Ejército Zapatista de Liberación Nacional
Nuestro siguiente programa:
¡OXIMORON!
(LA DERECHA INTELECTUAL Y EL FASCISMO LIBERAL)
Subcomandante Insurgente Marcos
En la figura que se llama oximoron,
se aplicaa una palabra un epíteto que parece
contradecirla;
así los gnósticos hablaron de una luz
oscura;
los alquimistas, de un sol negro.
Jorge Luis Borges.
Advertencia,
introducción y promesa
Ojo: Si usted no ha leído el epígrafe,
más vale que lo haga ahora porque si no, no va a entender algunas
cosas.
Un hecho irrefutable: la globalización está
aquí. No la califico (todavía), simplemente señalo
una realidad. Pero, puesto que oximoron, hay que señalar
que se trata de una globalización fragmentada.
La globalización ha sido posible, entre otras cosas,
por dos revoluciones: la tecnológica y la informática. Y
ha sido y es dirigida por el poder financiero. De la mano, la tecnología
y la informática (y con ellas el capital financiero) han desaparecido
las distancias y han roto las fronteras. Hoy es posible tener información
sobre cualquier parte del mundo, en cualquier momento y en forma simultánea.
Pero también el dinero tiene ahora el don de la ubicuidad, va y
viene en forma vertiginosa, como si estuviera en todas partes al mismo
tiempo. Y más, el dinero le da una nueva forma al mundo, la forma
de un mercado, de un mega-mercado.
Sin embargo, a pesar de la "mundialización" del
planeta, o más bien precisamente por ella, la homogeneidad está
muy lejos de ser la característica de este cambio de siglo y de
milenio. El mundo es un archipiélago, un rompecabezas cuyas piezas
se convierten en otros rompecabezas y lo único realmente globalizado
es la proliferación de lo heterogéneo.
Si la tecnología y la informática han unido
al mundo, el poder financiero que las usa lo ha roto usándolas como
armas, como armas en una guerra. Antes hemos dicho (el texto se llama "7
Piezas sueltas del rompecabezas mundial", EZLN, 1997) que en la globalización
se lleva a cabo una guerra mundial, la cuarta, y que se desarrolla un proceso
de destrucción/despoblamiento y reconstrucción/reordenamiento
(estoy tratando de resumir apretadamente, sed benévolos) en todo
el planeta. Para la construcción del "nuevo orden mundial" (Planetario,
Permanente, Inmediato e Inmaterial, siguiendo a Ignacio Ramonet), el poder
financiero conquista territorios y derriba fronteras, y lo consigue haciendo
la guerra, una nueva guerra. Una de las bajas de esta guerra es el mercado
nacional, base fundamental del Estado-Nación. Éste último
está en vías de extinción, o cuando menos, lo está
el Estado-Nación tradicional o clásico. En su lugar, surgen
mercados integrados o, mejor aún, tiendas departamentales del gran
"mall" mundial, el mercado globalizado.
Las consecuencias políticas y sociales de esta
globalización
son una figura de oximoron reiterada y compleja: menos personas con más
riquezas, producidas con la explotación de más personas con
menos riquezas, la pobreza de nuestro siglo es incomparable con ninguna
otra. No es, como lo fuera alguna vez, el resultado natural de la escasez,
sino de un conjunto de prioridades impuestas por los ricos al resto del
mundo (John Berger. Cada vez que decimos adiós.
Ediciones de la flor. Argentina, 1997, pp. 278-279.); para unos cuantos
poderosos el planeta se abrió de par en par, para millones de personas
el mundo no tiene lugar y vagan errantes de uno a otro lado; el crimen
organizado forma la columna vertebral de los sistemas judiciales y de los
gobiernos (los ilegales hacen las leyes y "guardan el orden público");
y la "integración" mundial multiplica las fronteras.
Así que, si resaltáramos algunas de las
principales características de la época actual, diríamos:
supremacía del poder financiero, revolución tecnológica
e informática, guerra, destrucción/despoblamiento y reconstrucción/reordenamiento,
ataques a los Estados-Nación, la consiguiente redefinición
del poder y de la política, el mercado como figura hegemónica
que permea todos los aspectos de la vida humana en todas partes, mayor
concentración de la riqueza en pocas manos, mayor distribución
de la pobreza, aumento de la explotación y del desempleo, millones
de personas al destierro, delincuentes que son gobierno, desintegración
de territorios. En resumen: globalización fragmentada.
Bien, según este planteamiento, en el caso de los
intelectuales (puesto que tienen que ver con la sociedad, el poder y el
Estado) cabría preguntarse: ¿han padecido el mismo proceso
de destrucción/despoblamiento y reconstrucción/reordenamiento?;
¿qué papel les asigna el poder financiero?; ¿cómo
usan (o son usados por) los avances tecnológicos e informáticos?;
¿qué posición tienen en esta guerra?; ¿cómo
se relacionan con esos golpeados Estados-Nación?; ¿cuál
es su vínculo con ese poder y en esa política redefinidos?,
¿qué lugar tienen en el mercado?, y ¿qué posición
toman frente a las consecuencias políticas y sociales de la globalización?
En suma: ¿cómo es que se insertan en esa globalización
fragmentada?
El mundo habría cambiado por y para esta guerra.
Si así fuera, los intelectuales "clásicos" no existirían
más, ni sus antiguas funciones. En su lugar, una nueva generación
de "cabezas pensantes" (para usar un término acuñado por
el comandante zapatista Tacho) habría emergido (o está por
emerger) y tendrían nuevas funciones en su quehacer intelectual.
Aunque aquí nos trataremos de limitar a los intelectuales
de derecha, serán evidentes algunos señalamientos sobre los
intelectuales en general y sobre su relación con el poder. Como
el propósito de este texto es participar y alentar la polémica
entre intelectuales de derecha e izquierda, queda una reflexión
más profunda (sobre los intelectuales y el poder, y sobre los intelectuales
y la transformación) para futuros e improbables escritos.
Vale. Salud y tenga a la mano su control remoto. En un
momento comenzamos...
I. La mundialización: pay per view
En la bisagra del calendario, el dos mil se balancea aún
entre los siglos XX y XXI, y entre el segundo y tercer milenio. No sé
qué tan importante sea esta cuenta del tiempo, pero me parece que
es, también, un momento adecuado para que por todos lados surja
OXIMORON. Para no ir muy lejos, se puede decir que esta época es
el principio del fin o el fin del principio de "algo". "Algo", irresponsable
forma de eludir un problema. Pero ya se sabe que nuestra especialidad no
es la solución de problemas, sino su creación. ¿"Su
creación"? No, es muy presuntuoso, mejor su proposición.
Sí, nuestra especialidad es proponer problemas.
Allá arriba todo parece haber ocurrido ya antes,
como si una vieja película se repitiera con otras imágenes,
otros recursos cinematográficos, incluso actores diferentes, pero
el mismo argumento. Como si la "modernidad" (o "post modernidad", dejo
la precisión para quien se tome la molestia) de la globalización
se vistiera con su OXIMORON y se nos presentara como una modernidad arcaica,
rancia, antigua.
Si esto que digo les parece una mera apreciación
subjetiva, póngalo a cargo de nuestro estar en la montaña,
resistiendo y en rebeldía, pero concédanos el privilegio
de la lectura y vea si se trata en efecto de un síntoma más
del "mal de montaña", o usted comparte esta sensación de
dejà
vu que fluye por el hipercinema que es el mundo globalizado.
El mundo no es cuadrado, cuando menos esto es lo que se
enseña en la escuela. Pero, en el filo cortante de la unión
de dos milenios, el mundo tampoco es redondo. Ignoro cuál sea la
figura geométrica adecuada para representar la forma actual del
mundo, pero, puesto que estamos en la época de la comunicación
digital audiovisual, podríamos intentar definirla como una gigantesca
pantalla. Usted puede agregar "una pantalla de televisión", aunque
yo optaría por "una pantalla de cine". No sólo porque prefiero
al cinematógrafo, también (y sobre todo) porque me parece
que hay frente a nosotros una película, una vieja película,
modernamente vieja (para seguir con oximoron).
Es, además, una de esas pantallas donde se puede
programar la presentación simultánea de varias imágenes
(picture
in picture la llaman). En el caso del mundo globalizado, de imágenes
que se suceden en cualquier rincón del planeta. No son todas las
imágenes. Y no se debe a que falte espacio en la pantalla, sino
a que "alguien" ha seleccionado esas imágenes y no otras. Es decir,
estamos viendo una pantalla con diversos recuadros que presentan imágenes
simultáneas de diferentes partes del mundo, es cierto, pero no todo
el mundo está ahí.
Al llegar a este punto, uno se pregunta, inevitablemente,
¿quién tiene el control remoto de esta pantalla audiovisual?
y ¿quién hace la programación? Buenas preguntas, pero
aquí no encontrará usted las respuestas. Y no sólo
porque no las sabemos a ciencia cierta, sino también porque no son
el tema de este escrito.
Puesto que no podemos cambiar de canal o de cinema, veamos
algunos de los diferentes recuadros que nos ofrece la mega pantalla de
la globalización.
Vayamos al continente americano. Ahí tiene usted,
en aquel rincón, la imagen de la Universidad Nacional Autónoma
de México (UNAM) ocupada por un grupo paramilitar del gobierno:
la llamada Policía Federal Preventiva. No parece que estén
estudiando esos hombres uniformados de gris. Más allá, enmarcada
por las montañas del sureste mexicano, una columna de grises tanquetas
blindadas cruza una comunidad indígena chiapaneca. En el otro lado,
la imagen gris presenta a un policía norteamericano que detiene,
con lujo de violencia, a un joven en un lugar que puede ser Seattle o Washington.
En el recuadro europeo proliferan también los grises.
En Austria es Joer Heider y su fervor pro-nazi. En Italia, con la ayuda
desinteresada de D´Alema, Silvio Berlusconi se arregla la corbata.
En el Estado Español, Felipe González le maquilla la cara
a José María Aznar. En Francia es Le Pen quien nos sonríe.
Asia, África y Oceanía presentan el mismo
color repitiéndose en sus respectivos rincones.
Mmh... Tantos grises... Mmh... Podemos protestar... Después
de todo, nos prometieron un programa a todo color... Cuando menos subamos
el volumen y tratemos de entender así de qué se trata...
II. Un olvido memorable
Al igual que la globalización fragmentada, los
intelectuales están ahí, son una realidad de la sociedad
moderna. Y su "estar ahí" no se limita a la época actual,
se remonta a los primeros pasos de la sociedad humana. Pero la arqueología
de los intelectuales escapa a nuestros conocimientos y posibilidades, así
que partimos del hecho de que "están ahí". En todo caso,
lo que tratamos de descubrir es la forma que adquiere ahora su "estar ahí".
Los intelectuales como categoría son algo muy
vago, ya se sabe. Diferente es, en cambio, definir la "función intelectual".
La función intelectual consiste en determinar críticamente
lo que se considera una aproximación satisfactoria al propio concepto
de verdad; y puede desarrollarla quien sea, incluso un marginado que reflexione
sobre su propia condición y de alguna manera la exprese, mientras
que puede traicionarla un escritor que reaccione ante los acontecimientos
con apasionamiento, sin imponerse la criba de la reflexión.
(Umberto Eco. Cinco escritos morales. Ed. Lumen. Traducción
Helena Lozano Miralles, pp. 14-15). Si esto es así, entonces el
quehacer intelectual es, fundamentalmente, analítico y crítico.
Frente a un hecho social (por limitarnos a un universo), el intelectual
analiza lo evidente, lo afirmativo y lo negativo, buscando lo ambiguo,
lo que no es ni una cosa ni otra (aunque así se presente), y exhibe
(comunica, devela, denuncia) lo que no sólo no es lo evidente, sino
incluso contradice a lo evidente.
Es de suponer que las sociedades humanas tengan personas
que se dediquen profesionalmente a este análisis crítico
y a comunicar su resultado (en palabras de Norberto Bobbio: Los intelectuales
son todos aquellos para los cuales transmitir mensajes es la ocupación
habitual y conciente [...] y para decirlo en un modo que puede parecer
brutal, casi siempre representa también el modo de ganarse el pan).
Quedémonos con esta aproximación al intelectual, al profesional
del análisis crítico y la comunicación.
Ya hemos sido advertidos de que el intelectual no siempre
ejerce la función intelectual. La función intelectual
se ejerce siempre con adelanto (sobre lo que podría suceder) o con
retraso (sobre lo que ha sucedido); raramente sobre lo que está
sucediendo, por razones de ritmo, porque los acontecimientos son siempre
más rápidos y acuciantes que la reflexión sobre los
acontecimientos (Umberto Eco, op cit, p. 29).
Por su función intelectual, este profesional del
análisis crítico y su comunicación sería una
especie de conciencia incómoda e impertinente de la sociedad (en
esta época, de la sociedad globalizada) en su conjunto y de sus
partes. Un inconforme con todo, con las fuerzas políticas y sociales,
con el Estado, con el gobierno, con los medios de comunicación,
con la cultura, con las artes, con la religión, con el etcétera
que el lector agregue. Si el actor social dice "¡ya está!",
el intelectual murmura con escepticismo: "le falta, le sobra".
Tendríamos entonces que el intelectual en su papel
es un crítico de la inmovilidad, un
promotor
del cambio, un progresista. Sin embargo, este comunicador de ideas críticas
está inserto en una sociedad polarizada, enfrentada entre sí
de muchas formas y con variados argumentos, pero dividida en lo fundamental
entre quienes usan el poder para que las cosas no cambien y entre quienes
luchan por el cambio. El intelectual debe, por un elemental sentido
del ridículo, comprender que no se le otorga un papel de brujo del
espíritu en torno al cual va a girar el ser o no ser de lo histórico,
pero que evidentemente él tiene saberes [...] que lo pueden alinear
en un sentido o en otro de lo histórico. Lo pueden alinear en la
búsqueda de la clarificación de las injusticias presentes
en el mundo actual o en la complicidad con la paralización e instalación
en el Limbo. (Manuel Vázquez Montalbán. Panfleto
desde el planeta de los simios. Ed. Drakontos. Barcelona, 1995,
p. 48)
Y es aquí donde el intelectual opta, elige, escoge
entre su función intelectual y la función que le proponen
los actores sociales. Aparece así la división (y la lucha)
entre intelectuales progresistas y reaccionarios. Unos y otros siguen trabajando
con la comunicación de análisis críticos pero, mientras
los progresistas siguen en la crítica a la inmovilidad, a la permanencia,
a la hegemonía y a lo homogéneo; los reaccionarios enarbolan
la crítica al cambio, al movimiento, a la rebelión y a la
diversidad. El intelectual reaccionario "olvida" su función intelectual,
renuncia a la reflexión crítica, y su memoria se recorta
de modo que no hay pasado ni futuro, el presente y lo inmediato es lo único
asible y, por ende, incuestionable.
Al decir "intelectuales progresistas y reaccionarios",
nos referimos a los intelectuales "de izquierda y de derecha". Aquí
conviene agregar que el intelectual de izquierda ejerce su función
intelectual, es decir, su análisis crítico, también
frente a la izquierda (social, partidaria, ideológica), pero en
la época actual su crítica es fundamentalmente frente al
poder hegemónico: el de los señores del dinero y quienes
los representan en el campo de la política y de las ideas.
Dejemos ahora a los intelectuales progresistas y de izquierda,
y vayamos a los intelectuales reaccionarios, la derecha intelectual.
III. El pragmatismo intelectual
En el principio, los gigantes intelectuales de derecha
fueron progresistas. Y hablo de los grandes intelectuales de derecha, los
"think tanks" de la reacción, no de los enanos que fueron ingresando
a sus clubes "pensantes". Octavio Paz, excelente poeta y ensayista, el
más grande intelectual de derecha de los últimos años
en México, declaró: Vengo del pensamiento llamado de izquierda.
Fue algo muy importante en mi formación. No sé ahora... lo
único que sé es que mi diálogo --a veces mi discusión--
es con ellos (los intelectuales de izquierda). No tengo mucho que hablar
con los otros. (Braulio Peralta. El poeta en su tierra. Diálogos
con Octavio Paz. Ed. Grijalbo. México, 1996, p. 45). Y casos
como el de Paz se repiten en la mega pantalla global.
El intelectual progresista, en tanto que comunicador de
análisis críticos, se convierte en objeto y objetivo para
el poder dominante. Objeto a comprar y objetivo a destruir. Multitud de
recursos se ponen en juego para una y otra cosa. El intelectual progresista
"nace" en medio de este ambiente de seducción persecutoria. Algunos
se resisten y defienden (casi siempre en solitario, la solidaridad intergremial
no parece ser la característica del intelectual progresista), pero
otros, tal vez fatigados, buscan entre su bagaje de ideas y sacan aquellas
que sean a la vez coartada y razón para legitimar al poder. Lo nuevo
exige mucho, lo viejo ahí está, así que basta enarbolar
el argumento de "lo inevitable" para que el sistema le ofrezca un cómodo
sillón (a veces en forma de beca, puesto, premio, espacio) a la
vera del Príncipe ayer tan criticado.
"Lo inevitable" tiene nombre hoy: globalización
fragmentada, pensamiento único (es decir, la traducción
en términos ideológicos y con pretensión universal
de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en particular
las del capital internacional: Ignacio Ramonet. Un mundo sin
rumbo. Crisis de fin de siglo. Editorial Debate. Madrid), fin de
la historia, omnipresencia y omnipotencia del dinero, reemplazo de la política
por la policía, el presente como único futuro posible, racionalización
de la desigualdad social, justificación de la sobreexplotación
de seres humanos y recursos naturales, racismo, intolerancia, guerra.
En una época marcada por dos nuevos paradigmas,
comunicación y mercado, el intelectual de derecha (y ex de izquierda)
entiende que ser "moderno" significa cumplir la consigna: ¡adaptaos
o perded vuestros privilegiados lugares!
Ni siquiera tiene que ser original, el intelectual de
derecha ya tiene la cantera de la que habrá que picar las piedras
que adornen la globalización fragmentada: el pensamiento único.
La asepsia no importa mucho, el pensamiento único tiene sus principales
"fuentes" en el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización
para el Comercio y el Desarrollo Económico, la Organización
Mundial de Comercio, la Comisión Europea, el Bundesbank, el Banco
de Francia que, mediante su financiamiento, enrolan al servicio de sus
ideas a través de todo el planeta a numerosos centros de investigación,
universidades y fundaciones, los cuales, a su vez, perfilan y difunden
la buena nueva (Ignacio Ramonet, op cit, p. 111).
Con tal abundancia de recursos, es fácil que florezcan
élites que, desde hace años, se emplean a fondo en hacer
los elogios del "pensamiento único"; que ejercen un auténtico
chantaje contra toda reflexión crítica en nombre de la "modernización",
del "realismo", de la "responsabilidad" y de la "razón"; que afirman
el "carácter ineluctable" de la evolución actual de las cosas;
que predican la capitulación intelectual, y arrojan a las tinieblas
de lo irracional a todos los que se niegan a aceptar que "el estado natural
de la sociedad es el mercado (ibid, p. 114).
Lejos de la reflexión, del pensamiento crítico,
los intelectuales de derecha se convierten en los pragmáticos por
excelencia, destierran la función intelectual y se transforman en
ecos, más o menos estilizados, de los spots publicitarios que inundan
el mega mercado de la globalización fragmentada.
Refuncionalizados en la globalización fragmentada,
los intelectuales de derecha modifican su ser y adquieren nuevas "virtudes"
(entre ellas reaparece oximoron): una audaz cobardía y una profunda
banalidad. Ambas brillan en sus "análisis" del presente globalizado
y sus contradicciones, sus revisitaciones al pasado histórico, sus
clarividencias. Se pueden dar el lujo de la audaz cobardía y de
la profunda banalidad, puesto que la hegemonía universal casi absoluta
del dinero los protege con torres de cristal blindado. Por esto, la derecha
intelectual es particularmente sectaria y tiene, además, el respaldo
de no pocos medios de comunicación y gobiernos. El ingreso a esas
altas torres intelectuales no es fácil, hay que renunciar a la imaginación
crítica y autocrítica, a la inteligencia, a la argumentación,
a la reflexión, y optar por la nueva teología, la teología
neoliberal.
Puesto que la globalización se vende como el mejor
de los mundos posibles, pero carece de ejemplos concretos de sus ventajas
para la humanidad, se debe recurrir a la teología y suplir con dogmas
y fe neoliberales la falta de argumentos. El papel de los teólogos
neoliberales incluye el señalar y perseguir a los "herejes", a los
"mensajeros del mal", es decir, a los intelectuales de izquierda. Y qué
mejor forma de combatir a los críticos que acusarlos de "mesianismo".
Frente al intelectual de izquierda, el de derecha impone
la etiqueta lapidaria de "mesianismo trasnochado". ¿Quién
puede cuestionar un presente pleno de libertades, donde cualquiera puede
decidir qué compra, sean artículos de primera necesidad,
ideologías, propuestas políticas y conductas para toda ocasión?
Pero paradoja no perdona. Si en algún lado hay
mesianismo, es en la derecha intelectual. El Gran Circo de Intelectuales
Neoliberales Químicamente Puros o Ex Marxistas Arrepentidos o la
Trilateral pueden ser mesiánicos cuando prefiguran la fatalidad
de un universo basado en la verdad única, el mercado único
y el ejército gendarme único vigilando el fogonazo de flash
que acompaña la foto final de la Historia, pulsado ante los mejores
paisajes de las mejores sociedades abiertas. (Manuel Vázquez
Montalbán, op cit, p. 47).
La foto final. O la escena culminante del filme de la
globalización fragmentada.
IV. Los clarividentes ciegos
Parafraseando a Régis Debray (Croire, Voir,
Faire. Ed. Odile Jacob. París, 1999), el problema aquí
no es por qué o cómo la globalización es irremediable,
sino por qué o cómo todo el mundo, o casi, está de
acuerdo en que es irremediable. Una posible respuesta: La tecnología
del hacer-creer [...]. El poder de la información... Inf-formar:
dar forma, formatear. Con-formar: dar conformidad. Trans-formar: modificar
una situación (ibid, p. 193).
Con la globalización de la economía se globaliza
también la cultura. Y la información. De ahí que las
grandes empresas de la comunicación "tiendan" sobre el mundo entero
su red electrónica sin que nada ni nadie se los impida. Ni Ted
Turner, de la cnn; ni Rupert Murdoch, de News Corporation Limited; ni Bill
Gates, de Microsoft; ni Jeffrey Vinik, de Fidelity Investments; ni Larry
Rong, de China Trust and International Investment; ni Robert Allen, de
att, al igual que George Soros o decenas de otros nuevos amos del mundo,
han sometido jamás sus proyectos al sufragio universal (Ignacio
Ramonet, op cit, p. 109).
En la globalización fragmentada, las sociedades
son fundamentalmente sociedades mediáticas. Los media son el gran
espejo, no de lo que una sociedad es, sino de lo que debe aparentar ser.
Plena de tautologías y evidencias, la sociedad mediática
es avara en razones y argumentos. Aquí, repetir es demostrar.
Y lo que se repite son las imágenes, como ésas
grises que ahora nos presenta la pantalla globalizada. Debray nos dice:
La
ecuación de la era visual es algo así como: lo visible =
lo real = lo verdadero. He aquí la idolatría revistada (y
sin duda redefinida) (Régis Debray, op cit, p.
200). Y los intelectuales de derecha han aprendido bien la lección.
Y más, es uno de los dogmas de su teología.
¿Dónde se dio el salto que iguala lo visible
con lo verdadero? Trucos de la pantalla globalizada.
El mundo entero, mejor aún, el conocimiento entero
está ahora a la mano de cualquiera con una televisión o una
computadora portátil. Sí, pero no cualquier mundo y no cualquier
conocimiento. Debray explica que el centro de gravedad de las informaciones
se ha desplazado de lo escrito a lo visual, de lo diferido a lo directo,
del signo a la imagen. Las ventajas para los intelectuales de derecha (y
las desventajas para los progresistas) son obvias.
Analizando el comportamiento de la información
en Francia durante la Guerra del Golfo Pérsico, se devela el poder
de los media: al inicio del conflicto el 70% de los franceses se mostraban
hostiles a la guerra, al final el mismo porcentaje la apoyaba. Bajo el
golpeteo de los media, la opinión pública francesa se "volteó"
y el gobierno obtuvo el beneplácito por su participación
bélica.
Estamos en la "era visual". Así las informaciones
se nos presentan en la evidencia de su inmediatez, por tanto es real lo
que se nos muestra, por tanto es verdadero lo que vemos. No hay lugar para
la reflexión intelectual crítica, a lo más hay espacio
para comentaristas que "completen" la lectura de la imagen. Lo visual no
está hecho, en esta era, para ser visto, sino para dar "conocimiento".
El mundo ha devenido en una mera representación multimedia, que
suprime al mundo exterior, capaz de ser conocida en la misma medida en
que es vista. Sí, inicios del tercer milenio, siglo XXI, y la filosofía
boyante en nuestro mundo "moderno" es el idealismo absoluto.
Se pueden sacar ya algunas conclusiones: el nuevo intelectual
de derecha tiene que desempeñar su función legitimadora en
la era visual; optar por lo directo e inmediato; pasar del signo a la imagen
y de la reflexión al comentario televisivo. Ni siquiera tiene que
esforzarse por legitimar un sistema totalitario, brutal, genocida, racista,
intolerante y excluyente. El mundo que es el objeto de su "función
intelectual" es el que ofrecen los media: una representación virtual.
Si en el hipermercado de la globalización el Estado-Nación
se redefine como una empresa más, los gobernantes como gerentes
de ventas y los ejércitos y policías como cuerpos de vigilancia,
entonces a la derecha intelectual le toca el área de Relaciones
Públicas.
En otras palabras, en la globalización, los intelectuales
de derecha son "multiusos": sepultureros del análisis crítico
y la reflexión, malabaristas con las ruedas de molino de la teología
neoliberal, apuntadores de gobiernos que olvidan el "script", comentaristas
de lo evidente, porristas de soldados y policías, jueces gnoseológicos
que reparten etiquetas de "verdadero" o "falso" a conveniencia, guardaespaldas
teóricos del Príncipe, y locutores de la "nueva historia".
V. El futuro pasado
Quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común
de los príncipes, dice Jorge Luis Borges.
Y añade que todo Príncipe quiere que la historia comience
desde él. En la era de la globalización fragmentada no se
queman los libros (aunque sí se erigen fortificaciones), sino que
se les substituye. Aun así, más que suprimir la historia
previa a la globalización, el Príncipe neoliberal instruye
a sus intelectuales para que la rehagan de modo que el presente sea la
culminación de los tiempos.
"Los maquillistas de la historia",
así tituló Luis Hernández Navarro un artículo
dedicado al debate con los intelectuales de derecha en México (Ojarasca
en La Jornada, 10 de abril, 2000). Además de provocar
el presente texto (escrito con el ánimo de darle seguimiento a sus
planteamientos), Hernández Navarro advierte sobre una nueva ofensiva:
la nueva derecha intelectual dirige sus baterías contra figuras
representativas de la intelectualidad progresista mexicana. Rentista
tardía de la bonanza planetaria del "pensamiento único",
renegada de su identidad, heredera con escrituras de la caída del
muro de Berlín, socia y émula del circuito cultural conservador
estadunidense, esta derecha está convencida de que la crítica
cultural otorga credenciales suficientes para emitir, sin argumentación,
juicios sumarios a sus adversarios en el terreno político (ibidem).
Las razones no-ideológicas de este ataque deben
buscarse en la disputa por el espacio de credibilidad. En México
los intelectuales de izquierda tienen gran influencia en la cultura y la
academia. Estorban, ése es su delito.
No, más bien ése es uno de sus delitos.
Otro es el apoyo de estos intelectuales progresistas a la lucha zapatista
por una paz justa y digna, por el reconocimiento de los derechos de los
pueblos indios, y por el fin de la guerra contra los indígenas del
país. Este "pecado" no es menor. El levantamiento zapatista inaugura
una nueva etapa, la de la irrupción de movimientos indígenas
como actores de la oposición a la globalización neoliberal
(Ivon Le Bot. "Los indígenas contra el neoliberalismo", en
La
Jornada, 6 de marzo, 2000). No somos los mejores ni los únicos:
ahí están los indígenas de Ecuador y de Chile, las
protestas de Seattle y Washington (y las que sigan en tiempo, no en importancia).
Pero somos una de las imágenes que distorsionan la mega pantalla
de la globalización fragmentada y, como fenómeno social e
histórico, demandamos reflexión y análisis crítico.
Y la reflexión y el análisis crítico
no están en el "arsenal" de la derecha intelectual. ¿Cómo
cantar las glorias del nuevo orden mundial (y su imposición en México)
si un grupo de indígenas "premodernos" no sólo desafiaban
al poder, sino que lograban la simpatía de una importante franja
de intelectuales? En consecuencia el Príncipe dictó sus órdenes:
atacad a unos y a otros, yo pongo al ejército y los medios de comunicación,
ustedes pongan las ideas. Así que la nueva derecha intelectual dedicó
burlas y calumnias a su par de izquierda. A los indígenas rebeldes
zapatistas nos dedicó... una nueva historia.
Y, en tanto que el zapatismo tuvo impacto internacional,
la derecha intelectual en varias partes del mundo (no sólo en México)
se dedicó a esta tarea. Los intelectuales de derecha no sólo
maquillan la historia, la rehacen, la rescriben a conveniencia del Príncipe
y a modo con su función intelectual.
Pero volvamos a México. A lo largo de este siglo
los intelectuales en México han desempeñado funciones diversas:
cortesanos de lujo del poder en turno, decoración estatal, voces
disidentes (a las que se llama, para institucionalizarlas, "Conciencias
Críticas"), intérpretes privilegiados de la historia y de
la sociedad, espectáculos en sí mismos. (Carlos Monsiváis.
"Intelectuales
mexicanos de fin de siglo", Viento del Sur 8, 1996, p. 43).
El último gran intelectual de derecha en México,
Octavio Paz, cumplió a cabalidad la labor encomendada por el Príncipe.
No escatimó palabras para desprestigiar a los zapatistas y a quienes
mostraron simpatía por su causa (ojo: no por su forma de lucha).
Una de las mejores muestras del Paz al servicio del Príncipe está
en sus escritos y declaraciones en los inicios de 1994. Ahí Octavio
Paz definía, no al EZLN, sino los argumentos sobre los que deberían
ahondar sus "soldados" intelectuales: maoísmo, mesianismo, fundamentalismo,
y algunos "ismos" más que ahora escapan a mi memoria. Frente a los
intelectuales progresistas, Paz no escatimó acusaciones: ellos eran
responsables del "clima de violencia" que marcó el año de
1994 (y todos los años del México moderno, pero la derecha
intelectual nunca ha brillado por su memoria histórica), en concreto,
del asesinato del candidato oficial a la presidencia de la República,
Colosio. Años después, antes de morir, Paz rectificaría
y señalaría que el sistema estaba en crisis y que, aun sin
el alzamiento zapatista, esos hechos ocurrirían de todas formas
(véase: Braulio Peralta, op cit).
Ninguno de los actuales herederos de Paz tiene su estatura,
aunque no les faltan ambiciones para ocupar su lugar. No como intelectual,
pues les faltan inteligencia y brillo, sino por el lugar privilegiado que
ocupó al lado de Príncipe. Sin embargo, su lucha hacen. Y
siguen en su empeño de confeccionarle al zapatismo una historia
que les sea cómoda, no sólo para atacarlo, sino, sobre todo,
para eludir el análisis crítico y la reflexión serios
y responsables.
Pero no sólo la historia del zapatismo y de los
pueblos indios rescriben los intelectuales de derecha. La historia entera
de México se está rehaciendo para demostrar que estamos,
ya, en el mejor de los Méxicos posibles. Así que los enanos
de la derecha intelectual revisitan el pasado y nos venden una nueva imagen
de Porfirio Díaz, de Santa Anna, de Calleja, de Cárdenas.
Y este afán de remodelar la historia no es exclusivo
de México. En la pantalla de la globalización ya se nos oferta
una nueva versión en donde el Holocausto nazi en contra de los judíos
fue una especie de Disneylandia selectiva, Adolfo Hitler es una especie
de alegre Mickey Mouse ario y, más acá en el tiempo, las
guerras del Golfo Pérsico y de Kosovo fueron "humanitarias". En
el futuro pasado que nos prepara la derecha intelectual, la globalización
es el "deux ex machina" que trabaja sobre el mundo para preparar su propio
advenimiento.
Pero, esas imágenes grises que nos presenta ahora
la mega pantalla de la globalización, ¿qué llegada
anuncian?
VI. El liberal fascista
Yo digo que esta película ya la vimos antes, y
si no la recordamos es porque la historia no es un artículo atractivo
en el mercado globalizado. Esos grises pueden significar algo: la reaparición
del fascismo.
¿Paranoia? Umberto Eco, en un texto llamado "El
fascismo eterno" (op cit), da algunas claves para entender
que el fascismo sigue latente en la sociedad moderna, y que, aunque parece
poco probable que se repitan los campos de exterminio nazis, en uno y otro
lado del planeta acecha lo que él llama el "Ur Fascismo". Luego
de advertirnos que el fascismo era un totalitarismo "fuzzy", es decir,
disperso, difuso en el todo social, propone algunas de sus características:
rechazo al avance del saber, irracionalismo, la cultura es sospechosa de
fomentar actitudes críticas, el desacuerdo con lo hegemónico
es una traición, miedo a la diferencia y racismo, surge de la frustración
individual o social, xenofobia, los enemigos son simultáneamente
demasiado fuertes y demasiado débiles, la vida es una guerra permanente,
elitismo aristocrático, sacrificio individual para el beneficio
de la causa, machismo, populismo cualitativo difundido por televisión,
"neo lengua" (de léxico pobre y sintaxis elemental).
Todas estas características pueden ser encontradas
en los valores que defienden y difunden los media y los intelectuales de
derecha en la era visual, en la era de la globalización fragmentada.
Acaso,
hoy casi como ayer, ¿no se está utilizando el cansancio democrático,
la náusea ante la nada, el desconcierto ante el desorden como aval
de una nueva situación histórica de excepción que
requiere un nuevo autoritarismo persuasivo, unificador de la ciudadanía
en clientes y consumidores de un sistema, un mercado, una represión
centralizada? (M. Vázquez Montalbán,
op cit,
p. 76).
Mire usted la mega pantalla, todos esos grises son la
respuesta al desorden, es lo que se necesita para enfrentar a quienes se
niegan a disfrutar el mundo virtual de la globalización y se resisten.
Y, sin embargo, parece que el número de inconformes crece. Uno de
los enanos mexicanos que aspiran a ocupar la silla vacía de Octavio
Paz, constataba, aterrado, que en una encuesta en México del Instituto
de Investigaciones Sociales de la UNAM, en 1994, el 29% de los entrevistados
respondía que las leyes no deben obedecerse si son injustas. En
noviembre de 1999, en la revista Educación 2001, era
el 49% el que a la pregunta "¿Puede el pueblo desobedecer las leyes
si le parece que son injustas?", respondió "sí". Después
de reconocer que es necesario resolver problemas de crecimiento económico,
educación, empleo y salud, señalaba: todas esas cosas
sólo pueden alcanzarse si la sociedad está parada en un piso
más básico que es de la seguridad pública y el cumplimiento
de la ley. Ese piso está lleno de agujeros en México y tiende
a empeorar. (Héctor Aguilar Camín. "Leyes y crímenes",
en "Esquina", Proceso 1225, 23 de abril, 2000). El razonamiento
es sintomático: a falta de legitimidad y consenso, policías.
El clamor de la derecha intelectual demandando "orden
y legalidad" no es exclusivo de México. En Francia, el fascista
Le Pen está dispuesto a responder al llamado. En Austria el neonazi
Heider ya está listo, lo mismo que el franquista Aznar en el Estado
Español. En Italia, Berlusconi (alias el "Duce Multimedia") y Gianfranco
Fini se arreglan para el momento.
¿Europa asomada de nuevo al balcón del fascismo?
Suena duro... y lejano. Pero ahí están las imágenes
de la mega pantalla. Esos "skin heads" que asoman sus garrotes en aquella
esquina, ¿están en Alemania, en Inglaterra, en Holanda? "Son
grupos minoritarios y bajo control", nos tranquiliza el audio de la mega
pantalla. Pero parece que el fascismo renovado no siempre trae la cabeza
rapada ni se adorna el cuerpo con suásticas tatuadas, y aun así
no deja de ser una siniestra derecha.
Si digo "siniestra derecha" le parecerá a usted
que juego con las palabras y sólo recurro de nuevo a oximoron, pero
trato de llamar su atención sobre algo. Después de la caída
del muro de Berlín, el espectro político europeo, en su mayoría,
corrió atropelladamente hacia el centro. Esto es evidente en la
izquierda europea tradicional, pero también ocurrió con los
partidos derechistas (véanse: Emiliano Fruta, "La nueva derecha
europea", y Hernán R. Moheno, "Más allá de
la vieja izquierda y la nueva derecha", en Urbi et Orbi.
itam,
abril, 2000). Con una careta moderna, la derecha fascista empieza a conquistar
espacios que ya rebasan con mucho los de las notas policiacas en los media.
Ha sido posible porque se han esforzado en construirse una nueva imagen,
alejada del pasado violento y autoritario.
También porque se han apropiado de la teología
neoliberal con una facilidad asombrosa (por algo será), y porque
en sus campañas electorales han insistido mucho en los temas de
seguridad pública y empleo (alertando contra la "amenaza" de los
inmigrantes). ¿Alguna diferencia con las propuestas de la social
democracia o de la izquierda tradicional?
Detrás de la "tercera vía" europea acecha
el fascismo, y también de la izquierda que no se define (en teoría
y práctica) contra el neoliberalismo. En veces, la derecha se puede
vestir con andrajos de izquierda. En México, en el reciente debate
televisivo entre los 6 candidatos a la presidencia de la República,
el candidato que obtuvo el beneplácito de la derecha intelectual
fue Gilberto Rincón Gallardo, del Partido Democracia Social, de
izquierda aparente. Acaso la televisión no mostró que algunos
de los militantes y candidatos del pds en Chiapas son cabezas de varios
grupos paramilitares, responsables, entre otras cosas, de la masacre de
Acteal.
Que la derecha fascista y la nueva derecha intelectual
estén listas para mostrarle sus "habilidades" a los señores
del dinero no sorprende. Lo que desconcierta es que, algunas veces, son
la socialdemocracia o la izquierda institucional quienes les preparan el
camino.
Si en el Estado Español, Felipe González
(ese político tan aplaudido por la derecha intelectual) trabajó
para el triunfo del derechista Partido Popular de José María
Aznar, en Italia, la autopista por la que la derecha se dirige al poder
se llama Massimo D´Alema. Antes de renunciar, D´Alema hizo
todo lo necesario para hacer naufragar a la izquierda. D´Alema
y los suyos financiaron con el dinero de todos la educación religiosa
y prepararon la privatización de la [educación] pública,
participaron plenamente en la aventura de la OTANcontra Yugoslavia y en
la ocupación virtual de Albania, privatizaron lo que pudieron, atentaron
contra los jubilados, reprimieron a los inmigrantes, se sometieron a Washington,
"reflotaron" a los corruptos y al mismo Bettino Craxi, por cuya residencia
en el exilio, como prófugo de la justicia, desfilaron para pedirle
ayuda, hicieron una ley sobre los carabineros dictada por el comando golpista
de los mismos... (Guillermo Almeyra. "La izquierda de la derecha"
en La Jornada, 23 de abril, 2000). ¿Resultado? Buena
parte del electorado de izquierda se abstuvo de votar.
En la complicada geometría política europea,
la llamada "tercera vía" no sólo ha resultado letal para
la izquierda, también ha sido la rampa de despegue del neofascismo.
Tal vez estoy exagerando, pero la memoria es una facultad
extraña. Cuanto más agudo y más aislado es el estímulo
que recibe la memoria, más se recuerda; cuanto más abarcador,
se recuerda con menor intensidad. (John Berger, op cit,
p.234), y sospecho que ese alud de imágenes grises en la pantalla
es para que recordemos con menor intensidad, con pereza, con ganas de olvidar.
Y si los libros no mienten, fue el fascismo italiano el
que resultó atractivo para muchos líderes liberales europeos
porque consideraban que estaba llevando a cabo interesantes reformas sociales,
y podría ser una alternativa a la "amenaza comunista" (Véase:
U. Eco, op cit).
En agosto de 1997, Fausto Bertinotti (secretario del italiano
Partido de Refundación Comunista) escribía en una carta al
EZLN: Se ha abierto, en Europa, una verdadera crisis de civilización.
Se podrían, desgraciadamente, narrar cientos y miles de episodios
de barbarie cotidiana, de violencia gratuita, de agresión a las
personas, al cuerpo, de tráfico de personas, de cuerpos, de órganos,
sin ningún sentido. Y encima de todo una gruesa capa de indiferencia,
como si la vida hubiera perdido el sentido. Le podría contar de
cosas que ocurren en la periferia urbana, realidad y metáfora de
la tragedia humana en la que se ha convertido este nuevo ciclo del desarrollo
capitalista.
Frente a esta vida sin sentido, el liberal fascista ofrece
su cara amable y argumenta, haciendo hincapié en sus bondades, el
recurso de la violencia legalizada, institucional.
El horizonte anuncia tormenta, y la derecha intelectual
nos trata de tranquilizar presentándola como un chubasco sin importancia.
Todo sea por asegurar el pan, la sal... y el lugar junto al Príncipe.
¡Protegedlo! No importa que su camisa sea gris y en su cálido
seno se cultive el huevo de la serpiente.
"El huevo de la serpiente". Si mal no recuerdo, es el
título de una película de Bergman que describía el
ambiente en el que se gestó el fascismo. ¿Y qué hacemos?
¿Seguimos sentados hasta que termine la película? ¿Sí?
¿No? ¡Un momento! ¡Vea usted hacia los otros espectadores!
¡Muchos se han levantado de sus asientos y hacen corrillos! ¡Los
murmullos crecen! ¡Algunos lanzan objetos contra la pantalla y abuchean!
¡Y mire esos otros! ¡En lugar de dirigirse a la pantalla van
hacia arriba! ¡Como que buscan al que proyecta la película!
¡Parece que lo encontraron porque señalan insistentemente
hacia un rincón allá arriba! ¿Quiénes son esas
personas y con qué derecho interrumpen la proyección? Uno
de ellos levanta una pancarta que reza: Tomemos entonces, nosotros,
ciudadanos comunes, la palabra y la iniciativa. Con la misma vehemencia
y la misma fuerza con que reivindicamos nuestros derechos, reivindiquemos
también el deber de nuestros deberes. (José Saramago,
Discursos
de Estocolmo. Ed. Alfaguara). ¿El deber de nuestros deberes?
¡Que alguien explique porque no entendemos nada! ¡Silencio!
Alguien toma la palabra...
VII. La escéptica esperanza
Los intelectuales progresistas. Los de la escéptica
esperanza. El sociólogo francés Alain Touraine propone una
clasificación de ellos (¿Comment sortir du libéralisme?
Ed.
Fayard. París, 1999): la más clásica la del intelectual
denunciador, donde toda la atención se concentra sobre la crítica
al sistema dominante; el segundo tipo de intelectuales se identifican con
tal lucha o tal fuerza de oposición y se convierten en sus intelectuales
orgánicos; la tercera cree en la existencia, la conciencia y la
eficacia de los actores, al mismo tiempo que conocen sus límites;
la cuarta son los utopistas, se identifican con las nuevas tendencias culturales,
de la sociedad o de la existencia personal. Todos ellos (y ellas, porque
ser intelectual no es privilegio masculino) empeñan sus esfuerzos
en entender, críticamente, la sociedad, su historia y su presente,
y tratan de desentrañar la incógnita de su futuro.
Nada fácil la tienen los pensadores progresistas.
En su función intelectual se han dado cuenta de qué va todo
y, nobleza obliga, deben develarlo, exhibirlo, denunciarlo, comunicarlo.
Pero para hacerlo deben enfrentarse a la teología neoliberal de
la derecha intelectual, y detrás de ésta están los
media, los bancos, las grandes corporaciones, los Estados (o lo que queda
de ellos), los gobiernos, los ejércitos, las policías.
Y deben hacerlo, además, en la era visual. Aquí
están en franca desventaja, pues hay que tener en cuenta las grandes
dificultades que implica enfrentarse al poder de la imagen con único
recurso de la palabra. Pero su escepticismo frente a lo evidente les ha
permitido ya descubrir la trampa. Y con el mismo escepticismo arman sus
análisis críticos para desmontar, conceptualmente, la maquina
de las bellezas virtuales y las miserias reales. ¿Hay esperanza?
Hacer de la palabra bisturí y megáfono es
ya un desafío descomunal. Y no sólo porque en esta época
la reina es la imagen. También porque el despotismo de la era visual
arrincona a la palabra en los burdeles y en las tiendas de trucos y bromas.
Aun
así, sólo podemos confesar nuestra confusión y nuestra
impotencia, nuestra ira y nuestras opiniones, con palabras. Con palabras
nombramos aun nuestras pérdidas y nuestra resistencia porque no
tenemos otro recurso, porque los hombres están indefectiblemente
abiertos a la palabra y porque poco a poco son ellas las que moldean nuestro
juicio. Nuestro juicio, temido a menudo por quienes detentan el poder,
se moldea lentamente, como el cauce de un río, por medio de corrientes
de palabras. Pero las palabras sólo producen corrientes cuando resultan
profundamente creíbles (John Berger, op cit, p.
255).
Credibilidad. Algo de lo que carece la derecha intelectual
y que, afortunadamente, abunda entre los intelectuales progresistas. Sus
palabras han producido, y producen, en muchos la sorpresa primero, la inquietud
después. Para que esa inquietud no sea aplastada por el conformismo
que receta la era visual, hacen falta más cosas que escapan al ámbito
del quehacer intelectual.
Pero aun cuando la palabra se ha hecho raudal, la función
intelectual no termina. Los movimientos sociales de resistencia o de protesta
frente al poder (en este caso frente a la globalización y el neoliberalismo)
todavía deben recorrer un largo camino, no digamos ya para conseguir
sus fines, sino para consolidarse como alternativa organizativa para otros.
Finalmente,
hay que reconocer la responsabilidad particular de los intelectuales. Depende
de ellos, más que de cualquier otra categoría, que la protesta
se desgaste en denuncia sin perspectiva o, por el contrario, que ella conduzca
a la formación de nuevos actores sociales e, indirectamente, a nuevas
políticas económicas y sociales. (Alain Touraine,
op
cit, p. 15).
El intelectual progresista está debatiéndose
continuamente entre Narciso y Prometeo. En veces la imagen en el espejo
lo atrapa y empieza su inexorable camino de trasmutación en un empleado
más del mega mercado neoliberal. Pero en veces rompe el espejo y
descubre no sólo la realidad que está detrás del reflejo,
también a otros que no son como él pero que, como él,
han roto sus respectivos espejos.
La transformación de una realidad no es tarea de
un solo actor, por más fuerte, inteligente, creativo y visionario
que sea. Ni solos los actores políticos y sociales, ni solos los
intelectuales pueden llevar a buen término esa transformación.
Es un trabajo colectivo. Y no sólo en el accionar, también
en los análisis de esa realidad, y en las decisiones sobre los rumbos
y énfasis del movimiento de transformación.
Cuentan que Miguel Ángel Buonarroti realizó
su "David" con serias limitaciones materiales. El pedazo de mármol
sobre el que trabajó Miguel Ángel era uno que ya había
sido empezado a trabajar por alguien más y tenía ya perforaciones,
el talento del escultor consistió en hacer una figura que se ajustara
a esos límites infranqueables y tan restringidos, de ahí
la postura, la inclinación, de la pieza final (Pablo Fernández
Christlieb, La afectividad colectiva. Ed. Taurus, 2000, pp.
164-165).
De la misma forma, el mundo que queremos transformar ya
ha sido trabajado antes por la historia y tiene muchas horadaciones. Debemos
encontrar el talento necesario para, con esos límites, transformarlo
y hacer una figura simple y sencilla: un mundo nuevo.
Vale de nuez. Salud y no olvidéis que la idea es
también un cincel.
Desde las montañas del Sureste Mexicano
México, abril del 2000
P.D. ¿Alguien tiene un martillo a la mano?