El don de la fraternidad:



Convivir es, en lo humano, la forma superior de vida. La comunidad de fe es una gracia que dimana directamente de Pentecostés. No es un hecho natural, ni una conquista histórica, ni un producto cultural. Los hombres no nacemos hermanos. Cada uno nace sometido al duro peso del pecado que nos divide en razas, colores, lenguas, culturas, sexos, nacionalidades e intereses. Sólo el Espíritu, sin borrar las diferencias, nos hace hermanos y nos revela nuestra hermandad en Jesucristo. Entra en nosotros un principio superior de comunicación y, de esa forma, nace el fruto más bello de la Pascua, que es la caridad. Esto no es un simple amor de atracción o instintivo, hunde sus raíces en el acontecimiento pentecostal. Es fruto del Espíritu. Sin embargo, la caridad es amor. No se puede ejercer desde la prepotencia, sino desde la pobreza. El mismo Jesús tuvo que rebajarse, hacerse hombre y cargar con todos nuestros agobios para que entendiéramos su amor. Nada nos hace tan humildes como el amor. Amar es decirle a otra persona: te quiero, te necesito, no puedo vivir sin ti. En este acto se pierde toda arrogancia y uno se hace humilde. Lo mismo sucede en comunidad: la caridad que procede de arriba te llevará un día a decirle a tus hermanos: os quiero, os necesito, no puedo vivir ni morir sin hermanos. Por eso, el amor mutuo es la prueba de que hemos recibido el Espíritu Santo. Sin olvidar que la caridad es algo más que una frase y que exige un largo proceso de crecimiento. Cuando el Señor derrama con el Espíritu el don de la fe en una persona, la empuja, la convoca necesariamente a la comunidad. No puede dejarla sola, pues la fe sólo crece y se alimenta en comunidad. La fe sin la amistad, sin el compartir, sin la comunidad, se ahoga en sí misma y el que la posee se hace un excéntrico que va hablando solo por las calles. La fe sin comunidad nunca será más que una ideología por falta de caridad. En la Renovación, el don de la fe pascual se cultiva con mimo, pues lo primero que te proporciona es una comunidad donde puedas vivirla. De ahí que la Renovación se estructure en grupos. En ellos acaece lo que nos cuentan los Hechos: "Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión y a la fracción del pan que partían por las casas. Tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón y alababan a Dios"(Hch. 2,42 ss). Es que la caridad y el amor mutuo se sacan del altar donde se parte el pan, pues es allí donde se celebra el misterio del amor. En la eucaristía Jesucristo resucitado nos da el pan que alimenta nuestra comunión mutua. Recuerdo muy bien el día que yo entendí en el Espíritu esta gran verdad. Escuchaba una misa en italiano. En un momento dado el sacerdote hizo alusión a que Jesucristo resucitado estaba presente y actuaba allí. La palabra "risorto" se me grabó a fuego en el alma. En la espiritualidad carismática el Resucitado no sólo preside y realiza la eucaristía, sino que cada uno de los actos y reuniones quedan impregnados de un perfume de vida y resurrección. La alabanza "Alababan a Dios"... Uno de los elementos más populares y característicos que definen la espiritualidad de la Renovación es la alabanza. Esta es un don pascual. Nace del descubrimiento de que Jesús vive y te ama. Por eso una asamblea en la que todos participan de esa misma vivencia no puede expresarse de otra forma que con una alabanza fuerte y ruidosa. Aquí hay algo más que una devoción: son vidas cambiadas que han dado un vuelco cualitativo, las que gritan la alegría de esa novedad. Los gritos, los gestos, los abrazos, el clamor de un campo de fútbol cuando mete un gol el equipo de casa son una buena parábola para entender este misterio. Los que no son aficionados no participan del entusiasmo y, a lo mejor, hasta se ríen. Los aficionados, en cambio, están profundamente motivados y gritan un alborozo digno de mejor causa. Y eso que un gol no soluciona ninguno de los problemas radicales de esos devotos aficionados. Una vez salidos de ese encanto, de esa magia y alienación, se encuentran de bruces con la dura realidad de la vida. Sufren y gozan con su equipo y, de esta forma, sienten sensación de vida. La motivación para tales gestos en la Renovación es real. Nace del alma. Si fuera un simple contagio duraría nada. La experiencia del Espíritu es, casi siempre, sorprendentemente fuerte. Y, sobre todo, personal. Sientes que has sido elegido y amado tú. Entonces la alabanza es una respuesta que suele variar según la idiosincrasia de cada país o de cada individuo, pero que se expresa con los gestos típicos de la alegría humana: aleluyas, gritos, canciones, brazos en alto, danza, abrazos. Cada uno reacciona según lo que tenga adentro. En un mundo tan inhibido como el nuestro y con una teología tan bloqueante y racional como la que se sirve al uso, estos gestos no encajan. "Para rezar no hace falta tanto alboroto"...dicen algunos. "Depende al Dios que lo hagas y la motivación que tengas"... contestan otros. Me espanto de la libertad que Dios me da, decía Santa Teresa. Los hombres proyectamos la imagen de Dios según lo que hay en nuestro corazón. De ahí que, a veces, le hacemos duro, castrante, rígido, airado. Le hacemos aliado de nuestras ideas, cómplice de nuestros asesinatos, aval de nuestras frustraciones. Muchas cosas de éstas se las trasmitimos a los demás como dogmas. Pero Dios es un ser inefable. Nadie ha visto su rostro. El único que ha respetado a Dios, hablando de Él, ha sido Jesucristo. Todos los demás hablamos de nuestro Dios. Cada atributo que le asignamos nace, en gran medida, de una proyección. Si decimos que a Dios le gusta el orden, es nuestro orden; si le agrada la dignidad, es mi idea de dignidad. Tal vez no podamos hacer otra cosa porque somos muy limitados; pero lo que es aberrante es descalificar a los demás. Dios es un ser muy libre y en Él caben todo tipo de manifestaciones. Por eso, cuando sientes la oración de alabanza como una liberación te das cuenta lo verdadera que es. Sólo cuando te haces libre conoces lo inhibido que estabas antes. Somos nosotros los que nos recortamos mil libertades, los que nos cargamos de exigencias y los que nos creamos multitud de tabúes. La alabanza en la Renovación es liberadora, ensancha el corazón y da rienda suelta a sentimientos siempre coartados por la estrechez de los ritualismos. Oración y contemplación La Renovación se alimenta de oración. Las reuniones y los grupos se llaman de oración y en ellos se celebra en comunidad el amor de Dios. Un amor manifestado en la resurrección de Cristo que se nos ha hecho vivo y personal por el Espíritu del mismo resucitado. Pero además de estas oraciones comunitarias, el carismático necesita orar privadamente en casa, de camino, en el autobús, en miles de ocasiones. Más que oración de petición es de gratuidad, de reconocimiento y acción de gracias. Brota de la necesidad de ir conociendo un poco más del Señor, de saborear algo más de Jesucristo, de hacer más honda y vital su experiencia. Es difícil que no brote la chispa de la oración donde hay varios carismáticos reunidos. Es como una forma de ser, un estilo de vida. Hasta las conversaciones se alimentan del Señor y de lo que Él va haciendo en cada una de las vidas. Desde fuera podría parecer beatería gazmoña. Pero no existe tal cosa porque el carismático no lleva una doble vida, no hay afectación ni cultivo de las apariencias. El carismático ora culminando cada uno de los acontecimientos de la vida. Goza profundamente de las cosas, de la vida, del amor, de la diversión, de la naturaleza, de la amistad y del compartir. Del Señor es la tierra y toda su plenitud. Todo lo vive como don y por eso le brota la alabanza. Se siente hijo de Dios al cual le pertenecen por herencia todas las cosas. No siente la necesidad de conquistarse un sitio en la casa a base de méritos y esfuerzos sino que vive del asombro de las riquezas de su Señor y Salvador. Desde ese talante vital a la contemplación no hay más que un paso. Un paso hondo y difícil que ha de preparar el corazón para ser despojado. La contemplación exige un despojo y despegue, pero no maniqueos. La contemplación es una experiencia espiritual en la que una vez despojada el alma de los apegos y protagonismo de las cosas se hace apta para que Dios hable en ella. El agente y guía de la contemplación es el Espíritu Santo y el contenido es Jesucristo a través del cual se nos manifiesta la Trinidad. Es un acto de amor sublime manifestado en parábolas de amor humano. Es el Cantar de los Cantares. La Renovación está llamada a culminar su experiencia religiosa en una auténtica contemplación. Es auténtica cuando alcanza el corazón de Dios sin alienarse de la realidad del mundo y de los hombres. Conocer a Dios es también compartir con Él el amor con el que ha creado todas las cosas. En estas alturas los dones del Espíritu Santo soplan en plena libertad de eficacia y fecundidad, entre ellos el don de piedad que introduce a las criaturas en la casa y familia de Dios. El pecado Es otro de los temas que cobra un talante nuevo dentro de la Renovación en el Espíritu. En la conciencia de casi todos nosotros se debaten actualmente dos esquemas o formas de concebir la moral y, por lo tanto, el pecado, que nos tienen bastante confusos. Siempre es difícil llegar a una claridad pacificada en este tema porque éste es uno de los campos donde más marcas y heridas nos ha dejado la formación y los tabúes de las épocas y personas que han intervenido en ella. La Renovación ha nacido para volcarse en el hombre actual y es importante librarle de ciertos fantasmas que pueden frenar su labor de presentar a nuestro mundo y a nuestra gente una imagen renovada de Dios, de su verdad y de sus exigencias. A esos dos esquemas podríamos llamarlos del culto y de la caridad. El culto. La moral que nace de aquí quiere llegar a Dios a través del culto. La bondad y la salvación se consiguen básicamente por medio de una religiosidad cultual. Históricamente es una religiosidad de tipo sacerdotal, ligada al templo y a determinadas prácticas y leyes. Hace una distinción tajante entre lo sagrado y lo profano. El pecado más grave que se puede cometer en esta perspectiva es el de impureza, es decir, el que te impide participar en el culto y, por lo tanto, relacionarte y estar a bien con Dios. Hay acciones puras e impuras, pensamientos puros e impuros, personas puras e impuras. Otro de los rasgos de esta moral es la preferencia de la ley sobre la conciencia personal. Funciona con legalismos rígidos que señalan los distintos grados de impureza. La fidelidad y el deber pasan por una sumisión y obediencia estricta a este entramado de leyes. Para conseguirlo es necesario una dura ascesis, fuerza de voluntad, dominio de todas las tendencias. De esta forma, esta moral se trasforma en una carga penosa para sus devotos, pero tiene la contrapartida de que crea un orden, cada uno tiene claro a lo que debe atenerse y tranquiliza la conciencia, pues para los casos de transgresión existen determinados ritos purificadores. No es de un talante muy positivo sino que más bien las formulaciones de los preceptos son negativas, siendo básicos los tabúes, la afirmación constante de lo prohibido, de lo intocable, de lo que mancha y contamina. Muchas de las personas que superamos el medio siglo hemos recibido de lleno el impacto de este tipo de pensamiento. Cada uno lo ha vivido como ha podido pero la mayoría lo hemos considerado como un camino moral, único e intocable. Ahora, sin embargo, vemos con asombro y algunos con escándalo, que muchos jóvenes, incluso los que quieren ser buenos cristianos, pasan de muchas cosas de la moral que antes se consideraban intocables. No les importa demasiado perder la misa y espaciar o no recibir otros sacramentos, no hacen aprecio del templo y de las devociones tradicionales y, lo que es para muchos más escandalizante, el sexto mandamiento no es primordial en su sentido del pecado. La caridad. ¿Caminan hacia alguna parte estas nuevas tendencias? Comenzamos por admitir que hoy existe un tremendo permisivismo y relativismo moral, si bien éste no es el asunto que nos ocupa aquí. ¿Se vislumbra algo de bueno en esta anarquía moral? Yo creo que sí. Poco a poco va emergiendo una moral con nuevas bases, de tipo menos cultual y más profético, con fuerte arraigo también en la Palabra de Dios. Los profetas siempre clamaron por una nueva moral: "¿Qué me importan vuestros sacrificios? Estoy harto de vuestros holocaustos y de la sangre que me ofrecéis. No sigáis trayendo oblación y culto vano" (Is. 1,11-13). Jesús recalca este reproche con otra fuerte afirmación: "Quiero misericordia y no sacrificios" (Mt. 9,13). En la moral profética siempre es fundamental la visión comunitaria. Dios no requiere primordialmente lo puro o impuro sino lo justo o injusto. Por lo tanto, la moralidad se refiere, sobre todo, a la vida y a las relaciones entre los miembros de la comunidad. El pecado no es, por consiguiente, una simple impureza que impide participar en el culto, sino una rotura de comunión entre los hombres que pone en peligro la caridad y la vida en comunidad. La reparación del pecado no pasa, pues, por el campo ritual primariamente, sino por un rehacer las relaciones rotas y reparar las injusticias cometidas. En esta perspectiva la ley pierde parte de su rigidez sustantiva y adquiere un valor simplemente instrumental. La fuerza moral no está en ella sino en la experiencia del don, de la alianza y la comunión. Y ahondando un poco más llegamos a la experiencia cristiana de la libertad en el Espíritu que, en ocasiones, hace prácticamente innecesaria la ley, pues la dimensión del amor ha sustantivado todo el comportamiento. Esta es una moral de formulaciones positivas y de convicción personal. Es una moral que no tiende a adquirir méritos salvíficos sino que descubre la acción de gracias. En ella, por lo tanto, la conciencia individual, sobre todo cuando está actuada por la gracia, cobra un valor supremo. La síntesis de la Renovación Un día me confiaba un joven: "fui a una discoteca y salí con una chica. No llegamos a todo pero hubo cosas entre nosotros. Me siento degradado en mi persona y en la persona de ella, porque no tenía intención de continuar nada, no hubo cariño, no hubo respeto, sólo pura pasión. No me vale el pensar que ella tuviera los mismos sentimientos y que por lo tanto no quedara frustrada". Siempre que hay una renovación profética se mueve el eje del respeto y pasa de las acciones o cosas sacralizadas a las personas. Todas las renovaciones realizan ese ajuste. En este sentido Jesucristo fue total. La Renovación carismática nace de un pentecostés cuyo contenido básico es la experiencia de Jesús resucitado. De ahí brota el Espíritu que es el que configura el comportamiento normal del que ha tenido esa experiencia. Éste no deriva, en este caso, de las exigencias sociales, de la ley natural o del respeto a la naturaleza. Ningún joven carismático guarda actualmente la castidad por consideraciones sociales o filosóficas, ni siquiera éticas, sino por la Palabra de Dios y la fuerza del Espíritu. En el afán racionalizador de los últimos siglos hemos rebajado las virtudes a niveles demasiado humanos y las hemos desacreditado. Es necesario hacer de nuevo que las virtudes vuelvan a ser cristianas, no simplemente éticas o naturales. Tal vez el problema más grave de la moral actual está en borrar los perfiles de las cosas. Todo da casi igual. De este modo se diluyen las convicciones y queda minada cualquier capacidad de entrega a una causa noble. La Renovación reivindica la sobrenaturalidad del cristianismo. El comportamiento cristiano consiste en "impetrar de Dios una conciencia pura por la resurrección de Jesucristo" (I Pe. 3,21). San Pedro era iletrado y no sabía de éticas ni de leyes naturales, pero conocía bien de donde manaba la fuerza para ser mártir, para dar testimonio y, en general, para ser cristiano. La perspectiva moral de la Renovación tiene que ir en esa dirección: enganchar de nuevo, autentificar el comportamiento cristiano en sus raíces primigenias. También aquí es importante que surjan auténticos maestros. Sería ridículo que la Renovación respondiera a un pentecostés experimentado con una fuerte alabanza y acción de gracias y, sin embargo, su moralidad estuviera comandada por viejas normas cultuales e, incluso, por otras de tipo profético pero de corte veterotestamentario. Aún sería peor, claro está, si la fundáramos en consideraciones basadas en una ética puramente natural, como tanto se hace hoy, con el consiguiente desconcierto ante la diversidad de concepciones sobre la naturaleza. No, nuestro comportamiento tiene que nacer de un corazón nuevo recibido del Espíritu de la resurrección. En este sentido la Renovación hace una síntesis muy bella y crea un tipo de hombre libre y desembarazado de viejos tabúes pero, a la vez, respetuoso y entregado a un auténtico culto "en espíritu y en verdad" del Dios que nos ha amado hasta el extremo en Jesucristo. De esta manera, centra su moral en la comunidad, no sólo con un respeto distante sino con un verdadero amor oblativo por cada una de las personas. La altura de una virtud y la gravedad de un pecado siempre se medirá, siguiendo la tradición tomista, por su acercamiento o alejamiento de la caridad. De ahí que la Renovación esté capacitada para asumir las tendencias juveniles más arriba citadas, dándoles verdadera luz, raíz y fundamento cristiano. Todo esto, claro está, sin despreciar la ley y sus fuentes naturales y reveladas, pero colocándolas en su sitio. El juicio del mundo Además de todo esto la Renovación tiene muchas más cosas que decirnos sobre el pecado. He leído, no sé donde, que en cierto lugar había un párroco que descuidaba más de la cuenta la limpieza de su iglesia. Entonces habló con una buena mujer, ya entrada en años, pidiéndole que le hiciera de sacristana y ama de casa. Se fue a vivir con él. Los ocho primeros días limpió tanto que logró que la casa de Dios brillara como el locutorio de un convento. Pero el cura empezó a mosquearse cuando, al poco tiempo, le obligó a él mismo a quitarse los zapatos y a ponerse unas chanclas para entrar en casa. El día entero se lo pasaba persiguiendo con saña la menor mota de polvo. Si por ella fuera no dejaría entrar a nadie en la iglesia para que Dios estuviera en un lugar limpio. No había manera de serenarla. Al final tuvo que meterse en la cama con un ataque de reumatismo articular. Los sofocos e impotencia de la pobre vieja al ver desde la cama que las motas de polvo seguían cayendo fueron tales, que terminó por fallarle el corazón al sentirse totalmente derrotada. "Su equivocación, comentaba el cura después del entierro, no estuvo en combatir la suciedad, sino en querer eliminarla, como si tal cosa fuera posible. Una parroquia se pone a veces forzosamente sucia y lo mismo la cristiandad entera. ¡Cuántas paletadas de basura sacarán los ángeles el día del juicio de los más santos monasterios!". En la Renovación se combate el pecado pero no con el talante de esa buena señora. La justificación que nos ha traído la resurrección de Jesucristo nos ha capacitado para no ser unos fanáticos ni unos fundamentalistas ni seres que quieren eliminar el pecado. Al contrario, la Pascua dota a todo verdadero cristiano de un corazón de perdón y misericordia. Eso significa que tenemos que convivir con la debilidad, aceptar la pobreza sin traumarse y suspender un juicio que no nos pertenece. No sólo la debilidad de los demás sino también la propia. Sólo donde existe aceptación de la pobreza pueden brotar las bellas plantas de la misericordia, del perdón y de la gratuidad. La espiritualidad de la Renovación rechaza de plano ese perfeccionismo de algunos que desearían que no hubiera hombres para que el mundo fuera más limpio, más puro y ecológico. El mundo se vuelve limpio no eliminando a los hombres sino salvándolos, como hace Jesucristo. Y esta salvación, por parte de Jesús, ha consistido en clavar en su cruz el mal del mundo y los pecados de la humanidad. Por lo tanto, si ha asumido toda esta miseria el juicio del mundo le pertenece a Él, no a nosotros que somos los reos. Cualquier consideración, pues, del pecado del mundo y de los hombres fuera de la cruz de Cristo es bastarda. Él lo ha comprado esto a gran precio, nada menos que al precio de su propia sangre. "Cuando yo sea levantado a lo alto, atraeré a todos hacia mí" (Jn. 12,32). Desde esa altura, desde esa atalaya mira la Renovación el pecado de este mundo. Misericordia de uno mismo No tenemos derecho ni de juzgarnos a nosotros mismos porque lo hacemos sin amor y nos hacemos daño. La persona se salva en Dios, no en sí misma. También nuestros pecados le pertenecen al Señor. Para creerse esto y poder vivir esta libertad interior, hay que ir conociendo el corazón de Jesucristo, hay que asombrarse del exceso de amor gratuito con que Él nos ama y hay que asumir que Él perdona sin condiciones. Yo vi muy claro esto un día. Después de haber sido acosado en la parroquia por los mendigos que acudían uno tras otro con duras exigencias, al final estallé y con uno tuve una fuerte discusión. Comprendí que me había pasado e incluso dado mal ejemplo a otras personas que lo presenciaron. Me culpabilicé y lo estaba pasando mal. De repente sentí como en un microchip que me informaba el Señor: "Hay cosas que te sobrepasan y que tú nunca las podrás hacer bien. La pobreza de los demás siempre te superará. Eres así de pobre pero confía en mí". En ese momento me entró una gran compasión y tuve misericordia de mí mismo. Me hizo bien, me desculpabilizó. Comprendí que tenía que entregarle mi comportamiento a Cristo. Me sentí liberado de mi propia bondad y justicia. Y como todo este lance sucedió junto a un bar, entré a echar un vaso de vino para celebrarlo. "Habéis sido llamados a la libertad, pero no toméis pretexto de esa libertad para satisfacer las apetencias de la carne" (Gál. 5,13). Si alguno hiciera esto estaría fuera de lugar. No se trata de eso. Se trata de reconocer la total gratuidad de Dios en Jesucristo. Se trata de conocer y gozarse del inmenso e inabarcable corazón del Señor. En definitiva, se trata de asombrarse y sacarle todo el provecho al excesivo amor de Dios. Se trata de superar radicalmente los planteamientos del hijo mayor de la parábola, que no entendió la gratuidad del corazón de su Padre. La fe consiste en vivir a costa de Jesucristo. El peso del pecado Al hablar del pecado no nos referimos a ésos de personas endurecidas que conscientemente niegan a Dios, se alejan de su Iglesia o rechazan con plena clarividencia a otra persona, negándoles expresamente su caridad. Este es el pecado contra el Espíritu Santo, cuyo juicio sólo a Dios pertenece. Hablamos de esos pecados de debilidad que asaltan continuamente aún a los que no quieren de ninguna manera separarse de Dios. Estos pecados no sólo existen sino que Dios permite muchas veces que hagan en nosotros un largo recorrido y nos veamos agobiados y dominados por ellos. El estipendio del pecado es la muerte y, en parte, nos viene bien experimentar el peso de nuestra condición pecadora. "Ha sido conveniente a lo largo de la historia de la salvación, dice Tomás de Aquino, que Dios permitiera al hombre caer en pecado, para que experimentando su debilidad, reconociera la necesidad de la gracia" (I-II, 106,3c). Yo, a veces, en la dirección espiritual, cuando alguna persona busca obsesivamente confesarse para librarse de un pecado, le digo: "espera unos días, aguanta el peso de tu pecado". Y es que, en realidad, eres tú el que te condenas, no Dios. Tú necesitas sacarlo fuera de ti, buscas un acto de purificación, te confías a tus propósitos aun a sabiendas del poco valor que tienen. No hay gratuidad en este querer salir del pecado. Por eso, aguanta su peso, el Señor te está queriendo ahí donde tú te rechazas. En el agobio de la culpabilidad tú piensas: tiene que haber alguien que pueda entender mi corazón hasta el fondo. Pues bien, ése es Jesucristo y aquéllos que reciben ese don. Te entiende hasta el fondo, a pesar del juego poco limpio de tu corazón. Pero lo más impresionante es que Jesús no te juzga porque ya ha sido juzgado Él por tu pecado. Sólo quiere que lo entiendas para que, reconociéndolo, sientas sobre ti su amor, que te hará bueno. "En esto ha llegado el amor a su plenitud en nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio". "El amor perfecto expulsa todo temor" (I Jn. 4,17 y 18). San Pablo en una comprensión sublime de todas estas cosas nos dice: "Ante esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros ¿quién estará en contra? Si Dios no perdonó a su propio hijo sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va dar con Él gratuitamente todas las cosas?" (Rom. 8,31). No nos pertenece el juicio Yo agradezco mucho que la Renovación nos haya facilitado el acceder a la comprensión y a la vivencia de unos contenidos tan espirituales y, por otra parte, tan consoladores. No es lo corriente ni en la Iglesia ni en el mundo actual, donde la culpabilidad consciente o larvada corroe tantas actitudes, como si Jesucristo no hubiera muerto en realidad. Por eso, a la Renovación y a todos los que lo entiendan, les es requerido un apoyo explícito y una contribución valiente a esta obra de evangelización, es decir, de buena noticia, que sólo procede del Espíritu Santo. Dios no quiere ser un peso para nadie. El que pueda entender que entienda. Lo malo es que el demonio, por medio de la culpabilidad, domina al mundo y engendra toda clase de actitudes insolidarias. El que se siente juzgado, ¿cómo no va a juzgar? ¿Puede cargar él con su culpabilidad y la de los demás? Imposible. Juzgaremos a los demás, sentiremos placer al hacerlo, pues en el inconsciente funciona el argumento: los demás son malos, luego yo soy bueno. Si puedo criminalizaré a los demás para sentirme yo liberado. Y si es un sacerdote o una persona religiosa el que está bajo sospecha, el placer de la murmuración se refina hasta lo indecible: "Si el cura anda a peces, qué harán los feligreses". Sin embargo, ni puedes ni debes juzgar a nadie. El pecado de tu hermano no le pertenece a él sino a Jesucristo. No te es lícito interferir ese circuito que no pasa por tu propiedad. Los dominicos tienen un número en su Constitución que dice lo siguiente: "La transgresión de un fraile se debe sopesar por el perjuicio ocasionado al bien común, y no por el pecado que tal vez lleve anejo" (Const. 55,I). Si una comunidad está amenazada por el comportamiento de una persona debe defenderse, incluso a veces separando a ese tal de la comunidad. San Pablo utilizó con un incestuoso una pedagogía muy curiosa en Corinto: "Ese individuo sea entregado a Satanás (separado de la comunidad y, por tanto, bajo el poder del demonio) para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu se salve el día del Señor (y pueda convertirse)" (I Cor. 5,5). Pero esto no incluye ningún juicio condenatorio de dicha persona, cosa que sólo le pertenece a Dios. Sanación interior del pecado No es fácil llegar a la libertad interior aun a personas que viven en cierta experiencia de gratuidad. Alguno de los movimientos citados más arriba, o incluso algunas personas dentro de la Renovación, no pueden librarse de una especie de pesimismo luterano que condiciona su libertad y alegría interior. Creen y proclaman a boca llena la gratuidad de la salvación. Se sienten teóricamente salvados. Oran agradeciendo a Jesucristo el don gratuito de la vida que ha brotado de su resurrección, pero la alegría de este don no les baja hasta los sentimientos ni trasforma su cara. Existe en ellos como una desesperanza larvada - pesimismo luterano - de poder salir algún día del pecado que les domina. Se sienten salvados pero con una salvación extrínseca, como se salva a un niño que ha caído en la corriente de un río. En este tema, como en otros, la Renovación empalma con la gran tradición tomista en la que uno de los atributos de la gracia es la de sanar como una medicina. La gracia sanante ¿qué es esto? El pecado no es sólo una quiebra legal o una rotura de equilibrios o una ofensa a Dios. Es algo que deja en el hombre su marca, su reato, su herida. Siempre ha dicho la Iglesia que aunque el pecado esté perdonado el reato tiene que ser purificado en esta vida o en la otra. El protestantismo no acepta el purgatorio pues no cree en la sanación interior ya que para ellos la naturaleza está corrompida y es insalvable. De ahí que la salvación sea totalmente gratuita y extrínseca. La Renovación, de acuerdo con la Iglesia, acepta la necesidad de una purificación o sanación de los restos o estigmas del pecado. La diferencia está en que la renovación ha eliminado la connotación de castigo y subraya la acción amorosa de la purificación o sanación interior por obra del Espíritu Santo. Por esta sanación el hombre va siendo recreado, liberado, trasformado en una criatura nueva. Por esta sanación el hombre siente en su propia psicología y en su propio cuerpo la bondad benéfica del señorío de Jesús resucitado que libera al hombre del poder del mal manifestado en el pecado original. ¿Cuáles son los frutos de ese pecado? El estipendio del pecado del hombre es la muerte, dice la Carta a los Romanos. La muerte y todo lo que lleva a la muerte: caducidad, desequilibrio, enfermedad, sufrimiento, resentimiento, opresión, pecado en toda su amplitud. La Renovación actúa una fuerte praxis de sanación interior. En todos los grupos hay un ministerio de sanación o intercesión en el que se ora para que las personas vayan descubriendo las raíces de su mal y de su pecado. El Espíritu Santo, como un gran psiquiatra a lo divino, va iluminando las parcelas de cada persona que necesitan ser sanadas para integrarse en una personalidad redimida y apta para todo soplo y don del Espíritu. Esta praxis es un ejercicio de creación de una humanidad nueva. También existe una praxis de sanación física, pero ésta busca primariamente la razón de signo. Una curación física, sin excluir nada, sirve sobre todo para confirmar la predicación o la presencia del Señor en sus sacramentos. La sanación interior es una predilección personal. La persona que siente esa acción sanadora del Señor se sabe querida, cuidada, protegida. De esa forma, aunque la sanación interior a veces necesita quirófano y cirugía, nunca se sale del ámbito del amor ni de la acción benevolente de Dios. Y aunque la debilidad y el pecado se hagan a veces recalcitrantes y parezca que no van a ser expulsados nunca, no se pierde la esperanza en el poder de Dios ni la alegría de saber que aún en esa situación uno está en sus manos. La espiritualidad de la Renovación siempre marca un talante positivo. Devuelve a Dios el rostro de Padre. Ha logrado superar las tendencias que empujan al ser humano a la esclavitud y al miedo. Por eso uno se confía a Dios como un niño, llamándole Abba, Padre. Tal vez este mundo, hundido como nunca en la postración de la culpabilidad y el pecado, necesite ver un rostro de Dios que le acoja con el mismo abrazo con el que el Padre acogió a su hijo menor, pecador y desagradecido pero, al fin, siempre hijo muy querido.

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