TRATADO SOBRE EL PADRENUESTRO
Los
cristianos son hijos de dios, y se juntan para rezar
Ante todo no quiso el
Doctor de la paz y Maestro de la unidad que orara cada uno por sí y
privadamente, de modo que cada uno, cuando ora, ruegue sólo por sí. No decimos
«Padre mío, que estás en los cielos», ni «el pan mío dame hoy», ni pide cada
uno que se le perdone a él solo su deuda o que no sea dejado en la tentación y
librado de mal. Es pública y común nuestra oración, y, cuando oramos, no oramos
por uno solo, sino por todo el pueblo, porque todo el pueblo forma una sola
cosa. El Dios de la paz, que nos enseña la concordia y la unidad, quiso que uno
solo orase por todos, como Él llevó a todos en sí solo. Esta ley de la oración
observaron los tres jóvenes encerrados en el horno, puesto que oraron a una y
unánimes y concordes en el espíritu. Nos lo atestigua la palabra de
Pero ¡qué misterios,
hermanos amadísimos, se encierran en la oración del Padre nuestro! ¡Cuántos y
cuán grandes, recogidos en resumen, pero especialmente fecundos por su
eficacia, de tal manera que no ha dejado nada que no esté comprendido en esta
breve fórmula llena de doctrina celestial! Así, dice, debéis orar: Padre
nuestro, que estás en los cielos: «Padre», dice en primer lugar el hombre
nuevo, regenerado y restituido a su Dios por la gracia, porque ya ha empezado a
ser hijo. Vino a los suyos dice, y los suyos no lo recibieron. A cuantos lo
recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su
nombre. El que, por tanto, ha creído en su nombre y se ha hecho hijo de Dios,
debe empezar por eso a dar gracias y hacer profesión de hijo de Dios, puesto
que llama Padre a Dios, que está en los cielos. (...)
¡Cuán grande
es la clemencia del Señor, cuán grande la difusión de su gracia y bondad, pues
que quiso que orásemos frecuentemente en presencia de Dios y le llamemos Padre;
y así como Cristo es Hijo de Dios, así nos llamemos nosotros hijos de Dios!
Ninguno de nosotros osaría pronunciar tal nombre en la oración si no nos lo
hubiese permitido Él mismo. Hemos de acordarnos, por tanto, hermanos
amadísimos, y saber que, cuando llamamos Padre a Dios, es consecuencia que
obremos como hijos de Dios, con el fin de que, así como nosotros nos honramos
con tenerle por Padre, Él pueda honrarse de nosotros. Hemos de portarnos como
templos de Dios, para que sea una prueba de que habita en nosotros el Señor y
no desdigan nuestros actos del espíritu recibido, de modo que los que hemos
empezado a ser celestiales y espirituales no pensemos y obremos más que cosas
espirituales y celestiales, porque el mismo Señor y Dios ha dicho: Glorificaré
a los que me glorifican, y será despreciado el que me desprecia. También el
santo Apóstol consignó en una de sus cartas: No sois dueños de vosotros, pues
habéis ciclo comprados a gran precio. Glorificad y llevad a Dios en vuestro
cuerpo. (8; 9a; 11; BAC 241, 204-209)
Hágase tu
voluntad, así en la tierra como en el cielo
Añadimos después esto:
«Cúmplase tu voluntad en la tierra como en el cielo». No en el sentido de que
Dios haga lo que quiere, sino en cuanto nosotros podamos hacer lo que Dios
quiere. Pues ¿quién puede estorbar a Dios de que haga lo que quiera? Pero
porque a nosotros se nos opone el diablo para
que no esté totalmente sumisa a Dios nuestra mente y vida, pedimos y rogamos
que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios; y para que se cumpla en
nosotros, necesitamos de esa misma voluntad, es decir, de su ayuda y
protección, porque nadie es fuerte por sus propias fuerzas, sino por la bondad
y misericordia de Dios. En fin, también el Señor, para mostrar la debilidad del
hombre, cuya naturaleza llevaba, dice: Padre, si puede ser, que pase de mí este
cáliz, y para dar ejemplo a sus discípulos de que no hicieran su propia
voluntad, sino la de Dios, añadió lo siguiente: Con todo, no se haga lo que yo
quiero, sino lo que Tú quieres. Y en otro pasaje dice: No bajé del cielo para
hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Por lo cual, si el Hijo
obedeció hasta hacer la voluntad del Padre, cuánto más debe obedecer el
servidor para cumplir la voluntad de su señor, como exhorta y enseña en una de
sus epístolas Juan a cumplir la voluntad de Dios, diciendo: No améis al mundo
ni lo que hay en el mundo. Si alguno amare al mundo, no hay en él amor del
Padre, porque todo lo que hay en éste es concupiscencia de la carne y
concupiscencia de los ojos, y ambición de la vida, que no viene del Padre, sino
de la concupiscencia del mundo; y el mundo pasará y su concupiscencia, mas el
que cumpliere la voluntad de Dios permanecerá para siempre, como Dios permanece
eternamente. Los que queremos permanecer siempre, debemos hacer la voluntad de
Dios, que es eterno.
La voluntad de Dios es
la que Cristo enseñó y cumplió: humildad en la conducta, firmeza en la fe,
reserva en las palabras, rectitud en los hechos, misericordia en las obras,
orden en las costumbres, no hacer ofensa a nadie y saber tolerar las que se
hacen, guardar paz con los hermanos, amar a Dios de todo corazón, amarle porque
es Padre, temerle porque es Dios; no anteponer nada a Cristo, porque tampoco Él
antepuso nada a nosotros; unirse inseparablemente a su amor, abrazarse a su
cruz con fortaleza y confianza; si se ventila su nombre y honor, mostrar en las
palabras la firmeza con la que le confesamos; en los tormentos, la confianza
con que luchamos; en la muerte, la paciencia por la que somos coronados. Esto
es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios, esto
es cumplir la voluntad del Padre.
Pedimos que se cumpla la
voluntad de Dios en el cielo y en la tierra; en ambos consiste el acabamiento
de nuestra felicidad y salvación. En efecto, teniendo un cuerpo terreno y un
espíritu que viene del cielo, somos a la vez tierra y cielo, y oramos para que
en ambos, es decir, en el cuerpo y en el espíritu, se cumpla su voluntad. Pues
hay lucha entre la carne y el espíritu y cotidiana guerra, de modo que no
hacemos lo que queremos, ya que el espíritu va tras lo celestial y divino, mas
la carne se siente arrastrada a lo terreno y temporal. Y por eso pedimos que
haya paz entre estos dos adversarios con la ayuda y auxilio de Dios, a fin de
que, si se cumple la voluntad de Dios en el espíritu y en la carne, el alma,
que ha renacido por Él, se salve. Es lo que pone de manifiesto y declara
abiertamente el apóstol Pablo: La carne, dice, apetece contra el espíritu, y el espíritu contra la carne;
estos dos son adversarios el uno contra el otro, por manera que no hacéis lo
que queréis. Bien conocidas son las obras de la carne, cuales son los
adulterios, fornicaciones, impurezas, torpezas, idolatrías, envenenamientos,
homicidios, enemistades, altercados, rivalidades, animosidades, provocaciones,
riñas, desavenencias, herejías, envidias, embriagueces, comilonas y otros
vicios semejantes; los que tales cosas cometen no poseerán el reino de Dios. Al
contrario, los frutos del Espíritu son caridad, gozo, paz, magnanimidad,
bondad, lealtad, mansedumbre, continencia, castidad. Por eso debemos pedir con
cotidianas y aun continuas oraciones que se cumpla sobre nosotros la voluntad
de Dios tanto en el cielo como en la tierra: porque ésta es la voluntad de Dios,
que lo terreno se posponga a lo celestial, que prevalezca lo espiritual y
divino.
También puede darse otro
sentido, hermanos amadísimos, que, puesto que manda y amonesta el Señor que
amemos hasta a los enemigos y oremos también por los que nos persiguen, pidamos
igualmente por los que aún son terrenos y no han empezado todavía a ser
celestes, para que asimismo se cumpla sobre ellos la voluntad de Dios, que
Cristo cumplió conservando y reparando al hombre. Porque si ya no llama Él a
los discípulos tierra, sino sal de la tierra, y el Apóstol dice que el primer
hombre salió del barro de la tierra y el segundo del cielo, nosotros, que
debemos ser semejantes a Dios, que hace salir el sol sobre buenos y malos y
llueve sobre justos e injustos, con razón pedimos y rogamos, ante el aviso de
Cristo, por la salud de todos, que como en el cielo, esto es, en nosotros, se
cumplió la voluntad de Dios por nuestra fe para ser del cielo, así también se
cumpla su voluntad en la tierra, esto es, en los que no creen, a fin de que los
que todavía son terrenos por su primer nacimiento empiecen a ser celestiales
por su nacimiento segundo del agua y del Espíritu. (14-17; BAC 241, 210-213)
Mons. Dom ++ Paulo
Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça
(Mar Alexander I
da Hispânea)