JORGE ROBLEDO
Jueves 3 de febrero, 2005
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

El Mariscal Jorge Robledo, conquistador y fundador de ciudades, tuvo una definitiva participación en el ocaso y ruina del Adelantado Sebastián Moyano de Belalcázar.

Jorge Robledo nació en la provincia de Jaén, España, bien en la ciudad de Baeza o en Ubeda. No hay certeza en este dato y se casó con María de Carvajal, hija de Juan Carvajal y Antonia de Mendoza, progenitores de los marqueses Tobar.

Robledo era un hombre de familia hidalga, de grandes valores y de una inteligencia envidiable; la vía del diálogo era siempre su más certero camino, Capitán de las guerras de Italia, en la batalla entre Francisco I y Carlos V que terminó en éxito para los Castellanos. Por la real cédula se sabe que Robledo estuvo en Méjico, siendo uno de los descubridores de Nueva Galicia y figuró en la conquista de Guatemala, dirigida por Pedro de Alvarado.

Tiempo después se puso al servicio de Pizarro en la batalla de Cajamarca, Perú y posteriormente integró el ejército de Belalcázar que venía en busca del Dorado y estuvo presente en los momentos de las fundaciones de las ciudades de Santiago de Cali y Popayán. Mas tarde Jorge Robledo fue alcalde de Popayán.

Belalcázar fue llamado al Perú por el Virrey Blasco Nuñez Vela, a quien los rebeldes habian arrojado y estaba siendo perseguido por Gonzalo Pizarro, entonces acudió Belalcázar a su auxilio, para restablecer el poder real, pero dicha batalla fue ganada por Pizarro, quien no obstante, permitió a Belalcázar regresar a su Gobernación. Al volver a su provincia, supo en Cali que el Capitán Jorge Robledo habia sido nombrado en España Mariscal, y que Armendariz lo destinaba como su Teniente a las provincias del Sur.

Belalcázar negó la autoridad que hubiera tenido Armendariz para nombrarle Teniente sin haberle antes residenciado, y requirió a Robledo para que restituyese los fondos que había tomado violentamente del real erario en Anserma, y le desocupase el territorio que le tenía usurpado. El Adelantado marchaba con ciento cincuenta soldados, y Robledo no contaba sino con setenta y se retiró a un sitio fuerte en la toma del Pozo, al lado derecho del Cauca.

De alli envió nuevos mensajeros al Adelantado, que habia contestado a los últimos con palabras que dejaban alguna esperanza de arreglo. Mas aquí cesó su fingimiento. Temiendo que se le escapase el confiado Robledo, prendió cerca de Carrapa a los últimos enviados, a fin de que no llegara a noticia del mariscal su marcha, y, redoblándola, sorprendió descuidado a Robledo en la noche del 1o. de Octubre del año de 1546. Viendo este que era inútil toda resistencia, en vez de recurrir a la fuga, salió voluntariamente a presentarse a Belalcázar, muy ajeno de la suerte que le esperaba.

Este le reconvino agriamente, llamandole desertor, traidor y usurpador; pero dudando todavía si le mandaría matar, convocó a sus oficiales, que estimaron que este era el partido más seguro. Diósele pues garrote a este distinguido oficial, el 5 de Octubre, a pesar de que reclamaba morir decapitado, como caballero. Fueron también ajusticiados el Hidalgo portugués Comendador Hernán Rodríguez de Sosa; Baltasar de Ledezma, Cristóbal Díaz y Juan Marqués de Sanabria. Robledo, hasta el último momento demostró denodado valor y resignación, auxiliado por la religión.

Después de estos acontecimientos se le siguió a Belalcázar un juicio de responsabilidades por la muerte del Mariscal Robledo, para lo cual se encargó al Licenciado Visitador y juez de Residencia Miguel Díaz de Armendáriz. Este juicio se postergó por orden del sacerdote Pedro de La Gasca y dio orden al visitador Almendáriz de suspender el juicio contra el Adelantado por necesitarlo como auxiliar en la campaña del Perú para debelar la rebelión de Gonzalo Pizarro.

A su regreso del Perú y ya en Popayán, encontró que la Corte había escuchado el clamor de la esposa de Robledo pidiendo que se castigara al Adelantado por la muerte de su esposo Robledo. La Corte designó al oidor Franciso Briceño con la misión de tomarle residencia que fue rigurosa, particularmente respecto de la muerte de Robledo, sobre cuyo castigo instaba sin cesar su viuda doña María. El oidor condenó a Belalcázar a muerte, pero el reo quiso y obtuvo permiso para viajar a España con el fin de apelar su condena ante el Rey. De paso por Cartagena murió pobre y desengañado en 1551.

El oidor Briceño no mucho después, se desposó con la viuda de Robledo.

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