Lo que contamina al hombre
(Mt. 15.1-20)
7
1 Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de los escribas,
que habían venido de Jerusalén;
2 los cuales, viendo a algunos de los discípulos de Jesús
comer pan con manos inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban.
3 Porque los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la
tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las
manos, no comen.
4 Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras
muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los lavamientos de
los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de
metal, y de los lechos.
5 Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por qué
tus discípulos no andan conforme a la tradición de los
ancianos, sino que comen pan con manos inmundas?
6 Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de
vosotros Isaías, como está escrito:
- Este pueblo de labios me honra,
- Mas su corazón está lejos de mí.
-
7 Pues en vano me honran,
- Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.
8 Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la
tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los
vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes.
9 Les decía también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios
para guardar vuestra tradición.
10 Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El
que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente.
11 Pero vosotros decís: Basta que diga un hombre al padre o a
la madre: Es Corbán (que quiere decir, mi ofrenda a Dios) todo aquello
con que pudiera ayudarte,
12 y no le dejáis hacer más por su padre o por su madre,
13 invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que
habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes a estas.
14 Y llamando a sí a toda la multitud, les dijo: Oídme todos,
y entended:
15 Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda
contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al
hombre.
16 Si alguno tiene oídos para oír, oiga.
17 Cuando se alejó de la multitud y entró en casa, le
preguntaron sus discípulos sobre la parábola.
18 El les dijo: ¿También vosotros estáis así sin
entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en
el hombre, no le puede contaminar,
19 porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a
la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos.
20 Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al
hombre.
21 Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los
malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los
homicidios,
22 los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la
lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la
insensatez.
23 Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al
hombre.
La fe de la mujer sirofenicia
(Mt. 15.21-28)
24 Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro y de
Sidón; y entrando en una casa, no quiso que nadie lo supiese;
pero no pudo esconderse.
25 Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo,
luego que oyó de él, vino y se postró a sus pies.
26 La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba
que echase fuera de su hija al demonio.
27 Pero Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos,
porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los
perrillos.
28 Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun los
perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos.
29 Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha
salido de tu hija.
30 Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había
salido, y a la hija acostada en la cama.
Jesús sana a un sordomudo
31 Volviendo a salir de la región de Tiro, vino por Sidón al
mar de Galilea, pasando por la región de Decápolis.
32 Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le rogaron que le
pusiera la mano encima.
33 Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos en las
orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua;
34 y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata, es
decir: Sé abierto.
35 Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la
ligadura de su lengua, y hablaba bien.
36 Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más les
mandaba, tanto más y más lo divulgaban.
37 Y en gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo ha hecho
todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar.
Alimentación de los cuatro mil
(Mt. 15.32-39)
8
1 En aquellos días, como había una gran multitud, y no
tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos, y les dijo:
2 Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que
están conmigo, y no tienen qué comer;
3 y si los enviare en ayunas a sus casas, se desmayarán en el
camino, pues algunos de ellos han venido de lejos.
4 Sus discípulos le respondieron: ¿De dónde podrá alguien
saciar de pan a éstos aquí en el desierto?
5 El les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Ellos dijeron:
Siete.
6 Entonces mandó a la multitud que se recostase en tierra; y
tomando los siete panes, habiendo dado gracias, los partió, y
dio a sus discípulos para que los pusiesen delante; y los
pusieron delante de la multitud.
7 Tenían también unos pocos pececillos; y los bendijo, y
mandó que también los pusiesen delante.
8 Y comieron, y se saciaron; y recogieron de los pedazos que
habían sobrado, siete canastas.
9 Eran los que comieron, como cuatro mil; y los despidió.
10 Y luego entrando en la barca con sus discípulos, vino a la
región de Dalmanuta.
La demanda de una señal
(Mt. 16.1-4; Lc. 12.54-56)
11 Vinieron entonces los fariseos y comenzaron a discutir con
él, pidiéndole señal del cielo, para tentarle.
12 Y gimiendo en su espíritu, dijo: ¿Por qué pide señal
esta generación? De cierto os digo que no se dará señal a esta
generación.
13 Y dejándolos, volvió a entrar en la barca, y se fue a la
otra ribera.
La levadura de los fariseos
(Mt. 16.5-12)
14 Habían olvidado de traer pan, y no tenían sino un pan
consigo en la barca.
15 Y él les mandó, diciendo: Mirad, guardaos de la levadura de
los fariseos, y de la levadura de Herodes.
16 Y discutían entre sí, diciendo: Es porque no trajimos pan.
17 Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Qué discutís, porque
no tenéis pan? ¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis
endurecido vuestro corazón?
18 ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís? ¿Y no
recordáis?
19 Cuando partí los cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas
cestas llenas de los pedazos recogisteis? Y ellos dijeron: Doce.
20 Y cuando los siete panes entre cuatro mil, ¿cuántas
canastas llenas de los pedazos recogisteis? Y ellos dijeron:
Siete.
21 Y les dijo: ¿Cómo aún no entendéis?
Un ciego sanado en Betsaida
22 Vino luego a Betsaida; y le trajeron un ciego, y le rogaron
que le tocase.
23 Entonces, tomando la mano del ciego, le sacó fuera de la
aldea; y escupiendo en sus ojos, le puso las manos encima, y le
preguntó si veía algo.
24 El, mirando, dijo: Veo los hombres como árboles, pero los
veo que andan.
25 Luego le puso otra vez las manos sobre los ojos, y le hizo
que mirase; y fue restablecido, y vio de lejos y claramente a
todos.
26 Y lo envió a su casa, diciendo: No entres en la aldea, ni
lo digas a nadie en la aldea.
La confesión de Pedro
(Mt. 16.13-20; Lc. 9.18-21)
27 Salieron Jesús y sus discípulos por las aldeas de Cesarea
de Filipo. Y en el camino preguntó a sus discípulos,
diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy yo?
28 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y
otros, alguno de los profetas.
29 Entonces él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy?
Respondiendo Pedro, le dijo: Tú eres el Cristo.
30 Pero él les mandó que no dijesen esto de él a ninguno.
Jesús anuncia su muerte
(Mt. 16.21-28; Lc. 9.22-27)
31 Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del
Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los
principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y
resucitar después de tres días.
32 Esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó aparte y
comenzó a reconvenirle.
33 Pero él, volviéndose y mirando a los discípulos,
reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate de delante de mí,
Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en
las de los hombres.
34 Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome
su cruz, y sígame.
35 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y
todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la
salvará.
36 Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el
mundo, y perdiere su alma?
37 ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?
38 Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en
esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se
avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su
Padre con los santos ángeles.
9
1 También les dijo: De cierto os digo que hay algunos de los
que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan
visto el reino de Dios venido con poder.
La transfiguración
(Mt. 17.1-13; Lc. 9.28-36)
2 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan,
y los llevó aparte solos a un monte alto; y se transfiguró
delante de ellos.
3 Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos,
como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede
hacer tan blancos.
4 Y les apareció Elías con Moisés, que hablaban con Jesús.
5 Entonces Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es para nosotros
que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, otra
para Moisés, y otra para Elías.
6 Porque no sabía lo que hablaba, pues estaban espantados.
7 Entonces vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube
una voz que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd.
8 Y luego, cuando miraron, no vieron más a nadie consigo, sino
a Jesús solo.
9 Y descendiendo ellos del monte, les mandó que a nadie
dijesen lo que habían visto, sino cuando el Hijo del Hombre
hubiese resucitado de los muertos.
10 Y guardaron la palabra entre sí, discutiendo qué sería
aquello de resucitar de los muertos.
11 Y le preguntaron, diciendo: ¿Por qué dicen los escribas
que es necesario que Elías venga primero?
12 Respondiendo él, les dijo: Elías a la verdad vendrá
primero, y restaurará todas las cosas; ¿y cómo está escrito
del Hijo del Hombre, que padezca mucho y sea tenido en nada?
13 Pero os digo que Elías ya vino, y le hicieron todo lo que
quisieron, como está escrito de él.
Jesús sana a un muchacho endemoniado
(Mt. 17.14-21; Lc. 9.37-43)
14 Cuando llegó a donde estaban los discípulos, vio una gran
multitud alrededor de ellos, y escribas que disputaban con ellos.
15 Y en seguida toda la gente, viéndole, se asombró, y
corriendo a él, le saludaron.
16 El les preguntó: ¿Qué disputáis con ellos?
17 Y respondiendo uno de la multitud, dijo: Maestro, traje a ti
mi hijo, que tiene un espíritu mudo,
18 el cual, dondequiera que le toma, le sacude; y echa
espumarajos, y cruje los dientes, y se va secando; y dije a tus
discípulos que lo echasen fuera, y no pudieron.
19 Y respondiendo él, les dijo: ¡Oh generación incrédula!
¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he
de soportar? Traédmelo.
20 Y se lo trajeron; y cuando el espíritu vio a Jesús,
sacudió con violencia al muchacho, quien cayendo en tierra se
revolcaba, echando espumarajos.
21 Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le
sucede esto? Y él dijo: Desde niño.
22 Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua, para
matarle; pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros,
y ayúdanos.
23 Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es
posible.
24 E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo;
ayuda mi incredulidad.
25 Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba, reprendió
al espíritu inmundo, diciéndole: Espíritu mudo y sordo, yo te
mando, sal de él, y no entres más en él.
26 Entonces el espíritu, clamando y sacudiéndole con
violencia, salió; y él quedó como muerto, de modo que muchos
decían: Está muerto.
27 Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó; y se
levantó.
28 Cuando él entró en casa, sus discípulos le preguntaron
aparte: ¿Por qué nosotros no pudimos echarle fuera?
29 Y les dijo: Este género con nada puede salir, sino con
oración y ayuno.
Jesús anuncia otra vez su muerte
(Mt. 17.22-23; Lc. 9.43-45)
30 Habiendo salido de allí, caminaron por Galilea; y no
quería que nadie lo supiese.
31 Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo
del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán;
pero después de muerto, resucitará al tercer día.
32 Pero ellos no entendían esta palabra, y tenían miedo de
preguntarle.
¿Quién es el mayor?
(Mt. 18.1-5; Lc. 9.46-48)
33 Y llegó a Capernaum; y cuando estuvo en casa, les
preguntó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino?
34 Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado
entre sí, quién había de ser el mayor.
35 Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si
alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el
servidor de todos.
36 Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos; y
tomándole en sus brazos, les dijo:
37 El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a
mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me
envió.
El que no es contra nosotros, por nosotros es
(Lc. 9.49-50)
38 Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que
en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se
lo prohibimos, porque no nos seguía.
39 Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay
que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí.
40 Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es.
41 Y cualquiera que os diere un vaso de agua en mi nombre,
porque sois de Cristo, de cierto os digo que no perderá su
recompensa.
Ocasiones de caer
(Mt. 18.6-9; Lc. 17.1-2)
42 Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que
creen en mí, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino
al cuello, y se le arrojase en el mar.
43 Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es
entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno,
al fuego que no puede ser apagado,
44 donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se
apaga.
45 Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es
entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el
infierno, al fuego que no puede ser apagado,
46 donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se
apaga.
47 Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es
entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser
echado al infierno,
48 donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se
apaga.
49 Porque todos serán salados con fuego, y todo sacrificio
será salado con sal.
50 Buena es la sal; mas si la sal se hace insípida, ¿con qué
la sazonaréis? Tened sal en vosotros mismos; y tened paz los
unos con los otros.
Jesús enseña sobre el divorcio
(Mt. 19.1-12; Lc. 16.18)
10
1 Levantándose de allí, vino a la región de Judea y al otro
lado del Jordán; y volvió el pueblo a juntarse a él, y de
nuevo les enseñaba como solía.
2 Y se acercaron los fariseos y le preguntaron, para tentarle,
si era lícito al marido repudiar a su mujer.
3 El, respondiendo, les dijo: ¿Qué os mandó Moisés?
4 Ellos dijeron: Moisés permitió dar carta de divorcio, y
repudiarla.
5 Y respondiendo Jesús, les dijo: Por la dureza de vuestro
corazón os escribió este mandamiento;
6 pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo
Dios.
7 Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se
unirá a su mujer,
8 y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos,
sino uno.
9 Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.
10 En casa volvieron los discípulos a preguntarle de lo
mismo,
11 y les dijo: Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con
otra, comete adulterio contra ella;
12 y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete
adulterio.
Jesús bendice a los niños
(Mt. 19.13-15; Lc. 18.15-17)
13 Y le presentaban niños para que los tocase; y los
discípulos reprendían a los que los presentaban.
14 Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los
niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es
el reino de Dios.
15 De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios
como un niño, no entrará en él.
16 Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos,
los bendecía.
El joven rico
(Mt. 19.16-30; Lc. 18.18-30)
17 Al salir él para seguir su camino, vino uno corriendo, e
hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno,
¿qué haré para heredar la vida eterna?
18 Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay
bueno, sino sólo uno, Dios.
19 Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes.
No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu
madre.
20 El entonces, respondiendo, le dijo: Maestro, todo esto lo he
guardado desde mi juventud.
21 Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te
falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y
tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.
22 Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque
tenía muchas posesiones.
23 Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos:
¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que
tienen riquezas!
24 Los discípulos se asombraron de sus palabras; pero Jesús,
respondiendo, volvió a decirles: Hijos, ¡cuán difícil les es
entrar en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas!
25 Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que
entrar un rico en el reino de Dios.
26 Ellos se asombraban aun más, diciendo entre sí: ¿Quién,
pues, podrá ser salvo?
27 Entonces Jesús, mirándolos, dijo: Para los hombres es
imposible, mas para Dios, no; porque todas las cosas son posibles
para Dios.
28 Entonces Pedro comenzó a decirle: He aquí, nosotros lo
hemos dejado todo, y te hemos seguido.
29 Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay
ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o
madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del
evangelio,
30 que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas,
hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones;
y en el siglo venidero la vida eterna.
31 Pero muchos primeros serán postreros, y los postreros,
primeros.
Nuevamente Jesús anuncia su muerte
(Mt. 20.17-19; Lc. 18.31-34)
32 Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba
delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo. Entonces
volviendo a tomar a los doce aparte, les comenzó a decir las
cosas que le habían de acontecer:
33 He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será
entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le
condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles;
34 y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en él, y le
matarán; mas al tercer día resucitará.
Petición de Santiago y de Juan
(Mt. 20.20-28)
35 Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se le acercaron,
diciendo: Maestro, querríamos que nos hagas lo que pidiéremos.
36 El les dijo: ¿Qué queréis que os haga?
37 Ellos le dijeron: Concédenos que en tu gloria nos sentemos
el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda.
38 Entonces Jesús les dijo: No sabéis lo que pedís.
¿Podéis beber del vaso que yo bebo, o ser bautizados con el
bautismo con que yo soy bautizado?
39 Ellos dijeron: Podemos. Jesús les dijo: A la verdad, del
vaso que yo bebo, beberéis, y con el bautismo con que yo soy
bautizado, seréis bautizados;
40 pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío
darlo, sino a aquellos para quienes está preparado.
41 Cuando lo oyeron los diez, comenzaron a enojarse contra
Jacobo y contra Juan.
42 Mas Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que son
tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas,
y sus grandes ejercen sobre ellas potestad.
43 Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera
hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor,
44 y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de
todos.
45 Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino
para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.
El ciego Bartimeo recibe la vista
(Mt. 20.29-34; Lc. 18.35-43)
46 Entonces vinieron a Jericó; y al salir de Jericó él y sus
discípulos y una gran multitud, Bartimeo el ciego, hijo de
Timeo, estaba sentado junto al camino mendigando.
47 Y oyendo que era Jesús nazareno, comenzó a dar voces y a
decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!
48 Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba
mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí!
49 Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron
al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama.
50 El entonces, arrojando su capa, se levantó y vino a Jesús.
51 Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y
el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista.
52 Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida
recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.
La entrada triunfal en Jerusalén
(Mt. 21.1-11; Lc. 19.28-40; Jn. 12.12-19)
11
1 Cuando se acercaban a Jerusalén, junto a Betfagé y a
Betania, frente al monte de los Olivos, Jesús envió dos de sus
discípulos,
2 y les dijo: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y
luego que entréis en ella, hallaréis un pollino atado, en el
cual ningún hombre ha montado; desatadlo y traedlo.
3 Y si alguien os dijere: ¿Por qué hacéis eso? decid que el
Señor lo necesita, y que luego lo devolverá.
4 Fueron, y hallaron el pollino atado afuera a la puerta, en el
recodo del camino, y lo desataron.
5 Y unos de los que estaban allí les dijeron: ¿Qué hacéis
desatando el pollino?
6 Ellos entonces les dijeron como Jesús había mandado; y los
dejaron.
7 Y trajeron el pollino a Jesús, y echaron sobre él sus
mantos, y se sentó sobre él.
8 También muchos tendían sus mantos por el camino, y otros
cortaban ramas de los árboles, y las tendían por el camino.
9 Y los que iban delante y los que venían detrás daban voces,
diciendo: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del
Señor!
10 ¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene!
¡Hosanna en las alturas!
11 Y entró Jesús en Jerusalén, y en el templo; y habiendo
mirado alrededor todas las cosas, como ya anochecía, se fue a
Betania con los doce.
Maldición de la higuera estéril
(Mt. 21.18-19)
12 Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre.
13 Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si
tal vez hallaba en ella algo; pero cuando llegó a ella, nada
halló sino hojas, pues no era tiempo de higos.
14 Entonces Jesús dijo a la higuera: Nunca jamás coma nadie
fruto de ti. Y lo oyeron sus discípulos.
Purificación del templo
(Mt. 21.12-17; Lc. 19.45-48; Jn. 2.13-22)
15 Vinieron, pues, a Jerusalén; y entrando Jesús en el
templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en
el templo; y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de
los que vendían palomas;
16 y no consentía que nadie atravesase el templo llevando
utensilio alguno.
17 Y les enseñaba, diciendo: ¿No está escrito: Mi casa será
llamada casa de oración para todas las naciones? Mas vosotros la
habéis hecho cueva de ladrones.
18 Y lo oyeron los escribas y los principales sacerdotes, y
buscaban cómo matarle; porque le tenían miedo, por cuanto todo
el pueblo estaba admirado de su doctrina.
19 Pero al llegar la noche, Jesús salió de la ciudad.
La higuera maldecida se seca
(Mt. 21.19-22)
20 Y pasando por la mañana, vieron que la higuera se había
secado desde las raíces.
21 Entonces Pedro, acordándose, le dijo: Maestro, mira, la
higuera que maldijiste se ha secado.
22 Respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios.
23 Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este
monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón,
sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será
hecho.
24 Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed
que lo recibiréis, y os vendrá.
25 Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra
alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos
os perdone a vosotros vuestras ofensas.
26 Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que
está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.
La autoridad de Jesús
(Mt. 21.23-27; Lc. 20.1-8)
27 Volvieron entonces a Jerusalén; y andando él por el
templo, vinieron a él los principales sacerdotes, los escribas y
los ancianos,
28 y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas, y
quién te dio autoridad para hacer estas cosas?
29 Jesús, respondiendo, les dijo: Os haré yo también una
pregunta; respondedme, y os diré con qué autoridad hago estas
cosas.
30 El bautismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres?
Respondedme.
31 Entonces ellos discutían entre sí, diciendo: Si decimos,
del cielo, dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis?
32 ¿Y si decimos, de los hombres...? Pero temían al pueblo,
pues todos tenían a Juan como un verdadero profeta.
33 Así que, respondiendo, dijeron a Jesús: No sabemos.
Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Tampoco yo os digo con
qué autoridad hago estas cosas.
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