MARCO HISTÓRICO INTERNACIONAL
En los años 70 y 80 las contradicciones económicas entre los principales países capitalistas se agudizan. En la etapa monopolista, a finales del s.XIX y principios del s.XX, se acusaban ya dos tendencias encontradas: una centrípeta que tendía a aliar a países capitalistas para alcanzar objetivos comunes y otra centrífuga ya que estos no dejan de luchar por los mercados, las fuentes de materias primas, por el control monopolista de los países débiles y por el reparto de los ya repartidos territorios y esferas de influencia.
Es esencial saber cual de estas tendencias prima en uno u otro período y en las circunstancias concretas, y por ello debemos de analizar la etapa actual del desarrollo capitalista donde veremos que se agravan las dos, por que los intentos de coordinar su política por los principales países capitalistas no reduce en absoluto la agudeza de su rivalidad.
En “Imperialismo, fase superior del capitalismo” Lenin descubrió la ley que permite comprender la enmarañada esencia del sistema capitalista moderno. Diferentes países, regiones enteras, se desarrollan muy desigualmente, a saltos a veces, debido a muchos factores económicos y de otra índole. La diferencia en los ritmos de desarrollo es muy considerable. Como resultado cambia constante y bruscamente la correlación de fuerzas económicas, políticas y militares. Con el tiempo una nueva correlación de fuerzas entra de modo inevitable en contradicción con el existente reparto de los mercados, esferas de influencia y territorios. Los Estados capitalistas antes privados de privilegios, pero que más tarde cobraron fuerza, tienden a un nuevo reparto de mercados y esferas de influencia. Cuando pueden lo consiguen “pacíficamente”: mediante presión y chantaje; cuando esto falla, ponen en juego las armas. Queda claro que la desigualdad del desarrollo es una de las fuentes principales de las guerras locales y mundiales, producto del capitalismo.
Pero podemos matizar, un antes y un después de la caída del campo socialista en Europa. Un antes donde los ideólogos del capitalismo insistieron en muchas ocasiones en la necesidad de potenciar esa fuerza centrípeta sobre la base anticomunista y clasista. Esa política se vio en los años 20 en los intentos de crear un “cordón sanitario” alrededor de la Rusia soviética; en los años 30, en el pacto sellado “contra la Internacional Comunista” y en los esfuerzos de Gran Bretaña, Francia y EEUU por canalizar la agresión de Alemania y Japón contra la URSS.
Todo fue inútil, la rivalidad entre los bloques de los países capitalistas pudo más que los intereses comunes de lucha contra el socialismo hecho realidad. Esto quedó patente cuando uno de los bloques capitalistas rivales se hizo en el curso de la guerra aliado de su enemigo de clase (El Estado socialista).
Concluida la Segunda Guerra Mundial, los rivales más peligrosos de EEUU y Gran Bretaña (entiéndase Alemania y Japón) quedaron temporalmente eliminados como fuerza real, y nada impedía a las fuerzas capitalistas construir una nueva alianza económica, política y militar contra los países socialistas. Alianza claramente liderada por EEUU ya que los países europeos habían quedado muy debilitados por la guerra. Todo ello provocó una expansión global de EEUU que convertía a sus corporaciones en primera fuerza en muchas excolonias de los imperios coloniales desmoronados.
La global alianza posbélica fue amalgamándose sobre una base muy desigual, es decir, bajo las órdenes de EEUU. Por supuesto este tenía también objetivos egoístas cuando hablaba de la necesidad de unirse “frente al comunismo”, no hay que olvidar que el apogeo de la “guerra fría” (años 40 y 50) coincidió con la mayor imposición de EEUU al mundo capitalista.
Diriase, que la tendencia centrífuga quedaba amortiguada. Pero volvió a manifestarse sobre un contexto nuevo, más enredado. La ley de la desigualdad de desarrollo puso a EEUU a la cabeza del sistema imperialista, pero el rápido desarrollo económico del Japón y de los países de Europa Occidental (especialmente Alemania, Gran Bretaña y Francia) que aquí sería muy largo de explicar da un giro de 180 grados a la situación.
Si además tomamos en cuenta, ahora, la caída del campo socialista, vemos como estas rivalidades interimperialistas se afianzan y hacen crecer la fuerza centrífuga, por encima de los intentos de crear una santa alianza contra el Islam y el terrorismo internacional por parte de EEUU, o en los intentos de definir una globalización que nunca podrá contentar los intereses de los tres polos imperialistas a un tiempo.
Naturalmente todo esto, define unas políticas exteriores de los diferentes países capitalistas, pero también define sus políticas interiores y es en este marco, en el de las políticas interiores, donde se realizan los ajustes conducentes a conseguir un mayor desarrollo de las fuerzas productivas para hacer frente a la guerra comercial. Una guerra, aparentemente incruenta, que se desarrolla entre los principales países capitalistas por el reparto de los mercados, pero que en esta ocasión ya no se concentró tanto en los del Tercer Mundo (donde prosiguió, claro está) como en los propios países industrializados.
Es en ese proceso en el que hay que situar la denominada construcción europea. En 1950, con los tratados de París, los Tratados de Roma de 1957, las diversas ampliaciones de la Comunidad Europea, el Acta Única, los Acuerdos de Maastricht, o las últimas noticias de ir la redacción de una Constitución Europea que daría ya un marco legal definitivo a la construcción de un estado supranacional europeo al cual la izquierda en el Estado español no hemos sabido contestar ni hemos sido capaces de levantar un proyecto alternativo. Ese proceso tiene sus manifestaciones en distintos ámbitos: militar, judicial, policial, ideológico, político, etc. Y que por fin todo ello define una política económica, tremendamente imbricada con la política laboral, que en el caso del Estado español nos toca abordar no solo para su constatación si no para definir objetivos y cauces de intervención desde el Movimiento Obrero y Sindical.
SITUACIÓN EN EL ESTADO ESPAÑOL
En nuestro país los periodos de crisis sucesivas, se han caracterizado por una vinculación más estrecha de nuestra economía (también de nuestra política) a los intereses estratégicos de la configuración imperialista de Europa, cumpliendo un papel subsidiario dentro de la UE; es decir, periférico, con una destrucción considerable del tejido industrial, ya sea en la extracción de carbón, la fundición de altos hornos, la construcción naval, la automoción o el textil. También se ha visto seriamente afectada la siembra de cereales, el vino, la aceituna y en particular la cabaña ganadera-lechera. Con respecto a los servicios, en particular aquellos nacionalizados o con fuerte presencia del antiguo INI y por la vía de la “liberalización” se desarticularon por completo, yendo a parar una parte importante del negocio al capital extranjero por medio de las multinacionales del sector correspondiente, desde los ferrocarriles, Iberia, CAMPSA, Telefónica u otros.
¿Qué consecuencias sociolaborales acarreó y acarrea esta política?
En primer lugar una desertización y diseminación industrial, afectando directamente al empleo, pues se ceba en las pequeñas y medianas empresas, que es donde se concentra más de tres cuartas partes de la mano de obra.
En el campo, por la mecanización, aparece la reducción de la mano de obra por un lado, y por otro la quiebra de explotaciones familiares, lo que conlleva a deprimir el sector primario, aún cuando somos deficitarios en diversos productos como el grano y la lache, sin que a la población excedente se le haya dado salida ni hacia la industria ni hacia los servicios.
En tercer lugar en los servicios, con la privatización de los grandes sectores y las facilidades que hoy permiten las tecnologías, aunque en muchos de ellos se aprecie un aumento considerable del negocio, no repercute ni muchísimo menos en un crecimiento del empleo.
Este tipo de políticas diseñadas en Bruselas al dictado del Gran Capital Europeo, y aplicadas fielmente por los sucesivos gobiernos del Estado español han llevado a la clase trabajadora a un escenario de paro, precariedad, economía sumergida, desprotección contra el desempleo, inseguridad ante el futuro de las pensiones, etc.
A pesar de este cuadro tan negativo en el plano sociolaboral, las clases dominantes lanzaron desde hace tiempo una fuerte campaña ideológica contra los trabajadores y trabajadoras, parados y paradas y pensionistas, culpabilizándonos de todo: a los salarios los culparon de la inflacción, de la quiebra de empresas y del paro; a los parados y paradas de hacer el vago y de elevar el déficit público en gran medida, y a las pensiones de la quiebra de la Seguridad Social.
Así sobre la base de este cuadro ideológico y utilizando machaconamente todos los instrumentos de intervención del sistema: radios, prensa, televisión, ministros/as, funcionarios/as, ponen en marcha mecanismos para la reducción de las prestaciones por desempleo, después por la vía de los Presupuestos Generales del Estado congelan los salarios del personal funcionario, arrastrando a su vez a los convenios colectivos a bajadas o congelaciones de salarios y en pocos casos a subidas muy limitadas.
En este punto debemos de hacer una valoración del alcance de esta ofensiva que ya dura dos décadas y que se enmarca como veíamos en la necesidad del Capital europeo de aumentar su ritmo de acumulación para afrontar la guerra de los mercados económicos y financieros.
Un primer aspecto a tener en cuenta estaría basado en que el capitalismo no busca el pleno empleo, o a una cantidad de paro limitada. Por ello la propiedad privada de los medios de producción, la utilización de la tecnología sólo para la obtención de una mayor sobreexplotación de la fuerza de trabajo con la consiguiente multiplicación de las plusvalías, y la certeza de que el crecimiento económico va a ser irregular pero fundamentalmente limitado, ha llevado a desmembrar, parcializar y rotar el mercado de trabajo.
Otro aspecto importante, como decíamos, consiste en incrementar las plusvalías incrementando la productividad por unidad de fuerza de trabajo (bajando los salarios, incrementando las jornadas laborales, utilizando nuevos métodos de producción más eficientes...), pero a la vez en deshacerse de las instalaciones productivas que no generen el máximo rendimiento de capital. Esto se ha hecho principalmente desinvirtiendo en ciertos sectores abocándolos al cierre e invirtiendo en otros que en ningún caso provocaban la necesidad de la misma cantidad de mano de obra, o simplemente pasándose ese capital a la parte especulativa y actuando en los mercados financieros.
Otro aspecto importante en este panorama, es el objetivo del Capital de desarticular la respuesta de la Clase Trabajadora a su diseño económico. Y en este sentido su objetivo casi le viene dado en su propio diseño, pues en la medida que el puesto de trabajo peligra y la precariedad aumenta, crear organizaciones obreras en los centros de trabajo se hace mucho más difícil, permitiendo mucha más capacidad de maniobra al empresario y al sistema en su conjunto. En el mismo sentido la estratificación y por consiguiente la división entre quienes tienen contrato fijo (cada vez menos), quienes tienen contrato precario, los autónomos obligados a ello en su inmensa mayoría, y el sector muy amplio de economía sumergida, obliga a hacer un esfuerzo extraordinario para mantener la unidad del conjunto de la clase, la cohesión de la misma, y la solidaridad como valores fundamentales.
LAS ORGANIZACIONES SINDICALES
Ante esta ofensiva, que se ha dado en denominar neoliberal, del Capital que podemos resumir en sus tres objetivos principales: en primer lugar disminución de la masa salarial atacando tanto al salario directo como al diferido o indirecto, en segundo lugar el traspaso de rentas del Trabajo a rentas del Capital que alcanzan su forma más sibilina en las sucesivas reformas del IRPF, y en tercer lugar la agudización de las políticas de reestructuración que permiten una liberación de capitales tendentes a una mayor acumulación.
Esta ofensiva a sido favorecida con el desarrollo de la Revolución Científico Técnica como proceso objetivo, pero también por otros procesos subjetivos entre los que podemos destacar: los medios de comunicación de masas en el terreno de la lucha ideológica, la caída del campo socialista europeo, la debilidad orgánica e ideológica de los Partidos Comunistas, la desestructuración de la clase trabajadora, etc.
En tanto, en el terreno sindical, hemos venido asistiendo en los últimos tiempos a la aceptación de las organizaciones sindicales mayoritarias de la invitación a participar en el gobierno. Esta participación ya se estaba dando en la medida que existía una participación institucional de los sindicatos, participación institucional que pretendía la absorción de los actuales dirigentes sindicales en la gestión del sistema capitalista. Pero tras los sucesivos acuerdos con los gobiernos en materia laboral (sucesivas Reformas Laborales) y la entrada de sindicalistas en los consejos de administración de algunas empresas importantes, esto ha tomado una dimensión cualitativamente distinta asegurándose el Capital el consentimiento pacífico de la clase trabajadora a una intensificación de la explotación de la fuerza de trabajo.
Este cambio de rumbo del sindicalismo en el Estado español no es algo que surja de forma espontánea si no que más bien se enmarca en la trayectoria del movimiento sindical desde el inicio de la Transición donde el Eurocomunismo (apostando por la reforma y no por la ruptura con el régimen) convierte al movimiento sociopolítico CC.OO. en un sindicato y orienta su acción hacia el sindicalismo de gestión complementado con servicios, abandonando paulatinamente el modelo sindical de clase y combativo.
Naturalmente esta transformación se va haciendo lentamente, pues no podemos olvidar que importantes sectores de CC.OO. no compartían ciertos rumbos que se iban tomando y esto logró que el proceso fuese necesariamente lento.
El sindicato, que se había creado y desarrollado como una reacción a las agresiones que el desarrollo del sistema capitalista (en su particular fase totalitaria ya en fase terminal) ejercía contra la clase trabajadora, se iba desvirtuando.
En este sentido, los sindicatos de clase, y en especial CC.OO., han vivido un proceso extraordinariamente importante pasando de teorizar la independencia de los partidos de la izquierda a ser cada vez más dependientes del poder estatal.
Las causas de este proceso las podemos resumir en:
· Debilidad ideológica.
· Debilidad de proyecto de Acción Sindical.
· Debilidad de dependencia económica.
Todo ello implica un viraje de la política sindical hacia el consenso, la claudicación y la paz social. Como ejemplos podemos destacar el consentimiento hacia las privatizaciones, el Pacto de Toledo y las sucesivas reformas laborales. Las exigencias de Maastricht no encuentran respuesta, subordinándose la acción del movimiento sindical de clase al proyecto estratégico del gran capital.
El nuevo consenso se hace sobre el desmonte de las conquistas de los trabajadores y trabajadoras. Por ello a este proyecto le estorban las estructuras democráticas internas de los sindicatos (Asambleas de trabajadores/as, Secciones Sindicales que se muevan, Uniones Territoriales...) así como la representación unitaria de los trabajadores/as (Comités de Empresa).
En este marco el deterioro interno y las purgas en CC.OO., a pesar de venir de lejos y de que algunos lo posibilitaron, obedece al objetivo de adaptar la estructura sindical a las necesidades de la recomposición capitalista europea (Maastricht). Esto liquida cada uno de los principios de CC.OO. pero no creamos que sólo los sindicatos mayoritarios están por esto y actúan así.
ALGUNOS PLANTEAMIENTOS
Debemos de plantearnos el ataque al movimiento neoliberal, y es muy importante que esto lo situemos en el debate. Debemos de cuestionar el sistema actual de neoliberalismo.
Para ello hay ciertos elementos a combatir:
· La Productividad y la Competitividad esconden la aceptación de la explotación como elemento fundamental de la producción y por lo tanto son dos elementos que debemos cuestionar.
·
Concentración de
capitales (fusiones bancarias, reforma fiscal).
·
Flexibilidad
(ampliación de la reforma laboral).
·
Reducción de la
masa salarial.
·
Leyes de
represión y vigilancia (con la disculpa de la inseguridad ciudadana).
·
Política de
consenso, debemos de ver la forma de romperla en los diferentes niveles
(estatal, autonómico, local) ayudando a la estructuración de la Clase Obrera
vinculada a esta ruptura.
Y otros elementos por los que luchar:
· Independencia Sindical como elemento fundamental.
· Sindicalismo de Clase, Sociopolítico, Reivindicativo, de lucha y de masas.
· Fuerte apuesta por la Afiliación y la Militancia Sindical (debemos de combatir donde está el frente y no a mil kilómetros del mismo).
· La Asamblea como elemento fundamental de organizar.
· Defensa a ultranza de los Comités de Empresa. Para nosotros han de tener un carácter estratégico y por ello también las Elecciones Sindicales.
· Estimulo a las luchas en general.
· Apuesta por la Unidad Sindical sin exclusiones.
· Recuperación de Tablas Reivindicativas que vuelvan a situar al sindicalismo en el terreno de la ofensiva.
Ahora bien, estos planteamientos, para no quedarse en el plano de la teoría, deben de traducirse y concretarse en lo organizativo.
En este sentido, la estrategia de los y las comunistas en el movimiento sindical organizado debe pasar, como siempre se hubiera de haber caracterizado nuestra lucha, no por la prisa y el intento de quemar etapas para las que la clase trabajadora aún no estamos maduros. Es este más bien un periodo en que, ante la ruptura definitiva de las organizaciones de clase, debemos de organizar nuestra respuesta. Una respuesta que no es otra que el asentamiento de las bases para la consolidación de un movimiento sindical de clase organizado, unitario, con proyección estatal y de masas.
Teniendo claro esto, la cuestión fundamental es ya sólo, y no es poco, el diseñar las acciones que nos conduzcan a influir para que el proceso se desarrolle en la perspectiva dela reagrupación de ese movimiento sindical de clase. Conscientes que no somos mayoritarios si debemos de aspirara influir definitoriamente en el diseño y esto nos ha de enfrentar en lo teórico con otras formas de entender el sindicalismo de clase (el eurocomunismo) que hoy objetivamente coinciden con nosotros en la necesidad de redireccionar el movimiento sindical de clase ante las posturas claudicantes y de integración en el sistema de las actuales direcciones confederales de los sindicatos mayoritarios, que como mucho se movilizan para apoyar las expectativas electorales de un PSOE en la oposición.
Ahora bien, este enfrentamiento en lo teórico no nos debe hacer olvidar cual es nuestro enemigo principal y que alianzas debemos de desarrollar para combatirlo. Ahora bien el término alianza no debe de significar fusión ni dejación de nuestra inexcusable labor en el intento de hegemonizar el proceso.
La realidad actual del movimiento sindical de clase se caracteriza por su profunda atomización, fuera de lo que son las diferentes corrientes de opinión en CC.OO. Por ello es de todo punto ilógico pensar que este reagrupamiento vaya a ser fácil y homogéneo en todo el Estado, teniendo además en cuenta las características nacionales de algunas de las centrales sindicales de clase.
Esto nos debe llevar a la conclusión que si la expresión actual del sindicalismo es fraccionante y atomizante, y nuestra realidad en él, fuera de otro tipo de consideraciones, también lo es, nuestra primera labor será la de coordinar nuestros espacios de influencia en un marco interorganizativo por encima de las estructuras orgánicas del movimiento sindical. En definitiva la consolidación de una Comisión de Movimiento Obrero y Sindical que discuta, evalúe y diseñe políticas sindicales, en el marco de las teorizaciones de nuestro partido, para su traslado a todos los ámbitos de influencia y actuación.
El abandonar en estos momentos espacios de poder sindical en cualquier organización o plataforma, dilapidando el enorme esfuerzo desarrollado para alcanzarlo sería, y de hecho ha sido, nuestra mejor contribución para hacer desaparecer la opción y la opinión comunista, y por lo tanto auténticamente de clase, dentro del movimiento sindical. Esto agravado con nuestra cada vez más escasa presencia en el movimiento obrero, sin duda significará el dejar de influir directamente en los trabajadores y trabajadoras durante muchos años.
ALGUNAS PROPUESTAS EN LO ORGANIZATIVO
Nosotros, los comunistas del PCPE, dentro de nuestra labor principal de construcción del referente revolucionario de la clase trabajadora en el Estado español debemos de participar como no podía ser de otra forma al lado de los trabajadores y trabajadoras en la construcción de un referente sindical de clase que tenga proyección estatal y una buena conexión con el movimiento internacional de clase mundial y que hoy por hoy ni nunca ha esta representado en la CIOSL, un referente sindical de masas que aspire a la unidad de toda la clase trabajadora.
Sabemos también que no basta darle el calificativo de clase a una organización sindical por eso debemos de ver al sindicalismo de clase de manera global y no parcial. Pero además algo a conquistar, frente a la Patronal, los poderes públicos y también entre las posiciones no de clase o claudicantes.
Para nosotros el sindicalismo encierra una concepción superadora de los problemas de la sociedad capitalista de las multinacionales. Debe entender de las reivindicaciones puntuales y concretas de los trabajadores y trabajadoras pero sin ocultar el origen de las mismas, que no se superan sin superar las causas que las provocan, es decir el propio sistema actual. Pero no debemos confundirnos y exigirle al movimiento sindical de clase lo que es nuestro trabajo como aspirantes a vanguardia del sujeto revolucionario.
Por ello nuestra estrategia, lejos de seguir viendo desde la inactividad como los acontecimientos van pasando e ir tomando decisiones puntuales que en muchas ocasiones nos conducen a dar bandazos, debemos basarnos en el no alejamiento de nuestros cuadros sindicales y obreros de sus lugares de influencia entre los trabajadores y trabajadoras y esto pasa por seguir trabajando dentro de CC.OO. y de los otros sindicatos minoritarios donde ya tenemos presencia. En definitiva se trata de dejar de dilapidar para pasar a consolidar y aumentar nuestra influencia donde estamos y dirigir a nuestros efectivos no activos hacia las opciones sindicales de clase que el partido decida, pero nunca como fruto de la decisión individual y personal. Ningún camarada debe de tomar individualmente la decisión de afiliarse a una central sindical o abandonar su lugar de trabajo sindical sin la previa discusión, insertada en la estrategia de partido, como que debe hacer y como. A la vez que ningún cuadro sindical ha de poner trabas a llevar la política del partido a su lugar de influencia por más que milite en uno u otro sindicato. Los comunistas de nuestro partido o tenemos una sola voz en el terreno del movimiento obrero y sindical, o seguiremos convertidos en un semillero de sindicalistas para otras opciones políticas.
Por ello la construcción de una opción comunista y su coordinación con carácter intersindical se hace más que nunca necesaria para coordinar los esfuerzos y objetivos y colocarnos en las mejores condiciones posibles en el caso de llegar a producirse una quiebra del sindicalismo organizado. Esta coordinación es la única forma de intentar acercar a compañeros y compañeras que en su día abandonaron la lucha sindical, pero también a nuevos efectivos de la clase trabajadora.