México 1998
Arriba y abajo: máscaras y silencios
«Al hombre público, muy especialmente al político, hay que exigirle que
posea las virtudes públicas, todas las cuales se resumen en una: fidelidad a la
propia máscara (...), reparad en que no hay lío político que no sea un
trueque, una confusión de máscaras, un mal ensayo de comedia, en que nadie
sabe su papel.
Procurad, sin embargo, los que vaís para políticos, que vuestra máscara
sea, en lo posible, obra vuestra, haceósla vosotros mismos, para evitar que os
la pongan --que os la impongan-- vuestros enemigos o vuestros correligionarios;
y no la hagais tan rígida, tan imporosa e impermeable que os sofoque el rostro,
porque más tarde o más temprano, hay que dar la cara.»
Antonio Machado, «Juan de Mairena
I. México, mitad de 1998...
Recostada sobre mi hombro, suspira la mar al ver los complicados planos de
esta nueva construcción ideada en largas y silenciosas madrugadas, pensada
desde detrás de las máscaras que somos. De pronto un viento repentino llega
azotando los árboles que son nuestras ventanas, y agita los grandes lienzos de
papel llenos de dibujos, de escalonadas escalas, de incomprensibles logaritmos,
de letras ilegibles que más semejan oscuras fórmulas de alquimia que cálculos
científicos.
Mitad del año 1998 en México y un viento llega a romper silencios y a
arrancar máscaras.
Después de una larga y pesada seca, las lluvias empiezan a asomar en el
horizonte de este país al que sus gobernantes se empeñan en llevar a la catástrofe.
Protegido por un rabito de nube, desde el privilegiado y dorado balcón que la
mar me ofrece para estos casos, húmedo y atónito veo pasar la mitad del año
de 1998 y los últimos estertores de un siglo que se niega a retirarse sin escándalos
y atropellos.
Lejos de aquí el Mundial de Futbol concentra y convoca sentimientos. El
sortilegio que se echa a andar cada que la pelota rueda ha sido bien entendido
por dos sudamericanos, el uno para describirlo y el otro para ejercerlo. Eduardo
Galeano, el recogedor de esas lluvias cotidianas que algunos llamamos «la
historia de abajo», y Diego Armando Maradona, el que usaba el balón para
cantar y demostrar que la magia no tiene necesariamente que ver con alambiques y
fórmulas esotéricas.
Pero desde acá arriba no veo ni a Don Galeano ni a Don Maradona. Tampoco
alcanzo a ver al Olivio ejerciendo su vocación de romperredes («y de cabezas»,
dice la mar mientras trata de esconder, inútilmente, la tiradora que el Olivio
abandonó en su huida, después de descalabrar al Marcelo»). Veo, eso sí, a
millones de mexicanos en el papel en el que siempre quisieran verlos los
poderosos el de espectadores.
Detenida la historia nacional cada que el equipo de futbol mexicano se
enfrentaba a otro, los gobernantes de este país obtenían el respiro que la
realidad les negaba implacablemente. Millones de ojos puestos en tierras galas
le permitieron al Poder un breve descanso. Poco duro el gusto, la derrota llegó
y el impasse que el papel de espectadores permitía tocó a su fin.
En este lado del mundo, la tragicomedia de la vida política nacional se
convirtió también en espectáculo, y la desordenada mascarada que se presenta
a diario en los pasillos del poder en México no obtuvo aplauso alguno. Tiene
tiempo que la mayoría de los mexicanos dejaron de asistir como espectadores a
los escándalos con los que la clase gobernante se prepara para terminar con el
siglo... y con el país. Millones de nacionales son ahora víctimas de mega crímenes
y jumbo fraudes.
Si para los poderosos medios de comunicación electrónica los actos
desvergonzados de la clase política mexicana son una mercancía cuyo éxito de
exhibición se mide en puntos de «rating», para la inmensa mayoría de los que
malviven y mueren entre el río Bravo y el Suchiate no son sino la continuación
de un crimen de Estado que abarca casi la totalidad de la centuria.
Empeñados en alertar a la ciudadanía sobre el crecimiento de la
delincuencia y la violencia, algunos medios de comunicación (aquellos ligados
al gobierno) ocultan lo fundamental: los delincuentes más sanguinarios y
brutales ostentan puestos gubernamentales (o tienen fuertes ligas con ellos), y
la violencia encuentra en el gobierno federal su principal ejecutor, su más
grande promotor y su apologista por excelencia.
En el espectáculo de la «gran» política mexicana, la confusión de máscaras
y parlamentos impide saber a ciencia cierta quién es el juez y quién el
criminal, quién el fraudulento y quién el defraudado.
Pero cada vez es más claro que el México de finales del siglo XX tiene en
el sistema de partido de Estado su cara más criminal. En este México la
creciente criminalidad de Estado (aquella que se ejerce desde el Poder político)
sólo se ve igualada por la impunidad que dan el dinero, las influencias y la
cercanía (o la pertenencia declarada o vergonzante) al círculo selecto en
torno a aquel que algunos todavía llaman (no sin rubor es cierto) «el señor
presidente».
La mitad del sexenio de Ernesto Zedillo Ponce de León tiene sellos
indelebles, pero el más sangriento es el crimen cotidiano de un modelo económico
impuesto con los inapelables argumentos de las bayonetas, la cárcel y los
cementerios. Cada tanto, ese crimen de Estado logra lúgubres destellos. Aguas
Blancas en el Guerrero de junio de 1995. Acteal en el Chiapas de diciembre de
1997. El Charco en el Guerrero de junio de 1998, y Unión Progreso y Chavajeval
en el Chiapas de junio de 1998.
Esta cara, la más irracional que el Estado mexicano haya tenido en toda su
historia, oculta su horripilante imagen detrás de una máscara. Y el sonido de
la sangre que cobra día a día, se calla tras un silencio.
Pareciera evidente que las máscaras ocultan y los silencios callan.
Pero es verdad que las máscaras también muestran y que los silencios
hablan.
Ocultar y callar, mostrar y hablar, máscaras y silencio. Estos son los
signos que ayudarán a entender este fin de siglo en México.
Sí, éste es un país de máscaras y silencios. Se lo digo a la mar y ella
me contesta, desde detrás de su pasamontañas, con un silencioso gesto de
paradoja más que elocuente, mientras enrolla y guarda los grandes planos.
Pero yo le digo, y me digo que hay de máscaras a mascaras, y de silencios a
silencios.
Están, por ejemplo:
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