DISCURSO DEL MAESTRO VALENCIA SOBRE CALDAS 1910
De: Mario Pachajoa Burbano
Payaneses:
Transcribimos partes del grandioso discurso del Maestro Guillermo
Valencia, quien en
nombre del Concejo Municipal de Popayán pronunció el día 20 de
julio de 1910 al
inaugurarse la estatua del Sabio Caldas, pedida a Europa por la
Comisión Nacional del
Centenario.
"Ha sido comparada la humanidad con un ejército en
movimiento, símil que, si antiguo,
crece en exactitud considerado atentamente . Detrás la misma
línea de marchas angustiadas,
adversas o gloriosas; adelante la vida, pródiga de sonrisas o
fecunda en obstáculos, siempre
varia, siempre impenetrable, indiferente siempre. El mismo turno
incesante de horas negras o
jubilosas que marcan como piedras blancas las gratas efemérides
o señalan con jalones
sombríos los trances de infortunio; y por alma de la vasta
acción y moviéndose a impulso de
las más opuestas corrientes de virtud o maldad, nobleza o
villanía, figuras de hombres a
quienes agigantan su voluntad invicta, su magnanimidad
extraterrestre, y feas layas de
menguados de corazón mezquino y envenenado persamiento."
" Y qué mucho, señores, si esta unidad resplandece en las
grandes transformaciones sociales
de los tiempos modernos, ya que que de la acción humana en todos
sus grados y maneras
participan -mediante el libro, la electricidad y el vapor- todas
las agrupaciones formadas para
conseguir fines varios. Principio que, parcialmente, se cumplió
hace hoy un siglo con el
feliz suceso que estamos celebrando."
"Las grandes revoluciones, a semajanza de aquellos árboles
que dan fruto tardío, niegan a
varias generaciones lo que brndan a otra afortunada: la alegría
de las flores y la pompa del
dorado racimo. Mas en la obra de fructificación entran como
elementos desde el grano
inicial que cayó en el surco propicio, hasta la persecución
oficiosa al insecto voraz, y desde
la protección perseverante contra la inclemencia agostadora,
hasta la provisión oportuna de
los jugos nutricios; y de este modo el árbol que fue plantado en
un lustro es conservado por
otros sucesivos que preparan las pomas de miel."
"Precisaba dar término a un humillante vasallaje,
reagravado por la ignorancia que impuso la
metrópoli a estos países como garantía de fidelidad; urgía
sustituir por un régimen de
libertad la explotación sistemática de las colonias y el
monopolio comercial e industrial por la
Península, origen de malestar y de atraso; se imponía ya abolir
las diferencias humillantes
establecidas en la Corte entre españoles y americanos, y abrir a
la iniciativa e inteligencia de
los hijos de América el vasto campo que se tendía a sus ojos, y
las funciones públicas,
cerradas a su mérito, y reservadas sólo, en su forma lucrativa
u honorífica, para los
hombres de la privanza o de la intriga palaciega."
"La República, tendida al fin a nuestra demanda clamorosa
de casi medio siglo, nos ha
devuelto, en la vida serena del bronce, a quien supo ofrendarle
la suya gloriosísima de virtud
y de fecundidad: a don Francisco José de Caldas, el mayor de
nuestros sabios, y a no haber
existido el insigne Torres, el primero entre nuestros
próceres."
"Hace noventa y seis años que el genio payanés dejaba,
para no volver a verlo, su amado
mundo geórgico, agarrotado como vil malhechor, entre escarnios y
amenazas, comenzó
aquí a transitar la vía dolorosa que les condujo a él y a sus
compañeros de infortunio hasta el
trance funesto que señaló con un madero ensangrentado el 29 de
octubre de 1816. La
ardiente imaginación del sabio en aquel duro instante de su
éxodo lamentable debió de
equiparar a Popayán, su madre, con la figura de la antigua
Níobe, enloquecida de dolor ante
el suplico de sus hijos. Y ¡cómo no, si por aquellos días esta
ciudad era el asiento de la
desolación! Tomada a sangre y fuego una y otra vez, saqueada,
perseguida, arrebatada
incesantemente, como la más codiciada presa, por enfurecidos
contendores: así la viera
Caldas el día de su partida."
"¡Oh! si le fuese dado a esta figura inerte del sabio
mértir mirar con ojos vivos a la ciudad
que le dió el sér, advertiría con asombro que el gesto
doloroso de ahora un siglo no se
desnubla todavía con una sonrisa de esperanza. La misma quietud,
quebranto igual, fatiga
idéntica. A los duelos de entonces, sumados otros muchos duelos,
y sobre el ara sangrienta
en que vigila perenne la lámpara del amor consagrada a la
patria, liras despedazadas, rotos
cayados, mil corazones magnánimos deshojados en flor, hendida el
ánfora que guardaba el
signo del rescate y, únicos sacerdotes del santuario en ruinas,
la ingratitud y el olvido,
borrando ávidamente nuestras efemérides gloriosas ...."
Pero no todo es duelo mientras ondule al viento sembrador el iris
de nuestra bandera, la
bandera en que se envolvió para morir Colombia la grande. De la
fosa común donde la
muerte desató los huesos de cuatro víctimas surge hoy
transfigurada en esta evocación
mirífica, la suspirada imagen de nuestro Caldas. Las cuerdas que
ciñeron esos brazos
pujantes, trocándose han en guirnaldas de flores campesinas que
entregan sus aromas a la
libertad de las auras. ¡Vedlo cómo alienta en su vida de bronce
al soplo que le infundiera el
pulgar plasmante de un latino armonio! La poderosa cabeza, de
suave curva oval, urna de
genialidad que encierra el cosmos, se inclina, ensimismada, a la
pesadumbre interior. La
frente, relevada por aristas geométricas, simula hacia el
cabello las entradas profundas que
cabó sobre la roca viva el ímpetu constante de las olas airadas
de un mar siempre agitado,
mientras abajo, la contracción del ceño musculoso y palpitante
semeja un nubarrón todo
cargado de centellas. Las pupilas, en la divina ceguera de la
estatuaria, parece que sondean
el loco abismo de Pascal, con un mirar ausente de la tierra,
ebrias de misterio, perdidas por
el infinito. La diestra mano, en flexión diligente, está
aguardando, armada del prodigioso
estilo, el mandato creador de aquel olimpo en llamas. Y todo
confluye en esa síntesis de
músculos que traducen la fuerza interior, a figurar a Caldas en
su hora genial: la del
pensamiento. Dijérase que se le siente calcular. Cabeza y brazo
bastarían por sí solos a
glorificar todo el proceso mental del ilustre hombre; mas como la
mera idealidad no
alcanzase, históricamente considerada, a caracterizar al
prócer, encarna la siniestra mano
una armoniosa transición que está ligado a la categoría del
pensamiento con la de la acción
visible. Ese brazo extendido canta la actividad, pregona el fruto
conseguido por el esfuerzo
del que piensa. Si aquel junco flexible -que siempre llevó
Caldas - evoca un detalle personal,
las hojas de El Semanario realizan el emblema histórico
que enlaza al pensador con su suelo
nativo. De allí adelante es el andar enérgico y sin tregua para
prez de Colombia. La
astronomía misma quedó en segundo plano; el enigma de los
cielos ha cedido a un empeño
más concreto, más urgente y más hunano en la vida del sabio:
la gloria de la patria. Súbito
un cuerpo extraño detiene el paso al geógrafo y al naturalista:
ese fusil tendido en el camino
ha desviado a Caldas en su inmortal faena, y sin poder siguiera
descalzar las botas que
hollaron la corona de nieve del arduo Chimborazo, recogerá el
patriota el fusil redentor y
continuará su marcha buscando siempre la solución de algún
problema, con la obsesión
perpetua de transportar el equilibrio que le enseñaron los
astros, a las efímeras relaciones de
los hombres. Y la figura toda alienta emancipada de lo caduco
circunstante, vivificada por el
infinito, que segura alimentándole su interna vida con esas dos
fuerzas misteriosas: el
silencio y el tiempo ...."
"Hoy comienza, ¡oh Caldas! una nueva existencia. Nuevo
decoro presta, a la ciudad que te
aclama, la augusta majestad de tu efigie. Este foro, que así con
tu presencia magnificas, será
desde este día un lugar sagrado. Del pedestal que manos
agradecidas te alzaron con amor,
alumbrarás en el futuro el proceloso curso de nuestra vida
pública, como un enhiesto faro
cabe el piélago que hinchan los ciclones."
"¿Qué voz descompasada osará en lo por venir levantarse
desde los comicios populares a
profanar este santuario? ¿Será posible acaso que balas
fratricidas desgarren otra vez ese
pecho sagrado? ¡Oh, no! Juremos todos venerar este sitio,
trayendo a él, como exvotos, los
abominables instrumentos de la venganza."
"Tu, como un genio protector, irradiarás tu gracia,
transformándote con las horas; el rayo
matinal teñirá tu rostro apacible de suaves resplandores,
propicios a los que siguen la senda
fatigosa de la sabiduría. Más tarde, cuando el sol vuelca sobre
la tierra su crisol encendido,
te alzarás poderoso, triunfal, incombustible, convidando a los
hombres a la lucha fecunda. Al
declinar el día, el pensamiento inacabable que concentras,
hallará consonancias en la luz
misteriosa del crepúsculo, mientras te irgues soberbio, ya
vencida la tarde, como un profeta
airado de espantables visiones, que maldice entre las tinieblas y
emplaza y amedrenta. En las
noches estrelladas, túnica de luz sideral vestirán los cielos
ardientes al buzo audaz de su
abismos ..."
"Y tu desde esta altura confirmarás al vacilante,
sostendrás al que claudica, confortarás al
débil y enseñarás a todos aquella palabra inefable que sirvió
de alas a tu sabiduría, de aroma
a tu virtud y de consuelo adormecedor a tu trágica hora: el
santo nombre de Dios. A tus
plantas sembraremos un laurel y un olivo para ceñir con sus
gajos a los futuros vencedores,
y por ofrenda al sabio y al patriota y al mártir y al latino, te
consagraríamos de hoy más el
único árbol digno de tu virtud y tu sabuduría: el ahoma
blanco de los Aryas, símbolo de la
inmortalidad."