México visto por los Estados Unidos: El panteón de los mitos

Ricardo Pérez Pérez


Sergio Aguayo escribió un magnífico trabajo donde somete a un riguroso escrutinio la visión de The New York Times y varios trabajos académicos y científicos de autores norteamericanos sobre México de toda la segunda mitad del siglo XX.

Se trata de El panteón de los mitos. Estados Unidos y el nacionalismo mexicano, editado por Grijalbo y El Colegio de México.

Solamente haber realizado el análisis de contenido de más de 1,300 artículos de uno de los principales diarios norteamericanos supone una labor titánica, que el Dr. Aguayo realizó escrupulosamente.

Lo verdaderamente importante del hercúleo esfuerzo son las conclusiones del autor: a pesar del cacareado nacionalismo mexicano, los grupos gobernantes de ambos países mantienen una estrecha comunidad de intereses: “La élite de Estados Unidos colaboró con la de nuestro país, por que además de evadir lo que pasaba en México, guardó silencio y toleró los desplantes nacionalistas del régimen, cuya independencia no los inquietó por que recibieron garantía en privado de un gobierno que les entregó el apoyo en sus momentos difíciles.”

Así se demuestra que el nacionalismo mexicano pudo subsistir ante la nación económica y militar más poderosa del mundo solo y en la medida que resultó beneficioso para los intereses norteamericanos.

De entrada, el sustento del capitalismo para los gobernantes norteamericanos es la propiedad privada, las fuerzas del mercado y la iniciativa individual, sean republicanos o demócratas que, aunque independientes entre sí, están hermanados en lo esencial.

La autoestima y el autoelogio siempre han formado parte de la historia de los Estados Unidos; sus pobladores están absolutamente convencidos de que tienen el mejor sistema político, económico y social que haya existido en la historia de la humanidad y justifican que sea el guardián y guía del mundo.

En los años sesenta y setenta la unanimidad de ese pensamiento absoluto en los años cincuenta terminó cuando el orden establecido se estremeció con las protestas por las desigualdades étnicas, políticas económicas o de género; con los efectos de la guerra de Vietnam y el escándalo de Watergate.

Recuperaron la confianza en la excepcionalidad de su sistema en los ochenta e impusieron su dominio a través de instrumentos económicos e instituciones multilaterales. El de Estados Unidos es un imperialismo anticolionalista por que quería dominar sin ocupar. Esta preferencia por la hegemonía no significa renunciar a la coerción, para la que tienen una amplia gama de instrumentos militares, económicos y diplomáticos.

Con todo, los gobernantes de Estados Unidos no solo toleraron un régimen económico donde no gobernaron ni sus principios económicos ni los políticos, sino que lo respaldaron abiertamente.

En efecto, las leyes agrarias (al menos hasta antes de la contrarreforma salinista) y petrolera contradicen abiertamente la propiedad privada, las fuerzas del mercado y la iniciativa individual.

Y qué decir del régimen de partido de estado que permitió la democracia y la libertad de expresión sólo en proporciones minúsculas y disimuladas, además de un descuido pleno de los derechos humanos.

El gobierno de México manipuló desde el término de la revolución de 1910-1917 tanto la relación con Estados Unidos como el nacionalismo para controlar a la población; el mito del nacionalismo, que atribuyó intenciones malévolas a Estados Unidos y un nacionalismo heroico al régimen que exigió la unidad y la obediencia, fue empleado así para cimentar el autoritarismo que prevaleció en nuestro país.

El modelo inicial fueron los Acuerdos de Bucareli, firmados en 1923 y donde el gobierno de Alvaro Obregón cedió en algunos puntos del artículo 27, en el pago de la deuda externa y en los reclamos de los ciudadanos estadounidenses.

En 1927 el gobierno fusiló, sin pruebas ni juicio, al sacerdote jesuita Miguel Agustín Pro Juárez, acusado de planear un atentado contra Obregón; el embajador Morrow apoyó al régimen, por que las acusaciones eran una “asunto doméstico” y para “no ofender” a Elías Calles. Lo mismo sucedió cuando fue asesinado el mismo Obregón. La rebelión del general Gonzalo Escobar en 1929 fue condenada de jure y de facto por el gobierno norteamericano; Ortiz Rubio, que utilizó recursos oficiales y la violencia para derrotar a José Vasconcelos en el primer fraude electoral de la era posrevolucionaria, fue apoyado por el mismo embajador.

La razón fue simple: el discreto entendimiento para que el petróleo mexicano formara parte de la reserva estratégica de los Estados Unidos.

Incluso en el clímax del nacionalismo mexicano, con Lázaro Cárdenas en 1938, cuando nacionalizó el petróleo. A decir de Aguayo, este presidente “Tuvo un cuidado extremo de no ir más allá de los límites no escritos del interés estadounidense. Por ejemplo, nunca intentó nacionalizar la minería, que era el otro gran enclave extranjero, e hizo todo lo que estuvo a su alcance para demostrar cuánto le interesaba mantener vigente la doctrina Monrow. La elección del moderado Manuel Ávila Camacho como candidato a sucederlo fue la mejor demostración de ese pragmatismo.”

El pacto no escrito entre la élite norteamericana y los gobernantes priístas estuvo vigente hasta los años ochenta, “Cuando el deterioro económico mexicano le permitió a Washington forzar un cambio en el modelo económico.” Pero el apoyo modelo político autoritario y represor se mantuvo.

El prolongado lapso del gobierno del PRI, sostiene Sergio Aguayo, además de las condiciones nacionales, “También está el respaldo que ha recibido de la comunidad internacional, y en espacial de Estados Unidos. Los montos y la prontitud de la ayuda financiera no tienen precedente ni comparación en la historia reciente del mundo, como tampoco la indiferencia y la poca atención concedida al movimiento mexicano a favor de la democracia. Democratizadores marginados y pobres, y gobernantes opulentos y protegidos, son claves indispensables para entender lo que ha sucedido en México.”

Para el imperio las inversiones en otros países son clave para ayudar a sus aliados, así como para extender su propia influencia. Al respecto, el resultado ilustrado en la gráfica adjunta es revelador: The New York Times juzgó ampliamente positivo a México como un lugar apropiado para la inversión extranjera, en espacial para la de los Estados Unidos, malgré la ausencia de democracia, el no respeto a los derechos humanos y la corrupción política características del sistema priísta.

Estos y otros argumentos plasma de manera convincente Sergio Aguayo en su espléndida investigación de 450 páginas, presentado con una prosa ágil y ligera. Sin duda, un libro indispensable no solo para el estudioso de los asuntos mexicanos, sino para todo mexicano interesado en conocer su país y la relación que guarda con la potencia mundial, su vecino del norte.

(15 de febrero de 2001)

[email protected]
 

Volver al Inicio

Hosted by www.Geocities.ws

1