Ser escritor en México

 

Entre crítico y funcionario

Ricardo Pérez Pérez


El escritor es un destrozador; su obra, un cuerpo reconstruido de fragmentos de carne viva y realidad; su palabra rompe con el cuerpo vivo de lo real, es siempre adversaria del actual estado de cosas del mundo, es “palabra enemiga”, palabra que con el filo de la crítica disecciona para encontrar un nuevo sentido. Pero, sin embargo, lo hace en el “palacio del príncipe”, bajo el amparo del estado. Tal es el retrato de la relación ambivalente de los escritores mexicanos con el poder que hace la escritora Carmen Boullosa (Ciudad de México, 1954) en la revista española Lateral, correspondiente a septiembre del 1999.

Se enmarca en una realidad de estadísticas escalofriantes la instantánea de la poeta y dramaturga: hay más librerías per cápita en Haití que en México; hay más en la ciudad de Barcelona que en todo el territorio mexicano. Esto no es por que las bibliotecas sean asiduamente visitadas: cada mexicano lee, en promedio, menos de un libro al año. Ciertamente hay personas en la bibliotecas pero, lejos de asistir a leer una obra, lo hacen a realizar tareas de secundaria o preparatoria. Un hombre de clase media alta, que ocupa un puesto directivo en una empresa, lee tres libros al año.

Generoso se comporta el estado con los escritores; aporta el financiamiento para un sinnúmero de premios literarios, publicaciones, un Sistema Nacional de Creadores que otorga estímulos, casas de cultura en diversas ciudades, coloquios, etc. “En México no se ejerce ningún tipo de censura sobre los escritores, así escriban financiados directamente por el estado. Todo se pude decir, pero muy pocos lo pueden leer”, afirma la autora de Treinta años.

“Los escritores, provistos de un poder considerado casi mágico, cercanos al poder de uno u otro modo, financiados por el estado, han participado de manera muy activa en la vida pública, política y han trabajado incluso con diferentes cargos en el gobierno.” Afirma la autora de El hilo olvida. Cita algunos casos: Carlos Prieto era senador por la mañana y poeta por las tardes, Agustín Yáñez (1964) y Torres Bodet (1943 y en 1958) fueron ministros de Educación y el segundo también de Relaciones Exteriores (en el 46), Federico Gamboa (autor de la novela Santa) fue en 1913 ministro de Vasconcelos (en en 1921 ministro de Educación), prolífico y nada despreciable escritor (según Keiserling, el pensador más representativo de Sudamérica, para Medardo Vitier “el hombre más interesante de México, y una de las primeras cabezas de Hispanoamérica”) incluso fue candidato a la presidencia de la república.

No hay que olvidar que el mismo Octavio Paz fue embajador de México en París durante el gobierno de Díaz Ordáz, lo mismo que Carlos Fuentes con Echeverría; que Juan Rulfo murió como un burócrata del Instituto Nacional Indigenista después de haber publicado Pedro Páramo y El llano en llamas (pero él cumplió su promesa de no escribir mientras permaneciera como burócrata). Que Jaime Sabines fue senador por designio y aprobación de Carlos Salinas.

Remata la autora de La memoria vacía: “Nuestro escritor pertenece muy poco a su gente por sus libros, lo consigue de manera más extensa por su presencia en la vida pública. Si no opta por el Senado para convertirse en un interlocutor del estado y sus acciones, o trabajando de manera directa en algún cargo público o en la Difusión de la Cultura. El escritor no es México un ser marginal, aunque lo sean sus libros. Juega su peligrosa y fértil participación social en el patio de los señores, dialogando con ellos, peleando con ellos, participando activamente en la vida pública, entablando una relación activa con la vida de México no por el orden de sus libros, sino de sus actos.”

15 de enero de 2000

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