EUGENIA VALENCIA GUZMAN : II
Jueves 30 de septiembre, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos de la Red
En El País de hoy se publica un escrito muy lindo sobre Eugenia
Valencia y con esto queremos complementar lo que ya a
través de la red se había enviado.
Gracias a Ittos Kimmel que nos envió este mensaje, Con todo
cariño,
Amalia Grueso de Salazar
Telestar. Clara Zawadski
Eugenia
Septiembre 30 de 2004
Eugenia. Por alguna razón que puede ser puramente subjetiva, el
nombre tiene visos románticos. Sugiere una historia
transparente, nimbada de belleza interior y exterior que se
manifiesta en una presencia suave y amable, con toques de velos
tenues que se entrelazan, con miradas que derraman ternura, y una
risa contagiosa y sugerente.
Hace dos semanas Eugenia escogió morir para no seguir sufriendo.
La tengo presente y muy viva cuando hace muchos años me visitó
en Bogotá para solidarizarse con los momentos difíciles que yo
pasaba. Yo también los padezco, me dijo con voz de suaves
acentos y ojos comprensivos que se detenían en cada uno de mis
gestos.
La encontré linda. Sus abundantes cabellos de tono rubio oscuro
enmarcaban un rostro de facciones finas y enormes ojos
sorprendidos ligeramente más claros que su pelo. Sonreía con
espontaneidad y alegría y se mostraba feliz de comunicarse
afectuosamente. Su expresividad y su constante mirada de asombro,
son las señales suyas que más recuerdo. No se presagiaban
entonces los continuos y exigentes momentos de tristeza.
Esa tristeza, su tristeza, la tengo borrada. Nos hicimos grandes
amigas y compartimos en Washington, adonde ella había viajado
con sus hijos pequeños David, y Colette, la fascinación por la
ciudad serena en la que yo buscaba un reencuentro con mis hijos,
pequeños también.
Recorríamos las grandes avenidas, visitábamos museos, nos
deleitábamos con el equilibrio arquitectónico de una de las
urbes más maravillosas del planeta. Estaba allí entonces
Fernando Botero, joven y muy bello, convencido de que su pintura
iba a trascender. Conversar con él y ver sus dibujos expuestos
en una galería cuyo nombre se me escapa, representaron
instancias luminosas que persisten. Difícil encontrar una
lucidez como la suya para describir y relacionar la arquitectura
con el arte de pintar.
Escucharlo era dejarse tocar por las palpitaciones de su
genialidad, y de su asombrosa memoria para referirse a la
Historia.
Pasaron los años y Eugenia y yo nos encontramos en distintas
ocasiones en las que estaba su hijo mayor, Manuel José, quien
junto con sus hermanas formaban la primera familia de Eugenia, y
los siempre presentes hijos de su segundo matrimonio con Pino
Simmonds, Colette y David.
No olvido una ocasión que la dibuja y la revela. En Washington
hacía mucho frío y salíamos envueltas en abrigos, bufandas y
gorros de lana. El suyo era negro, como de gnomo, y le colgaba
sobre la espalda. Una tarde en que salió apresuradamente para
encontrarse conmigo, me confesó que el gorro le estaba pesando
mucho. Me eché a reír cuando comprobé que le había dejado
adentro el molde de madera que impedía la deformación de la
lana, al guardarse. Llevaba, sin darse cuenta, un peso que no
concordaba con el material ligero del gorro. Tuvimos que
sentarnos en el quicio de una puerta para poder reír y
aligerarla de la madera que la agobiaba.
Meses después, decidió regresar a Bogotá y fui al aeropuerto
para despedirla. Auxilio, oí que gritaba con voz que
denotaba espanto Me he quedado ciega. Volví a
estallar en risa que después compartimos con estridencia, pese
al vuelo que se la iba a llevar lejos. Eugenia, no estás
ciega es que el gorro negro te está tapando los ojos.
Festiva y depresiva. Los dos extremos la manipulaban y la dejaban
exhausta. Decidió ser alumna de David Manzur, en Bogotá, y
pintó cuadros que revelaban su extrema sensibilidad. Esos
cuadros cambiaban de acuerdo a su estado de ánimo, casi siempre
triste en los últimos años.
Ella y Pino, reunidos por segunda vez, decidieron irse a vivir a
Popayán. Una urgencia extrema de encontrarla y oírla me llevó
a localizarla y expresarle mi cariño, prometiéndole que iría a
visitarla. Me comunicó su agobiante e infinita tristeza con voz
apagada. Se sentía muy mal.
Al día siguiente, ya estaba muerta por decisión suya. Ya no
puede hablar, ya no sufre, ya no siente la agonía de una
depresión extrema. Se metió en la dimensión de la
tranquilidad, en el territorio de los intocables. Descansa,
querida Eugenia, que no vamos a olvidarte.