SANTO ATANÁSIO DE ALEXANDRIA

Obispo de Alejandría, Confesor y Doctor de
nacido c. 296, muerto el 02 de Mayo del 373
Atanasio fue el máximo
adalid de la creencia Católica en el tema de la Encarnación que
Es imposible hablar, mas
que en conjeturas, acerca de su familia. Sobre la pretensión de que ésta era
prominente y acomodada, sólo podemos observar que la tradición a ese efecto no
se contradice con los escasos detalles que pueden recogerse en los escritos del
santo. Estos escritos indudablemente suministran evidencias acerca de la
educación que se le daba, en gran medida, sólo a los niños y jóvenes de clases
altas. Comenzaba con la gramática, seguía con la retórica, y recibía sus toques
finales bajo alguno de los más populares conferencistas en las escuelas de
filosofía. Es posible, desde luego, que debiera su notable formación en letras
al favor de su santo predecesor, si no a su cuidado personal. Pero Atanasio era
una de esas raras personalidades que deriva incomparablemente más de sus
propias dotes naturales de intelecto que de la aleatoriedad de la descendencia
o del entorno. Su carrera casi personifica una crisis en la historia de
No obstante sería
engañoso sugerir que no fue en ningún sentido notable un deudor a su época y
lugar de nacimiento.
Ya en ese entonces, en
obediencia a un instinto cuyo completo significado difícilmente se puede
determinar sin estudiar el desarrollo subsecuente del Catolicismo, su famosa
"Escuela catequística", sin sacrificar una jota o título o esa pasión
por la ortodoxia que le había sido embebida por Panteno, Clemente y Orígenes,
había comenzado a tomar un carácter casi secular en la amplitud de sus
intereses, y había contado con paganos influyentes entre sus serios oyentes
(Eusebio Hist. Eccl., VI, XIX).
Haber nacido y haberse
criado en tal atmósfera de Cristianismo filosofante era, a pesar de los
peligros que implicaba, la más oportuna y la más liberal de las educaciones; y
hay, como hemos insinuado, abundante evidencia en las escrituras del santo que
testifican la pronta respuesta que todas las mejores influencias del lugar
deben haber encontrado en el corazón y la mente del muchacho en desarrollo.
Atanasio parece haber sido puesto, desde pequeño, bajo la supervisión inmediata
de las autoridades eclesiásticas de su ciudad natal. No tenemos forma de
determinar si su larga familiaridad con el Obispo Alejandro comenzó en la
niñez, pero una historia que pretende describir las circunstancias de su primera
presentación a ese prelado ha sido preservada para nosotros por Rufino (Hist.
Eccl., I, XIV). El obispo, dice la historia, había invitado a cierto número de
hermanos prelados a encontrarse con él en un desayuno después de una gran
función religiosa en el aniversario del martirio de San Pedro, un predecesor
reciente en
Alejandro, que parece
haber estado inexplicablemente perplejo por las respuestas que recibió a sus
indagaciones, determinó que los bautismos ficticios fueran reconocidos como
genuinos; y decidió que Atanasio y sus compañeros de juego recibieran
instrucción que los hiciera aptos para una carrera eclesiástica. Los
Bolandistas han tratado seriamente esta historia, y escritores tan difíciles de
satisfacer como el Archidiácono Farrar y el finado Decano Stanley se muestran
dispuestos a aceptarla como portadora, a primera vista, de "todo indicio
de verdad" (Farrar, "Lives of the Fathers", I, 337; Stanley,
"East. Ch.", 264). Pero, bien sea en esta forma, o en la versión modificada
que se encuentra en Sócrates (I, xv), quien omite toda referencia al bautismo y
dice que el juego era "una imitación del sacerdocio y la orden de las
personas consagradas", la historia plantea cierto número de dificultades
cronológicas y sugiere cuestiones aun más graves. Quizás una explicación
plausible de su origen pueda encontrarse en la teoría de que se trataba de uno
de los muchos mitos en circulación iniciados por la imaginación popular para
dar cuenta del marcado sesgo hacia una carrera eclesiástica que parece haber
caracterizado la temprana infancia del futuro campeón de
No sorprende que alguien
que estaba llamado a ocupar un lugar tan grande en la historia de su tiempo
deba haber dejado impresa la forma y rasgos de su personalidad, por así
decirlo, en la imaginación de sus contemporáneos. San Gregorio Nacianceno no es
el único escritor que nos lo ha descrito (Orat. XXI, 8). Una frase despectiva
del Emperador Juliano (Epist., li) sirve, sin proponérselo, para corroborar la
imagen dibujada por observadores más amables. Su estatura estaba por debajo de
la media, era de complexión enjuta, pero recia, e intensamente enérgico. Tenía
una cabeza finamente formada, realzada con una delgada capa de cabello castaño,
una boca pequeña pero delicadamente expresiva, una nariz aguileña, y ojos de
brillo intenso pero bondadoso. Tenía un ingenio pronto, era rápido en
intuición, fácil y afable en sus maneras, agradable en la conversación, agudo y
quizás un tanto demasiado pródigo en el debate. (Además de las referencias ya
citadas, vea la detallada descripción dada en las citas Menaion de Enero en la
biografía Bolandista. Juliano el Apóstata, en la carta arriba aludida, se burla
de lo diminuto de su persona mede aner, all anthropiokos auteles, escribe).
Además de estas
cualidades, era notorio por otras dos cualidades de las que incluso sus
enemigos dan testimonio involuntario. Estaba dotado de un sentido del humor que
podía ser tan mordaz casi diríamos sardónico como parece haber sido espontáneo
e inalterable; y su valentía era del tipo que nunca titubea, aun en la más
descorazonadora hora de derrota. Hay otra nota en esta altamente dotada y
polifacética personalidad a la que todo lo demás en su naturaleza auxiliaba, y
que debe mantenerse siempre en mente si queremos poseer la clave de su carácter
y escritos, y comprender el extraordinario significado de su carrera en la
historia de
Desde el principio hasta
el fin le importó enormemente una y solo una cosa: la integridad de su Credo Católico. La religión que engendraba en él era obviamente considerando los rasgos
mediante los cuales hemos tratado de describirlo de un tipo apasionado y
arrollador. Comenzaba y terminaba en la devoción a
Como un alegato de la
posición Cristiana, dirigido principalmente tanto a gentiles como a judíos, la
apología del joven diácono, si bien indudablemente recuerda en métodos e ideas
a Orígenes y los primeros Alejandrinos, es, sin embargo, fuertemente individual
y casi pietista en el tono. Aunque trata de
El gran concilio
convocado en esta coyuntura fue algo más que un evento pivote en la historia de
Puede incluso
cuestionarse si, dejado a sus propios instintos, Atanasio habría sugerido del
todo una recuperación ortodoxa del término ("De decretis", 19;
"Orat. C. Ar.", ii, 32; "Ad Monachos", 2). Sus escritos,
compuestos durante los cuarenta y seis críticos años de su episcopado, muestran
un uso muy escaso del término; y aunque, como Newman nos recuerda (Arians of
the Fourh Ce., 4 ed., 236), "el relato auténtico de las sesiones" que
tuvieron lugar no existe, hay sin embargo evidencia abundante para apoyar la
opinión común de que había sido inesperadamente impuesto a la atención de los
obispos, Arrianos y ortodoxos, en el gran sínodo por la propuesta de
Constantino de considerar el credo propuesto por Eusebio de Cesaréa, con la
adición del homoösion, como salvaguarda ante posibles vaguedades. La sugerencia
habría venido, con toda probabilidad, de Hosio (cf. Epist. Eusebii.", en
el apéndice al "De Decretis", sect. 4; Soc., "Hist. Eccl.",
I, viii; III, vii; Theod. "Hist. Eccl.", I, Athan.; "Arians of
the Fourth Cent.", 6, n.42; outos ten en Nikaia pistin exetheto, dice el
santo, citando a sus oponentes); pero Atanasio, de acuerdo con los líderes del
partido ortodoxo, lealmente aceptó el término como expresión del sentido
tradicional en el que
Las notorias habilidades
desplegadas en los debates Niceanos y la reputación de valentía y sinceridad
que se ganó en todos los bandos, hicieron del joven clérigo un hombre marcado
de ahí en adelante (St. Greg. Naz., Orat., 21). Su vida no podía transcurrir en
un rincón. Cinco meses después de la clausura del concilio, moría el Primado de
Alejandría; y Atanasio, tanto en reconocimiento a su talento como, parece ser,
en deferencia a los deseos manifestados en su lecho de muerte por el finado
prelado, fue escogido para sucederle. Su elección, a pesar de su extrema
juventud y la oposición de un vestigio de las facciones Arriana y Meleciana en
Los primeros años del
gobierno del santo estuvieron ocupados por la habitual rutina episcopal de un
obispo egipcio del siglo cuarto. Visitas episcopales, sínodos, correspondencia
pastoral, prédicas y la ronda anual de funciones eclesiásticas consumieron el
grueso de su tiempo. Los únicos eventos dignos de mención, de los cuales la
antigüedad suministra cuando menos datos probables, están ligados a los
exitosos esfuerzos que hizo para dotar de una jerarquía a la recién implantada
iglesia de Etiopía (Abisinia) en la persona de San Frumencio (Rufinus I, ix;
Soc. I, xix; Soz., II, xxiv) y la amistad que parece haber comenzado en esta
época entre él y los monjes de San Pacomio.
Pero las semillas del
desastre que la piedad del santo había plantado sin titubear en Nicéa estaban
comenzando finalmente a generar una inquietante cosecha. Ya estaban teniendo
lugar en Constantinopla acontecimientos que iban a hacer de él la figura más
importante de su tiempo. Eusebio de Nicomedia, que había caído en desgracia y
había sido desterrado por el Emperador Constantino por su participación en las
primeras controversias arrianas, había sido llamado del exilio. Tras una hábil
campaña de intriga, llevada a cabo principalmente mediante el papel decisivo de
las mujeres de la casa imperial, este prelado de suaves modales prevaleció
sobre Constantino hasta tal punto que lo indujo a ordenar la llamada de Arrio igualmente
del exilio. El mismo envió una característica carta al joven Primado de
Alejandría, en la que manifestaba su favor hacia el condenado heresiarca, quien
fue descrito como un hombre cuyas opiniones habían sido mal expuestas. Estos
eventos deben haber sucedido alrededor de finales del año 330. Finalmente, el
mismísimo emperador fue persuadido para escribir a Atanasio, urgiéndole a que
todos aquellos que estuvieran dispuestos a someterse a las definiciones de
Nicéa deberían ser readmitidos a la comunión eclesiástica. Atanasio se opuso
resueltamente a hacer esto, alegando que no podía haber sociedad entre
Cuatro de estos cargos
eran muy precisos, a saber: que no había alcanzado la edad canónica al momento
de su consagración; que había impuesto a las provincias un impuesto al lino;
que sus oficiales habían profanado, con su connivencia y autoridad, los
Sagrados Misterios en el caso de un supuesto sacerdote llamado Ischyras; y, finalmente,
que había ejecutado a un tal Arenius y posteriormente desmembrado el cuerpo con
propósitos de magia. La naturaleza de los cargos y el método de sustentación de
los mismos fueron vividamente característicos de la época. El estudiante
curioso los encontrará expuestos con pintoresco detalle en la segunda parte de
la "Apología", o "Defensa contra los Arrianos", del Santo,
escritas mucho después de los eventos mismos, alrededor del año 350, cuando la
retractación de Ursacio y Valente hizo que su publicación fuera triunfantemente
oportuna. Toda esta triste historia, desde nuestra época, se lee en parte más
como un ejemplo de la novela Griega tardía que como la narración de un
inquisición seriamente conducida por un sínodo de prelados Cristianos con la idea
de llegar a la verdad de una serie de odiosas acusaciones formuladas contra uno
de sus miembros.
Convocado por la orden
del Emperador tras prolongadas demoras que se extendieron por un período de 30
meses (Soz., II, xxv), Atanasio consintió finalmente en enfrentar los cargos
lanzados contra él apareciendo ante un sínodo de prelados en Tiro en el año
335. Cincuenta de sus sufragantes fueron con él para reivindicar su buen
nombre, pero la conformación del grupo rector del sínodo hacía evidente que la
justicia hacia el acusado era lo último en lo que se pensaba. Difícilmente
puede extrañarnos que Atanasio debiera rehusarse a ser juzgado por tal
tribunal. Por lo tanto, se marchó repentinamente de Tiro, escapando en un bote
con algunos amigos fieles, que lo acompañaron hasta Bizancio, donde había
tomado la determinación de presentarse al emperador.
Las circunstancias en
las que el santo y el gran catecúmeno se encontraron fueron bastante
dramáticas. Constantino regresaba de una cacería cuando Atanasio, repentinamente,
se le atravesó en medio del camino y solicitó una audiencia. El asombrado
emperador apenas podía dar crédito a sus ojos, y requirió de la confirmación de
uno de los asistentes para convencerle de que el peticionario no era un
impostor sino el mismísimo Obispo de Alejandría. "Concededme", dijo
el prelado, "un tribunal justo, o permítaseme encontrarme con mis
acusadores, cara a cara, en vuestra presencia." Su solicitud fue otorgada.
Se envió una orden perentoria a los obispos que habían juzgado y, por supuesto,
condenado a Atanasio en ausencia, para que se presentaran inmediatamente en la
ciudad imperial. La orden les llegó mientras iban de camino a la gran fiesta de
la dedicación de la nueva iglesia de Constantino en Jerusalén. Naturalmente,
causó alguna consternación, pero los más influyentes miembros de la facción
Eusebiana nunca carecieron de valor o ingenio. Se le tomó la palabra al santo,
y los viejos cargos fueron renovados ante el mismísimo emperador. Atanasio fue
condenado a ir al exilio en Treves, donde fue recibido con la máxima afabilidad
por el santo Obispo Máximo y el hijo mayor del emperador, Constantino. Comenzó
su viaje probablemente en el mes de Febrero del 336 y llegó a orillas del
Mosela a finales del otoño del mismo año. Su exilio duró casi dos años y medio.
La opinión pública en su propia diócesis permaneció leal a su persona durante
todo este tiempo. No es el menos elocuente testimonio de la valía esencial de
su carácter el que fuera capaz de inspirar tal fe. El tratamiento dado por
Constantino a Atanasio en esta crisis de su fortuna ha sido siempre difícil de
comprender. Fingiendo, por un lado, una muestra de indignación, como si creyera
realmente en el cargo político lanzado contra él, se rehusó, por otro lado, a
nombrar un sucesor en
Mientras tanto, habían
tenido lugar acontecimientos de la máxima importancia. Arrio había muerto en
circunstancias sorprendentemente dramáticas en Constantinopla en el 336; y le
había seguido la muerte del propio Constantino, el 22 de mayo del año
siguiente. Unas tres semanas después, el joven Constantino invitó al prelado
exiliado a regresar a su sede, y a finales de Noviembre del mismo año Atanasio
se estableció nuevamente en su ciudad episcopal. Su regreso fue motivo de gran
regocijo. La gente, como él mismo nos cuenta, acudió en multitudes a verlo en
persona; las iglesias se entregaron a una especie de jubileo; se ofrecieron
acciones de gracias en todas partes; y el clero y los laicos consideraron el
día como el más feliz de sus vidas. Pero ya se estaban fraguando problemas allí
donde el santo podía razonablemente haberlos esperado. La facción Eusebiana,
que de aquí en adelante causa mucha preocupación como los perturbadores de su
paz, logró ganar para su bando al indeciso Emperador Constancio, a quien se le
había asignado el Este en la división del imperio que siguió a la muerte de
Constantino. Los viejos cargos fueron renovados con una aun más grave acusación
eclesiástica a guisa de cláusula adicional. Atanasio había ignorado la decisión
de un sínodo debidamente autorizado. Había regresado a su sede sin haber sido
convocado por una autoridad eclesiástica (Apol. C. Ar., loc. Cit.). En el año
340, tras el fracaso de los disgustados Eusebianos para asegurarse el
nombramiento de un candidato Arriano de dudosa reputación llamado Pisto, el
notorio Gregorio de Capadocia fue impuesto a la fuerza en la sede de
Alejandría, y Atanasio fue obligado a ocultarse. En espacio de pocas semanas se
dirigió a Roma para exponer su caso ante
Mientras, el partido
Eusebiano se había reunido en Antioquia y había formulado una serie de decretos
elaborados con el solo propósito de evitar el regreso del santo a su sede. Este
pasó tres años en Roma, durante los cuales la idea de la vida cenobítica, tal y
como Atanasio la había visto practicar en los desiertos de Egipto, se predicó a
los clérigos del Oeste (San Jerónimo, Epístola cxxvii, 5). Dos años después del
sínodo de Roma, Atanasio fue convocado a Milán por el Emperador Constante,
quien le expuso el plan que Constancio había diseñado para una gran unión de
las Iglesias Oriental y Occidental. Comenzó entonces una época de
extraordinaria actividad para el santo. A principios del año 343 encontramos al
impávido exiliado en
Atanasio, en
consecuencia, se retiró de Sardica a Naisus, en Misia, donde celebró el
festival de
Constancio fue inducido
a reconsiderara su decisión, debido a una amenazadora carta de su hermano
Constante y a las condiciones de incertidumbre de los asuntos en la frontera
con Persia, por lo que optó por ceder. Pero se requirieron tres cartas
distintas para vencer la natural duda de Atanasio. Pasó rápidamente de Aquileia
a Treves, de Treves a Roma y de Roma, por la ruta del norte, a Adrianópolis y
Antioquia, donde se encontró con Constancio. El vacilante Emperador le concedió
una cortés entrevista, y lo envió de vuelta triunfante a su sede, donde comenzó
su memorable reinado de una década, que duró hasta su tercer exilio, el del
356. Estos fueron años plenos en la vida del Obispo, pero las intrigas de los
bandos Eusebiano o de
Mediante la influencia
de la facción Eusebiana en Constantinopla, se nombró entonces un obispo
Arriano, Jorge de Capadocia, para gobernar la sede de Alejandría. Atanasio,
tras permanecer algunos días en las cercanías de la ciudad, se retiró finalmente
a los desiertos del Alto Egipto, donde permaneció por un período de seis años,
viviendo la vida de los monjes y dedicándose en sus ratos de ocio a la
composición del grupo de escritos de los cuales tenemos algunos restos en la
"Apología a Constancio", la "Apología por su Huida", la
"Carta a los Monjes" y la "Historia de los Arrianos". La
leyenda, por supuesto, se ha mantenido ocupada con este período de la carrera
del Santo, y podemos encontrar en la "Vida de Pacomio" una colección
de relatos repletos de incidentes, y avivados por el recuento de sus
"escapadas al filo de la muerte".
Pero a finales del año
360 era aparente un cambio en la composición del partido anti-Niceano. Los
Arrianos no presentaban ya un frente unido a sus oponentes ortodoxos. El Emperador
Constancio, que había sido la causa de tantos problemas, murió el 4 de
noviembre del 361, y le sucedió Juliano. La proclamación de la ascensión del
nuevo príncipe fue la señal para una revuelta pagana contra la aun dominante
facción Arriana en Alejandría. Jorge, el Obispo usurpador, fue arrojado en
prisión y asesinado, en circunstancias de gran crueldad, el 24 de Diciembre
(Hist. Aceph., VI). Un oscuro presbítero, de nombre Pisto, fue inmediatamente
escogido por los Arrianos para sucederle, cuando llegaron nuevas noticias que
llenaron de esperanza al partido ortodoxo. Un edicto había sido emitido por
Juliano (Hist. Aceph., VII) permitiendo a los exiliados obispos de los
"Galileos" regresar a sus "ciudades y provincias".
Atanasio recibió un
llamado de su propia grey y, en consecuencia, regresó a su capital episcopal el
22 de Febrero del 362. Con su característica energía se puso a trabajar para
reestablecer las algo quebrantadas suertes del partido ortodoxo y para purgar
la atmósfera teológica de incertidumbre. Para aclarar los malentendidos que
habían surgido en el curso de los años previos, se hizo un intento por
determinar aún más el significado de las formulaciones Niceanas. Mientras,
Julián, que parece haberse puesto repentinamente celoso de la influencia que
Atanasio estaba ejerciendo en Alejandría, dirigió una orden a Ecdicio, Prefecto
de Egipto, ordenándole en forma perentoria la expulsión del restaurado primado,
basándose en que este nunca había sido incluido en el acto imperial de
clemencia. El edicto le fue comunicado al obispo por Pyticodoro Trico quien,
aunque descrito en el "Chronicon Athanasium" (xxxv) como un
"filósofo", parece haberse comportado con brutal insolencia. El 23 de
Octubre la gente se reunió en torno al obispo proscrito para protestar contra
el decreto del emperador, pero el santo les urgió a deponer su actitud,
consolándoles con la promesa de que su ausencia sería de corta duración.
Curiosamente, la profecía se cumplió. Juliano terminó su corta carrera el 26 de
Junio del 363, y Atanasio regresó en secreto a Alejandría, donde pronto recibió
un documento del nuevo emperador, Joviano, reinstalándolo una vez más en sus
funciones episcopales.
Su primer acto fue
convocar un concilio que reafirmó los términos del Credo de Nicéa. A principios
de Septiembre partió para Antioquia, llevando una carta sinodal en la que se
habían materializado los pronunciamientos de este concilio. En Antioquia se
entrevistó con el nuevo emperador, quien lo recibió graciosamente e incluso le
solicitó preparar una exposición de la fe ortodoxa. Pero Joviano murió el
siguiente Febrero, y para Octubre del 364 Atanasio estaba nuevamente en el
exilio.
Este artículo no tiene
nada que ver con el cambio de tornas que puso en manos de Valentiniano el
control del Oriente, pero el ascenso del emperador dio un nuevo aire de vida al
partido Arriano. Emitió un decreto que expulsaba a los obispos que habían sido
depuestos por Constancio pero que habían sido autorizados a regresar a sus
sedes por Joviano. Las noticias crearon máxima consternación en la propia
ciudad de Alejandría, y el prefecto, para prevenir serios disturbios, dio
garantías públicas de que el muy especial caso de Atanasio sería expuesto ante
el emperador. Pero el santo parece haber adivinado lo que en secreto se preparaba
contra él. Sigilosamente partió de Alejandría el 5 de Octubre, y adoptó como
morada una casa de campo en las afueras de la ciudad. Es durante este período
que se dice pasó cuatro meses oculto en la tumba de su padre (Soz., "Hist.
Eccl.", VI, xii; Doc., "Hist. Eccl.", IV, xii). Valentiniano,
quien parece haber temido sinceramente las consecuencias de un levantamiento
popular, dio orden, pocas semanas después, para el regreso de Atanasio a su
sede. Y comienza ahora el último período de comparativo reposo que
inesperadamente terminó su agitada y extraordinaria carrera. Pasó sus restantes
días, en forma característica, enfatizando nuevamente el punto de vista de
"Permitamos que lo
que fue confesado por los Padres de Nicéa prevalezca", escribió a un
filósofo amigo y corresponsal en los últimos años de su vida (Epist. Lxxi, ad
Max.). Que esa confesión prevaleciera finalmente en los diversos formularios
Trinitarios que siguieron al de Nicéa se debió, humanamente hablando, más a su
laborioso testimonio que al de cualquier otro campeón en la larga lista de
maestros del Catolicismo. Por una de esas inexplicables ironías con las que nos
tropezamos por todo lado en la historia humana, este hombre, que había
soportado el exilio con tanta frecuencia, y que arriesgó la propia vida en
defensa de lo que él creía era la primera y más esencial verdad del credo
Católico, no murió violentamente u ocultándose, sino pacíficamente en su propio
lecho, rodeado de su clero y llorado por los fieles de la sede a la que tan
bien había servido. Su fiesta en el Calendario Romano se celebra en el
aniversario de su muerte.
Todos los materiales
esenciales para la biografía del Santo se encuentran en sus escritos,
especialmente en aquellos escritos después del 350, cuando compuso
Mons. Dom ++ Paulo
Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça
(Mar Alexander I
da Hispânea)