“Yo nunca he podido pensar para hablar, yo hablo para pensar”: J. J. Arreola

Ricardo Pérez Pérez


“Yo no he hecho más que cantar el amor desde el otro lado. Desde el lado de la distancia y el abandono. Y he hecho canciones de escarnio... Quizás porque no he soportado el abandono de las mujeres que he amado. Sobre todo el de ser expulsado de las entrañas de mi madre. Sé que Isaías y Job pensaban igual, cada uno a su modo ha expresado la frase que ahora cito del primero: «Por qué no me mató Dios en el vientre de mi madre, paraíso entrañable». Desde Adán y Eva, que no son contemporáneos de la creación, existe este drama.” Habla Juan José Arreola (nacido en Cd. Guzmán, Jalisco, en 1918) uno de los grandes de la literatura en español.

Con motivo de su 80 aniversario —cumplido el 21 de septiembre del año pasado—, la revista literaria hispana Quimera, correspondiente al mes de noviembre de 1998, ofreció a sus lectores fragmentos de una conversación con María Beneyto.

Sin exagerar en sus apreciaciones, la autora de la entrevista equipara a nuestro personaje con Jorge Luis Borges y Juan Rulfo. Justamente Arreola dice que manejó el “objeto verbal”, ese concepto empleado por Borges para referir el placer que provoca la literatura, desde muy temprana edad: “Muy pronto me di cuenta de que había dos tipos de lenguajes: el regaño de mi madre, o cualquiera de aquellas canciones que le oía casi recitar o cantar: «A la fuente Marcela va entristecida,/ porque el galán que ella quiere no la acompaña... o Soy un pobre venadito/ que habita en la serranía./ Como no soy tan mansito/ no bajo al agua de día...» Esa estrofa ya da sustancialmente para recitar poesía. Yo era feliz con ese «lenguaje» que arrullaba y mecía, y no importaba que no me diera cuenta que era o no literatura.”

También acepta, sin considerarlo ofensivo, ser galardonado con el premio que lleva el nombre uno de sus contemporáneos: Juan Rulfo. “Cuando me dieron el premio, alguien preguntó: ¿por qué? Alguien respondió: «Porque si en vez de haberse muerto Juan Rulfo hubiera muerto Arreola, el premio llevaría su nombre y al primero que se lo darían sería a Juan Rulfo». A mi me pareció lógico.”

“He ejercido la artesanía del lenguaje. Es una verdad profunda. A partir de las primeras lecturas, y antes que las lecturas infantiles, hubo audiciones y aprendizajes de memoria de los versos que se recitaban tan frecuentemente en las escuelas de mis hermanos mayores.” Pero esto no es un menosprecio, porque la artesanía es un poco la forma que tiene el arte en nuestro país. Es más, en otra ocasión, afirmó: “No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla.”

Relata Arreola así el proceso de su formación: “En un salón de quinto año, una maestra enseñaba a todos, casi en coro, un poema de un poeta lugareño que hemos descubierto, extraordinario. Era un sacerdote que hablaba a Jesucristo de la siguiente manera: Así te ves mejor, crucificado,/ bien quisieras herir pero no puedes./ Quien acertó a ponerte en tal estado/ no hizo cosa mejor, que así te quedes. El poema acaba gloriosamente, pero al principio uno dice: Esto no es posible. El padre Plasencia, que así se llamaba el insigne, llevó al extremo el tono coloquial de aquel: «No me tienes que dar porque te quiera». Aprendí un poema suyo, largo, que nadie en mi familia podía creer que hubiera aprendido, siendo yo tan pequeño. Y allí comenzó mi carrera de recitador de versos, y de hablista.”

Habla el autor de Confabulario, de sus maestros e influencias, de Edmundo de Amicis, de Jaime Torres Bodet, de José Gorostiza, de Carlos Pellicer, de Baudelaire. “Tuvimos pocos maestros —afirma—, pero fueron mi padre y mi hermana quienes ejercieron como tales, y nos enseñaron el amor a la poesía, que es lo único que nos puede enseñar un maestro, su amor por las cosas que se propone enseñar, porque si no las ama, no transmite nada. Pero el que transmite el amor por la forma verbal, por la melodía del idioma, luego llega a transmitir el pensamiento. Yo nunca he podido pensar para hablar, yo hablo para pensar.”

Se define: “Soy un hombre que si en algo cree es en la cultura.” Precisa que “Cultura es una acción que ocurre y debe ocurrir entre las cuatro paredes de la persona, y no de las de la cátedra universitaria, sino entre las cuatro paredes de la persona que antes de dormirse se entrega a ese otro sueño, que está poblado de sueños, que es el libro. Yo siempre hablo de una sola cultura: lo que circula en un ser humano como su propia sangre. Yo tomo de ella todo lo que me pertenece.”

También precisa: “Ahora se dice que todo es cultura. En México, de pronto, alguien dice: «El carnaval de Veracruz es cultura», y luego, «el jazz es cultura, la rumba es cultura...». Yo digo, todo eso es una confusión, una cosa son los comportamientos humanos, que crean modos de vida social, manifestaciones del ser individual dentro de formas culturales de una sociedad; pero la única cultura que me importa es esta apropiación legítima, legitimada por la afinidad, la colección de conocimientos de experiencias ajenas, de sentimientos ajenos.”

No obstante, no hay en el autor de Varia invención, asomo de autoritarismo. Recuérdese que fue el primer editor nada mas y nada menos que de José Agustín —llamado, con un dejo de desprecio, representante de la literatura de la onda—, quien lo reconoce no solo como maestro, sino como la persona que lo alentó a escribir con un estilo propio. “No quiso hacer de mi un «Arreolita»”, afirmó en el programa del Canal 40, Caminantes.

14 de febrero de 1999

[email protected]
 

Volver al Inicio
Hosted by www.Geocities.ws

1