¿Cuál es el problema indígena?

 

La nación contra los indígenas

Ricardo Pérez Pérez

La virgen de Guadalupe, símbolo de la mezcla de la religión católica con la cultura indígena, y el mismo emblema de la fundación de México–Tenochtitlan, el águila parada sobre un nopal devorando una serpiente sobre un islote de la laguna, en el centro de la bandera nacional, marcan a la nación mexicana desde su nacimiento.

Y sin embargo estos elemento étnico nativos tan exaltados como símbolos de la nación, no hacen sino dar constancia de que los indígenas son tomados solo como eso, como un símbolo; así lo destaca el Dr. Enrique Florescano en su libro Etnia, estado y nación, reeditado por Taurus en 2001.

En un recorrido de la historia desde las primeros pueblos, Florescano da cuenta de por lo menos tres momentos destacados: la fundación, florecimiento y destrucción de la confederación mexica (también conocida como azteca); la Colonia y la Reforma con su corolario, el porfiriato.

“El mayor logro histórico de la etnia mexica —escribe el también autor de El nuevo pasado mexicano— fue haber creado una organización política capaz de darle cabida a la extraordinaria diversidad étnica, lingüística, política y cultural de Mesoamérica.” Es decir, la autonomía relativa de las diferentes comunidades fue respetada, siempre que reconocieran la hegemonía de los mexicas. Sin embargo, sucumbió esta confederación ante la no menos eficaz política de alianzas de los conquistadores.

Lejos de actitudes apologistas, anota que si bien se creó una verdadera confederación, donde el náhuatl fue la lengua franca, las sociedad mexica no era, en el momento de la llegada de Cortés y sus huestes, una sociedad igualitaria, sino todo lo contrario. La nobleza dirigente se enriqueció a costa del tributo de muchos pueblos y tribus; el tlatoani, máximo dirigente de la nobleza y de la confederación, a decir del autor, “ocupaba alternativamente los lugares de dios creador, ancestro tutelar, guía y héroe cultural, cabeza del reino, supremo sacerdote, comandante de los ejércitos, patrono de la fertilidad y benevolente protector del pueblo.” En pocas palabras, fue la encarnación de un poder absoluto de todos los asuntos públicos.

La colonia, si bien fue violenta y cruel con la religión de los nativos, no significó el apabullamiento total de la cultura indígena. Incluso los primeros evangelizadores realizaron su labor en náhutl y otra lenguas nativas. Fue con las reformas modernizadores de los Borbones cuando el imperio español inició un ataque frontal no sólo contra las lenguas indígenas, sino contra sus bailes, ritos y costumbres que, a pesar de la conversión al cristianismo, lograron mantener. Con todo, una actitud abierta de adaptarse y resistir, permitió su supervivencia como grupo indígena.

La Independencia fue una guerra en la que por primera vez tuvieron los indígenas una participación con visión y en escala nacional, pues si bien antes hubo numerosas rebeliones y hasta insurrecciones, sólo fueron de carácter local o regional. Sus demandas se plasmaron en la memoria histórica del país, según Florescano, fueron profundas e irreversibles.

La guerra de Reforma del siglo XIX representó un cambio de instituciones; mientras en la Colonia la Iglesia y la religión fueron los elementos vitales de la ideología y la identidad, con la lucha de los liberales se exaltó a los héroes nacionales, renegó tanto del pasado prehispánico como de la colonia y puso al estado como el centro de la unidad nacional y al nacionalismo como la única ideología aceptada oficialmente, lo que significó una nueva ofensiva en contra de los indígenas.

“El proyecto de nación excluyó a los indígenas de sus filas y el estado les declaró una guerra sin cuartel”, afirma el autor, con lo que deja constancia de que la violencia ejercida en contra de las comunidades indígenas, en contra de sus lenguas, de sus costumbres, de sus tradiciones… dice también que “La violencia en contra de las tradiciones comunitarias provocó un resurgimiento general de las reivindicaciones indígenas en las distintas regiones del territorio nacional… El continuo asedio a las tierras y los derechos campesinos provocó una respuesta tan extendida que tuvo el efecto de convertir el problema indígena en un problema nacional.”

Pero, ¿cuál es el problema indígena? Negados como tales para ser asimilados a los mexicanos, el objetivo fueron sus tierras; en palabras de Florescano: “La campaña contra los pueblos indios y sus derechos tradicionales se concentró en las tierras comunales.”

De ahí a negar su religión, sus costumbres y su cultura fue solo dar un paso natural. Francisco Pimentel expresó descaradamente el proyecto de la nación mexicana concebido y practicado por la élite: “Debe procurarse que los indios olviden sus costumbres y hasta su idioma mismo, si fuere posible. Sólo de este modo formarán con los blancos una masa homgénea, una nación verdadera.”

Así, al forjarse la nación mexicana, “En todas partes los indígenas fueron expulsados de sus tierras, convertidos en trabajadores de las nuevas haciendas y plantaciones, o tuvieron que refugiarse en regiones aisladas.”

“La implantación intransigente de un modelo de estado que ignoraba a la mayoría de la población. El estado que surgió en la segunda mitad del siglo se convirtió en el instrumento de un poder obsesionado por implantar los principios políticos del liberalismo europeo, aún cuando esos valores chocaran con las tradiciones que nutrían a la mayoría de los pobladores. El vehículo que integró a estas nuevas funciones del estado fue el nacionalismo, una ideología que se desarrolló con gran fuerza después de la invasión norteamericana y la francesa.”

Por lo que se ve, México es una nación profundamente racista, además de dogmática e intolerante. Los problemas que han tenido los indígenas para ser escuchados por el Congreso recientemente no hacen sino poner de manifiesto una vez más estas características del nacionalismos fomentado desde el poder.

21 de marzo de 2001

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