”A lo suyo vino, y los suyos no le
recibieron”
(San Juan, cap. 1, v. 11)
I
A lo suyo vino, y los
suyos no le recibieron - (Cap. 1, v. 11).
Si os acordáis de las
ideas que preceden, añadiré lo que sigue a continuación con más gusto, por ver
que lo hago con grande utilidad. Pues de esta manera para vosotros será más
fácil de entender mi palabra, por acordamos de lo ya dicho, y yo no necesitaré
tanto trabajo, pues podréis por la mucha aplicación penetrar lo demás con mayor
perspicacia. El que siempre pierde lo que se le da, siempre necesitará de
maestro, y nunca llegará a saber nada; pero el que conserva lo que recibió y
añade más todavía, pronto de discípulo llegará a maestro, y será útil no sólo
para sí, sino también para todos los demás. Así espero yo que ha de suceder con
esta reunión, y lo conjeturo por la grande atención que me prestáis. Ea, pues,
depositemos en vuestras almas, como en segurísimo tesoro, la riqueza del Señor,
y examinemos lo que hoy se nos propone en cuanto nos favorezca la gracia del
Espíritu Santo.
Dijo (el Evangelista)
que el mundo no le conoció, hablando de los tiempos antiguos. Después desciende
también a los tiempos de la predicación (evangélica) y dice: A lo suyo vino, y
los suyos no le recibieron, llamando ahora suyos a los judíos, como a pueblo
peculiar, o también a todos los hombres, como a criados por Él. Y así como más
arriba, atónito de la necedad de los más de los hombres, y avergonzado por
causa de toda nuestra naturaleza, decía que el mundo hecho por Él no reconoció
a su Criador, así en este lugar a su vez, amargado por la ingratitud de los
judíos y de la mayor parte de los demás hombres, pone la acusación con más
energía, diciendo: Los suyos no le recibieron, y eso, cuando Él vino a ellos.
Y no sólo el
Evangelista, sino también los Profetas decían con admiración lo mismo, y
últimamente Pablo, lleno
de estupor por este motivo. En efecto, los Profetas, revistiendo la persona de
Cristo, clamaban de esta manera: Un pueblo a quien no conocí me sirvió, con
obediencia me obedeció; hijos extraños me mintieron; hijos extraños envejecieron
y erraron sus caminos (Ps. XVII, 45, 46). Y de nuevo: Aquellos, a quienes no se
habló de Él, le verán y los que no oyeron entenderán (Isai., LII, 15): y
además: Fui hallado por los que no me buscaban; me manifesté a los que no
preguntaban por mí (Is., LXVI, 1). Y San Pablo, escribiendo a los romanos,
decía: Pues ¿qué? Lo que buscaba Israel, esto no lo alcanzó, mas los escogidos
lo alcanzaron (Rom., XI, 7). Y otra vez: Pues, ¿qué diremos? -Que los gentiles
que no seguían la justicia, han alcanzado la justicia; mas Israel, yendo tras
la ley de justicia, no ha llegado a la ley de justicia (Rom., IX, 30). Y es
verdaderamente cosa que pone asombro, cómo los educados en los libros de los
Profetas, los que cada día oyen a Moisés, que dice tantas cosas de la venida de
Cristo, y a los demás Profetas de las épocas siguientes, más todavía, los que
veían al mismo Cristo, haciéndoles cada día milagros, y hablando con ellos
solos, el cual por entonces ni aún a los discípulos permitía ir camino de
gentiles, ni entrar en ciudad de samaritanos, y tampoco Él lo hacia, sino que
una y otra vez decía haber sido enviado para las ovejas descarriadas de la casa
de Israel; sin embargo, a pesar de tantos milagros en su favor, de la voz de
los Profetas que oían diariamente, de las amonestaciones continuas del mismo
Cristo, tan absolutamente cegaron y ensordecieron, que con nada de esto
pudieron ser traídos a creer en Él. Y era cambio los gentiles, sin haber gozado
de ninguno de estos favores, ni haber oído jamás, ni aun por sueño, los divinos
oráculos, antes envueltos siempre en fábulas de locos (pues a esto se reduce la
filosofía profana), y revolviendo las vaciedades de los poetas, y sujetos a la
adoración de troncos y piedras, y no sabiendo cosa útil ni sana, ni en
doctrina, ni en costumbres, ya que su vida era más impura y execrable que sus
doctrinas -y ¿cómo no lo había de ser, viendo como veían a sus dioses que se
gozaban en toda maldad, y eran adorados con torpes palabras, y obras todavía
más torpes, y esto tenían por fiesta y honor, y eran honrados por sus
execrables asesinatos y muertes de niños, y así trataban sus adoradores de
imitarlos?; a pesar de todo, hundidos en el abismo de toda maldad, de repente,
como por encanto, se nos presentan resplandecientes arriba, en la misma cumbre
de los cielos.
III
¿Cómo tuvo esto lugar y
por qué causa? Óyelo de labios de San Pablo. Pues él no cesó de investigarlo
con gran diligencia, hasta hallar la causa, y se la descubrió a todos los
demás. Y ¿cuál es ésta? Y ¿de dónde a los judíos tanta ceguedad? Óyeselo decir
a él, que estuvo encargado de este ministerio. ¿Qué es, pues, lo que él dice,
para soltar la duda de muchos? No conociendo ellos, dice, la justicia de Dios,
y tratando de establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios
(Rom., X, 3). Por eso les fue tan mal. Y otra vez, explicando lo mismo de otro
modo, dice: Pues ¿qué diremos -Que los gentiles que no seguían la justicia han
alcanzado la justicia, pero la justicia que es por fe; mas Israel, que iba tras
la ley de justicia, no ha llegado a la ley de justicia. Dime: ¿por qué? porque
no (la buscaron) por fe, pues tropezaron en la piedra del escándalo (Rom., IX,
30, 32): Y lo que dice significa: la causa de estos males fue para ellos la
incredulidad, y ésta nació de la soberbia. Porque como, habiendo sido antes
superiores a los gentiles por haber recibido la ley y conocer a Dios, y todo lo
demás de que habla San Pablo, después de la venida de Cristo vieron que también
aquellos por la fe eran llamados con el mismo honor, y que recibida la fe no
había diferencia entre circunciso y gentil; de la soberbia pasaron a la
envidia, sintiéndose mordidos de ella, y no pudieron sufrir la benignidad
inefable y sobreabundante de Señor. Lo cual no les nació sino de su arrogancia,
perversidad y odio de los demás.
IV
En efecto, ¿qué daño se
os seguía a vosotros, oh hombres los más insensatos, de la providencia ejercida
en favor de otros? ¿En qué si disminuían vuestros bienes, porque otros
participaran de los mismos ¡Ciega es, verdaderamente, la maldad e incapaz de
ver por el momento lo que conviene! Comidos, pues, de envidia, por haber de
tener participantes de su misma libertad, volvieron la espada contra sí, y de
esta manera rechazaron la benignidad de Dios. Y con sobrada razón. Pues Él
dice: Amigo, no te hago injusticia; quiero dar también a éstos lo mismo que a
ti (Matth., XX, 13, 14). Mejor dicho, ellos no sol dignos ni aún de esta
respuesta. Porque aquel, aunque lo llevaba a mal, con todo, podía alegar los
trabajos de todo el día, y fatigas, calores y sudores; pero ellos ¿qué pueden
decir? Nada de eso, si no es pereza, intemperancia e innumerables males que
continuamente le reprendían los Profetas todos, por lo cual también ellos
ofendieron a Dios lo mismo que los gentiles. Y esto lo declaraba Pablo,
diciendo Porque no hay distinción (entre judíos y gentil); pues todos pecaron y
necesitan de la gloria de Dios, siendo justificados de balde por la gracia de
él (Rom., III, 22, 24). Este capítulo lo desarrolla en aquella carta con utilidad
y grande sabiduría. Y más arriba hace ver que son dignos de mayor castigo.
Porque todos los que en la ley pecaron, dice, por la ley serán juzgados (Ibid.,
II, 12); esto es, más duramente pues además de la naturaleza tienen la ley que
los acusa. Y no sólo por esta razón, sino también por haber sido causa de que
entre lo gentiles fuera Dios blasfemado: Porque mi nombre, dice, es por vuestra
causa blasfemado entre los gentiles (Rom., II, 24; Is., LII, 5; Ezech., XXXVI,
20). Ya, pues, que esto era lo que más los carcomía -como que a los mismos
convertidos del judaísmo a la fe les parecía cosa estupenda, y por eso echaban
en cara a Pedro, cuando volvió a ellos de Cesarea, que había ido a gente
incircuncisa, y comido con ellos; y aún después de enterados de la providencia
de Dios, todavía aún así se admiraban de cómo se había derramado también a los
gentiles la gracia del Espíritu Santo, dando a entender con su asombro que
jamás hubieran esperado ellos esta maravilla-: como sabía, pues, que esto era
lo que más les llegaba al alma, no deja piedra por mover, a fin de vaciar su
hinchazón y deshacer su arrogancia, inflada hasta más no poder.
Y mira cómo lo hace.
Después de haber hablado de los gentiles, y demostrado que no tenían por ningún
aparte excusa alguna ni esperanza de salvación, y reprendídolos fuertemente por
su perversidad de doctrinas e impureza de vida, traslada su razonamiento a los
judíos, y después de haber recapitulado lo que de ellos dijo el Profeta, que
eran execrables, fraudulentos, astutos, que todos se hicieron inútiles, y que
nadie entre ellos buscaba a Dios, sino que todos se desviaron y otras cosas
semejantes, añadió: Y sabemos que cuanto la ley dice, se lo dice a aquellos que
están en la ley; para que toda boca se cierre, y todo el mundo se sujete a
Dios... Pues todos pecaron y necesitan de la gloria de Dios (Rom., III, 18,
23). Luego, ¿por qué te engríes, oh judío? ¿Por qué te ensorberdeces? Cerrada
queda tu boca, destruida tu libertad, con todo el mundo quedas tú también hecho
súbdito, y lo mismo que los demás estás en necesidad de ser justificado
gratuitamente. Debieras, cierto, aunque hubieses obrado bien, y tuvieses mucha
libertad con Dios, no envidiar por eso a los que habían de obtener misericordia
y ser salvos por clemencia. Porque maldad extrema sería consumirse por los
bienes ajenos, y sobre todo cuando no se te seguía de ello perjuicio alguno. Si
la salvación de los demás dañara a tus bienes, tendría razón de ser la
tristeza: aunque ni aún entonces para quien sabe filosofar (y ser virtuoso).
Pero si ni con el castigo ajeno aumenta tu premio, ni con su bien disminuye,
¿por qué te atormentas a ti mismo, porque otro se salva gratis? Convenía, pues,
como antes he dicho, que aunque fueras del número de los que obraron bien, no
te mordiera la envidia por la salvación concedida gratis a los gentiles, pero,
siendo como eres reo de los mismos delitos ante el Señor, y habiéndole ofendido
lo mismo también tú, llevar a mal los bienes ajenos, y engreírte como si tú
solo debieras ser particionero de la gracia, es hacerte reo no sólo de envidia
y arrogancia, sino también de extrema locura, y acreedor por ello a todos los
más terribles tormentos: pues plantaste en ti mismo la soberbia, que es raíz de
todos los males. Por lo cual un sabio decía: Principio de pecado es la soberbia
(Eccli., X, 15); esto es, raíz, fuente y madre. Así cayó el primer hombre de
aquel feliz estado; así también el mismo Satanás que le engañó fue derribado de
la cumbre de su dignidad. De ahí que, viendo el perverso que la naturaleza de
este pecado bastaba para derribar de los mismos cielos, emprendió este camino,
cuando trató de derribar a Adán de tan grande honor. Pues habiéndole inflado
con la promesa de la igualdad con Dios, le hizo reventar y le derribó a las
mismas profundidades del infierno. Y es que nada hay que así nos enajene de la
benignidad de Dios, y deje a merced del fuego del infierno, como la tiranía de
la soberbia. Porque si la tenemos, toda nuestra vida se corrompe, por más que
ejercitemos la castidad, la virginidad, el ayuno, la oración, la limosna y
cualquiera otra virtud. Inmundo, dice (
V
Reprimamos pues, esta
hinchazón del alma, sajemos este tumor, si es que queremos ser puros y
librarnos del suplico preparado para el diablo. Pues, en efecto, que el
arrogante haya de sufrir necesariamente lo mismo que él, óyeselo decir a San
Pablo: No sea neófito, para que hinchado de soberbia, no caiga en el juicio y
lazo que el diablo (1 Tim., III, 6). ¿Qué significa juicio? En la misma
condenación, dice, en el mismo suplicio.
Pues ¿cómo, se dirá,
puede uno huir de este mal? Si considera su propia naturaleza y la muchedumbre
de sus pecados, la grandeza de los tormentos de la otra vida y lo pasajero de
lo que en ésta parece glorioso, que no se diferencia del heno, y se marchita
con más facilidad que las flores de primavera.
Si revolvemos
continuamente estas ideas dentro de nosotros mismos, y tenemos en nuestra
memoria a los que más se distinguieron por su virtud, no podrá fácilmente
levantarnos el demonio, por mucho que se esfuerce, ni aún comenzar siquiera a
suplantarnos. El Dios de los humildes, el bueno y benigno, Él nos de a vosotros
y a mí un corazón contrito y humillado. Puesto que así podremos llevar a cabo
todo lo demás con facilidad, para honor de Nuestro Señor Jesucristo, por el
cual y con el cual sea la gloria al Padre, juntamente con el Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.
Mons. Dom ++ Paulo
Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça
(Mar Alexander I
da Hispânea)