CARTA DE
CIPRIANO, DESDE EL LUGAR DONDE SE ESCONDIÓ AL COMENZAR
A LOS
PRESBÍTEROS Y A LOS DIÁCONOS DE CARTAGO; DE PRINCIPIOS DEL AÑO 250.
Cipriano a los
presbíteros y diáconos, sus hermanos carísimos, salud.
Os saludo, encontrándome
bien por la gracia de Dios, hermanos carísimos, y me alegro de saber no hay
novedad en lo que se refiere asimismo a vuestra salud. Y ya que las circunstancias
no permiten estar ahora con vosotros, os ruego en razón de vuestra fe y
religión, que desempeñéis vuestras funciones y las nuestras, de modo que nada
haya que desear en cuanto a la disciplina y el celo. Respecto al suministro de
recursos, os ruego que nada falte, tanto a los que por confesar gloriosamente
al Señor están en la cárcel, como a los que viéndose en pobreza y necesidad,
permanecen, no obstante, fieles al Señor; pues todo el dinero recogido ahí,
está distribuido entre los miembros del clero para casos de este género, de
manera que haya muchos que puedan subvenir a las necesidades y apuros
particulares.
También os ruego que no
decaiga vuestro celo e interés por que no se perturbe la tranquilidad. Claro
que los hermanos están deseando, por el gran cariño que les tienen, ir a
visitar a los buenos confesores, que la gracia divina ha hecho ya ilustres con
un glorioso principio; no obstante, creo que esto debe practicarse con
discreción, no en grupos y en gran número de una vez, para no excitar con ello
la hostilidad y que se deniegue la facultad de entrar; y en tanto que por
exceso queramos demasiado, lo perdamos todo. Así que proveed con prudencia para
que se lleve esto a cabo con la mayor seguridad, de modo que hasta los
presbíteros, que en la cárcel ofrecen el sacrificio ante los confesores,
alternen por turnos, cada uno con un diácono distinto, porque el cambio de
personas y la variedad de los visitantes disminuye la animosidad. En todo,
pues, debemos acomodarnos a las circunstancias con mansedumbre y humildad, como
conviene a los siervos de Dios, y mirar por la tranquilidad, y atender al
pueblo. Os deseo, hermanos carísimos y amadísimos, que gocéis siempre de
completa salud, y os acordéis de nosotros. Saludad a toda la comunidad de
hermanos. Os saluda el diácono y los que están conmigo. Adiós.
(Carta 5: Migne 4; BAC
241. 377-378)
CARTA DE
CIPRIANO, DESDE SU ESCONDITE, A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS DE CARTAGO,
SOBRE EL CUIDADO
DE
Cipriano a los
presbíteros y diáconos, sus hermanos carísimos, salud.
Os saludo, carísimos
hermanos, encontrándome bien por la bondad de Dios y deseando llegarme
enseguida a veros, para dar satisfacción a mi deseo, que es el vuestro y el de
todos los hermanos. No hay más remedio, sin embargo, que velar por la paz común
y, aunque con pesar mío, estar ausente provisionalmente de vosotros, para no
provocar con nuestra presencia la animosidad y violencias de los gentiles y no
ser responsable de la pérdida de la paz, ya que más bien debemos mirar por la
tranquilidad de todos. Así que, cuando me escribáis que todo está en paz y que
ya puedo volver, o si Dios se dignare mostrarlo antes, entonces me juntaré a
vosotros. Pues ¿dónde voy a estar mejor o más satisfecho que allí donde Dios
quiso concederme la fe y el crecimiento? Os ruego tengáis extrema solicitud de
las viudas, de los enfermos y de todos los necesitados. Pero aun para los
forasteros, si fueren necesitados, tomad socorros de mi peculio que dejé en
poder de Rogaciano, nuestro copresbítero. Y por si este fondo se hubiere ya
distribuido, he remitido al mismo Rogaciano otra suma por el acólito Narico,
con el fin de que con toda largueza y prontitud pueda hacerse la distribución.
Os deseo, hermanos carísimos, constante y cumplida salud.
(Carta 7: Migne 36; BAC
241, 383-384)
CARTA DE
CIPRIANO A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS DE CARTAGO,
SOBRE EL
PROBLEMA DE LOS LAPSI; VERANO DEL 250.
Cipriano a los presbíteros
y diáconos, sus hermanos, salud.
Estoy extrañado de que
vosotros, hermanos carísimos, no hayáis respondido nada a las muchas cartas que
con frecuencia os remito, dado que la utilidad y necesidad de la comunidad de
nuestros hermanos exige indudablemente que yo sea informado por vosotros de los
negocios a resolver, y así pueda precisar las determinaciones. Pero como veo
que no hay ocasión de reunirme con vosotros, y ya ha empezado el verano, en el
que suelen atacar las enfermedades graves y frecuentes, considero que se ha de
ayudar a los hermanos. Así que los que recibieron billetes de recomendación de
los mártires y pueden ser ayudados por su intercesión ante Dios, si se vieren
en trance de peligro o de enfermedad, sin esperar mi presencia, pueden cumplir
la exomológesis de su delito ante cualquier presbítero presente, o, si no se
encontrare un presbítero y urgiera el peligro de muerte, ante un diácono
también, a fin de que, impuesta la mano como signo de reconciliacion, vayan al
Señor con la paz que nos solicitaron los mártires se les concediera en sus
cartas.
En cuanto a la otra
parte del pueblo que cayó, asistidles con vuestras personas y reconfortadles
con vuestros auxilios, para que no se aparten de la fe y misericordia del
Señor. No deben, pues, ser privados de la ayuda y socorro del Señor los que con
mansedumbre y humildad, y verdaderamente arrepentidos, perseveraren en sus
buenas intenciones, puesto que a ellos también ha de atendérseles con el
remedio divino. No debe tampoco faltar vuestra solicitud a los catecúmenos, si
les sobreviniere peligro y último extremo de muerte, y, si imploraren el perdón
de Dios, no se les niegue la misericordia del Señor.
Os deseo, hermanos
carísimos, que siempre disfrutéis de buena salud, y os acordéis de mí. Un
saludo de mi parte a toda la comunidad de hermanos, y recomendadles un recuerdo
para mí. Adiós.
(Carta 18: Migne 12; BAC
241, 422-423)
CARTA DE CIPRIANO A LOS PRESBÍTEROS, A LOS
DIÁCONOS Y A TODO EL PUEBLO DE CARTAGO,
SOBRE LOS MÉRITOS DE UN CONFESOR; OTOÑO DEL
250.
Cipriano a sus hermanos
amadísimos y deseadísimos los presbíteros, diáconos y a todo el pueblo, salud.
Es deber mío anunciaros,
carísimos hermanos, las noticias que os pueden dar contento a todos y afectan
al mayor honor de nuestra Iglesia. Y, en efecto, debéis saber que nos ha
advertido e intimado la bondad divina inscribir en el número de los presbíteros
de Cartago al presbítero Numídico y admitirlo a sentarse entre nuestro clero,
siendo tan ilustre por la brillante conducta de su confesión y tan eminente por
el prestigio que le han dado su valor y su fe. Además, éste ha enviado por
delante de sí, merced a sus arengas, a una falange de gloriosos mártires que
murieron lapidados y quemados, y hasta miró con gozo a su esposa, fiel a su lado,
cuando se consumía en medio de las llamas con los demás, y más bien diría yo se
conservaba. Él mismo, medio quemado y medio enterrado por las piedras, fue dado
ya por muerto; después, cuando su hija, con sentimientos de piedad filial,
buscaba el cadáver de su padre, es cuando se lo encontró respirando aún, y
retirado y confortado, quedó contra su gusto separado de sus compañeros, a
quienes él mismo había enviado por delante. Pero el motivo de quedarse fue,
como vemos, para que el Señor lo agregara a nuestro clero y para dotar de
prestigiosos sacerdotes nuestro grupo, desolado por la caída de algunos
presbíteros.
Ciertamente se le
promoverá, con la permisión de Dios, a un puesto más elevado de
Os deseo, hermanos
carísimos y deseadísimos, que conservéis sin interrupción entera salud.
(Carta 40: Migne 35; BAC
241, 484-485)
CARTA DE CIPRIANO A SUCESO; HA COMENZADO
Cipriano a Suceso, su
hermano, salud.
La causa de que no os
escribiera, hermano carísimo, enseguida, fue que todos los clérigos, sometidos
al golpe del combate, no podían salir de aquí en absoluto, dispuestos todos
conforme al favor de su alma para la corona de Dios y del cielo. Debéis saber
que han llegado los que había enviado a Roma con el fin de que nos trajesen la
verdad de lo decretado sobre nosotros, cualquiera cosa que fuese. Pues se
corren y airean diversos e inciertos rumores. Lo verdadero es lo siguiente: Que
Valeriano dio un rescripto al Senado, ordenando que los obispos y presbíteros y
diáconos fueran ejecutados al instante, que los senadores y hombres de altas
funciones y los caballeros romanos deben ser despojados de sus bienes, además
de la dignidad, y, si perseveraren en su cristianismo, después de despojados de
todo, sean decapitados; las matronas, por su parte, perderán sus bienes y serán
relegadas al destierro; a los cesarianos, cualesquiera que hubieren confesado antes
o confesaren al presente, les serán confiscados los bienes y serán encarcelados
y enviados a las posesiones del emperador, levantando acta de ello. El
emperador Valeriano ha añadido a su rescripto una copia a la carta dirigida a
los gobernadores de provincias sobre nosotros. Estamos esperando cada día que
llegue esta carta, manteniéndonos en pie con la firmeza de la fe dispuestos al
martirio, y esperando de la ayuda y misericordia del Senor la corona de la vida
eterna. Sabed que Sixto fue degollado en el cementerio el seis de agosto, y con
él cuatro diáconos. Y los prefectos de Roma activan cada día esta persecución,
ejecutando a los que les son presentados, y destinando al fisco sus bienes.
Os ruego que deis a
conocer estos sucesos a nuestros demás colegas, con el fin de que ellos
exhorten en todas partes a las comunidades de fieles y las fortalezcan y
preparen para el agón espiritual, y todos y cada uno de los nuestros no piensen
tanto en la muerte como en la inmortalidad, y entregados con plena confianza y
total decisión al Señor, se gocen de esta ocasión de confesarle más que la
teman, porque saben que los soldados de Dios y Cristo no son exterminados, sino
coronados.
Os deseo, hermano
carísimo, siempre perfecta salud.
(Carta 80: Migne 82; BAC
241, 737-738)
CARTA DE CIPRIANO A LOS PRESBÍTEROS, A LOS
DIÁCONOS Y A TODO EL PUEBLO DE CARTAGO,
SOBRE SU ACTITUD Y
Cipriano a los
presbíteros, diáconos y a todo el pueblo, salud.
Habiendo llegado a mi
conocimiento, hermanos carísimos, que habían sido enviados frumentarios, para
conducirme a Utica, y habiéndome aconsejado los amigos más queridos alejarme de
momento de mis jardines, he consentido en ello por justo motivo, porque
conviene que el obispo dé testimonio del Señor en la ciudad en que preside a
Lo que un obispo
confesor dice en el mismo momento de la confesión bajo la inspiración de Dios,
lo dice en nombre de todos. Al contrario, se mutilaría el honor de nuestra
Iglesia tan gloriosa si yo, que soy obispo de otra Iglesia, dictada la
sentencia en Utica por la confesión de Cristo, a consecuencia de ella, sufriera
el martirio, puesto que yo ruego con continuas oraciones y deseo de todas veras
y es mi deber hacer la confesión en medio de vosotros y padecer allí, y desde
ahí partir para el Señor. Por tanto, esperamos aquí en este retiro secreto la
vuelta del procónsul de Cartago, para saber de él lo que han dispuesto los
emperadores sobre los cristianos legos y los obispos, y dirán lo que el Señor
dispusiere se diga en este momento. Vosotros, hermanos carísimos, conforme a la
doctrina que siempre recibisteis de mí sobre los mandatos del Señor, y conforme
a lo que aprendisteis de mi enseñanza tantas veces, manteneos en paz y
tranquilidad, y ninguno de vosotros promueva ninguna alteración entre los
hermanos, ni se presente espontáneamente a los gentiles. Si es aprehendido y
entregado a los magistrados, debe hablar, puesto que hablará por nosotros en
aquel momento Dios, que prefirió una confesión a una profesión. Sobre lo que
conviene hacer por lo demás, lo dispondremos sobre el terreno, con la
inspiración del Señor, antes de que el procónsul dicte sentencia respecto a mi
confesión del nombre de Dios.
Que el Señor Jesús,
hermanos carísimos, os mantenga salvos en su Iglesia y se digne conservaros.
(Carta 81: Migne 83; BAC
241, 739-740)
Mons. Dom ++ Paulo
Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça
(Mar Alexander I
da Hispânea)