EVA Y MARÍA
El Señor vino y se
manifestó en una verdadera condición humana que lo sostenía, siendo a su vez
ésta su humanidad sostenida por Él, y, mediante la obediencia en el árbol de la
cruz, llevó a cabo la expiación de la desobediencia cometida en otro árbol, al
mismo tiempo que liquidaba las consecuencias de aquella seducción con la que
había sido vilmente engañada la virgen Eva, ya destinada a un hombre, gracias a
la verdad que el Ángel evangelizó a la Virgen María, prometida también a un hombre.
Pues de la misma manera
que Eva, seducida por las palabras del diablo, se apartó
de Dios, desobedeciendo su mandato, así María fue evangelizada por las palabras
del Ángel, para
llevar a Dios en su seno, gracias a la obediencia a su palabra. Y si aquélla se
dejó seducir para desobedecer a Dios, ésta se dejó persuadir a obedecerle, con
lo que
Así, al recapitular
todas las cosas, Cristo fue constituido cabeza, pues declaró la guerra a nuestro
enemigo, derrotó al que en un principio, por medio de Adán, nos había hecho
prisioneros, y quebrantó su cabeza, como encontramos dicho por Dios a la
serpiente en el Génesis: Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu
estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza, cuando tú la hieras en el
talón.
Con estas palabras, se
proclama de antemano que aquel que había de nacer de una doncella y ser
semejante a Adán habría de quebrantar la cabeza de la serpiente. Y esta
descendencia es aquella misma de la que habla el Apóstol en su carta a los
Gálatas: La ley se añadió hasta que llegara el descendiente beneficiario de la
promesa.
Y lo expresa aún con más
claridad en otro lugar de la misma carta, cuando dice: Pero cuando se cumplió
el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer. Pues el enemigo no
hubiese sido derrotado con justicia si su vencedor no hubiese sido un hombre
nacido de mujer. Ya que por una mujer el enemigo había dominado desde el
principio al hombre, poniéndose en contra de él.
Por esta razón el mismo
Señor se confiesa Hijo del hombre, y recapitula en sí mismo a aquel hombre
primordial del que se hizo aquella forma de mujer: para que así como nuestra
raza descendió a la muerte a causa de un hombre vencido, ascendamos del mismo
modo a la vida gracias a un hombre vencedor.
Del Tratado de San Ireneo,
Obispo, contra las herejías
(Libro 3, 20, 2-3: SCh 34, 342-344)
Mons. Dom ++ Paulo
Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça
(Mar Alexander I
da Hispânea)
Última actualização deste Link em 07 de Abril de 2009