TEMBLORES EN POPAYAN
Martes 16 de noviembre, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano
Payaneses sismólogos:
Reinaldo Agredo Tobar tiene un escrito bien
interesante que se refiere a los temblores registrados en
Popayán desde 1566 hasta nuestros dias.
Hoy reproducimos el inicio de su trabajo, y con todo gusto
suministraremos el texto completo, 17 páginas (187 KB), a las
personas que nos lo soliciten.
Nuestros agradecimientos a Reinaldo por compartir con nosotros su
excelente escrito.
Cordialmente,
***
¡Y tembló!
Por: Reinaldo Agredo Tobar
Noviembre, 2004
El último evento sentido en toda la costa pacífica colombiana,
con su trágica herencia de destrozos y de víctimas, me lleva a
querer compartir con toda la "patojada" otra de mis
"Vivencias". Me preocupa sobre todo la amenaza que se
cierne sobre Bogotá, sobre lo cual se ocupa el documento adjunto
en su tercera parte.
Un abrazo,
Reinaldo Ágredo Tobar.
VIVENCIAS
Por: REINALDO DARÍO ÁGREDO TOBAR
BOGOTÁ, 1999-2004
IX. ¡ Y TEMBLÓ !
Lentamente, como corrían todos los días de todos
los años en Popayán, transcurría la mañana del 9 de febrero
de 1967. Nos encontrábamos en clase de humanidades, asignatura
del primer año de ingeniería electrónica, de la que el
antropólogo Hernán Torres era nuestro profesor. Ese primer año
académico era denominado de capacitación, o
año cero por parte de las directivas de la Facultad.
Súbitamente, como dicen que ocurren siempre los terremotos, se
oyó el bramido (brontides según los
sismólogos) de la tierra; un sonido ronco, grave que se
percibía como bajando desde el oriente payanés por el cerro de
la Eme. Simultáneamente sentí como si Miguelito
Guerrón Cabrera, quien ocupaba el puesto inmediatamente a mi
espalda, hubiera sacudido mi asiento. Miré hacia atrás, al
tiempo que Hernán Torres, exclamaba: ¡Tranquilos...!. Pero no
alcanzó a terminar la así iniciada frase cuando un segundo y
más fuerte sacudón lo sacó corriendo del salón de clase,
seguido casi inmediatamente por todos nosotros, sus alumnos.
Pálidos, en la amplia plazoleta de entrada a las instalaciones
de la FIET , pudimos reponernos del sentimiento de impotencia y
miedo que nos había generado el fenómeno.
Hubo algunos daños de consideración: La iglesia de la
Encarnación se cuarteó, y la de Belén tuvo que ser
prácticamente reconstruida.
Esa fue mi primera experiencia, que recuerde, en relación con
los cimbronazos con los que cotidianamente la madre
tierra trataba infructuosamente de despabilar a la
adormilada Popayán. Había sido testigo presencial en una o dos
de las veces, en las que el vecino volcán Puracé pintara de
gris, con sus cenizas, los techos de teja payaneses así como sus
calles, y contribuyera a la fertilización de las tierras del
Valle de Pubén. El imponente hongo de cenizas que se
formaba durante su erupción nos maravillaba a la vez que nos
estremecía.
Cordialmente,