GUSTAVO WILCHES-CHAUX
Domingo 16 de mayo, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos payaneses:
Gustavo Wilches-Chaux publica en el Literario
Dominical de El Colombiano este misterioso cuento corto sobre una
planta carnívora del Amazonas.
Cordialmente,
***
CUENTO
DROSERA LUJURIOSA
Por: Gustavo Wilches-Chaux
Literario Dominical
El Colombiano
16 de mayo, 2004
En los libros de
botánica no se menciona esa planta, ni aparece listada en los
herbarios que intentan sistematizar la biodiversidad del
Amazonas, ni en los atlas hay señales de su localización en las
selvas suramericanas.
Sólo se tenía noticia de ella a través de leyendas cada vez
más olvidadas, cuyos retazos están en la memoria de los pocos
ancianos indígenas que todavía conservan, en una lengua
moribunda, vagos recuerdos del conocimiento que sobre esa planta
antropófaga les transmitieron sus antepasados.
Y sin embargo, ese hombre sentado en mi estudio, al frente mío,
me asegura ser el único sobreviviente de una expedición de
treinta hombres que por pura casualidad llegó al único lugar de
la Tierra en donde se encuentran esas plantas y, en consecuencia,
la única persona viva que por experiencia directa puede dar
testimonio de que existen.
Le alego que tiene que haber indígenas del Amazonas que también
han visto la planta, pero él me asegura que efectivamente sí
han oído de ella, pero que por esa misma razón, durante varias
generaciones han evitado acercarse a la región en donde crece.
Cuando se enteraron de que la expedición se encaminaba hacia esa
zona, los guías indígenas que los acompañaban se negaron a
seguir adelante, a pesar de que los expedicionarios ofrecieron
triplicarles la paga.
Cuando le pregunto qué sucedió con el resto de los miembros del
grupo, me explica que después de que el botánico noruego que
dirigía la expedición quedó atrapado en las fauces de una de
las plantas, varios hombres intentaron rescatarlo e incluso
cortaron el tallo de la hoja voraz a machetazos.
Entre varios le abrieron a la fuerza las mandíbulas a la planta
cercenada, pero fue tan obstinada la oposición del noruego a que
lo liberaran, que pistola en mano amenazó con matar al próximo
que se acercara. Impotentes tuvieron que observar, sin hacer
nada, cómo la tenaza carnívora de hojas se cerraba alrededor
del cuerpo del botánico, y en los oídos de los expedicionarios
quedaron grabados los jadeos del hombre mientras era devorado.
En el curso de las horas siguientes, uno tras otro, todos los
expedicionarios se fueron entregando, como poseídos, al hambre
lujuriosa de las plantas y llegó un momento en que los gemidos
de los hombres reemplazaron el sonido de las ranas y los
pájaros.
Le pregunté cómo había hecho él para salvarse, y me contestó
con tono de decepción inocultable, que lo que yo llamaba su
salvación, no había dependido de él, sino de que cuando
avanzaba con los demás hacia las fauces que los convocaban, se
había quedado enredado en unas lianas, y habían resultado
inútiles todos sus forcejeos para soltarse.
Después de toda una noche de esfuerzos y artimañas, había
logrado sacar sus piernas de la trampa de lianas y se había
dirigido hacia las plantas carnívoras, pero las había
encontrado a todas como boas satisfechas y agotadas, concentradas
en la digestión, sumergidas en un denso sopor tropical de selva
húmeda. Había hecho lo posible, me confesó avergonzado, por
despertar a alguna de las plantas, por abrirles la boca, pero
todas permanecieron herméticamente cerradas a sus súplicas y
manos.
Ya para irse de mi casa, el hombre extrajo de su mochila un
frasco con agujeros en la tapa. Lo abrió y me mostró su
contenido: una plantica diminuta, como una venus atrapamoscas,
sembrada como una orquídea, en un delgado lecho de humus. Dijo
que me dejaba de regalo esa pequeña prueba de la veracidad de su
relato.
La planta se encuentra ahora en una macetera, sobre mi mesa de
trabajo. Crece de manera preocupantemente acelerada. Hace tres
noches una de sus hojas se transformó en una cápsula pequeña,
con una abertura en forma de boca, que ocupa la mitad de su
tamaño.
La he estado alimentando con moscas vivas y me llama la atención
que, a pesar de que carece de sustancias pegajosas como las que
segregan otras plantas carnívoras para retener a sus presas, las
moscas no hacen ni el más mínimo esfuerzo para escaparse.
Esta mañana estuve tanteando con mi índice derecho las
mandíbulas y labios de esa planta amazónica y la punta de mi
dedo penetró hasta su garganta. He comenzado a comprender los
motivos del noruego y el comportamiento de las moscas.