LAS
MARAVILLAS DEL BAUTISMO
Cuando yacía postrado en
las tinieblas de la noche, cuando zozobraba en medio del mar borrascoso de este
mundo y andaba vacilante en el camino del error sin saber qué sería de mi vida,
desviado de la luz de la verdad, imaginaba que sería difícil y duro, en mi
situación, lo que me prometia la divina misericordia: que uno pudiera renacer y
que — animado de una nueva vida por el baño del agua de salvación — dejara lo que había sido y cambiara el hombre viejo de espíritu y mente,
aunque permaneciera en el mismo cuerpo humano. ¿Cómo es posible, me decía, tal
transformación? ¿Cómo es posible que de la noche a la mañana, tan de repente,
se despoje uno de lo que es congénito a la misma naturaleza, o se ha endurecido
por hábitos inveterados? Estas disposiciones son inquebrantables, estan
arraigadas con raíces muy hondas. ¿Cuándo aprenderá a ser sobrio quien se ha
acostumbrado a espléndidas cenas y ricos banquetes? ¿Cuándo se va a contentar
con corriente y sencillo atuendo quien siempre destacó por el oro y la púrpura
de sus preciosos vestidos? Quien goza de dignidades y cargos no soporta verse
privado de ellos y vivir en la oscuridad. Aquel que suele ir rodeado de una
escolta de clientes, cortejado por una numerosa comitiva de aduladores,
considera como un tormento el verse solo. Quienes se han apegado a los halagos
de las pasiones es necesario que, como de costumbre, los arrastre la
embriaguez, los hinche la soberbia, los exalte la ira, los despedace la
codicia, los provoque la crueldad, los alucine la ambición, los precipite la
lujuria.
Esto me decía una y mil
veces a mí mismo. Pues, como me hallaba retenido y enredado en tantos errores
de mi vida anterior, de los que no creía poder desprenderme, yo mismo
condescendía con mis vicios inveterados y, desesperando de enmendarme,
fomentaba mis males como hechos naturales en mí. Pero después que quedaron
borradas con el agua de regeneración las manchas de la vida pasada y se
infundió la luz en mi espíritu transformado y purificado, después que me cambió
en un hombre nuevo por un segundo nacimiento la infusión del Espíritu
celestial, al instante se aclararon las dudas de modo maravilloso, se abrió lo
que estaba cerrado, se disiparon las tinieblas, se volvió fácil lo que antes me
parecía difícil, se hizo posible lo que creía imposible. De modo que pude
reconocer que provenía de la tierra mi anterior vida carnal sujeta a los
pecados, y que era cosa de Dios lo que ahora estaba animado por el Espíritu Santo.
Tú mismo puedes
comprender y reconocer conmigo qué nos ha quitado y qué nos ha traído esta
muerte de los vicios y esta vida de las virtudes. Tú bien lo sabes, sin que yo
lo pregone. Siempre es odiosa la propia alabanza; si bien no puede decirse en
este caso que sea propia alabanza, sino gratitud, porque se atribuye a don de
Dios y no a las fuerzas del hombre, de manera que el no pecar ahora es favor de
la gracia, y el haber pecado antes fue efecto de la miseria humana. Don de Dios
es todo lo que ahora podemos. De Él vivimos, por El tenemos fuerzas, de Él
recibimos y sentimos aquel vigor por el cual, aun en esta vida, gustamos los
preludios de la futura. Solamente debemos tener el temor de perder la
inocencia, para que el Señor, que por su misericordia infundió la gracia en
nuestras almas, permanezca complacido por nuestras buenas obras en nuestro
espíritu, como en su morada, no sea que la seguridad concedida nos haga
descuidados y se introduzca de nuevo el antiguo enemigo.
Por lo demás, si tú te
asientas con pie firme en el camino de la inocencia, de la justicia, si unido
tan sólo a Dios con todas tus fuerzas y con toda tu alma, no eres más que lo
que has empezado a ser, cuanto mayor sea en ti el aumento de gracia, mayores
fuerzas tendrás. No hay medida alguna en las mercedes que recibimos de Dios,
como suele haberla en los beneficios humanos. El Espíritu, que se derrama con
abundancia, no se ve oprimido por límites, ni encerrado en espacio estrecho que
lo frene. Fluye sin cesar, rebosa su abundancia, solamente tiene que abrirse
nuestro corazón y estar sediento. Cuanta fe seamos capaces de presentar, tanta
abundancia de gracia recogeremos.
Entonces ya podemos,
mediante una castidad austera, un alma pura, unas palabras limpias, remediar a
los dolientes, destruir la ponzoña, purificar las almas de los enfermos
devolviéndoles la salud, imponer la paz a los enemigos, la calma a los
violentos, la mansedumbre a los iracundos. Ya podemos obligar a los espíritus
inmundos y vagabundos—que se introdujeron en los hombres para atormentarlos—a
que confiesen increpándolos con amenazas, forzarlos con duros azotes a que
salgan, aumentarles el castigo si se resisten; si aúllan, si gimen, sacudirles
con látigos, abrasarlos con el fuego. Este combate se produce allí, pero no se
ve. El mal está oculto, aunque el castigo es manifiesto. Por eso, desde que
empezamos a ser suyos, el Espíritu que hemos recibido obra con toda libertad.
Pero, como no hemos cambiado de cuerpo ni de miembros, nuestros ojos carnales
están todavía oscurecidos con las nubes del siglo. ¡Qué gran dignidad tiene el
alma! ¡Qué grande su poder! No sólo ha quedado desprendida del pernicioso apego
del mundo, hasta estar libre por su expiación y pureza de la peste esparcida
por el enemigo, sino que ha adquirido mayor y más poderosa pujanza de fuerzas,
que se impone con imperio a todas las legiones del enemigo atacante.
Mons. Dom ++ Paulo
Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça
(Mar Alexander I
da Hispânea)