas acusaciones, cuando, por
razones de discreción conspirativa, no
podemos decir al lector casi nada en
realidad de nuestras verdaderas relaciones con los comités? Quienes lanzan
una acusación zahiriente que irrita a la multitud nos llevan ventaja por su
desfachatez y por su desdén a los deberes del revolucionario que oculta
cuidadosamente de los ojos del mundo las relaciones y los vínculos que tiene,
establece o trata de entablar. Desde luego, nos negamos de una vez para siempre
a competir con gente de esa calaña en el terreno de la “democracia”. En cuanto
al lector no iniciado en los asuntos del partido, el único medio de cumplir
nuestro deber con él consiste en hablarle no de lo que es o están im Werden*, sino de una pequeña apreté
de los que ha sido, ya que se puede hablar de ello porque pertenece al pasado.
*En proceso de gestación, de surgimiento. (N. de la Edit.)
El Bund
nos acusa de “impostores” con una alusión*; la Unión en el extranjero nos acusa
de que tratamos de borrar las huellas del partido. ¡Un momento, señores!
Recibirán ustedes plena satisfacción en el momento que expongamos al público cuatro hechos del pasado.
Primer**
hecho. Los miembros de una de las Uniones de Lucha que participaron
directamente en la formación de nuestro partido y en el envío de un delegado al
congreso que lo fundó se ponen de acuerdo con uno de los miembros del grupo Iskra para establecer una biblioteca
obrera especial con objeto de atender a las necesidades de todo el movimiento.
No se consigue abrir la biblioteca obrera; y los folletos Las tareas de los socialdemócratas rusos y La nueva ley de fábricas***, escritos para ella, van a parar
indirectamente y por mediación de terceras personas al extranjero, donde son
publicados (87).
Segundo
hecho. Los miembros del Comité Central del Bund proponen a uno de los miembros
del grupo Iskra organizar
conjuntamente lo que entonces el Bund llamaba “un laboratorio literario”,
indicando que si no se lograba realizar el proyecto, nuestro movimiento podía
retroceder mucho. Resultado de aquellas negociaciones fue el folleto La causa obrera en Rusia****.
Tercer
hecho. El Comité Central del Bund por intermedio de una pequeña ciudad
provinciana, se dirige a uno de los miembros del grupo Iskra, proponiéndole que se encargue de redactar Rabóchaya Gazeta que ha de reanudar su
publicación y obtiene, ---
*Iskra, núm. 8, respuesta del Comité Central de la Unión General Obrera Hebrea de Rusia y de Polonia a nuestro artículo sobre el problema nacional.
**Enumeramos deliberadamente estos hechos en orden distinto de cómo ocurrieron. (86)
***Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª Ed. en ruso, t. 2, pág. 433-470 y 263-314. (N. de la Edit.)
****Dicho sea de paso, el autor de este folleto me pide que haga saber que, lo mismo que sus folletos anteriores, el presente fue enviado a la Unión, suponiendo que el grupo Emancipación del Trabajo redactaría sus publicaciones (circunstancias especiales no le permitían conocer entonces, es decir, en febrero de 1899, el cambio operado en la redacción). Lo reeditará en breve la Liga. (88)
desde luego, su conformidad. Más tarde cambia la propuesta: se trata
solamente de colaborar, debido a una nueva composición de la redacción. Claro
que también se da la conformidad. Se envían los artículos (que se ha logrado
conservar): Nuestro programa,
protestando enérgicamente contra la campaña bernsteiniana y contra el viraje de
las publicaciones legales y Rabóchaya
Mysl; Nuestra tarea urgente (“la
organización de un órgano del partido que aparezca regularmente y esté ligado
estrechamente a todos los grupos locales”; los defectos del “primitivismo en el
trabajo” imperante); Un problema vital (analizando la objeción de que
primero habría que desarrollar la actividad de los grupos locales y luego
emprender la organización de un órgano central; insistiendo en la importancia
primordial de “la organización revolucionaria”, en la necesidad de “elevar la
organización, la disciplina y la técnica de la conspiración al más alto grado
de perfección”*. La propuesta de reanudar la publicación de Rabóchaya Gazeta no llega a ponerse en
práctica, y los artículos quedan sin publicar. (89).
Cuarto
hecho. Un miembro del comité organizador
del II Congreso ordinario de nuestro partido comunica a un miembro del
grupo Iskra el programa del congreso
y presenta la candidatura de este grupo para redactar Rabóchaya Gazeta, que reanudaba su publicación. Esta gestión, por
decirlo así, preliminar, es sancionada luego por el comité al que pertenecía
dicha persona, así como por el Comité Central del Bund; al grupo Iskra se indica el lugar y la fecha de
celebración del congreso, pero el grupo (que por ciertos motivos no estaba seguro
de poder enviar un delegado a este congreso) redacta asimismo un informe
escrito para éste. En dicho informe se sostiene la idea de que eligiéndose sólo
el Comité Central, lejos de resolverse el problema del agrupamiento en un
momento de completa dispersión como el actual, se corre, además el riesgo de
poner en tela de juicio la gran idea de la creación del partido, caso de caer
--
*Véase V.
I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en
ruso, t. 4, pág. 182-186, 187-192 y 193-198. (N. de la Edit.).
nuevamente en una rápida y completa redada, cosa más
que probable cuando impera la falta de discreción conspirativa; que, por ello,
debía empezarse por invitar a todos los comités y a todas las demás
organizaciones a sostener el órgano central cuando reanudara su aparición,
órgano que realmente vincularía a
todos los comités con lazos efectivos y
prepararía realmente un grupo de dirigentes de todo el movimiento; que los
comités y el partido podrían ya fácilmente transformar en Comité Central este
grupo, creado pro los primeros, cuando dicho grupo se hubiera desarrollado y
fortalecido. Pero debido a una serie de detenciones el congreso no pudo
celebrarse; y por motivos de conspiración se destruyó el informe que sólo
algunos camaradas, entre ellos los delegados de un comité, habían podido leer
(90).
Juzgue
ahora el lector por sí mismo del carácter de procedimientos como la alusión del
Bund a una impostura o el argumento de Rabócheie
Dielo acerca de que queremos desterrar a los comités al reino de las
sombras, “sustituir” la organización del partido por una organización que
difunda las ideas de un solo periódico. Pues precisamente ante los comités, por reiteradas invitaciones de ellos,
informamos sobre la necesidad de adoptar un plan determinado de trabajo común..
y precisamente para la organización del partido elaboramos este plan en
nuestros artículos enviados a Rabóchaya
Gazeta y en el informe para el congreso del partido, y repetimos que los
hicimos por invitación de personas que ocupaban en el partido una posición tan influyente, que tomaban la iniciativa
de reconstruirlo (de hecho). Y sólo cuando hubieron fracasado las dos
tentativas que la organización del partido hizo con nosotros para reanudar oficialmente
la publicación del órgano central del partido, creímos que era nuestro deber ineludible presentar un órgano
no oficial, para que, en la tercera tentativa, los camaradas
vieran ya ciertos resultados de la experiencia
y no meras conjeturas. Ahora todo el mundo puede apreciar ya ciertos resultados
de esa experiencia, y todos los camaradas pueden juzgar si comprendimos bien
nuestro deber y la opinión que merecen las personas que, molestas por el hecho de que demostremos a unas su falta de
consecuencia en el problema “nacional” y a otras lo inadmisible de sus vacilaciones
sin principios, tratan de equivocar a quienes desconocen el pasado más
reciente.
b)
¿Puede un periódico ser
organización colectivo?
La
clave del artículo ¿Por dónde empezar? está en que hace precisamente esta
pregunta y en que da una respuesta afirmativa. L. Nadiezhdin es, que sepamos,
la única persona que intenta estudiar esta cuestión a fondo y demostrar la
necesidad de darle respuesta negativa. A continuación reproducimos íntegramente
sus argumentos:
“…Mucho nos place que plantee Iskra (núm. 4) la necesidad de un periódico central para toda Rusia, pero en modo alguno podemos convenir en que este planteamiento corresponde al título del artículo ¿Por dónde empezar? Es, sin duda, uno de los asuntos de suma importancia, pero no se pueden colocar los cimientos de una organización combativa para un momento revolucionario ni con esa labor, ni con toda una serie de hojas populares, ni con una montaña de proclamas. Es indispensable empezar a formar fuertes organizaciones políticas locales. Nosotros carecemos de ellas, nuestra labor se ha desarrollado principalmente entre los obreros cultos, mientras que las masas desplegaron de modo casi exclusivo una lucha económica. Si no se educan fuertes organizaciones políticas locales, ¿qué valor podría tener un periódico central para toda Rusia, aunque esté excelentemente organizado? ¡Una llama de fuego que sale de en medio de una zarza, y la zarza está ardiendo y no se consume! Iskra cree que el pueblos e reunirá y organizará en torno a ese periódico, en el trabajo para él. ¡Pero si le es mucho más fácil reunirse y organizarse en torno a una labor más concreta! Esta labor puede y debe consistir en organizar periódicos locales a vasta escasa, en prepara inmediatamente las fuerzas obreras para manifestaciones, en hacer que las organizaciones locales trabajen constantemente entre los parados (difundiendo de un modo persistente entre ellos hojas volantes y octavillas, convocándolos a reuniones, llamándolos a oponer resistencia al gobierno, etc.) ¡Hay que iniciar una labor política activa en el plano local, y cuando surja la necesidad de unificarse en este terreno real, la unión no será artificiosa, no quedará sobre el papel, porque no es por medio de periódicos como se conseguirá esta unificación del trabajo local en una obra común para toda Rusa!” (En vísperas de la revolución, pág. 54).
Hemos
subrayado en este elocuente trozo los pasajes que permiten apreciar con mayor relieve tanto el juicio
equivocado del autor sobre nuestro plan como, en general, su erróneo punto de
vista, que él opone a Iskra. Si no se
educan fuertes organizaciones políticas locales, de nada valdrá el mejor
periódico central para toda Rusia. Completamente justo. Pero se trata
precisamente de que no existe otro medio
de educar fuertes organizaciones políticas de un periódico central para
toda Rusia. Al autor se le ha escapado la declaración más importante que Iskra hizo antes de pasar a exponer su
“plan”: la declaración de que era necesario “exhortar a formar una organización
revolucionaria capaz e unir a todas las fuerzas y de dirigir el movimiento no sólo nominalmente sino en realidad,
es decir, capaz de estar siempre
dispuesta a apoyar toda protesta y
toda explosión, aprovechándolas para multiplicar y reforzar los efectivos
que han de utilizarse en el combate decisivo”. Después de febrero y marzo,
todos están ahora en principio de acuerdo con eso –continúa Iskra-; pero lo que necesitamos es resolver el problema de una manera práctica,
y no en principio; lo que necesitamos es trazar inmediatamente un plan concreto
de esta obra para que todos puedan ahora mismo emprender la construcción desde todas partes. ¡Y he aquí que, de
la solución práctica del problema, nos empujan una vez más hacia atrás, hacia
una verdad justa en principio, incontestable, grande, pero de todo punto
insuficiente, incomprensible por completo para las grandes masas trabajadoras:
hacia la “educación de fuertes organizaciones políticas”! pero ¡si no se trata
ya de eso, respetable autor, sino de cómo
precisamente hay que educar, y educar con éxito!
No es
verdad que “nuestra labor se ha desarrollado principalmente entre los obreros
cultos, mientras que las masas desplegaban de modo casi exclusivo una lucha
económica”. Bajo esta forma, la tesis se desvía hacia la tendencia, habitual en
Svoboda y errónea de raíz de oponer
los obreros cultos a la “masa”. Pues también los obreros cultos de nuestro país
han desplegado en estos últimos años “de modo casi exclusivo una lucha
económica. Esto, por una parte. Por otra, tampoco las masas aprenderán jamás a
desplegar la lucha política mientras no ayudemos a formarse a los dirigentes de
esta lucha, procedentes tanto de los obreros cultos como de los
intelectuales; y estos dirigentes
pueden formarse exclusivamente enjuiciando
de modo sistemático y cotidiano todos los aspectos de nuestra vida política, todas las tentativas de protesta y de
lucha de las distintas clases y por diversos motivos. ¡Por eso es simplemente
ridículo hablar de “educar organizaciones políticas” y, al mismo tiempo, oponer la “labor sobre el papel” de un
periódico político a la “labor política activa en el plano local”! ¡Pero si Iskra adapta precisamente su “plan” de
un periódico central al “plan” de crear una “disposición para el combate” que
pueda apoyar tanto un movimiento de obreros parados o un alzamiento campesino
como el descontento de la gente de los zemstvos, “la indignación de la
población contra los ensorberbecidos bachibozuks zaristas”, etc.! Por lo demás,
toda persona familiarizada con el movimiento sabe perfectamente que la inmensa
mayoría de las organizaciones locales ni
siquiera piensa en ello; que muchas de las perspectivas aquí esbozadas de
“una labor política viva” no las ha puesto en práctica ni una sola vez ninguna organización; que, por ejemplo, la
tentativa de llamar la atención sobre el recrudecimiento del descontento y de
las protestas entre los intelectuales de los zemstvos lleva el desconcierto y
la perplejidad tanto a Nadiezhdin (“¡Dios mío!, ¿pero será ese órgano para los
intelectuales de los zemstvos?”, En
vísperas, pág. 129), como a los “economistas” (véase la carta en el número
12 de Iskra), como a muchos
militantes dedicados al trabajo práctico. En tales condiciones se puede
“empezar” únicamente por hacer pensar a la gente en todo esto, por
hacerla resumir y sintetizar todos y cada uno de los indicios de efervescencia
y de lucha activa. En los momentos actuales de subestimación de la importancia
de las tareas socialdemócratas, la “labor política activa” puede iniciarse exclusivamente por una
agitación política viva, cosa imposible sin un periódico central para toda
Rusia que aparezca con frecuencia y que se difunda con regularidad.
Los
que consideran el “plan” de Iskra una
manifestación de “literaturismo” no han comprendido en absoluto el fondo del
plan, tomando como fin lo que se propone como medio más adecuado para el
momento actual. Esta gente no se ha molestado en meditar sobre dos
comparaciones que ilustran palmariamente el plan propuesto. La organización de
un periódico político central para toda
Rusia –se decía en Iskra- debe ser el
hilo fundamental al que podríamos
asirnos para desarrollar, ahondar y ampliar incesantemente esta organización
(es decir, la organización revolucionaria, siempre dispuesta a apoyar toda
protesta y toda explosión). Hagan ustedes el favor de decirnos: cuando unos
albañiles colocan en diferentes sitios las piedras de una obra grandiosa y sin
precedentes, ¿es una labor “sobre el papel” tender el cordel que les ayuda a
encontrar el lugar preciso para las piedras, que les indica la meta final de la
obra común, que les permite colocar no sólo cada piedra, sino cada trozo de
piedra, el cual, al sumarse a los precedentes y a los que sigan, formará la
hilada recta y completa? ¿No vivimos acaso un momento de esta índole en nuestra
vida de partido, cuando tenemos piedras y albañiles, pero nos falta
precisamente el cordel, visible para todos y en el cual todos puedan atenerse?
No importa que griten que, al tender el cordel, lo que pretendemos es mandar:
si fuera así, señores, pondríamos Rabóchaya
Gazeta, núm. 3, en lugar de Iskra,
núm. 1, como nos lo habían propuesto algunos camaradas y como tendríamos pleno derecho a hacer después
de los acontecimientos que hemos referido más arriba. Pero no lo hemos hecho:
queríamos tener al manos sueltas para desarrollar una lucha inconciliable
contra toda clase de seudosocialdmeócratas; queríamos que nuestro cordel, si
está bien derecho, sea respetado por su rectitud y no porque lo haya tendido un
órgano oficial.
“La
unificación de las actividades locales en órganos centrales se mueve en un
círculo vicioso –nos alecciona L.Nadiezhdin -. La unificación requiere
homogeneidad de elementos, y esta homogeneidad no puede ser creada más que por
algún aglutinante, pero este aglutinante sólo puede aparecer como producto de
fuertes organizaciones locales que, en el momento actual, en modo alguno se
distinguen por su homogeneidad”. Verdad ésta tan respetable y tan incontestable
como la de que es necesario educar fuertes organizaciones políticas. Y no menos
estéril. Cualquier problema “se mueve
en un círculo vicioso”, pues toda la vida política es una cadena infinita
compuesta de un sinfín de eslabones. Todo el arte de un político estriba
justamente en encontrar y aferrarse con nervio al preciso eslaboncito que menos
pueda ser arrancado de las manos, que sea el más importante en un momento
determinado y mejor garantice a quien lo sujete la posesión de toda cadena*. Si
tuviéramos un destacamento de albañiles expertos que trabajasen de un modo tan
acorde que aun si el cordel pudieran colocar las piedras precisamente donde
hace falta (hablando en abstracto, esto no es imposible, ni mucho menos),
entonces quizás podríamos aferrarnos también a otro eslaboncito. Pero la
desgracia consiste justamente en que aún carecemos de albañiles expertos que
trabajen tan bien concertados, en que las piedras se colocan muy a menudo al
azar, sin guiarse por el cordel común, de manera tan desordenada que el enemigo
las dispersa de un soplo como si fuesen granos de arena y no piedras.
Otra
comparación: “El periódico no es sólo un propagandista colectivo y un agitador
colectivo, sino también un organizador colectivo. En ese último sentido se le puede comparar con los andamios que se levantan alrededor de un
edificio en construcción, que señalan sus contornos, facilitan las relaciones
entre los distintos -------
*¡Camarada Krichevski! ¡Camarada
Martínov! Llamo la atención de ustedes sobre esta manifestación escandalosa de
“absolutismo”, de “autoridad sin control”, de “reglamentación soberana”, etc.
Fíjense: ¡quiere poseer toda la
cadena! Apresúrense a presentar querella. Ya tienen tema para dos artículos de
fondo en el número 12 de Rabócheie Dielo.
albañiles, les ayudan a distribuirse la tarea y a
observar los resultados generales alcanzados por el trabajo organizado”*.
¿Verdad que esto se parece mucho a la manera como el literato, hombre de
gabinete, exagera la importancia de su función? El andamiaje no es
imprescindible para la vivienda misma:
se hace de materiales de peor calidad, se levanta pro un breve período,
y luego, una vez terminado el edificio, aunque sólo sea en bruto, va a parar a
la estufa. En cuanto a la edificación de organizaciones revolucionarias, la
experiencia demuestra que a veces se pueden construir sin andamios (recuérdese
la década del 70). Pero ahora no podemos ni imaginarnos la posibilidad de
levantar sin andamiaje el edificio que necesitamos.
Nadiezhdin
no está de acuerdo y dice: “Iskra
cree que el pueblo se reunirá y organizará en torno a ese periódico en el trabajo
para él. ¡Pero si le es mucho más fácil
reunirse y organizarse en torno a una labor más
concreta!” Así, así: “más fácil reunirse y organizarse en torno a una labor
más concreta”… Dice el refrán: “Agua que no has de beber, déjala correr”. Pero
hay gentes que no sienten reparo en beber agua en la que ya se ha escupido.
¡Qué de infamias no habrán dicho nuestros excelentes “críticos” legales “del
marxismo” y admiradores ilegales de Rabóchaya
Mysl en nombre de este mayor concretamiento! ¡Hasta qué punto coartan todo
nuestro movimiento nuestra estrechez de miras, nuestra falta de iniciativa y
nuestra timidez, que se justifican con los argumentos tradicionales de que “¡es
mucho más fácil… en torno a una labor más concreta¡” ¡Y Nadiezhdin, que se
considera dotado de un sentido especial de la “vida”, que condena con singular
severidad a los hombres de “gabinete”, que imputa (con pretensiones de agudeza)
a Iskra la debilidad de ver en todas
partes “economismo”, que se imagina estar
*Al insertar en Rabócheie Dielo la primera frase de esta cita (núm. 10, pág. 62), Martínov ha omitido precisamente la segunda frase, como subrayando así que no quiere meterse en honduras o que es incapaz de comprender el fondo de la cuestión.
a cien codos por encima de esta división en
ortodoxos y críticos, no se da cuenta de que, con sus argumentos, favorece la
estrechez de miras que le indigna y bebe precisamente el agua llena de
escupitajos! No basta, no, la indignación más sincera contra la estrechez de
miras, ni el deseo más ardiente de hacer levantar a las gentes que se
prosternan ante esta estrechez si el que se indigna va a merced de las olas y
del viento y si se aferra con tanta “espontaneidad” como los revolucionarios de
la década del 70 al “terror excitante”, al “terror agrario”, al “toque a
rebato”, etc. Vean en qué consiste ese “algo más concreto” en torno al que –
cree él – será “mucho más fácil” reunirse y organizarse: 1) periódicos locales;
2) preparación de manifestaciones; 3) trabajo entre los obreros parados. A simple
vista se advierte que todo eso ha sido entresacado totalmente al azar, por
casualidad, pro decir algo, porque, comoquiera que se mire, será un perfecto
desatino ver en ello algo de especial utilidad para “reunir y organizar”. Y el
mismo Naidezhdin dice unas páginas más adelante: “Ya va siendo hora de hacer
constar sencillamente un hecho: en el plano local se realiza una labor pequeña
en grado sumo, los comités no hacen ni la décima parte de lo que podrían… los
centros de unificación que tenemos ahora son una ficción, son burocracia
revolucionaria, sus miembros se dedican a ascenderse mutuamente a generales, y
así seguirán las cosas mientras no se desarrollen fuertes organizaciones
locales”. No cabe duda de que estas palabras encierran, al mismo tiempo que exageraciones,
muchas y amargas verdades. ¿Será posible que Nadiezhdin no vea el nexo
existente entre la pequeña labor realizada en el plano local y el estrecho
horizonte de los dirigentes locales, la escasa amplitud de sus actividades,
cosas inevitables, dada la poca preparación de los mismos, puesto que se
encierran en los marcos de las organizaciones locales? ¿Será posible que
Nadiezhdin haya olvidado, lo mismo que le autor del artículo sobre organización
publicado en Svoboda, que el paso a
una amplia prensa local (desde 1898) fue acompañado de una intensificación
especial del “economismo” y del “primitivismo en el trabajo”? Además, aunque se
pudiera organizar de manera más o menos satisfactoria “una abundante prensa
local” (ya hemos demostrado más arriba que es imposible, salvo en casos muy
excepcionales), ni siquiera en ese caso podrían tampoco los órganos locales
“reunir organizar” todas las fuerzas
de los revolucionarios para una ofensiva general
contra la autocracia, para dirigir la lucha aunada.
No se olvide que aquí sólo se trata del alcance “colectivo”, organizador, del
periódico, y podríamos hacer a Nadiezhdin, defensor del fraccionamiento, la
misma pregunta irónica que él hace: “¿No habremos heredado de alguna parte
200.000 organizadores revolucionarios?” Prosigamos. No se puede contraponer la “preparación de
manifestaciones” al plan de Iskra por
la sencilla razón de que este plan dice justamente que las manifestaciones más
extensas son uno de sus fines; pero
de lo que se trata es de elegir el medio
práctico. Nadiezhdin se ha vuelto a embrollar al perder de vista que sólo puede
“preparar” manifestaciones (que hasta ahora han sido espontáneas pro completo
en la inmensa mayoría de los casos) un ejército ya “reunido y organizado”, y lo
que nosotros no sabemos precisamente
es reunir y organizar. “Trabajo entre los obreros parados”. Siempre la misma
confusión, ya que esto es también una de las operaciones bélicas de unos
efectivos movilizados y no un plan para movilizar dichos efectivos. El caso
siguiente demuestra hasta qué punto subestima Nadiezhdin, también en este
sentido, el daño que produce nuestro fraccionamiento, la falta de los “200.000
organizadores”. Muchos (Nadiezhdin entre ellos) han reprochado a Iskra la parquedad de noticias sobre el
paro forzoso y la accidentalidad de las crónicas sobre los fenómenos más
habituales de la vida rural. El reproche es merecido, pero Iskra aparece como culpable sin tener culpa alguna. Nosotros
tratamos de “tender un cordelito” también pro la aldea, pero en el campo no hay
casi albañiles y se ha de alentar por
fuerza a todo el que comunique aun el hecho más habitual, abrigando la
esperanza de que esto multiplique el número de colaboradores en este terreno y nos enseñe a todos a elegir, por fin,
los hechos que resaltan de verdad. Pero es tan escaso el mensaje que, sin o lo
sintetizamos a escala nacional, no hay absolutamente nada con que aprender. No
cabe duda de que un hombre que tenga, aunque sea aproximadamente, las aptitudes
de agitador y el conocimiento de la vida de los vagabundos que observamos en
Nadiezhdin podría prestar al movimiento servicios inestimables, haciendo
agitación entre los obreros parados; pero preocupara de dar a conocer a todos los camaradas rusos cada paso de
su actuación, para que sirva de enseñanza y ejemplo a quienes, en su inmensa
mayoría, aún no saben emprender esta nueva labor.
De la
importancia de unificar y de la necesidad de “reunir y organizar” habla ahora
todo el mundo sin excepción, pero en la mayoría de los casos no se tiene la menor
idea concreta de por dónde empezar y cómo llevar a cabo esa unificación. Todos
convendrán, por seguro, en que si “unificamos”, por ejemplo, los círculos
aislados de barrio de una ciudad, harán
falta para ello organismos de barrio de una ciudad, harán falta para ello organismos comunes, es decir, no sólo la
denominación común de “unión”, sino una labor realmente común, un intercambio de publicaciones de experiencia, de fuerzas y
distribución de funciones, no ya sólo por barrios, sino por oficios de todos
los trabajos urbanos. Todo el mundo convendrá en que un sólido mecanismo
conspirativo no cubrirá sus gastos (si es que puede emplearse una expresión
comercial) con los “recursos” (se sobreentiende que tanto materiales como
personales) de un barrio; que en este reducido campo de acción no pueda
explayarse el talento de un especialista. Pero lo mismo puede afirmarse de la
unión de distintas ciudades, porque incluso el campo de acción de una comarca
aislada resulta, y ha resultado ya en
la historia de nuestro movimiento socialdemócrata, de una estrechez
insuficiente: lo hemos demostrado cumplidamente antes con el ejemplo de la
agitación política y de la labor de organización. Es de imperiosa e
impostergable necesidad ampliar ante todo este campo de acción, crear un nexo real entre las ciudades respaldado en
una labor regular y común, porque el
fraccionamiento deprime a la gente que “está en el hoyo” (expresión del autor
de una carta dirigida a Iskra) sin
saber lo que pasa en el mundo, de quién aprender, cómo conseguir experiencia y
de qué manera satisfacer su deseo de una actividad amplia. Y yo continúo
insistiendo en que este nexo real
sólo puede empezar a establecerse con
un periódico central que sea, para toda Rusia, la única empresa regular que
haga el balance de toda la actividad en sus aspectos más variados, impulsando con ello a la gente a seguir
infatigablemente hacia delante, por todos
los numerosos caminos llevan a la revolución, lo mismo que todos los caminos
llevan a Roma. Si deseamos la unificación no sólo de palabra es necesario que
cada círculo local dedique inmediatamente,
por ejemplo, una cuarta parte de sus fuerzas a un trabajo activo para la obra común.
Y el periódico le muestra en seguida* los contornos generales, las proporciones
y el carácter de la obra; le muestra qué lagunas son las que más se dejan
sentir en toda la actividad general de Rusia; dónde no hay agitación, dónde son
débiles los vínculos, qué ruedecitas del inmenso mecanismo general podría un
círculo determinado arreglar o sustituir por otras mejores. Un círculo que aún
no haya trabajado y que sólo busque trabajo podría empezar ya, no con los
métodos primitivos del artesano en su pequeño taller aislado, que no conoce ni
el desarrollo de la “industria”
anterior a él ni el estado general de los métodos vigentes de producción
industrial, sino como colaborador de una vasta empresa que refleja todo el empuje revolucionario general contra la autocracia. Y cuanto más perfecta sea la
preparación de cada ruedecita, cuanto mayor cantidad de trabajadores sueltos
participen en la obra común tanto más tupida será nuestra red y tanta menos
confusión provocarán en las filas comunes inevitables descalabros.
*Con una salvedad: siempre que simpatice con la orientación de este periódico y considere útil a la causa ser su colaborador, entendiendo por ello no solamente la colaboración literaria, sino toda la colaboración revolucionaria en general. Nota para “Rabócheie Dielo”: esta salvedad se sobrentiende para los revolucionarios que aprecian el trabajo y no el juego a la democracia, que no hacen distinción entre ser “simpatizante” y participar de la manera más activa y real.
El
vínculo efectivo empezaría ya a
establecerlo la mera difusión del periódico (si es que éste merecería realmente
el nombre del periódico, es decir, si apareciese regularmente y no una vez al
mes, como las revistas voluminosas, sino unas cuatro veces). Hoy día son muy
raras las relaciones entre las ciudades en cuanto a los asuntos
revolucionarios, en todo caso son una excepción; entonces, estas relaciones se
convertirían en regla, y, naturalmente, no sólo asegurarían la difusión del
periódico, sino también (lo que revista mayor importancia) el intercambio de
experiencia, informaciones, fuerzas y recursos. La labor de organización
alcanzaría en el acto una amplitud mucho mayor, y el éxito de una localidad
alentaría constantemente a seguir perfeccionándose, a aprovechar la experiencia
ya adquirida por un camarada que actúa en otro confín del país. El trabajo
local sería mucho más rico y variado que ahora; las denuncias de los manejos
políticos y económicos que se recogiesen por toda Rusia servirían para la
nutrición intelectual de los obreros de todas las profesiones y de todos los grados de desarrollo, suministrarían datos y darían motivos para
charlas y lecturas sobre los problemas más distintos, planteados, además, por
las alusiones de la prensa legal, pro lo que se dice en sociedad y por los
“tímidos” comunicados del gobierno. Cada explosión, cada manifestación se
enjuiciaría y discutiría en todos sus aspectos y en todos los confines de
Rusia, despertando el deseo de no quedar a la zaga, de hacer las cosas mejor
que nadie (¡nosotros, los socialistas, no desechamos en absoluto toda
emulación, toda “competencia” en general!), de preparar conscientemente lo que
la primera vez se hizo en cierto modo de manera espontánea, de aprovechar las
condiciones favorables de una localidad determinada o de un momento determinado
para modificar el plan de ataque, etc. Al mismo tiempo, esta reanimación de la
labor local no acarrearía la desesperada tensión “agónica” de todas las fuerzas, ni la movilización de
todos los hombres, como sucede a
menudo ahora, cuando hay que organizar una manifestación o publicar un número
de un periódico local: por una parte, la policía tropezaría con dificultades
mucho mayores para llegar hasta la “raíz”, ya que no se sabría en qué localidad
había que buscarla; por otra, una labor regular y común enseñaría a los hombres
a concordar, en cada caso concreto, la fuerza de un ataque con el estado de
fuerzas de tal o cual destacamento del ejército común (ahora casi nadie piensa en parte alguna en esa
coordinación, pues los ataques son espontáneos en sus nueve décimas partes), y
facilitaría el “transporte” no sólo de
las publicaciones, sino también de las fuerzas revolucionarias.
Ahora,
en la mayor parte de los casos estas fuerzas se desangran en la estrecha labor
local; en cambio, entonces habría
posibilidad y constantes ocasiones para trasladar a un agitador u organizador
más o menos capaz de un extremo a otro del país. Comenzando por un pequeño
viaje para resolver asuntos del partido y a expensas del mismo, los militantes
se acostumbrarían a vivir enteramente a costa del partido, a hacerse
revolucionarios profesionales, a formarse como verdaderos guías políticos.
Y si
realmente lográsemos que todos o una gran mayoría de los comités, grupos y
círculos locales emprendiesen activamente la labor común, en un futuro no
lejano estaríamos en condiciones de publicar un semanario que se difundiese
regularmente en decenas de millares de ejemplares por toda Rusia. Este
periódico sería una partícula de un enorme fuelle de fragua que avivase cada
chispa de la lucha de clases y de la indignación del pueblo, convirtiéndola en
un gran incendio. En torno a esta labor, de por sí muy anodina y muy pequeña
aún, pero regular y común en el pleno sentido de la palabra,
se concentraría sistemáticamente y se instruiría el ejército permanente de
luchadores probados. No tardaríamos en ver subir por los andamios de este
edificio común de organización y destacarse de entre nuestros revolucionarios a
los Zheliábov socialdemócratas; de entre nuestros obreros, a los Bebel rusos,
que se pondrían a la cabeza del ejército movilizado y levantarían a todo el
pueblo para acabar con la ignominia y la maldición de Rusia.
¡En
esto es en lo que hay que soñar!
“¡Hay
que soñar!” He escrito estas palabras y me he asustado. Me he imaginado sentado
en el “Congreso de unificación” frente a los redactores y colaboradores de Rabócheie Dielo. Y he aquí que se pone
en pie el camarada Martínov y se encara a mí con tono amenazador: “Permítame
que les pregunte: ¿tiene aún la redacción autónoma derecho a soñar sin
consultar antes a los comités del partido?” Tras él se yergue el camarada
Krichevski (profundizando filosóficamente al camarada Martínov, quien hace
mucho tiempo había profundizado ya al camarada Pejánov) y prosigue en tono más
amenazador aún: “Yo voy más lejos, si no olvida que, según Marx, la humanidad
siempre se plantea tareas realizables, que la táctica es un proceso de
crecimiento de las tareas, las cuales crecen con el partido”.
Sólo
de pensar en estas preguntas amenazadoras me dan escalofríos y miro dónde
podría esconderme. Intentaré hacerlo tras Písarev.
“Hay
disparidades y disparidades –escribía Písarev a propósito de la existente entre
los sueños y la realidad -. Mis sueños pueden adelantarse al curso natural de los acontecimientos o bien
desviarse hacia donde el curso natural de los acontecimientos no pueden llegar
jamás. En el primer caso, los sueños no producen ningún daño, incluso pueden
sostener y reforzar las energías del trabajador… En sueños de esta índole no
hay nada que deforme o paralice la fuerza de trabajo. Todo lo contrario. Si el
hombre estuviese privado pro completo de la capacidad de soñar así, si no
pudiese adelantarse alguna que otra vez y contemplar con su imaginación el
cuadro enteramente acabado de la obra que empieza a perfilarse por su mano, no
podría figurarme de ningún modo qué móviles lo obligarían a emprender y llevar
a cabo vastas y penosas empresas en el terreno de las artes, de las ciencias y
de la vida práctica… La disparidad entre los sueños y la realidad no produce
daño alguno, siempre que el soñador crea seriamente en un sueño, se fije
atentamente en la vida, compare sus observaciones con sus castillos en el aire
y, en general, trabaje a conciencia por que se cumplan sus fantasías. Cuando existe algún contacto
entre los sueños y la vida, todo va bien” (91).
Pues
bien, los sueños de esta naturaleza, por desgracia, son rarísimos en nuestro movimiento. Y la culpa la tienen,
sobre todo, los representantes de la crítica legal y del “seguidismo” ilegal
que presumen de su sensatez, de sus “proximidad” a lo “concreto”.
c) ¿Qué tipo de organización necesitamos?
Por lo que precede, puede ver el lector que
nuestra “táctica-plan” consiste en rechazar el llamamiento inmediato al asalto, en exigir que se organice
“debidamente el asedio de la fortaleza enemiga” o, dicho en otros términos, en
exigir que todos los esfuerzos se dirijan a reunir, organizar y movilizar un
ejército regular. Cuando pusimos en ridículo a Rabócheie Dielo por el cambio que dio, pasando del “economismo” a
los gritos sobre la necesidad del asalto (gritos que dio en el número 6 de Listok “R. Diela” (92) en abril de
1901), dicho órgano nos atacó, como es natural, acusándonos de “doctrinarismo”,
diciendo que no comprendemos el deber revolucionario, que exhortamos a la
prudencia, etc. desde luego, en modo alguno nos ha extrañado esta acusación en
boca de gentes que carecen de todo principio y que salen del paso con la
sabihonda “táctica-proceso”; como tampoco nos ha extrañado que esta acusaciónn
la haya repetido Nadiezhdin, que en general tiene el desprecio más olímpico por
la firmeza de los principios programáticos y tácticos.
Dicen
que la historia no se repite. Pero Nadiezhdin hace los imposibles por repetirla
e imitarla con tesón a Tkachov, denigrando el “culturalismo revolucionario”,
vociferando sobre “las campanas al vuelo del Veche”*, pregonando un “punto de vista” especial “de vísperas de la
revolución”, etc. Por lo visto, olvida la conocida sentencia –
*Veche: asamblea popular en la antigua Rusia, para la que se
convocaba al toque de campana. (N. de la
edit.)
de que, si el original de un acontecimiento
histórico es una tragedia, su copia no es más que una farsa (93). La tentativa
de adueñarse del poder –tentativa preparada por la prédica de Tkachov y
realizada por el terrorismo “horripilante” y que en realidad horripilaba
entonces –era majestuosa, y, en cambio, el terrorismo “excitante” del pequeño
Tkachov es simplemente ridículo; sobre todo, es ridículo cuando se complementa
con la idea de organizar a los obreros medios.
“Si Iskra –escribe Nadiezhdin – saliese de
su esfera del literaturismo, vería que esto (hechos como la carta de un obrero
en el número 7 de Iskra, etc.) son
síntomas demostrativos de que pronto, muy pronto, comenzará el “asalto”, y
hablar ahora (¡sic!) de una
organización cuyos hilos arranquen de un periódico central para toda Rusia es
fomentar ideas y labor de gabinete”. Fíjense en esta confusión inimaginable:
por una parte, terrorismo excitante y “organización de los obreros medios” a la
par con la idea de que es “más fácil” reunirse en torno a algo “más concreto”,
por ejemplo, de periódicos locales, y, por otra parte, hablar “ahora” de una
organización para toda Rusia significa dar ideas de gabinete, es decir
(empleando un lenguaje más franco y sencillo), ¡”ahora” ya es tarde! Y para
“fundar a vasta escala periódicos locales” ¿no es tarde, respetabilísimo L.
Nadiezhdin? Comparen con eso el punto de vista y la táctica de Iskra: el terrorismo excitante es una
tontería; hablar de organizar precisamente a los obreros medios y de fundar a vasta escala periódicos locales
significa abril de par en par las puertas al “economismo”. Es preciso hablar de
una organización de revolucionarios única para toda Rusia, y no será tarde
hablar de ella hasta el momento en que empiece el asalto de verdad, y no sobre
el papel.
“Si –continúa Nadiezhdin-, en cuanto a la organización, nuestra situación está muy lejos de ser brillante: sí, Iskra tiene completa razón cuando dice que el grueso de nuestras fuerzas militares está construido pro voluntarios e insurrectos… Está bien que tengáis una idea lúcida del estado de nuestras fuerzas, pero ¿por qué olvidáis que la multitud no es en absoluto nuestra y que por eso no nos preguntará cuándo hay que romper las hostilidades y se lanzará al “motín”?… Cuando la multitud empiece a actuar ella misma con su devastadora fuerza espontánea, puede arrollar y desalojar al “ejército regular”, al que siempre se pensaba organizar en forma extraordinariamente sistemática, pero no hubo tiempo de hacerlo. (Subrayado por mí).
¡Extraña
lógica! Precisamente porque “la multitud no es nuestra” es
insensato e indecoroso dar gritos de “asalto” inmediato, ya que el asalto es un
ataque de un ejército regular y no una explosión espontánea de la multitud.
Precisamente porque la multitud puede arrollar
y desalojar al ejército regular necesitamos sin falta que toda nuestra labor de
“organización extraordinariamente sistemática” del ejército regular marche a la
par con el auge espontáneo, porque cuanto mejor consigamos esta organización
tanto más probable será que el ejército regular no sea arrollado por la
multitud, sino que se ponga a su frente y la encabece. Nadiezhdin se confunde
porque se imagina que este ejército sistemáticamente organizado se ocupa de
algo que lo aparta de la multitud, mientras que, en realidad, éste se ocupa
exclusivamente de una agitación política múltiple y general, es decir,
justamente de la labor que aproxima y
funde en un todo la fuerza destructora espontánea de la multitud y la
fuerza destructora consciente de la organización de revolucionarios. La verdad
es que ustedes, señores, inculpan al prójimo las faltas propias, pues
precisamente el grupo Svoboda, al
introducir en el programa el
terrorismo, exhorta con ello a crear una organización de terroristas, y una
organización así desviaría realmente a nuestro ejército de su aproximación a la
multitud que, por desgracia, ni es aún nuestra ni nos pregunta, o nos pregunta
poco, cuándo y cómo hay que romper las hostilidades.
“Nos
pillará desprevenidos la propia revolución –continúa Nadiezhdin, asustando a Iskra-, como nos ha ocurrido con los
acontecimientos actuales, que nos han caído encima como un alud”. Esta frase,
relacionada con las que hemos citado antes, nos demuestra palmariamente que es
absurdo el “punto de vista” especial “de vísperas de la revolución” ideado por Svoboda*. Hablando sin ambages, el
“punto de vista” especial se reduce a que “ahora” ya es tarde para deliberar y
prepararse. Pero en este caso, ¡oh, respetabilísimo enemigo del
“literaturismo”!, ¿para qué escribir 132 páginas impresas “sobre cuestiones de
teoría** y táctica”? ¿No le parece que “al punto de vista de vísperas de la
revolución” le iría mejor publicar 132.000 octavillas con un breve llamamiento:
“¡Por ellos!”?
Precisamente correr menor riesgo de que lo
pille desprevenido la revolución quien coloca en el ángulo principal de todo su
programa, de toda su táctica, de toda
su labor de organización la agitación política entre todo el pueblo, como
hace Iskra. Los que se dedican en
toda Rusia a trenzar los hilos de la organización que arranque de un periódico
central para todo el país, lejos de que los pillen desprevenidos los sucesos de
la primavera, nos han ofrecido la posibilidad de pronosticarlos. Tampoco los
han pillado desprevenidos las manifestaciones descritas en los números 13 y 14
de Iskra; por el contrario, han
tomado parte en ellas, con viva conciencia de que su deber era acudir en ayuda del ascenso espontáneo de la
multitud, contribuyendo al mismo tiempo, por medio de su periódico, a que todos
los camaradas rusos conozcan estas manifestaciones y utilicen su experiencia.
¡Y si conservan la vida, tampoco dejarán que los pille desprevenidos la
revolución, que reclama de nosotros, ante todo y por encima de todo, -
*En vísperas de la revolución, pág. 62.
**Dicho sea de paso, L. Nadiezhdin no dice casi nada de los problemas de teoría en su “revista de cuestiones teóricas”, si prescindimos del siguiente pasaje, sumamente curioso “desde el punto de vista de vísperas de la revolución”: “La bernsteiniada en su conjunto pierde para nuestro momento su carácter agudo, como lo mismo nos da que el señor Adamóvich demuestre que el señor Struve debe presentar la dimisión o que, por el contrario, el señor Struve desmienta al señor Adamóvich y no consienta en dimitir. Nos da absolutamente igual, porque ha sonado la hora decisiva de la revolución” (pág. 110). Sería difícil describir con mayor relieve la despreocupación infinita de L. Nadiezhdin por la teoría. ¡¡Como hemos proclamado que estamos en “vísperas de la revolución”, “nos da absolutamente lo mismo” que los ortodoxos logren o no desalojar definitivamente de sus posiciones a los críticos!! ¡Y nuestro sabio no se percata de que, precisamente durante la revolución, nos harán falta los resultados de la lucha teórica contra los críticos para luchar resueltamente contra sus posiciones prácticas!
que saquemos experiencia en la agitación, sepamos
apoyar (apoyar a la manera socialdemócrata) toda protesta y acertemos a
orientar el movimiento espontáneo, salvaguardándolo de los errores de los
amigos y de las celadas de los enemigos!
Hemos
llegado, pues, a la última razón que nos obliga a hacer particular hincapié en
el plan de una organización formada en torno a un periódico central para toda
Rusia, mediante la labor conjunta en este periódico común. Sólo una
organización semejante aseguraría la flexibilidad indispensable a la
organización socialdemócrata combativa, es decir, la capacidad de adaptarse en
el acto a las condiciones de lucha más variadas y cambiantes con rapidez;
saber, “de un lado, rehuir las batallas en campo abierto contra un enemigo que
tiene superioridad aplastante de fuerzas, cuando concentra éstas en un punto, y
para saber de otro lado, aprovechar la torpeza de movimientos de este enemigo y
lanzarse sobre él en el sitio y en el momento en que menos espere ser
atacado”*. Sería un gravísimo error montar la organización del partido cifrando
las esperanzas sólo en ---
*Iskra, núm. 4: ¿Por dónde empezar? “Un trabajo largo no asusta a los revolucionarios culturalistas que no comparten el punto de vista de vísperas de la revolución”, escribe Nadiezhdin (pág. 62). Con este motivo haremos la siguiente observación: si no sabemos elaborar una táctica política y un plan de organización orientados sin falta hacia una labor muy larga y que al mismo tiempo aseguren, por el propio proceso de este trabajo, la disposición de nuestro partido a ocupar su puesto y cumplir con su deber en cualquier circunstancia imprevista, pro más que se precipiten los acontecimientos, seremos simplemente unos deplorables aventureros políticos. Sólo Nadiezhdin, que ha empezado a llamarse socialdemócrata desde ayer, puede olvidar que el objetivo de la socialdemocracia consiste en transformar de raíz las condiciones de vida de toda la humanidad, pro lo cual es imperdonable que un socialdemócrata se “asuste” por lo largo del trabajo.
las explosiones y luchas de las calles o sólo en la
“marcha progresiva de la lucha cotidiana y monótona”. Debemos desplegar siempre
nuestra labor cotidiana dispuestos a todo, porque muchas veces es casi
imposible prever por anticipado cómo alternarán los períodos de explosiones con
los de calma y, aun cuando fuera posible preverlo, no se podría aprovechar la
previsión para reconstruir la organización, porque en un país autocrático estos
cambios se producen con asombrosa
rapidez, a veces como consecuencia de una incursión, nocturna de los genízaros
zaristas (94). De la revolución misma no debe uno forjarse la idea de que sea
un acto único (como, por lo visto, se la imaginan los Nadiezhdin), sino de que
es una sucesión rápida de explosiones más o menos violentas, alternando con
períodos de calma más o menos profunda. Por tanto, el contenido fundamental de
las actividades de la organización de nuestro partido, el centro de gravedad de
estas actividades debe consistir en una labor que es posible y necesaria tanto
durante el período de la explosión más violenta como durante el de la calma más
completa, a saber: en una labor de agitación política unificada en toda Rusia
que arroje luz sobre todos los aspectos de la vida y que dirija a las más
grandes masas. Y esta labor es inconcebible en la Rusia actual sin un periódico
central para toda Rusia que aparezca muy a menudo. La organización que se forme
por sí misma en torno a este periódico, la organización de sus colaboradores
(en la acepción más amplia del término, es decir, de todos los que trabajan en
trono a él) estará precisamente dispuesta a todo, desde salvar el honor, el
prestigio y la continuidad del partido en los momentos de mayor “depresión”
revolucionaria, hasta prepara la insurrección armada de todo el pueblo, fijar
fecha para su comienzo y llevarla a la práctica.
En
efecto, figurémonos una redada completa, muy corriente entre nosotros, en una o
varias localidades. Al no haber en todas las organizaciones locales una labor
común llevada en forma regular, estos descalabros van acompañados a menudo de
la interrupción del trabajo por largos meses. En cambio, si todas tuvieran una
labor común, bastarían, en el caso de
la mayor redada, unas cuantas semanas de trabajo de dos o tres personas
enérgicas para poner en contacto con el organismo central común a los nuevos
círculos de la juventud que, como es sabido, incluso ahora brotan con suma
rapidez; y cuando la labor común que sufre los descalabros está a la vista de
todo el mundo, los nuevos círculos pueden surgir y ponerse en contacto con
dicho organismo central más pronto aún.
Por
otra parte, imagínense una insurrección popular. Ahora es probable que todo el
mundo esté de acuerdo en que debemos pensar en ella y prepararnos para ella.
Pero ¿cómo prepararnos? ¡No se querrá que el Comité Central, éste no lograría
absolutamente nada con designarlos, dadas las actuales condiciones rusas. Por
el contrario, una red de agentes* que se forme por sí misma en el trabajo de
organización y difusión de un periódico central no tendría que “aguardar con
los brazos cruzados” la consigna de la regular que le garantizase, en caso de
insurrección, las mayores probabilidades de éxito. Esa misma labor es la que
reforzaría los lazos de unión tanto con las más grandes masas obreras como con
todos los sectores descontentos de la autocracia, lo cual suma importancia para
la insurrección. En esa labor precisamente se-
*¡Ay! ¡Se me ha escapado una vez
más la truculenta palabra “agentes” que tanto hiere el democrático oído de los
Martínov! Me extraña que esta palabra no haya molestado a los corifeos de la
década del y0 y, en cambio, moleste a los primitivos de la del 90. Me gusta
esta palabra, porque indica de un modo claro y tajante la causa común a la que todos los agentes subordinan sus
pensamientos y sus actos, y si hubiese que sustituir esta palabra por otra, yo
sólo elegiría el término “colaborados”, si éste no tuviese cierto deje de literaturismo y de vaguedad. Porque lo
que necesitamos es una organización militar de agentes. A propósito sea dicho,
los numerosos Martínov (sobre todo, en el extranjero), que gustan de
“ascenderse recíprocamente a generales”, podrían decir, en lugar de “agente en
asuntos de pasaportes”, “comandante en jefe de la unidad especial destinada a
proveer de pasaportes a los revolucionarios”, etc.
formaría la capacidad de enjuiciar con tino la
situación política general y, por tanto, la capacidad de elegir el momento adecuado
para la insurrección. Esa misma labor es la que acostumbraría a todas las organizaciones locales a
hacerse unísono eco de los problemas, casos y sucesos políticos que agitan a
toda Rusia, responder a estos “sucesos” con la mayor energía posible, de la
manera más uniforme y conveniente posible; y la insurrección es, en el fondo,
la “respuesta” más enérgica, más uniforme y más conveniente de todo el pueblo
al gobierno. Esa misma labor es la que acostumbraría, por último, a todas las
organizaciones revolucionarias, en todos los confines de Rusia, a mantener las
relaciones más constantes, y conspirativas a la vez, que crearían la unidad efectiva del partido; sin estas
relaciones es imposible discutir colectivamente un plan de insurrección ni
adoptar las medidas preparatorias indispensables en vísperas de ésta, medidas
que deben guardarse en el secreto más riguroso.
En
pocas palabras, “el plan de un periódico político central para toda Rusia”,
lejos de ser el fruto de un trabajo de gabinete de personas contaminadas de
doctrinarismo y literaturismo (como les ha parecido a gentes que han meditado
poco en él), es, por el contrario, el plan más práctico de empezar a prepararse
en el acto y por doquier par la insurrección, sin olvidar al mismo tiempo ni
por un instante la labor corriente de cada día.
Conclusión
La
historia de la socialdemocracia rusa se divide manifiestamente en tres
períodos.
El
primer período comprende cerca de un decenio, de 1884 a 1894 poco más o menos.
Fue el período en que brotaron y se afianzaron la teoría y el programa de la
socialdemocracia. El número de adeptos de la nueva tendencia en Rusia se podía
contar con los dedos de las manos. La socialdemocracia existía sin movimiento
obrero y pasaba, como partido político por el proceso de desarrollo
intrauterino.
El
segundo período abarca tres o cuatro años, de 1894 a 1898. La socialdemocracia
aparece como movimiento social, como impulso de las masas populares, como
partido político. Fue el período de infancia y adolescencia. Con la rapidez de
una epidemia, se propaga el apasionamiento general de los intelectuales por la
lucha contra el pupulismo y por la corriente de ir hacia los obreros, el
apasionamiento general de los obreros por las huelgas. El movimiento hace
grandes progresos. La mayoría de los dirigentes eran hombres muy jóvenes que
estaban lejos de haber alcanzado la “edad de treinta y cinco años”, que el
señor N. Mijailovski tenía por algo
así como frontera natural. Por su juventud, no estaban preparados par
ala labor práctica y desaparecían de la escena con asombrosa rapidez. Pero la
magnitud de su trabajo, en la mayoría de los casos, era muy grande. Muchos de
ellos comenzaron a pensar de un modo revolucionario como adeptos del grupo
Libertad del Pueblo. Casi todos rendían en sus mocedades pleitesía los héroes
del terrorismo, y les costó mucho trabajo sustraerse a la impresión seductora
de esta tradición heroica; hubo que romper con personas que a toda costa
querían seguir siendo fieles a Libertad del Pueblo y gozaban de gran respeto
entre los jóvenes socialdemócratas. la lucha obligaba a estudiar, a leer obras
ilegales de todas las tendencias, a ocuparse intensamente de los problemas del
populismo legal. Formados en esta lucha, los socialdemócratas acudían al
movimiento obrero sin olvidar “un instante” ni la teoría del marxismo que les
alumbró con luz meridiana ni la tarea de derrocar a la autocracia. La formación
del partido, en la primavera de 1898, fue el acto de mayor relieve, y último a la vez, de los socialdemócratas
de aquel período.
El
tercer período despunta, como acabamos de ver, en 1897 y viene a sustituir
definitivamente al segundo en 1898 (1898-¿). es el período de dispersión, de
disgregación,, de vacilación. Igual que mudan la voz los adolescentes, la
socialdemocracia rusa de aquel período también la mudó y empezó a dar notas
falsas, por una parte, en las obras d elos señores Struve, Prokopóvich,
Bulgákov y Berdiáiev, y, por otra, en las de V. I.-n, R.M., B. Krichevski y
Martínov. Pero iban cada uno por su
lado y retrocedían los dirigentes nada más: el propio movimiento seguía
creciendo y haciendo progresos gigantescos. La lucha proletaria englobaba
nuevos sectores de obreros y se propagaba por toda Rusia, contribuyendo a la
vez indirectamente a avivar el espíritu democrático entre los estudiantes y
entre los otros sectores de la población. Pero la conciencia de los dirigentes
cedió ante la magnitud y el vigor del crecimiento espontáneo. Entre los
socialdemócratas predominaba ya otra clase de gente: los militantes formados
casi exclusivamente en el espíritu de la literatura marxista “legal”, cosa
tanto más insuficiente cuanto más alto era el nivel de conciencia que reclamaba
de ellos la espontaneidad de las masas. Los dirigentes no sólo quedaban
rezagados tanto en el sentido teórico (“libertad de crítica”) como en el
terreno práctico (“métodos primitivos de trabajo”), sino que intentaban
defender su atraso recurriendo a toda clase de argumentos rimbombantes. El movimiento socialdemócrata era rebajado al
nivel del tradeunionismo tanto por los brentanistas de la literatura legal como
por los seguidistas de la ilegal. El programa del Credo comienza a llevarse a la práctica, sobre todo, cuando los
“métodos primitivos de trabajo” de los socialdemócratas, reavivan las tendencias
revolucionarias no socialdemócratas.
Y si
el lector me reprocha que me haya explayado con exceso de pormenores en un
periódico como Rabócheie Dielo, le
contestaré: R. Dielo ha adquirido una
importancia “histórica” por haber reflejado con el mayor relieve el “espíritu”
de este tercer período*. No era el consecuente R. M., sino precisamente los
Krichevski y Martínov, que cambian de dirección como las veletas a los cuatro
vientos, quienes podían expresar de verdad la dispersión, las vacilaciones y la
disposición a hacer concesiones a la “crítica”, al “economismo” y al
terrorismo. Lo que caracteriza a este período no es el desprecio olímpico de
algún admirador de “lo absoluto” por la labor práctica, sino precisamente la
unión de un practicismo mezquino con la más completa despreocupación por la
teoría. Más que negar abiertamente las “grandes palabras”, lo que hacían los
héroes de este período era envilecerlas:. El socialismo científico dejó de ser
una teoría revolucionaria integral, convirtiéndose en una mezcolanza a la que
se añadían “libremente” líquidos procedentes de cualquier manual alemán nuevo;
la consigna de “lucha de clases” no impulsaba a una actividad cada vez más
amplia, cada vez más enérgica, sino que servía de amortiguador, ya que “la
lucha económica está íntimamente ligada a la lucha política”; la idea del
partido no exhortaba a crear una organización combativa de revolucionarios,
sino que justificaba una especie de “burocracia revolucionaria” y el juego
infantil a formas “democráticas”.
*Podría contestar también con un refrán alemán: “Den Sack schlägt man, den Esel meint man”, lo cual quiere decir: quien a uno castiga, a ciento hostiga. No sólo Rab. Dielo, sino la gran masa de los militantes dedicados al trabajo práctico y de los teóricos sentían entusiasmo por la “crítica” de moda, se armaban un lío con la espontaneidad, se desviaban de la concepción socialdemócrata de nuestras tareas política y orgánicas hacia la concepción tradeunionista.
Ignoramos
cuándo acabará el tercer período y empezará el cuarto (en todo caso anunciado
ya por muchos síntomas). Del campo de la historia pasamos aquí al terreno de lo
presente y, en parte, de lo futuro. Pero creemos con firmeza que el cuarto
período ha de conducir al afianzamiento del marxismo militante, que la
socialdemocracia rusa saldrá fortalecida y arreciada de la crisis, que la
retaguardia oportunista será “relevada” por un verdadero destacamento de
vanguardia de la clase más revolucionaria.
A
guisa de exhortación a este “relevo”, y resumiendo lo que acabamos de exponer,
podemos dar esta escueta respuesta a la pregunta: ¿qué hacer?:
Acabar
con el tercer período.
Anexo 95
Intento de
fusionar “Iskra” con “Rabócheie Dielo”
Nos
resta esbozar la táctica adoptada y consecuentemente aplicada por Iskra en las relaciones orgánicas con Rabócheie Dielo. Esta táctica ha sido
expuesta ya por completo en el número 1 de Iskra,
en el artículo sobre La escisión de la Unión de Socialdemócratas Rusos en el
Extranjero*. Admitimos en seguida el punto de vista de que la verdadera Unión
de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero, reconocida por el I Congreso de
nuestro partido como su representante fuera del país, se había escindido en dos
organizaciones; que seguía pendiente el problema de la representación del partido,
puesto que lo había resuelto sólo con carácter provisional y convencional, en
el Congreso internacional celebrado en París, la elección de dos miembros
procedentes de Rusia, uno por cada parte de la Unión escindida, para el Buró
Socialista Internacional permanente (96) hemos declarado que, en fondo,
Rabócheie Dielo no tenía razón; en cuanto a los principios, nos colocamos
resueltamente al lado del grupo Emancipación del Trabajo, pero nos negamos, al
mismo tiempo, a entrar en detalles de la escisión y señalamos los méritos de la
Unión en el terreno de la labor puramente práctica**.
Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 4, pág. 384-385. (N. de la Edit.)
**Este juicio sobre la escisión no sólo se basaba en el conocimiento de las publicaciones, sino en datos recogidos en el extranjero por algunos miembros de nuestra organización que habían estado allí.
De
modo que nos manteníamos, hasta cierto punto, a la expectativa: hacíamos una
concesión al criterio imperante entre la mayoría de los socialdemócratas rusos,
los cuales sostenían que incluso los
enemigos más decididos del “economismo” podían trabajar codo con codo con la
Unión, porque ésta había declarado más de una vez que estaba de acuerdo en
principio con el grupo Emancipación del Trabajo y que no pretendía, según
afirmaba, tener una posición independiente en los problemas cardinales de la
teoría y de la táctica. El acierto de la posición que habíamos adoptado lo
corrobora indirectamente el hecho de que, casi en el momento de aparecer el
primer número de Iskra (diciembre de
1900), se separaron de la Unión tres miembros, formando el llamado grupo de
iniciadores, los cuales se dirigieron: 1) a la sección de la organización de Iskra en el extranjero; 2) a la
Organización Revolucionaria Sotsial-Demokrat, y 3) a la Unión, proponiendo sus
mediación para entablar negociaciones conciliadoras. Las dos primeras
organizaciones aceptaron en seguida, la
tercera se negó. Por cierto, cuando en el Congreso de “unificación”,
celebrado el año pasado, uno de los oradores expuso los hechos citados, un
miembro de la administración de la Unión declaró que su negativa se debía
exclusivamente a que la Unión estaba descontenta de la composición del grupo de
iniciadores. Estimando que es mi deber insertar esta explicación, no puedo, sin
embargo, dejar de observar por mi parte que no la considero satisfactoria: como
la Unión estaba al tanto de la conformidad de las dos organizaciones para
entablar negociaciones, podía dirigirse a ellas por conducto de otro mediador o
directamente.
En la
primavera de 1901, tanto Zariá (núm.
1, abril) como Iskra (núm. 4, mayo)
entablaron una polémica directa contra Rabócheie
Dielo*. Iskra atacó, sobre todo, el Viraje
histórico de Rabócheie Dielo, que
en su hoja de abril, esto es, después de los -----
Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 5,
pág. 1-13 (N. de la Edit.)
Acontecimientos de primavera, dio ya muestras de
poca firmeza respecto al apasionamiento por el terrorismo y por los
llamamientos “sanguinarios”. A pesar de esta polémica, la Unión contestó que
estaba dispuesta a reanudar las negociaciones de conciliación por intermedio de
un nuevo grupo de “conciliadores”. La conferencia preliminar de representantes
de las tres organizaciones citadas se celebró ene l mes de junio y elaboró un
proyecto de pacto basado en un detalladísimo “acuerdo en principio”, publicado
por la Unión en el folleto Dos congresos
y por la Liga en el folleto Documentos
del Congreso de “unificación”.
El
contenido de este acuerdo (o, como suele llamársele, resoluciones a la
Conferencia de junio) adoptado con arreglo a los principios demuestra con
claridad meridiana que nosotros exigíamos, como condición indispensable para la
unificación, que se repudiara del modo más decidido toda manifestación de
oportunismo en general y de oportunismo ruso en particular. “Rechazamos –dice
el primer párrafo- todas las tentativas de introducir el oportunismo en la
lucha de clase del proletariado, tentativas que se han manifestado en el
llamado “economismo”, bernsteinianismo, millerandismo, etc.”. “La esfera de
actividad de la socialdemocracia comprende… la lucha ideológica contra todos
los adversarios del marxismo revolucionario” (4, c). “En todas las esferas de
la labor de agitación y de organización, la socialdemocracia no debe olvidar ni
un instante la tarea inmediata del proletariado ruso: derrocar a la autocracia”
(5, a); … “la agitación, no sólo en el terreno de la lucha diaria del trabajo
asalariado contra el capital” (5,b); … “no reconociendo … la fase de la lucha
puramente económica y de la lucha por reivindicaciones políticas parciales” (5,
c); … “consideramos de importancia para el movimiento criticar las corrientes
que erigen en principio… lo elemental… y lo estrecho de las formas inferiores
del movimiento” (5, d). Incluso una persona completamente extraña, después de
leer más o menos atentamente estas
resoluciones, ha de ver pro su mismo enunciado que se dirigen contra quienes
eran oportunistas y “economistas” y han olvidado, aunque sólo sea un instante,
la tarea de derribar la autocracia, contra quienes han aceptado la teoría de
las fases, han erigido en principio la estrechez de miras, etc. Y quien
reconozca más o menos la polémica que el grupo Emancipación del Trabajo, Zariá e
Iskra han tenido con Rabócheie Dielo, no dudará un instante
que estas resoluciones rechazan, punto por punto, precisamente las aberraciones
en que había caído Rabócheie Dielo.
Por eso, cuando en el Congreso de “unificación” uno de los miembros de la Unión
declaró que los artículos publicados en el número 10 de Rabóchie Dielo no se debían al nuevo “viraje histórico” de la
Unión, sino al espíritu demasiado “abstracto”* de las resoluciones, uno de los
oradores lo puso con toda razón en ridículo. Las resoluciones, contestó, lejos
de ser abstractas, son increíblemente
concretas: basta echarles una ojeada para ver que “se quería cazar a alguien”.
Esta
expresión motivó en el congreso un
episodio característico. Por una parte, B. Krichevski se aferró a la palabra
“cazar”, creyendo que era un lapsus delator de mala intención por nuestra parte
(“tener una emboscada”) y exclamó en tono patético: “¿A quién se iba a cazar?”
“Sí, en efecto, ¿a quién?”, preguntó irónicamente Plejánov. “Yo ayudaré al
camarada Plejánov en su perplejidad –contestó B. Krichevski-, yo le explicaré a
quien se quería cazar era a la redacción de “R. Dielo”. (Hilaridad general) ¡Pero no nos hemos dejado cazar!” (Exclamaciones de la izquierda: “¡Peor
para vosotros!”) Por otra parte, un miembro del grupo Borbá (grupo de
conciliadores), pronunciándose contra las enmiendas de la Unión a las
resoluciones, y en su deseo de defender a nuestro orador, declaró que,
evidentemente, la expresión “se quería cazar” se había escapado sin querer en
el calor de la polémica.
Pro lo
que a mí se refiere creo que el orador que ha empleado la expresión o se
sentirá del todo satisfecho de esta “defensa”. Yo creo que las palabras “se
quería cazar –
*Esta afirmación se repite en Dos congresos, pág. 25.
a alguien” fueron “dichas en broma, pero pensadas en serio”: nosotros hemos
acusado siempre a R. Dielo de falta
de firmeza, de vacilaciones, razón por la cual debíamos, naturalmente, tratar
de cazarlo para hacer imposibles las vacilaciones en lo sucesivo. No se podía
hablar aquí de mala intención porque se trataba de falta de firmeza en los principios. Y hemos sabido “cazar” a la
Unión procediendo lealmente*, de manera que las resoluciones de junio fueron
firmadas por el propio b. Krichevski y por otro miembro de la administración de
la Unión.
Los
artículos publicados en el número 10 de R.
Dielo (nuestros camaradas vieron este número sólo cuando hubieron llegado
al congreso y unos días antes inaugurarse éste) demostraban claramente que del
verano al otoño se había producido otro viraje en la Unión: los “economistas”
obtuvieron una vez más la supremacía, y la redacción, dúctil a toda nueva
“corriente”, volvió a defender a los “más declarados bernsteinianos”, la
“libertad de crítica” y la “espontaneidad” y a predicar por boca de Martínov la
“teoría de restringir” la esfera de nuestra influencia política (con el
propósito aparente de -------
*A saber: en la introducción a las resoluciones de junio dijimos que la socialdemocracia rusa mantuvo siempre en conjunto la posición de fidelidad a los principios del grupo Emancipación del Trabajo y que el mérito de la Unión estaba sobre todo en su actividad en el terreno de las publicaciones y de la organización. En otros términos, dijimos que estábamos completamente dispuestos a olvidar el pasado y a reconocer que la labor de nuestros camaradas de la Unión era útil a la causa, a condición de que acabaran por completo con las vacilaciones, objeto de nuestra “caza”. Toda persona imparcial que lea las resoluciones de junio las comprenderá sólo en este sentido. Pero si ahora la Unión nos acusa solemnemente de faltar a la verdad (Dos congresos, pág. 30) por estas palabras sobre sus méritos, después de haber provocado ella misma con su nuevo viraje hacia el “economismo” (en los artículos del número 10 y en las enmiendas) la ruptura, esta acusación, como es natural, no puede menos de provocar una sonrisa.
complicar esta misma influencia). Una vez más se ha
confirmado la certera observación de Parvus
de que es difícil cazar a un oportunista con una simple fórmula, porque
le cuesta tan poco firmar cualquier fórmula como renegar de ella, ya que el
oportunismo consiste precisamente en la falta de principios más o menos
definidos y firmes. Hoy, los oportunistas rechazan toda tentativa de introducir
el oportunismo, rechazan toda restricción, prometen solemnemente “no olvidar un
instante el derrocamiento de la autocracia”, hacer “agitación no sólo en el
terreno de la lucha diaria del trabajo asalariado contra el capital”, etc. Y
mañana cambian de tono y vuelven a las
andadas so pretexto de defender la espontaneidad, de la marcha progresiva de la
lucha cotidiana y monótona, de ensalzar las reivindicaciones que prometen
resultados palpables, etc. Al continuar afirmando que en los artículos del
número 10 la “Unión no ha visto ni ve ninguna abjuración herética de los
principios generales del proyecto de la conferencia” (Dos congresos, pág. 26),
la Unión sólo revela con ello que es incapaz por completo o que no quiere
comprender el fondo de las discrepancias.
Después
del número 10 de R. Diego nos quedaba por hacer una sola tentativa: iniciar una
discusión general para convencernos de si toda la Unión se solidarizaba con
estos artículos y con su redacción. La Unión, está disgustada con nosotros,
sobre todo, por este hecho y nos acusa de que intentamos sembrar la discordia
en su seno, de que nos inmiscuimos en cosas ajenas, etc. Acusaciones a todas
luces infundadas, porque, teniendo una redacción compuesta por elección y
dúctil para “girar” al menor soplo del viento, y éramos nosotros quienes
determinábamos esa dirección en las sesiones a puerta cerrada, a las que sólo
asistían los miembros de las organizaciones venidas para unificarse. Las
enmiendas que se ha introducido en las resoluciones de junio en nombre de la
Unión nos han quitado el último asomo de esperanza de llegar a un acuerdo. Las
enmiendas son una prueba documental del nuevo viraje hacia el “economismo” y de
la solidaridad de la mayoría de la Unión con el número 10 de R. Dielo.
Se borraba del número de manifestaciones del oportunismo el “llamado
economismo” (debido ala supuesta “vaguedad” de estas palabras, si bien de esta
motivación no se deduce sino la necesidad de definir con mayor exactitud la
esencia de una aberración muy extendida); también se borraba el “millerandismo”
(si bien B. Krichevski lo defendía en R.
Dielo, núm. 2-3, pág. 83-84, y con mayor franqueza aún en Vorwärts*). A pesar de que las resoluciones de junio indicaban de manera
terminante que la tarea de la socialdemocracia consistía en “dirigir todas las
manifestaciones de lucha del proletariado contra todas las formas de opresión
política, económica y social”,
exigiendo con ello que se introdujera método y unidad en todas estas
manifestaciones de lucha, la Unión añadía palabras superfluas por demás,
diciendo que la “lucha económica es un poderoso estímulo para el movimiento de
masas” (estas palabras, de pro sí, son indiscutibles, pero, existiendo un
“economismo” estrecho, no podían menos de llevar a interpretaciones falsas).
Más aún, se ha llegado hasta a restringir con descaro en las resoluciones de
junio la “política”, ya eliminando las palabras “ni por un instante” (no
olvidar el objetivo del derrocamiento de la autocracia), ya añadiendo las
palabras “la lucha económica es el medio aplicable con la mayor amplitud para incorporar a las masas a la lucha
política activa”. Es natural que, una vez introducidas estas enmiendas, todos
los oradores de nuestra parte fueran renunciando uno tras otro a la palabra,
pues veían la completa inutilidad de seguir negociando con gente que volvía a
girar hacia el “economismo” y se reservaba la libertad de vacilar.
“Precisamente
lo que la Unión ha tenido por condición sine qua non para la solidez del futuro
acuerdo, o sea, el mantenimiento de la fisonomía de R. Dielo y de su-
*En Vorwärts se inició una polémica a este respecto entre su redacción actual, Kautsky y Zariá. No dejaremos de dar a conocer esta polémica a los lectores rusos.
autonomía, es lo que Iskra consideraba un obstáculo para el acuerdo” (Dos congresos, pág. 25). Esto es muy
inexacto. Nunca hemos atentado contra la autonomía de R. Dielo*. Efectivamente,
hemos rechazado en forma categórica
su fisonomía propia si se entiende por tal la “fisonomía propia” en los
problemas de principio de la teoría y de la táctica: las resoluciones de junio
contienen precisamente la negación categórica de esta fisonomía propia, porque,
en la práctica, esta “fisonomía propia” ha significado siempre, lo repetimos,
vacilaciones de toda clase y el apoyo que prestaban a la dispersión imperante
en nuestro ambiente, dispersión insoportable desde el punto de vista del
partido. Con sus artículos del número 10 y con las “enmiendas”, R. Dielo ha manifestado claramente su
deseo de mantener precisamente esta fisonomía propia, y semejante deseo ha
conducido de manera natural e inevitable a la ruptura y a la declaración de
guerra. Pero todos nosotros estábamos
dispuestos a reconocer la “fisonomía propia” de R. Dielo en el sentido de que debe concentrarse en determinadas
funciones literarias. La distribución acertada de estas funciones se imponía
por sí misma: 1) revista científica, 2) periódico político y 3) recopilaciones
y folletos de divulgación. Sólo la conformidad de R. Dielo con esta distribución demostraría su sincero deseo de
acabar de una vez para siempre con las aberraciones combatidas por las
resoluciones de junio; sólo esta distribución eliminaría toda posibilidad de
rozamientos aseguraría efectivamente la
firmeza del acuerdo, sirviendo a la vez de base par que nuestro movimiento
crezca más y alcance nuevos éxitos.
Ahora
ningún socialdemócrata ruso puede poner ya en duda que la ruptura definitiva de
la tendencia revolucionaria con la oportunista no ha sido originada por
cuestiones “de organización”, sino precisamente por el deseo de los
oportunistas de -----
*Si no contamos como restricción de la autonomía las reuniones de las redacciones, relacionadas con la formación de un consejo supremo común de las organizaciones unidas, cosa que R. Dielo aceptó también en junio.
afianzar la fisonomía propia del oportunismo y de
seguir ofuscando las mentes con las disquisiciones de los Krichevski y los
Martínov.
Escrito entre el otoño de 1901
y febrero de 1902.
publicado por primera vez en
marzo de 1902 en folleto aparte
en Stuttgart.
Enmienda para
“¿Qué hacer?”
El
“grupo de iniciadores”, al que me he referido en el folleto ¿Qué hacer?, pág. 141*, me pide que haga
la siguiente enmienda al pasaje donde se expone su participación en el intento
de conciliar las organizaciones socialdemócratas en el extranjero:
“Sólo
uno de los tres miembros de este grupo se retiró de la Unión a fines de 1900;
los restantes no lo hicieron hasta 1901, cuando se hubieron convencido de que
era imposible conseguir que la Unión aceptar celebrar una conferencia con la
organización de Iskra en el
extranjero y con la Organización Revolucionaria Sotsial-Demokrat, a lo que se
constreñía la propuesta del grupo de iniciadores. La administración de la Unión
rechazó al principio esta propuesta, achacando su negativa a participar en la
conferencia a la “incompetencia” de los integrantes del grupo de iniciadores
mediador y expresando su deseo de entablar relaciones directas con la
organización de Iskra en el
extranjero. Sin embargo, la administración de la Unión no tardó en poner en
conocimiento del grupo de iniciadores que, después de aparecido el primer
número de Iskra, en el cual se
publicaba la nota sobre la escisión de la Unión, cambiaba de parecer y no
quería ponerse en contacto con Iskra.
¿Cómo explicar después de eso la declaración de un miembro de la administración
de la Unión de que la negativa de ésta a participar en la conferencia se debía exclusivamente a que estaba descontenta
de la composición del grupo de iniciadores? Por cierto, tampoco se comprende
que la administración de la Unión --------
*Véase el presente volumen, pág. 202 (N. de la Edit.)
aceptara participar en la Conferencia de junio del
año pasado: la nota que apareció en el primer número de Iskra sigue en vigor, y la repudia de la Unión por Iskra cobró mayor realce en el primer
volumen de Zariá y en el cuarto
número de Iskra, que aparecieron
antes de la Conferencia de Junio”.
N. Lenin
“Iskra”, núm. 19, del 1 de abril de 1902