Por: Dr.
Miguel Antonio Bernal
HACE HOY, 25 AÑOS…
La llegada del Sha de Irán a
Panamá, el sábado 15 de diciembre de 1979, fue recibida con desagrado por la
población panameña. A todas luces era una imposición del Gobierno
de Carter, aceptada con sumo agrado por Torrijos y su
gobierno.
Esta indebida intervención del Gobierno norteamericano
y el historial de crímenes que acompañaba al autotitulado "rey de
Reyes", fueron razón suficiente para que los panameños interpretaran su
presencia en nuestro país como de "visitante non grato".
Diversos comentaristas radiales expresamos nuestro
repudio a la presencia del Sha a través de la radio y
convocamos a una manifestación pacífica para el miércoles 19 ante
Los, entonces, mayores Julián Melo y Armijo se apersonaron para
comunicar que "por órdenes superiores la manifestación no podía
celebrarse". Se les solicitó que mostraran la orden legal que servía
de fundamento a la prohibición, al tiempo que se les respondió que, de acuerdo
con las normas constitucionales y legales, la manifestación pacífica podía
realizarse. Su sola respuesta, repetida varias veces, fue que eran
"órdenes superiores" y que si había manifestación, "pagarán las
consecuencias". Ante la clara y contundente amenaza de los
oficiales, se les manifestó que se consultaría con los presentes si la
manifestación se llevaría a cabo o no y que se les transmitiría de inmediato la
decisión.
El numeroso público ya para entonces reunido, reiteró
su decisión de marchar pacíficamente, pero se acordó retardar la salida de la
manifestación y mientras se iniciaba la misma, colocarnos todos en la calle
para ir organizándonos.
No bien habíamos empezado a hacerlo, se dejó oir el ruido ensordecedor de más de 20 motocicletas, al
tiempo que las mismas avanzaban hacia el público. Como consecuencia se
produjo el pánico y los manifestantes corrieron hacia las aceras. Las
motocicletas se detuvieron a escasos metros de dónde yo me encontraba. Megáfono
en mano, caminé hacia los guardias con el propósito de parlamentar. En
fracciones de segundo, con una ferocidad inaudita, manguera en mano y
vociferando un torbellino de vulgaridades y a los gritos de:"Aquí está
Bernal, pegale, matalo",
los motociclistas se me echaron encima apoyados por numerosos G-2 y otra serie
de elementos armados y en civil. Unos a otros se empujaban para poder
golpearme. Los manguerazos, puñetazos, puntapies,
cayeron sobre mí con furia brutal. Eran demasiados, era una mancha
inmensa con uniformes y mangueras que golpeaba y golpeaba sin ningún escrúpulo,
que levantaba a su víctima cuando caía para seguir golpeándola, que la
arrastraba de un lado a otro impacientemente sin dejar de agredir una sola vez
por todo el cuerpo.
La brutal golpiza alcanzó también a Victor
Navas King, quien intervino en forma desesperada para
tratar de sacarme del círculo mortal, como también lo hiciera Doña Elvia Lefevre de Wirz y otra dama desconocida. A lo lejos se
escuchaban los gritos del público indignado e inerme que se confundían con las
voces de los verdugos que repetían hasta el cansancio: "¡Pégale,
Mátalo!". El más feroz de todos era el que comandaba la agresión y
que luego se supo era conocido con el significativo apodo de
"Sangre".
Luego, en estado de inconciencia se me condujo al
Cuartel Central y mucho tiempo después, al Hospital Santo Tomás dónde los
médicos de ese centro me dieron, durante varios días, la asistencia médica que
me salvaría la vida.
La represión violenta que aquí narramos no fue,
lamentablemente, un hecho aislado que pueda archivarse en la memoria por
indiferente que se quiera ser. Fue un capítulo que años más tarde se repetiría,
con igual o mayor crueldad, contra numerosas víctimas.
Los responsables directos de la agresión fueron
debidamente denunciados públicamente por mí en numerosas oportunidades y,
finalmente, ante las autoridades judiciales en
Hace veinte años en un escrito público sobre este
mismo hecho, me preguntaba si la impunidad que reinaba entonces sería igual en
el futuro. La respuesta es obvia. Doloroso es constatar que aún no hay jueces
en Berlín.