EL
LIBRO DE LA ORIENTACIÓN PARTICULAR
Anónimo inglés del Siglo XIV
Prólogo
Mi querido amigo en
Dios: este libro es para ti, personalmente, y no para el público en general.
Quiero estudiar en él tu obra interior de contemplación tal como he llegado a
entenderla a ella y a ti. Si escribiera para todos, tendría que hablar en
términos generales, pero, como escribo para ti solo, me centraré en aquellas
cosas que personalmente creo más provechosas para ti en este momento. Si algún
otro comparte tus disposiciones interiores y quisiera sacar también algún
provecho de este libro, tanto mejor. Será para mí una satisfacción. Pero eres
tú solo a quien en este momento tengo presente, y tu vida interior, tal como he
llegado a entenderla. Por eso, a ti (y a otros como tú) dirijo las siguientes
páginas.
Cuando te retires a hacer oración tú solo, aparta de tu mente todo lo que has estado haciendo o piensas
hacer. Rechaza todo pensamiento, sea bueno o malo. No ores con palabras a no
ser que te sientas movido a ello; y si oras con palabras, no prestes atención a
si son muchas o pocas. No ponderes las palabras ni su significado. No te
preocupes de la clase de oraciones que empleas, pues no tiene importancia que
sean oraciones litúrgicas oficiales, salmos, himnos o antífonas; o que tengan
intenciones particulares o generales; o que las formules interiormente con el
pensamiento o las expreses en voz alta con palabras. Trata de que no quede en tu
mente consciente nada a excepción de un puro impulso dirigido hacia Dios.
Desnúdala de toda idea particular sobre Dios (cómo es él en sí mismo o en sus
obras) y mantén despierta solamente la simple conciencia de que él es como es.
Déjale que sea así, te lo pido, y no le obligues a ser de otra manera. No
indagues más en él, quédate en esta fe como en un sólido fundamento. Esta
simple conciencia, desnuda de ideas y deliberadamente amarrada y anclada en la
fe, vaciará tu pensamiento y afecto dejando sólo el pensamiento desnudo y la
sensación ciega de tu propio ser. Sentirás como si todo tu deseo clamara a Dios
y dijera:
Oh Señor, yo te ofrezco lo que
soy,
sin mirar a ninguna cualidad de tu ser
sino al hecho de que tú eres como eres;
esto y nada más que esto.
Que este sosiego y
oscuridad ocupe toda tu mente y que seas tú un reflejo de ella. Pues quiero que
el pensamiento que tienes de ti mismo sea tan puro y simple como el que tienes
de Dios. Así podrás estar espiritualmente unido a él sin fragmentación alguna y
sin disipación de tu mente. Él es tu ser y en él tú eres lo que eres, no sólo
porque él es la causa y el ser de todo lo que existe, sino porque él es tu
causa y el centro profundo de tu ser. En esta obra de contemplación, por tanto,
has de pensar en él y en ti de la misma manera: esto es, con la simple
conciencia de que él es como es y de que tú eres como eres. En este sentido tu
pensamiento no quedará dividido o disperso, sino unificado en él, que es el
todo.
Acuérdate de esta
distinción entre él y tú: él es tu ser, pero tú no eres el suyo. Cierto que
todo existe en él como en su fuente y fundamento del ser, y que él existe en
todas las cosas, como su causa y su ser. Pero queda una distinción radical: él
solo es su propia causa y su propio ser. Pues así como nada puede existir sin
él, de la misma manera él no puede existir sin él mismo.
Él es su propio ser y el
ser de todas las demás cosas. De él sólo puede decirse: él está separado y es
distinto de toda otra cosa creada. Y asimismo, él es el único en todas las
cosas y todas las cosas son una en él. Repito: todas las cosas existen en él;
él es el ser de todo.
Siendo esto así, deja
que la gracia una tu pensamiento y afecto a él, mientras que tú te esfuerzas
por rechazar hasta la más mínima indagación sobre las cualidades particulares
de tu ciego ser o del suyo. Mantén tu pensamiento totalmente desnudo, tu afecto
limpio de todo querer y tu ser simplemente tal como eres. Así la gracia de Dios
puede tocarte y nutrirte con el conocimiento experimental de Dios tal como es.
En esta vida, semejante experiencia permanecerá siempre oscura y parcial, de
modo que tu ardiente deseo por él esté siempre nuevamente encendido por él.
Levanta, pues, tus ojos con alegría y di a tu Señor, con las palabras o el
deseo:
Oh Señor, yo te ofrezco lo que
soy
pues tú eres todo lo que soy.
No prosigas, quédate en
esta simple, firme y elemental conciencia de que tú eres como eres.
No es difícil dominar
esta manera de pensar. Estoy seguro de que incluso el hombre o mujer menos
culto, acostumbrado al más primitivo estilo de vida, puede aprenderlo
fácilmente.
A veces me río de mí
mismo (si bien no sin un toque de tristeza) y me maravillo de los que afirman
que te escribo a ti y a otros una complicada, difícil, elevada y extraña
doctrina, sólo inteligible para unos pocos espíritus inteligentes y altamente
preparados. No es ciertamente la gente sencilla y sin formación la que dice
esto; son los sabios y los teólogos competentes. A estos en particular quiero
contestar.
Es una gran pena y un
comentario bien triste sobre la situación de aquellos supuestamente consagrados
a Dios el que, en nuestros días, no sólo unos pocos sino casi todos (a
excepción de uno o dos amigos especiales de Dios, encontrados aquí y allá)
están tan ciegos por una loca contienda sobre la más reciente teología o los
descubrimientos de las ciencias naturales, que no pueden siquiera entender la
verdadera naturaleza de esta simple práctica. Una práctica tan simple que
incluso el rústico más analfabeto puede encontrar en ella un camino a la unión
real con Dios en la dulce simplicidad del perfecto amor. Por desgracia, esta
gente sofisticada es tan incapaz de entender esta verdad con un corazón simple,
como lo es un niño que comienza a deletrear el abecedario para entender las
exposiciones intrincadas de teólogos eruditos. Pero, en su ceguera, insisten en
llamar a este simple ejercicio profundo y sutil; si lo examinaran con
profundidad y de una manera sensata descubrirían que es tan claro y sencillo
como una lección de principiante.
Es ciertamente un plato
de principiante, y considero desesperadamente estúpido y obtuso al que no puede
pensar y sentir que es o existe, no cómo o qué es, sino que es o existe. Esta
elemental autoconciencia la posee por naturaleza la vaca más estúpida o la
bestia más irracional. (Hablo en broma, naturalmente, pues no podemos decir que
un animal es más estúpido o más irracional que otro). Pero sólo el ser humano
puede darse cuenta y experimentar esta existencia personal suya que es única, porque
el hombre es una criatura aparte en la creación,
estando muy por encima de todas las bestias y siendo la única criatura dotada
de razón.
Así, pues, abísmate en
lo más profundo de tu alma y piensa en ti de esta manera simple y elemental.
(Otros, refiriéndose a lo mismo, desde su propia experiencia, hablan del
«ápice» del alma, y llaman a esta conciencia la «más alta sabiduría humana»).
De todos modos, no pienses en lo que eres sino que eres o existes. Pues sin
duda percibir lo que eres exige el esfuerzo de tu inteligencia y una buena
dosis de reflexión y sutil introspección. Pero esto ya lo has hecho bastante
tiempo con la ayuda de la gracia; y hasta cierto punto (en la medida en que te
es necesario por el momento) entiendes lo que realmente eres - un ser humano
por naturaleza, y un ser despreciable, caído por el pecado, digno de compasión
-. Tú sabes bien esto. Y probablemente creees también que tú solo conoces
demasiado bien, por experiencia, los vicios que siguen y se apoderan del hombre
a causa del pecado. ¡Recházalos! ¡Olvídalos, te lo ruego! No reflexiones más
sobre ellos por miedo a contaminarte. Recuerda, más bien, que posees una
habilidad innata para conocer que eres o existes, y que puedes experimentar
esto sin ninguna disposición especial natural o adquirida.
Olvídate de tu miseria y
de tus pecados, y a este simple nivel elemental piensa sólo que eres lo que
eres. Presumo, naturalmente, que has sido debidamente absuelto de tus pecados,
generales y particulares, como exige
Toma al buen Dios tal
como es, tan sencillo como una cataplasma común, y aplícala a tu «yo» enfermo,
tal como eres. O, si me permites decirlo de otra manera, levanta tu «yo», tal
como eres, y que tu deseo llegue a tocar al Dios bueno y misericordioso, tal
cual es, ya que tocarle es salud eterna. La mujer del Evangelio testifica esto
cuando dice: «Con sólo tocar la orla de su vestido sanaré». Ella fue
curada físicamente; y mucho más lo serás tú de tu enfermedad espiritual por
esta encumbrada y sublime obra en que tu deseo llega hasta tocar al mismo ser
de Dios, querido por sí mismo.
Levántate, pues, con
decisión y toma esta medicina. Eleva tu yo enfermo, tal como eres, al Dios
lleno de gracia, tal como es. Deja atrás toda indagación y especulación
profunda sobre tu ser o el suyo. Olvida todas estas cualidades y todo lo
referente a ellas, sean puras o pecaminosas, naturales o gratuitas, divinas o humanas.
Nada importa ahora sino el libre ofrecimiento a Dios de esa ciega conciencia de
tu ser desnudo, para que la gracia pueda envolverte y hacer de ti
espiritualmente una sola cosa con el precioso ser de Dios, de una manera
totalmente simple según responde a su ser.
III
Sin duda, cuando
comiences este ejercicio, tus facultades indisciplinadas, al no encontrar carne
con que alimentarse, te increparán airadamente para que lo abandones. Te
pedirán que emprendas algo más digno, que significa, por supuesto, algo más
adecuado a ellas. Pero ahora tú estás entregado a una obra tan por encima de su
actividad acostumbrada, que piensan que estás perdiendo el tiempo. Pero su
desagrado, por cuanto tiene aquí su origen, de hecho es una buena señal, ya que
prueba que has emprendido algo de gran valor. Eso me complace. ¿Y por qué no?
Pues no puedo hacer nada, ni ningún ejercicio de mis facultades físicas o
espirituales me puede acercar tanto a Dios y alejarme del mundo, como esta
tranquila y limpia conciencia de mi ciego ser y de mi entrega gozosa del mismo
Dios.
No te inquietes, pues,
si tus facultades se rebelan y te instigan a que abandones este ejercicio. Como
te digo, sólo es porque no encuentran pasto en él. Pero no debes ceder.
Domínalas negándote a alimentarías a pesar de su rabia. Por alimentarías
entiendo el que te entregues a toda clase de especulaciones intrincadas para
hurgar en los aspectos particulares de tu ser.
Meditaciones como esta
tienen ciertamente su lugar y su valor, pero, a diferencia de la ciega
conciencia de tu ser y el don de ti mismo a Dios, llevan a la ruptura y a la
dispersión de la unidad de tu ser tan necesario para un encuentro profundo con
Dios. Mantente, por tanto, recogido y anclado en el centro profundo de tu
espíritu y no te vuelvas atrás para actuar con tus facultades bajo ningún
pretexto por sublime que sea.
Escucha el consejo y la
instrucción que Salomón dio a su hijo cuando dijo:
Honra a Yavé con tus riquezas
con las primicias de todas tus ganancias:
tus trojes se llenarán de grano
y rebosará de mosto tu lagar.
Salomón decía esto a su
hijo, pero has de tomarlo como dirigido a ti mismo, y entiéndelo
espiritualmente, según el sentido que yo, poniéndome en su lugar, voy a
explicarte.
Mi querido amigo en
Dios, pasa por alto las interminables y complicadas investigaciones del
intelecto y da culto al Señor tu Dios con todo tu ser. Ofrécele tu mismo yo con
toda simplicidad, todo lo que eres y tal como eres, sin concentrarte en ningún
aspecto particular de tu ser. De esta manera no puede dispersarse tu atención
ni enredarse tu afecto, pues ello estropearía tu unidad de corazón y
consiguientemente tu unión con Dios.
Con las primicias de
todas tus ganancias. Se refiere aquí al más importante de todos los dones
especiales de la naturaleza y de la gracia que se te han otorgado al crearte y
se te han fomentado a través de los años hasta este momento. Con estos dones de
Dios, estos frutos, estás obligado a nutrir y ayudarte no sólo a ti mismo sino
a todos los que son tus hermanos y hermanas por naturaleza y gracia. A los más
importantes de estos dones los llamo primicias. Es el don del ser mismo, el
primer don que recibe toda criatura.
Cierto que todos los
atributos de tu existencia personal están tan íntimamente ligados a tu ser que
de hecho son inseparables de él. En cierto sentido, sin embargo, no tendrían
realidad alguna, si tú no existieras antes que ellos. Tu existencia, por tanto,
merece ser llamada la primicia de tus dones, porque realmente lo es. Solamente
ser ha de llamarse la primicia de tus frutos.
Si comienzas a analizar
hasta el fondo de algo una o todas las sutiles facultades y las excelsas
cualidades del hombre (pues es la más noble criatura de Dios), llegarás al
final a las más lejanas conquistas y a las últimas fronteras del pensamiento
para encontrarte allí a ti mismo cara a cara con el ser puro mismo. Y si te
sirvieras de este análisis para elevarte tú mismo al amor y a la alabanza de tu
Señor Dios que te dotó del ser, ¡y qué ser tan noble! (como puede revelarlo la
meditación sobre la naturaleza humana), fíjate adónde te puede llevar eso. Al
principio a lo mejor dices: «Yo soy existo; veo y siento que soy que existo. Y
no sólo existo sino que poseo toda clase de talentos y dones personales». Pero
después de hacer el recuento de todo esto en tu mente, aún podrías dar un paso
más y recogerlo todo en una sencilla oración que abarca todo esto. Hela aquí:
Lo que soy y la manera como soy
con todos mis dones de naturaleza y de gracia,
tú me los has dado, Señor, y tú eres todo esto.
Yo te lo ofrezco, principalmente
para alabarte y para ayudar
a mis hermanos cristianos
y a mí mismo.
Puedes ver así que,
prosiguiendo tu meditación hasta las más lejanas conquistas y las últimas
fronteras del pensamiento, te encontrarás al final a ti mismo, en el fondo
esencial del ser, en una percepción desnuda y conciencia ciega de tu propio
ser. Y por eso únicamente tu ser puede llamarse la primicia de tus frutos.
Así, pues, el ser
desnudo ocupa el primer lugar entre todos los frutos, ya que los demás están
enraizados en él. Y ahora has llegado a un momento en que ya no sacarás ningún
provecho revistiendo tu conciencia del ser desnudo, es decir, acumulando en
ella algunos o todos esos dones particulares, que yo llamo tus frutos y en los
que has concentrado tu esfuerzo meditativo durante tanto tiempo. Ahora basta
para dar culto perfecto a Dios hacerlo con la sustancia de tu alma, es decir,
con el ofrecimiento de tu ser desnudo. Sólo esto constituye la primicia de tus
frutos; será el interminable sacrificio de alabanza, que exige el amor de ti y
de todos los hombres. Deja la conciencia de tu ser, desnuda de todo pensamiento
sobre sus atributos, y tu mente totalmente vacía de todo detalle particular
relativo a tu ser o a cualquier otra criatura. Tales pensamientos no pueden
satisfacer tu necesidad presente, tu ulterior crecimiento, ni te pueden llevar
a ti o a otros a una mayor perfección.
Abandónalos. En verdad,
estas meditaciones te son ahora inútiles. Pero esta conciencia global de tu
ser, concebida en un corazón indiviso, satisfará tu necesidad presente, tu
ulterior crecimiento, y te llevará a ti y a toda la humanidad a una perfección
más alta. Créeme, supera el valor de cualquier pensamiento particular, por
sublime que sea.
Todo esto lo puedes
verificar con la autoridad de las Escrituras, el ejemplo de Cristo y el examen
de una lógica fiable. Así como todos los hombres se perdieron en Adán cuando se
apartó del amor que le hacia uno con Dios, de la misma manera, todos los que
por fidelidad a su propio camino de vida manifiestan su deseo de salvación, lo
recibirán por la sola Pasión de Cristo.
Pues Cristo se dio todo
entero, en sacrificio perfecto y completo. No se limitó a la salvación de una
persona en particular, sino que se dio a sí mismo sin reserva por todos. Con
amor universal se dio a si mismo en ofrenda verdadera y perfecta, entregándose
sin reserva de manera que todos los hombres pudieran unirse a su Padre tan
efectivamente como él lo estaba.
Y el hombre no puede
tener mayor amor que sacrificar su mismo yo por el bien de todos los que son
sus hermanos y hermanas por naturaleza y por gracia. Pues el espíritu es de
mayor dignidad que la carne y por lo mismo es más valioso unir el espíritu a
Dios (que es su vida) por el sublime alimento del amor que unir la carne al
espíritu (que es su vida) por la comida de la tierra. Es importante, por
supuesto, alimentar el cuerpo, pero si no alimentas también el espíritu, no has
hecho nada. Los dos son buenos, pero el primero, por si mismo, es el mejor. Un
cuerpo sano nunca merecerá la salvación; pero un espíritu robusto, aunque esté
en un cuerpo frágil, no sólo puede merecer la salvación sino también llegar a
la plena perfección.
V
Has llegado a un punto
en que tu ulterior crecimiento en la perfección exige que no alimentes tu mente
con meditaciones sobre los múltiples aspectos de tu ser. En el pasado, estas
meditaciones piadosas te ayudaban a entender algo de Dios. Alimentaban tu
afecto interior con una suave y deliciosa atracción hacia él y a las cosas
espirituales, y llenaban tu mente de una cierta sabiduría espiritual. Pero
ahora es importante que te concentres seriamente en el esfuerzo de morar
continuamente en el centro profundo de tu espíritu, ofreciendo a Dios la
conciencia ciega y desnuda de tu ser, que yo llamo las primicias de tus frutos.
Si haces esto, y lo puedes hacer con la ayuda de la gracia de Dios, confía en
que la recomendación que Salomón te hace, de alimentar al pobre con las
primicias de tus frutos, se realizará puntualmente, tal como promete; y todo
sin que tus facultades interiores tengan que buscar o escudriñar minuciosamente
entre los atributos de tu ser o del de Dios.
Quiero que entiendas
claramente que en esta obra no es necesario indagar hasta el más mínimo detalle
sobre la existencia de Dios ni tampoco de la tuya. Pues no hay nombre, ni
experiencia, ni intuición tan afín a la eternidad de Dios como la que tú puedes
poseer, percibir y experimentar de hecho en la ciega conciencia amorosa de esta
palabra: es. Descríbelo como quieras: como Señor bueno, amable, dulce,
misericordioso, justo, sabio, omnisciente, fuerte, omnipotente; o como
conocimiento sumo, sabiduría, poder, fuerza, amor o caridad, y encontrarás todo
esto junto escondido y contenido en esta palabrita: es. Dios en su misma
existencia es todas y cada una de estas cosas. Si hablaras de él de mil maneras
diferentes, no irías más allá ni aumentarías el significado de esta única
palabra: es. Y si no usaras ninguna de ellas, no habrías quitado nada de la
misma. Sé, pues, tan ciego en la amorosa contemplación del ser de Dios como lo
eres en la desnuda conciencia de ti mismo. Cesen tus facultades de inquirir
minuciosamente en los atributos de su ser o del tuyo. Deja esto atrás y dale
culto enteramente con la sustancia de tu alma: todo lo que eres, tal cual eres,
ofrecido a todo lo que él es, tal cual es.
Pues tu Dios es el ser
glorioso de si mismo y de ti, en su ser totalmente simple y puro.
Así es como podrás
juntar todas las cosas, y de una manera maravillosa, glorificarás a Dios con él
mismo, puesto que lo que eres lo tienes de él y es él, él mismo. Tuviste,
naturalmente, un comienzo -ese momento en el tiempo en que te creó de la nada-,
pero tu ser ha estado y estará siempre en él, desde la eternidad y por toda la
eternidad, pues él es eterno. Y por tanto, seguiré gritando esta sola cosa:
Honra a Yavé con tus riquezas
con las primicias de todas tus ganancias:
tus trojes se llenarán de grano
y rebosará de mosto tu lagar.
La promesa contenida en
estas últimas palabras es que tu afecto interior quedará colmado con una
abundancia de amor y una bondad práctica que manará de tu vida en Dios, el cual
es el fondo de tu ser y la simplicidad de tu corazón.
Y rebosará de mosto tu
lagar Este lagar son tus facultades espirituales interiores. Antes tú las
forzabas y las violentabas con toda clase de meditaciones y búsqueda racional
en un esfuerzo de conseguir alguna comprensión espiritual de Dios y de ti
mismo, de sus atributos y de los tuyos.
Pero ahora están llenas
y rebosan de mosto.
Y de qué modo tan
espontáneo, gozoso y sin esfuerzo sucederá esto a través de la acción de la
gracia. Ya no es necesario tu rudo esfuerzo, pues por la eficacia de esta
gentil, oscura y contemplativa obra, los ángeles te traerán la sabiduría. Sí,
el conocimiento de los ángeles está especialmente dirigido a este servicio, como
una criada a su señora.
VI
Por su misma naturaleza,
este ejercicio le abre a uno a la alta sabiduría del Dios trascendente, que
desciende amorosamente a las profundidades del espíritu del hombre, uniéndole y
ligándole a Dios en delicado y espiritual conocimiento. Como alabanza de esta
gozosa y exquisita actividad el sabio Salomón prorrumpe alborozado y dice:
Feliz el hombre que ha encontrado
la sabiduría,
dichoso el que alcanza la inteligencia.
Mejor es andar en busca de sabiduría
que en busca de plata.
No hay tesoro escondido que te dé mejor provecho...
Hijo mío, actúa en todo con reflexión y prudencia,
no las pierdas de vista
y te servirán de adorno.
Entonces caminarás seguro y tu pie no tropezará,
no tendrás miedo al acostarte,
reposarás y tu sueño te será bueno.
No temerás el espanto repentino, ni la agresión
de algún malvado.
Yavé estará a tu lado y cuidará que tu pie
no se prenda en la red.
Explicaré el significado
oculto de lo que aquí se dice. Feliz, en verdad, es ese hombre que encuentra la
sabiduría que le unifica y le une a Dios. Feliz aquel que ofreciendo a Dios la
oscura conciencia de su propio yo enriquece su vida interior con una ciencia
amorosa, delicada y espiritual que trasciende con mucho todo conocimiento
connatural o adquirido. Vale mucho más esta sabiduría y el sosiego de esta obra
interior, llena de delicadeza y de finura, que poseer oro y plata. En este
pasaje, el oro y la plata simbolizan todo conocimiento de los sentidos y del
espíritu. Nuestras facultades espirituales adquieren este oro y plata
concentrándose en las cosas que están o por debajo de nosotros o dentro de
nosotros o al mismo nivel que nosotros, en las meditaciones sobre los atributos
del ser de Dios o el ser de las criaturas.
Después continúa diciendo
por qué esta obra interior es mejor, al afirmar que es el primero y más puro de
los frutos del hombre. Y no es extraño si tienes en cuenta que la alta
sabiduría espiritual conseguida en este trabajo brota libre y espontáneamente
del fondo más profundo e íntimo del espíritu. Es una sabiduría oscura e
informe, que está muy lejos de todas las fantasías de la razón o de la
imaginación. Jamás la fatiga y el esfuerzo de las facultades naturales serán
capaces de producir algo semejante. Pues lo que producen, por sublime o sutil
que sea, comparado con esta sabiduría, es poco más que la fingida vacuidad de
la ilusión. Está tan distante de la verdad, visible a la luz radiante del sol
espiritual, como la palidez de los rayos de la luna en una noche de invierno lo
están del esplendor del sol en el día más claro en pleno verano.
Luego Salomón prosigue
aconsejando a su hijo guardar esta ley y consejo, en que están perfectamente
contenidos todos los mandamientos y leyes del Antiguo Testamento, sin
esforzarse de modo especial en concentrarse en alguno de ellos en particular.
Esta obra interior se llama ley simplemente porque incluye en sí misma todas
las ramas y frutos de la ley entera. Pues si la examinas con detenimiento,
podrás averiguar que su vitalidad está enraizada y fundamentada en el glorioso
don del amor que es, como enseña el Apóstol, la perfección de toda ley. «La
perfección de la ley es el amor».
Te digo, pues, que si
guardas esta ley del amor y este consejo vivificador, será realmente la vida de
tu espíritu, como dice Salomón. En tu interior conocerás el reposo de morar en
el amor de Dios. Hacia él exteriormente, toda tu personalidad unificada
irradiará la belleza de su amor, pues con una fidelidad indefectible te
inspirará la respuesta más adecuada en tu trato con tus hermanos cristianos. Y
de estas dos actividades (el amor interior de Dios y la expresión externa de tu
amor a los demás) penden toda la ley y los profetas, como dicen las Escrituras.
Después, a medida que te perfecciones en la obra del amor, tanto de dentro como
de fuera, irás adelantando en tu camino apoyado en la gracia (tu guía en este
viaje espiritual), ofreciendo amorosamente tu ciego y puro ser al glorioso ser
de tu Dios. Aunque son distintos por naturaleza, la gracia los ha hecho uno.
VII
Entonces caminarás
seguro y tu pie no tropezará. Esto significa que cuando, con la experiencia,
esta obra interior se hace un hábito espiritual, no serás fácilmente seducido o
apartado de ella por las dudas impertinentes de tus facultades naturales, aunque
al principio te sea difícil resistirías. Podríamos expresar esto mismo de la
siguiente manera: «Entonces caminarás seguro y tu pie no tropezará ni caerás en
ninguna clase de ilusión que surja de la insaciable búsqueda de tus
facultades». Y ello porque, como te dije más arriba, en la obra de
contemplación toda su búsqueda inquisitiva queda totalmente rechazada y
olvidada, a menos que la inclinación humana a la falsía contaminen la
conciencia desnuda de tu ciego ser y te aparte de la dignidad de esta obra.
Cualquier pensamiento
particular de las criaturas que penetre en tu mente, además o en vez de esa
simple conciencia de tu desnudo ser (que es tu Dios y tu deseo de él), te
arrastra a la actividad de tus sutiles e inquisitivas facultades. Entonces ya
no estás totalmente presente a ti mismo ni a tu Dios, y esto aumenta la
fragmentación y dispersión de toda concentración en su ser y en el tuyo. Por
eso, con la ayuda de su gracia y a la luz de la sabiduría que nace de la
perseverancia en esta obra, mantente recogido y abismado en las profundidades
de tu ser cuantas veces puedas.
Como ya te he explicado,
esta simple obra no es contraria a tus actividades diarias. Con tu atención
centrada en la ciega conciencia de tu puro ser unido al de Dios, podrás
realizar tus faenas diarias, comer y beber, dormir y pasear, ir y venir, hablar
y escuchar, acostarte y levantarte, estar de pie o de rodillas, correr o montar
a caballo, trabajar o descansar. En medio de todo esto puedes ofrecer a Dios
cada día el más preciado don que puedes hacerle. Esta obra estará en el centro
de todo lo que haces, sea activo o contemplativo.
Dice también Salomón en
este pasaje que, si te duermes en esta oscura contemplación, lejos del ruido y
de la agitación del maligno, del mundo engañador y de la carne frágil, no
temerás ningún peligro ni ningún engaño del enemigo. Pues, sin duda, cuando el
enemigo te descubra en esta obra, quedará totalmente aturdido, y cegado por una
ignorancia de muerte ante lo que haces, se verá arrastrado por una loca curiosidad
de averiguarlo. Pero no te preocupes, pues reposarás en la amorosa unión de tu
espíritu con el de Dios. Y tu sueño te será bueno; sí, porque te reportará una
profunda fortaleza espiritual y un alimento que renovará tanto tu cuerpo como
tu espíritu. Salomón confirma esto cuando dice a continuación: es la salud
completa para la carne. Quiere decir simplemente que dará la salud a la
fragilidad y enfermedad de la carne. Y así será, pues toda enfermedad y
corrupción vino sobre la carne cuando el hombre abandonó esta obra. Pero,
cuando con la gracia de Jesús (que es siempre el principal agente en la
contemplación), el espíritu vuelva a ella, la carne quedará completamente
curada. Y debo recordarte que sólo por la misericordia de Jesús y tu amoroso
consentimiento podrás esperar conseguirlo. Por eso uno mi voz a la de Salomón
cuando habla en este pasaje, y te animo a permanecer firme en esta obra,
ofreciendo continuamente a Dios tu pleno consentimiento en la alegría del amor.
No temerás el espanto
repentino, ni la agresión de algún malvado... El sabio dice aquí lo siguiente:
«No te dejes vencer por el miedo angustioso si el enemigo viene (como vendrá)
con repentina saña, golpeando y martilleando en las paredes de tu casa; o si
mueve alguno de sus poderosos agentes a que se levanten repentinamente y te
ataquen sin previo aviso». Seamos claros en esto: el enemigo se ha de tomar en
serio. Todo el que comienza esta obra (no importa quién sea) está expuesto a
sentir, oler, gustar u oír algunos efectos sorprendentes amañados por este
enemigo en uno u otro de sus sentidos. No te extrañes, por tanto, si llega a
suceder. No hay nada que no quiera intentar a fin de echarte abajo de las
alturas de una obra tan valiosa. Y por eso te digo que vigiles tu corazón en el
día del sufrimiento, esperando con gozosa confianza en el amor de tu Señor.
Pues el Señor está a tu lado y tu pie no tropezará. Si, estará muy cerca de ti,
pronto a ayudarte.
Tu pie no tropezará...
El pie de que habla aquí es el amor por el cual asciendes a Dios. Y promete que
Dios te protegerá a fin de que no seas vencido por los ardides y engaños de tus
enemigos. Estos, naturalmente, son el diablo y toda su corte, el mundo engañoso
y la carne.
Amigo mío, ¡fíjate!
Nuestro poderoso Señor, él que es amor, él que está lleno de sabiduría y de
poder, él mismo guardará, defenderá y socorrerá a todos los que se olvidan
totalmente de sí mismos y ponen su amor y confianza en él.
VIII
Pero ¿dónde encontrar
una persona tan enteramente comprometida y tan firmemente anclada en la fe, tan
sinceramente transparente y verdadera que ha reducido su yo a nada, por así
decir, y tan exquisitamente alimentada y guiada por el amor de Dios? ¿Dónde
encontraremos una persona amante rica en experiencia trascendente que tiene
conocimiento vivo de la omnipotencia del Señor, de su inefable sabiduría y
bondad radiante? ¿Alguien que perciba la unidad de su presencia esencial en
todas las cosas y la unicidad de todas ellas en él, tan bien que someta todo su
ser a él, en él, y convencida por su gracia de que si no lo hace nunca será
totalmente transparente y sincera en su esfuerzo por reducir a nada su propio
yo? ¿Dónde está ese hombre sincero que, llevado de su noble resolución de
reducir a nada su propio yo y con el alto deseo de que Dios sea todo en la
perfección del amor, merezca experimentar la vigorosa sabiduría y bondad de
Dios que le socorre, le ampara y le guarda de sus enemigos de dentro y de
fuera? Ese hombre estará ciertamente henchido del amor de Dios y en la plena y
final pérdida del yo hasta llegar a nada o menos que nada, si esto fuera
posible; y así permanecerá firme y sin que le puedan perturbar ni una actividad
febril, ni el trabajo, ni la preocupación por su propio bienestar.
¡Quedaos con vuestras
objeciones humanas, hombres de corazón dividido! Aquí tenéis una persona tan
tocada por la gracia que puede entregarse a si misma en un sincero y total
olvido de si. No me digáis que está tentando a Dios por alguna elucubración
racional. Decís eso, porque vosotros mismos no os atrevéis a hacerlo. No,
contentaos con vuestra vocación a la vida activa; ella os llevará a la
salvación. Pero dejad en paz a estas otras personas. Lo que hacen está por
encima de la comprensión de vuestra razón, y por lo mismo, no os debéis
extrañar o sorprender por sus palabras y obras.
Oh, qué vergüenza!
¿Hasta cuándo seguiréis oyendo o leyendo esto sin creerlo y aceptarlo? Me
refiero a todo lo que nuestros padres escribieron y hablaron en los tiempos
pasados, a lo que es la flor y nata de las Escrituras. O estáis tan ciegos que
la luz de la fe ya no puede ayudaros a entender lo que leéis, o estáis tan
envenenados por una secreta envidia, que sois incapaces de creer que un bien
tan grande pueda llegar a vuestros hermanos y no a vosotros. Creedme, si sois
sensatos, estaréis vigilando a vuestro enemigo y sus insidias; pues lo que
quiere es que confiéis más en vuestra propia razón que en la antigua sabiduría
de nuestros padres verdaderos, el poder de la gracia y los designios de nuestro
Señor.
Cuántas veces no habéis
leído o escuchado en los santos, sabios y seguros escritos de los padres, que
tan pronto como nació Benjamín, su madre, Raquel, murió. Aquí Benjamín
representa la contemplación, y Raquel la razón. Cuando uno está tocado por la
gracia de la auténtica contemplación (como lo está él en su noble resolución de
reducir su yo a nada, y en su alto deseo de que Dios lo sea todo), en cierto
sentido podemos decir que la razón muere. ¿Y no habéis leído y oído esto con
frecuencia en las obras de varios autores santos y sabios? ¿Qué es lo que os
detiene para creerlo? Y si lo creéis, ¿cómo os atrevéis a dejar que vuestro
curioso intelecto divague entre las palabras y obras de Benjamín? Porque
Benjamín es figura de todos los que han sido arrebatados por encima de sus
sentidos en un éxtasis de amor, y de ellos dice el profeta: «Allí Benjamín, el
pequeño, abriendo marcha». Os lo advierto: vigilad para que no lleguéis a
imitar a esas madres desgraciadas que mataron a sus hijos apenas nacieron.
Velad, no sea que os ocurra que acometáis a toda fuerza con vuestro venablo
atrevido contra el poder, sabiduría y designios del Señor. Yo sé que sólo
queréis realizar sus planes; pero, si no tenéis cuidado, podéis erróneamente
destruirlos en la ceguera de vuestra inexperiencia.
IX
En la primitiva Iglesia,
cuando la persecución era común, toda clase de personas (sin preparación
especial de prácticas piadosas y devocionales) estaban tan maravillosa y
espontáneamente tocadas por la gracia, que sin otro recurso ulterior a la razón
corrían a la muerte con los mártires. Leemos de artesanos que arrojaron sus
herramientas y de niños de escuela que abandonaron sus libros, tan grande era
su ansia de martirio. En nuestro tiempo,
Pero quien no se atreve
a abandonarse a Dios y critica a otros que lo hacen, manifiesta un vacío
interior. Porque, o el enemigo ha robado de su corazón la confianza amorosa que
debe a su Dios y el espíritu de buena voluntad que debe a sus hermanos
cristianos, o de lo contrario no está todavía lo suficientemente anclado en la
docilidad y en la verdad para ser un verdadero contemplativo. Tú, sin embargo,
no debes temer entregarte a una radical dependencia de Dios ni abandonarte al
sueño de la contemplación ciega u oscura de Dios tal cual es, lejos del tumulto
del mundo corrompido, del enemigo engañoso y de la carne débil. Nuestro Señor
estará a tu lado dispuesto a socorrerte, guardará tus pasos para que no caigas.
No sin razón vinculo
esta actividad al sueño. Pues en el sueño las facultades naturales cesan de su
trabajo y todo el cuerpo permanece en pleno reposo, reponiéndose y renovándose.
De una manera semejante, en este sueño espiritual, esas facultades espirituales
siempre en movimiento, la imaginación y la razón, quedan completamente
recogidas y vacías del todo. Feliz el espíritu, entonces, pues queda libre para
dormir un sueño saludable y descansar en quietud contemplando amorosamente a
Dios tal cual es, mientras que todo el hombre interior se repone y renueva
maravillosamente.
¿Ves ahora por qué te
dije que recogieras tus facultades negándote a trabajar con ellas y, en cambio,
ofrecieras a Dios la desnuda y ciega conciencia de tu propio ser? Pero ahora te
repito: asegúrate de que está desnuda y no vestida con cualquier idea sobre los
atributos de tu ser. Podrías estar inclinado a vestirla con ideas sobre la
dignidad y bondad de tu ser o con interminables detalles relativos a la
naturaleza del hombre o a la naturaleza de las demás criaturas. Pero, tan
pronto como hagas esto, habrás dado pábulo a tus facultades y tendrán la fuerza
y oportunidad de conducirte a toda suerte de cosas. Te aviso, antes de que lo
experimentes; tu atención quedará dispersa y te encontrarás a ti mismo
distraído y abrumado. Guárdate de esta trampa, te lo suplico.
X
Pero quizá tus
insaciables facultades han estado ya ocupadas examinando lo que he dicho sobre
la obra contemplativa. Están inquietas porque está por encima de su habilidad y
te han dejado perplejo y dubitativo sobre este camino a Dios. En realidad, no
ha de sorprender. Porque, en el pasado, dependiste tanto de ellas que ahora no
puedes darles de mano fácilmente, aun cuando la obra contemplativa exige que lo
hagas. Al presente, sin embargo, veo que tu corazón está turbado e inquieto por
todo esto. ¿Es realmente tan grato a Dios como te digo? Y silo es, ¿por qué?
Quiero contestar a todo esto, pero quiero que comprendas que precisamente estas
cuestiones surgen de una mente tan inquisitiva que de ningún modo te dejarán en
paz para asentir a esta actividad, hasta que su curiosidad no haya sido apaciguada
en cierta medida por una explicación racional. Y puesto que este es el caso, no
me puedo negar a ello. Complaceré a tu soberbio intelecto, descendiendo al
nivel de tu presente comprensión, a fin de que después tú puedas remontarte al
mío, confiando en mi orientación y no poniendo trabas a tu docilidad. Apelo a
la sabiduría de san Bernardo, quien afirma que la perfecta docilidad no pone
trabas.
Pones trabas a tu
docilidad cuando vacilas en seguir la orientación de tu padre espiritual antes
de que tu propio juicio la haya ratificado. ¡Mira cómo deseo ganar tu
confianza! Si, yo realmente lo quiero y lo conseguiré. Ahora bien, es el amor
lo que me mueve, más que cualquier otra habilidad personal, grado de
conocimiento, profundidad de comprensión o adelanto en la misma contemplación.
De todos modos, espero y pido a Dios que supla mis deficiencias, pues mi
conocimiento es sólo parcial mientras que el suyo es completo.
XI
Ahora, para satisfacer
tu orgulloso intelecto, cantaré las alabanzas de esta actividad. Créeme, si un
contemplativo tuviera lengua y palabras para expresar su experiencia, todos los
sabios de la cristiandad quedarían mudos ante su sabiduría. Sí, porque en
comparación, todo el conocimiento humano junto aparecería como simple
ignorancia. No te sorprendas, pues, si mi desmañada y humana lengua no acierta
a explicar su valor de manera adecuada. Y no quiera Dios que la experiencia
misma degenere tanto que tenga que adaptarse a los estrechos limites del
lenguaje humano. ¡No, no es posible y nunca lo será; y no quiera Dios que yo lo
desee alguna vez! Lo que podemos decir de ella no es ella, sino sólo sobre
ella. No obstante, puesto que no podemos decir lo que es, tratemos de
describirla, para confusión de todos los intelectos soberbios, especialmente
del tuyo, que es la razón verdadera por la que escribo esto ahora.
Comenzaré haciéndote una
pregunta. Dime, ¿cuál es la sustancia de la perfección última del hombre y
cuáles son los frutos de esta perfección? Contestaré por ti. La más alta
perfección del hombre es la unión con Dios en la consumación del amor, un
destino tan alto, tan puro en sí mismo y tan por encima del pensamiento humano
que no puede ser conocido o imaginado tal como es. Siempre que encontramos sus
frutos, sin embargo, podemos suponer que se da en abundancia. Al declarar, por
tanto, la dignidad de la obra contemplativa sobre las demás, debemos primero
distinguir los frutos de la perfección última del hombre.
Estos frutos son las
virtudes que deben abundar en todo hombre perfecto. Ahora bien, si estudias
cuidadosamente la naturaleza de la obra contemplativa y consideras después la
esencia y la manifestación de cada virtud por separado, descubrirás que todas
las virtudes se encuentran clara y distintamente contenidas en la contemplación
misma, no deterioradas por una voluntad retorcida o egoísta.
No mencionaré aquí
ninguna virtud particular, ya que no es necesario y, además, has leído sobre
ellas en mis otros libros. Bastará con decir que la obra contemplativa, cuando
es auténtica, es ese amor reverente, ese fruto sazonado y cosechado del corazón
de un hombre del que te hablé en mi pequeña Carta sobre
Hay más todavía. Es lo
que te enseña a olvidar y repudiar tu mismo yo, según la exigencia del
Evangelio: «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que
tome su cruz y me siga». En el contexto de todo lo que hemos venido diciendo
sobre la contemplación, es como si Cristo dijera: «El que quiera venir
humildemente en pos de mi -a la alegría de la eternidad o al monte de la
perfección...». Cristo fue delante de nosotros porque este era su destino por
naturaleza; nosotros vamos en pos de él por gracia. Su naturaleza divina tiene
una categoría superior en dignidad que la gracia, y la gracia la tiene más alta
que nuestra naturaleza humana. En estas palabras nos enseña que podemos
seguirle al monte de la perfección tal como se experimenta en la contemplación,
sólo a condición de que él nos llame primero y nos conduzca allí por la gracia.
Esta es la verdad
absoluta. Y quiero que entiendas (y otros como tú que puedan leer esto) una
cosa muy claramente. Aunque yo te he animado a seguir el camino de la
contemplación con simplicidad y rectitud, estoy seguro, no obstante, sin duda o
miedo a equivocarme, de que Dios todopoderoso, independientemente de todas las
técnicas, ha de ser siempre el agente principal de toda contemplación. Es él
quien ha de despertar en ti este don por la gracia. Y lo que tú y otros como tú
habéis de procurar es haceros completamente receptivos, consintiendo y
sufriendo su divina acción en las profundidades de vuestro espíritu. El consentimiento
pasivo y la perseverancia que aportáis a la obra es, sin embargo, una actitud
específicamente activa. Pues por la unicidad de tu deseo, dirigido en anhelo
constante hacia tu Señor, te abres continuamente a su acción. Todo ello, sin
embargo, lo aprenderás por ti mismo a través de la experiencia y de la
comprensión de la sabiduría espiritual.
Pero puesto que Dios en
su bondad mueve y toca a diferentes personas de diferentes maneras (a algunas a
través de causas segundas y a otras directamente), ¿quién se atreve a decir que
no pueda tocarte a ti, y a otros como tú, a través y por medio de este libro?
Yo no merezco ser su servidor, mas en sus designios misteriosos puede operar a
través de mi, si así lo quiere, pues es libre de obrar como le plazca. Pero supongo
que, después de todo, no entenderás realmente esto hasta que no te lo confirme
tu propia experiencia contemplativa. Digo simplemente esto: prepárate a recibir
el don del Señor escuchando sus palabras y dándote cuenta de su pleno
significado. «Quien quiera venir en pos de mi, que se niegue a si mismo». Y
dime, ¿de qué mejor manera puede uno abandonarse y despreciarse a sí mismo y al
mundo que negándose a volver su mente hacia lo uno o lo otro ni hacia nada
relacionado con ellos?
XII
Quiero que entiendas
ahora que, aunque al principio te dije que te olvidaras de todo, a excepción de
la ciega conciencia de tu desnudo ser, quería llevarte incluso hasta el punto
en que te olvidaras también de esto, experimentando así solamente el ser de
Dios. Con un ojo fijo en esta última experiencia pude decirte al principio:
Dios es tu ser En aquel momento creí que era prematuro esperar que pudieras
levantarte de repente a tan alta conciencia espiritual del ser de Dios. Por eso
dejé que subieras hacia él por grados, enseñándote primero a roer la desnuda y
ciega conciencia de ti mismo hasta adquirir por la perseverancia espiritual una
facilidad en esta obra interior. Sabía que ello te prepararía a experimentar el
sublime conocimiento del ser de Dios.
Y finalmente, en esta
obra, tu único y ardiente deseo debe ser este: el ansia de experimentar sólo a
Dios. Es cierto que al principio te dije que cubrieras y vistieras la
conciencia de tu Dios con la conciencia de tu propio yo, pero sólo porque eras
todavía espiritualmente desmañado y sin desbastar. Con perseverancia en esta
práctica, esperaba que crecieras incesantemente en la soledad del corazón hasta
que estuvieras dispuesto a despojar, destruir y desnudar totalmente la
conciencia personal de todas las cosas, incluso la conciencia elemental de tu
propio ser, a fin de que puedas vestirte nuevamente con la graciosa y radiante
experiencia de Dios tal como es en sí mismo.
Tal es el proceder de
todo verdadero amor. El amante se despojará plenamente de todo, aun de su mismo
ser, por aquel a quien ama. No puede consentir vestirse con algo si no es del
pensamiento de su amado. Y no es un capricho pasajero. No, desea siempre y para
siempre permanecer desnudo en un olvido total y definitivo de sí mismo. Esta es
la tarea del amor, si bien sólo el que lo experimente lo podrá entender
realmente. Tal es el significado de las palabras de nuestro Señor: «El que
quiera amarme, niéguese a si mismo». Es como si dijera: «El hombre ha de
despojarse de su mismo yo, si es que quiere sinceramente ser vestido de mi,
pues yo soy el vestido que fluye del amor eterno y sin fin».
XIII
Y así, cuando en esta
obra empieces a darte cuenta de que percibes y experimentas tu yo y no a Dios,
llénate de sincera tristeza y anhela con todo tu corazón ser absorbido
totalmente en la experiencia de Dios solo. No ceses de desear la pérdida de ese
despreciable conocimiento y conciencia corrupta de tu ciego ser. Ansia huir de
ti mismo como de un veneno. Olvida y desprecia tu yo tan despiadadamente como
manda el Señor.
No entiendas mal mis
palabras. No dije que debas desear no-ser, pues eso sería locura y blasfemia
contra Dios. Dije que debes desear perder el conocimiento y la experiencia del
yo. Esto es esencial, si quieres llegar a experimentar el amor de Dios tanto
como es posible en esta vida. Has de comprender y experimentar por ti mismo que
si no pierdes tu yo, no alcanzarás nunca tu meta.
Pues dondequiera que
estés, en cualquier cosa que hagas, o de cualquier modo que lo intentes, esa
elemental sensación de tu propio ser ciego quedará entre ti y tu Dios. Es
posible, por supuesto, que Dios pueda intervenir a veces, llenándote con una
experiencia pasajera de él mismo. Pero fuera de estos momentos esta desnuda
conciencia de tu ciego ser te pesará y será como una barrera entre ti y tu
Dios, lo mismo que al principio de esta obra los variados detalles de tu ser
fueron como una barrera para la conciencia directa de tu yo. Entonces te darás
cuenta de lo pesado y doloroso que es el peso del yo. Que Jesús te ayude en esa
hora, pues tendrás gran necesidad de él.
Toda la miseria del
mundo junta te parecerá como nada al lado de esta, pues entonces serás una cruz
para ti mismo. Este es, sin embargo, el camino para nuestro Señor y el
significado real de sus palabras: «Que el hombre tome su cruz» (la dolorosa
cruz del yo), para que después pueda «seguirme a la gloria», o, como si
dijéramos, «al monte de la perfección». Pero escucha su promesa: «Le haré
saborear la delicia de mi amor en la inefable experiencia de mi divina persona».
Fíjate en lo necesario que es llevar este peso doloroso, la cruz del yo. Sólo
así estarás preparado para la experiencia trascendente de Dios tal como es y
para la unión con él en la consumación del amor.
Y ahora, a medida que
esta gracia te toca y te llama, podrás ver y apreciar más y más el valor
altísimo de la obra contemplativa.
XIV
Dime ahora, ¿sigues
todavía esperando que tus facultades te ayuden a alcanzar la contemplación?
Créeme, ciertamente no ocurrirá así. Las meditaciones imaginativas y especulativas,
por si mismas, nunca te llevarán al amor contemplativo. Por muy
extraordinarias, sutiles, hermosas o profundas que sean, y aunque se centren en
tus pecados, en
Fíjate en que he dicho
de mi yo y no de mis actividades. Muchas personas confunden sus actividades con
ellos mismos, creyendo que son lo mismo. Pero no es así. El agente es una cosa
y sus obras son otra. De la misma manera, Dios, tal como es en si mismo, es
totalmente diferente de sus obras, que son también algo distinto.
Pero, volviendo a mi
punto, llegar a la simple conciencia de mi ser es todo lo que deseo, aun cuando
ello suponga el peso doloroso del yo y rompa mi corazón con lágrimas, porque
sólo experimento mi yo y no a Dios. Prefiero esto con su consiguiente dolor a
todos esos sutiles y raros pensamientos e ideas de que el hombre puede hablar o
que puede encontrar en los libros, por muy sublimes y agradables que puedan
parecer a tu aguda y sofisticada mente. Porque este sufrimiento me inflamará
con el deseo amoroso de experimentar a Dios tal cual es.
A pesar de todo, estas
meditaciones tienen su lugar y su valor. Un pecador recién convertido y que
acaba de comenzar a orar, encontrará en ellas el camino más seguro para el
conocimiento espiritual de sí mismo y de Dios. Creo, además, aparte la especial
intervención de Dios, que es humanamente imposible para un pecador llegar al
reposo pacifico en la experiencia espiritual de si mismo, hasta no haber
ejercitado primero su imaginación y razón en el aprecio de su propio potencial
humano, así como en las multiformes obras de Dios, y hasta que no haya
aprendido a llorar su pecado y a encontrar su gozo en el bien obrar. Créeme,
quien no siga este camino se extraviará. En este caso uno ha de permanecer
fuera de la contemplación, ocupado en la meditación discursiva, aun cuando
preferiría entrar en el reposo contemplativo que está por encima de ella.
Muchos creen erróneamente que han penetrado por la puerta espiritual, cuando,
en realidad, siguen todavía fuera. Y lo que es más, permanecerán fuera hasta
que no aprendan a buscar la puerta con un amor humilde. Algunos encuentran la
puerta y entran antes que otros, no porque posean una entrada especial o un
mérito extraordinario, sino simplemente porque el portero les deja
entrar.
XV
¡Y qué delicioso lugar
es esta morada del espíritu! Aquí el mismo Señor no sólo es portero sino
también la puerta. Como Dios, es el portero; como hombre, es la puerta. Por eso
dice en el Evangelio:
Yo soy la puerta de las ovejas,
si uno entra por mí, estará a salvo;
entrará y saldrá y encontrará pasto.
El que no entra por la puerta
en el redil de las ovejas,
sino que sube por otro lado,
es un ladrón y un salteador.
En el contexto de todo
lo que venimos diciendo sobre la contemplación, puedes entender las palabras de
nuestro Señor como sigue: «En cuanto Dios, yo soy el portero todopoderoso y por
lo mismo, a mi me pertenece determinar quién puede entrar y cómo. Pero preferí
prepararle un camino claro y común al rebaño, abierto a todo aquel que quiera
venir. Por eso me revestí de una naturaleza humana ordinaria, poniéndome
totalmente a disposición de todos, de manera que nadie pudiera excusarse de
venir porque no conociera el camino. En mi humanidad, yo soy la puerta, y quien
entra por medio de mi será salvo».
Los que deseen entrar
por la puerta comenzarán meditando
Algunos, no obstante,
rehusarán entrar por esta puerta, pensando llegar a la perfección por otros medios.
Tratarán de atravesar la puerta con toda suerte de sabias especulaciones,
entregando sus no refrenadas e indisciplinadas facultades a extrañas y exóticas
fantasías, con desprecio de la entrada común abierta a todos, de la que hablé
más arriba, así como de la guía segura de un padre espiritual. Tal persona (y
no me importa quién sea) no sólo es un ladrón nocturno sino un vagabundo de
día. Es un ladrón nocturno, porque opera en la oscuridad del pecado. Lleno de
presunción, confía en sus ideas y antojos personales más que en el consejo
seguro o en la seguridad de esa senda clara y común que he descrito. Es un
vagabundo de día, porque disfrazado de una auténtica vida espiritual roba
secretamente y se arroga los signos externos y las expresiones de un verdadero
contemplativo, mientras que en su vida interior no produce ninguno de sus
frutos. También, ocasionalmente, este joven puede sentir una ligera inclinación
hacia la unión con Dios, y, cegado por esto, lo toma como una aprobación de lo
que hace. En realidad, cediendo a sus deseos incontrolados y rehusando el
consejo, se encuentra en una pendiente peligrosísima. Su peligro es todavía
mayor al ambicionar cosas que están muy por encima de él y fuera de la senda
ordinaria y clara de la vida cristiana. Ya expliqué esta senda a la luz de las
palabras de Cristo, al mostrar el lugar y la necesidad de la meditación. La
llamé la puerta de la devoción, y te aseguro que es la entrada más segura para
la contemplación en esta vida.
XVI
Pero volvamos a nuestro
tema, que te concierne a ti personalmente y a cuantos compartan tus
disposiciones.
Dime ahora, si Cristo es
la puerta, ¿qué deberá hacer el hombre una vez la ha encontrado? ¿Deberá
permanecer allí a la espera sin entrar? Contestando en tu lugar, te digo: si, esto
es exactamente lo que debe hacer. Hace bien en seguir estando a la puerta, pues
hasta ahora ha vivido una existencia ruda según la carne, y su espíritu se
halla corroído por una gran herrumbre. Es justo que espere a la puerta hasta
que su conciencia y su padre espiritual estén de acuerdo en que este orín ha
sido totalmente quitado. Pero, sobre todo, ha de aprender a ser sensible al
Espíritu que le guía secretamente en lo profundo de su corazón y a esperar
hasta que el Espíritu mismo le mueva y le llame desde dentro. Esta secreta
invitación del Espíritu de Dios es el signo más inmediato y cierto de que Dios
llama y mueve a una persona a una vida más alta de gracia en la contemplación.
Pues puede suceder que
un hombre lea u oiga sobre la contemplación y sienta incesantemente en sus
devociones ordinarias un suave deseo de unirse más íntimamente a Dios, incluso
en esta vida, a través de la obra espiritual sobre la que ha leído u oído. Esto
indica, ciertamente, que la gracia le está tocando, pues otros oirán o leerán
la misma cosa, permaneciendo totalmente inmóviles, sin experimentar deseo
especial alguno por ella en sus devociones ordinarias. Estas personas hacen
bien en seguir pacientemente a la puerta, como llamados a la salvación pero no
aún a su perfección.
Permítaseme a estas
alturas una leve digresión para advertirte (y a cualquiera que pueda leer esto)
una cosa en particular. Es algo aplicable en todo caso, pero especialmente
aquí, donde hago una distinción entre los llamados a la salvación y los llamados
a su perfección. Que te sientas llamado a una u otra carece de importancia. Lo
que es importante es que atiendas a tu propia llamada y no discutas o juzgues
los designios de Dios en la vida de los otros. No te mezcles en sus asuntos: de
a quién mueve y llama, y a quién no; de cuándo llama, si pronto o tarde; o de
por qué llama a uno y no a otro.
Créeme, si te metes a
juzgar todo esto que atañe a otras personas, pronto caerás en el error. Presta
atención a lo que digo y trata de captar su importancia. Si te llama, alábale y
pídele que puedas responder perfectamente a su gracia. Si no te ha llamado
todavía, pídele humildemente que lo haga a su debido tiempo. Pero no te atrevas
a decirle lo que ha de hacer. Déjale solo. Es poderoso, sabio y lleno de deseo
de hacer lo mejor para ti y para todos los que le aman.
Vive en paz en tu propia
vocación. Sea que estés esperando fuera en la meditación o entres dentro por la
contemplación, no tienes motivo para quejarte; las dos vocaciones son
preciosas. La primera es buena y necesaria para todos, aunque la segunda es
mejor. Agárrate a ella, pues, si puedes; o mejor dicho, si la gracia te agarra
y escuchas la llamada del Señor. Sí, te hablo con toda verdad al decirte esto.
Pues abandonados a nosotros mismos podemos caer en forzar orgullosamente la
contemplación, lo cual sólo nos lleva a tropezar al final. Sin él, además, es
demasiado esfuerzo perdido. Recuerda lo que dice: «Sin mi no podéis hacer
nada». Es como si dijera: «Si no os muevo y atraigo yo primero y vosotros no respondéis
consintiendo y sufriendo mi acción, nada de lo que hagáis me agradará por
completo». Y ya sabes desde ahora que la obra contemplativa que he descrito,
por su misma naturaleza, ha de agradar enteramente a Dios.
XVII
Consagro este capitulo a
refutar la ignorante presunción de ciertas personas que insisten en que el
hombre es el agente principal en todo, incluso en la contemplación. Confiando
demasiado en su natural sabiduría y en la teología especulativa, afirman que
Dios es el que consiente pasivamente, incluso en esta actividad. Pero quiero
que entiendas que en lo que respecta a la contemplación, ocurre todo lo
contrario. Dios solo es el agente principal aquí, y no quiere actuar en nadie
que no haya dado de mano todo ejercicio de su entendimiento natural entretenido
en una especulación inteligente.
No obstante, en toda
obra buena, el hombre actúa en colaboración con Dios, sirviéndose de su natural
ingenio y conocimiento para su mayor bien. Dios es también aquí totalmente
activo, pero aplicando, por decirlo así, una medida diferente. Aquí permite la
acción del hombre y la asiste a través de los medios secundarios: la luz de
Es razonable, ciertamente,
esperar a que un hombre sea capaz de actuar responsablemente.
Así, en todas las
actividades ordinarias el ingenio natural y los conocimientos del hombre
(dirigidos por
Esta es, pues, mi manera
de entender las palabras del Evangelio: «Sin mí, no podéis hacer nada».
Significan una cosa en todas las actividades ordinarias y otra completamente
diferente en la contemplación. Todas las obras activas (agraden a Dios o no)
están hechas con Dios, pero su parte consiste, como si dijéramos, en
consentirías y permitirías. En la obra contemplativa, sin embargo, la
iniciativa le pertenece a él solo, y sólo pide que el hombre consienta y sufra
su acción. Puedes tomar esto como principio general: «No podemos hacer nada sin
él; nada bueno ni nada malo; nada activo ni nada contemplativo».
Antes de dejar este
punto, añadiré que Dios está con nosotros también en el pecado, no porque
coopere en nuestro pecado, pues no coopera, sino porque nos permite pecar si es
que optamos por ello. Si, nos deja tan libres que podemos ir a la condenación
si, al final, optamos por esto en vez de por un sincero arrepentimiento.
En nuestras buenas
acciones hace algo más que simplemente permitir nuestra acción. Nos asiste
realmente; para gran mérito nuestro si avanzamos, si bien para vergüenza
nuestra si retrocedemos. Y por lo que se refiere a la contemplación, él toma la
iniciativa completa, primero para despertarnos, y después, como maestro
artesano, para trabajar en nosotros conduciéndonos a la más alta perfección,
uniéndonos espiritualmente a él en un amor consumado.
Y así, cuando nuestro
Señor dice: «Sin mí, no podéis hacer nada», habla a todos, ya que todos en la
tierra caen en uno de estos tres grupos: pecadores, activos o contemplativos.
En los pecadores está activamente presente, permitiéndoles obrar como quieren;
en los activos está presente, permitiendo y asistiendo, y en los
contemplativos, como único dueño, despertándolos y conduciéndolos en esta obra
divina.
¡Ay! He empleado muchas
palabras y he dicho muy poco. Pero quería que entendieras cuándo has de usar
tus facultades y cuándo no. Quería que vieras cómo actúa Dios en ti cuando usas
tus facultades y cuando no. Creí que esto era importante porque este
conocimiento podría prevenirte de caer en ciertas decepciones que de otra
manera podrían enredarte. Y ya que está escrito, dejémoslo así, aun cuando no
tiene mayor importancia para nuestro tema. Pero volvamos a él ahora.
XVIII
Después de todo lo que
he dicho sobre las dos vocaciones a la vida de gracia, veo que surge una
pregunta en tu mente. Quizá estés pensando algo parecido a esto:
«Dime, por favor, ¿hay
uno o más signos que me ayuden a discernir este creciente deseo que siento por
la oración contemplativa, y este embriagador entusiasmo que se apodera de mi
siempre que oigo hablar o leo sobre él? ¿Es Dios realmente el que me llama a
través de ellos a una vida más intensa de gracia tal como la has descrito en
este libro, o es que los da como un simple alimento y fuerza para mi espíritu,
de forma que pueda esperar sosegadamente y trabajar en esa gracia ordinaria que
tú llamas la puerta y la entrada común para todos los cristianos?».
Contestaré lo mejor que
pueda.
Ante todo, advertirás
que te he dado dos clases de pruebas para discernir si Dios te llama o no
espiritualmente a la contemplación. Una era interior y la otra exterior. Mi
convicción es que para discernir un llamamiento a la contemplación, ninguna de
las dos, por si sola, es prueba suficiente. Han de ir juntas, indicando las dos
la misma cosa, antes de que puedas confiar en ellas sin miedo de equivocarte.
La señal interior es ese
deseo creciente por la contemplación que se mete constantemente en tus
devociones diarias. Y puedo decirte además lo siguiente sobre este deseo. Es un
ciego anhelo del espíritu y, sin embargo, viene acompañado de una especie de
visión espiritual que persiste después de él, y que renueva el deseo y lo
acrecienta. (Llamo ciego a este deseo, porque semeja la facultad de moción del
cuerpo; como en el tacto o al andar; que como tú sabes no se dirige
directamente a sí mismo y es, por tanto, en cierto sentido, ciego). Así, pues,
observa cuidadosamente tus devociones diarias y fíjate en lo que sucede. Si
están llenas del recuerdo de tus propios pecados, de consideraciones de
La segunda señal es
exterior y se manifiesta como un entusiasmo gozoso que mana desde tu interior,
siempre que oyes o lees sobre contemplación. La llamo exterior, porque se
origina fuera de ti y entra en tu mente a través de las ventanas de tus
sentidos corporales (tus ojos y tus oídos), cuando lees. Por lo que respecta al
discernimiento de esta señal, fíjate en si persiste este gozoso entusiasmo,
quedando contigo cuando has dejado tu lectura. Si desaparece inmediatamente o
poco después y no te persigue en todo lo que haces, sábete que no es un toque
especial de la gracia. Si no está contigo cuando vas a dormir y al levantarte,
y si no va delante de ti, introduciéndose en todo lo que haces, encendiendo y
robando tu deseo, no es la llamada de Dios a una vida más intensa de gracia,
más allá de lo que llamo la puerta común y la entrada para todos los
cristianos. En mi opinión, su misma transitoriedad demuestra que es simplemente
la alegría natural que todo cristiano siente cuando lee u oye sobre la verdad y
más especialmente una verdad como esta, que tan profunda y sutilmente habla de
Dios y de la perfección del espíritu humano.
XIX
Pero si el gozoso
entusiasmo que se apodera de ti cuando lees u oyes sobre la contemplación es
realmente el toque de Dios que te llama a una vida más alta de gracia, notarás
efectos muy diferentes. Será tan abundante que te acompañará al lecho por la
noche y se levantará contigo por la mañana. Te seguirá a través del día en todo
lo que hagas, penetrando en tus devociones diarias como una barrera entre ellas
y tú.
Parecerá además que se
presenta simultáneamente con ese ciego deseo que, mientras tanto, sigue
creciendo silenciosamente en intensidad. El entusiasmo y el deseo pueden
parecer ser parte uno de otro. Tanto es así, que llegarás a pensar que es
solamente un deseo lo que tú sientes, aunque dudarás en decir qué es
precisamente lo que estás deseando.
Tu personalidad quedará
totalmente transformada, tu porte irradiará una belleza interior, y mientras lo
sientas nada te entristecerá. Correrías mil kilómetros para hablar con otro del
que supieras que efectivamente también lo siente, y, sin embargo, al llegar
allí, te encontrarías sin palabras. Que otros digan lo que quieran, tu única
alegría seria hablar de ello. Tus palabras serán pocas, pero tan fructuosas y
tan llenas de fuego que lo poco que dices llenará al mundo de sabiduría (aunque
parezca tontería a los que todavía son incapaces de trascender los limites de
la razón). TU silencio será pacífico, tu conversación provechosa y tu oración
secreta en las profundidades de tu ser.
Tu autoestima será
natural y no estará estropeada por el engaño, tu comportamiento con los demás
será cortés y tu risa alegre, como quien goza de todo con la alegría de un
niño. Con qué ansia amarás el sentarte aparte, sabedor de que otros, que no
comparten tu deseo y atracción, sólo te molestarían. Habrá desaparecido todo
deseo de leer y escuchar libros, pues tu único deseo será oír hablar de la contemplación.
Así el deseo creciente
de contemplación y el gozoso entusiasmo que te embarga cuando oyes o lees sobre
ella se dan la mano y se hacen uno. Cuando estas dos señales (una interior y
otra exterior) están de acuerdo, puedes confiar en ellas como prueba de que
Dios te llama a entrar dentro y a comenzar una vida más intensa de gracia.
XX
Aprenderás a darte
cuenta de que todo lo que he escrito sobre estas dos señales y sus maravillosos
efectos es cierto. Y sin embargo, después de que hayas experimentado alguno de
ellos, o quizá todos, llegará un día en que desaparezcan, dejándote, como si
dijéramos, árido, o, en tu opinión, peor que árido. Habrá desaparecido tu nuevo
fervor pero también tu habilidad para meditar como habías hecho durante tanto
tiempo anteriormente. ¿Qué hacer entonces? Sentirás como si hubieras caído en
alguna parte entre dos caminos sin tener ninguno, pero intentando agarrarte a
los dos. Y así será, pero no te desanimes demasiado. Súfrelo humildemente y
espera con paciencia para que nuestro Señor obre como quiera. Pues ahora te
encuentras en lo que yo llamaría una especie de océano espiritual, en viaje
desde la vida de la carne hasta la vida en el espíritu.
Durante este viaje
surgirán sin duda grandes tempestades y tentaciones, dejándote aturdido y sin
saber a qué camino volverte para encontrar ayuda, pues tu afecto se sentirá
privado tanto de tu gracia ordinaria como de tu gracia especial. Te repito: no
temas. Aun cuando pienses que tienes grandes motivos para temer, no te
angusties. Por el contrario, mantén en tu corazón una cordial confianza en
nuestro Señor, o, en todo caso, haz lo que puedas según las circunstancias.
Ciertamente, él no está lejos y quizá en cualquier momento se volverá hacia ti
tocándote más intensamente que en el pasado con una reavivación de la gracia
contemplativa. Entonces, mientras dura, sentirás que estás curado y que todo va
bien. Pero, cuando menos lo esperes, se irá de nuevo, y otra vez te sentirás
abandonado en tu barco, de acá para allá, sin saber dónde. Vendrá a su propia
hora. Con fuerza y más maravillosamente que antes vendrá en tu ayuda y aliviará
tu angustia. Volverá tantas veces como se vaya.
Y si aguantas virilmente
todo esto con amor dócil, cada venida será más maravillosa y más gozosa que la
última. Recuerda que todo lo que hace, lo hace con una intención sabia; quiere
que llegues a ser tan dúctil espiritualmente y tan moldeado a su voluntad como
un fino guante de cabritilla a tu mano.
Y así, unas veces irá y
otras vendrá, de manera que tanto con su presencia como con su ausencia pueda
prepararte, educarte e introducirte en las profundidades secretas de tu
espíritu para esta obra. En la ausencia de todo entusiasmo te enseñará el
significado real de la paciencia. Desaparecido tu entusiasmo, podrás pensar que
le has perdido también a él, pero no es así; sólo quiere enseñarte la
paciencia. Mas no te equivoques sobre esto; Dios puede a veces retirar las
suaves emociones, el entusiasmo gozoso y los ardientes deseos, pero nunca
retira su gracia de los que ha elegido, excepto en caso de pecado mortal. Estoy
seguro de ello. Por lo demás, las emociones, el entusiasmo y los deseos no son
en sí mismos gracia, sino regalos de la gracia. Y estos los puede retirar con
frecuencia, unas veces para fortalecer nuestra paciencia; otras, por otras
razones, pero siempre para nuestro bien espiritual, aunque quizá nunca lo
entendamos.
Debemos recordar que la
gracia, en sí misma, es tan alta, tan pura y tan espiritual que nuestros
sentidos y emociones son de hecho incapaces de experimentarla. El fervor
sensible que experimentan son los regalos de la gracia, no la gracia misma.
Estos los retirará el
Señor de vez en cuando para ahondar y madurar nuestra paciencia. También lo
hace por otras razones, pero no entraré ahora en ellas. Sigamos más bien con
nuestro tema.
XXI
Aunque puedas llamar a
las delicias del fervor sensible la llegada del Señor, estrictamente hablando
no es así. Nuestro Señor alimenta y fortalece tu espíritu por la excelencia, la
frecuencia y la hondura de estos favores, que a veces acompañan a la gracia a
fin de que puedas vivir perseverantemente en su amor y servicio. Pero él obra
en dos sentidos. Por un lado aprendes la paciencia en su ausencia, y por otro
te robusteces con el alimento generoso y vivificador que te proporcionan con su
venida. Nuestro Señor te modela así por medio de ambos, hasta hacerte
gozosamente dócil y tan suavemente plegable que pueda conducirte finalmente a
la perfección espiritual y a la unión con su voluntad, que es el amor perfecto.
Entonces estarás tan dispuesto y a punto para abandonar todo sentimiento de
consuelo cuando él lo considere mejor, como a gozarlos sin cesar.
En este tiempo de
sufrimiento, además, tu amor se hace casto y perfecto. Entonces podrás ver a tu
Señor y su amor, y te convertirás en una sola cosa con él por su amor,
experimentándole desnudamente en el ápice soberano de tu espíritu. Aquí,
totalmente despojado del yo y vestido de nada más que de él, le experimentarás
tal cual es, desnudo de todos los adornos de los deleites sensibles, aunque
sean los placeres más suaves y sublimes de la tierra. Esta experiencia será
ciega, como ha de ser en esta vida; sin embargo, con la pureza de un corazón
indiviso, totalmente alejado de la ilusión y del error propio del hombre mortal,
percibirás y sentirás que es él realmente y sin lugar a engaño.
La mente, finalmente,
que ve y experimenta a Dios tal cual es en su desnuda realidad, no está más
separada de él de lo que lo está de su propio ser, que, como sabemos, es uno en
esencia y naturaleza. Pues así como Dios es uno con su ser, pues son una y la
misma cosa por naturaleza, de la misma manera, el espíritu que ve y experimenta
a Dios es uno con aquel a quien ve y experimenta, porque se han convertido los
dos en uno por gracia.
XXII
¡Mira, pues! Aquí están
las señales que pedías. Si tienes alguna experiencia de ellas, podrás discernir
(parcialmente al menos) la naturaleza y el significado de la intimación y del
despertar de la gracia que sientes que te toca interiormente durante tus
devociones espirituales, y exteriormente siempre que lees u oyes acerca de la
contemplación. Como regla, pocas personas se ven tocadas tan singularmente y
confirmadas en la gracia de la contemplación de tal manera que pasen a una
experiencia inmediata y auténtica de todos estos dones juntos en el mismo
comienzo. Si crees, no obstante, que has experimentado realmente uno o dos de
ellos, contrástalos tú mismo con los rigurosos criterios de
XXIII
En la vida de Cristo
tenemos una poderosa ilustración de todo cuanto he intentado decir. Aunque no
hubiera habido mayor perfección en esta vida que verle y amarle en su
humanidad, no creo que hubiera ascendido a los cielos mientras perdurase este
siglo, ni que retirara su presencia física de sus amigos de la tierra que tanto
le amaban. Pero una más alta perfección era posible al hombre en esta vida: la
experiencia puramente espiritual de amarle en su Divinidad. Por esta razón dijo
a sus discípulos que estaban poco dispuestos a dejar su presencia física (lo
mismo que tú estás poco dispuesto a dejar las reflexiones especulativas de tus
sutiles y sabias facultades), que para su propio bien debía apartar su
presencia física de ellos. Les dijo: «Es necesario que yo me vaya», dando a
entender: «Es necesario para vosotros que yo me separe físicamente de
vosotros». El santo doctor de
Abandonado a la gracia
de Dios que te conducirá y te guiará, podrás llegar a esta honda experiencia de
su amor siguiendo la senda que he trazado ante ti en estas páginas. Ello exige
que tú te esfuerces siempre más y más por llegar a la conciencia desnuda de tu
yo, ofreciendo constantemente tu ser a Dios como tu más preciado don. Pero te
recuerdo una vez más: fíjate en que esté desnudo, no sea que caigas en el
error. Cuanto más desnuda sea esta conciencia, más terriblemente doloroso te
será al principio permanecer en ella cualquier duración de tiempo, ya que, como
he explicado, tus facultades no encontrarán en ella alimento para si mismas.
Pero no hay daño en esto; de hecho, estoy complacido realmente. Sigue adelante.
Déjalas que ayunen un poco de su natural deleite en conocer. Con razón se ha
dicho que el hombre, por naturaleza, desea conocer. Pero, al mismo tiempo, es
también verdad que ningún conocimiento natural o adquirido le llevará a gustar
la experiencia espiritual de Dios, pues es un puro don de la gracia. Por eso te
insto; ve en pos de la experiencia más que del conocimiento. Con respecto al
orgullo, el conocimiento puede engañarte con frecuencia, pero este afecto
delicado y dulce no te engañará. El conocimiento tiende a fomentar el
engreimiento, pero el amor construye. El conocimiento está lleno de trabajo,
pero el amor es quietud.
XXIV
Quizá puedas decir:
«¿Quietud? ¿De qué estará hablando? Todo lo que siento es zozobra y dolor, no
descanso. Cuando intento seguir este consejo, el sufrimiento y la lucha me
salen al encuentro por todos lados. Por un lado, mis facultades me azuzan a
dejar esta obra, y yo no quiero; por otro, anhelo perder la experiencia de mi
mismo y experimentar sólo a Dios, y no puedo. La lucha y el dolor me asaltan
por todas partes. ¿Cómo puede hablar de descanso? Si esto es descanso, raro
descanso es».
Mi respuesta es
sencilla. Encuentras esta actividad difícil porque no estás acostumbrado a
ella. Si estuvieras acostumbrado y comprendieras su valor, no la abandonarías
por todos los goces materiales del mundo. Si, lo sé, es difícil y trabajosa.
Pero a pesar de ello, la llamo descanso porque tu espíritu descansa en una
libertad alejada de toda duda y ansiedad acerca de lo que ha de hacer; y porque
durante el tiempo real de la oración está seguro en el conocimiento de que no
errará mayormente.
Así, pues, persevera en
ella con humildad y gran deseo, ya que es una obra que comienza aquí en la
tierra y que seguirá en la eternidad sin fin. Pido que Jesús todopoderoso te
lleve a ti y a todos los que ha redimido con su preciosa sangre a su gloria. Amén.
Mons. Dom ++ Paulo
Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça
(Mar Alexander I
da Hispânea)
Última actualização deste Link em 07 de Abril de 2009