
El Partido Socialista es el Pueblo Militante
(Febrero 1971)
El Partido Socialista es el Pueblo Militante.
Chile vive un momento crucial de su historia. Estos días sólo admiten comparación con los gloriosos tiempos de la gesta emancipadora de 1810 y con los trágicos meses que culminaron con el suicido del Presidente Balmaceda, quien inmoló su vida en defensa de las riquezas nacionales.
Esta vez estamos luchando por nuestra segunda y definitiva independencia.
Queremos hacer de nuestra patria una nación libre y soberana en lo político, en lo económico, en lo social y en lo cultural.
Esta tarea no puede lograrse sin inmensos sacrificios, sin una gran disciplina colectiva y sin una resuelta voluntad revolucionaria. Nuestro camino hacia el socialismo surge de una realidad nacional absolutamente propia y, en consecuencia, debe adaptarse a ella. Las experiencias revolucionarias ocurridas en otros países nos aportan enseñanzas inestimables. Pero, en definitiva, nuestra Revolución deberá ser producto del genio creador del pueblo chileno. En consecuencia, la política revolucionaria seguida por el Gobierno de Salvador Allende es el resultado de decisiones autónomas y democráticas del pueblo mismo. La lucha por la construcción del socialismo no está subordinada a ningún centro de dirección política externa ni acepta otro modelo revolucionario que no sea aquel que surja de la voluntad colectiva de los trabajadores y de la singular naturaleza de nuestra historia. La política del Gobierno Popular está destinada a convertir al pueblo chileno en protagonista y usufructuario del desarrollo cultural, social y económico y está inserta en el contexto del proceso histórico nacional.
Sedición oligárquica
El triunfo electoral no significa la culminación de un proceso sino su comienzo. Hemos prometido transformaciones reales y profundas en las estructuras vigentes. Sin embargo, al iniciarse el cumplimiento de estos objetivos los sectores reaccionarios no han vacilado en recurrir a las más obscuras maniobras para frustrar esta magna tarea histórica.
No se han detenido ante nada. Impulsaron la siniestra campaña del terror, intentaron provocar un caos financieros, desprestigiaron al país en el exterior, planearon y consumaron el asesinato del Comandante en Jefe del Ejército, General René Schneider, propagaron noticias alarmistas y armaron bandas de mercenarios terroristas dispuestos a llevar al país al borde mismo de una guerra civil.
La sedición oligárquica continúa acrecentándose y la insolencia de sus personeros alcanza límites intolerables. Frente a esta situación el Partido Socialista reafirma su inquebrantable decisión de cumplir con el Programa de la Unidad Popular y enfrentar sin vacilaciones la enconada resistencia enemiga.
Mistificación reaccionaria
El Partido Socialista tiene plena conciencia de que estos grandes objetivos de la revolución chilena sólo podrán lograrse apelando a las inagotables reservas de patriotismo, honestidad, autoridad, disciplina y trabajo de nuestro pueblo.
Tradicionalmente se ha apropiado de estos valores la clase oligárquica, atribuyéndose el carácter de depositaria exclusiva de estos conceptos. Lo hace porque sabe que ellos hunden sus raíces en lo más profundo del sentimiento popular y forman parte de la conciencia colectiva. Pero al utilizarlo con mezquinos fines electoralistas y politiqueros, los ha prostituido dándoles un sentido utilitario y clasista.
Los socialistas, en cambio, hemos sido consecuentes con nuestra ideas. Nacidos a la vida política hace ya 38 años para defender al trabajador y al campesino, continuamos hoy en la misma trinchera de lucha. Recién organizados, el partido se alzó contra la entrega del salitre a los intereses imperialistas. Sus primeras acciones tendieron a divulgar la necesidad de una reforma agraria auténtica, reclamando la tierra para los que la trabajan. Cuando los socialistas recorrían las ciudades y las aldeas exigiendo recuperar las riquezas del cobre para Chile, los gobiernos de la época escogían las mejores fórmulas para entregarlo a los consorcios monopolistas extranjeros.
Patriotismo socialista
Contrariamente a las declaraciones líricas de los reaccionarios no hemos vivido explotando la palabra patriotismo, pero sí la hemos encarnado en nuestra conducta pública con la convicción más profunda de estar resguardando el acervo cultural, la soberanía de Chile y las verdaderas tradiciones del pueblo.
Para nosotros, patriotismo no es sólo una palabra; no es un simple concepto, una figura retórica o una bandera electoral. Patriotismo para los socialistas es hacer patria y se hace patria cuando se lucha por reconquistar para los chilenos las riquezas fundamentales de nuestro suelo, cuando se combate por alcanzar la plena soberanía política.
Nacionalizar el cobre significa patriotismo.
Devolver la tierra al campesino significa patriotismo.
Distribuir con justicia el crédito significa patriotismo.
Expropiar los monopolios significa patriotismo.
Entregar cultura a las masas significa patriotismo.
Defender la salud del pueblo significa patriotismo.
Darle una nueva dimensión de su tarea a la juventud significa patriotismo.
Somos auténticos patriotas porque defendemos estos conceptos y los hemos hechos carne de nosotros mismos.
Concepto de autoridad
Las palabras tienen diverso sentido según la clase social que las utilice. Para la burguesía la autoridad consiste en mantener un orden injusto, artificial y anacrónico, basado en la represión, la masacre y la tortura.
Aceptan y aplauden a los tiranos del continente que martirizan y persiguen a sus pueblos, pero en cambio combaten y repudian al Gobierno Popular y democrático chileno.
Anhelan el orden de las veredas, o sea, aquel en que el pueblo no pueda salir a la calle a gritar su miseria, aunque ese orden ficticio oculte una realidad oprobiosa, donde la mortalidad infantil es una de las más altas del mundo, donde miles de chilenos habitan en tugurios miserables, donde los delincuentes imponen el terror en los barrios, donde los campesinos languidecen de hambre en sus humildes chozas y donde la juventud carece de porvenir.
El socialismo no es anarquía ni desorden. Es todo lo contrario. El socialismo está firmemente dispuesto a establecer una verdadera autoridad, poniendo término a la politiquería tradicional, a la demagogia estéril, a la indefinición cobarde, al reformismo hipócrita.
Aspiramos a imponer un nuevo orden social basado en la disciplina de un pueblo que se entrega a la obra revolucionaria y al trabajo creador con todas sus energías. Lo anterior implica una toma de conciencia de las posibilidades reales y limitadas que existen para organizar una nueva sociedad, lo cual exige la realización de una política austera, sin despilfarros y sin alardes publicitarios grandilocuentes.
La única autoridad legítima es la que emana del pueblo e interpreta sus reales necesidades.
Sin autoridad no hay progreso ni desarrollo posible.
Toda sociedad requiere de una autoridad.
Pero la autoridad difiere según la clase social que la detenta. El Gobierno Popular también encarna una autoridad, pero ella no está dirigida en contra del obrero, del campesino, del estudiante o del compañero humilde, sino en contra de los latifundistas, de los viejos traficantes de la riqueza pública y de los gestores administrativos.
Vieja y nueva moral
La clase plutocrática chilena se ha apropiado del concepto de honestidad, a pesar de haber cometido los peores crímenes en contra de los intereses nacionales, al entregar las riquezas fundamentales a manos extranjeras y al llevar subrepticiamente ingentes capitales, acumulados merced al esfuerzo de miles de trabajadores, para depositarlos en cuentas secretas internacionales. Esta clase, esencialmente egoísta e inmoral, parapetada tras la respetabilidad de una supuesta institucionalidad republicana, se manejó en forma de acaparar para sí la tierra laborable, controlar el comercio interno y externo, enajenar las materias primas y enriquecerse usufructuando del aparato administrativo y financiero del Estado.
Esta no es honestidad. La gran habilidad de la vieja clase tradicional chilena ha consistido precisamente en disfrazar sus acciones deshonestas, revistiéndolas de un presunto manto de pureza y desinterés.
Nosotros estamos aplicando una verdadera honestidad en el ejercicio del mando supremo de la nación. Seremos implacables con aquellos que pretendan beneficiarse a costa del uso ilegítimo de sus funciones, aprovechándose indebidamente del Poder del Estado.
No hemos ganado el Gobierno para crear una casta más de nuevos ricos.
Mantenemos el más estricto control sobre nuestros militantes y exigimos de ellos la máxima dedicación y eficiencia en el servicio público. Jamás nos prestaremos para servir de pantallas a eventuales incorrecciones y, por el contrario, las denunciaremos sin vacilar.
La honestidad es requisito esencial para ejercer la autoridad. Las grandes masas sólo aceptan sacrificarse en la medida que constatan la probidad de los gobernantes. Esta ha sido una de las mayores conquistas de la Revolución Cubana, cuya labor moralizadora, jamás desmentida, es digna de ser imitada.
Trabajo y progreso
El progreso de todas las naciones está basado en el trabajo. Sin trabajo ni disciplina no es posible alcanzar altas metas de desarrollo económico ni superar el hambre, la miseria y el atraso.
Los capitalistas quieren que se trabaje más. Los socialistas también queremos trabajar más.
La discrepancia fundamental entre la concepción capitalista y la concepción socialista es que la primera coloca el producto del trabajo asalariado bajo el control del empresario privado y, la segunda, al servicio de toda la población. En el primer caso, el trabajo favorece principalmente al capitalista; en el segundo, se aplica a mejorar los niveles de subsistencia de la población toda.
El Gobierno Popular deberá exigir más trabajo para producir más cobre, más hierro, más salitre, más productos agropecuarios, más casas y más artículos de consumo. Todo este trabajo ha de beneficiar a las mayorías nacionales, deberá servir para capitalizar al país, para elevar las condiciones de vida de los trabajadores y para crear más riqueza nacional.
El pueblo ha comprendido lo que significa este mayor esfuerzo y aportará disciplinadamente su cooperación, consiguiéndose así un resultado que jamás pudo obtener la derecha mediante sus métodos represivos.
El Partido Socialista afronta responsablemente la urgencia de aumentar la productividad con el concurso de los obreros, los campesinos, los técnicos, los profesionales, los empleados y la juventud, entendiendo que ese aporte ha de servir esencialmente para mejorar y dignificar las condiciones de vida del trabajador chileno.
Somos el pueblo militante
Los socialistas, de esta manera, hemos recogido el verdadero acervo cultural del pueblo chileno, sus auténticos valores. Porque nacimos de la clase trabajadora es que somos el pueblo militante.
Para llegar a este resultado se debió luchar muchos años. Decenas de camaradas del partido ofrendaron sus vidas en la ininterrumpida batalla. Miles de dirigentes sindicales participaron día a día en los conflictos del trabajo. Miles de militantes y mandatarios del socialismo sufrieron persecución y fueron a parar a las cárceles.
Cuando ayer en la lucha antifascista le dijimos al mártir Héctor Barreto -¡Presente!- no mentíamos; lo tenemos presente ahora para construir el socialismo.
Cuando ayer en la lucha contra la reacción les dijimos a los obreros socialistas de El Salvador -¡Presente!- no mentíamos; los tenemos presentes ahora cuando estamos luchando por recuperar el cobre para Chile y la dignidad para los trabajadores.
Cuando ayer le dijimos -¡Presente!- a los pobladores socialistas asesinados en Pampa Irigoin, no mentíamos; los tenemos presentes ahora para entregarle viviendas al pueblo.
Cuando ayer le dijimos -¡Presente!- al estudiante socialista Claudio Pavez, ultimado en Puente Alto, no mentíamos; lo tenemos presente ahora para entregarle un nuevo destino a la juventud chilena.
Chileno, únete a nosotros.
Somos un partido chileno para la Revolución Chilena.
(Febrero de 1971)