LEYENDO A SILVA DE GUILLERMO VALENCIA
Domingo 25 de julio, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos payaneses:
Francisco Morán, Redactor de La Habana
Elegante ha escrito el siguiente comentario sobre el poema
de Guillermo Valencia "Leyendo a Silva", que
lo titula: Las cabezas de Guillermo Valencia:
"" Valencia es uno de los muchos poetas modernistas
que, si bien puede leérseles en las antologías, han quedado
relegados al olvido. Mi intención no es aquí la de
"re-evaluar" la obra de Valencia, sino llamar solamente
la atención sobre algunos textos suyos que merecen más
atención por parte de los estudiosos del movimiento. En Valencia
encontramos todas las obsesiones del modernismo: el
"orientalismo", el cosmopolitismo, la mirada
arqueológica -- dirigida sobre todo al mundo greco-latino y a
los textos bíblicos --, así como el anhelo de modernidad y de
belleza. Confirma también que la ambigüedad de los textos
modernistas es cualquier cosa menos una casualidad, o algo que
pueda simplemente descartarse con el calificativo de
"pose". Más aún, como afirma Sylvia Molloy, "la
pose apunta a una identidad fugitiva"(190-1). El poema
"Leyendo a Silva", por ejemplo, nos enfrenta a una
curiosa "lectura". El título y los dos primeros versos
pueden sugerir al lector que el Guillermo Valencia, o el poeta,
quien está leyendo verdaderamente a Silva. Obsérvese, por
ejemplo, que el "Vestía" con que comienza el primer
verso puede referirse lo mismo a la primera persona del singular
(Yo vestía) que a la tercera (Él, Ella vestía), y que la
ambigüedad en la descripción de las ropas, las cuales se
difuminan, literalmente, en la voluptuosidad de los pliegues --
de un color indeciso -- subrayando así la rareza modernista del
texto. Pero, ni aún cuando finalmente nos damos cuenta de que no
es el "Yo" quien está leyendo, sino el
"Ella", terminan las ambigüedades; por el contrario
éstas no hacen sino proliferar. El close up voyeurista
del yo está tan enredado a la mirada misma de la mujer que lee,
que son sus ojos, en efecto, los que leen para el lector --
nosotros --, el texto-pintura:
sus cuerpos de serpiente dilatan las mayúsculas
que desde el ancho margen acechan las minúsculas,
o trazan por los bordes caminos plateados
los lentos caracoles, babosos y cansados
El poema de Valencia comienza a crear un cuadro; mejor, una
especie de gobelino, desde una mirada que ha suplantado la de la
mujer, y que -- y esto es lo más importante -- se ha
(tra)vestido también con el "traje suelto de recamado
viso", y posa ahora "en el diván tendida". Cuando
la escena está terminada, pareciera que la mujer va a hablar, al
fin, con voz propia:
«Pasemos esta doliente hoja
que mi ser atormenta, que mi sueño acongoja»,
dijo entre sí la dama del recamado viso
en voluptuosos pliegues de color indeciso,
No es así, sin embargo. A pesar de que la mujer habla
"entre sí", el yo está tan cerca que su informe bien
pudiera ser la pose: la distancia es falsa; la voz que habla
entre sí es la del yo-mujer, y, también -- por un movimiento
idéntico, pero en sentido contrario -- la de la mujer-yo
(entendido este yo como el de Valencia). ¿Quién finge? ¿Quién
posa? ¿No se trata acaso de la subjetividad que se constituye a
sí misma como pose, es decir, como performance? Después de
todo, el retrato de Silva-poeta que sigue, ¿quién lo hace?:
¿la mujer que lee a Silva y lo imagina, o la voz de Valencia que
-- convirtiendo a Silva, y al modernismoo, en objeto del consumo
femenino, se "feminiza" a sí mismo en la
representación de ese deseo? Eso podría explicar la ambigua --
rara -- caracterización de Silva, común, por cierto, en la
escritura modernista:
¡exangüe como un mármol de la dorada Atenas,
herido como un púgil de itálicas arenas,
El cuerpo del poeta es helenizado sólo para subrayar, tanto la
languidez con que lo "femenino" aparecía investido,
como la desnudez. Como puede apreciarse, el cuerpo del guerrero
-- del gladiador -- es, precisamente, un cuerpo vencido. Esa
derrota, no obstante, es también una pose, un performance que no
casualmente tiene lugar en las "itálicas arenas". El
cuerpo en display es un cuerpo lánguido, y eso es lo
que lo torna raro y deseable. El cuerpo del sujeto, en el
modernismo, es una máscara, una pose en tanto no tiene el más
mínimo recato en mostrar su identidad como un juego de cabezas
trocadas:
Su muerte fue la muerte de una lánguida anémona,
se evaporó su vida como la de Desdémona.
Francisco Morán. "".
En otra oportunidad reproduciremos el poema "Leyendo a
Silva" de Guillermo Valencia.
Cordial saludo,