LEYENDO A SILVA DE GUILLERMO VALENCIA: II
Lunes 26 de julio, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos payaneses:
Eduardo Rueda Vásquez nos ha enviado el texto
del poema "Leyendo a Silva" del Maestro
Guillermo Valencia, complementando nuestro artículo del
25 de julio 2004.
Nuestros agradecimientos para Eduardo.
J. Eduardo Jaramillo Zuluaga, opina que Leyendo a
Silva no era el más popular de los poemas de Valencia,
pero encerraba de modo más dramático, quizás, los dilemas
fundamentales de su poética, los difíciles arreglos a que
llegó para establecerse en el círculo de los letrados y los
gobernantes, esto es, la reducción de la estética decadentista
a un decorado, a un gesto inofensivo para la ortodoxia
cristiana".
El Maestro Guillermo Valencia dió a conocer este poema el 24 de
mayo de 1898, el día en el cual un grupo de intelectuales hacía
por primera vez una peregrinación a la tumba del poeta José
Asunción Silva (1865-1896).
Cordial saludo,
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Vestía traje suelto de recamado biso en voluptuosos pliegues de un color indeciso, y en el diván tendida, de rojo terciopelo, sus manos, como vivas parásitas de hielo, sostenían un libro de corte fino y largo, un libro de poemas delicioso y amargo. De aquellos dedos pálidos la tibia yema blanda rozaba tenuemente con el papel de Holanda por cuyas blancas hojas vagaron los pinceles de los más refinados discípulos de Apeles: era un lindo manojo que en sus claros lucía los sueños más audaces de la Crisografía: sus cuerpos de serpiente dilatan las mayúsculas que desde el ancho margen acechan las minúsculas, o trazan por los bordes caminos plateados los lentos caracoles, babosos y cansados. Para el poema heroico se vía allí la espada con un león por puño y contera labrada, donde evocó las formas del ciclo legendario con sus torres y grifos un pincel lapidario. Allí la dama gótica de rectilínea cara partida por las rejas de la viñeta rara; allí las hadas tristes de la pasión excelsa: la férvida Eloísa, la suspirada Elsa. Allí los metros raros de musicales timbres: ya móviles y largos como jugosos mimbres, ya diáfanos, que visten la idea levemente como las albas guijas un río trasparente. Allí la vida llora y la muerte sonríe y el tedio, como un ácido, corazones deslíe... Allí, cual casto grupo de núbiles Citeres, cruzaban en silencio figuras de mujeres que vivieron sus vidas, invioladas y solas como la espuma virgen que circunda las olas: la rusa de ojos cálidos y de bruno cabello, pasó con sus pinceles de marta y de camello, la que robó al piano en las veladas frías parejas voladoras de blancas armonías que fueron por los vientos perdiéndose una a una mientras, envuelta en sombras, se atristaba la luna... Aquesa, el pie desnudo, gira como una sombra que sin hacer ruido pisara por la alfombra de un templo... y como el ave que ciega el astro diurno con miradas nictálopes ilumina el Nocturno do al fatigado beso de las vibrantes clines un aire triste y vago preludian dos violines... La luna, como un nimbo de Dios, desde el Oriente dibuja sobre el llano la forma evanescente de un lánguido mancebo que el tardo paso guía como buscando un alma, por la pampa vacía. Busca a su hermana; un día la negra Segadora -sobre la mies que el beso primaveral eenflora- abatiendo sus alas, sus alas de murciélago, hirió a la virgen pálida sobre el dorado piélago, que cayó como un trigo... Amiguitas llorosas la vistieron de lirios, la ciñeron de rosas; céfiro de las tumbas, un bardo israelita le cantó cantos tristes de la raza maldita a ella, que en su lecho de gasas y de blondas, se asemejaba a Ofelia mecida por las ondas: por ella va buscando su hermano entre las brumas, de unas alitas rotas las desprendidas plumas, y por ella... "Pasemos esta doliente hoja que mi ser atormenta, que mi sueño acongoja," dijo entre sí la dama del recamado biso en voluptuosos pliegues, de color indeciso, y prosiguió del libro las hojas volteando, que ensalza en áureas rimas de son calino y blando los perfumes de oriente, los vívidos rubíes y los joyeros mórbidos de sedas carmesíes. |
Leyó versos que guardan como gastados ecos de voces muertas; cantos a ramilletes secos que hacen crujir, al tacto, cálices inodoros; metros que reproducen los gemebundos coros de las locas campanas que en el día de difuntos despiertan con sus voces los muertos cejijuntos lanzados en racimos entre las sepulturas a beberse la sombra de sus noches oscuras... ...Y en el diván tendida, de rojo terciopelo, sus manos, como vivas parásitas de hielo, doblaron lentamente la página postrera que, en gris, mostraba un cuervo sobre una calavera... y se quedó pensando, pensando en la amargura que acendran muchas almas; pensando en la figura del bardo, que en la calma de una noche sombría, puso fin al poema de su melancolía: exangüe como un mármol de la dorada Atenas, herido como un púgil de itálicas arenas, unión la faz de un Numen dulcemente atediado a la ideal belleza del estigmatizado!... Ambicionar las túnicas que modelaba Grecia, y los desnudos senos de la gentil Lutecia; pedir en copas de ónix el ático nepentes; querer ceñir en lauros las pensativas frentes; ansiar para los triunfos el hacha de un Arminio; buscar para los goces el oro del triclinio; amando los detalles, odiar el universo; sacrificar un mundo para pulir un verso; querer remos de águila y garras de leones con qué domar los vientos y herir los corazones; para gustar lo exótico que el ánimo idolatra esconder entre flores el áspid de Cleopatra; seguir los ideales en pos de Don Quijote que en el azul divaga de su rocín al trote; esperar en la noche las trémulas escalas que arrebaten ligeras a las etéreas salas; oír los mudos ecos que pueblan los santuarios, amar las hostias blancas; amar los incensarios (poetas que diluyen en el espacio inmenso sus ritmos perfumados de vagaroso incienso); sentir en el espíritu brisas primaverales ante los viejos monjes y los rojos misales; tener la frente en llamas y los pies entre lodo; querer sentirlo, verlo y adivinarlo todo: eso fuiste, ¡oh poeta! Los labios de tu herida blasfeman de los hombres, blasfeman de la vida, modulan el gemido de las desesperanzas, ¡oh místico sediento que en el raudal te lanzas! ¡Oh Señor Jesucristo! por tu herida del pecho ¡perdónalo! ¡perdónalo! desciénde hasta su lecho de piedra a despertarlo! Con tus manos divinas enjuga de su sangre las ondas purpurinas... Pensó mucho: sus páginas suelen robar la calma; sintió mucho: sus versos saben partir el alma; ¡amó mucho! circulan ráfagas de misterio entre los negros pinos del blanco cementerio... No manchará su lápida epitafio doliente: tallad un verso en ella, pagano y decadente, digno del fresco Adonis en muerte de Afrodita: un verso como el hálito de una rosa marchita, que llore su caída, que cante su belleza, que cifre sus ensueños, ¡que diga su tristeza!... ¡Amor! dice la dama del recamado biso en voluptuosos pliegues de color indeciso; ¡Dolor! dijo el poeta: los labios de su herida blasfeman de los hombres, blasfeman de la vida, modulan el gemido de la desesperanza; fue el místico sediento que en el raudal se lanza; su muerte fue la muerte de una lánguida anémona, se evaporó su vida como la de Desdémona; ebrio del vino amargo con que el dolor embriaga y a los fulgores trémulos de un cirio que se apaga... ¡Así rindió su aliento, bajo un sitial de seda, el último nacido del viejo Cisne y Leda!... |