REAL ACADEMIA DE LA LENGUA
Lunes 15 de mayo, 2006
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Juan Ramón Lodares, ( Madrid, 1959, +4 de abril 2005), experto de la
historia de la lengua española, profesor de Lengua Española en la Universidad
Autónoma de Madrid, autor de varios famosos libros, en su obra Gente de
Cervantes - Historia humana del idioma español, nos relata la fundación de
la Real Academia de la lengua española.
Los siguientes párrafos son textos del libro mencionado.
Don Juan Manuel Fernández Pacheco era un aristócrata español, marqués,
con gustos raros entre los de su especie en aquellos años. Leer y escribir, por
ejemplo. Tenía además interés por las artes y las ciencias. Para no aburrirse
durante los meses de verano comenzó a reunir en su casa a amigos suyos. Sin
mayor protocolo, desde el mes de agosto de 1713, don Juan Manuel y sus
contertulios empezaron a discutir sobre letras, ciencias y artes.
Todos admiraban lo que la Royal Society de Londres y la parisina
Académie Royale des Sciences llevaban haciendo desde hacía 40 ó 50 años. Se
les ocurrió que otro tanto podría hacerse en Madrid. Sin embargo, para formar
cualquier academia dedicada a las artes y las ciencias había que empezar por
darle lustre a un medio sin el cual poco se iba a poder escribir de ningún tema:
la lengua. Era prioritario fijar la ortografía -que estaba muy descompuesta-,
organizar la gramática y compilar un gran diccionario donde cada palabra viniera
respaldada por ejemplos de autores notables. Con esto, las discusiones derivaron
hacia los asuntos del idioma. Así que la tertulia, que iba en principio para
"academia total", se quedó en academia de la lengua. Cuando el señor
Fernández Pacheco le presentó la idea a Felipe V para que la apadrinara, el rey
le dijo que lo hacía con mucho gusto, es más, le dijo que su real persona venida
de la culta Francia ya se le había ocurrido -antes de que un marqués español se
lo pidiera- que algo así tenía que fundarse en sus reinos.
Si el rey venido de Francia estaba de acuerdo con apadrinar aquello, los
notables castellanos no lo estaban. El Consejo de Castilla ponía todas
las trabas posibles a la fundación de una academia donde casi ningún miembro era
castizo castellano. Los consejeros eran más papistas que el Papa. Sólo veían
ofensas: para empezar, el marqués y padre de la idea académica era navarro; el
censor de la corporación, Folch Cardona, era catalán; en cuanto a los otros...
ya se encargaba de darles publicidad el fustigador Luís Salazar y Castro:
"Venirse un italiano a hacer en Madrid el papel de corrector de la lengua
castellana es un empeño temerario. Atreverse un gallego o maragato, con un
acento más áspero y más duro que su tierra, a enmendar las expresiones
cortesanas, es cosa que merece carcajada. Y pensar que un andaluz o extremeño
han de ser compadres de los castellanos y los han de pulir el lenguaje es una de
las aprensiones más ridículas".
En 1771, con la publicación de la Gramática, la Academia había concluido la
tarea que se había fijado hacía poco más de medio siglo: tres grandes obras
normativas que dieran prestigio al español y lo modernizaran. A la Gramática
precedió en 1741 la Ortografía y a ésta, entre 1726 y 1739, el Diccionario de
Autoridades. Algunos criterios fijados en aquellos años siguen vigentes hoy,
como las reglas de la b y la v, la escritura de c y z, (decidieron eliminar la ç
de un plumazo) y si ahora decimos y escribimos doctor, efecto y significar en
vez dotor, efeto y sinificar -como decían y escribían Lope, Quevedo o Calderón-
es también por la ocurrencia académica de 1726.
En 90 años de reformas, los que van de 1726 a 1815, los académicos despojaron la
escritura de colgajos etimológicos, la hicieron más sencilla y práctica; además,
dejaron trazada la senda para nuevas simplificaciones cuya dificultad técnica es
muy poca. Su mayor obstáculo está en que los académicos se decidan a ejecutarlas
y se pongan de acuerdo en cómo y cuándo... y todos estaremos dispuestos a
aceptar sus criterios.
La oportunidad de estas reformas quizá no ha sido advertida en toda su
trascendencia. A partir de 1823, algunos americanos, al calor de la
independencia política que se alumbraba, empiezan a escribir y difundir por sus
países ortografías propias más simplificadas aún, que apartaban el uso criollo
del peninsular. Vencido aquel primer impulso y reconocido el inigualable valor
de una escritura conjunta, a la hora de rectificar y acatar la norma común
hispánica, el hecho de que la ortografía académica fuera ya de por sí sencilla
allanó el camino de vuelta para quienes habían predicado el cisma ortográfico.
Retornaron sin mayores escollos y el español no se partió en varias normas
ortográficas, que es la primera piedra para diferenciar la norma lingüística
toda. Considerado el caso, el fácil advertir por cuántos azares y por cuántos
filos de navaja hacen pasar los hablantes a sus lenguas.
Cuando Carlos III inicia sus planes escolares en el decenio de 1770, el español
ya ha resuelto los problemas más espinosos de su moderno proceso normalizador.
Tiene un inventario léxico que es la envidia de Europa; inmediatamente va a
aparecer otro no menos notable de Estaban Terreros y Pando con voces científicas
y sus correspondencias latinas, italianas y francesas; tiene una ortografía
sencilla y tiene una gramática moderna. Todos los saberes que recorren Europa en
inglés, francés, alemán, italiano, latín, se pueden verter al español sin más
dificultad que encontrar un traductor fiable. Como éstos no escasean, las
enciclopedias, tratados y estudios de cualquier materia se imprimen con
generosidad. Si los españoles no son campeones de las ciencias, por lo menos no
están desinformados. Tienen incluso gente meritoria como Juan Bautista Aréjula
que, él solo, es capaz de decirle a Lavoisier, Fourcroy o Berthollet que, en
determinados aspectos de la moderna terminología físico-química, no están muy
acertados. Pero la hegemonía francesa en dicho campo era indiscutida. Para que
se hagan una idea: si hoy escribe todo el mundo los derivados de kilo-, mil, con
k, es por el "error" de sabios franceses que no transcribieron correctamente con
qu, la palabra griega de la que procede la voz "mil". Se puede escribir
etimológicamente así: quilómetro, pero ¿alguien lo hace? Mejor, no lo intente.
Los franceses, que en el siglo XVIII copan con los británicos el mundillo de las
ciencias positivas y se pelean por sus aplicaciones comerciales, no le hacen
mucho caso al español. Pero Aréjula tenía razón. Era más correcto llamar
arxicayo --como él quería- a lo que gracias a los errores de los sabios
franceses todos llamamos hoy oxígeno. Ya daba igual. Un campo de gran
importancia para dar cuerpo y peso a cualquier lengua, como es el de la creación
científica y técnica, se escapaba irremisiblemente de aquel remozamiento general
que la Academia había llevado a cabo con el español. En ese preciso terreno, la
ascensión del francés, el alemán y, sobre todo, el inglés resultaba imparable.
La mitad de lo que la revolución industrial iba a traer en novedades científicas
y técnicas entre 1750 y 1900 lo trajo en esa última lengua. A finales de este
periodo, en Estados Unidos se producían más manufacturas de objetos modernos,
patentes y novedades científicas que en Francia, Alemania y Gran Bretaña juntas
y era el país que, sólo él, acaparaba la cuarta parte de toda la riqueza
mundial. Las circunstancias políticas, económicas y comerciales que se han ido
gestando desde mediados del siglo XX no han hecho sino darle el espaldarazo al
inglés para convertirlo, como quien dice, en la lengua planetaria.
Cordialmente,