Por Javier Diez Canseco
....Pequeño,
delgado, de gestos pausados y reflexivos, Valentín Paniagua es de los políticos que le
hacen falta al Perú. Hombre de convicciones sólidas, de ideas claras, es un abogado
constitucionalista de principios, un descentralista convencido y hombre de palabra, que
cumple sin vacilación cuando la empeña. Formado en canteras ideológicas
socialcristianas, abraza un pensamiento progresista y democrático que mantiene en su
prolongada militancia acciopopulista. De mente abierta y crítica, aprecia y respeta las
identidades políticas definidas y asume sin temor el debate político franco. Ello no le
impide valorar la concertación para enfrentar los más álgidos y críticos problemas
nacionales, lo que sabe hacer desde posiciones principistas firmes.
En un país tan proclive al caudillismo y al estrellato individual, este cusqueño
singular ha demostrado que tiene otro enfoque del papel del individuo en la historia. Sin
provenir de las escuelas de la izquierda socialista, es un convencido del papel de las
fuerzas sociales, de la organización colectiva y de la vigencia de las estructuras
políticas para la fortaleza de un régimen democrático.
Hombre sencillo, los aspavientos y ayayerismos le resultan extraños. Austero por
convicción, es un ave rara entre la fauna política nacional, dispuesto a desprenderse
del poder y de los privilegios y halagos que lo rodean.
Hay hechos que dicen de alguien más que muchas palabras. Y quiero compartir con ustedes
mi experiencia personal, la única vez que acudí a Palacio de Gobierno a almorzar con el
presidente Paniagua, semanas atrás. El almuerzo estaba motivado en mi interés de hacerle
llegar algunos planteamientos frente a la situación del país y a la necesidad de
concertar políticas para enfrentar problemas económicos, sociales y políticos
puntuales. No es del caso, hoy, dar detalles al respecto. Es más bien lo anecdótico lo
que retrata al personaje.
Nos sentamos a almorzar en un pequeño comedor de la residencia, sólo 3 personas: el
Presidente, uno de sus asesores políticos y yo. Luego de la entrada, el mozo de Palacio
nos pregunta si deseamos vino, con el plato de fondo. El Presidente me traslada la
pregunta y yo le digo que yo tomaría una copa si ellos se van a servir una, porque me
parecería absurdo abrir una botella de vino sólo para mí. Sin vacilar, y con toda
naturalidad, Valentín Paniagua se dirigió al mayordomo que nos atendía y le preguntó:
"¿Hay una botella abierta?" Sorprendido, este contestó casi titubeando,
"Sí, Señor Presidente". Sólo después vino la orden: "Entonces sírvanos
una copa al Sr. Diez Canseco y a mí".
Ese es Valentín Paniagua, un hombre sencillo y austero, sobre todo con lo que no es suyo
sino propio de la función que temporalmente desempeña, hasta en las circunstancias más
cotidianas, en los más pequeños gestos.
Basadre escribió, años atrás, un texto sobre el azar en la historia. Y yo creo,
firmemente, que este fue uno de los factores que hizo que este pequeño gran hombre juegue
un papel tan importante y equilibrado, más allá de discrepancias políticas que hemos
ventilado en otras oportunidades, en el peculiar proceso de la transición democrática
que vive el Perú desde que enfrentamos el fraude del 2000 y logramos ponerle fin a la
cleptocracia y el abuso fujimontesinista.
En reciente ceremonia, al recibir la máxima condecoración que otorga el Congreso
Nacional a un ciudadano, Valentín Paniagua minimizó su papel y resaltó el rol de la
lucha colectiva contra la dictadura, reconociendo el papel de las diversas fuerzas
políticas y sociales en esta victoriosa batalla democrática. Destacó también el papel
del Congreso que fenece, señalando que ña pesar de su origen en un proceso electoral
"discutido y discutible"ñ había posibilitado la dación de las normas que
facilitaron la transición democrática, aun con la participación de quienes habían
compartido posiciones con el fujimorismo en alguna circunstancia. (Evidentemente, digo yo,
por la fuerte presión social democratizadora que el país ejercía sobre él.) Y expresó
su reconocimiento a quienes ñen gesto de desprendimiento que los enaltece, dijoñ
renunciaron a sus legítimas aspiraciones a asumir la Presidencia del Congreso por los
pesos políticos que ostentaban (caso de Carlos Ferrero o Luis Solari, por ejemplo), para
encomendarle a él esa función que, según nos recordó el mismo Carlos Ferrero, Paniagua
nunca buscó ni pidió.
Y es que Valentín Paniagua fue escogido por diversas razones. Ciertamente influyó su
sencillez y su capacidad concertadora, como señaló Ferrero. También su capacidad
personal evidenciada en el proceso político que atravesaba el país en esos momentos. Sin
duda, no fue elegido por el peso político de su votación el 2000, que fue magra. Más
aún, quizás influyó, más de lo que algunos admiten ahora, el que representaba una
fuerza política sin mayores opciones inmediatas y con escasas posibilidades de
"sacarle provecho" al cargo en detrimento de otras. Y ese azaroso criterio, sin
duda algo mezquino, contribuyó a que el Perú haya podido conocer en su verdadera
dimensión a este hombre de leyes y de principios que nos mostró que se puede construir
democracia con equipos colectivos y que un Presidente puede despresidencializar el poder
al servicio de objetivos superiores.
Así, sin pedirlo y quererlo, sin la aureola del caudillo nacional, por una azarosa
combinación de factores, el Perú se encontró en el camino a un hombre de bien, sencillo
y honesto, con una clara ética de servir y no de servirse, que nos acompañó y guió
como Presidente en un momento tan dramático y difícil, pero a la vez, tan prometedor y
fecundo. ¡Ha cumplido con generosidad y transparencia la tarea que la historia le puso
entre manos! ¡Gracias, Valentín!