Como un nuevo sol

 

Después de que durante los 10 años en los que se desempeñó como presidente de Perú, Alberto Fujimori hiciera sentir su presencia con bombos y platillos, su último acto oficial quedó reducido a un lastimoso gemido.

En efecto, en la madrugada del 20 de noviembre, el atribulado presidente envió por fax una carta de dos páginas desde un hotel de Tokio al recientemente elegido presidente del Congreso peruano, Valentín Paniagua. Reconociendo "errores" y la existencia de "un nuevo escenario político en el país", Fujimori anunció: "He llegado a la conclusión de que debo renunciar formalmente a la Presidencia de la República para inaugurar una etapa de expansión política definitiva".

Fue un opaco y deslucido final para la carrera del hombre que llegó a ser considerado como uno de los más audaces líderes de América Latina, y el paradigma de un tipo de autoritarismo cuasi democrático imperante en la región.
El jefe de Estado latinoamericano con mayor antigüedad en el cargo, a excepción, por supuesto, de Fidel Castro, finalmente había sucumbido ante el peso del turbio escándalo desatado en septiembre cuando su jefe de inteligencia, Vladimiro

Montesinos, fue filmado en video mientras sobornaba a un congresista opositor para que apoyara a Fujimori.
Montesinos huyó del país y retornó luego para pasar a la clandestinidad. Pero Fujimori, quien había anunciado que renunciaría en julio del año próximo, percibió que su fin se acercaba. Cuando la oposición removió de la presidencia del Congreso a su colaboradora, Martha Hildebrandt, Fujimori se encontraba en el exterior. Entonces decidió viajar a Japón y renunciar allí a la primera magistratura, en el país de sus ancestros, donde probablemente puede reclamar la ciudadanía japonesa.

Una declaración de la embajada peruana en Tokio, en la que su cuñado es embajador, anunció que Fujimori renunciaría en 48 horas. "Formalizará la decisión con el recién electo presidente del Congreso", indicaba el comunicado. Más tarde se envió el fax. Pero eso no era suficiente para un Congreso en pleno proceso de rebelión. Dos días después, los legisladores declararon la "incapacidad moral permanente" de Fujimori para la Presidencia o cualquier otro cargo público.

Paniagua, un miembro honesto pero sin brillo del partido de Acción Popular, comenzaría entonces a transitar por los cargos más encumbrados de Perú a una velocidad vertiginosa. El 16 de noviembre había sido elegido para suceder a Hildebrandt en la presidencia del Congreso. Dos días después del comunicado de Tokio, el Congreso designó a Paniagua, de 64 años, presidente interino del país. Una vez que recibió la banda presidencial, su tono fue moderado. "Nace una nueva era", declaró al solicitar el apoyo de todos las facciones políticas para celebrar elecciones nuevas y transparentes. Además agregó que su primer ministro sería Javier Pérez de Cuéllar, el ex secretario general de la ONU que en 1995 perdiera las elecciones presidenciales a manos de Fujimori.

Paniagua prometió un gobierno "sin sorpresas". Luego se dirigió a la multitud que colmaba la Plaza de Armas de Lima. Ocho meses, el plazo que durará su gestión, no es mucho, les dijo, pero prometió que al concluir dicho lapso Perú tendría un nuevo gobernante. "Después de 10 años, la democracia ha vuelto", aseguró.

El cambio en el cargo más alto del país fue recibido con una explosión de alegría por miles de peruanos que, en su mayoría, habían estado mascullando su ira en privado desde la victoria de Fujimori en los cuestionados comicios de mayo. Alejandro Toledo, el gran rival de Fujimori en esa ocasión, había instado a la oposición a unificarse bajo la figura de un solo candidato en las próximas elecciones. Al menos 12 políticos, entre ellos el propio Toledo, ya han comenzado a planear sus primeros pasos ante la cercanía de la carrera por la presidencia.

Fujimori, quien es hijo de inmigrantes japoneses, llegó sorprendentemente a la presidencia en 1990. Durante los primeros cinco años de gobierno conquistó elogios tanto en Perú como en el exterior por haber terminado con la hiperinflación y haber prácticamente aplastado al poderoso grupo guerrillero Sendero Luminoso. Asimismo, redujo en forma considerable el narcotráfico en Perú. "El Chino" gozaba de tanto aprecio que, incluso cuando modificó la Constitución para poder ser reelegido en 1995, las encuestas seguían confirmando su enorme popularidad.

Pero cinco años después, la luna de miel había llegado a su fin. Su estilo de gobierno era proclive a excesos autocráticos que subordinaban las libertades personales a lo que él sostenía que era el bien superior del Estado. Con la excusa de que necesitaba más flexibilidad para aplicar sus reformas, en 1992 disolvió al Congreso, destituyó a la Corte Suprema y gobernó por decreto durante ocho meses. Su lucha contra el terrorismo y el narcotráfico llevó a la cárcel a miles de inocentes. Con la ayuda de Montesinos, Fujimori se concedió en mayo pasado un tercer período presidencial, prohibido por la Constitución, en comicios considerados fraudulentos.

En septiembre, el congresista Fernando Olivera entregó a una emisora de televisión peruana el famoso video que incriminaba a Montesinos. Presionado, Fujimori anunció nuevas elecciones presidenciales para 2001 en las que no se presentaría como candidato. También prometió que clausuraría el Servicio de Inteligencia Nacional, indicando así una ruptura con Montesinos, a quienes los críticos consideraban como su hermano "mellizo".

Montesinos huyó a Panamá. Tras su regreso al país, pasó a la clandestinidad. Mientras tanto continuaron saliendo a la luz revelaciones sobre el jefe de seguridad que ensuciaron aún más la imagen de Fujimori. A comienzos de noviembre, el Ministerio de Justicia de Suiza anunció que había descubierto 48 millones de dólares en cuentas asociadas con Montesinos y procedió a congelar dichos activos. Un traficante de armas declaró al diario Los Angeles Times que Montesinos había actuado como intermediario entre Jordania y Perú en una venta de armas que habían terminado en manos de grupos rebeldes de Colombia.

En una entrevista para la revista colombiana Cambio, Roberto Escobar, hermano del desaparecido jefe del cartel del narcotráfico colombiano, Pablo Escobar, alegó que Montesinos había sido socio de éste y que Pablo había aportado un millón de dólares para financiar la campaña electoral de Fujimori en 1990.

Fujimori negó estar al tanto de las actividades de su jefe de seguridad y designó a un fiscal muy respetado para investigarlo. El 6 de noviembre, el presidente allanó dos departamentos de propiedad de Montesinos y en una conferencia de prensa posterior exhibió relojes de oro y diamantes y pesadas cadenas de oro incautadas en la operación.

El inventario final incluyó 1.500 camisas de Christian Dior, cientos de ellas eran de los mismos tres colores: blanco, crema y azul claro, amén de 120 trajes franceses e italianos y más de una docena de zapatos de piel de cocodrilo. Fujimori dijo que se "sentía tan frustrado como cualquier otro ciudadano peruano" al comprobarse la riqueza de Montesinos. Así su ex amigo fue acusado por delitos que iban desde asesinatos de estilo paramilitar pasando por tortura, extorsión y lavado de dinero. Fuentes judiciales, sin embargo, sospechan que las medidas adoptadas por Fujimori tal vez fueran sólo una fachada para poder dar con los archivos de Montesinos que pudieran incriminar a Fujimori. Según un oficial de la corte: "Los elementos confiscados pasaron por el filtro del palacio presidencial".

En las semanas que siguieron a su primera declaración de renuncia en septiembre, Fujimori insinuó que se postularía para un escaño en el Congreso, lo cual le proporcionaría inmunidad contra todo procesamiento por delitos cometidos en el ejercicio de sus funciones. Pero cambió bruscamente de opinión el 13 de noviembre. Mientras Martha Hildebrandt enfrentaba el voto de censura que la destituiría de su cargo, Fujimori abandonaba el país con el pretexto de participar en una cumbre asiática en Brunei el día 16, y luego en una reunión con líderes latinoamericanos en Panamá. Horas después, Hildebrandt era expulsada del Congreso y el control pasaba a manos a la oposición por primera vez en ocho años.

Fujimori sólo permaneció algunas horas en Brunei antes de viajar a Japón, país de origen de sus padres y en donde reside su hijo. Durante el fin de semana, su oficina de prensa emitió una serie de comunicados intentando explicar por qué seguía allí: que quería ver a su hijo, que estaba resfriado o negociando un préstamo para Perú. Pero durante la noche del sábado, y a través de una serie de llamadas personales, los aliados de Fujimori conocieron la verdad.

Federico Salas, primer ministro de Fujimori, fue el primero en comunicar las novedades. Unas horas después, un indignado gabinete se reunió para decidir qué hacer. Ricardo Márquez, vicepresidente segundo, dijo que estaba dispuesto a asumir como presidente. Pero luego se reunió con una delegación de EE.UU. encabezada por el subsecretario de Estado Peter Romero, quien se encontraba de visita en Perú. Tras la reunión, Márquez, que seguía leal a Fujimori, anunció que daría un paso al costado. Romero dijo después que EE.UU. no tenía interés alguno en la cuestión, siempre y cuando se resolviera mediante comicios celebrados conforme a la ley. En una semana, Paniagua había pasado del anonimato a la presidencia.

La alta cúpula militar del Perú no pareció perturbarse ante los cambios. "Las Fuerzas Armadas… subordinadas a la Constitución reiteran su total respeto por cualquier decisión tomada por las autoridades legítimas", declararon en un comunicado emitido el 21 de noviembre.

Con sólo tres escaños del Congreso en manos de su partido, Paniagua necesitará de todos los amigos que pueda conseguir. Pero ya ha dado muestras de saber congraciarse con el pueblo. En su primer día como jefe del Congreso, reinstauró el Tribunal Constitucional de tres miembros que Fujimori había abolido en 1997 al negarle el derecho a un tercer mandato.

Fujimori, mientras tanto, abandonó el elegante hotel Otani de Tokio en una furgoneta y se dirigió a la casa de un amigo a quien no se ha identificado. En una entrevista improvisada en plena calle, declaró que había decidido no regresar a Perú cuando Hildebrandt fue removida de su cargo en el Congreso, quizá porque ya no tendría inmunidad ante un procesamiento.

En sus últimos días como presidente, los legisladores acusaron a Fujimori de retirar fondos de cuentas secretas en Singapur y de transferirlas a Japón. Su ex esposa, Susana Higuchi, afirma que su marido tenía cuentas bancarias en Malasia.

"No tengo una sola cuenta en el extranjero", fue la respuesta de Fujimori, pero dijo que pasaría en Japón "un largo tiempo". Allí, al menos, encontró algunas simpatías. "Desde que asumió como presidente, no hemos tenido ningún contacto con él", dijo su tía, Kyo Minami, en una entrevista con el periódico Washington Post la semana pasada. "Lo lamento por él. Había logrado muchas cosas como presidente, pero el final fue muy triste". Muchos peruanos, sin embargo, piensan exactamente lo contrario.

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