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Hospitalizaci�n a Domicilio: concepto y actividad |
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La Hospitalizaci�n a Domicilio (HaD) es un modelo asistencial capaz de dispensar en su casa, un conjunto de cuidados m�dicos y de enfermer�a de nivel hospitalario a pacientes que, sin precisar de la permanencia f�sica en el hospital, necesitan atenci�n de una intensidad tal� que supera la capacidad asistencial del Equipo de Atenci�n Primaria. |
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La� HaD que inicialmente surgi� como una v�a de reducci�n de estancias hospitalarias y por tanto de costes[i], ha demostrado adem�s ser un sistema capaz de mejorar la calidad de la asistencia por realizarla de un modo personalizado en el entorno familiar y social� del enfermo[ii], lo que es especialmente beneficioso para aquellos pacientes que ingresan en el hospital con mucha frecuencia, de ah� que en la mayor�a de las unidades existentes en Espa�a,� se asista a enfermos con patolog�a cr�nica evolutiva y frecuentes reagudizaciones, en los que se busca evitar el ingreso hospitalario o reducir su duraci�n[iii]. De este modo, se obtiene un beneficio adicional al disminuir las posibles complicaciones directamente relacionadas con la permanencia en el hospital (delirio, infecciones)[iv]. |
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Los enfermos oncol�gicos, sobre todo durante la fase terminal, suelen presentar m�ltiples s�ntomas de origen multifactorial, lo que dificulta el mantenimiento de una situaci�n de estabilidad cl�nica y, por tanto, hace preciso un seguimiento pr�ximo, con frecuentes reevaluaciones y ajustes del tratamiento, que la HaD puede proporcionar en la propia casa del paciente. En� cuidados paliativos se considera el hogar como el primer lugar de cuidados, desempe�ando las instituciones m�s un papel de respaldo que de foco de la atenci�n[v], ya que, en general, el enfermo y sus cuidadores� prefieren permanecer en su domicilio durante el desarrollo de la enfermedad, siempre y cuando se les garantice una adecuada atenci�n sanitaria. |
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Adem�s de enfermedades oncol�gicas y cr�nicas agudizadas, podr�n ser tambi�n tributarias de HaD,� infecciones agudas, patolog�a neurol�gica vascular o degenerativa y un amplio abanico de procesos quir�rgicos. |
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En todos los casos, se debe cumplir la condici�n de que los cuidados a dispensar en el domicilio sean de una complejidad o intensidad tal que no puedan ser asumidos por el personal m�dico y de enfermer�a del Centro de Salud. Otras condiciones generales previas al ingreso en HaD son que el paciente y su familia acepten esta modalidad de asistencia, que el paciente disponga en su domicilio de apoyo familiar directo y que la casa del enfermo est� situada dentro del �rea de actuaci�n del equipo. |
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Aunque las distintas unidades existentes en Espa�a adaptan su cartera de servicios a las necesidades de su hospital, todas ellas tienen en com�n un esquema general de funcionamiento en el que la mayor�a de los pacientes han sido previamente ingresados en el hospital o evaluados en el servicio de urgencias hospitalario, aunque en ocasiones se acepten pacientes procedentes directamente de Atenci�n Primaria, tras mantener un contacto al menos telef�nico con el m�dico responsable del enfermo. |
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�La asistencia se basa en la realizaci�n de visitas programadas, m�dicas o de enfermer�a, con la frecuencia adecuada a la situaci�n cl�nica del enfermo, manteniendo simult�neamente un sistema de localizaci�n, con cobertura de festivos y fines de semana, en previsi�n de posibles urgencias. |
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Situaci�n terminal en HaD |
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Esquem�ticamente, podemos resumir la actuaci�n de la HaD en el paciente oncol�gico terminal en tres grupos de actuaciones: |
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1.-Control de s�ntomas f�sicos y/o ps�col�gicos. |
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Generalmente se trata de s�ntomas de dif�cil control que precisan de seguimiento pr�ximo con frecuentes ajustes de medicaci�n y cierta intensidad de visitas. Si se consigue el control de los s�ntomas que motivaron el ingreso, se eval�a la situaci�n general del paciente y si es previsible un periodo de estabilidad cl�nica, el paciente es remitido a su m�dico de familia para continuar tratamiento a su cargo. |
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2.-Seguimiento cl�nico y tratamiento de complicaciones evolutivas m�dicas o quir�rgicas. |
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�Los cuidados deber�n ser de comienzo precoz, a ser posible de desarrollo simult�neo con el tratamiento oncol�gico, por lo que muchos pacientes inicialmente podr�n ser tratados por su Equipo de Atenci�n Primaria, interviniendo la HaD en caso de descompensaci�n o aparici�n de complicaciones de cierta importancia, tratando de evitar el ingreso hospitalario; para esto es imprescindible la existencia de una buena comunicaci�n entre centros de salud, HaD� y servicios de Oncolog�a que permita una continuidad en los cuidados sin periodos de vac�o asistencial. |
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�En ocasiones, en enfermos evolucionados, la aparici�n de complicaciones cuyo tratamiento implica procedimientos no utilizados en atenci�n primaria o la inestabilidad cl�nica que hace necesario un seguimiento prolongado llevan a que el paciente sea derivado a HaD; es el caso de la antibioterapia intravenosa en infecciones, derrame pleural con toracocentesis en domicilio, ascitis con paracentesis evacuadoras e infusi�n de expansores plasm�ticos, sueroterapia y bifosfonatos en hipercalcemia, curas complejas de escaras o heridas ulcero-hemorr�gicas, etc. |
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3.-Atenci�n a la agon�a. |
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�Uno� de los objetivos de la HaD en la atenci�n al paciente terminal, es posibilitar que el exitus se produzca en el domicilio, si as� lo desean el paciente y su familia. Cuando el fin de la vida del paciente se aproxima, pueden surgir nuevos s�ntomas o empeorar los preexistentes y las necesidades de apoyo psicol�gico se intensifican, por lo que deberemos redefinir los objetivos y modificar el tratamiento, suspendiendo toda la medicaci�n que no tenga efecto sobre el bienestar inmediato del paciente con vistas a conseguir el m�ximo confort posible para el enfermo[vi].� En esta situaci�n, utilizamos la medicaci�n necesaria para controlar los s�ntomas por v�a subcut�nea, ya que generalmente el enfermo no es capaz de deglutir. A veces, los s�ntomas son tan intensos que� la �nica manera de controlarlos es la sedaci�n del enfermo para la que solemos utilizar midazolam subcut�neo asociado o no, seg�n la sintomatolog�a del paciente, a cloruro m�rfico, hioscina, etc. Durante esta fase final de la enfermedad, las necesidades de apoyo psicol�gico de la familia son m�ximas por lo que con frecuencia es necesario realizar m�s de una visita diaria al domicilio del enfermo. |
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Evidentemente, para poder llevar a cabo cualquiera de estas actuaciones en el domicilio, necesitaremos la colaboraci�n de los familiares del paciente, encabezados por el llamado cuidador principal o de referencia, que ser� nuestro interlocutor habitual en lo tocante al estado del paciente y al que deberemos instruir en t�cnicas b�sicas de cuidados[vii]. A fin de evitar una excesiva presi�n psicol�gica del cuidador principal le mantendremos continuamente informado de la situaci�n cl�nica, tratando de aclarar sus dudas y proporcion�ndole pautas concretas de actuaci�n en caso de posibles crisis. |
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Control del dolor en el domicilio |
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El dolor constituye uno de los s�ntomas m�s frecuentes de los enfermos oncol�gicos terminales y, sin duda, el� que m�s preocupaci�n y temores genera tanto en el paciente como en sus familiares. Sin embargo, debemos tener en cuenta que en la mayor�a de los casos el dolor f�sico es s�lo uno m�s de varios s�ntomas por lo que su alivio debe formar parte de un plan global de cuidados que incluya aspectos f�sicos, emocionales y sociales. En el desarrollo de este plan utilizamos esencialmente los mismos procedimientos que una unidad de cuidados paliativos hospitalaria aunque el hecho de que el paciente est� en su casa, sin la presencia continuada de personal sanitario, nos obliga a introducir algunas modificaciones. |
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En medicina paliativa existen una serie de pasos comunes a seguir en el control de cualquier s�ntoma[viii] que aplicamos tambi�n en el dolor: |
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1-. Evaluaci�n: |
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Antes de iniciar el tratamiento, debemos hacer una valoraci�n para determinar el tipo y la intensidad del dolor y los efectos f�sicos y psicol�gicos que produce en el paciente, lo que podemos recordar con las siglas MIR (Motivo, Intensidad, Repercusi�n). |
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En la evaluaci�n del dolor -o dolores, ya que a menudo coexisten varios diferentes- utilizamos� fundamentalmente la historia cl�nica y la exploraci�n f�sica, puesto que en medicina paliativa, y m�s al estar en el domicilio, los diagn�sticos deben ser preferentemente cl�nicos, tratando de evitar las exploraciones complementarias por las molestias que conllevan, a no ser que del resultado de una de ellas� dependa una modificaci�n sustancial del tratamiento. |
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Conocer la causa y el mecanismo fisiopatol�gico del dolor nos facilitar� el tratamiento y nos ayudar� a establecer la posible necesidad del uso de coadyuvantes, mientras que la determinaci�n de la intensidad del dolor nos indicar� el tratamiento analg�sico de inicio. La principal informaci�n sobre la intensidad del dolor ser� la� que nos d� el propio paciente, siendo conveniente el uso de alg�n tipo de escala para poder evaluar los cambios en la intensidad a medida que trascurre el tiempo. |
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Sabremos la repercusi�n f�sica del dolor preguntando por los cambios que ha originado en las actividades cotidianas y en el patr�n de sue�o y ello nos permitir� valorar al cabo de unos d�as la eficacia de las medidas que adoptemos. La situaci�n an�mica del enfermo act�a modulando la percepci�n de los s�ntomas f�sicos de ah� la necesidad de una evaluaci�n psicol�gica del enfermo (ansiedad, angustia, depresi�n...) que nos permitir� establecer si es necesario un tratamiento espec�fico. |
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2-. Plan de tratamiento individualizado: |
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Una vez obtenidos los datos anteriores establecemos un plan de tratamiento con objetivos concretos y m�todos de evaluaci�n de su consecuci�n. |
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Deberemos ser realistas al fijar los objetivos y establecer metas alcanzables; habitualmente� los objetivos ser�n progresivos y con frecuencia el primero ser� conseguir una noche de sue�o sin dolor. M�s adelante se tratar� de lograr el control del dolor en reposo y,� por �ltimo, el control del dolor en actividad. |
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La base fundamental del tratamiento ser� el uso de f�rmacos analg�sicos, a veces asociados a coadyuvantes, sin olvidar que en ocasiones existir� la posibilidad de actuar sobre la causa subyacente del dolor mediante� tratamientos� espec�ficos ( quimio, radioterapia, hormonoterapia, bifosfonatos...). |
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3-. Explicaci�n al paciente y cuidadores: |
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Intentamos promover la participaci�n activa[ix] del enfermo en el control del dolor, proporcion�ndole� informaci�n, en t�rminos comprensibles para �l, acerca del dolor y la estrategia de tratamiento. |
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Recordando que el enfermo se halla en su domicilio y que la administraci�n de f�rmacos no corre a cargo de un profesional, tomamos medidas destinadas a conseguir el cumplimiento del tratamiento completo y sin errores. As�, explicamos al paciente la finalidad de cada uno de los f�rmacos utilizados y el tiempo aproximado en que puede empezar a notar una mejor�a; comunicamos de modo tranquilizador los posibles efectos secundarios que puedan surgir, para evitar abandonos del tratamiento o incluso una nueva demanda de atenci�n al cabo de poco tiempo, y, como norma general, utilizamos tratamientos sencillos buscando f�rmacos de vida media larga que se puedan administrar en una o dos dosis al d�a. El paciente recibe el tratamiento por escrito y en �l van incluidas pautas de actuaci�n en caso de posibles crisis. |
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4-. Inicio del tratamiento: |
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En el tratamiento farmacol�gico seguimos el m�todo de la escalera analg�sica de la OMS[x] ( ver gr�fico, tomado de BMJ 1997; 315: 801-4) que ha demostrado su efectividad en cerca del 90 % de los enfermos con dolor oncol�gico y en m�s del 75 % de los enfermos con c�ncer terminal, y sobre cuyo uso podemos hacer las siguientes consideraciones: |
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Distinguimos dos tipos esenciales de analg�sicos: perif�ricos, inhibidores de prostaglandinas, y opioides, que act�an sobre receptores centrales espec�ficos y que a su vez se subdividen en d�biles y potentes. |
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La intensidad del dolor, nunca el pron�stico, nos dicta el analg�sico de inicio. La �nica referencia v�lida sobre la intensidad es la aportada por el paciente de donde se desprende la primera premisa para el uso de la escalera analg�sica que es creer la queja del paciente. |
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Podemos medir la intensidad de un modo fiable mediante el uso de escalas verbales o escritas que nos permitir�n clasificar el dolor como leve, moderado o severo. En caso de dolor leve comenzamos con un analg�sico perif�rico, si el dolor es moderado el tratamiento de inicio ser� el uso conjunto de un analg�sico perif�rico y un opioide d�bil y si el paciente refiere un dolor severo empezamos directamente con un opioide fuerte habitualmente asociado a un perif�rico puesto que de este modo obtendremos un efecto sin�rgico[xi]. |
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Siempre comprobamos que las dosis sean las adecuadas, evitando dosificaciones subterap�uticas, y que el intervalo de administraci�n sea apropiado, reloj en mano, en funci�n de la duraci�n de la acci�n de los f�rmacos, lo que constituye la segunda condici�n para el uso de la escalera analg�sica. |
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El opioide fuerte que� utilizamos en el comienzo del tratamiento es siempre morfina de liberaci�n normal por su r�pido inicio, su efecto predecible y su corta duraci�n de acci�n. |
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Al cabo de 24- 48 horas de tratamiento evaluamos la respuesta y si el alivio ha sido insuficiente, pese al uso correcto de los f�rmacos, ascenderemos en la escala, lo que representa la tercera norma para el uso de la escala, es decir, en caso de persistir el dolor progresamos, no sustituimos por un f�rmaco del mismo escal�n. Pasamos del primer al segundo escal�n asociando, no remplazando, un opioide d�bil al f�rmaco que estemos utilizando; en el segundo escal�n maximizamos las dosis de opioide d�bil o si ya estamos en dosis m�ximas sustituimos el opioide d�bil por uno potente. En el tercer escal�n la manera de progresar es aumentar la dosis de opioide potente. |
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No existe una dosis est�ndar de morfina sino que debemos titularla en cada paciente y as� establecer las necesidades de analgesia. El m�todo m�s sencillo, que ha demostrado ser seguro y efectivo, es utilizar una dosis determinada pautada cada 4 horas permitiendo tomas adicionales de la misma cantidad a demanda, con la frecuencia que sea necesaria, incluso a cada hora. Al cabo de 24 � 48 horas, reajustamos la dosis cada 4 horas seg�n la cantidad diaria que haya sido necesaria y repetimos el esquema anterior con dosis de rescate de la misma cuant�a hasta que se controle el dolor. |
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La dosis de inicio de morfina de liberaci�n normal ser� de 5 mg en aquellos pacientes que nunca hayan tomado opioides; si el enfermo� procede del segundo escal�n, es decir, ha recibido opioides d�biles, iniciamos con una dosis de 10 mg y, por �ltimo en aquellos enfermos que estuvieran a tratamiento con otros opioides mayores no recomendables en dolor oncol�gico[xii] (meperidina, pentazocina) comenzamos con dosis de 15-20 mg .[xiii] |
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Este esquema lo utilizamos siempre, independientemente del mecanismo fisiopatol�gico del dolor,� ya que una prueba terap�utica con opioides siempre est� indicada[xiv] aunque siendo conscientes de que en un porcentaje de casos podr� ser necesario a�adir coadyuvantes al cabo de unos d�as[xv] . |
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�Los coadyuvantes analg�sicos son f�rmacos con una indicaci�n primaria distinta del dolor� pero que son analg�sicos en algunas condiciones dolorosas. Generalmente son menos fiables que los opioides para �el dolor oncol�gico por lo que su uso s�lo debe plantearse despu�s que el tratamiento con opioides ha sido optimizado[xvi] y,� pese a ello, no se ha conseguido controlar el dolor o los efectos secundarios de los opioides son intolerables. |
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Sabemos que en el dolor neurop�tico, por met�stasis �seas y por distensi�n visceral la posibilidad de una respuesta pobre a opioides es mayor, por lo que en estos casos hacemos un seguimiento cercano, no retrasando el inicio de coadyuvantes si la respuesta ha sido insuficiente. |
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5-. Seguimiento: |
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Los pacientes con enfermedad avanzada pueden necesitar cambios continuos de dosis, pero en muchos otros casos existe un periodo de estabilidad de semanas o incluso meses en los que s�lo son precisos ajustes peque�os. Una vez transcurridas� 24 - 48 horas con� el dolor controlado, buscando una mayor comodidad en el tratamiento, cambiamos a morfina de liberaci�n controlada en una o dos administraciones al d�a, o bien iniciamos fentanilo transd�rmico. |
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Sea cual sea la opci�n elegida, siempre realizamos una evaluaci�n continuada del dolor y de la eficacia de su tratamiento y proporcionamos al enfermo medicaci�n adicional e instrucciones precisas sobre como utilizarla, para atajar los posibles episodios de dolor irruptivo - exacerbaciones transitorias de un dolor basal controlado que pueden surgir espont�neamente o en relaci�n con una actividad espec�fica - ya que la morfina de liberaci�n controlada y el fentanilo transd�rmico no ser�n �tiles por su lentitud en hacer efecto. Habitualmente utilizamos morfina de liberaci�n� normal cuyo inicio de acci�n por v�a oral se produce al cabo de unos 30 minutos; la dosis� de rescate var�a en funci�n de la dosis de mantenimiento y ser� la equivalente a 1/6 de la dosis total diaria de morfina oral. Recientemente se ha comercializado en Espa�a citrato de fentanilo para administraci�n transmucosa oral que se caracteriza por su rapidez de acci�n y est� espec�ficamente destinado para el� dolor irruptivo en cuyo tratamiento se ha mostrado efectivo[xvii]; en este caso no existe relaci�n entre la dosis basal y la de rescate por lo que esta �ltima debe ser titulada. |
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Llamamos dolor al final de dosis a� aqu�l que reaparece de un modo consistente al acercarse la hora de la siguiente toma de opioide; cuando aparece, aumentamos la pauta regular de opioide en un 30-50 %; este ajuste tambi�n puede ser �til en aquellos casos con varios episodios diarios de dolor irruptivo. |
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El control de los efectos secundarios es fundamental en el seguimiento ya que pueden hacer fracasar un tratamiento por otra parte bien establecido. Existe una gran variabilidad individual y en el tiempo en la capacidad para tolerar una determinada dosis de opioide que est� influida por el grado de respuesta del dolor al opioide, exposici�n previa a opioides, rapidez en la titulaci�n de dosis, medicaci�n concomitante y funci�n renal. En el domicilio, adem�s del uso rutinario de laxantes, hacemos hincapi� en el mantenimiento de una buena hidrataci�n intentando prevenir la aparici�n de neurotoxicidad secundaria a fallo prerrenal con acumulaci�n de metabolitos opioides[xviii], recurriendo en ocasiones a hidrataci�n por v�a subcut�nea de modo intermitente, en aquellos pacientes que son incapaces de mantener una ingesta adecuada. |
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BIBLIOGRAF�A |
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�ltima actualizaci�n noviembre 2003 |
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