BARNABÍTICA

                               

 

LA ASCÉTICA CASTRENSE 

EN ANTONIO MARÍA ZACCARIA [1] 

             

1.         La tipología de la vida humana percibida como lucha-combate-servicio militar, es decir, como realidad dramática, agónica, parece ser que deba hacerse remontar a una constante religiosa de carácter universal[2].

            De cierto, en contexto cristiano, podemos afirmar que ahonda sus raíces en ese inagotable caudal de reflexión antropológica que es el Antiguo Testamento, ya desde sus primeras páginas[3]. Sin embargo, la declaración más explícita, en este sentido, corresponde a la paradojal figura de Job[4]. De hecho, la imagen del protagonista de uno de los más cuestionados[5] libros del Antiguo Testamento, aparece constantemente como la de un «polemistés» (polemisthV) un guerrero que lucha para encontrar el significado de la existencia en su globalidad. La totalidad del libro de Job es, pués un canto -dramático por cierto en su constante provocación que aferra al lector desde el inicio y no deja de soltarlo por todo lo que le queda de vida- tanto a la miseria de la existencia, pero también del estupor de la fe[6].

            Con frecuencia, el Antiguo Testamento proporciona imágenes de Dios revestido con todos los atributos del guerrero[7].

            Que la misma tradición cristiana asumiera esa tipología agonístico-castrense ya desde sus primeras expresiones[8], y la incluyera dentro del acervo de paradigmas de empleo habitual para expresar la globalidad de la existencia, parecía -por su atractivo- un hecho casi inevitable, si sólo pensamos en el clima de osmosis cultural instaurado tanto con el Antiguo Testamento, como con la escuela filosófica estoica hacia la que el cristianismo primitivo no puede dejar de reconocer su deuda tanto lingüística como, sobre todo, temática, y que presentaba, entre muchas otras, una analogía acerca de la definición de la existencia humana.

            De hecho, son muchos los Padres de la Iglesia[9] que, imitando el ejemplo paulino, se sirven de dicha tipología al describir el sentido del vivir cristiano. Clemente Alejandrino[10] reconoce en la «prueba» y su consiguiente respuesta, es decir, la lucha, una exigencia irrenunciable para la vida del «verdadero gnóstico».

            Para Evágrio Póntico[11], maestro por excelencia del monaquismo oriental, en el proceso de crecimiento de la vida cristiana, las tentaciones lejos de disminuir, van haciéndose mayores y más sofisticadas.

            Según san Efrén, el simbolismo implícito en la descripción de la «panoplia» paulina, se precisa alegóricamente del siguiente modo: yelmo, esperanza; cíngulo, caridad; escudo, cruz; arco, oración; espada, palabra de Dios[12], iniciando así una lectura destinada a ser muy productiva en la literatura espiritual-ascética sucesiva, especialmente en época medieval.

            Sin embargo, es especialmente la espiritualidad monástica de oriente[13], con sus primeros padres entre los cuales descuellan Nilo, Juan Clímaco, Psiquio, Filoteo, la que hace de caja de resonancia de infinitas variaciones y de potente difusora de esta tipología espiritual-ascética, hasta transformarla -en la tradición oriental- en una especiie de «lugar común».

            No menos dispuesto a asumir este enfoque existencial se demostró occidente. Un nombre por todos: Prudencio y su epopeya alegórica sugerente ya en el mismo título: «Psychomachia», el poema más leído y más representado por la iconografía medieval[14].

            En esa misma línea, también el occidente medieval hizo propia[15] -desarrollándola hasta expresiones inimaaginables[16]- la visión de la vida cristiana en general y la religiosa en particular como un combate incesante contra el «antiguo enemigo»[17]. Favoreció esta transposición el clima cultural instaurado por una sociedad guerrera cuya ética, en la vertiente profana e institucionalmente consagrada[18], exaltaba sobremanera los valores militares, persistentes en el tiempo[19].

            Tampoco el Humanismo renacentista quedó inmune de experimentar el atractivo ejercido por la espiritualidad y la ascética castrense[20] que se manifiesta -en contexto laical- en la famosa obra de Erasmo de Rotterdam, es decir, el Enchiridion militis christiani (1503)[21], y que en ámbito religioso, es asumida -más o menos explícitamente- por todos los fundadores de congregaciones de clérigos regulares. Con relación a estos últimos, es fácil detectar come referente literario inspirador más que en la obra de Erasmo, la de Fray Bautista de Crema[22], verdadero «trait d'union» con la tradición espiritual medieval, cuyo espíritu -exorcizado de toda sospecha[23]- sobrevivirá en el Combate espiritual (1589) del teatino Lorenzo Scupoli, que se transformará -justamente- en un «clásico» de este tipo de literatura agonística.

 

2.         Tanto de Juan Clímaco, como de Juan Casiano[24] y en general de la literatura monástica «de combate», Antonio María -lo sabemos por cierto- era un asiduo frecuentador[25], seguramente introducido a ella y llevado de la mano por su maestro espiritual, Fray Bautista de Crema[26]. De hecho, los rastros de esa ascética castrense, como ha sido definida, vuelven -pues- a aflorar en no pocas páginas de los escritos del Fundador.

            «Es necesario luchar» observa el Fundador, escribiendo, en nombre de la Angélica Negri, al patricio veronés Francesco Cappelli, íntimo de Cayetano de Thiene. Sólo de esta manera, es posible alcanzar las metas establecidas, y después de haberse entrenado en la lucha, «no deben dejarse las guerras grandes por otras menores»[27]. Y Antonio María no deja de emplear la comparación del soldado para identificar a sus hijos: «No sería conveniente que bajo un jefe tan excelente [es decir, Pablo], se encontraran soldados viles o desertores»[28].

            De sus hijos, en general, Antonio María pretende que lleguen a ser «bien expertos en las batallas diabólicas»[29]. Sin embargo, será especialmente tarea del maestro de los novicios cultivar tal capacidad de discernimiento, puesto que está llamado a adiestrar a sus discípulos en la «espiritual pugna»[30].

            De nuevo vuelve -Antonio María- a emplear la terminología agonística, tanto en la organización de la lucha individual en contra de las propias inclinaciones defectuosas, como, en una lid que compromete la colaboración de todos, para lograr -exitosamente- la reforma de las costumbres.

            A los laicos, pues, llamados a llevar a la práctica su ejercicio de crecimiento personal, les recuerda que están llamados a «combatir y a vencer las pasiones»[31]. Por esta razón Carlos Magno deberá esforzarse para reconocer «el defecto y vicio que es el capitán general»[32], y se esforzará en aniquilarlo, «actuando de la misma manera como hace quien quiere matar al capitán del ejército, ubicado en medio de las huestes: procura observarlo continuamente y tiene siempre los ojos puestos encima de él como al más eminente, mientras va abriéndose camino hacia él, matando a cualquiera que se le oponga»[33].

            Para el reformador de las costumbres, actual y venidero, la lucha se revelará actitud inevitable. De hecho, «los tibios suscitarán crueles batallas contra los fervientes»[34], por eso, será menester que tal reformador actúe con discernimiento en el momento de elegir a sus colaboradores, puesto que «esta batalla», es decir, la de la reforma, «será la más difícil de todas»[35].

            A este propósito, Antonio María no deja de enfatizar que la mejor táctica para conseguir la victoria, a pesar de las persecuciones que, junto con las contrariedades, «aumentan la corona»[36], es la constancia y la audacia[37]. El que, pues, «a causa de las contrariedades o de la larguedad de la empresa» se acobardara, haría como si dejara ya «la victoria al enemigo, [incluso] antes de combatir»[38].

            En la perspectiva de lo que se ha someramente analizado, ¿quién podría negar la calidad de «arenga» de un gran «capitán» a la apasionada, cálida y arrojadora alocución del Fundador del 4 de octubre de 1534 con la que Antonio María enardece el ánimo de sus soldados para disponerlos nuevamente, después de la prueba, a soportar y superar futuras y quizás aún más duras batallas?

            Esta ascética de combate que caracteriza diversas páginas[39] del Fundador no dejará de tener su continuidad en nuestra tradición.

            Dos ejemplos pueden ser indicadores. El primero, el de la Angélica Negri, quien dirigirá muchas de sus cartas «a los generosos y magníficos hijos de Pablo santo que bajo su estandarte militan para Jesucristo»[40].

            El segundo, el de las Constituciones de 1579, en las que de los Barnabitas se dice: «Eo [=Pablo] quasi duce, Deo militare sunt professi»[41].

 

3.         No obstante los resquemores que hoy puede despertar[42], el enfoque de la vida cristiana bajo la perspectiva del «combate espiritual», del «agón» y su variada nomenclatura, no deja de mostrar su relevancia y permanente actualidad. Basta con sólo hacer referencia a la experiencia que el cristiano hace de su propia vida de fe en Cristo[43], destinada -de suyo- a una permanente confrontación con los «poderes» de este mundo, identificados en la «maléfica trilogía», es decir el demonio, el mundo y la carne por San Pablo, y en el mundo alienado de Dios y entregado a la autoridad del «jefe del mundo/orden este», cuyo principio inspirador es «el Enemigo», por la teología de Juan[44].

            Además, la identificación del cristianismo como religión de lucha[45], no deja de tener -incluso- sus bien convencidos profetas laicos[46].

            Puesto que no es una realidad estática, adquirida una vez por siempre y pacíficamente gestionada, también la perspectiva existencial cristiana como tal, tiene todas las características de cualquier otra expresión de vida.

            Es vida que viene experimentada en nuestra vitalidad existencial, hecha de pensamientos, de sentimientos, de actividades, de tendencias, de relaciones con los demás, con las cosas, con la sociedad, con el mundo, frecuentemente cargada de ambigüedad y sometida a la acción opacadora y empañadora de los «poderes». Y es contra ellos, en su amplísima y proteica gama de disfraces, que se dirige la lucha y se libra el combate.

            Antonio María intuye el significado de esta situación dramática y la hace suya. A este propósito, son múltiples los elementos que, en clave de propuesta espiritual y ascética, el Fundador proporciona como respuesta al dramático sentido de lucha que define el vivir humano.

            Dentro de los muchos que se podrían enumerar, destacamos uno, que posiblemente ni siquiera aparezca como uno de los más relevantes dentro del planteamiento ascético global del Fundador, pero que -a una lectura atenta- se revela de formidable poder catalizador de tantas otras «fichas» del «puzzle» espiritual-ascético que Antonio María va armando -de prisa- en sí, y proponiendo -utilizando esa admirable y realista pedagogía de la gradualidad- a sus hijos, y sí ciertamente determinante en la comprensión de cuál es el espacio primordial del que arranca todo conflicto y en el que se gesta todo combate, es decir, el corazón.

            En perfecta sintonía con la tradición bíblica[47] y coherente con su enfoque humanista[48], Antonio María, más que lanzarse a la estéril lucha contra las estructuras detrás de las que se ocultan los «poderes», se orienta a la reestructuración de una personalidad humana, cuyo centro es el corazón renovado[49].

            El objetivo de esta reestructuración es ciertamente ambicioso, pero insoslayable para dar coherencia a cualquier otro paso en el camino del progreso espiritual: devolver elocuencia al corazón[50], recuperar su función profética: «pregunta a tu corazón, y él te contestará»[51].

            La condición para que ello se verifique, la expresa en la frase: «Yo quiero tener siempre a Dios en el corazón»[52], que condensa el resultado final de un proyecto de lucha que deberá -por fuerza de cosas- pasar por la vía de la cruz, librar la batalla contra la tibieza y su cortejo de defectos, la búsqueda de la perfección, las pruebas, la dinámica entre el hombre interior y el exterior, temas todos de gran resonancia en el andamiaje espiritual y ascético de Antonio María.


NOTAS

     [1]       Los textos de San Antonio María se citarán de acuerdo a las siguientes ediciones: para las Cartas, S.A.M.Z., Le Lettere, Collana Spiritualità Barnabitica, 1, Bologna, 1952; para los Sermones, S.A.M.Z., I Sermoni, Collana Spiritualità Barnabitica, 2, Bologna, 1952; para las Constituciones, S.A.M.Z., Le Costituzioni, Collana Spiritualità Barnabitica, 3, Bologna, 1954. TEX

     [2]       Cfr. J. E. CIRLOT, Diccionario de símbolos, Editorial Labor, Barcelona, 41981, pp. 82-83. TEX

     [3]       Cfr. el destino del hombre -resumido en ese primer estadio de la reflexión religiosa sobre el hombre constituido por Gen 1-2-, cuya existencia asume la forma de un conflicto (cfr. P. GIRONI, Luce/Tenebre, en P. ROSSANO-G. RAVASI- A GIRLANDA, Nuovo Dizionario di Teologia Biblica, Edizioni Paoline, Cinisello Balsamo (MI), 21988, p. 857), en el que luz y tinieblas se enfrenta y donde sus opciones fundamentales vienen descritas a través de las imágenes vivas de las tinieblas (pecado y muerte) y de la luz (salvación y vida). TEX

     [4]       Cfr. Job 7,1. TEX

     [5]       Y, además, tan «escandaloso» en muchas de sus páginas, que despertaron y siguen despertando más de una perplejidad, hasta el punto que para rescatarlo de cierto ostracismo exegético, la tradición talmúdica oficial, no encontró mejor solución que atribuírselo al mismísimo Moisés.Como expresión de esta tradición, cfr. el Baba Bathra 14b, seq., seguida también (cfr.H. L. HELLISON, Job, en Nuevo Diccionario Bíblico, Buenos Aires-Barcelona-Downers Grove, 1991, p. 720), por muchos escritores cristianos primitivos. TEX

     [6]       Existencialista «ante litteram», Job fue -conviene recordarlo como ya lo hizo también G. RAVASI, Giobbe, en P. ROSSANO-G. RAVASI- A. GIRLANDA, op. cit., p. 634- uno de los libros bíblicos más leídos por S. Kierkegaard. TEX

     [7]       Cfr. M. LURKER, Dizionario delle immagini e dei simboli biblici, Edizioni Paoline, Cinisello Balsamo (Milano), 1989, pp. 20-21. 39-40. 42-43. 187. 197-198. TEX

     [8]       Cfr. S. Pablo en Ef 6,10-17 (los presupuestos véterotestamentarios de la nomenclatura pueden buscarse en Is, 11,5: la cintura; Os 6,5 e Is 59,21: la espada; Is 49,2; 59,17; Sab 5,18; 18,15-17: la coraza de la justicia. El mismo Pablo en Rom 7-8 reconoce en Satanás, el mundo y la carne, los «enemigos» que azuzan y sostienen las luchas que conforman el combate espiritual, desenmascarando, en plena sintonía con la teología joánica, toda su virulencia. TEX

     [9]       Entre ellos, sobre todo los exégetas, por ejemplo Jerónimo, Orígenes, Crisóstomo. Cfr. M. LURKER, o. c., pp. 20-21. TEX

     [10]     Cfr. Stromata, IV, 7,55,1. TEX

     [11]     Cfr. Praktika, 59. TEX

     [12]     Cfr. J. E. CIRLOT, op. cit., p. 83. TEX

     [13]     Especialmente (cfr. T. SPIDLÍK, Combattimento Spirituale, en Dizionario Patristico e di Antichità Cristiane, I, Editrice Marietti, Casale Monferrato, 1983, col. 741), la llamada «escuela sinaítica». TEX

     [14]     Cfr. J. FONTAINE, Prudencio, en Dizionario Patristico..., op. cit., II, col. 2949. TEX

     [15]     Ninguna época, afirma A. VAUCHEZ. La espiritualidad del Occidente medieval (siglos VIII-XII), Editorial Cátedra, Madrid, 1985, p. 52, ha tomado más en serio que la Edad Media la máxima evangélica: «El reino de los Cielos padece violencia». De hecho, toda la espiritualidad de la época feudal -sobre todo- se desarrolla dentro de un marco hecho de esfuerzo doloroso y de lucha denodada. TEX

     [16]     Basta recordar -como ejemplo peculiar de esta sensibilidad- la figura de aquel Santo Domingo «el encorazado» que, según dice A. VAUCHEZ, op. cit., p. 53, en su eremitorio de Fonte Avellana, no podía moverse sin clavarse en la piel placas metálicas llenas de clavos. Si bien tales expresiones asumen el cariz de formas extremas, no dejan de reflejar bien ciertas tendencia de la espiritualidad común. TEX

     [17]     La senda trazada por Prudencio, será retomada, ya en época carolingia, por Alcuino y Smaragdo, quienes concederán (cfr. A. VAUCHEZ, op. cit., p. 51), amplio espacio al tema de la sicomaquía. Los monjes celtas (cfr. G. PEPE, Introduzione allo studio del Medio Evo latino, I.S.P.I., Milano, 1942, p. 97), darán vida a un género literario: el de la «lorica» (la alusión al combate es evidente), hecha de fórmulas muy populares entre esos monjes, destinadas a poner el alma y el cuerpo del orante fuera de los peligros de Satanás, invocando todas las huestes angélicales. TEX

     [18]     Lo que los autores germánicos (cfr. A. VAUCHEZ, op. cit., p. 51), llaman Ritterliches Tugendsystem. TEX

     [19]     Para confirmarlo, es suficiente recordar que San Ignacio de Loyola -bien entrado ya el siglo XVI- llama oficialmente, utilizando la nomenclatura militar- «Compañía» a su familia religiosa, prolongando en el tiempo ese ideal de vida cristiana de la época feudal caracterizado por un estilo heroico hecho de esfuerzos extraordinarios, a imagen del caballero que -en perpetuo estado de beligerancia- debe superarse  realizando proezas siempre novedosas y cada vez más arduas. Cabe subrayar que el mismo término de «Compañía» es también empleado en nuestras primeras Constituciones (cfr. p. 23, 13; p. 24, 8; p. 28, 3; p. 38, 26). TEX

     [20]     Así la define J. M. MOLINER, Historia de la Espiritualidad, Editorial El Monte Carmelo, Burgos, 1972, p. 336. TEX

     [21]     Cfr. la edición preparada por A. ERBA, L'umanesimo spirituale. L'Enchiridion di Erasmo da Rotterdam, Editrice Studium, Roma, 1994. TEX

     [22]     Con su obra Cognitione et vittoria di se stesso, Milano, 1531. TEX

     [23]     Recordemos que la obra de Fray Bautista fue puesta en el Índice de los libros prohibidos... «donec emendentur», y allí quedaron, a pesar de tener sólo proposiciones equívocas pero no erróneas (cfr. A. GENTILI, I Barnabiti, Roma, 1967, p. 119), hasta la canonización del Fundador. "Todo su afán -afirma J. M. MOLINER, op. cit., p. 333- era llegar a un dominio total de las pasiones. Sus obras  son auténticos tratados psicológicos y ascéticos que se proponen este fin. Su optimismo y su fuerza de voluntad le hacen a veces despreciar la gracia, la ayuda de Dios. Cae, aunque inconscientemente, en una especie de semipelagianismo". TEX

     [24]     Y habría que añadir también (cfr. A. M. GENTILI, S. Antonio Maria Zaccaria, Appunti..., I, op. cit., p. 26) a otro autor monástico, es decir, el monje nestoriano Isaac de Nínive o de Siria (s. VII). TEX

     [25]     De hecho, de la Scala Paradisi de Juan Clímaco, el Fundador en sus escritos registra tres referencia explícitas (Lettere, p.103, 27; Sermoni, p. 105, 11; Costituzioni, p. 41, 10), mientras que de las Collationes de Juan Casiano, una (Costituzioni, p. 41,6). Sin embargo, las referencias implícitas o indirectas así como las analogías de pensamiento, son -con referencia a los dos autores citados- bastantes más, como puede verse en A. GENTILI-G. SCALESE, op. cit, índice. TEX

     [26]     Acerca de ello, cfr. A. M. GENTILI, S. Antonio M. Zaccaria, Appunti per una lettura spirituale degli scritti, I, Quaderni di Vita Barnabitica, 4, Roma 1980, pp. 25-26. TEX

     [27]     Lettere, p. 139, 19. TEX

     [28]    Sermoni, p. 163, 24-27. TEX

     [29]    Costituzioni, p. 60, 20. TEX

     [30]     Costituzioni, p. 69, 15. TEX

     [31]     Sermoni, p. 132, 26. TEX

     [32]     Lettere, p. 49, 5. TEX

     [33]    Lettere, p. 49, 11-17. TEX

     [34]    Costituzioni, p. 108, 9. TEX

     [35]    Costituzioni, p. 116, 17. TEX

     [36]    Sermoni, p. 158, 18. TEX

     [37]     Esta audacia es la que Antonio María exige de sus hijos, recurriendo a otra expresión mutuada de la jerga militar: «...spiegate le vostre bandiere». Cfr. Lettere, p. 64, 8. TEX

     [38]    Costituzioni, p. 109, 4-6. TEX

     [39]     Además de las indicadas, otras podrían verse, como por ejemplo, las que dedica a la «vittoria». TEX

     [40]     Cfr. A. M. GENTILI-G. M. SCALESE, op. cit., p. 73. TEX

     [41]         CONSTITUTIONUM LIBER PRIMUS, De Constitutionibus, Caput I. Cfr. la edición preparada por el P. GIUSEPPE CAGNI, Le Costituzioni dei Barnabiti, Firenze, 1976, p. 73, renglón 21. TEX

     [42]     Reparos que derivan de ciertas peligrosas tendencias irénicas presentes en la estructura eclesiástica orientadas hacia la presentación de un cristianismo meloso, conciliador y -en definitiva- renunciatario... De hecho (cfr. art. Mundo, en J. MATEOS-J. BARRETO, Vocabulario teológico del Evangelio de Juan, Cristiandad, Madrid, 1982, p. 215), entre el cristianismo y el mundo, la pacificación está reservada únicamente a la fase final del proceso de confrontación. TEX

     [43]     Simbólicamente expresada, por ejemplo, tanto en la liturgia bautismal como en la crismal, a través del rito de la unción. TEX

     [44]     Cfr. J. MATEOS-J. BARRETOS, op. cit., p. 213. TEX

     [45]     Cfr. G.VAN DER LEEUW, Fenomenología de la Religión, F.C.E., México, 1975, p. 573. TEX

     [46]     Basta recordar, dentro de la tradición filosófica existencialista española, el planteamiento que de ello hace Miguel de Unamuno en su estimulante y, en algunos aspectos, provocativa obra La agonía del Cristianismo. TEX

     [47]     El tema bíblico del «corazón» es, huelga decirlo, amplísimo y  muy matizado. Para lo que aquí nos interesa, como expresión de lo que es más profundo en el hombre, su ser interior, su yo, en oposición a lo que es superficial y aparente, cfr. 1Sam 16,7; Jer 23,16; Sal 22,27; Prov 15,11; 24,12; Rm 10,8ss; 2Cor 5,12. Como sede de la voluntad, de las decisiones en dónde el hombre determina lo que es y lo que será, elige su propio comportamiento, decide su acciones,y da sentido a su propia voluntad, cfr. Jer 3,10; Ez 11,19, Prov 4,20ss; Mt 5,8; Lc 21,14; Jn 13,2; 1Cor 4,7; 2Cor 9,7... TEX

     [48]     Sobre ello, y sus distintos matices, cfr. A. M. GENTILI, S. Antonio M. Zaccaria, Appunti per una lettura spirituale degli scritti..., op. cit., pp. 51-95. TEX

     [49]     Basta con leer lo que Antonio María, en el Sermón 2 donde habla de la «vida espiritual auténtica», dice y deja intuir acerca de la función del corazón, como «nicho ecológico» adecuado para el desarrollo de la auténtica vida espiritual. TEX

     [50]     Precisamente en la línea de lo que afirma otro de los autores monásticos frecuentados por Antonio María, San Bernardo (cfr. A. M. GENTILI, S. Antonio M. Zaccaria, Appunti..., I, op. cit., p. 24), cuando expresa la seguridad de que sus monjes: «In libro propriae experientiae et in corde magis quam in omni codice, fratres, puto vos legisse satis» (Ms. Auxerre 50, f. 139v, cit. por J. LECLERCQ, L'amour des lettres et le désir de Dieu, Initiation aux auteurs monastiques du Moyen Age, Les Éditions du Cerf, Paris, 1975, p. 241. TEX

     [51]     Sermoni, p. 27, 24. TEX

     [52]    Sermoni, p. 67, 11. TEX

 

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