F . E N G E L S
E L O R
I G E N D
E L A F A
M I L I A ,
L A P R
O P I E D
A D P R I
V A D A
Y E L E
S T A D O
P R E F A C I O A
L A P R I M E R A E D I C I O N , 1 8 8 4
Las siguientes páginas vienen a ser, en cierto sentido, la
ejecución de un testamento. Carlos Marx se disponía a exponer personalmente los
resultados de las investigaciones de Morgan en relación con las conclusiones de
su (hasta cierto punto, puedo decir nuestro) análisis materialista de la
historia, para esclarecer así, y sólo así, todo su alcance. En América, Morgan
descubrió de nuevo, y a su modo, la teoría materialista de la historia,
descubierta por Marx cuarenta años antes, y, guiándose de ella, llegó, al
contraponer la barbarie y la civilización, a los mismos resultados esenciales
que Marx. Señalaré que los maestros de la ciencia "prehistórica" en
Inglaterra procedieron con el "Ancient Society" de Morgani del mismo
modo que se comportaron con "El Capital" de Marx los economistas
gremiales de Alemania, que estuvieron durante largos años plagiando a Marx con
tanto celo como empeño ponían en silenciarlo. Mi trabajo sólo medianamente
puede remplazar al que mi difunto amigo no logró escribir. Sin embargo, tengo a
la vista, junto con extractos detallados que hizo de la obra de Morganii,
glosas críticas que reproduzco aquí, siempre que cabe.
Según la teoría materialista, el factor decisivo en la historia
es, en fin de cuentas, la producción y la reproducción de la vida inmediata.
Pero esta producción y reproducción son de dos clases. De una parte, la
producción de medios de existencia, de productos alimenticios, de ropa, de
vivienda y de los instrumentos que para producir todo eso se necesitan; de otra
parte, la producción del hombre mismo, la continuación de la especie. El orden
social en que viven los hombres en una época o en un país dados, está
condicionado por esas dos especies de producción: por el grado de desarrollo
del trabajo, de una parte, y de la familia, de la otra. Cuanto menos
desarrollado está el trabajo, más restringida es la cantidad de sus productos
y, por consiguiente, la riqueza de la sociedad, con tanta mayor fuerza se
manifiesta la influencia dominante de los lazos de parentesco sobre el régimen
social. Sin embargo, en el marco de este desmembramiento de la sociedad basada
en los lazos de parentesco, la productividad del trabajo aumenta sin cesar, y
con ella se desarrollan la propiedad privada y el cambio, la diferencia de
fortuna, la posibilidad de emplear fuerza de trabajo ajena y, con ello, la base
de los antagonismos de clase: los nuevos elementos sociales, que en el
transcurso de generaciones tratan de adaptar el viejo régimen social a las
nuevas condiciones hasta que, por fin, la incompatibilidad entre uno y otras no
lleva a una revolución completa. La sociedad antigua, basada en las uniones
gentilicias, salta al aire a consecuencia del choque de las clases sociales
recien formadas; y su lugar lo ocupa una sociedad organizada en Estado y cuyas
unidades inferiores no son ya gentilicias, sino unidades territoriales; se
trata de una sociedad en la que el régimen familiar está completamente sometido
a las relaciones de propiedad y en la que se desarrollan libremente las
contradicciones de clase y la lucha de clases, que constituyen el contenido de
toda la historia escrita hasta nuestros dias.
El gran mérito de Morgan consiste en haber encontrado en las
uniones gentilicias de los indios norteamericanos la clave para descifrar
importantísimos enigmas, no resueltos aún, de la historia antigua de Grecia,
Roma y Alemania. Su obra no ha sido trabajo de un día. Estuvo cerca de cuarenta
años elaborando sus datos hasta que consiguió dominar por completo la materia.
Y su esfuerzo no ha sido vano, pues su libro es uno de los pocos de nuestros
días que hacen época.
En lo que a continuación expongo, el lector distinguirá
fácilmente lo que pertenece a Morgan y lo que he agregado yo. En los capítulos
históricos consagrados a Grecia y a Roma no me he limitado a reproducir la
documentación de Morgan y he añadido todos los datos de que yo disponía. La
parte que trata de los celtas y de los germanos es mía, esencialmente, pues los
documentos de que Morgan disponía al respecto eran de segunda mano y en cuanto
a los germanos, aparte de lo que dice Tácito, únicamente conocía las pésimas
falsificaciones liberales del señor Freeman. La argumentación económica he
tenido que rehacerla por completo, pues si bien era suficiente para los fines
que se proponía Morgan, no bastaba en absoluto para los que perseguía yo.
Finalmente, de por sí se desprende que respondo de todas las conclusiones
hechas sin citar a Morgan.
Escrito por Engels para la
primera
edición de su libro "El
origen de la familia,
la propiedad privada y el
Estado", publicado en
Zurich en 1884.
Se publica según la 4ª
edición del libro.
Traducido del alemán.
* * *
P R E F A C I O A
L A C U A R T A E D I C I O N ,
1 8 9 1
Las ediciones precedentes, de las que se hicieron grandes
tiradas, agotáronse hará cosa de unos seis meses, por lo que el editor venía
dese hace tiempo rogándome que preparase una nueva. Trabajos más urgentes me
han impedido hacerlo hasta ahora. Desde que apareció la primera edición han
trasncurrido ya siete años, en los que el estudio de las formas primitivas de
la familia ha logrado grandes progresos. Por ello ha sido necesario corregir y
aumentar minuciosamente mi obra, con mayor razón porque se piensa estereotipar
el libro y ello me privará, por algún tiempo, de toda posibilidad de
corregirlo.
Como digo, he revisado atentamente todo el texto y he
introducido en él adiciones en las que confío haber tenido en cuenta,
debidamente, el actual estado de la ciencia. Además, hago en este prólogo una
breve exposición del desarrollo de la historia de la familia desde Bachofen
hasta Morgan; he procedido a ello, ante todo, porque la escuela prehistórica
inglesa, que tiene un marcado matiz chovinista, continúa haciendo todo lo
posible para silenciar la revolución que los descubrimientos de Morgan han
producido en las nociones de la historia primitiva, aunque no siente el menor
escrúpulo cuando se apropia los resultados obtenidos por Morgan. Por cierto,
también en otros países se sigue con excesivo celo, en algunos casos, este
ejemplo dado por los ingleses.
Mi obra ha sido traducida a varios idiomas. En primer lugar, al
italiano: "L'origine della famiglia, della propietá privata e dello stato,
versione riveduta dall'autore, di Pasquale Martignetti, Benevento, 1855. Luego
apareció la traducción rumana: "Origina familei, propietatei private si a
statului, traducere de Joan Nadejde", publicada en la revista de Jassi Contemporanul
desde septiembre de 1885 hasta mayo de 1886. Luego
al dinamarqués: "Familjens, privatejendommens og Statens Oprindelse,
Dansk, af Forffatteren gennemgaet Udgave, besörget of Gerson Tier, Köbenhavn,
1888. Está
imprimiéndose una traducción francesa de Henri Ravé según esta edición alemana.
* * *
Hasta 1860 ni siquiera se podía pensar en una historia de la
familia. Las ciencias históricas hallábanse aún, en este dominio, bajo la
influencia de los cinco libros de Moisés. La forma patriarcal de la familia,
pintada en esos cinco libros con mayor detalle que en ninguna otra parte, no
sólo era admitida sin reservas como la más antigua, sino que se la identificaba
-descontando la poligamia- con la familia burguesa de nuestros días, de modo
que parecía como si la familia no hubiera tenido ningún desarrollo histórico; a
lo sumo se admitía que en los tiempos primitivos podía haber habido un período
de promiscuidad sexual. Es cierto que aparte de la monogamia se conocía la poligamia
en Oriente y la poliandría en la India y en el Tíbet; pero estas tres formas no
podían ser ordenadas históricamente de modo sucesivo, sino que figuraban unas
junto a otras sin guardar ninguna relación. También es verdad que en algunos
pueblos del mundo antiguo y entre algunas tribus salvajes aun existentes la
descendencia se cuenta por línea materna, y no paterna, siendo aquélla la única
válida, y que en muchos pueblos contemporáneos se prohibe el matrimonio dentro
de determinados grupos más o menos grandes -por aquel entonces aún no
estudiados de cerca-, dándose este fenómeno en todas las partes del mundo;
estos hechos, ciertamente, eran conocidos y cada día se agregaban a ellos
nuevos ejemplos. Pero nadie sabía cómo abordarlos e incluso en la obra de E. B.
Tylor "Investigaciones de la Historia primitiva de la Humanidad, etc"
(1865)iii figuran como "costumbres raras", al lado de la prohibición
vigente en algunas tribus salvajes de tocar la leña ardiendo con cualquier
instrumento de hierro y otras futilezas religiosas semejantes.
El estudio de la historia de la familia comienza en 1861, con
el "Derecho materno" de Bachofen. El autor formula allí las
siguientes tesis: 1) primitivamente los seres humanos vivieron en promiscuidad
sexual, a la que Bachofen da, impropiamente, el nombre de heterismo; 2) tales
relaciones excluyen toda posibilidad de establecer con certeza la paternidad,
por lo que la filiación sólo podía contarse por línea femenina, según el
derecho materno; esto se dio entre todos los pueblos antiguos; 3) a
consecuencia de este hecho, las mujeres, como madres, como únicos progenitores
conocidos de la joven generación, gozaban de un gran aprecio y respeto, que
llegaba, según Bachofen, hasta el dominio femenino absoluto (ginecocracia); 4)
el paso a la monogamia, en la que la mujer pertenece a un solo hombre,
encerraba la transgresión de una antiquísima ley religiosa (es decir, el
derecho inmemorial que los demás hombres tenían sobre aquella mujer),
transgresión que debía ser castigada o cuya tolerancia se resarcía con la
posesión de la mujer por otros durante determinado período.
Bachofen halló las pruebas de estas tesis en numerosas citas de
la literatura clásica antigua, reunidas por él con singular celo. El paso del
"heterismo" a la monogamia y del derecho materno al paterno se
produce, según Bachofen -concretamente entre los griegos-, a consecuencia del
desarrollo de las concepciones religiosas, a consecuencia de la introducción de
nuevas divinidades, que representan ideas nuevas, en el grupo de los dioses
tradicionales, encarnación de las viejas ideas; poco a poco los viejos dioses
van siendo relegados a segundo plano por los primeros. Así, pues, según
Bachofen no fue el desarrollo de las condiciones reales de existencia de los
hombres, sino el reflejo religioso de esas condiciones en el cerebro de ellos,
lo que determinó los cambios históricos en la situación social recíproca del
hombre y de la mujer. En correspondencia con esta idea, Bachofen interpreta la
"Orestiada" de Esquilo como un cuadro dramático de la lucha entre el
derecho materno agonizante y el derecho paterno, que nació y logró la victoria
sobre el primero en la época de las epopeyas. Llevada de su pasión por su
amante Egisto, Clitemnestra mata a Agamenón, su marido, al regresar éste de la
guerra de Troya; pero Orestes, hijo de ella y de Agamenón, venga al padre
quitando la vida a su madre. ello hace que se vea perseguido por las Erinias,
seres demoníacos que protegen el derecho materno, según el cual el matridicio
es el más grave e imperdonable de los crímenes. Pero Apolo, que por mediación
de su oráculo ha incitado a Orestes a matar a su madre, y Atenea, que
interviene como juez (ambas divinidades representan aquí el nuevo derecho
paterno), defienden a Orestes. Atenea escucha a ambas partes. Todo el litigio
está resumido en la discusión que sostienen Orestes y las Erinias. Orestes dice
que Clitemnestra ha cometido un crimen doble por haber matado a su marido y
padre de su hijo. ¿Por qué las Erinias le persiguen a él, cuando ella es mucho
más culpable? La respuesta es sorprendente:
"No estaba unida por los vínculos de la sangre al hombre a
quien ha matado".
El asesinato de una persona con la que no se está ligado por
lazos de sangre, incluso si es el marido de la asesina, puede expiarse y no
concierne en lo más mínimo a las Erinias. La misión que a ellas corresponde es
perseguir el homicidio entre consanguíneos, y el peor de estos crímenes, el
único imperdonable, según el derecho materno, es el matricidio. Pero aquí
interviene Apolo, el defensor de Orestes. Atenea somete el caso al areópago, el
tribunal jurado de Atenas; hay el mismo número de votos en pro de la absolución
y en pro de la condena; entonces Atenea, en calidad de presidente del Tribunal,
vota en favor de Orestes y lo absuelve. El derecho paterno obtiene la victoria
sobre el materno, los "dioses de la nueva generación", según se
expresan las propias Erinias, vencen a éstas, que, al fin y a la postre, se
resignan a ocupar un puesto diferente al que han venido ocupando y se ponen al
servicio del nuevo orden de cosas.
Esta nueva y muy acertada interpretación de la
"Orestiada" es uno de los más bellos y mejores pasajes del libro de
Bachofen, pero al mismo tiempo es la prueba de que Bachofen cree, como en su
tiempo Esquilo, en las Erinias, en Apolo y en Atenea, es decir, cree que estas
divinidades realizaron en la época heroica griega el milagro de echar abajo el
derecho materno y de sustituirlo por el paterno. Es evidente que tal
concepción, que estima la religión como la palanca decisiva de la historia
mundial, se reduce, en fin de cuentas, al más puro misticismo. Por ello,
estudiar a fondo el voluminoso tomo de Bachofen es una labor ardua y, en muchos
casos, poco provechosa. Sin embargo, lo dicho no disminuye su mérito como investigador
que ha abierto una nueva senda, ya que ha sido el primero en sustituir las
frases acerca de aquel ignoto estadio primitivo con promiscuidad sexual por la
demostración de que en la literatura clásica griega hay muchas huellas de que
entre los griegos y entre los pueblos asiáticos existió, en efecto, antes de la
monogamia, un estado social en el que no solamente el hombre mantenía
relaciones sexuales con varias mujeres, sino que también la mujer mantenía
relaciones sexuales con varios hombres, sin faltar por ello a los hábitos
establecidos. Bachofen probó que este uso no desapareció sin dejar huellas bajo
la forma de la necesidad, para la mujer, de entregarse por un período
determinado a otros hombres, entrega que era el precio de su derecho al matrimonio
único; que, por tanto, primitivamente no podía contarse la descendencia sino en
línea femenina, de madre a madre; que esta validez exclusiva de la filiación
femenina se mantuvo largo tiempo, incluso en el período de la monogamia con la
paternidad establecida, o por lo menos, reconocida; y, por último, que esta
situación primitiva de las madres, como únicos genitores ciertos de sus hijos,
aseguró a aquéllas y, al mismo tiempo, a las mujeres en general, una posición
social más elevada de la que desde entonces acá nunca han tenido. Es cierto que
Bachofen no emitió esos principios con tanta claridad, por impedírselo el
misticismo de sus concepciones; pero los demostró, y ello, en 1861, fue toda
una revolución.
El voluminoso tomo de Bachofen estaba escrito en alemán, es
decir, en la lengua de la nación que menos se interesaba entonces por la
prehistoria de la familia contemporánea. Por eso permaneció casi ignorado. El
más inmediato sucesor de Bachofen en este terreno entró en escena en 1865, sin
haber oído hablar de él nunca jamás.
Este sucesor fue J. F. MacLennan, el polo opuesto de su
precedesor. En lugar de místico genial, tenemos aquí a un árido jurisconsulto;
en vez de una exultante y poética fantasía, las plausibles combinaciones de un
alegato de abogado. MacLennan encuentra en muchos pueblos salvajes, bárbaros y
hasta civilizados de los tiempos antiguos y modernos, una forma de matrimonio
en que el novio, solo o asistido por sus amigos, está obligado a arrebatar su
futura esposa a sus padres, simulando un rapto por violencia. Esta usanza debe
ser vestigio de una costumbre anterior, por la cual los hombres de una tribu
adquirían mujeres tomándolas realmente por la fuerza en el exterior, en otras
tribus. Pero ¿cómo nació ese "matrimonio por rapto"?. Mientras los
hombres pudieron hallar en su propia tribu suficientes mujeres, no había ningún
motivo para semejante procedimiento. Por otra parte, con frecuencia no menor
encontramos en pueblos no civilizados ciertos grupos (que en 1865 aún solían
identificarse con las tribus mismas) en el seno de los cuales estaba prohibido
el matrimonio, viéndose obligados los hombres a buscar esposas y las mujeres
esposos fuera del grupo; mientras tanto, en otros pueblos existe una costumbre
en virtud de la cual los hombres de cierto grupo vienen obligados a tomar
mujeres sólo en el seno de su mismo grupo. MacLennan llama "tribus"
exógamas a los primeros, endógamas a los segundos, y a renglón seguido y sin
más circunloquios señala que existe una antítesis bien marcada entre las
"tribus" exógamas y endógamas. Y aún cuando sus propias
investigaciones acerca de la exogamia le meten por los ojos el hecho de que esa
antítesis en muchos, si no en la mayoría o incluso en todos los casos, existe
solamente en su imaginación, no por eso deja de tomarla como base de toda su
teoría. Según esta, las tribus exógamas no pueden tomar mujeres sino de otras
tribus, cosa que, dada la guerra permanente entre las tribus, tan propia del
estado salvaje, sólo puede hacerse mediante el rapto.
MacLennan plantea más adelante: ¿De dónde proviene esa
costumbre de la exogamia? A su parecer, nada tienen que ver con ella las ideas
de la consanguinidad y del incesto, nacidas mucho más tarde. La causa de tal
usanza pudiera ser la costumbre muy difundida entre los salvajes, de matar a
las niñas enseguida que nacen. De eso resultaría un excedente de hombres en
cada tribu tomada por separado, siendo la inmediata consecuencia de ello que
varios hombres tendrían en común una misma mujer, es decir, la poliandría. De
aquí se desprende, a su vez, que se sabía quien era la madre del niño, pero no
quién era su padrea; por ello la ascendencia sólo se contaba en línea materna,
y no paterna (derecho materno). Y otra consecuencia de la escasez de mujeres en
el seno de la tribu, escasez atenuada, pero no suprimida, por la poliandría,
era precisamente el rapto sistemático de mujeres de tribus extrañas.
"Desde el momento en que la exogamia y la poliandria proceden de una sola
causa, del desequilibrio numérico entre los sexos, debemos considerar que entre
todas las razas exogámicas ha existido primitivamente la poliandría... Y por
esto debemos teber por indiscutible que entre las razas exógamas el primer
sistema de parentesco era aquel que sólo reconocía el vínculo de la sangre por
el lado materno". (MacLennan, "Estudios de Historia Antigua, 1886;
matrimonio primitivo"iv, pág. 124).
El mérito de MacLennan consiste en haber indicado la difusión
general y la gran importancia de lo que él llama exogamia. En cuanto al hecho
de la existencia de grupos exógamos, no lo ha descubierto, y menos todavía lo
ha comprendido. Sin hablar ya de las noticias anteriores y sueltas de numerosos
observadores -precisamente las fuentes donde ha bebido MacLennan-, Latham había
descrito con mucha exactitud y precisión ("Etnología descriptiva",
1859)v ese fenómeno entre los magars de la India y había dicho que estaba
universalmente difundido y se encontraba en todas las partes del mundo. Este
pasaje lo cita el propio MacLennan. Además, también nuestro Morgan había
observado y descrito perfectamente en 1847, en sus cartas acerca de los
iroquesesvi ("American Review"), y en 1851, en su "La Liga de
los Iroqueses", este mismo fenómeno, mientras que el ingenio
triquiñuelista de MacLennan ha introducido aquí una confusión mucho mayor que
la aportada por la fantasía mística de Bachofen en el terreno del derecho
materno. Otro mérito de MacLennan consiste en haber reconocido como primario el
orden de descendencia con arreglo al derecho materno, aunque también aquí se le
adelantó Bachofen, según lo confiesa aquél más tarde. Pero tampoco aquí ve
claras las cosas, pues habla sin cesar de "parentesco en línea femenina
solamente" ("kinship through females only"), empleando
continuamente esta expresión, exacta para un período anterior, en el análisis
de fases del desarrollo más tardías en que, si bien es cierto que la filiación
y el derecho de herencia siguen contándose exclusivamente según la línea
materna, el parentesco por línea paterna está ya reconocido y fijado. Observamos
aquí la estrechez de criterio del jurisconsulto, que se forja un término
jurídico fijo y continúa aplicándolo, sin modificarlo, a circunstancias para
las que es ya inservible.
Parece ser que, a pesar de su verosimilitud, la teoría de
MacLennan pareciole a su autor no muy bien asentada. Por lo menos, le llama la
atención el "hecho, digno de ser notado, de que la forma de rapto
(simulado) de las mujeres se observe marcada y nítidamente entre los pueblos en
que predomina el parentesco masculino (es decir, la descendencia en línea
paterna)" (pág. 140). Más adelante dice: "Es muy extraño que, según
las noticias que poseemos, el infanticidio no se practique por sistema allí
donde coexisten la exogamia y la más antigua forma de parentesco" (pág.
146). Estos dos hechos rebaten directamente su manera de explicar las cosas, y
MacLennan no puede oponerle sino nuevas hipótesis más embrolladas aún.
Sin embargo, su teoría fue acogida en Inglaterra con gran
aprobación y simpatía. MacLennan fue considerado aquí por todo el mundo como el
fundador de la historia de la familia y como la primera autoridad en la
materia. Su antítesis entre las "tribus" exógamas y endógamas
continuó siendo, a pesar de ciertas excepciones y modificaciones comprobadas,
la base reconocida de las opiniones dominantes y se trocó en las anteojeras que
impedían ver libremente el terreno explorado y, por consiguiente, todo progreso
decisivo. Ante la exageración de los méritos de MacLennan, hoy costumbre en
Inglaterra y, siguiendo a ésta, fuera de ella, debemos señalar que con su
antítesis de "tribus" exógamas y endógamas, basada en la más pura
confusión, ha causado más daño que servicios ha prestado con sus
investigaciones.
Entretanto, pronto empezaron a ser conocidos hechos que ya no
cabían en el frágil molde de su teoría. MacLennan sólo conocía tres formas de
matrimonio: la poligamia, la poliandría y la monogamia. Pero así que se centró
la atención en este punto, se hallaron pruebas, cada vez más numerosas, de que
entre los pueblos no desarrollados existían otras formas de matrimonio, en las
que varios hombres tenían en común varias mujeres; y Lubbock ("El origen
de la civilización", 1870vii reconoció como un hecho histórico este
matrimonio por grupos (Communal marriage).
Poco después (en 1871) apareció en escena Morgan, con
documentos nuevos y decisivos desde muchos puntos de vista. Habíase convencido
de que el sistema de parentesco propio de los iroqueses, y vigente aún entre
ellos, era común a todos los aborígenes de los Estados Unidos, es decir, que
estaba difundido en un continente entero, aun cuando se encuentra en
contradicción formal con los grados de parentesco que resultan del sistema
conyugal allí imperante. Incitó entonces al gobierno federal americano a que
recogiese informes acerca del sistema de parentesco de los demás pueblos, según
un formulario y unos cuadros confeccionados por él mismo. Y de las respuestas
dedujo: 1) que el sistema de parentesco indoamericano estaba igualmente en
vigor en Asia y, bajo una forma poco modificada, en muchas tribus de Africa y
Australia; 2) que este sistema tenía su más completa explicación en una forma
de matrimonio por grupos que se hallaba en proceso de extinción en Hawaí y en
otras islas australianas, 3) que en estas mismas islas existía, junto a esa
forma de matrimonio, un sistema de parentesco que sólo podía explicarse
mediante una forma, desaparecida hoy, de matrimonio por grupos más primitivo
aún.
Morgan publicó las noticias reunidas y las conclusiones
deducidas de ellas en su "Sistemas de consanguinidad y afinidad"viii,
en 1871, y llevó así la discusión a un terreno infinitamente más amplio.
Tomando como punto de partida los sistemas de parentesco y reconstituyendo las
formas de familia a ellos correspondientes, abrió nuevos caminos a la
investigación y dio la posibilidad de ver mucho más lejos en la prehistoria de
la humanidad. De haber sido aceptado este método, las frágiles construcciones
de MacLennan hubieran quedado reducidas a polvo.
MacLennan salió en defensa de su teoría con una nueva edición
del "Matrimonio primitivo (Estudios de Historia Antigua, 1876)".
Aunque él mismo construye la historia de la familia basándose en simples
hipótesis y de una manera artificial en extremo, exige a Lubbock y a Morgan, no
sólo la prueba de cada una de sus aseveraciones, sino pruebas irrefutables, las
únicas admitidas en los tribunales de justicia escoceses. ¡Y eso lo hace un
hombre quien, apoyándose en el íntimo parentesco entre el tio materno y el
sobrino en los germanos (Tácito: Germania, cap. XX), en el relato de César de
que los bretones tienen sus mujeres en común por grupos de diez o doce, y en
todas las demás relaciones que los autores antiguos hacen de las mujeres entre
los bárbaros, deduce sin vacilación que la poliandría ha reinado en todos esos
pueblos! Parece que se está oyendo a un fiscal que se toma entera libertad para
amañar sus conclusiones y exige, en cambio, al defensor la prueba más formal y
más jurídicamente valedera de cada palabra que éste pronuncie.
Afirma que el matrimonio por grupos es pura invención, y queda,
así, muy por debajo de Bachofen. Según él, los sistemas de parentesco de Morgan
no son sino simplemente fórmulas de cortesía social, demostradas por el hecho
de que al dirigir los indios la palabra hasta a un extranjero, a un blanco, lo
tratan de hermano o de padre. Esto es lo mismo que si se quisiera asegurar que
las palabras padre, madre, hermano y hermana son puras fórmulas de apóstrofe sin
significación, porque a los sacerdotes y a las abadesas católicas se los saluda
igualmente con los nombres de padre y madre, y porque los frailes y las monjas,
lo mismo que los masones y los miembros de los sindicatos ingleses, se tratan
entre sí de hermanos y hermanas en sus reuniones solemnes. En una palabra, la
defensa de MacLennan no pudo ser más floja.
Pero quedaba un punto en el que era invulnerable. Su antítesis
de las "tribus" exógamas y endógamas, base de su sistema, lejos de
vacilar, se reconocía universalmente como el fundamento de toda la historia de
la familia. Se admitía que el intento de demostrar esta antítesis hecho por
MacLennan era insuficiente y estaba en contradicción con los datos por él mismo
aportados. Pero se consideraba como un evangelio indiscutible la antítesis
misma, la existencia de dos tipos, exclusivos entre sí, de tribus autónomas e
independientes, de los cuales uno tomaba sus mujeres en la misma tribu,
mientras que al otro le estaba eso terminantemente prohibido. Consúltese, por
ejemplo, "Orígenes de la familia", de Giraud-Teulon (1874)ix, y aun
la obra de Lubbock "El origen de la civilización" (4ª edición, 1882).
Aparece luego el trabajo fundamental de Morgan, "La
Sociedad Antigua" (1877), que forma la base de la obra que ofrezco al
lector. Aquí Morgan desarrolla con plena nitidez lo que en 1871 conjeturaba
vágamente. La endogamia y la exogamia no forman ninguna antítesis; la
existencia de "tribus" exógamas no está demostrada hasta ahora en
ninguna parte. Pero, en la época en que aún dominaba el matrimonio por grupos
-que, según toda verosimilitud, ha existiddo en tiempos en todas partes-, la
tribu se escindió en cierto número de grupos, de gens consanguíneas por línea
materna, en el seno de las cuales estaba rigurosamente prohibido el matrimonio,
de tal suerte que los hombres de una gens, si bien es verdad que podían tomar
mujeres en la tribu, y las tomaban efectivamente en ella, venían obligados a
tomarlas fuera de su propia gens. De este modo, si la gens era estrictamente
exógama, la tribu que comprendía la totalidad de las gens era endógama en la
misma medida. Esta circunstancia dio al traste con los restos de las sutilezas
de MacLennan.
Pero Morgan no se limitó a esto. La gens de los indios
americanos le sirvió, además, para dar un segundo y decisivo paso en la esfera
de sus investigaciones. En esa gens, organizada según el derecho materno,
descubrió la forma primitiva de donde salió la gens ulterior, basada en el
derecho paterno, la gens tal como la encontramos en los pueblos civilizados de
la antiguedad. La gens griega y romana, que había sido hasta entonces un enigma
para todos los historiadores, quedó explicada partiendo de la gens india, y con
ello se dio una base nueva para el estudio de toda la historia primitiva.
El descubrimiento de la primitiva gens de derecho materno, como
etapa anterior a la gens de derecho paterno de los pueblos civilizados, tiene
para la historia primitiva la misma importancia que la teoría de la evolución
de Darwin para la biología, y que la teoría de la plusvalía, enunciada por
Marx, para la Economía política. Este descubrimiento permitió a Morgan
bosquejar por vez primera una historia de la familia, donde, por lo menos en
líneas generales, quedaron asentados previamente, en cuanto lo permiten los
datos actuales, los estadios clásicos de la evolución. Para todo el mundo está
claro que con ello se inicia una nueva época en el estudio de la prehistoria.
La gens de derecho materno es hoy el eje alrededor del cual gira toda esta
ciencia; desde su descubrimiento, se sabe en qué dirección encaminar las
investigaciones y qué estudiar, así como de qué manera de debe agrupar los
resultados obtenidos. Por eso hoy se hacen en este terreno progresos mucho más
rápidos que antes de aparecer el libro de Morgan.
También en Inglaterra todos los investigadores de la
prehistoria admiten hoy los descubrimientos de Morgan, aunque sería más exacto
decir que se han apropiado de ellos. Pero casi ninguno de estos investigadores
declara francamente que es a Morgan a quien debemos esa revolución en las
ideas. En Inglaterra se pasa en silencio su libro siempre que es posible; en
cuanto al propio autor, se limitan a condescendientes elogios de sus trabajos
anteriores; escarban con celo en pequeños detalles de su exposición, pero
silencian, contumaces, sus descubrimientos, verdaderamente importantes. La
primera edición de "Ancient Society" se agotó; en América las
publicaciones de este tipo se venden mal; en Inglaterra parece que la
publicación de este libro ha sido saboteada sistemáticamente, y la única
edición en venta de esta obra, que forma época, es la traducción alemana.
¿Por qué esa reserva, en la cual es difícil no advertir una
conspiración del silencio, sobre todo si se toma en cuenta las numerosas citas
hechas por simple cortesía, y otras pruebas de camaradería en que abundan las
obras de nuestros reconocidos investigadores de la prehistoria? ¿Quizá porque
Morgan es americano, y resulta muy duro para los historiadores ingleses, a
pesar del muy meritorio celo que ponen en acopiar documentos, tener que
depender en cuanto a los puntos de vista generales necesarios para ordenar y
agrupar los datos, en una palabra, en cuanto a sus ideas, de dos extranjeros de
genio, de Bachofen y de Morgan?. Aun pudiera pasar el alemán, pero ¡el
americano!. En presencia de un americano vuélvese patriota todo inglés; he
visto en los Estados Unidos ejemplos graciosísimos. Agrégese a esto que
MacLennan fue, en cierto modo, proclamado oficialmente el fundador y el jefe de
la escuela prehistórica inglesa; que, hasta cierto punto, en prehistoria se
consideraba de buen tono no hablar sino con el más profundo respeto de su
alambicada construcción histórica, que conducía desde el infanticidio a la
familia de derecho materno, pasando por la poliandría y el matrimonio por
rapto. Teníase como grave sacrilegio manifestar la menor duda acerca de la
existencia de "tribus" endógamas y exógamas que se excluían
absolutamente unas a otras; por tanto, Morgan, al disipar como humo todos estos
dogmas consagrados, cometió una especie de sacrilegio. Además, los hacía
desvanecerse con argumentos cuya sola exposición bastaba para que todo el mundo
los admitiese como evidentes. Y los adoradores de MacLennan, que hasta entonces
vacilaban, perplejos, entre la exogamia y la endogamia, sin saber qué camino
tomar, casi se vieron obligados a darse de puñadas en la frente, y exclamar:
"¿Cómo hemos podido ser tan pazguatos para no haber descubierto todo esto
nosotros mismos hace mucho tiempo?".
Y como si tantos crímenes no fuesen aún suficientes para que la
escuela oficial diese fríamente la espalda a Morgan, éste hizo desbordarse la
copa, no sólo criticando, de un modo que recuerda a Fourier, la civilización y
la sociedad de la producción mercantil, forma fundamental de nuestra sociedad
presente, sino hablando ademas de una transformación de esta sociedad en
términos que hubieran podido salir de labios de Carlos Marx. Por eso Morgan se
llevó su merecido cuando MacLennan le espetó indignado que el "método
histórico le es absolutamente antipático" y cuando el profesor
Giraud-Teulon se lo repitió en Ginebra, en 1884. Y, sin embargo, el mismo señor
Giraud-Teulon erraba impotentemente en 1874 ("Orígenes de la
familia") por el laberinto de la exogamia maclennanesca, ¡de donde sólo
Morgan había de sacarlo!.
Huelga detallar aquí los demás progresos que debe a Morgan la
prehistoria; en el curso de mi trabajo se hallará lo que es preciso decir
acerca de este asunto. Los catorce años transcurridos desde que apareció su
obra capital, han aumentado mucho el acervo de nuestros datos históricos acerca
de las sociedades humanas primitivas. En adición a los antropólogos, viajeros e
investigadores profesionales de la prehistoria, han salido al palenque los
representantes de la jurisprudencia comparada, que han aportado nuevos datos y
nuevos puntos de vista. Algunas hipótesis de Morgan han llegado a bambolearse y
hasta a caducar. Pero los nuevos datos no han sustituido en parte alguna por
otras sus muy importantes ideas principales. El orden introducido por él en la
historia primitiva subsiste aún en lo fundamental. Incluso puede afirmarse que
este orden va siendo reconocido generalmente en la misma medida en que se
intenta ocultar quién es el autor de este gran avancex.
Federico Engels.
Londres, 16 de junio de
1891.
Publicado por primera vez
en la revista "Neue
Zeit", 1881, en
forma de un artículo
titulado "En torno a la
historia de la familia
primitiva".
Se publica según la cuarta
edición del libro traducido
del alemán.
E L O R
I G E N D
E L A F A
M I L I A ,
L A P R
O P I E D
A D P R I
V A D A
Y E L E
S T A D O
I
E S T U D I O S P R E H I S T O R I C O S D E
C U L T U R A
Morgan fue el primeror que con conocimiento de causa trató de
introducir un orden preciso en la prehistoria de la humanidad, y su
clasificación permanecerá sin duda en vigor hasta que una riqueza de datos
mucho más considerable no obligue a modificarla.
De las tres épocas principales -salvajismo, barbarie,
civilización- sólo se ocupa, naturalmente, de las dos primeras y del paso a la
tercera. Subdivide cada una de estas dos estapas en los estadios inferior,
medio y superior, según los progresos obtenidos en la producción de los medios
de existencia, porque, dice: "La habilidad en esa producción desempeña un
papel decisivo en el grado de superioridad y de dominio del hombre sobre la
naturaleza: el hombre es, entre todos los seres, el único que ha logrado un
dominio casi absoluto de la producción de alimentos. Todas las grandes épocas
del progreso de la humanidad coinciden, de manera más o menos directa, con las
épocas en que se extienden las fuentes de existencia". El desarrollo de la
familia se opera paralelamente, pero sin ofrecer indicios tan acusados para la
delimitación de los periodos.
I. SALVAJISMO
1. Estadio inferior. Infancia del género humano. Los hombres
permanecían aún en los bosques tropicales o subtropicales y vivían, por lo
menos parcialmente, en los árboles; esta es la única explicación de que
pudieran continuar existiendo entre grandes fieras salvajes. Los frutos, las
nueces y las raíces servían de alimento; el principal progreso de esta época es
la formación del lenguaje articulado. Ninguno de los pueblos conocidos en el
período histórico se encontraba ya en tal estado primitivo. Y aunque este
periodo duró, probablemente, muchos milenios, no podemos demostrar su
existencia basándonos en testimonios directos; pero si admitimos que el hombre
procede del reino animal, debemos aceptar, necesariamente, ese estado
transitorio.
2. Estadio medio. Comienza con el empleo del pescado (incluimos
aquí también los crustaceos, los moluscos y otros animales acuáticos) como
alimento con el uso del fuego. Ambos fenómenos van juntos, porque el pescado
sólo puede ser empleado plenamente como alimento gracias al fuego. Pero con
este nuevo alimento los hombres se hicieron independientes del clima y de los
lugares; siguiendo el curso de los ríos y las costas de los mares pudieron, aun
en estado salvaje, extenderse sobre la mayor parte de la Tierra. Los toscos
instrumentos de piedra sin pulimentar de la primitiva Edad de Piedra, conocidos
con el nombre de paleolíticos, pertenecen todos o la mayoría de ellos a este
período y se encuentran desparramados por todos los continentes, siendo una
prueba de esas emigraciones. La población de nuevos lugares y el incansable y
activo afán de nuevos descubrimientos, vinculado a la posesión del fuego, que
se obtenía por frotamiento, condujeron al empleo de nuevos elementos, como las
raíces y los tubérculos farináceos, cocidos en ceniza caliente o en hornos
excavados en el suelo, y también la caza, que, con la invención de las primeras
armas -la maza y la lanza-, llegó a ser un alimento suplementario ocasional.
Jamás hubo pueblos exclusivamente cazadores, como se dice en los libros, es
decir, que vivieran sólo de la caza, porque sus frutos son harto problemáticos.
Por efecto de la constante incertidumbre respecto a las fuentes de alimentación,
parece ser que la antropofagia nace en ese estadio para subsistir durante largo
tiempo. Los australianos y muchos polinesios se hallan hoy aún en ese estadio
medio del salvajismo.
3. Estadio superior. Comienza con la invención del arco y la
flecha, gracias a los cuales llega la caza a ser un alimento regular, y el
cazar, una de las ocupaciones normales. El arco, la cuerda y la flecha forman
ya un instrumento muy complejo, cuya invención supone larga experiencia
acumulada y facultades mentales desarrolladas, así como el conocimiento
simultáneo de otros muchos inventos. Si comparamos los pueblos que conocen el
arco y la flecha, pero no el arte de la alfarería (con el que empieza, según
Morgan, el tránsito a la barbarie), encontramos ya algunos indicios de residencia
fija en aldeas, cierta maestría en la producción de medios de subsistencia:
vasijas y trebejos de madera, el tejido a mano (sin telar) con fibras de
albura, cestos trenzados con albura o con juncos, instrumentos de piedra
pulimentada (neolíticos). En la mayoría
de los casos, el fuego y el hacha de piedra han producido ya la piragua formada
de un solo tronco de árbol y en ciertos lugares las vigas y las tablas
necesarias para construir viviendas. Todos estos progresos los encontramos, por
ejemplo, entre los indios del noroeste de América, que conocen el arco y la
flecha, pero no la alfarería. El arco y la flecha fueron para el estadio
salvaje lo que la espada de hierro para la barbarie y el arma de fuego para la
civilización: el arma decisiva.
II. LA BARBARIE
1. Estadio inferior. Empieza con la introducción de la
alfarería. Puede demostrarse que en muchos casos y probablemente en todas
partes, nació de la costumbre de recubrir con arcilla las vasijas de cestería o
de madera para hacerlas retractarias al fuego; y pronto se descubrió que la
arcilla moldeada servía para el caso sin necesidad de la vasija interior.
Hasta aquí hemos podido considerar el curso del desarrollo como
un fenómeno absolutamente general, válido en un período determinado para todos
los pueblos, sin distinción de lugar. Pero con el advenimiento de la barbarie
llegamos a un estadio en que empieza a hacerse
sentir la diferencia de condiciones naturales entre los dos grandes
continentes. El rasgo característico del período de la barbarie es la
domesticación y cría de animales y el cultivo de las plantas. Pues bien; el
continente oriental, el llamado mundo antiguo, poseía casi todos los animales
domesticables y todos los cereales propios para el cultivo, menos uno; el
continente occidental, América, no tenía más mamíferos domesticables que la
llama -y aún así, nada más que en la parte del Sur-, y uno sólo de los cereales
cultivables, pero el mejor, el maíz. En virtud de estas condiciones naturales
diferentes, desde este momento la población de cada hemisferio se desarrolla de
una manera particular, y los mojones que señalen los límites de los estadios
particulares son diferentes para cada uno de los hemisferios.
2. Estadio medio. En el Este, comienza con la domesticación de
animales y en el Oeste, con el cultivo de las hortalizas por medio del riego y
con el empleo de adobes (ladrillos secados al sol) y de la piedra para la
construcción.
Comenzamos por el Oeste, porque aquí este estadio no fue
superado en ninguna parte hasta la conquista de América por los europeos.
Entre los indios del estadio inferior de la barbarie (figuran
aquí todos los que viven al este del Misisipí) existía ya en la época de su
descubrimiento cierto cultivo hortense del maíz y quizá de la calabaza, del
melón y otras plantas de huerta que les suministraban una parte muy esencial de
su alimentación; vivían en casas de madera, en aldeas protegidas por
empalizadas. Las tribus del Noroeste, principalmente las del valle del
Columbia, hallábanse aún en el estadio superior del estado salvaje y no
conocían la alfarería ni el más simple cultivo de las plantas. Por el
contrario, los indios de los llamados pueblos de Nuevo México, los mexicanos,
los centroamericanos y los peruanos de la época de la conquista, hallábanse en
el estadio medio de la barbarie; vivían en casas de adobes y de piedra en forma
de fortalezas; cultivaban en huertos de riego artificial el maíz y otras
plantas comestibles, diferentes según el lugar y el clima, que eran su
principal fuente de alimentación, y hasta habían reducido a la domesticidad
algunos animales: los mexicanos, el pavo y otras aves; los peruanos, la llama.
Además, sabían labrar los metales, excepto el hierro; por eso no podían aún
prescindir de sus armas a instrumentos de piedra. La conquista española cortó
en redondo todo ulterior desenvolvimiento independiente.
En el Este, el estado medio de la barbarie acomenzó con la
domesticación de animales para el suministro de leche y carne, mientras que, al
parecer, el cultivo de las plantas permaneció desconocido allí hasta muy
avanzado este período. La domesticación de animales, la cría de ganado y la
formación de grandes rebaños parecen ser la causa de que los arios y los
semitas se apartasen del resto de la masa de los bárbaros. Los nombres con que
los arios de Europa y Asia designan a los animales son aún comunes, pero los de
las plantas cultivadas son casi siempre distintos.
La formación de rebaños llevó, en los lugares adecuados, a la
vida pastoril; los semitas, en las praderas del Eufrates y del Tigris; los
arios, en las de la India, del Oxus y el Jaxartesxi; del Don y el Dniépér. Fue
por lo visto en estas tierras ricas en pastizales donde primero se consiguió
domesticar animales. Por ello a las generaciones posteriores les parece que los
pueblos pastores proceden de comarcas que, en realidad, lejos de ser la cuna
del género humano, eran casi inhabitables para sus salvajes abuelos y hasta
para los hombres del estadio inferior de la barbarie. Y, a la inversa, en
cuanto esos bárbaros del estadio medio se habituaron a la vida pastoril, nunca
se les hubiera podido ocurrir la idea de abandonar voluntariamente las praderas
situadas en los valles de los rios para volver a los territorios selváticos
donde habitaran sus antepasados. Y ni aun cuando fueron empujados hacia el
Norte y el Oeste les fue posible a los semitas y a los arios retirarse a las
regiones forestales del Oeste de Asia y de Europa antes de que el cultivo de
los cereales les permitiera en este suelo menos favorable alimentar sus
ganados, sobre todo en invierno. Es más que probable que el cultivo de los
cereales naciese aquí, en primer término, de la necesidad de proporcionar
forrajes a las bestias, y que hasta más tarde no cobrase importancia para la
alimentación del hombre.
Quizá la evolución superior de los arios y los semitas se deba
a la abundancia de carne y de leche en su alimentación y, particularmente, a la
benéfica influencia de estos alimentos en el desarrollo de los niños. En
efecto, los indios de los pueblos de Nuevo México, que se ven reducidos a una
alimentación casi exclusivamente vegetal, tienen el cerebro mucho más pequeño
que los indios del estadio inferior de la barbarie, que comen más carne y
pescado. En todo caso, en este estadio desaparece poco a poco la antropofagia,
que ya no sobrevive sino como rito religioso o como un sortilegio, lo cual
viene a ser casi lo mismo.
3. Estadio superior. Comienza con la fundición del mineral de
hierro, y pasa al estadio de la civilización con el invento de la escritura
alfabética y su empleo para la notación literaria. Este estadio, que, como
hemos dicho, no ha existido de una manera independiente sino en el hemisferio
oriental, supera a todos los anteriores juntos en cuanto a los progresos de la
producción. A este estadio pertenecen los griegos de la época heroica, las
tribus italas poco antes de la fundación de Roma, los germanos de Tácito, los
normandos del tiempo de los vikingos.
Ante todo, encontramos aquí por primera vez el arado de hierro
tirado por animales domésticos, lo que hace posible la roturación de la tierra
en gran escala -la agricultura- y produce, en las condiciones de entonces, un
aumento prácticamente casi ilimitado de los medios de existencia; en relación
con esto, observamos también la tala de los bosques y su transformación en
tierras de labor y en praderas, cosa imposible en gran escala sin el hacha y la
pala de hierro. Todo ello motivó un rápido aumento de la población, que se
instala densamente en pequeñas áreas. Antes del cultivo de los campos sólo
circunstancias excepcionales hubieran podido reunir medio millón de hombres
bajo una dirección central; es de creer que esto no aconteció nunca.
En los poemas homéricos, principalmente en la
"Iliada", aparece ante nosotros la época más floreciente del estadio
superior de la barbarie. La principal herencia que los griegos llevaron de la
barbarie a la civilización la constituyen instrumentos de hierro
perfeccionados, los fuelles de fragua, el molino de brazo, la rueda de
alfarero, la preparación del aceite y del vino, el labrado de los metales
elevado a la categoría de arte, la carreta y el carro de guerra, la
construcción de barcos con tablones y vigas, los comienzos de la arquitectura
como arte, las ciudades amuralladas con torres y almenas, las epopeyas
homéricas y toda la mitología. Si comparamos con esto las descripciones hechas
por César, y hasta por Tácito, de los germanos, que se hallaban en el unbral
del estadio de cultura del que los griegos de Homero se disponían a pasar a un
grado más alto, veremos cuán espléndido fue el desarrollo de la producción en
el estadio superior de la barbarie.
El cuadro del desarrollo de la humanidad a través del
salvajismo y de la barbarie hasta los comienzos de la civilización, cuadro que
acabo de bosquejar siguiendo a Morgan, es bastante rico ya en rasgos nuevos y,
sobre todo, indiscutibles, por cuanto están tomados directamente de la
producción. Y, sin embargo, parecerá empañado e incompleto si se compara con el
que se ha de desplegar ante nosotros al final de nuestro viaje; sólo entonces
será posible presentar con toda claridad el tránsito de la barbarie a la
civilización y el pasmoso contraste entre ambas. Por el momento, podemos
generalizar la clasificación de Morgan como sigue: Salvajismo. -Período en que
predomina la apropiación de productos que la naturaleza da ya hechos; las
producciones artificiales del hombre están destinadas, sobre todo, a facilitar
esa apropiación. Barbarie. -Período en que aparecen la ganadería y la
agricultura y se aprende a incrementar la producción de la naturaleza por medio
del género humano. Civilización. -Período en el que el hombre sigue aprendiendo
a elaborar los productos naturales, período de la industria, propiamente dicha,
y del arte.
I I
L A F A M I L I A
Morgan, que pasó la mayor
parte de su vida entre los iroqueses -establecidos aún actualmente en el Estado
de Nueva York- y fue adoptado por una de sus tribus (la de los senekas),
encontró vigente entre ellos un sistema de parentesco en contradicción con sus
verdaderos vínculos de familia. Reinaba allí esa especie de matrimonio,
fácilmente disoluble por ambas partes, llamado por Morgan "familia
sindiásmica". La descendencia de una pareja conyugal de esta especie era
patente y reconocida por todo el mundo; ninguna duda podía quedar acerca de a
quién debían aplicarse los apelativos de padre, madre, hijo, hija, hermano,
hermana. Pero el empleo de estas expresiones estaba en completa contradicción
con lo antecedente. El iroqués no sólo llama hijos a hijas a los suyos propios,
sino también a los de sus hermanos, que, a su vez, también le llamam a él
padre. Por el contrario, llama sobrinos y sobrinas a los hijos de sus hermanas,
los cuales le llaman tío. Inversamente, la iroquesa, a la vez que a los
propios, llama hijos e hijas a los de sus hermanas, quienes le dan el nombre de
madre. Pero llama sobrinos y sobrinas a los hijos de sus hermanos, que la
llaman tía. Del mismo modo, los hijos de hermanos se llaman entre sí hermanos y
hermanas, y lo mismo hacen los hijos de hermanas. Los hijos de una mujer y los
del hermano de ésta se llaman mutuamente primos y primas. Y no son simples
nombres, sino expresión de las ideas que se tiene de lo próximo o lo lejano, de
lo igual o lo desigual en el parentesco consanguíneo; ideas que sirven de base
a un parentesco completamente elaborado y capaz de expresar muchos centenares
de diferentes relaciones de parentesco de un sólo individuo. Más aún: este
sistema no sólo se halla en pleno vigor entre todos los indios de América
(hasta ahora no se han encontrado excepciones), sino que existe también, casi
sin cambio ninguno, entre los aborígenes de la India, las tribus dravidianas
del Decán y las tribus gauras del Indostán. Los nombres de parentesco de las
familias del Sur de la India y los de los senekas iroqueses del Estado de Nueva
York aun hoy coinciden en más de doscientas relaciones de parentesco
diferentes. Y en estas tribus de la India, como entre los indios de América,
las relaciones de parentesco resultantes de la vigente forma de la familia
están en contradicción con el sistema de parentesco.
¿A qué se debe este fenómeno?. Si tomamos en consideración el
papel decisivo que la consanguinidad desempeña en el régimen social entre todos
los pueblos salvajes y bárbaros, la importancia de un sistema tan difundido no
puede ser explicada con mera palabrería. Un sistema que prevalece en toda
América, que existe en Asia entre pueblos de raza completamente distinta, y que
en formas más o menos modificadas suele encontrarse por todas partes en Africa y
en Australia, requiere ser explicado históricamente y no con frases hueras como
quiso hacerlo, por ejemplo, MacLennan. Los apelativos de padre, hijo, hermano,
hermana, no son simples títulos honoríficos, sino que, por el contrario, traen
consigo serios deberes recíprocos perfectamente definidos y cuyo conjunto forma
una parte esencial del régimen social de esos pueblos. Y se encontró la
explicación del hecho. En las islas Sandwich (Hawaí) había aún en la primera
mitad de este siglo una forma de familia en la que existían los mismos padres y
madres, hermanos y hermanas, hijos e hijas, tios y tias, sobrinos y sobrinas
que requiere el sistema de parentesco de los indios americanos y de los
aborígenes de la India. Pero -¡cosa extraña!- el sistema de parentesco vigente
en Hawaí tampoco respondía a la forma de familia allí existente. Concretamente:
en este país todos los hijos de hermanos y hermanas, sin excepción, son
hermanos y hermanas entre sí y se reputan como hijos comunes, no solo de su
madre y de las hermanas de ésta o de su padre y de los hermanos de éste, sino
que también de todos sus hermanos y hermanas de dus padres y madres sin
distinción. Por tanto, si el sistema de parentesco presupone una forma más
primitiva de la familia, que ya no existe en América, pero que encontramos aún
en Hawaí, el sistema hawaiano, por su parte, nos apunta otra forma aún más
rudimentaria de la familia, que si bien no hallamos hoy en ninguna parte, ha
debido existir, pues de lo contrario no hubiera podido nacer el sistema de parentesco
que le corresponde. "La familia, dice Morgan, es el elemento activo; nunca
permanece estacionada, sino que pasa de una forma inferior a una forma superior
a medida que la sociedad evoluciona de un grado más bajo a otro más alto. Los
sistemas de parentesco, por el contrario, son pasivos; sólo después de largos
intervalos registran los progresos hechos por la familia y no sufren una
modificación radical sino cuando se ha modificado radicalmente la
familia". "Lo mismo -añade Carlos Marx- sucede en general con los
sistemas políticos, jurídicos, religiosos y filosóficos". Al paso que la
familia sigue viviendo, el sistema de parentesco se osifica; y mientras éste
continúa en pie por la fuerza de la costumbre, la familia rebasa su marco.
Pero, por el sistema de parentesco legado históricamente hasta nuestros dias,
podemos concluir que existió una forma de familia a él correspondiente y hoy
extinta, y lo podemos concluir con la misma certidumbre con que dedujo Cuvier
por los huesos de un didelfo hallado cerca de París que le esqueleto pertenecía
a un didelfo y que allí existieron en un tiempo didelfos, hoy extintos.
Los sistemas de parentesco y las normas de familia a que
acabamos de referirnos difieren de los reinantes hoy en que cada hijo tenía
varios padres y madres. En el sistema americano de parentesco, al cual
corresponde la familia hawaiana, un hermano y una hermana no pueden ser padre y
madre de un mismo hijo; el sistema de parentesco hawaiano presupone una familia
en la que, por el contrario, esto es la regla. Tenemos aquí una serie de formas
de familia que están en contradicción directa con las admitidas hasta ahora
como únicas valederas. La concepción tradicional no conoce más que la
monogamia, al lado de la poligamia del hombre, y, quizá, la poliandría de la
mujer, pasando en silencio -como corresponde al filisteo moralizante- que en la
práctica se salta tácitamente y sin escrúpulos por encima de las barreras
impuestas por la sociedad oficial. En cambio, el estudio de la historia
primitiva nos revela un estado de cosas en que los hombres practican la
poligamia y sus mujeres la poliandría y en que, por consiguiente, los hijos de
unos y otros se consideran comunes. A su vez, ese mismo estado de cosas pasa
por toda una serie de cambios hasta que se resuelve en la monogamia. Estas
modificaciones son de tal especie, que el círculo comprendido en la unión
conyugal común, y que era muy amplio en su origen, se estrecha poco a poco
hasta que, por último, ya no comprende sino la pareja aislada que predomina hoy.
Reconstituyendo retrospectivamente la historia de la familia,
Morgan llega, de acuerdo con la mayor parte de sus colegas, a la conclusión de
que existió un estadio primitivo en el cual imperaba en el seno de la tribu el
comercio sexual promiscuo, de modo que cada mujer pertenecía igualmente a todos
los hombres y cada hombre a todas las mujeres. En el siglo pasado habíase ya
hablado de tal estado primitivo, pero sólo de una manera general; Bachofen fue
el primero -y éste es uno de sus mayores méritos- que lo tomó en serio y buscó
sus huellas en las tradiciones históricas y religiosas. Sabemos hoy que las
huellas descubiertas por él no conducen a ningún estado social de promiscuidad
de los sexos, sino a una forma muy posterior; al matrimonio por grupos. Aquel
estadio social primitivo, aun admitiendo que haya existido realmente, pertenece
a una época tan remota, que de ningún modo podemos prometernos encontrar
pruebas directas de su existencia, ni aun en los fósiles sociales, entre los
salvajes más atrasados. Corresponde precisamente a Bachofen el mérito de haber
llevado a primer plano el estudio de esta cuestiónxii.
En estos últimos tiempos se ha hecho moda negar ese período
inicial en la vida sexual del hombre. Se quiere ahorrar esa
"vergüenza" a la humanidad. Y para ello apóyanse, no sólo en la falta
de pruebas directas, sino, sobre todo, en el ejemplo del resto del reino
animal. De éste ha sacado Letourneau ("La evolución del matrimonio y de la
familia, 1888xiii) numerosos hechos, con arreglo a los cuales la promiscuidad
sexual completa no es propia sino de las especies más inferiores. Pero de todos
estos hechos yo no puedo inducir más conclusión que ésta: no prueban
absolutamnte nada respecto al hombre y a sus primitivas condiciones de
existencia. El emparejamiento por largo plazo entre los vertebrados puede ser
plenamente explicado por razones fisiológicas; en las aves, por ejemplo, se
debe a la necesidad de asistir a la hembra mientras incuba los huevos; los
ejemplos de fiel monogamia que se encuentran en las aves no prueban nada
respecto al hombre, puesto que éste no desciende precisamente del ave. Y si la
estricta monogamia es la cumbre de la virtud, hay que ceder la palma a la tenia
solitaria, que en cada uno de sus cincuenta a doscientos anillos posee un
aparato sexual masculino y femenino completo, y se pasa la existencia entera
cohabitando consigo misma en cada uno de esos anillos reproductores. Pero si
nos limitamos a los mamíferos, encontramos en ellos todas las formas de la vida
sexual: la promiscuidad, la unión por grupos, la poligamia, la monogamia; sólo
falta la poliandría, a la cual nada más que seres humanos podían llegar. Hasta
nuestros parientes más próximos, los cuadrumanos, presentan todas las
variedades posibles de agrupamiento entre machos y hembras; y si nos encerramos
en límites aún más estrechos y no ponemos mientes sino en las cuatro especies
de monos antropomorfos, Letourneau sólo puede decirnos de ellos que viven
cuándo en la monogamia cuándo en la poligamia; mientras que Saussure, según
Giraud-Teulon, declara que son monógamos. También distan mucho de probar nada
los recientes asertos de Westermarck ("La historia del matrimonio
humano", 1891xiv) acerca de la monogamia del mono antropomorfo. En
resumen, los datos son de tal naturaleza, que el honrado Letourneau conviene en
que "no hay en los mamíferos ninguna relación entre el grado de desarrollo
intelectual y la forma ed la unión sexual". Y Espinas dice con franqueza
("Las sociedades animales", 1877xv): "La horda es el más elevado
de los grupos sociales que hemos podido observar en los animales. Parece
compuesto de familias, pero ya en su origen la familia y el rebaño son
antagónicos; se desarrollan en razón inversa una y otro".
Según acabamos de ver, no sabemos nada positivo acerca de la
familia y otras agrupaciones sociales de los monos antropomorfos; los datos que
poseemos se contradicen diametralmente, y no hay que extrañarlo. ¡Cuán
contradictorias son y cuán necesitadas están de ser examinadas y comprobadas
cíticamente incluso las noticias que poseemos respecto a las tribus humanas en
estado salvaje!. Pues bien, las sociedades de los monos son mucho más difíciles
de observar que las de los hombres. Por tanto, hasta tener una información
amplia debemos rechazar toda conclusión sacada de datos que no merecen ningún
crédito.
Por el contrario, el pasaje de Espinas que hemos citado nos da
mejor punto de apoyo. La horda y la familia, en los animales superiores, no son
complementos recíprocos, sino fenómenos antagónicos. Espinas describe muy bien
cómo la rivalidad de los machos durante el período de celo relaja o suprime
momentáneamente los lazos sociales de la horda' "Allí donde está
íntimamente unida la familia no vemos formarse hordas, salvo raras excepciones.
Por el contrario, las hordas se constituyen casi de un modo natural donde
reinan la promiscuidad o la poligamia... Para que se produzca la horda se
precisa que los lazos familiares se hayan relajado y que el individuo haya
recobrado su libertad. Por eso tan rara vez observamos entre las aves bandadas
organizadas... En cambio, entre los mamíferos es donde encontramos sociedades
más o menos organizadas precisamente porque en este caso el individuo no es
absorvido por la familia... Así, pues, la conciencia colectiva de la horda no
puede tener en su origen enemigo mayor que la conciencia colectiva de la
familia. No titubeemos en decirlo: si se ha desarrollado una sociedad superior
a la familia, ha podido deberse únicamente a que se han incorporado a ella
familias profundamente alteradas, aunque ello no excluye que, precisamente por
esta razón, dichas familias puedan más adelante reconstituirse bajo condiciones
infinítamente más favorables". (Espinas, cap. I, citado por Giraud-Teulon:
"Origen del matrimonio y de la familia, 1884xvi págs. 518-520).
Como vemos, las sociedades animales tienen cierto valor para
sacar conclusiones respecto a las sociedades humanas, pero sólo en un sentido
negativo. Por todo lo que sabemos, el vertebrado superior no conoce sino dos
formas de familia: la poligamia y la monogamia. En ambos casos sólo se admite
un macho adulto, un marido. Los celos del macho, a la vez lazo y límite de la
familia, oponen ésta a la horda; la horda, la forma social más elevada, se hace
imposible en unas ocasiones, y en otras, se relaja o se disuelve durante el
período del celo; en el mejor de los casos, su desarrollo se ve frenado por los
celos de los machos. Esto basta para probar que la familia animal y la sociedad
humana primitiva son cosas incompatibles; que los hombres primitivos, en la
época en que pugnaban por salir de la animalidad, o no tenía ninguna nocióni de
la familia o, a lo sumo, conocían una forma que no se da en los animales. Un
animal tan inerme como la criatura que se estaba convirtiendo en hombre pudo
sobrevivir en pequeño número incluso en una situación de aislamiento, en la que
la forma de sociabilidad más elevada es la pareja, forma que, basándose en
relatos de cazadores, atribuye Westermarck al gorila y al chimpancé. Mas, para
salir de la animalidad, para realizar el mayor progreso que conoce la
naturaleza, se precisaba un elemento más; remplazar la carencia de poder
defensivo del hombre aislado por la unión de fuerzas y la acción común de la
horda. Partiendo de las condiciones en que viven hoy los monos antropomorfos,
sería sencillamente inexplicable el tránsito a la humanidad; estos monos
producen más bien el efectos de líneas colaterales desviadas en vías de
extinción y que, en todo caso, se encuentran en un proceso de decadencia. Con
esto basta para rechazar todo paralelo entre sus formas de familia y las del
hombre primitivo. La tolerancia recíproca entre los machos adultos y la
ausencia de celos constituyeron la primera condición para que pudieran formarse
esos grupos extensos y duraderos en cuyo seno únicamente podía operarse la
transformación del animal en hombre. Y, en efecto, ¿qué encontramos como forma
más antigua y primitiva de la familia, cuya existencia indudablemente nos
demuestra la historia y que aun podemos estudiar hoy en algunas partes?. El
matrimonio por grupos, la forma de matrimonio en que grupos enteros de hombres
y grupos enteros de mujeres se pertenecen recíprocamente y que deja muy poco
margen para los celos. Además, en un estadio posterior de desarrollo
encontramos la poliandria, forma excepcional, que excluye en mayor medida aún
los celos y que, por ello, es desconocida entre los animales. Pero, como las
formas de matrimonio por grupos que conocemos van acompañadas por condiciones
tan peculiarmente complicadas que nos indican necesariamente la existencia de
formas anteriores más sencillas de relaciones sexuales, y con ello, en último
término, un período de promiscuidad correspondiente al tránsito de la
animalidad a la humanidad, las referencias a los matrimonios animales nos
llevan de nuevo al mismo punto del que debíamos haber partido de una vez para
siempre.
¿Qué significa lo de comercio sexual sin trabas? Es significa
que no existían los límites prohibitivos de ese comercio vigentes hoy o en una
época anterior. Ya hemos visto caer las barreras de los celos. Si algo se ha
podido establecer irrefutablemente, es que los celos son un sentimiento que se
ha desarrollado relativamente tarde. Lo mismo sucede con la idea del incesto.
No sól en la época primitiva eran marido y mujer el hermano y la hermana, sino
que aun hoy es lícito en muchos pueblos un comercio sexual entre padres e
hijos. Bancroft ("Las razas indígenas de los Estados de la costa del
Pacífico de América del Norte, 1885, tomo Ixvii) atestigua la existencia de
tales relaciones entre los kaviatos del Estrecho de Behring, los kadiakos de
cerca de Alaska y los tinnehs, en el interior de la América del Norte
británica; Letourneau ha reunido numerosos hechos idénticos entre los indios
chippewas, los cucús de Chile, los caribes, los karens de la Indochina; y esto,
dejando a un lado los relatos de los antiguos griegos y romanos acerca de los
partos, los persas, los escitas, los hunos, etc.. Antes de la invención del
incesto (porque es una invención, y hasta de las más preciosas), el comercio
sexual entre padres e hijos no podía ser más repugnante que entre otras
personas de generaciones diferentes, cosa que ocurre en nuestros días, hasta en
los países más mojigatos, sin producir gran horror. Viejas "doncellas"
que pasan de los sesenta se casan, si son lo bastante ricas, con hombres
jóvenes de unos treinta años. Pero si despojamos a las formas de la familia más
primitivas que conocemos de las ideas de incesto que les corresponden (ideas
que difieren en absoluto de las nuestras y que a menudo las contradicen por
completo), vendremos a parar a una forma de relaciones carnales que sólo puede
llamarse promiscuidad sexual, en el sentido de que aún no existían las
restricciones impuestas más tarde por la costumbre. Pero de esto no se deduce,
en ningún modo, que en la práctica cotidiana dominase inevitablemente la
promiscuidad. De ningún modo queda excluida la unión de parejas por un tiempo
determinado, y así ocurre, en la mayoría de los casos, aun en el matrimonio por
grupos. Y si Westermarck, el último en negar este estado primitivo, da el
nombre de matrimonio a todo caso en que ambos sexos conviven hasta el
nacimiento de un vástago, puede decirse que este matrimonio podía muy bien
tener lugar en las condiciones de la promiscuidad sexual sin contradecir en
nada a ésta, es decir, a la carencia de barreras impuestas por la costumbre al
comercio sexual. Verdad es que Westermarck parte del punto de vista de que
"la promiscuidad supone la supresión de las inclinaciones individuales",
de tal suerte, que "su forma por excelencia es la prostitución".
Paréceme más bien que es imposible formarse la menor idea de las condiciones
primitivas, mientras se las mire por la ventana de un lupanar. Cuadno hablemos
del matrimonio por grupos volveremos a tratar de este asunto.
Según Morgan, salieron de este estado primitivo de
promiscuidad, probablemente en época muy temprana:
1. La familia consanguínea, la primera etapa de la familia.
Aquí los grupos conyugales se clasifican por generaciones: todos los abuelos y
abuelas, en los límites de la familia, son maridos y mujeres entre sí; lo mismo
sucede con sus hijos, es decir, con los padres y las madres; los hijos de éstos
forman, a su vez, el tercer círculo de cónyuges comunes; y sus hijos, es decir,
los biznietos de los primeros, el cuarto. En esta forma de la familia, los
ascendientes y los descendientes, los padres y los hijos, son los únicos que
están excluídos entre sí de los derechos y de los deberes (pudiéramos decir)
del matrimonio. Hermanos y hermanas, primos y primas en primero, segundo y
restantes grados, son todos ellos entre sí hermanos y hermanas, y por eso mismo
todos ellos maridos y mujeres unos de otros. El vínculo de hermano y hermana
presupone de por sí en este período el comercio carnal recíprocoxviii
Un francés amigo mío, gran adorador de Wagner, no está de
acuerdo con la nota anterior, y advierte que ya en el Ögisdrecka, uno de los
"Eddas" antiguos que sirvió de base a Wagner, Locki dirige a Freya
esta reconvención: "Has abrazado a tu propio hermano delante de los
dioses". De aquí parece desprenderse que en aquella época estaba ya
prohibido el matrimonio entre hermano y hermana. El Ögisdrecka es la expresión
de una época en que estaba completamente destruida la fe en los antiguos mitos;
constituye una simple sátira, por el estido de la de Luciano, contra los
dioses. Si Loki, representando el papel de Mefistófeles, dirige allí semejante
reconvención a Freya, esto constituye más bien un argumento contra Wagner. Unos
versos más adelante, Loki dice también a Niördhr: "Tal es el hijo que has
procreado con tu hermana" ("vidh systur thinni gaztu slikan
mög"). Pues bien, Niördhr no es un Ase, sino un Vane, y en la saga de los
Inglinga dice que los matrimonios entre hermano y hermana estaba en uso en el
país de los Vanes, lo cual no sucedía entre los Ases. Esto tendería a probar
que los Vanes eran dioses más antiguos que los Ases. Niördhr vive entre los
Ases en un pie de igualdad en todo caso, y de esta suerte la Ögisdrecka es más
bien una prueba de que en la época de la formación de las sagas noruegas el
matrimonio entre hermano y hermana no producía horror ninguno, por lo menos
entre los dioses. Si se quiere disculpar a Wagner en vez de acudir al
"Edda", quizá fuese mejor invocar a Goethe, quien en la balada
"El Dios y la bayadera" comete una falta análoga en lo relativo al
deber religioso de la mujer de entregarse en los templos, rito que Goethe hace
asemejarse demasiado a la prostitución moderna. (Nota de Engels a la cuarta
edición).
.
Ejemplo típico de tal familia serían los descendientes de una
pareja en cada una de cuyas generaciones sucesivas todos fuesen entre sí
hermanos y hermanas y, por ello mismo, maridos y mujeres unos de otros.
La família consanguínea ha desaparecido. Ni aun los pueblos más
salvajes de que habla la historia presentan algún ejemplo indudable de ella.
Pero lo que nos obliga a reconocer que debió existir, es el sistema de
parentesco hawaiano que aún reina hoy en toda la Polinesia y que expresa grados
de parentesco consanguíneo que sólo han podido nacer con esa forma de familia;
nos obliga también a reconocerlo todo el desarrollo ulterior de la familia, que
presupone esa forma como estadio preliminar necesario.
2. La familia punalúa. Si el primer progreso en la organización
de la familia consistió en excluir a los padres y los hijos del comercio sexual
recíproco, el segundo fue en la exclusión de los hermanos. Por la mayor
igualdad de edades de los participantes, este progreso fue infinitamente más
importante, pero también más difícil que el primero. Se realizó poco a poco,
comenzando, probablemente, por la exclusión de los hermanos uterinos (es decir,
por parte de madre), al principio en casos aislados, luego, gradualmente, como
regla general (en Hawaí aún había excepciones en el presente siglo), y acabando
por la prohibición del matrimonio hasta entre hermanos colaterales (es decir,
según nuestros actuales nombres de parentesco, los primos carnales, primos
segundos y primos terceros). Este progreso constituye, según Morgan, "una
magnífica ilustración de cómo actúa el principio de la selección natural".
Sin duda, las tribus donde ese progreso limitó la reproducción consanguínea,
debieron desarrollarse de una manera más rápida y más completa que aquéllas donde
el matrimonio entre hermanos y hermanas continuó siendo una regla y una
obligación. Hasta qué punto se hizo sentir la acción de ese progreso lo
demuestra la institución de la gens, nacida directamente de él y que rebasó,
con mucho, su fin inicial. La gens formó la base del orden social de la
mayoría, si no de todos los pueblos bárbaros de la Tierra, y de ella pasamos en
Grecia y en Roma, sin transiciones, a la civilización.
Cada familia primitiva tuvo que escindirse, a lo sumo después
de algunas generaciones. La economía doméstica del comunismo primitivo, que
domina exclusivamente hasta muy entrado el estadio medio de la barbarie,
prescribía una extensión máxima de la comunidad familiar, variable según las
circunstancias, pero más o menos determinada en cada localidad. Pero, apenas
nacida, la idea de la impropiedad de la unión sexual entre hijos de la misma
madre debió ejercer su influencia en la escisión de las viejas comunidades
domésticas (Hausgemeinden) y en la formación de otras nuevas que no coincidían
necesariamente con el grupo de familias. Uno o más grupos de hermanas
convertíanse en el núcleo de una comunidad, y sus hermanos carnales, en el
núcleo de otra. De la familia consanguínea salió, así o de una manera análoga,
la forma de familia a la que Morgan da el nombre de familia punalúa. Según la
costumbre hawaiana, cierto número de hermanas carnales o más lejanas (es decir,
primas en primero, segundo y otros grados), eran mujeres comunes de sus maridos
comunes, de los cuales quedaban excluidos, sin embargo, sus propios hermanos.
Esos maridos, por su parte, no se llamaban entre sí hermanos, pues ya no tenían
necesidad de serlo, sino "punalúa", es decir, compañero íntimo, como
quien dice associé. De igual modo, una serie de hermanos uterinos o más lejanos
tenían en matrimonio común cierto número de mujeres, con exclusión de sus
propias hermanas, y esas mujeres se llamaban entre sí "punalúa". Este
es el tipo clásico de una formación de la familia (Familienformation) que
sufrió más tarde una serie de variaciones y cuyo rasgo característico esencial
era la comunidad recíproca de maridos y mujeres en el seno de un determinado
círculo familiar, del cual fueron excluidos, sin embargo, al principio los
hermanos carnales y, más tarde, también los hermanos más lejanos de las
mujeres, ocurriendo lo mismo con las hermanas de los maridos.
Esta forma de la familia nos indica ahora con la más perfecta
exactitud los grados de parentesco, tal como los expresa el sistema americano.
Los hijos de las hermanas de mi madre son también hijos de ésta, como los hijos
de los hermanos de mi padre lo son también de éste; y todos ellos son hermanas
y hermanos míos. Pero los hijos de los hermanos de mi madre son sobrinos y
sobrinas de ésta, como los hijos de las hermanas de mi padre son sobrinos y
sobrinas de éste; y todos ellos son primos y primas míos. En efecto, al paso
que los maridos de las hermanas de mi madre son también maridos de ésta, y de
igual modo las mujeres de los hermanos de mi padre son también mujeres de éste
-de derecho, si no siempre de hecho-, la pprohibición por la sociedad del
comercio sexual entre hermanos y hermanas ha conducido a la división de los
hijos de hermanos y de hermanas, considerados indistintamente hasta entonces
como hermanos y hermanas, en dos clases: unos siguen siendo como lo eran antes,
hermanos y hermanas (colaterales); otros -los hijos de los hermanos en un caso,
y en otro los hijos de las hermanas- no pueden seguir siendo ya hermanos y
hermanas, ya no pueden tener progenitores comunes, ni el padre, ni la madre, ni
ambos juntos; y por eso se hace necesaria, por primera vez, la clase de los
sobrinos y sobrinas, de los primos y primas, clase que no hubiera tenido ningún
sentido en el sistema familiar anterior. El sistema de parentesco americano,
que parece sencillamente absurdo en toda forma de familia que descanse, de esta
o la otra forma, en la monogamia, se explica de una manera racional y está
justificado naturalmente hasta en sus más íntimos detalles por la familia
punalúa. La familia punalúa, o cualquier otra forma análoga, debió existir, por
lo menos en la misma medida en que prevaleció este sistema de consanguinidad.
Esta forma de la familia, cuya existencia en Hawaí está
demostrada, habría sido también probablemente demostrada en toda la Polinesia
si los piadosos misioneros, como antaño los frailes españoles en América,
hubiesen podido ver en estas relaciones anticristianas algo más que una simple
"abominación"xix. Cuadno César nos dice que los bretones, que se
hallaban por aquel entonces en el estadio medio de la barbarie, que "cada
diez o doce hombres tienen mujeres comunes, con la particularidad de que en la
mayoría de los casos son hermanos y hermanas y padres e hijos", la mejor
explicación que se puede dar es el matrimonio por grupos. Las madres bárbaras
no tienen diez o doce hijos en edad de poder sostener mujeres comunes; pero el
sistema americano de parentesco, que corresponde a la familia punalúa,
suministra gran número de hermanos, puesto que todos los primos carnales o
remotos de un hombre son hermanos, puesto que todos los primos carnales o
remotos de un hombre son hermanos suyos. Es posible que lo de "padres con
sus hijos" sea un concepto erróneo de César; sin embargo, este sistema no
excluye absolutamente que puedan encontrarse en el mismo grupo conyugal padre e
hijo, madre e hija, pero sí que se encuentren en él padre e hija, madre e hijo.
Esta forma de la familia suministra también la más fácil explicación de los
relatos de Heródoto y de otros escritores antiguos acerca de la comunidad de
mujeres en los pueblos salvajes y bárbaros. Lo mismo puede decirse de lo que
Watson y Kaye cuentan de los tikurs del Audh, al norte del Ganges, en su libro
"La población de la India"xx. "Cohabitan (es decir, hacen vida
sexual) casi sin distinción, en grandes comunidades; y cuando dos individuos se
consideran como marido y mujer, el vínculo que les une es puramente
nominal".
En la inmensa mayoría de los casos, la institución de la gens
parece haber salido directamente de la familia punalúa. Cierto es que el
sistema de clasesxxi australiano también representa un punto de partida para la
gens; los australianos tienen la gens, pero aún no tienen familia punalúa, sino
una forma más primitiva de grupo conyugal.
En ninguna forma de familia por grupos puede saberse con
certeza quién es el padre de la criatura, pero sí se sabe quién es la madre.
Aun cuando ésta llama hijos suyos a todos los de la familia común y tiene
deberes maternales para con ellos, no por eso deja de distinguir a sus propios
hijos entre los demás. Por tanto, es claro que en todas partes donde existe el
matrimonio por grupos, la descendencia sólo puede establecerse por la línea
materna, y por consiguiente, sólo se reconoce la línea femenina. En ese caso se
encuentran, en efecto, todos los pueblos salvajes y todos los que se hallan en
el estadio inferior de la barbarie; y haberlo descubierto antes que nadie es el
segundo mérito de Bachofen. Este designa el reconocimiento exclusivo de la
filiación maternal y las relaciones de herencia que después se han deducido de
él con el nombre de derecho materno; conservo esta expresión en aras de la
brevedad. Sin embargo, es inexacta, porque en ese estadio de la sociedad no
existe aún derecho en el sentido jurídico de la palabra.
Tomemos ahora en la familia punalúa uno de los dos grupos
típicos, concretamente el de una especie de hermanas carnales y más o menos
lejanas (es decir, descendientes de hermanas carnales en primero, segundo y
otros grados), con sus hijos y sus hermanos carnales y más o menos lejanos por
línea materna (los cuales, con arreglo a nuestra premisa, no son sus maridos),
obtendremos exáctamente el círculo de los individuos que más adelante
aparecerán como miembros de una gens en la primitiva forma de esta institución.
Todos ellos tienen por tronco común una madre, y en virtud de este origen, los
descendientes femeninos forman generaciones de hermanas. Pero los maridos de
estas hermanas ya no pueden ser sus hermanos; por tanto, no pueden descender de
aquel tronco materno y no pertenecen a este grupo consanguíneo, que más
adelante llega a ser la gens, mientras que sus hijos pertenecen a este grupo,
pues la descendencia por línea materna es la única decisiva, por ser la única
cierta. En cuanto queda prohibido el comercio sexual entre todos los hermanos y
hermanas -incluso los colaterales más lejanos- por línea materna, el grupo
antedicho se transforma en una gens, es decir, se constituye como un círculo
cerrado de parientes consanguíneos por línea femenina, que no pueden casarse
unos con otros; círculo oque desde ese momento se consolida cada vez más por
medio de instituciones comunes, de orden social y religioso, que lo distinguen
de las otras gens de la misma tribu. Más adelante volveremos a ocuparnos de
esta cuestión con mayor detalle. Pero si estimamos que la gens surge en la
familia punalúa no sólo necesariamente, sino incluso como cosa natural,
tendremos fundamento para estimar casi indudable la existencia anterior de esta
forma de familia en todos los pueblos en que se puede comprobar instituciones
gentilicias, es decir, en casi todos los pueblos bárbaros y civilizados.
Cuando Morgan escribió su libro, nuestros conocimientos acerca
del matrimonio por grupos eran muy limitados. Se sabía alguna cosa del
matrimonio por grupos entre los australianos organizados en clases, y, además,
Morgan había publicado ya en 1871 todos los datos que poseía sobre la familia
punalúa en Hawaí. La familia punalúa, por un lado, suministraba la explicación completa
del sistema de parentesco vigente entre los indios americanos y que había sido
el punto de partida de todas las investigaciones de Morgan; por otro lado,
constituía el punto de arranque para deducir la gens de derecho materno; por
último, era un grado de desarrollo mucho más alto que las clases australianas.
Se comprende, por tanto, que Morgan la concibiese como el estadio de desarrollo
inmediatamente anterior al matrimonio sindiásmico y le atribuyese una difusión
general en los tiempos primitivos. De entonces acá, hemos llegado a conocer
otra serie de formas de matrimonio por grupos, y ahora sabemos que Morgan fue
demasiado lejos en este punto. Sin embargo, en su familia punalúa tuvo la
suerte de encontrar la forma más elevada, la forma clásica del matrimonio por
grupos, la forma que explica de la manera más sencilla el paso a una forma
superior.
Si las nociones que tenemos del matrimonio por grupos se han
enriquecido, lo debemos sobre todo al misionero inglés Lorimer Fison, que
durante años ha estudiado esta forma de la familia en su tierra clásica,
Australia. Entre los negros australianos del monte Gambier, en el Sur de
Australia, es donde encontró el grado más bajo de desarrollo. La tribu entera
se divide allí en dos grandes clases: los krokis y los kumites. Está
terminantemente prohibido el comercio sexual en el seno de cada una de estas
dos clases; en cambio, todo hombre de una de ellas es marido nato de toda mujer
de la otra, y recíprocamente. No son los individuos, sino grupos enteros,
quienes están casados unos con otros, clase con clase. Y nótese que allí no hay
en ninguna parte restricciones por diferencia de edades o de consanguinidad
especial, salvo la que se desprende de la división en dos clases exógamas. Un
kroki tiene de derecho por esposa a toda mujer kumite; y como su propia hija,
como hija de una mujer kumite, es también kumite en virtud del derecho materno,
es, por ello, esposa nata de todo kroki, incluído su padre. En todo caso, la
organización por clases, tal como se nos presenta, no opone a esto ningún
obstáculo. Así, pues, o esta organización apareció en una época en que, a pesar
de la tendencia instintiva de limitar el incesto, no se veía aún nada malo en
las relaciones sexuales entre hijos y padres, y entonces el sistema de clases
debió nacer directamente de las condiciones del comercio sexual sin
restricciones, o, por el contrario, cuando se crearon las clases estaban ya
prohibidas por la costumbre las relaciones sexuales entre padres e hijos, y
entonces la situación actual señala la existencia anterior de la familia
consanguínea y constituye el primer paso dado para salir de ella. Esta última
hipótesis es la más verosimil. Que yo sepa, no se dan ejemplos de unión
conyugal entre padres e hijos en Australia; y, aparte de eso, la forma
posterior de la exogamia, la gens basada en el derecho materno, presupone
tácitamente la prohibición de este comercio, como una cosa que había encontrado
ya establecida antes de su surgimiento.
Además de la región del monte Gambier, en el Sur de Australia,
el sistema de las clases se encuentra a orillas del río Darling, más al este, y
en Queensland, en el nordeste; de modo que está muy difundido. Este sistema
sólo excluye el matrimonio entre hermanos y hermanas, entre hijos de hermanos y
entre hijos de hermanas por línea materna, porque éstos pertenecen a la misma
clase; por el contrario, los hijos de hermano y de hermana pueden casarse unos
con otros. Un nuevo paso hacia la prohibición del matrimonio entre
consanguíneos lo observamos entre los kamilarois, en las márgenes del Darling,
en la Nueva Gales del Sur, donde las dos clases originarias se han escindido en
cuatro, y donde cada una de estas cuatro clases se casa, entera, con otra
determinada. Las dos primeras clases son esposos natos una de otra; pero según
pertenezca la madre a la primera o a la segunda, pasan los hijos a la tercera o
a la cuarta. Los hijos de estas dos últimas clases, igualmente casadas una con
otra, pertenecen de nuevo a la primera y a la segunda. De suerte que siempre
una generación pertenece a la primera y a la segunda clase, la siguiente a la
tercera y a la cuarta, y la que viene inmediatamente después, de nuevo a la
primera y a la segunda. Dedúcese de aquí que hijos de hermano y hermana (por
línea materna) no pueden ser marido y mujer, pero sí pueden serlo los nietos de
hermano y hermana. Este complicado orden se enreda aún más porque se injerta en
él más tarde la gens basada en el derecho materno; pero aquí no podemos entrar
en detalle. Observamos, pues, que la tendencia a impedir el matrimonio entre
consanguíneos se manifiesta una y otra vez, pero de modo espontáneo, a tientas,
sin conciencia clara del fin que se persigue.
El matrimonio por grupos, que en Australia es además un
matrimonio por clases, la unión conyugal en masa de toda una clase de hombres,
a menudo esparcida por todo el continente, con una clase entera de mujeres no
menos diseminada; este matrimonio por grupos, visto de cerca, no es tan
monstruoso como se lo representa la fantasía de los filisteos, influenciada por
la prostitución. Por el contrario, transcurrieron muchísimos años antes de que
se tuviese ni siquiera noción de su existencia, la cual, por cierto, se ha
puesto de nuevo en duda hace muy poco. A los ojos del observador superficial,
se presenta como una monogamia de vínculos muy flojos y, en algunos lugares,
como una poligamia acompañada de una infidelidad ocasional. Hay que consagrarle
años de estudio, como lo han hecho Fison y Howitt, para descubrir en esas
relaciones conyugales (que, en la práctica, recuerdan más bien a la generalidad
de los europeos las costumbres de su patria), la ley en virtud de la cual el
negro australiano, a miles de kilómetros de sus lares, entre gente cuyo
lenguaje no comprende -y a menudo en cada campamento, en cada tribu-, mujeres
que se le entregan voluntariamente, sin resistencia; ley en virtud de la cual,
quien tiene varias mujeres, cede una de ellas a su huésped para la noche. Allí
donde el europeo ve inmoralidad y falta de toda ley, reina de hecho una ley muy
rigurosa. Las mujeres pertenecen a la clase conyugal del forastero y, por
consiguiente, son sus esposas natas; la misma ley moral que destina el uno a al
otra, prohibe, so pena de infamia, todo comercio sexual fuera de las clases
conyugales que se pertenecen recíprocamente. Aun allí donde se practica el
rapto de las mujeres, que ocurre a menudo y en parte de Australia es regla
general, se mantiene escrupulosamente la ley de las clases.
En el rapto de las mujeres se encuentra ya indicios del
tránsito a la monogamia, por lo menos en la forma del matrimonio sindiásmico;
cuando un joven, con ayuda de sus amigos, se ha llevado de grado o por fuerza a
una joven, ésta es gozada por todos, uno tras otro, pero después se considera
como esposa del promotor del rapto. Y a la inversa, si la mujer robada huye de
casa de su marido y la recoge otro, se hace esposa de este último y el primero
pierde sus prerrogativas. Al lado y en el seno del matrimonio por grupos, que,
en general, continúa existiendo, se encuentran, pues, relaciones exclusivistas,
uniones por parejas, a plazo más o menos largo, y también la poligamia; de
suerte que también aquí el matrimonio por grupos se va extingiendo, quedando
reducida la cuestión a saber quién, bajo la influencia europea, desaparecerá
antes de la escena: el matrimonio por grupos o los negros australianos que lo
practican.
El matrimonio por clases enteras, tal como existe en Australia,
es, en todo caso, una forma muy atrasada y muy primitiva del matrimonio por
grupos, mientras que la familia punalúa constituye, en cuanto no es dado
conocer, su grado superior de desarrollo. El primero parece ser la forma
correspondiente al estado social de los salvajes errantes; la segunda supone ya
el establecimiento fijo de comunidades comunistas, y conduce directamente al
grado inmediato superior de desarrollo. Entre estas dos formas de matrimonio
hallaremos aún, sin duda alguna, grados intermedios; éste es un terreno de
investigaciones que acaba de descubrirse, y en el cual no se han dado todavía
sino los primeros pasos.
3. La familia sindiásmica. En el régimen de matrimonio por
grupos, o quizás antes, formábanse ya parejas conyugales para un tiempo más o
menos largo; el hombre tenía una mujer principal (no puede aún decirse que una
favorita) entre sus numerosas, y era para ella el esposo principal entre todos
los demás. Esta circunstancia ha contribuído no poco a la confusión producida
en la mente de los misioneros, quienes en el matrimonio por grupos ven ora una
comunidad promiscua de la mujeres, ora un adulterio arbitrario. Pero conforme
se desarrollaba la gens e iban haciéndose más numerosas las clases de
"hermanos" y "hermanas", entre quienes ahora era imposible
el matrimonio, esta unión conyugal por parejas, basada en la costumbre, debió
ir consolidándose. Aún llevó las cosas más lejos el impulso dado por la gens a
la prohibición del matrimonio entre parientes consanguíneos. Así vemo que entre
los iroqueses y entre la mayoría de los demás indios del estadio inferior de la
barbarie, está prohibido el matrimonio entre todos los parientes que cuenta su
sistema, y en éste hay algunos centenares de parentescos diferentes. Con esta
creciente complicación de las prohibiciones del matrimonio, hiciéronse cada vez
más imposibles las uniones por grupos, que fueron sustituidas por la familia
sindiásmica. En esta etapa un hombre vive con una mujer, pero de tal suerte que
la poligamia y la infidelidad ocasional siguen siendo un derecho para los
hombres, aunque por causas económicas la poligamia se observa raramente; al mismo
tiempo, se exige la más estricta fidelidad a las mujeres mientras dure la vida
común, y su adulterio se castiga cruelmente. Sin embargo, el vínculo conyugal
se disuelve con facilidad por una y otra parte, y después, como antes, los
hijos sólo pertenecen a la madre.
La selección natural continúa obrando en esta exclusión cada
vez más extendida de los parientes consanguíneos del lazo conyugal. Según
Morgan, "el matrimonio entre gens no consanguíneas engendra una raza más
fuerte, tanto en el aspecto físico como en el mental; mezclábanse dos tribus
avanzadas, y los nuevos cráneos y cerebros crecían naturalmente hasta que
comprendían las capacidades de ambas tribus. Las tribus que habían adoptado el
régimen de la gens, estaban llamadas, pues, a predominar sobre las atrasadas do
a arrastrarlas tras de sí con su ejemplo.
Por tanto, la evolución de la familia en los tiempos
prehistóricos consiste en una constante reducción del círculo en cuyo seno
prevalece la comunidad conyugal entre los dos sexos, círculo que en su origen
abarcaba la tribu entera. La exclusión progresiva, primero de los parientes
cercanos, después de los lejanosd y, finalmente, de las personas meramente
vinculadas por alianza, hace imposible en la práctica todo matrimonio por
grupos; en último término no queda sino la pareja, unida por vínculos frágiles
aún, esa molécula con cuya disociación concluye el matrimonio en general. Esto
prueba cuán poco tiene que ver el origen de la monogamia con el amor sexual
individual, en la actual concepción de la palabra. Aun prueba mejor lo dicho la
práctica de todos los pueblos que se hallan en este estado de desarrollo.
Mientras que en las anteriores formas de la familia los hombres nunca pasaban
apuros para encontrar mujeres, antes bien tenían más de las que les hacían
falta, ahora las mujeres escaseaban y había que buscarlas. Por eso, con el
matrimonio sindiásmico empiezan el rapto y la compra de las mujeres, síntomas
muy difundidos, pero nada más que síntomas, de un cambio mucho más profundo que
se había efectuado; MacLennan, ese escocés pedante, ha transformado por arte de
su fantasía esos síntomas, que no son sino simples métodos de adquirir mujeres,
en distintas clases de familias, bajo la forma de "matrimonio por
rapto" y "matrimonio por compra". Además, entre los indios de
América y en otras partes (en el mismo estadío), el convenir en un matrimonio
no incumbe a los interesados, a quienes a menudo ni aun se les consulta, sino a
sus madres. Muchas veces quedan prometidos así dos seres que no se conocen el
uno al otro, y a quienes no se comunica el cierre del trato hasta que no llega
el momento del enlace matrimonial. Antes de la boda, el futuro hace regalos a
los parientes gentiles de la prometida (es decir, a los parientes por parte de
la madre de ésta, y no al padre ni a los parientes de éste). Estos regalos se
consideran como el precio por el que el hombre compra a la joven núbil que le
ceden. El matrimonio es disoluble a voluntad de cada uno de los dos cónyuges;
sin embargo, en numerosas tribus, por ejemplo, entre los iroqueses, se ha
formado poco a poco una opinión pública hostil a esas rupturas; en caso de
haber disputas entre los cónyuges, median los parientes gentiles de cada carte,
y sólo si esta mediación no surte efecto, se lleva a cabo la separación, en
virtud de la cual se queda la mujer con los hijos y cada una de las partes es
libre de casarse de nuevo.
La familia sindiásmica, demasiado débil e inestable por sí
misma para hacer sentir la necesidad o, aunque sólo sea, el deseo de un hogar
particular, no suprime de ningún modo el hogar comunista que nos presenta la
época anterior. Pero el hogar comunista significa predominio de la mujer en la
casa, lo mismo que el reconocimiento exclusivo de una madre propia, en la
imposibilidad de conocer con certidumbre al verdadero padre, significa profunda
estimación de las mujeres, es decir, de las madres. Una de las ideas más
absurdas que nos ha transmitido la filosofía del siglo XVIII es la opinión de
que en el origen de la sociedad la mujer fue la esclava del hombre. Entre todos
los salvajes y en todas las tribus que se encuentran en los estadios inferior,
medio y, en parte, hasta superior de la barbarie, la mujer no sólo es libre,
sino que está muy considerada. Arthur Wright, que fue durante muchos años
misionero entre los iroqueses-senekas, puede atestiguar cual es aún esta
situación de la mujer en el matrimonio sindiásmico. Wright dice: "Respecto
a sus familias, en la época en que aún vivían en las antiguas casas grandes
(domicilios comunistas de muchas familias)... predominaba siempre allí un clan
(una gens), y las mujeres tomaban sus maridos en otros clanes (gens)...
Habitualmente, las mujeres gobernaban en la casa; las provisiones eran comunes,
pero ¡desdichado del pobre marido o amante que era demasiado holgazán o torpe
para aportar su parte al fondo de provisiones de la comunidad!. Por más hijos o
enseres personales que tuviese en la casa, podía a cada instante verse
conminado a liar los bártulos y tomar el portante. Y era inútil que intentase
oponer resistencia, porque la casa se convertía para él en un infierno; no le
quedaba más remedio sino volverse a su propio clan (gens) o, lo que solía
suceder más a menudo, contraer un nuevo matrimonio en otro. Las mujeres
constituían una gran fuerza dentro de los clanes (gens), lo mismo que en todas
partes. Llegado el caso, no vacilaban en destituir a un jefe y rebajarle a
simple guerrero". La economía doméstica comunista, donde la mayoría, si no
la totalidad de las mujeres, son de una misma gens, mientras que los hombres
pertenecen a otras distintas, es la base efectiva de aquella preponderancia de
las mujeres, que en los tiempos primitivos estuvo difundida por todas partes y
el descubrimiento de la cual es el tercer mérito de Bachofen. Puedo añadir que
los relatos de los viajeros y de los misioneros a cerca del excesivo trabajo
con que se abruma a las mujeres entre los salvajes y los bárbaros, no están en
ninguna manera en contradicción con lo que acabo de decir. La división del
trabajo entre los dos sexos depende de otras causas que nada tienen que ver con
la posición de la mujer en la sociedad. Pueblos en los cuales las mujeres se
ven obligadas mucho más de lo que, según nuestras ideas, les corresponde,
tienen a menudo mucha más consideración real hacia ellas que nuestros europeos.
La señora de la civilización, rodeada de aparentes homenajes, extraña a todo
trabajo efectivo, tiene una posición social muy inferior a la de la mujer de la
barbarie, que trabaja de firme, se ve en su pueblo conceptuada como una verdadera
dama (lady, frowa, frau = señora) y lo es efectivamente por su propia
disposición.
Nuevas investigaciones acerca de los pueblos del Noroeste y,
sobre todo, del Sur de América, que aún se hallan en el estadio superior del
salvajismo, deberán decirnos si el matrimonio sindiásmico ha remplazado o no
por completo hoy en América al matrimonio por grupos. Respecto a los
sudamericanos, se refieren tan variados ejemplos de licencia sexual, que se
hace difícil admitir la desaparición completa del antiguo matrimonio por
grupos. En todo caso, aún no han desaparecido todos sus vestigios. Por lo
menos, en cuarenta tribus de América del Norte el hombre que se casa con la
hermana mayor tiene derecho a tomar igualmente por mujeres a todas las hermanas
de ella, en cuanto llegan a la edad requerida. Esto es un vestigio de la
comunidad de maridos para todo un grupo de hermanas. De los habitantes de la
península de California (estadio superior del salvajismo) cuenta Bancroft que
tienen ciertas festividades en que se reunen varias "tribus" para
practicar el comercio sexual más promiscuo. Con toda evidencia, son gens que en
estas fiestas conservan un oscuro recuerdo del tiempo en que las mujeres de una
gens tenían por maridos comunes a todos los hombres de otra, y recíprocamente.
La misma costumbre impera aún en Australia. En algunos pueblos acontece que los
ancianos, los jefes y los hechiceros sacerdotes practican en provecho propio la
comunidad de mujeres y monopolizan la mayor parte de éstas; pero, en cambio,
durante ciertas fiestas y grandes asambleas populares están obligados a admitir
la antigua posesión común y a permitir a sus mujeres que se solacen con los
hombres jóvenes. Westermarck (páginas 28-29) aporta una serie de ejemplos de
saturnales de este género, en las que recobra vigor por corto tiempo la antigua
libertad del comercio sexual: entre los hos, los santalas, los pandchas, y los
cotaros de la India, en algunos pueblos africanos, etc. Westermarck deduce de
un modo extraño que estos hechos constituyen restos, no del matrimonio por
grupos, que él niega, sino del período del celo, que los hombres primitivos
tuvieron en común con los animales.
Llegamos al cuarto gran descubrimiento de Bachofen: el de la
gran difusión de la forma del tránsito del matrimonio por grupos al matrimonio
sindiásmico. Lo que Bachofen representa como una penitencia por la transgresión
de los antiguos mandamientos de los dioses, como una penitencia impuesta a la
mujer para comprar su derecho a la castidad, no es, en resumen, sino la expresión
mística del rescate por medio del cual se libra la mujer de la antigua
comunidad de maridos y adquiere el derecho de no entregarse más que a uno solo.
Ese rescate consiste en dejarse poseer en determinado periodo: las mujeres
babilónicas estaban obligadas a entregarse una vez al año en el templo de
Mylitta; otros pueblos del Asia Menor enviaban a sus hijas al templo de
Anaitis, donde, durante años enteros, debían entregarse al amor libre con
favoritos elegidos por ellas antes de que se les permitiera casarse; en casi
todos los pueblos asiáticos entre el Mediterráneo y el Ganges hay análogas
usanzas, disfrazadas de costumbres religiosas. El sacrificio expiatorio que
desempeña el papel de rescate se hace cada vez más ligero con el tiempo, como
lo ha hecho notar Bachofen: "La ofrenda, repetida cada año, cede el puesto
a un sacrificio hecho sólo una vez; al heterismo de las matronas sigue el de
las jóvenes solteras; se practica antes del matrimonio, en vez de ejercitarlo
durante éste; en lugar de abandonarse a todos, sin tener derecho de elegir, la
mujer ya no se entrega sino a ciertas personas". ("Derecho
materno", pág. XIX). En otros pueblos no existe ese disfraz religioso; en
algunos -los tracios, los celtas, etc., en la antigüedad, en gran número de
aborígenes de la India, en los pueblos malayos, en los insulares de Oceanía y
entre muchos indios americanos hoy día -las jóvenes gozan de la mayor libertad
sexual hasta que contraen matrimonio. Así sucede, sobre todo, en la América del
Sur, como pueden atestiguarlo cuantos han penetrado algo en el interior. De una
rica familia de origen indio refiere Agassiz ("Viaje por el Brasil, Boston
y Nueba York"xxii 1886, pág. 266) que, habiendo conocido a la hija de la
casa, preguntó por su padre, suponiendo que lo sería el marido de la madre,
oficial del ejército en campaña contra el Paraguay; pero la madre le respondió
sonriéndose: "Naod tem pai, he filha da fortuna" (no tiene padre, es
hija del acaso). "Las mujeres indias o mestizas hablan siempre en este
tono, sin vergüenza ni censura, de sus hijos ilegítimos; y esto es la regla,
mientras que lo contrario parece ser la excepción. Los hijos... a menudo sólo
conocen a su madre, porque todos los cuidados y toda la responsabilidad recaen
sobre ella; nada saben acerca de su padre, y tampoco parece que la mujer
tuviese nunca la idea de que ella o sus hijos pudieran reclamarle la menor
cosa". Lo que aquí parece pasmoso al hombre civilizado, es sencillamente
la regla en el matriarcado y en el matrimonio por grupos.
En otros pueblos, los amigos y parientes del novio o los
convidados a la boda ejercen con la novia, durante la boda misma, el derecho
adquirido por usanza inmemorial, y al novio no le llega el turno sino el último
de todos: así sucedía en las islas Baleares y entre los augilas africanos en la
antigüedad, y así sucede aún entre los bareas en Abisinia. En otros, un
personaje oficial, sea jefe de la tribu o de la gens, cacique, shamán,
sacerdote o príncipe, es quien representa a la colectividad y quien ejerce en
la desposada el derecho de la primera noche ("jus primae noctis"). A
pesar de todos los esfuerzos neorrománticos de cohonestarlo, ese "jus
primae noctis" existe hoy aún como una reliquia del matrimonio por grupos
entre la mayoría de los habitantes del territorio de Alaska (Bancroft:
"Tribus Nativas", 1, 81), entre los tahus del Norte de México (ibid,
pág. 584) y entre otros pueblos; y ha existido durante toda la Edad Media, por
lo menos en los países de origen céltico, donde nació directamente del matrimonio
por grupos; en Aragón, por ejemplo. Al paso que en Castilla el campesino nunca
fue siervo, la servidumbre más abyecta reinó en Aragón hasta la sentencia o
bando arbitral de Fernando el Católico de 1486, documento donde se dice:
"Juzgamos y fallamos que los señores (senyors, barones) susodichos no
podrán tampoco pasar la primera noche con la mujer que haya tomado un
campesino, ni tampoco podrán durante la noche de boda, después que se hubiere
acostado en la cama la mujer, pasar la pierna encima de la cama ni de la mujer,
en señal de su soberanía; tampoco podrán los susodichos señores servirse ade
las hijas o lo hijos de los campesinos contra su voluntad, con y sin
pago". (Citado, según el texto original en catalán, por Sugenheim,
"La servidumbre", San Petersburgo 1861xxiii, pág. 35).
Aparte de esto, Bachofen tiene razón evidente cuando afirma que
el paso de lo que él llama "heterismo" o "Sumpfzeugung" a
la monogamia se realizó esencialmente gracias a las mujeres. Cuanto más perdían
las antiguas relaciones sexuales su candoroso carácter primitivo selvático a
causa del desarrollo de las condiciones económicas y, por consiguiente, a causa
de la descomposición del antiguo comunismo y de la densidad, cada vez mayor, de
la población, más envilecedoras y opresivas debieran parecer esas relaciones a
las mujeres y con mayor fuerza debieron de anhelar, como liberación, el derecho
a la castidad, el derecho al matrimonio temporal o definitivo con un solo
hombre. Este progreso no podía salir del hombre, por la sencilla razón, sin
buscar otras, de que nunca, ni aun en nuestra época, le ha pasado por las
mientes la idea de renunciar a los goces del matrimonio efectivo por grupos.
Sólo después de efectuado por la mujer el tránsito al matrimonio sindiásmico,
es cuando los hombres pudieron introducir la monogamia estricta, por supuesto,
sólo para las mujeres.
La familia sindiásmica aparece en el límite entre el salvajismo
y la barbarie, las más de las veces en el estadio superior del primero, y sólo
en algunas partes en el estadio inferior de la segunda. Es la forma de familia
característica de la barbarie, como el matrimonio por grupos lo es del
salvajismo, y la monogamia lo es de la civilización. Para que la familia
sindiásmica evolucione hasta llegar a una monogamia estable fueron menester
causas diversas de aquéllas cuya acción hemos estudiado hasta aquí. En la
familia sindiásmica el grupo había quedado ya reducido a su última unidad, a su
molécula biatómica: a un hombre y una mujer. La selección natural había
realizado su obra reduciendo cada vez más la comunidad de los matrimonios, nada
le quedaba ya que hacer en este sentido. Por tanto, si no hubieran entrado en
juego nuevas fuerzas impulsivas de "orden social", no hubiese habido
ninguna razón para que de la familia sindiásmica naciera otra nueva forma de
familia. Pero entraron en juego esas fuerzas impulsivas.
Abandonemos ahora América, tierra clásica de la familia
sindiásmica. Ningún indicio permite afirmar que en ella se halla desarrollado
una forma de familia más perfecta, que haya existido allí una monogamia estable
en ningún tiempo antes del descubrimiento y de la conquista. Lo contrario
sucedió en el viejo mundo.
Aquí la domesticación de los animales y la cría de ganado
habían abierto manantiales de riqueza desconocidos hasta entonces, creando
relaciones sociales enteramente nuevas. Hasta el estadio inferior de la
barbarie, la riqueza duradera se limitaba poco más o menos a la habitación, los
vestidos, adornos primitivos y los enseres necesarios para obtener y preparar
los alimentos: la barca, las armas, los utensilios caseros más sencillos. El
alimento debía ser conseguido cada día nuevamente. Ahora, con sus manadas de
caballos, camellos, asnos, bueyes, carneros, cabras y cerdos, los pueblos
pastores, que iban ganando terreno (los arios en el País de los Cinco Ríos y en
el valle del Ganges, así como en las estepas del Oxus y el Jaxartes, a la sazón
mucho más espléndidamente irrigadas, y los semitas en el Eufrates y el Tigris),
habían adquirido riquezas que sólo necesitaban vigilancia y los cuidados más
primitivos para reproducirse en una proporción cada vez mayor y suministrar
abundantísima alimentación en carne y leche. Desde entonces fueron relegados a
segundo plano todos los medios con anterioridad empleados; la caza que en otros
tiempos era una necesidad, se trocó en un lujo.
Pero, ¿a quién pertenecía aquella nueva riqueza?. No cabe duda
alguna de que, en su origen, a la gens. Pero muy pronto debió de desarrollarse
la propiedad privada de los rebaños. Es difícil decir si el autor de lo que se
llama el primer libro de Moisés consideraba al patriarca Abraham propietario de
sus rebaños por derecho propio, como jefe de una comunidad familiar, o en
virtud de su carácter de jefe hereditario de una gens. Sea como fuere, lo
cierto es que no debemos imaginárnoslo como propietario, en el sentido moderno
de la palabra. También es indudable que en los unbrales de la historia
auténtica encontramos ya en todas partes los rebaños como propiedad particular
de los jefes de familia, con el mismo título que los productos del arte de la
barbarie, los enseres de metal, los objetos de lujo y, finalmente, el ganado
humano, los esclavos.
La esclavitud había sido ya inventada. El esclavo no tenía
valor ninguno para los bárbaros del estadio inferior. Por eso los indios
americanos obraban con sus enemigos vencidos de una manera muy diferente de
como se hizo en el estadio superior. Los hombres eran muertos o los adoptaba
como hermanos la tribu vencedora; las mujeres eran tomadas como esposas o
adoptadas, con sus hijos supervivientes, de cualquier otra forma. En este
estadio, la fuerza de trabajo del hombre no produce aún excedente apreciable
sobre sus gastos de mantenimiento. Pero al introducirse la cria de ganado, la
elaboración de los metales, el arte del tejido, y, por último, la agricultura,
las cosas tomaron otro aspecto. Sobre todo desde que los rebaños pasaron
definitivamente a ser propiedad de la familia, con la fuerza de trabajo pasó lo
mismo que había pasado con las mujeres, tan fáciles antes de adquirir y que
ahora tenían ya su valor de cambio y se compraban. La familia no se
multiplicaba con tanta rapidez como el ganado. Ahora se necesitaban más
personas para la custodia de éste; podía utilizarse para ello el prisionero de
guerra, que además podía multiplicarse, lo mismo que el ganado.
Convertidas todas estas riquezas en propiedad particular de las
familias, y aumentadas después rápidamente, asestaron un duro golpe a la
sociedad fundada en el matrimonio sindiásmico y en la gens basada en el
matriarcado. El matrimonio sindiásmico había introducido en la fmailia un
elemento nuevo. Junto a la verdadera madre había puesto le verdadero padre,
probablemente mucho más auténtico que muchos "padres" de nuestros
días. Con arreglo a la división del trabajo en la familia de entonces,
correspondía al hombre procurar la alimentación y los instrumentos de trabajo
necesarios para ello; consiguientemente, era, por derecho, el propietario de
dichos instrumentos y en caso de separación se los llevaba consigo, de igual
manera que la mujer conservaba sus enseres domésticos. Por tanto, según las
costumbres de aquella sociedad, el hombre era igualmente propietario del nuevo
manantial de alimentación, el ganado, y más adelante, del nuevo instrumento de
trabajo, el esclavo. Pero según la usanza de aquella misma sociedad, sus hijos
no podían heredar de él, proque, en cuanto a este punto, las cosas eran como
sigue.
Con arreglo al derecho materno, es decir, mientras la
descendencia sólo se contaba por línea femenina, y según la primitiva ley de
herencia imperante en la gens, los miembros de ésta heredaban al principio de
su pariente gentil fenecido. Sus bienes debían quedar, pues, en la gens. Por
efecto de su poca importancia, estos bienes pasaban en la práctica, desde los
tiempos más remotos, a los parientes más próximos, es decir, a los
consanguíneos por línea materna. Pero los hijos del difunto no pertenecían a su
gens, sino a la de la madre; al principio heredaban de la madre, con los demás
consanguíneos de ésta; luego, probablemente fueran sus primeros herederos, pero
no podían serlo de su padre, porque no pertenecían a su gens, en la cual debían
quedar sus bienes. Así, a la muerte del propietario de rebaños, estos pasaban
en primer término a sus hermanos y hermanas y a los hijos de estos últimos o a
los descendientes de las hermanas de su madre; en cuanto a sus propios hijos,
se veían desheredados.
Así, pues, las riquezas, a medida que iban en aumento, daban,
por una parte, al hombre una posición más importante que a la mujer en la
familia y, por otra parte, hacían que naciera en él la idea de valerse de esta
ventaja para modificar en provecho de sus hijos el orden de herencia
establecido. Pero esto no podía hacerse mientras permaneciera vigente la filiación
según el derecho materno. Este tenía que ser abolido, y lo fue. Ello no resultó
tan difícil como hoy nos parece. Aquella revolución -una de las más profundas
que la humanidad ha conocido- no tuvo necesidad de tocar ni a uno solo de los
miembros vivos de la gens. Todos los miembros de ésta pudieron seguir siendo lo
que hasta entonces habían sido. Bastó decidir sencillamente que en lo venidero
los descendientes de un miembro masculino permanecerían en la gens, pero los de
un miembro femenino saldrían de ella, pasando a la gens de su padre. Así
quedaron abolidos al filiación femenina y el derecho hereditario materno,
sustituyéndolos la filiación masculina y el derecho hereditario paterno. Nada
sabemos respecto a cómo y cuando se produjo esta revolución en los pueblos
cultos, pues se remonta a los tiempos prehistóricos. Pero los datos reunidos,
sobre todo por Bachofen, acerca de los numerosos vestigios del derecho materno,
demuestran plenamente que esa revolución se produjo; y con qué facilidad se
verifica, lo vemos en muchas tribus indias donde acaba de efectuarse o se está
efectuando, en parte por influjo del incremento de las riquezas y el cambio de
género de vida (emigración desde los bosques a las praderas), y en parte por la
influencia moral de la civilización y de los misioneros. De ocho tribus del
Misurí, en seis rigen la filiación y el orden de herencia masculinos, y en
otras dos, los femeninos. Entre los schawnees, los miamíes y los delawares se
ha introducido la costumbre de dar a los hijos un nombre perteneciente a la
gens paterna, para hacerlos pasar a ésta con el fin de que puedan heredar de su
padre. "Casuística innata en los hombres la de cambiar las cosas cambiando
sus nombres y hallar salidas para romper con la tradición, sin salirse de ella,
en todas partes donde un interés directo da el impulso suficiente para
ello" (Marx). Resultó de ahí una espantosa confusión, la cual sólo podía
remediarse y fue en parte remediada con el paso al patriarcado. "Esta
parece ser la transición más natural" (Marx). Acerca de lo que los
especialistas en Derecho comparado pueden decirnos sobre el modo en que se
operó esta transición en los pueblos civilizados del Mundo Antiguo -casi todo
son hipótesis-, véase Kovalevski, "Cuadro de los orígenes y de la evolución
de la familia y de la propiedad", Estocolmo 1890xxiv.
El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota
histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las
riendas en la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en
la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción.
Esta baja condición de la mujer, que se manifiesta sobre todo entre los griegos
de los tiempos heroicos, y más aún en los de los tiempos clásicos, ha sido
gradualmente retocada, disimulada y, en ciertos sitios, hasta revestida de
formas más suaves, pero no, ni mucho menos, abolida.
El primer efecto del poder exclusivo de los hombres, desde el
punto y hora en que se fundó, lo observamos en la forma intermedia de la familia
patriarcal, que surgió en aquel momento. Lo que caracteriza, sobre todo, a esta
familia no es la poligamia, de la cual hablaremos luego, sino la
"organización de cierto número de individuos, libres y no libres, en una
familia sometida al poder paterno del jefe de ésta. En la forma semítica, ese
jefe de familia vive en plena poligamia, los esclavos tienen una mujer e hijos,
y el objetivo de la organización entera es cuidar del ganado en un área
determinada". Los rasgos esenciales son la incorporación de los esclavos y
la potestad paterna; por eso, la familia romana es el tipo perfecto de esta
forma de familia. En su origen, la palabra familia no significa el ideal,
mezcla de sentimentalismos y de disensiones domésticas, del filisteo de nuestra
época; al principio, entre los romanos, ni siquiera se aplica a la pareja
conyugal y a sus hijos, sino tan sólo a los esclavos. Famulus quiere decir
esclavo doméstico, y familia es el conjunto de los esclavos pertenecientes a un
mismo hombre. En tiempos de Gayo la "familia, id es patrimonium" (es
decir, herencia), se transmitía aun por testamento. Esta expresión la
inventaron los romanos para designar un nuevo organismo social, cuyo jefe tenía
bajo su poder a la mujer, a los hijos y a cierto número de esclavos, con la
patria potestad romana y el derecho de vida y muerte sobre todos ellos.
"La palabra no es, pues, más antigua que el férreo sistema de familia de
las tribus latinas, que nació al introducirse la agricultura y la esclavitud
legal y después de la escisión entre los itálicos arios y los griegos". Y
añade Marx: "La familia moderna contiene en germen, no sólo la esclavitud
(servitus), sino también la servidumbre, y desde el comienzo mismo guarda
relación con las cargas en la agricultura. Encierra, in miniature, todos los
antagonismos que se desarrollan más adelante en la sociedad y en su
Estado".
Esta forma de familia señala el tránsito del matrimonio
sindiásmico a la monogamia. Para asegurar la fidelidad de la mujer y, por
consiguiente, la paternidad de los hijos, aquélla es entregada sin reservas al
poder del hombre: cuando éste la mata, no hace más que ejercer su derecho.
Con la familia patriarcal entramos en los dominios de la
historia escrita, donde la ciencia del Derecho comparado nos puede prestar gran
auxilio. Y en efecto, esta ciencia nos ha permitido aquí hacer importantes
progresos. A Máximo Kovalevski ("Cuadro de los orígenes y de la evolución
de la familia y de la propiedad", págs. 60-100, Estocolmo 1890) debemos la
idea de que la comunidad familiar patriarcal (patriarchalische
Hausgenossenschaft), según existe aún entre los servios y los búlgaros con el
nombre de zádruga (que puede traducirse poco más o menos como confraternidad! o
bratstwo (fraternidad)), y bajo una forma modificada entre los orientales, ha
constituido el estadio de transición entre la familia de derecho materno, fruto
del matrimonio por grupos, y la monogamia moderna. Esto parece probado, por lo
menos respecto a los pueblos civilizados del Mundo Antiguo, los arios y los
semitas.
La zádruga de los sudeslavos constituye el mejor ejemplo,
existente aún, de una comunidad familiar de esta clase. Abarca muchas
generaciones de descendientes de un mismo padre, los cuales viven juntos, con
sus mujeres, bajo el mismo techo; cultivan sus tierras en común, se alimentan y
se visten de un fondo común y poseen en común el sobrante de los productos. La
comunidad está sujeta a la administración superior del dueño de la casa
(domàcin), quien la representa ante el mundo exterior, tiene el derecho de
enajenar las cosas de valor mínimo, lleva la caja y es responsable de ésta, lo
mismo que de la buena marcha de toda la hacienda. Es elegido, y no necesita
para ello ser el de más edad. Las mujeres y su trabajo están bajo la dirección
de la dueña de la casa (domàcica), que suele ser la mujer del domàcin. Esta
tiene también voz, a menudo decisiva, cuando se trata de elegir marido para las
mujeres solteras. Pero el poder supremo pertenece al consejo de familia, a la
asamblea de todos los adultos de la comunidad, hombres y mujeres. Ante esa
asamblea rinde cuentas el domàcin, ella es quien resuelve las cuestiones de
importancia, administra justicia entre todos los miembros de la comunidad,
decide las compras o ventas más importantes, sobre todo de tierras, etc.
No hace más de diez años que se ha probado la existencia en
Rusia de grandes comunidades familiares de esta especie; hoy todo el mundo
reconoce que tienen en las costumbres populares rusas raíces tan ondas como la
obschina, o comunidad rural. Figuran en el más antiguo código ruso -la
"Pravda" de Yaroslav-, con el mismo nombre (verv) que en las leyes de
Damacia; en las fuentes históricas polacas y checas también podemos encontrar
referencias al respecto.
También entre los germanos, según Heusler ("Instituciones
del Derecho alemán"), la unidad económica primitiva no es la familia
aislada en el sentido moderno de la palabra, sino una comunidad familiar
(Hausgenossenschaft) que se compone de muchas generaciones con sus respectivas
familias y que además encierra muy a menudo individuos no libres. La familia
romana se refiere igualmente a este tipo, y, debido a ello, el poder absoluto
del padre sobre los demás miembros de la familia, por supuesto privados
enteramente de derechos respecto a él, se ha puesto muy en duda recientemente.
Comunidades familiares del mismo género han debido de existir entre los celtas
de Irlanda; en Francia, se han mantenido en el Nivernesado con el nombre de
parçonneries hasta la Revolución, y no se han extinguido aún en el Franco-Condado.
En los alrededores de Louans (Saona y Loira) se ven grandes caserones de
labriegos, con una sala común central muy alta, que llega hasta el caballete
del tejado; alrededor se encuentran los dormitorios, a los cuales se sube por
unas escalerillas de seis u ocho peldaños; habitan en esas casas varias
generaciones de la misma familia.
La comunidad familiar, con cultivo del suelo en común, se
menciona ya en la India por Nearco, en tiempo de Alejandro Magno, y aún
subsiste en el Penyab y en todo el noroeste del país. El mismo Kovalevsky ha
podido encontrarla en el Cáucaso. En Argelia existe aún en las cábilas. Ha
debido hallarse hasta en América, donde se cree descubrirla en las
"calpullis"xxv descritas por Zurita en el antiguo México; por el
contrario, Cunow ("Ausland", 1890, números 42-44) ha demostrado de
una manera bastante clara que en la época de la conquista existía en el Perú
una especie de marca (que, cosa extraña, también se llamaba allí "marca"),
con reparto periódico de las tierras cultivadas y, por consiguiente, con
cultivo individual.
En todo caso, la comunidad familiar patriarcal, con posesión y
cultivo del suelo en común, adquiere ahora una significación muy diferente de
la que tenía antes. Ya no podemos dudar del gran papel transicional que
desempeñó entre los civilizados y otros pueblos de la antigüedad en el período
entre la familia de derecho materno y la familia monógama. Más adelante
hablaremos de otra cuestión sacada por Kovalevski, a saber: que la comunidad
familiar fue igualmente el estadio transitorio de donde salió la comunidad
rural o la marca, con cultivo individual del suelo y reparto al principio
periódico y después defintivo de los campos y pastos.
Respecto a la vida de familia en el seno de estas comunidades
familiares, debe hacerse notar que, por lo menos en Rusia, los amos de casa
tienen la fama de abusar mucho de su situación en lo que respecta a las mujeres
más jóvenes de la comunidad, principalmente a sus nueras, con las que forman a
menudo un harén; las canciones populares rusas son harto elocuentes a este
respecto.
Antes de pasar a la monogamia, a la cual da rápido desarrollo
el derrumbamiento del matriarcado, digamos algunas palabras de la poligamia y
de la poliandria. Estas dos formas de matrimonio sólo pueden ser excepciones,
artículos de lujo de la historia, digámoslo así, de no ser que se presenten
simultáneamente en un mismo país, lo cual, como sabemos, no se produce. Pues
bien; como los hombres excluidos de la poligamia no podían consolarse con las
mujeres dejadas en libertad por la poliandria, y como el número de hombres y
mujeres, independientemente de las instituciones sociales, ha seguido siendo
casi igual hasta ahora, ninguna de estas formas de matrimonio fue generalmente
admitida. De hecho, la poligamia de un hombre era, evidentemente, un producto
de la esclavitud, y se limitaba a las gentes de posición elevada. En la familia
patriarcal semítica, el patriarca mismo y, a lo sumo, algunos de sus hijos
viven como polígamos; los demás, se ven obligados a contentarse con una mujer.
Así sucede hoy aún en todo el Oriente: la poligamia se un privilegio de los
ricos y de los grandes, y las mujeres son reclutadas, sobre todo, por la compra
de esclavas; la masa del pueblo es monógama. Una excepción parecida es la
poliandria en la India y en el Tibet, nacida del matrimonio por grupos, y cuyo
interesante origen queda dpor estudiar más a fondo. En la práctica, parece
mucho más tolerante que el celoso régimen del harén musulmán.
Entre los naires de la India, por lo menos, tres, cuatro o más
hombres, tienen una mujer común; pero cada uno de ellos puede tener, en unión
con otros hombres, una segunda, una tercera, una cuarta mujer, y así
sucesivamente. Asombra que MacLennan, al describirlos, no haya descubierto una
nueva categoría de matrimonio -el matrimonio en club- en estos clubs
conyugales, de varios de los cuales puede formar parte el hombre. Por supuesto,
el sistema de clubs conyugales no tiene que ver con la poliandria efectiva; por
el contrario, según lo ha hecho notar ya Giraud-Teulon, es una forma particular
(spezialisierte) del matrimonio por grupos: los hombres viven en la poligamia,
y las mujeres en la poliandria.
4. La familia monogámica. Nace de la familia sindiásmica, según
hemos indicado, en el período de la transición entre el estadio medio y el
estadio superior de la barbarie; su triunfo definitivo es uno de los síntomas
de la civilización naciente. Se funda en el predominio del hombre; su fin
expreso es el de procrear hijos cuya paternidad sea indiscutible; y esta
paternidad indiscutible se exige porque los hijos, en calidad de herederos
directos, han de entrar un día en posesión de los bienes de su padre. La
familia monogámica se diferencia del matrimonio sindiásmico por una solidez
mucho más grande de los lazos conyugales, que ya no pueden ser disueltos por
deseo de cualquiera de las partes. Ahora, sólo el hombre, como regla, puede
romper estos lazos y repudiar a su mujer. También se le otorga el derecho de
infidelidad conyugal, sancionado, al menos, por la costumbre (el Código de
Napoleón se lo concede expresamente, mientras no tenga la concubina en el
domicilio conyugal), y este derecho se ejerce cada vez más ampliamente, a
medida que progresa la evolución social. Si la mujer se acuerda de las antiguas
prácticas sexuales y quiere renovarlas, es castigada más rigurosamente que en
ninguna época anterior.
Entre los griegos encontramos en toda su severidad la nueva
forma de la familia. Mientras que, como señala Marx, la situación de las diosas
en la mitología nos habla de un período anterior, en que las mujeres ocupaban
todavía una posición más libre y más estimada, en los tiempos heroicos vemos ya
a la mujer humillada por el predominio del hombre y la competencia de las
esclavas. Léase en la "Odisea" cómo Telémaco interrumpe a su madre y
le impone silencio. En Homero, los vencedores aplacan sus apetitos sexuales en
las jóvenes capturadas; los jefes elegían para sí, por turno y conforme a su
categoría, las más hermosas; sabido es que la "Iliada" entera gira en
torno a la disputa sostenida entre Aquiles y Agamenón a causa de una esclava.
Junto a cada héroe, más o menos importante, Homero habla de la joven cautiva
con la cual comparte su tienda y su lecho. Esas mujeres eran también conducidas
al país nativo de los héroes, a la casa conyugal, como hizo Agamenón con
Casandra, en Esquilo; los hijos nacidos de esas esclavas reciben una pequeña
parte de la herencia paterna y son considerados como hombres libres; así,
Teucro es hijo natural de Telamón, y tiene derecho a llevar el nombre de su
padre. En cuanto a la mujer legítima, se exige de ella que tolere todo esto y,
a la vez, guarde una castidad y una fidelidad conyugal rigurosas. Cierto es que
la mujer griega de la época heroica es más respetada que la del período
civilizado; sin embargo, para el hombre no es, en fin de cuentas, más que la
madre de sus hijos legítimos, sus herederos, la que gobierna la casa y vigila a
las esclavas, de quienes él tiene derecho a hacer, y hace, concubinas siempre
que se le antoje. La existencia de la esclavitud junto a la monogamia, la
presencia de jóvenes y bellas cautivas que pertenecen en cuerpo y alma al
hombre, es lo que imprime desde su origen un carácter específico a la
monogamia, que sólo es monogamia para la mujer, y no para el hombre. En la
actualidad, conserva todavía este carácter.
En cuanto a los griegos de una época más reciente, debemos
distinguir entre los dorios y los jonios. Los primeros, de los cuales Esparta
es el ejemplo clásico, se encuentran desde muchos puntos de vista en relaciones
conyugales mucho más primtivas que las printadas de Homero. En Esparta existe
un matrimonio sindiásmico modificado por el Estado conforme a las concepciones
dominantes allí y que conserva muchos vestigios del matrimonio por grupos. Las
uniones estériles se rompen: el rey Anaxándrides (hacia el año 650 antes de
nuestra era) tomó una segunda mujer, sin dejar a la primerad, que era estéril,
y sostenía dos domicilios conyugales; hacia la misma época, teniendo el rey
Aristón dos mujeres sin hijos, tomó otra, pero despidió a una de las dos
primeras. Además, varios hermanos podían tener una mujer común; el hombre que
prefería la mujer de su amigo podía participar de ella con éste; y se estimaba
decoroso poner la mujer propia a disposición de "un buen semental"
(como diría Bismarck), aun cuando no fuese un conciudadano. De un pasaje de
Plutarco en que una espartana envía a su marido un pretendiente que la persigue
con sus proposiciones, puede incluso deducirse, según Schömann, una libertad de
costumbres aún más grande. Por esta razón, era cosa inaudita el adulterio
efectivo, la infidelidad de la mujer a espaldas de su marido. Por otra parte,
la esclavitud doméstica era desconocida en Esparta, por lo menos en su mejor
época; los ilotas siervos vivían aparte, en las tierras de sus señores, y, por
consiguiente, entre los espartanosxxvi era menor la tentación de solazarse con
sus mujeres. Por todas estas razones, las mujeres tenían en Esparta una
posición mucho más respetada que entre los otros griegos. Las casadas
espartanas y la flor y nata de las hetairas atenienses son las únicas mujeres
de quienes hablan con respeto los antiguos, y de las cuales se tomaron el
trabajo de recoger los dichos.
Otra cosa muy diferente era lo que pasaba entre los jonios,
para los cuales es característico el régimen de Atenas. Las doncellas no
aprendían sino a hilar, tejer y coser, a lo sumo a leer y escribir.
Prácticamente eran cautivas y sólo tenían trato con otras mujeres. Su
habitación era un aposento separado, sito en el piso alto o detrás de la casa;
los hombres, sobre todo los extraños, no entraban fácilmente allí, adonde las
mujeres se retiraban en cuanto llegaba algún visitante. Las mujeres no salían
sin que las acompañase una esclava; dentro de la casa se veían, literalmente,
sometidas a vigilancia; Aristófanes habla de perros molosos para espantar a los
adúlteros, y en las ciudades asiáticas para vigilar a las mujeres había
eunucos, que desde los tiempos de Herodoto se fabricaban en Quios para
comerciar con ellos y que no sólo servían a los bárbaros, si hemos de creer a
Wachsmuth. En Eurípides se designa a la mujer como un oikurema, como algo
destinado a cuidar del hogar doméstico (la palabra es neutra), y, fuera de la procreación
de los hijos, no era para el ateniense sino la criada principal. El hombre
tenía sus ejercicios gimnásticos y sus discusiones públicas, cosas de las que
estaba excluida la mujer; además solía tener esclavas a su disposición, y, en
la época floreciente de Atenas, una prostitución muy extensa y protegida, en
todo caso, por el Estado. Precisamente, sobre la base de esa prostitución se
desarrollaron las mujeres griegas que sobresalen del nivel general de la mujer
del mundo antiguo por su ingenio y su gusto artístico, lo mismo que las
espartanas sobresalen por su carácter. Pero el hecho de que para convertirse en
mujer fuese preciso ser antes hetaira, es la condenación más severa de la
familia ateniense.
Con el transcurso del tiempo, esa familia ateniense llegó a ser
el tipo por el cual modelaron sus relaciones domésticas, no sólo el resto de
los jonios, sino también todos los griegos de la metrópoli y de las colonias.
Sin embargo, a pesar del secuestro y de la vigilancia, las griegas hallaban
harto a menudo ocasiones para engañar a sus maridos. Estos, que se hubieran
ruborizado de mostrar el más pequeño amor a sus mujeres, se recreaban con las
hetairas en toda clase de galanterías; pero el envilecimiento de las mujeres se
vengó en los hombres y los envileció a su vez, llevándoles hasta las
repugnantes prácticas de la pederastia y a deshonrar a sus dioses y a sí
mismos, con el mito de Ganímedes.
Tal fue el origen de la monogamia, según hemos podido seguirla
en el pueblo más culto y más desarrollado de la antigüedad. De ninguna manera
fue fruto del amor sexual individual, con el que no tenía nada en común, siendo
el cálculo, ahora como antes, el móvl ade los matrimonios. Fue la primera forma
de familia que no se basaba en condiciones naturales, sino económicas, y
concretamente en el triunfo de la propiedad privada sobre la propiedad común
primitiva, originada espontáneamente. Preponderancia del hombre en la familia y
procreación de hijos que sólo pudieran ser de él y destinados a heredarle:
tales fueron, abiertamente proclamados por los griegos, los únicos objetivos de
la monogamia. Por lo demás, el matrimonio era para ellos una carga, un deber
para con los dioses, el Estado y sus propios antecesores, deber que se veían
obligados a cumplir. En Atenas, la ley no sólo imponía el matrimonio, sino que,
además, obligaba al marido a cumplir un mínimum determinado de lo que se llama
deberes conyugales.
Por tanto, la monogamia no aparece de ninguna manera en la
historia como una reconciliación entre el hombre y la mujer, y menos aún como
la forma más elevada de matrimonio. Por el contrario, entra en escena bajo la
forma del esclavizamiento de un sexo por el otro, como la proclamación de un
conflicto entre los sexos, desconocido hasta entonces en la prehistoria. En un
viejo manuscrito inédito, redactado en 1846 por Marx y por míxxvii, encuentro
esta frase: "La primera división del trabajo es la que se hizo entre el
hombre y la mujer para la procreación de hijos". Y hoy puedo añadir: el
primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el
desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la
primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino. La
monogamia fue un gran progreso histórico, pero al mismo tiempo inaugura,
juntamente con la esclavitud y con las riquezas privadas, aquella época que
dura hasta nuestros días y en la cual cda progreso es al mismo tiempo un
regreso relativo y el bienestar y el desarrollo de unos verifícanse a expensas
del dolor y de la represión de otros. La monogamia es la forma celular de la
sociedad civilizada, en la cual podemos estudiar ya la naturaleza de las
contradicciones y de los antagonismos que alcanzan su pleno desarrollo en esta
sociedad.
La antigua libertad relativa de comercio sexual no desapareció
del todo con el triunfo del matrimonio sindiásmico, ni aún con el de la
monogamia. "El antiguo sistema conyugal, reducido a más estrechos límites
por la gradual desaparición de los grupos punalúas, seguía siendo el medio en
que se desenvolvía la familia, cuyo desarrollo frenó hasta los albores de la
civilización...; desapareció, pro fin, con la nueva forma del heterismo, que
sigue al género humano hasta en plena civilización como una negra sombra que se
cierne sobre la familia". Morgan entiende por heterismo el comercio
extraconyugal, existente junto a la monogamia, de los hombres con mujeres no
casadas, comercio carnal que, como se sabe, florece junto a las formas más
diversas durante todo el período de la civilización y se transforma cada vez
más en descarada prostitución. Este heterismo desciende en línea recta del
matrimonio por grupos, del sacrificio de su persona, mediante el cual adquirían
las mujeres para sí el derecho a la castidad. La entrega por dinero fue al
principio un acto religioso; practicábase en el templo de la diosa del amor, y
primitivamente el dinero ingresaba en las arcas del templo. Las
hieródulasxxviii de Anaitis en Armenia, de Afrodita en Corinto, lo mismo que
las bailarinas religiosas agregadas a los templos de la India, que se conocen
con el nombre de bayaderas (la palabra es una corrupción del portugués
"bailaderia"), fueron las primeras prostitutas. El sacrificio de
entregarse, deber de todas las mujeres en un principio, no fue ejercido más
tarde sino por éstas sacerdotisas, en remplazo de todas las demás. En otros
pueblos, el heterismo proviene de la libertad sexual concedida a las jóvenes
antes del matrimonio; así, pues, es también un resto del matrimonio por grupos,
pero que ha llegado hasta nosotros por otro camino. Con la diferenciación en la
propiedad, es decir, ya en el estadio superior de la barbarie, aparece
esporádicamente el trabaja asalariado junto al trabajo de los esclavos; y al
mismo tiempo, como un correlativo necesario de aquél, la prostitución
profesional de las mujeres libres aparece junto a la entrega forzada de las
esclavas. Así, pues, la herencia que el matrimonio por grupos legó a la
civilización es doble, y todo lo que la civilización produce es también doble,
ambiguo, equívoco, contradictorio; por un lado, la monogamia, y por el otro, el
heterismo, comprendida su forma extremada, la prostitución. El heterismo es una
institución social como otra cualquiera y mantiene la antigua libertad
sexual... en provecho de los hombres. De hecho no sólo tolerado, sino
practicado libremente, sobre todo por las clases dominantes, repruébase la
palabra. Pero en realidad, esta reprobación nunca va dirigida contra los
hombres que lo practican, sino solamente contra las mujeres; a éstas se las
desprecia y se las rechaza, para proclamar con eso una vez más, como ley
fundamental de la sociedad, la supremacía absoluta del hombre sobre el sexo
femenino.
Pero, en la monogamia misma se desenvuelve una segunda
contradicción. Junto al marido, que ameniza su existencia con el heterismo, se
encuentra la mujer abandonada. Y no puede existir un término de una
contradicción sin que exista el otro, como no se puede tener en la mano una
manzana entera después de haberse comido la mitad. Sin embargo, ésta parece haber
sido la opinión de los hombres hasta que la mujeres les pusieron otra cosa en
la cabeza. Con la monogamia aparecieron dos figuras sociales, constantes y
características, desconocidas hasta entonces: el inevitable amante de la mujer
y el marido cornudo. Los hombres habían logrado la victoria sobre las mujeres,
pero las vencidas se encargaron generosamente de coronar a los vencedores. El
adulterio, prohibido y castigado rigurosamente, pero indestructible, llegó a
ser una institución social irremediable, junto a la monogamia y al heterismo.
En el mejor de los casos, la certeza de la paternidad de los hijos se basaba
ahora, como antes, en el convencimiento moral, y para resolver la indisoluble
contradicción, el Código de Napoleón dispuso en su Artículo 312: "L'enfant
conçu pendant le mariage a pour père le mari" ("El hijo concebido
durante el matrimonio tiene por padre al marido"). Este es el resultado
final de tres mil años de monogamia.
Así, pues, en los casos en que la familia monogámica refleja
fielmente su origen histórico y manifiesta con claridad el conflicto entre el
hombre y la mujer, originado por el dominio exclusivo del primero, tenemos un
cuadro en miniatura de las contradicciones y de los antagonismos en medio de
los cuales se mueve la sociedad, dividida en clases desde la civilización, sin
poder resolverlos ni vencerlos. Naturalmente, sólo hablo aquí de los casos de
monogamia en que la vida conyugal transcurre con arreglo a las prescripciones
del carácter original de esta institución, pero en que la mujer se rebela
contra el dominio del hombre. Que no en todos los matrimonios ocurre así lo
sabe mejor que nadie el filisteo alemán, que no sabe mandar ni en su casa ni en
el Estado, y cuya mujer lleva con pleno derecho los pantalones de que él no es digno.
Mas no por eso deja de creerse muy superior a su compañero de infortunios
francés, a quien con mayor frecuencia que a él mismo le suceden cosas mucho más
desagradables.
Por supuesto, la familia monogámica no ha revestido en todos
los lugares y tiempos la forma clásica y dura que tuvo entre los griegos. La
mujer era más libre y más considerada entre los romanos, quienes en su calidad
de futuros conquistadores del mundo tenían de las cosas un concepto más amplio,
aunque menos refinado que los griegos. El romano creía suficientemente
garantizada la fidelidad de su mujer por el derecho de vida y muerte que sobre
ella tenía. Además, la mujer podía allí romper el vínculo matrimonial a su
arbitrio, lo mismo que el hombre. Pero el mayor progreso en el desenvolvimiento
de la monogamia se realizó, indudablemente, con la entrada de los germanos en
la historia, y fue así porque, dada su pobreza, parece que por el entonces la
monogamia aún no se había desarrollado plenamente entre ellos a partir del
matrimonio sindiásmico. Sacamos esta conclusión basándonos en tres
circunstancias mencionadas por Tácito: en primer lugar, junto con la santidad
del matrimonio ("se contentan con una sola mujer, y las mujeres viven cercadas
por su pudor"), la poligamia estaba en vigor para los grandes y los jefes
de la tribu. Es ésta una situación análoga a la de los americanos, entre
quienes existía el matrimonio sindiásmico. En segundo término, la transición
del derecho materno al derecho paterno no había debido de realizarse sino poco
antes, puesto que el hermano de la madre -el pariente gentil más próximo, según
el matriarcado- casi era tenido como un pariente más próximo que el propio
padre, lo que también corresponde al punto de vista de los indios americanos,
entre los cuales Marx, como solía decir, había encontrado la clave para
comprender nuestro propio pasado. Y en tercer lugar, entre los germanos las
mujeres gozaban de suma consideración y ejercían una gran influencia hasta en
los asuntos públicos, lo cual es diametralmente opuesto a la supremacía
masculina de la monogamia. Todos éstos son puntos en los cuales los germanos
están casi por completo de acuerdo con los espartanos, entre quienes tampoco
había desaparecido del todo el matriarcado sindiásmico, según hemos visto. Así,
pues, también desde este punto de vista llegaba con los germanos un elemento
enteramente nuevo que dominó en todo el mundo. La nueva monogamia que entre las
ruinas del mundo romano salió de la mezcla de los pueblos, revistió la
supremacía maculina de formas más suaves y dio a las mujeres una posición mucho
más considerada y más libre, por lo menos aparentemente, de lo que nunca había
conocido la edad clásica. Gracias a eso fue posible, partiendo de la monogamia -en
su seno, junto a ella y contra ella, según las circunstancias-, el progreso
moral más grande que le debemos: el amor sexual individual moderno, desconocido
anteriormente en el mundo.
Pues bien; este progreso se debía con toda seguridad a la
circunstancia de que los germanos vivían aún bajo el régimen de la familia
sindiásmica, y de que llevaron a la monogamia, en cuanto les fue posible, la
posición de la mujer correspondiente a la familia sindiásmica; pero no se debía
de ningún modo este progreso a la legendaria y maravillosa pureza de costumbres
ingénita en los germanos, que en realidad se reduce a que en el matrimonio
sindiásmico no se observan las agudas contradicciones morales propias de la
monogamia. Por el contrario, en sus emigraciones, particularmente al Sudeste,
hacia las estepas del Mar Negro, pobladas por nómadas, los germanos decayeron
profundamente desde el punto de vista moral y tomaron de los nómadas, además
del arte de la equitación, feos vicios contranaturales, acerca de lo cual tenemos
los expresos testimonios de Amiano acerca de los taifalienses y el Procopio
respecto a los hérulos.
Pero si la monogamia fue, de todas las formas de familia
conocidas, la única en que pudo desarrollarse el amor sexual moderno, eso no
quiere decir de ningún modo que se desarrollase exclusivamente, y ni aún de una
manera preponderante, como amor mutuo de los cónyuges. Lo excluye la propia
naturaleza de la monogamia sólida, basada en la supremacía del hombre. En todas
las clases históricas activas, es decir, en todas las clases dominantes, el
matrimonio siguió siendo lo que había sido desde el matrimonio sindiásmico: un
trato cerrado por los padres. La primera forma del amor sexual aparecida en la
historia, el amor sexual como pasión, y por cierto como pasión posible para
cualquier hombre (por lo menos, de las clases dominantes), como pasión que es
la forma superior de la atracción sexual (lo que constituye precisamente su
carácter específico), esa primera forma, el amor caballeresco de la Edad Media,
no fue, de ningún modo, amor conyugal. Muy por el contrario, en su forma
clásica, entre los provenzales, marcha a toda vela hacia el adulterio, que es
cantado por sus poetas. La flor de la poesía amorosa provenzal son las
"Albas", en alemán "Tagelieder" (cantos de la alborada).
Pintan con encendidos ardores cómo el caballero comparte el lecho de su amada,
la mujer de otro, mientras en la calle está apostado un vigilante que lo llama
apenas clarea el alba, para que pueda escapar sin ser visto; la escena de la
separación es el punto culminante del poema. Los franceses del Norte y nuestros
valientes alemanes adoptaron este género de poesías, al mismo tiempo que la
manera caballeresca de amor correspondiente a él, y nuestro antiguo Wolfram von
Echenbach dejó sobre este sugestivo tema tres encantadores
"Tagelieder", que prefiero a sus tres largos poemas épicos.
El matrimonio de la burguesía es de dos modos, en nuestros
días. En los países católicos, ahora, como antes, los padres son quienes
proporcionan al joven burgués la mujer que le conviene, de lo cual resulta
naturalmente el más amplio desarrollo de la contradicción que encierra la
monogamia; heterismo exuberante por parte del hombre y adulterio exuberante por
parte de la mujer. Y si la Iglesia católica ha abolido el divorcio, es probable
que sea porque habrá reconocido que para el adulterio, como contra la muerte,
no hay remedio que valga. Por el contrario, en los países protestantes la regla
general es conceder al hijo del burgués más o menos libertad para buscar mujer
dentro de su clase; por ello el amor puede ser hasta cierto punto la base del
matrimonio, y se supone siempre, para guardar las apariencias, que así es, lo
que está muy en correspondencia con la hipocresía protestante. Aquí el marido
no practica el heterismo tan enérgicamente, y la infidelidad de la mujer se da
con menos frecuencia, pero como en todas clases de matrimonios los seres
humanos siguen siendo lo que antes eran, y como los burgueses de los países
protestantes son en su mayoría filisteos, esa monogamia protestante viene a
parar, aun tomando el término medio de los mejores casos, en un aburrimiento
mortal sufrido en común y que se llama felicidad doméstica. El mejor espejo de
estos dos tipos de matrimonio es la novela: la novela francesa, para la manera
católica; la novela alemana, para la protestante. En los dos casos, el hombre
"consigue lo suyo": en la novela alemana, el mozo logra a la joven;
en la novela francesa, el marido obtiene su cornamenta. ¿Cuál de los dos sale
peor librado?. No siempre es posible decirlo. Por eso el aburrimiento de la
novela alemana inspira a los lectores de la burguesía francesa el mismo horror
que la "inmoralidad" de la novela francesa inspira al filisteo
alemán. Sin embargo, en estos últimos tiempos, desde que "Berlín se está
haciendo una gran capital", la novela alemana comienza a tratar algo menos
tímidamente el heterismo y el adulterio, bien conocidos allí desde hace largo
tiempo.
Pero, en ambos casos, el matrimonio se funda en la posición
social de los contrayentes y, por tanto, siempre es un matrimonio de
conveniencia. También en los dos casos, este matrimonio de conveniencia se
convierte a menudo en la más vil de las prostituciones, a veces por ambas
partes, pero mucho más habitualmente en la mujer; ésta sólo se diferencia de la
cortesana ordinaria en que no alquila su cuerpo a ratos como una asalariada,
sino que lo vende de una vez para siempre, como una esclava. Y a todos los
matrimonios de conveniencia les viene de molde la frase de Fourier: "Así como
en gramática dos negaciones equivalen a una afirmación, de igual manera en la
moral conyugal dos prostituciones equivalen a una virtud". En las
relaciones con la mujer, el amor sexual no es ni puede ser, de hecho, una regla
más que en las clases oprimidas, es decir, en nuestros días en el proletariado,
estén o no estén autorizadas oficialmente esas relaciones. Pero también
desaparecen en estos casos todos los fundamentos de la monogamia clásica. Aquí
faltan por completo los bienes de fortuna, para cuya conservación y transmisión
por herencia fueron instituidos precisamente la monogamia y el dominio del
hombre; y, por ello, aquí también falta todo motivo para establecer la
supremacía masculina. Más aún, faltan hasta los medios de conseguirlo: El
Derecho burgués, que protege esta supremacía, sólo existe para las clases
poseedoras y para regular las relaciones de estas clases con los proletarios.
Eso cuesta dinero, y a causa de la pobreza del obrero, no desempeña ningún
papel en la actitud de éste hacia su mujer. En este caso, el papel decisivo lo
desempeñan otras relaciones personales y sociales. Además, sobre todo desde que
la gran industria ha arrancado del hogar a la mujer para arrojarla al mercado
del trabajo y a la fábrica, convirtiéndola bastante a menudo en el sostén de la
casa, han quedado desprovistos de toda base los últimos restos de la supremacía
del hombre en el hogar del proletario, excepto, quizás, cierta brutalidad para
con sus mujeres, muy arraigada desde el establecimiento de la monogamia. Así, pues,
la familia del proletario ya no es monogámica en el sentido estricto de la
palabra, ni aun con el amor más apasionado y la más absoluta fidelidad de los
cónyuges y a pesar de todas las bendiciones espirituales y temporales posibles.
Por eso, el heterismo y el adulterio, los eternos compañeros de la monogamia,
desempeñan aquí un papel casi nulo; la mujer ha reconquistado prácticamente el
derecho de divorcio; y cuando ya no pueden entenderse, los esposos prefieren
separarse. En resumen; el matrimonio proletario es monógamo en el sentido
etimológico de la palabra, pero de ningún modo lo es en su sentido histórico.
Por cierto, nuestros jurisconsultos estiman que el progreso de
la legislación va quitando cada vez más a las mujeres todo motivo de queja. Los
sistemas legislativos de los países civilizados modernos van reconociendo más y
más, en primer lugar, que el matrimonio, para tener validez, debe ser un
contrato libremente consentido por ambas partes, y en segundo lugar, que
durante el período de convivencia matrimonial ambas partes deben tener los
mismos derechos y los mismos deberes. Si estas dos condiciones se aplicaran con
un espíritu de consecuencia, las mujeres gozarían de todo lo que pudieran
apetecer.
Esta argumentación típicamente jurídica es exactamente la misma
de que se valen los republicanos radicales burgueses para disipar los recelos
de los proletarios. El contrato de trabajo se supone contrato consentido
libremente por ambas partes. Pero se considera libremente consentido desde el
momento en que la ley estatuye en el papel la igualdad de ambas partes. La
fuerza que la diferente situación de clase da a una de las partes, la presión
que esta fuerza ejerce sobre la otra, la situación económica real de ambas;
todo esto no le importa a la ley. Y mientras dura el contrato de trabajo, se
sigue suponiendo que las dos partes disfrutan de iguales derechos, en tanto que
una u otra no renuncien a ellos expresamente. Y si su situación económica
concreta obliga al obrero a renunciar hasta a la última apariencia de igualdad
de derechos, la ley de nuevo no tiene nada que ver con ello.
Respecto al matrimonio, hasta la hey más progresiva se da
enteramente por satisfecha desd el punto y hora en que los interesados han
hecho inscribir formalmente en el acta su libre consentimiento. En cuanto a lo
que pasa fuera de las bambalinas jurídicas, en la vida real, y a cómo se
expresa ese consentimiento, no es ello cosa que pueda inquietar a la ley ni al
legista. Y sin embargo, la más sencilla comparación del derecho de los
distintos países debiera mostrar al jurisconsulto lo que representa ese libre
consentimiento. En los países donde la ley asegura a los hijos la herencia de
una parte de la fortuna paterna, y donde, por consiguiente, no pueden ser
desheredados -en Alemania, en los países que siguen el Derecho francés, etc.-,
los hijos necesitan el consentimiento de los padres para contraer matrimonio.
En los países donde se practica el derecho inglés, donde el consentimiento
paterno no es la condición legal del matrimonio, los padres gozan también de
absoluta libertad de testar, y pueden desheredar a su antojo a los hijos. Claro
es que, a pesar de ello, y aun por ello mismo, entre las clases que tienen algo
que heredar, la libertad para contraer matrimonio no es, de hecho, ni un ápice
mayor en Inglaterra y en América que en Francia y en Alemania.
No es mejor el Estado de cosas en cuanto a igualdad jurídica
del hombre y de la mujer en el matrimonio. Su desigualdad legal, que hemos
heredado de condiciones sociales anteriores, no es causa, sino efecto, de la
opresión económica de la mujer. En el antiguo hogar comunista, que comprendía
numerosas parejas conyugales con sus hijos, la dirección del hogar, confiada a
las mujeres, era también una industria socialmente tan necesaria como el
cuidado de proporcionar los víveres, cuidado que se confió a los hombres. Las
cosas cambiaron con la familia patriarcal y aún más con la familia individual
monogámica. El gobierno del hogar perdió su carácter social. La sociedad ya no
tuvo nada que ver con ello. El gobierno del hogar se transformó en servicio
privado; la mujer se convirtió en la criada principal, sin tomar ya parte en la
producción social. Sólo la gran industria de nuestros días le ha abierto de
nuevo -aunque sólo a la proletaria- el camino de la producción social. Pero
esto se ha hecho de tal suerte, que si la mujer cumple con sus deberes en el
servicio privado de la familia, queda excluida del trabajo social y no puede
ganar nada; y si quiere tomar parte en la gran industria social y ganar por su
cuenta, le es imposible cumplir con los deberes de la familia. Lo mismo que en
la fábrica, le acontece a la mujer en todas las ramas del trabajo, incluidas la
medicina y la abogacía. La familia individual moderna se funda en la esclavitud
doméstica franca o más o menos disimulada de la mujer, y la sociedad moderna es
una masa cuyas moléculas son las familias individuales. Hoy, en la mayoría de
los casos, el hombre tiene que ganar los medios de vida, que alimentar a la
familia, por lo menos en las clases poseedoras; y esto le da una posición
preponderante que no necesita ser privilegiada de un modo especial por la ley.
El hombre es en la familia el burgués; la mujer representa en ella al
proletario. Pero en el mundo industrial el carácter específico de la opresión
económica que pesa sobre el proletariado no se manifiesta en todo su rigor sino
una vez suprimidos todos los privilegios legales de la clase de los
capitalistas y jurídicamente establecida la plena igualdad de las dos clases.
La república democrática no suprime el antagonismo entre las dos clases; por el
contrario, no hace más que suministrar el terreno en que se lleva a su término
la lucha por resolver este antagonismo. Y, de igual modo, el carácter
particular del predominio del hombre sobre la mujer en la familia moderna, así
como la necesidad y la manera de establecer una igualdad social efectiva de
ambos, no se manifestarán con toda nitidez sino cuando el hombre y la mujer
tengan, según la ley, derechos absolutamente iguales. Entonces se verá que la
manumisión de la mujer exige, como condición primera, la reincorporación de
todo el sexo femenino a la industria social, lo que a su vez requiere que se
suprima la familia individual como unidad económica de la sociedad.
* * *
Como hemos visto, hay tres formas principales de matrimonio,
que corresponden aproximadamente a los tres estadios fundamentales de la
evolución humana. Al salvajismo corresponde el matrimonio por grupos; a la
barbarie, el matrimonio sindiásmico; a la civilización, la monogamia con sus
complementos, el adulterio y la prostitución. Entre el matrimonio sindiásmico y
la monogamia se intercalan, en el sentido superior de la barbarie, la sujeción
de las mujeres esclavas a los hombres y la poligamia.
Según lo ha demostrado todo lo antes expuesto, la peculiaridad
del progreso que se manifiesta en esta sucesión consecutiva de formas de
matrimonio consiste en que se ha ido quitando más y más a las mujeres, pero no
a los hombres, la libertad sexual del matrimonio por grupos. En efecto, el
matrimonio por grupos sigue existiendo hoy para los hombres. Lo que es para la
mujer un crimen de graves consecuencias legales y sociales, se considera muy
honroso para el hombre, o a lo sumo como una ligera mancha moral que se lleva
con gusto. Pero cuanto más se modifica en nuestra época el heterismo antiguo
por la producción capitalista de mercancías, a la cual se adapta, más se
transforma en prostitución descocada y más desmoralizadora se hace su
influencia. Y, a decir verdad, desmoraliza mucho más a los hombres que a las
mujeres. La prostitución, entre las mujeres, no degrada sino a las infelices
que cae en sus garras y aun a éstas en grado mucho menor de lo que suele
creerse. En cambio, envilece el carácter del sexo masculino entero. Y así es de
advertir que el noventa por ciento de las veces el noviazgo prolongado es una
verdadera escuela preparatoria para la infidelidad conyugal.
Caminamos en estos momentos hacia una revolución social en que
las bases económicas actuales de la monogamia desaparecerán tan seguramente
como las de la prostitución, complemento de aquélla. La monogamia nació de la
concentración de grandes riquezas en las mismas manos -las de un hombre- y del
deseo de transmitir esas riquezas por herencia a los hijos de este hombre,
excluyendo a los de cualquier otro. Por eso era necesaria la monogamia de la
mujer, pero no la del hombre; tanto es así, que la monogamia de la primera no
ha sido el menor óbice para la poligamia descarada u oculta del segundo. Pero la
revolución social inminente, transformando por lo menos la inmensa mayoría de
las riquezas duraderas hereditarias -los medios de producción- en propiedad
social, reducirá al mínimum todas esas preocupaciones de transmisión
hereditaria. Y ahora cabe hacer esta pregunta: habiendo nacido de causas
económicas la monogmia, ¿desaparecerá cuando desaparezcan esas causas?.
Podría responderse no sin fundamento: lejos de desaparecer, más
bien se realizará plenamente a partir de ese momento. Porque con la transformación
de los medios de producción en propiedad social desaparecen el trabajo
asalariado, el proletariado, y, por consiguiente, la necesidad de que se
prostituyan cierto número de mujeres que la estadística puede calcular.
Desaparece la prostitución, y en vez de decaer, la monogamia llega por fin a
ser una realidad, hasta para los hombres.
En todo caso, se modificará mucho la posición de los hombres.
Pero también sufrirá profundos cambios la de las mujeres, la de todas ellas. En
cuanto los medios de producción pasen a ser propiedad común, la familia
individual dejará de ser la unidad económica de la sociedad. La economía
doméstica se convertirá en un asunto social; el cuidado y la educación de los
hijos, también. La sociedad cuidará con el mismo esmero de todos los hijos,
sean legítimos o naturales. Así desaparecerá el temor a "las
consecuencias", que es hoy el más importante motivo social -tanto desde el
punto de vista moral como desde el punto de vista económico- que impide a una
joven soltera entregarse libremente al hombre a quien ama. ¿No bastará eso para que se desarrollen
progresivamente unas relaciones sexuales más libres y también para hacer a la
opinión pública menos rigorista acerca de la honra de las vírgenes y la
deshonra de las mujeres?. Y, por último, ¿no hemos visto que en el mundo
moderno la prostitución y la monogamia, aunque antagónicas, son inseparables,
como polos de un mismo orden social?. ¿Puede desaparecer la prostitución sin
arrastrar consigo al abismo a la monogamia?.
Ahora interviene un elemento nuevo, un elemento que en la época
en que nació la monogamia existía a lo sumo en germen: el amor sexual
individual.
Antes de la Edad Media no puede hablarse de que existiese amor
sexual individual. Es obvio que la belleza personal, la intimidad, las
inclinaciones comunes, etc., han debido despertar en los individuos de sexo
diferente el deseo de relaciones sexuales; que tanto para los hombres como para
las mujeres no era por completo indiferente con quién entablar las relaciones
más íntimas. Pero de eso a nuestro amor sexual individual aún media muchísima
distancia. En toda la antigüedad son los padres quienes conciertan las bodas en
vez de los interesados; y éstos se conforman tranquilamente. El poco amor
conyugal que la antigüedad conoce no es una inclinación subjetiva, sino más
bien un deber objetivo; no es la base, sino el complemento del matrimonio. El
amor, en el sentido moderno de la palabra, no se presenta en la antigüedad sino
fuera de la sociedad oficial. Los pastores cuyas alegrías y penas de amor nos
cantan Teócrito y Moscos o Longo en su "Dafnis y Cloe" son simples
esclavos que no tienen participación en el Estado, esfera en que se mueve el ciudadano
libre. Pero fuera de los esclavos no encontramos relaciones amorosas sino como
un producto de la descomposición del mundo antiguo al declinar éste; por
cierto, son relaciones mantenidas con mujeres que también viven fuera de la
sociedad oficial, son heteras, es decir, extranjeras o libertas: en Atenas en
vísperas de su caída y en Roma bajo los emperadores. Si había allí relaciones
amorosas entre ciudadanos y ciudadanas libres, todas ellas eran mero adulterio.
Y el amor sexual, tal como nosotros lo entendemos, era una cosa tan indiferente
para el viejo Anacreonte, el cantor clásico del amor en la antigüedad, que ni
siquiera le importaba el sexo mismo de la persona amada.
Nuestro amor sexual difiere esencialmente del simple deseo
sexual, del "eros" de los antiguos. En primer término, supone la
recipropidad en el ser amado; desde este punto de vista, la mujer es en él
igual que el hombre, al paso que en el "eros" antiguo se está lejos
de consultarla siempre. En segundo término, el amor sexual alcanza un grado de
intensidad y de duración que hace considerar a las dos partes la falta de
relaciones íntimas y la separación como una gran desventura, si no la mayor de
todas; para poder ser el uno del otro, no se retrocede ante nada y se llega
hasta jugarse la vida, lo cual no sucedía en la antigüedad sino en caso de
adulterio. Y, por último, nace un nuevo criterio moral para juzgar las
relaciones sexuales. Ya no se pregunta solamente: ¿Son legítimas o ilegítimas?,
sino también: ¿Son hijas del amor y de un afecto recíproco?. Claro es que en la
práctica feudal o burguesa este criterio no se respeta más que cualquier otro
criterio moral, pero tampoco menos: lo mismo que los otros cirterios, está
reconocido en teoría, en el papel. Y por el momento, no puede pedirse más.
La Edad Media arranca del punto en que se detuvo la antigüedad,
con su amor sexual en embrión, es decir, arranca del adulterio. Ya hemos
pintado el amor caballeresco, que engendró los "Tagelieder". De este
amor, que tiende a destruir el matrimonio, hasta aquel que debe servirle de
base, hay un largo trecho que la caballería jamás cubrió hasta el fin. Incluso
cuando pasamos de los frívolos pueblos latinos a los virtuosos alemanes, vemos
en el poema de los "Nibelungos" que Krimhilda, aunque en silencio
está tan enamorada de Sigfrido como éste de ella, responde sencillamente a
Gunther, cuando éste le anuncia que la ha prometido a un caballero, de quien
calla el nombre: "No tenéis necesidad de suplicarme; haré lo que me
ordenáis; estoy dispuesta de buena voluntad, señor, a unirme con aquel que me
deis por marido". No se le ocurre de ningún modo a Krimhilda la idea de
que su amor pueda ser tenido en cuenta para nada. Gunther pide en matrimonio a
Brunilda y Etzel a Krimhilda, sin haberlas visto nunca. De igual manera
Sigebant de Irlanda busca en "Gudrun" a la noruega Ute, Hetel de
Hegelingen a Hilda de Irlanda, y, en fin, Sigfrido de Morlandia, Hartmut de
Ormania y Herwig de Seelandia piden los tres la mano de Gudrun; y sólo aquí
sucede que ésta se pronuncia libremente a favor del último. Por lo común, la
futura del joven príncipe es elegida por los padres de éste si aún viven o, en
caso contrario, por él mismo, aconsejado por los grandes feudatarios, cuya
opinión, en estos casos, tiene gran peso. Y no puede ser de otro modo, por
supuesto. Para el caballero o el barón, como para el mismo príncipe, el
matrimonio es un acto político, una cuestión de aumento de poder mediante
nuevas alianzas; el interés de "la casa" es lo que decide, y no las
inclinaciones del individuo. ¿Cómo podía entonces corresponder al amor la
última palabra en la concertación del matrimonio?.
Lo mismo sucede con los burgueses de los gremios en las
ciudades de la Edad Media. Precisamente sus privilegios protectores, las
cláusulas de los reglamentos gremiales, las complicadas líneas fronterizas que
separaban legalmente al burgués, acá de las otras corporaciones gremiales, allá
de sus propios colegas de gremio o de sus fieles aprendices, hacían harto
estrecho el círculo dentro del cual podía buscarse una esposa adecualda para
él. Y en este complicado sistema, evidentemente no era su gusto personal, sino
el interés de la familia lo que decidía cuál era la mujer que le convenía
mejor.
Así, en los más de los casos, y hasta el final de la Edad Media,
el matrimonio siguió siendo lo que había sido desde su origen: un trato que no
cerraban las partes interesadas. Al principio, se venía ya casado al mundo,
casado con todo un grupo de seres del otro sexo. En la forma ulterior del
matrimonio por grupos, verosímilmente existían análogas condiciones, pero con
estrechamiento progresivo del círculo. En el matrimonio sindiásmico es regla
que las madres convengan entre sí el matrimonio de sus hijos; también aquí, el
factor decisivo es el deseo de que los nuevos lazos de parentesco robustezcan
la posición de la joven pareja en la gens y en la tribu. Y cuando la propiedad
individual se sobrepuso a la propiedad colectiva, cuando los intereses de la
transmisión hereditaria hicieron nacer la preponderancia del derecho paterno y
de la monogamia, el matrimonio comenzó a depender por entero de consideraciones
económicas. Desaparece la forma de matrimonio por compra; pero en esencia
continúa practicándose cada vez más y más, y de modo que no sólo la mujer tiene
su precio, sino también el hombre, aunque no según sus cualidades personales,
sino con arreglo a la cuantía de sus bienes. En la práctica y desde el
principio, si había alguna cosa inconcebible para las clases dominantes, era
que la inclinación recíproca de los interesados pudiese ser la razón por
excelencia del matrimonio. Esto sólo pasaba en las novelas o en las clases
oprimidas, que no contaban para nada.
Tal era la situación con que se encontró la producción
capitalista cuando, a partir de la era de los descubrimientos geográficos, se
puso a conquistar el imperio del mundo mediante el comercio universal y la
industria manufacturera. Es de suponer que este modo de matrimonio le convenía
excepcionalmente, y así era en verdad. Y, sin embargo -la ironía de la historia
del mundo es insondable-, era precisamente el capitalismo quien había de abrir
en él la brecha decisiva. Al transformar todas las cosas en mercaderías, la
producción capitalista destruyó todas las relaciones tradicionales del pasado y
reemplazó las costumbres heredadas y los derechos históricos por la
compraventa, por el "libre" contrato. El jurisconsulto inglés H.S.
Maine ha creído haber hecho un descubrimiento extraordinario al decir que
nuestro progreso respecto a las épocas anteriores consiste en que hemos pasado
"from status to contract" (del estatuto al contrato), es decir, de un
orden de cosas heredado a uno libremente consentido, lo que, en cuanto es así,
lo dijo ya el el "Manifiesto Comunista".
Pero para contratar se necesita gentes que puedan disponer
libremente de su persona, de sus acciones y de sus bienes y que gocen de los
mismos derechos. Crear esas personas "libres" e "iguales"
fue precisamente una de las principales tareas de la producción capitalista.
Aun cuando al principio esto no se hizo sino de una manera medio inconsciente
y, por añadidura, bajo el disfraz de la religión, a contar desde la Reforma
luterana y calvinista quedó firmemente asentado el principio de que el hombre
no es completamente responsable de sus acciones sino cuando las comete en pleno
albedrío y que es un deber ético oponerse a todo lo que constriñe a un acto
inmoral. pero, ¿cómo poder de acuerdo este principio con las prácticas usuales
hasta entonces para concertar el matrimonio? Según el concepto burgués, el matrimonio
era un contrato, una cuestión de Derecho, y, por cierto, la más importante de
todas, pues disponía del cuerpo y del alma de dos seres humanos para toda su
vida. Verdad es que, en aquella época, el matrimonio era concierto formal de
dos voluntades; sin el "sí" de los interesados no se hacía nada. Pero
harto bien se sabía cómo se obtenía el "sí" y cuáles eran los
verdaderos autores del matrimonio. Sin embargo, puesto que para todos los demás
contratos se exigía la libertad real para decidirse, ¿por qué no era exigida en
éste? Los jóvenes que debían ser unidos, ¿no tenían también el derecho de
disponer libremente de si mismos, de su cuerpo y de sus órganos? ¿No se había
puesto de moda, gracias a la caballería, el amor sexual? ¿Acaso en contra del
amor adúltero de la caballería, no era el conyugal su verdadera forma burguesa?
Pero si el deber de los esposos era amarse recíprocamente, ¿no era tan deber de
los amantes no casarse sino entre sí y con ninguna otra persona? Y este derecho
de los amantes, ¿no era superior al derecho del padre y de la madre, de los
parientes y demás casamenteros y apareadores tradicionales? Desde el momento en
que el derecho al libre examen personal penetraba en la Iglesia y en la
religión, ¿podía acaso detenerse ante la intolerable pretensión de la
generación vieja de disponer del cuerpo, del alma, de los bienes de fortuna, de
la ventura y de la desventura de la generación más joven?.
Por fuerza debían de suscitarse estas cuestiones en un tiempo
que relajaba todos los antiguos vínculos sociales y sacudía los cimientos de
todas las concepciones heredadas. De pronto habíase hecho la Tierra diez veces
más grande; en lugar de la cuarta parte de un hemisferio, el globo entero se
extendía ante los ojos de los europeos occidentales, que se apresuraron a tomar
posesión de las otras siete cuartas partes. Y, al mismo tiempo que las antiguas
y estrechas barreras del país natal, caían las milenarias barreras puestas al
pensamiento en la Edad Media. Un horizonte infinitamente más extenso se abría
ante los ojos y el espíritu del hombre. ¿Qué importancia podían tener la
reputación de honorabilidad y los respetables privilegios corporativos,
transmitidos de generación en generación, para el joven a quien atraían las
riquezas de las Indias, las minas de oro y plata de México y del Potosí?
Aquella fue la época de la caballería andante de la burguesía; porque también
ésta tuvo su romanticismo y su delirio amoroso, pero sobre un pie burgués y con
miras burguesas al fin y a la postre.
Así sucedió que la burguesía naciente, sobre todo la de los
países protestantes, donde se conmovió de una manera más profunda el orden de
cosas existente, fue reconociendo cada vez más la libertad del contrato para el
matrimonio y puso en práctica su teoría del modo que hemos descrito. El
matrimonio continuó siendo matrimonio de clase, pero en el seno de la clase
concedióse a los interesados cierta libertad de elección. Y en el papel, tanto
en la teoría moral como en las narraciones poéticas, nada quedó tan
inquebrantablemente asentado como la inmoralidad de todo matrimonio no fundado
en un amor sexual recíproco y en contrato de los esposos efectivamente libre.
En resumen: quedaba proclamado como un derecho del ser humano el matrimonio por
amor; y no sólo como derecho del hombre (droit de l'homme), sino que también y,
por excepción, como un derecho de la mujer (droit de la femme).
Pero este derecho humano difería en un punto de todos los demás
derechos del hombre. Al paso que éstos en la práctica se reservaban a la clase
dominante, a la burguesía, para la clase oprimida, para el proletariado,
reducíanse directa o indirectamente a letra muerta, y la ironía de la historia
confírmase aquí una vez más. La clase dominante prosiguió sometida a las
influencias económicas conocidas y sólo por excepción presenta casos de
matrimonios concertados verdaderamente con toda libertad; mientras que éstos,
como ya hemos visto, son la regla en las clases oprimidas.
Por tanto, el matrimonio no se concertará con toda libertad
sino cuando, suprimiéndose la producción capitalista y las condiciones de
propiedad creadas por ella, se aparten las consideraciones económicas
accesorias que aún ejercen tan poderosa influencia sobre la elección de los
esposos. Entonces el matrimonio ya no tendrá más causa determinante que la
inclinación recíproca.
Pero dado que, por su propia naturaleza, el amor sexual es
exclusivista -aun cuando en nuestros días ese exclusivismo no se realiza nunca
plenamente sino en la mujer-, el matrimonio fundado en el amor sexual es, por
su propia naturaleza, monógamo. Hemos visto cuánta razón tenía Bachofen cuando
consideraba el progreso del matrimonio por grupos al matrimonio por parejas
como obra debida sobre todo a la mujer; sólo el paso del matrimonio sindiásmico
a la monogamia puede atribuirse al hombre e históricamente ha consistido, sobre
todo, en rebajar la situación de las mujeres y facilitar la infidelidad de los
hombres. Por eso, cuando lleguen a desaparecer las consideraciones económicas
en virtud de las cuales las mujeres han tenido que aceptar esta infidelidad
habitual de los hombres -la preocupación por su propia existencia y aún más por
el porvenir de los hijos-, la igualdad alcanzada por la mujer, a juzgar por
toda nuestra experiencia anterior, influirá mucho más en el sentido de hacer
monógamos a los hombres que en el de hacer poliandras a las mujeres.
Pero lo que sin duda alguna desaparecerá de la monogamia son
todos los caracteres que le han impreso las relaciones de propiedad a las
cuales debe su origen. Estos caracteres son, en primer término, la
preponderancia del hombre y, luego, la indisolubilidad del matrimonio. La
preponderancia del hombre en el matrimonio es consecuencia, sencillamente, de
su preponderancia económica, y desaparecerá por sí sola con ésta. La
indisolubilidad del matrimonio es consecuencia, en parte, de las condiciones
económicas que engendraron la monogamia y, en parte, una tradición de la época
en que, mal comprendida aún, la vinculación de esas condiciones económicas con
la monogamia fue exagerada por la religión. Actualmente está desportillada ya
por mil lados. Si el matrimonio fundado en el amor es el único moral, sólo
puede ser moral el matrimonio donde el amor persiste. Pero la duración del
acceso del amor sexual es muy variable según los individuos, particularmente
entre los hombres; en virtud de ello, cuando el afecto desaparezca o sea
reemplazado por un nuevo amor apasionado, el divorcio será un beneficio lo
mismo para ambas partes que para la sociedad. Sólo que deberá ahorrarse a la
gente el tener que pasar por el barrizal inútil de un pleito de divorcio.
Así, pues, lo que podemos conjeturar hoy acerca de la regularización
de las relaciones sexuales después de la inminente supresión de la producción
capitalista es, más que nada, de un orden negativo, y queda limitado,
principalmente, a lo que debe desaparecer. Pero, ¿qué sobrevendrá? Eso se verá
cuando haya crecido una nueva generación: una generación de hombres que nunca
se hayan encontrado en el caso de comprar a costa de dinero, ni con ayuda de
ninguna otra fuerza social, el abandono de una mujer; y una generación de
mujeres que nunca se hayan visto en el caso de entregarse a un hombre en virtud
de otras consideraciones que las de un amor real, ni de rehusar entregarse a su
amante por miedo a las consideraciones económicas que ello pueda traerles. Y
cuando esas generaciones aparezcan, enviarán al cuerno todo lo que nosotros
pensamos que deberían hacer. Se dictarán a sí mismas su propia conducta, y, en
consonancia, crearán una opinión pública para juzgar la conducta de cada uno.
¡Y todo quedará hecho!.
Pero volvamos a Morgan, de quien nos hemos alejado mucho. El
estudio histórico de las instituciones sociales que se han desarrollado durante
el período de la civilización excede de los límites de su libro. Por eso se
ocupa muy poco de los destinos de la monogamia durante este período. También él
ve en el desarrollo de la familia monogámica un progreso, una aproximación de
la plena igualdad de derechos entre ambos sexos, sin que estime, no obstante,
que ese objetivo se ha conseguido aún. Pero -dice-: "Si se reconoce el
hecho de que la familia ha atravesado sucesivamente por cuatro formas y se
encuentra en la quinta actualmente, plantéase la cuestión de saber si esta
forma puede ser duradera en el futuro. Lo único que puede responderse es que
debe progresar a medida que progrese la sociedad, que debe modificarse a medida
que la sociedad se modifique; lo mismo que ha sucedido antes. Es producto del
sistema social y reflejará su estado de cultura. Habiéndose mejorado la familia
monogámica desde los comienzos de la civilización, y de una manera muy notable
en los tiempos modernos, lícito es, por lo menos, suponerla capaz de seguir
perfeccionándose hasta que se llegue a la igualdad entre los dos sexos. Si en
un porvenir lejano, la familia monogámica no llegase a satisfacer las
exigencias de la sociedad, es imposible predecir de qué naturaleza sería la que
le sucediese".
I I I
L A G E N S
I R O Q U E S A
Llegamos ahora a otro descubrimiento de Morgan que es, por lo
menos, tan importante como la reconstrucción de la forma primitiva de la
familia basándose en los sistemas de parentesco. La prueba de que los grupos de
consanguíneos designados por medio de nombres de animales en el seno de una
tribu de indios americanos son esencialmente idénticos a las "genea"
de los griegos, a las "gentes" de los romanos; de que la forma
americana es la forma original de la gens, siendo la forma grecorromana una
forma posterior derivada; de que toda la organización social de los griegos y
romanos de los tiempos primitivos en gens, fatria y tribu, encuentra su
paralelo fiel en la organización indoamericana; de que la gens (en cuanto
podemos juzgar por nuestras fuentes de conocimiento) es una institución común a
todos los bárbaros hasta su paso a la civilización y después de él; esta prueba
ha esclarecido de golpe las partes más difíciles de la antigua historia griega
y romana y nos ha revelado inesperadamente los rasgos fundamentales del régimen
social de la época primitiva anterior a la aparición del Estado. Por muy
sencilla que parezca la cosa una vez conocida, Morgan no la descubrió hasta los
últimos tiempos. En su anterior obra, dada a la luz en 1871, no había llegado
aún a penetrar ese secreto, cuyo descubrimiento ha hecho callar por algún
tiempo a los historiadores ingleses de la época primitiva, tan llenos de
seguridad en sí mismos.
La palabra latina gens, que Morgan emplea para este grupo de
consanguíneos, procede, como la palabra griega del mismo significado, genos, de
la raíz aria común gan (en alemán -donde, según la regla, la g aria debe ser
reemplazada por la k- kan), que significa "engendrar". Las palabras
gens en latín, genos en griego, dschanas en sánscrito, kuni en gótico (según la
regla anterior), kyn en antiguo escandinavo y anglosajón, kin en inglés, y
künns en medio-alto-alemán, significan de igual modo linaje, descendencia. Pero
gens en latín o genos en griego se emplean esencialmente para designar ese
grupo que se jacta de constituir una descendencia común (del padre común de la
tribu, en el presente caso) y que está unido por ciertas instituciones sociales
y religiosas, formando una comunidad particular, cuyo origen y cuya naturaleza
han estado oscuros hasta ahora, a pesar de todo, para nuestros historiadores.
Ya hemos visto anteriormente, en la familia punalúa, lo que es en su forma
primitiva la gens. Compónese de todas las personas que, por el matrimonio
punalúa y según las concepciones que en él dominan necesariamente, forman la
descendencia reconocida de una antecesora determinada, fundadora de la gens.
Siendo incierta la paternidad en esta forma de familia, sólo cuenta la
filiación femenina. Como los hermanos no se pueden casar con sus hermanas, sino
con mujeres de otro origen, los hijos procreados con estas mujeres extrañas
quedan fuera de la gens, en virtud del derecho materno. Así, pues, no quedan
dentro del grupo sino los descendientes de las hijas de cada generación; los de
los hijos pasan a las gens de sus respectivas madres. ¿Qué sucede, pues, con
este grupo consanguíneo, así que se construye como grupo aparte, frente a
grupos del mismo género en el seno de una misma tribu?. Como forma clásica de
esa gens primitiva, Morgan toma la de los iroqueses y especialmente la de la
tribu de los senekas. Hay en ésta ocho gens, que llevan nombres de animales:
1ª, lobo; 2ª, oso; 3ª, tortuga; 4ª, castor; 5ª, ciervo; 6ª, becada; 7ª, garza y
8ª, halcón. En cada gens hay las costumbres siguientes.
1. Elige el sachem (representante en tiempo de paz) y el
caudillo (jefe militar). El sachem debe elegirse en la misma gens y sus
funciones son hereditarias en ella, en el sentido de que deben ser ocupadas en
seguida en caso de quedar vacantes. El jefe militar puede elegirse fuera de la
gens, y a veces su puesto puede permanecer vacante. Nunca se elige sachem al
hijo del anterior, por estar vigente entre los iroqueses el derecho materno y
pertenecer, por tanto, el hijo a otra gens, pero con frecuencia se elige al
hermano del sachem anterior o al hijo de su hermana. Todo el mundo, hombres y
mujeres, toman parte en la elección. Pero ésta debe ratificarse por las otras
siete gens, y sólo después de cumplida esta condición es el electo solemnemente
instaurado en su puesto por el consejo común de toda la generación iroquesa.
Más adelante se verá la importancia de este punto. El poder del sachem en el
seno de la gens es paternal, de naturaleza puramente moral. No dispone de
ningún medio coercitivo. Además, ex oficio es miembro del consejo de tribu de
los senekas, así como del consejo de toda la federación iroquesa. El jefe
militar únicamente puede dar órdenes en las expediciones militares.
2. Depone a su discreción al sachem y al caudillo. También en
este caso toman parte en la votación hombres y mujeres juntos. Los dignatarios
depuestos pasan a ser enseguida simples guerreros como los demás, personas
privadas. También el consejo de tribu puede deponer a los sachem, hasta contra
la voluntad de la gens.
3. Ningún miembro tiene derecho a casarse en el seno de la
gens. Esta es la regla fundamental de la gens, el vínculo que la mantiene
unida; es la expresión negativa del parentesco consanguíneo, muy positivo, en
virtud del cual constituyen una gens los individuos comprendidos en ella. Con
el descubrimiento de este sencillo hecho, Morgan ha puesto en claro, por
primera vez, la naturaleza de la gens. Cuán poco se había comprendido ésta
hasta entonces nos lo prueban los relatos que se nos hacían anteriormente
respecto a los salvajes y a los bárbaros, relatos donde la diferentes
agrupaciones cuya reunión forman la organización gentilicia se confunden sin
orden ni concierto dándoles, si hacer diferencia alguna, los nombres de tribu,
clan, thum, etc... y de los cuales dícese de vez en cuando que el matrimonio
está prohibido en el seno de semejantes corporaciones. Tal es el origen de la
irreparable confusión en la que MacLennan, hecho un Napoleón, ha puesto orden
con esta sentencia inapelable. Todas las tribus se dividen en unas donde está
prohibido el matrimonio entre los miembros de la tribu (exógamas), y otras
donde se permite (endógamas). Y después de haber embrollado definitivamente las
cosas, se ha lanzado a las más hondas disquisiciones para establecer cuál de
esas absurdas categorías creadas por él es la más antigua, si la exogamia o la
endogamia. Este absurdo ha concluído por sí solo al descubrirse la gens basada
en el parentesco consanguíneo y la resultante imposibilidad del matrimonio
entre los miembros. Es evidente que en el estadio en que hallamos a los
iroqueses la prohibición del matrimonio dentro de la gens se observa
inviolablemente.
4. La propiedad de los difuntos pasaba a los demás miembros de
la gens, pues no debía salir de ésta. Dada la poca monta de lo que un iroqués
podía dejar a su muerte, la herencia se dividía entre los parientes gentiles
más próximos, es decir, entre sus hermanos y hermanas carnales y el hermano de
su madre, si el difunto era varón, y si era hembra, entre sus hijos y hermanas
carnales, quedando excluidos sus hermanos. Por el mismo motivo, el marido y la
mujer no podían ser herederos uno del otro, ni los hijos serlo del padre.
5. Los miembros de la gens se debían entre sí ayuda y
protección, y sobre todo auxilio mutuo para vengar las injurias hechas por
extraños. Cada individuo confiaba su seguridad a la protección de la gens, y
podía hacerlo; todo el que lo injuriaba, injuriaba a la gens entera. De ahí, de
los lazos de sangre en la gens, nació la obligación de la venganza, que fue
reconocida en absoluto por los iroqueses. Si un extraño a la gens mataba a uno
de sus miembros, la gens entera de la víctima estaba obligada a vengarlo.
Primero se trataba de arreglar el asunto; la gens del matador celebraba consejo
y hacía proposiciones de arreglo pacífico a la de la víctima, ofreciendo casi
siempre la expresión de su sentimiento por lo acaecido y regalos de
importancia; si se aceptaban éstos, el asunto quedaba zanjado. En el caso
contrario, la gens ofendida designaba a uno o a varios vengadores obligados a
perseguir y matar al matador. Si así sucedía, la gens de este último no tenía
ningún derecho a quejarse; quedaban saldadas las cuentas.
6. La gens tiene nombres determinados, o una serie de nombres
que sólo ella tiene derecho a llevar en toda la tribu, de suerte que el nombre
de un individuo indica inmediatamente a qué gens pertenece. Un nombre gentil
lleva vinculados, indisolublemente, derechos gentiles.
7. La gens puede adoptar extraños en su seno, admitiéndoles,
así, en la tribu. Los prisioneros de guerra a quienes no se condenaba a muerte,
se hacían de este modo, al ser adoptados por una de las gens, miembros de la
tribu de los senekas, y con ello entraban en posesión de todos los derechos de
la gens y de la tribu. La adopción se hacía a propuesta individual de algún
miembro de la gens, de algún hombre, que aceptaba al extranjero como hermano o
como hermana, o de alguna mujer que lo aceptaba como hijo; la admisión solemne
en la gens era necesaria en concepto de ratificación. A menudo, gens muy
reducidas en número por causas excepcionales se reforzaban de nuevo así,
adoptando en masa a miembros de otra gens con el consentimiento de esta última.
Entre los iroqueses, la admisión solemne en la gens verificábase en sesión
pública del consejo de tribu, lo que hacía prácticamente de esta solemnidad una
ceremonia religiosa.
8. Es difícil probar en las gens indias la existencia de
solemnidades religiosas especiales; pero las ceremonias religiosas de los
indios están, más o menos, relacionadas con las gens. En las seis fiestas
anuales de los iroqueses, los sachem y los caudillos, en atención a sus cargos,
contábanse entre los "guardianes de la fe" y ejercían funciones
sacerdotales.
9. La gens tiene un lugar común de inhumación. Este ha
desaparecido ya entre los iroqueses del Estado de Nueva York, que hoy viven
apretados en medio de los blancos, pero ha existido en otros tiempos. Todavía
subsiste entre otros indios, por ejemplo entre los tuscaroras, próximos
parientes de los iroqueses. Aun cuando son cristianos, los tuscaroras tienen en
el cementerio una determinada fila de sepulturas para cada gens, de tal suerte
que la madre está enterrada allí en la misma hilera que los hijos, pero no el
padre. Y entre los iroqueses también la gens entera asiste al entierro de un
muerto, se ocupa de la tumba, de los discursos fúnebres, etc...
10. La gens tiene un consejo, la asamblea democrática de los
miembros adultos, hombres y mujeres, todos ellos con el mismo derecho de voto.
Este consejo elige y depone a los sachem y a los caudillos, así como a los
demás "guardianes de la fe"; decide el precio de la sangre
("Wergeld") o la venganza por el homicidio de un miembro de la gens; adopta
a los extranjeros en la gens. En resumen, es el poder soberano en la gens.
Tales son las atribuciones de una gens india típica.
"Todos sus miembros son individuos libres, obligados a proteger cada uno
la libertad de los otros; son iguales en derechos personales, ni los sachem ni
los caudillos pretenden tener ninguna especie de preeminencia; todos forman una
comunidad fraternal, unida por los vínculos de la sangre. Libertad, igualdad y
fraternidad; ésos son, aunque nunca formulados, los principios cardinales de la
gens, y esta última es, a su vez, la unidad de todo un sistema social, la base
de la sociedad india organizada. Eso explica el indomable espíritu de
independencia y la dignidad que todo el mundo nota en los indios".
En la época del descubrimiento, los indios de toda la América
del Norte estaban organizados en gens con arreglo al derecho materno. Sólo en
algunas tribus, como entre los dacotas, la gens estaba en decadencia y en
otras, como entre los ojibwas y los omahas, estaba organizada con arreglo al
derecho paterno.
En numerosísimas tribus indias que comprenden más de cinco o
seis gens encontramos cada tres, cuatro o más de éstas reunidas en un grupo
particular, que Morgan, traduciendo fielmente el nombre indio, llama fratria
(hermandad), como su correspondiente griego. Así, los senekas tienen dos
fratrias: la primera comprende las gens 1-4, y la segunda las gens 5-8. Un
estudio más profundo muestra que estas fratrias representan casi siempre las
gens primitivas en que se escindió al principio la tribu; porque dada la
prohibición del matrimonio en el seno de la gens, cada tribu debía
necesariamente comprender por lo menos dos gens para tener una existencia
independiente. A medida que la tribu aumentaba en número, cada gens volvía a
escindirse en dos o más, que desde entonces aparecían cada una de ellas como
una gens particualr; al paso que la gens primitiva, que comprende todas las
gens hijas, continúa existiendo como fratria. Entre los Senekas y la mayor
parte de los indios, las gens de una de las fratrias son hermanas entre sí, al
paso que las de la otra son primas suyas, nombres que, como hemos visto, tienen
en el sistema de parentesco americano un significado muy real y muy expresivo.
Originariamente ningún seneka podía casarse en el seno de su fratria; sin
embargo, esta usanza desapareció muy pronto, quedando limitada a la gens. Según
una tradición que circula entre los senekas, el "oso" y el
"ciervo" fueron las dos gens primitivas, de las que se desprendieron
con el tiempo las demás. Una vez arraigada, esa nueva organización fue
modificándose con arreglo a las necesidades; si se extinguían las gens de una
fratria, hacíase pasar a veces a ella gens enteras de otras fratrias. Por eso
encontramos en diferentes tribus gens del mismo nombre agrupadas en distintas
fratrias.
Las funciones de la fratria entre los iroqueses son en parte
sociales, en parte religiosas. 1) Las fratrias juegan a la pelota una contra
otra; cada una designa a sus mejores jugadores; los demás indios, formando
grupos por fratrias, observan el juego y apuestan por la victoria de los suyos.
2) En el consejo de tribu se sientan juntos los sachem y los caudillos de cada
fratria, colocándose frente a frente los dos grupos; cada orador habla a los
representantes de cada fratria como a una corporación particular. 3) Si en la
tribu se cometía un homicidio, sin pertenecer a la misma fratria el matador y
la víctima, la gens ofendida apelaba a menudo a sus gens hermanas, que
celebraban un consejo de fratria y se dirigían a la otra fratria como
corporación con el fin de que ésta convocase igualmente un consejo para
arreglar pacíficamente el asunto. En este caso, la fratria aparece de nuevo
como la gens primitiva, y con muchas más probabilidades de buen éxito que la
gens individual, más débil, hija suya. 4) En caso de defunción de personajes
importantes, la fratria opuesta se encargaba de organizar y dirigir las
ceremonias de los funerales, mientras la fratria de los difuntos participaba en
ellas como parientes en duelo. Si moría un sachem, la fratria opuesta anunciaba
la vacante de su cargo en el consejo de los iroqueses. 5) Cuando se elegía
sachem, intervenía igualmente el consejo de la fratria. Solía considerarse como
casi segura la ratificación del electo por las gens hermanas; pero las gens de
la otra fratria podían oponerse a ella. En tal caso reuníase el consejo de esta
fratria, si la oposición era mantenida, la elección se declaraba nula. 6) Al
principio, tenían los iroqueses misterios religiosos particulares, llamados por
los blancos "medicine lodges". Celebrábanse estos misterios entre
cada una de las fratrias, que tenían un ritual especialmente establecido para
la iniciación de nuevos miembros. 7) Si, como es casi seguro, los cuatro
linajes (gens) que habitaban por el tiempo de la conquista en los cuatro
barrios de Tlaxcala eran cuatro fratrias, esto prueba que las fratrias
constituían también unidades militares, lo mismo que entre los griegos y en
otras uniones gentilicias análogas entre los germanos; cada uno de esos cuatro linajes
iba a la guerra como ejército independiente, con su uniforme y su bandera
particulares, y al mando de su propio jefe.
Así como varias gens forman una fratria, de igual modo, en la
forma clásica, varias fratrias constituyen una tribu; en algunos casos, en las
tribus muy débiles falta el eslabón intermedio, la fratria. ¿Qué es, pues, lo
que caracteriza a una tribu india de América?.
1. Un territorio propio y un nombre particular. Fuera del sitio
donde estaba asentada verdaderamente. Cada tribu poseía además un extenso
territorio para la caza y la pesca. Detrás de éste se extendía una ancha zona
neutral, que llegaba hasta el territorio de la tribu más próxima, zona que era
más estrecha entre las tribus de la misma lengua, y más ancha entre las que no tenían
el mismo idioma. Esta zona venía a ser lo que el bosque limítrofe de los
germanos, el desierto que los suevos César creaban alrededor de su territorio,
el "ísarnholt" (en dinamarqués "jarnved", limes
Danicus") entre daneses y alemanes, el "sachsenwald" y el
"branibor" (eslavo: bosque protector), que dio su nombre al
Brandeburgo, entre alemanes y eslavos. Este territorio, comprendido dentro de
fronteras tan inciertas, era el país común de la tribu, reconocido como tal por
las tribus vecinas y que ella misma defendía contra los invasores. En la
mayoría de los casos, la imprecisión de las fronteras no suscitó en la práctica
inconvenientes, sino cuando la población hubo crecido de modo considerable. Los
nombres de las tribus parecen debidos a la casualidad más que a una elección
razonada; con el tiempo sucedió a menudo que una tribu era conocida entre sus
vecinas con un nombre distinto del que ella misma se daba, como ocurrió con los
alemanes, a quienes los celtas llamaron "germanos", siendo éste su
primer nombre histórico colectivo.
2. Un dialecto particular propio de esta sola tribu. De hecho,
la tribu y el dialecto son substancialmente una y la misma cosa. La formación
de nuevas tribus y nuevos dialectos, a consecuencia de una escisión, acontecía
hace aún poco en América, y todavía no debe haber cesado por completo. Allí
donde dos tribus debilitadas se funden en una sola, ocurre, excepcionalmente,
que en la misma tribu se hallan dos dialectos muy próximos. La fuerza numérica
media de las tribus americanas es de unas dos mil almas; sin embargo, los
cheroquees son veinteséis mil, el mayor número de indios de los Estados Unidos
que hablan un mismo dialecto.
3. El derecho de dar solemnemente posesión a su cargo a los
sachem y los caudillos elegidos por las gens.
4. El derecho de exonerarlos hasta contra la voluntad de sus
respectivas gens. Como los sachem y los jefes militares son miembros del
consejo de tribu, estos derechos de la tribu respecto a ellos se explican de
por sí. Allí donde se ha formado una federación de tribus y donde el conjunto
de éstas se halla representado por un consejo federal, esos derechos pasan a
este último.
5. Ideas religiosas (mitología) y ceremonias del culto comunes.
"Los indios eran, a su manera bárbara, un pueblo religioso". Su
mitología no ha sido aún objeto de investigaciones críticas. Personificaban ya
sus ideas religiosas -espíritus de todas clases-, pero el estadio inferior de
la barbarie en el cual estaban no conoce aún representaciones plásticas, lo que
se llama ídolos. Es el de ellos un culto de la naturaleza y de los elementos
que tiende al politeismo. Las diferentes tribus tenían sus fiestas regulares,
con formas de culto determinadas, principalmente el baile y los juegos. La
danza, sobre todo, era una parte esencial de todas las solemnidades religiosas.
Cada tribu celebraba en particular sus propias fiestas.
6. Un consejo de tribu para los asuntos comunes. Componíase de
lso sachem y los caudillos de todas las gens, sus representantes reales, puesto
que eran siempre revocables. El consejo deliberaba públicamente, en medio de
los demás miembros de la tribu, quienes tenían derecho a tomar la palabra y
hacer oir su opinión; el consejo decidía. Por regla general, todo asistente al
acto era oído a petición suya; también las mujeres podían expresar su parecer
mediante un orador elegido por ellas. Entre los iroqueses, las resoluciones
definitivas debían ser tomadas por unanimidad, como se requería para ciertas
decisiones en las comunidades de las marcas alemanas. El consejo de tribu
estaba encargado, particularmente, de regular las relaciones con las tribus
extrañas. Recibía y mandaba las embajadas, declaraba la guerra y concertaba la
paz. Si llegaba a estallar la guerra, solía hacerse casi siempre valiéndose de
voluntarios. En principio, cada tribu considerábase en estado de guerra con
toda otra tribu con quien expresamente no hubiera convenido un tratado de paz.
Las expediciones contra esta clase de enemigos eran organizadas en la mayoría
de los casos por unos cuantos notables guerreros. Estos ejecutaban una danza
guerrera y todo el que les acompañaba en ella declaraba de ese modo su deseo de
participar en la campaña. Formábase en seguida un destacamento y se ponía en
marcha. De igual manera, grupos de voluntarios solían encargarse de la defensa
del territorio de la tribu atacada. La salida y el regreso de estos grupos de
guerreros daban siempre lugar a festividades públicas. Para esas expediciones
no era necesaria la aprobación del consejo de tribu, y ni se pedía ni se daba.
Eran éstas exactamente como las expediciones particulares de las mesnadas
germanas según las describe Tácito, con la sola diferencia de que los grupos de
guerreros tienen ya entre los germanos un carácter más fijo y constituyen un
sólido núcleo, organizado en tiempos de paz, en torno al cual se agrupan los
demás voluntarios en caso de guerra. Los destacamentos de esta especie rara vez
eran numerosos; las más importantes expediciones de los indios, aun a grandes
distancias, realizábanse con fuerzas insignificantes. Cuando se juntaban varios
de estos destacamentos para acometer una gran empresa, cada uno de ellos
obedecía a su propio jefe; la unidad del plan de campaña asegurábase, bien o
mal, por medio de un consejo de estos jefes. Esta es la manera cómo hacían la
guerra los alemanes del alto Rin en el siglo IV, según la vemos descrita por
Amiano Marcelino.
7. En algunas tribus encontramos un jefe supremo (Oberhäuptling),
cuyas atribuciones son siempre muy escasas. Es uno de los sachem, que, cuando
se requiere una acción rápida, debe tomar medidas provisionales hasta que pueda
reunirse el consejo y tomar las resoluciones finales. Es un débil germen de
poder ejecutivo, germen, que casi siempre queda estéril en el transcurso de la
evolución ulterior; este poder, como veremos, sale en la mayoría de los casos,
si no en todos, del jefe militar supremo (obersten Heerführer).
La gran mayoría de los indios americanos no fue más allá de la
unión en tribus. Estas, poco numerosas, separadas unas de otras por vastas
zonas fronterizas y debilitadas a causa de continuas guerras, ocupaban inmensos
territorios muy poco poblados. Acá y allá formábanse alianzas entre tribus
consanguíneas por efecto de necesidades momentáneas, con las cuales tenían
término. Pero en ciertas comarcas, tribus parientes en su origen y separadas
después, se reunieron de nuevo en federaciones permanentes, dando así el primer
paso hacia la formación de naciones. En los Estados Unidos encontramos la forma
más desarrollada de una federación de esa especie entre los iroqueses.
Abandonando sus residencias del Oeste del Misisipí, donde probablemente habían
formado una rama de la gran familia de los dacotas, se establecieron después en
largas peregrinaciones en el actual Estado de Nueva York, divididos en cinco
tribus: los senekas, los cayugas, los onondagas, los oneidas y los mohawks.
Vivían de la pesca, la caza y una horticultura rudimentaria y habitaban en aldeas,
fortificadas en su mayoría con estacadas. No excedieron nunca de veinte mil;
tenían muchas gens comunales en las cinco tribus, hablaban dialectos
parecidísimos de la misma lengua y ocupaban a la sazón un territorio compacto
repartido entre las cinco tribus. Siendo de conquista reciente ese territorio,
caía de su propio peso la necesidad de la unión habitual de esas tribus frente
a las que ellas habían desposeído. En los primeros años del siglo XV, a más
tardar, se convirtió en una "liga eterna", en una confederación que,
comprendiendo su nueva fuerza, no tardó en tomar un carácter agresivo; y al
llegar a su apogeo, hacia 1675, había conquistado en torno suyo vastos
territorios, a cuyos habitantes había en parte expulsado, en parte hecho
tributarios. La confederación iroquesa presenta la organización social más
desarrollada a que llegaron los indios antes de salir del estadio inferior de
la barbarie, excluyendo, por consiguiente, a los mexicanos, a los neomexicanos
y a los peruanos. Los rasgos principales de la confederación eran los
siguientes:
1. Liga eterna de las cinco tribus consanguíneas basada en su
plena igualdad y en la independencia en todos sus asuntos interiores. Esta
consanguinidad formaba el verdadero fundamento de la liga. De las cinco tribus,
tres llevaban el nombre de tribus madres y eran hermanas entre sí, como lo eran
igualmente las otras dos, que se llamaban tribus hijas. Tres gens -las más
antiguas- tenían aún representantes vivos en todas las cinco tribus, y otras
tres gens, en tres tribus. Los miembros de cada una de estas gens eran hermanos
entre sí en todas las cinco tribus. La lengua común, sin más diferencias que
dialectales, era la expresión y la prueba de la comunidad de origen.
2. El órgano de la liga era un consejo federal de cincuenta
sachem, todos de igual rango y dignidad; este consejo decidía en última
instancia todos los asuntos de la liga.
3. Estos cincuenta títulos de sachem, cuando se fundó la liga,
se distribuyeron entre las tribus y las gens, y eran sus portadores los
representantes de los nuevos cargos expresamente instituídos para las
necesidades de la confederación. A cada vacante eran elegidos de nuevo por las
gens interesadas y podían ser depuestos por ellas en todo tiempo, pero el
derecho de darles posesión de su cargo correspondía al consejo federal.
4. Estos sachem federales lo eran también en sus tribus
respectivas, y tenían voz y voto en el consejo de tribu.
5. Todos los acuerdos del consejo federal debían tomarse por
unanimidad.
6. El voto se daba por tribu, de tal suerte que todas las
tribus, y en cada una de ellas todos los miembros del consejo, debían votar
unánimemente para que se pudiese tomar un acuerdo válido.
7. Cada uno de los cinco consejos de tribu podía convocar al
consejo federal, pero éste no podía convocarse a sí mismo.
8. Las sesiones se celebraban delante del pueblo reunido; cada
iroqués podía tomar la palabra; sólo el consejo decidía.
9. La confederación no tenía ninguna cabeza visible personal,
ningún jefe con poder ejecutivo.
10. Por el contrario, tenía dos jefes de guerra supremos, con
iguales atribuciones y poderes (los dos "reyes" de Esparta, los dos
cónsules de Roma).
Tal es toda la constitución social bajo la que han vivido y
viven aún los iroqueses desde hace más de cuatrocientos años. La he descrito
con detalle, siguiendo a Morgan, porque aquí podemos estudiar la organización
de una sociedad que no conocía aún el Estado. El Estado presupone un poder
público particular, separado del conjunto de los respectivos ciudadanos que lo
componen. Y Maurer reconoce con fiel con fiel instinto la constitución de la
Marca alemana como una institución puramente social diferente por esencia del
Estado, aun cuando más tarde le sirvió en gran parte de base. En todos sus
trabajos Maurer observa que el poder público nace gradualmente tanto a partir
de las constituciones primitivas de las marcas, las aldeas, los señoríos y las
ciudades, como al margen de ellas. Entre los indios de la América del Norte
vemos cómo una tribu unida en un principio se extiende poco a poco por un
continente inmenso; cómo, escindiéndose, las tribus se convierten en pueblos,
en grupos enteros de tribus; cómo se modifican las lenguas, no sólo hasta
llegar a ser incomprensibles unas para otras, sino hasta el punto de desaparecer
todo vestigio de la prístina unidad; cómo en el seno de las tribus se escinden
en varias gens individuales y las viejas gens madres se mantienen bajo la forma
de fratrias; y cómo los nombres de estas gens más antiguas se perpetúan en las
tribus más distantes y separadas más largo tiempo (el lobo y el oso son aún
nombres gentilicios en la mayoría de las tribus indias). Y a todas estas tribus
corresponde, en general, la constitución antes descrita, con la única excepción
de que muchas de ellas no llegan a la liga entre tribus parientes.
Pero dada la gens como unidad social, vemos también con qué
necesidad casi ineludible, por ser natural, se deduce de esa unidad toda la
constitución de la gens, de la fratria y de la tribu. Todos los tres grupos son
diferentes gradaciones de consanguinidad, encerrado cada uno en sí mismo y
ordenando sus propios asuntos, pero completando también a los otros. Y el
círculo de los asuntos que les compete abarca el conjunto de los negocios
sociales de los bárbaros del estado inferior. Así, pues, siempre que en un
pueblo hallemos la gens como unidad social, debemos también buscar una
organización de la tribu semejante a la que hemos descrito; y allí donde, como
entre los griegos y los romanos, no faltan las fuentes de conocimiento, no sólo
la encontraremos, sino que además nos convenceremos de que en todas partes
donde esas fuentes son deficientes para nosotros, la comparación con la
institución social americana nos ayuda a despejar las mayores dudas y a
adivinar los más difíciles enigmas.
¡Admirable constitución ésta de la gens, con toda su ingenua
sencillez! Sin soldados, gendarmes ni policía, sin nobleza, sin reyes,
gobernadores, prefectos o jueces, sin cárceles ni procesos, todo marcha con
regularidad. Todas las querellas y todos los conflictos los zanja la
colectividad a quien conciernen, la gens o la tribu, o las diversas gens entre
sí; sólo como último recurso, rara vez empleado, aparece la venganza, de la
cual no es más que una forma civilizada nuestra pena de muerte, con todas las
ventajas y todos los inconvenientes de
la civilización. No hace falta ni siquiera una parte mínima del actual aparato
administrativo, tan vasto y complicado, aun cuando son muchos más que en nuestros
días los asuntos comunes, pues la economía doméstica es común para una serie de
familias y es comunista; el suelo es propiedad de la tribu, y los hogares sólo
disponen, con carácter temporal, de pequeñas huertas. Los propios interesados
son quienes resuelven las cuestiones, y en la mayoría de los casos una usanza
secular lo ha regulado ya todo. No puede haber pobres ni necesitados: la
familia comunista y la gens conocen sus obligaciones para con los ancianos, los
enfermos y los inválidos de guerra. Todos son iguales y libres, incluídas las mujeres.
No hay aún esclavos, y, por regla general, tampoco se da el sojuzgamiento de
tribus extrañas. Cuando los iroqueses hubieron vencido en 1651 a los erios y a
la "nación neutral", les propusieron entrar en la confederación con
iguales derechos; sólo al rechazar los vencidos esta proposición, fueron
desalojados de su territorio. Qué hombres y qué mujeres ha producido semejante
sociedad, nos lo prueba la admiración de todos los blancos que han tratado con
indios no degenerados ante la dignidad personal, la rectitud, la energía de
carácter y la intrepidez de estos bárbaros.
Recientemente hemos visto en Africa ejemplos de esa intrepidez.
Los cafres de Zululandia hace algunos años y los nubiosxxix hace pocos meses
(dos tribus en las cuales no se han extinguido aún las instituciones gentiles)
han hecho lo que no sabría hacer ninguna tropa europea. Armados nada más que
con lanzas y venablos, sin armas de fuego, bajo la lluvia de balas de los
fusiles de repetición de la infantería inglesa (reconocida como la primera del
mundo para el combate en orden cerrado), se echaron encima de sus ballonetas,
sembraron más de una vez el pánico entre ella y concluyeron por derrotarla, a
pesar de la colosal desproporción entre las armas y aun cuando no tienen
ninguna especie de servicio militar ni saben lo que es hacer la instrucción. Lo
que pueden hacer y soportar lo sabemos por las lamentaciones de los ingleses,
según los cuales un cafre recorre en veinticuatro horas más trayecto, y a mayor
velocidad, que un caballo: "Hasta su más pequeño músculo sobresale,
acerado, duro, como una tralla de látigo", decía un pintor inglés.
Tal era el aspecto de los hombres y de la sociedad humana antes
de que se produjese la escisión en clases sociales. Y si comparamos su
situación con la de la inmensa mayoría de los hombres civilizados de hoy,
veremos que la diferencia entre el proletario o el campesino de nuestros días y
el antiguo libre gentilis es enorme.
Este es un aspecto de la cuestión. Pero no olvidemos que esa
organización estaba llamada a perecer. No fue más allá de la tribu; la
federación de las tribus indica ya el comienzo de su decadencia, como lo
veremos y como ya lo hemos visto en las tentativas hechas por los iroqueses
para someter a otras tribus. Lo que estaba fuera de la tribu, estaba fuera de
la ley. Allí donde no existía expresamente un tratado de paz, la guerra reinaba
entre las tribus y se hacía con la crueldad que distingue al ser humano del
resto de los animales, y que sólo más adelante quedó suavizada por el interés.
El régimen de la gens en pleno florecimiento, como lo hemos visto en América,
suponía una producción en extremo rudimentaria y, por consiguiente, una
población muy diseminada en un vasto territorio, y, por lo tanto, una sujeción
casi completa del hombre a la naturaleza exterior, incomprensible y ajena para
el hombre, lo que se refleja en sus pueriles ideas religiosas. La tribu era la
frontera del hombre, lo mismo contra los extraños que para sí mismo: la tribu,
la gens, y sus instituciones eran sagradas e inviolables, constituían un poder
superior dado por la naturaleza, al cual cada individuo quedaba sometido sin
reserva en sus sentimientos, ideas y actos. Por más imponentes que nos parecen
los hombres de esta épóca, apenas si se diferenciaban unos de otros, estaban
aún sujetos, como dice Marx, al cordón umbilical de la comunidad primitiva. El
poderío de esas comunidades primitivas tenía que quebrantarse, y se quebrantó.
Pero se deshizo por influencias que desde un principio se nos parecen como una
degradación , como una caída desde la sencilla altura moral ade la antigua
sociedad de las gens. Los intereses más viles -la baja codicia, la brutal
avidez por los goces, la sórdida avaricia,
el robo egoísta de la propiedad común- inauguran la nueva sociedad civilizada,
la sociedad de clases; los medios más vergonzosos -el robo, la violencia, la
perfidia, la traición-, minana la antigua sociedad de las gens, sociedad sin
clases, y la conducen a su perdición. Y la misma nueva sociedad, a través de
los dos mil quinientos años de su existencia, no ha sido nunca más que el
desarrollo de una ínfima minoría a expensas de uan inmensa mayoría de
explotados y oprimidos; y esto es hoy más que nunca.
I V
L A G E N S
G R I E G A
En los tiempos prehistóricos, los griegos, como los pelasgos y
otros pueblos congéneres, estaban ya constituidos con arreglo a la misma serie
orgánica que los americanos: gens, fratria, tribu, confederación de tribus.
Podía faltar la fratria, como en los dorios; no en todas partes se formaba la
confederación de tribus; pero en todos los casos, la gens era la unidad
orgánica. En la época en que aparecen en la historia, los griegos se hallan en
los umbrales de la civilización; entre ellos y las tribus americanas de que hemos hablado antes median casi dos
grandes períodos de desarrollo, que los griegos de la época heroica llevan de
ventaja a los iroqueses. Por eso la gens de los griegos ya no es de ningún modo
la gens arcaica de los iroqueses; el sello del matrimonio por grupos comienza a
borrarse notablemente. El derecho materno ha cedido el puesto al derecho
paterno; por eso mismo la riqueza privada, en proceso de surgimiento, ha
abierto la primera brecha en la constitución gentilicia. Otra brecha es
consecuencia natural de la primera: al introducirse el derecho paterno, la
fortuna de una rica heredera pasa, cuando contrae matrimonio, a su marido, es
decir, a otra gens, con lo que se destruye todo el fundamento del derecho
gentil; por tanto, no sólo se tiene por lícito, sino que hasta es obligatorio
en este caso, que la joven núbil se case dentro de su propia gens para que los
bienes no salgan de ésta.
Según la historia de Grecia debida a Grote, la gens ateniense,
es particular, estaba cohesionada por:
1. Las solemnidades religiosas comunes y el derecho de
sacerdocio en honor a un dios determinado, el pretendido fundador de la gens,
designado en ese concepto con un sobrenombre especial.
2. Los lugares comunes de inhumación (Véase "Contra
Eubúlides", de Demóstenes).
3. El derecho hereditario recíproco.
4. La obligación recíproca de prestarse ayuda, socorro y apoyo
contra la violencia.
5. El derecho y el deber recíprocos de casarse en ciertos casos
dentro de la gens, sobre todo tratándose de huérfanas o herederas.
6. La posesión, en ciertos casos por lo menos, de una propiedad
común, con un arconte y un tesorero propios.
La fratria agrupaba varias gens, pero menos estrechamente; sin
embargo, también aquí hallamos derechos y deberes recíprocos de una especie
análoga, sobre todo la comunidad de ciertos ritos religiosos y el derecho a
perseguir al homicida en el caso de asesinato de un frater. El conjunto de las
fratrias de una tribu tenía a su vez ceremonias sagradas periódicas, bajo la
presidencia de un "filobasileus" (jefe de tribu) elegido entre los
nobles (eupátridas).
Ahí se detiene Grote. Y Marx añade: "Pero detrás de la
gens griega se reconoce al salvaje (por ejemplo al iroqués)". Y no hay
manera de no reconocerlo, a poco que prosigamos nuestras investigaciones.
En efecto, la gens griega tiene también los siguientes rasgos:
7. La descendencia según el derecho paterno.
8. La prohibición del matrimonio dentro de la gens, excepción
hecha del matrimonio con las herederas. Esta excepción, erigida en precepto,
indica el rigor de la antigua regla. Esta, a su vez, resulta del principio
generalmente adoptado de que la mujer, por su matrimonio, renunciaba a los
ritos religiosos de su gens y pasaba a los de su marido, en la fratria del cual
era inscrita. Según eso, y con arreglo a un conocido pasaje de Dicearca, el
matrimonio fuera de la gens era la regla. Becker, en su "Charicles",
afirma que nadie tenía derecho a casarse en el seno de su propia gens.
9. El derecho de adopción en la gens, ejercido mediante la
adopción en la familia, pero con formalidades públicas y sólo en casos
excepcionales.
10. El derecho de elegir y deponer a los jefes. Sabemos que
cada gens tenía su arconte; pero no se dice en ninguna parte que este cargo
fuese hereditario en determinadas familias. Hasta el fin de la barbarie, las
probabilidades están en contra de la herencia de los cargos, que es de todo
punto incompatible con un estado de las cosas donde ricos y pobres tenían en el
seno de la gens derechos absolutamente iguales.
No sólo Grote, sino también Niebuhr, Mommsen y todos los demás
historiadores que se han ocupado hasta aquí de la antigüedad clásica, se han
estrellado contra la gens. Por más atinadamente que describan muchos de sus
rasgos distintivos, lo cierto es que siempre han visto en ella un "grupo
de familias" y no han podido por ello comprender su naturaleza y su
origen. Bajo la constitución de la gens, la familia nunca pudo ser ni fue una
célula orgánica, porque el marido y la mujer pertenecían por necesidad a dos
gens diferentes. La gens entraba entera en la fratria y ésta, en la tribu; la
familia entraba a medias en la gens del marido, a medias en la de la mujer.
Tampoco el Estado reconoce la familia en el Derecho público; hasta aquí sólo
existe el Derecho civil. Y, sin embargo, todos los trabajos históricos escritos
hasta el presente parte de la absurda suposición, que ha llegado a ser
inviolable, sobre todo en el siglo XVIII, de que la familia monogámica, apenas
más antigua que la civilización, es el núcleo alrededor del cual fueron
cristalizando poco a poco la sociedad y el Estado.
"Hagamos notar al señor Grote -dice Marx- que aun cuando
los griegos hacen derivar sus gens de la mitología, no por eso dejan de ser
esas gens más antiguas que la mitología, con sus dioses y semidioses, creada
por ellas mismas".
Morgan cita de referencia a Grote, porque es un testigo
prominente y nada sospechoso. Más adelante Grote refiere que cada gens
ateniense tenía un nombre derivado de su fundador presunto; que, antes de Solón
siempre, y después de él en caso de muerte intestada, los miembros de la gens
(gennêtes) del difunto heredaban su fortuna; y que en caso de muerte violenta
el derecho y el deber de perseguir al matador ante los tribunales correspondía
primero a los parientes más cercanos, después al resto de los gentiles y, por
último, a los fratores de la víctima. "Todo lo que sabemos acerca de las
antiguas leyes atenienses está fundado en la división en gens y fratrias".
La descendencia de las gens de antepasados comunes ha producido
muchos quebraderos de cabeza a los "sabios filisteos" de quienes
habla Marx. Como proclaman puro mito a dichos antepasados y no pueden
explicarse de ningún modo que las gens se hayan formado de familias distintas,
sin ninguna consanguinidad original, para salir de este atolladero y explicar
la existencia de la gens recurren a un diluvio de palabras que giran en un
círculo vicioso y no van más allá de esta proposición: la genealogía es puro mito,
pero la gens es una realidad. Y, finalmente, Grote dice (las glosas entre
paréntesis son de Marx); "Rara vez oímos hablar de este árbol genealógico,
porque sólo se exhibe en casos particularmente solemnes. Pero las gens de menor
importancia tenían prácticas religiosas comunes propias de ellas (¡qué extraño,
señor Grote!) y un antepasado sobrenatural, así como un arbol genealógico
común, igual que las más célebres (¡pero qué extraño es todo esto, señor Grote,
en gens de menor importancia!); el plan fundamental y la base ideal (¡no ideal,
caballero, sino carnal, o dicho en sencillo alemán fleischlich!) eran iguales
para todas ellas".
Marx resume com sigue la respuesta de Morgan a esa
argumentación: "El sistema de consanguinidad que corresponde a la gens en
su forma primitiva -y los griegos la han tenido como los demás mortales-
aseguraba el conocimiento de los grados de parentesco de todos los miembros de
la gens entre sí. Aprendían esto, que tenía para ellos suma importancia, por
práctica, desde la infancia más temprana. Con la familia monogámica, cayó en el
olvido. El nombre de la gens creó una genealogía junto a la cual parecía
insignificante la de la familia monogámica. Ahora este nombre debía confirmar
el hecho de su descendencia común a quienes lo llevaban; pero la genealogía de
la gens se remontaba a tiempos tan lejanos, que sus miembros ya no podían
demostrar su parentesco recíproco real, excepto en un pequeño número de casos
en que los descendientes comunes eran más recientes. El nombre mismo era una
prueba irrecusable de la procedencia común, salvo en los casos de adopción. En
cambio, negar de hecho toda consanguinidad entre los gentiles, como lo hacen
Grote y Niebuhr, que han transformado la gens en una creación puramente
imaginaria y poética, es digno de exégetas "ideales", es decir, de
tragalibros encerrados entre cuatro paredes. Porque el encadenamiento de las
generaciones, sobre todo desde la aparición de la monogamia, se pierde en la
lejanía de los tiempos y porque la realidad pasada aparece reflejada en las
imágenes fantásticas de la mitología, ¡los buenazos de los viejos filisteos han
deducido y deducen aún que una genealogía imaginaria creó gens reales!".
La fratria, como entre los americanos, era una gens madre
escindida en varias gens hijas, a las cuales servía de lazo de unión y que a
menudo las hacía también a todas descender de un antepasado común. Así, según
Grote, "todos los coetáneos de la fratria de Hecateo tenían un solo y
mismo dios por abuelo en decimosexto grado". Por lo tanto, todas las gens
de aquella fratria eran, al pie de la letra, gens hermanas. La fratria aparece
ya com unidad militar en Homero, en el célebre pasaje donde Néstor da este
consejo a Agamenón: "Coloca a los hombres por tribus y por fratrias, para
que la fratria preste auxilio a la fratria y la tribu a la tribu". La
fratria tenía también el derecho y el deber de castigar el homicidio perpetrado
en la persona de un frater, lo que indica que en tiempos anteriores había
tenido el deber de la venganza de sangre. Además, tenía fiestas y santuarios
comunes; en general, el desarrollo de la mitología griega a partir del culto a
la naturaleza, tradicional en los arios, se debió esencialmente a las gens y
las fratrias y se produjo en el seno de éstas.
Tenía también la fratria un jefe ("fratriarcos"), y,
asimismo, según De Coulanges, asambleas cuyas decisiones eran obligatorias, un
tribuna y una administración. Posteriormente, el Estado mismo, que pasaba por
alto la existencia de las gens, dejó a la fratria ciertas funciones públicas,
de carácter administrativo.
La reunión de varias fratrias emparentadas forma la tribu. En
el Atica había cuatro tribus, cada una de tres fratrias que constaban a su vez
de treinta gens cada una. Una determinación tan precisa de los grupos supone
una intervención consciente y metódica en el orden espontáneamente nacido.
Cómo, cuándo y por qué sucedió esto, no lo dice ha historia griega, y los
griegos mismos conservan el recuerdo de ello hasta la época heroica nada más.
Las diferencias de dialecto estaban menos desarrolladas entre
los griegos, aglomerados en un territorio relativamente pequeño, que en los
vastos bosques americanos; sin embargo, también aquí sólo tribus de la misma
lengua madre aparecen reunidas formando grandes agrupaciones; y hasta la
pequeña Atica tiene su propio dialecto, que más tarde pasó a ser la lengua
predominante en toda la prosa griega.
En los poemas de Homero hallamos ya a la mayor parte de las
tribus griegas reunidas formando pequeños pueblos, en el seno de las cuales,
sin embargo, conservaban aún completa independencia las gens, las fratrias y
las tribus. Estos pueblos vivían ya en ciudades amuralladas; la población
aumentaba a medida que aumentaban los ganados, se desarrollaba la agricultura e
iban naciendo los oficios manuales; al mismo tiempo crecían las diferencias de
fortuna y, con éstas, el elemento aristocrático en el seno de la antigua
democracia primitiva, nacida naturalmente. Los distintos pueblos sostenían
incesantes guerras por la posesión de los mejores territorios y también, claro
está, con la mira puesta en el botín, pues la esclavitud de los prisioneros de
guerra era una institución reconocida ya.
La constitución de estas tribus y de estos pequeños pueblos era
en aquel momento la siguiente:
1. La autoridad permanente era el consejo ("bulê"),
primitivamente formado quizás por los jefes de las gens y más tarde, cuando el
número de éstas llegó a ser demasiado grande, por un grupo de individuos
electos, lo que dio ocasión para desarrollar y reforzar el elemento
aristocrático. Dionisio dice que el consejo de la época heroica estaba
constituido por aristócratas ("kratistoi"). El consejo decidía los
asuntos importantes. En Esquilo, el consejo de Tebas toma el acuerdo, decisivo
en aquella situación, de enterrar a Etéocles con grandes honores y de arrojar
el cadáver de Polinices para que sirva de pasto a los perros. Con la
institución del Estado, este consejo se convirtió en Senado.
2. La asamblea del pueblo ("ágora"). Entre los iroqueses
hemos visto que el pueblo, hombres y mujeres, rodea a la asamblea del consejo,
toma allí la palabra de una manera ordenada e influye de esta suerte en sus
determinaciones. Entre los griegos homéricos, estos "circunstantes",
para emplear una expresión jurídica del alemán antiguo, "Umstand", se
han convertido ya en una verdadera asamblea general del pueblo, lo mismo que
aconteció entre los germanos de los tiempos primitivos. Esta asamblea era
convocada por el consejo para decidir los asuntos importantes; cada hombre
podía hacer uso de la palabra. El acuerdo se tomaba levantando las manos
(Esquilo, en "Las Suplicantes"), o por aclamación. La asamblea era
soberana en última instancia, porque, como dice Schömann ("Antiguedades
griegas")xxx, "cuando se trata de una cosa que para ejecutarse exige
la cooperación del pueblo, Homero no nos indica ningún medio por el cual pueda
ser constreñido éste a obrar contra su voluntad". En aquella época, en que
todo miembro masculino adulto de la tribu era guerrero, no había aún una fuerza
pública separada del pueblo y que pudiera oponérsele. La democracia primitiva
se hallaba todavía en plena florescencia, y esto debe servir de punto de
partida para juzgar el poder y la situación del consejo y del
"basileus".
3. El jefe militar ("basileus"). A propósito de esto,
Marx observa: "Los sabios europeos, en su mayoría lacayos natos de los
príncipes, hacen del "basileus" un monarca en el sentido moderno de
la palabra. El republicano yanqui Morgan protesta contra esa idea. Del untuoso
Gladstone, y de su obra "Juventus Mundi"xxxi dice con tanta ironía
como verdad: "Mister Gladstone nos presenta a los jefes griegos de los
tiempos heroicos como reyes y príncipes que, por añadidura, son unos cumplidos
gentlemen; pero él mismo se ve obligado a reconocer que, en general, nos parece
encontrar suficiente, pero no rigurosamente establecida la costumbre o la ley
del derecho de primogenitura". Es de suponer que un derecho de
primogenitura con tales reservas debe parecerle al propio señor Gladstone
suficientemente, aunque no con todo rigor, privado de la más mínima
importancia.
Ya hemos visto cuál era el estado de cosas respecto a la
herencia de las funciones superiores entre los iroqueses y los demás indios.
Todos los cargos eran electivos, la mayor parte en el seno mismo de la gens, y
hereditarios en ésta. Gradualmente se llegó a dar preferencia en caso de
vacante al pariente gentil más próximo -al hermano o al hijo de la hermana-,
siempre que no hubiese motivos para excluirlo. Por tanto, si entre los griegos,
bajo el imperio del derecho paterno, el cargo de "basileus" solía
pasar al hijo o a uno de los hijos, esto demuestra simplemente que los hijos
tenían allí a favor suyo la probabilidad de elección legal por elección
popular, pero no prueba de ningún modo la herencia de derecho sin elección del
pueblo. Aquí vemos, entre los iroqueses y entre los griegos, el primer germen
de familias nobles, con una situación especial dentro de las gens, y entre los
griegos también el primer germen de la futura jefatura militar hereditaria o de
la monarquía. Por consiguiente, es probable que entre los griegos el
"basileus" debiera ser o electo por el pueblo o confirmado por los
órganos reconocidos de éste, el consejo o el "ágora", como se practica
respecto al "rey" ("rex") romano.
En la "Ilíada", el jefe de los hombres, Agamenón,
aparece no como el rey supremo de los griegos, sino como el general en jefe de
un ejército confederado ante una ciudad sitiada. Y Ulises, cuando estallan
disensiones entre los griegos, apela a esta calidad, en el famoso pasaje:
"No es bueno que muchos manden a la vez, uno solo debe dar órdenes",
etc... (El tan conocido verso en que se trata del cetro es un postizo
intercalado posteriormente.). "Ulises no da aquí una conferencia acerca de
la forma de gobierno, sino que pide que se obedezca al general en jefe en
campaña. Entre los griegos, que no aparecen antre Troya más que como ejército,
el orden imperante en el "ágora" es bastante democrático. Cuando
Aquiles habla de presentes, es decir, del reparto del botín, no encarga de ese
reparto no a Agamenón ni a ningún otro "basileus", sino a "los
hijos de los Aqueos", es decir, al pueblo. Los atributos "engendrado
por Zeus", "criado por Júpiter", nada prueban, desde el momento
en que cada gens desciende de un dios y la gens del jefe de la tribu de uno
"más alto", en el caso presente, de Zeus. Hasta os individuos no
manumitidos, como el porquero Eumeo y otros, son "divinos"
("dioi" y "theioi"), y eso en la Odisea, es decir, en una
época muy posterior a la descrita por la Iliada. También en la
"Odisea", se llama "heros" al mensajero Mulios y al cantor
ciego Demodoco. En resumen: la palabra "basileia", que los escritores
griegos emplean para la sedicente realeza homérica, acompañada de un consejo y
de una asamblea del pueblo, significa, sencillamente, democracia militar
(porque el mando de los ejércitos era su distintivo principal" (Marx).
Además de sus atribuciones militares, el "basileus"
las tenía también religiosas y judiciales; estas últimas eran indeterminadas,
pero las primeras le correspondían en concepto de representante supremo de la
tribu o de la federación de tribus. Nunca se habla de atribuciones civiles,
administrativas, aunque el "basileus" parece haber sido miembro del consejo,
en atención a su cargo. Traducir "basileus" por la palabra alemana
"König" es, pues, etimológicamente muy exacto, puesto que
"König" ("Kuning") se deriva de "Kuni",
"Künne", y significa jefe de una gens. Pero el "basileus"
de la Grecia antigua no corresponde de ninguna manera a la significación actual
de la palabra "König" (rey). Tucídides llama expresamente a la
antigua "basileia" una "patriké", es decir, derivada de las
gens, y dice que tuvo atribuciones fijas, y por tanto limitadas. Y Aristóteles
dice que la "basileia" de los tiempos heroicos fue una jefatura
militar ejercida sobre hombres libres, y el "basileus" un jefe
militar, juez y gran sacerdote. No tenía, por consiguiente, ningún poder
gubernamental en el sentido ulterior de la palabraxxxii
Morgan ha sido el primero en someter a crítica histórica los
relatos de los españoles, al principio erróneos y exagerados, más tarde
mentirosos a conciencia de que lo eran, y ha probado que los indios del pueblo
de México se hallaban en el estado medio de la barbarie, en un grado superior,
no obstante, al de los indios de los pueblos del Nuevo México; y que su régimen
social, en cuanto se puede juzgar por relaciones tergiversadas, venía a ser el
siguiente: una confederación de tres tribus, que habían hecho tributarias suyas
a otras, gobernada por un consejo y un jefe militar federales; los españoles
hicieron de este último un "emperador". (Nota de Engels.).
.
Así, pues, en la constitución griega de la época heroica vemos
aún llena de vigor la antigua organización de la gens, pero también observamos
el comienzo de su decadencia: el derecho paterno con herencia de la fortuna por
los hijos, lo cual facilita la acumulación de las riquezas en la familia y hace
de ésta un poder contrario a la gens; la repercusión de la diferencia de
fortuna sobre la constitución social mediante la formación de los gérmenes de
una nobleza hereditaria y de una monarquía; la esclavitud, que al principio
sólo comprendió a los prisioneros de guerra, pero que desbrozó el camino de la
esclavitud de los propios miembros de la tribu, y hasta de la gens; la
degeneración de la antigua de guerra de unas tribus contra otras en correrías
sistemáticas por tierra y por mar para apoderarse de ganados, esclavos y
tesoros, lo que llegó a ser una industria más. En resumen, la fortuna es
apreciada y considerada como el sumo bien, y se abusa de la antigua
organización de la gens para justificar el robo de las riquezas por medio de la
violencia. No faltaba más que una cosa; la institución que no sólo asegurase las
nuevas riquezas de los individuos contra las tradiciones comunistas de la
constitución gentil, que no sólo consagrase la propiedad privada antes tan poco
estimada e hiciese de esta santificación el fin más elevado de la comunidad
humana, sino que, además, imprimiera el sello del reconocimiento general de la
sociedad a las nuevas formas de adquirir la propiedad, que se desarrollaban una
tras otra, y por tanto a la acumulación, cada vez más acelerada, de las
riquezas; en una palabra, faltaba una institución que no sólo perpetuase la
naciente división de la sociedad en clases, sino también el derecho de la clase
poseedora de explotar a la no poseedora y el dominio de la primera sobre la
segunda.
Y esa institución nació. Se inventó el Estado.
V
G E N E S I S D E L
E S T A D O A T E N I E N S E
En ninguna parte podemos seguir mejor que en la antigua Atenas,
por lo menos en la primera fase de la evolución, de qué modo se desarrolló el
Estado, en parte transformando los órganos de la constitución gentil, en parte
desplazándolos mediante la intrusión de nuevos órganos y, por último,
remplazándolos pior auténticos organismos de administración del Estado,
mientras que una "fuerza pública" armada al servicio de esa
administración del Estado, y que, por consiguiente, podía ser dirigida contra
el pueblo, usurpaba el lugar del verdadero "pueblo en armas" que
había creado su autodefensa en las gens, las fratrias y las tribus. Morgan
expone mayormente las modificaciones de forma; en cuanto a las condiciones
económicas productoras de ellas, tendré que añadirlas, en parte, yo mismo.
En la época heroica, las cuatro tribus de los atenienses aún se
hallaban establecidas en distintos territorios de Africa. Hasta las doce
fratrias que las componían parece ser que también tuvieron su punto de
residencia particular en las doce ciudades de Cécrope. La constitución era la
misma de la época heroica: asamblea del pueblo, consejo del pueblo y
"basileus". Hasta donde alcanza la historia escrita, se ve que el suelo
estaba ya repartido y era propiedad privada, lo que corresponde a la producción
mercantil y al comercio de mercancías relativamente desarrollados que
observamos ya hacia el final del estadio superior de la barbarie. Además de
granos, producíase vinos y aceite. El comercio marítimo en el Mar Egeo iba
pasando cada vez más de los fenicios a los griegos del Atica. A causa de la
compraventa de la tierra y de la creciente división del trabajo entre la
agricultura y los oficios manuales, el comercio y la navegación, muy pronto
tuvieron que mezclarse los miembros de las gens, fratrias y tribus. En el
distrito de la fratria y de la tribu se establecieron habitantes que, aun
siendo del mismo pueblo, no formaban parte de estas corporaciones y, por
consiguiente, eran extraños en su propio lugar de residencia, ya que cada
fratria y cada tribu administraban ellas mismas sus asuntos en tiempos de paz,
sin consultar al consejo del pueblo o al "basileus" en Atenas, y todo
el que residía en el territorio de la fratria o de la tribu sin pertenecer a
ellas no podía, naturalmente, tomar parte en esa administración.
Esta circunstancia desequilibró hasta tal punto el
funcionamiento de la constitución gentilicia, que en los tiempos heroicos se
hizo ya necesario remediarla y se adoptó la constitución atribuída a Teseo. El
cambio principal fue la institución de una administración central en Atenas; es
decir, parte de los asuntos que hasta entonces resolvían por su cuenta las
tribus fue declarada común y transferida al consejo general residente en
Atenas. Los atenienses fueron, con esto, más lejos que ninguno de los pueblos
indígenas de América: la simple federación de tribus vecinas fue remplazada por
la fusión en un solo pueblo. De ahí nació un sistema de derecho popular
ateniense general, que estaba por encima de las costumbres legales de las
tribus y de las gens. El ciudadano de Atenas recibió como tal derechos
determinados, así como una nueva protección jurídica incluso en el territorio
que no pertenecía a su propia tribu. Pero éste fue el primer paso hacia la
ruina de la constitución gentilicia, ya que lo era hacia la admisión, más
tarde, de ciudadanos que no pertenecían a ninguna de las tribus del Atica y que
estaban y siguieron estando completamente fuera de la constitución gentilicia ateniense.
La segunda institución atribuida a Teseo fue la división de todo el pueblo en
tres clases -los eupátridas o nobles, los geomoros o agricultores y los
demiurgos o artesanos-, sin tener en cuenta la gens, la fratria o la tribu, y
la concesión a la nobleza del derecho exclusivo a ejercer los cargos públicos.
Verdad es que, excepto en lo de ocupar la nobleza los empleos, esta división
quedó sin efecto por cuanto no establecía otras diferencias de derechos entre
las clases. Pero es importante, porque nos indica los nuevos elementos sociales
que habían ido desarrollándose imperceptiblemente. Demuestra que la costumbre
de que los cargos gentiles los desempeñasen ciertas familias, se había
transformado ya en un derecho apenas disputado de las mismas a los empleos
públicos; que esas familias, poderosas ya por sus riquezas, comenzaron a
formar, fuera de sus gens, una clase privilegiada, particular; y que el Estado
naciente sancionó esta usurpación. Demuestra que la división del trabajo entre
campesinos y artesanos había llegado a ser ya lo bastante fuerte para disputar
el primer puesto en importancia social a la antigua división en gens y en
tribus. Por último, proclama el irreconciliable antagonismo entre la sociedad
gentilicia y el Estado; el primer intento de formación del Estado consiste en
destruir los lazos gentilicios, dividiendo los miembros de cada gens en
privilegiados y no privilegiados, y a estos últimos, en dos clases, según su
oficio, oponiéndolas, en virtud de esta misma división, una a la otra.
La historia política ulterior de Atenas, hasta Solón, se conoce
de un modo muy imperfecto. Las funciones del "basileus" cayeron en
desuso; a la cabeza del Estado púsose a arcontes salidos del seno de la
nobleza. La autoridad de la aristocracia aumentó cada vez más, hasta llegar a
hacerse insoportable hacia el año 600 antes de nuestra era. Y los principales
medios para estrangular la libertad común fueron el dinero y la usura. La
nobleza solía residir en Atenas y en los alrededores, donde el comercio marítimo,
así como la piratería practicada en ocasiones, la enriquecían y concentraban en
sus manos el dinero. Desde allí el sistema monetario en desarrollo penetró,
como un ácido corrosivo, en la vida tradicional de las antiguas comunidades
agrícolas, basadas en la economía natural. La constitución de la gens es en
absoluto incompatible con el sistema monetario; la ruina de los pequeños
agricultores del Atica coincidió con la relajación de los antiguos lazos de la
gens, que los protegían. Las letras de cambio y la hipoteca (porque los
atenienses habían inventado ya la hipoteca) no respetaron ni a la gens, ni a la
fratria. Y la vieja constitución de gens no conocía el dinero, ni las prendas,
ni las deudas de dinero. Por eso el poder del dinero en manos de la nobleza,
poder que se extendía sin cesar, creó un nuevo derecho consuetudinario para
garantía del acreedor contra el deudor y para consagrar la explotación del
pequeño agricultor por el poseedor del dinero. Todas las campiñas del Atica
estaban erizadas de postes hipotecarios en los cuales estaba escrito que los
fundos donde se veían puestos, hallábanse empeñados a fulano o mengano por
tanto o cuanto dinero. Los campos que no tenían esos postes, habían sido
vendidos en su mayor parte, por haber vencido la hipoteca o no haber sido
pagados los intereses, y eran ya propiedad del usurero noble; el campesino
podía considerarse feliz cuando lo dejaban establecerse allí como colono y
vivir con un sexto del producto de su trabajo, mientras tenía que pagar a su
nuevo amo los cinco sextos como precio del arrendamiento. Y aún más: cuando el
producto de la venta del lote de tierra no bastaba para cubrir el importe de la
deuda, o cuando se contraía la deuda sin asegurarla con prenda, el deudor tenía
que vender a sus hijos como esclavos en el extranjero para satisfacer por
completo al acreedor. La venta de los hijos por el padre: ¡éste fue el primer
fruto del derecho paterno y de la monogamia!. Y si el vampiro no quedaba
satisfecho aún, podía vender como esclavo a su mismo deudor. Tal fue la hermosa
aurora de la civilización en el pueblo ateniense.
Semejante revolución hubiera sido imposible en el pasado, en la
época en que las condiciones de existencia del pueblo aún correspondían a la
constitución de la gens; pero ahora se había producido, sin que nadie supiese
cómo. Volvamos por un momento a nuestros iroqueses. Entre ellos era
inconcebible una situación tal como la impuesta a los atenienses sin, digámoslo
así, su concurso y, con seguridad, a pesar de ellos. Siendo siempre el mismo el
modo de producir las cosas necesarias para la existencia, nunca podían crearse
tales conflictos, al parecer impuestos desde fuera, ni engendrarse ningún
antagonismo entre ricos y pobres, entre explotadores y explotados. Los
iroqueses distaban mucho de domeñar aún la naturaleza, pero dentro de los
límites que ésta les fijaba, eran los dueños de su propia producción. Si
dejamos aparte los casos de malas cosechas en sus huertecillos, de escasez de
pesca en sus lagos y ríos y de caza en sus bosques, sabían cuál podía ser el
fruto de su modo de proporcionarse los medios de existencia. Sabían que -unas
veces en abundancia, y otras no- obtendrían medios de subsistencia; pero
entonces eran imposibles revoluciones sociales imprevistas, la ruptura de los
vínculos de la gens, la escisión de las gens y de las tribus en clases opuestas
que se combatieran recíprocamente. La producción se movía dentro de los más
estrechos límites, era la inmensa ventaja de la producción bárbara, ventaja que
se perdió con la llegada de la civilización y que las generaciones futuras
tendrán el deber de reconquistar, pero dándole por base el poderoso dominio de
la naturaleza, conseguido en la actualidad por el hombre, y la libre
asociación, hoy ya posible.
Entre los griegos las cosas eran muy distintas. La aparición de
la propiedad privada sobre los rebaños y los objetos de lujo, condujo al cambio
entre los individuos, a la transformación de los productos en mercancías. Y
éste fue el germen de la revolución subsiguiente. En cuanto los productores
dejaron de consumir directamente ellos mismos sus productos, deshaciéndose de
ellos por medio del cambio, dejaron de ser dueños de los mismos. Ignoraban ya
qué iba a ser de ellos, y surgió la posibilidad de que el producto llegara a
emplearse contra el productor para explotarlo y oprimirlo. Por eso, ninguna
sociedad puede ser dueña de su propia producción de un modo duradero ni
controlar los efectos sociales de su proceso de producción si no pone fin al
cambio entre individuos.
Pero los atenienses debían aprender pronto con qué rapidez
domina el producto al productor en cuanto nace el cambio entre individuos y los
productos se transforman en mercancías. Con la producción de mercancías
apareció el cultivo individual de la tierra y, en seguida, la propiedad
individual del suelo. Más tarde vino el dinero, la mercancía universal por la
que podían cambiarse todas las demás; pero, como los hombres inventaron el
dinero, no sospechaban que habían creado un poder social nuevo, el poder
universal único ante el que iba a inclinarse la sociedad entera. Y este nuevo
poder, al surgir súbitamente, sin saberlo sus propios creadores y a pesar de
ellos, hizo sentir a los atenienses su dominio con toda la brutalidad de su
juventud.
¿Qué se podía hacer?. La antigua constitución de la gens se
había mostrado impotente contra la marcha triunfal del dinero; y, además, era
en absoluto incapaz de conceder dentro de sus límites lugar ninguno para cosas
como el dinero, los acreedores, los deudores, el cobro compulsivo de las
deudas. Pero allí estaba el nuevo poder social; y ni los píos deseos, ni el
ardiente afán por volver a los buenos tiempos antiguos pudieron expulsar ya del
mundo al dinero ni a la usura. Además, en la constitución gentilicia fueron
abiertas otras brechas menos importantes. La mezcla de los gentiles y de los
fraters en todo el territorio ático, particularmente en la misma ciudad de
Atenas, aumenaba de generación en generación, aun cuando por aquel entonces un
ateniense tenía derecho a vender su fundo fuera de la gens, pero no su
vivienda. Con los progresos de la industria y el comercio habíase desarrollado
más y más la división del trabajo entre las diferentes ramas de la producción:
agricultura y oficios manuales, y entre estos últimos una multitud de subdivisiones,
tales como el comercio, la navegación, etc. La población se dividía ahora,
según sus ocupaciones, en grupos bastante bien determinados, cada uno de los
cuales tenía una serie de nuevos intereses comunes para los que no había lugar
en la gens o en la fratria y que, por consiguiente, necesitaban nuevos
funcionarios que velasen por ellos. Había aumentado muchísimo el número de
esclavos, y en aquella época debía ya de exceder con mucho del de los
atenienses libres. La constitución gentil no conocía al principio ninguna
esclavitud ni, por consiguiente, ningún medio de mantener bajo su yugo aquella
masa de personas no libres. Y, por último, el comercio había atraído a Atenas a
multitud de extranjeros que se habían instalado allí en busca de fácil lucro.
Mas, a pesar de las tolerancia tradicional, estos extranjeros no gozaban de
ningún derecho ni protección legal bajo el viejo régimen, por lo que
constituían entre el pueblo un elemento extraño y un foco de malestar.
En resumen, la constitución gentilicia iba tocando a su fin. La
sociedad rebasaba más y más el marco de la gens, que no podía atajar ni
suprimir los peores males que iban naciendo ante su vista. Mientras tanto, el
Estado se había desarrollado sin hacerse notar. Los nuevos grupos constituídos
por la división del trabajo, primero entre la ciudad y el campo, después entre
las diferentes ramas de la industria en las ciudades, habían creado nuevos
órganos para la defensa de sus intereses, y se instituyeron oficios públicos de
todas clases. Luego, el joven Estado tuvo, ante todo, necesidad de una fuerza
propia, que en un pueblo navegante, como eran los atenienses, no pudo ser
primeramente sino una fuerza naval, usada en pequeñas guerras y para proteger
los barcos mercantes. En una época indeterminada, anterior a Solón, se
instituyeron las "naucrarias", pequeñas circunscripciones
territoriales a razón de doce por tribu; cada "naucraria" debía
suministrar, armar y tripular un barco de guerra, y proporcionar además dos
jinetes. Esta institución socavaba por dos conceptos a la gens: en primer
término, porque creaba una fuerza pública que ya no era en nada idéntica al
pueblo armado; y en segundo lugar, porque por primera vez dividía al pueblo, en
los negocios públicos, no con arreglo a los grupos consanguíneos, sino con
arreglo al lugar de residencia común. Veamos a continuación qué significaba
esto.
Como el régimen gentilicio no podía prestarle ningún auxilio al
pueblo explotado, lo único que a éste le quedaba era el Estado naciente, que le
prestó la ayuda de él esperada mediante la constitución de Solón, si bien la
aprovechó para fortalecerse aún más a expensas del viejo régimen. No nos
incumbe tratar aquí cómo se realizó la reforma de Solón en el año 594 antes de
nuestra era. Solón inició la serie de lo que se llama revoluciones políticas, y
lo hizo con un ataque a la propiedad. Hasta ahora, todas las revoluciones han
sido en favor de un tipo de propiedad sin lesionar a otro. En la gran
Revolución francesa, la propiedad feudal fue sacrificada para salvar la
propiedad burguesa; en la de Solón, la propiedad de los acreedores fue la que
tuvo que sufrir en provecho de la de los deudores. Las deudas fueron,
sencillamente, declaradas nulas. No conocemos con exactitud los detalles, pero
Solón se jacta en sus poesías de haber hecho quitar los postes hipotecarios de
los campos empeñados en pago de deudas y de haber repatriado a los hombres que
a causa de ellas habían sido vendidos como esclavos o habían huído al
extranjero. Eso no podía hacerse sino mediante una descarada violación de la
propiedad. Y de hecho, desde la primera hasta la última de estas pretensas
revoluciones políticas, todas ellas se han hecho en defensa de la propiedad, de
un tipo de propiedad, y se han realizado por medio de la confiscación (dicho de
otra manera, del robo) de otro tipo de propiedad. Tanto es así, que desde hace
dos mil quinientos años no ha podido mantenerse la propiedad privada sino por
la violación de los derechos de propiedad.
Pero tratábase a la sazón de impedir que los atenienses libres
pudieran ser esclavizados nuevamente. Al principio se logró con medidas
generales; por ejemplo, prohibiendo los contratos de préstamo en los cuales el
deudor se hacía prenda del acreedor. Además, se fijó la extensión máxima de la
tierra que podía poseer un mismo individuo, con el propósito de poner un freno
que moderase la avidez de los nobles por apoderarse de las tierras de los
campesinos. Después hubo cambios en la propia constitución (Verfassung), siendo
para nosotros los principales los siguientes:
El consejo se elevó hasta cuatrocientos miembros, cien de cada
tribu. Hasta aquí, la tribu seguía siendo, pues, la base del sistema. Pero éste
fue el único punto de la constitución antigua adoptado por el Estado recien
nacido. En lo demás, Solón dividió a los ciudadanos en cuatro clases, con
arreglo a su propiedad territorial y al producto de ésta. Los rendimientos
mínimos que se fijaron para las tres primeras clases fueron de quinientos,
trescientos y ciento cincuenta "medimnos" de grano respectivamente
(un "medimno" viene a equivaler a unos cuarenta y un litros para
áridos); formaban la cuarta clase los que poseían menos tierra o carecían de
ella en absoluto. Sólo podían ocupar todos los oficios públicos los individuos
de las tres primeras clases, y los más importantes los de la primera nada más;
la cuarta no tenía sino el derecho de tomar la palabra y votar en la asamblea.
Pero allí eran donde se elegían todos los funcionarios, allí era donde éstos
tenían que rendir cuenta de su gestión, allí era donde se hacían todas las
leyes, y allí la mayoría estaba en manos de la cuarta clase. Los privilegios
aristocráticos se renovaron, en parte, en forma de privilegios de la riqueza,
pero el pueblo obtuvo el poder supremo. Por otra parte, las cuatro clases
formaron la base de una nueva organización militar. Las dos primeras
suministraban la caballería, la tercera debía servir en la infantería de línea,
y la cuarta como tropa ligera (sin coraza) o en la flota; probablemente, esta
clase estaba a sueldo.
Aquí se introducía, pues, un elemento nuevo en la constitución:
la propiedad privada. Los derechos y los deberes de los ciudadanos del Estado
se determinaron con arreglo a la importancia de sus posesiones territoriales; y
conforme iba aumentanto la influencia de las clases pudientes, iban siendo
desplazadas las antiguas corporaciones consanguíneas. La gens sufrió otra
derrota.
Sin embargo, la gradación de los derechos políticos según los
bienes de fortuna no era una de esas instituciones sin las cuales no puede
existir el Estado. Por grande que sea el papel que ha representado en la
historia de las constituciones de los Estados, gran número de éstos, y
precisamente los más desarrollados, se han pasado sin ella. En Atenas misma no
representó sino un papel transitorio; desde Arístides, todos los empleos eran
accesibles a cada ciudadano.
Durante los ochenta años que siguieron, la sociedad ateniense
tomó gradualmente la dirección en la cual siguió desarrollándose en los siglos
posteriores. Habíase puesto coto a la usura de los latifundistas anteriores a
Solón, y asimismo a la concentración excesiva de la propiedad territorial. El
comercio y los oficios, incluídos los artísticos, que se practicaban cada vez
más en grande, basándose en el trabajo de los esclavos, llegaron a ser las
preocupaciones principales. La gente adquirió más luces. En vez de explotar a
sus propios conciudadanos de una manera inicua, como al principio, se explotó
sobre todo a los esclavos y a los clientes no atenienses. Los bienes muebles,
la riqueza en forma de dinero, el número de los esclavos y de las naves
aumentaban sin cesar; pero ya no eran un simple medio de adquirir tierras, como
en el primer período, con sus cortos alcances, sino que se convirtieron en un
fin de por sí. De una parte, la nobleza antigua en el Poder encontró asi unos
competidores victoriosos en las nuevas clases de ricos industriales y
comerciantes; pero, de otra parte, quedó destruída también la última base de
los restos de la constitución gentilicia. Las gens, las fratrias y las tribus,
cuyos miembros andaban ya a la sazón dispersos por toda el Atica y vivían
completamente entremezclados, eran ya del todo inútiles como corporaciones
políticas. Muchísimos ciudadanos atenienses no pertenecían ya a ninguna gens;
eran inmigrantes a quienes se había concedido el derecho de ciudadanía, pero
que no habían sido admitidos en ninguna de las antiguas uniones gentilicias.
Además, cada día era mayor el número de inmigrantes extranjeros que sólo
gozaban del derecho de protección [metecos].
Mientras tanto, proseguía la lucha entre los partidos; la
nobleza trataba de reconquistar sus viejos privilegios y volvió a tener, por un
tiempo, vara alta; hasta que la revolución de Clistenes (año 509 antes de
nuestra era) la abatió definitivamente, derribando también, con ella, el último
vestigio de la constitución gentilicia.
En su nueva constitución, Clistenes pasó por alto las cuatro
tribus antiguas basadas en las gens y en las fratrias. Su lugar lo ocupó una
organización nueva, cuya base, ensayada ya en las "naucrarias", era
la división de los ciudadanos según el lugar de residencia. Ya no decidió para
nada el hecho de pertenecer a los grupos consanguíneos, sino tan sólo el
domicilio. No fue el pueblo, sino el suelo, lo que se subdividió; los
habitantes hiciéronse, políticamente, un simple apéndice del territorio.
Toda el Atica quedó dividida en cien municipios (demos). Los
ciudadanos (demotas) habitantes en cada demos elegían su jefe (demarca) y su
tesorero, así como también treinta jueces con jurisdicción para resolver los
asuntos de poca importancia. Tenían igualmente un templo propio y un dios
protector o héroe, cuyos sacerdotes elegían. El poder supremo en el demos
pertenecía a la asamblea de los demotas. Según advierte Morgan con mucho
acierto, éste es el prototipo de las comunidades urbanas de América, que se
gobiernan por sí mismas. El Estado naciente tuvo por punto de partida en Atenas
la misma unidad que distingue al Estado moderno en su más alto grado de
desarrollo.
Diez de estas unidades (demos) formaban una tribu; pero ésta,
al contrario de la antigua tribu gentilicia ["geschlechtstamm"],
llamóse ahora tribu local ["Ortsstamm"]. La tribu local no sólo era
un cuerpo político que se administraba a sí mismo, sino también un cuerpo
militar. Elegía su filarca o jefe de tribu, que mandaba la caballería, el
taxiarca para la infantería, y el estratega, que tenía a sus órdenes a todas
las tropas reclutadas en el territorio de la tribu. Además armaba cinco naves
de guerra con sus tripulantes y comandantes, y recibía como patrón un héroe del
Atica, cuyo nombre llevaba. Por último, elegía cincuenta miembros del consejo
de Atenas.
Coronaba este edificio el Estado ateniense, gobernado por un
consejo compuesto de los quinientos representantes elegidos por las diez tribus
y, en última instancia, por la asamblea del pueblo, en la cual tenía entrada y
voto cada ciudadano ateniense. Junto con esto, velaban por las diversas ramas
de la administración y de la justicia los arcontes y otros funcionarios. En
Atenas no había un depositario supremo del Poder ejecutivo.
Debido a esta nueva constitución y a la admisión de un gran
número de clientes (unos inmigrantes, otros libertos), los órganos de la gens
quedaron al margen de la gestión de los asuntos públicos, degenerando en
asociaciones privadas y en sociedades religiosas. Pero la influencia moral, las
concepciones e ideas tradicionales de la vieja época gentilicia vivieron largo
tiempo y sólo fueron desapareciendo paulatinamente. Esto se hizo evidente en
otra institución posterior del Estado.
Hemos visto que uno de las caracteres esenciales del Estado
consiste en una fuerza pública aparte de la masa del pueblo. Atenas no tenía
entonces más que un ejército popular y una flota equipada directamente por el
pueblo, que la protegían contra los enemigos del exterior y manteníana en la
obediencia a los esclavos, que en aquella época formaban ya la mayor parte de
la población. Para los ciudadanos, esa fuerza pública sólo existía, al
principio, en forma de policía; ésta es tan vieja como el Estado, y, por eso,
los ingenuos franceses del siglo XVIII no hablaban de naciones civilizadas,
sino de naciones con policía ("nations polisées"). Los atenienses
instituyeron, pues, una policía, un verdadero cuerpo de gendarmería de a pie y
de a caballo formado por sagitarios, "Landjäger", como se dice en el
Sur de Alemania y en Suiza. Pero esa gendarmería se formó de esclavos. Este
oficio parecía tan indigno al libre ateniense, que prefería se detenido por un
esclavo armado a cumplir él mismo tan viles funciones. Era una manifestación
del antiguo modo de ver de las gens. El Estado no podía existir sin la policía;
pero todavía era joven y no tenía suficiente autoridad moral para hacer
respetable un oficio que los antiguos gentiles no podían por menos de
considerar infame.
El rápido vuelo que tomaron la riqueza, el comercio y la
industria nos prueba cuán adecuado era a la nueva condición social de los atenienses
el Estado, cuajado ya entonces en sus rasgos principales. El antagonismo de
clases en el que se basaban ahora las instituciones sociales y políticas ya no
era el existente entre los nobles y el pueblo sencillo, sino el antagonismo
entre esclavos y hombres libres, entre clientes y ciudadanos. En tiempos del
mayor florecimiento de Atenas, sus ciudadanos libres (comprendidos las mujeres
y los niños), eran unos 90.000 individuos; los esclavos de ambos sexos sumaban
365.000 personas y los metecos (inmigrantes y libertos) ascendían a 45.000. Por
cada ciudadano adulto contábanse, por lo menos, dieciocho esclavos y más de dos
metecos. La causa de la existencia de un número tan grande de esclavos era que
muchos de ellos trabajaban juntos, a las órdenes de capataces, en grandes
talleres manufactureros. Pero el acrecentamiento del comercio y de la industria
trajo la acumulación y la concentración de las riquezas en unas cuantas manos
y, con ello, el empobrecimiento de la masa de los ciudadanos libres, a los cuales
no les quedaba otro recurso que el de elegir entre hacer competencia al trabajo
de los esclavos con su propio trabajo manual (lo que se consideraba como
deshonroso, bajo y, por añadidura, no producía sino escaso provecho), o
convertirse en mendigos. En vista de las circunstancias, tomaron este último
partido; y como formaban la masa del pueblo, llevaron a la ruina todo el Estado
ateniense. No fue la democracia la que condujo a Atenas a la ruina, como lo
pretenden los pedantescos lacayos de los monarcas entre el profesorado europeo,
sino la esclavitud, que proscribía el trabajo del ciudadano libre.
La formación del Estado entre los atenienses es un modelo
notablemente típico de la formación del Estado en general, pues, por una parte,
se realiza sin que intervengan violencias exteriores o interiores (la
usurpación de Pisístrato no dejó en pos de sí la menor huella de su breve
paso); por otra parte, hace brotar directamente de la gens un Estado de una
forma muy perfeccionada, la república democrática; y, en último término, porque
conocemos suficientemente sus particularidades esenciales.
V I
L A G E N S
Y E L E S T A D O E N R O M A
Según la leyenda de la fundación de Roma, el primer
asentamiento en el territorio se efectuó por cierto número de gens latinas
(cien, dice la leyenda), reunidas formando una tribu. Pronto se unió a ella una
tribu sabelia, que se dice tenía cien gens, y, por último, otra tribu compuesta
de elementos diversos, que constaba asimismo de cien gens. El relato entero
deja ver que allí no había casi nada formado espontáneamente, excepción hecha
de la gens, y que, en muchos casos, ésta misma sólo era una rama de la vieja
gens madre, que continuaba habitando en su antiguo territorio. Las tribus
llevan el sello de su composición artificial, aunque están formadas, en su
mayoría, de elementos consanguíneos y según el modelo de la antigua tribu, cuya
formación había sido natural y no artificial; por cierto, no queda excluída la
posibilidad de que el núcleo de cada una de las tres tribus mencionadas pudiera
ser una auténtica tribu antigua. El eslabón intermedio, la fratria, constaba de
diez gens y se llamaba curia. Había treinta curias.
Está reconocido que la gens romana era una institución idéntica
a la gens griega; si la gens griega es una forma más desarrollada de aquella
unidad social cuya forma primitiva observamos entre los pieles rojas
americanos, cabe decir lo mismo de la gens romana. Por esta razón, podemos ser
más breves en su análisis.
Por lo menos en los primeros tiempos de la ciudad, la gens
romanta tenía la constitución siguiente:
1. El derecho hereditario recíproco de los gentiles; los bienes
quedaban siempre dentro de la gens. Como el derecho paterno imperaba ya en la
gens romana, lo mismo que en la griega, estaban excluídos de la herencia los
descendientes por línea femenina. Según la ley de las Doce Tablas -el monumento
del Derecho romano más antiguo que conocemos-, los hijos heredaban en primer
término, en calidad de herederos directos; de no haber hijos, heredaban los
agnados (parientes por línea masculina); y faltando éstos, los gentiles. Los
bienes no salían de la gens en ningún caso. Aquí vemos la gradual introducción
de disposiciones legales nuevas en las costumbres de la gens, disposiciones
engendradas por el acrecentamiento de la riqueza y por la monogamia; el derecho
hereditario, primitivamente igual entre los miembros de una gens, limítase al
principio (y en un período muy temprano, como hemos dicho más arriba) a los
agnados y, por último, a los hijos y a sus descendientes por línea masculina.
En las Doce Tablas, como es natural, este orden parece invertido.
2. La posesión de un lugar de sepultura común. La gens patricia
Claudia, al emigrar de Regilo a Roma, recibió en la ciudad misma, además del área
de tierra que le fue señalada, un lugar de sepultura común. Incluso en tiempos
de Augusto, la cabeza de Varo, muerto en la selva de Teutoburgo, fue llevada a
Roma y enterrada en el túmulo gentilicio; por tanto, su gens (la Quintilia) aún
tenía una sepultura particular.
3. Las solemnidades religiosas comunes. Estas llevaban el
nombre de "sacra gentilitia" y son bien conocidas.
4. La obligación de no casarse dentro de la gens. Aun cuando
esto no parece haberse transformado nunca en Roma en una ley escrita, sin
embargo, persistió la costumbre. Entre el inmenso número de parejas conyugales
romanas cuyos nombres han llegado hasta nosotros, ni una sola tiene el mismo
nombre gentilicio para el hombre y para la mujer. Esta regla es ve también
demostrada por el derecho hereditario. La mujer pierde sus derechos agnaticios
al casarse, sale fuera de su gens; ni ella ni sus hijos pueden heredar de su
padre o de los hermanos de éste, puesto que de otro modo la gens paterna
perdería esa parte de la herencia. Esta regla no tiene sentido sino en el
supuesto de que la mujer no pueda casarse con ningún gentil suyo.
5. La posesión de la tierra en común. Esta existió siempre en
los tiempos primitivos, desde que se comenzó a repartir el territorio de la
tribu. En las tribus latinas encontramos el suelo poseído parte por la tribu,
parte por la gens, parte por casas que en aquella época difícilmente podían ser
aún familias individuales. Se atribuye a Rómulo el primer reparto de tierra
entre los individuos, a razón de dos "jugera" (como una hectárea).
Sin embargo, más tarde encontramos aún tierra en manos de las gens, sin hablar
de las tierras del Estado, en torno a las cuales gira toda la historia interior
de la república.
6. La obligación de los miembros de la gens de prestarse
mutuamente socorro y asistencia. La historia escrita sólo nos ofrece vestigio
de esto; el Estado romano apareció en la escena desde el principio como una
fuerza tan preponderante, que se atribuyó el derecho de protección contra las
injurias. Cuando fue apresado Apio Claudio, llevó luto toda su gens, hasta sus
enemigos personales. En tiempos de la segunda guerra púnica, las gens se
asociaron para rescatar a sus miembros hechos prisioneros; el Senado se lo
prohibió.
7. El derecho de llevar el nombre de la gens. Se mantuvo hasta
los tiempos de los emperadores. Permitíase a los libertos tomar el nombre de la
gens de su antiguo señor, sin otorgarles, sin embargo, los derechos de miembros
de la misma.
8. El derecho a adoptar a extraños en la gens. Practicábase por
la adopción en una familia (como entre los indios), lo cual traía consigo la
admisión en la gens.
9. El derecho de elegir y deponer al jefe no se menciona en
ninguna parte. Pero como en los primeros tiempos de Roma todos los puestos,
comenzando por el rey, sólo se obtenían por elección o por aclamación, y como
los mismos sacerdotes de las curias eran elegidos por éstas, podemos admitir
que el mismo orden regía en cuanto a los jefes ("príncipes") de las
gens, aun cuando pudiera ser regla elegirlos de una misma familia.
Tales eran los derechos de una gens romana. Excepto el paso al
derecho paterno, realizado ya, son la imagen fiel de los derechos y deberes de
una gens iroquesa; también aquí "se reconoce al iroqués".
No pondremos más que un ejemplo de la confusión que aún reina
hoy en lo relativo a la organización de la gens romana entre nuestros más
famosos historiadores. En el trabajo de Mommsen acerca de los nombres propios
romanos de la época republicana y de los tiempos de Augusto ("Investigaciones
Romanas", Berlín 1864, tomo Ixxxiii) se lee: "Aparte de los miembros
masculinos de la familia, excluídos naturalmente los esclavos, pero no los
adoptados y los clientes, el nombre gentilicio se concedía también a las
mujeres... La tribu ("Stamm", como traduce Mommsen aquí la palabra
gens) es... una comunidad nacida de la comunidad de origen (real, o probable, o
hasta ficticia), mantenida en un haz compacto por fiestas religiosas,
sepulturas y herencia comunes y a la cual pueden y deben pertenecer todos los
individuos personalmente libres, y por tanto las mujeres también. Lo difícil es
establecer el nombre gentilicio de las mujeres casadas. Cierto es que esta
dificultad no existió mientras la mujer sólo pudo casarse con un miembro de su
gens; y es cosa probada que durante mucho tiempo les fue difícil casarse fuera
que dentro de la gens. En el siglo VI concedíase aún como un privilegio
especial y como una recompensa este derecho, el "gentis
enuptio"xxxiv. Pero cuando estos matrimonios fuera de la gens se
producían, la mujer, por lo visto, debía pasar, en los primeros tiempos, a la
tribu de su marido. Es indudable en absoluto que en el antiguo matrimonio
religioso la mujer entraba de lleno en la comunidad legal y religiosa de su
marido y se salía de la propia. Todo el mundo sabe que la mujer casada pierde
su derecho de herencia, tanto activo como pasivo, respecto a los miembros de su
gens, y entra en asociación de herencia con su marido, con sus hijos y con los
gentiles de éstos. Y si su marido la adopta como a una hija y le da entrada en
su familia, ¿cómo puede ella quedar fuera de la gens de él?" (págs. 9 -
11).
Mommsen afirma, pues, que las mujeres romanas pertenecienets a
una gens no podían al principio casarse sino dentro de ésta y que, por consiguiente,
la gens romana fue endógama y no exógama. Ese parecer, que está en
contradicción con todo lo que sabemos acerca de otros pueblos, se funda sobre
todo, si no de una manera exclusiva, en un solo pasaje (muy discutido) de Tito
Livio (lib. XXXIX, cap. 19), según el cual el Senado decidió en el año de Roma
568, o sea, el año 186 antes de nuestra era, lo siguiente: "uti Feceniae
Hispallae datio, deminutio, gentis enuptio, tutoris optio item esset quasi ei
vir testamento dedisset; utique ei ingenuo nubere liceret, neu quid ei qui eam
duxisset, ob id fraudi ignominiaeve esset"; es decir, que Fecenia Hispalla
sería libre de disponer de sus bienes, de disminuirlos, de casarse fuera de la
gens, de elegirse un tutor para ella como si su (difunto) marido le hubiese
concedido este derecho por testamento; así como le sería lícito contraer
nupcias con un hombre libre (ingenuo), sin que hubiese fraude ni ignominia para
quien se casase con ella.
Es indudable que a Fenecia, una liberta, se le da aquí el
derecho de casarse fuera de la gens. Y es no menos evidente, por lo que
antecede, que el marido tenía derecho de permitir por testamento a su mujer que
se casase fuera de la gens, después de muerto él. Pero, ¿fuera de qué gens?.
Si, como supone Mommsen, la mujer debía casarse en el seno de
su gens, quedaba en la misma gens después de su matrimonio. Pero, ante todo,
precisamente lo que hay que probar es esa pretendida endogamia de la gens. En
segundo lugar, si la mujer debía casarse dentro de su gens, naturalmente tenía
que acontecerle lo mismo al hombre, puesto que sin eso no hubiera podido
encontrar mujer. Y en ese caso venimos a para en que el marido podía transmitir
testamentariamente a su mujer un derecho que él mismo no poseía para sí; es
decir, venimos a parar a un absurdo jurídico. Así lo comprende también Mommsen,
y supone entonces que "para el matrimonio fuera de la gens se necesitaba,
jurídicamente, no sólo el consentimiento de la persona autorizada, sino además
el de todos los miembros de la gens" (pág. 10, nota). En primer lugar,
esta es una suposición muy atrevida; en segundo lugar, la contradice el texto
mismo del pasaje citado. En efecto, el Senado da este derecho a Fecenia en
lugar de su marido; le confiere expresamente lo mismo, ni más ni menos, que el
marido le hubiera podido conferir; pero el Senado da aquí a la mujer un derecho
absoluto, sin traba alguna, de suerte que si hace uso de él no pueda
sobrevenirle por ello ningún perjuicio a su nuevo marido. El Senado hasta
encarga a los cónsules y pretores presentes y futuros que velen porque Fecenia
no tenga que sufrir ningún agravio respecto a ese particular. Así, pues, la
hipótesis de Mommsen parece inaceptable en absoluto.
Supongamos ahora que la mujer se casaba con un hombre de otra gens,
pero permanecía ella misma en su gens originaria. En ese caso, según el pasaje
citado, su marido hubiera tenido el derecho de permitir a la mujer casarse
fuera de la propia gens de ésta; es decir, hubiera tenido el derecho de tomar
disposiciones en asuntos de una gens a la cual él no pertenecía. Es tan absurda
la cosa, que no se puede perder el tiempo en hablar una palabra más acerca de
ello.
No queda, pues, sino la siguiente hipótesis: la mujer se casaba
en primeras nupcias con un hombre de otra gens, y por efecto de este enlace
matrimonial pasaba incondicionalmente a la gens del marido, como lo admite
Mommsen en casos de esta especie. Entonces, todo el asunto se explica
inmediatamente. La mujer, arrancada de su propia gens por el matrimonio y adoptada
en la gens de su marido, tiene en ésta una situación muy particular. Es en
verdad miembro de la gens, pero no está enlazada con ella por ningún vínculo
consanguíneo; el propio carácter de su adopción la exime de toda prohibición de
casarse dentro de la gens donde ha entrado precisamente por el matrimonio;
además, admitida en el grupo matrimonial de la gens, hereda cuando su marido
muere los bienes de éste, es decir, los bienes de un miembro de la gens. ¿Hay,
pues, algo más natural que, para conservar en la gens estos bienes, la viuda
esté obligada a casarse con un gentil de su primer marido, y no con una persona
de otra gens?. Y si tiene que hacerse una excepción, ¿quién es tan competente
para autorizarla como el mismo que le legó esos bienes, su primer marido?. En
el momento en que le cede una parte de sus bienes, y al mismo tiempo permite
que la lleve por matrimonio o a consecuencia del matrimonio a una gens extraña,
esos bienes aún le pertenecen; por tanto, sólo dispone, literalmente, de una
propiedad suya. En lo que atañe a la mujer misma y a su situación respecto a la
gens de su marido, éste fue quien la introdujo en esa gens por un acto de su
libre voluntad, el matrimonio; parece, pues, igualmente natural que él sea la
persona más apropiada para autorizarla a salir de esa gens, por medio de
segundas nupcias. En resumen, la cosa parece sencilla y comprensible en cuanto
abandonamos la extravagante idea de la endogamia de la gens romana y la
consideramos, con Morgan, como originariamente exógama.
Aún queda la última hipótesis -que también ha encontrado
defensores, y no los menos numerosos-, según la cual el pasaje de Tito Livio
significa simplemente que "las jóvenes manumitidas ("libertae")
no podían, sin autorización especial, 'e gente enubere' (casarse fuera de la
gens) o realizar ningún acto que, en virtud de la 'capitis deminutio
minima'xxxv, ocasionase la salida de la liberta de la unión gentilicia"
(Lange, "Antigüedades romanas", Berlín 1856, tomo I, pág. 195xxxvi,
donde se hace referencia a Huschke respecto a nuestro pasaje de Tito Livio). Si
esta hipótesis es atinada, el pasaje citado no tiene nada que ver con las
romanas libres, y entonces hay mucho menos fundamento para hablar de su
obligación de casarse dentro de la gens.
La expresión "enuptio gentis" sólo se encuentra en
este pasaje y no se repite en toda la literatura romana; la palabra
"enubere" (casarse fuera) no se encuentra más que tres veces,
igualmente en Tito Livio y sin que se refiera a la gens. La idea fantástica de que
las romanas no podían casarse sino dentro de la gens debe su existencia
exclusivamente a ese pasaje. Pero no puede sostenerse de ninguna manera,
porque, o la frase de Tito Livio sólo se aplica a restricciones especiales
respecto a las libertas, y entonces no prueba nada relativo a las mujeres
libres (ingenuae), o se aplica igualmente a estas últimas, y entonces prueba
que como regla general la mujer se casaba fuera de su gens y por las nupcias
pasaba a la gens del marido. Por tanto, ese pasaje se pronuncia contra Mommsen
y a favor de Morgan.
Casi cerca de trescientos años después de la fundación de Roma,
los lazos gentiles eran tan fuertes, que una gens patricia, la de los Fabios,
pudo emprender por su propia cuenta, y con el consentimiento del senado, una
expedición contra la próxima ciudad de Veies. Se dice que salieron a campaña
trescientos seis Fabios, y todos ellos fueron muertos en una emboscada; sólo un
joven, que se quedó rezagado, perpetuó la gens.
Según hemos dicho, diez gens formaban una fratria, que se llamaba
allí curia y tenía atribuciones públicas más importantes que la fratria griega.
Cada curia tenía sus prácticas religiosas, sus santuarios y sus sacerdotes
particulares; estos últimos formaban, juntos, uno de los colegios de sacerdotes
romanos. Diez curias constituían una tribu, que en su origen debió de tener,
como el resto de las tribus latinas, un jefe electivo, general del ejército y
gran sacerdote. El conjunto de las tres tribus, formaba el pueblo romano, el
"populus romanus".
Así, pues, nadie podía pertenecer al pueblo romano si no era
miembro de una gens y, por tanto, de una curia y de una tribu. La primera
constitución de este pueblo fue la siguiente. La gestión de los negocios
públicos era, en primer lugar, competencia de un Senado, que, como lo
comprendió Niebuhr antes que nadie, se componía de los jefes de las trescientas
gens; precisamente, por su calidad de jefes de las gens llamáronse padres
("patres") y su conjunto, Senado (consejo de los ancianos, de
"senex", viejo). La elección habitual del jefe de cada gens en las
mismas familias creó también aquí la primera nobleza gentilicia. Estas familias
se llamaban patricias y pretendían al derecho exclusivo de entrar en el Senado
y al de ocupar todos los demás oficios públicos. El hecho de que con el tiempo
el pueblo se dejase imponer esas pretensiones y el que éstas se transformaran
en un derecho positivo, lo explica a su modo la leyenda, diciendo que Rómulo
había concedido desde el principio a los senadores y a sus descendientes el
patriciado con sus privilegios. El senado, como la "bulê" ateniense,
decidía en muchos asuntos y procedía a la discusión preliminar de los más
importantes, sobre todo de las leyes nuevas. Estas eran votadas por la asamblea
del pueblo, llamada "comitia curiata" (comicios de las curias). El
pueblo se congregaba agrupado por curias, y verosimilmente en cada curia por
gens. Cada una de las treinta curias tenía un voto. Los comicios de las curias
aprobaban o rechazaban todas las leyes, elegían todos los altos funcionarios, incluso
el "rex" (el pretendido rey), declaraban la guerra (pero el Senado
firmaba la paz), y en calidad de tribunal supremo decidían, siempre que las
partes apelasen, en todos los casos en que se trataba de pronunciar sentencia
de muerte contra un ciudadano romano. Por último, junto al Senado y a la
Asamblea del pueblo, estaba el "rex", que era exactamente lo mismo
que el "basileus" griego, y de ninguna manera un monarca casi
absoluto, tal como nos lo presenta Mommsenxxxvii. El "rex" era
también jefe militar, gran sacerdote y presidente de ciertos tribunales. No
tenía derechos o poderes civiles de ninguna especie sobre la vida, la libertad
y la propiedad de los ciudadanos, en tanto que esos derechos no dimanaban del
poder disciplinario del jefe militar o del poder judicial ejecutivo del
presidente del tribunal. Las funciones de "rex" no eran hereditarias;
por el contrario, y probablemente a propuesta de su predecesor, era elegido
primero por los los comicios de las curias y después investido solemnemente en
otra reunión de las mismas. Que también podía ser depuesto, lo prueba la suerte
que cupo a Tarquino el Soberbio.
Lo mismo que los griegos de la época heroica, los romanos del
tiempo de los sedicentes reyes vivían, pues, en una democracia militar basada
en las gens, las fratrias y las tribus y nacida de ellas. Si bien es cierto que
las curias y tribus fueron, en parte, formadas artificialmente, no por eso
dejaban de hallarse constituidas con arreglo a los modelos genuinos y plasmadas
naturalmente de la sociedad de la cual habían salido y que aún las envolvía por
todas partes. Es cierto también que la nobleza patricia, surgida naturalmente,
había ganado ya terreno y que los "reges" trataban de extender poco a
poco sus atribuciones pero esto no cambiaa en nada el carácter inicial de la
constitución, y esto es lo más importante.
Entretanto, la población de la ciudad de Roma y del territorio
romano ensanchado por la conquista fue acrecentándose, parte por la
inmigración, parte por medio de los habitantes de las regiones sometidas, en su
mayoría latinos. Todos estos nuevos súbditos del Estado (dejemos a un lado aquí
la cuestión de los "clientes") vivían fuera de las antiguas gens,
curias y tribus y, por tanto, no formaban parte del "populus romanus",
del pueblo romano propiamente dicho. Eran personalmente libres, podían poseer
tierras, estaban obligados a pagar el impuesto y hallábanse sujetos al servicio
militar. Pero no podían ejercer niguna función pública no tomar parte en los
comicios de las curias ni en el reparto de las tierras conquistadas por el
Estado. Formaban la plebe, excluída de todos los derechos públicos. Por su
constante aumento del número, por su instrucción militar y su armamento, se
conviertieron en una fuerza amenazadora frente al antiguo "populus",
ahora herméticamente cerrado a todo incremento de origen exterior. Agréguese a
esto que la tierra estaba, al parecer, distribuída con bastante igualdad entre
el "pópulus" y la plebe, al paso que la riqueza comercial e
industrial, aun cuando poco desarrollada, pertenecía en su mayor parte a la
plebe.
Dadas las tinieblas que envuelven la historia legendaria de
Roma -tinieblas espesadas por los ensayos racionalistas y pragmáticos de
interpretación y las narraciones más recientes debidas a escritores de
educación jurídica, que nos sirven de fuentes- es imposible decir nada concreto
acerca de la fecha, del curso o de las circunstancias de la revolución que
acabó con la antigua constitución de la gens. Lo único que se sabe de cierto es
que su causa estuvo en las luchas entre la plebe y el "populus".
La nueva Constitución, atribuida al "rex" Servio
Tulio y que se apoyaba en modelos griegos, principalmente en la de Solón, creó
una nueva asamblea del pueblo, que comprendía o excluía indistintamente a los
individuos del "populus" y de la plebe, según prestaran o no
servicios militares. Toda la población masculina sujeta al servicio militar
quedó dividida en seis clases, con arreglo a su fortuna. Los bienes mínimos de
las cinco clases superiores eran para la I de 100.000 ases; para la II de
75.000; para la III de 50.000; para la IV de 25.000 y para la V de 11.000,
sumas que, según Dureau de la Malle, corresponden respectivamente a 14.000,
10.500, 7000, 3.600 y 1.570 marcos. La sexta clase, los proletarios, componíase
de los más pobres, exentos del servicio militar y de impuestos. En la nueva
asamblea popular de los comicios de las centurias ("comitia
centuriata") los ciudadanos formaban militarmente, por compañías de cien
hombres, y cada centuria tenía un voto. La 1ª clase daba 80 centurias; la 2ª,
22; la 3ª, 20; la 4ª, 22; la 5ª, 30 y la 6ª, por mera fórmula, una. Además, los
caballeros (los ciudadanos más ricos) formaban 18 centurias. En total, las
centurias eran 193. Para obtener la mayoría requeríase 97 votos, como los
caballeros y la 1ª clase disponían juntos de 98 votos, tenían asegurada la
mayoría; cuando iban de común acuerdo, ni siquiera se consultaba a las otras
clases y se tomaba sin ellas la resolución definitiva.
Todos los derechos políticos de la anterior asamblea de las
curias (excepto algunos puramente nominales) pasaron ahora a la nueva asamblea
de las centurias; como en Atenas, las curias y las gens que las componían se
vieron rebajadas a la posición de simples asociaciones privadas y religiosas, y
como tales vegetaron aún mucho tiempo, mientras que la asamblea de las curias
no tardó en pasar a mejor vida. Para excluir igualmente del Estado a las tres
antiguas tribus gentilicias, se crearon cuatro tribus territoriales. Cada una
de ellas residía en un distrito de la ciudad y tenía determinados derechos
políticos.
Así fue destruido en Roma, antes de que se suprimiera el cargo
de "rex", el antiguo orden social, fundado en vínculos de sangre. Su
lugar lo ocupó una nueva constitución, una auténtica constitución de Estado,
basada en la división territorial y en las diferencias de fortuna. La fuerza
pública consistía aquí en el conjunto de ciudadanos sujetos al servicio militar
y no sólo se oponía a los esclavos, sino también a la clase llamada proletaria,
excluída del servicio militar y privada del derecho a llevar armas.
En el marco de esta nueva constitución -a cuyo desarrollo sólo
dieron mayor impulso la expulsión del último "rex", Tarquino el
Soberbio, que usurpaba un verdadero poder real, y su remplazo por dos jefes
militares (cónsules) con iguales poderes (como entre los iroqueses)- se mueve
toda la historia de la república romana, con sus luchas entre patricios y
plebeyos por el acceso a los empleos públicos y por el reparto de las tierras
del Estado y con la disolución completa de la nobleza patricia en la nueva
clase de los grandes propietarios territoriales y de los hombres adinerados,
que absorbieron poco a poco toda la propiedad rústica de los campesinos
arruinados por el servicio militar, cultivaban por medio de esclavos los
inmensos latifundios así formados, despoblaron Italia y, con ello, abrieron las
puertas no sólo al imperio, sino también a sus sucesores, los bárbaros
germanos.
V I I
L A G E N S
E N T R E L O S C E L T A S
Y
E N T R E L O S
G E R M A N O S
Por falta de espacio no podremos estudiar las instituciones
gentilicias que aún existen bajo una forma más o menos pura en los pueblos
salvajes y bárbaros más diversos ni seguir sus vestigios en la historia primitiva
de los pueblos asiáticos civilizados. Unas y otros encuéntranse por todas
partes. Bastarán algunos ejemplos. Aún antes de que se conociese bien la gens,
MacLennan, el hombre que más se ha afanado por comprenderla mal, indició y
describió con suma exactitud su existencia entre los kalmucos, los cherkeses,
los samoyedos, y en tres pueblos de la India: los waralis, los magares y los
munnipuris. Más recientemente, Máximo Kovalevski la ha descubierto y descrito
entre los pschavos, los jensuros, los svanetos y otras tribus del Cáucaso. Aquí
nos limitaremos a unas breves notas acerca de la gens entre los celtas y entre
los germanos.
Las más antiguas leyes célticas que han llegado hasta nosotros
nos muestran aún en pleno vigor la gens; en Irlanda sobrevive hasta nuestros
días en la conciencia popular, por lo menos instintivamente, desde que los
ingleses la destruyeron por la violencia; en Escocia estaba aún en pleno
florecimiento a mediados del siglo XVIII, y sólo sucumbió allí por las armas,
las leyes y los tribunales de Inglaterra.
Las leyes del antiguo País de Gales, que fueron escritas varios
siglos antes de la conquista inglesa (lo más tarde, el siglo XI), aún muestran
el cultivo de la tierra en común por aldeas enteras, aunque sólo fuese como una
excepción y como el vestigio de una costumbre anterior generalmente extendida;
cada familia tenía cinco acres de tierra para su cultivo particular; aparte de
esto, se cultivaba el campo en común y su cosecha era repartida. La semejanza
entre Irlanda y Escocia no permite dudar que esas comunidades rurales eran gens
o fracciones de gens, aun cuando no lo probase de un modo directo un estudio
nuevo de las leyes gaélicas, para el cual me falta tiempo (hice mis notas en
1869). Pero lo que prueban de una manera directa los documentos gaélicos e
irlandeses es que en el siglo XI el matrimonio sindiásmico no había sido
sustituido aún del todo entre los celtas por la monogamia. En el País de Gales,
un matrimonio no se consolidaba, o más bien no se hacía indisoluble sino al
cabo de siete años de convivencia. Si sólo faltaban tres noches para cumplirse
los siete años, los esposos podían separarse. Entonces se repartían los bienes:
la mujer hacía las partes y el hombre elegía la suya. Repartíanse los muebles
siguiendo ciertas reglas muy humorísticas. Si era el hombre quien rompía, tenía
que devolver a la mujer su dote y alguna cosa más; si era la mujer, esta
recibía menos. De los hijos, dos correspondían al hombre, y uno, el mediano, a
la mujer. Si después de la separación la mujer tomaba otro marido y el primero
quería llevarsela otra vez, estaba obligada a seguir a éste, aunque tuviese ya
un pie en el nuevo tálamo conyugal. Pero si dos personas vivían juntas durante
siete años, eran marido y mujer aun sin previo matrimonio formal. No se
guardaba ni se exigía con rigor la castidad de las jóvenes antes del
matrimonio; las reglas respecto a este particular son en extremo frívolas y no
corresponden a la moral burguesa. Si una mujer cometía adulterio, el marido
tenía el derecho de pegarle (éste era uno de los tres casos en que le era
lícito hacerlo; en los demás, incurría en una pena), pero no podía exigir
ninguna otra satisfacción, porque "para una misma falta puede haber
expiación o venganza, pero no las dos cosas a la vez". Los motivos por los
cuales podía la mujer reclamar el divorcio sin perder ninguno de sus derechos
en el momento de la separación, eran muchos y muy diversos: bastaba que al
marido le oliese mal el aliento. El rescate por el derecho de la primera noche
("gobr merch" y de ahí el nombre "marcheta", en francés
"marchette", en la Edad Media), pagadero al jefe de la tribu o rey,
representa un gran papel en el Código. Las mujeres tenían voto en las asambleas
del pueblo. Añadamos que en Irlanda existían análogas condiciones; que también
estaban muy en uso los matrimonios temporales, y que en caso de separación se
concedían a la mujer grandes privilegios, determinados con exactitud, incluso
una remuneración en pago de sus servicios domésticos; que allí se encuentra una
"primera mujer" junto a otras mujeres; que en las particiones de
herencia no se hace distinción entre los hijos legítimos y los hijos naturales,
y tendremos así una imagen del matrimonio por parejas en comparación con el
cual parece severa la forma de matrimonio por usada en América del Norte, pero
que no debe asombrar en el siglo XI en un pueblo que aún tenía el matrimonio
por grupos en tiempos de César.
La gens irlandesa ("sept"; la tribu se llama
"clainne" o clan) no sólo está confirmada y descrita por los libros
antiguos de Derecho, sino también por los jurisconsultos ingleses que fueron
enviados en el siglo XVII a ese país, para transformar el territorio de los
clanes en dominios del rey de Inglaterra. El suelo había seguido siendo
propiedad común del clan o de la gens hasta entonces, siempre que no hubiera
sido transformado ya por los jefes en dominios privados suyos. Cuando moría un
miembro de la gens y, por consiguiente, se disolvía una hacienda, el jefe (los
jurisconsultos ingleses lo llamaban "caput cognationis"), hacía un
nuevo reparto de todo el territorio entre los demás hogares. En general, este
reparto debía de hacerse siguiendo las reglas usuales en Alemania. Todavía se
encuentran algunas aldeas -hace cuarenta o cincuenta años eran numerosísimas-
cuyos campos son distribuídos según el sistema denominado "rundale".
Los campesinos, colonos individuales del suelo en otro tiempo propiedad común
de la gens y robado después por el conquistador inglés, pagan cada uno de ellos
el arrendamiento, pero reunen todas las parcelas de tierra de labor o prados,
las dividen según su emplazamiento y su calidad en "gewanne" (como
dicen en las márgenes del Mosela) y dan a cada uno su parte en cada
"gewanne". Los pantanos y los pastos son de aprovechamiento común. Hace
cincuenta años nada más, renovábase el reparto de tiempo en tiempo, en algunos
lugares anualmente. El plano catastral del territorio de uan aldea
"rundale" tiene enteramente el mismo aspecto que una comunidad de
hogares campesinos (Gehöfersschaft) de orillas del Mosela o del Hochwald. La
gens sobrevive también en las "factions"xxxviii. Los campesinos
irlandeses divídense a menudo en bandos que se diría fundados en triquiñuelas
absurdas. Estos bandos son incomprensibles para los ingleses y parecen tener por
único objeto el popular deporte de tundirse mutuamente con toda solemnidad. Son
reviviscencias artificiales, compensaciones póstumas para la gens desmembrada,
que manifiestan a su modo cómo perdura el instinto gentilicio hereditario. En
muchas comarcas los gentiles viven en su antiguo territorio; así, hacia 1830,
la gran mayoría de los habitantes del condado de Monaghan sólo tenía cuatro
apellidos, es decir, descendía de cuatro gens o clanesxxxix.
En Escocia, la ruina del orden gentilicio data de la época en
que fue reprimida la insurrección de 1745. Falta investigar qué eslabón de este
orden representa en especial el clan escocés; pero es indudable que es un
eslabón. En las novelas de Walter Scott revive ante nuestra vista ese antiguo
clan de la Alta Escocia. Dice Morgan: "Es un ejemplar perfecto de la gens
en su organización, y en su espíritu, un asombroso ejemplo del poderío de la
vida de la gens sobre sus miembros. En sus disensiones y en sus venganzas de
sangre, en el reparto del territorio por clanes, en la explotación común del
suelo, en la fidelidad a su jefe y entre sí de los miembros del clan, volvemos
a encontrar los rasgos característicos de la sociedad fundada en la gens... La
filiación seguía el derecho paterno, de tal suerte que los hijos de los hombres
permanecían en sus clanes, mientras que los de las mujeres pasaban a los clanes
de sus padres". Pero prueba la existencia anterior del derecho materno en
Escocia el hecho de que en la familia real de los Pictos, según Beda, era
válida la herencia por línea femenina. También se conservó entre los escoceses
hasta la Edad Media, lo mismo que entre los habitantes del País de Gales, un
vestigio de la familia punalúa, el derecho de la primera noche, que el jefe del
clan o el rey podía ejercer con toda recién casada el día de la boda, en
calidad de último representante de los maridos comunes de antaño, si no se
había redimido la mujer por el rescate.
* * *
Es un hecho indiscutible que, hasta la emigración de los
pueblos, los germanos estuvieron organizados en gens. Es evidente que no
ocuparon el territorio situado entre el Danubio, el Rin, el Vístula y los mares
del Norte hasta pocos siglos antes de nuestra era; los cimbrios y los teutones
estaban aún en plena emigración, y los suevos no se establecieron en lugares
fijos hasta los tiempos de César. Este dice de ellos, con términos expresos,
que estaban establecidos por gens y por estirpes ("gentibus
cognationibusque"), y en boca de un romano de la gens Julia, esta
expresión de "gentibus" tiene un significado bien definido e
indiscutible. Esto se refería a todos los germanos; incluso en las provincias
romanas conquistadas se establecieron por gens. Consta en el "Derecho
Consuetudinario Alamanno" que el pueblo se estableció en los territorios conquistados
al sur del Danubio por gens ("genealogiae"); la palabra genealogía se
emplea exactamente en el mismo sentido que lo fueron más tarde las expresiones
"Marca" o "Dorfgenossenschaft"xl. Kovalevski ha emitido
recientemente la opinión de que esas "genealogiae" no serían otra
cosa sino grandes comunidades domésticas entre las cuales se repartía el suelo
y de las que más adelante nacerían las comunidades rurales. Lo mismo puede
decirse respecto a la "fara", expresión con la cual los burgundos y
los longobardos -un pueblo de origen gótico y otro de origen herminónico o
altoalemán- designaban poco más o menos, si no con exactitud, lo mismo que se
llamaba "genealogía" en el "Derecho Consuetudinario
Alamanno". Debe aún ser investigado qué encontramos aquí, si una gens o
una comunidad doméstica.
Los monumentos filológicos no resuelven nuestras dudas acerca
de si a la gens se le daba entre todos los germanos la misma denominación y
cuál era ésta. Etimológicamente, al griego "genos" y al latín
"gens" corresponden el gótico "kuni" y el medioalto-alemán
"künne", que se emplea en el mismo sentido. Lo que nos recuerda los
tiempos del derecho materno es que el sustantivo mujer deriva de la misma raíz:
en griego "gyne", en eslavo "zhená", en gótico
"quino", en antiguo noruego, "kona", "kuna".
Según hemos dicho, entre los burgundos y los longobardos encontramos la palabra
"fara", que Grimm hace derivar de la raíz hipotética
"fisan" (engendarar). Yo preferiría hacerla derivar de una manera
evidente de "faran" (marchar, viajar, volver), para designar una
fracción compacta de una masa nómada, fracción formada, como es natural, por
parientes; esta designación, en el transcurso de varios siglos de emigrar
primero al Este, después al Oeste, pudo terminar por ser aplicada, poco a poco,
a la propia gens. Luego, tenemos el gótico "sibja", el anglosajón
"sib", el antiguo altoalemán "sippia", "sippa",
estirpe ("sippe"). El escandinavo no nos da más que el plural
"sifjar" (los parientes): el singular no existe sino como nombre de una
diosa, Sif. Y, en fin, aún hallamos otra expresión en el "Canto de
Hildebrando", donde éste pregunta a Hadubrando: "¿Quién es tu padre
entre los hombres del pueblo... o de qué gens eres tú?". ("Eddo
huêlihhes c n u o s l e s du sís"). Si ha existido un nombre
general germano de la gens, ha debido de ser en gótico "kuni"; vienen
en apoyo de esta opinión, no sólo la identidad con las expresiones
correspondientes de las lenguas del mismo origen, sino también la circunstancia
de que de "kuni" se deriva "kuning" (rey), que significaba
primitivamente jefe de gens o de tribu. "Sibja" (estirpe) puede, al
parecer, dejarse a un lado; y "sifjar", en escandinavo, no sólo
significa parientes consanguíneos, sino también afinidad, por tanto, comprende
por lo menos a los miembros de dos gens: luego tampoco "sif" es la
palabra sinónima de gens.
Tanto entre los germanos como entre los mexicanos y los
griegos, el orden de batalla, trátese del escuadrón de caballería o de la
columna de infantería en forma de cuña, estaba constituído por corporaciones
gentilicias. Cuando Tácito dice por familias y estirpes, esta expresión vaga se
explica por el hecho de que en su época hacía mucho tiempo que la gens había
dejado de ser en Roma una asociación viviente.
Un pasaje decisivo de Tácito es aquél donde dice que el hermano
de la madre considera a su sobrino como si fuese hijo suyo; algunos hay que
hasta tienen por más estrecho y sagrado el vínculo de la sangre entre tío
materno y sobrino, que entre padre e hijo, de suerte que cuando se exigen
rehenes, el hijo de la hermana se considera como una garantía mucho más grande
que el propio hijo de aquel a quien se quiere ligar. He aquí una reliquia viva
de la gens organizada con arreglo al derecho materno, es decir, primitiva, y
que hasta caracteriza muy en particular a los germanosxli. Cuando los miembros
de una gens de esta especie daban a su propio hijo en prenda de una promesa
solemne, y cuando este hijo era víctima de la violación del tratado por su
padre, éste no tenía que dar cuenta a su madre sino a sí mismo. Pero si el
sacrificado era el hijo de una hermana, esto constituía una violación del más
sagrado derecho de la gens; el pariente gentil más próximo, a quien incumbía
antes que a todos los demás la protección del niño o del joven, erea
considerado como el culpable de su muerte; bien no debía entregarlos en
rehenes, o bien debía observar lo tratado. Si no encontrásemos ninguna otra
huella de la gens entre los germanos, este único pasaje nos bastaría.
Aún más decisivo, por ser unos ochocientos años posterior, es
un pasaje de la "Völuspâ", antiguo canto escandinavo acerca del ocaso
de los dioses y el fin del mundo. En esta "Visión de la profetisa",
en la que hay entrelazados elementos cristianos, según está demostrado hoy por
Bang y Bugge, se dice al describir los tiempos depravados y de corrupción
general, preludio de la gran catástrofe:
"Boedhr munu berjask
munu systrungar
ok at bönum verdask,
sifjum spilla".
"Los hermanos se harán la guerra y se convertirán en
asesinos unos de otros; hijos de hermanas romperán sus lazos de estirpe".
Systrungr quiere decir el hijo de la hermana de la madre; y que esos hijos de
hermanas reniegen entre sí de su parentesco consanguíneo, lo considera el poeta
como un crimen mayor que el propio fratricidio. La agravación del crimen la
expresa la palabra "systrungar", que subraya el parentesco por línea
materna; si en lugar de esa palabra estuviese "syskinabörn" (hijos de
hermanos y hermanas) o "syskinasynir" (hijos varones de hermanos y
hermanas), la segunda línea del texto citado no encarecería la primera, sino
que la atenuaría. Así, pues, hasta en los tiempos de los vikingos, en que
apareció la "Völuspâ", el recuerdo del matriarcado no había
desaparecido aún en Escandinavia.
Por lo demás, ya en los tiempos de Tácito, entre los germanos
(por lo menos entre los que él conoció de cerca) el derecho materno había sido
remplazado por el derecho paterno; los hijos heredaban al padre; a falta de
ellos sucedían los hermanos y los tíos por ambas líneas, paterna y materna. La
admisión del hermano de la madre a la herencia se halla vinculada al
mantenimiento de la costumbre que acabamos de recordar y prueba también cuán
reciente era aún entre los germanos el derecho paterno. Encuéntranse también
huellas del derecho materno a mediados de la Edad Media. Según parece, en
aquella época no había gran confianza en la paternidad, sobre todo entre los
siervos; por eso, cuando un señor feudal reclamaba a una ciudad algún siervo
suyo prófugo, necesitábase -en Augsburgo, en Basilea y en Kaiserslautern, por
ejemplo-, que la calidad de siervo del perseguido fuese afirmada bajo juramento
por seis de sus más próximos parientes consanguíneos, todos ellos por línea
materna (Maurer, "El régimen de las ciudades", Ixlii pág. 381).
Otro resto del matriarcado agonizante era el respeto, casi
incomprensible para los romanos, que los germanos profesaban al sexo femenino.
Las doncellas jóvenes de las familias nobles eran conceptuadas como los rehenes
más seguros en los tratos con los germanos. La idea de que sus mujeres y sus
hijas podían quedar cautivas o ser esclavas, resultaba terrible para ellos y
era lo que más excitaba su valor en las batallas. Consideraban a la mujer como
profética y sagrada y prestaban oído a sus consejos hasta en los asuntos más
importantes. Así, Veleda, la sacerdotisa bructera de las márgenes del Lippe,
fue el alma de la insurrección bátava en la cual Civilis, a la cabeza de los
germanos y de los belgas, hizo vacilar toda la dominación romana en las Galias.
La autoridad de la mujer parece indiscutible en la casa; verdad es que todos
los quehaceres tienen que desempeñarlos ella, los ancianos y los niños,
mientras el hombre en edad viril caza, bebe o no hace nada. Así lo dice Tácito;
pero como no dice quién labraba la tierra y declara expresamente que los
esclavos no hacían sino pagar un tributo, pero sin efectuar ninguna prestación
personal, por lo visto eran los hombres adultos quienes realizaban el poco
trabajo que exigía el cultivo del suelo.
Según hemos visto más arriba, la forma de matrimonio era la
sindiásmica, cada vez más aproximada a la monogamia. No era aún la monogamia
estricta, puesto que a los grandes se les permitía la poligamia. En general,
cuidábase con rigor de la castidad en las jóvenes (lo contrario de lo que
pasaba entre los celtas), y Tácito se expresa también con particular calor
acerca de la indisolubilidad del vínculo conyugal entre los germanos. No indica
más que el adulterio de la mujer como motivo de divorcio. Pero su relato tiene aquí
muchas lagunas; además, es en exceso evidente que sirve como un espejo de la
virtud para los corrompidos romanos. Lo que hay de cierto es que si los
germanos fueron en sus bosques esos excepcionales caballeros de la virtud,
necesitaron poquísimo contacto con el exterior para ponerse al nivel del resto
de la humanidad europea; en medio del mundo romano, el último vestigio de la
rigidez de costumbres desapareció con mucha más rapidez aún que la lengua
germana. Basta con leer a Gregorio de Tours. Claro está que en las selvas
vírgenes de Germania no podían reinar como en Roma excesos refinados en los
placeres sensuales; por tanto, en este orden de ideas, aún les quedan a los
germanos bastantes ventajas sobre la sociedad romana, sin que les atribuyamos
en las cosas de la carne una continencia que nunca ni en ningún pueblo ha
existido como regla general.
La constitución de la gens dio origen a la obligación de
heredar las enemistades del padre o de los parientes, lo mismo que sus
amistades; otro tanto puede decirse de la "compensación" en vez de la
venganza de sangre por homicidio o daño corporal. Esta compensación
("Wergeld"), que apenas hace una generación se consideraba como una
institución particular de Germania, se encuentra hoy en centenares de pueblos como
una forma atenuada de la venganza de sangre propia de la gens. La encontramos
también entre los indios de América, al mismo tiempo que la oligación de la
hospitalidad; la descripción hecha por Tácito ("Costumbres de los
germanos", cap. 21) de la manera cómo ejercían la hospitalidad, coincide
hasta en sus detalles con la dada por Morgan respecto a los indios.
Hoy pertenecen al pasado las acaloradas e interminables
discusiones acerca de si los germanos de Tácito habían repartido
definitivamente las tierras de labor, y sobre cómo debían interpretarse los
pasajes relativos a este punto. Desde que se ha demostrado que en casi todos
los pueblos ha existido el cultivo común de la tierra por la gens y más
adelante por las comuidades familiares comunistas -cosa que César observó ya
entre los suevos-, así como la posterior distribución de la tierra a familias
individuales, con nuevos repartos periódicos; desde que está probado que la
redistribución periódica de la tierra se ha conservado en ciertas comarcas de Alemania
hasta nuestros días, huelga gastar más palabras sobre el particular. Si desde
el cultivo de la tierra en común, tal como César lo describe expresamente
hablando de los suevos (no hay entre ellos, dice, ninguna especie de campos
divididos o particulares), han pasado los germanos, en los ciento cincuenta
años que separan esa época de la de Tácito, al cultivo individual con reparto
anual del suelo, esto constituye, sin duda, un progreso suficiente; el paso de
ese estadio a la plena propiedad privada del suelo, en ese breve intervalo y
sin ninguna intervención extraña, supone sencillamente una imposibilidad. No
leo, pues, en Tácito sino lo que dice en pocas palabras: Cambian (o reparten de
nuevo) cada año la tierra cultivada, y además quedan bastantes tierras comunes.
Esta es la etapa de la agricultura y de la apropiación del suelo que
corresponde con exactitud a la gens contemporánea de los germanos.
Dejo sin cambiar nada el párrafo anterior, tal como se
encuentra en las otras ediciones. En el intervalo, el asunto ha tomado otro
sesgo. Desde que Kovalevski ha demostrado (véase pág. 44xliii
La anterior nota corresponde a la redacción de la edición
española impresa por AKAL de referencia: Marx/Engels: Obras escogidas. II.
AKAL74. Por supuesto, en caso de futuras ediciones propias hay que tener en
cuenta la variable de formato de edición y colocar la correcta página. (Nota
del mecanógrafo).
) la existencia muy
difundida, dado que no sea general, de la comunidad doméstica patriarcal como
estadio intermedio entre la familia comunista matriarcal y la familia
individual moderna, ya no se plantea, como desde Maurer hasta Waitz, si la
propiedad del suelo era común o privada; lo que hoy se plantea es qué forma
tenía la propiedad colectiva. No cabe duda de que entre los suevos existía en
tiempos de César, no sólo la propiedad colectiva, sino también el cultivo en
común por cuenta común. Aún se discutirá por largo tiempo si la unidad
económica era la gens, o la comunidad doméstica, o un grupo consanguíneo comunista
intermedio entre ambas, o si existieron simultáneamente estos tres grupos,
según las condiciones del suelo. Pero Kovalevski afirma que la situación
descrita por Tácito no suponía la marca o la comunidad rural, sino la comunidad
doméstica; sólo de esta última es de quien, a juicio suyo, había de salir, más
adelante, a consecuencia del incremento de la población, la comunidad rural.
Según este punto de vista, los asentamientos de los germanos en
el territorio ocupado por ellos en tiempo de los romanos, como en el que más
adelante les quitaron a éstos, no consistían en poblaciones, sino en grandes
comunidades familiares que comprendían muchas generaciones, cultivaban una
extensión de terreno correspondiente al número de sus miembros y utilizaban con
sus vecinos, como marca común, las tierras de alrededor que seguían incultas.
Por tanto, el pasaje de Tácito relativo a los cambios del suelo cultivado
debería tomarse de hecho en el sentido agronómico, en el sentido de que la
comunidad roturaba cada año cierta extensión de tierra y dejaba en barbecho o
hasta completamente baldías las tierras cultivadas el año anterior. Dada la
poca densidad de la población, siempre había posesión del suelo. Y la comunidad
sólo debió de disolverse siglos después, cuando el número de sus miembros tomó
tal incremento, que ya no fue posible el trabajo común en las condiciones de
producción de la época; los campos y los prados, hasta entonces comunes,
debieron de dividirse del modo acostumbrado entre las familias individuales que
iban formándosed (al principio temporalmente y luego de una vez para siempre),
al paso que seguían siendo de aprovechamiento común los montes, las dehesas y
las aguas.
Respecto a Rusia, parece plenamente demostrada por la historia
esta marcha de la evolución. En lo concerniente a la Alemania, y en segundo
término a los otros países germánicos, no cabe negard que esta hipótesis
dilucida mejor los documentos y resuelve con más facilidad las dificultades que
la adoptada hasta ahora y que hace remontar a Tácito la comunidad rural. Los
documentos más antiguos, por ejemplo, el "Codex Laureshamensis"xliv,
se aplican mucho mejor por la comunidad de familias que por la comunidad rural
o marca. Por otra parte, esta hipótesis promueve otras dificultades y nuevas
cuestiones que será preciso resolver. Aquí sólo nuevas investigaciones pueden
decidir; sin embargo, no puedo negar que como grado intermedio la comunidad
familiar tiene también muchos visos de verosimilitud en lo relativo a Alemania,
Escandinavia e Inglaterra.
Mientras que en la época de César apenas han llegado los
germanos a tener residencias fijas y aun las buscan en parte, en tiempo de
Tácito llevan ya un siglo entero establecidos; por tanto, no pueden ponerse en
duda el progreso en la producción de medios de existencia. Viven en casas de
troncos, su vestimenta es aún muy primitiva, propia de los habitantes de los
bosques: un burdo manto de lana, pieles de animales, y para las mujeres y los
notables, túnicas de lino. Su alimento se compone de leche, carne, frutas
silvestres y, como añade Plinio, gachas de harina de avena (aún hoy plato
nacional céltico en Irlanda y en Escocia). Su riqueza consiste en ganados, pero
de raza inferior: el ganado vacuno es pequeño, de mala estampa, sin cuernos;
los caballos, pequeños poneys que corren mal. La moneda, exclusivamente romana,
era escasa y de poco uso. No trabajaban el oro ni la plata ni los tenían en
aprecio; el hierro era raro, y a lo menos en las tribus del Rin y del Danubio
parece casi exclusivamente importado, pues no lo extraían ellos mismos. Los
caracteres rúnicos (imitados de las letras griegas o latinas), sólo se conocían
como escritura secreta y se empleaban únicamente en la hechicería religiosa.
Aún estaban en uso los sacrificios humanos. En resumen, eran un pueblo que
apenas si acababa de pasar del estadio medio al estadio superior de la
barbarie. Pero al paso que en las tribus limítrofes con los romanos la mayor
facilidad para importar los productos de la industria romana impidió el
desarrollo de una industria metalúrgica y textil propia, no cabe duda de que en
el Nordeste, en las orillas del Mar Báltico, esa industria se formó. Las armas
encontradas en los pantanos de Schleswig (una larga espada de hierro, una cota
de malla, un casco de plata, etc.) con monedas romanas de fines del siglo II, y
los objetos metálicos de fabricación germana difundidos por la emigración de
los pueblos, presentan un tipo originalísimo de arte y son de una perfección
nada común, incluso cuando imitan, en sus comienzos, originales romanos. La
emigración al imperio romano civilizado puso término en todas partes a esta
industria indígena, excepto en Inglaterra. Los broches de bronce, por ejemplo,
nos muestran con qué uniformidad nacieron y se desarrollaron esas industrias.
Los ejemplares hallados en Borgoña, en Rumanía, en las orillas del Mar de Azov,
podrían haber salido del mismo taller que los broches ingleses y suecos, y, sin
duda alguna, son también de origen germánico.
La constitución de los germanos corresponde ingualmente al estadio
superior de la barbarie. Según Tácito, en todas partes existía el consejo de
los jefes (príncipes), que decidía en los asuntos menos graves y preparaba los
más importantes para presentarlos a la votación de la asamblea del pueblo. Esta
última, en el estadio inferior de la barbarie -por lo menos entre los
americanos, donde la encontramos-, sólo existe para la gens, pero todavía no
para la tribu o la confederación de tribus. Los jefes (príncipes) se distinguen
aún mucho de los caudillos militares (duces), lo mismo que entre los iroqueses.
Los primeros viven ya, en parte, de presentes honoríficos, que consisten en
ganados, granos, etc., que les tributan los gentiles; casi siempre, como en
América, se eligen en una misma familia. El paso al derecho paterno favorece la
transformación progresiva de la elección en derecho por herencia, como en
Grecia y en Roma, y por lo mismo la formación de una familia noble en cada
gens. La mayor parte de esta antigua nobleza, llamada de tribu, desapareció con
la emigración de los pueblos, o por lo menos poco tiempo después. Los jefes
militares eran elegidos sin atender a su origen, únicamente según su capacidad.
Tenían escaso poder y debían influir con el ejemplo. Tácito atribuye
expresamente el poder disciplinario en el ejército a los sacerdotes. El
verdadero poder pertenecía a la asamblea del pueblo. El rey o jefe de tribu
preside; el pueblo decide que "no" con murmullos, y que
"sí" con aclamaciones y haciendo ruido con las armas. La asamblea
popular es también tribunal de justicia; aquí son presentadas las demandas y
resueltas las querellas, aquí se dicta la pena de muerte, pero con ésta sólo se
castigan la cobardía, la traición contra el pueblo y los vicios antinaturales.
En las gens y en otras subdivisiones también la colectividad es la que hace
justicia, bajo la presidencia del jefe; éste, como en toda la administración de
justicia germana primitiva, no puede haber sido más que dirigente del proceso e
interrogador. Desde un principio y en todas partes, la colectividad era el juez
entre los germanos.
A partir de los tiempos de César, se habían formado
confederaciones de tribus. En algunas había reyes. Lo mismo que entre los
griegos y entre los romanos, el jefe militar supremo aspiraba ya a la tiranía,
lográndola a veces. Aunque estos usurpadores afortunados no ejercían, ni mucho
menos, el poder absoluto, comenzaron a romper las ligaduras de la gens. Al paso
que en otros tiempos los esclavos manumitidos eran de una condición inferior,
puesto que no podían pertenecer a ninguna gens, hubo junto a los nuevos reyes
esclavos favoritos que a menudo llegaban a tener altos puestos, riquezas y
honores. Lo mismo aconteció después de la conquista del imperio romano por los
jefes militares, convertidos desde entonces en reyes de extensos países. Entre
los francos, los esclavos y los libertos de los reyes representaron un gran
papel, primero en la corte y luego en el Estado; de ellos descendió en gran
parte la nueva nobleza.
Una institución favoreció el advenimiento de la monarquía: las
mesnadas. Ya hemos visto entre los pieles rojas americanos cómo, paralelamente
al régimen de la gens, se crean compañías particulares para guerrear por su
propia cuenta y riesgo. Estas compañías particulares habían adquirido entre los
germanos un carácter permanente. Un jefe guerrero famoso juntaba una banda de
gente moza ávida de botín, obligada a tenerle fidelidad personal, como él a
ella. El jefe se cuidaba de su sustento, les hacía regalos y los organizaba en
determinada jerarquía; formaba una escolta y una tropa aguerrida para las
expediciones pequeñas y un cuerpo de oficiales aguerridos para las mayores. Por
débiles que deban de haber sido esas compañías, por débiles que hayan sido en
realidad -por ejemplo, las de Odoacro en Italia-, constituían el germen de la
ruina de la antigua libertad popular, cosa que pudo comprobarse durante la
emigración de los pueblos y después de ella. Porque, en primer término,
favorecieron el advenimiento del poder real y, en segundo lugar, como ya lo
advirtió Tácito, no podían mantenerse en estado de cohesión sino por medio de
continuas guerras y expediciones de rapiña, la cual se convirtió en un fin.
Cuando el jefe de la compañía no tenía nada que hacer contra los vecinos, iba
con sus troas a otros pueblos donde hubiese guerra y posibilidades de saqueo;
las fuerzas auxiliares de germanos que bajo las águilas romanas combatían
contra los germanos mismos, se componían en parte de bandas de esta especie.
Constituían el embrión de los futuros lansquenetes, vergüenza y maldición de
los alemanes. Después de la conquista del imperio romano, estas mesnadas de los
reyes, con los siervos y los criados de la corte romana, formaron el segundo
elemento principal de la futura nobleza.
En general, las tribus alemanas reunidas en pueblos tienen,
pues, la misma constitución que se desarrolló entre los griegos de la época
heroica y entre los romanos del tiempo llamado de los reyes: asambleas del
pueblo, consejo de los jefes de las gens, jefe militar supremo que aspira ya a
un verdadero poder real. Esta era la constitución más perfecta que pudo
producir la gens; era la constitución típica del estadio superior de la
barbarie. El régimen gentilicio se acabó el día en que la sociedad salió de los
límites dentro de los cuales era suficiente esa constitución. Este régimen
quedó destruído, y el Estado ocupó su lugar.
V I I I
L A F O R M A C I O N D E L E S T A D O
D E L O S
G E R M A N O S
Según Tácito, los germanos eran un pueblo muy numeroso. Por
César nos formamos una idea aproximada de la fuerza de los diferentes pueblos
germanos. Según él, los usipéteros y los teúcteros, que aparecieron en la
orilla izquierda del Rin, eran 180.000, incluídos mujeres y niños. Por
consiguiente, correspondían cerca de 100.000 seres a cada puebloxlv, cifra
mucho más alta, por ejemplo, que la de la totalidad de los iroqueses en los
tiempos más florecientes, cuando en número menor de 20.000 fueron el terror del
país entero comprendido desde los Grandes Lagos hasta el Ohío y el Potomac. Si
tratáramos de señalar en un mapa el emplazamiento de los pueblos de las
márgenes del Rin, que conocemos mejor por los relatos llegados hasta nosotros,
veríamos que cada uno de ellos ocupa en el mapa, poco más o menos, la misma
superficie de un departamento prusiano, o sea unos 10.000 kilómetros cuadrados
o 182 millas geográficas cuadradas. La "Germania Magna" de los
romanos, hasta el Vístula, abarcaba en números redondos 500.000 kilómetros
cuadrados. Pues bien; tomando para cada pueblo la cifra media de 100.000
individuos, la población total de la "Germania Magna" se elevaría a 5
millones, cifra considerable para un grupo de pueblos bárbaros, pero en extremo
baja para nuestras actuales condiciones (10 habitantes por kilómetro cuadrado,
o 550 por milla geográfica cuadrada). Pero esa cifra no incluye, ni mucho
menos, a todos los germanos que vivían en aquella época. Sabemos que a lo largo
de los Cárpatos, hasta la desembocadura del Danubio, vivían pueblos germanos de
origen gótico -los bastarnos, los peukinos y otros-, tan numerosos, que Plinio
los tiene por la quinta tribu principal de los germanos; unos 180 años antes de
nuestra era; esos pueblos servían ya como mercenarios al rey macedonio Perseo y
en los primeros años del imperio de Augusto avanzaron hasta llegar a Andrinópolis.
Supongamos que sólo fuesen un millón, y tendremos, en los comienzos de nuestra
era, un total probable de 6 millones de germanos, por lo menos.
Después de fijar su residencia definitiva en Germania, la
población debió de crecer con rapidez cada vez mayor; prueba de ello son los
progresos industriales de que antes hablamos. Los descubrimientos hechos en los
pantanos de Schleswig son del siglo III, a juzgar por las monedas romanas que
forman parte de los mismos. Así, pues, por aquella época había ya en las
orillas del Mar Báltico una industria metalúrgica y una industria textil
desarrolladas, se desplegaba un comercio activo con el imperio romano y entre
los ricos existía cierto lujo, indicio todo ello de una población más densa.
Pero también por aquella época comienza la ofensiva general de los germanos en
toda la línea del Rin, de la frontera fortificada romana y del Danubio, desde
el Mar del Norte hasta el Mar Negro, prueba directa del aumento constante de la
población, la cual tendía a la expansión territorial. La lucha duró tres
siglos, durante los cuales todas las tribus principales de los pueblos góticos
(excepto los godos escandinavos y los burgundos) avanzaro hacia el Sudeste,
formando el ala izquierda de la gran línea de ataque, en el centro de la cual
los altoalemanes (herminones) empujaban hacia el alto Danubio y en el ala
derecha los istevones, llamados a la sazón francos, a lo largo del Rin. A los
ingevones les correspondió conquistar la Gran Bretaña. A fines del siglo V, el
imperio romano, débil, desangrado e impotente, se hallaba abierto a la invasión
de los germanos.
Antes estuvimos junto a la cuna de la antigua civilización
griega y romana. Ahora estamos junto a su sepulcro. La garlopa niveladora de la
dominación mundial de los romanos había pasado durante siglos por todos los
países de la cuenca del Mediterráneo. En todas partes donde el idioma griego no
ofreció resistencia, las lenguas nacionales tuvieron que ir cediendo el paso a
un latín corrupto; desaparecieron las diferencias nacionales, y ya no había
galos, íberos, ligures, nóricos; todos se habían convertido en romanos. La
administración y el Derecho romanos habían disuelto en todas partes las
antiguas uniones gentilicias y, a la vez, los últimos restos de independencia
local o nacional. La flamante ciudadanía romana conferida a todos, no ofrecía
compensación; no expresaba ninguna nacionalidad, sino que indicaba tan sólo la
carencia de nacionalidad. Existían en todas partes elementos de nuevas
naciones; los dialectos latinos de las diversas provincias fueron
diferenciándose cada vez más; las fronteras naturales que habían determinado la
existencia como territorios independientes de Italia, las Galias, España y
Africa, subsistían y se hacían sentir aún. Pero en ninguna parte existía la
fuerza necesaria para formar con esos elementos naciones nuevas; en ninguna
parte existía la menor huella de capacidad para desarrollarse, de energía para
resistir, sin hablar ya de fuerzas creadoras. La enorme masa humana de aquel
inmenso territorio, no tenía más vínculo para mantenerse unida que el Estado
romano, y éste había llegado a ser con el tiempo su peor enemigo y su más cruel
opresor. Las provincias habían arruinado a Roma; la misma Roma se había
convertido en una ciudad de provincia como las demás, privilegiada, pero ya no
soberana; no era ni punto céntrico del imperio universal ni sede siquiera de
los emperadores y gobernantes, pues éstos residían en Constantinopla, en
Tréveris, en Milán. El Estado romano se había vuelto una máquina gigantesca y
complicada, con el exclusivo fin de explotar a los súbditos. Impuestos,
prestaciones personales al Estado y censos de todas clases sumían a la masa de
la población en una pobreza cada vez más angustiosa. Las exacciones de los
gobernantes, los recaudadores y los soldados reforzaban la opresión, haciéndola
insoportable. He aquí a qué situación había llevado el dominio del Estado
romano sobre el mundo: basaba su derecho a la existencia en el mantenimiento
del orden en el interior y en la protección contra los bárbaros en el exterior;
pero su orden era más perjudicial que el peor desorden, y los bárbaros contra
los cuales pretendía proteger a los ciudadanos eran esperados por éstos como
salvadores.
No era menos desesperada la situación social. En los últimos
tiempos de la república, la dominación romana reducíase ya a una explotación
sin escrúpulos de las provincias conquistadas; el imperio, lejos de suprimir
aquella explotación, la formalizó legislativamente. Conforme iba declinando el
imperio, más aumentaban los impuestos y prestaciones, mayor era la desvergüenza
con que saqueaban y estrujaban los funcionarios. El comercio y la industria no
habían sido nunca ocupaciones de los romanos, dominadores de pueblos; en la
usura fue donde superaron a todo cuanto hubo antes y después de ellos. El
comercio que encontraron y que había podido conservarse por cierto tiempo,
pereció por las exacciones de los funcionarios; y si algo quedó en pie, fue en
la parte griega, oriental, del imperio, de la que no vamos a ocuparnos en el
presente trabajo. Empobrecimiento general; retroceso del comercio, de los
oficios manuales y del arte; disminución de la población; decadencia de las
ciudades; descenso de la agricultura a un grado inferior; tales fueron los
últimos resultados de la dominación romana universal.
La agricultura, la más importante rama de la producción en todo
el mundo antiguo, lo era ahora más que nunca. Los inmensos dominios
("latifundia") que desde el fin de la república ocupaban casi todo el
territorio en Italia, habían sido explotados de dos maneras: o en pastos, allí
donde la población había sido remplazada por ganado lanar o vacuno, cuyo
cuidado no exigía sino un pequeño número de esclavos, o en villas, donde masas
de esclavos se dedicaban a la horticultura en gran escala, en parte para
satisfacer el afán de lujo de los propietarios, en parte para proveer de
víveres a los mercados de las ciudades. Los grandes pastos habían sido
conservados y hasta extendidos; las villas y su horticultura habíanse arruinado
por efecto del empobrecimiento de sus propietarios y de la decadencia de las
ciudades. La explotación de los "latifundia", basada en el trabajo de
los esclavos, ya no producía beneficios, pero en aquella época era la única
forma posible de la agricultura en gran escala. El cultivo en pequeñas
haciendas había llegado a ser de nuevo la única forma remuneradora. Una tras
otra fueron divididas las villas en pequeñas parcelas y entregadas éstas a
arrendatarios hereditarios, que pagaban cierta cantidad en dinero, o a "partiarii"
(aparceros), más administradores que arrendatarios, que recibían por su trabajo
la sexta e incluso la novena parte del producto anual. Pero de preferencia se
entregaban estas pequeñas parcelas a colonos que pagaban en cambio una retribución
anual fija; estos colonos estaban sujetos a la tierra y podían ser vendidos con
sus parcelas; no eran esclavos, hablando propiamente, pero tampoco eran libres;
no podían casarse con mujeres libres, y sus uniones entre sí no se consideraban
como matrimonios válidos, sino como un simple concubinato
("contibernium"), por el estilo del matrimonio entre esclavos. Fueron
los precursores de los siervos de la Edad Media.
Había pasado el tiempo de la antigua esclavitud. Ni en el
campo, en la agricultura en gran escala, ni en las manufacturas urbanas, daba
ya ningún provecho que mereciese la pena; había desaparecido el mercado para
sus productos. La agricultura en pequeñas haciendas y la pequeña industria a
que se veía reducida la gigantesca producción esclavista de los tiempos del
imperio, no tenían dónde emplear numerosos esclavos. En la sociedad ya no
encontraban lugar sino los esclavos domésticos y de lujo de los ricos. Pero la
agonizante esclavitud aún era suficiente para hacer considerar todo trabajo
productivo como tarea propia de esclavos e indigna de un romano libre, y
entonces lo era cada cual. Así, vemos, por una parte, el aumento creciente de
las manumisiones de esclavos superfluos, convertidos en una carga; y, por otra
parte, el aumento de los colonos y los libres depauperados (análogos a los
"poor whites"xlvi de los antiguos Estados esclavistas de
Norteamérica). El cristianismo no ha tenido absolutamente nada que ver con la
extinción gradual de la esclavitud. Durante siglos coexistió con la esclavitud
en el imperio romano y más adelante jamás ha impedido el comercio de esclavos
de los cistianos, ni el de los germanos en el Norte, ni el de los venecianos en
el Mediterráneo, ni más recientemente la trata de negrosxlvii. La esclavitud ya
no producía más de lo que costaba, y por eso acabó por desaparecer. Pero, al
morir, dejó detrás de sí su aguijón venenoso bajo la forma de proscripción del
trabajo productivo para los hombres libres. Tal es el callejón sin salida en el
cual se encontraba el mundo romano: la esclavitud era económicamente imposible,
y el trabajo de los hombres libres estaba moralmente proscrito. La primera no
podía ya y el segundo no podía aún ser la forma básica de la producción social.
La única salida posible era una revolución radical.
La situación no era mejor en las provincias. Las más amplias
noticias que poseemos se refieren a las Galias. Allí, junto a los colonos, aún
había pequeños agricultores libres. Para estar a salvo contra las violencias de
los funcionarios, de los magistrados y de los usureros, se ponían a menudo bajo
la protección, bajo el patronato de un poderoso; y no fueron sólo campesinos
aislados quienes tomaron esta precaución, sino comunidades enteras, de tal
suerte que en el siglo IV los emperadores tuvieron que promulgar con frecuencia
decretos prohibiendo esta práctica. Pero, ¿de qué servía a los que buscaban
protección?. El señor les imponía la condición de que le transfiriesen el derecho
de propiedad de sus tierras y en compensación les aseguraba el usufructo
vitalicio de las mismas. La Santa Iglesia recogió e imitó celosamente esta
artimaña en los siglos IX y X para agrandar el reino de Dios y sus propios
bienes terrenales. Verdad es que por aquella época, hacia el año 475, Salviano,
obispo de Marsella, indignábase aún contra semejante robo y relataba que la
opresión de los funcionarios romanos y de los grandes señores territoriales
había llegado a ser tan cruel, que muchos "romanos" huían a las
regiones ocupadas ya por los bárbaros, y los ciudadanos romanos establecidos en
ellas nada temían tanto como volver a caer bajo la dominación romana. El que
por entonces muchos padres vendían como esclavos a sus hijos a causa de la
miseria, lo prueba una ley promulgada contra esta práctica.
Por haber librado a los romanos de su propio Estado, los
bárbaros germanos se apropiaron de dos tercios de sus tierras y se las
repartieron. El reparto se efectuó según el orden establecido en la gens; como
los conquitadores eran relativamente pocos, quedaron indivisas grandísimas
extensiones, parte de ellas en propiedad de todo el pueblo y parte en propiedad
de las distintas tribus y gens. En cada gens, los campos y prados dividiéronse
en partes iguales, por suertes, entre todos los hogares. No sabemos si
posteriormente se hicieron nuevos repartos; en todo caso, esta costumbre pronto
se perdió en las provincias romanas, y las parcelas individuales se hicieron
propiedad privada alienable, alodios ("alod"). Los bosques y los
pastos permanecieron indivisos para su uso colectivo; este uso, lo mismo que el
modo de cultivar la tierra repartida, se regulaba según la antigua costumbre y
por acuerdo de la colectividad. Cuanto más tiempo llevaba establecida la gens en
su poblado, más iban confundiéndose germanos y romanos y borrándose el carácter
familiar de la asociación ante su carácter territorial. La gens desapareció en
la marca, donde, sin embargo, se encuentran bastante a menudo huellas visibles
del parentesco original de sus miembros. De esta manera, la organización
gentilicia se transformó insensiblemente en una organización territorial y se
puso en condiciones de adaptarse al Estado, por lo menos en los países donde se
sostuvo la marca (Norte de Francia, Inglaterra, Alemania y Escandinavia). No
obstante, mantuvo el carácter democrático original propio de toda la
organización gentilicia, y así salvó -incluso en el período de su degeneración
forzada- una parte de la constitución gentilicia, y con ella un arma en manos
de los oprimidos que se ha conservado hasta los tiempos modernos.
Si el vínculo consanguíneo se perdió con rapídez en la gens,
debiose a que sus organismos en la tribu y en el pueblo degeneraron por efecto
de la conquista. Sabemos que la dominación de los subyugados es incompatible
con el régimen de la gens, y aquí lo vemos en gran escala. Los pueblos
germanos, dueños de las provincias romanas, tenían que organizar su conquista.
Pero no se podía absorver a las masas romanas en las corporaciones gentilicias,
ni dominar a las primeras por medio de las segundas. A la cabeza de los cuerpos
locales de la administración romana, conservados al principio en gran parte,
era preciso colocar, en sustitución del Estado romano, otro Poder, y éste no
podía ser sino otro Estado. Así, pues, los representantes de la gens tenían que
transformarse en representantes del Estado, y con suma rapidez, bajo la presión
de las circunstancias. Pero el representante más propio del pueblo conquistador
era el jefe militar. La seguridad interior y exterior del territorio
conquistado requería que se reforzase el mando militar. Había llegado la hora
de transformar el mando militar en monarquía, y se transformó.
Veamos el imperio de los francos. En él correspondió a los
salios victoriosos la posesión absoluta no sólo de los vastos dominios del
Estado romano, sino también de todos los demás inmensos territorios no
distribuídos aún entre las grandes y pequeñas comunidades regionales y de las
marcas, y principalmente la de todas las extensísimas superficies pobladas de
bosques. Lo primero que hizo el rey franco, al convertirse de simple jefe
militar supremo en un verdadero príncipe, fue transformar esas propiedades del
pueblo en dominios reales, robarlas al pueblo y donarlas o concederlas en feudo
a las personas de su séquito. Este séquito, formado primitivamente por su
guardia militar personal y por el resto de los mandos subalternos, no tardó en
verse reforzado no sólo con romanos (es decir, con galos romanizados), que muy
pronto se hicieron indispensables por su educación y su conocimiento de la
escritura y del latín vulgar y literario, asi como del Derecho del país, sino
tamibén con esclavos, siervos y libertos, que constituían su corte y entre los
cuales elegía sus favoritos. A la más de esta gente se les donó al principio
lotes de tierra del pueblo; más tarde se les concedieron bajo la forma de
beneficios, otorgados la mayoría de las veces, en los primeros tiempos,
mientras viviese el rey. Así se sentó la base de una nobleza nueva a expensas
del pueblo.
Pero esto no fue todo. Debido a sus vastas dimensiones, no se
podía gobernar el nuevo Estado con los medios de la antigua constitución
gentilicia; el consejo de los jefes, cuando no había desaparecido hacía mucho,
no podía reunirse, y no tardó en verse remplazado por los que rodeaban de
continuo al rey; se conservó por pura fórmula la antigua asamblea del pueblo,
pero convertida cada vez más en una simple reunión de los mandos subalternos
del ejército y de la nueva nobleza naciente. Los campesinos libres propietarios
del suelo, que eran la masa del pueblo franco, quedaron exhaustos y arruinados
por las eternas guerras civiles y de conquista -por estas últimas, sobre todo,
bajo Carlomagno- tan completamente, como antaño les había sucedido a los
campesinos romanos en los postreros tiempos de la república. Estos campesinos,
que originariamente formaron todo el ejército y que constituían su núcleo
después de la conquista de Francia, habían empobrecido hasta tal extremo a
comienzos del siglo IX, que apenas uno por cada cinco disponía de los
pertrechos necesarios para ir a la guerra. En lugar del ejército de campesinos
libres llamados a filas por el rey, surgió un ejército compuesto por los
vasallos de la nueva nobleza. Entre esos servidores había siervos,
descendientes de aquéllos que en otro tiempo no habían conocido ningún señor
sino el rey, y que en una época aún más remota no conocían a señor ninguno, ni
siquiera a un rey. Bajo los sucesores de Carlomagno, completaron la ruina de
los campesinos francos las guerras intestinas, la debilidad del poder real, las
correspondientes usurpaciones de los magnates -a quienes vinieron a agregarse
los condes de las comarcas instituídos por Carlomagno, que aspiraban a hacer
hereditarias sus funciones- y, por último, las incursiones de los normandos.
Cincuenta años después de la muerte de Carlomagno, yacía el imperio de los
francos tan incapaz de resistencia a los pies de los normandos, como cuatro
siglos antes el imperio romano a los pies de los francos.
Y no sólo había la misma impotencia frente al exterior, sino
casi el mismo orden, o más bien desorden social en el interior. Los campesinos
francos libres se vieron de una situación análoga a la de sus predecesores, los
colonos romanos. Arruinados por las guerras y por los saqueos, habían tenido
que colocarse bajo la protección de la nueva nobleza naciente o de la iglesia,
siendo harto débil el poder real para protegerlos; pero esa protección les
costaba cara. Como en otros tiempos los campesinos galos, tuvieron que
transferir la propiedad de sus tierras, poniéndolas a nombre del señor feudal,
su patrono, de quien volvían a recibirlas en arriendo bajo formas diversas y
variables, pero nunca de otro modo sino a cambio de prestar servicios y de
pagar un censo; reducidos a esta forma de dependencia, perdieron poco a poco su
libertad individual, y al cabo de pocas generaciones, la mayor parte de ellos
eran ya siervos. La rapidez con que desapareció la capa de los campesinos
libres la evidencia el libro catastral -compuesto por Irminón- de la abadía de
Saint-Germain-des-Prés, en otros tiempos próxima a París y en la actualidad
dentro del casco de la ciudad. En los extensos campos de la abadía, diseminados
en el contorno, había entonces, por los tiempos de Carlomagno, 2.788 hogares,
compuestos casi exclusivamente por francos con apellidos alemanes. Entre ellos
contábanse 2.080 colonos, 35 litesxlviii, 220 esclavos, ¡y nada más que ocho
campesinos libres!. La práctica de clarada impía por el obispo Salviano, y en
virtud de la cual el patrón hacía que le fuera transferida la propiedad de las
tierras del campesino y sólo permitía a éste el usufructo vitalicio de ellas,
la empleaba ya entonces de una manera general la Iglesia con respecto a los
campesinos. Las prestaciones personales, que iban generalizándose cada vez más,
habían tenido su modelo tanto en las "angariae" romanas, cargas en
pro del Estado, como en las prestaciones personales impuestas a los miembros de
las marcas germanas para construir puentes y caminos y para otros trabajos de
utilidad común. Así, pues, parecía como si al cabo de cuatro siglos la masa de
la población hubiese vuelto a su punto de partida.
Pero esto no probaba sino dos cosas: en primer lugar, que la
diferenciación social y la distribución de la propiedad en el imperio romano
agonizante habían correspondido enteramente al grado de producción
contemporánea en la agricultura y la industria, siendo, por consiguiente,
inevitables; en segundo lugar, que el estado de la producción no había experimentado
ningún ascenso ni descenso esenciales en los cuatrocientos años siguientes y,
por ello, había producido necesariamente la misma distribución de la propiedad
y las mismas clases de la población. En los últimos siglos del imperio romano,
la ciudad había perdido su dominio sobre el campo y no lo había recobrado en
los primeros siglos de la dominación germana. Esto presupone un bajo grado de
desarrollo de la agricultura y de la industria. Tal situación general produce
por necesidad grandes terratenientes dotados de poder y pequeños campesinos
dependientes. Las inmensas experiencias hechas por Carlomagno con sus famosas
villas imperiales, desaparecidas sin dejar casi huellas, prueban cuán imposible
era injertar en semejante sociedad la economía latifúndica romana con esclavos
o el nuevo cultivo en gran escala por medio de prestaciones personales. Estas
experiencias sólo las continuaron los conventos, y no fueron productivas más
que para ellosñ pero los conventos eran corporaciones sociales de carácter
anormal, basadas en el celibato. Es cierto que podían realizar cosas
excepcionales, pero, por lo mismo, tenían que seguir siendo excepciones.
Y sin embargo, durante esos cuatrocientos años se habían hecho
progresos. Si al expirar estos cuatro siglos encontramos casi las mismas clases
principales que al principio, el hecho es que los hombres que formaban estas
clases habían cambiado. La antigua esclavitud había desaperecido, y habían
desaparecido también los libres depauperados que menospreciaban el trabajo por estimarlo
una ocupación propia de esclavos. Entre el colono romano y el nuevo siervo
había vivido el libre campesino franco. El "recuerdo inútil y la lucha
vana" del romanismo agonizante estaban muertos y enterrados. Las clases
sociales del siglo IX no se habían formado con la decadencia de una
civilización agonizante, sino entre los dolores de parto de una civilización
nueva. La nueva generación, lo mismo señores que siervos, era una generación de
hombres, si se compara con sus predecesores romanos. Las relaciones entre los
poderosos terratenientes y los campesinos que de ellos dependían, relaciones
que habían sido para los romanos la forma de ruina irremediable del mundo
antiguo, fueron para la generación nueva el punto de partida de un nuevo
desarrollo. Y además, por estériles que parezcan esos cuatrocientos años, no
por eso dejaron de producir un gran resultado: las nacionalidades modernas, la
refundición y la diferenciación de la humanidad en la Europa occidental para la
historia futura. Los germanos habían, en efecto, revivificado a Europa y por
eso la destrucción de los Estados en el período germánico no llevó al
avasallamiento por normandos y sarracenos, sino a la evolución de los
beneficios y del patronato (encomienda) hacia el feudalismo y a un incremento
tan intenso de la población, que dos siglos después pudieron soportarse sin
gran daño las fuertes sangrías de las cruzadas.
Pero, ¿qué misterioso sortilegio era el que permitió a los
germanos infundir una fuerza vital nueva a la Europa agonizante?. ¿Era un poder
milagroso e innato a la raza germana, como nos cuentan nuestros historiadores
patrioteros?. De ninguna manera. Los germanos, sobre todo en aquella época,
eran una tribu aria muy favorecida por la naturaleza y en pleno proceso de
desarrollo vigoroso. Pero no son sus cualidades nacionales específicas las que
rejuvenecieron a Europa, sino, sencillamente, su barbarie, su constitución
gentilicia.
Su capacidad y su valentía personales, su espíritu de libertad
y su instinto democrático, que veía un asunto propio en los negocios públicos,
en una palabra, todas las cualidades que los romanos habían perdido y únicas
capaces de formar, del cieno del mundo romano, nuevos Estados y nuevas
nacionalidades, ¿qué era sino los rasgos característicos de los bárbaros del
estadio superior de la barbarie, los frutos de su constitución gentilicia?.
Si transformaron la forma antigua de la monogamia, suavizaron
la autoridad del hombre en la familia y dieron a la mujer una situación más
elevada de la que nunca antes había conocido el mundo clásico, ¿qué les hizo
capaces de eso sino su barbarie, sus hábitos de gentiles, las supervivencias,
vivas en ellos, de los tiempos del derecho materno?.
Si -por lo menos en los tres países principales, Alemania, el
Norte de Francia e Inglaterra- salvaron una parte del régimen genuino de la
gens, transplantándola al Estado feudal bajo la forma de marcas, dando así a la
oprimida clase de los campesinos, hasta bajo la más cruel servidumbre de la
Edad Media, una cohesión local y una fuerza de resistencia que no tuvieron a su
disposición los esclavos de la antigüedad y no tiene el proletariado moderno,
¿a qué se debe sino a su barbarie, a su sistema exclusivamente bárbaro de
colonización por gens?.
Y, por último, si desarrollaron y pudieron hacer exclusiva la
forma de servidumbre mitigada que habían empleado ya en su país natal y que fue
sustituyendo cada vez más a la esclavitud en el imperio romano, forma que, como
Fourier ha sido el primero en evidenciarlo, ofrece a los oprimidos medios para
emanciparse gradualmente como clase ("fournit aux cultivateurs des moyens
d'affranchissement collectif et progressif"), superando así con mucho a la
esclavitud, con la cual era sólo posible la manumisión inmediata y sin
transiciones del individuo (la antigüedad no presenta ningún ejemplo de
supresión de la esclavitud por una rebelión victoriosa), al paso que los
siervos de la Edad Media llegaron poco a poco a conseguir su emancipación como
clase, ¿a qué se debe esto sino a su barbarie, gracias a la cual no habían
llegado aún a una esclavitud completa, ni a la antigua esclavitud del trabajo
ni a la esclavitud doméstica oriental?.
Toda la fuerza y la vitalidad que los germanos aportaron al
mundo romano, era barbarie. En efecto, sólo bárbaros eran capaces de
rejuvenecer un mundo senil que sufría una civilización moribunda. Y el estadio
superior de la barbarie, al cual se elevaron y en el cual vivieron los germanos
antes de la emigración de los pueblos, era precisamente el más favorable para
ese proceso. Esto lo explica todo.
I X
B A R B A R I E Y
C I V I L I Z A C I O N
Ya hemos seguido el curso de la disolución de la gens en los
tres grandes ejemplos particulares de los griegos, los romanos y los germanos.
Para concluir, investiguemos las condiciones económicas generales que en el
estadio superior de la barbarie minaban ya la organización gentil de la
sociedad y la hicieron desaparecer con la entrada en escena de la civilización.
"El Capital" de Marx nos será tan necesario aquí como el libro de
Morgan.
Nacida la gens en el estadio medio y desarrollada en el estadio
superior del salvajismo, según nos lo permiten juzgar los documentos de que
disponemos, alcanzó su época más floreciente en el estadio inferior de la
barbarie. Por tanto, este grado de evolución es el que tomaremos como punto de
partida.
Aquí, donde los pieles rojas de América deben servirnos de
ejemplo encontramos completamente desarrollada la constitución gentilicia. Una
tribu se divide en varias gens; por lo común en dos; al aumentar la población,
cada una de estas gens primitivas se segmenta en varias gens hijas, para las
cuales la gens madre aparece como fratria; la tribu misma se subdivide en
varias tribus, donde encontramos, en la mayoría de los casos, las antiguas
gens; una confederación, por lo menos en ciertas ocasiones, enlaza a las tribus
emparentadas. Esta sencilla organización responde por completo a las
condiciones sociales que la han engendrado. No es más que un agrupamiento
espontáneo; es apta para allanar todos los conflictos que pueden nacer en el
seno de una sociedad así organizada. Los conflictos exteriores los resuelve la
guerra, que puede aniquilar a la tribu, pero no avasallarla. La grandeza del
régimen de la gens, pero también su limitación, es que en ella no tienen cabida
la dominación ni la servidumbre. En el interior, no existe aún diferencia entre
derechos y deberes; para el indio no existe el problema de saber si es un
derecho o un deber tomar parte en los negocios sociales, sumarse a una venganza
de sangre o aceptar una compensación; el planteárselo le parecería tan absurdo
como preguntarse si comer, dormir o cazar es un deber o un derecho. Tampoco
puede haber allí división de la tribu o de la gens en clases distintas. Y esto
nos conduce al examen de la base económica de este orden de cosas.
La población está en extremo espaciada, y sólo es densa en el
lugar de residencia de la tribu, alrededor del cual se extiende en vasto
círculo el territorio para la caza; luego viene la zona neutral del bosque
protector que la separa de otras tribus. La división del trabajo es en absoluto
espontánea: sólo existe entre los dos sexos. El hombre va a la guerra, se
dedica a la caza y a la pesca, procura las materias primas para el alimento y
produce los objetos necesarios para dicho propósito. La mujer cuida de la casa,
prepara la comida y hace los vestidos; guisa, hila y cose. Cada uno es el amo
en su dominio: el hombre en la selva, la mujer en la casa. Cada uno es el
propietario de los instrumentos que elabora y usa: el hombre de sus armas, de
sus pertrechos de caza y pesca; la mujer, de sus trebejos caseros. La economía
doméstica es comunista, común para varias y a menudo para muchas familiasxlix.
Lo que se hace y se utiliza en común es de propiedad común: la casa, los
huertos, las canoas. Aquí, y sólo aquí, es donde existe realmente "la
propiedad fruto del trabajo personal", que los jurisconsultos y los
economistas atribuyen a la sociedad civilizada y que es el último subterfugio
jurídico en el cual se apoya hoy la propiedad capitalista.
Pero no en todas partes se detuvieron los hombres en esta
etapa. En Asia encontraron animales que se dejaron primero domesticar y después
criar. Antes había que ir de caza para apoderarse de la hembra del búfalo
salvaje; ahora, domesticada, esta hembra suministraba cada año una cría y, por
añadidura, leche. Ciertas tribus de las más adelantadas -los arios, los semitas
y quizás los turanios-, hicieron de la domesticación y después de la cría y
cuidado del ganado su principal ocupación. Las tribus de pastores se destacaron
del resto de la masa de los bárbaros. Esta fue la primera gran división social
del trabajo. Las tribus pastoriles, no sólo produjeron muchos más, sino también
otros víveres que el resto de los bárbaros. Tenían sobre ellos la ventaja de
poseer más leche, productos lácteos y carne; además, disponían de pieles,
lanas, pelo de cabra, así como de hilos y tejidos, cuya cantidad aumentaba con
la masa de las materias primas. Así fue posible, por primera vez, establecer un
intecambio regular de productos. En los estadios anteriores no puede haber sino
cambios accidentales. Verdad es que una particular habilidad en la fabricación
de las armas y de los instrumentos puede producir una división transitoria del
trabajo. Así, se han encontrado en muchos sitios restos de talleres, para
fabricar instrumentos de sílice, procedentes de los últimos tiempos de la Edad
de Piedra. Los artífices que ejercitaban en ellos su habilidad debieron de
trabajar por cuenta de la colectividad, como todavía lo hacen los artesanos en
las comunidades gentilicias de la India. En todo caso, en esta fase del
desarrollo sólo podía haber cambio en el seno mismo de la tribu, y aun eso con
carácter excepcional. Pero en cuanto las tribus pastoriles se separaron del
resto de los salvajes, encontramos enteramente formadas las condiciones
necesarias para el cambio entre los miembros de tribus diferentes y para el
desarrollo y consolidación del cambio como una institución regular. Al
principio, el cambio se hizo de tribu a tribu, por mediación de los jefes de
las gens; pero cuando los rebaños empezaron poco a poco a ser propiedad
privada, el cambio entre individuos fue predominando más y más y acabó por ser
la forma única. El principal artículo que las tribus de pastores ofrecían en
cambio a sus vecinos era el ganado; éste llegó a ser la mercancía que valoraba
a todas las demás y se aceptaba con mucho gusto en todas partes a cambio de
ellas; en una palabra, el ganado desempeñó las funciones de dinero y sirvió como
tal ya en aquella época. Con esa rapidez y precisión se desarrolló desde el
comienzo mismo del cambio de mercancías la necesidad de una mercancía que
sirviese de dinero.
El cultivo de los huertos, probablemente desconocido para los
bárbaros asiáticos del estadio inferior, apareció entre ellos mucho más tarde,
en el estadio medio, como precursor de la agricultura. El clima de las mesetas
turánicas no permite la vida pastoril sin provisiones de forraje para una larga
y rigurosa invernada. Así, pues, era una condición allí necesaria el cultivo
pratense y de cereales. Lo mismo puede decirse de las estepas situadas al norte
del Mar Negro. Pero si al principio se recolectó el grano para el ganado, no
tardó en llegar a ser también un alimento para el hombre. La tierra cultivada
continuó siendo propiedad de la tribu y se entregaba en usufructo primero a la
gens, después a las comunidades de familias y, por último, a los individuos.
Estos debieron de tener ciertos derechos de posesión, pero nada más.
Entre los descubrimientos industriales de ese estadio, hay dos
importantísimos. El primero es el telar y el segundo, la fundición de minerales
y el labrado de los metales. El cobre, el estaño y el bronce, combinación de
los dos primeros, eran con mucho los más importantes; el bronce suministraba
instrumentos y armas, pero éstos no podían sustituir a los de piedra. Esto sólo
le era posible al hierro, pero aún no se sabía cómo obtenerlo. El oro y la
plata comenzaron a emplearse en alhajas y adornos, y probablemente alcanzaron
un valor muy elevado con relación al cobre y al bronce.
A consecuencia del desarrollo de todos los ramos de la
producción -ganadería, agricultura, oficios manuales domésticos-, la fuerza de
trabajo del hombre iba haciéndose capaz de crear más productos que los
necesarios para sus sostenimento. También aumentó la suma de trabajo que
correspondía diariamente a cada miembro de la gens, de la comunidad doméstica o
de la familia aislada. Era ya conveniente conseguir más fuerza de trabajo, y la
guerra la suministró: los prisioneros fueron transformados en esclavos. Dadas
todas las condiciones históricas de aquel entonces, la primera gran división
social del trabajo, al aumentar la productividad del trabajo, y por
consiguiente la riqueza, y al extender el campo de la actividad productora,
tenía que traer consigo necesariamente la esclavitud. De la primera gran
división social del trabajo nació la primera gran escisión de la sociedad en
dos clases: señores y esclavos, explotadores y explotados.
Nada sabemos hasta ahora acerca de cuándo y cómo pasaron los
rebaños de propiedad común de la tribu o de las gens a ser patrimonio de los
distintos cabezas de familia; pero, en lo esencial, ello debió de acontecer en
este estadio. Y con la aparición de los rebaños y las demás riquezas nuevas, se
produjo una revolución en la familia. La industria había sido siempre asunto
del hombre; los medios necesarios para ella eran producidos por él y propiedad
suya. Los rebaños constituían la nueva industria; su domesticación al principio
y su cuidado después, eran obra del hombre. Por eso el ganado le pertenecía,
así como las mercancías y los esclavos que obtenía a cambio de él. Todo el
excedente que dejaba ahora la producción pertenecía al hombre; la mujer
participaba en su consumo, pero no tenía ninguna participación en su propiedad.
El "salvaje", guerrero y cazador, se había conformado con ocupar en
la casa el segundo lugar, después de la mujer; el pastor, "más
dulce", engreído de su riqueza, se puso en primer lugar y relegó al
segundo a la mujer. Y ella no podía quejarse. La división del trabajo en la
familia había sido la base para distribuir la propiedad entre el hombre y la
mujer. Esta división del trabajo en la familia continuaba siendo la misma, pero
ahora trastornaba por completo las relaciones domésticas existentes por la mera
razón de que la división del trabajo fuera de la familia había cambiado. La
misma causa que había asegurado a la mujer su anterior supremacía en la casa
-su ocupación exclusiva en las labores dommésticas-, aseguraba ahora la
preponderancia del hombre en el hogar: el trabajo doméstico de la mujer perdía
ahora su importancia comparado con el trabajo productivo del hombre; este
trabajo lo era todo; aquél, un accesorio insignificante. Esto demuestra ya que
la emancipación de la mujer y su igualdad con el hombre son y seguirán siendo
imposibles mientras permanezca excluída del trabajo productivo social y
confinada dentro del trabajo doméstico, que es un trabajo privado. La
emancipación de la mujer no se hace posible sino cuando ésta puede participar
en gran escala, en escala social, en la producción y el trabajo doméstico no le
ocupa sino un tiempo insignificante. Esta condición sólo puede realizarse con
la gran industria moderna, que no solamente permite el trabajo de la mujer en
vasta escala, sino que hasta lo exige y tiende más y más a transformar el
trabajo doméstico privado en una industria pública.
La supremacía efectiva del hombre en la casa había hecho caer
los postreros obstáculos que se oponían a su poder absoluto. Este poder
absoluto lo consolidaron y eternizaron la caída del derecho materno, la
introducción del derecho paterno y el paso gradual del matrimonio sindiásmico a
la monogamia. Pero esto abrió también una brecha en el orden antiguo de la
gens; la familia particular llegó a ser potencia y se alzó amenazadora frente a
la gens.
El progreso más inmediato nos conduce al estadio superior de la
barbarie, período en que todos los pueblos civilizados pasan su época heroica:
la edad de la espada de hierro, pero también del arado y del hacha de hierro.
Al poner este metal a su servicio, el hombre se hizo dueño de la última y más
importante de las materias primas que representaron en la historia un papel
revolucionario; la última sin contar la patata. El hierro hizo posible la
agricultura en grandes áreas, el desmonte de las más extensas comarcas
selváticas; dio al artesano un instrumento de una dureza y un filo que ninguna
piedra y ningún otro metal de los conocidos entonces podía tener. Todo esto acaeció
poco a poco; el primer hierro era aún a menudo más blando que el bronce. Por
eso el arma de piedra fue desapareciendo con lentitud; no sólo en el canto de
Hildebrando, sino también en la batalla de Hastings, en 1066, aparecen en el
combate las hachas de piedra. Pero el progreso era ya incontenible, menos
intermitente y más rápido. La ciudad, encerrando dentro de su recinto de
murallas, torres y almenas de piedra, casas también de piedra y de ladrillo, se
hizo la residencia central de la tribu o de la confederación de tribus. Fue
esto un progreso considerable en la arquitectura, pero también una señal de
peligro creciente y de necesidad de defensa. La riqueza aumentaba con rapidez,
pero bajo la forma de riqueza individual; el arte de tejer, el labrado de los
metales y otros oficios, cada vez más especializados, dieron una variedad y una
perfección creciente a la producción; la agricultura empezó a suministrar,
además de grano, legumbres y frutas, aceite y vino, cuya preparación habíase
aprendido. Un trabajo tan variado no podía ser ya cumplido por un solo
individuo y se produjo la segunda gran división del trabajo: los oficios se
separaron de la agricultura. El constante crecimiento de la producción, y con
ella de la productividad del trabajo, aumentó el valor de la fuerza de trabajo
del hombre; la esclavitud, aún en estado naciente y esporádico en el anterior
estadio, se convirtió en un elemento esencial del sistema social. Los esclavos
dejaron de ser simples auxiliares y los llevaban por decenas a trabajar en los
campos o en lose talleres. Al escindirse la producción en las dos ramas
principales -la agricultura y los oficios manuales-, nació la producción
directa para el cambio, la producción mercantil, y con ella el comercio, no
sólo en el interior y en las fronteras de la tribu, sino también por mar. Todo
esto tenía aún muy poco desarrollo. Los metales preciosos empezaban a
convertirse en la mercancía moneda, dominante y universal; sin embargo, no se
acuñaban ún y sólo se cambiaban al peso.
La diferencia entre ricos y pobres se sumó a la existente entre
libres y esclavos; de la nueva división del trabajo resultó una nueva escisión
de la sociedad de clases. La desproporción de los distintos cabezas de familia
destruyó las antiguas comunidades comunistas domésticas en todas partes donde
se habían mantenido hasta entonces; con ello se puso fin al trabajo común de la
tierra por cuenta de dichas comunidades. El suelo cultivable se distribuyó
entre las familias particulares; al principio de un modo temporal, y más tarde
para siempre; el paso a la propiedad privada completa se realizó poco a poco,
paralelamente al tránsito del matrimonio sindiásmico, a la monogamia. La
familia individual empezó a convertirse en la unidad económica de la sociedad.
La creciente densidad de la población requirió lazos más
estrechos en el interior y frente al exterior; la confederación de tribus
consanguíneas llegó a ser en todas partes una necesidad, como lo fue muy pronto
su fusión y la reunión de los territorios de las distintas tribus en el
territorio común del pueblo. El jefe militar del pueblo -rex, basileus,
thiudans- llegó a ser un funcionario indispensable y permanente. La asamblea
del pueblo se creció allí donde aún no existía. El jefe militar, el consejo y
la asamblea del pueblo constituían los órganos de la democracia militar salida
de la sociedad gentilicia. Y esta democracia era militar porque la guerra y la
organización para la guerra constituían ya funciones regulares de la vida del
pueblo. Los bienes de los vecinos excitaban la codicia de los pueblos, para
quienes la adquisición de riquezas era ya uno de los primeros fines de la vida.
Eran bárbaros: el saqueo les parecía más fácil y hasta más honroso que el
trabajo productivo. La guerra, hecha anteriormente sólo para vengar la agresión
o con el fin de extender un territorio que había llegado a ser insuficiente, se
libraba ahora sin más propósito que el saqueo y se convirtió en una industria
permanente. Por algo se alzaban amenazadoras las murallas alrededor de las
nuevas ciudades fortificadas: sus fosos eran la tumba de la gens y sus torres
alcanzaban ya la civilización. En el interior ocurrió lo mismo. Las guerras de
rapiña aumentaban el poder del jefe militar superior, como el de los jefes
inferiores; la elección habitual de sus sucesores en las mismas familias, sobre
todo desde que se hubo introducido el derecho paterno, paso poco a poco a ser
sucesión hereditaria, tolerada al principio, reclamada después y usurpada por
último; con ello se echaron los cimientos de la monarquía y de la nobleza
hereditaria. Así los organismos de la constitución gentilicia fueron rompiendo
con las raíces que tenían en el pueblo, en la gens, en la fratria y en la
tribu, con lo que todo el régimen gentilicio se transformó en su contrario: de
una organización de tribus para la libre regulación de sus propios asuntos, se
trocó en una organización para saquear y oprimir a los vecinos; con arreglo a
esto, sus organismos dejaron de ser instrumento de la voluntad del pueblo y se
convirtieron en organismos independientes para dominar y oprimir al propio
pueblo. Esto nunca hubiera sido posible si el sórdido afán de riquezas no
hubiese dividido a los miembros de la gens en ricos y pobres, "si la
diferencia de bienes en el seno de una misma gens no hubiese transformado la
comunidad de intereses en antagonismo entre los miembros de la gens"
(Marx) y si la extensión de la esclavitud no hubiese comenzado a hacer
considerar el hecho de ganarse la vida por medio del trabajo como un acto digno
tan sólo de un esclavo y más deshonroso que la rapiña.
* * *
Henos ya en los umbrales de la civilización, que se inicia por
un nuevo progreso de la división del trabajo. En el estadio más inferior, los
hombres no producían sino directamente para satisfacer sus propias necesidades;
los pocos actos de cambio que se efectuaban eran aislados y sólo tenían por
objeto excedentes obtenidos por casualidad. En el estadio medio de la barbarie,
encontramos ya en los pueblos pastores una propiedad en forma de ganado, que,
si los rebaños son suficientemente grandes, suministra con regularidad un
excedente sobre el consumo propio; al mismo tiempo encontramos una división del
trabajo entre los pueblos pastores y las tribus atrasadas, sin rebaños; y de
ahí dos grados de producción diferentes uno junto a otro y, por tanto, las
condiciones para un cambio regular. El estadio superior de la barbarie
introduce una división más grande aún del trabajo: entre la agricultura y los
oficios manuales; de ahí la producción cada vez mayor de objetos fabricados
directamente para el cambio y la elevación del cambio entre productores
individuales a la categoría de necesidad vital de la sociedad. La civilización
consolida y aumenta todas estas divisiones del trabajo ya existentes, sobre
todo acentuando el contraste entre la ciudad y el campo (lo cual permite a la
ciudad dominar económicamente al campo, como en la antigüedad, o al campo
dominar económicamente a la ciudad, como en la Edad Media), y añade una tercera
división del trabajo, propio de ella y de capital importancia, creando una clase que no se ocupa de la producción, sino
únicamente del cambio de los productos: los mercaderes. Hasta aquí sólo la
producción había determinado los procesos de formación de clases nuevas; las
personas que tomaban parte en ella se dividían en directores y ejecutores o en
productores en grande y en pequeña escala. Ahora aparece por primera vez una
clase que, sin tomar la menor parte en la producción, sabe conquistar su
dirección general y avasallar económicamente a los productores; una clase que
se convierte en el intermediario indispensable entre cada dos productores y los
explota a ambos. So pretexto de desembarazarr a los productores de las fatigas
y los riesgos del cambio, de extender la salida de sus productos hasta los
mercados lejanos y llegar a ser así la clase más útil de la población, se forma
una clase de parásitos, una clase de verdaderos gorrones de la sociedad, que
como compensación por servicios en realidad muy mezquinos se lleva la nata de
la producción patria y extranjera, amasa rápídamente riquezas enormes y
adquiere una influencia social proporcionada a éstas y, por eso mismo, durante
el período de la civilización, va ocupando una posición más y más honorífica y
logra un dominio cada vez mayor sobre la producción, hasta que acaba por dar a
luz un producto propio: las crisis comerciales periódicas.
Verdad es que en el grado de desarrollo que estamos analizando,
la naciente clase de los mercaderes no sospechaba aún las grandes cosas a que
estaba destinada. Pero se formó y se hizo indispensable, y esto fue suficiente.
Con ella apareció el "dinero metálico", la moneda acuñada, nuevo
medio para que el no productor dominara al productor y a su producción. Se
había hallado la mercancía por excelencia, que encierra en estado latente todas
las demás, el medio mágico que puede transformarse a voluntad en todas las
cosas deseables y deseadas. Quien la poseía era dueño del mundo de la
producción. ¿Y quién la poseyó antes que todos? El mercader. En sus manos, el
culto del dinero estaba bien seguro. El mercader se cuidó de esclarecer que
todas las mercancías, y con ellas todos sus productores, debían prosternarse
ante el dinero. Probó de una manera práctica que todas las demás formas de la
riqueza no eran sino una quimera frente a esta encarnación de riqueza como tal.
De entonces acá, nunca se ha manifestado el poder del dinero con tal
brutalidad, con semejante violencia primitiva como en aquel período de su
juventud. Después de la compra de mercancías por dinero, vinieron los préstamos
y con ellos el interés y la usura. Ninguna legislación posterior arroja tan
cruel e irremisiblemente al deudor a los pies del acreedor usurero, como lo
hacían las leyes de la antigua Atenas y de la antigua Roma; y en ambos casos
esas leyes nacieron espontáneamente, bajo la forma de derecho consuetudinario,
sin más compulsión que la económica.
Junto a la riqueza en mercancías y en esclavos, junto a la
fortuna en dinero, apareció también la riqueza territorial. El derecho de
posesión sobre las parcelas del suelo, concedido primitivamente a los
individuos por la gens o por la tribu, se había consolidado hasta el punto de
que esas parcelas les pertenecían como bienes hereditarios. Lo que en los
últimos tiempos habían reclamado ante todo era quedar libres de los derechos
que tenía sobre esas parcelas la comunidad gentilicia, derechos que se habían
convertido para ellos en una traba. Esa traba desapareció, pero al poco tiempo
desaparecía también la nueva propiedad territorial. La propiedad plena y libre
del suelo no significaba tan sólo facultad de poseerlo íntegramente, sin
restricción alguna, sino que también quería decir facultad de enajenarlo. Esta
facultad no existió mientras el suelo fue propiedad de la gens. Pero cuando el
nuevo propietario suprimió de una manera definitiva las trabas impuestas por la
propiedad suprema de la gens y de la tribu, rompió también el vínculo que hasta
entonces lo unía indisolublemente con el suelo. Lo que esto significaba se lo
enseñó el dinero descubierto al mismo tiempo que advenía la propiedad privada
de la tierra. El suelo podía ahora convertirse en una mercancía susceptible de
ser vendida o pignorada. Apenas se introdujo la propiedad privada de la tierra,
se inventó la hipoteca (véase Atenas). Así como el heterismo y la prostitución
pisan los talones a la monogamia, de igual modo, a partir de este momento, la
hipoteca se aferra a los faldones de la propiedad inmueble. ¿No quisisteis
tener la propiedad del suelo completa, libre, enajenable? Pues, bien ¡ya la
tenéis! «Tu l'as voulu, George Dandin!» l.
Así, junto a la extensión del comercio, junto al dinero y la
usura, junto a la propiedad terrotorial y la hipoteca progresaron rápidamente
la concentración y la centralización de la fortuna en manos de una clase poco
numerosa, lo que fue acompañado del empobrecimiento de las masas y del aumento
numérico de los pobres. La nueva aristocracia de la riqueza, en todas partes
donde no coincidió con la antigua nobleza tribal, acabó por arrinconar a ésta (en
Atenas, en Roma y entre los germanos). Y junto con esa división de los hombres
libres en clases con arreglo a sus bienes, se produjo, sobr todo en Grecia, un
enorme acrecentamiento del número de esclavos li Véase la pág. #287 de la presente traducción (N. de la Red.).
, cuyo trabajo forzado
formaba la base de todo el edificio social.
Veamos ahora cuál fue la suerte de la gens en el curso de esta
revolución social. Era impotente ante los nuevos elementos que habían crecido
sin su concurso. Su primera condición de existencia era que los miembros de una
gens o de una tribu estuviesen reunidos en el mismo territorio y habitasen en
él exclusivamente. Ese estado de cosas había concluído hacia ya mucho. En todas
partes estaban mezcladas gens y tribus; en todas partes esclavos, clientes y
extranjeros vivían entre los ciudadanos. La vida sedentaria, alcanzada sólo
hacia el fin del Estado medio de la barbarie, veíase alterada con frecuencia
por la movilidad y los cambios de residencia debidos al comercio, a los cambios
de ocupación y a las enajenaciones de la tierra. Los miembros de las uniones
gentilicias no podían reunirse ya para resolver sus propios asuntos comunes; la
gens sólo se ocupaba de cosas de menor importancia, como las fiestas
religiosas, y eso a medias. Junto a las necesidades y los intereses para cuya
defensa eran aptas y se habían formado las uniones gentilicias, la revolución
en las relaciones económicas y la diferenciación social resultante de ésta
habían dado origen a nuevas necesidades y nuevos intereses, que no sólo eran
extraños, sino opuestos en todos los sentidos al antiguo orden gentilicio. Los
intereses de los grupos de artesanos nacidos de la división del trabajo, las
necesidades particulares de la ciudad, opuestas a las del campo, exigían
organismos nuevos; pero cada uno de esos grupos se componía de personas
perteneceientes a las gens, fratrias y tribus más diversas, y hasta de
extranjeros. Esos organismos tenían, pues, que formarse necesariamente fuera
del régimen gentilicio, aparte de él y, por tanto, contra él. Y en cada
corporación de gentiles a su vez se dejaba sentir este conflicto de intereses,
que alcanzaba su punto culminante en la reunión de pobres y ricos, de usureros
y deudores dentro de la misma gens y de la misma tribu. A esto añadíase la masa
de la nueva población extraña a las asociaciones gentilicias, que podía llegar
a ser una fuerza en el país, como sucedió en Roma, y que, al mismo tiempo, era
harto numerosa para poder ser admitida gradualmente en las estirpes y tribus
consanguíneas. Las uniones gentilicias figuraban frente a esa masa como
corporaciones cerradas, privilegiadas; la democracia primitiva, espontánea, se
había transformado en una detestable aristocracia. En una palabra, el régimen
de la gens, fruto de una sociedad que no conocía antagonismos interiores, no
era adecuado sino para una sociedad de esta clase. No tenía más medios
coercitivos que la opinión pública. Pero acababa de surgir una sociedad que, en
virtud de las condiciones económicas generales de su existencia, había tenido
que dividirse en hombres libres y en esclavos, en explotadores ricos y en
explotados pobres; una sociedad que no sólo no podía conciliar estos
antagonismos, sino que, por el contrario, se veía obligada a llevarlos a sus
límites extremos. Una sociedad de este género no podía existir sino en medio de
una lucha abierta e incesante de estas clases entre sí o bajo el dominio de un
tercer poder que, puesto aparentemente por encima de las clases en lucha,
suprimiera sus conflictos abiertos y no permitiera la lucha de clases más que
en el terreno económico, bajo la forma llamada legal. El régimen gentilicio era
ya algo caduco. Fue destruido por la división del trabajo, que dividió la
sociedad en clases, y remplazado por el Estado.
* * *
Hemos estudiado ya una por una las tres formas principales en
que el Estado se alza sobre las ruinas de la gens. Atenas presenta la forma más
pura y preponderantemente de los antagonismos de clase que se desarrollaban en
el seno mismo de la sociedad gentilicia. En Roma la sociedad gentilicia se
convirtió en una aristocracia cerrada en medio de una plebe numerosa y
mantenida aparte, sin derechos, pero con deberes; la victoria de la plebe
destruyó la antigua constitución de la gens e instituyó sobre sus ruinas el
Estado, donde no tardaron en confundirse la aristocracia gentilicia y la plebe.
Por último, entre los germanos vencedores del imperio romano el Estado surgió
directamente de la conquista de vastos territorios extranjeros que el régimen
gentilicio era impotente para dominar. Pero como a esa conquista no iba unida
una lucha seria con la antigua población, ni una división más progresiva del
trabajo; como el grado de desarrollo económico de los vencidos y de los
vencedores era casi el mismo, y, por consiguiente, subsistía la antigua base
económica de la sociedad, la gens pudo sostenerse a través de largos siglos,
bajo una forma modificada, territorial, en la constitución de la marca, y hasta
rejuvenecerse durante cierto tiempo, bajo una forma atenuada, en gens nobles y
patricias posteriores y hasta en gens campesinas como en Dithmarschenlii.
Así, pues, el Estado no es de ningún modo un poder impuesto
desde fuera de la sociedad; tampoco es "la realidad de la idea
moral", "ni la imagen y la realidad de la razón", como afirma
Hegel. Es más bien un producto de la sociedad cuando llega a un grado de
desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en
una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables,
que es impotente para conjurar. Pero a fin de que estos antagonismos, estas
clases con intereses económicos en pugna no se devoren a sí mismas y no
consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado
aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a
mantenerlo en los límites del "orden". Y ese poder, nacido de la
sociedad, pero que se pone por encima de ella y se divorcia de ella más y más,
es el Estado.
Frente a la antigua organización gentilicia, el Estado se
caracteriza en primer lugar por la agrupación de sus súbditos según
"divisiones territoriales". Las antiguas asociaciones gentilicias,
constituídas y sostenidas por vínculos de sangre, habían llegado a ser, según
lo hemos visto, insuficientes en gran parte, porque suponían la unión de los
asociados con un territorio determinado, lo cual había dejado de suceder desde
largo tiempo atrás. El territorio no se había movido, pero los hombres sí. Se
tomó como punto de partida la división territorial, y se dejó a los ciudadanos
ejercer sus derechos y sus deberes sociales donde se hubiesen establecido,
independientemente de la gens y de la tribu. Esta organización de los súbditos
del Estado conforme al territorio es común a todos los Estados. Por eso nos
parece natural; pero en anteriores capítulos hemos visto cuán porfiadas y
largas luchas fueron menester antes de que en Atenas y en Roma pudiera
sustituir a la antigua organización gentilicia.
El segundo rasgo característico es la institución de una
"fuerza pública", que ya no es el pueblo armado. Esta fuerza pública
especial hácese necesaria porque desde la división de la sociedad en clases es
ya imposible una organización armada espontánea de la población. Los esclavos
también formaban parte de la población; los 90.000 ciudadanos de Atenas sólo
constituían una clase privilegiada, frente a los 365.000 esclavos. El ejército
popular de la democracia ateniense era una fuerza pública aristocrática contra
los esclavos, a quienes mantenía sumisos; mas, para tener a raya a los
ciudadanos, se hizo necesaria también una policía, como hemos dicho
anteriormente. Esta fuerza pública existe en todo Estado; y no está formada
sólo por hombres armados, sino también por aditamentos materiales, las cárceles
y las instituciones coercitivas de todo género, que la sociedad gentilicia no
conocía. Puede ser muy poco importante, o hasta casi nula, en las sociedades
donde aún no se han desarrollado los antagonismos de clase y en territorios
lejanos, como sucedió en ciertos lugares y épocas en los Estados Unidos de
América. Pero se fortalece a medida que los antagonismos de clase se exacerban
dentro del Estado y a medida que se hacen más grandes y más poblados los
Estados colindantes. Y si no, examínese nuestra Europa actual, donde la lucha
de clases y la rivalidad en las conquistas han hecho crecer tanto la fuerza
pública, que amenaza con devorar a la sociedad entera y aun al Estado mismo.
Para sostener en pie esa fuerza pública, se necesitan
contribuciones por parte de los ciudadanos del Estado: los
"impuestos". La sociedad gentilicia nunca tuvo idea de ellos, pero
nosotros los conocemos bastante bien. Con los progresos de la civilización,
incluso los impuestos llegan a ser poco; el Estado libra letras sobre el
futuro, contrata empréstitos, contrae "deudas de Estado". También de
esto puede hablarnos, por propia experiencia, la vieja Europa.
Dueños de la fuerza pública y del derecho de recaudar los
impuestos, los funcionarios, como órganos de la sociedad, aparecen ahora situados
por encima de ésta. El respeto que se tributaba libre y voluntariamente a los
órganos de la constitución gentilicia ya no les basta, incluso si pudieran
ganarlo; vehículos de un Poder que se ha hecho extraño a la sociedad, necesitan
hacerse respetar por medio de las leyes de excepción, merced a las cuales gozan
de una aureola y de una inviolabilidad particulares. El más despreciable
polizonte del Estado civilizado tiene más «autoridad» que todos los órganos del
poder de la sociedad gentilicia reunidos; pero el príncipe más poderoso, el más
grande hombre público o guerrero de la civilización, puede envidiar al más
modesto jefe gentil el respeto espontáneo y universal que se le profesaba. El
uno se movía dentro de la sociedad; el otro se ve forzado a pretender
representar algo que está fuera y por encima de ella.
Como el Estado nació de la necesidad de refrenar los
antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de
esas clases, es, por regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la
clase económicamente dominante, que, con ayuda de él, se convierte también en
la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la
represión y la explotación de la clase oprimida. Así, el Estado antiguo era, ante
todo, el Estado de los esclavistas para tener sometidos a los esclavos; el
Estado feudal era el órgano de que se valía la nobleza para tener sujetos a los
campesinos siervos, y el moderno Estado representativo es el instrumento de que
se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado. Sin embargo, por
excepción, hay períodos en que las clases en lucha están tan equilibradas, que
el poder del Estado, como mediador aparente, adquiere cierta independencia
momentánea respecto a una y otra. En este caso se halla la monarquía absoluta
de los siglos XVII y XVIII, que mantenía a nivel la balanza entre la nobleza y
la burguesía; y en este caso estuvieron el bonapartismo del Primer Imperio
francés liii, y sobre todo el del Segundo, valiéndose de los proletarios contra
la clase media, y de ésta contra aquéllos. La más reciente producción de esta
especie, donde opresores y oprimidos aparecen igualmente ridículos, es el nuevo
imperio alemán de la nación bismarckiana: aquí se contrapesa a capitalistas y
trabajadores unos con otros, y se les extrae el jugo sin distinción en provecho
de los junkers prusianos de provincias, venidos a menos.
Además, en la mayor parte de los Estados históricos los
derechos concedidos a los ciudadanos se gradúan con arreglo a su fortuna, y con
ello se declara expresamente que el Estado es un organismo para proteger a la
clase que posee contra la desposeída. Así sucedía ya en Atenas y en Roma, donde
la clasificación era por la cuantía de los bienes de fortuna. Lo mismo sucede
en el Estado feudal de la Edad Media, donde el poder político se distribuyó
según la propiedad territorial. Y así lo observamos en el censo electoral de
los Estados representativos modernos. Sin embargo, este reconocimiento político
de la diferencia de fortunas no es nada esencial. Por el contrario, denota un
grado inferior en el desarrollo del Estado. La forma más elevada del Estado, la
república democrática, que en nuestras condiciones sociales modernas se va
haciendo una necesidad cada vez más ineludible, y que es la única forma de
Estado bajo la cual puede darse la batalla última y definitiva entre el
proletariado y la burguesía, no reconoce oficialmente diferencias de fortuna.
En ella la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero por ello mismo de un
modo más seguro. De una parte, bajo la forma de corrupción directa de los
funcionarios, de lo cual es América un modelo clásico, y, de otra parte, bajo
la forma de alianza entre el gobierno y la Bolsa. Esta alianza se realiza con
tanta mayor facilidad, cuanto más crecen las deudas del Estado y más van
concentrando en sus manos las sociedades por acciones, no sólo el transporte,
sino también la producción misma, haciendo de la Bolsa su centro. Fuera de
América, la nueva república francesa es un patente ejemplo de ello, y la buena
vieja Suiza también ha hecho su aportación en este terreno. Pero que la
república democrática no es imprescindible para esa unión fraternal entre la
Bolsa y el gobierno, lo prueba, además de Inglaterra, el nuevo imperio alemán,
donde no puede decirse a quién ha elevado más arriba el sufragio universal, si
a Bismarck o a Bleichröder. Y, por último, la clase poseedora impera de un modo
directo por medio del sufragio universal. Mientras la clase oprimida --en
nuestro caso el proletariado-- no está madura para libertarse ella misma, su
mayoría reconoce el orden social de hoy como el único posible, y políticamente
forma la cola de la clase capitalista, su extrema izquierda. Pero a medida que
va madurando para emanciparse ella misma, se constituye como un partido
independiente, elige sus propios representantes y no los de los capitalistas.
El sufragio universal es, de esta suerte, el índice de la madurez de la clase
obrera. No puede llegar ni llegará nunca a más en el Estado actual, pero esto
es bastante. El día en que el termómetro del sufragio universal marque para los
trabajadores el punto de ebullición, ellos sabrán, lo mismo que los
capitalistas, qué deben hacer.
Por tanto, el Estado no ha existido eternamente. Ha habido
sociedades que se las arreglaron sin él, que no tuvieron la menor noción del
Estado ni de su poder. Al llegar a cierta fase del desarrollo económico, que
estaba ligada necesariamente a la división de la sociedad en clases, esta
división hizo del Estado una necesidad. Ahora nos aproximamos con rapidez a una
fase de desarrollo de la producción en que la existencia de estas clases no
sólo deja de ser una necesidad, sino que se convierte positivamente en un
obstáculo para la producción. Las clases desaparecerán de un modo tan
inevitable como surgieron en su día. Con la desaparición de las clases
desaparecerá inevitablemente el Estado. La sociedad, reorganizando de un modo
nuevo la producción sobre la base de una asociación libre de productores
iguales, enviará toda la máquina del Estado al lugar que entonces le ha de
corresponder: al museo de antigüedades, junto a la rueca y al hacha de bronce.
* * *
Por todo lo que hemos dicho, la civilización es, pues, el
estadio de desarrollo de la sociedad en que la división del trabajo, el cambio
entre individuos que de ella deriva, y la producción mercantil que abarca a una
y otro, alcanzan su pleno desarrollo y ocasionan una revolución en toda la
sociedad anterior.
En todos los estadios anteriores de la sociedad, la producción
era esencialmente colectiva y el consumo se efectuaba también bajo un régimen
de reparto directo de los productos, en el seno de pequeñas o grandes
colectividades comunistas. Esa producción colectiva se realizaba dentro de los
más estrechos límites, pero llevaba aparejado el dominio de los productores
sobre el proceso de la producción y sobre su producto. Estos sabían qué era del
producto: lo consumían, no salía de sus manos. Y mientras la producción se
efectuó sobre esta base, no pudo sobreponerse a los productores, ni hacer
surgir frente a ellos el espectro de poderes extraños, cual sucede regular e
inevitablemente en la civilización.
Pero en este modo de producir se introdujo lentamente la
división del trabajo, la cual minó la comunidad de producción y de apropiación,
erigió en regla predominante la apropiación individual, y de ese modo creó el
cambio entre individuos (ya examinamos anteriormente cómo). Poco a poco, la
producción mercantil se hizo la forma dominante.
Con la producción mercantil, producción no ya para el consumo
personal, sino para el cambio, los productos pasan necesariamente de unas manos
a otras. El productor se separa de su producto en el cambio, y ya no sabe qué
se hace de él. Tan pronto como el dinero, y con él el mercader, interviene como
intermediario entre los productores, se complica más el sistema de cambio y se
vuelve todavía más incierto el destino final de los productos. Los mercaderes
son muchos y ninguno de ellos sabe lo que hacen los demás. Ahora las mercancías
no sólo van de mano en mano, sino de mercado en mercado; los productores han
dejado ya de ser dueños de la producción total de las condiciones de su propia
vida, y los comerciantes tampoco han llegado a serlo. Los productos y la
producción están entregados al azar.
Pero el azar no es más que uno de los polos de una
interdependencia, el otro polo de la cual se llama necesidad. En la naturaleza,
donde también parece dominar el azar, hace mucho tiempo que hemos dernostrado
en cada dominio particular la necesidad inmanente y las leyes internas que se
afirman en aquel azar. Y lo que es cierto para la naturaleza, también lo es
para la sociedad. Cuanto más escapa del control consciente del hombre y se sobrepone
a él una actividad social, una serie de procesos sociales, cuando más
abandonada parece esa actividad al puro azar, tanto más las leyes propias,
inmanentes, de dicho azar, se manifiestan como una necesidad natural. Leyes
análogas rigen las eventualidades de la producción mercantil y del cambio de
las mercancías; frente al productor y al comerciante aislados, surgen como
factores extraños y desconocidos, cuya naturaleza es preciso desentrañar y
estudiar con suma meticulosidad. Estas leyes económicas de la producción
mercantil se modifican según los diversos grados de desarrollo de esta forma de
producir; pero, en general, todo el período de la civilización está regido por
ellas. Hoy, el producto domina aún al productor; hoy, toda la producción social
está aún regulada, no conforme a un plan elaborado en común, sino por leyes
ciegas que se imponen con la violencia de los elementos, en último término, en
las tempestades de las crisis comerciales periódicas.
Hemos visto cómo en un estadio bastante temprano del desarrollo
de la producción, la fuerza de trabajo del hombre llega a ser apta para
suministrar un producto mucho más cuantioso de lo que exige el sustento de los
productores, y cómo este estadio de desarrollo es, en lo esencial, el mismo
donde nacen la división del trabajo y el cambio entre individuos. No tardó
mucho en ser descubierta la gran «verdad» de que el hombre también podía servir
de mercancía, de que la fuerza de trabajo del hombre podía llegar a ser un
objeto de cambio y de consumo si se hacía del hombre un esclavo. Apenas
comenzaron los hombres a practicar el cambio, ellos mismos se vieron cambiados.
La voz activa se convirtió en voz pasiva, independientemente de la voluntad de
los hombres.
Con la esclavitud, que alcanzó su desarrollo máximo bajo la
civilización, realizóse la primera gran escisión de la sociedad en una clase
explotadora y una clase explotada. Esta escisión se ha sostenido durante todo
el período civilizado. La esclavitud es la primera forma de la explotación, la
forma propia del mundo antiguo; le suceden la servidumbre, en la Edad Media, y
el trabajo asalariado en los tiempos modernos. Estas son las tres grandes
formas del avasallamiento, que caracterizan las tres grandes épocas de la
civilización; ésta va siempre acompañada de la esclavitud, franca al principio,
más o menos disfrazada después.
El estadio de la producción de mercancías, con el que comienza
la civilización, se distinguc desde el punto de vista económico por la
introducción: 1) de la moneda metálica, y con ella del capital en dinero, del
interés y de la usura; 2) de los mercaderes, como clase intermediaria entre los
productores; 3) de la propiedad privada de la tierra y de la hipoteca, y 4) del
trabajo de los esclavos como forma dominante de la producción. La forma de
familia que corresponde a la civilización y vence definitivamente con ella es
la monogamia, la supremacía del hombre sobre la mujer, y la familia individual
como unidad económica de la sociedad. La fuerza cohesiva de la sociedad
civilizada la constituye el Estado, que, en todos los períodos típicos, es
exclusivamente el Estado de la clase dominante y, en todos los casos, una
máquina esencialmente destinada a reprimir a la clase oprimida y explotada.
También es característico de la civilización, por una parte, fijar la oposición
entre la ciudad y el campo como base de toda la división del trabajo social; y,
por otra parte, introducir los testamentos, por medio de los cuales el
propietario puede disponer de sus bienes aun después de su muerte. Esta institución,
que es un golpe directo a la antigua constitución de la gens, era desconocida
en Atenas aun en los tiempos de Solón; se introdujo muy pronto en Roma, pero
ignoramos en qué época liv. En Alemania la implantaron los clérigos para que
los cándidos alemanes pudiesen instituir con toda libertad legados a favor de
la Iglesia.
Con este régimen como base, la civilización ha realizado cosas
de las que distaba muchísimo de ser capaz la antigua sociedad gentilicia. Pero
las ha llevado a cabo poniendo en movimiento los impulsos y pasiones más viles
de los hombres y a costa de sus mejores disposiciones. La codicia vulgar ha
sido la fuerza motriz de la civilización desde sus primeros días hasta hoy, su
único objetivo determinante es la riqueza, otra vez la riqueza y siempre la
riqueza, pero no la de la sociedad, sino la de tal o cual miserable individuo.
Si a pesar de eso han correspondido a la civilización el desarrollo creciente
de la ciencia y reiterados períodos del más opulento esplendor del arte, sólo
ha acontecido así porque sin ello hubieran sido imposibles, en toda su
plenitud, las actuales realizaciones en la acumulación de riquezas.
Siendo la base de la civilización la explotación de una clase
por otra, su desarrollo se opera en una constante contradicción. Cada progreso
de la producción es al mismo tiempo un retroceso en la situación de la clase
oprimida, es decir, de la inmensa mayoría. Cada beneficio para unos es por
necesidad un perjuicio para otros; cada grado de emancipación conseguido por
una clase es un nuevo elemento de opresión para la otra. La prueba más
elocuente de esto nos la da la introducción de la maquinaria, cuyos efectos
conoce hoy el mundo entero. Y si, como hemos visto, entre los bárbaros apenas
puede establecerse la diferencia entre los derechos y los deberes, la
civilización señala entre ellos una diferencia y un contraste que saltan a la
vista del hombre menos inteligente, en el sentido de que da casi todos los
derechos a una clase y casi todos los deberes a la otra.
Pero eso no debe ser. Lo que es bueno para la clase dominante,
debe ser bueno para la sociedad con la cual se identifica aquélla. Por ello,
cuanto más progresa la civilización, más obligada se cree a cubrir con el manto
de la caridad los males que ha engendrado fatalmente, a pintarlos de color de
rosa o a negarlos. En una palabra, introduce una hipocresía convencional que no
conocían las primitivas formas de la sociedad ni aun los primeros grados de la
civilización, y que llega a su cima en la declaración: la explotación de la
clase oprimida es ejercida por la clase explotadora exclusiva y únicamente en
beneficio de la clase explotada; y si esta última no lo reconoce así y hasta se
muestra rebelde, esto constituye por su parte la más negra ingratitud hacia sus
bienhechores, los explotadores lv.
Y, para concluir, véase el juicio que acerca de la civilización
emite Morgan:
«Los hermanos se harán la guerra y se convertirán en asesinos
unos de otros; hijos de hermanas romperán sus lazos de estirpe».
«Desde el advenimiento dc la civilización ha llegado a ser tan
enorme el acrecentamiento de la riqueza, tan diversas las formas de este
acrecentamiento, tan extensa su aplicación y tan hábil su administración en
beneficio de los propietarios, que esa riqueza se ha constituido en una fuerza
irreductible opuesta al pueblo. La inteligencia humana se ve impotente y
desconcertada ante su propia creación. Pero, sin embargo, llegará un tiempo en
que la razón humana sea suficientemente fuerte para dominar a la riqueza, en
que fije las relaciones del Estado con la propiedad que éste protege y los
límites de los derechos de los propietarios. Los intereses de la sociedad son
absolutamente superiores a los intereses individuales, y unos y otros deben
concertarse en una relación justa y armónica. La simple caza de la riqueza no
es el destino final de la humanidad, a lo menos si el progreso ha de ser la ley
del porvenir como lo ha sido la del pasado. El tiempo transcurrido desde el
advenimiento de la civilización no es más que una fracción ínfima de la
existencia pasada de la humanidad, una fracción ínfima de las épocas por venir.
La disolución de la sociedad se yergue amenazadora ante nosotros, como el
término de una carrera histórica cuya única meta es la riqueza, porque
semejante carrera encierra los elementos de su propia ruina. La democracia en
la administración, la fraternidad en la sociedad, la igualdad de derechos y la
instrucción general, inaugurarán la próxima etapa superior de la sociedad, para
la cual laboran constantemente la experiencia, la razón y la ciencia. Será un
renacimiento de la libertad, la igualdad y la fraternidad de las antiguas gens,
pero bajo una forma superior». (Morgan, "La Sociedad Antigua", pág.
552.)
Escrito por Engels en
marzo-junio Se publica según el texto
de 1884. de la 4ª edición de 1891.
Vio la luz como edición
aparte en
Zurich, en 1884. Traducido del alemán.
Firmado: Friedrich Engels
i "Ancient Society, or Researches in the Lines of Human Progress
from Savagery through Barbarism to Civilization. By Lewis H. Morgan, London,
MacMillan and Co., 1877. Este
libro fue impreso en América, y es muy difícil encontrarlo en Londres. El autor
ha muerto hace algunos años. (Nota de Engels).
ii Se refiere al guión de la
obra de L. Morgan "La Sociedad Antigua" hecho por Marx, publicado en
ruso en 1945. Vease "Archivo de Marx y Engels, t IX (Nota de la
Redacción).
iii E. B. Tylor. "Researches into de Early History of Mankind and
the Developement of Civilizatión", London 1865. (N. de la Red.).
iv J. F. MacLennan. Studies in ancient History, comprising a reprint of
Primtive Marriage. London
1886. (N. de la Red.).
v R. G. Latham. "Descriptive ethnology". Vol. I-II. London 1859. (N. de la
Red.).
vi L. H. Morgan. "League of the Ho-dé-no-sau-nee or Iroquois".
Rochester 1851.
(N. de la Red.).
vii J. Lubbock, "The Origin of Civilization and the Primitive
Condition of Man. Mental and Social Condition of Savages". London 1870. (N. de la
Red.).
viii L. H. Morgan. "System of Consanguinity and Affinity of the
Human Family". Washington
1871. (N. de la Red.).
ix A. Giraud-Teulon.
"Les origines de la familie. Géneve, París 1874. (N. de la Red.).
x Al regresar de Nueva York,
en septiembre de 1888, encontré a un ex diputado al Congreso por la
circunscripción de Rochester, el cual había conocido a Lewis Morgan. Por
desgracia, no supo contarme gran cosa acerca de él. Morgan había vivido como un
particular en Rochester, ocupado únicamente en sus estudios. Su hermano había
sido coronel y ocupaba un puesto en el Ministerio de la Guerra en Washington;
gracias a la mediación de este hermano, había conseguido interesar al gobierno
en sus investigaciones y hacer publicar varias de sus obras a expensas del
erario público; mi interlocutor también le había ayudado varias veces a ello
mientras estuvo en el Congreso. (Nota de Engels).
xi Hoy Amú-Dariá y
Sir-Sariá. (N. de la Red.).
xii Bachofen prueba cuán
poco ha comprendido lo que ha descubierto o más bien adivinado, al designar ese
estadio primitivo con el nombre de "heterismo". Cuando los griegos
introdujeron esta palabra en su idioma el heterismo significaba para ellos el
trato carnal de hombres célibes o monógamos con mujeres no casadas; supone
siempre una forma definida de matrimonio, fuera de la cual se mantiene ese
comercio sexual, e incluye la prostitución, por lo menos como posibilidad. Esta
palabra no se ha empleado nunca en otro sentido, y así la empleo yo, lo mismo que
Morgan. Bachofen lleva en todas partes sus importantísimos descubrimientos
hasta un misticismo increíble, pues se imagina que las relaciones entre hombres
y mujeres, al evolucionar la historia, tienen su origen en las ideas religiosas
de la humanidad en cada época, y no en las condiciones reales de su existencia.
(Nota de Engels).
xiii Ch. Letourneau. "L'evolution du mariage et de la familie". París 1888.
(N. de la Red.).
xiv E. A. Westermarck. The History of Human Marriage". London 1891. (N. de la
Red.).
xv A. Espinas. "Des
societés animales. Stude de psychologie comparée". París 1877. (N. de la
Red.).
xvi A. Giraud-Teulon.
"Les origines du mariage et de la familie". Genéve 1884. (N. de la
Red.).
xvii H. H. Bancroft. "The Native Races of the Pacific States of
North America". Vol. I-V, New York 1875-1876. (N. de la Red.).
xviii En una carta escrita
en la primavera de 1882, Marx condena en los términos más ásperos el falseamiento
de los tiempos primitivos en los "Nibelungos" de Wagner. "¿Dónde
se ha visto que el hermano abrace a la hermana como a una novia?". A esos
"dioses de la lujuria" de Wagner que, al estilo moderno, hacen más
picantes sus aventuras amorosas con cierta dosis de incesto, responde Marx:
"En los tiempos primitivos, la hermana era esposa, y esto era moral".
(Nota de Engels).
xix Los vestigios del
comercio sexual sin restricciones, que Bachofen cree haber descubierto, su
"Sumpfzeugung", se refieren al matrimonio por grupos, de lo cual es
imposible dudar hoy. "Si Bachofen halla 'licenciosos' los matrimonios
'punaluenses', un hombre de aquella época consideraría la mayor parte de los
matrimonios de la nuestra entre primos próximos o lejanos, por línea paterna o
por línea materna, enteramente tan incestuosos como los matrimonios entre
hermanos consanguíneos" (Marx). (Nota de Engels).
xx J. F. Watson and J. W. Kaye. "The People of India". Vol.
I-VI. London
1868-1872. (N. de la Red.).
xxi Aquí y más adelante se
trata de grandes grupos conyugales de los aborígenes de Australia. (N. de la
Red.).
xxii L. Agassiz. "A journey in Brazil", Boston 1886. (N. de la Red.).
xxiii S. Sugenheim. "Geschichte der Aufhebung der Leibeigenschaft
und Hörigkeit in Europa bis and die Mitte des neunzehnten Jahrhunderts". St. Petersburg 1861. (N. de
la Red.).
xxiv M. Kovalevski. "Tableau des origines et de l'évolution de la familie et de
la propriété". Stockholm 1890. (N. de la Red.).
xxv "Calpullis":
Comunidad familiar de los aztecas. (N. de la Red.).
xxvi Ciudadanos libres de
Esparta, a diferencia de los ilotas, esclavos. (N. de la Red.).
xxvii Se refiere a "La
ideología alemana". (N. de la Red.).
xxviii Esclavas que servían
en los templos. (N. de la Red.).
xxix Se hace referencia a la
guerra entre los ingleses y los zulús en 1879 y entre los ingleses y los nubios
en 1883. (N. de la Red.).
xxx G. F. Schömann. "Griechische Alterthümer", Bd. I-II.
Berlín 1855-59. (N.
de la Red.).
xxxi W. E. Gladstone. "Juventus Mundi. The gods and Men of the
Heroic Age". London
1869. ("La juventud del Mundo. Los dioses y los hombres de la época
heróica"). (N. de la Red.).
xxxii Lo mismo que al
"basileus" griego, se ha presentado falsamente al jefe militar azteca
como a un príncipe en el sentido moderno.
xxxiii Th. Mommsen. "Römische Forschungen", Ausg. 2. Bd. I-II.
Berlin
1864-1878. (N. de la Red.).
xxxiv Derecho de casarse
fuera de la gens. (N. de la Red.).
xxxv Pérdida de los derechos
de familia. (N. de la Red.).
xxxvi L. Lange. "Römische Alterthümer". Bd. I-III. Berlín 1856-71. (N. de la
Red.).
xxxvii El latino
"rex" es el celto-irlandés "righ" (jefe de tribu) y el
gótico "reiks". Esta palabra significaba lo mismo que antiguamente el
"Fürst" alemán (es decir, lo mismo que en inglés "first", y
en danés "förste", el primero), jefe de gens o de tribu; así lo
evidencia el hecho de que los godos tuvieran desde el siglo IV una palabra
particular para designar el rey de tiempos posteriores, jefe militar de todo un
pueblo, la palabra "thiudans". En la traducción de la Biblia de
Ulfilas nunca se llama "reiks" a Artajerjes y a Herodes, sino
"thiudans"; y el imperio de Tiberio nunca recibe el nombre de
"reiki", sino el de "thiudinassus". Ambas denominaciones se
confundieron en una sola en el nombre de "thiudans", o como
traducimos inexactamente, del rey gótico Thiudareiks, Teodorico, es decir,
Dietrich. (Nota de Engels).
xxxviii Bandos. (N. de la
Red.).
xxxix Durante los pocos días
pasados en Irlanda he advertido de nuevo hasta qué extremo vive aún allí la
población campesina con las ideas del tiempo de la gens. El propietario
territorial, de quien es arrendatario el campesino, está considerado por éste
como una especie de jefe de clan que debe administrar la tierra en beneficio de
todos y a quien el aldeano paga un tributo en forma de arrendamiento, pro de
quien también debe recibir auxilio y protección en caso de necesidad. Y de
igual manera a todo irlandés de posición desahogada se le considera obligado a
socorrer a sus vecinos más pobres en cuanto caen en la miseria. Estos socorros
no son una limosna; constituyen lo que le corresponde de derecho al más pobre
por parte de su compañero de clan más rico o de su jefe de clan. Compréndese
los lamentos de los economistas y de los jurisconsultos acerca de la
imposibilidad de inculcar al campesino irlandés la noción de la propiedad
burguesa moderna. Una propiedad que sólo tiene derechos y no tiene deberes es
algo que no cabe en la mente del irlandés. Pero también se comprende cómo los
irlandeses, bruscamente transplantados con estas cándidas ideas gentilicias a
las grandes ciudades de Inglaterra o América, en medio de una población con
ideas muy diferentes acerca de la moral y el Derecho acaban con facilidad por
no comprender ya nada acerca del Derecho y la moral, pierden pie y,
necesariamente, se desmoralizan en masa. (Nota de Engels para la 4ª edición.).
xl Comunidad rural. (N. de
la Red.).
xli Los griegos no conocían
más que por la mitología de la hépoca heroica el carácter íntimo (proveniente
de la era del matriarcado) del vínculo entre el tio materno y el sobrino, que
se encuentra en cierto número de pueblos. Según Diodoro (IV, 34), Meleagro mata
a los hijos de Testio, hermanos de su madre Altea. Esta ve en ese acto un
crimen tan imperdonable, que maldice al matador (su propio hijo) y le desea la
muerte. "Dícese que los dioses atendieron a sus imprecaciones y dieron fin
con la vida de Meleagro". Según el mismo Diodoro (IV, 44) los argonautas
tomaron tierra bajo el mando de Heracles en Tracia, y encontráronse allí con
que Fineo, instigado por su nueva mujer, maltrataba odiosamente a los dos hijos
habidos de su esposa repudiada, la Boreada Cleopatra. Pero entre los argonautas
había también dos boreadas, hermanos de Cleopatra, y por consiguiente, hermanos
de la madre de las víctimas. Intervinieron inmediatamente en favor de sus
sobrinos, los libertaron y quitaron la vida a sus guardianes. (Nota de
Engels.).
xlii G. L. Maurer. "Geschichte der Städteverfassung in
Deutschland". Bd. I-IV. Erlangen 1869-71. (N. de la Red.).
xliii La página indicada por
Engels en la 4ª ed. en alemána. Véase las págs. 229-230 del presente tomo. (N.
de la Red.).
xliv "Codex
Laureshamensis": registro de tierras de la ciudad de Lorch. (N. de la
Red.).
xlv Esta cifra la confirma
el siguiente pasaje de Diodoro de Sicilia acerca de los celtas galos: "En
la Galia viven numerosos pueblos, desiguales por su fuerza numérica. Los más
grandes, son de unos 200.000 individuos y los pequeños de 50.000" ("Diodorus
Siculos", V, 25). O sea, por término medio, 125.000. Algunos pueblos
galos, por efecto de su mayor grado de desarrollo, debieron ser,
indudablemente, más numerosos que los germanos. (Nota de Engels.).
xlvi Pobres blancos. (N. de
la Red.).
xlvii Según el obispo
Liutprando de Cremona, en el siglo X y en Verdún, por consiguiente en el santo
imperio alemán, el principal ramo de la industria era la fabricación de eunucos
que se exportaban con gran provecho a España, para los harenes de los moros.
(Nota de Engels).
xlviii Categoría social
intermedia entre los colonos y los esclavos. (N. de la Red.).
xlix Sobre todo en las
costas noroccidentales de América (véase Bancroft). En los haidhas, en la isla
de la Reina Carlota, pueden encontrarse economías domésticas que abarcan hasta
setecientas personas. Entre los notkas, tribus enteras vivían bajo el mismo
techo. (Nota de Engels).
l ¡Así lo has querido, Jorge Dandin! (Molière, "Jorge
Dandin", acto I, escena 9) (N. de la Edit.)
li Véase arriba, pág. #117,
("Génesis del Estado ateniense") el total de esclavos en Atenas. En
Corinto, en los tiempos florecientes de la ciudad, era de 460.000; en Egina, de
470.000; en los dos casos, el número de esclavos era diez veces el de los
ciudadanos libres. (Nota de Engels). Engels da la página de la 4ª edición en
alemán.
lii El primer historiador
que se ha formado una idea, por lo menos aproximada, acerca de la naturaleza de
la gens, es Niebuhr. La debe (así como también los errores aceptados al mismo
tiempo por él) al conocimiento que tenía de las gens dithmársicas. (Nota de
Engels).
liii El Primer Imperio existió en Francia de
1804 a 1814.
liv "El Sistema de los derechos
adquiridos" ("system der erworbenen Rechte") de Lassalle en su
segunda parte gira principalmente sobre la tesis de que el testamento romano es
tan antiguo como Roma misma, que «nunca hubo una época sin testamento» en la
historia romana, y que el testamento nació del culto a los difuntos, antes de
la época romana. Lassalle, en su calidad de buen hegeliano de la vieja escuela,
no deriva las disposiciones del Derecho romano de las relaciones sociales de
los romanos, sino del «concepto especulativo» de la voluntad, y de este modo
llega a ese aserto absolutamente antihistórico. No debe extrañar eso en un
libro que en virtud de este mismo concepto especulativo llega a la conclusión
de que en la herencia romana era una simple cuestión accesoria la transmisión
de los bienes. Lassalle no se limita a creer en las ilusiones de los
jurisconsultos romanos, especialmente de los de la primera época, sino que va
aún más lejos que ellos.
lv Tuve intenciones de valerme de la brillante crítica de la
civilización que se encuentra esparcida en las obras de Carlos Fourier, para
exponerla paralelamente a la de Morgan y a la mía propia. Por desgracia, no he
tenido tiempo para eso. Haré notar sencillamente que Fourier consideraba ya la
monogamia y la propiedad sobre la tierra como las instituciones más
características de la civilización, a la cual llama una guerra de los ricos
contra los pobres. También se encuentra ya en él la profunda comprensión de que
en todas las sociedades defectuosas y llenas de antagonismos, las familias
individuales ("les familles incohérentes) son unidades económicas.