UNIVERSO AMARRADO A LA PATA DE LA CAMA
Jueves 9 de diciembre, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos payaneses:
Cronopios nos informa que en la noche del 9 de
diciembre, 2004, se realiza una conversa informal con Gustavo
Wilches-Chaux, autor del libro El universo amarrado
a la pata de la cama, de Villegas Editores, con asistencia
del prologuista Arturo Guerrero, de Joe Broderick, quien
escribió una entusiasmada reseña en la revista Semana y con
amigos y lectores del autor.
Cronopios continúa diciendo que Gustavo es "uno
de nuestros Noveleros como uno de los más refrescantes,
divertidos pero también densos, juiciosos y literarios de esta
copiosa cosecha de narrativa colombiana para el fin de
año.
Y como muestra botón de Cronopios, de relatos
verídicos de ciencia ficción de Wilches-Chaux,
incluye "Diálogo con un un hombre que se fue a
contraluz".
Cordial saludo,
***.
Diálogo con un hombre que se fue a contraluz
El universo amarrado a la pata de la cama
Por Gustavo Wilches-Chaux
Transcrito de Cronopios
El hombre me detuvo en la calle y me invitó, o más exactamente:
me exigió, acompañarlo a una cafetería cercana, para tomarme
un tinto con él. Yo lo había visto fugazmente, un par de veces,
creo que en algunas de las reuniones que se llevaron a cabo en
Belalcázar o en La Plata, en los días siguientes al terremoto
del Páez. Tenía una barba negra y densa y unas facciones
ariscas, bruscas, como talladas con un vidrio de botella por un
artesano principiante.
Además de que yo no tomo café, pensé que quería tratar
conmigo algún tema relacionado con NASA KIWE1 y por eso, con
evidente incomodidad, me apresuré a manifestarle que yo me
había retirado del cargo de director desde hacía varios meses y
que cualquier asunto que tuviera que ver con el desastre debía
tratarlo directamente en la Corporación.
Yo no le voy a hablar de la Corporación me dijo
molesto, con un tono equivalente al que yo había utilizado para
evadir su invitación. Es sobre esos informes que usted
escribió sobre la bola de cristal que le regalaron en Estocolmo.
Me llamó la atención que utilizara la palabra
informes para referirse a mis relatos y que tuviera
presente el hecho de que la bola de que hablan esos textos me la
habían regalado en Estocolmo. Picado por la curiosidad
(picado es el término preciso, pues si el hombre
había utilizado el tema de la bola como carnada, efectivamente
yo había picado), accedí a entrar con él a la
cafetería que queda frente a la plazuela de Santo Domingo y a
tomarme una cerveza mientras él se tomaba un café.
Como usted sabe comenzó diciendo, yo soy de
Almaguer. ¿Conoce Almaguer?
Pues sí le contesté, pero yo no sabía que
usted era de Almaguer. Y a propósito seguí ¿yo no
lo vi a usted en las reuniones que se hicieron en Belalcázar y
en La Plata en los días del terremoto del Páez? ¿Qué hacía
ahí si usted es de Almaguer? ¿Usted vive en Tierradentro, o
qué?
Eso no tiene que ver contestó, con un ademán que
indicaba que no iba a dejar que lo sacara del tema. Y sin dejar
lugar para más comentarios, prosiguió Usted debe saber
también que en el terremoto que destruyó a Almaguer en 1765,
junto con las vetas de oro de las cuales derivaba su riqueza la
región, desapareció la única mina de ánimus de que se ha
tenido noticia, no sólo en Colombia, sino en el mundo.
Realmente eso del ánimus como sustancia es una
invención mía le dije yo. Me lo inventé para unas
historias de ciencia ficción.
Mi tentativa de aclaración no tuvo efecto, pues el hombre
continuó hablando, como si yo no hubiera dicho nada.
Pues si bien Almaguer era famoso por las minas de oro, lo
que verdaderamente atraía a gente de todas partes del mundo (a
los pocos que sabían), era la existencia de la mina de ánimus.
Los buscadores de ánimus disfrazaban su verdadero interés con
el pretexto del oro, pero ocultas en las bolsas con el metal,
mandaban para todas partes las esferas de ánimus. Por supuesto,
para quienes no sabían de la existencia de esa misteriosa
sustancia, esas bolitas que parecían de cristal carecían
totalmente de valor, lo cual hacía muy seguro su despacho,
especialmente hacia Europa, en donde se encontraban los pocos
artesanos conocedores de la técnica para fabricar retortas,
matraces, serpentines, lentes y otros artefactos de ánimus. Los
mejores estaban en Suecia y por eso no me extraña que a usted le
hubieran regalado la bola en Estocolmo. Los artífices suecos
trabajaban en el más sigiloso secreto, bajo la apariencia de
vulgares sopladores de vidrio.
¡No me diga! le contesté en tono burlón, a
sabiendas de que si yo me había inventado el ánimus, el hombre
o me quería seguir la corriente en un juego que, para ser
franco, me parecía interesante y halagador (siempre y cuando no
ocultara una segunda intención), o simplemente quería tomarme
del pelo. Aunque también existía la posibilidad de que se
tratara de algún desquiciado que hubiera interpretado al pie de
la letra mis relatos y hubiera armado toda una película
alrededor de la supuesta bola de cristal.
No sé si lo dijo expresamente o si la forma como me miró fue
tan explícita, pero yo recibí su mensaje textual: No se
haga el pendejo, mi doctor. (Seguramente lo dijo, porque de
una mirada hasta se podría deducir la primera parte de la frase,
hasta la coma, pero no lo de mi doctor.)
Usted conocerá me dijo, la laguna del Buey en
Paletará, y sabrá que, al igual que la laguna de Guatavita, fue
formada por un aerolito.
Pues hasta donde yo sé, ni la una ni la otra fueron
formadas por aerolitos. No existen vestigios de tales aerolitos
y, por el contrario, existen explicaciones comprobadas sobre el
origen de las dos y ninguna de esas explicaciones incluye
aerolitos. Álvaro Negret dice que la laguna del Buey es un
mahar...
Pues claro que no existen vestigios me interrumpió
sin inmutarse. Porque ambos eran aerolitos de ánimus, y
usted sabe perfectamente que el ánimus posee la facultad de
esconderse cuando no se quiere dejar conocer.
Bueno le dije, seguro de que me encontraba ante el
típico charlatán, ¿y usted por qué sabe todo eso?
No me contestó. Por el contrario, continuó su
exposición, sin importarle si yo creía lo que me
estaba diciendo o no:
En las aguas de la laguna de Guatavita, efectivamente,
escondieron El Dorado para que no cayera en manos de los
conquistadores españoles, pero, por más que busquen, como ya
han buscado muchas veces nunca lo van a encontrar, porque el
ánimus también posee la facultad de fundirse con el oro y de
trasmitirle la propiedad de evaporarse a voluntad (como también
la de disfrazarse de cualquier otra sustancia animal, vegetal,
mineral o espiritual). El Dorado se evaporó cuando se evaporó
el ánimus del aerolito que formó la laguna de Guatavita. Pero
mientras estuvo allí, mantuvo una comunicación permanente con
los muiscas, usted sabe...
Apuró un sonoro sorbo de tinto y siguió:
El ánimus de la laguna del Buey, en cambio no. Ese se
cómo le diría, se filtró bajo el suelo y el
subsuelo de toda esa región que hoy es el Macizo e impregnó
todos los acuíferos que alimentan la vertiente oriental y la
vertiente occidental. ¡Imagínese usted! De allí salió esa
veta que vino a aflorar en Almaguer y que ocultó el terremoto de
1765. Entre las piedras preciosas y semipreciosas de la meseta de
Mercaderes y entre las obsidianas de la meseta de Popayán, se
cuelan a veces pedacitos de ánimus. La lava de los volcanes del
Cauca con seguridad está impregnada... Todas las aguas que
brotan en el Macizo salen cargadas de la sustancia vital. Todo lo
que se nutre de esas aguas y de esas lavas queda impregnado de
ánimus...
Toda Colombia, entonces, está impregnada, porque...
comencé a decir yo, con el ánimo evidente de alegar que
las aguas que bañan a gran parte del país nacen en el Macizo
Colombiano. Pero el hombre volvió a interrumpir:
No creerá usted que el ánimus se queda en el agua cuando
empieza la contaminación. El ánimus permanece en el agua hasta
cuando comienzan a ensuciarla río abajo, y de allí en adelante
se larga. Cualquier otro ser vivo que pudiera hacerlo, haría
igual.
¿Y hasta dónde llega la veta subterránea de ánimus?
pregunté.
Sus amigos paeces le habrán contado del refrescamiento2 de
los bastones de mando en la laguna de Juan Tama me
contestó con tono irónico, como si en mi pregunta hubiera
sospechado la intención de acorralarlo. Pues lo que
realmente sucede en ese refrescamiento es que los bastones quedan
impregnados de ánimus. Hasta allá y mucho más llegan sus
venas. Un día puede estar concentrado en una sola piedra de rayo
y al día siguiente en toda la Tierra.
¿Pero los paeces saben eso? volví a preguntar.
Yo no sé si saben o no, lo cual, para efectos prácticos,
resulta indiferente contestó. Lo cierto es que tras
el hecho de que el agua de las lagunas sea sagrada (no que la
crean sino que sea, enfatizó) y de que los The Wala posean el
don de soñar y de que las yerbas del páramo tengan la propiedad
de sanar, está el ánimus. O sea que no me venga con el cuento
de que usted se lo inventó, mi doctor.
En ese momento caí en cuenta de que no le había preguntado
cómo se llamaba, ni lo había concretado sobre qué hacía en
esas reuniones en las cuales yo creía haberlo visto, cuando el
terremoto de Tierradentro.
Sobre quién soy yo, no se preocupe, mi doctor --contestó
a la pregunta que yo no le había formulado--. Cualquier día de
estos su bola de ánimus le cuenta quién soy.
Hubo un rato largo de silencio entre los dos.
El mesero colocó sobre la mesa la cuenta (en realidad un trozo
de papel mal arrancado de una libreta, con las cifras
garrapateadas con lapicero azul) y yo hice ademán de sacar plata
para pagar, pero el hombre se me adelantó:
Permítame, doctor.
Del mismo bolsillo del cual sacó las monedas que le entregó al
mesero, sacó una pequeña canica de cristal color champaña,
igual, o la misma que yo le había llevado a mi amigo de
Wisconsin para que la examinara. La que desapareció de su
laboratorio.
Esto es suyo, mi doctor.
Me la pasó.
Eran ya cerca de las seis y media de la tarde. Nos despedimos
brevemente, sin palabras, y yo me quedé en la esquina de Santo
Domingo, pensando. Con los ojos fijos en el atardecer.
El hombre se alejó en dirección al Parque Caldas, caminando
lentamente.
Calle cuarta abajo. A contraluz