BARNABÍTICA

 

                               

 

UNA JOYA DE LA HISTORIA PALEO-BARNABITA:

LAS «ATTESTATIONI» 

DEL P. BATTISTA SORESINA

               

Dentro del admirable y -por cierto- fatigoso esfuerzo que los cultores de nuestra historia doméstica -encabezados por el incansable P. Giuseppe Cagni- están llevando a cabo para rescatar del olvido muchas páginas de nuestra memoria histórica y elucidar -con rigor y acuciosidad- dudas y confusiones, con el fin de devolverle -más tersos y lozanos- personajes y acontecimientos, está la recuperación de un documento que constituye una verdadera joya -comparable, por su fresca espontaneidad y sincera inmediatez, a los «fioretti» de franciscana memoria- para la comprensión de la calidad humana y espiritual de S. Antonio María Zaccaria.

Nos referimos a las «Attestationi fatte circa la vita e morte del Rev. Padre Don Antonio Maria Zacharia, del P. Don Battista Sorezina», que dentro del conjunto de los documentos de la historia barnabita conservados en el Archivo de Roma[1], constituye -sin duda- uno de los más preciosos.

El P. Giuseppe Cagni con su acostumbrado rigor histórico y filológico, nos ha proporcionado en «Barnabiti Studi»[2] un documentadísimo estudio reconstructivo tanto de la figura del P. Soresina, como del ambiente en que nacieron las mismas «Attestazioni», así como del itinerario hermenéutico que llevó al mismo P. Cagni a la atribución precisa -despejada definitiva y documentalmentte, por cierto, de toda duda- de la autoría de las «Attestationi»[3], de su exacta ubicación crono-topológica[4], del redactor material del texto que poseemos[5] y a la necesaria corrección de la interpretación que de ellas entregara, en tiempos del Proceso para la canonización de San Antonio María, el Canónico Gaetano Bugati[6].

El estudio del P. Cagni, introduce la publicación del texto de las «Attestationi», acompañado de abundantísimas notas explicativas y aclaratorias, que lo transforman en una joya documental.

Pero ¿quién fue el P. Battista Soresina?

Sin duda uno de los testigos calificados de los primeros -y por muchos aspectos inciertos- pasos de la vida de nuestra Congregación, un protagonista de la primavera barnabita.

Nacido -con toda probabilidad- en 1512, después de estudiar jurisprudencia y ejercer también como notario[7], ingresó en la Congregación en el año 1535, recibido por el mismo Fundador, quién, intuyendo su apacible personalidad, no dejó de rodearlo de afecto y cariño.

Las principales fechas de su «curriculum formativo» pueden leerse en el citado artículo del P. Cagni, así como las primeras actividades pastorales que le encomendara S. Antonio María.

Destinatario de dos de las 11 cartas que nos quedan de S. Antonio María[8], testigo presencial de las primeras fatigas apostólicas de los barnabitas y de sus primeras angustias y tribulaciones[9], presente en los últimos momentos de vida del Fundador mismo[10].

Hombre de confianza del mismo Antonio María[11], el P. Soresina fue, entre otras cosas, «primer vicario de nuestra Congregación»[12], archivero[13], misionero en Verona[14], co-redactor de las Constituciones de 1552[15], encargado de delicadas incumbencias en el desempeño de las cuales supo demostrar -siempre- equilibrio de juicio y prudencia[16], apreciado colaborador pastoral de San Carlos Borromeo[17], omnipresente en los Capítulos Generales[18], memoria histórica de la Congregación[19], hasta su muerte, acontecida -frisando ya los noventa años- en 1601.

Esta seguidilla de rasgos de la trayectoria barnabita del P. Soresina, costituyen suficiente título de mérito como para dar crédito a sus recuerdos sintetizados en las «Declaraciones», que -en traducción castellana- presentamos a continuación y para la que se ha procurado mantener la máxima fidelidad al texto, en desmedro -a veces- de una forma más pulida y de una sintaxis más elegante. Donde parecía oportuno, la forma de los nombres propios fueron actualizados.


DECLARACIONES HECHAS POR EL P. DON BATTISTA SORESINA

ACERCA DE LA VIDA Y MUERTE

DEL R. P. D. ANTONIO MARIA ZACCARIA

  [f. 1r]    El R. P. Don Antonio María nació en Cremona, de la noble familia de los Zaccaria. Era hijo único. Su padre se llamaba Lázaro. Su madre, Antonia, pertenecía a la noble familia Pescaroli de Cremona. Niño dotado de muy buena índole, aprendió santas costumbres, y se educó con mucho criterio, rehuyendo siempre todo tipo de liviandad. Estudió Filosofía y Teología en Pavía y en Bolonia[20], y se hizo sacerdote.

               La Condesa de Guastalla se lo escogió como Confesor[21] y también Maestro en el camino del Espíritu. El Padre guiaba también en la disciplina regular, además de la Condesa, a algunas jóvenes que la Condesa había reunido con el fin de fundar un monasterio[22]. Esta Señora acostumbraba residir en Milán en donde también vivía el Padre, quien al poco tiempo de permanecer en esta Ciudad, alcanzó fama de ser hombre de gran mérito y santidad. Era solicitado por mucha gente que lo buscaba para ser guiada en el camino del Espíritu. Algunos, animados por el deseo de alcanzar una mayor perfección, por consejo del Padre se decidieron a vivir en la Congregación bajo su cuidado y guía. Éstos fueron micer Bartolomeo Ferrari noble Milanés y Sacerdote, micer Jacobo Antonio Morigia también él noble milanés, micer Camillo de'Neri, micer Battista Soresina. Todos ellos recibieron el hábito clerical en 1534, mientras que micer Francesco Crippa, y micer Gianiacomo Casei, quedaron como laicos[23].

                La Condesa había adquirido algunas casas cerca de S. Catalina en la calle Rena con el fin de edificar un monasterio. Puesto que el lugar resultaba muy angosto, pensó buscar otro más amplio. A causa de esto, la Condesa cedió al P. [f. 1v] Zaccaria las casas de S. Catalina, para que las habitaran él y los demás de su Congregación. Dos años después, la misma Condesa compró las casas donde ahora está el monasterio de S. Pablo y vendió las de S. Catalina, y a los Padres hizo don de una casa de su propiedad en el barrio de S. Ambrosio Maggior, cerca de la capilla donde fue bautizado S. Agustín. En esta casa los Padres edificaron un Oratorio y fueron ordenados Sacerdotes Morigia, Neri y Soresina. En este Oratorio los Padres empezaron también a oír confesiones pero solamente de hombres y los días de fiesta hacían algunas pláticas y el concurso de gente aumentaba de día en día y era tanto el fervor, que el pueblo no salía de allí hasta que no empezara a anochecer. Del fruto de esas pláticas daban fe frecuentes y grandes conversiones. Esta costumbre se mantuvo hasta la muerte del P. Zaccaria que aconteció en 1540[24].

               Puesto que el P. Zaccaria se encontraba muy ocupado en organizar convenientemente el monasterio de S. Pablo, en el que ya se habían congregado alrededor de 60 monjas, nombró como Superior de los Padres a Morigia, y como vicario a Soresina[25]. Sin embargo el Padre mantuvo la vigilancia de todo e instruyó en el gobierno a Morigia.

               El P. Soresina atestigua, che el P. Zaccaria era todo Espíritu; tenía iluminación del cielo para el discernimiento espiritual, y de esta manera les hablaba a los Padres, diciendo: «¡Preocúpense de éste!, y ¡dejen a ese otro!», poniendo en descubierto a los que no estaban allí para su aprovechamiento, o que acudían a los Padres más para criticar, que para edificación. Y todo lo que decía, no dejaba de cumplirse.

               A Soresina que se confesaba con él y que por respeto había ocultado en una confesión general cierto pecado totalmente secreto, el Padre que estaba por darle la absolución le dijo: «¿Acaso no cometió Ud. tal pecado?» [f. 2r] y de esta manera Soresina avergonzado y confundido hizo la confesión entera. Igual cosa le pasó en una confesión general a otro hermano lego de nombre Inocencio, según lo escuchó de él el mismo Padre Soresina[26].

               Era muy contrario a que se hicieran las cosas por costumbre[27] así que buscaba formas siempre nuevas para despertar el Espíritu, y recriminaba ásperamente contra el vicio de hacer las cosas por costumbre.

               En las pláticas espirituales era tan admirable que no sólo lograba enardecer a todos en el amor de Dios y en el deseo de la perfección, sino que aún hablando en general lograba hacer alusiones tan acertadas, que cada cual quedaba convencido y confundido de sus propios defectos.

               Un día, con ocasión de una conferencia espiritual que dio a las monjas de S. Pablo pidió cuenta a la Angélica Paola Antonia Negri, maestra de las novicias, acerca de qué clase de ejercicios había entregado a las novicias. Informado cumplidamente por ella de cada cosa, ordenó después a las novicias que cada una escupiera en la cara de la maestra, puesto que a causa de su gran tibieza y negligencia no habían sacado fruto de tan excelentes pláticas espirituales. Al resistirse aquéllas, al final con su autoridad las obligó a llenarla de escupos, quedando no menos mortificadas las novicias que la maestra, debido a que el Padre acostumbraba acompañar estas acciones con duras reprehensiones a las novicias[28].

               A causa de las acciones que el padre llevaba a cabo con estas monjas, no faltaron algunos que tomaron ocasión para calumniarlo como hombre falto de honestidad. Frente a esto, ese Padre se defendió diciendo que tenía tanta incluso como para convencerlos de su virginidad. Al darse la ocasión de ver el cadáver del Padre Fray Bautista de Crema, muerto ya desde hace algunos años, que se mostraba por devoción y al estar descubiertas las partes pudendas por habérseles consumido ya las vestiduras el Padre dijo: «Ha sido imprudente al no procurar cubrirse». Y en coherencia con esto, el P. Zaccaria después de seis o siete años de su muerte, al haber sido sepultado según suele hacerse vestido con las manos cruzadas, fue encontrado cubriéndose con una mano las partes pudendas[29].

               Cuando hacía las exhortaciones espirituales manifestaba un talento tan grande que aunque hablara [f. 2v] para la muchedumbre, sin embargo azotaba los defectos particulares de cada uno. Esto lo atestiguaron en múltiples ocasiones varios Superiores de distintos monasterios de Cremona, y decían que el P. Zaccaria en sus discursos condenaba a tal punto todas sus imperfecciones, que no hubiera podido conocer más aunque hubiera vivido 25 años junto a ellos.

               Había, en una Ciudad de Lombardía[30], un monasterio de monjas muy relajadas en el que también externamente se mostraban indicios de gran fatuidad, pues vestían de seda y se arreglaban las tocas con muy vana sofisticación y eran motivo de escándalo en muchas otras cosas. Éstas quedaron tan estremecidas por las frecuentes exhortaciones del Padre que prontamente dejaron el traje secular por el regular y, al reformarse en todo, volvieron a una vida religiosa verdadera.

               Advertía a sus hermanos que al convertir las almas procuraran mantenerlas unidas a Cristo Crucificado, y que no se preocuparan mucho de otras cosas, puesto que al enamorarse uno del Crucificado, después empieza por sí mismo a detestar y abominar de toda vanidad, delicias, soberbias y cualquier otra cosa que pueda oponerse a la buena disciplina cristiana.

               Era muy devoto y gran imitador del Apóstol S. Pablo. Tenía continuamente entre sus manos sus cartas y al leerlas, experimentaba un gran gusto. Las leía casi cantando. En escribir, tenía un estilo parecido al de S. Pablo. Sus discursos estaban elaborados y tejidos con doctrina y expresiones del mismo Apóstol, y por eso antes de morir se le apareció S. Pablo, según el mismo estando enfermo dijo al Padre Soresina, preguntándole si deseaba ir con él, a lo que el Padre contestó que con mucho gusto, y así se murió de esa enfermedad[31]. Tenía anhelos de escribir acerca de S. Pablo, mas se lo impidieron las continuas ocupaciones y la muy temprana muerte.

               Además de la doctrina de S. Pablo, apreciaba mucho las "Collationes" y otros tratados de Juan Casiano y los utilizaba frecuentemente en las conferencias espirituales, mandaba leer algo de él, y sobre él platicaba con [f. 3r] extraordinario provecho por parte de todos.

               Este Padre se mostraba tan admirable en esas conferencias, no sólo por la gran eficacia en el hablar, pues parecía hecho todo Espíritu, sino que además era muy conceptuoso, tanto que de vez en cuando se paraba para escoger, entre las muchas ideas que le afloraban a la mente, las más útiles y adecuadas a la ocasión.

               Según atestiguan quienes tuvieron trato con él, este Padre cultivaba hasta tal perfección todo tipo de virtud, que nunca pudieron descubrir en él el más mínimo defecto. A pesar de que mostrara siempre una cara radiante y alegre jamás fue visto reírse. Nunca se le escuchaba pronunciar palabra ociosa, y menos aún razonar de cosas mundanas como sería de guerra etc.[32].

               No obstante fuera de complexión endeble por haber nacido de siete meses, era muy sobrio; el alimento más delicado que comía era carne de ternero cocida; nunca se le vio comer carne asada o adobada de otra manera, ni tampoco aves etc.

               Los demás Padres no comían otro tipo de carne más que criadillas y la que queda pegada a la piel que se lleva a curtir y que a veces comía también el mismo Padre[33].

               Acerca de la comida o del vestir, jamás manifestó cuidado alguno, ni tampoco se le escuchó quejarse de algo. Vestía humildemente trajes sencillos de color castaño oscuro de muy poco valor[34], y llevaba un birrete redondo. Durante algún tiempo usó ropa interior de color blanco, mas posteriormente la cambió en oscura. Por desagradables que fueran, tomaba los remedios, con tanta resignación como si fueran alimentos. Era amantísimo de la limpieza.

               Se mostraba muy tiernamente caritativo hacia todos. Empleaba con sus hijos palabras y modales muy afectuosos[35], mimándolos extraordinariamente y obligándolos, cuando era necesario, a tomarse ciertas holguras. Se hacía de verdad omnia omnibus. Con los espirituales discurría de alta perfección y mortificación; con las personas de otra clase, con militares, bravos, etc. razonaba de lo que les interesaba y poco a poco diestramente llevaba el discurso a su terreno. Esto hacía que su conversación sin diferencia alguna, fuera grata a todos y muy ansiada, y cualquiera que se acercase a él, no dejaba de marcharse muy edificado y sosegado.

               Su tan agradable forma de ser, iba acompañada por la debida gravedad y entrenaba [f. 3v] a sus hijos con grandes ejercicios de mortificación y dominio de sí mismos. Lo mismo hacía con muchos laicos, quienes, a pesar de su condición de seglares, por el buen ejemplo de los Padres y las exhortaciones se entregaban con gallardía a la mortificación.

               Y puesto que sería demasiado largo relatar todas las especies de mortificación que hacían esos primeros Padres, bastará con decir que al tener costumbre de vestir pobremente de color castaño oscuro, con hábitos muy ajustados y sin pliegues, con birretes redondos y en casa trajes de tela negra, cuando iban por Milán con esa indumentaria, todo el mundo les lanzaba por detrás gritos como si fueran locos, golpeando los trabajadores sus instrumentos sobre los bancos, envalentonando a sus hijos y a los demás: «Miren, miren a los Bagazos, a los "Scuratoni"[36]» y otras gracias parecidas como «Hipócritas, Gabazos» etc. A pesar de esos escarnios e agravios, los Padres se mantenían serenamente firmes, y con toda modestia recorrían las calles, alegres de sufrir vergüenza por amor a Cristo.

               Había que obligarlos casi por obediencia para que tomaran el necesario alimento porque al ser los manjares de muy mala calidad y por estar los Padres llenos de Espíritu, al sentarse a la mesa permanecían como extasiados sin tocar bocado, por lo que el Padre les ordenó que nadie sin permiso devolviera algo de su porción.

               Hacían muchas disciplinas tanto en público como en privado y quien más quien menos, según se lo consentía el Padre, utilizaba cilicios. De costumbre, en las fiestas, al terminar su servicio, cada uno se dedicaba a disciplinarse, o hacía cualquier otra cosa para oprobio de sí mismo. Había quien utilizaba la misma escudilla tanto para comer la sopa, que para beber, etc. Se mortificaban con silencio perpetuo, de tal manera que después de terminar el oficio matinal, pedían permiso únicamente para decir lo necesario. La mañana, terminado de comer, permanecían un rato conversando, después ya nadie oía palabra alguna. Entre ellos constituía falta grave decir «Quiero», «No quiero». Ponían el máximo esmero en mortificar la voluntad demasiado gallarda, por lo que cuando alguien se mostraba muy llevado a su idea, en ello especialmente era mortificado.

               El Padre Don Giovan Pietro Besozzi, a pesar de estar casado [f. 4r] y con hijos, hacía, con el consentimiento de su mujer, cualquier clase de intento para ser admitido en la Congregación. Los Padres juzgaron necesario someterlo a dura prueba. Seglar aún, fue enviado una vez a S. Ambrosio, vestido con humilde traje, a mendigar la limosna con un platillo en compañía de otros pobres. Otra vez fue a comprar pescado para llevárselo a la casa de unos parientes suyos[37].

               El Señor Baltasar de' Medici[38] -Gentilhombre muy vanidoso aunque muy distinguido, pues había servido al Cardenal de Trento como Caudatario- un día de fiesta, se tiñó monstruosamente la cara y después fue a ubicarse en la puerta de la casa de los Padres y así, cuando la gente entraba y salía, mirando un espejo se decía a sí mismo: «¡Contémplate qué hermoso eres!».

               Muchas otras mortificaciones parecidas hacían tanto los Padres como también las personas que seguían su disciplina.

               Muchos religiosos y seglares miraban con recelo a los Padres. Hubo un tal Fray Cornelio que explicando la doctrina en la Rosa[39], gastaba la mayor parte del sermón en hablar mal de los Padres, tildándolos de hipócritas; y calumniándolos de cualquier manera posible por su forma de llevarse, intentaba ponerlos en descrédito frente al pueblo. Un día, llevado por una excitación más grande que de costumbre en hablar mal de los Padres, después de haberse desahogado un rato, intentó persuadir al pueblo para que entrando con violencia a la casa de los Padres, la quemaran, diciendo que así harían un sacrificio agradable a Dios.

               Puesto que las persecuciones iban aumentando más de día en día, el P. Zaccaria reunió a todos los Padres y hermanos de la Congregación[40], y les habló con grandísimo fervor del bien de la mortificación, concluyendo que el Señor, para asegurar su viña, la rodeaba con un cerco de escarnios y vituperios; por lo que cada cual considerara en que quedarse: o perseverar o dejar la vida iniciada. Después de escuchar eso, todos se levantaron, y postrados en tierra declararon que estaban dispuestos a entregar su vida [f. 4v] por amor a Cristo.

               De esta manera, tanto por las públicas mortificaciones como por la malevolencia y maledicencia de muchos, se levantaron en Milán no pocas murmuraciones; en esto, una mañana en el Senado no se trató más que de tomar provisiones frente a tales novedades[41]. Los Padres tenían en su contra a casi todos los Senadores y las opiniones eran encontradas. Al final, después de todos, se levantó el Presidente Sacco y en respuesta a lo que los demás habían dicho, profirió esas palabras de la Sabiduría: «Hi sunt, quos aliquando habuimus in derisum» etc. De esta manera, por entonces y durante largo rato los Padres no sufrieron molestias.

               Esos primeros Padres vivían en extrema pobreza y en casa hacían uso de objetos muy pobres de piedra, madera y material parecido. En la Iglesia no se empleaba seda.

               En esto, en 1540[42], en Cremona, en donde de Guastalla al empezar la enfermedad se había hecho trasladar, a los 37 años de vida, vino a morir el P. Zaccaria, en el día de la Octava de los SS. Apóstoles Pedro y Pablo. Su muerte fue conforme a la vida de santo que llevó. Tuvo la visión de S. Pablo, según antes se dijo. Una persona que tenía fama de mucha santidad[43], después de su muerte alcanzó solamente exclamar por el dolor: «¡Oh Cremona, si supieras quien ha muerto!».

               El P. Don Battista no pudo llegar a Cremona sino el día antes de su muerte, por lo que acerca del fallecimiento de este Padre no recuerda más.

               Después de su muerte, Cremona entera concurrió a verlo, besarlo etc. El obispo de Cremona quiso hacerse presente en sus exequias[44].

               Después fue llevado a Milán en S. Pablo. Al pasar por Castione[45], el Párroco con todo el pueblo fue a su encuentro llevando antorchas encendidas y lo acompañaron a la Iglesia, donde cantaron en su honor el oficio de difuntos.


NOTAS

T   [1]    El documento se encuentra en el Archivo Histórico de los Barnabitas en Roma, indicado N.a.4., y está formado por 4 hojas escritas en las dos caras.  

T    [2]    Cfr. CAGNI GIUSEPPE, Gaetano Bugati e le «Attestationi» del Padre Battista Soresina: un importante documento ricuperato alla storiografia barnabitica, in «Barnabiti Studi» 11(1994), pp. 7-74. El texto de las «Attestationi» con sus respectivas notas, ocupa las pp. 58-74.  

T    [3]    El texto fue conocido y utilizado (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., pp. 46-54), tanto por nuestros primeros historiadores, es decir, el P. Bascapé, como por el P. Mazenta y el P. Tornielli.

T    [4]    Redactadas no a finales del siglo XVII, según pensaba Gaetano Bugati (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 46), sino más bien del     siglo XVI, como demuestra, sobre la base de argumentos de crítica interna, el mismo P. Cagni.

T    [5]    Escritas en Milán, con toda probabilidad entre los últimos dos meses de 1597 y los primerísimos del siguiente (cfr. el proceso demostrativo que lleva a cabo CAGNI GIUSEPPE, art. cit., pp. 54-57), por el P. Benedetto Corte, encargado por el P. Gabuzio para que interrogara al P. Soresina ya muy anciano.

T    [6]    En las pp. 11-34 del art. cit., el P. Giuseppe Cagni traza un apasionado, pero riguroso perfil crítico tanto de la figura humana y cultural del Canónico Bugati, -no sólo cuidador solícito de la memoria histórica de la Iglesia, sino también de los derechos de la misma frente a las arbitrariedades de autoridades protervas, malintencionadas y codiciosas-, como del rol protagónico que desempeñó en la recopilación e interpretación de gran parte de la documentación utilizada en los Procesos canónicos que condujeron a la Canonización de San Antonio María. El Canónico Bugati, según se dijo anteriormente (cfr. nota 4), consideraba las «Attestationi» un «centón» (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., pp. 53-54), falsamente atribuido a Soresina y redactado -a finales del siglo XVII- empleando tanto datos proporcionados por otros historiadores como algunas «oscure e mal congegnate tradizioni» que circulaban en esos tiempos.

T    [7]    Cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 35., que cita una escritura notarial en el que el entonces Melchiorre -éste era, pues, su nombre de pila, modificado después, como era costumbre entre los primeros barnabitas al recibir el hábito de la Congregación, en Battista- Soresina aparece como pro-notario.

T     [8]    Cfr. S. ANTONIO M. ZACCARIA, Gli scritti, Roma, 1975, pp. 67 y 75-79. A las dos indicadas, se suma una tercera (cfr. ibid., p. 61), dirigida a «Messer Giacomo Antonio [Morigia], Messer Battista [Soresina] con gli altri tutti».    

T     [9]    Sin ser todavía formalmente barnabita, Soresina (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 36 y nota 134), ya formaba parte del grupo que rodeaba al Fundador y estuvo presente en el momento en que Antonio María pronunciara el famoso discurso de 4 de octubre de 1534, según el mismo Soresina cuenta en las «Cronachette» A y C, fuentes a las que han acudido todos nuestros historiadores.

T    [10]    De hecho (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 36), nada más enterarse -en Milán- de la gravedad del estado de salud del Fundador, quien entonces se encontraba en casa de su madre, en Cremona, el P. Soresina -junto con el P. Bartolomeo Ferrari- viajó apresuradamente, para estar cerca de Antonio María. Los dos Padres llegaron a tiempo como para recoger las últimas recomendaciones del Fundador y acompañar, después, sus restos a Milán.

T    [11]    Según expresa el mismo Antonio María (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 35 y nota 133), en una carta dirigida al P. Morigia (cfr. S. ANTONIO M. ZACCARIA, Gli scritti, cit., p. 77), en fecha 11 de junio 1539: «Messer Battista, al quale ho dato in cura tutto quel tesoro che io ho nelle mani».

T    [12]    Función que cumplió (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 36 y 39), desde 1542 hasta 1579. En la práctica, su tarea implicaba llevar el peso de toda la organización material y el buen funcionamiento de la vida comunitaria.

T    [13]    Nacieron entonces las dos famosas y preciosas «Cronachette», la A y la C, fuentes de inestimable importancia que recogen hechos y noticias de los principales acontecimientos de los cohermanos. Sobre su redacción, cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., notas 140-142.  

T    [14]    Allí el P. Soresina permaneció entre 1545 y 1551 (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 38 y notas 146-151), para dirigir la misión que los Barnabitas tenían y donde los mismos se habían hecho cargo del hospital de la Misericordia y del instituto de la Piedad.   

T    [15]    Cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 39 y nota 154. 

T    [16]    Sobre las múltiples tareas que fueron confiadas al P. Soresina, cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., pp. 39-40.>

T    [17]    El P. Soresina sirvió al santo arzobispo de Milán (para los detalles, cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., pp. 41-42 y notas 175-177), en la ciudad, como confesor y en la diócesi, como reformador y visitador de monasterios masculinos y femeninos.

T    [18]    En todos los anuales, hasta 1579, cuando los nuevos reglamentos establecieron que los Capítulos Generales scelebraran cada tres años. Aún así, estuvo presente en los Capítulos de 1582, 1588 y 1591.

T    [19]    Testigo privilegiado de los acontecimiento de la primera generación barnabita y compañero de sus protagonistas, a él acudían -naturalmente- los barnabitas de las nuevas generaciones, deseosos de informaciones de primera mano, que generosamente les entregaba el anciano y venerable Padre. Así lo hicieron (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 44), tanto Bascapé en 1592 cuando escribió su De spiritualibus trium Patrum Congregationis initiis; como Tornielli, cuando puso mano a su De' principij della Congregatione de' Chierici Regolari di S. Paolo Decollato.

T    [20]    De cierto (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 58, coment. 5-6), sabemos que el Fundador estudió Latín Griego, Medicina y Teología. El estudio de la Filosofía, Antonio María lo llevó a cabo junto con la Medicina, según resulta del cuadernillo de apuntes de filosofía averroista, tomados mientras cursaba esa carrera en Padua y posteriormente utilizado para escribir sus Sermones. El problema está en determinar con precisión dónde el Fundador estudiaría. Las investigaciones más recientes hace suponer que cursara los estudios de Latín y Griego en la misma Cremona, antes de octubre de 1520.  Para Medicina y Filosofía parece ya definitivo que Antonio María frecuentado la Universidad de Padua. Para la Teología, aún queda por aclarar si el lugar de estudio haya sido Pavía o Padua. De todos modos, parece que el Fundador no cursara estudios en Bolonia.

T    [21]    En esta función, Antonio María sucedió a Don Pietro Orsi, al fallecer éste en 1529.

T    [22]    Es el núcleo originario de Angélicas. Las primeras de ellas, tomaron los hábitos el 27 de febrero de 1536. Puntual registro de sus nombres, en CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 59, coment. 8-9.   

T    [23]    En el sentido de que (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 60, coment. 17-18) no recibieron ningun orden sagrado. De Caseis nunca fue clérigo, mientras que Crippa recibió la tonsura el día 23 de septiembre de 1531. Para la institución de los «hermanos conversos o coadjutores», inexistente en tiempos de Antonio María, habrá que esperar la decisión llevada a cabo el día 23 de noviembre de 1554.

T    [24]    En realidad, debería decir 1539. Comprensible «lapsus memoriae» por parte del P. Soresina quien, en el momento de la redacción de las «Attestationi», estaba muy adentrado en los ochenta años.

T    [25]    En realidad (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 62, coment. 34-36), el P. Soresina asumió como «vicario» al ser elegido al cargo de Superior el P. Bartolomé Ferrari, es decir, el 30 de noviembre de 1542.

T    [26]    Se trata (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 63, coment. 45-47) del Hermano Innocente Cermenati, quien fue protagonista también de otro episodio -narrado por el P. Innocenzo Chiesa- que merece la pena de ser recordado, puesto que refleja bastante el exigente estilo de vida que Antonio María pretendía de los suyos, y que le costó al Hermano Innocenzo -por dedicarse a hablar liviandades durante unas conversaciones domésticas- nada menos que un palmotazo en la mejilla que -sin mayores contemplaciones- le propinó el mismo Santo.

T    [27]    Mucho más expresiva la forma original, es decir, «a stampa», tan característica tanto de Fray Bautista de Crema como (quizás por herencia espiritual del mismo) de Antonio María. Ambos la utilizan en algunos de sus escritos (cfr. GENTILI A.M.-SCALESE G., Prontuario per lo spirito, Insegnamenti ascetico-mistici di sant'Antonio Maria Zaccaria, Àncora, Milano, 1994, pp. 317-318).

T    [28]    Parece que Antonio María (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 64, coment. 55-63) no desdeñara llevar a cabo gestos tan desconcertantes. Tenemos noticia también de otro análogo, protagonizado -y relatado también- por Bonsignor Cacciaguerra (cfr. PREMOLI ORAZIO, Storia del Barnabiti nel Cinquecento, Roma, Desclée, p. 477, cit. por CAGNI GIUSEPPE, ibid.).

T     [29]    Las palabras del P. Soresina pueden entenderse como un eco de las venenosas insinuaciones de las que fueron objeto tanto la Torelli y sus «angélicas» como, el mismo Antonio María. Insinuaciones que hicieron presa en algunos de los nuestros, incluyendo al mismo Padre Mazenta, quien, sin embargo, no tardaría en retractarse de ellas, una vez apaciguado ya el ardor de la polémica acerca del primado en la fundación de la orden. Sobre todo ello, cfr. el largo comentario en CAGNI GIUSEPPE, art. cit., pp. 64-65, coment. 64-72.

T    [30]    La redacción original -corregida después- decía expresamente «In Vicenza». El monasterio al que se hace, inmediatamente después, referencia es (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 66, coment. 78-83), el de San Silvestro. De la reforma antoniana de estas monjas, habla también -en una de sus obras espirituales- Serafino Aceti da Fermo, canónigo lateranense, amigo de Antonio María y su compañero en los años de estudios universitarios.

T    [31]    Sobre la autenticidad de esta aparición (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 66-67, coment. 92-96), el parecer de todos nuestros historiadores es  unánime. Mas no todos concuerdan sobre el contenido de las palabras que intercambiaron los dos Santos.

T    [32]    Cfr. el episodio, anteriormente citado, del Hermano Innocente Cermenati.

T    [33]    Parece ser (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 68, coment. 115-117), que el mismo estilo de sobriedad alimenticia fuera compartido entre barnabitas y angélicas.

T    [34]    Textualmente: «...da 40 soldi al brazo».

T    [35]    Los historiadores insisten bastante sobre la delicadeza en el trato que solía emplear Antonio María, así como sobre la dulzura de su carácter. Valga como ejemplo por todos (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., pp. 68-69, coment. 124-126), el de la Angélica Anónima: «[era] Tan cordial y amoroso con todas, que muchas de las Madres que vivieron en ese tiempo han dicho que parecía se deshiciera en ternura para con cada una de ellas. Con frecuencia iba al monasterio; mas, puesto que no siempre tenía la oportunidad de conversar con cada una personalmente, porque habían crecido en número, no se resolvía en dejarlas [lit.: "non gli dava tuttavia il cuore"] sin antes haberlas visto a todas. Por esto, antes de marcharse mandaba tocar la campanita, y una vez reunidas, las saludaba afectuosamente, y las animaba con unas pocas palabras».

T    [36]    Posiblemente "Cuervos", apodo despectivo con que, a veces, se tilda a los curas. En nuestro caso, debido -quizás- a la manera con que iban trajeados y a la costumbre de ir en grupo como si fueran... una manada de "cuervos".

T    [37]    Puede fácilmente imaginarse cuánto le costaran al futuro P. Besozzi tales «humiliaciones», si sólo se piensa en el «status» social que le confería tanto el hecho de pertenecer a una familia de la nobleza milanesa, como el de ser notario público. También su esposa, Vienna Dati (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 70, coment. 162-167), se hizo religiosa e ingresó -naturalmente- en las angélicas.

T    [38]    Uno de los primeros «Coniugati» (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., pp. 70-71, coment. 168-173), colaborador de barnabitas y angélicas hasta la primera visita apostólica de 1552. A partir de entonces, pasó a formar parte del bando de la Negri. Este episodio manifiesta claramente el trato de exigencia que el Fundador mantenía tanto con sus religiosos, como con los laicos.

T    [39]    De apellido Balbo, era fraile dominico (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 71, coment. 174-181). La Iglesia a la que el texto hace referencia, es la de S. María de la Rosa, en Milán. Sin embargo, no era éste el único que tanto del púlpito como de cualquier otra cátedra, lanzara vituperios en contra de los nuestros, creando así ese ambiente de hostilidad que tantas aflicciones produjo a las primeras generaciones de barnabitas y angélicas.

T    [40]    Es el famoso discurso pronunciado por Antonio María el 4 de octubre de 1534, un día antes de que empezara el proceso organizado por la Inquisición milanesa -del que se habla en el párrafo siguiente- en contra de la condesa de Guastalla y de su compañía.

T    [41]    Este proceso (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., pp. 72-73, coment. 189-196), empezado según se dijo el 5 de octubre de 1534 en contra de la Torelli y de su grupo, fue suspendido -el mismo año- por falta de méritos, al descubrirse la inconsistencia de las sospechas y la falsedad de las acusaciones. Sin embargo, los mismos barnabitas solicitaron, muy oportunamente, su reanudación en 1536, y se concluyó -con sentencia absolutoria plena- el 21 de agosto de 1537. Lamentablemente, las actas de dicho proceso se han perdido.

T    [42]    En realidad, debe leerse 1539. Soresina repite aquí el mismo error de antes (cfr. nota 24).

T    [43]    Cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 73, coment. 199-204, quien entrega argumentos para sostener que dicho personaje respondería al nombre de Bonsignor Cacciaguerra, a diferencia de otros historiadores nuestros que opinan que debiera ser Fray Serafino Aceti da Fermo.

T    [44]    En realidad, según demuestra CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 73, coment. 207-208, Soresina confundió con el obispo Benedetto Accolti, ausente -por ese entonces- de su diócesi, a otro no bien identificado personaje mitrado.

T    [45]    Más propiamente, Castiglione d'Adda, feudo de los Pallavicino di Busseto, parientes de la Condesa Torelli (cfr. CAGNI GIUSEPPE, art. cit., p. 74, coment. 209-211), en donde -al parecer- Antonio María era bien conocido y apreciado.

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