“Tengo la tentación de hacer algo que choque y que irrite”: Francisco Toledo

Ricardo Pérez Pérez


“La aportación de Francisco Toledo a la pintura, la gráfica y la obra cultural realizada en Oaxaca lo perfilan como una de las personalidades más relevantes del México de fin de siglo.” Tal es la opinión de la revista hispana Lápiz, que presenta una entrevista con el artista mexicano en su número 151, correspondiente al primer trimestre de 1999.

Francisco Toledo (Juchitán, Oaxaca, 1940) relata cómo fue su formación artística: después de vivir varios años en Veracruz, “Llegué a Oaxaca hacia 1954. Había entonces una Escuela de Bellas Artes que tenía una pequeña biblioteca. Allí descubrí los primeros libros dedicados a Joan Miró, Diego Rivera y Pablo Ruiz Picasso. También localicé un catálogo de Manuel Álvarez Bravo y un libro de Willian Blake que debió de regalar la Embajada inglesa. Tenía yo entonces unos catorce años y me aprendí de memoria esos libros. Mi primer encuentro con el arte fue a través de esas publicaciones. Me dejaron una huella imborrable.”

“Descubrí la fotografía a través de un catálogo de una exposición de Manuel Álvarez Bravo hecha en los años cuarenta en México. Esa publicación me impresionó mucho. También aprendí de los reportajes fotográficos de los años cincuenta de la revista norteamericana Life. Ahí tuve la oportunidad de ver fotos de gran interés. Me dije a mí mismo que podía ser fotógrafo. Mi familia me ayudó a adquirir mi primera cámara fotográfica. Luego monté un cuarto oscuro para revelar fotos. La verdad es que el clima del Golfo de México no ayudaba mucho a mi labor fotográfica. Siempre tuve, sin embargo, una pasión por la fotografía. Tuve una época casi obsesiva por la fotografía familiar. Conservo un gran álbum de fotos familiares. Luego me acerqué a la obra de Manuel Álvarez Bravo. Hice pruebas con Graciela Iturbide. Ahora me positiva las fotos mi mujer Trine.”

Tal vez por eso el empeño por impulsar la cultura en su estado natal. El autor de Lo que el viento a Juárez, tuvo injerencia directa en la creación del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (1988), el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (1992), el Centro Fotográfico Álvarez Bravo (1996), la Cineteca local (1998) y un Taller de Arte de Papel en el municipio de San Agustín (1998), con apoyo del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y en algunas ocasiones con el Gobierno del Estado de Oaxaca.

No obstante, al crear la organización no gubernamental del Patronato Pro Defensa y Conservación del Patrimonio Cultural y Natural del Estado de Oaxaca en 1993, “y cuestionar algunas decisiones del gobierno a nivel cultural y natural, las relaciones empezaron a empeorar. Nos distanciamos. Trataron de reorganizarlo todo. Entonces decidieron no contratar a mis trabajadores. No respetaron los derechos de los obreros. En fin, aunque ganamos la reivindicación, el gobierno del Estado de Oaxaca se retiró de los proyectos y nos quedamos solos Conaculta y yo.”

Sobre sus compatriotas contemporáneos en las artes gráficas, como José Luis Cuevas, Manuel Felguerez y Vicente Rojo, quien recibió recientemente el Premio Nacional de las Artes opina: “Cuando ellos empezaron a exponer en México a finales de los años cincuenta yo estaba en Europa (París, Barcelona, etc.), por lo tanto durante una serie de años no participé en las actividades de estos artistas. Ellos forman parte de esa generación que llaman de ruptura. Yo no participé durante más de cinco años en sus actividades. Cuando regresé de París a México oí que tenían pleitos con los grandes muralistas mexicanos (Orozco, Rivera y Siqueiros) y que renegaban de esos grandes artistas. A mí nunca se me hubiera ocurrido criticarlos, con todo y sus defectos, y enfrentarme a esos artistas. Hay pocas afinidades entre nosotros.”

En cambio, reconoce su afinidad con otros artistas: “En México hay una tradición de activismo político de los artistas, quienes, en el pasado, estaban al lado de los obrero Esas imágenes de Diego Rivera y Frida Kalho en las manifestaciones de los trabajadores son inolvidables. Esa actitud era admirable.”

Acerca del espacio adjudicado por el Palacio de Bellas Artes para un mural suyo, afirma: “Más que un reto tengo la tentación de hacer algo que choque y que irrite. No sé muy bien qué. Yo he estado haciendo ese mural en mi antigua casa de Oaxaca que abandoné para fundar una Cineteca. Allí tenía un jardín donde empecé a hacer tumbas de animales con lodo. Era un lugar con muros de barro y paja. Pensé entonces que ubicar un mural en el Palacio de Bellas Artes con esos materiales humildes junto al mármol y oropel de ese edificio de inicios de siglo sería como una burla a la grandilocuencia de esa arquitectura. Es como introducir algo pobre en el espacio de grandeza oficial de México. El problema de esos materiales es su carácter efímero.”

Respecto a Benito Juárez, a quien dedicó su atención en Lo que el viento a Juárez, Toledo afirma: “Mi libro es, en cierto modo, una burla política de ese gobernante. Mi familia procede del Istmo de Tehuantepec, en el Pacífico mexicano. Es decir, al sur del Estado de Oaxaca. Concretamente nací en el municipio de Juchitán. Es una región bastante rebelde que nunca aceptó la autoridad de Oaxaca. El Istmo de Tehuantepec siempre luchó por su independencia. De hecho, durante la intervención francesa en México consiguió la independencia. Siendo Benito Juárez gobernador de Oaxaca mandó incendiar el municipio de Juchitán para castigar a sus habitantes, mandando matar a los líderes de la independencia. Ese hecho quedó grabado en la memoria de las gentes del lugar. Incluso posteriormente, el hijo de Benito Juárez, que fue también gobernador de Oaxaca, persigulo asimismo a los juchitecos. En esa época surge la figura de mi tío-abuelo José F. Gómez, líder de los juchitecos, quien se enfrentó al gobernador Benito Juárez Maza, quien terminaría por mandarlo matar. Ese asunto me tocó muy de cerca pues una media hermana de ese líder vivió con mi familia y me tomó mucho cariño, ya que yo era muy moreno de piel, como mi antepasado. Recuerdo bien las historias que me contaba de ese personaje. Creo, sinceramente, que mi tratamiento de la figura política de Benito Juárez tiene un sentido histórico y un sentido familiar.”

Explica Toledo, finalmente, el sesgo fálico de sus autorretratos: “En la pintura he enseñado hasta el pito, luego lo he enseñado todo. En fotografía parece que eso tiene otra presencia. No lo sé. La historia de la pintura, desde el cuadro de Gustave Courbet El origen del mundo (1866) hasta la misma obra de Picasso, está llena de sexo. Nalgas, pitos, chichis, gente entrando y saliendo por todos los huecos. Incluso hay algunas imágenes que son muy cercanas a la fotografía. No ha sido reproducida en los libros una imagen en la que estoy con el pito y se me ve la bragueta abierta y el cinturón, los huequitos del cinturón y la hebilla. Es bastante realista.”

13 de julio de 1999

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