CHIAPAS: LA GUERRA.
V. GUADALUPE TEPEYAC: LA RESISTENCIA INVISIBLE.
Carta 5.5
"Tercos fusiles agudos
por toda la noche suenan.
La virgen cura a los niños
Con salivilla de estrella."
Federico García Lorca.
Diciembre de 1999.
Para: Javier Sicilia.
México.
Don Javier:
Hago trampa. Quiero decir que cuando le
escribo hago trampa. Usted perdonará que haga trampa.
Resulta que estaba yo pensando en un destinatario para esta
carta que habla de un pedacito de la historia de una
comunidad indígena tojolabal, cuando me llegaron los libros
y las líneas que usted tuvo a bien enviarme desde hace ya
tiempo. Y entonces pensé que por algo habían llegado tan
tarde y de tarde sus libros, justo cuando yo buscaba un
destinatario para esta historia que no por invisible es menos
heroica. Así que hago trampa, pero usted perdonará de
seguro porque ahora sabe que sí recibí sus libros y sus
amables palabras y, además, recordará (porque estoy seguro
que la sabe) la historia de ese poblado que se llama
Guadalupe Tepeyac.
Y claro que viene al caso, no sólo por este
12 de diciembre, también por esa extraña (por decir lo más
decoroso) polémica entre el alto clero mexicano.
No, no se preocupe usted, no haremos una
nueva aportación al debate sobre si existió o no Juan Diego
y si se apareció o no la Virgen de Guadalupe en Tepeyac.
Sólo quiero platicarle de la otra Guadalupe Tepeyac, la que,
invisible, resiste.
Verá usted, en realidad hay dos pueblos
llamados Guadalupe Tepeyac: el muerto o "viejo"
(como lo llaman quienes en él vivieron), y el nuevo o
"en el exilio" (como lo llaman los que hoy lo viven
y luchan). Ambos tienen una larga historia de dolor y
esperanza, y es sólo una parte de esta historia la que ahora
le platico.
En el viejo Guadalupe Tepeyac se celebró en
agosto de 1994, aquella gran Convención Nacional
Democrática que convocó a más de 6,000 mexicanos. Muchos
caminos y reflectores apuntaron entonces a esa comunidad,
símbolo del desafío indígena zapatista frente a un
régimen empeñado en aniquilar a los primeros pobladores de
estas tierras.
Grandes políticos, artísticas e
intelectuales, y personas con cualquier nombre y cualquier
rostro, acudieron en esos meses a la comunidad. Todas ellas,
grandes y chicas, conocidas y desconocidas, fueron recibidas
con amabilidad y respeto. Incluso, en enero de 1995, el
entonces secretario de Gobernación (y hoy brazo derecho del
candidato oficial a la presidencia y secretario general del
PRI) Esteban Moctezuma Barragán estuvo en ese poblado. Días
antes de la traición del 9 de febrero de ese año, aterrizó
en un helicóptero. Los habitantes de Guadalupe Tepeyac
hicieron un cinturón humano de paz en torno a la aeronave,
para garantizar que no sería atacado por los zapatistas. El
pago a esa muestra de buena voluntad fue el asalto, con
tropas federales de élite y a punta de fusil. Los pobladores
se refugiaron entonces en el hospital que, bajo la bandera
del Comité Internacional de la Cruz Roja, estaba declarado
territorio neutral y, de acuerdo a las leyes internacionales,
no podía ingresar ninguna persona armada. A los soldados no
les importó y, armados hasta los dientes, entraron al
hospital y amenazaron a las mujeres, hombres, niños y
ancianos que ahí se encontraban. Los habitantes decidieron
entonces salir del pueblo y salieron caminando montaña
arriba llevando sólo lo que traían puesto. En el pueblo
quedaron todas sus pertenencias, entre ellas, dos imágenes
de la Virgen de Guadalupe ("bien alegres", cuentan
los guadalupanos). A escondidas, metida bajo su camisa, un
hombre logró sacar una gran manta con la imagen misma que
cubría el cielo raso de la iglesia.
Siguió el andar. Algunas mujeres iban con un
avanzado estado de embarazo y una de ellas parió esa misma
noche, en medio de la montaña, un varoncito. ¿Su nombre?
Lino. Así que Lino nació en la montaña, en medio de una
persecución militar, en el exilio. Mientras los soldados lo
perseguían para matarlo, Lino nació y nació vivo, como
para contradecir a quienes habían decretado su muerte, o
más bien para decir que la respuesta zapatista a la
traición era la vida, la resistencia a morir, la resistencia
a ser vencido, la resistencia a rendirse, la resistencia.
Febrero, marzo, abril y parte de mayo la
pasaron los guadalupanos de un lado a otro, comiendo lo poco
que podían darles los pueblos zapatistas por los que
cruzaban, bebiendo el agua de los arroyos que encontraban a
su paso, durmiendo por decenas bajo un mismo techo y
perseguidos a su paso por helicópteros y aviones militares.
Entre los hombres, mujeres, niños y ancianos, iban también
en el éxodo una niña llamada la Eva (gran cinéfila -aunque
su repertorio se limita a "Escuela de Vagabundos"
con Pedro Infante y Miroslava y "Bambi", y un niño
llamado el Heriberto (adicto a los dulces y chocolates y
alérgico a las escuelas y maestros). Iba también el Lino,
aunque apenas tenía unas horas. Muchos niños y niñas
caminaron esos días y esas noches, algunos recuerdan la
entrada de los soldados a su pueblo. Otros, los que entonces
estaban muy pequeños, sólo recuerdan la angustia de sus
madres.
A medio camino, en su accidentado paso por
las montañas, el pueblo de Guadalupe Tepeyac recibió una
pequeña imagen de la Virgen de Guadalupe, pero esa historia
ya la conté y no voy a repetirla. Lo que voy a contarle es
lo que ha pasado después.
Después de meses de caminar, estos
zapatistas se asentaron en una montaña y fundaron lo que hoy
se llama Guadalupe Tepeyac en el exilio. Poco a poco el
pueblo fue tomando forma como de por sí toman forma acá los
poblados: en torno al templo. Ahí, en medio de un
desordenado número de techos de nylon y cartón, un largo
galerón la hacía de templo y, en una de las cabeceras, las
veladoras arrancaban destellos a la imagen de la Virgen de
Guadalupe.
Desde entonces, el pueblo de Guadalupe
Tepeyac resiste. Quienes lo visitaron cuando tuvo los
reflectores se han olvidado de él y desde el otro lado del
mar, desde Europa, de donde viene alguna ayuda humanitaria
para estos indígenas zapatistas. Con trabajo levantaron los
guadalupanos su nuevo poblado y con trabajo lo mantienen. Sus
habitantes han sido delegados en la marcha de los 1,111 y en
la Consulta del 21 de marzo de este año. Son zapatistas. Es
más, creo que siempre lo fueron y que, más que nosotros
encontrarlos a ellos, fueron ellos quienes nos encontraon a
nosotros. Bueno, pero ésa es otra historia.
La que ahora le cuento, don Javier, es que,
para este 12 de diciembre de 1999, los guadalupanos planeaban
traer las dos imágenes que habían quedado en el templo del
ahora Viejo Guadalupe Tepeyac. Fueron y esto pasó:
Me cuentan los habitantes del Guadalupe
Tepeyac en el Exilio que fueron al Viejo Guadalupe Tepeyac a
tratar de rescatar del viejo templo las dos imágenes de la
guadalupana para la celebración del 12 de diciembre. No las
encontraron. Bueno si las encontraron, pero destruidas.
Los guadalupanos me lo cuentan con una mezcla
de dolor y de rabia. Investigando supieron que fueron los
militares quienes destruyeron las dos imágenes. Desde el mes
de febrero de 1995, hace ya casi 5 años, que el ejército
del gobierno se encuentran ocupando ilegalmente las tierras
de estos mexicanos que tienen 3 delitos: son indígenas, son
rebeldes y son zapatistas.
Los guadalupanos me cuentan muchos detalles
de las dos imágenes de la Virgen, de cómo los dejaron, de
cómo las encontraron. Narran con indignación que los
militares convirtieron el templo primero en un burdel y luego
en un basurero, que los badajos de las dos campanas de bronce
que tenía el templo fueron robados, que en la destrucción
de las imágenes se ve que los que lo hicieron querían
lastimar, lastimar la imagen, lastimar lo que representaba y,
sobre todo, lastimar a quienes de ella habían tomado nombre
e identidad.
Enojados estaban los guadalupanos, enojados y
tristes. Pero, como antes en su éxodo, otra vez les llegó
la imagen de la Virgen de Guadalupe y esta vez en dos figuras
de yeso con muchos colores (una de ellas hasta tiene un
foquito).
Con una gran fiesta y un baile, (y, claro
tamales) celebraron los zapatistas de Guadalupe Tepeyac este
12 de diciembre. Unos días antes hubo bautizo y aprovecharon
para bendecir las dos imágenes. Con ellas presidiendo
comieron, cantaron y bailaron.
Ahí están los guadalupanos zapatistas,
resistiendo aún cuando su resistencia sea invisible para
quienes ayer se pasearon por sus callejuelas. Resisten como
de por sí resistimos los zapatistas, es decir, sin que nadie
nos lleve la cuenta. Si que nadie, como no sea nosotros
mismos, vaya sumando indignación y memoria.
Ahí están los habitantes de Guadalupe
Tepeyac en el Exilio, nadie los ve. ¿Nadie? Bueno, don
Javier, ¿Recuerda use la manta con la imagen de la
guadalupana que lograron sacar del templo del Viejo Guadalupe
Tepeyac? Bueno, pues la pusieron en lo alto de una loma. Muy
grande y llena de colores es esa imagen. Pero nadie la ve,
quiero decir, nadie aparte de los guadalupanos y de quienes
por ahí pasamos a veces, Y es que el nuevo poblado está
alejado de la carretera y desde ahí no se alcanza a ver
nada. Además, la imagen está mirando hacia arriba, hacia el
cielo. Nadie la ve. ¿Nadie? Bueno, si la ven los
helicópteros y aviones del ejército que diariamente
sobrevuelan el poblado de Guadalupe Tepeyac en el Exilio.
Sí, sólo los aviones y los helicópteros
ven la gigantesca imagen de la Virgen de Guadalupe. Como si
los habitantes de este pueblo tojolabal quisieran gritarle al
gobierno: "¡Aquí estamos! ¡No nos rendimos!
¡Resistimos!".
Así que esta es la historia, la historia de
una imagen que sólo la ven los helicópteros y los aviones
del gobierno.
¿Cómo? ¿Qué dice usted? ¡Ah sí!, tiene
usted razón; la ven los helicópteros y los aviones del
gobierno...y, claro, quien esté más arriba de ellos, hasta
allá bien alto...
Bueno, don Javier, ya me despido. Gracias por
los libros y, sobre todo, gracias por sus palabras.
Vale. Salud y sí, de nuevo tiene usted razón, las
cosas las ve quien tiene que verlas.
Desde las montañas del Sureste mexicano.
Subcomandante Insurgente Marcos.
México, diciembre de 1999.