El misterio sobre la instalación de una base militar estadounidense en
Paraguay comienza a develarse: se trata de instalar una cuña en el Mercosur
y controlar la región, objetivos que contrastan con la pasividad de gobiernos
que deberían haber reaccionado hace tiempo.
La inmunidad diplomática concedida por el parlamento paraguayo a las tropas
estadounidenses encendió la señal de alarma. De forma inmediata
comenzó a especularse con la posibilidad de que Washington instalara una
base militar en Mariscal Estigarribia, donde en los años 80 técnicos
estadounidenses construyeron un enorme aeropuerto con una pista de 3.800 metros
en la que pueden operar aviones B-52, C-5 Galaxy y C-130 Hercules y es capaz
de albergar a 16.000 soldados a sólo 200 kilómetros de la frontera
con Bolivia. Pese a los desmentidos de Washington y Asunción, los objetivos
de la superpotencia fueron quedando en claro con el paso de los meses.
Uno de los hechos que más llamó la atención, ya que mostraba
que toda la operación formaba parte de una “agenda oculta”, fue la forma
cómo se conoció la decisión del parlamento paraguayo de
conceder inmunidad a las tropas de Estados Unidos. El 26 de mayo el Congreso
votó la inmunidad, pero el hecho recién se conoció a mediados
de junio cuando el diario argentino Clarín difundió la noticia
[1]. Ciertamente, la noticia no fue difundida por ningún parlamentario
paraguayo, ni por los medios de ese país ni por otros medios de Brasil
(país
que cuenta con fuertes intereses en Paraguay). Algo importante comenzaba a suceder
sin que nadie pareciera inmutarse.
Viraje diplomático y militar
Según todos los indicios la administración de George W. Bush decidió imprimir
un giro a su política sudamericana al comenzar el año 2005. ¿Qué sucedió en
esas fechas? En febrero el gobierno de Néstor Kirchner negoció una
quita del 60 por ciento de la deuda externa argentina, pero la decisión
contó con el apoyo del gobierno Bush y, en todo caso, más allá de
alguna tirantez con el FMI no generó mayores problemas. Tampoco parece
haber jugado un papel decisivo en el viraje de Washington la separación “amistosa” de
Brasil del FMI ni la derrota de la Casa Blanca a la hora de imponer un secretario
general de la OEA a su medida, sucedida en abril.
Por el contrario, la Cumbre de Guayana, celebrada a fines de marzo en Venezuela,
no podía pasar desapercibida para la administración Bush. La reunión
entre los presidentes de Brasil (Luiz Inacio Lula da Silva), Colombia (Alvaro
Uribe), España (José Luis Rodríguez Zapatero) y Venezuela
(Hugo Chávez), irritó a la administración estadounidense,
que optó por criticar frontalmente la venta de armas españolas
a Caracas por valor de 1.300 millones de dólares. Venezuela ya había
comprado a Rusia 100 mil fusiles de asalto y 40 helicópteros de combate,
y ahora España le proporcionaba diez aviones de carga, cuatro corbetas
y otros tantos guardacostas. “Estoy preocupado”, dijo el secretario de Defensa
Donald Rumsfeld, y agregó que “no será bueno para el hemisferio”.
Pero no fue esa la principal preocupación de los Estados Unidos. La Declaración
de Guayana, firmada por los cuatro mandatarios el 29 de marzo, significaba en
los hechos un respaldo tanto a la creación de la Comunidad Sudamericana
de Naciones -que une al Mercosur con la Comunidad Andina-, como un apoyo a las
iniciativas chavistas de Petroamérica y Petrosur, que propician la integración
energética de la región. Una mayor coordinación política
y además iniciativas de integración económica, en las que
participan los dos mayores países sudamericanos (Brasil y Argentina),
suponían un verdadero aislamiento de Washington en la región que
resulta clave para su hegemonía mundial, que tendía a consolidarse
por un largo período.
La respuesta fue fulminante. En menos de un mes la secretaria de Estado, Condoleezza
Rice, realizaba una gira por la región que la llevó a visitar Brasil,
Chile, Colombia y El Salvador. En esas fechas la prensa europea informaba que
Estados Unidos “vuelven a dirigir su atención a Brasil”, para procurar
el apoyo de ese país “en la estabilización de una región
cada vez más volátil” [2]. El mismo día The New York Times
señalaba que el gobierno de Bush estudiaba “una estrategia a largo plazo
que podría significar un endurecimiento de su posición frente al
presidente venezolano Hugo Chávez, después de concluir que mantener
una posición pragmática con él es imposible”. El endurecimiento
con Caracas formaba parte –y era también la excusa- del viraje que busca
involucrar a toda la región.
Según otros analistas, al precipitarse la crisis política en Brasil,
el gobierno Bush dejó de lado sus dudas acerca de la capacidad de ese
país para cumplir el “mandato” estabilizador de la región encomendado
por Washington, y optó por tomar directamente cartas en el asunto. En
esa misma dirección, sectores de las elites regionales consideran que “se
equivocan quienes sostienen que el gobierno de George W. Bush no tiene una política
con respecto a América Latina. En realidad esa política existe,
goza de buena salud y prosigue sumando nuevos escalones a su proyecto” [3] .
El proyecto consiste en “comercio más seguridad”, y ante el fracaso del
ALCA busca arreglos particulares que cumplan el mismo objetivo. El analista sostiene
que la incapacidad de Argentina y Brasil –demasiado volcados hacia sus problemas
domésticos- para instaurar una “zona de seguridad democrática” en
el Cono Sur, genera un vacío que será ocupado por Estados Unidos
al elegir a Paraguay, “un país clave, como eje de un planteo de seguridad”.
Paraguay, el eslabón más débil
Poco después de la gira regional de Rice se desencadenaron una serie de
hechos: el 5 de mayo Estados Unidos mueve sus piezas para que el Congreso paraguayo
apruebe el ingreso de tropas, que se concreta el día 26, en el mayor secreto.
El 10 de junio el vicepresidente paraguayo, Luis Castiglioni, visitó Washington
donde se reunió con el vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Estado
Donald Rumsfeld y el entonces secretario de Estado para Asuntos Hemisféricos,
Roger Noriega. El 1 de julio arriba a Paraguay el primer contingente de 500 soldados
estadounidenses y el 7 de ese mes la embajada en Asunción emite un comunicado
asegurando, ante la alarma registrada, que no existe la intención de establecer
una base permanente en el país. Finalmente, el 16 de agosto Rumsfeld desembarcó en
Asunción en una breve gira que lo llevó también por Perú,
país que viene siendo presionado para que conceda también inmunidad
a las tropas estadounidenses.
En tanto, la prolongada y demoledora crisis política brasileña
(instigada por los Estados Unidos según denuncias de periodistas locales
[4]), viene paralizando durante cuatro meses al gobierno de Lula. Según
miembros del grupo Periodistas Independienes de Brasil (JIBRA por sus siglas
en portugués),
el ex presidente Fernando Henrique Cardoso visitó Estados Unidos en febrero
de este año, donde mantiene estrechas relaciones con Henry Kissinger.
Cardoso envió un recado a Bush en el sentido de que debería estar
más atento a la región para eviar el surgimiento de “nuevos Hugo
Chávez” y a su retorno a Brasil en febrero anunció que el país
viviría una crisis institucional. Según miembros de JIBRA, han
sido vistos en el apartamento de Cardoso en San Pablo funcionarios del consulado
estadounidense.
En julio, poco después de la llegada del primer contingente de tropas
estadounidenses, el ejército brasileño realizó maniobras
simulando la defensa de la estratégica represa hidroeléctrica de
Itaipú. El 12 de junio el Senado ya había debatido el tema a instancias
de Alvaro Dias, del socialdemócrata PSDB, quien señaló que “con
los ojos en Roberto Jefferson (quien había instalado el clima de crisis
con denuncias de corrupción contra el gobierno), no estamos atentos a
lo que pasa en Paraguay”. Dijo más: “En nuestro entorno la presencia militar
norteamericana es importante”, en referencia a la actividad militar estadounidense
en Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú, y añadió: “No es la
primera vez que nos sentimos amenazados, sobre todo con el pretexto de combatir
al terrorismo que se instalaría en la Triple Frontera, como si ella fuese
una extensión de Irak” [5] .
En la misma sesión, el senador laborista Jefferson Peres, propuso que
así como los países del Mercosur firmaron una “cláusula
democrática”, que supone que una dictadura no puede formar parte del bloque,
aprueben ahora “otra cláusula estableciendo que terceros países
-sin mencionar a Estados Unidos- no puedan instalar bases permanentes en ninguno
de los Estados miembros sin previa consulta y aprobación de todos los
miembros”. Sin embargo, no hubo ninguna intervención de senadores del
PT en esa sesión, pese a la gravedad del tema abordado.
Por otro lado, la política neoliberal del gobierno de Lula parece haber
sido particularmente negativa para los demás países de la región,
incluyendo a sus más cercanos aliados del Mercosur. A los constantes roces
comerciales entre Argentina y Brasil, debe sumarse lo que un analista señala
en el sentido de que ambos países “han venido subestimando a Paraguay
y Uruguay”, y muy en particular al primero, que en su opinión sentiría “menoscabo” [6] .
En realidad, una política asentada en el libre comercio es contradictoria
con la unidad continental. Brasil, único país capaz de liderar
la unidad, ha optado –a diferencia de la Venezuela de Chávez- por darle
prioridad a las relaciones comerciales con países que ofrezcan grandes
mercados a sus exportaciones de productos primarios (China, India, Sudáfrica,
además de la Unión Europea y Estados Unidos). En América
del Sur, las relaciones están teñidas de cierto expansionismo (“imperialismo”)
económico a la vez que se buscan implementar acuerdos para obras de infraestructura
que, como la salida al Pacífico, redundan en beneficio exclusivo del país
mayor.
El reciente inicio de las obras para construir la Carretera Interoceánica,
es un buen ejemplo. La vía que en dos años unirá el Atlántico
y el Pacífico, a través de unos dos mil 600 kilómetros de
accidentada geografía y unirá tres puertos peruanos con el brasileño
de Santos, tiene un costo aproximado de mil millones de dólares. Brasil
aportará el 70 por ciento del costo total del proyecto, pero será su
principal beneficiario en la medida que está incrementado notablemente
su comercio con países asiáticos, y en particular con China [7].
En esas condiciones, es imposible generar consensos para promover la integración.
Más aún, la política basada en el libre comercio genera
rispideces entre países que deberían ser socios y aliados y va
generando “huecos” por donde opera la política de Washington. Un buen
ejemplo es la presencia de la brasileña Petrobras en Ecuador, donde explota
pozos en zonas indígenas, así como su participación en la
explotación gasífera en Bolivia (país donde las empresas
basileñas controlan el 20 por ciento del producto bruto interno). Lo de
Estados Unidos en Paraguay no es sólo, ni principalmente, cuestión
de presencia militar, ya que en la lógica neoliberal lo militar se subordina
a lo político, y ésto a lo económico. Lo que está en
juego es un viraje de largo aliento en las alianzas regionales, la introducción
de una cuña que amenaza resquebrajar el Mercosur y jaquea la política
exterior de unidad regional que parecía la apuesta de estratégica
del Brasil de Lula.
En una situación como esta, no debería llamar la atención
que un pequeño y débil país como Paraguay, que no encuentra
salida a sus problemas en el marco de un Mercosur paralizado y en crisis, busque
alianzas con Estados Unidos, país con el que pretende establecer un Tratado
de Libre Comercio. La política de “comercio más seguridad” avanza
no sólo por las ambiciones de la administración Bush sino, sobre
todo, por la incapacidad de trazar alternativas genuinas y generosas por parte
de quienes deberían enfrentar al imperio.
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[1]
"Los marines de EEUU ponen un pie en Paraguay", en Clarin, 11 de setiembre
de 2005.
[2] Financial Times, citado por Folha de Sao Paulo, 26 de abril de 2005.
[3] Natalio Botana en La Nación, 29 de agosto de 2005.
[4] Brecha, 24 de junio de 2005.
[5] Senado Federal de Brasil, en www.senado.gov.br de 18 de julio de 2005.
[6] Rosendo Fraga, “Significado de la presencia de Estados Unidos en Paraguay”,
25 de agosto de 2005.
[7] Prensa Latina, 7 de setiembre de 2005. |