LA FILOKALIA
"Está
separado de todo, pero unido a todo.
Impasible, pero de una sensibilidad soberana.
Divinizado, se considera el desperdicio del mundo.
Y, por encima de todo,es feliz, divinamente feliz..."
(Evagrio
Póntico)
La palabra filokalia tiene varios significados.
Traducida literalmente, significa "amor a la belleza" (filokalos), es
decir amor a Jesús, "esa belleza divino-humana, divino-cósmica, de la que
tienen ser los hombres de hoy".
En 1782 fue publicada
por primera vez en Venecia, gracias al mecenazgo de Juan Mavrogordato, príncipe
rumano la recopilación de
Una obra que tiene
prácticamente los mismos textos y un título de igual significado
(Dobrotolubiye), y que encontró gran acogida por las cristiandades eslavas, fue
publicada por el anciano Païssy Velichkovsky en 1793 y reimpresa en 1822. En
realidad, en cuanto a la obra de Païssy, no podemos hablar de una verdadera
traducción de la recopilación de Nicodemo. De hecho, mientras Macario y
Nicodemo se ocupaban de los textos que habían reunido en
Entre 1876 y 1889, el
Obispo Teófano el Recluso, publicó una traducción en ruso que sería más amplia,
ocupando cinco volúmenes.
En nuestro siglo existe
un gran resurgimiento del interés por
Antonio, el Grande
Antonio, el gran padre
nuestro, el corifeo del coro de los ascetas, floreció bajo el reino de Constantino
el Grande, alrededor del año 330 desde el nacimiento de Dios. Fue contemporáneo
de gran Atanasio, quien
de él escribió, posteriormente, una amplia biografía.
Él accedió al súmmun de
la virtud y de la impasibilidad. Si bien inculto e iletrado, tuvo como maestra,
proveniente desde lo alto, esa sabiduría del Espíritu Santo que ha instruido a los pescadores y a los infantes: iluminado por ella, el
intelecto profirió muchas y variadas advertencias sagradas y espirituales,
concernientes a temas diversos, y dio a quien lo interrogara, sabias
respuestas, llenas de provecho para el alma; como se puede ver en muchos
pasajes del Gerontikon.
Además de lo antedicho, este hombre ilustre, nos
ha dejado también los ciento setenta capítulos que incluimos en el presente
libro. Que ellos son el fruto genuino de esa mente divinamente iluminada, nos
lo es confirmado, entre otros, por el santo mártir Pedro de Damasco. Pero la
misma estructura de lenguaje quita toda duda y deja solamente una posibilidad a
aquellos que examinan minuciosamente los textos: se trata de escritos que se
remontan a aquella santa antigüedad.
No debe pues asombrarnos
que la forma del discurso se desarrolle en la mayor simplicidad de la homilía,
en un estilo arcaico y descuidado: lo que, sin embargo, nos asombra es cómo, a
través de tal simplicidad llega a los lectores tanta salvación y provecho.
Cuanto más, en aquellos
que lo leen florece la fuerza de la persuasión de estos escritos, tanto más en
ellos destila la dulzura y tanto más destilan, absolutamente, las buenas
costumbres y el rigor de la vida evangélica; ¡ciertamente conocerán su regocijo
aquellos que degustaren de esta miel con el paladar espiritual del intelecto!
Parece ser que Antonio el Grande, conocido también
como "Antonio el Ermitaño" o "San Antonio de Egipto", vivió entre los
años 250 y 356, aproximadamente. De familia cristiana, más bien rico, habiendo
quedado huérfano de muy joven y con una hermana pequeña a su cargo, un día fue
fuertemente golpeado por la palabra del Señor al joven rico: Si quieres ser
perfecto, ve, vende todo aquello que posees, dalo a los pobres y tendrás un
tesoro en los Cielos. Luego, ven y sígueme (Mt. 19, 21). Sintiéndose aludido,
enseguida empezó a vender lo que poseía y a darse a una vida de oración y
penitencia en su misma casa. Después de algún tiempo, confió a su hermana a una
comunidad de vírgenes, y llevó una vida de oración y penitencia en su misma
casa. Después de algún tiempo, confió a su hermana a una comunidad de vírgenes,
y llevo una vida solitaria no lejos de su pueblo, poniéndose bajo la guía de un
anciano asceta de quien se alejara, luego, para retirarse en el desierto, en
una de las tumbas que se encontraban en aquella región.
Su ejemplo fue
contagioso, y cuando se retiró al desierto de Pispir, el lugar no tardó en ser
invadido por cristianos. Lo mismo sucedió cuando sucesivamente se retiró cerca
del litoral del Mar Rojo. La vida consagrada al Señor, en soledad o en grupos,
ya era una costumbre, pero con Antonio, el fenómeno asumió dimensiones siempre
más amplias, tanto que podemos llamar a Antonio - según una conocida expresión
de entonces, - "el padre de la vida monástica."
También en Occidente su
influencia fue grandísima, sobre todo gracias a la rápida difusión de
Se atribuyen a Antonio
siete cartas escritas a los monjes, además de otras dirigidas a diversas
personas. De
Sucede que a los hombres se los llama,
impropiamente, razonables. Sin embargo, no son razonables aquellos que han
estudiado los discursos y los libros de los sabios de un tiempo; pero aquellos
que tienen un alma razonable, y que están en condiciones de discernir entre lo
que está bien y lo que está mal, aquellos que huyen de todo lo que es maldad y
que daña el alma, mientras que se adhieren solícitamente a poner en práctica
todo lo que es bueno y útil al alma, y hacen todo esto con mucha gratitud
respecto de Dios, solamente estos últimos pueden ser llamados, en verdad,
hombres razonables.
El hombre verdaderamente razonable tiene un solo
deseo: creer en Dios y agradarle en todo. En función de esto - y solamente de
esto - formará su alma, de modo que sea del agrado de Dios, dándole gracias por
el modo admirable con que su providencia gobierna todas las cosas, incluso los
eventos fortuitos de la vida. Está, pues, fuera de lugar, agradecer a los
médicos por la salud del cuerpo aun cuando nos suministran fármacos amargos y
desagradables, y ser ingratos con respecto de Dios por las cosas que nos
parecen penosas, sin reconocer que todo sucede de la forma debida, en nuestra
ventaja, según su Providencia.
Puesto que el
conocimiento y la fe en Dios son la salvación y la perfección del alma.
Hemos recibido de Dios
la continencia, la paciencia, la temperancia, la constancia, la soportación, y
otras virtudes similares a éstas, como excelentes y válidas fuerzas. Éstas, con
su resistencia y su oposición, acuden en nuestra ayuda frente a dificultades de
esta tierra. Si las ejercitamos y las mantenemos siempre prontas, nos ayudarán
de tal modo que nada de lo que nos suceda nos parecerá áspero, doloroso o
intolerable. Nos alcanzará con pensar que todo pertenece a la realidad humana,
y es doblegado por las virtudes que están en nosotros. Por cierto, que esto no
lo pensarán los insensatos: éstos no creen que todo evento es para bien, que
sucede como debe suceder para ventaja nuestra, a fin de que las virtudes resplandezcan
y que recibamos de Dios la corona.
Considera cómo la
posesión de bienes y el uso de riquezas son solamente una ilusión efímera y
reconoce que la vida virtuosa y grata a Dios es algo mejor que la riqueza. Si
haces de este pensamiento una meditación convencida y lo guardas en tu memoria,
no gritarás ni gemirás de dolor, no culparás a nadie, sino que por todo darás
gracias a Dios, viendo que los que son peores que tú, confían en la elocuencia
y en las riquezas. Porque la concupiscencia, la gloria y la ignorancia son las
peores pasiones del alma.
El hombre razonable, al
meditar sobre cómo debe actuar, evalúa lo que le conviene y lo beneficia, y ve
cómo algunas cosas son buenas para su alma y la mejoran, mientras que otras le
son extrañas. De este modo, él huye de lo que perjudica a su alma como realidad
extraña y que es capaz de alejarlo de la inmortalidad.
Cuanto más modesta es la vida de uno, tanto más
éste es feliz. No tiene que preocuparse por tantas cosas, tales como siervos,
campesinos, ganado. Si nos precipitamos en estos quehaceres, tropezaremos con
las penas que de ellos surgen y nos lamentaremos de Dios: con nuestra
voluntaria concupiscencia, la muerte, como una planta, será regada y
permaneceremos perdidos en las tinieblas de la vida pecaminosa, impotentes de
conocernos a nosotros mismos.
No debemos declarar que
es imposible para el hombre conducir una vida virtuosa. Debemos más bien decir
que ésta no es fácil ni está al alcance de la mano de cualquiera. Toman parte
de una vida virtuosa todos aquellos que, de entre los hombres, son píos y
dotados de un intelecto amante de Dios: porque el intelecto ordinario y mundano
es también voluble, produce pensamientos ya sea buenos como malos, es mudable
por naturaleza y sus cambios tienden a la materia. Mientras, el intelecto
ocupado por el amor de Dios está al resguardo de la malicia que el hombre
voluntariamente se procura por su descuido.
Los incultos y los
rústicos consideran cosa risible los razonamientos y no quieren escuchar, pues
su falta de formación sería puesta en evidencia y querrían que todos fueran
como ellos. Es así que también en su forma de vivir y en sus modales, tratan de
que todos sean peores que ellos pues piensan que podrán pasar por
irreprochables, gracias al pulular de los mediocres.
El alma debilitada va a
la perdición, arrollada por la malicia que acarrea consigo la disolución, la
soberbia, la insaciabilidad, la ira, la desconsideración, la rabia, el
homicidio, el gemido, la envidia, la avaricia, la rapiña, los afanes, la mentira,
la voluptuosidad, la pereza. la tristeza, el miedo, la enfermedad, el odio, la
acusación, la impotencia, la aberración, la ignorancia, el engaño, el olvido de
Dios. En éstas y otras cosas similares es castigada el alma infeliz que se
separa de Dios.
Aquellos que quieren
practicar la vida virtuosa, pía, gloriosa, no deben hacer sus elecciones
basándose en costumbres artificiosas o en la práctica de una vida falsa. Por el
contrario, deben, tal como lo hacen los escultores y los pintores, demostrar
con sus propias obras si vida virtuosa y conforme a Dios, y rechazar como
trampas todos los malos placeres.
Comparado con las personas sensatas, el que es
rico y noble pero falto de disciplina espiritual y de toda virtud de vida, es
un infeliz. Pero el que es pobre y esclavo en cuanto a condiciones de vida,
pero adornado de disciplina y de virtud, éste es feliz.
Como los extranjeros que
se pierden en las calles, también aquellos que descuidan llevar una vida
virtuosa, parecen desviados por sus propias concupiscencias.
Son denominados
plasmadores de hombres aquellos que saben cultivar a los incultos y les hacen
amar los razonamientos y la instrucción.
Del mismo modo, debemos
denominar plasmadores de hombres a aquellos que convierten a los desenfrenados
a la vida virtuosa y grata a Dios: éstos replasman a los hombres. Pues humildad
y continencia significan felicidad y esperanza buena para las almas de los
hombres.
Es bueno, en verdad,
para los hombres, conducir de la debida manera las costumbres y la conducta de
su vida. Cumplido con esto, se torna fácil conocer lo que concierne a Dios:
aquel que rinde culto a Dios con pleno corazón y fe, es apoyado por Él para que
pueda dominar su cólera y su concupiscencia que son las causas de todo mal.
Es llamado hombre aquel
que es razonable o el que soporta ser corregido. Pero al incorregible se lo
debe llamar salvaje, porque su estado es propio de los salvajes. Y de éstos hay
que alejarse, porque al que convive con la malicia no le será nunca posible
llegar a estar entre los inmortales.
Cuando la racionalidad
nos asiste verdaderamente, nos hace dignos de ser llamados hombres. Si
abandonados la racionalidad, nos diferenciamos de los brutos sólo en cuanto a
la estructura de nuestros miembros y por nuestra voz. Que el hombre bien dispuestos
admita que es inmortal y, en consecuencia, odiará toda baja concupiscencia que
es para los hombres la causa de su muerte.
Cada arte organiza la
materia de la cual dispone y demuestra así su propio valor. Está el que trabaja
la madera o el que trabaja el bronce; otros, el oro o la plata. Y así nosotros
también, una vez que conocemos cómo conducir una vida honesta y una conducta
virtuosa y grata a Dios, debemos demostrar que somos hombres verdaderamente
razonables en cuanto a nuestra alma y no solamente por la estructura de nuestro
cuerpo. El alma verdaderamente razonable y amante de Dios reconoce enseguida
todo lo que hay en la vida.
Hace propicio a Dios con
amor y a Él da gracias con verdad, porque es hacia Él que se proyecta todo su
esfuerzo y toda su capacidad reflexiva.
Los patrones dirigen las embarcaciones de acuerdo
con una ruta, a fin de no estrellarse contra alguna roca sobre o bajo el agua.
Del mismo modo, quien ansía conducir una vida virtuosa, debe escudriñar con
cuidado lo que se debe hacer y aquello de lo que debe huir. Y debe considerar
la ventaja que surge al seguir las veraces y divinas leyes, apartando del alma,
con un corte neto, los malos deseos.
Los patrones y los
aurigas cumplen con estudio y atención la tarea de la que se ocupan. De la
misma manera, es necesario que el que practica la vida recta y virtuosa ponga
todo estudio y preocupación en vivir de un modo conveniente y grato a Dios. El
que realmente lo desea y entiende que puede hacerlo, procede creyendo hacia la
incorruptibilidad.
Considera libres no a
aquellos que lo son en cuanto a su condición externa, sino a aquellos cuyo modo
de vivir y de actuar es libre. Porque no conviene llamar realmente libres a los
príncipes que son malvados o desenfrenados: éstos son esclavos de las pasiones
de la materia. La libertad y la felicidad del alma están constituidas por la
límpida pureza y el desprecio por las realidades temporales.
Recuerda que debes
probarte continuamente: harás esto mediante la buena conducta y las obras
mismas. Del mismo modo, los enfermos reconocen o descubren a los médicos como
salvadores y bienhechores, no por sus palabras, sino por sus obras.
El alma razonable y
virtuosa se da a conocer en su modo de mirar, de caminar, de hablar, de
sonreír, de discutir, de conversar... Ésta transforma y corrige todo de la
manera más digna. Y ello sucede porque el intelecto, ocupado por el amor de
Dios es un custodio sobrio, que obstaculiza el acceso a los malos y turbios
pensamientos.
Examina lo que te
concierne y considera que los jefes y los patrones tienen poder solamente sobre
tu cuerpo, pero no sobre tu alma: ten siempre presente este pensamiento. Por
este motivo, si ellos cometen homicidios, acciones equivocadas o injustas y
dañinas para el alma, no debes obedecerles, ni siquiera si someten tu cuerpo a
los tormentos: Dios ha creado el alma libre y dueña de sí misma para actuar
bien o mal.
El alma razonable se aleja prestamente de los
caminos por los cuales no le conviene transitar: el de la altanería, el del
desenfado, el del engaño, el de la envidia, el de la rapiña y así
sucesivamente. Todas éstas son obras de los demonios y de una determinación
malvada. Por el contrario, con celo y estudio perseverante, todo es posible
para el hombre que no permite que su concupiscencia sea libre de lanzarse sobre
los malos placeres.
Los que conducen una vida modesta y alejada del
lujo, no caen en los peligros ni necesitan custodios sino que, venciendo la
concupiscencia en todo, encuentran fácilmente el camino que conduce a Dios.
A los hombres razonables no les es necesario
ocuparse de múltiples discursos, sino sólo de aquellos verdaderamente útiles y
guiados por la voluntad de Dios. Es así que los hombres se acercan de nuevo a
la vida y a la luz eterna.
El que busca la vida virtuosa y ocupada por el
amor de Dios debe abstenerse de estimarse a sí mismo y a toda gloria vacía y
mentirosa, para aplicarse con buena disposición a esta vida, y a una
conveniente enmienda de su propio juicio: el intelecto estable y amante de Dios
es un medio de ascensión hacia Dios y camino hacia Él.
No trae ninguna ventaja el aprendizaje de los
tratados si el alma no conduce una vida aceptable y grata a Dios: causa de
todos los males son la divagación, el engaño y la ignorancia de Dios.
La meditación sobre la
vida perfecta y el cuidado del alma hace a los hombres buenos y amantes de
Dios. Puesto que el que busca a Dios lo encuentra, vence en todo a la
concupiscencia y no se aparta nunca de la plegaria: tales hombres no temen a
los demonios.
Los que se dejan desviar de las esperanzas de esta
vida y conocen solamente de palabra las acciones que conducen a una vida
perfecta, sufren algo parecido a la desgracia de aquellos que, aun poseyendo los
remedios y el instrumental de arte médico, no saben usarlos ni se preocupan por
aprender.
En tal caso, no debemos acusar por los pecados en
los que caemos ni a nuestra constitución ni a otra cosa, sino sólo a nosotros
mismos. Puesto que, si el alma elige voluntariamente el descuido, es
inevitablemente vencida.
Al que no sabe discernir entre el bien y el mal,
no le es lícito juzgar a los buenos y a los malos. Bueno es el hombre que
conoce a Dios, y si el hombre no es bueno, no sabe nada ni nunca será conocido:
pues el medio de conocer a Dios es practicar el bien.
Los hombres buenos y amantes de Dios reprochan de
frente, a los hombres, si éstos están presentes, por el mal practicado. Pero no
los insultan si están ausentes, ni siquiera lo permiten a quien trate de decir
algo.
Manténgase alejada de las conversaciones toda
grosería: porque el pudor y moderación son adornos propios de los hombres
razonables más aun que de las vírgenes. El intelecto ocupado por el amor a Dios
es la luz que ilumina el alma, como el sol ilumina el cuerpo.
Frente a cualquier pasión que pueda sorprenderte,
recuerda que para aquellos que tienen un recto sentir y quieren disponer de sus
propias cosas de la manera debida y segura, no es considerada como deseable la
posesión corruptible de las riquezas, sino que es preferible atenerse a las
glorias que son rectas y veraces. Éstas los hacen felices, mientras que las
riquezas pueden ser sustraídas y sujetas a rapiña por parte de los más fuertes;
la virtud del alma es la única posesión segura, inviolable y capaz de salvar
después de la muerte a aquellos que la han adquirido. Si tenemos sentimientos
como éstos, las ilusiones de la riqueza y de los otros placeres no podrán
arrastrarnos.
No conviene que los hombres inestables e incultos
pongan a prueba a los hombres que viven razonablemente. Tales son los hombres
aceptados por Dios: los que callan mucho, o bien hablan poco y de cosas
necesarias y gratas a Dios.
El que persigue la vida virtuosa y amante de Dios,
cuida las virtudes del alma y las considera como su propia posesión y su eterno
regocijo. Se sirve de las realidades temporales, según le es permitido y como
Dios da y quiere: las usa con toda alegría y gratitud, aunque observando
absolutamente en todo su justa medida. Los manjares suntuosos dan placer a los
cuerpos en cuanto a realidades materiales, mientras que el conocimiento de
Dios, la continencia, la bondad, la beneficencia, la piedad y la humildad
deifican el alma.
Los poderosos que fuerzan con su mano a ejercer
actos equivocados y dañinos para el alma no tienen, sin embargo, ningún dominio
sobre el alma misma, que ha sido creada como dueña de sí misma. Ellos atan el
cuerpo, pero no la voluntad: el hombre razonable es su dueño, gracias a Dios,
su Creador. De este modo, éste es más fuerte que toda autoridad, que todo
sometimiento y que toda potencia.
Los que consideran como una desgracia la pérdida
de las riquezas, de los hijos, de los siervos o de cualquier otro bien, sepan
que, primero, hay que sentirse contentos con lo que Dios nos da, y luego,
cuando hay que devolverlo, esto debe ser hecho con prontitud y generosidad. Y
no debemos enojarnos por esta privación o, mejor dicho, por esta restitución,
puesto que hemos hecho uso de cosas que no son nuestras y que debemos
restituir.
Es obra de hombre de bien no malvender nuestro
libre juicio para atender la adquisición de riquezas, aun si, por casualidad,
nos encontráramos con una gran cantidad de las mismas. Las realidades de esta
vida son similares a un sueño y la riqueza no ofrece más que apariencias
inciertas y efímeras.
Quienes son verdaderamente hombres, tienen un celo
tal de vivir según el amor de Dios y la virtud, que su conducta virtuosa
resplandece sobre los otros hombres Así como sucede cuando se coloca un detalle
púrpura sobre las partes blancas de los vestidos para adornarlos y se destaca,
poniéndose en evidencia, es así como los hombres deben practicar con máxima y
evidente solidez las virtudes del alma.
Los hombres deberán examinar la fuerza que poseen
y de cuánta virtud interior disponen. Y así se prepararán y resistirán a las
pasiones que los asaltan, de acuerdo con la fuerza que tienen y conforme con la
naturaleza recibida como don de Dios. Por ejemplo contra la belleza y cualquier
concupiscencia perjudicial para el alma, existe la continencia; frente a las
fatigas y a la indigencia, está la constancia; frente a los insultos y el
furor, está la paciencia; y así en adelante.
Es imposible para el hombre volverse bueno y sabio
en un instante: esto se logra con un fatigoso ejercicio, un modo de vida
oportuno, experiencia, tiempo, práctica y un gran deseo de obrar el bien. El
hombre bueno y amante de Dios, el hombre que verdaderamente conoce a Dios, no
cesa de hacer lo que agrada a Dios, sin poner límites. Pero de tales hombres
hay pocos.
No deben las personas poco dotadas, desesperando
de sí mismas, descuidar la vida virtuosa y dedicada a Dios, despreciándola como
inaccesible e inalcanzable para ellas. Por el contrario, ellas deberán
ejercitar su fuerza y preocuparse por sí mismas. Puesto que, aunque no pudiesen
alcanzar el máximo de la virtud y de la salvación, con el ejercicio y el deseo
de lograrlo se volverán mejores, o por lo menos, no peores; y éste es un
beneficio no pequeño para el alma.
El hombre, por su parte racional, está unido a la
inefable y divina potencia, mientras que su parte corporal está emparentada con
los animales. Y son pocos los hombres perfectos y razonables que se preocupan
de tener un pensamiento acorde con su parentesco con el Dios Salvador que se
manifieste mediante las obras y la vida virtuosa. Los más, sin embargo, dentro
de la necedad de su alma abandonan ese divino e inmortal parentesco, para
acercarse al de la muerte, infeliz y efímera, propia del cuerpo. Como los
brutos, tienen sentimientos carnales y son afectos a la voluptuosidad; de tal
modo se alejan de Dios y arrastran el alma desde el Cielo hasta el Infierno,
debido a su propio deseo.
El hombre razonable, que reflexiona sobre su
comunión y su relación con Dios, no amará nunca nada de lo terrenal o mezquino:
tiene su intelecto vuelto hacia las cosas celestes y eternas. Éste conoce cuál
es la voluntad de Dios: salvar al hombre. Y tal deseo es para los hombres causa
de toda cosa buena y fuente de bondades eternas.
Cuando encuentres a alguien que contienda y
contradiga la verdad y la evidencia, cesa toda discusión y retírate, pues sus
capacidades racionales se han endurecido como piedra. Incluso los mejores
vinos, de hecho, se estropean por el agua de calidad inferior. Del mismo modo,
los malos discursos corrompen al que lleva una vida y un pensamiento virtuoso.
Si nos proponemos con solicitud y diligencia, huir
de la muerte corporal, tanto más debemos ser solícitos y escapar de la muerte
del alma; pues el que quiere ser salvado, no tiene otro impedimento más que la
negligencia y el descuido de la propia alma.
El que se fatiga en comprender las cosas útiles y
los buenos discurso, es considerado desventurado. Pero en cuanto a los que,
comprendiendo la verdad, impudentemente discuten, tienen muerta la razón y su
manera de ser es similar a la de las fieras. No conocen a Dios, y su alma no es
iluminada.
Dios, con su palabra, ha creado las especies
animales para usos variados. Algunas son de uso comestible, otras para prestar
servicios. Luego ha creado al hombre, cual espectador de éstas y de sus
trabajos, en condición de conductor. Por lo tanto, los hombres deben proponerse
no morir como ciegos, sin haber comprendido a Dios y a sus obras, como sucede
con las bestias que no razonan. Es necesario que el hombre sepa que Dios todo
lo puede. No hay nada que pueda oponerse a quien todo lo puede. Él ha hecho de
esto, que no es todo, lo que Él quiere, y obra con su palabra para la salvación
de los hombres.
Las cosas que están en el Cielo son inmortales, a
raíz del bien que en ellas existe. Pero las de
La muerte, para los hombres que la comprenden, es
sinónimo de inmortalidad. Pero para los rústicos, que no la comprenden,
significa muerte. Pero no es esta muerte que debemos temer, sino la perdición
del alma, que consiste en la ignorancia de Dios. Esto sí, es verdaderamente
terrible para el alma.
La malicia es una pasión
proveniente de la materia; por lo tanto, no hay cuerpo privado de malicia. Pero
el alma racional, comprende esto, sacude el peso de la materia, que es la
malicia, y, librada de ese peso, conoce al Dios de todas las cosas y se mueve
con respecto al cuerpo, como si enfrentara a un enemigo y adversario, no
concediéndole ninguna ventaja. De esta manera, el alma es coronada por Dios,
por haber vencido las pasiones de la malicia y de la materia.
La malicia, una vez conocida por el alma, es
odiada como una bestia fétida; pero si es ignorada, es amada por aquel que no
la conoce, y ella, de este modo, lo retiene prisionero, reduciendo a la
esclavitud a su amante. Y éste, sintiéndose infeliz y miserable, no ve ni
entiende lo que le es útil; por el contrario, cree que está bien acompañado por
la malicia y se complace de ello.
El alma pura es buena y
es, por lo tanto, iluminada y esclarecida por Dios. Es entonces que el
intelecto comprende el bien y produce razonamientos llenos de amor a Dios. Pero
cuando el alma es enlodada por la malicia, Dios se aleja de ella o, mejor
dicho, el alma misma se aparta de Dios, y entonces demonios salvajes penetran
en el pensamiento y sugieren al alma actos despreciables, tales como:
adulterios, homicidios, rapiñas, sacrilegios y cosas similares, cosas todas que
son obra de los demonios.
Los que conocen a Dios
están llenos de buenos pensamientos y, en su afán por las cosas celestes,
desdeñan las realidades de esta vida. Éstos no son queridos por muchos, ni sus
ideas son del agrado de muchos. Tanto es así, que no sólo son odiados, sino
también objeto de burla. Sin embargo, aceptan sufrir lo que sea, dentro de la
indigencia en que se encuentran, sabiendo que, si bien esto parece un mal para
la mayoría, para ellos es un bien. El que comprende las cosas celestes, cree en
Dios y reconoce que toda criatura proviene de su voluntad. El que no comprende,
ni siquiera cree que el mundo es obra de Dios y que fue hecho para la salvación
del hombre.
Los que están llenos de malicia y aturdidos por la
ignorancia, no conocen a Dios, pues su alma no está en estado de sobriedad.
Dios es inteligible pero no visible, y se manifiesta en las cosas visibles,
como el alma en el cuerpo. Como es imposible que el cuerpo subsista sin el
alma, así también, todo lo que se ve y existe, no puede subsistir sin Dios.
¿Para qué fue creado el
hombre? Para que, considerando a las criaturas de Dios, contemple y glorifique
a quien todo esto creó para el hombre. El intelecto que acoge el amor de Dios,
es un bien invisible donado por Dios a quien es digno por su vida buena.
Es libre el que no es
esclavo de los placeres. Por el contrario, gracias a su prudencia y
temperancia, domina su cuerpo y se conforma, con mucha gratitud, con lo que le
es dado por Dios, aunque fuera muy poco. Cuando hay sintonía entre el intelecto
amante de Dios y el alma, todo el cuerpo está en paz, aun sin quererlo. Porque
si lo quiere el alma, todo impulso corporal puede ser controlado.
Los que no están
conformes con los bienes que actualmente poseen, sino que aspiran a tener más,
se someten voluntariamente a las pasiones que desordenan el alma, agregando
pensamientos y fantasías nefastos. Estos bienes acarrean males y son un
verdadero impedimento, así como lo son las túnicas demasiado largas que impiden
correr. Así también los afanes desmedidos por conseguir una riqueza excesiva,
no permiten a las almas ni luchar, ni salvarse.
Si nos sentimos forzados
a hacer algo, y lo hacemos contra nuestra voluntad, encontramos en ello una
prisión y un castigo. Ama, pues, las condiciones actuales en que vives, porque
si tú las conllevas sin gratitud, te castigas a ti mismo sin darte cuenta. Hay
un solo camino para lograr esto: el desprecio por las realidades de esta vida.
Así como obtuvimos de
Dios la vista para reconocer las cosas que se pueden ver, para entender lo que
es blanco y cual es la tinta de los colores oscuros, así también Dios nos ha
dado la racionalidad para discernir lo que es bueno para el alma. La
concupiscencia, una vez que ha sido separada del pensamiento, genera la
voluptuosidad y no permite la salvación del alma o su unión con Dios.
No constituye un pecado
lo que se produce según natura; pero lo que implica una elección voluntaria es
malo No es pecado comer, pero lo es comer sin agradecer, sin decoro ni
continencia, cuando no se ayuda al cuerpo a permanecer vivo sin incurrir en mal
pensamiento alguno. Del mismo modo, no es pecado mirar puramente, pero que lo
es cuando se mira con envidia, con soberbia y avidez. También es pecado escuchar
sin calma, con cólera, y no moderar la lengua -reservada para dar gracias y
para orar - usándola, por el contrario, para la calumnia. También es pecado que
las manos no trabajen para dar una limosna, sino para matar y robar, Como
éstos, hay otros ejemplos: cada miembro peca cuando hace el mal en lugar del
bien, contra la voluntad de Dios, actuando según su propia determinación.
Sin dudas de que cada
acción es observada por Dios, observa como tú, que eres hombre y barro, puedes
al mismo tiempo, observar hacia diversos puntos y comprender. ¡Cuánto más Dios,
quien lo ve todo, incluso un grano de mostaza, quien da vida a todo y a todos
nutre como quiere!
Cuando cierras la puerta
de tu casa y estás solo, debes saber que esta contigo el ángel que Dios ha
reservado para cada hombre, y que los griegos llaman "numen tutelar."
Éste, insomne y no sujeto a engaño, está siempre contigo. Todo lo ve, y las
tinieblas no son un obstáculo para él. Debes saber que también está con él
Dios, que está en todo lugar. No hay, de hecho, lugar o materia donde Dios no
se encuentre, porque Él es superior a todos y a todos encierra en su mano.
Si los soldados juran su
fe al César, porque él es quien los provee de alimentos, ¿ con cuánto mayor
celo no deberíamos nosotros rendir incesantemente gracias a Dios, con voces que
nunca se acallen y rendirnos gratos a Aquel que ha creado para el hombre todas
las cosas?
Los buenos sentimientos
con respecto de Dios y la vida buena, son un fruto del hombre que es grato a
Dios. Pero los frutos de la tierra no maduran en una hora; es necesario que
haya tiempo, lluvias y cuidados. Del mismo modo, los frutos de los hombres
resplandecen con la práctica, el ejercicio, el tiempo, la constancia, la
continencia y la soportación. Y si, por causa de alguna de estas cosas, alguien
te considera piadoso, no te creas a ti mismo mientras habites tu cuerpo, y
ninguna de tus cosas te parezca que es del gusto de Dios: debes saber que no es
fácil para el hombre custodiar hasta el final su impecabilidad.
Para los hombres, nada
es tan precioso como la palabra: la palabra es tan poderosa que, justamente con
la palabra, servirnos a Dios y le agradecernos. Pero si usamos palabras no
buenas o injuriosas, condenamos nuestra alma. El hombre obtuso culpa a su
propia naturaleza o a otra cosa, atribuyéndole el motivo de su pecado,
¡mientras hace uso voluntario de palabras o acciones indebidas!
Si nos preocupamos por
cuidar los males de nuestro cuerpo, a fin de no ser criticados por otros, tanto
más necesario es estar alertas y curar las pasiones del alma - que serán
juzgadas ante la presencia de Dios - para no ser encontrados faltos de honor o
aun ridículos. Teniendo la libertad de elegir - si así lo deseamos - no llevar
a cabo malas las acciones a las que nos empuja la concupiscencia, podemos y
tenemos la facultad de vivir de modo grato a Dios, y nadie nunca podrá, si no
lo querernos, obligarnos a realizar algo malo. Y efectivamente es luchando como
seremos dignos de Dios, y tendremos un modo de vida similar al de los ángeles
en los Cielos.
Eres esclavo de las
pasiones si lo quieres y, si lo deseas eres libre y no te someterás a ellas.
Pues Dios te ha creado con esa libertad. Quien vence las pasiones de la carne
es coronado con la inmortalidad. Si no existieran las pasiones, tampoco existirían
las virtudes, y ni siquiera las coronas con las cuales Dios gratifica a los
hombres dignos de ellas.
Los que no ven lo que
les sienta y quieren indicar a otros lo que es bueno, tienen el alma ciega y su
capacidad de discernimiento se ha atrofiado. Por lo tanto, no hay que
prestarles atención, para no tropezar también nosotros, como los ciegos, con
los mismos males.
No debemos montar en
cólera con los que pecan, aunque su actuar es condenable y digno de castigo.
Debemos convertir a quien ha caído, por motivo de justicia, y castigarlo
también, si fuera oportuno, ya sea personalmente o por medio de otros. Pero no
debemos encolerizarnos ni enfurecernos, porque la cólera actúa sobre la
justicia solo de forma pasional, no con discernimiento. Del mismo modo, no
debemos tolerar siquiera al que hace misericordia sin motivo alguno. Debemos
castigar a los malvados, por el bien y la justicia, y no por nuestra pasión de
cólera.
Sólo nuestra posesión
del alma es segura e inviolable. Consiste en vivir virtuosamente, agradando a
Dios, con el conocimiento y con la práctica de las cosas buenas. La riqueza es
ciertamente una guía ciega y una consejera insensata. El que la usa mala y
voluptuosamente, envía a la perdición a su alma que se ha vuelto obtusa.
Es necesaria que los
hombres no tengan nada superfluo o, si lo poseen, sepan con certeza que todo lo
que hay en esta vida es, por naturaleza, corruptible, que nos es quitado con
facilidad, y que se puede perder y romper. Por lo tanto, no se deben descuidar
las consecuencias que ello acarrea.
Debes saber que los
dolores del cuerpo son propios del cuerpo por naturaleza, pues éste es
corruptible y material. Es preciso que el alma cultivada produzca respecto de
tales pasiones, constancia y tolerancia, con gratitud, y que no se lamente a
Dios por el cuerpo que le concedió.
Los que compiten en las
Olimpíadas no ganan con la primera, segunda o tercera victoria, sin cuando han
ganado a todos aquellos que participan en la carrera. De tal modo, es necesario
que quien quiera recibir la corona de Dios ejercite su alma en la moderación,
no solamente en lo que respecta a las cosas del cuerpo, sino también con
respecto a las ganancias, a las rapiñas, a la envidia, a las voluptuosidades, a
las glorias vanas, a las palabras injuriosas, a los homicidios, y así
sucesivamente.
No busquemos una vida
buena y dedicada al amor a Dios por la alabanza humana. Debemos elegir la vida
virtuosa, persiguiendo la salvación de nuestra alma. Es necesario que veamos,
cada día, a la muerte frente a nosotros y que consideremos cuán inciertas son
las cosas humanas.
Está en nuestro poder
vivir con moderación, mientras que no está en nuestro poder enriquecernos. ¿Y
entonces qué hacer? ¿Debemos arrastrar la condena sobre nuestra alma, a cambio
de la efímera ilusión de las riquezas, que no nos es permitido adquirir? ¿0
aunque fuera por el deseo de poseerlas? ¡Corremos como verdaderos insensatos,
ignorando que la primera de las virtudes es la humildad, así como las primeras
de todas las pasiones son la gula y la concupiscencia por las cosas de la vida!
El que ha sido dotado de
sensatez debe recordar incesantemente que, aceptando en esta vida pequeñas
fatigas de breve duración, podrá gozar después de la muerte de eterna felicidad
y delicias. Por tanto, el que lucha contra las pasiones y quiere recibir la
corona de Dios, si cae, no pierda el ánimo, que no permanezca en su caída,
desesperando de sí mismo; debe levantarse y combatir de nuevo y así alcanzará
la corona. Hasta el último suspiro deberá levantarse cuando cae: las fatigas
del alma son las armas de las virtudes y se tornan medios de salvación para
ella.
Las contingencias de la
vida hacen que los hombres y los luchadores dignos reciban la corona de Dios.
Es, pues, necesario que en su existencia ellos hagan morir sus miembros a las
realidades de esta vida: el que está muerto, no se preocupa más por las cosas
de esta vida.
No es propio del alma
razonable y luchadora, el turbarse e intimidarse al presentarse las pasiones,
no queriendo ser objeto de burla por ser pusilánime. Efectivamente, el alma que
se deja turbar por las apariencias de esta vida se aparta de lo que la
beneficia. Porque las virtudes del alma preceden a los bienes eternos, mientras
que las malicias voluntarias de los hombres se convierten en causa de castigos.
El hombre razonable es
combatido por los sentidos de la razón, que tiene en sí mismo como pasiones del
alma. Hay cinco sentidos en el cuerpo: la vista, el olfato, el oído, el gusto y
el tacto. Mediante estos cinco sentidos, el alma infeliz, cayendo en sus cuatro
pasiones, es hecha prisionera. Estas cuatro pasiones son: la vanagloria, el
gozo, la cólera y el miedo. Cuando el hombre, mediante la prudencia y la
reflexión, con una lucha intensa, domina las pasiones, no es más combatido:
encuentra la paz del alma y recibe de Dios la corona del vencedor.
Entre aquellos que se
cobijan entre los albergues, algunos encuentran una cama; otros, aunque no
encuentran un lecho y duermen sobre el piso, ¡roncan como si durmieran en una
cama! Luego, al llegar el alba, dejan el albergue y se van, llevando consigo
solamente lo propio. Del mismo modo, todos aquellos que están en esta vida,
tanto los que viven modestamente, como los que gozan de riquezas y de gloria,
se irán como de un albergue. Y no se llevarán ninguna de las delicias de esta
vida ni de sus riquezas, llevarán solamente sus obras, buenas o malas, que
hayan llevado a cabo a lo largo de su vida.
Si tú gozas de
autoridad, no cedas fácilmente a la tentación de amenazar de muerte a alguien,
sabedor de que tú, por naturaleza, también estás destinado a morir, y que el
alma desviste al cuerpo como de una última túnica. Con clara conciencia de
esto, ejercita la humildad y, actuando bien, sé siempre del agrado de Dios.
Pues el que no tiene compasión, no posee ninguna virtud.
Es imposible, no hay
ninguna salida para rehuir de la muerte. Sabiendo esto, los hombres
verdaderamente razonables, ejercitados en las virtudes, con un pensamiento
amante de Dios, aceptan la muerte sin gemidos, sin temor ni luto; piensan que
ella es inevitable y que nos libera de los males de esta vida.
A los que olvidan el
modo de vivir buenamente, agradando a Dios, a los que no tienen en cuenta las
doctrinas rectas y plenas del amor de Dios, a éstos no debemos odiarlos, sino
que debemos tener piedad de ellos, como de alguien que está privado de la
capacidad de discernimiento, como si estuviera ciego en su corazón y en su
intelecto. Éstos aceptan el mal como si fuera el bien y se precipitan hacia la
perdición por ignorancia. ¡No conocen a Dios estos infelicísimos, estos hombres
con el alma insensata!
Evita hablar con muchos
de la piedad y de la vida honesta. No lo digo por celos, sino porque considero
que parecerías ridículo a los insensatos: porque cada uno se alegra por lo que
le es afín, aunque este tipo de discurso tiene poca audiencia y más bien rara.
Es mejor no hablar sino de lo que Dios quiere para la salvación del alma.
El alma sufre junto al
cuerpo, pero el cuerpo no sufre junto al alma Si, por ejemplo, el cuerpo es
sometido a cortes, también el alma sufre; cuando es vigoroso y sano, las
pasiones del alma también gozan. Pero si el alma reflexiona, no por ello
reflexiona el cuerpo, que queda relegado a sí mismo, porque el reflexionar es
una pasión del alma, así como también lo es la ignorancia, el orgullo, la
incredulidad, la concupiscencia, el odio, la envidia, la cólera, el descuido,
la vanagloria, la negación y la percepción del bien. Este tipo de cosas es
tarea del alma.
Sé pío cuando
reflexionas en las cosas de Dios. Sin envidia, sé bueno, demuestra buen
talante, sé humilde liberal según tus posibilidades, sociable, opuesto a los
altercados. He aquí como podemos agradar a Dios mediante tales cosas, no
juzgando a nadie, no diciendo de terceros: tal es un malvado y ha pecado.
Debemos, más bien, buscar nuestros propios males y observar por nosotros mismos
nuestro modo de vida, a fin de comprender si es grato a Dios. Qué nos importa
si otro es malo?
El que es verdaderamente
un hombre, se esfuerza por ser pío. Pero lo es el que no tiene concupiscencia
por lo que le es ajeno, y es ajeno al hombre todo lo que ha sido creado. Así
él, en cuanto imagen de Dios, despreciará todo.
Pero el hombre es imagen
de Dios cuando vive con rectitud, en modo grato a Dios; no es posible serlo, si
no nos separamos de las realidades de esta vida. El que tiene un intelecto
amante de Dios, conoce todo el provecho y toda la piedad que Él mismo infunde
en el alma. El hombre que ama a Dios no acusa a nadie por lo que él mismo peca,
y esto es indicio de un alma que se salva.
¡Cuántos buscan con la
violencia los bienes efímeros y son agredidos por el apetito de cometer obras
perversas, ignorando la muerte y la ruina de su propia alma, y no atendiendo,
los infelices, lo que es mejor para ellos, sin pensar en lo que sufren los hombres
después de la muerte, por obra de la malicia!
La malicia es una pasión
de la materia. Dios no es responsable de la malicia. Él ha dado a los hombres
conocimiento, ciencia, discernimiento entre el bien y el mal, y libertad. Pero
lo que genera las pasiones de la malicia son la negligencia y el descuido de
los hombres. Dios no es para nada responsable de todo ello. Los demonios se
volvieron pérfidos por una elección del pensamiento, y así sucede esto con la
mayoría de los hombres.
El hombre que convive
con la piedad no permite que la malicia se insinúe en su alma; y cuando no hay
malicia, el alma se encuentra al abrigo de todo peligro y de todo daño. Las
personas de esta índole no están dominadas ni por un infausto demonio ni por el
destino, porque Dios las libera de los males y viven protegidas contra todo
daño, tal como le sucede a los dioses. Y si alguien alaba a un hombre como
éste, él se ríe de quien lo hace; si se lo critica, no se excusa con quien lo
insulta, ya que no se excita por lo que de él se habla.
El mal acecha a la
naturaleza como la herrumbre al cobre y la suciedad al cuerpo. Y sin embargo,
el herrero no ha inventado la herrumbre, ni nadie ha creado la suciedad; así,
tampoco Dios ha hecho la malicia. Él ha dado al hombre el conocimiento y el discernimiento
para que huya del mal sabiendo que de él solamente obtiene daño y castigo. Ten
cuidado pues de que no suceda que, viendo a alguien con poder y riquezas, tú,
iluso por el demonio, lo llames beato. Que acuda enseguida la muerte ante tus
ojos, y entonces la concupiscencia no te arrastrará a favor de lo que hay de
malo en esta vida.
Nuestro Dios ha
concedido la inmortalidad a aquellos que están en los Cielos mientras que para
aquellos que están en
La vida es la unión y la
conjunción del intelecto, del alma y del cuerpo. La muerte, por otro lado, no
es la destrucción de las fuerzas conjuntas, sino la disolución de su recíproca
relación. Para Dios todas las cosas pueden ser salvadas, aun después de esta
disolución.
El intelecto no es el
alma, sino un don de Dios que salva el alma. El intelecto grato a Dios previene
el alma y le da consejo para que desprecie lo que es efímero, material,
corruptible, y ame los bienes eternos, incorruptibles, inmateriales, y para que
el hombre camine en su cuerpo penetrando y contemplando lo que está en los
Cielos, lo que concierne a Dios y a todas las cosas, mediante su intelecto. Y
el intelecto amante de Dios es bienhechor del alma humana y de su salvación.
El alma, no bien se
encuentra en su cuerpo, es prestamente oscurecida y enviada a la perdición por
la tristeza y la voluptuosidad. La tristeza y la voluptuosidad son como humores
del cuerpo. Pero el intelecto amante de Dios se les opone, entristece el cuerpo
y salva el alma, como el médico que corta y quema las heridas infectas.
Todas las almas que no
fueron guiadas por la racionalidad y gobernadas por el intelecto para que éste
aparte, detenga y gobierne las pasiones, es decir, la tristeza y la
voluptuosidad; todas estas almas, perecen como los animales sin razón, porque
su racionalidad es arrastrada por las pasiones, como un auriga cuyos caballos
se le han desbocado.
Constituye una gravísima
enfermedad del alma, su destrucción y su perdición, el no conocer a Dios, quien
ha hecho todas las cosas para el hombre y le ha donado intelecto y razón
mediante los cuales el hombre, elevándose, se une a Dios, comprendiendo y
glorificándolo.
El alma está en el
cuerpo, y en el alma está el intelecto, y en el intelecto, la razón.
Comprendido y glorificado mediante estas realidades, Dios convierte al alma en
inmortal, concediéndole incorruptibilidad y delicias eternas; porque Dios ha
concedido el ser a cuantos nacen, solamente por bondad.
Dios, bueno y sin celos,
luego de haber creado al hombre libre, le ha dado el poder, si lo quiere, de
agradarle. Y place a Dios que en el hombre no haya malicia. Si entre los
hombres se alaban las buenas obras y las virtudes del alma santa y amante de
Dios, y se condenan las acciones viles y malvadas, ¿cómo no va a querer esto
Dios, que quiere la salvación del hombre?
Lo que es bueno para el
hombre, lo recibe de Dios, en cuanto bueno. Justamente por ello él ha sido
creado por Dios. Pero el mal es sacado por el hombre de sí mismo, empujado por
la fuerza de la malicia, de la concupiscencia y de la obtusidad que están en
él.
El alma desconsiderada,
aun siendo inmortal y dueña del cuerpo, lo sirve mediante la voluptuosidad, y
no piensa que las delicias del cuerpo son dañinas para el alma. Ésta,
habiéndose vuelto estúpida y fatua, sólo se ocupa de regocijar el cuerpo.
Dios es bueno, el hombre
es pérfido. Nada hay de malo en el Cielo ni nada hay de bueno en
El hombre malvado ama la sensualidad y desprecia
la justicia; no piensa en la incertidumbre, en la inestabilidad ni en la breve
duración de la vida; tampoco reflexiona sobre la inexorabilidad de la muerte,
que ninguna donación de dinero podría evitar. Y si un viejo es vil e insensato,
se encuentra inepto para cualquier uso, como un leño putrefacto.
Cuando hemos experimentado la tristeza, entonces
somos sensibles a los placeres y a la alegría. Por cierto, no bebe con gusto el
que antes no ha experimentado sed; ni come de buen agrado quien no ha sentido
hambre; ni duerme con ganas quien no ha sentido un gran sueño, ni es sensible
al júbilo el que antes no se ha visto entristecido. Del mismo modo, no podremos
disfrutar de los bienes eternos, si no despreciamos lo que es efímero.
La razón está al servicio del intelecto: lo que el
intelecto desea, la razón lo expresa.
El intelecto ve también todo lo que está en el
Cielo, y nada lo nubla si no es el mero pecado. Para el que es puro, nada es
incomprensible, así como nada para la razón es inexpresable.
A causa de su cuerpo, el hombre es mortal, pero
por su intelecto y por su razón, es inmortal. Callando, comprendes; si has
comprendido, hablas. En el silencio, el intelecto genera la palabra. Las
palabras de agradecimiento ofrecidas a Dios, se convierten en salvación para el
hombre.
El que dice cosas irrazonables, no tiene
intelecto. Porque habla entender nada. ¡Atiende más bien a lo que debes hacer
por la salvación de tu alma!
La razón unida al intelecto y útil para el alma es
un don de Dios. Una razón llena de tonterías busca las medidas del Cielo y de
Nadie, al mirar al Cielo, puede comprender lo que
hay allí, no siendo el hombre que se preocupa por conducir una vida virtuosa y
comprende y glorifica a Aquel que todo lo ha hecho por la salvación y la vida
del hombre. Un hombre así, un hombre noble, sabe con certeza que nada existe
sin Dios. Dios, como ser infinito, está por doquier y en todas las cosas.
Así como el hombre sale del vientre materno, así
el alma sale del cuerpo, desnuda. Ésta, pura y luminosa; aquélla con las
manchas propias de sus fallas; esta otra, negra por sus muchas caídas. Por
tanto, el alma razonable y amante de Dios, reflexionando y considerando las
penas que le llegarán después de la muerte, regula su vida en la piedad, para
que no sea condenada ni caiga en esas penas. Aquellos que no creen, los que
viven despreciablemente y pecan, menospreciado las cosas del más allá, ¡son
hombres con un alma insensata!
Así como una vez salido del vientre materno, te
olvidas de lo que allí habita, así, una vez salido del cuerpo, no recuerdas lo
que está en el cuerpo.
Así como una vez salido del vientre materno, tu
cuerpo se fortalece y crece, así, una vez que has salido del cuerpo puro y sin
mancha, serás más fuerte, incorruptible, y vivirás en el Cielo.
Así como, una vez que el cuerpo ha sido formado en
el vientre, es necesario que nazca a la vida, del mismo modo una vez que el
alma ha cumplido la norma establecida por Dios, es necesario que salga del
cuerpo.
Así como tratas a tu alma mientras se encuentra en
tu cuerpo, del mimo modo ella te tratará, una vez que ha salido de tu cuerpo.
En efecto, el que aquí se ha servido de su cuerpo para estar bien y entregarse
a la lujuria, se ha tratado mal a sí mismo para los momentos que siguen a su
muerte. Puesto que, como un insensato, ha condenado su propia alma.
Así como el cuerpo que ha salido del vientre
materno incompleto no puede crecer, del mismo modo, el alma que ha salido del
cuerpo sin haber llevado a cabo el conocimiento de Dios mediante una vida
buena, no puede ser salvada o unirse a Dios.
El cuerpo unido al alma sale de la oscuridad del
vientre a la luz. Pero el alma unida al cuerpo permanece atada a las tinieblas
del cuerpo. Es conveniente, pues, odiar y castigar al cuerpo en su calidad de
enemigo y adversario del alma. El exceso de comida y la gula excitan en los
hombres las pasiones de la malicia. Mientras que la continencia del vientre
humilla las pasiones y salva el alma.
En el cuerpo, la vista es dada a los ojos; en el
alma, es dada por el intelecto. Y así como el cuerpo privado de ojos está ciego
y no ve el sol, la tierra toda, el mar centellante, y ni siquiera puede gozar
de la luz, del mismo modo el alma que no tiene un intelecto bueno y un honesto
modo de vida, está ciega y no contempla a Dios, creador y benefactor de todos,
no lo glorifica ni puede acceder al gozo de su incorruptibilidad y de los
bienes eternos.
La ignorancia de Dios significa insensibilidad y
fatuidad. El mal es generado por la ignorancia, mientras que el bien surge en
los hombres por el conocimiento de Dios y salva el alma. En consecuencia, si no
estás dispuesto a llevar a cabo tus deseos, si eres sobrio y conoces a Dios,
mantén tu intelecto dirigido hacia las virtudes. Pero si estás dispuesto a
cumplir con tus intenciones maliciosas, que están dirigidas a la voluptuosidad
- ebrio, debido a la ignorancia de Dios -- , estás destinado a la perdición de
los brutos, sin considerar los males que te aquejarán después de la muerte.
Se denomina providencia a lo que sucede por
decreto divino, como por ejemplo, el surgir del sol o el atardecer de cada día
y el fructificar de la tierra. Del mismo modo, se denomina ley lo que sucede
por decreto humano. Todo ha sido hecho para el hombre.
Todo lo que Dios hace, lo hace para el hombre,
porque Él es bueno. Todo lo que el hombre hace, lo hace para sí mismo, ya sea
el bien como el mal. Para que tú no te asombres al comprobar la prosperidad de
los malvados, debes saber que, así como los gobiernos mantienen a los verdugos,
a quienes, aunque no alaban sus pésimas intenciones, ordenan ajusticiar a
aquellos que son dignos de castigo, del mismo modo Dios permite que los
malvados opriman a los vivos y así castiguen a los despiadados por su
intermedio. Pero, al final, éstos también serán enviados a juicio, por haber
maltratado a los hombres, no en calidad de ministros de Dios, sino para servir
a sus propios instintos.
Los que rinden culto a los ídolos, si conocieran y
vieran con el corazón a qué están prestando culto, no errarían, alejados de la
verdadera piedad, ¡infelices! Mas bien, viendo el decoro, el orden y la
providencia que Dios pone en todas las cosas, conocerían mejor a Aquel que ha
hecho estas cosas para el hombre.
El hombre puede matar, puesto que es malo e
injusto. Dios, sin embargo, no cesa de donar la vida, incluso a los indignos.
Él está, de hecho, limpio de celos y es bueno por naturaleza, por esto ha
querido que el mundo fuera hecho, y fue hecho. Y fue hecho para el hombre y
para su salvación.
Es hombre el que ha comprendido que el cuerpo es
corruptible y efímero. Éste también entiende lo que es el alma, como ésta es
divina, inmortal, inspiración de Dios, y como está ligada al cuerpo para
probarlo y para su deificación. Quien ha comprendido lo que es el alma, vive de
modo recto y grato a Dios, no obedece al cuerpo, sino que, mirando a Dios con
el intelecto, contempla y comprende los bienes eternos donados por Dios al
alma.
Puesto que Dios es siempre bueno y sin celos, ha
dado al hombre la libertad de elegir entre el bien o el mal, donándole el
conocimiento a fin de que, contemplando al mundo y lo que éste contiene,
conozca a Aquel que todo lo ha hecho para el hombre. Pero puede darse que los
impíos quieran no entender. También es posible que no crean, que se equivoquen,
o comprendan lo contrario de la verdad. Hasta este punto el hombre es libre de
elegir frente al bien y frente al mal.
Es por orden de Dios que, al crecer la carne, el
alma se llena de intelecto: esto sucede para que el hombre elija, entre el bien
y el mal, lo que le place más. Pero el alma que no elige el bien no tiene
intelecto. Porque todos los cuerpos tienen, sí, un alma, pero no se dice que
toda alma tenga intelecto. Por cierto, el intelecto amante de Dios, pertenece a
los prudentes, a los santos, a los justos, a los puros, a los buenos, a los
misericordiosos y a los píos. Y la presencia del intelecto constituye para el
hombre una ayuda en su relación con Dios.
Una sola cosa no es posible para el hombre: el ser
inmortal. Le es posible unirse a Dios si comprende que puede hacerlo. Es así como,
queriendo, comprendiendo, creyendo y amando, por la fuerza de un vivir honesto,
el hombre llega a convivir con Dios.
El ojo contempla lo que le presenta. Sin embargo,
el intelecto penetra lo invisible. El intelecto amante de Dios es la luz del
alma. El que posea un intelecto amante de Dios, tiene el corazón iluminado y
con su intelecto, ve a Dios.
Ningún hombre bueno es
vil, pero el que no es bueno es del todo malo y amante del cuerpo. La primera
virtud del hombre es el desprecio de la carne. La separación de las cosas
efímeras y corruptibles - separación voluntaria, no debida a la indigencia -
nos convierte en herederos de los bienes eternos e incorruptibles.
El que está dotado de
intelecto, se conoce a sí mismo, conoce lo que es, sabe que es un hombre
corruptible. El que se conoce a sí mismo, conoce todo, sabe que cada cosa es
una criatura de Dios y que ha sido creada para la salvación del hombre. El
hombre tiene el poder de comprender y creer rectamente. Un hombre así sabe con
certeza que el que desprecia las realidades de esta vida encontrará menos
afanes y que, después de la muerte, recibe de Dios delicias y reposo eternos.
Así como el cuerpo sin
alma está muerto, así también el alma, sin la actividad del intelecto, se
encuentra ociosa y no puede recibir a Dios en herencia.
Dios escucha sólo al
hombre. Sólo al hombre, Dios se muestra. Dios es amante de hombre, donde él
está, también está Dios. Sólo el hombre es un digno adorador de Dios. Por el
hombre, Dios se transfigura.
Dios ha hecho todo el
cielo para el hombre y lo ha adornado de estrellas. Para el hombre ha hecho
El bien es invisible
como las realidades celestes. El mal es visible como las realidades terrestres.
Entre uno y otro, el hombre que tiene intelecto, elige lo que es mejor. Porque
sólo para el hombre son inteligibles Dios y sus criaturas.
El intelecto está en el
alma, así como la naturaleza en el cuerpo. Y el intelecto es la divinización
del alma, mientras que la naturaleza es la difusión del cuerpo, La naturaleza
está en todo cuerpo, pero no en toda alma se halla el intelecto. Por tanto, no
toda alma está salvada.
El alma está en el mundo
por cuanto allí fue generada; el intelecto está en el más allá, pues allí fue
ingenerado. El alma que comprende al mundo y quiere ser salvada, observa de
continuo una ley inviolable, admitiendo para sí misma que la lucha y las
pruebas las va a tener que enfrentar aquí y ahora ¡no siendo posible comprar al
juez! ya que ésta puede perecer o salvarse nada más que por un pequeño y vil
placer.
Dios ha creado la
generación y la muerte sobre
Las realidades mortales
están sujetas a las inmortales. Pero las inmortales sirven a las mortales, es
decir, los elementos al hombre, gracias al amor por el hombre y a la bondad
innata de Dios creador.
El que se empobreció y
no puede causar ningún daño, no puede ser tenido en cuenta por sus actos entre
los píos hombres. El que puede perjudicar y no se sirve de su poder para el
mal, sino que es considerado con los más míseros por piedad hacia Dios, éste
será recompensado con bienes aquí y más allá de su muerte.
Por amor al hombre del
Dios que nos ha creado, son numerosas las vías hacia la salvación que
convierten a las almas y las conducen al Cielo. Las almas de los hombres
reciben, efectivamente, recompensas por las virtudes y castigos por las
transgresiones.
El Hijo está en el
Padre, y el Espíritu Santo en el Hijo, y el Padre está en ambos. El hombre
conoce, por fe, todas las realidades invisibles e inteligibles. La fe es el
voluntario consentimiento del alma.
Aquellos que por alguna
necesidad o contingencia se ven obligados a nadar en grandes ríos, si están
sobrios se salvan: si sucediera que las corrientes son violentas y fueran
arrastrados, si se aferran a algún arbusto que crece en la orilla, aún se
pueden salvar. Pero todos aquellos que se encuentran en estado de embriaguez,
aunque en innumerables ocasiones se hayan ejercitado perfectamente en la
natación, al ser vencidos por el vino, son sumergidos por la corriente y salen
del mundo de los vivos. Del mismo modo el alma, al incurrir en los remolinos y
en las agitadas corrientes de la vida, si no se ha tornado sobria respecto a la
malicia de la materia y, por lo tanto, si no se conoce a sí misma, no sabe cómo
ella, divina e inmortal, ha sido ligada a la materia del cuerpo, que es
efímera, expuesta a múltiples sufrimientos y mortal.
Así, el alma es
arrastrada por la perdición de los placeres carnales y, despreciándose, ebria
de ignorancia, incapaz de ayudarse, perece y se encuentra fuera del número de
aquellos que se salvan. Muchas veces el cuerpo, como un río, nos arrastra hacia
placeres inconvenientes.
El alma razonable,
manteniéndose inmóvil en su buena determinación, guía sus potencias irascibles
y concupiscibles, sus pasiones irracionales, como a caballos: venciéndolas,
acorralándolas y superándolas, ella es coronada y hecha digna de la victoria de
los Cielos, recibiendo del Dios que la ha creado este premio por su victoria y
sus fatigas.
El alma verdaderamente
razonable, viendo la suerte de los malos y el bienestar de los impíos, no se
turba al imaginar su goces en esta vida, como hacen los insensatos. Porque bien
sabe ésta cómo la suerte es inestable, la riqueza, incierta, la vida, efímera,
y sabe cómo la justicia no se deja corromper por donativos. Y un alma tal,
tiene fe de no ser descuidada por Dios, y de que el alimento necesario le será
administrado.
La vida del cuerpo y su
goce entre grandes riquezas, teniendo poder mundano, es la muerte del alma
mientras que la fatiga, la resignación y la indigencia vivida agradeciendo, así
como la muerte del cuerpo, son vida y felicidad eterna para el alma.
El alma razonable que
desprecia la creación material y la vida efímera, elige el regocijo celeste y
la vida eterna, recibiéndola de Dios, mediante un vivir honesto.
El que tiene el traje
enlodado, ensucia la túnica de los que se le acercan. Del mismo modo, los que
tienen mala voluntad y una conducta no recta, frecuentando y diciendo cosas
inoportunas a otros de mentalidad más simple, ensucian su alma como con fango
mediante el oído.
La concupiscencia es el
principio del pecado, mediante la cual el alma razonable se pierde. Mientras
que el amor es para el alma principio de la salvación y del Reino de los
Cielos.
El cobre, si es
descuidado y no es tratado con la debida atención, por no haber sido utilizado
por largo tiempo, es corrompido por la herrumbre que lo recubre y pierde su
belleza. También el alma ociosa, descuidando el vivir honesto y la conversión a
Dios, se aleja con sus malas acciones de la protección divina y, como el cobre
por la herrumbre, así es consumada por la malicia que sigue al descuido - a
causa de la materia del cuerpo - y se encuentra privada de belleza e inútil
para la salvación.
Dios es bueno, exento de
pasiones o cambios. Si se considera como razonable y verdadero que Dios no está
sujeto a cambios, no se entiende cómo Él se puede alegrar con los buenos,
despreciando a los malos, encolerizarse con los pecadores, y luego, si se le
rinde culto, tornarse propicio. Hay que decir, sin embargo, que Dios ni se
alegra ni se enfurece, porque alegría y tristeza son pasiones; ni tampoco se le
puede rendir culto con dones, porque ésto significaría que Él puede ser
conquistado por el placer. No es lícito juzgar bien o mal al Divino en base a
las realidades humanas. Dios es solamente bueno, hace solamente el bien, no
daña nunca, porque tal es su naturaleza. Si nosotros somos buenos a semejanza suya,
nos unimos a Él. Si por no tomarlo como modelo, nos tornamos malos, nos
separamos de Dios.
Viviendo virtuosamente,
nos unimos a Dios. Si nos adherimos al mal, Él se convierte en nuestro enemigo,
pero no se encoleriza vanamente. Más bien, los pecados no permiten que Dios
resplandezca en nosotros, sino que nos unen a los demonios por punición. Si con
plegarias y obras de bien logramos desprendernos de los pecados, ésto no
significa que con nuestro culto inducimos a Dios a cambiar. En realidad, al
sanar nuestra malicia con nuestras buenas acciones, y al convertirnos al
Divino, nuevamente gozamos de la divina bondad; por eso, si decimos que Dios se
retrae de los malos es como decir ¡que el sol se esconde a quién le falta la
vista!
El alma piadosa conoce
al Dios del Universo. "La piedad" no es otra cosa que el hacer la
voluntad de Dios y así conocerlo, construyéndonos, sin envidia, moderados,
humildes, generosos según nuestras posibilidades, sociables, y extraños a las
disputas y todo lo que es grato a la divina voluntad.
El conocimiento de Dios
y el temor a Él nos curan de las pasiones de la materia. Así, cuando la
ignorancia de Dios se une al alma, las pasiones, que fueron descuidadas, pudren
el alma: ella es corrompida por la malicia, como una vieja herida. Pero Dios no
es responsable de esto, porque Él ha enviado a los hombres ciencia y
conocimiento.
Dios ha colmado al
hombre de ciencia y conocimiento, se apresura a purificar las pasiones y la
malicia voluntaria y quiere transferir lo que es mortal a la inmortalidad,
solamente a causa de su bondad.
El intelecto que está en
el alma pura y amante de Dios, en realidad ve al Dios increado, invisible e
inexpresable, el único puro para los puros de corazón.
Corona de la
incorrupción, virtud y salvación del hombre es el llevar las desventuras de
buen ánimo y dando gracias. Además, el dominar la ira, la lengua, el vientre,
los placeres, constituye una enorme ayuda para el alma.
La providencia divina es
aquella que tiene al mundo en sus manos. No existe ningún lugar abandonado por
la providencia. Es providencia la palabra perfecta de Dios, la que da forma a
la materia que constituye al mundo, y es creadora. y artífice de todas las
cosas que son hechas. No es posible que la materia se organice sin el poder
descendiente de
La concupiscencia
derivada del pensamiento, es la raíz de las pasiones congénitas de las
tinieblas. Y el alma que se encuentra en el pensamiento de concupiscencia se
ignora a sí misma, ignora ser inspiración de Dios y es llevada así al pecado,
sin pensar ¡la insensata! en los males que encontrará después de la muerte.
La impiedad y el amor
por la gloria son la suma e incurable enfermedad del alma, son la perdición.
Efectivamente, la concupiscencia del mal es la privación del bien. Y el bien es
hacer, sin avaricia, todo el bien que es grato al Dios del universo.
Sólo el hombre es capaz
de recibir a Dios. Solamente a este ser vivo habla Dios. De noche, por medio de
los sueños; de día, por medio de la mente. Y por intermedio de todo, predice y
preanuncia los bienes futuros a los hombres dignos de Él.
Nada es difícil para
quien cree y quiere comprender a Dios. Y si luego quieres también contemplarlo,
observa el orden y la providencia que hay en todas las cosas que por su Palabra
fueron hechas y creadas. Y todo es para el hombre.
Se llama santo a aquel
que es puro de la malicia y de los pecados. Es por lo tanto un grandísimo logro
del alma, y que agrada a Dios, que en el hombre no haya malicia.
El "nombre" es
el modo de indicar a uno con respecto a muchos. Es por lo tanto insensato
considerar que Dios - uno y solo - tenga otro nombre. "Dios," pues,
indica a aquel que existe sin principio, aquel que todo lo ha hecho por el hombre.
Si tienes conciencia de
haber actuado malvadamente, elimina las malas acciones de tu alma, aguardando
los bienes que vendrán: Dios es ciertamente justo y amigo del hombre.
El hombre conoce a Dios
y es por Él conocido si se preocupa de no separarse nunca de Dios. No se separa
de Dios el hombre bueno que en todo y por todo domina al placer: no por el
hecho de que dispone de poco placer, sino por su propia voluntad y continencia.
Beneficia al que te
perjudica, y tendrás a Dios por amigo. No calumnies en nada a tu enemigo. Ejercita
el amor, la moderación, la tolerancia, la continencia, etc. Todo esto es
conocimiento de Dios: siguiendo a Dios mediante la humildad y las virtudes
similares. Sin embargo éstas no son obras para cualquiera, sino para almas
dotadas de intelecto.
Por cansa de aquellos
que con desprecio se atreven a decir que las plantas y las hierbas tienen alma,
he escrito este capítulo, para conocimiento de los más simples. Las plantas
tienen la vida natural, pero no tienen alma. El hombre es definido como un animal
razonable, porque tiene un intelecto y es capaz de hacer ciencia. Los otros
animales, ya sea los que están sobre la tierra como los que están en el aire
tienen voz, porque tienen espíritu y alma. Y todo lo que crece y disminuye es
un ser viviente, porque vive y crece. Sin embargo, no tiene alma. Hay cuatro
especies distintas de seres vivientes. Los unos son inmortales y están dotados
de un alma como los ángeles.
Otros tienen intelecto,
espíritu y alma, como los hombres.
Otros tienen espíritu y
alma, como los animales. Otros tienen solamente vida, como las planta. Y en las
plantas la vida subsiste sin alma, espíritu, intelecto, inmortalidad, Pero ni
siquiera el resto puede existir sin vida. Cada alma, es decir cada alma humana,
es siempre móvil, y va de un lado a otro.
Cuando percibes
fantasías respecto a algún placer, cuídate a ti mismo y no permitas que te
arrastren, sino que, poniéndote por arriba, recuerda la muerte y piensa cómo es
mejor tener la conciencia de haber logrado vencer este engaño del placer.
Así como en el
engendramiento hay pasión, porque lo que accede a la vida tiene corrupción, así
en la pasión hay malicia. Por tanto no digas: Dios pudo eliminar la malicia.
Los que así hablan son
obtusos y tontos. No convenía ciertamente que Dios quitara la materia: y estas
pasiones vienen de la materia. Pero Dios ha eliminado la malicia de los hombres
ventajosamente al darles intelecto, ciencia, conocimiento y discernimiento del
bien a fin de huir de la malicia, sabiendo cómo la misma nos perjudica. El hombre
insensato sigue la malicia y se vanagloria. Luego, como atrapado en una red, se
debate, capturado allí dentro.
Y ni siquiera puede
levantar la cabeza para ver y conocer a Dios, que todo lo ha hecho para la
salvación y la divinización del hombre.
Las realidades mortales
son enemigas de sí mismas, porque conocen por anticipado este fin de la vida
que es la muerte. La inmortalidad, por el hecho de que es un bien, es un legado
del alma santa, mientras que la mortalidad, por el hecho de que es un mal, acompaña
al alma mísera e insensata.
Cuando, dando gracias,
vas a descansar, si piensas en los beneficios y en la gran providencia de Dios
por ti, colmado por un pensamiento benéfico, te alegras más que nunca, y el
sueno de tu cuerpo se convierte en sobriedad del alma.
Al cerrarse tus ojos,
verás la visión de Dios y tu silencio, impregnándose de bondad, continuamente
proclama glorias al Dios del universo, con toda el alma y toda tu fuerza.
Porque una vez que la malicia ha sido alejada del hombre, el rendimiento de
gracias, aunque fuera eso sólo, agrada a Dios más que todo precioso sacrificio.
A Él la gloria en los
siglos de los siglos Amén.
Evagrio, el Monje
Evagrio, este hombre
sabio e insigne que floreció alrededor del año 380, fue promovido por el gran Basilio a la dignidad de lector y, por el hermano de éste, Gregorio de Nisa, fue ordenado diácono. Fue instruido en las Sagradas Palabras por Gregorio
el Teólogo: por éste fue incluso nombrado archidiácono, cuando le fuera
encargada la iglesia de Constantinopla, según Icéforo Calisto, libro 11,
capítulo
Siendo realmente sutil
al entender y habilísimo en exponer lo que entendía, Evagrio ha dejado muchos y
variados escritos. De entre los mismos, han sido elegidos para este libro, el
presente discurso a los hesicastas y sus capítulos sobre el discernimiento de
las pasiones y de los pensamientos, en cuanto que son textos muy oportunos y de
gran aplicación.
Las noticias a propósito
de Evagrio nos fueron proporcionadas especialmente por Paladio en
Bastante tentado por la
vida mundana, en momento de serio peligro para su castidad, mientras se
encontraba en Constantinopla, a continuación de un sueño premonitorio, partió
para Jerusalén. Allí vivió por un breve período en la casa de Melania
Se estableció
primeramente y por dos años, en el desierto de Nitria y luego en las Celdas,
donde vivió hasta su muerte que sobrevino aproximadamente en el año 399.
Profundamente convencido
respecto del valor de la austera vida monástica en el desierto, Evagrio la
conoció - y la vivió - acudiendo a las fuentes, manteniéndose en frecuente
contacto con Macario el Grande, iniciador de la vida monástica en el desierto
de Scete, conociendo también al otro Padre Macario. El ambiente en el cual
Evagrio vivió hasta su muerte su vida monástica contrastó, por cierto, con la
estructura intelectual de la cual estaba dotado y con su gran cultura. No por
ello dejó de sentir una profunda admiración por la sabiduría práctica de esos
santos ancianos, frecuentemente provenientes de familias campesinas pobres. Y
más aún: además de vivir esta vida del desierto, llegó a ser un teórico de la
misma.
Seguidor de Orígenes,
terminó, lamentablemente por extremizar justamente las teorías más discutibles
de su maestro. Esto echó una sombra sobre su figura, a tal punto, que muchos de
sus escritos nos fueron transmitidos al amparo de algún gran nombre de
ortodoxia más afirmada. El nombre de Evagrio fue envuelto en la condena del
origenismo y, por lo tanto, condenado por el Concilio de Constantinopla III
(680-681), por el Concilio Niceno II (787) y por el Concilio de Constantinopla
IV (869-870).
De Evagrio se puede
encontrar traducido al francés el Tratado sobre la plegaría en Y. Hausherr, Les
leçons d'un contemplatif : le traité de l'oraíson d'Evagre le Pontique, Paris,
Beauchesne, 1960, y el Tratado práctico en la colección Sources Chrétíennes
170-171. Tanto el Tratado sobre la plegaria como el Tratado práctico, se pueden
encontrar traducidos también al inglés, reunidos en un único volumen, en las
ediciones Cistercians Publications, Massachusetts, Spencer, 1970.
Entre los demonios que se oponen a la práctica de las virtudes, los primeros que adoptan una
actitud de guerra son aquellos que ostentan las pasiones por el buen comer, los
que nos insinúan el amor por el dinero, y los que nos estimulan a buscar la
gloria que proviene de los hombres. Todos los demás vienen detrás de éstos y
reciben a los que han sido heridos por ellos.
Efectivamente, es poco
probable que se caiga en manos del espíritu de la fornicación si no se cayó
antes por gula. Y no hay quien, habiendo sido turbado por la ira, no se haya
previamente encendido por los placeres de la buena mesa, por las riquezas o por
la gloria. Y no hay modo de huir del demonio de la tristeza, si no se soporta
la privación de todas estas cosas. Así como nadie puede huir del orgullo,
primera camada del diablo; si no se ha erradicado antes la raíz de todos los
males, que es el amor por el dinero, si es verdad, como dice Salomón, que la
indigencia hace al hombre humilde (Pr. 10, 4).
En breve: no sucede que
el hombre tropiece con el Demonio, si antes no ha sido herido por esos tres
males principales. Y también delante del Salvador, el Diablo antepuso estos
tres pensamientos: primeramente exhortándolo a convertir las piedras en panes,
luego prometiéndole el mundo si se postraba a sus pies, adorándolo, y como
tercera cosa, lo tienta con la posibilidad de que la gloria lo cubriría si,
cayendo de las almenas del templo, los ángeles lo recogen y lo salvan, como
Hijo de Dios que es. Pero nuestro Señor, mostrándose superior a todo esto,
ordenó al Diablo que se alejara de Él, enseñándonos así que no es posible rechazar
al Diablo si no se desprecian estos tres pensamientos.
Todos los pensamientos
demoníacos introducen en el alma conceptos relativos a objetos sensibles, y el
intelecto, compenetrándose de ellos, imprime en sí mismo las formas de esos
objetos. El alma reconoce, entonces, al demonio que se asocia al objeto mismo.
Por ejemplo: si en mi mente se presenta la fisonomía de quien me ha agraviado u
ofendido, es evidente que surgirán en mí pensamientos de rencor. Si surgiera el
recuerdo de las riquezas o de la gloria, recordaré claramente por el objeto,
cuál es el motivo de mi angustia. Lo mismo sucede con los otros pensamientos:
por el objeto descubrirás quién es el que viene a insinuarlos. Sin embargo, no
quiero decir que todo recuerdo de tales objetos provenga de los demonios.
Porque es el intelecto mismo, accionado por el hombre, el que produce las
imágenes de los acontecimientos. Provienen de los demonios aquellos recuerdos
que suscitan la ira o la concupiscencia contra natura.
Con motivo de la
turbación que causan estas potencias, el intelecto, mediante el pensamiento,
comete adulterios y se embarca en guerras, porque no puede acoger la imagen de
Dios, su legislador. En efecto, esa luminosidad se manifiesta al principio
fundamental del alma en el tiempo de la plegaria, en la medida en que ésta se
despoje de los conceptos relativos a los objetos.
El hombre no puede
rechazar los recuerdos pasionales si no presta atención a la concupiscencia y a
la cólera, disipando a la primera con ayunos, velando y durmiendo en el suelo,
y calmando a la segunda con actos de soportación, de paciencia, de perdón y de
misericordia. De las pasiones antedichas surgen casi todos los pensamientos
demoníacos que empujan al intelecto a la ruina y a la perdición. Pero es
imposible superar estas pasiones si no se desprecian totalmente los manjares,
las riquezas y la gloria y aun el propio cuerpo, con motivo de aquellos
pensamientos que tan a menudo lo flagelan. Es absolutamente necesario, pues,
imitar a aquellos que se encuentran en el mar, en peligro, y que echan por la
borda los aparejos a causa de la violencia de los vientos y de las olas. Pero
llegados a este punto, debemos guardarnos de desprendernos de los aparejos para
ser mirados por los hombres, o habremos ya recibido nuestra merced, ya que otro
naufragio más terrible que el primero nos afligirá, y entonces soplará el
viento contrario, el del demonio de la vanagloria. Por tanto, también el Señor
nuestro de los Evangelios, impulsando a nuestro intelecto que es el capitán del
barco, nos dice: Mirad que no hagáis vuestra justicia delante de los hombres,
para ser visto por ellos: de otra manera no tendréis merced de vuestro Padre
que está en los Cielos (Mt 6:1). Y dice además: Y cuando recéis, no seáis como
los hipócritas; porque ellos gustan de orar en las sinagogas y en los cantones
de las calles, de pie para ser vistos por los hombres: por cierto os digo, que
ya tienen su pago (Mt. 6, 5-16).
Pero en este punto
debemos prestar atención al médico de las almas y observar como él cura la cólera
con la limosna, y con la oración purifica el intelecto, y aún mas, diseca con
el ayuno la concupiscencia: de este modo surge el nuevo Adán, quien se renueva
a imagen de Aquel que lo ha creado, en el cual no existe - con motivo de la
impasibilidad - ni macho ni hembra, y - basados en la única fe - ni griego ni
judío, ni circunciso ni incircunciso, ni bárbaro ni escita, ni esclavo ni
liberto, sino que todo está en Cristo.
Debemos indagar cómo los
demonios informan y configuran el principio fundamental de nuestra alma en las
fantasías que nos acechan en el sueño. Esto le sucede al intelecto ya sea
cuando ve con los ojos o cuando oye con los oídos o con cualquier percepción. A
veces nos llegan por medio de la memoria, que informa al principio fundamental
del alma, moviendo lo que ha recibido mediante el cuerpo. Me parece pues, que
los demonios informan al principio fundamental de nuestra alma, moviéndonos la
memoria, pues el órgano es, en ese momento, mantenido inactivo por el sueño.
Debemos saber cómo se produce ese movimiento de la memoria. ¿Será, acaso, por
medio de las pasiones? Esto es evidente, pues el que es puro y está libre de
pasiones, no pasa por cosas similares. Sin embargo, existe un movimiento de la
memoria producido simplemente por nosotros mismos, o bien por las santas
potencias, en el cual encontramos a los santos y somos sus comensales. Pero
deberemos prestar atención: esas imágenes que el alma recibe conjuntamente con
el cuerpo, serán luego movidas por la memoria sin el cuerpo. Esto está claro
por el hecho de que a menudo pasamos por esto durante el sueño, mientras que el
cuerpo está inmóvil. Pues puede suceder que nos acordemos del agua ya sea que
tengamos sed o no, y así sucede que nos acordamos del oro ya sea con codicia o
sin ella. Y los mismo sucede con el resto. Sin embargo, el hecho de que
encontremos dichas diferencias entre las variadas fantasías, es un indicio de
su artificiosidad.
Y aún más: debemos saber
que los demonios se sirven también de objetos externos para suscitar sus
fantasías. Por ejemplo: del sonido de las olas, para alguien que se dedique a
la navegación.
Nuestra irascibilidad,
cuando se mueve contra natura, coopera en mucho con los objetivos que los
demonios se prefijan, tornándose así utilísima para cualquiera de sus engaños.
Por tanto, éstos no se hacen rogar para accionarla, de día o de noche. Y cuando
la ven contenida por la humildad, en seguida la liberan con buenos pretexto, y
así, tornándose violenta, ésta sirve a sus pensamientos bestiales. Es necesario,
pues, no excitarla con ningún objeto, ni justo ni injusto, evitando poner en
mano de quien nos sugestiona, un arma funesta, como sé que muchos hacen,
aferrándose más de lo necesario a fútiles pretextos. Por cierto, dime, ¿por que
eres tan combativo? ¿No has despreciado ya manjares, riquezas y gloria?
¿Por qué crías a un
perro, si has manifestado no poseer nada? Si éste ladra y se echa sobre la
gente, es claro que es porque uno tiene algo y quiere defenderlo. Y estoy bien
seguro de que un hombre así está alejado de la oración pura, porque sé que la
irascibilidad destruye esta oración. Y me asombra que olvides también a los
santos, mientras David grita: Cesa en tu ira y deja la cólera (Sal. 36, 8). Y
el Eclesiastés recomienda: Aleja la cólera de tu corazón, y quita la maldad de
tu carne (Qo. 11, 10), mientras el Apóstol nos ordena elevar, en todo tiempo y
lugar, manos puras sin iras ni disputas (1 Tm. 2, 8). ¿Y por qué no aprendemos
de la antigua y misteriosa costumbre de echar fuera de casa a los perros en
tiempo de oración? Ella nos demuestra, alegóricamente, cómo no debe existir
cólera en el que reza.
Y también se ha dicho:
Hay cólera de dragones en su vino (Dt. 32, 33), ¡y sin embargo, los nacireos se
abstenían de tomar vino!
En cuanto al deber de no
preocuparse por los trajes o manjares, considero superfluo escribir con
respecto a esto, ya que el Salvador mismo lo prohíbe en los Evangelios: no os
preocupéis por vuestra vida, por lo que comeréis, por lo que tomaréis o por lo
que vestiréis. Esto concierne a los gentiles y a los incrédulos, a los que
rechazan la providencia del Soberano, y reniegan del Creador, pero es cosa
totalmente ajena a aquellos cristianos que han creído que dos pajarillos que se
venden por un cuarto están bajo el gobierno de los santos ángeles.
Pero los demonios tienen
también esta otra costumbre: después de acosarnos con pensamientos impuros, nos
infunden alguna preocupación a fin de que Jesús se retire, debido al caudal de
ideas que acuden a nuestra mente, y su Palabra se torne infructuosa, sofocada
por pensamientos de preocupación.
Pero una vez que los
hayamos depuesto y habiendo depositado toda nuestra confianza en el Señor,
conformándonos con las cosas que tenemos, y pobres en cuanto a nuestro estilo
de vida y por la ropa que nos cubre, despojaremos cada día a los padres de la
vanagloria. Si alguno se sintiere indecoroso por tener un traje pobre, que
dirija su mirada a San Pablo, quien esperó la corona de la justicia en el frío y en la desnudez (2 Co.
11, 27). Puesto que el Apóstol ha llamado a este mundo "teatro" y
"estadio," vemos cómo es posible que uno, acompañado por pensamientos
de preocupación, corra hacia el premio de la suprema llamada de Dios (Flp. 3,
14) o luche contra los principados las potencias, los dominadores cósmicos de
las tinieblas de este siglo (Ef. 6, 12). Aun entrenado en la observación de las
realidades sensibles, no se cómo esto es posible. Está claro que el que viste
la túnica, se encontrará impedido de avanzar y arrastrado aquí y allá, como el
intelecto lo es por los pensamientos cargados de preocupaciones, si creemos en
la palabra que dice que el intelecto debe estar constantemente atento a su
tesoro. Se ha dicho, en efecto: Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón
(Mt. 6, 21).
En cuanto a los
pensamientos, algunos de ellos separan y otros, son separados. Es decir: los
malos separan a los buenos y, a su vez, los malos son separados por los buenos.
Por lo tanto, el Espíritu Santo atiende al primer pensamiento que nos acude y
en base a éste, nos juzga o nos recibe. Quiero decir esto: tengo un pensamiento
de hospitalidad y seguramente lo tengo hacia el Señor, pero como se acerca el
Tentador, mi pensamiento es separado, porque éste me sugiere brindar
hospitalidad por amor a la gloria. Y más aún: tengo un pensamiento de
hospitalidad, pero para ser visto por los hombres. Y sin embargo, este mal
pensamiento puede ser rescindido al acudir un pensamiento mejor, el de pensar
que es mejor dirigir la virtud hacia el Señor e inducirnos a no hacer estas
cosas por los hombres.
Después de mucha
observación, hemos conocido cuál es la diferencia entre los pensamientos
provenientes de los ángeles, los provenientes de los hombres, y los que
provienen de los demonios. Los primeros, los angélicos, observan las varias
naturalezas de las cosas y descubren las razones espirituales. Por ejemplo, la
razón por la cual el oro fuera creado, esto es, para ser distribuido en las
zonas inferiores de la tierra mezclado con la arena, y ser encontrado con mucho
trabajo y fatiga. Y luego vemos cómo, una vez encontrado, es lavado con agua,
pasado por el fuego, entregado a las manos de los artesanos, los cuales harán
el candelabro de la tienda, el altar, los incensarios y las copas, en las
cuales ahora no bebe más - por gracia de nuestro Señor - el rey de Babilonia.
Por estos misterios arde el corazón de Cleofás. Pero el pensamiento que nos
surge por obra de los demonios, no sabe ni comprende todo esto, sino que nos
sugiere, descaradamente, el afán por la posesión del oro sensible, indicándonos
todo el placer y la gloria que nos colmarán al tenerlo.
En cuanto al pensamiento
que proviene del hombre, el mismo no busca la posesión del oro, ni se preocupa
por entender su significado simbólico, sino que nos introduce en la mente su
forma desnuda, sin pasión ni codicia por poseerlo. Lo que decimos del oro, es
válido también para las otras cosas, cuando este pensamiento es místicamente
ejercido según esa regla.
Hay un demonio, denominado
vagabundo, que se presenta a los hermanos sobre todo durante el transcurrir del
día. Éste pasea nuestro intelecto de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo y de
casa en casa. El intelecto entabla, al principio, simples diálogos. Luego se
entretiene por más tiempo con algún conocido y corrompe el estado interior de
los que encuentra, y luego, poco a poco, se va olvidando de su conocimiento de
Dios, de las virtudes y de su propia profesión. Es pues necesario que el
solitario observe de donde viene este demonio y a dónde éste quiere llegar. No
es por casualidad que este demonio da todas estas vueltas. Lo hace para
corromper el estado interior del solitario. De este modo el intelecto,
enardecido por estas cosas, ebrio por todos los encuentros, inmediatamente se
tropieza con el demonio de la fornicación, o de la ira, o de la tristeza.
Sentimientos que masivamente destruyen el resplandor del estado interior.
Pero nosotros, si
realmente nos proponernos reconocer la astucia de este demonio, no debemos
apresurarnos a gritar en contra de él, ni a meditar sobre lo sucedido, contando
como éste realiza estos encuentros en nuestros pensamientos y de que manera va
empujando el intelecto hacia la muerte. No soportando ser observado en su
actuar, el demonio huirá de nosotros y nada podremos saber de lo que queríamos
aprender. Más bien deberemos permitir que por uno o dos días, actúe a fondo,
así podremos aprender bien sus maquinaciones, y lo haremos fluir enfrentándolo
con nuestras palabras. Y sucede que cuando nos sentimos tentados, el intelecto
está turbio y le resulta difícil ver lo que está sucediendo. Debemos pues,
actuar cuando el demonio se ha ido de la siguiente manera: siéntate y trae a tu
memoria lo sucedido, por dónde ha empezado todo, dónde has ido, y en qué lugar
te sentiste atraído por el espíritu de la fornicación, de la tristeza o de la
ira, y nuevamente recapitula lo sucedido. Examina todo muy bien y confíalo a tu
memoria, así podrás enfrentar al demonio cuando se acerque. Observa atentamente
el escondrijo donde él pretende llevarte y no lo sigas. Y si incluso quieres
enfurecerlo, enfréntalo una y otra vez, hablándole directamente. Se sentirá muy
molesto ya que no tolera ser avergonzado. Como demostración de que has sabido
hablarle como es debido, verás que ese pensamiento que te acechaba te abandonó
por completo. Es imposible que permanezca si es abiertamente enfrentado. Una
vez que has vencido al demonio, seguirá una profunda somnolencia, una especie
de estado de muerte, con una gran pesadez en los párpados, continuados
bostezos, un gran peso en las espaldas. Pero el Espíritu Santo hará que todo
esto se desvanezca luego de una intensa plegaria.
El odio contra los
demonios nos ayuda mucho a conseguir la salvación y es conveniente para la
práctica de la virtud. Pero nosotros no estamos en condiciones de cultivarlo
por nosotros mismos como un brote cualquiera, ya que los espíritus amantes del
placer lo destruyen y lo conducen a ese amor habitual Este amor -o más bien,
esta gangrena difícil de curar - es curada por el médico de las almas
abandonándonos a una prueba. Efectivamente, permite que padezcamos de día o de
noche, una situación horrorosa para el alma, de tal modo que ella retorna a su
odio original, aprendiendo a decir lo que David dijo al Señor: De un odio
perfecto los odié; se han convertido en enemigos para mí (Sal. 138, 22). Pues
el que no peca con sus actos ni con sus pensamientos, odia con un odio
perfecto, lo cual es índice de una máxima primitiva impasibilidad.
¿Y qué decir de ese
demonio que deja al alma insensible? Siento temor de escribir al respecto. ¿No
es increíble cómo el alma, cuando se encuentra con este demonio, sale de su
estado interior, se despoja del temor de Dios y de toda piedad, no considera
más al pecado como un pecado, ni actúa con responsabilidad, recordando al
castigo y al juicio eterno como una cosa de nada y verdaderamente se mofa del
terremoto del fuego (Jb. 41, 20). Reconoce a Dios, por cierto, pero no reconoce
su mandamiento.
Golpeas tu pecho porque
ves al alma moverse hacia el pecado, pero ella no percibe nada. Tratas de
convencerla con las Escrituras, mas ella no te escucha porque está obtusa. La
enfrentas con la vergüenza de los hombres, pero no te atiende ni te entiende,
como si fuera un cerdo que ha cerrado los ojos y se dirige hacia su recinto. A
éste demonio nos llevan los persistentes pensamientos de vanagloria. Y se ha
dicho de él que si aquellos días no hubieran sido abreviados, ninguna carne se
hubiera salvado (Mt. 24, 22). Esto sucede a aquellos que raramente frecuentan a
sus hermanos. El motivo es evidente: este demonio, frente a las desgracias de
los demás, es decir las de aquellos que han sido acometidos por las
enfermedades o que tienen la desgracia de estar presos o encuentran una muerte
imprevista, huye en seguida, porque no bien el alma se ha conmovido y se llena
de compasión, se disipa el endurecimiento producido por el demonio. Pero esta
posibilidad no la tenemos a causa de la soledad en que vivimos o de la rara
presencia, cercana a nosotros, de personas que sufren. Es justamente para que
podamos huir de este demonio que el Señor nos recomienda, en los Evangelios,
que visitemos a los enfermos y a los que están en la cárcel. Estaba enfermo y
me visitasteis (Mt 25:36), nos dice. Pero debemos tener presente esto: si algún
solitario, habiéndose tropezado con este demonio, no ha aceptado todavía
pensamientos impuros, ni ha abandonado su casa entregándose a la acedía, éste
ha recibido la tolerancia y la templanza, que han bajado de los Cielos y lo han
bendecido por tal impasibilidad. En cuando a aquellos que han hecho suya la
profesión de ejercitar la piedad, y eligen vivir junto a los mundanos, deben
cuidarse de este demonio. Yo, en efecto, me avergüenzo delante de todos ustedes
y no quiero seguir diciendo o escribiendo a su respecto.
Todos los demonios
enseñan al alma el amor por el placer: sólo el demonio de la tristeza se
abstiene de ello. Por el contrario, destruye todos los pensamientos insinuados
por los otros demonios, impidiendo al alma sentir cualquier placer,
insensibilizándola con su tristeza. Es cierto lo que se ha dicho: que los
huesos del hombre triste se tornan áridos (Pr. 17, 22). Y sin embargo, si se
lucha un poco, este demonio sirve para fortalecer al solitario. Lo convence de
no acercarse a ninguna de las cosas de este mundo ni a ningún placer. Si
persiste en su lucha, genera en él pensamientos que lo inducen a alejar su alma
de este tormento o lo fuerzan a huir de ese lugar. Tal es lo que ha pensado y
sufrido el Santo Job, atormentado por este demonio: Ojalá pudiera echar mano a
mí mismo u otro, a mi pedido, así lo hiciera (Jb. 30, 24). Símbolo de este
demonio es la víbora, animal venenoso. La naturaleza le ha concedido,
benevolentemente, el que pueda destruir los venenos de los otros animales, pero
si la tomamos en estado puro, destruye la vida misma. Es a este demonio que San
Pablo ha entregado el hombre de Corinto, que había pecado. Pero luego se
apresura a escribir a los Corintios: Os ruego que confirméis vuestro amor por
él, para que no sea consumido por la excesiva tristeza (Cf. 2 Co. 2, 8-7).
Y sin embargo, este
espíritu que aflige a los hombres es capaz de ser portador de un
arrepentimiento bueno. Y así también San Juan Bautista ha denominado "raza
de víboras" a aquellos que han sido heridos por este espíritu, y que se
refugiaban en Dios, diciendo: ¿Quién os ha enseñado ha huir de la ira que
vendrá? Dad, pues, frutos dignos de arrepentimiento y no penséis decir dentro
de vosotros: a Abraham tenemos por padre (Mt. 3, 7-9). Todo el que ha imitado a
Abraham y se ha alejado de su tierra y de su parentela, se ha vuelto más fuerte
que este demonio.
Si alguno es dominado
por la cólera, está dominado por los demonios. Y si alguien le sirve, éste es
extraño a la vida monástica, un extranjero en las vías de nuestro Salvador,
dado que el mismo Señor nos dice que Él muestra el camino a los humildes. Por
tanto, cuando el intelecto de los solitarios se refugia en la llanura de la
mansedumbre, difícilmente puede ser poseído, ya que no hay otra virtud que los
demonios teman más que la misma. Ésta es la virtud que había adquirido el gran
Moisés, quien fuera conocido como el más manso de los hombres. Y el santo David
ha declarado que esta virtud es digna del recuerdo de Dios: Acuérdate de David
y de toda su mansedumbre (Sal. 131, 1).
Y también el Salvador
mismo nos ha ordenado ser imitadores de su mansedumbre: Aprended de mí que soy
manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas (Mt. 11,
29).
Si alguno ha renunciado
a manjares y bebidas, pero excita su cólera con malos pensamientos, ¡se asemeja
a una nave que navega con un demonio como piloto! Con todas nuestras fuerzas
debemos cuidar de nuestro perro y enseñarle a destruir sólo los lobos, sin
devorar las ovejas, dando prueba de mansedumbre hacia todos los hombres.
De todos los
pensamientos, el de la vanagloria es el que está compuesto por más elementos.
En efecto, abraza a casi toda la tierra y abre las puertas a todos los
demonios, tal como lo haría algún malvado traidor en una ciudad. Por tanto,
humilla el intelecto del solitario, llenándolo de discursos y objetos y
corrompiendo las plegarias con las cuales él trata de curar todas las heridas
de su alma.
Todos los demonios una
vez vencidos, hacen crecer este pensamiento y por su intermedio, encuentran un
nuevo acceso a las almas. Y es así como hacen que la última situación de las
almas sea peor que la precedente. De aquí nace también el pensamiento de la
soberbia. Esto es lo que ha hecho derrumbar de los cielos sobre la tierra el
sello de la semejanza la corona de la belleza (Ez. 28, 12). Rehúyela pues, no
tardes, porque puede suceder que entreguemos a otros nuestra vida, y nuestra
riqueza a quien no tiene misericordia. Este demonio es ahuyentado por la
oración continua y por el no hacer ni decir nada de lo que se lleva a cabo por
la maldita vanagloria.
Ni bien el intelecto de
los solitarios alcanza una cierta impasibilidad, he aquí que adquiere el
caballo de la vanagloria y en seguida corre por las ciudades, llenándose sin
medida de alabanzas a su gloria. Pero, si por una disposición de la
providencia, se encuentra con el espíritu de la fornicación, quedando así
encerrado en un chiquero, esto le enseñará a no dejar más el lecho antes de
haber obtenido una perfecta salud, y a no imitar a los enfermos indisciplinados
quienes, arrastrando los rastros de su enfermedad, se entregan abusivamente a
los viajes y a los baños, teniendo así recaídas. Por tanto, permanezcamos
sentados, cuidemos de nosotros mismos, de tal modo que, avanzando en nuestra
virtud, no permitamos que el mal resurja, y que, al retomar el conocimiento,
nos aturda una multitud de meditaciones. Y luego nuevamente, al levantarnos,
veremos cuánto más clara es la luz de nuestro Señor.
No puedo escribir sobre
todas las astucias de los demonios; siento pudor al repasar todas sus
maquinaciones, temiendo por los lectores más simples. Escucha, sin embargo, las
astucias del demonio de la fornicación.
Cuando alguien logra
tornarse impasible respecto a su concupiscencia, y sus malos pensamientos
tienden a enfriarse, es entonces que este demonio introduce imágenes de hombres
y mujeres que juguetean entre ellos, convirtiéndolo en solitario espectador de
cosas y actitudes procaces. Pero no es ésta una tentación que dure por mucho
tiempo. La oración continua y un régimen austero, la vigilia y el ejercicio de
meditaciones espirituales, disipan la tentación como a una nube sin agua. Por
momentos este malvado hace de la carne su presa, forzándola a sentir un ardor
irracional, y se aferra a miles de otras cosas, a las cuales no es necesario
referirse públicamente ni poner por escrito.
Contra pensamientos de
este tipo somos ayudados por el hervir de la cólera que se mueve contra el
demonio. Éste teme muchísimo esta cólera, que se agita contra los pensamientos
y destruye sus razonamientos. Y éste es el pensamiento de
El Señor ha confiado los
conceptos de este siglo al hombre, como las ovejas a un buen pastor. Escrito
está: A cada hombre ha puesto un concepto en su corazón, y ha unido a él, a
modo de ayuda, la concupiscencia y la ira. Por medio de la ira debe poner en
fuga a los pensamientos de los lobos y, mediante la concupiscencia, debe amar a
las ovejas, aun cuando se encuentre acorralado por las lluvias y los vientos. A
todo esto el Señor ha agregado también la ley, para que alimente a las ovejas;
y un lugar verde, agua que reconforta, y el salterio, la cítara, la vara y el
bastón. Y así de este rebaño el pastor obtendrá su nutrición, se vestirá y
recogerá el heno de los montes. Se ha dicho: ¿Cuál es el pastor que apacienta
el ganado y no se nutre de su leche? (1 Co. 9, 7).
Deberá el solitario
custodiar de día y de noche su rebaño para que no sea devorado por las fieras o
caiga en manos de los ladrones. Pero si en un lugar selvático algo parecido
sucediera, en seguida deberá éste arrancar la presa de la boca del león o del
oso. Por ejemplo, el concepto de hermano es devorado por nosotros si lo
alimentamos con vil concupiscencia; el del dinero y el del oro, si lo
albergamos unido a la avidez; y así en todo lo que se refiere a los
pensamientos relativos a los santos carismas, si los alimentamos en nuestra
mente junto a la vanagloria. Del mismo modo sucede respecto a todos los otros
conceptos, si se tornan presa de las pasiones. Y no alcanza con velar durante
el día, debemos estar vigilantes también de noche. Puede suceder que perdamos
lo que es nuestro, aun con fantasías turbias o malvadas. Vean lo que dice San
Jacob: No te he traído ovejas devoradas por las fieras: he resarcido los hurtos
del día y de la noche, Y fui devorado por el calor del día y por el hielo de la
noche. El sueño se alejó de mis ojos (Gn. 31, 39 ss).
Si posteriormente el
gran cansancio generara en nosotros pereza, subirernos un poco más por la
piedra del conocimiento y tomaremos el salterio, haciendo vibrar sus cuerdas
mediante el conocimiento de las virtudes. Y nuevamente llevaremos nuestros
rebaños por el monte Sinaí, para que el Dios de nuestros Padres se dirija a
nosotros de entre los arbustos y nos regale con esas palabras que obran señales
y prodigios.
La naturaleza racional,
condenada a muerte por la malicia, ha sido resucitada por Cristo mediante la
contemplación de todos los siglos. Y el Padre resucita el alma que ha muerto de
muerte de Cristo, mediante su conocimiento. Y es ésto lo que dice Pablo: Si
estamos muertos con Cristo, creamos que también viviremos con Él.
Cuando el intelecto se
ha despojado del hombre viejo, se reviste de lo que proviene de la gracia, y es
entonces que en el tiempo de la oración verá su propia estructura, símil de
algún modo, al zafiro o a la superficie celeste. Cosas éstas que las Escrituras
indican como el lugar de Dios, visto por los ancianos en el monte Sinaí.
De entre los demonios
impuros, algunos tientan al hombre en cuanto hombre, otros lo aturden como a un
animal que ha perdido la razón. Los primeros, al acercarse, insinúan en
nosotros pensamientos de vanagloria, de soberbia, de envidia o de acusación:
cosas éstas que no perturban a ningún ser irracional. Los otros, sin embargo,
se acercan excitando la cólera o la concupiscencia contra natura. Y es que
estas pasiones las tenemos en común con los seres irracionales aunque estén
escondidas por la naturaleza racional.
Es por este motivo que
el Espíritu Santo, cuando se refiere a los pensamientos que acuden a los
hombres, dice: Yo he dicho: dioses sois, e hijos todos del Altísimo pero como
hombres moriréis, y caeréis como cae cualquier príncipe (Sal. 81, 6). ¿Y qué
dice a aquellos que se mueven en modo irracional? Nos dice: No seáis como el
caballo y como el mulo que no tienen entendimiento: que han de ser domados con
freno y riendas para que obedezcan (Sal. 31, 9). Y si el alma que peca, morirá
(Ez. 18, 4), es evidente que los hombres mueren como hombres y por los hombres
son sepultados. Pero los animales sin razón, si mueren o caen, son devorados
por las aves de rapiña o por los cuervos. De ésto se ha dicho que las crías de
los unos invocan al Señor, y las de los otros, se bañan en sangre. El que tenga
oídos para oír, que oiga (Mt. 11, 15).
Cuando algún enemigo se
acerque a ti, te hiera y tu quieras dirigir tu espada a su corazón, tal como
está escrito, haz como te decimos. Analiza en ti mismo el pensamiento que te ha
sido puesto. Mira qué cosa es, de qué elementos se compone y lo que
precisamente aflige más a tu mente. Te quiero decir esto: ¿te ha traído el
enemigo el amor por el dinero? Tú haces una distinción entre el intelecto que
ha recibido el pensamiento del oro, el pensamiento mismo del oro y el oro en sí
mismo y la pasión que nos lleva a amar el dinero. Pregúntate a continuación: De
entre todo esto, ¿qué cosa es pecado? ¿Quizás el intelecto? ¿Y cómo, entonces,
es la imagen de Dios? Y entonces, ¿cómo se vincula al concepto del oro? Nadie
que tenga intelecto podría jamás afirmarlo. ¿Es quizás pecado el oro en sí
mismo? ¿Por qué entonces fue creado? Concluiremos pues que la causa del pecado
es la cuarta.
No es un objeto que
tenga una existencia en sí mismo, ni el concepto de un objeto, sino que es un
placer enemigo del hombre, generado por nuestra propia y libre voluntad, y que
fuerza al intelecto a servirse malamente de las criaturas de Dios. Y es a la
ley de Dios a quien le fuera confiado rescindir este placer.
Mientras indagas de este
modo, el pensamiento será destruido, disolviéndose en su propia contemplación.
El demonio se alejará de ti, cuando tu mente sea llevada a lo alto por tal
conocimiento. Si, por lo contrario, no quieres servirte de tu espada, sino que
quieres echar mano de tu honda, saca una piedra de tu bolso de pastor y
considera lo siguiente: ¿Cómo es que los ángeles y los demonios se acercan a
nuestro mundo y nosotros no nos acercamos a sus mundos? Nosotros no podemos,
por cierto, acercar más a los ángeles a Dios, si nos proponemos hacer de los
demonios seres aun más impuros. Y más aún: ¿como es que Lucifer, que surge por
la mañana, fue tirado a la tierra, y considera al mar como una ampolla y a lo
más profundo de los abismos como un prisionero de guerra? Y todo lo hace hervir
como en una olía encendida e hirviente (Jb. 41, 22 ss) porque a todos quiere
turbar con su malicia y a todos dominar. La consideración de todas estas
realidades hiere verdaderamente al demonio y pone en fuga a todo su ejército.
Pero esto lo pueden hacer todos aquellos que se han purificado y ven las
razones de las realidades creadas. Los que están impuros no conocen la
contemplación de tales razones y, aunque repitieran una fórmula aprendida por
otros, no serán escuchados, con motivo de todo el polvo y el tumulto causado
por las pasiones durante la batalla. Es absolutamente necesario, pues, que toda
la turba de filisteos permanezca inmóvil, para que sólo Goliat enfrente a
nuestro David.
De la misma manera nos
serviremos de esta distinción entre las partes en guerra y la imagen que se nos
presenta contra todos los pensamientos impuros.
Cuando suceda que algún
pensamiento impuro huya con toda rapidez, ¿deberemos buscar la causa a fin de
entender cómo ello se ha producido? En general, esto sucede ya sea porque el
objeto en cuestión falta, o porque se trata de un elemento dificil de obtener,
o porque estamos entrando en la región de la impasibilidad. Por estos motivos
el enemigo no puede vencernos. Si por ejemplo, a algún solitario se le ocurre
que le sea confiada la guía espiritual de la ciudad, es difícil que se detenga
a fantasear a propósito de ello, por los motivos que mencionáramos
anteriormente. Pero si sucediera que alguno se convierte en guía espiritual de
una ciudad cualquiera, y su pensamiento no sufre alteraciones, esto significa
que ha alcanzado la beatitud de la impasibilidad.
No es necesario saber de
estas cosas para tener prontitud y fuerza; para que podamos ver si hemos
cruzado el Jordán y estamos cerca de las palmeras o bien si estamos todavía en
el desierto y bajo los golpes de los extranjeros.
Pues veo, por ejemplo,
cómo el demonio del amor al dinero es versátil y extraordinario en su capacidad
de engaño. A menudo, angustiado por nuestra total renuncia, finge ser ecónomo y
amante de los pobres, recibe libremente huéspedes que aún no se han acercado,
da limosnas a los que carecen de alguna cosa, visita las prisiones de la
ciudad, rescata a los que han sido vendidos, nos sugiere unirnos a mujeres
ricas... Quizás nos aconseje acercarnos a otros, ¡a aquellos que poseen una
bolsa bien abastecida! De este modo, se va desviando el alma; poco a poco, la
rodea de pensamientos provenientes del amor al dinero y la entrega al demonio
de la vanagloria. Y esto introduce una multitud de pensamientos que glorifican
al Señor por nuestros negocios, y manipula a algunos que, poco a poco, hablan
de sacerdocio en lugar nuestro. Hace pronósticos sobre la muerte del sacerdote
a cargo, y predice que no podrá salvarse, debido a todo lo mal que ha actuado.
Y así este mísero
intelecto, atrapado por tales pensamientos, entra (mentalmente) en lucha con
aquellos que se le oponen, pronto a ofrecer dones a aquellos que lo aceptan y
aprueban sus buenos sentimientos. ¡Incluso imagina entregar a aquellos que se
le sublevan, en manos de los magistrados y echarlos de la ciudad! Finalmente,
puesto que lleva dentro de sí estos pensamientos y les da vueltas, hace que en
seguida se presente el demonio de la soberbia, quien, destellando ininterrumpidamente
relámpagos y dragones alados en la celda, termina por ocasionar la locura.
Pero nosotros, para
conjurar la desgracia que tales pensamientos puedan producir, ¡queremos vivir
dando gracias en nuestra pobreza! De hecho, nada hemos traído a este mundo ni
nada, por cierto, podremos llevar con nosotros. Siempre que tengamos con qué
comer y con qué cubrirnos, conformémonos con ello (1 Tm. 6, 7 ss). Y recordemos
a Pablo, que declara: El amor por el dinero es la raíz de todos los males (1
Tm. 6, 10).
Todos los pensamientos
impuros, cuando por causa de nuestras pasiones se entretienen en nosotros,
conducen el intelecto a la ruina y a la perdición. En efecto, así como la idea
del pan ronda constantemente al hambriento a causa de su hambre, y el pensamiento
del agua al sediento a causa de su sed, del mismo modo, también los
pensamientos a propósito de las riquezas, y las reflexiones sobre los turbios
pensamientos producidos en nosotros por los alimentos, se detienen dentro
nuestro debido a las pasiones. Esto se manifiesta también con los pensamientos
de vanagloria y con todos los otros. Y no le será posible al intelecto,
sofocado por tales ideas, presentarse ante Dios, ni ceñir en su cabeza la
corona de la justicia. Justamente por haber sido arrastrado por tales
pensamientos, aquel intelecto tres veces infeliz del cual nos hablan los
Evangelios, rechazó la increíble belleza del conocimiento de Dios. Incluso
aquel que, atado de pies y manos, fue echado a las tinieblas exteriores, tenía
el traje tejido por estos pensamientos y, debido a ello, el que lo había
invitado lo declaró indigno de tales nupcias. El traje de bodas es, pues, la
impasibilidad del alma razonable que ha renegado de las concupiscencias
mundanas. La causa por la cual los conceptos de los objetos sensibles, cuando
se detienen en nosotros, corrompen el conocimiento, fue ya mencionada en los
"Capítulos a propósito de la oración."
Tres son los jefes de
los demonios que se oponen a la práctica [de las virtudes]. Éstos son seguidos
por todo el campamento de filisteos. Ellos son los primeros que avanzan en las
batallas e inducen al alma a ser malvada por medio de pensamientos impuros. Los
unos difunden los deseos de la gula, otros nos insinúan el amor por el dinero,
y otros nos excitan para que busquemos la gloria que viene de los hombres. Si
deseas, pues la oración pura, rehúye la cólera; si amas la templanza, domina tu
vientre y no le brindes pan hasta la saciedad, y en cuanto al agua, manténla
corta.
Sé vigilante en la
oración y aleja de ti el rencor. No menoscabes las palabras del Espíritu Santo
y golpea con las manos de la virtud las puertas de las Escrituras. Así surgirá
en ti la impasibilidad del corazón y, en la oración, verás a tu intelecto
resplandecer como un astro.
Casiano, El Romano
Nuestro santo padre
Casiano el Romano vivió bajo el reinado de Teodosio el Pequeño, alrededor del
año 331. Hemos puesto en el presente volumen, de entre todos los discursos
fruto de sus fatigas, aquel relativo a los ocho pensamientos y los que nos
hablan del discernimiento, ya que de ellos emana abundante provecho y gracia. A
ellos se remite también el sapientísimo Focio, citando literalmente el código
197, páginas 265-66. "También el segundo discurso está dirigido al mismo
(es decir a Castor), y lleva como título 'Discurso a propósito de los ocho
pensamientos', girando alrededor de temas relativos a las pasiones de la gula,
de la fornicación, del amor al dinero, de la ira, de la tristeza, de la pereza,
de la vanagloria y de la soberbia. Estos tratados son utilísimos a aquellos que
están dispuestos a participar en la batalla ascética... Y además de éstos, fue
leído un tercer pequeño discurso... en el cual se nos enseña lo que significa
el discernimiento, de cómo esta virtud es la más grande de todas, dónde es
generada, Y cómo, habitualmente, nos llega desde lo más alto, etc..."
Nacido en el año 360 en
la ciudad de Dobrudja, en la desembocadura del Danubio, según Genadio, De Viris
illustribus, PL, 58, LXI, 1094, quien lo define de nacionalidad escita. De
familia poderosa, terminó siendo aún muy joven sus estudios clásicos. Junto con
su amigo Germán, al cual se sentía muy unido, se embarcó en un viaje hacia
Oriente, interesándose sobre todo en el testimonio cristiano que daban los
monjes que poblaban esos lugares.
Se detuvo en Palestina
por unos dos años, en un monasterio de Belén. No consta, sin embargo, que haya
conocido personalmente a Gerólamo. Aparentemente, lo conoció y lo estimó sólo
por sus escritos. Después de dos años, Casiano y Germán se dirigieron a los
desiertos de Egipto, en particular a Escete y a Nitria. Volvieron ocho años
después y nuevamente partieron por tres años más.
En el 399 se dirigieron
a Constantinopla, debiendo huir de Egipto a causa de su "origenismo."
Casiano fue admirador y partidario de Orígenes, particularmente en lo que se
refiere a su exégesis escriturística. Mantuvo, sin embargo, una posición
equilibrada y evitó seguirlo en ciertos aspectos más dudosos y menos ortodoxos.
En Constantinopla, Casiano fue ordenado diácono por Juan Crisóstomo, por el cual conservó siempre una profunda devoción.
Luego que Juan Crisóstomo fuera expulsado, también
los dos amigos se tuvieron que ir, y se dirigieron a Roma, al papa Inocencio I,
para solicitar su ayuda en favor del obispo perseguido. Desde ese momento se
pierde el rastro de Germán, a quien suponemos muerto en Roma.
Con toda probabilidad,
Casiano fue ordenado presbítero en Roma. De allí se dirigió a Marsella, en el
año 415, donde fundó el monasterio de san Víctor y un monasterio femenino,
Murió alrededor del año 435.
Por medio de sus dos
grandes obras, Instituciones cenobíticas y Colaciones espirituales, Casiano
transmitió a Occidente un conocimiento bastante exacto a propósito de la
institución monástica en Oriente y Occidente.
Durante el tiempo
transcurrido en Marsella, Casiano intervino en las disputas doctrinales
relativas a la gracia y, poco dotado para este tipo de cosas, incurrió en
formulaciones erróneas o imprecisas, de carácter semipelagiano.
Sin embargo, aun en este
delicado tema, su santidad y su tendencia hacia la dulzura y la sumisión, no
fueron menos evidentes. Casiano, no bien advirtió su error, se retiró y calló.
De las Instituciones y
de las Colaciones de Casiano, existen varias traducciones en distintos idiomas.
En cuanto a las Instituciones, se puede ver la edición italiana a cargo de P.
M. Ernetti, Padva, 1957; la traducción francesa con el texto latino se
encuentra en la colección Sources Chrétiennes 109. Las Conferencias, en la
edición italiana a cargo de O. Lari, De. Paulinas, 1965; la traducción francesa
con texto latino está en Sources Chrétiennes 42-54-64.
Al Obispo Castor: Los
Ocho Pensamientos Viciosos
Luego de haber hecho un
primer discurso concerniente a la ordenación de los cenobitas, nuevamente nos
llenamos de coraje, debido a vuestras oraciones y nos disponemos a escribir a
propósito de los ocho pensamientos viciosos, es decir, los pensamientos de
gula, fornicación, amor al dinero, ira, tristeza, pereza, vanagloria y
soberbia.
Como primera cosa,
hablaremos de la continencia del vientre, que se opone a la gula. Diremos pues,
cómo hacer los ayunos y cuál deberá ser la calidad y la cantidad de los
alimentos. No hablaremos de nosotros mismos, sino que mencionaremos lo que
hemos recibido de nuestros Santos Padres. Ellos no tenían una única regla para el ayuno ni una única manera de
comer los alimentos; ni siquiera nos han transmitido la indicación de una
medida, ya que no todos tienen la misma fuerza, ya sea por edad, por
enfermedad, o por una constitución física particularmente delicada. Hay, sin
embargo, un único objetivo: huir de la saciedad y evitar llenar nuestro
estómago.
Un cierto ayuno diario
ha sido considerado más ventajoso y más adecuado para conducirnos a la pureza,
que un ayuno que se arrastra por tres, cuatro días o aun una semana. Se dice
que el ayuno que se prolonga sin medida es seguido por un período de exceso en
las comidas. De tal modo, es posible que la abstinencia exagerada de alimentos
haga que el organismo pierda su vigor, tornándolo perezoso en su servicio
espiritual, o que el cuerpo, sintiéndose pesado por el exceso de comida,
produzca en el alma pereza y relajamiento.
Los Padres no
consideraron apto para todos el ingerir verduras o legumbres, ni que todos
pudieran hacer uso, como alimento cotidiano, del pan duro. Se ha visto cómo uno
que come dos libras de pan sigue teniendo hambre, mientras que otro, comiendo
solamente una, o aun seis onzas, se siente satisfecho. Tal como se ha dicho anteriormente,
lo que nos han transmitido como regla para observar la continencia es solamente
esto: que no nos dejemos engañar por la saciedad del estómago, ni nos dejemos
arrastrar por el placer de la gula. En efecto, no solamente la variada calidad
de los alimentos, sino también las distintas cantidades de los mismos, pueden
encender en nosotros las flechas inflamadas de la fornicación. Más aún: no es
solamente la ebriedad del vino la que embriaga nuestra mente, sino que incluso
la saciedad del agua o el exceso de cualquier comida la tornan aturdida y
somnolienta. El motivo que produjo la destrucción de los sodomitas, no fue la
ebriedad producida por el vino o por los variados alimentos, sino por la
saciedad del pan, tal como dice el profeta.
La debilidad del cuerpo
no nos impide alcanzar la pureza del corazón, si no ofrecemos a nuestro cuerpo
otra cosa que lo que la debilidad nos pide, y no lo que exige el placer.
Debemos utilizar alimentos tanto cuanto es necesario para mantenernos con vida,
no lo que nos induce a servir a los impulsos de la concupiscencia. Una toma
moderada de alimentos, según nuestro razonamiento, contribuye a la salud del
cuerpo y no quita nada a la santidad. La regla de continencia y la norma exacta
que nos transmitieron los Padres, es la siguiente: el que tome un alimento
cualquiera, deberá detenerse cuando aún tiene apetito, sin esperar la saciedad.
Cuando el Apóstol nos dice que no debemos preocuparnos de la carne para
satisfacer nuestra concupiscencia (Rm. 13, 14), no trata de prohibirnos lo
necesario para mantenernos con vida, sino que intenta prohibir un tratamiento
que nos induzca a la voluptuosidad.
Además, para lograr una
pureza perfecta del alma, no es suficiente con abstenerse de alimentos, sino
que otras virtudes son necesarias. Mucho beneficia a la humildad la obediencia
en el trabajo y la fatiga del cuerpo, así como beneficia el mantenerse lejos
del amor por el dinero, lo que no significa sólo no tener dinero, sino también
evitar desearlo ansiosamente: esto es lo que guía al alma realmente a la
pureza. El abstenerse de la cólera, de la tristeza, de la vanagloria, de la
soberbia, son todas cosas que producen la pureza global del alma. En cuanto a
esa particular pureza del alma, fruto de la templanza, la misma se obtiene con
la continencia y con el ayuno. Porque es imposible luchar en nuestra mente con
el espíritu de la fornicación, teniendo el estómago lleno. Por lo tanto,
nuestra primera lucha será por lograr la continencia del estómago y el
doblegamiento de nuestro cuerpo, no solamente mediante nuestro ayuno, sino
también velando con la fatiga, la lectura y con el recogimiento de nuestro
corazón, temerosos de la gehena y deseosos de acceder al Reino de los Cielos.
Nuestra segunda lucha es
contra el espíritu de la fornicación y de la concupiscencia de la carne, que,
desde la más temprana edad del hombre, empiezan a atormentarlo. Ésta es una
gran lucha, ardua y doble, porque mientras los otros vicios declaran una
guerra. al alma, solamente éste se presenta bajo una doble forma que acecha al
alma y al cuerpo: por tanto la batalla es doble. El solo ayuno del cuerpo no es
suficiente para adquirir la perfecta templanza y la verdadera castidad, si no
hay también contricción del corazón, una perseverante oración a Dios, una
asidua meditación de las Escrituras, una dura fatiga y trabajo manual: estas
cosas tienen el poder de contrarrestar los impulsos inquietos del alma,
apartándola de turbias fantasías. Sin embargo, lo que más beneficia es la
humildad del alma, sin la cual no se puede salir ni de la fornicación ni de las
otras pasiones.
Por lo tanto, es
fundamental ser vigilantes y apartar nuestro corazón de los pensamientos
sórdidos. Pues es del corazón, según
Por este motivo es
imposible que el hombre vuele, por así decirlo, con alas propias hacia ese
excelso y celeste premio de santidad, y se torne en imitador de los ángeles, a
menos que la gracia de Dios lo eleve de la tierra y del fango. Los hombres,
atados a la carne, con ninguna otra virtud imitan mejor a los ángeles, seres
espirituales, que con la virtud de la templanza. Se debe a ella que, mientras aún
están y viven sobre
La demostración de la
perfecta posesión de esta virtud ocurre cuando el alma, durante el sueño, no
atiende a alguna imagen de turbia fantasía. En efecto, aunque este tipo de
actitud no es considerada como pecado, es síntoma de que el alma se encuentra
enferma y no se ha alejado de la pasión. Y por esto debemos creer que las
turbias fantasías que nos aquejan durante el sueño, denotan el descuido
precedente y la enfermedad que está en nosotros; porque la enfermedad escondida
en las zonas recónditas de nuestra alma, se torna manifiesta al sobrevenir el
flujo durante el relajamiento del sueño. Y así es como el médico de nuestras
almas ha colocado el fármaco en las zonas más recónditas de la misma: porque
conocía las causas de la dolencia.
Nos dice: El que mira a
una mujer para desearla, ya ha cometido con ella adulterio en su corazón (Mt.
5, 28). Y con esto no está corrigiendo los ojos curiosos y malvados, sino más
bien al alma que está adentro y que usa malamente sus ojos, recibidos de Dios
para el bien. También por este motivo el sabio proverbio no nos dice que
pongamos toda nuestra vigilancia en custodiar nuestros ojos, sino que dice: pon
toda tu vigilancia en custodiar tu corazón (Pr. 4, 23), aplicando a éste el
cuidado de la vigilancia, pues es el corazón el que se servirá luego de los
ojos para lo que realmente desea.
Custodiaremos, pues, así
nuestro corazón, cuando, por ejemplo, se forma en nuestra mente la imagen de
una mujer, producida por la astucia diabólica, aunque se trate de nuestra
madre, o de una hermana o de cualquier otra mujer pía, ahuyentémosla de nuestro
corazón enseguida, para que no suceda que, si nos entretenemos mucho en tal
memoria, el Seductor que nos empuja hacia el mal, a partir de estas imágenes,
haga a posteriori resbalar y precipitar nuestra mente en pensamientos turbios y
perniciosos. El mandamiento mismo que Dios había dado al primer hombre ordenaba
cuidarse de la cabeza de la serpiente, es decir, de la primera aparición de los
pensamientos peligrosos, mediante los cuales trata de meterse dentro de
nuestras almas. Si acogemos su cabeza, es decir, el primer estímulo del
pensamiento, terminaremos por aceptar el resto del cuerpo de la serpiente, esto
es, daremos nuestro consentimiento al placer. Y después de esto, el llevará
nuestra mente a realizar la acción ilícita.
Nos conviene, sin
embargo, como está escrito, matar cada mañana todos los pecadores de la tierra
(Sal. 100, 8), es decir, discernir con la luz del conocimiento y destruir los
pensamientos pecadores en la tierra de nuestro corazón, como enseña el Señor, y
cuando los hijos de Babilonia, es decir, los malos pensamientos, son aún niños,
hay que abatirlos y deshacerlos contra la piedra que es Cristo. Porque si,
gracias a nuestra indulgencia, se convierten en adultos, no podrán ser vencidos
sin grandes gemidos y fatiga.
Y además de lo dicho por
las Sagradas Escrituras, es bueno recordar lo dicho por los santos Padres. Nos
dice san Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia: "Aunque no conozca
mujer, no soy virgen. A tal punto sabía que el don de la virginidad no se
consigue mediante la simple abstención corporal de la mujer, sino por la
santidad y pureza del alma que suele actuar en el temor de Dios. Y los santos
Padres dicen también que no podemos adquirir perfectamente la virtud de la
castidad, si antes no poseemos en nuestro corazón la verdadera humildad, ni nos
hacemos dignos del verdadero conocimiento hasta tanto la pasión de la fornicación
no sea arrinconada en un lugar recóndito de nuestra alma.
Para demostrar la obra
de la templanza, recordaremos alguna expresión alusiva dicha por el Apóstol, y
con esto terminaremos nuestro discurso: Buscad la paz con todo, sin la cual
nadie verá al Señor (Hb. 12, 14). Y es claro que habla de esto cuando agrega:
Ningún fornicador o contaminado como Esaú (Hb. 12, 16), etc... Justamente
porque la obra de la santificación es celestial y angélica, combate a los
pesados ataques de los adversarios. Y por esto debemos ejercitarnos no
solamente en la continencia del cuerpo, si no también en la contrición de
nuestro corazón y en continuas postraciones con gemidos: de este modo
apagaremos, con el rocío de la presencia del Espíritu Santo, las brasas de nuestra
carne, que el rey de Babilonia enciende cada día, excitando nuestra
concupiscencia.
Además de todo esto, el
arma más poderosa que nos ha sido dada para la batalla es la vigilia según
Dios. Así como la custodia durante el día prepara la santidad de la noche. así
la vigilia nocturna según Dios, predispone el alma a la pureza durante el día.
La tercera batalla es
contra el espíritu del amor por el dinero, espíritu que es extraño a la
naturaleza, y que en el monje tiene su origen en la falta de fe. Es así como
los impulsos de las otras pasiones, es decir, de la ira y de la concupiscencia,
parecen partir del cuerpo mismo, y de alguna manera, su principio está en la
naturaleza misma: por este motivo son vencidos después de mucho tiempo. Sin
embargo, el mal del amor por el dinero viene desde lo externo, y puede ser
eliminado fácilmente si estamos atentos y solícitos. Pero si se lo descuida, se
convierte en una pasión más letal que las otras, y difícil de sacar. Es, como
dice el Apóstol, la raíz de todos los males.
Observemos cómo las
actitudes naturales del cuerpo se pueden notar no solamente en los niños que
aun no tienen conocimiento del bien y del mal, sino también en los niños más
pequeños, aun lactantes, en los cuales no hay trazas de voluptuosidad y que,
sin embargo, muestran en su carne, sus actitudes naturales. Del mismo modo,
podemos ver en los niños la reacción de la ira, cuando los vemos excitados
contra el que los ha entristecido. Y todo esto no lo digo por acusar a la
naturaleza de ser causa de pecado -nunca se sabe - sino que lo digo para
demostrar cómo la ira y la concupiscencia, que el Creador había unido al hombre
para bien, parecen de alguna manera -a causa de la negligencia - ir contra la
naturaleza, a partir de lo que es simplemente parte de la naturaleza del
cuerpo. El movimiento del cuerpo fue dado por el Creador al hombre no para la
fornicación, sino para la generación de sus hijos y la supervivencia de la
especie. Y la reacción de la ira fue sembrada en nosotros para nuestra
salvación, para que la accionáramos contra el mal, no para convertirnos en
simples bestias contra el que pertenece a nuestra misma estirpe.
No es la naturaleza la
pecadora, aunque hagamos un mal uso de nuestras potencias; tampoco deberemos
acusar a quien nos ha plasmado; como tampoco al que nos ha dado el hierro para
sus usos necesarios y ventajosos, si el que luego lo toma se sirve de él para
matar. Hemos dicho todo esto para demostrar cómo el origen de la pasión por el
amor al dinero no deriva de un movimiento natural, sino de una voluntad pésima
y corrupta.
Este mal, cuando
encuentra el alma tibia e incrédula, encontrándose ésta al principio de su
alejamiento del mundo, le sugiere pretextos aparentemente razonables para
retener alguna cosa más de lo que posee. Le hace imaginar al monje una larga
vejez y enfermedades físicas, haciéndole calcular que lo que el convento podrá
ofrecerle no será suficiente como para proporcionarle algún consuelo, no
solamente a quien esté enfermo, sino a quien esté sano, e incluso que no le
será posible obtener ninguno de esos cuidados que es justo administrar a los
enfermos, sino que resultará en un abandono total, por lo que si no se ha
puesto de lado algún dinerillo, allí se morirá como un miserable.
Finalmente, sugiere que
ni siquiera es posible permanecer por largo tiempo en el monasterio, debido a
la pesadez de los trabajos y a la severidad del superior. Cuando el mal haya
seducido con estos pensamientos la mente, para hacerle retener por lo menos un
dinerillo, convencerá al monje de la necesidad de aprender, a escondidas del
abad, un trabajo manual con el cual aumentar el dinero por el que se preocupa.
Y finalmente, con oscuras esperanzas, desvía al desventurado, haciéndolo pensar
en una ganancia proveniente de su trabajo, y en el alivio y en la seguridad que
de ello se desprende. Y así, luego de haberse entregado por entero al
pensamiento de la ganancia, no medita en nada de lo equivocado: ni en la locura
de la ira, cuando sufre por algún perjuicio, ni en la tiniebla de la tristeza
en la que cae si pierde la posibilidad de obtener alguna ganancia. Así como
para otros el estómago es dios, así el oro es el dios para éste. Por tanto, el
bienaventurado Apóstol, conociendo todo esto, ha denominado a esta pasión no
solamente la raíz de todos los males, sino también "idolatría."
Consideremos pues a cuánta malicia este mal induce al hombre, que logra
arrastrarlo incluso hasta la idolatría. De hecho, el que ama el dinero, ha
apartado su intelecto del amor a Dios, y lo deposita en los ídolos del hombre
esculpidos en oro.
Ante todos estos
pensamientos, el cristiano se halla obnubilado, empeora cada vez más, y se
aparta de la obediencia: además se irrita, se indigna contra todo aquello que
cree no merecer, murmura por el trabajo que debe hacer, contradice, y puesto
que ya no observa ningún sentido de respeto, se dirige como un caballo salvaje
hacia el precipicio. No se conforma siquiera con el alimento cotidiano que
recibe; por el contrario, asegura que no puede soportar más. Afirma que Dios no
se encuentra solamente allí, que su salvación no está radicada allí, y que si
no abandona el monasterio, se pierde. Y así, teniendo como colaborador de estos
pensamientos corruptos al dinero que ha apartado, y gracias a éste, sintiéndose
liviano como si tuviera alas, empieza a considerar salir del monasterio, para
terminar sintiendo soberbia y aspereza hacia todo lo que ha profesado, como un
forastero, un extranjero; y si ve en el monasterio algo que necesita ser
corregido, lo descuida, lo desprecia, y critica todo lo que se hace. Luego,
busca cualquier pretexto para encolerizarse o entristecerse, a fin de no
parecer una persona ligera, que se va del monasterio por cualquier motivo. Y
si, con insinuaciones y palabras vanas, puede engañar a alguien y hacerlo salir
del monasterio, no se detiene ni siquiera frente a esto, pues quiere asociarlo
en su caída.
Así, el que ama el
dinero, encendido por el fuego de sus propias riquezas, no podrá nunca tener
paz en el monasterio, ni vivir aceptando una regla. Y cuando el Demonio, como
un lobo, lo secuestra y lo aparta del rebaño, lo deja para que sea devorado.
Entonces, lo empuja a hacer en su celda aquellos trabajos que en el convento
descuidaba y no hacía en las horas establecidas. Y no le permite observar ni
las oraciones habituales, ni la costumbre del ayuno, ni el canon de la vigilia,
pues, luego de haberlo unido indisolublemente al amor por el dinero, lo
convence para que ponga todo su empeño en el trabajo manual.
Tres son las formas bajo
las cuales se presenta esta enfermedad, y todas están igualmente prohibidas por
las Sagradas Escrituras y por las doctrinas de los Padres. Una de ellas induce
a que estos míseros posean y acumulen lo que ni siquiera tenían cuando vivían
en el mundo. La otra hace que aquel que, de una vez por todas, había abandonado
las riquezas, se arrepienta, y le sugiere tratar de recuperar lo que había
ofrecido a Dios; la tercera, luego ole haber atado al cristiano con la falta de
fe y la tibieza, no le permite deshacerse del todo de las cosas del mundo: le
insinúa el temor al hambre y la falta de fe en
De las tres formas de
este mal encontramos ejemplos, como se ha dicho, ya condenados en las Sagradas
Escrituras. Guejazí, por ejemplo, queriendo adquirir para sí mismo riquezas que
antes no poseía, perdió la gracia profética que el maestro quería dejarle en
herencia. Más bien, en lugar de heredar bendiciones, heredo una lepra perpetua,
a causa de las maldiciones del profeta.
Y Judas, queriendo
obtener el dinero que en un primer momento rechazó para seguir a Cristo, no
sólo se alejó del coro de los Apóstoles por haber traicionado al Señor, si no
que destruyó su vida física con una muerte violenta. Ananías y Safira, por
haber conservado algo de lo que ya poseían, fueron castigados con la muerte,
mediante sentencia apostólica. Y el gran Moisés, el
del Deuteronomio, místicamente exhorta a aquellos que prometen dejar el mundo y
que, debido al temor infundido por la falta de fe, permanecen apegados a las
cosas terrenas: Si alguno se encuentra temeroso y tiene miedo en su corazón,
que vuelva a su casa, para que no induzca al temor el corazón de sus hermanos
(Dt. 20, 8).
¿Hay algo más seguro y
claro que este testimonio? ¿No aprenderemos, pues, de estas cosas, nosotros que
hemos dejado el mundo, renunciando perfectamente a todo y saliendo victoriosos
de la batalla, antes que atender a un principio ya blando y débil que termina
por apartar a los otros de la perfección evangélica e inducirlos al miedo? Hay
algunos que interpretan mal lo que las Escrituras dicen bien: Hay mayor
felicidad en dar que en recibir (Hch. 20, 35), y se esfuerzan por alterar el
sentido de lo que se dice, engañándose a sí mismos, y siguiendo su propia
pasión por el dinero. Hacen lo mismo con las enseñanzas del Señor: Si quieres
ser perfecto, ve y vende lo que posees, dáselo a los pobres, y tendrás un
tesoro en los cielos; luego ven y sígueme (Mt. 19, 21): en realidad, consideran
que mejor que ser pobre es disponer de la propia riqueza y acudir a la propia
abundancia para dar a los pobres. Deberán éstos saber que no se han apartado
aún del mundo ni han entrado en la perfección monástica, mientras se
avergüencen de aceptar en nombre de Cristo la pobreza del Apóstol, sirviendo a
sí mismos y a los necesitados con el trabajo de sus propias manos, para llevar
a cabo con hechos la profesión monástica y ser glorificados con el Apóstol.
Luego de haber dispersado su antigua riqueza, que combatan junto con Pablo la
buena batalla, en el hambre y en la sed, en el frío y en la desnudez El Apóstol
mismo, si hubiera sabido que conservar su antigua riqueza es más necesario para
la perfección, no hubiera despreciado su propia dignidad, dado que afirma que,
es por nacimiento de distinta condición y de ciudadanía romana. Y aquella gente
de Jerusalén, que vendía sus propias casas y sus propios campos y ponía lo
recaudado a los pies de los apóstoles, no lo hubiera hecho si considerase que
era más feliz al nutrirse con sus propias riquezas antes que con su propia
fatiga o con las ofertas de los gentiles. Y el mismo Apóstol nos habla muy
claramente a propósito de aquellos cuando, escribiendo a los romanos, dice:
Ahora voy a Jerusalén para el servicio de los santos, por que Macedonia y Acaya
tuvieron a bien hacer una colecta en favor de los pobres de entre los santos de
Jerusalén (Rm. 15, 25-26).
Y él mismo, tantas veces
sometido a cadenas y prisiones, a la molestia de los viajes y por esto
impedido, como es obvio, de proveerse con sus propias manos, nos enseña cómo,
ante estas necesidades, fue socorrido por los hermanos venidos desde Macedonia,
y nos dice: Y de hecho los hermanos provenientes de Macedonia proveyeron a mis
necesidades (2 Co. 11, 9). Y a los filipenses escribe: Lo sabéis también
vosotros, oh filipenses, que... al salir de Macedonia, ninguna iglesia tuvo que
ver conmigo en materia de dar y tener, a no ser por vosotros solamente. Porque
también en Tesalónica y una o dos veces más, me habéis mandado de lo que tenía
necesidad (Flp. 4, 15 ss). Por lo tanto, a juicio de quien ama el dinero,
¡aquellos serán más amados por el Apóstol, pues le han provisto en sus
necesidades con sus propios haberes! Esperemos que nadie llegará a tal extremo
de locura como para osar afirmar esto.
Si queremos, pues,
obedecer el mandamiento evangélico y a toda aquella Iglesia que desde el
principio ha tenido su fundamento en los Apóstoles, no atendamos a nuestras
ideas personales ni entendamos malamente lo que ha sido bien dicho. Más bien
rechacemos nuestro sentimiento tibio e incrédulo y recibamos los Evangelios
rigurosamente. Porque así podremos seguir los pasos de los santos Padres y no
faltar a la disciplina del convento. Sólo así podremos renunciar verdaderamente
a este mundo. Es bueno llegados a este punto, recordar las palabras de un
santo. Se trata de lo que san Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia, dijo a
un senador que había renunciado al mundo, pero con tibieza, y que retenía aún
algo de sus propias riquezas. "Has destruido al senador y no has sido el
cristiano."
Es necesario que
pongamos todo nuestro celo en eliminar de nuestra alma la raíz de todos los
males que es el amor por el dinero, porque sabemos con toda certeza que, si
permanece la raíz, las ramas brotarán sin dificultad. No es fácil practicar
esta virtud si no permanecemos en el convento; efectivamente, allí nada nos
preocupa con relación a las exigencias más absolutas. Si tenemos bien presente
las condenas de Ananías y de Safira, temblaremos al pensar que retendremos algo
de lo que un tiempo poseíamos. Del mismo modo, temerosos frente al ejemplo de
Guejazí, quien contrajo una lepra perpetua por su amor al dinero, guardémonos de
acumular riquezas que ni siquiera en el mundo poseíamos. Y si pensamos en
Judas, quien termina ahorcado, temblemos ante la idea de retomar lo que con
nuestra renuncia habíamos despreciado.
Y continuamente
deberemos tener ante nuestros ojos el incierto momento de la muerte, para que
el Señor nuestro no se nos acerque cuando no lo esperamos y encuentre nuestra
conciencia manchada por el amor al dinero. Él nos dirá, entonces, lo que en el
Evangelio dijo al rico: ¡Necio!, esta noche misma te será pedida tu alma; lo
que has preparado, ¿para quién será? (Lc. 12, 20).
Nuestra cuarta lucha es
contra el espíritu de la ira. Es necesario que, junto con Dios, eliminemos
desde lo más profundo de nuestra alma este veneno mortífero. Porque mientras se
encuentre instalado en nuestro corazón y enceguezca los ojos de éste con
tenebrosas tinieblas, no podremos ni adquirir el discernimiento necesario, ni
alcanzar el conocimiento espiritual, ni poseer una buena voluntad total, ni
convertirnos en partícipes de la verdadera vida. Y nuestro intelecto no será
capaz de recibir la contemplación de la luz divina y veraz. Pues está escrito:
Mi ojo fue alterado por el furor (Sal. 6, 7). Ni tampoco participaremos de la
divina sabiduría, aunque todos nos consideren como sumamente sabios por
nuestras ideas, pues se ha dicho: El enojo reside en el corazón de los necios
(Qo. 7, 9). Y no podremos siquiera adquirir los saludables consejos del
discernimiento, aunque fuésemos considerados por todos personas prudentes, ya
que se ha escrito: La ira pierde también a los prudentes (Pr. 15, 1). Y ni
siquiera tendremos la fuerza de prestar atención y tratar de dejarnos gobernar
por la justicia con corazón sobrio, pues: La ira del hombre no obra la justicia
de Dios (St. 1, 20). Finalmente, no podremos tener aquel comportamiento y aquel
decoro que todos alaban, pues está escrito: El hombre colérico está privado de
decoro (Pr. 11, 25).
El que quiera acceder a
la perfección y desee combatir según las reglas en la lucha espiritual, no
deberá ceder ante la cólera y el furor. Deberá escuchar lo que le ordena el
vaso de elección: Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier
clase de maldad desaparezca de entre vosotros (Ef. 4, 31). Y si dice
"toda," significa que no se nos deja ningún pretexto para
enfurecemos, como si hubiera alguna necesidad o razón para hacerlo. El que
quiera corregir a algún hermano caído en una transgresión, o quiera castigarlo,
que tenga cuidado respecto a sí mismo, liberándose de toda turbación, para que
no suceda que, al querer curar a otro, atraiga sobre sí la enfermedad y recaiga
sobre él aquel dicho evangélico que dice: Médico, cúrate a ti in mismo (Lc. 4,
23). Y también: ¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no observas la
viga que se encuentra en tu ojo? (Mt. 7, 3) Efectivamente, la reacción de la
ira, al hervir dentro del alma, enceguece los ojos de la misma, no
permitiéndole ver el sol de la justicia. Si nos ponemos sobre los ojos láminas,
ya sean de oro o de plomo, éstas impedirán nuestra visión y, por cierto, el
valor de las laminas de oro no disminuye nuestra ceguera. Y así es que, si por
una causa cualquiera - razonable o irrazonable - la ira se enciende, nuestra
visión es oscurecida.
De la ira nos servimos
según natura solamente cuando la dirigimos en contra de los pensamientos
pasionales y voluptuosos. Así nos enseña el profeta cuando dice: Temblad y no
pequéis (Sal. 4, 4), es decir: Incurrid en la ira contra vuestras pasiones y
contra los malos pensamientos, y no pequéis tratando de llevar a cabo lo que
éstos os sugieren. Esto está sustentado por lo que se agrega: De lo que
acostumbráis decir en vuestros corazones, arrepentíos en vuestros lechos (Sal.
4, 4). Esto es, cuando acuden a vuestro corazón los malos pensamientos,
deberéis echarlos con ira y, luego de haberlo hecho, al encontraros en el lecho
donde vuestra alma reposa, arrepentíos para convertiros. Incluso el
bienaventurado Pablo habla así, sirviéndose del testimonio del profeta y
agrega: No se ponga el sol mientras estéis airados, ni deis ocasión al Diablo
(Ef. 4, 26 ss). Esto significa que el sol de justicia, Cristo, no se oculte de
vuestros corazones, por haberlo indignado debido al consentimiento dado a los
pensamientos malvados; no suceda que, habiéndose alejado de Cristo, el Diablo ocupe
su lugar en nosotros. Respecto de este sol, Dios nos habla mediante el profeta,
diciéndonos: Para vosotros, los que teméis mi nombre, brillará el sol de
justicia con la salud en sus rayos (Ml. 4, 2). Si tomamos esto al pie de la
letra, significa que no podemos permitirnos conservar la ira ni siquiera hasta
el momento en que el sol se pone. ¿Que decir entonces? Algunos, por la aspereza
y la locura que implica este estado pasional, conservan la ira no sólo hasta el
momento en que se pone el sol, sino que la mantienen por varios días, aun
callando y no expresándola en palabras, y alimentan en su perjuicio el veneno
del rencor con su propio silencio. Ignoran que debemos abstenernos no solamente
de manifestar nuestra ira mediante nuestros actos, sino evitar que se
manifieste en nuestro pensamiento, evitando que el intelecto, oscurecido por
las tinieblas del rencor, se aparte de la luz del conocimiento y del
discernimiento, y se vea privado del Espíritu Santo.
Y por este motivo, el
Señor recomienda en los Evangelios dejar la ofrenda sobre el altar y
reconciliarnos con nuestro hermano, pues no es posible que nuestra ofrenda le
sea grata si se encuentran escondidos en nosotros la cólera y el rencor. E
incluso el Apóstol, cuando nos pide rezar incesantemente y levantar en todo
lugar nuestras manos en alabanza, sin ira ni discusiones, nos enseña justamente
esto: o que no recemos nunca, sintiéndonos culpables respecto del mandamiento
apostólico, o bien que seamos observantes en obedecer el mandamiento, debiendo
hacerlo sin ira y sin rencores, Y sin embargo, puede suceder que, después de
haber entristecido o turbado a nuestros hermanos, no demos ninguna importancia
a la cosa y digamos que no fue por culpa nuestra si éstos se han entristecido,
pero el médico de las almas, queriendo desterrar del corazón cualquier pretexto
para el alma, no solamente nos ordena dejar la ofrenda y reconciliarnos con el
hermano, si nos sucediera que nos hemos enojado con él -aun en el caso en que
nuestro hermano tuviera algún motivo de tristeza respecto a nosotros, justa o
injustamente -, aun así es nuestro deber cuidar de él, pidiéndole disculpas. Y
sólo entonces brindaremos nuestra ofrenda.
Pero, ¿por qué
insistimos tanto con los preceptos evangélicos? También de
En este caso, no
solamente prohibe el pecado en los actos, sino que censura también en los
pensamientos. Es conveniente, pues, para quien sigue las leyes divinas, luchar
con todas sus fuerzas contra el espíritu de la ira y contra el mal escondido en
nosotros, y no buscar el desierto y la soledad porque guardamos cólera contra
los hombres, como si allí no hubiera nadie que nos empujara hacia la ira, y
como si en la soledad fuera más fácil realizar la virtud de la paciencia. Esto
significaría que queremos alejarnos de los hermanos por soberbia, rehusando
acusarnos a nosotros mismos, y no queriendo atribuir a nuestro propio descuido
las causas de nuestra turbación. Lo que es importante para nuestra paz y
corrección, no se logra por medio de la paciencia de nuestro prójimo respecto
de nosotros, sino por nuestra tolerancia respecto de nuestro prójimo. Cuando,
al huir de la lucha de la paciencia, buscamos el desierto y la soledad, todas
aquellas pasiones que aún no han sanado y que llevamos con nosotros, las
encontraremos luego escondidas antes que eliminadas. El desierto y la soledad
son, para aquellos que no se han liberado de las pasiones, una forma no
solamente de conservarlas, sino también de esconderlas, no pudiendo descubrir
de cuál pasión estarnos aquejados. Y lo que es peor, nos sugieren fantasías
respecto de supuestas virtudes y nos convencen de haber alcanzado la perfección
de la paciencia y de la humildad, ¡hasta que alguien llega a sacudir nuestra
cólera, sometiéndonos a prueba! Y cuando sobreviene una ocasión cualquiera que
sacuda y atormente al que se encuentra en esta situación, de inmediato las
pasiones escondidas, las que no notamos anteriormente, como caballos
desenfrenados, se lanzan, al galope, y nutridas por la hesichía y el ocio,
arrastran aún más salvaje y violentamente a su caballero.
Las pasiones, cuando no
son sometidas a prueba por parte de los hombres, se tornan aún más salvajes en
nosotros. Y así, luego de haber descuidado el ejercicio y a causa de la
soledad, perdemos incluso esa sombra de tolerancia y de paciencia que
aparentábamos tener cuando estábamos entre nuestros hermanos. Como las bestias
venenosas que habitan el desierto o sus propias madrigueras, y manifiestan su
furor cuando aferran a quien se acerca, así los hombres pasionales, que se
hallan en un estado de hesichía no por actitud virtuosa sino a la fuerza, es
decir, debido a su soledad, vomitan su veneno cuando alcanzan a alguien que se
les acerca y los provoca. Por este motivo es necesario que aquellos que buscan
la perfecta humildad, pongan buen cuidado en no irritarse no sólo contra los
hombres, sino tampoco contra las bestias ni los objetos inanimados. Recuerdo
que cuando vivía en el desierto, me encolerizaba contra el báculo y me
desahogaba contra él, ¡ya porque era grueso o porque era delgado! Otras veces,
me enfurecía contra un árbol cuando, queriendo cortarlo, no lo lograba en
seguida. O bien contra el pedernal, cuando, al tratar de prender el fuego, la
chispa no saltaba de inmediato. La ira se encontraba en mí en un estado tal de
excitación, ¡que llegaba a desahogada contra los objetos insensibles!
Si queremos alcanzar la
beatitud proclamada por el Señor, debemos prohibirnos la ira no solamente en
nuestros actos, como se ha dicho, sino también en nuestro pensamiento. Pues no
es suficiente con dominar la lengua en un momento de cólera y controlar la
salida de nuestra boca de palabras enfurecidas, sino que deberemos purificar
nuestro corazón del rencor, evitando tener en nuestra mente malos pensamientos
contra nuestro hermano. La doctrina evangélica nos recomienda eliminar de raíz
los pecados, antes que cortar solamente sus frutos. Porque Si se elimina del
corazón la raíz de la cólera, el pecado no se convertirá en odio ni envidia. El
que odia a su hermano ha sido declarado homicida, tal como está escrito. Lo
mata con el estado de odio que lleva en su alma; los hombres no ven la sangre
del hermano derramada mediante una puñalada, pero Dios lo ve muerto en la mente
y por la íntima disposición al odio del otro; y Él atribuirá a cada uno las
coronas o los castigos, no solamente por las acciones, sino también por los
pensamientos y determinaciones, tal como lo dice por medio de su profeta: Vengo
a recoger sus obras y sus pensamientos. También el Apóstol dice: los
pensamientos que mutuamente disculpan o acusan. El día en que Dios juzgue las
cosas secretas de los hombres... (Rm. 2, 15 ss).
Pero el Señor mismo nos
enseña en los Evangelios cómo apartar toda ira: Todo aquel que se encolerice
contra su hermano, será reo ante el tribunal (Mt. 5, 22). Éste es el texto de
los manuscritos más rigurosos; la palabra, "en vano" ha sido agregada
luego para indicar cuál es la voluntad de las Escrituras. El Señor nos exige
que eliminemos la raíz e incluso la chispa de la ira, sin guardar en nosotros
ningún pretexto para sentirla, y que no caigamos en la locura del furor
irrazonable, aunque en un principio nos hayamos conmovido con razón. La mejor
cura para este mal es la siguiente: que crearnos que no nos es permitido
indignarnos ni por lo que es justo ni por lo que es injusto. Puesto que el
espíritu de la ira obnubila la mente, no podremos encontrar ni la luz de
discernimiento, ni la solidez de una voluntad firme, y el gobierno de la
justicia; ni siquiera será posible que nuestra alma se convierta en el templo
del Espíritu Santo, si nos domina el espíritu de la ira que nubla nuestra
mente.
Concluyendo, debemos
tener siempre presente la hora incierta de nuestra muerte, cuidándonos de caer
en la ira. Y debemos saber que, si estamos dominados por ésta y por el odio, de
nada nos servirá la templanza, el desapego de toda realidad material, los
ayunos y las vigilias, sino que, por el contrario, nos encontraremos sometidos
a juicio.
Nuestra quinta batalla
es contra el espíritu de la tristeza que oscurece el alma y no le permite
ninguna contemplación espiritual, impidiéndole toda obra buena. Cuando nuestro
espíritu malvado aferra el alma y la obnubila, no le permite cumplir sus
oraciones con buena disposición de ánimo ni perseverar en el provecho que traen
las sagradas lecturas, no permite que el hombre sea humilde y tierno hacia sus
hermanos, en pocas palabras, le genera odio por cualquier tipo de actividad y
por la promesa misma de la vida. Quiero decir esto: la tristeza, confundiendo
todas las saludables decisiones del alma, aflojando su vigor y su constancia,
la vuelve estúpida y la paraliza, sostenida por el pensamiento de la
desesperación. Por tanto, si estamos dispuestos a combatir la batalla
espiritual y, junto a Dios, vencer a los espíritus de la malicia, deberemos
custodiar nuestro corazón con toda posible vigilancia contra el espíritu de la
tristeza. Así como la polilla roe el traje, y el gusano la madera, así la
tristeza carcome el alma del hombre. Ésta induce a retirarse de toda buena
conversación y no nos permite aceptar una buena palabra de consejo, ni siquiera
de amigos sinceros, ni a su vez darles una respuesta buena o pacífica; por el
contrario, envuelve toda el alma colmándola de amargura y de tedio.
También le sugiere
rehuir de los hombres, como si éstos fueran culpables de su turbación. No le
permite reconocer que su mal lo lleva dentro y que no le viene del exterior; se
manifiesta cuando, estimulada por las tentaciones, es llevada a la superficie.
Nunca un hombre causará daño a otro si no lleva en sí mismo las causas de las
pasiones. Por este motivo, Dios, creador de todas las cosas y médico de las
almas, Él, que es el único que conoce con precisión las heridas del alma, no
nos manda abandonar nuestras relaciones con los hombres, sino que eliminemos en
nosotros mismos las causas de la malicia y reconozcamos que la salud del alma
no se practica por la separación nuestra de los hombres, sino cuando vivimos y
nos ejercitamos junto a los virtuosos.
Cuando abandonamos a los
hermanos con un pretexto cualquiera - ¡razonable, por supuesto! - no hemos
eliminado las ocasiones que producen la tristeza, las hemos solamente cambiado
por otras, porque el mal que se ha instalado dentro de nosotros las renueva
sirviéndose incluso de objetos diversos. Por tanto, toda nuestra guerra deberá
ser llevada a cabo contra nuestras pasiones íntimas. Una vez que, con la gracia
y la ayuda de Dios, las hayamos echado de nuestro corazón podremos vivir
fácilmente, no digo con los hombres, sino también con las bestias salvajes,
según lo dicho por el bienaventurado Job: Estarán en paz contigo las bestias
salvajes (Jb. 5, 23).
Antes que nada,
deberemos luchar contra el espíritu de la tristeza que empuja el alma a la
desesperación, a fin de echarlo de nuestro corazón. Porque es éste el espíritu
que no ha permitido a Caín arrepentirse después del asesinato de su hermano, ni
a Judas después de la traición al Señor. Practicaremos solamente esa tristeza
que es necesaria para la conversión de nuestros pecados, unida a una buena
esperanza. Y de ésta el Apóstol nos dice: La tristeza según Dios produce una
conversión saludable de la que no nos arrepentiremos (2 Co. 7, 10). Porque la
tristeza según Dios al nutrir al alma con la esperanza de la conversión, se
halla mezclada con la alegría. Por tanto, el hombre se torna dispuesto y obediente
en cada obra buena; se torna afable, humilde, manso, paciente, capaz de
soportar toda buena fatiga y toda aflicción, todo lo que es según Dios. Y por
esto se reconocen en el hombre los frutos del Espíritu Santo, es decir, la
alegría, el amor, la paz, la paciencia, la bondad, la fe, la continencias. De
la tristeza contraria reconoceremos los frutos de un espíritu malo que son: el
tedio, la intolerancia, la cólera, el odio, la contradicción, la desesperación,
la pereza en la oración.
De una tristeza tal,
deberemos huir como de la fornicación, del amor al dinero, de la cólera y otras
pasiones. Esa tristeza se cura con la oración, la esperanza en Dios, la
meditación de las divinas palabras y viviendo con hombres píos.
Nuestra sexta lucha es
contra el espíritu de la acidia, que está unido al espíritu de la tristeza y
con él colabora, siendo éste un terrible y pesado demonio, siempre pronto a
ofrecer una batalla a los monjes. Cae sobre el monje en la hora sexta
produciéndole desasosiego y escalofríos, causándole odios hacia el lugar donde
se encuentra y contra los hermanos que viven con él, así como respecto de su
trabajo y de la lectura misma de las Divinas Escrituras. Le insinúa también el
pensamiento de cambiar de lugar y la idea de que, si no cambia y no se muda,
todo será fatiga y tiempo perdido. Además de esto, le dará hambre alrededor de
la hora sexta, un hambre tal como no le sucede después de tres días de ayuno,
de un largo viaje o de una gran fatiga. Luego hará que surjan pensamientos
varios, tales como que no podrá nunca liberarse de tal mal o de tal peso, si no
sale frecuentemente visitando a tal hermano, para obtener una ventaja, se
entiende, o visitando a los enfermos.
Cuando el monje no se
encuentra atado por estos pensamientos, lo sumerge entonces en un sueño
profundo, tornándose el sentimiento aun más violento y fuerte en contra de él,
y no podrá ser ahuyentado si no es por medio de la oración, evadiendo el ocio,
con la meditación de las divinas palabras y con la resistencia a las
tentaciones. Porque si este espíritu no encuentra al monje defendido por estas
armas, lo golpea con sus flechas y lo torna inestable, lo agita, lo torna
indolente y ocioso, induciéndolo a recorrer varios monasterios, no
preocupándose, no buscando otra cosa más que lugares donde se coma y se beba
bien. Porque la mente del acidioso no piensa más que en esto o en la excitación
que proviene de estas cosas. Y llegado a este punto, el demonio lo envuelve en
asuntos mundanos, y poco a poco lo engancha mediante estas peligrosas
ocupaciones, hasta que el monje rechaza del todo su profesión monástica.
El divino Apóstol,
sabiendo cuán pesado es este mal, y queriendo, cual médico sabio, erradicarlo
completamente de nuestras almas, nos muestra sobre todo las causas que lo
originaron y nos habla así: Os rogamos hermanos, en el nombre del Señor nuestro
Jesucristo, manteneros alejados de todo hermano que no cambie por la disciplina
y siguiendo la tradición que habéis recibido de nosotros. Vosotros sabéis cómo
imitarnos, puesto que no nos hemos portado desordenadamente entre vosotros: no
hemos comido gratuitamente el pan de nadie, sino que hemos trabajado día y
noche con fatiga y afán para no ser una carga para vosotros; no porque
tuviésemos potestades para no trabajar, sino con el fin de darles un modelo a
imitar. Cuando estuvimos entre ustedes les pedimos esto: si alguno no quiere
trabajar, que tampoco coma. Sentimos que algunos de entre vosotros caminan
indisciplinadamente, sin hacer nada, pero inmiscuyéndose en todo. A éstos nos
dirigimos y les recomendamos en Cristo Jesús que coman de su pan, trabajando
con tranquilidad (2 Ts. 3, 6-12).
Sabemos con cuanta
sabiduría el Apóstol nos muestra las causas del tedio. Llama "sin
disciplina" a los que no trabajan; pone en evidencia con esta sola palabra
una gran malicia, porque el que lo hace no teme a Dios, no considera a su
hermano al hablar y es presto al insulto: es decir, no sabe estar en paz y es
esclavo del tedio. El Apóstol nos ordena mantenernos alejados de tales personas,
es decir, separarnos como de un mal contagioso. Y no según la tradición que han
recibido de nosotros (2 Ts. 3, 6), y con esta expresión indica cómo aquellos
son soberbios, discruptores y malos difusores de las tradiciones apostólicas.
Aun dice: No hemos comido gratuitamente pan de nadie, sino que hemos trabajado
día y noche con fatiga y afán (2 Ts. 3, 8).
El Doctor de las gentes,
el heraldo del Evangelio, aquel que ha sido raptado hasta el tercer cielo,
aquel que dice cómo el Señor ha establecido que aquellos que anuncian el
Evangelio viven del Evangelio, trabaja de día y de noche para no ser una carga
para nadie (2 Ts. 3, 8). ¿Qué haremos nosotros, que frente al trabajo nos
mostramos tediosos y buscamos el reposo del cuerpo? Nosotros, a quienes no nos
ha sido confiado el anuncio del Evangelio ni la preocupación de las iglesias,
sino apenas el cuidado de nuestra alma. Y el Apóstol agrega: mostrando
claramente el daño causado por el ocio:... sin hacer nada pero inmiscuyéndose
el todo (2 Ts. 3, 11). Del ocio viene la curiosidad, de la curiosidad, la falta
de disciplina y de ésta toda malicia. Pero el Apóstol nuevamente prevé una cura
para éstos y agrega: A éstos recomendamos que coman de su pan trabajando con
tranquilidad (2 Ts. 3, 12). Y de modo aún más impresionante, agrega: El que no
quiera trabajar, que tampoco coma (2 Ts. 3, 10).
Los Santos Padres que
viven en Egipto, adiestrados por estos preceptos apostólicos, no permiten a los
cristianos permanecer ociosos en ningún momento, sobre todo si se trata de
jóvenes. Porque saben que sometiéndose al trabajo alejan el tedio, obtienen su
propia comida y ayudan a los necesitados.
Éstos no trabajan sólo
para obtener su propia comida, sino para proveer a los extranjeros, a los
pobres y a los presos con su propio trabajo; a causa de su propia fe, las
buenas obras que hacen se convierten en un sacrificio santo, grato a Dios.
También dicen esto los
Padres: "El que trabaja, no tiene a menudo más que un solo demonio a quien
combatir y por el cual está oprimido, mientras que el ocioso está atormentado
por miríadas de malos espíritus.
Pero es bueno agregar
también una palabra del padre Moisés, hombre de probadísima virtud entre los
Padres. Me refiero a una palabra que recibí de él. En un breve período
transcurrido por mí en el desierto, fui atormentado por el tedio, por lo que
acudí a su consejo contándole lo que me había ocurrido.
Habiéndome el tedio
reducido a los extremos, logré superarlo acudiendo a san Pablo. El padre Moisés
me contestó así: "Ten coraje. No te has liberado, sino que te le has
entregado totalmente como esclavo. Debes saber que, puesto que has desertado,
te hará una guerra aún más grave, si de ahora en adelante no te dedicas a
combatirlo con celo por medio de la paciencia, de la oración y del trabajo manual.".
Nuestra séptima lucha es
contra el espíritu de la vanagloria. Ésta es una pasión multiforme, muy sutil,
y no la reconoce ni siquiera aquel que por ella ha sido tentado. En efecto, los
asaltos de las otras pasiones son mucho más manifiestos, por lo que la lucha
contra ellos es más fácil pues el alma reconoce al adversario y lo rechaza
enseguida mediante la resistencia y la oración. Pero la malicia de la
vanagloria, justamente por ser multiforme es difícil de ser distinguida. En cualquier
ocupación, usando la voz y la palabra o aun callando, en el trabajo o en la
vigilia, en los ayunos o en la oración, en la lectura, en la hesichía, en la
paciencia; en todo esto trata de abatir con sus flechas al soldado de Cristo. A
quien la vanagloria no logra seducir con el lujo de los vestidos, trata de
tentarlo por medio de una prenda vil. Y al que no puede agrandar con honores,
lo induce a la tontería, haciéndole soportar cualquier cosa que parezca un
deshonor. Al que no puede ser persuadido a vanagloriarse con la sabiduría de
los discursos, lo atrapa con el lazo de la hesichía, como si se hubiera
dedicado al recogimiento. Al que no puede convencer con la suntuosidad de los
alimentos, lo debilita con el ayuno para que obtenga alabanzas.
En una palabra, cualquier trabajo, cualquier
ocupación brinda a este pésimo demonio una ocasión para promover batalla. ¡Y
además de esto, sugiere también fantasías de ordenaciones clericales! Recuerdo
a un cierto anciano, cuando vivía en Escete, quien al dirigirse a visitar a un
hermano en su celda, acercándose a su puerta, sintió que éste estaba hablando.
El anciano, pensando que estaba meditando las Sagradas Escrituras, se detuvo a
escuchar. Y oyó que aquel, tornándose insensato por la vanagloria, ¡se
imaginaba haber sido ordenado diácono, y que estaba despidiendo a los
catecúmenos! Oyendo esto, el anciano empujó la puerta y entró. El hermano se
adelantó y se arrodilló según la usanza, tratando de saber si el anciano había
estado un buen tiempo detrás de la puerta. Pero el anciano le contestó
sonriendo: Llegué cuanto tú estabas despidiendo a los catecúmenos." Ante
estas palabras, el hermano cayó a los pies del anciano, suplicándole que rogara
por él, a fin de ser liberado de este engaño.
He recordado este hecho
para demostrar a qué grado de insensatez este demonio conduce al hombre. El que
quiera combatirlo con perfección, y llevar firmemente la corona de la justicia,
usará de todo su celo para vencer a este demonio polimorfo. Y que tenga siempre
bien presente lo dicho por David: El Señor ha dispersado los huesos de aquellos
que gustan a los hombres (Sal. 52, 5). Y que no haga nada mirando a su
alrededor, con el fin de obtener las alabanzas de los hombres. Que busque
solamente la merced que viene de Dios; que siempre rechace aquellos
pensamientos de autoelogio que provienen de su corazón, que se anule frente a
Dios, y podrá así, con su ayuda, liberarse del espíritu de la vanagloria.
La octava lucha es
contra el espíritu de la soberbia. Es un espíritu terrible el más salvaje de
todos los precedentes. Combate sobre todo a los perfectos, y trata de derrocar,
sobre todo, a aquello, que han alcanzado el ápice de la virtud. Como un morbo
contagioso y pernicioso, no destruye solamente una parte del cuerpo, sino el
cuerpo entero; así, la soberbia no destruye solamente una parte del alma sino
el alma entera. Cada una de las otras pasiones, aun turbando el alma, combate a
la sola virtud que se le opone, y solamente ésta se esfuerza en vencerla. Por
tal motivo, oscurece solamente en parte al alma y la turba. Pero la pasión de
la soberbia oscurece el alma toda y la arrastra a una caída extrema.
Para entender mejor
cuanto se ha dicho, observemos lo siguiente: la gula se esfuerza por corromper
la continencia; la fornicación tiende a corromper la templanza; el amor por el
dinero está en contra de la pobreza; la cólera, contra la humildad; así, cada
uno de los distintos vicios trata de corromper la virtud opuesta. Pero el vicio
de la soberbia, cuando domina al alma mísera, como un tirano feroz que ha
ocupado una grande y excelsa ciudad, la abate completamente desde sus
cimientos.
Testimonio de todo esto
es aquel mismo ángel que cayó del cielo por causa de su soberbia: creado por
Dios y adornado de toda virtud y sabiduría, no quiso atribuir todos sus dones a
la gracia del Soberano, sino a su propia naturaleza. Y hasta llegó a concebir
la idea de ser igual a Dios. Y el Profeta, confrontando este pensamiento, le
dijo: Has dicho en tu corazón: Me sentaré sobre la excelsa montaña, pondré mi
trono entre las nubes y seré parecido al Altísimo. ¡Pero eres hombre y no Dios!
E incluso otro profeta dijo: "¿De qué te alabas en tu malicia, oh
poderoso? (Sal. 51, 1), y continúa el salmo. Conociendo esto, temamos y
pongamos toda vigilancia en custodiar nuestro corazón del letal espíritu de la
soberbia, recordándonos siempre a nosotros mismos, cuando ejercemos alguna
virtud, lo dicho por el Apóstol: No yo, sino la gracia de Dios que está conmigo
(1 Col. 15, 10); y lo que dice el Señor: Sin mí no podréis hacer nada (Jn. 15,
5), y cuanto ha sido dicho por el Profeta: Si el Señor no constituye la casa,
vano es el trabajo de los constructores (Sal. 126, 1); y aun esta palabra: No
de quien quiere ni de quien corre, sino de Dios que hace misericordia (Rm. 9,
16). Puesto que si alguno fuera ardiente en su celo, solícito en su
determinación, aun así, revestido de carne y sangre como lo es, no podrá
alcanzar la perfección si no es por la misericordia de Cristo y de su gracia.
Dice Santiago: Todo regalo bueno... viene de lo alto (St. 1, 17). Y el apóstol
Pablo: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te
alabas como si no lo hubieras recibido? (1 Col 4, 7), exaltándote como por
cosas de tu pertenencia.
De que la salvación nos provenga
de la gracia y de la misericordia de Dios, es veraz testimonio aquel ladrón,
que adquirió el Reino de los Cielos no ciertamente como recompensa por sus
virtudes, sino por la gracia y la misericordia de Dios.
Nuestros Padres, que
bien conocen todo esto, nos han trasmitido con unívoca sentencia que no se
puede alcanzar de otro modo la perfección de la virtud si no es mediante la
humildad, y ésta es habitualmente generada por la fe, por el temor de Dios y la
perfecta pobreza: cosas gracias a las cuales se origina el amor perfecto. Por
la gracia y por el amor de nuestro Señor Jesucristo a los hombre, a Él la
gloria de los siglos. Amén.
Marcos, El
Asceta
Nuestro santo padre
Marcos el Asceta floreció alrededor del año 430. Fue discípulo de san Juan
Crisóstomo, según Nicéforo Calixto, volumen II, libro 14, cap. 53, siendo
contemporáneo de san Nilo y de Isidoro Pelusiota, famosísimos ascetas. Hombre
laborioso y dedicado a la meditación do las Sagradas Escrituras, compuso muchos
discursos llenos de todo tipo de instrucciones y de utilidad. Nicéforo Calixto
menciona treinta y dos de ellos, actualmente perdidos, que enseñan todos los
caminos de la vida ascética. Se han salvado solamente ocho de sus discursos,
distintos de aquellos recordados. Éstos son mencionados por Calixto, y el
crítico Focio, en el código 200, pág. 286. De éstos, se incluyó aquí el
primero, concerniente a la ley espiritual, y el tercero, concerniente a
aquellos que creen poder ser justificados por sus obras. Estos discursos son
subdivididos en capítulos, el octavo de los cuales está dirigido al monje
Nicolás.
Estos capítulos son más
útiles que los otros y todos concernientes a las leyes espirituales.
Los escritos de Marcos
han sido también recordados por el santo mártir Pedro de Damasco, por san
Gregorio de Tesalónica, por Gregorio el Sinaíta, por el santísimo patriarca
Calixto, por Pablo Everghetinos y por muchos otros padres. El haberlo leído,
nos inducen a leerlo también.
También la santa Iglesia
de Cristo honra a Marcos recordándolo el 5 de Marzo, y proclamando sus luchas
ascéticas, su sabiduría en los discursos y la gracia de los milagros que le
fuera concedida desde lo alto.
Poco se sabe de él, sin
embargo. Parecería que fue contemporáneo de Nilo de Ancira y como él, discípulo
de Juan Crisóstomo, y que fue nombrado abad de un monasterio de Ancira, antes
de retirarse a la vida eremítica en Palestina.
Puesto que habéis
expresado más de una vez el deseo de saber cómo es la ley espiritual según el
Apóstol, y cuál es el conocimiento y la actividad de aquellos que la quieren
cumplir, os diremos lo que está dentro de nuestras posibilidades.
Primero: sabemos que
Dios es el principio, el centro y el fin de todo bien. Y el bien es imposible
de ser obrado o creído, fuera de Cristo Jesús o del Espíritu Santo.
Cada bien es un don del
Señor, conforme a su voluntad. El que crea en esto, no lo perderá.
La fe firme es una torre
fuerte. Y Cristo es todo para aquel que cree.
Que aquel que se halla
al principio de todo bien, esté al principio de cada uno de tus propósitos, de
tal modo que lo que debas hacer, se haga según Dios.
El que actúa con
humildad y tiene una actividad espiritual, cuando lee las Sagradas Escrituras,
relaciona todo consigo mismo y no con los demás.
Suplica a Dios para que
abra los ojos de tu corazón y puedas ver cuánto se obtiene con la plegaria y
con la lectura entendida en base a la experiencia.
El que tiene algún
carisma espiritual y siente compasión por los que no lo tienen, guarda este don
gracias a esta compasión. El que es vanidoso lo perderá, debido a los golpes
que los pensamientos de vanidad imparten.
La boca del que tiene
sentimientos humildes, habla con la verdad; el que contradice la verdad se
asemeja a aquel siervo que golpeó al Señor en la mejilla.
No seas discípulo de
quien se alaba a si mismo, para que no seas aprendiz de la soberbia en lugar de
ser humilde.
Que no se ensalce tu
corazón a raíz de las reflexiones relativas a las Escrituras, a fin de que tu
intelecto no caiga en manos del espíritu de la blasfemia.
No trates de resolver un
asunto difícil mediante la controversia, sino mediante lo que te promete la ley
espiritual, es decir, por intermedio de la paciencia, la oración y la
esperanza, sin vacilaciones.
El que reza con el
cuerpo sin tener todavía el conocimiento espiritual, es un ciego que grita:
Hijo de David, ten piedad de mi (Lc. 18, 38).
Aquel que en un tiempo
fue ciego, una vez que recuperó la vista y reconoció al Señor, lo adoró
confesándolo "hijo de Dios," en lugar de "hijo de David."
No te ensalces cuando
derrames lágrimas durante la oración: es Cristo el que ha tocado tus ojos y tú
has vuelto a adquirir la vista espiritual.
El que, a imitación del
ciego, se ha sacado su manto y se ha acercado al Señor, se convierte en su
seguidor y en heraldo de los dones más perfectos.
La malicia, ejercitada
mediante los pensamientos, torna insolente el corazón; cuando es eliminada,
mediante la continencia y la esperanza, lo torna arrepentido.
Hay una justa y benéfica
contrición del corazón que lo conduce a la compunción; existe otra, sin
embargo, desordenada y nociva, que lo lleva a enojarse consigo mismo.
El velar, el orar y el
soportar todo lo que sucede, son una aflicción que no perjudica al corazón,
sino que constituyen una ventaja, siempre y cuando, debido a la avidez, no
quebremos la cohesión que existe entre estas cosas. El que persevera en ellas,
será socorrido incluso en las demás. El que las descuida y las olvida, en el
momento de su muerte tendrá sufrimientos intolerables.
Un corazón que ama los
placeres se convierte, a la hora de la muerte, en prisión y cadenas para el
alma; el que ama la fatiga es una puerta abierta.
Un corazón duro es como
una puerta de hierro que conduce a la ciudad; pero se abre automáticamente para
quien se encuentra en la pena y en la aflicción, como aquella puerta lo hizo
con Pedro.
Muchas son las maneras
de la oración, cada una distinta de la otra; pero ninguna podrá causar daño,
porque, si es oración, no es operación diabólica.
Un hombre que quería
hacer el mal, primero rezó mentalmente como de costumbre e, impedido de obrarlo
por voluntad divina, agradeció ampliamente al Señor.
Cuando David quiso matar
a Nabal del Carmelo, al recordar la divina retribución, fue impedido de
realizar su propósito y agradeció ampliamente. También sabemos lo que hizo
cuando se olvidó de Dios, y cómo no deseaba desistir de ello, hasta que fue
conducido al recuerdo de Dios nuevamente, por el profeta Natán.
Cuando llegue el momento
en que recuerdes a Dios, abunda en oraciones, para que cuando te olvides de Él,
sea el Señor el que te recuerde.
Lee las Sagradas
Escrituras y trata de comprender lo que en ellas se encuentra escondido. Porque
todo lo que en un tiempo fuera escrito, ha sido escrito para enseñarnos (Rm.
15, 4).
En las Escrituras la fe
ha sido denominada garantía de las cosas esperadas (Hb. 11, 1), y aquellos que
no reconocen en ella a Cristo, son llamados réprobos.
Así como las ideas se
dan a conocer mediante las obras y las palabras, así también la retribución
futura se manifiesta mediante las obras del corazón.
Un corazón piadoso
obtendrá ciertamente la piedad; en caso contrario habrá de esperar las
correspondientes consecuencias.
La ley de la libertad
enseña toda la verdad: muchos la leen como si fuera la ciencia, pero pocos la
comprenden, es decir, en la medida en que obran de acuerdo con los
mandamientos.
No busques su perfección
en las virtudes humanas, porque no se la encuentra en forma perfecta en ellas.
Su perfección está escondida en la cruz de Cristo.
La ley de la libertad es
leída como una ciencia verdadera y es comprendida poniendo en obra los
mandamientos pero encuentra su plenitud en la fuerza de la misericordia de
Cristo.
Cuando a conciencia nos
esforcemos por actuar de acuerdo con todos los mandamientos de Dios, entonces
conoceremos la ley inmaculada del Señor; sabremos cómo ésta es perseguida por
nosotros mediante nuestras buenas acciones, aunque no pueda cumplirse
plenamente en los hombres sin la misericordia de Dios.
Todos aquellos que no se
consideran deudores respecto de cada uno de los mandamientos de Cristo, leen la
ley de Dios solamente con el cuerpo sin comprender lo que dicen ni lo que dan
por seguro (1 Tm. 1, 7). Es por esto que creen poder llevarla a cabo mediante las
obras.
Sucede, a veces, que hay
cosas que parecen buenas al ser llevadas a cabo; y sin embargo, el motivo de
quien las ejecuta no tiende al bien. También hay otras que parecen malas,
mientras que el motivo de quien las hace tiende al bien. Esto no sucede
solamente respecto de las obras, sino también respecto de las palabras, que
pueden ser dichas de la misma manera que mencionáramos anteriormente. Otros
cambian las cosas por inexperiencia o por ignorancia, algunos por mala
intención, otros en cambio con fines piadosos.
El que hace ostentación
de alabanzas, escondiendo calumnias y críticas, no es fácilmente descubierto
por los más simples. Así también es quien se vanagloria, simulando ser humilde.
Todos éstos, después de haber alterado en mucho la verdad con la mentira,
finalmente son alejados y confutados mediante las obras.
Existe el que hace una
obra que se manifiesta buena, a fin de ser útil al prójimo; también existe
aquel que obtiene una ventaja espiritual, no haciéndola.
Existe el reproche hecho
por maldad y por venganza. Existe otro hecho por temor a Dios y a la verdad.
No reproches a aquel que
ha dejado el pecado y hace penitencia. Y si argumentas que reprochas según
Dios, manifiesta primero, entonces, tus males personales.
Dios da principio a toda
virtud, así como el sol se encuentra en el origen de la luz del día.
Cuando lleves a cabo
alguna acción virtuosa, recuerda a aquel que dijo: Sin mí, nada podéis hacer
(Jn. 15, 5).
Es mediante las
tribulaciones que los bienes son preparados para los hombres; mientras que los
males acuden mediante la vanagloria y la voluptuosidad.
Huye del pecado el que
sufre injusticia a causa de los hombres, y encuentra conveniente socorro en sus
tribulaciones.
El que cree en la
retribución que recibirá de Cristo, está pronto, en la medida de su fe, a
soportar toda injusticia.
El que reza intensamente
por los hombres que lo afligen con injusticias, abate a los demonios; el que
por otra parte, se opone a los primeros, es herido por los segundos.
Es mejor sufrir una
ofensa de los hombres que de los demonios; sin embargo el que es grato al Señor
ha vencido a ambos.
Todo bien nos es enviado
por el Señor conforme a su distribución, aunque misteriosamente rehuye a los
ingratos, a los desconsiderados y a los ociosos.
Toda malicia termina en
un placer prohibido, mientras que toda virtud en la consolación espiritual. Y
la malicia, cuando te agarra, te empuja hacia lo que le es propio; del mismo
modo, la virtud te conduce a lo que le es natural.
El insulto de los
hombres procura aflicción al corazón, pero es causa de pureza para quien lo
soporta.
La ignorancia nos induce
a oponernos a lo que nos es ventajoso, y cuando se torna atrevida, acrecienta
el mal que ya existe.
Desde el momento que no
estás sufriendo ningún daño, espera estrecheces; rechaza la avidez, ya que
sabes que algún día deberás rendir cuenta.
Si has pecado
secretamente, no trates de esconderlo. Pues todo está desnudo y patente a los
ojos de Aquel a quien hemos de dar cuenta (Hb. 4, 13).
En tu ánimo, muéstrate
al Señor. Porque el hombre mira el rostro, pero Dios mira el corazón.
No pienses ni hagas nada
si tu intención no es según Dios. Porque el que viaja sin una meta, malgastará
su fatiga.
Para el que peca sin
haber hecho acto de contrición, es más difícil alcanzar al arrepentimiento,
porque de la justicia de Dios, nada se escapa.
Un acontecimiento
doloroso aporta, a quien es sensato, el recuerdo de Dios; análogamente, es
motivo de opresión para el que se olvida de Dios.
Que cada pena no buscada
sea para ti la maestra de un recuerdo; así no te faltará un incentivo en tu
penitencia.
El olvido no tiene en sí
mismo ningún poder, pero adquiere fuerza en la medida de nuestras negligencias.
No digas: "¿Cómo lo
hago? pues el olvido acude a mí aunque no lo quiera." Esto se produjo
porque, cuando te acordaste, has descuidado lo que no debías.
Lo que recuerdes que
debes hacer bien, hazlo; así también lo que te olvides, te será revelado. No
entregues tu razón a un olvido irresponsable.
Las Escrituras nos dicen:
El Infierno y la perdición están delante del Señor. Esto lo dicen a propósito
de la ignorancia y del olvido del corazón.
El Infierno es la
ignorancia: ambas realidades son invisibles. La perdición es el olvido, porque
ambas realidades consisten en haber perdido algo que ya existía.
Ocúpate de tus males y
no de los del prójimo: así no será saqueada tu oficina espiritual.
La negligencia es la
disipación de todo bien que tenemos el poder de cumplir; pero la limosna y la
oración hacen un llamado a quien ha sido negligente.
Toda aflicción según
Dios es una real obra de piedad. Porque el verdadero amor se encuentra en la
adversidad.
No digas que adquirido
una virtud. sin aflicción; no es una virtud probada la que ha sido adquirida en
el solaz.
Considera el resultado
de todo sufrimiento no buscado y encontrarás en él la destrucción del pecado.
Muchos consejos dados
por el prójimo nos son de ayuda, pero ninguno se adapta mejor que el propio
pensamiento.
Si buscas la curación,
ten en cuenta tu conciencia, haz lo que te dice y obtendrás una ventaja.
Los secretos de cada uno
son conocidos por Dios y por la conciencia. Por su intermedio que cada uno
reciba su corrección.
El hombre persigue,
según su propia voluntad lo que se encuentra en sus posibilidades; pero es Dios
el que produce el resultado final, según su justicia.
Si deseas recibir
alabanzas de los hombres, sin ser condenado, ama primero el reproche por los
pecados cometidos.
A cambio de toda la
vergüenza que uno acepta en nombre de la verdad de Cristo, recibirá cien veces
otro tanto de gloria, por parte de la gente. Pero es mejor que cada bien lo
hagamos con miras a las cosas futuras.
Cuando un hombre hace el
bien a otro con palabras o con obras, que ambos comprendan que esto se produce
por gracia de Dios. El que no comprenda esto, será dominado por el que lo
comprende.
El que alaba al prójimo
por un motivo hipócrita, lo ofenderá en la primera ocasión, y él mismo se
sentirá avergonzado.
El que ignora la insidia
de los enemigos, es fácilmente muerto por ellos, y el que desconoce las causas
de las pasiones, cae fácilmente.
La negligencia proviene
del amor por el placer y en la negligencia se origina el ocio. Dios ha donado a
todos el conocimiento de lo que les conviene.
El hombre aconseja a su
prójimo como sabe hacerlo, Dios obra en quien lo escucha, según su fe.
He visto personas
rústicas que fueron humildes en su conducta. Y sin embargo, se volvieron más
sabias que los sabios.
Un hombre rústico,
habiendo oído que aquellos habían sido alabados, no imitó su humildad, sino que
vanagloriándose de su rusticidad, agregó a ésta su soberbia.
El que desprecia la
inteligencia y se vanagloria de la falta de doctrina, no es tosco solamente en
su palabra, sin también en su conocimiento.
Una cosa es la sapiencia
de la palabra y otra cosa es la sabiduría; del mismo modo, una cosa es la
rusticidad de la palabra y otra cosa la fatuidad.
La inexperiencia al
hablar no causará ningún daño al que es piadoso, así como el humilde no se
perjudicará a causa de la sapiencia de sus palabras.
No digas: "No sé lo
que tengo que hacer y no soy culpable si no lo hago." Si tu haces lo que
sabes que tienes que hacer, todo el resto te será revelado en consecuencia,
como si se tratara de habitaciones, una a continuación de la otra. No necesitas
saber lo que viene después, si antes no has puesto en marcha lo que le precede.
Porque la ciencia se hincha a causa del ocio, mientras que el amor edifica a
causa de la soportación de todo.
Lee a través de las
obras las palabras de las Sagradas Escrituras y no elabores discursos aburridos
hinchándote solamente con conceptos.
El que ha abandonado la
práctica y se apoya solamente en la ciencia, tiene en sus manos un bastón de
caña en lugar de una espada con dos filos. Esto durante la guerra le perforará
la mano -como dicen las Escrituras - lo penetrará y le inyectará el veneno
natural delante de los enemigos.
Todo pensamiento tiene
para Dios un peso y una medida. Es ciertamente posible pensar una misma cosa,
ya sea de un modo pasional como de una manera simple.
El que ha acatado un
mandamiento, que se disponga a recibir la prueba que a causa de ello le vendrá.
Pues el amor por Cristo es puesto a prueba mediante las adversidades.
Nos seas nunca
despreciativo, descuidando el curso de tus pensamientos. Porque Dios no pasa
por encima de ningún pensamiento.
Cuando ves un
pensamiento que te habla de la gloria humana, debes saber con certeza que te
depara vergüenza.
El enemigo conoce la
justicia de la ley espiritual y busca solamente el consenso de la mente. Así, o
bien someterá a las fatigas de la penitencia a quien tiene en su poder, o bien,
si éste no hace penitencia, le impondrá sufrimientos forzados. A veces, induce
a rebelarse contra las calamidades de tal forma, que le multiplica los dolores,
y en el momento de la muerte lo muestra como infiel a causa de su capacidad de
suportación.
Muchos se han opuesto a
los eventos de tantos modos; pero sin la oración y la penitencia, nadie ha
podido huir de la desgracia.
Los males se apoyan uno
al otro. Del mismo modo, los bienes se incrementan mutuamente y empujan a
quienes los poseen hacia cuanto de bueno hay más adelante.
El Diablo nos induce a
no llevar la cuenta de los pequeños pecados; en efecto, no tiene otro modo para
llevarnos a males mayores.
Las alabanzas de los
hombres son la raíz de la turbia concupiscencia, mientras que el reproche del
mal es la raíz de la sabiduría; no solamente cuando se lo escucha, sino cuando
se lo acepta.
Nada gana el que
renuncia al mundo y luego permanece apegado a los placeres, Lo que antes hacía
mediante las riquezas, lo hace ahora, sin poseer nada.
Del mismo modo, el que
se contiene pero posee riquezas, es espiritualmente hermano del precedente; es
hijo de una misma madre con motivo del placer espiritual pero de un padre
distinto, debido al cambio de pasiones.
Existe el que cercena
una pasión para seguir una voluptuosidad más grande; y es loado por el que
ignora su motivo. Y quizás ni siquiera él se da cuenta de que hace cosas de las
que no obtiene ningún provecho.
Causas de todo mal son
la vanagloria y la voluptuosidad: el que no las odia, no elimina la pasión.
Se dice que la raíz de
todos los males es la pasión por el dinero, pero es claro que ésta se forma con
las dos causas precedentes.
El intelecto es enceguecido
por estas tres pasiones: la avaricia, la vanagloria, el placer.
Estas son, según las
Escrituras, tres hijas de la sanguijuela, amadas con un amor muy grande por la
madre fatuidad.
Conocimiento y fe, las
compañeras de nuestra naturaleza, no han sido ofuscadas por otra cosa que por
aquellas.
Furor e ira, guerras y
homicidios, y toda la serie de otros males, han prevalecido terriblemente entre
los hombres por fuerza de aquellas.
Debemos rechazar el amor
por el dinero, odiar la vanagloria y la voluptuosidad; son las madres de los
males y madrastras de las virtudes.
Con motivo de éstas nos
ha sido ordenado no amar el mundo y lo que está en el mundo. No para que
odiemos sin discernimiento, a las criaturas de Dios, sino para que eliminemos
las causas de aquellas tres pasiones.
Se ha dicho que ninguno,
embarcado en el servicio militar, se inmiscuye en los negocios de la vida civil
(2 Tm 2:4). El que, efectivamente, quiere vencer las pasiones sin vencer estos
tropiezos, es como aquel que trata de apagar un incendio con paja.
El que se irrita con el
prójimo por motivos de dinero, gloria o voluptuosidad, no ha entendido aún que
Dios gobierna a las cosas con justicia.
Cuando escuchas al Señor
que dice: Si alguno no renuncia a todo lo que posee no es digno de mí, no debes
entender esto como referido solamente a las riquezas, sino también a todas las
acciones viciosas.
El que no conoce la
verdad, no puede tampoco creer en verdad. En efecto, según el orden natural, el
conocimiento precede a la fe.
Así como a cada una de
las cosas visibles Dios ha asignado lo que le es inherente por naturaleza, así
también lo ha hecho con los pensamientos de los hombres, lo queramos o no.
Si alguno, pecando
manifiestamente y no haciendo penitencia, no ha padecido nada hasta el día de
su muerte, puedes creer que su juicio será sin piedad.
El que reza sabiamente,
soporta lo que le sucede; el que guarda rencor, no ha rezado aún con pureza.
Si recibes un daño o un
ultraje, o eres perseguido por alguien, no pienses en el presente, sino que
debes esperar lo que vendrá. Y te darás cuenta de que todo ha sido para ti
motivo de muchos bienes, no sólo en el presente siglo, sino también en el
futuro.
Así como a los
inapetentes hace bien el amargo ajenjo, así a los que tienen mal carácter
conviene padecer males. Estas medicinas mejoran la salud de los unos y
convierten a los otros.
Si no quieres padecer
males, no debes tampoco querer hacerlo, porque infaliblemente una cosa sigue a
la otra. Porque lo que cada uno siembra, también lo cosechará (Ga 6:7).
Cuando sembramos
voluntariamente el mal y contra nuestra voluntad lo cosechamos, debemos admirar
la justicia de Dios.
Puesto que existe un
determinado lapso entre la siembra y la cosecha, debido a esto, dudamos de la
retribución.
Si has pecado, no acuses
a la acción sino al pensamiento; porque si el intelecto no se hubiera
adelantado, el cuerpo no lo hubiera seguido.
Actúa peor el que
ocasiona el mal a escondidas que aquellos que lo ejercitan abiertamente. Por
esto, el primero será castigado más severamente.
El que urde engaños y
ocasiona el mal a escondidas, es, según las Escrituras, una serpiente achatada
en el camino, que muerde el talón de los caballos.
El que alaba por algunas
cosas al prójimo y al mismo tiempo le reprocha otras, está dominado por la
vanagloria y la envidia. Alabándolo, trata de esconder la envidia y
reprochándolo se presenta como una persona más honorable que el otro.
Como no es posible que
convivan ovejas y lobos, también es imposible obtener la misericordia engañando
al prójimo.
El que mezcla con el
precepto su propia voluntad, es un adúltero, tal como fuera revelado por
Así como el agua y el
fuego no pueden estar juntos, así se oponen la humildad y la necesidad de
justificarse.
El que busca la remisión
de sus pecados, ama la humildad. El que condena al otro, pone un sello sobre
sus propios males.
No permitas que
permanezca en ti ningún pecado no borrado, aunque fuera muy pequeño, para que a
continuación no te arrastre hacia algún mal peor.
|Si quieres salvarte,
ama la palabra sincera. No rechaces nunca un reproche sin haberlo considerado.
La palabra de la verdad
ha transformado una estirpe de víboras y les ha enseñado a huir de la ira que
viene .
El que recibe palabras
de la verdad, recibe al Verbo de Dios (
El pecador es como aquel
paralítico bajado desde el techo, quien, reprochado por unos creyentes en Dios,
recibe el perdón por intermedio de su fe.
Es preferible rezar pía
e intensamente por el prójimo antes que reprocharle cada pecado cometido.
El que con rectitud hace
penitencia, es objeto de mofa por los tontos. Pero esto es para él un signo de
la aprobación de Dios.
Los atletas se privan de
todo (1 Co. 9, 25): no cesarán de hacerlo hasta que Dios no haya destruido la
descendencia de Babilonia.
Se calcula que son doce
las pasiones deshonrosas: si te hubieses apegado a una de ellas con tu voluntad,
solo ésa ocupará el lugar vacío que dejaron las otras once.
El pecado es un fuego
que arde. Cuanto más lejos dejes el combustible, más rápidamente ese fuego se
irá apagando. Análogamente, cuanto más combustibles agregues, tanto más se
difundirá.
Si te has agrandado
debido a las alabanzas, te llegará el deshonor. Porque se ha dicho: El que se
ensalce será humillado (Lc. 14, 11).
Cuando hayamos rechazado
toda malicia voluntaria de nuestra mente, deberemos combatir contra las
pasiones preconcebidas.
Tal preconcepción
consiste en el recuerdo involuntario de los males pasados: al que lucha le es
impedido alcanzar la pasión; en el vencedor esto es rechazado cuando todo se
encuentra aún en estado de estímulo.
El estímulo es el
movimiento sin imágenes del corazón. Tal como si fuera un lugar fortificado en
un pasaje excavado en la montaña, es tomado en acecho antes por aquellos que
tienen experiencia que por los enemigos.
Donde el pensamiento
está acompañado por las imágenes, allí hubo consentimiento, porque el estímulo
no culpable es un movimiento sin imágenes. Existe aquel que logra salir de él
como un tizón extraído del fuego aunque no se extraigan otros para no
reavivarlo,
No digas: "Me
sucede tal cosa aunque no lo quiero." Porque en todo caso, aunque no desees
esta cosa en sí misma, sin embargo, amas sus causas.
El que ama las
alabanzas, se encuentra en la pasión. Y el que se entrega a las quejas por una
tribulación que lo aqueja, ama la voluptuosidad.
El pensamiento de quien
ama la voluptuosidad es inestable como si se encontrara ubicado en una balanza.
Ya se lamenta y llora por sus pecados, ya combate y contradice al prójimo,
defendiendo su voluptuosidad.
El que a todo atribuye
un valor y retiene lo que es positivo, huirá de todo mal.
El hombre que sabe
soportar abunda en sagacidad, así como aquel que presta atención a las palabras
de sabiduría.
Sin el recuerdo de Dios,
no habrá verdadero conocimiento. Ya que sin el primero, el segundo es un
bastardo.
Al que es duro, pero no
de corazón, le va bien un buen discurso relativo a un conocimiento más fino.
Puesto que, sin temor, no acepta las fatigas de la penitencia.
El hombre humilde acepta
un discurso de fe. Éste no tienta la longanimidad de Dios y no se hiere con
continuas transgresiones.
No avergüences a un
hombre poderoso por su vanagloria. Debes mostrarle la ignominia futura que
caerá sobre él. De este modo, el que es sensato aceptará de buen grado el
reproche.
El que odia el reproche
se encuentra voluntariamente en la pasión. El que lo ama, es claro que es
desviado por las pasiones precedentemente concebidas.
No hay que querer
conocer las malas acciones de los otros. Con una voluntad así, se subrayan los
contornos de tales acciones.
Si has recibido como
dulces sonidos ciertos malos discursos, enójate contigo mismo y no con quien ha
hablado. Porque para el que tiene un mal oído, es malo también el embajador.
Si uno se encuentra con
hombres que hacen discursos vanos, que se considere a sí mismo responsable de
dichas palabras. Si no fuera por un motivo reciente, habrá ciertamente alguna
vieja deuda.
Si vieras que alguno te
alaba con hipocresía, espera de él reproches, a su debido tiempo.
Establece desde ahora
una relación entre los sufrimientos presentes y los beneficios futuros. Así no
descansarás más en tu lucha por descuido.
Cuando llamas
"bueno" a algún hombre, por alguna condición física que posee,
prescindiendo de Dios, ese hombre te resultará malo en el futuro.
Todo bien viene de Dios,
según su voluntad. Aquellos que traen dichos dones son sus ministros.
Acepta con pensamiento
equilibrado el confluir del bien y de los males. Es así como Dios transforma la
no equidad de las cosas.
La desigualdad de
nuestros pensamientos produce los cambios de nuestras condiciones personales.
Dios ha asignado las acciones involuntarias a las voluntarias, como una
consecuencia natural.
Las realidades sensibles
son producidas por las inteligibles y proporcionan lo necesario por decreto de
Dios.
De un corazón dominado
por la voluptuosidad nacen pensamientos y palabras pestilentes, ya que por el
humo conocemos el combustible que lo provoca.
Ten firmeza en tu mente
y no te cansarás entre las tentaciones. Si te abandonas, soporta las
consecuencias.
Ruega para que no caiga
sobre ti la tentación. Pero si te afligiera, acéptala no como algo extraño,
sino como algo tuyo.
Aparta tu pensamiento de
toda concupiscencia y podrás ver las insidias del Diablo.
El que afirma que conoce
todas las insidias del Diablo, cae dentro de ellas sin darse cuenta.
Cuando el intelecto sale
de las preocupaciones del cuerpo, ve, en la medida que sale, las astucias de
los enemigos.
El que se deja arrastrar
por los pensamientos, está enceguecido. Ve la obra del pecado, pero no está en
condiciones de ver sus causas.
Está el que visiblemente
cumple un precepto, si bien, sirviendo a una pasión, borra la buena acción
mediante malos pensamientos.
Si has sido sometido por
un principio del mal, no digas: "No me vencerá." En la medida que has
sido hecho su esclavo, en esa medida has sido ya vencido.
Todo lo que sucede
empieza con una pequeña medida y, alimentado poco a poco, contribuye a su
crecimiento.
Los artificios de la
malicia son una red tortuosa. El que se enreda un poco en ella, si es
negligente, es encerrado por completo.
No quieras escuchar las
desgracias acaecidas a los enemigos, porque el que escucha tales palabras,
corta los frutos de su propia inclinación.
No pienses que una
tribulación cualquiera cae sobre los hombres a causa del pecado. Hay quien es
del agrado del Señor y sin embargo es tentado. Está escrito que los perversos y
los malos serán perseguidos. Del mismo modo está escrito: Todos los que quieran
vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirían persecuciones. (2 Tm. 3, 12).
En tiempos de
tribulaciones, cuídate de los asaltos de la voluptuosidad, ya que ésta es
aceptada de buen grado porque endulza la tribulación.
Hay quien denomina
sensatos a los que tienen discernimiento en las realidades sensibles. Sin
embargo, son sensatos aquellos que tienen dominio de su propia voluntad.
Antes que tus males
hayan sido destruidos, no obedezcas a tu corazón. Está buscando agregar
material de acuerdo a lo que tiene en depósito.
Hay serpientes que se
esconden en los valles boscosos y otras que se introducen en las casas. De la
misma manera, hay pasiones que toman forma en la mente mientras que otras obran
en la práctica; aunque puede suceder que se transformen, pasando de un tipo a
otro.
Cuando veas que tu
interior está muy agitado e induce al intelecto, que está sometido a la
hesichía, hacia la pasión, debes saber que el intelecto ha sido la guía, el
detonador de la acción, y ha colocado este torbellino en el corazón.
La nube no se forma si
no es por el soplo del viento. Del mismo modo, la pasión no nace si no es por
la fuerza del pensamiento.
Si no obedecemos la
voluntad de la carne, como dice
Las imágenes ya fijadas
en el intelecto son particularmente graves y vigorosas; pero su causa y
fundamento son las operaciones de nuestra razón.
Hay una malicia que
domina el corazón por haber sido concebida mucho tiempo antes; y hay una
malicia que combate a la mente con motivo de las acciones cotidianas.
Dios nos evalúa de
acuerdo con nuestras acciones y nuestras intenciones. Se ha dicho: Te dé el
Señor según tu corazón (Sal 19, 4).
El que no persevera en
escrutar su conciencia, tampoco acepta las fatigas de su cuerpo por amor a la
vida pía.
La conciencia es un
libro natural. El que en ella lee activamente, recibe la experiencia de la
ayuda divina.
El que no asume las
penas voluntarias que provienen del amor por la verdad, es duramente amaestrado
por lo que sucede contra su voluntad.
El que ha conocido la
voluntad de Dios, según el poder que le haya sido concedido, la cumple; gracias
a las pequeñas penas, huirá de las grandes.
El que pretenda vencer
las tentaciones sin la oración y la lucha, no las rechazará sino que quedará
más atrapado por ellas.
El Señor está escondido
en sus mandamientos y es encontrado por aquellos que lo buscan en la medida que
los cumplen.
No digas: "He
cumplido los mandamientos pero no he encontrado al Señor." Puesto que,
como dice
La paz es la remoción de
las pasiones. No podrá ser encontrada sin la obra del Espíritu Santo.
Una cosa es cumplir un
mandamiento y otra cosa es la virtud, aunque es factible que se intercambien
las ocasiones de hacer el bien.
Denominamos cumplir un
mandamiento el cumplir lo que ha sido mandado; es virtud lo que ha sido hecho
acorde con la verdad.
Una sola es la riqueza
sensible, aunque es múltiple si se consideran las distintas posesiones. Del
mismo modo, una sola es la virtud, aunque consta de distintas actividades.
El que se hace el sabio
y habla sin poder demostrar sus obras, se enriquece con la iniquidad, y sus
fatigas, como dicen las Escrituras, entran en las casas de los otros.
Todo obedece al oro, se
dice; pero las realidades espirituales son determinadas por la gracia de Dios.
Se encuentra la buena
conciencia mediante la oración; y la oración pura, mediante la conciencia.
Según natura una cosa necesita de la otra.
Jacob confeccionó para
José una túnica de múltiples colores. También el Señor concede al humilde el
conocimiento de la verdad, por medio de la gracia, tal como está escrito: El
Señor enseñará sus caminos a los humildes (Cf. Sal. 24, 9).
Obra el bien según tus
posibilidades, y cuando te surja la ocasión de dar más, no des menos. Porque se
ha dicho que el que retrocede no es apto para el Reino de los Cielos.
A Proposito de
Aquellos que se creen justificados por sus obras
La mala fe de los de
afuera es inmediatamente demostrada por parte de aquellos que tienen una fe
firme y conocen la verdad.
El Señor, queriendo
demostrar que cada mandamiento es justo y que la adopción a los hijos ha sido
donada a los hombres por medio de su sangre, dice que cuando hayan hecho todo
lo que les han mandado, entonces dirán: Somos siervos inútiles, hemos hecho lo
que teníamos que hacer (Lc. 17, 10). Por esto el Reino de los Cielos no es
merced por las obras, sino gracia del Soberano preparada para los siervos
fieles.
El siervo no pide la
libertad como merced, pero se alegra sabiéndose deudor y la recibe como gracia.
Cristo ha muerto por
nuestros pecados, según las Escrituras (1 Co. 15, 3) y a quien lo sirve bien,
le concede como gracia la libertad. Se ha dicho: Bien, siervo bueno y. fiel;
has sido fiel en lo poco, te constituiré en lo mucho. Entra en el gozo de tu
Señor (Mt. 25, 21).
No es siervo fiel el que
se apoya sobre el simple conocimiento, sino aquel que cree mediante la
obediencia en lo que Cristo ha mandado.
El que honra a su
patrón, hace lo que está mandado. El que se equivoca o desobedece, soportará
las consecuencias como es debido.
Si quieres aprender, ama
la fatiga. Pues la ciencia pura hace que el hombre se sienta henchido.
Las tentaciones que nos
acosan y que son inesperadas, nos enseñan providencialmente a amar la fatiga y
nos conducen a la penitencia, aunque no lo queramos.
Las tribulaciones que
caen sobre los hombres son el producto de nuestro mal. Pero si las combatimos
mediante la oración, encontraremos un agregado de cosas buenas.
Algunos, recibiendo
alabanzas por su virtud, han encontrado placer en ello, considerando como un
consuelo esta voluptuosidad de la vanagloria. Otros, reprochados por su pecado,
se han sentido angustiados y han considerado como algo malo esta pena benéfica.
Los que, con el pretexto
de su lucha, se levantan contra el que es más negligente, consideran estar
justificados por las obras de su cuerpo. Pero aquellos que, apoyándose
solamente en el conocimiento, desprecian a los ignorantes, son incluso menos
sensatos que los precedentes.
Sin las obras que le
corresponden, el conocimiento no está aún asegurado, admitiendo que sea
verdadero. Porque, respecto a cualquier realidad, la confirmación es dada por
las obras.
A menudo el conocimiento
es oscurecido por la negligencia en la práctica. Puesto que de aquellas cosas
que han sido realizadas de modo completamente desacertado, perecerán poco a
poco también los recuerdos.
Por ello, las Escrituras
nos sugieren conocer a Dios según la ciencia, para poder servirlo rectamente
mediante nuestras obras.
Cuando exteriormente
cumplimos los mandamientos, el Señor nos envía capacidad de tanto en tanto, y
obtenemos de ello ventajas según el objetivo de nuestras intenciones.
El que quiere hacer algo
y no puede hacerlo, es como aquel que lo ha hecho por Dios, quien conoce los
corazones. Y esto es válido, ya sea para el bien, ya para el mal.
El intelecto, sin el
cuerpo, cumple muy bien y muy mal. Pero el cuerpo sin el intelecto, no puede
cumplir con nada de esto. La explicación se debe a que la ley de la libertad se
reconoce antes de la acción.
Algunos que no cumplen
los mandamientos creen de tener una fe que procede con rectitud. Otros, que los
cumplen, esperan al Reino como una merced debida. Todos ellos se han desviado
de la verdad.
El patrón no debe
ninguna merced a sus esclavos; éstos, a su vez, de no servir bien, no obtendrán
su libertad.
Si Cristo ha muerto por
nosotros (Rm. 5, 8), como dicen las Escrituras, y nosotros no vivimos para
nosotros mismos, sino para aquel que ha muerto por nosotros y ha resucitado, es
evidente que estamos comprometidos a servirle hasta la muerte. ¿Cómo considerar
cosa debida la adopción de hijos?
Cristo es el Soberano
por esencia y Soberano según la economía. Porque nos hizo cuando no existíamos
y, muertos por el pecado, nos ha rescatado mediante su propia sangre y ha
donado su gracia a aquellos que lo creen así.
Cuando escuches de las
Escrituras que Cristo recompensará a cada uno según sus obras, no entiendas que
se refiere a obras dignas de la gehenna o del Reino. Debes entender que Cristo
dará a cada uno una retribución por las obras relativas a la incredulidad o a
la fe en Él; no como un mediador de negocios, sino como el Dios que nos ha
creado y redimido.
Todos aquellos que hemos
sido hechos dignos de un lavado de regeneración, no presentamos nuestras buenas
obras para lograr una retribución, sino para custodiar la pureza que nos ha
sido donada.
Toda buena obra, que
realizamos mediante nuestra naturaleza, nos mantiene alejados de lo contrario,
pero sin la gracia no se puede alcanzar ninguna santificación.
El continente se
mantiene alejado de la gula. El que es pobre voluntario, de la avaricia. El
silencioso, del modo de hablar. El casto, del amor al placer. El puro, de la
fornicación. El que se basta a sí mismo, del amor por el dinero. El manso, del
tumulto. El humilde, de la vanagloria. El que se somete, de la contienda. El
que reprocha, de la hipocresía. Del mismo modo, el que ora se mantiene alejado
de la desesperación. El pobre, del deseo de tener muchas posesiones. El
confesor de la fe, de abjurar; y el mártir, de la idolatría. ¿Ves cómo toda
virtud que se practica hasta la muerte no es otra cosa que la abstención del
pecado? Pero abstenerse del pecado es obra de la naturaleza, no un precio a
pagar para recibir, en compensación, el Reino.
El hombre con dificultad
custodia lo que es propio de su naturaleza, pero Cristo, mediante la cruz, nos
ha regalado el adoptarnos como hijos.
Hay un precepto
particular y vino general. Con uno se manda dar a quien nada posee en forma
particular; con el otro, se ordena que todos renuncien a sus propios bienes.
Hay una acción de la
gracia de la cual el simple no se percata. Hay una operación de la malicia que
es similar a la verdad. Está bien no detenerse demasiado en estas cosas, para
no errar; sin embargo no debemos condenarlas, por la verdad que pueden
contener. Deberemos presentar todo a Dios por medio de la esperanza, ya que Él
sabe de la utilidad de ambas cosas.
El que quiere cruzar el
mar espiritual es paciente, humilde, vigilante y continente, Sin estas cosas,
aunque se esfuerce por entrar, no podrá atravesar ese mar.
La hesichía es la
rescisión de los males. Si luego agregamos las cuatro virtudes, conjuntamente
con la oración, no hay ayuda más rápida que ésta para alcanzar la
impasibilidad.
No es posible asociar el
intelecto a la hesichía sin el cuerpo; tampoco se puede eliminar la pared
divisoria que se halla entre ellos sin hesichía y oración.
El deseo de la carne
está contra el Espíritu y el del Espíritu está contra la carne (Ga. 5, 17).
Pero aquellos que caminan según el Espíritu no llevarán a cabo la
concupiscencia de la carne.
No hay oración perfecta
si no se invoca con el intelecto. Dios atiende el pensamiento que grita sin
distracción.
El intelecto que ora sin
distracción refrena su corazón. Un corazón contrito y humillado, Dios no lo
desprecia (Sal. 50, 17).
A la oración también se
la denomina virtud, aunque sea la madre de todas las virtudes. Las genera, en
efecto, uniéndose a Cristo.
Si algo hacemos sin
oración y sin buena esperanza, resultará de ello algo nocivo e imperfecto.
Cuando oyes que los
últimos serán los primeros y los primeros, últimos (Mt. 20, 16), entiende esto
como referido a aquellos que son partícipes de las virtudes y a los que son
partícipes del amor. El amor está en el último lugar entre las virtudes, pero
se convierte en el primero por su valor y deja como últimas aquellas virtudes
que lo han precedido.
Si en la oración eres
perezoso o atormentado por los variados modos del mal, recuerda el final que te
tocará vivir y los duros castigos. Mas bien deberemos apegarnos a Dios con la
oración y la esperanza, antes que tener recuerdos exteriores, aunque éstos
puedan ser útiles.
Ninguna de las virtudes,
por sí sola, puede abrirnos las puertas de nuestra naturaleza. Todas ellas
deberán vincularse entre sí.
Ninguna persona
continente se nutre de razonamientos, ya que, aunque son útiles, no son más
útiles que la esperanza.
Es un pecado de muerte
todo pecado del cual no nos arrepentimos. Y aunque un santo rogara por otro que
cometió un pecado de este tipo, no sería escuchado.
El que hace penitencia
con rectitud no calcula compensar con su fatiga los pecados anteriormente
cometidos; pero con lo que hace, se torna propicio a Dios.
Todo aquello que nuestra
naturaleza puede tener como bueno, deberemos cumplirlo cada día como una deuda.
De otro modo, ¿qué podremos dar a Dios a cambio por los males pasados?
Aunque podamos ejercitar
al máximo nuestra virtud, si actuamos con negligencia, obtendremos reproches
antes que recompensas.
El que está
espiritualmente atribulado y se apoya en la carne, es parecido a aquel que está
atribulado en su cuerpo pero disipado espiritualmente.
La tribulación
voluntaria de una de estas partes es buena para la otra: la de la mente para la
carnal; y la de la carne para la mental. Su combinación origina una gran
fatiga.
Es de gran virtud
soportar lo que nos sucede y amar al prójimo que nos odia, según la palabra del
Señor.
La prueba de un amor no
hipócrita es el perdón de nuestras faltas. Es así como el Señor ha amado al
mundo.
No es posible perdonar,
desde nuestro corazón, algún error sin verdadero conocimiento. Éste demuestra a
cada uno como cosa propia lo que le ha sucedido.
No perderás nunca lo que
dejas para el Señor. A su debido tiempo se te devolverá multiplicado.
Cuando el intelecto
olvida los objetivos de una vida pía, la obra exterior de la virtud se torna
inútil.
En cualquier hombre es
cosa deplorable la desconsideración; tanto más en quien ha elegido un régimen
de vida más riguroso.
Ponte a filosofar en
torno a los hechos que giran alrededor del querer del hombre y la retribución
de Dios. El discurso no es más sabio ni más útil que el obrar.
Las fatigas resultantes
de llevar una vida pía son aliviadas por el socorro. A éste se lo puede
reconocer por medio de la ley divina y de la conciencia.
Uno ha asumido un modo
de sentir y lo ha mantenido sin someterlo a ningún examen. Otro lo ha asumido y
lo ha sometido al discernimiento con verdad. ¿Es necesario indagar quién de los
dos ha actuado con mayor piedad?
Luchar contra las
propias penas constituye el verdadero conocimiento, así como no acusar a los
hombres por las propias desventuras.
El que hace el bien
buscando una retribución, no sirve a Dios, sino a la propia voluntad.
No es posible al que
hubo pecado huir del castigo, a menos que cumpla una penitencia que tenga
relación con la culpa cometida.
Algunos dicen: "No
podemos hacer el bien si no recibimos eficazmente la gracia del Espíritu."
Se da siempre que los
que con la intención se mantienen apegados a los placeres rechazan, como si
hubieran sido privados de ayuda, lo que hubieran podido hacer por sí solos.
A los que fueron
bautizados en Cristo les fue misteriosamente donada la gracia, la cual actúa en
la medida en que cumplimos con los mandamientos. La gracia nos ayuda sin cesar
aunque en forma escondida, pero nos corresponde a nosotros hacer el bien según
nuestra posibilidad
Como primera cosa, ella
despierta la conciencia de un modo digno de Dios. Es por esto que muchos
malhechores, una vez hecha penitencia, son gratos a Dios.
A la gracia se la
encuentra escondida en una enseñanza del prójimo. A veces acompaña nuestra
mente durante la lectura y, mediante un proceso natural, adiestra al intelecto
en la propia verdad. Si no escondemos, el talento de este proceso parcial,
entraremos eficazmente en el gozo del Señor.
Quien busca los
resultados del Espíritu antes de haber cumplido los mandamientos, es similar a
un esclavo comprado a un precio determinado, quien, en el momento de ser
comprado, trata de hacer registrar junto a su precio también su libertad.
El que ha descubierto
que los eventos exteriores se producen por la justicia de Dios, éste, en la
búsqueda del Señor, ha encontrado el conocimiento junto con la justicia .
Si tú entiendes, según
lo que dicen las Escrituras, que en toda
Lo que sucede es cuanto
debe suceder según lo que está en el corazón Pero solamente Dios sabe cuánto
estos acontecimientos nos benefician.
Cuando sufres algo
deshonroso por parte de los hombres, piensa en seguida en la gloria con la que
Dios te colmará. Así te librarás de la tristeza y de la turbación, aun estando
en el deshonor. Y en la gloria, cuando venga, serás fiel y libre de condena.
Cuando seas alabado por
la gente, según la complacencia de Dios, no mezcles nada ostentoso con la
distribución del Señor. Esto es para que tú no tropieces nuevamente, en la
situación contraria, al cambiar las cosas.
La semilla no puede
crecer sin tierra ni agua. Así el hombre no obtendrá nada sin fatigas
voluntarias ni ayuda divina.
Sin la nube es imposible
que caiga la lluvia. Así, sin una buena conciencia, no es posible ser gratos a
Dios.
No te niegues a aprender
aunque fueras sumamente inteligente. Porque la divina distribución nos brinda
más ventajas que nuestra inteligencia.
Cuando a causa de algún
placer, el corazón es removido de su lugar natural, se torna difícil detenerlo,
casi como si fuera un piedra pesada que rueda cuesta abajo.
Como un cordero
inexperto que corre por los prados y termina en un lugar rodeado por
precipicios, así es el alma que poco a poco se deja arrastrar por los
pensamientos.
Una vez que el intelecto
se ha hecho fuerte en el Señor, arranca el alma de las pasiones concebidas hace
bastante tiempo. Nuestro corazón es así atormentado como por torturadores,
encontrándose tironeado por partes opuestas ya sea por el intelecto como por la
pasión.
Así como aquellos que
navegan en el mar, con la esperanza de una ganancia, soportan voluntariamente
el ardor del sol, aquellos que odian el mal aman los reproches. Puesto que, así
como el primero - el ardor del sol - se opone a los vientos, el segundo - el
reproche - se opone a las pasiones.
La huida en tiempo de
invierno o en el día sábado causa dolor a la carne y contaminación al alma. Tal
es el surgir de las pasiones en un cuerpo senil y en un alma consagrada.
Ninguno es tan bueno ni
tan piadoso como el Señor. Pero el que no hace penitencia, no es perdonado por
Él tampoco.
Muchos de entre nosotros
se afligen por los pecados, pero reciben bien aquello que los causa.
La marmota que se
arrastra bajo tierra, siendo ciega, no puede ver las estrellas. Del mismo modo,
el que no tiene fe respecto a las cosas temporales, no puede creer lo que
concierne a las eternas.
El verdadero
conocimiento es donado por Dios a los hombres como una gracia anterior a todas
las gracias. A los que tienen una parte en ella les enseña a creer en Aquel que
les ha otorgado el don.
Cuando el alma en pecado
no acepta los sufrimientos que la afligen, los ángeles dicen de ella: Hemos
curado a Babilonia, pero no se ha sanado (Jn. 28, 9).
El intelecto que se ha
olvidado del verdadero conocimiento, ¡lucha a favor de los enemigos casi como
si fueran éstos la ayuda de los hombres!
Así como el fuego no
puede durar en el agua, tampoco un mal pensamiento sobrevive en un corazón que
ama a Dios. Porque quien quiera que ame a Dios, ama también el penar. Y la pena
voluntaria es por naturaleza enemiga del placer.
La pasión que ha
encontrado alimento por medio de la voluntad, se sublevará luego violentamente
contra el hombre que es partícipe, aunque éste no lo quiera.
Amamos las causas de los
pensamientos involuntarios, y es por esto que éstos sobrevienen. En cuanto a
los voluntarios, es evidente que amamos sus acciones
La presunción y la
arrogancia son causas de maledicencia. El amor por el dinero y la vanagloria,
de dureza de corazón y de hipocresía.
Cuando el Diablo ve que
el intelecto reza desde el corazón, hace que nos acosen grandes y malignas
tentaciones. No trata de destruir pequeñas virtudes con grandes ataques.
Un pensamiento que se
detiene en nosotros, manifiesta la disposición pasional del hombre. Cuando es
destruido en seguida, es índice de lucha de oposición.
Tres son los lugares
espirituales en los cuales el intelecto entra y se transforma: según natura,
más allá de la natura y contra natura. Cuando se halla según natura, se
encuentra a sí mismo culpable de malos pensamientos. Entonces confiesa a Dios
sus pecados admitiendo las causas de las pasiones. Pero cuando se encuentra en
lugar contra natura, se olvida de la justicia de Dios y combate a los hombres
como si éstos le causaran daño. Cuando es conducido al lugar más allá de la
natura, encuentra los frutos del Espíritu Santo, de los cuales nos hablara el
Apóstol: amor, alegría, paz. Y ve que si da preferencia a los deseos del
cuerpo, no puede permanecer ese lugar. Y el que abandona ese lugar cae en el
pecado y en las terribles calamidades que le siguen, aun que no inmediatamente,
sino a su debido tiempo, como se da en la justicia divina.
Para cada uno el
conocimiento puede ser verdadero en la medida que su humildad, su mansedumbre y
su amor lo confirman como tal.
Todo aquel que fue
bautizado según su fe, ha recibido místicamente toda la gracia. Pero es
mediante el cumplimiento de los mandamientos que logra una certeza plena.
El mandamiento de Cristo
cumplido con conciencia da consolación en función de la multitud de dolores del
corazón. Pero cada una de estas cosas se realiza a su debido tiempo.
Sé perseverante en la
súplica por cada cosa, pues nada puede ser cumplido sin la ayuda de Dios.
Nada es más poderoso que
la oración para obrar. Ni nada es más útil para lograr la satisfacción de Dios.
La oración encierra en
sí misma toda la actuación de los mandamientos. Nada es más alto que el amor de
Dios.
La oración libre de
divagaciones es una señal del amor de Dios para el que persevera en ella. Pero
ser negligentes y descuidados en la oración es índice de amor al placer.
El que vela, tiene
paciencia y reza sin sentirse oprimido, participa visiblemente del Espíritu
Santo. Pero incluso el que es oprimido por estas cosas y las soporta con
voluntad recibe una pronta ayuda.
Existe un mandamiento
que se manifiesta mejor que otro. Por lo tanto, hay una fe que es más firme que
otra.
Hay una fe que proviene
del escuchar, como dice el Apóstol ; y existe una fe que es la esencia de las
cosas esperadas.
Es cosa buena hacer el
bien con las palabras al que busca el saber. Es mejor sin embargo, ayudar con
la oración y la virtud. El que se ofrece a Dios mediante estas cosas, ayuda
también al prójimo con el remedio adecuado.
Si con pocas palabras
quieres hacer el bien a quien ama aprender, indícale la oración, la recta fe y
soportar cuanto le sucediere. Puesto que todos los otros bienes se encuentran
por intermedio de éstos.
A causa de aquello por
lo cual se pone nuestra confianza en Dios, se cesa de enfrentar al prójimo.
Si todo lo involuntario
se origina en lo voluntario, como dicen las Escrituras, nadie es tan enemigo
del hombre como lo es él de sí mismo.
La ignorancia es el
principio de todos los males, y después de ésta sobreviene la incredulidad.
Huye de la tentación
mediante la resistencia y la súplica. Si tratas de oponerte sin estos medios,
la tentación te aquejará aún más.
El que es manso según
Dios, es más sabio que los sabios; y el humilde de corazón más poderoso que los
poderosos. Porque éstos llevan el yugo de Cristo según su conocimiento.
Cualquier cosa que
digamos o hagamos sin oración, será luego peligrosa o dañina, y nos acusará sin
que nos percatemos mediante los hechos.
Uno solo es justo en sus
obras, las palabras y el pensamiento, mientras que muchos son los justos
mediante la fe, la gracia y la penitencia.
Así como es inusitado
para el que hace penitencia tener otro sentir de sí mismo, así es imposible
tener sentimientos humildes para el que peca voluntariamente.
La humildad no es una
condena por parte de la conciencia, sino un reconocimiento de la gracia de Dios
y de su compasión.
Lo que constituye la
casa material con respecto del área común a todos, así es el intelecto
razonable respecto a la gracia divina: cuanto más material se echa hacia
afuera, más entra en su lugar, mientras que cuanto más material se coloca
dentro, tanto más se retira.
El material de una casa
está constituido por objetos y alimentos. El material del intelecto, por la
vanagloria y la voluptuosidad.
El espacio en el corazón
es la esperanza de Dios. La falta de espacio es representada por la
preocupación por el cuerpo.
La gracia del Espíritu
Santo es única e inmutable, pero actúa en cada uno como quiere.
Tal como la lluvia caída
sobre la tierra ofrece a cada planta la calidad de nutrición que le conviene,
dulce para las dulces, acre para las más ásperas, así la gracia en el corazón
de los fieles es colocada en forma inmutable, pero gratifica con energías
convenientes a las virtudes.
Para el que tiene hambre
de Cristo, la gracia se convierte en alimento; para el que tiene sed, en una
dulcísima bebida; para el que tiene frío, en un vestido; para el que se cansa,
en reposo; para el que ora, en certeza plena; para el que está de luto, en consolación.
Cuando lees en las
Escrituras que el Espíritu Santo se posó en cada uno de los Apóstoles, o que
cayó sobre el profeta, o bien que actúa, que se entristece, que se apaga, que
es inducido a indignarse; o aun: que algunos tienen una primicia mientras que
otros están llenos del Espíritu Santo, no pienses que en el Espíritu hay una
escisión, un cambio o una mutación; debes creer, como hemos dicho más arriba,
que es inmutable, invariable y omnipotente. Por lo tanto en sus operaciones
sigue siendo lo que es y a cada uno le reserva lo que le conviene en modo digno
de Dios. Tal como un sol, se difunde sobre los bautizados, pero cada uno de
nosotros es iluminado en la medida en que ha odiado las pasiones que lo
obnubilaban y las ha apartado. Cuando aparece alguien que las alma, de la misma
manera es oscurecido.
El que odia las pasiones
destruye sus causas. Pero el que insiste en permanecer en las causas, es
combatido por las pasiones.
Cuando somos acometidos
por los malos pensamientos, la culpa es de nosotros mismos y no de un pecado de
nuestros progenitores.
Las raíces de los
pensamientos son las malicias evidentes. ¡Pensar que nosotros las justificamos
en toda circunstancia con manos, pies y boca!
No es posible que
tengamos un comercio mental con una pasión si no alimentamos las causas.
¿Quién de nosotros
desprecia la vergüenza y luego mantiene un comercio con la vanagloria? O,
¿quién, si arna el desprecio, se turba por el deshonor? ¿Y quién, teniendo el
corazón arrepentido y humillado, recibe bien dispuesto la voluptuosidad de la
carne? O, ¿quién, si cree en Cristo, se preocupa o pelea por las cosas
temporales?
El que es tratado con
desprecio y no reacciona ni con la palabra ni con el pensamiento, adquiere un
conocimiento verdadero y manifiesta una fe firme en el Señor.
Los hijos del hombre son
falsos en sus balanzas para hacer una injusticia (Sal. 61, 10), mientras que
Dios reserva para cada uno lo que te es de justicia.
Ni el que hace una
injusticia tiene más ni el que la recibe tiene de menos: ¡Se va el hombre como
una imagen y se turba inútilmente! (Sal. 38, 6 ss).
Cuando ves que alguno
sufre mucho deshonor, debes saber que se ha llenado de pensamientos de
vanagloria y corta con disgusto la mies nacida de las semillas de su corazón.
El que aprovecha más de
lo debido de los placeres del cuerpo, pagará cien veces más con sus penas por
sus excesos.
El que da órdenes debe
decir a su subordinado lo que debe hacer. Si éste no lo escuchara, debe
preanunciarle los males que lo afligirán.
El que sufre un
desprecio por parte de alguien, y no trata de devolvérselo, da fe por esto a
Cristo, recibiendo cien veces más en este siglo y en herencia la vida eterna.
El recuerdo de Dios es
una fatiga del corazón ejercida por la piedad. El que se olvida de Dios conduce
una vida de placeres y se torna insensible.
No digas: "El que
es impasible no puede ser afligido." Pues, aunque no sufre por sí mismo,
sufre por el prójimo.
Una vez que el enemigo
se adueña de muchos pecados olvidados, obliga al deudor a traerlos a la
memoria. Se aprovecha así de la ley del pecado.
Si quieres recordar
continuamente a Dios, no rechaces como algo injusto lo que te sucede; deberás
soportarlo como algo que te aqueja justamente. La paciencia por intermedio de
todo evento suscita el recuerdo. Pero el rechazo degrada el sentir espiritual
del corazón y, mediante el relajamiento, produce el olvido.
Si quieres que tus
pecados sean perdonados por el Señor, no proclames a los hombres ninguna virtud
que tú posees; porque lo que nosotros hacemos por las virtudes es lo que Dios
hace por los pecados.
Cuando hayas escondido
una virtud, no te exaltes como si tú hubieses hecho justicia. Porque la
justicia no es solamente esconder el bien, sino también no pensar en nada de lo
que es prohibido.
No te alegres cuando
haces bien a alguien, sino cuando soportas sin rencor la contradicción que a
ello le sigue. Porque así como la noche viene después del día, así los males
siguen a las buenas acciones.
La vanagloria, la
concupiscencia y la voluptuosidad no permiten que una buena acción permanezca
inmaculada, a menos que éstas no caigan antes, gracias al temor a Dios.
En los dolores que no
hemos buscado se esconde la misericordia de Dios, que atrae al que la soporta
hacia la penitencia y lo libera del castigo eterno.
Algunos, obrando según
los mandamientos, esperan poder ponerlos sobre uno de los platillos de la
balanza para que hagan de contrapeso con los pecados; otros, con su obrar,
hacen propicio a Aquel que ha muerto por nuestros pecados. ¿Cabe preguntarse
quién de ellos tenga un recto sentir?
El temor a la gehenna y
el ansia del Reino nos procuran soportar las cosas penosas; esto se produce no
por nosotros mismos, sino por parte de aquel que conoce nuestros pensamientos.
El que tiene fe en las
realidades futuras se mantiene alejado de los placeres sin que nadie le dé
órdenes. El que es incrédulo, se torna voluptuoso e insensible.
No digas: "¿Cómo
puede llevar una vida voluptuosa el necesitado, si no le surgen
ocasiones?" Porque es posible vivir una vida tal, aun más míseramente, por
medio de los pensamientos.
Una cosa es el
conocimiento de las cosas y otra es el conocimiento de la verdad. Así como el
Sol es distinto de
El conocimiento de las
cosas se produce en proporción al cumplimiento de los mandamientos, mientras
que el conocimiento de la verdad, en la medida de la esperanza en Cristo.
Si quieres salvarte y
llegar al conocimiento de la verdad, trata siempre de alcanzar el más allá de
las realidades sensibles y de unirte a Dios mediante la esperanza solamente. De
este modo, si te hallaras involuntariamente desviado, encontrando en tu camino
principados y potestades que te hacen la guerra con sus estímulos, los vencerás
con la oración, permaneciendo lleno de esperanza, y tendrás contigo la gracia
de Dios que te arranca a la ira futura.
El que comprende lo que
dice místicamente san Pablo refiriéndose a que nuestra lucha es contra los
espíritus de la maldad, podrá comprender también la parábola que el Señor
contaba para mostrar cómo debemos siempre orar sin cansarnos.
La ley ordena trabajar
durante seis días y mantenernos libres durante el séptimo. Es por lo tanto una
obra del alma la beneficencia mediante las riquezas o las acciones. Su ocio y
su reposo consisten en vender todo y darlo a los pobres, según
Esto lo hemos dicho sin
excluir lo que sucederá en el futuro y sin querer establecer que se convertirá
en la recompensa completa. Queremos solamente decir que antes deberemos tener
en el corazón la gracia operante del Espíritu Santo y así, en proporción a
ésta, entrar en el Reino de los Cielos. Incluso el Señor, manifestando esto,
nos decía que el Reino de los Cielos está dentro de ti. Y también el Apóstol
decía: La fe es la garantía de las cosas esperadas (Hb. 11, 1), y también:
Corred de tal modo de poder alcanzar (1
Co. 9, 24) y más aún: Examinaos para ver si estáis en la fe. ¿O no
reconocéis que Jesucristo vive en vosotros? ¿Sois quizás rebeldes?
El que ha conocido la verdad
no se opone a los eventos dolorosos. Sabe que éstos guían al hombre al temor de
Dios.
Los pecados cometidos
hace tiempo, recordados en detalle, perjudican al hombre lleno de buenas
esperanzas. Si emergen con tristeza, lo distraen de la esperanza, si son
representados sin tristeza, acumulan en el alma su antigua fealdad.
Cuando el intelecto,
mediante el rechazo de sí mismo, posee una esperanza imposible de desmoronarse,
es acometido por el Enemigo quien, con el pretexto de la confesión, representa
en su imaginación los males pasados, devolviendo la vida a las pasiones que por
la gracia de Dios, habían sido olvidadas, y dañando secretamente al hombre.
Esto se produce a tal punto que, aunque iluminado y con odio a las pasiones, se
sentirá confundido por lo hecho y en tinieblas; y si aún se encontrara en la
niebla y en el amor por el placer, con seguridad se detendrá a meditar sobre
estas cosas y mantendrá una relación pasional respecto de los estímulos que lo
motivan. De este modo pensará que este recuerdo es una pasión precedentemente
concebida y no una confesión.
Si quieres presentar a
Dios una confesión irreprensible, no recuerdes detalladamente tus errores y
soporta con generosidad las consecuencias.
Las penas sobrevienen de
los pecados pasados y traen consigo lo que está inherente a toda culpa.
El que tiene ciencia y
conoce la verdad, hará una confesión a Dios no tanto con el recuerdo de las
acciones sino anteponiendo la lucha contra las consecuencias.
Si rechazas la fatiga y
el deshonor, no prometas hacer una penitencia mediante las otras virtudes.
Porque la vanagloria y la insensibilidad siempre sirven al pecado, también con
las cosas buenas.
Así como las fatigas y
los deshonores suelen generar las virtudes, así la voluptuosidad y la
vanagloria generan los vicios.
Cada voluptuosidad del
cuerpo deriva de un relajamiento precedente. Y es la falta de fe la que genera
el relajamiento
El que está bajo el
pecado no puede por sí solo vencer el sentir carnal, ya que en él el estímulo
es incesante y se ha instalado en sus miembros.
Cuando uno se halla
rodeado por las pasiones, es necesario rezar y someterse. A duras penas es
posible mediante una ayuda luchar contra las pasiones precedentemente
concebidas.
El que con sumisión y
oración lucha contra la voluntad, es un atleta que tiene un buen método y da
una prueba evidente de conducir la lucha espiritual mediante la abstención de
las realidades sensibles.
El que no une a Dios su
propia voluntad, tropieza en sus obras y cae en poder de los adversarios.
Cuando ves a dos
malvados que sienten amor el uno por el otro, debes saber que cada uno coopera
con el otro para cumplir su propia voluntad.
El orgulloso y el
vanaglorioso se entienden de buena gana. Mientras uno alaba al vanaglorioso que
aparenta someterse servilmente, el otro magnifica al orgulloso que se alaba de
continuo.
El discípulo que ama a
Dios trata de obtener una ventaja de estas dos cosas: si recibe un testimonio
por sus buenas obras, se torna aún más animoso; si es amonestado por las cosas
malas, es inducido a hacer penitencia. Pero para progresar es necesario también
tener la vida; y para tener la vida debemos levantar nuestra oración a Dios.
Es bueno atenerse al
mandamiento capital y no preocuparse de los detalles, ni rezar por los detalles,
sino que debemos solamente buscar el Reino y
Si uno desprecia el
precepto de la oración, se sucederán para él desobediencias peores, que se lo
pasarán la una a la otra como un prisionero.
El que recibe bien los
sufrimientos presentes a la espera de los bienes futuros, ha encontrado el
conocimiento de la verdad, y le será fácil hacer frente a la ira y a la
tristeza.
Quien por amor a la
verdad elige ser maltratado y deshonrado, camina por la vía apostólica, ya que
toma la cruz y es atado por una cadena. El que sin estas cosas trata de prestar
atención a su corazón, se desvía mentalmente y cae en las tentaciones y en los
lazos del Diablo.
No es posible que venza
el que lucha contra los malos pensamientos pero no contra sus causas, ni el que
lucha contra las causas, pero no contra los pensamientos que éstas producen.
Cuando rechazamos solamente una de estas cosas, después de un corto tiempo nos
encontramos sometidos a ambas.
El que contiende con los
hombres por temor de recibir dolores y ofensas, sufrirá aún más estando aquí
por las desgracias que lo aquejarán, o será castigado sin piedad en el siglo
futuro.
El que quiere mantener
alejada cualquier desgracia deberá orar respecto de todas las cosas que
mantienen relación con Dios, debiendo también tener fija en Él la esperanza y,
en cuanto le sea posible, no prestar atención a las realidades sensibles.
Cuando el Diablo ve que
un hombre se preocupa sin necesidad de lo que concierne a su cuerpo, antes que
nada lo priva del conocimiento (espiritual). Y luego corta la cabeza de su
esperanza en Dios.
Si logras alcanzar el
fortín de la oración pura, no aceptes en ese momento el conocimiento de las
cosas que el Enemigo te presenta, para que no te suceda que puedas perder lo
mejor. Es preferible enviarle flechazos desde lo alto con los dardos de la
oración, mientras se encuentra acorralado, que parlamentar con él, que nos
presenta el mal y trama para apartarnos de la súplica que está en su contra.
El conocimiento de las
cosas, en el tiempo de la tentación y de la pereza, es útil al hombre; pero en
el tiempo de la oración es generalmente perjudicial.
Si te sucedido que,
habiendo enseñado en el Señor, te desobedecieren, aflígete espiritualmente,
pero no te turbes exteriormente. De afligirte, no serás condenado como quien
desobedece, pero si te turbas serás tentado en la misma materia.
Cuando expones un
discurso, no escondas lo que conviene a los presentes; habla con claridad de
las cosas bellas y en forma enigmática de las cosas duras.
No subrayes las culpas
de quien es un subalterno tuyo. Esto es tarea más bien de autoridad que de
consejo.
Lo que se dice en plural
es apropiado para todos, ya que para cada uno se tornara relevante en su
conciencia la parte que le toca.
El que habla con
rectitud debe, también él, recibir como de Dios las palabras que dice. La
verdad no es de quien habla sino de Dios, que es quien actúa.
A aquellos de los cuales
no has tenido una manifestación de obediencia, no los enfrentes cuando se
oponen a la verdad, para no suscitar odio, como dicen las Escrituras.
El que cede ante quien
es subalterno cuando éste contradice inoportunamente, lo induce a error en la
cosa que están tratando y lo hace transgredir los votos de obediencia.
El que amonesta o
corrige con temor de Dios al pecador, le procura la virtud que se opone a su
error. El que lo hace recordándole las ofensas y dirigiéndose a él en modo
malévolo, cae -según la ley spiritual - en la misma pasión.
El que ha aprendido bien
la ley, teme al legislador. Y quien le teme se aparta de cualquier mal.
No tengas un doble
discurso, hablando respecto dé algunas disposiciones y otras manteniéndolas en
la conciencia solamente. Este actuar es puesto por las Escrituras bajo una
maldición.
Existe, como dice el
Apóstol, el que dice la verdad y es odiado por los tontos. Y está el que es un
hipócrita, y por esto es amado. Sin embargo, ni la merced de uno ni la del otro
tardará: porque a su debido tiempo el Señor dará a cada uno lo que le es
debido.
El que quiera eliminar
las angustias futuras debe soportar de buen grado las del tiempo presente. De
esta manera, con el intercambio de una cosa por la otra como en un comercio,
por medio de pequeños dolores, logrará escapar a los grandes castigos.
Sé garante de que tu
hablar se mantenga alejado de la auto alabanza y tu pensamiento de la
presunción, para no ser abandonado por Dios y hacer el mal. No depende
solamente del hombre hacer el bien, sino también de Dios, que vela sobre todas
las cosas.
El Dios que vigila sobre
todo, así como atribuye a nuestras obras los resultados justos, hace otro tanto
por los pensamientos y las reflexiones voluntarias.
Los pensamientos
involuntarios surgen de un pecado precedente. mientras que los voluntarios
derivan de nuestra libre voluntad. Por lo tanto, estos últimos se vuelven
responsables de los precedentes.
A los malos pensamientos
que no son deliberados, sigue la tristeza, por lo tanto son destruidos
rápidamente; a los que son deliberados, la alegría, y por esto es difícil
desligarse de ellos.
El que ama el placer se
entristece por los reproches y los sufrimientos. El que ama a Dios, se
entristece por las alabanzas y las ganancias.
El que no conoce los
juicios de Dios cruza espiritualmente por una calle que corre entre precipicios
y es fácilmente derribado por cualquier viento. Si es alabado, se enorgullece;
si se le hace un reproche, se amarga. Si come abundantemente, se torna
insensible; si sufre, se lamenta. Si comprende, hace ostentación; si no
comprende, finge. Si es rico, es arrogante; si es pobre, es hipócrita. Si se ha
saciado, es desvergonzado; si ayuna, es vanaglorioso. Enfrenta a los que le
reprochan y mira como insensatos a los que lo perdonan.
Si, conforme a la gracia
de Cristo, no se adquiere un debido conocimiento de la verdad y temor a Dios,
se arriesga a ser gravemente herido no solamente por las pasiones, sino también
por los sucesos.
Cuando quieres encontrar
la solución de un asunto intrincado, busca lo que, respecto de ello, es grato a
Dios y encontrarás así la solución útil.
Toda
El que enfrenta las
cosas tristes que le suceden, lucha, sin saber contra los mandamientos de Dios.
El que las recibe con verdadera ciencia, éste según las Escrituras espera con
paciencia al Señor.
Cuando sobreviene una
tentación, no busques el porqué o de quién viene. Trata de rechazarla con
rendición de gracias, sin tristeza y sin rencores.
El mal de otros no nos
agrega ningún pecado, siempre que no lo recibamos con reflexiones equivocadas.
Ya que no es fácil
encontrar a alguien que sea grato a Dios sin tentaciones, debemos darle gracias
por todo lo que sucede.
Si Pedro no hubiere
faltado a la pesca nocturna, no hubiera conseguido la del día siguiente. Si
Pablo no hubiese quedado ciego en su cuerpo, no hubiera vuelto a adquirir la
vista espiritual. Y si Esteban no hubiera sido calumniado como blasfemo, no
hubiera visto a Dios mientras los cielos se abrían.
Así como el actuar según
Dios es denominado "virtud," así la tribulación que nos acomete
imprevistamente es denominada "tentación."
Dios tentó a Abraham,
afligiéndolo para bien, y no para saber cómo era, pues ya lo conocía, ya que Él
conoce toda cosa antes de ser generada. Pero quería, de este modo, ofrecerle la
ocasión de la perfecta fe.
Toda tribulación revela
cuál es la inclinación de la voluntad, si ésta se vuelve hacia la izquierda o
la derecha. Por ello la tribulación accidental se llama tentación. Ésta hace
que el que la experimenta siga las indicaciones de sus voluntades escondidas.
El temor de Dios nos
obliga a combatir el vicio. Pero mientras nosotros luchamos es la gracia de
Dios la que lo combate.
Sabiduría no es
solamente el conocimiento de la verdad mediante el natural sucederse de las
cosas. También lo es soportar como propia la maldad de quien nos ha hecho daño.
Los que se han estacionado en la primera forma de sabiduría, se tornan
soberbios, mientras que los que han alcanzado la segunda, han adquirido la
humildad.
Si no quieres sufrir la
operación de los malos pensamientos, acepta el desprecio del alma y la
tribulación de la carne. No parcialmente, sino en todo tiempo, lugar y hecho.
El que se deja
voluntariamente instruir por las tribulaciones, no será dominado por
pensamientos involuntarios. Pero el que no acepta las primeras, es tomado
prisionero, aunque no lo quiera, por los segundos.
Cuando se te hace daño,
y tus entrañas y tu corazón se endurecen, no te entristezcas, ya que la cosa
fue provocada por voluntad divina. Más bien, destruye con alegría todos los
pensamientos que te alientan en contra, sabiendo que cuando éstos son
destruidos estando aún en el estadio de estímulo, también el mal, luego que ha
sido puesto en acción, es habitualmente destruido. Sin embargo, si los
pensamientos Continúan, también éste aumenta.
Sin la contrición del
corazón, es del todo imposible alejarse del mal. Y lo que hace que el corazón
se arrepienta es la triple continencia: en el sueño, en la comida y en el relajamiento
del cuerpo. La superabundancia de estas cosas introduce el amor al placer y
esto acarrea los malos pensamientos, por eso se opone, ya a la oración ya al
servicio conveniente.
Si te sucediera que
debes dar órdenes a hermanos, mantente en la posición en la que has sido puesto
y no calles lo que conviene. Si obedecen, recibirás la merced por sus virtudes.
Si no obedecen, los perdonarás en todo caso; así recibirás la recompensa
correspondiente de Aquel que ha dicho: Perdonad y seréis perdonados.
Todo acontecimiento se
parece a una reunión festiva: el que sabe traficar gana mucho en ello, pero el
que no sabe hacerlo, es perjudicado.
Si alguien no te obedece
después de que le has hablado por lo menos una vez, no lo fuerces
enfrentándolo. Toma para ti la ganancia de su falta. Más que la corrección de
éste, te beneficiará la paciencia.
Cuando el mal hecho a
uno repercute sobre muchos, no deberemos ser magnánimos ni buscar nuestra
propia ventaja, sino la de muchos, para que éstos se salven (1 Co. 10, 33). Más
beneficia la virtud de muchos que la de uno solo.
Si alguno cae en un
pecado cualquiera, y no se entristece en la medida debida a la entidad de su
caída, tropieza nuevamente en la misma red.
Así como una leona no se
acerca amistosamente a una vaquillona, de igual modo la impudicia no es una
disposición favorable para recibir la tristeza según Dios.
Como la oveja no se
acerca al lobo para engendrar hijos, así la fatiga del corazón no se acerca a
la saciedad para la concepción de la virtud.
Nadie puede sentir
fatiga y tristeza según Dios, si antes no ama lo que las produce.
El temor de Dios y el
reproche reciben la tristeza. La continencia y el desvelo tienen relación con
la fatiga.
El que no se deja
amansar por los mandamientos y amonestaciones de las Escrituras, será puesto en
evidencia con la fusta del caballo y la vara del asno. Si rechazara también
éstos, con la mordida y las riendas le cerrarán las mandíbulas.
El que se deja vencer
fácilmente por las pequeñas cosas, será siervo también de las grandes. El que
las desprecia, resistirá en el Señor a las grandes.
No trates de hacer el
bien con reproches a quien se vanagloria por sus virtudes. Ya que éste no puede
ser al mismo tiempo amante de la ostentación y amante de la verdad.
Toda palabra de Cristo
manifiesta la misericordia, la justicia y la sabiduría de Dios, e instituye la
potencia, mediante el oído, en aquellos que escuchan de buen grado. Por tanto
los que -siendo injustos y sin misericordia - escucharon con fastidio, no
pudieron comprender la sabiduría de Dios, crucificando al que la enseñaba.
Nosotros nos escrutarnos a nosotros mismos para ver si lo escuchamos de buena
gana. Él ha dicho: El que ama observará mis mandamientos y será amado por mi
Padre, y yo lo amaré y me manifestaré. ¿Ves cómo Él ha escondido la
manifestación de sí mismo en los mandamientos? De todos los mandamientos, el
más comprensivo es el amor hacia Dios y al prójimo, y consiste en la abstención
de las cosas materiales y en la observación de la hesichía de los pensamientos.
Sabiendo esto, el Señor
nos manda: No os preocupéis por el mañana (Mt. 6, 34). Justamente, el que no se
haya liberado de las cosas materiales y de la preocupación que la pérdida de
las mismas conlleva, ¿cómo se liberará de los malos pensamientos? Y el que se
encuentre cercado por los pensamientos, ¿cómo verá al pecado realmente
existente que se encuentra en ellos? Esto es tiniebla y niebla para el alma y
tiene principio en las reflexiones y las malas acciones. El Diablo tienta
mediante un estímulo al cual el hombre todavía puede resistir, dando así inicio
a todo el proceso; el hombre, por amor al placer y por vanagloria, entra de
buena gana en tratativas. Su discernimiento le haría rechazar el estímulo, pero
en la práctica le toma gusto y acepta.
Pero el que no haya, por
lo menos, visto este proceso general del pecado, rezando a este propósito,
¿será purificado? ¿Y si no fuera purificado, como accederá al lugar de la
pureza natural? Y si no accede, ¿como verá la morada más interior de Cristo?
¡Ya que somos morada de Dios, según la palabra profético, evangélica y
apostólica!
Deberemos pues,
conformándonos con lo que nos fuera dicho, buscar la morada y golpear a la
puerta, con perseverancia, mediante la oración. De tal modo que, ya sea aquí o
en el final de nuestras vidas, el Amo nos abra y no suceda que si hemos sido
negligentes Él nos diga: No sé donde estáis. No sólo debemos pedir y recibir,
sino custodiar lo que nos ha sido dado, pues hay algunos que han recibido pero
luego han perdido. Por tanto, un simple conocimiento, o aun una experiencia
accidental de las realidades que se han dicho, pueden tenerlos también aquellos
que han empezado tarde a aprender, y los jóvenes. Pero en cuanto a la práctica
constante y paciente, eso es sólo de aquellos que son píos y experimentados
entre los ancianos, a los cuales ha sucedido a menudo perderla por falta de
atención, luego de buscarla mediante fatigas voluntarias y de encontrarla.
También nosotros no cesarnos de hacerlo así, hasta tanto no la poseamos sin que
nos pueda ser quitada.
Entre los muchos
preceptos de la ley espiritual, hemos conocido estos pocos. Son preceptos que
incluso el gran Salmista continuamente sugiere a quien asiduamente trata de
hacer y de aprender en el Señor Jesús. A Él la gloria, el poder y la adoración,
ahora y por los siglos. Amén.
Nilo, El Asceta
La patria del
bienaventurado Nilo fue Constantinopla, y su maestro el bienaventurado
Crisóstomo. Floreció alrededor del año 442. Poseedor de nobleza y de riquezas,
tuvo el título de gobernador de la ciudad donde vivió. Sin embargo, en cierto
momento, se despidió de todos y escogió la vida ascética, pasando a vivir en el
monte Sinaí. Rico poseedor de nuestra sabiduría y de la pagana, nos dejó
distintos escritos llenos de sabiduría espiritual y de gracia indecible. De los
mismos hemos escogido como la abeja a la flor, el "Discurso sobre la
oración," dividido en 153 capítulos, y el escrito titulado
"Asceticón", con los que saludamos a los lectores ofreciéndoles estas
celdillas de abeja, las que destilan realmente miel, ambrosía y néctar y
prometen un copioso fruto, de utilidad. El sapientísimo Focio se refiere al
monje Nilo, en el código 301, p. 266, con estas palabras: "Y he leído
también un escrito del monje Nilo, dividido en 153 capítulos, en los cuales
este hombre divino nos describe el tipo de la oración; e incluso muchos de sus
escritos de gran valor, que atestiguan ya sea su perfección como su fuerza en
los discursos."
De este autor sobre
quien Nicodemo el Hagiorita nos refiere una tradición legendaria, recogida por
los Sinasarios bizantinos - no se poseen datos fidedignos. Sólo se sabe que el
monje Nilo vivió seguramente en Ancira (Ankara), que posiblemente fue discípulo
de Juan Crisóstomo, autor de un corpus de escritos exegéticos y ascéticos y de
muchas cartas. A este corpus se agregaron escritos de otros autores, en
particular de Evagrio. El corpus de las obras de Nilo, a pesar de la oscuridad
que rodea al personaje después de su muerte, ha tenido mucha importancia entre
los monjes y la espiritualidad oriental. (En cuanto a la obra y la
espiritualidad de Nilo, cf. Marie -Gabrielle Guérard, en Dictionnaire de
Spiritualité, 11, fascículo LXXII-LXXIII, 345. 356).
Al tocarme con tu carta
llena de amor a Dios, como es tu costumbre, me has restablecido cuando estaba
con fiebre producida por la llama de las pasiones impuras. Has consolado mi
intelecto fatigado por las cosas más turbias y has imitado felizmente al gran
Guía y Maestro. Y no hay por qué maravillarse ya que siempre están contigo,
como con el bendito Jacob, las ovejas (señaladas). Pues, habiendo servido por
Raquel y habiendo recibido a Lía, también buscas a la deseada, como el que
ciertamente cumplió siete años de servicio también para ésta. Sin embargo, no
podría decir que, luego de cansarme toda la noche, no he pescado nada, ya que
habiendo bajado las redes, siguiendo tu palabra, he pescado una cantidad de
peces, que no diría son muy gruesos, pero que llegan al número de ciento
cincuenta y tres. Te los envío dentro del canasto de la caridad, mediante un
número similar de capítulos, cumpliendo así la orden.
Te admiro en tu amor por
los capítulos sobre la oración y mucho envidio tu muy noble propósito; ya que
no amas simplemente estos escritos hechos con tinta sobre el papel, sino
aquellos que la caridad y la ausencia de resentimiento hacen permanecer en la
mente. Pero puesto que todas las cosas vienen en pareja, una frente a la otra
(Si. 42, 24), según el sapientísimo Jesús, acoge (el don) además de la carta, y
mantenlo en tu espíritu, ya que la mente precede siempre a la carta, y de no
existir esto, tampoco existirá la tal carta. Por tanto, también el modo de la
oración tiene que ser doble: uno es activo y el otro es contemplativo. Y así
sucede también respecto del número: lo inmediato es la cantidad, pero el
significado es la calidad.
Hemos dividido el
discurso sobre la oración en ciento cincuenta y tres capítulos y te hemos
enviado el pez evangélico, para que tú encuentres en éste la dulzura del número
simbólico y la figura triangular y hexagonal que indica el adorable
conocimiento de
El número 100 por sí
mismo es cuadrangular y el 53 triangular y esférico, ya que el 28 es por sí mismo
triangular y el 25 es esférico, pues 5 da 25. Por lo tanto, no sólo tienes una
figura cuadrangular, es decir, el cuaternario de las virtudes, sino que también
tienes el sabio conocimiento de este siglo en el número
Pero frente a la pobreza
de los capítulos, como el que sabe saciarse y permanecer en la necesidad, no te
llenes de soberbia. Recuerda a Aquel que no despreció las dos monedas dé la
viuda, sino que las aceptó más que la riqueza de muchos otros.
Por tanto, sabiendo
custodiar el fruto de la benevolencia y de la caridad por tus sinceros
hermanos, reza por el enfermo para que se mejore y para que en futuro camine
llevando su cama, por gracia de Cristo. Amén
Si uno quiere preparar
un perfume con un buen aroma, pondrá por partes iguales, según la ley, incienso
puro, canela, ónix y mirra. Éstos corresponden a las cuatro virtudes. En
efecto, si éstas están puestas en cantidades iguales y por partes iguales, el
intelecto no será entregado al enemigo.
El alma purificada por
el cumplimiento de los mandamientos hace que la condición del intelecto se
mantenga firme y capaz de recibir el estado deseado.
La oración es la unión
del intelecto con Dios; ¿en qué estado necesita pues el intelecto encontrarse
para poder tenderse hacia el Señor, sin darse vuelta. y conversar con Él sin
ningún intermediario?
Si Moisés, tratando de
acercarse a los arbustos que ardían, no pudo hacerlo hasta tanto no se hubo
quitado el calzado de los pies, tú que quieres ver a Aquel que supera todo
sentido y todo pensamiento, y conversar con Él, ¿como no te desprenderás de
todo pensamiento pasional?
Ruega. antes que nada,
para que puedas obtener lágrimas, para que puedas ablandar con tu luto la
dureza que se halla en tu alma; y luego de haber confesado contra ti mismo tus
iniquidades al Señor, ruega por la obtención de su perdón.
Usa las lágrimas para
que todos tus pedidos sean escuchados. Porque el Soberano se alegra si ruegas
con lágrimas.
Si derramas fuentes de
lágrimas cuando rezas, no te exaltes en ti mismo, como si fueras superior a los
otros. Tu oración obtuvo ayuda para que tú puedas confesar voluntariamente tus
pecados y hacer que el Soberano se tornara benévolo con tus lágrimas. No
dirijas a tu pasión el antídoto de las pasiones, de modo que Aquel que te diera
la gracia, no se enoje aún más.
Muchos, llorando sus
pecados, han olvidado el motivo de sus lágrimas y, habiendo enloquecido, se
desbandaron.
Resiste pacientemente y
reza intensamente. Rechaza los ataques de los cuidados y los pensamientos que
te turban y te agitan para quitarte la fuerza.
Cuando los demonios te
ven lleno de ardor por la verdadera oración, insinúan pensamientos de ciertos
objetos, como si fueran necesarios, y en breve exaltan su recuerdo, moviendo al
intelecto en su búsqueda. Al no encontrarlos, se desanima y se entristece
mucho. Cuando el intelecto se halla en oración, lo llaman los objetos de su
búsqueda y de sus recuerdos, para que, inducido a conocerlos, pierda la oración
fructuosa.
Lucha por mantener sordo
y mudo tu intelecto en el tiempo de la oración, y así podrás rezar.
Cuando tienes una prueba
o una contradicción provoca tu ánimo en contra de quien tienes frente a ti, o a
irrumpir en un grito desconsiderado, recuerda la oración y el juicio sobre la
misma, y pronto se tranquilizará dentro de ti el movimiento desordenado.
Cuanto hayas hecho por
vengarte de un hermano que te ha ofendido, toco te servirá como un tropiezo en
tiempo de oración.
La oración es un brote
de humildad y de ausencia de cólera.
La oración es un fruto
de alegría y de gratitud.
La oración es una
defensa contra la tristeza y el desánimo.
Vé, mira lo que posees y
dáselo a los pobres (Mt. 19, 21), toma la cruz y reniega de ti mismo, para
poder rezar sin distracciones.
Si quieres rezar
dignamente, reniega de ti mismo en todo momento, y si tuvieras que sufrir todo
tipo de males, acéptalos con sabiduría por amor a la oración.
De toda dificultad, que
sabrás soportar sabiamente, encontrarás el fruto en tiempo de la oración.
Si deseas rezar como se
debe, no entristezcas a nadie. De otro modo, correrás en vano.
Deposita tu ofrenda, nos
dice, delante del altar, y antes ve a reconciliarte con tu hermano, y entonces
verás y rezarás sin turbarte. Pues el resentimiento enceguece la suprema
potencia del alma de quien ora, y oscurece sus oraciones.
Aquellos que acumulan
tristezas y resentimientos cuando rezan se asemejan a las personas que acarrean
agua en un balde perforado.
Si estás acostumbrado a
"soportar," rezarás siempre con alegría.
Cuando rezas como
conviene, sucederán cosas tales por las que creerás que es injusto enojarse.
Pero no es absolutamente justa la ira contra el prójimo, ya que si lo buscas,
encontrarás que es posible que el problema se arregle sin ira. Busca todo medio
a tu alcance a fin de que la ira no irrumpa.
Trata de que, mientras
crees que curas a otro, no seas tú mismo un incurable poniendo un obstáculo a
tu oración.
Si evitas la cólera, te
mostrarás cauto y sabio, y te encontrarás entre el número de los que rezan.
El que está armado en
contra de la ira, no soportará la concupiscencia. Ésta da materia a la ira, la
que turba el ojo espiritual, corrompiendo el estado de la oración.
No reces sólo en las
formas exteriores. Deberás dirigir tu intelecto al conocimiento de tu oración
espiritual, con gran temor
A veces, no bien te
pongas a rezar, lo harás bien. Otras, aun empeñándote mucho, no alcanzarás tu
objetivo. Esto es a fin de que te empeñes aun más y, luego de haber obtenido el
resultado, lo mantengas seguro.
Cuando se acerca un
ángel, de inmediato se alejan aquellos que nos molestan, encontrando el
intelecto gran alivio en el que reza correctamente. Pero a veces, cuando
enfrentamos el habitual combate, el intelecto lucha a puñetazos, sin lograr
levantar la cabeza. En este caso, se han impreso en el mismo distintas
pasiones. Pero de todos modos, si insistes en tu búsqueda, encontrarás; y al
que golpea se le abrirá.
No reces para que tu
voluntad sea cumplida, ya que posiblemente no concuerde del todo con la
voluntad de Dios. Debes rezar tal como te fuera enseñado, diciendo: Hágase tu
voluntad (Mt. 9, 10) en mí. Y en toda situación pide siempre la misma cosa, que
se haga su voluntad. Porque Él quiere el bien y lo que beneficia a tu alma. Tú,
sin embargo, no deseas esto para nada.
A menudo, rezando, pedí
que me sucediera lo que me pareció bien, insistiendo en mi pedido tontamente,
ejerciendo violencia sobre la voluntad de Dios, y no permitiendo que Él me
administrara lo que sabía era bueno para mí. Y a veces, después de haber
obtenido lo que yo deseaba, tuve que sobrellevar lo recibido con mucha pena,
pues no pedí que se hiciera la voluntad de Dios. En efecto, lo que me sucedió,
no fue como yo lo hube pensado.
¿Qué otro bien si no
Dios? Dejémosle a Él todo lo que nos concierne y eso estará bien para nosotros.
Pues aquel que es absolutamente bueno es el que nos provee de buenos regalos.
No te sientas dolorido
si no recibes enseguida de Dios lo que le pides. Él te quiere hacer un bien aun
más grande, mientras perseveras en permanecer junto a Él en la oración. Pues,
¿que hay de más alto que conversar con Dios y estar distraído (de todo) al
estar en su compañía?
La oración sin
distracción es la más alta inteligencia del intelecto.
La oración es la
ascensión del intelecto hacia Dios.
Si deseas orar, renuncia
a todo para obtener todo.
Reza antes que nada para
ser purificado de las pasiones; en segundo lugar, para ser liberado de la
ignorancia y del olvido; en tercer lugar, de toda tentación y abandono (por
parte de Dios).
En tu oración busca
solamente la justicia y el Reino, es decir la virtud y el conocimiento. Todas
las otras cosas te serán dadas por añadidura.
Es justo rezar no sólo
por tu propia purificación, sino por aquella de todos tus símiles, a fin de
imitar a los ángeles.
Observa si en tu oración
estás verdaderamente frente a Dios o te dejas vencer por las humanas alabanzas
y te sientes inducido a perseguirlas, cubriéndote como con un velo que es la
prolongación de tu oración.
Ya sea en la oración con
los hermanos como en la que hacemos en soledad, lucha por orar, no con la
costumbre, sino con el sentido.
El sentido que tiene una
oración es el de la meditación con temor, acompañado de compunción y dolor del
alma en la confesión de los pecados, con secretos gemidos.
Si tu mente se deja
sorprender todavía justamente en el tiempo de la oración, no sabe aún que el
cristiano reza, pero se mantiene mundano y que su intención es la de embellecer
la parte exterior de su tienda.
Rezando, vela con fuerza
sobre tu memoria, a fin de que no te sugiera sus recuerdos; por el contrario
muévete a ti mismo hacia el conocimiento del servicio divino. Pues el intelecto
está demasiado dispuesto a dejarse depredar por la memoria en tiempo de
oración.
Mientras rezas, la
memoria suscita en ti fantasías de cosas pasadas o preocupaciones nuevas o las
facciones de quien te ha entristecido.
El Demonio es muy
envidioso del hombre que reza y usa todo medio a su alcance para destruir si su
objetivo. Por lo tanto no cesa de mover pensamientos de cosas mediante la
memoria, y, de levantar, mediante la carne, todas las pasiones, para poder
impedir su nobilísima carrera y exilio en Dios.
Cuando, a pesar de sus
esfuerzos, el Demonio no puede impedir la oración del justo, disminuye un poco
su marcha, y luego se venga de él, una vez que aquel hubo rezado. En efecto, o
lo enciende con ira, borrándole el estado excelente en que la oración lo dejara
o lo excita mediante un placer irracional, y le ultraja el intelecto.
Luego de que hayas rezado
como es debido, espera lo que no te es debido, y resiste valerosamente
custodiando tu fruto. Pues desde un principio has sido destinado a esto:
trabajar y custodiar. Que no suceda pues que después de haber trabajado dejes
sin custodia tu trabajo, pues de nada te habrá servido orar.
Todo combate mantenido
entre nosotros y los demonios impuros no se debe a otra cosa que a la oración
espiritual. Para éstos la oración les es sumamente enemiga y odiosa; para
nosotros, saludable y dulcísima.
Qué quieren los Demonios
que obre en nosotros? Gula, fornicación, avaricia ira, rencor y todas las otras
pasiones, de modo que la mente obnubilada por éstas, no pueda rezar como se
debe. Ya que, cuando dominan las pasiones de la parte irracional, no le
permiten moverse racionalmente.
Persigamos las virtudes
teniendo presente las razones de las cosas creadas, y, éstas, teniendo presente
el Logos que las ha creado. Porque Él suele manifestarse en el estado de
oración.
El estado de oración es
un hábito impasible que secuestra al intelecto enamorado de la sabiduría hacia
las alturas intelectuales, con amor excelso.
El que quiere rezar
verdaderamente, no sólo debe dominar la ira y la concupiscencia sino que debe
salirse de todo pensamiento pasional.
El que ama a Dios
conversa siempre con Él como con un padre, rechazando todo pensamiento
pasional.
No es cierto que reza
aquel que ha alcanzado la impasibilidad. Pues puede detenerse en simples
pensamientos y distraerse en sus investigaciones, y estar lejos de Dios.
No es cierto que la
mente ha ocupado ya el lugar de la oración, cuando no se embarca en simples
pensamientos a propósito de objetos. Puede siempre detenerse en la
contemplación de dichos objetos y meditar en sus razones, las cuales, aunque
son simples expresiones, ya que son consideraciones a propósito de los objetos,
dejan una impronta y una forma en la mente y la conducen lejos de Dios.
Si el intelecto no llega
más allá de la contemplación de la naturaleza corpórea, no ha visto
perfectamente aún el lugar de Dios. Puede, de hecho, detenerse frente al
conocimiento de lo ininteligible, y participar en su multiplicidad.
Si quieres orar,
necesitas a Dios, quien dona la plegaria a quien ora (1 S. 2, 9). Entonces
invócalo, diciendo: Santificado sea tu nombre, venga tu Reino (Mt. 6, 9), esto
es, el Espíritu Santo y tu Unigénito Hijo. Así fue enseñado, diciendo que
debemos adorar al Padre en Espíritu y Verdad (Jn. 4, 24).
Aquel que ruega en
Espíritu y Verdad no celebra más al Creador con motivo de sus criaturas, sino
que lo alaba por Él mismo.
Si eres teólogo, orarás
verdaderamente. Y si oras verdaderamente, eres un teólogo.
Cuando tu intelecto,
teniendo un gran deseo de Dios, poco a poco sale -por así decirlo - de la carne
y echa todos los pensamientos de la sensibilidad, del recuerdo y del
temperamento, y al mismo tiempo, se ha llenado de temor y de alegría, entonces
puedes pensar que te has acercado a los confines de la oración.
El Espíritu Santo, que
se compadece de nuestra debilidad, viene a visitarnos incluso cuando no hemos
sido purificados, y si encuentra un intelecto que le ruega, aunque fuera con el
deseo de la verdad, baja sobre él y hace desaparecer la falange de
razonamientos y de pensamientos que lo asedian, empujándolo hacia el amor de la
oración espiritual.
Mientras los otros obran
en el intelecto razonamientos o pensamientos o reflexiones, mediante la
alteración del cuerpo, el Señor hace todo lo Contrario: viniendo directamente
del intelecto pone allí el conocimiento de lo que quiere y, por medio del
intelecto, calma la falta de templanza del cuerpo.
Nadie que habiendo amado
la verdadera oración se enoja o siente rencor está exento de reproche. Pues es
parecido a aquel que quiere tener la vista aguda y confunde los propios ojos.
Si sientes el deseo de
rezar, no hagas ninguna cosa contraria a la oración; así Dios se acercará y
caminará junto a ti.
No des forma a la
divinidad en ti mismo cuando oras, ni permitas que tu mente reciba la impresión
de una forma cualesquiera. Acércate inmaterialmente a lo inmaterial, y
comprenderás.
Guárdate de los lazos de
los adversarios, ya que sucede que cuando tú rezas con pureza y sin turbación
se presenta ante ti una forma desconocida y extraña, para inducirte a la
presunción de localizar en ella a la divinidad, y te convence de que la divinidad
es eso que te ha sido revelado imprevistamente. Sin embargo, la divinidad no
tiene forma.
Cuando el Demonio
envidioso no puede mover la memoria durante la oración, ejerce violencia sobre
el equilibrio del Cuerpo para producir una fantasía extraña al intelecto y, por
medio de ella, le da forma. Quien tenga la costumbre de detenerse en sus
pensamientos, se doblara con facilidad; y el que aspire al conocimiento
inmaterial e invisible, se dejará engañar, tomando humo por luz.
Permanece firme en tu
lugar de custodia, custodiando tu intelecto de los pensamientos en el tiempo de
la oración, para que se atenga a lo que le fue pedido y se mantenga fijo en la
tranquilidad que le es propia. Así, Aquel que se compadece de los ignorantes,
te visitará también, y recibirás el don gloriosísimo de la oración.
No podrás orar con
pureza si te encuentras inmiscuido en asuntos de cosas materiales, y agitado
por continuas preocupaciones. Pues la oración es la remoción de los
pensamientos.
El que se encuentra
atado no puede correr. El intelecto esclavo de la pasión ni siquiera puede ver
el lugar de la oración espiritual. En efecto. es arrastrado y llevado lejos por
el pensamiento pasional y no tendrá estabilidad sin sacudidas.
Si luego el intelecto
ora con pureza y sin pasión, los demonios no o lo cercarán desde la izquierda,
sino desde la derecha. Así, se le insinuarán con un apariencia la ilusoria de
Dios en cualquier figura grata a los sentidos, de modo que éste cree haber
alcanzarlo perfectamente el objetivo de su oración. Y todo ello, tal como lo
dijera un hombre de ciencia espiritual, es obra de la pasión de la vanagloria,
así como del Demonio, que toca el punto interesado del cerebro.
Yo creo que el Demonio,
tocando el punto que mencionamos, maneja la luz que rodea al intelecto, y así
la pasión de la vanagloria es puesta en movimiento hacia un pensamiento que
induce al intelecto a localizar con ligereza el divino y esencial conocimiento.
Un intelecto tal, que no es más molestado por las pasiones carnales e. Impuras,
sino que realmente se encuentra en un estado de pureza, cree que no se ejerce
en él ninguna otra energía contraria, por lo que supone que esta manifestación
-producida en él por el Demonio - es diviina. El demonio usa su enorme habilidad
por medio del cerebro, distorsionando la luz que esta unida al intelecto y
dirigiéndola tal como hemos dicho.
El ángel de Dios,
acercándose, hace que cese en nosotros con una sola palabra, toda obra del
Adversario, y reconduce la luz del intelecto a obrar sin desviaciones.
Lo que se dice en el
Apocalipsis, respecto del ángel que trae el incienso para ponerlo en las
oraciones de los santos, creo que se refiere a esta gracia obrada por medio del
ángel. En efecto, produce el conocimiento de la verdadera oración, de modo que
el intelecto se mantiene firme, lejos de toda sacudida, pereza o descuido.
Se dice que las copas
portadoras de incienso son las oraciones de los santos, que eran llevadas por
los veinticuatro ancianos. Pero deberemos entender que la copa significa
nuestra amistad con Dios, es decir, la caridad espiritual y, perfecta en la que
la oración es accionada en lo íntimo, en Espíritu y Verdad.
Cuando te parezca que no
necesitas de lágrimas por tus pecados, en tu oración, considera cuán lejos
estás de Dios, cuando deberías haber estado siempre con Él, y llorarás más
abundantemente.
Realmente, reconociendo
tus límites, lo harás todo más fácilmente llamándote infeliz, como lsaías,
porque siendo impuro y encontrándote en medio de un pueblo parecido a ti en su
impureza - es decir de adversarios - te atreverás a presentarte ante el Señor
de los Ejércitos.
Si rezas verdaderamente,
encontrarás plena certeza y los ángeles te acompañaran como a Daniel, y te
iluminarán a propósito de la razón de ser.
Debes saber que los
ángeles nos guían en nuestra oración y nos asisten, alegrándose con nosotros y
rezando por nosotros. Pero si somos negligentes y acogemos pensamientos
extraños, los irritamos mucho; justamente porque ellos luchan tanto por
nosotros y nosotros no queremos ni siquiera implorar a Dios por nosotros
mismos, sino que despreciarnos su servicio y, abandonando a su Soberano y Dios,
nos entretenemos con los demonios impuros.
Ora convenientemente y
sin turbación, salmodiando con inteligencia y con ritmo y serás como un nacido
de águila y llevado hacia lo alto.
La salmodia calma las
pasiones y aplaca la intemperancia del cuerpo; la oración ejercita el intelecto
en la operación que le es propia.
La oración es una
operación conveniente a la dignidad del intelecto, es en otras palabras el uso
mejor y más auténtico del mismo.
La salmodia pertenece a
la sabiduría múltiple; la plegaria es el preludio del conocimiento inmaterial y
simple.
El conocimiento
espiritual es excelente. Es cooperador de la plegaria que despierta la potencia
espiritual del intelecto, y que lo lleva a la contemplación del conocimiento
divino.
Si aún no has recibido
el don de la oración o de la salmodia, persiste en tal espera y lo recibirás.
Y les contaba también la
parábola que dice que es necesario orar siempre y no cansarse nunca. Por tanto,
no te canses ni pierdas el ánimo -si no lo has recibido - porque lo recibirás
luego. Y concluía la parábola diciendo: Aunque no temo a Dios ni tengo
miramientos por el hombre, puesto que esta viuda persiste en fastidiarme, le
haré justicia. De este modo también Dios vengará a aquellos que le imploran
noche y día (Lc. 18, 1-8). Ten un buen ánimo pues, y persevera en la fatiga de
la santa oración.
No quieras que tus cosas
vayan como te parece bien a ti, sino como gustan a Dios. En tu oración te
encontrarás sin turbación y lleno de gratitud.
Aunque te parezca que
estás unido a Dios, cuídate del demonio de la fornicación, pues es sumamente
engañador y muy envidioso, y pretende estar más presto en el movimiento y en la
vigilancia que tu intelecto, de modo de arrancar a Dios aquel que se encuentre
ante él con piedad y temor.
Si cultivas la oración,
prepárate para los asaltos de los demonios y soporta con fortaleza sus golpes.
Ellos se echarán sobre ti como fieras salvajes y maltratarán todo tu cuerpo.
Prepárate como un
luchador experto, y si ves de repente una imagen no vaciles: aunque fuera una
espada desenvainada contra ti, o una lámpara que golpea tu cara, no te turbes.
Y si fuera una cosa repugnante y sangrante, no pierdas tu coraje de ninguna
manera. Permanece de pie y haz tu confesión de fe como corresponde, así
soportarás más fácilmente a tus enemigos.
Aquel que soporta las
aflicciones, obtendrá también consolación. Y el que persevera en las cosas
desagradables, no será excluido de las agradables.
Cuida que los demonios
salvajes no te engañen mediante una visión cualquiera; permanece atento y
recurre a la oración. Invoca a Dios: si tu pensamiento está con Él, Él mismo te
iluminará. Y si no, rápidamente aleja de ti al seductor. Y anímate porque los
perros no permanecerán de pie si has hecho con ardor tu súplica a Dios. Ya que,
de inmediato, vencidos invisiblemente y a escondidas por la potencia de Dios,
serán echados muy lejos.
Es justo que no ignores
ni siquiera este engaño, esto es, en determinado momento, los demonios se
dividen. Si pareciera que estás buscando ayuda contra una parte de ellos, los
otros tornan aspectos angélicos, rechazando a los primeros para que tu
conocimiento sea engañado por ellos, pensando que verdaderamente son ángeles.
Cultiva gran humildad y
coraje y la ofensa de los demonios no atacará tu alma y el flagelo no se
acercará a tu tienda, porque por ti ordenará a sus ángeles que te custodien
(Sal. 90, 10). Y éstos invisiblemente alejarán de ti toda la operación del Adversario.
El que cultiva una
oración pura, oirá estrépito, ruidos, voces e insultos de los demonios. Pero no
caerá ni entregará su razonamiento, diciendo a Dios: No temeré ningún mal
porque tu estás conmigo (Sal. 22, 4). Y cosas similares.
En el tiempo de estas
tentaciones, usa una oración breve e intensa.
Si los demonios amenazan
aparecer de improviso desde el aire, y abatir y depredar tu mente, no te dejes
aterrorizar por ellos ni te preocupes por sus amenazas, ya que te asustan para
ver si les prestas atención o los has despreciado del todo.
Si en la oración estas
delante de Dios omnipotente que todo lo ha creado y todo provee, ¿por qué
permaneces en actitud tan irracional, descuidando el temor hacia Él, que no
debería ser nunca suprimido, asustándote de mosquitos y cucarachas? ¿o no has
oído a Aquel que dice: ¿Temerás al Señor tu Dios? (Dt. 6, 13) ¿Y también: Aquel
ante cuya potencia se aterrorizan y tiemblan las cosas?
Así como el pan es la
nutrición para el cuerpo y la virtud para el alma, así la oración espiritual es
la nutrición para el intelecto.
En el lugar sagrado de
la oración, ora no como lo haría el fariseo, sino como lo hizo el publicano,
para que tú también puedas ser justificado por el Señor.
Lucha por no rezar en
contra de alguien, de modo que tú no destruyas lo que construyes, tornando tu
oración abominable.
Que el deudor de diez
mil talentos te sirva de lección, porque si no perdonas a tu deudor, tampoco tú
obtendrás el perdón. En efecto, nos dice que lo entregó a los torturadores.
No tengas en cuenta las
exigencias del cuerpo en el momento de la oración, de tal modo que la mordedura
de una pulga o de un piojo, la picadura de un mosquito o de una mosca, no te
hagan perder la más grande ganancia de tu oración.
Hemos oído decir que el
Maligno combatió tanto a un santo que se encontraba en oración que, mientras
éste tendía sus brazos, aquel adoptó la forma de un león y, levantando sus
patas anteriores para mantenerse erecto, simulaba clavar sus garras en ambos
lados del luchador, no alejándose mientras éste no bajara sus brazos. Pero el
santo no los bajó hasta que no hubo terminado con sus oraciones de costumbre.
Otro santo fue, como
sabemos Juan el Pequeño - o para decirlo mejor, un grandísimo cristiano - que
llevó una vida solitaria en un foso. Debido a su gran unión con Dios,
permanecería inmóvil, mientras el Demonio, bajo la forma de una serpiente, lo
enroscaba, comiéndole las carnes, vomitándole en la cara.
Ciertamente has leído
también a propósito de la vida de los monjes de Tabenisis, donde se narra que,
mientras el abad Teodoro decía unas palabras a los hermanos, se acercaron dos
víboras a sus pies y él sin turbarse, habiendo hecho con los pies una especie
de hueco, allí las mantuvo hasta que no cesó de hablar; luego las mostró a los
hermanos, y contó el hecho.
De otro hermano
espiritual hemos leído que, mientras oraba, una víbora entró y lo atacó en un
pie. Pero él no bajó las manos hasta que no hubo terminado su oración habitual,
no recibiendo ningún daño, ya que él amaba a Dios más que a sí mismo.
No tengas tu mirada
distraída durante la oración y, renegando de tu carne y de tu alma vive según
tu intelecto.
Otro santo que oraba
intensamente y llevaba una vida solitaria en el desierto fue asaltado por los
demonios, quienes por dos semanas se lo tiraban, uno a otro, como si fuera una
pelota, lanzándola al aire y dejándolo caer sobre una estera. Sin embargo, no
lograron que el intelecto del santo abandonara su ardiente oración.
Y también, otro amigo de
Dios, mientras se encontraba sumergido con su pensamiento en la oración,
caminaba en el desierto, se acercaron dos ángeles quienes lo acompañaron en su
caminar, dejándolo en el medio. Pero él no les prestó atención, a fin de no
perderse lo mejor. Ya que recordó la palabra del Apóstol que dice: "Ni los
ángeles ni los principados ni las potestades podrán separarnos del amor de
Cristo."
El cristiano, mediante
la oración, es igual a los ángeles al desear ver el rostro del Padre que está
en los Cielos.
No trates de recibir en
absoluto una forma o una figura en tiempo de oración.
No desees ver ni los
ángeles, ni las potencias, ni a Cristo en forma sensible, para no perder
completamente tu juicio, recibiendo al lobo en lugar del pastor o postrándote
ante los demonios enemigos.
La vanagloria es el
principio de la ilusión del intelecto, porque es ella la que empuja al
intelecto a tratar de circunscribir a la divinidad en formas o figuras.
Te diré lo que pienso,
cosa que ya he transmitido a los más jóvenes: bendito el intelecto que en el
tiempo de oración ha adquirido una perfecta ausencia de formas.
Bendito sea el intelecto
que, orando sin distracciones, adquiere un creciente deseo de Dios.
Bendito sea el intelecto
que, en tiempo de oración, se torna inmaterial y se desnuda de todo.
Bendito sea el intelecto
que, estando en tiempo de oración, ha adquirido una perfecta insensibilidad.
Bendito el cristiano
que, después de Dios, considera a todos los hombres como a Dios.
Bendito el cristiano que
considera como cosa propia y con alegría plena, la salvación y el progreso de
todos.
Cumple perfectamente con
la oración aquel que convierte en fruto para Dios, siempre, todas las primicias
de su pensamiento.
Evita toda mentira y
todo juramento si deseas orar como un cristiano. De otro modo finges en vano lo
que te es extraño.
Si deseas orar en espíritu, no busques nada en la carne, así no tendrás nubes
que te nublen en tiempo de oración.
Confía a Dios las
necesidades de tu cuerpo y será claro que a Él también confiarás las de tu
espíritu.
Si obtienes las
promesas, reinarás. Por lo tanto, teniéndolas como objetivo, podrás sobrellevar
fácilmente la presente pobreza.
No rechaces la pobreza
ni las tribulaciones, la materia de la oración es liviana.
Que las virtudes del
cuerpo te sirvan de base para las del alma, y las virtudes del alma para
aquellas que son espirituales, y éstas para el inmaterial y esencial
conocimiento.
Cuando oras luchando
contra el pensamiento, si éste desistiera fácilmente, examina de dónde surge
esto, ya que puede que seas acechado y, al ser engañado, te entregues a ti
mismo.
A veces, sucede que los
demonios te sugieren pensamientos y te inducen a que reces, como es natural, en
contra de ellos, o para que los contradigas, y espontáneamente se retiran a fin
de que tú te engañes, creyendo que has empezado a vencer a tus pensamientos y a
causarles miedo.
Si oras en contra de la
pasión o contra el demonio inoportuno, recuerda a Aquel que dice: Perseguiré a
mis enemigos y los agarraré, y no retornaré hasta que se dobleguen; los
aplastaré y no podrán permanecer derechos, cayendo bajo mis pies, etc (Sal
17:38-39).
Oportunamente dirás
estas cosas, armándote en contra de los adversarios.
No pienses que tienes la
virtud si antes no has combatido por ella hasta llegar a la sangre. Deberemos
resistir hasta la muerte en contra del pecado, ardorosa e irreprensiblemente,
según el divino Apóstol.
Si has sido de utilidad
para alguno, recibirás daño de otro, para que, sintiéndote ofendido, digas o
hagas algo malo y se pierda malamente lo que habías bien recogido. Éste es de
hecho, el objetivo de los demonios malignos. Por tanto, deberemos cuidarnos con
buen criterio.
Presta atención a los
ímpetus embravecidos de los demonios, preocupándote de cómo huir a su
esclavitud.
De noche los demonios
malignos se presentan ante el maestro espiritual para turbarlo personalmente;
de día se sirven de los hombres para rodearlo de dificultades, de calumnias de
peligros.
No evites a las
lavanderas. Si al batir y tironear, golpean y friegan, tus vestiduras se
tornarán resplandecientes.
Mientras no hayas
renunciado a las pasiones y tu intelecto resista a las virtudes y a la verdad,
no encontrarás perfume de incienso en tu seno.
¿Deseas rezar?
Transfiérete de las cosas que están aquí y conserva continuamente la ciudadanía
de los Cielos. Haz esto no solamente con la palabra, sino también con la
práctica angélica y con la ciencia divina.
Si recuerdas cuán
terrible e imparcial es el juez solamente en tus aflicciones, no has todavía
aprendido a servir al Señor en el temor y a exultar delante de Él en el temblor.
Debes saber que aun en los alivios y en el relajamiento espiritual debemos
servirle aún con más respeto.
Es un hombre criterioso
aquel que antes de una perfecta conversión no cesa de recordar con tristeza sus
pecados y la justa pena que ellos le depararán en el fuego eterno.
Que aquel que se detiene
en los pecados y en los accesos de cólera, y osa imprudentemente acercarse a la
ciencia de las cosas divinas o hasta entrar en la oración inmaterial, reciba el
reproche del Apóstol, según el cual no está excepto de peligro el orar con la
cabeza descubierta. En efecto, nos dice: Un alma tal debe tener la señal de un
poder sobre su cabeza a causa de los ángeles (1 Co 11:10) presente, rodeándose
de pudor y de humildad convenientes.
Así como no es bueno
para uno que está enfermo de los ojos mirar el sol en pleno mediodía, pues
tendrá una imagen fortísima y abrasante, develada e intensa, así ni siquiera al
intelecto pasional e impuro y arrebatado por la pasión, le beneficiará la
imitación de la oración plena en espíritu y verdad, terrible y maravillosa; por
el contrario, suscitará el desdén de la divinidad en contra de ella.
Si el que es perfecto e
incorruptible no recibió al que se acercó al altar con su ofrenda, hasta tanto
no se hubo reconciliado con el prójimo entristecido con él, considera cuánta
custodia y discreción se necesita para ofrecer a Dios, sobre el altar
espiritual, incienso que le sea grato.
No seas uno que goza del
hablar y de su gloria, pues no sobre tus espaldas sino sobre tu cara,
fabricarán los pecadores, y serás para ellos objeto de alegría maligna en
tiempo de oración, arrastrado y adulado por ellos con pensamientos extraños.
La atención que busca la
oración, encontrará la oración. En efecto, ninguna otra cosa sigue a la oración
más que la atención, por lo que deberemos estar siempre celantes.
Así como la vista es el
mejor de todos los sentidos, así la oración es la más divina de todas las
virtudes.
La excelencia de la
oración no consiste en la simple cantidad, sino en su calidad. Lo demuestran
aquellos que suban al templo, y además: Vosotros que rezando no desperdiciáis
palabras (Mt. 6, 7).
Mientras tú atiendas a
la conveniencia de tu cuerpo, y tu inteligencia se interese en las cosas
agradables de tu tienda, no habrás ubicado aún el lugar para la plegaria, y la
vía bendita de ésta se encontrará aún lejana de ti.
Cuando, mientras oras,
te hallas más arriba de toda otra alegría, entonces has encontrado
verdaderamente la oración
Acedia (akidía): tedio, desgano, pereza e inercia
espiritual. Genera obtusidad del espíritu, impotencia de la voluntad y disgusto
por los mismos dones de Dios.
Aflicción Espiritual (pénthos): Se hubiera podido
traducir como, "luto": el término define, de hecho y en modo
particular, aquel dolor que acompaña el luto por alguien. En la vida cristiana,
se designa con esta palabra el estado de llanto por el pecado, para todo aquel
que es consciente de la gravedad de éste. La aflicción espiritual es presentada
por las Escrituras como la actitud que debe acompañar la conversión (cf. por
ej. Gá. 2, 12 y St. 4, 9), y es a menudo vista por los Padres como aquella
aflicción llamada por el Señor "bienaventurado" (cf. Mt 5:4). Es
llamada también haropós, que significa "obradora de alegría," porque
el que permanezca en esta "tristeza según Dios" (cf. 2 Co. 7, 10),
vive siempre más en la plenitud de la gratitud y en un amor lleno de asombro
por Aquel que lo ha salvado y continuamente lo salva.
Asalto (prosvolí): ver Estímulo
Carne (sarks): indica - conforme al uso bíblico - la
naturaleza humana, caída y pecadora. En este sentido el término incluye, por lo
tanto, la realidad humana completa, alma y cuerpo. Otras veces es usado para
indicar el cuerpo en contraste con el alma, subrayando así, aquellos impulsos
desordenados del cuerpo hacia las cosas y las realidades corpóreas, que tornan
difícil el gobierno de las facultades espirituales del hombre, y que se oponen
a la aspiración del alma humana que tiende hacia Dios.
Ciencia: ver Conocimiento espiritual.
Compunción (katánixis): Como bien lo define la etimología de
la palabra, significa ser atravesado por algo punzante. De esta manera, se
define la íntima experiencia del alma que percibe la gravedad de su pecado en
relación con la inmensidad del amor divino y con la majestad de Dios. La
compunción se experimenta como una herida punzante en el corazón: al ser
herido, brota todo el veneno del mal, ablanda su dureza, infunde, junto con el
dolor por el pecado cometido, un sentimiento profundo de paz, de alivio, un
humilde y amante reconocimiento de nuestra indignidad frente al indecible amor
divino. Con respecto a la aflicción espiritual, la compunción es, quizás, un
estado menos intenso y más atenuado que, desde su inicio, tiene un componente
de dulzura que no tiene la aflicción espiritual, la cual es, decididamente, un
estado de "luto" debido a la muerte producida por el pecado.
Concupiscible (to epithimitikón): una de las tres potencias del
alma, y, según la filosofía griega, es la potencia del deseo. Según natura, lo
concupiscible fue puesto en el hombre como una potencia que le hacía tender a
Dios. Obnubilado por el pecado, éste tiende a acercarse a las cosas creadas,
buscando su posesión (ver también irascible).
Conocimiento espiritual o Ciencia (gnósis): realización
propia de la operación del intelecto (distinta de la operación discursiva de la
razón) que, iluminado por la fe y por la acción de
Contemplación (theoría):
hay dos aspectos de la contemplación: la percepción y la visión del intelecto,
que penetra las razones (lógi) de las cosas creadas, razones contenidas en el
Verbo (Lógos), principio unitario del cosmos; y aquel, - muy sublime -, que
emerge del intelecto, en el misterio mismo de Dios (ver teología). En este
segundo caso, el intelecto es completamente atraído por el objeto espiritual
que contempla, a tal punto, que todas las cosas exteriores se convierten en
ausentes de la conciencia. Se habla a veces recontemplación de un modo menos
específico, con respecto a niveles intermedios de concentración sobre un objeto
espiritual.
Contradicción (antilogía): es la oposición a las sugestiones de
las pasiones o de los demonios.
Conversión o arrepentimiento (metánia): etimológicamente, la
palabra griega significa "cambio de la mente." Se trata, pues, de
algo que no se resuelve en un sentimiento, aunque se implique verdadero dolor y
compunción, sino que hace cambiar el rumbo del pensamiento del hombre,
llevándolo a tomar la forma del pensamiento divino, expreso en
Corazón (kardía): considerado - conforme a la
antropología bíblica -, el centro del ser humano, principio determinante de las
elecciones y de los deseos de la persona. Por cierto, incluye también los
sentimientos y las emociones, pero es mucho más, y se podría decir que en él se
concentra todo aquello que san Pablo llama el "hombre interior" (cf.
Rm. 7, 22 ss). Es considerado como el órgano mediante el cual la gracia
penetra, no solamente el alma, sino también todos los miembros del cuerpo El
corazón es también el centro de la lucha, según la enseñanza evangélica: Del
corazón salen malos pensamientos, homicidios, adulterios, prostituciones,
hurtos, falsos testimonios, blasfemias (Mt. 15, 19).
Custodia del corazón, del intelecto (filakí kardía, filakí
nus): ver sobriedad.
Discernimiento (diákrisis): en general, es la capacidad de
acoger las mociones de la gracia y los signos de Dios, asumiéndolos, sin
alterarlos por exceso o por defecto; se refiere también a la capacidad de
distinguir la acción verdadera de la gracia y de los impulsos que proceden de
ella, de los engaños del demonio, quien puede quizás, presentarse bajo la
apariencia del bien. El discernimiento entre el bien y el mal pertenece a la
verdadera ciencia. En un padre espiritual, además, el discernimiento se
manifiesta también por la capacidad de adaptarse, en alguna manera, a la
"medida" del interlocutor, secundándolo y disponiéndolo a recibir
mociones del Espíritu, sin prevenirlo ni inducirlo a hacer lo que Dios aún no
le pide y para lo que, en consecuencia, no da la gracia necesaria.
Economia (ikonomía):
se entiende sustancialmente como el complejo misterio de las divinas
disposiciones de
Energía (enérgia): Ver Operación.
Eros (éros): aplicado a Dios, indica el fuego ardiente
y el deseo unitivo que empuja al hombre hacia Dios. Más que el término griego
agápi (habitualmente traducido por "amor") quiere indicar una intensidad
estática del amor, según la expresión del Pseudo Dionisio: "El amor de
Dios es estático, porque no permite que los amantes permanezcan en sí mismos,
sino que los convierte en posesión de los amados" (De divinis nominibus,
IV 13, PG 3,
Espiritual o Inteligible (noitós): todo lo que se refiere al intelecto, entendido como suprema
facultad espiritual del hombre y visto como el núcleo más profundo del alma. Es
por ello que nos pareció mejor traducir como "espiritual" antes que
"inteligible," ya que esta última palabra - aunque sea más exacta -,
tiene un matiz más bien intelectual y abstracto, desviando a veces el sentido
respecto a estos discursos.
Estímulo (prosvolí): estímulo o asalto
es el impulso inicial al mal. Si, mediante la fuerza de la oración constante, y
la "custodia del corazón," el mismo es inmediatamente rechazado, la
tentación es erradica da de raíz.
Fe (parrisía): etimológicamente, en griego, significa
"decir todo," es decir, libertad de palabra y, por lo tanto,
confianza, franqueza, seguridad. En el Nuevo Testamento, tiene generalmente un
sentido positivo: es la seguridad infundida por el Espiritual, para dar
testimonio en Cristo, frente a Dios. Pero el vocablo tiene también el
significado negativo de excesiva seguridad, desenfado, libertad en sentido
negativo, libertad equivocada, exceso de confianza en sí mismo: éste es quizás,
el sentido prevalentemente usado por nuestros autores. Indica de este modo, la
actitud fundamentalmente contraria a la humildad.
Filosofía, Filosofar (filosofía, filosofín): la tradición cristiana ha usado este término
remontándose a su sentido etimológico de amor a la sabiduría, y lo ha aplicado
a la globalidad y coherencia de la vida del cristiano, en composición a la
"filosofía" entendida como especulación abstracta. Aun más, ella es
la búsqueda de aquella verdadera sabiduría que viene de lo alto, que es un
regalo vital del Espíritu, y que informa concretamente a la vida cristiana,
dándole un sentido evangélico.
Física: contemplación natural (ver contemplación).
Gnóstico: aquel que tiene el don de la ciencia o el
conocimiento espiritual
Hesicasta (isihastís): aquél que practica la hesichía.
Hesiquía (isihía): indica al mismo tiempo recogimiento,
silencio, soledad exterior e interior, unión con Dios. Es un termino técnico en
la historia de la espiritualidad monástica, que refiere el estado de quietud y
de silencio de todo el ser del hombre, necesario para permanecer con Dios: es
una concentración sobre lo único necesario (cf. Lc. 10, 42), buscada también
mediante condiciones externas. De tanto en tanto, el término podrá referirse al
solo aspecto interior y espiritual, o bien, a las condiciones externas que lo
favorecen, o a ambas cosas.
Impasibilidad (apáthia):
estado de reintegración del alma a su pureza y libertad originales. Para
algunos autores, tiende a indicar una verdadera liberación de las pasiones:
para otros, más bien un retorno al buen uso de aquellas pasiones que Dios
originariamente creó, orientándolas al bien. El vocablo no debe pues, ser
entendido con el matiz negativo de la indiferencia, que es de uso común; tal
liberación es, por el contrario, asimilable a la pureza del corazón y se
orienta hacia la caridad.
Intelecto (nus): es la suprema facultad humana y órgano de
la contemplación; es aquella parte del espíritu humano que - contrariamente a
la razón -, no procede de modo discursivo, sino que percibe intuitiva y
sintéticamente la verdad divina, de la iluminación de la gracia. Por medio del
intelecto, a través de grados sucesivos, el hombre avanza en el conocimiento
espiritual, a los niveles supremos de la contemplación.
Inteligible (noitós): ver Espiritual.
Irascible (to thimión): es una de las tres potencias del
alma, conforme a la griega. Lo irascible, o potencia irascible, manifiesta su
accionar en la cólera o en la ira, en el desdén o, en general, en sentimientos
e impulsos particularmente ardientes y violentos. Usado según natura, vuelve a
su fuerza contra los demonios o rinde más ardiente el ímpetu de la atracción
hacia Dios, pero en la naturaleza herida por el pecado, se ha con vertido en
fuerza prevalentemente negativa, origen de toda violencia (ver también
concupiscible y racional).
Libertad:
equivocada, negativa, excesiva (parrithía): ver fe.
Meditación (meletí): el sentido del vocablo no corresponde
habitualmente al moderno de meditación. Indica, antes que nada, una especie de
frecuente petición, a menudo hecha en voz alta o a media voz, de trozos o
versículos bíblicos, o bien de una expresión de súplica, a menudo inspirada en
las Escrituras. Otro aspecto es el de la meditación llamada
"secreta," constituida por la constante repetición, como en el caso
precedente, de versículos bíblicos o invocaciones, practicadas no
exteriormente, sino como constante actividad mental. O, como se dirá en los
siglos sucesivos, referido al intelecto fijado en lo profundo del corazón, en
las profundidades del hombre interior La oración de Jesús es una de las
fórmulas, inicialmente múltiples, usadas para la meditación, ya sea en su aspecto
más externo de repetición vocal o como meditación "secreta."
Mente (diánia): lugar e instrumento de los procesos
discursivos de la razón, usado también para indicar la razón misma:
diferenciada del intelecto e inferior a él. Ver el vocablo razón.
Natura, según y contra n. (katá físin, pará físin):
"según natura" y "contra natura." Son expresiones con las
cuales los Padres se refieren al obrar de una pasión, conforme o contrariamente
al que fuera su cometido originario en la naturaleza humana, tal como surgió de
las manos de Dios. Por ej. la ira, es aquel impulso de desdén vehemente que el
hombre debe dirigir contra los demonios y el mal, y de tal modo, esta pasión
obra "según natura" cuando el desdén se dirige contra el hermano,
entonces la pasión obra "contra natura" debido a la zozobra que el
pecado ha producido en la naturaleza humana.
Olvido (líthi): es el olvido de los grandes beneficios
de Dios, de su amor, de sus juicios, y es, al mismo tiempo, el olvido de
nuestro mal y, por lo tanto, de nuestra necesidad de ser salvados. Éste
paraliza la vida del espíritu, eliminando la oración, la acción de gracias y la
confesión, y torna el alma siempre más opaca, inerte, incapaz de buscar a Dios.
Es uno de los mayores enemigos de la vida espiritual, en la medida en que el
recuerdo es, por otro lado, una de las más eficaces ayudas para progresar.
Operación (enérgia): operación o más bien energía, es la
acción propia de cada naturaleza. El término es usado también para indicar la
acción divinizante de Dios, y también el acto, la acción puntual, en oposición
a la acción habitual o hábito.
Oración de Jesús (Isuevhí): es la invocación
del Señor Jesús, constantemente repetida con los labios, con la mente y con el
corazón o, por don divino, con el corazón solamente, poniendo en ello el
intelecto silenciosamente entregado. La fórmula más habitual es: "Señor
Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí." Junto con alguna técnica que
quizás ayude a la concentración, ésta produce realmente sus frutos, dependiendo
de la fe intensa y actualizada al máximo en nuestro Señor Jesús.
Pasion (páthos):
la pasión es aquella tensión que el alma "padece" con respecto de
cuanto se le puede presentar como bien o como mal. Algunos padres tienden a ver
las pasiones siempre como fundamentalmente malas, con enfermedades del alma y,
por lo tanto, debe ser eliminadas radicalmente. Otros, sin embargo, sostienen
que las pasiones son impulsos buenos, puestos por el Creador en el hombre, y
que luego se pervirtieron con el pecado. En este caso, más que suprimir la
pasión, se hablará de un retorno a su valor original, sustancialmente orientado
hacia Dios y hacia la salvación. Naturalmente, este retorno no podrá producirse
mediante una banal "reeducación" de las pasiones, sino mas bien
mediante la reinserción de todo el hombre en Cristo, por medio del bautismo,
los sacramentos y el camino concreto de una vida evangélica, con la
mortificación de los miembros que se encuentran sobre la tierra (cf. Col. 3, 1-10).
Pasión por Dios (éros): ver eros.
Pasión pre-concebida (prólipsis): hemos traducido
habitualmente con esta perifrase, la palabra griega que podría significar
"predisposición" o "pasión preformada." Se trata del estado
pasional, determinado en el alma por una precedente "toma de posesión"
que, luego de sucesivos actos de pecado, una particular pasión ha obtenido
sobre ella. Tal pasión, aunque haya sido vencida en la frecuente manifestación
en los actos, deja, sin embargo, el alma enferma, "predispuesta" a
caer en aquellos pecados en los cuales la pasión se actualiza habitualmente,
sujeta, por lo menos a sentirse turbada por el recuerdo de estos males.
Penitencia (metánia): ver conversión.
Pensamiento (logismós): tiene habitualmente un sentido
negativo: se trata de los "razonamientos" que surgen en el corazón y
el intelecto, por un impulso de las pasiones y por sugestión del demonio Es
tarea de la custodia del corazón impedir el acceso de los pensamientos
negativos.
Percepción (ésthisis):
ver sentido.
Plena certeza (pliroforía): conciencia de la gracia,
sentimiento de plenitud y certeza, seguridad intocada por la duda de los hechos
de la fe, en la consciente percepción de su presencia actual y operante de la
vida, en lo profundo del corazón. Cuando no es originada en el engaño o la ilusión
(aunque en este caso se mezcla con la soberbia, confianza en sí mismo, e
incapacidad de someterse al discernimiento de alguna guía), ésta es el índice
de la presencia del Espíritu Santo, es la manifestación de su obra, la certeza
de "sentir" y obrar en Él.
Práctica, de las virtudes, de los mandamientos (praktikí,
praktikón): vocablo usado sobre todo por Evagrio, quien lo recibe directamente
de Orígenes, el cual ve en María y en Marta el símbolo de la contemplación y de
la práctica. Ambas virtudes son entendidas como inseparablemente unidas, en
cuanto que la práctica es el actuar de los mandamientos, de las virtudes, de la
ascesis tendiente a la obtención del conocimiento espiritual y de la
contemplación.
Principio fundamental o dirigente (to logikón):el ser
humano, dotado de múltiples facultades, no se resuelve en ellas , sino que es
unificado en su núcleo más profundo, del cual proceden y son ordenados, con un
fin único, todos los impulsos. Y éste es el principio fundamental o dirigente
del alma. Esta noción de la antropología clásica (sobre todo del estoicismo),
ha sido asumida por los Padres. Esto se puede ya constatar en Orígenes, quien
ve en el principio fundamental, el punto de enlace entre el hombre y el don de
Dios: .".. la parte del alma... que es la mas preciosa de todas, y que
algunos llaman el ápice del corazón, y otros, sentido espiritual o sustancia
inteligente o, que, del modo como se la llame, está en nosotros, siendo aquella
parte de nosotros mismos, por la cual podemos ser capaces de Dios" (cf.
Homilías sobre el Exodo, hom IX, 4). Hemos traducido el vocablo también como
"suprema potencia del alma."
Pruebas (pirasmós): tentación.
Razón (lógos): facultad intelectiva que obra mediante
procesos lógicos de carácter discursivo, procesos deductivos e inductivos, que
parten de datos proporcionados por los sentidos o por
Racional (to
logicón): potencia intelectiva del alma, conforme a la filosofía griega (ver
irascible y concupiscible).
Recuerdo (mními): la doctrina del recuerdo de Dios se
remonta a san Basilio, de la cual nos habla repetidamente en su libro Obras
Ascéticas, definiendo como "deber" del cristiano que come el pan y
bebe del cáliz del Señor, custodiar incesantemente la memoria de Aquel que ha
muerto y resurgido por nosotros. El recuerdo de Dios, impreso como un sello
indeleble en la memoria, se opone a las agresiones de los pensamientos e impide
los males provenientes del olvido. El recuerdo de Dios es lo opuesto a
cualquier posibilidad de auto contemplación, por la cual nos mantenemos ajenos
a nuestros semejantes, es lo opuesto a toda tristeza malsana, a todo cansancio
y envilecimiento. Toda obra de la sobriedad tiende a permitirnos permanecer en
tal recuerdo y, por consiguiente, en la oración continua.
Sentido íntimo, del corazón, etc. (ésthisis): significa
en griego, ya sea "percepción" como "sentido"
(eventualmente con adjetivos especificantes), y también, en plural,
"sentidos," "facultades sensitivas." En los primeros dos
significados, se refiere a la íntima experiencias de las cosas de Dios, al
sentimiento consciente de la gracia operante, y a menudo se asocia con la plena
certeza, con el sentido en plenitud. Esta nueva sensibilidad se torna factible
en el cristiano, gracias a ese organismo nuevo que se constituye con el
bautismo y crece con los sacramentos y la oración, organismo dotado de sentidos
nuevos (la misma palabra, pero en plural), espirituales: "'Así como hay
sentidos distintos, el gusto, la vista, así... también en el alma existe, ya
sea la facultad de ver y contemplar, ya sea la de saborear y percibir la calidad
de los alimentos inteligibles... Al Señor se lo saborea y se lo ve"
(Orígenes, In Jo XX, 33, PG 14, 676 AB).
Sinergia (sinérgia): cooperación. Sin embargo, en la
patrística griega, este término tiene un significado técnico que indica la de
Dios y del hombre en la obra a de la salvación; una cooperación, no entre
iguales, entiéndase bien, sino que es la unión de la operación salvificante de
Dios, con el sí de la obediencia de fe del hombre.
Sobriedad (nípsis): es una especie de ayuno espiritual que consiste
en custodiar el intelecto, la mente y el corazón no alterados ni excitados por
las pasiones ni por las distracciones, a fin de permitir al hombre permanecer
en la oración (cf.. 1 Pe. 4, 7). Es la actitud debida del cristiano quien debe,
siempre "permanecer en Cristo" (cf. Jn. 15, 4 y otros), con toda sus
facultades propias y que constituye en sí mismo, todo el programa de la vida
monástica, En la tradición bizantina, los santos monjes maestros de oración son
llamados precisamente en el término griego niptikí.
Teárquico (thearhikós): podríamos traducir este término
como "divino," pero preferirnos conservar la sugestión de las dos
raíces griegas, de las cuales la palabra resulta compuesta: divino y principio
deificante.
Tentación (pirasmós): con este término se designa todo el
proceso de un pensamiento pasional o de una sugestión diabólica, desde su
comparecer como simple estímulo, al definirse como pensamiento acompañado por
imágenes - etapa en la cual un cierto consentimiento a la tentación ya ha sido
dado -, hasta el punto en el cual el hombre entra, por así decirlo, en dialogo
con el pensamiento (como Eva con la serpiente), y es así que la tentación ha
alcanzado, su objetivo. Difícilmente podrá el hombre dejar de traducir en acto
su pensamiento pecaminoso, cuando se trate de un pensamiento que encuentra su
concreción en una acción; y más aún, si se trata de un pensamiento que
encuentra su consumación pecaminosa ya a nivel mental: al entablar el hombre el
"diálogo," se puede decir que, por lo habitual, tal consumación ya ha
actuado. La palabra griega misma designa, y con razón, aquel término que
nosotros llamarnos "prueba," al cual tendemos a darle el valor de
"sufrimiento" meramente soportado, y que no ofrece ninguna ambigüedad
de resultado sino que, simplemente, nos ha sido enviado por Dios para nuestro
progreso. En realidad no es tan así para los Padres. La enfermedad, el dolor,
las dificultades interiores, las contradicciones de la vida, son reales
"tentaciones," pues ponen al hombre frente a una elección: la de
optar por aceptar y vivir la prueba, con una adhesión y sumisión de fe, que
produce los frutos más felices, o bien, la murmuración y la falta de fe, que
nos pueden llevar a la rebelión y al rechazo de Dios mismo.
Teología (theología): según los padres griegos, este
término no se refiere al ejercicio de una actividad discursiva relativa a las
cosas de Dios, sino más bien, al grado superior de la ciencia o conocimiento
espiritual (gnósis). Es una iluminación (fotismós) que introduce al conocimiento
de
Xenitía (xenitía): se podría traducir como
"alejamiento." Indica - como la hesichía -, tanto una actitud
interior como un exterior. Es, antes que nada, una actitud interior de
alejamiento, que tiende a mantenernos ajenos y peregrinos (cf. 1 Pe. 2, 11), en
camino hacia
Mons. Dom ++ Paulo
Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça
(Mar Alexander I
da Hispânea)