EL HOMBRE NUEVO

 

 

De Dios viene la fuerza para vivir santamente

Cuando yo me encontraba sumido en las tinieblas y en la noche cerrada bamboleándome y fluctuando en el mar agitado del mundo, lleno de dudas en pos de señales perdedoras, ignorante de mi propia vida, extraño a la verdad y a la luz, me parecía que según era en aquel momento mi modo de vida había de serme sumamente difícil y duro lo que la misericordia divina me prometía para mi salvación, a saber, poder renacer de nuevo y con el lavatorio del agua salvadora comenzar una nueva vida, deshaciéndome de todo lo de antes y cambiar el modo de sentir y de entender del hombre, aunque el cuerpo permaneciera el mismo. ¿Cómo puede ser posible, me decia, una conversión tan grande, por la que de repente y en un momento se despoje uno de aquellas cosas congénitas que han adquirido la solidez de la misma naturaleza, o de aquellas cosas adquiridas desde largo tiempo y que han arraigado y envejecido con los años? Estas cosas están sólidamente arraigadas, con raíces sólidas y profundas. ¿Cuándo aprenderá la templanza el que ya está acostumbrado a las buenas cenas y a los grandes banquetes? El que solía brillar por su elegancia, vestido ricamente de oro y púrpura, ¿cuándo podrá ponerse el vestido sencillo del pueblo? El que tenía sus delicias en los honores y dignidades, no puede permanecer como simple privado y sin gloria. El que iba siempre rodeado de una piña de clientes y se sentía honrado con su numeroso séquito y su escuadrón de servidores, piensa ser un castigo el tener que andar solo. Se han hecho imprescindibles los tenaces estímulos a que uno se había acostumbrado: el animarse con el vino, hincharse con la soberbia, inflamarse de ira, preocuparse por la rapacidad, excitarse con la crueldad, deleitarse en la ambición, entregarse al placer.

Esto pensaba yo muchas veces dentro de mi, pues yo mismo me encontraba enredado en los muchos errores de mi vida anterior, y no pensaba que pudiera llegar a despojarme de ellos... Pero cuando la suciedad de mi vida anterior fue lavada por medio del agua regeneradora, una luz de arriba se derramó en mi pecho ya limpio y puro. Después que hube bebido del Espíritu celeste, me encontré rejuvenecido con un segundo nacimiento y hecho un hombre nuevo: de manera milagrosa desaparecieron de repente las dudas, se abrió la cerrazón, se iluminaron las tinieblas, se hizo posible lo que antes parecía imposible... Reconocí que mi anterior vida carnal y entregada al pecado era cosa de la tierra, mientras que la que ya había empezado a vivir del Espiritu Santo era cosa de Dios... El alabarse a si mismo es odiosa soberbia, pero no es soberbia, sino agradecimiento, el proclamar lo que se atribuye, no al esfuerzo del hombre, sino al don de Dios. El dejar de pecar es cosa de Dios, mientras que el anterior pecado era cosa del error humano. Nuestro poder, repito, todo nuestro poder, es cosa de Dios. De él es nuestra vida, de él nuestra fuerza, de éI tomamos y asimilamos nuestra vitalidad por la que, estando todavía en este mundo, reconocemos los signos de las cosas futuras.

 

La persecución es una purificación de la vida cristiana

El Señor ha querido poner a prueba a sus hijos. Una larga paz había corrompido en nosotros las enseñanzas que el mismo Dios nos había dado, y tuvo que venir la reprensión del cielo para levantar la fe que se encontraba decaída y casi diría aletargada; y aunque nuestros pecados merecían mayor severidad, el Dios piadosisimo ha ordenado de tal manera todas las cosas, que todo lo que ha acontecido parece ser más una prueba que una persecución. Cada uno se preocupaba de aumentar su hacienda, y olvidándose de su fe y de lo que antes se solía practicar en tiempo de los apóstoles y que siempre deberían seguir practicando, se entregaban con codicia insaciable y abrasadora a aumentar sus posesiones. En los sacerdotes ya no había religiosa piedad, no había aquella fe íntegra en el desempeño de su ministerio, aquellas obras de misecordia, aquella disciplina en las costumbres. Los hombres se corrompían cuidando de su barba, las mujeres preocupadas por su belleza y sus maquillajes: se adulteraba la forma de los ojos, obra de las manos de Dios; los cabellos se teñían con colores falsos. Con astutos fraudes se engañaba a los sencillos, y con intenciones torcidas se abusaba de los hermanos. Se concertaban matrimonios con los infieles, y se prostituían a los gentiles los miembros de Cristo. No sólo se juraba temerariamente, sino que se perjuraba; se despreciaba a los superiores con hinchada soberbia, se blasfemaba con lengua venenosa, se desgarraban unos a otros con odios pertinaces. Muchos obispos, que debían ser ejemplo y exhortación para los demás, se olvidaban de su divino ministerio, y se hacían ministros de los poderosos del siglo: abandonaban su sede. dejaban destituido a su pueblo, recorriendo las provincias extranjeras siguiendo los mercados en busca de negocios lucrativos, con ansia de poseer abundancia de dinero mientras los hermanos de sus iglesias padecían hambre; se apoderaban de haciendas con fraudes y ardides, y aumentaban sus intereses con crecida usura... Nosotros, al olvidarnos de la ley que se nos había dado, hemos dado con nuestros pecados motivo para lo que ocurre: ya que hemos despreciado los mandamientos de Dios, somos llamados con remedios severos a que nos enmendemos de nuestros delitos y demos muestra de nuestra fe. Por lo menos, aunque sea tarde, nos hemos convertido al temor de Dios, dispuestos a sufrir con paciencia y fortaleza esta amonestación y prueba que de Dios nos viene...

 

Sólo con una verdadera penitencia se alcanza el perdón del Señor

Ha brotado, hermanos amadísimos, un nuevo género de estrago. Como si hubiera sido poco cruel la tormenta de la persecución, se ha añadido como colmo de males una blandura engañosa y destructora que se presenta bajo el titulo de misericordia. Contra el vigor del evangelio, contra la ley de Dios y del Señor, la audacia de algunos concede laxamente la comunión a los incautos, como una paz nula y falsa, llena de peligros para los que la otorgan, y de ningún provecho para los que la reciben. No buscan la penitencia que restablece la salud, ni la verdadera medicina que está en la satisfacción. La penitencia queda excluida de los corazones, borrándose la memoria de un delito gravísimo y supremo. Se encubren las heridas de los moribundos y la llaga mortal latente en lo más profuso de las entrañas se tapa con un falso dolor. Los que vuelven de los altares del diablo, se acercan al santuario del Señor con sus manos sucias e infectas de los olores, casi eructando todavia los manjares mortíferos de los ídolos: sus fauces despiden todavía ahora el aliento de un crimen, precipitándose sobre el cuerpo del Señor cuando su respiración huele todavía a aquellos contagios funestos... Antes de que hayan expiado sus delitos, antes de que hayan hecho confesión de su pecado, antes de que su conciencia haya sido purificada con el sacrificio y con la mano del sacerdote, antes de aplacar la ofensa del Dios indignado y amenazante, se hace violencia a su cuerpo y a su sangre, cometiendo entonces con sus manos y con su boca un crimen contra el Señor, mayor que el que cometieron cuando le negaron. No es aquello paz, sino guerra: no se adhiere al evangelio el que se separa de la Iglesia... Nadie se engañe, nadie se deje sorprender. Sólo el Señor puede perdonar. Sólo él puede dar el perdón de los pecados que se han cometido contra él: él, que cargó con nuestros pecados, que padeció por nosotros, que fue entregado por Dios para nuestros pecados. No puede estar el hombre por encima de Dios, ni puede el esclavo perdonar o conceder indulgencia de los delitos graves cometidos contra su Señor, no sea que al que ha caído se le añada el pecado de no entender lo que está predicho: «Maldito el hombre que pone su esperanza en otro hombre» (Jer. 17, 5). Al Señor se ha de rogar, el Señor ha de ser aplacado con nuestra satisfacción, pues él dijo que negaría al que le negase, y que sólo él recibió del Padre el poder de juzgar a todos. Ciertamente creemos que los méritos de los mártires y las obras de los justos tienen mucho poder ante este juez: pero esto será cuando venga el día del juicio, cuando después del ocaso de este mundo su pueblo se presente ante su tribunal.

 

San Cipriano

 

 

Arcebispo Primaz Katholikos

Mons. Dom ++ Paulo Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça

(Mar Alexander I da Hispânea)

 

 

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Última actualização deste Link em 02 de Abril de 2009

 

 

 

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