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(Exposición de la fe ortodoxa, I14 11)
Todas
la obras y milagros de Cristo son sobresalientes, divinos y admirables; pero lo
más digno de admiración es su venerable cruz. Porque por ninguna otra causa se
ha abolido la muerte, se ha extinguido el pecado del primer padre, se ha
expoliado el Infierno, se nos ha entregado la resurrección, se nos ha concedido
la fuerza de despreciar el mundo presente y la muerte misma, se ha enderezado
nuestro regreso a la primitiva felicidad, se han abierto las puertas del
Paraíso, se ha situado nuestra naturaleza junto a la diestra de Dios, y hemos
sido hechos hijos y herederos suyos, no por ninguna otra causa — repito — más
que por la cruz de nuestro Señor Jesucristo. La cruz ha garantizado todas estas
cosas: todos los que fuimos bautizados en Cristo, dijo el Apóstol, fuimos bautizados
en su muerte (Rm. 6, 3). Todos los que fuimos bautizados en Cristo nos
revestimos de Cristo (Gal. 3, 27). Cristo es la virtud y la sabiduría de Dios
(2 Cor. 1, 24).
Por
tanto, la muerte de Cristo, es decir, la cruz, nos ha revestido de la auténtica
sabiduría y potencia divina. El poder de Dios es la palabra de la cruz, porque
por ésta se nos ha manifestado la potencia de Dios, es decir, la victoria sobre
la muerte; y del mismo modo que los cuatro extremos de la cruz se pliegan y se
encierran en la parte central, así lo elevado y lo profundo, lo largo y lo
ancho, esto es, toda criatura visible e invisible, es abarcada por el poder de
Dios.
La
cruz se nos ha dado como señal en la frente al igual que a Israel la
circuncisión, pues por ella los fieles nos diferenciamos de los infieles y nos
damos a conocer a los demás. Es el escudo, el arma y el trofeo contra el demonio.
Es el sello para que no nos alcance el ángel exterminador, como dice la Sagrada
Escritura (cfr. Ex. 9, 12). Es el instrumento para levantar a los que
yacen, el apoyo de los que se mantienen en pie, el bastón de los débiles, la
vara de los que son apacentados, la guía de los que se dan la vuelta hacia
atrás, el punto final de los que avanzan, la salud del alma y del cuerpo, la
que ahuyenta todos los males, la que acoge todos los bienes, la muerte del pecado,
la planta de la resurrección, el árbol de la vida eterna.
Así,
pues, ante este leño precioso y verdaderamente digno de veneración, en el que
Cristo se ofreció como hostia por nosotros, debemos arrodillarnos para
adorarlo, porque fue santificado por el contacto con el cuerpo y sangre
santísimos del Señor. También hemos de obrar así con los clavos, la lanza, los
vestidos y los agrados lugares donde el Señor ha estado: el pesebre, la cueva,
el Gólgota que nos ha traído la salvación, el sepulcro que nos ha donado la
vida, Sión, fortaleza de
Las
palabras que se exponen a continuación demuestran que David se refiere a la
cruz: levántate, Señor, a tu descanso (Ibid., 8). La resurrección sigue a la
cruz. Pues si entre las cosas queridas estimamos la casa, el lecho y el
vestido, ¿cuánto más queridas serán para nosotros, entre las cosas de Dios y de
nuestro Salvador, las que nos han procurado la salvación?
¡Adoremos
la imagen de la preciosa y vivificante cruz, de cualquier materia que esté
compuesta! Porque no veneramos el objeto material — ¡no suceda esto nunca! —,
sino lo que representa: el símbolo de Cristo. Él mismo, refiriéndose a la cruz,
advirtió a sus discípulos: entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en
el cielo (Mt. 24, 30). Y, por eso, el ángel que anunciaba
El
árbol de la vida, el plantado por Dios en el Paraíso, prefiguró esta venerable
cruz. Puesto que por el árbol apareció la muerte (Gn 2 y 3), convenía que por
el árbol se nos diera la vida y la resurrección. Jacob, que fue el primero en
adorar el extremo de la vara de José, designó la cruz, porque al bendecir a sus
hijos con las manos asidas al bastón, delineó clarísimamente la señal de
la cruz.
También
la prefiguran la vara de Moisés, después de golpear el mar trazando la figura
de la cruz, de salvar a Israel y de sumergir al Faraón; sus manos extendidas en
forma de cruz y que pusieron en fuga a Amalec; el agua endulzada por el leño y
la roca agrietada de la que fluía un manantial; la vara de Aarón, que
sancionaba la dignidad de su jerarquía
sacerdotal; la serpiente hecha, según la costumbre de los trofeos, sobre
madera, como si estuviera muerta (aunque esta madera fue la que dio la
salvación a los que con fe veían muerto al enemigo), como Cristo fue clavado
con carne incapaz de pecado. El gran Moisés exclamó: veréis vuestra vida
colgada en el leño ante vuestros ojos (Dt. 28, 66). E Isaías: todo el día
extendí mis manos ante el pueblo que no cree y que me contradice (Is. 15, 2).
¡Ojalá los
que adoramos la cruz participemos de Cristo
crucificado!
Mons. Dom ++ Paulo
Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça
(Mar Alexander I
da Hispânea)