ESPIRITUALIDAD Y SANTIDAD
1. CONCEPTO ORTODOXO DE SANTIDAD
Nada hay más difícil que
describir un acontecimiento o un hombre que pertenece al pasado. Todo el tiempo
transcurrido que nos separa de él, crea una disminución de la impresión
original, como una nube que lo oculta a nuestra mirada. ¿Cómo franquear la
distancia del tiempo?
¿Cómo penetrar en esta
nube para discernir, por lo menos con suficiente seguridad, los rastros
sepultados en la oscuridad del pasado?
Nos encontramos frente a
una dificultad análoga al querer remontar la oscuridad de los siglos para
tratar de alcanzar cuál fue el verdadero rastro de la Iglesia, tal como Cristo
la quiso y la estableció el día de Pentecostés, y tal como se manifestó a los
hombres de los primeros siglos. Para esto, no nos es suficiente el Símbolo de
Nicea, pues éste no hizo más que formular una confesión de fe que esquematizaba
la convicción y la creencia del pueblo de la Iglesia Universal
frente a los rasgos esenciales del Cuerpo de Cristo. Esta dificultad de que
hablamos se hace aún más intensa cuando se trata de hacer revivir un rasgo
particular del carácter de esta Iglesia primitiva: su santidad.
Sabemos muy bien que el
rostro humano de la Iglesia
militante posee toda una serie de características, pero que entre todas ellas,
la santidad ocupa un lugar muy especial, un lugar único. No basta, sin embargo,
tener simplemente en cuenta esta importancia única de la santidad, tan vital al
fin y a la esencia de la
Iglesia. Hace falta, además, poner en su punto las relaciones
entre la santidad y la vida cotidiana. Debemos incluso alumbrar la oscuridad
creada por ciertos errores; errores mantenidos por algunos hombres en el pasado
y defendidos aún hoy por algunos. Pues hay siempre quienes quisieran que
aceptásemos, y sin ningún reparo, una visión de la Iglesia salida puramente
de factores sociológicos. Siempre hay algunos que parecen ignorar
persistentemente ciertas características absolutamente esenciales de la Iglesia.
Que parecen no alcanzar
el elemento imprescindible, inseparable e indisoluble de ciertos rasgos
eclesiológicos que, sin embargo, la tradición ha esquematizado en el Símbolo de
los Apóstoles, verdadera carta de la fe cristiana. En este Símbolo, la
tradición nos enseña claramente que la Iglesia no es ni una congregación antropocéntrica
de carácter abstracto ni un grupo de naturaleza indeterminada. Por el
contrario, es una comunidad que aun estando compuesta de hombres, se distingue
muy bien de las demás por sus características. No es un grupo amorfo, sino una
comunidad con una fisonomía bien reconocible y con unos atributos esenciales:
es Una, es Santa, es Católica, es Apostólica. «Una, sancta, catholica et
apostólica», tal es la Iglesia,
la verdadera Iglesia. Se abusa quizá del texto de San Mateo, cap. 18, vers. 20,
donde leemos: “...donde dos o tres están reunidos en mi nombre, Yo estoy en
medio de ellos”. Este texto rebosa verdad para un espíritu ortodoxo, pero,
sin embargo, nos parece que una verdadera Iglesia, que, la verdadera Iglesia,
no puede disociarse de estos cuatro rasgos de que acabamos de hablar: unidad,
santidad, catolicidad, apostolicidad. Y aún se nos hace más imposible poner el peso en la
composición numérica de los constituyentes o hablar de una eclesiologia
puramente antropocéntrica.
Decíamos, pues, que es
difícil tratar de alcanzar el sentido original que se daba a ciertas palabras
asociadas a la esencia de la
Iglesia. Cada palabra encierra su historia. Cada una de las
palabras representa una experiencia mística que no es siempre accesible a
nuestra inteligencia y quizá no lo fue ni siquiera a la de tos primeros
cristianos; ¡cuánto menos, por tanto, a la nuestra!
Si queremos hacer un
esfuerzo sincero para comprender lo que significaba para los primeros
cristianos la santidad, y lo que ella significa aún hoy para nosotros, no
podemos limitamos al sentido etimológico de la palabra. Debemos centrarnos en
la verdadera significación de la santidad con relación a la vida de Cristo; de
Cristo, manantial de nuestra santificación en la vida cotidiana. Y, por esto
mismo, el presupuesto requerido es una aproximación existencial a la santidad.
Definir la Santidad sobrepasa,
evidentemente, la capacidad de las palabras humanas. Para los ortodoxos, es
mérito de la Ortodoxia
no haber intentado lo que Dios ha hecho imposible para el hombre. No haber
tratado de definir lo indefinible. En efecto, toda la Teología ortodoxa
podría definirse como una teología sin definiciones. Esta engloba, sin
definirla, realidades espirituales de dimensiones ilimitadas e indefinibles. Y
en este contexto nos es permitido decir que la Santidad puede
comprenderse como un reflejo de lo que San Pablo describe en su frase tan densa
-«en Cristo», «in Cristo»-: vivir en Crissto. De estas dos palabras brota una
inmensidad de vida espiritual, de vida unida al Señor, ligada al Señor. Es
sufrir con El, morir con El, resucitar con El, y con El participar de la gloria
celeste. De esta maneta los fieles que viven en el Señor, que viven «en
Cristo», se hacen juntamente con El, coherederos de su Reino.
La Santidad, la vida en Cristo, implica dos
operaciones, dos acciones simultáneas, pero separadas y distintas. La primera:
apartarse del mundo.
Santo es aquel que ha
abandonado el mundo, ha renunciado a adherirse a los placeres de este mundo. Ha
roto la alianza con los bienes de este siglo. Se ha hecho persona aparte. Un
ser fácilmente reconocible. Los cristianos de los primeros siglos se
caracterizaban por este hecho: que era fácil distinguirlos del mundo pagano.
Otro aspecto de esta
primera operación de la santidad es la consagración. El Santo es un consagrado
perpetuamente al amor y al servicio de Cristo. Es un consagrado en forma de
ofrenda. Es un ofrecido. En toda cosa que se ofrece hay un elemento sagrado. El
Santo se halla, por tanto, revestido de los mismos rasgos que lo sagrado. Lo
vemos claramente en el Sacramento del Bautismo. Allí, el neocristiano, renunciando a este mundo, entra en un mundo
radicalmente diferente. Recibe un nuevo derecho a ser súbdito de una nueva
ciudad. Su ser íntimo cambia de nacionalidad.
Otro aspecto aún de esta
misma operación, es que con este nuevo derecho de ciudadanía el cristiano
pertenece en adelante a un nuevo Señor, y la señoría de este nuevo Señor es
total. Se extiende a su cuerpo, a su corazón, a su inteligencia, a toda su
personalidad, a su espíritu, a todo su ser. El tiene plena conciencia de que a
cada momento debe vivir con y para su nuevo Señor. Cada momento le dice
nuevamente: «Tú eres de El. Tú le perteneces. Tú debes vivir con El. Tú debes
vivir para El».
Y ahora, la paradoja. La
segunda operación, la segunda acción: el Santo, al mismo tiempo que se disocia
del mundo permanece en el mundo, con el mundo... el mundo de los hombres, de
estos hombres por cada uno de los cuales su Señor se ha sacrificado. Ama a
aquellos a quien su Señor ha amado. Se ha ofrecido a su Señor, y por este mismo
hecho se ofrece a los amados de su Señor.
2) DINAMISMO Y AMPLITUD DEL CONCEPTO DE SANTIDAD
La santidad no es, y no
puede ser, un estado estático o monolítico. Somos miembros vivientes de Cristo
viviente. Somos miembros de un cuerpo orgánico, activo, en plena expansión y
crecimiento.
El fiel no puede
pretender jamás recorrer en un momento dado la etapa final de la carrera de su
destino. Es siempre un soldado en marcha que camina sin cesar hacia la
perfección, paso a paso. Cada día se esfuerza por avanzar en el largo sendero
que le separa aún de su Señor Cristo. Cada día trata de acercarse más cerca de
la plenitud de su gracia, a fin de adquirirla, de poseerla -esta gracia
inconcebible, que es la gracia de Cristo-, o mejor, y es un pensamiento de San Basilio,
de llegar a estar poseído por ella. El proceso es, por tanto, largo. Se mide
por decenas y decenas de millares de pasos progresivos: adelante, siempre
adelante! La noción de santidad, por tanto, excluye rigurosamente toda idea de
inmovilidad o de estancamiento. Según los Padres ascetas, desde que los
síntomas de complacencia se manifiestan en un hombre, desde que la satisfacción
de sí mismo, o el amor a sí mismo aparece, desde este momento preciso comienza
su descenso moral. Ciertamente, el ideal de la santidad no excluye retrocesos,
faltas, caídas incluso, puesto que todos estamos siempre en estado de guerra,
puesto que nuestro combate contra las tentaciones, las potestades de este
mundo, es continuo. Pero Cristo, conocedor a fondo de la naturaleza humana y de
su fragilidad, previendo los altos y bajos, sabiendo los diversos estados a
través de los cuales el hombre debería pasar antes de poder llegar a la
santidad, instituyó expresamente la penitencia. Por la penitencia podemos ganar
de nuevo lo que hemos perdido.
Arrepentirse es la
acción del hijo pródigo, el retorno al Padre. Sin la posibilidad de la
penitencia estaríamos todos perdidos, completamente todos. Ella, pese a cuantos
pecados podamos haber cometido, nos permite gozar de una nueva reconciliación
con nuestro Padre. Por medio de ella, la unidad rota vuelve a restablecerse. En
ella la filiación, en algún modo destruida, se reconstruye. Encontramos otra
vez nuestra verdadera dignidad, nuestra distinción profunda y maravillosa.
Debemos al mismo tiempo
afrontar el siguiente problema: cuando definimos la Iglesia como Santa se nos
presenta la cuestión: Qué Iglesia? En efecto, reina una gran confusión en la
que concierne a la comprensión de la que constituye y caracteriza la Iglesia.
La Iglesia, como tal, está compuesta por el clero y el pueblo de Dios. La vocación a la Santidad se impone
igualmente a todos sin distinciones. Cada uno, sea quien sea, en su campo
particular, en sus preocupación, debe encontrar el media de crear en su vida un
terreno propicio a la
Santidad. Un pequeño jardín interior, donde el sol sea
favorable al crecimiento de la semilla de santidad que Dios ha plantado en él.
Sin este trabajo continuo, sin estos pequeños esfuerzos, sin este cultivo de
todos las días de la semilla de la santidad, ningún hombre alcanzará jamás el
ideal de la santidad. La semilla, simplemente, no brotará jamás. Pero, con este
trabajo...!
La palabra santo, pues,
sea sustantivo o adjetivo, no es en absoluto una palabra agradable. No es una
«palabra engañosa». No; si la palabra existe, existe porque existe también una
unión mística infinitamente profunda entre un alma y Dios. La existencia misma
de la palabra, por tanto, deriva de la existencia de esta íntima unión, posible
y viva, entre un alma y el Dios que la ha creado, que la mantiene en vida, y
que es la fuente única de su santidad.
La Santidad no es un simple atributo entre tantos otros atributos. En realidad, la Santidad es generadora de
todas las virtudes. Ella constituye el conjunto de todas, o, mejor, cada virtud
debe estar inspirada, animada por la santidad, impregnada de santidad. Pues la
santidad de cada ser no es otra cosa que una extensión, una continuación
ininterrumpida de la santidad del mismo Cristo. El discípulo lleva las mismas
marcas distintivas de la santidad que lleva su maestro; el discípulo lleva la
impronta santidad del Maestro. Si un hombre es santo, es la santidad de Cristo
la que es santidad en él.
3) LA
IGLESIA, ARCA DE SANTIDAD
La Iglesia posee, y nos ofrece, todos tos medios necesarios para nuestra
santificación. Como lo hemos visto, no podemos pensar en su existencia desde un
punto de vista meramente institucional. Si la Iglesia existe, existe
para sostener, para avituallar continuamente a sus fieles, para ayudarles a
marchar por el camino recto, en la línea de la verdad, para ayudarles
continuamente a perfeccionarse a fin de que puedan realizar su destino: la
perfección y la felicidad en Dios. Es esta misma verdad la que anima los
sacramentos. Y si, hablando de la
Iglesia como de fuente e impulso de santificación para sus
miembros, se habla sobre todo de su vida sacramental y carismática, es porque
en primer lugar sus miembros, por la participación de los sacramentos, se hacen
ellos mismos carismáticos, para convertirse después en comunicadores de estas
dones a otros. De esta manera, los fieles se convierten en microcosmos de la
que los ha engendrado. Y el día en que esto se realice en la vida cotidiana de
un hombre, se hará patente que uno de sus miembros se ha hecho capaz de
sobrepasarse a sí mismo, de sobrepasar su propia naturaleza humana y de
triunfar del mal. En todas partes los fieles se hacen potentes, optimistas,
triunfantes vencedores. Se extiende entonces una sensación de triunfo, la
convicción de la victoria sobre el pecado. Este cristiano, como otro Cristo,
subyuga al adversario de su alma. Los hombres ven claramente que están en
presencia de un ciudadano de otro mundo. Y detrás de cada una de estas
victorias se descubre la fuerza de la resurrección, que aniquila el mal.
Los Padres de la Iglesia han subrayado frecuentemente este aspecto de la santidad de la Iglesia. Ellos
llaman a la Iglesia
el Arca de la
Salvación. Imaginemos por un momento que los fieles han
naufragado en un mar agitado y que en este mar agitado en el que ellos se
debaten sea el mal. Entonces, el Arca de la Iglesia aparece para salvar a todos los que están
en peligro de naufragar en este mar del mal. Ella puede transportarlos a todos
a un puerto seguro. Naturalmente, la santidad del cristiano debe vivirse en el
interior del alma pero -puesto que todos somos seres encarnados, puesto que
nuestra pertenencia a la
Iglesia se exterioriza-, las victorias interiores del cristiano
se manifiestan en sus relaciones de cada día y, por tanto, en el comportamiento
exterior cotidiano de la
Iglesia. Y dado que la Iglesia está encarnada en la historia, ella
manifiesta exteriormente su santidad de una manera empírica en sus miembros y
en el mundo a través de todos los tiempos y hasta los confines de la tierra. La
historia de los siglos lejanos testimonia esta verdad y la historia
contemporánea no niega en modo alguno este testimonio.
No, la santidad no se
concibe como un puro sentimiento místico e interior. La santidad es visible. La Iglesia no es solamente
celeste, es también actual. Debe vivir en el mundo, desplegar todas las
riquezas de su Santidad en el mundo, por todos los medios, culturales,
artísticos, sociales, absolutamente todos. Y en todos los lugares y por todos
sus miembros, sea cual sea la clase social a la que ellos pertenecen. Puesto
que el manantial de toda santidad es Cristo, su Santidad se impone igualmente a
todos: sacerdotes, pastores, laicos, esposos y célibes. A todos igualmente y
sin una sola excepción. Como escribe San Fabio: «Todos vosotros estáis
llamados a ser santos».
Cuanto más crece la
santidad en un cristiano, cuanto más se le revela el misterio de Cristo y este
misterio se hace aparente en él, tanto más la presencia santificante de Cristo
se extiende en el mundo. Acordémonos de la extensión universal de la llamada de
las Bienaventuranzas. Acordémonos que es a todos a quienes El ha dicho: “Sed
perfectos!”. A cada uno de nosotros, sin excepción, se dirige esta llamada: tú,
por quien Yo me he ofrecido a la muerte, sé perfecto! No te pido lo imposible,
sino lo posible: ¡sé perfecto!
La santidad, pues,
constituye una realidad histórica y existencial. Los paganos del mundo antiguo,
hablando de Cristo y de la Iglesia,
tenían la costumbre de decir: «los Santos, he ahí sus miembros». Una santidad
tal presupone, como es claro, ciertas condiciones indispensables: combate
espiritual, mortificación... pero sobre todo, identificación con el Señor, el
jefe, la cabeza del Cuerpo Místico, el Cristo-Dios, tres veces Santo. Y con
esta nos referimos a la doctrina bien conocida de la téosis, la deificación.
Según la Sagrada Escritura,
el hombre, creado a la imagen de Dios, asistido por el Espíritu Santo, nutrido
de la vida carismática y sacramental de la Iglesia, posee todas las capacidades necesarias
para poder hallar de nuevo su estado de antes de la caída. Esta sublime
aspiración, que tiende hacia una semejanza moral con la naturaleza divina,
consiste en elevar toda la personalidad del hombre a una escala sobrenatural.
San Gregorio Nacianceno, que ha hecho la más notable exposición de esta
doctrina, ha descrito las diferentes etapas de este proceso de la divinización
de la naturaleza humana.
A través de este
proceso, la razón se purifica hasta que eventualmente el hombre se hace capaz
de comunicar sin interrupción con lo divino y de gozar de la visión mística.
Por otra parte, San Juan Crisóstomo subraya que la cana de pescar con la que el
diablo prende
al hombre no es otra que el deseo profundo del hombre de negar a ser semejante
a Dios.
Efectivamente, es éste un pensamiento
profundamente enraizado en nuestra naturaleza humana y la identificación de dos
naturalezas se ha hecho posible por la Encarnación y la Resurrección.
Según San Atanasio, «El se hizo hombre para que nosotros nos
hiciéramos Dios». El designio divino era restaurar al hombre a su estado
primitivo y a su destino original, o sea, el de convertirle en la cumbre y
corona de toda la creación, colaborador de Cristo, instrumento de Dios para la
redención del mundo entero, incluso en un sentido universal, cósmico. San Pablo
trata del mismo asunto cuando, en el cap. 8, vers. 22 de su Carta a tos
Romanos, habla de la angustia universal: -“Toda la creación -dice- hasta hoy
gime con dolores de parto”. En efecto, la doctrina paulina subraya que tos
cristianos no son solamente consumadores de la gracia, sino también
colaboradores de Cristo y, por lo tanto, constructores con El de una nueva raza
y de un Reino nuevo.
Los que tengan una
experiencia algo más íntima de la liturgia ortodoxa (del Culto, de la Misa Ortodoxa), no se admirarán de que afirmemos que hay un estrecho ligamen entre
Santidad y Liturgia.
La Liturgia nos conduce a la espiritualidad; y recíprocamente, la espiritualidad nos
reconduce a la liturgia. Nuestra liturgia no sólo abarca los tesoros y las
riquezas de la oración, sino ella ha preservado también en una forma poética y
dramática, la suma de todas nuestras doctrinas. Encontramos en ella un caudal
de ayudas que vigorizan nuestros esfuerzos espirituales, que reactivan
constantemente nuestro deseo de perfeccionamiento, y nos impulsan hacia esta
misma perfección que Cristo desea ver en nosotros. Es EN la liturgia, y CON la
liturgia, y POR la liturgia, por lo que la piedad ortodoxa crece y se enraíza.
Es allí donde profesamos nuestra fe. Allí se hace visible la fisonomía de
nuestra espiritualidad y se manifiesta nuestra aspiración hacia Dios tres veces
Santo, este Dios que se ha hecho hombre, ha muerto y ha resucitado para dar Su
Santidad a los hombres.
Los primeros cristianos
eran extremadamente cuidadosos de salvaguardar intacta su herencia espiritual.
Guiados por el Espíritu Santo, preservaron su tesoro con cuidados escrupulosos
y formularon una concepción precisa del verdadero rostro de la Iglesia, concepción que se
encuentra en el Símbolo de Nicea. Querían hacer patente, esquematizando sus
atributos, el carácter no antropocéntrico, sino teocéntrico de la Iglesia. Tras la
descripción, solemnemente confesada de toda la asamblea de la Iglesia «en un solo
espíritu y un solo corazón», es decir, en la locución «Una Sancta Ecclesia», se
encierra una teología profunda.
Si no dijeron «Una
Iglesia Santa», sino «Una Santa Iglesia», es absolutamente cierto que fue para
demostrar que el hecho fundamental y determinante de la naturaleza de la Iglesia es lo sagrado, lo
sobrenatural.
En otras palabras, no es
la asamblea de un grupo de fieles lo que hace la Iglesia, sino su Santidad,
venida de Dios Santo. La santidad no debe ser comprendida aquí como un elemento
cualitativo, sino como un elemento esencial. Acordémonos también del hecho de
que, hablando de la Biblia,
no hablamos tanto de una Escritura Sagrada, cuanto de la Sagrada Escritura.
La diferencia salta a la vista. No es éste un florilegio de ciertos escritos
que provienen de inteligencias humanas que dan valor sagrado a la Biblia, sino que, por el
contrario, su valor sagrado viene directa y únicamente de su Santidad, es
decir, de la revelación divina que las ha inspirado. Dios pus o su sello en la Biblia y por esta causa
ella es la Sagrada Biblia
y no la Biblia
Sagrada. Como en la Iglesia, también en la Biblia la Santidad no es un
elemento cualitativo, sino un elemento esencial.
De esta afirmación
deriva otra verdad práctica: la intención final de cada actividad humana debe
estar asociada a Dios. Lo divino debe penetrar en todas las dimensiones de la
vida. Sin esta, la actividad pierde radicalmente su valor.
Así, una familia, como
unidad social, no puede tener un valor profundo sin ser santa. De igual manera,
una institución social, una educación por ejemplo, no puede formar al hombre en
su totalidad si no está impregnada de santidad. Las investigaciones técnicas,
la conquista del espacio, las preocupaciones científicas y artísticas, no
tienen en sí mismas un valor absoluto, excepto en el caso de que, en un cierto
sentido, deriven de lo sagrado y conduzcan a lo sagrado. Con una tal aplicación
práctica de la Santidad,
nos es preciso dilatar nuestra concepción de la Iglesia. La Santidad
debe penetrar todos los dominios humanos, debe ser vívida y manifiesta en
ellos, comenzando por los pequeños detal1es y llegando hasta los más grandes
actos y decisiones heroicas. Toda la humanidad, todo el Cosmos, debe llegar a
ser santo.
Para cada hombre, la
entrada en la Iglesia,
el hacerse miembro de esta asamblea, presupone el compromiso de sumergirse en
la santidad, de permanecer en ella y de terminar su vida como un santo. Esta
pertenencia tiene sus exigencias, sin las cuales, ser miembro de la Iglesia pierde su sentido
principal y su fin último.
Doctrina clásica, se
dirá. Sin duda alguna. Pero tales consideraciones, en la situación actual del
cristianismo, purifican una atmósfera mundanizada, demasiado frecuentemente
cargada, envenenada, podríamos decir, por el desorden, por el desprecio de lo
que es de primera importancia y por una valoración de lo que es evidentemente
secundario. Existen desgraciadamente quienes piensan que ser miembro de una
parroquia sustituye el ser miembro de Cristo, su Maestro, y sustituye un
esfuerzo persistente de elevarse, de santificarse y de santificar a los demás.
Arcebispo Primaz Katholikos
Mons. Dom ++ Paulo
Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça
(Mar Alexander I
da Hispânea)
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Última actualização deste Link em 07 de Abril de 2009