SIN MIEDO A
(Tratado sobre la peste, 15-26)
Es verdad que perecen en
esta (epidemia de) peste muchos de los nuestros; esto quiere decir que muchos
de los cristianos se libran de este mundo. Esta mortandad es una pestilencia
para los judíos, gentiles y enemigos de Cristo; mas para los servidores de Dios
es salvadora partida para la eternidad. Por el hecho de que sin discriminación
alguna de hombres mueran buenos y malos, no hay que creer que es igual la
muerte de unos y de otros. Los justos son llevados al lugar del descanso, los
malos son arrastrados al suplicio; a los fieles se les otorga en seguida la
seguridad; a los infieles, sin tardar el castigo (...).
Cuántas veces me fue
revelado, cuántas y más claras veces se me ordenó por la bondad de Dios que
clamase sin cesar, que predicara en público que no debía llorarse por nuestras
hermanos llamados por el Señor y libres de este mundo, sabiendo que no se
pierden, sino que nos preceden; que, como viajeros, como navegantes, van
delante de los que quedamos atrás; que se puede echarlos de menos, pero no
llorarlos y cubrirnos de luto, puesto que ellos ya se han vestido vestidos
blancos; que no debe darse a los gentiles ocasión de que nos censuren con toda
razón, de que viven con Dios y los lloremos como perdidos y aniquilados, y no
demos pruebas con verdaderos sentimientos de lo que predicamos con las
palabras. Somos prevaricadores de nuestra esperanza y fe si aparece como
fingido y simulado lo que estamos afirmando. De nada sirve mostrar en la boca la
virtud y desacreditar su verdad con la práctica.
Por último el Apóstol Pablo reprueba y recrimina, reprende a los que se contristan desmesuradamente
por la pérdida de los suyos. No queremos, dice, que os olvidéis, hermanos, a
propósito de los que fallecen, que no debéis lamentaros como los demás que no
tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, también Dios
llevará con Él a los que han muerto con Jesús (1 Ts. 4, 13-14). Dice que se
entristecen en demasía de los suyos los que no tienen esperanza. Pero los que
vivimos con esperanza y creemos en Dios y que Cristo padeció por nosotros y
resucitó, y confiamos en permanecer con Cristo y resucitar en Él y por Él, ¿por
qué rehusamos salir de este mundo o lloramos y nos dolemos de los nuestros que
parten, como ya perdidos, cuando el mismo Cristo y Señor y Dios nuestro nos
avisa y dice: Yo soy la resurrección; el que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mi no morirá nunca? (Jn. 11, 25-26). Si creemos en
Cristo, tengamos fe en sus palabras y promesas de modo que, no habiendo de
morir nunca, vayamos alegres y tranquilos a Cristo, con el cual hemos de
triunfar y reinar siempre
Si morimos, cuando nos
toque, entonces pasamos por la muerte a la inmortalidad, y no puede empezar la
vida eterna hasta que no salgamos de ésta. No es ciertamente una salida, sino
un paso y traslado a la eternidad, después de correr esta carrera temporal.
¿Quién hay que no vaya a lo mejor? ¿Quién no deseará transformarse y mudarse
cuanto antes en la forma de Cristo y merecer el don del cielo, predicando el
Apóstol Pablo: nuestra vida, dice, está en el cielo, de donde esperamos al
Señor Jesucristo, que transformará nuestro vil cuerpo en un cuerpo
resplandeciente como el suyo? (Fil. 3, 20-21). Para que estemos con Él y con Él
nos gocemos en las moradas eternas y en el reino del cielo, Cristo Señor
promete que seremos tales cuando ruega al Padre por nosotros, diciendo: Padre,
quiero que los que me entregaste estén conmigo donde estoy Yo y vean la gloria
que me diste antes de crear al mundo (Jn. 17, 24). El que ha de llegar a la
morada de Cristo, a la gloria del reino celestial, no debe derramar llanto y
plañir, sino más bien regocijarse en esta partida y traslado, conforme a la
promesa del Señor y a la fe en su cumplimiento (...).
Hemos de pensar,
hermanos amadísimos, y reflexionar sobre lo mismo: que hemos renunciado al
mundo y que vivimos aquí durante la vida como huéspedes y viajeros. Abracemos
el día que a cada uno señala su domicilio, que nos restituye a nuestro reino y
paraíso, una vez escapados de este mundo y libres de sus lazos. ¿Quién, estando
lejos, no se apresura a volver a su patria? ¿Quién, a punto de embarcarse para
ir a los suyos, no desea vientos favorables para poder abrazarlos cuanto antes?
Nosotros tenemos por patria el paraíso, por padres a los patriarcas; ¿por qué,
pues, no nos apresuramos y volvemos para ver a nuestra patria para poder
saludar a nuestros padres? Nos esperan allí muchas de nuestras personas
queridas, nos echa de menos la numerosa turba de padres, hermanos, hijos,
seguros de su salvación, pero preocupados todavía por la nuestra. ¡Qué alegría
tan grande para ellos y nosotros llegar a su presencia y abrazarlos, qué placer
disfrutar allá del reino del cielo sin temor de morir y qué dicha tan soberana
y perpetua con una vida sin fin! Allí el coro giorioso de los apóstoles, allí
el grupo de los profetas gozosos, allí la multitud de innumerables mártires que
están coronados por los méritos de su lucha y sufrimientos, allí las vírgenes
que triunfaron de la concupiscencia de la carne con el vigor de la castidad,
allí los galardonados por su misericordia, que hicieron obras buenas,
socorriendo a los pobres con limosnas, que, por cumplir los preceptos del
Señor, transfirieron su patrimonio terreno a los tesoros del cielo. Corramos,
hermanos amadísimos, con insaciable anhelo tras éstos, para estar enseguida con
ellos; deseemos llegar pronto a Cristo. Vea Dios estos pensamientos, y que
Cristo contemple estos ardientes deseos de nuestro espíritu y fe; Él otorgará
mayores mercedes de su amor a los que tuvieren mayores deseos de Él.
Mons. Dom ++ Paulo
Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça
(Mar Alexander I
da Hispânea)