
CAPITULO1:LLUVIA
Llovía. Era
un día frío, gris, triste. Habría sido frío, gris y triste
aunque hubiera lucido un sol radiante. Martha lanzó el ramo de
flores al agujero e inmediatamente empezaron cubrirlo con tierra.
Gotas de lluvia se entremezclaban con sus lágrimas nublándola
la visión. Lentamente el féretro quedó sepultado. Su mente
todavía no podía aceptar que John, su John, estaba muerto. Dios
mío, era tan joven. ¿Por qué, por qué, por qué
? No
hacía apenas un par de días que ambos habían hablado por
teléfono.
-"Mi mas sentido pésame".
Ya tenían fijada la fecha de la boda.
-"No somos nadie".
Habían pensado tener dos hijos. Un niño y una niña.
-"El Señor siempre se lleva a los mejores"
El niño se llamaría como su padre, Alfred, y la niña como la
madre de John, Anne.
-"No somos nadie".
¿Qué haría con el piso que habían empezado a pagar a medias?
-"Le acompaño en el sentimiento"
¿Por qué, por qué
? La cabeza le daba vueltas. No dejaba
de estrechar la mano de gente que le trasmitía sus condolencias.
La lluvia calaba hasta lo mas hondo de su alma inundándolo todo
con su fría humedad. Por un momento creyó que iba a
desvanecerse, pero una mano amiga la sujetó con fuerza
salvándola de las tinieblas.
-"Vamos hija, ya todo ha pasado. Volvamos para casa"
Martha se cogió del brazo de su suegra, Anne, (dios mío ya
nunca sería su suegra) y se dirigieron al lujoso coche de esta.
Carlo, el chofer y mayordomo, les abrió la puerta. El bueno de
Carlo, siempre tan solícito, siempre tan atento. Era evidente
que él también lo estaba pasando mal. Carlo llevaba sirviendo a
la familia de John Masterson desde que este no era mas que un
muchacho y ,como no había llegado a casarse, los Masterson se
acabaron convirtiendo en la suya propia.
Anne y ella pasaron al interior del cómodo vehículo.
-"A casa, Carlo".
El maduro chófer se dirigió con rapidez a la casa. A pesar de
la lluvia el tráfico era muy fluido. Quizá porque un domingo de
lluvia no era el mejor día de la semana para coger un coche en
Boston. Finalmente llegaron al hogar de los Masterson.
-"¿Quieres tomar algo, un café, un té?" - Preguntó
la madre de John.
-"Sí, por favor, un té. Necesito tomar algo caliente"
La joven periodista no podía dejar de admirar a Anne. Parecía
tan serena, tan entera. No daba la impresión de que al que
habían enterrado era a su hijo, su único hijo. Martha miró a
su alrededor. Por todas partes había fotos y trofeos de John. A
él le gustaba bastante hacer deporte. Según la opinión de su
novia, si se hubiera dedicado al baseball profesional habría
llegado lejos. Sin embargo prefirió dedicarse a escribir. John
tenía el don de la escritura, sabía plasmar en una página las
emociones de la misma forma que un pintor dibuja una obra de
arte. Martha dejó volar su imaginación, recordó los momentos
felices, las peleas, las reconciliaciones (sobre todo las
reconciliaciones). Parecía que en cualquier momento este iba a
entrar por la puerta sonriendo con aquella cara de niño travieso
y aquellos cabellos cuidadosamente despeinados. Pero sabía que
eso ya nunca sucedería, estaba en una pesadilla
de la que
nunca iba a despertar.
-"¿Uno o dos?" - preguntó Anne sonriente mirándola a
los ojos.
-"¿Qué?".
-"Terrones, hija. Azúcar. ¿Uno o dos?".
-"Uno, gracias".
Martha empezó a dar vueltas a la cucharilla. El suave tintineo
de esta al chocar con las paredes de la taza le relajaba. El té
estaba muy caliente. En silencio las dos esperaron a que se
enfriara. Finalmente, Anne , se bebió su taza , se levantó y
dijo.
-"Hija, si quieres puedes pasar la noche aquí".
-"Muchas gracias. Sí, eso es lo que haré".
-"Por cierto, Anne."
-"¿Sí, hija?"
-"Cuando muera quiero ser enterrada junto a John"
-"Por supuesto hija, pero aun queda mucho tiempo para
eso"
No sabía como había llegado hasta aquí. La habitación de John
estaba tal y como él la había dejado antes de su muerte. La
cama deshecha, la mesa de estudio llena de libros abiertos, las
ropas por los suelos, la ventana abierta
No dejaba de
entrar lluvia por esta. Una corriente de aire gélido cruzó la
habitación levantando todos los papeles. El viento hizo volar su
pequeño sombrero y despeinó su larga cabellera caoba. Cerró la
ventana y empezó a ordenar la habitación. Encontró el diario
de John tirado por los suelos. Sin saber muy bien lo que hacía
empezó a leerlo. Tantos recuerdos estaban encerrados en aquellas
páginas
"Hoy hemos salido de excursión al campo. Mi madre, Martha y
yo hemos disfrutado de un día espléndido. Cada día te quiero
mas, Martha. No puedo esperar el momento que nos casemos"
Una lágrima se escapó de sus ojos mojando la página del libro.
Casi podía sentir su aliento en su oreja y su voz susurrándole
al oído. Pasó varias páginas hacia delante.
"Esta noche he tenido una extraña pesadilla. Ahora casi no
la recuerdo. Solo me acuerdo de aquella mancha negra, borrosa,
maligna que me miraba con sus innumerables ojos
"
De un tiempo a esta parte John había empezado a sufrir de
pesadillas recurrentes. Se había vuelto arisco y siempre estaba
muy cansado. El médico lo achacó a un exceso de trabajo pero
este no pudo hacer nada cuando ,al cabo de unos días, su madre
lo llevó inconsciente al hospital. El doctor les dijo que había
sufrido un derrame cerebral. La medicina de los años veinte no
podía hacer nada por ayudarle.
"Hoy tampoco he podido descansar. El mismo sueño me
persigue una y otra vez. Yo corro por un largo pasillo con
extrañas inscripciones rúnicas en las paredes. Al fondo de
éste algo me persigue. Yo corro y corro y no me atrevo darme la
vuelta. Aun ahora que sé que estoy despierto la mano me tiembla
al escribir. Martha, mi amor, creo que me estoy volviendo
loco."
Martha quería dejar de leer aquellas páginas. Quería cerrar
ese libro y salir corriendo. Algo en su interior se rebelaba a
leer las confidencias de un muerto. Sin embargo, no podía dejar
de hacerlo.
"¿Cuándo comenzó toda esta locura? ¿Cuándo terminará?.
A la primera pregunta puedo responder, la segunda escapa a mi
control. Todo comenzó hace una semana cuando visité a mi primo
en Illsmouth (ver día 15). Allí entré en una tienda de
antigüedades y compré ese prisma. Ese maldito prisma. El dueño
me comentó que había pertenecido a la bruja Ana de Chateraine
en el siglo XIX y que lo utilizaba para ver el pasado. Como era
un bonito pisapapeles lo compré. El dueño sonreía de
satisfacción cuando me llevé aquel trozo de cristal."
John, pobre John, debí haberte hecho mas caso. Debí obligarte a
descansar. Debí haber hecho algo, algo, no sé. Siguió leyendo.
"Me lo llevé a casa y lo use de pisapapeles para que los
documentos que consultaba mientras escribía no se los llevara el
viento. En seguida me vino la inspiración. Mientras iba
escribiendo acudían a mi cabeza imágenes de otros planetas, de
estrellas lejanas, de civilizaciones desaparecidas, imágenes que
susurraban oscuros conocimientos prohibidos para el hombre.
Pronto me di cuenta que cuando me quedaba fijamente mirando el
prisma mi trabajo mejoraba. Llegó un momento en que me pasaba
mas tiempo concentrado en él que mirando la cuartilla que se
suponía debía escribir. Entonces empezaron las pesadillas. Al
principio no las di importancia. Lo achaqué a un exceso de
trabajo, pero después de varias noches teniendo el mismo sueño
he decidido dejar de escribir el libro y, sobre todo, deshacerme
de esa maldita antigüedad. Esta tarde lo tiraré al río.
22 Junio 1921
Gracias a Dios las pesadillas han terminado. Ayer lancé el
prisma al río. Por fin esta noche he podido dormir bien. No he
podido escribir nada pero me siento feliz y descansado. El tiempo
está empeorando, seguramente mañana llueva.
23 Junio 1921
Llueve. Hace un tiempo de mil demonios. Habíamos previsto salir
hoy de excursión pero no ha sido posible. Tengo un extraño
presentimiento. Sé que algo horrible puede pasar hoy.
Aquí acababa el diario. Martha cerró el libro y lo fue a
colocar en uno de los estantes. Algo tropezó contra su pie, tuvo
que agarrarse a la cama para no caerse al suelo. Miró hacia
abajo y ,debajo de un jersey gris de lana, encontró el objeto
que casi le había hecho caer. Era una especie de pirámide de
cristal de cuatro caras. Tenía sin embargo un color mate, casi
oscuro. Al mirar fijamente el prisma se adivinaba una extraña
forma verdácea en su interior, como si dentro del prisma
estuviera atrapada una voluta de humo. Cuando lo cogió, la joven
notó que la pirámide estaba fría. Mas que fría, estaba
húmeda. Se miró las manos y vio que las tenía completamente
mojadas.
-"Martha, Martha, Martha,
" - La joven creyó
escuchar un suave susurro. Miró a su alrededor pero no vio a
nadie.
En ese momento, cayó un rayo que iluminó súbitamente la
habitación. Durante ese tiempo, a Martha le pareció que algo,
desde el prisma, la estaba mirando. Tras el rayo, todo fue
oscuridad. Las luces de la casa se apagaron súbitamente. Miró
fuera, por la ventana. Parecía que todo el alumbrado de la
manzana se había visto afectado por el rayo.

CAPITULO2:TORMENTA
Corría. Corría sin
dirección y sin rumbo fijo. El corazón le latía aceleradamente
y parecía que sus pulmones iban a estallarle del esfuerzo. Los
ojos le lloraban y un punzante dolor amenazaba con atravesarle el
diafragma. Aquí y allá se veían caer relámpagos acompañados
de truenos de gran potencia. Los rayos, empero, tenían una
cualidad anormal, inhumana, extraterrestre. Quizá fuera por el
fuerte olor a ozono que desprendían o quizá por ese color que
tenían que era indescriptible, ora anaranjado, ora violáceo.
Aunque probablemente lo mas aterrador de estos rayos era el
sonido que dejaban tras de sí. El estruendo era ensordecedor,
como el de una gran campana que estuviera tañendo a muerto.
Martha volvió la cabeza. De nuevo observó a aquella
monstruosidad. El ser la observaba con un millar de ojos
malignos. Era una obscenidad globulosa, babeante, tentacular, con
bocas deformes que escondían lujuriosas lenguas y afilados
dientes. El monstruo se acercaba flotando lentamente. No importa
cuánto corriera ella, el ser acortaba distancias de forma
implacable. La joven tropezó con algo cayendo al suelo. Aquella
cosa deforme se relamió sus múltiples bocas y se lanzó a toda
velocidad contra ella. Martha gritó con todas sus fuerzas, no
podía soportarlo más. Sin que se diera cuenta algo le agarró
por el hombro.
-"Martha, hija, despierta. Estabas gritando"
Anne la miraba sonriente. Tenia puesto un antiguo camisón gris y
en su mano derecha portaba una vela. Su larga melena cana le
caía por la espalda desordenadamente. Solo unas pequeñas
arrugas sobre su frente revelaban su preocupación. En la
lejanía se seguían escuchando los truenos, parecía que la
tormenta se iba acercando.
-"Ha sido una pesadilla, igual que las que tenía John"
- Comentó Martha entre jadeos entrecortados.
Su corazón le latía a toda velocidad, estaba sudando y le
dolían todas las articulaciones. Le costó unos segundos
situarse. Estaba tumbada en la cama en su habitación. Sobre la
mesilla de noche, el diario de John. Sobre este, el prisma
misterioso. ¿Cómo había llegado a parar ese objeto ahí?
Creía que lo había dejado en el cuarto de John. Sin duda lo
habría traído sin darse cuenta.
-"Bueno, ya todo ha pasado. Duérmete pequeña, hoy ha sido
un día muy duro para todos".
Anne abandonó la habitación sumiéndola en la oscuridad. Martha
se quedó embobada mirando la pirámide de cristal. Esta brillaba
tenuemente con luz propia. Pronto toda la habitación quedó
envuelta del misterioso halo del prisma.
-"Martha, Martha, Martha,
"
-"¿Eres tú, John?"
De nuevo aquella voz grave, susurrante, hipnotizadora. Cogió el
prisma, ahora suave y cálido al tacto. Su contacto la relajaba.
Sin embargo no podía dormirse. La pesadilla le había desvelado.
Lentamente se sintió trasladada a otro lugar, fuera del tiempo y
del espacio. Un lugar donde las leyes físicas carecen de
sentido. Flotaba sobre un paraje extraño. Arriba, unas lunas
azules colgaban inertes de un cielo anaranjado. Abajo, una ciudad
de edificios de piedra reposaba sobre un suelo amarillo. Un
enorme zigurat se alzaba en el centro de esta.
-"Martha, Martha, Martha,
"
Aquella voz insinuante le atraía inexorablemente hacia el
zigurat. Poco a poco se fue acercando a este
-"¡Vamos, perezosa, a levantarse!".
Martha dio un salto de la cama del susto. Allí estaba Anne
vestida que estaba subiendo las persianas. Era de día pero las
nubes de tormenta tapaban el sol. De vez en cuando un relámpago
rompía el monótono susurro de la lluvia.
-"¿Ya es hora de desayunar?". Preguntó Martha.
La joven periodista no podía creerlo. Había perdido
completamente la noción del tiempo.
-"¿Desayunar?. Te he dejado descansando toda la mañana. Es
hora de comer."
Martha se levantó de la cama y lentamente comenzó a vestirse.
¿Cómo era posible que fuese hora de comer? Anne le ayudó a
vestirse mientras le observaba con preocupación. Después de que
se vistiera, Anne dijo.
-"Hija, esta tarde te llevaré al médico".
Martha había perdido el gusto por la comida. Todo le sabía a
polvo. Se sentía mareada y deprimida. Mas que eso se sentía
agotada. Notaba que el aire le faltaba y sus piernas estaban
doloridas, como si hubiera echado una larga carrera. Al terminar
de comer volvió a su habitación. Cansada, se echó sobre la
cama. En ese momento la pirámide comenzó a brillar y un frío
sepulcral invadió el cuarto. La joven periodista se quedó
mirando el extraño trozo de cristal hipnotizada por el suave
color azulado que despedía. De nuevo, Martha notó como su alma
abandonaba su cuerpo para entrar en un lugar prohibido para el
hombre
De repente se vio delante del zigurat de piedra. Dos grandes
colosos guardaban la entrada a la estructura. Las estatuas
representaban horribles seres antropoides con garras en vez de
manos y cuyo rostro estaba plagado de tentáculos. Martha
escuchó un suave murmullo a su espalda como de mil voces
ahogadas. Inmediatamente se dio la vuelta y vio que la Criatura
Con Un Millar de Bocas estaba allí esperándola. El ser sabía
que Martha volvería y estaba esperándola, relamiéndose con sus
múltiples lenguas negras. La forma bulbosa flotaba perezosamente
gozando del terror que inspiraba en la muchacha. Martha se lanzó
corriendo en dirección del zigurat cuyas puertas abiertas le
invitaban a entrar. Tras unos segundos de espera el monstruo se
lanzó volando tras de ella. La caza había comenzado.
Martha huía a lo largo de un amplio pasillo con extraños
relieves grabados por las paredes. Numerosas antorchas iluminaban
el corredor que parecía no tener fin. La joven miraba hacia
atrás constantemente y siempre veía cómo la maligna deformidad
acortaba distancias implacablemente. Llegó entonces a una
intersección y decidió cambiar de dirección. Después de la
intersección vino otra, y luego otra y otra. Siempre cambiaba de
sentido unas veces a la izquierda y otras a la derecha para no
dar vueltas en círculo. La periodista miró hacia atrás
sabiendo que la criatura estaría allí persiguiéndola, pero
esta vez no la vio. Tampoco escuchó el suave murmullo de las
bocas ni el ruido que hacía al desplazarse por el aire. En ese
momento, un eco se escuchó entre las piedras.
-"Martha, Martha, Martha".
Aquella voz grave y susurrante guió sus pasos a través del
laberinto de pasillos. Parecía que sus pies habían tomado el
control de su cuerpo y la dirigían a algún lugar misterioso. Al
final llegó a una amplia estancia tan alta que el techo quedaba
oculto entre las sombras. Numerosas columnas se alzaban a su
alrededor. Varios quemadores de incienso ardían con un fuego
verdoso en distintos puntos iluminando la cámara. Al fondo, un
altar presidía la sala. Sobre el mismo, reposaba un cuerpo
inerte.
-"Martha, Martha, Martha".
Sin saber muy bien lo que hacía se fue aproximando lentamente al
altar. Cuando estuvo lo suficientemente cerca echó a correr en
dirección a este. El cuerpo era de su amado John, que le llamaba
de mas allá de la tumba. Entonces sucedió lo inesperado, el
cuerpo de John se incorporó y abrió los ojos. Con una sonrisa
le dijo:
-"Por fin has llegado mi amor. Hace tiempo que te
espero".
Llena de felicidad Martha se echó a los brazos de su novio. Si
no hubiera estado tan cansada se habría fijado en el color de su
tez que era anormalmente pálido. Se habría fijado en el brillo
extraviado de su mirada, como la de un loco. Se habría fijado,
en suma, que la voz que le hablaba no era la de John sino la de
un millar de bocas susurrantes
La joven no tuvo oportunidad
de defenderse. Ante sus ojos vio como el rostro de su amado se
desfiguraba en una sonrisa burlesca. Una lengua alargada y negra
surgía del interior de una boca plagada de afilados colmillos,
le lamía el cuello y se metía por el interior de su vestido.
Quiso gritar, pero le faltaba el aire. Quiso correr, pero no
podía escapar del abrazo mortal del monstruo. Quiso despertarse
pero los ojos inyectados en sangre de la criatura la obligaron a
permanecer muda en el sitio, helada por el terror.
.

CAPITULO3:TEMPESTAD
Ni los mas viejos del
lugar podían recordar una tormenta tan violenta como la que
estaba viviendo Boston estos días. Los días y las noches se
sucedían sin apenas un signo que hiciera prever que el tiempo
iba a cambiar. De nuevo en el cementerio de Saint Mary Mead un
grupo de personas se reunían para celebrar el entierro de un ser
querido por la comunidad: la joven periodista Martha MacCallahan.
En primera fila los padres de la difunta y Anne Masterson daban
su último adiós a la joven promesa del periodismo cuyo dolor
por la muerte de su prometido había llevado a la tumba.
La ceremonia fue breve debido a la tromba de agua que en esos
momentos caía. Al concluir la misma Anne y los padres de Martha,
Alfred y Liz, se montaron en el coche de los Masterson y se
dirigieron a la mansión de Anne.
Alfred y su esposa no vivían en Boston, sino en el pueblo de
Burrows End del condado de Massachussetts, pero vinieron a
la capital tan pronto como recibieron el telegrama de Anne
anunciándoles la muerte de su hija. Aunque eran personas de
campo muy ocupadas en sus obligaciones no podían dejar de acudir
al entierro de su única hija. La madre de Martha, una mujer unos
cuarenta y cinco años, estaba física y espiritualmente
destrozada. Sus ojos eran dos torrentes de lágrimas que no
paraban de manar. Su esposo, aparentemente mas entero, trataba de
consolarla.
-"Es culpa nuestra, debimos haber estado a su lado cuando se
murió John. Si hubiéramos estado aquí para consolarla nada de
esto habría pasado". No dejaba de repetir la madre.
-"Pero sabes que no pudimos querida. Y aunque hubiéramos
podido venir eso no significa que hubiésemos evitado lo que
pasó. No puedes juzgarte por su muerte, amor mío".
Pero las explicaciones de su marido le sonaban vacías. Todo era
vacío, todo era hueco, nada tenía sentido. No era justo que una
madre tuviera que enterrar a su hija. En estos momentos deseaba
estar muerta, con gusto ella hubiera dado su vida por la de su
hija. Pero lo que no sabía la destrozada mujer era que sus
deseos de acompañar a su hija bien podían hacerse realidad muy
pronto
Por fin llegaron a la mansión. Alfred agradeció una vez mas a
la viuda Masterson que les dejara quedarse en su casa esta noche.
Los MacCallahan eran gente humilde y no tenían dinero para pagar
un hotel y tal como estaba el tiempo no era buena idea coger el
coche.
Afuera los rayos se sucedían con violencia. Dentro, el silencio
era aun mas ensordecedor. Los tres padres tenían sus
pensamientos en sus hijos recientemente fallecidos y durante la
cena se intercambiaron pocas palabras. No hacía falta hablar,
todos sabían lo que estaban pensando los demás sin necesidad de
articular palabra. Alfred, preocupado por su mujer, obligó a
esta a comer algo. Liz se negó en un principio, pero pronto no
tuvo fuerzas ni para discutir.
Finalmente los MacCallahan se retiraron a descansar. Había sido
un día muy duro para ellos y necesitaban ir a dormir. Alfred
cogió la mano de su esposa y juntos subieron las escaleras hasta
su dormitorio. Este era una amplia habitación con el suelo de
madera y una antigua cama de matrimonio con dosel que perteneció
a los padres del capitán Peter Masterson antes de su muerte.
Ahora Anne lo utilizaba como cuarto de invitados cuando venía a
visitarla algún matrimonio importante y, para la viuda
Masterson, los MacCallahan eran un matrimonio importante.
Lentamente Liz empezó a desvestirse con la ayuda de su marido, a
continuación se puso un camisón negro y se acostó en la cama.
Su marido se quitó la camisa y se metió bajo las colchas.
Alfred no tardó en quedarse dormido, quizá el sueño era un
mecanismo de defensa del hombre de campo para huir de la
realidad. Su esposa, sin embargo no tuvo esa suerte. En medio de
la noche, Liz escuchó una voz susurrante junto a su oído.
-"Elizabeth, Elizabeth"
La madura mujer se levantó del lecho. A la mañana siguiente, un
hermoso prisma piramidal se hallaba encima de su mesilla de
noche.
-"¿Qué tal te encuentras esta mañana Alfred?".
Preguntó Anne.
-"Mejor, gracias. Si Liz se encuentra con fuerzas hoy
regresaremos a casa".
-"Ya sabes que podéis quedaros tanto tiempo como queráis,
sois mis invitados. Por cierto ¿qué tal se encuentra
Elizabeth?"
-"No muy bien. No he podido hacer que se levantara, dice que
le duelen todos los músculos y que respira con dificultad. Debe
ser cosa de la lluvia, creo que ha debido coger un resfriado.
Aunque sigue lloviendo parece que la tormenta ha perdido
intensidad, yo confío en que se aclare pronto"
-"Tu esposa debe desayunar algo, no se puede pasar todo el
día sin comer. Yo misma le llevaré una bandeja. Tú no te
levantes" - dijo Anne al ver como Alfred se incorporaba -
" ya me encargo yo".
Anne abrió la puerta de la habitación con el pie mientras con
las manos sujetaba una bandeja en la que llevaba una taza de
leche, una copa con zumo de naranja, tostadas recién hechas, una
jarra de jalea y un plato con mantequilla. Sin muchas fuerzas Liz
le dirigió una mirada a su anfitriona.
-"Buenos días dormilona, aquí te traigo tu desayuno. Lo he
preparado yo misma y te lo vas a tomar todo o si no me sentiré
gravemente ofendida". - Dijo Anne con una sonrisa.
Liz se medio incorporó en la cama y, por no disgustar a su
anfitriona, empezó a comer, mas todo le sabía a polvo. Igual
que su hija, no hace tanto tiempo, ella había perdido el gusto
por la comida.
Anne paseó por la habitación mientras esperaba a que Liz se lo
terminara todo. No iba a permitir que Elizabeth enfermara por no
comer. En ese momento se percató de la pirámide de cristal
encima de la mesilla.
-"Vaya" - dijo hablando consigo misma - "La
hermana Constanze me pidió el otro día algún objeto para la
rifa benéfica y este pisapapeles antiguo parece bastante caro.
Ahora que lo pienso, no se qué hace rondando por toda la casa.
No hago mas que encontrarlo por todas partes. No podría
deshacerme de ninguno de los objetos de la casa porque todos
están llenos recuerdos pero esta pirámide no se de donde
demonios ha salido. Seguro que la hermana Constanze puede sacar
unos cuantos dólares de el"
Cuando Liz terminó de desayunar, Anne recogió la bandeja y se
llevó el prisma.
Al mediodía, cuando la hermana Constanze acudió a la casa de
los Masterson, Anne le entregó un donativo de mil dólares para
el nuevo hospital infantil y la regaló la misteriosa pirámide.
-"Muchas gracias, hemos pospuesto la rifa benéfica debido
al tiempo. Pero mientras tanto se lo daremos a la madre superiora
que se andaba quejando de que se le volaban los papeles. Que el
Señor se lo pague".
A la mañana siguiente la anciana madre Mary-Charity moría de
una embolia cerebral. Ese día sin embargo lució un sol
brillante.