EL INFIERNO
La concepción corriente
de los sufrimientos eternos es sólo una opinión escolar una teología simplista
de tipo "penitencial", que descuida la profundidad de textos como
Juan 3, 17 y 12, 47. Lo que es inadmisible es imaginar que junto al Reino
eterno Dios prepara un infierno eterno, es decir, un fracaso del designio
divino y una victoria parcial del mal.[...]
El V Concilio Ecuménico (Constantinopla II, 553) no examinó el problema de la duración de los
sufrimientos infernales. El Emperador Justiniano (que, en este caso, se parece
a Jonás decepcionado porque el castigo no tocó a las culpables), presentó al
Patriarca su doctrina personal. A partir de ella, el Patriarca elaboró las
tesis contra Orígenes, que negaba los sufrimientos eternos. El Papa Virgilio
las confirmó y por error se las atribuyó al V Concilio Ecuménico. Pero esta
doctrina es sólo una opinión personal y la de San Gregorio de Nisa que le es opuesta no fue jamás condenada. El problema queda abierto,
quizás suspendido de la caridad humana. San Gregorio de Nisa habla de la
redención del diablo y San
Gregorio Nacianceno, el Teólogo, habla de la apocatástasis (el retorno final y
eterno de todo al Reino]. San Antonio decía que la apocatástasis no era una doctrina, sino la plegaria para la
salvación de todos. El que bajó a las regiones inferiores (infernales) de la
tierra es el mismo que subió por encima de todos los cielos para llenar
todo" (Efesios 4, 9-10). Mi actitud es luchar contra mi infierno, que me
amenaza si no amo para salvar a los demás. La caridad de
Para el Oriente, el icono es uno
de los sacramentales, el de la presencia personal. Las Vísperas de la fiesta de
Nuestra Señora de Vladimir lo subrayan: Contemplando el icono, dices con
fuerza: “mi gracia y mi fuerza están con esta imagen”.
Por eso, se exige la
intercesión de un presbítero y el ritual de consagración para instituir el
icono en su función litúrgica y, por lo tanto, en su ministerio teofánico. Una imagen que el presbítero
verificó en su corrección dogmática, su conformidad con la Tradición y el
nivel aceptable de expresión artística, se convierte, por la respuesta divina
durante
El VII Concilio
Ecuménico (Nicea II, 787) declara: "Sea por la contemplación de
El Concilio de 860
afirma: "Lo que el Evangelio nos dice por
San Juan Damasceno dice: "Cuando mis pensamientos me atormentan y me impiden gustar la
lectura, voy a
El Icono testimonia la
presencia de la persona del santo y su ministerio de intercesión y de comunión.
El Icono es una simple
tabla de madera, mas funda todo su valor teofánico en su participación de la
santidad divina: no encierra nada en si mismo, mas se convierte en una realidad
de irradiación. La ausencia de volumen excluye toda materialización. El Icono
transmite una presencia energética que no está localizada ni encerrada, sino
que irradia alrededor de su punto de condensación.
Esta teología litúrgica
de la presencia, afirmada en el rito de la consagración, distingue netamente el
Icono de un cuadro de tema religioso y traza la línea divisoria entre ambos. Se
puede decir que toda obra puramente estética abre un tríptico en el que el
artista, la obra y el espectador forman las hojas. El artista realiza su obra,
explota todo el teclado de su genio y suscita una emoción admirativa en el alma
del espectador. El conjunto queda cerrado en ese triángulo del inmanentismo
estético. Y aun si la emoción pasa al sentimiento religioso, éste proviene sólo
de la capacidad subjetiva del espectador para experimentarlo. Una obra de arte
debe ser mirada, y encanta el alma; emocionante y admirable en sus puntos
culminantes, no tiene función litúrgica. En cambio, el arte sagrado del Icono
trasciende el plano emotivo que actúa por la sensibilidad. Una cierta sequedad
hierática y el despojamiento ascético de la factura lo oponen a todo lo que es
suave y blando, a toda ornamentación y placer propiamente artísticos.
Por esta función
litúrgica, el Icono rompe el triángulo estético y su inmanentismo; suscita no
la emoción sino el sentido místico, el mysterium tremendum, ante el
advenimiento de un cuarto principio con respecto al triángulo: la presencia de
lo Trascendente cuya presencia atestigua. El artista desaparece detrás de
En Occidente, en cambio,
el Concilio de Trento subraya, a propósito de las imágenes, el carácter de
anamnesis, de memorial, de recuerdo, pero claramente no epifanico, situándose
así fuera de la perspectiva sacramental de la presencia. Afirmó todos los
dogmas católicos romanos, pero frente a
La primacía del
advenimiento teofánico aleja toda composición iconográfica del contexto
histórico inmediato, y sólo conserva lo estrictamente necesario para reconocer
el acontecimiento o el rostro de un santo a través de sus rasgos purificados
por lo celestial. El rostro es natural sin ser naturalista. Por eso es
imposible hacer el icono de una persona viva, y toda búsqueda de una semejanza
carnal queda excluida. La vista de un iconógrafo pasa por una ascesis, por el "ayuno
de los ojos", como dice San Doroteo, a fin de coincidir con la vista de
El Ícono es una
presencia de la belleza y de
Mons. Dom ++ Paulo
Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça
(Mar Alexander I
da Hispânea)
Última actualização deste Link em 07 de Abril de 2009