Juan
Tama el líder político y militar de los paeces, fue el guía de su
gente en las
luchas contra otras tribus indígenas vecinas y logró del rey de España
el
reconocimiento de sus territorios mediante títulos coloniales. Dejó
numerosas
enseñanzas rituales y médicas y marcó el fin de sus días al sumergirse
en una
laguna.
Jaime
Zúñiga Salazar en su libro Mi bello Popayán, relata la
leyenda Páez
sobre Juan Tama y Calambás que hoy reproducimos.
Cordialmente,
***
Leyenda
Juan Tama y Calambás.
Mi bello Popayán.
Cuentan los más ancianos que en edad muy remota una tempestad nocturna llenó de espanto a los hijos de estas montañas; densas nubes pusieron la noche tenebrosa; el relámpago cercano, instantáneo y continuo, estremecía los ánimos; el repentino trueno, que se alejaba resonando en montes y cavernas, llenaba de pavor; la lluvia torrencial azotaba inmisericorde a todo viviente.
A la
madrugada, un hálito de frescor y suavidad alegraba la Naturaleza; los
indios, tranquilos, silenciosos, iban a sus rudas labores. Al pasar el
torrente que baja de las altas montañas que se levantaban al sur de
Lame y Vitoncó observaron, en medio de las espumas y rápidas ondas, un
ser extraordinario, mitad niño, mitad serpiente. En el cielo estaba
luciendo una estrella brillantísima; sin duda ninguna, el nacimiento
de esa estrella había sido la causa de noche tan borrascosa.
El niño-serpiente, al llegar a un remanso, ganó la orilla; el río
portador de tan precioso don se llamo Río del Lucero como hasta el día
de hoy. El hijo de la estrella fue confiado a una india joven y
robusta que acababa de tener un niño. La pobre gozó del honor por
pocos días. Entre lo mejor de la raza fue buscada otra india para que
diera alimento al niño, mas la voracidad del niño Juan Tama agotó a
su segunda bienhechora. Ninguna mujer pudo alimentarlo, y entonces
trajeron a una robusta vaca ... luego otra; sepultada la cuarta
victima, ya el hijo de la estrella pudo nutrirse y vivir con los
frutos de la tierra con que a porfía le agasajaban los naturales.
Fijó su morada en la cima de una alta montaña; allí gozaba de
magnífico horizonte. el clima era celestial; ese lugar se llamó
Vitoncó o sea Chimboguala, que quiere decir pueblo grande, grande por
su origen; por su fundador. En seguida fundó a Lame para residencia
de los grandes de su corte, los gueinas; luego casó con doña
Mandiguagua, cacica de Builá.
Para mayordomo general de sus bienes trajo a Pitayó a Calambás, quien, andando el tiempo, se reveló contra su señor con los indios de allende la cordillera. Tamaña osadía no aparejó castigo. Fue ocasión para conocer los atributos de su amo; supo entonces que el hijo de la estrella, era invencible y que lo animaban quinientas almas y quinientos corazones. El nombre del mayordomo empezó a gozar de ciertos privilegios. Cacique se llamó en adelante don Juan Tama y Calambás.
Don Juan Tama gobernaba y administraba admirablemente toda la raza Páez, desde Toribío, Jambaló y Paniquitá, cerca de Caloto y Popayán, hasta Itaibe, cerca de La Plata. El gobierno de los pueblos lo dejó Tama en manos de la familia Calambás; el tributo de invencible quedó en la raza páez; la posesión de las tierras únicamente para dicha raza, la cual jamás debía convivir con otras. En seguida, el niño-serpiente fue a la laguna de Pataló, situada en la cima de la montaña, en donde la estrella, al darle vida le había confiado al río Lucero para que lo llevara a los hombres; de ese lugar volvió al seno de su madre.
Durante muchos años fue Pataló lugar de peregrinación; todavía los cabildos de Lama y Mosoco van cada año en peregrinación nocturna y secreta a bañar las varas, insignia de la autoridad que van a ejercer y a depositar algunas monedas en el fondo del remanso, como ofrenda a su antiguo señor.
Los de Vitoncó dejaron de ir hace muchos años porque el trueno se enojó con ellos en repetidas ocasiones.
Seguramente fueron en tiempo de invierno, y entonces son frecuentes las tempestades.