JOSEPH RATZINGER
Jueves 21 de abril, 2005
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos payaneses:
El diario católico Avvenire transcribió lo esencial de
la entrevista que el
Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la
Congregación para la
Doctrina de la Fe, hoy Papa Benedicto XVI, dió
a Peter Seewald en
el 2001. Ofrecemos en el presente correo, el texto que hemos
extraído de "Articulos de Joseph Ratzinger" [<interrogantes.net>].
Cordialmente,
***
Joseph Ratzinger, "Católicos, ¿futuro de
minoría?",
Alfa y Omega, 27.IX.01
Entrevistador: Peter Seewald
--Hace mucho años, usted hablaba en términos proféticos
sobre la Iglesia del futuro: la Iglesia -decía entonces-
"se reducirá en sus dimensiones, hará falta recomenzar de
nuevo. Pero de esta prueba saldrá una Iglesia que habrá sacado
una gran fuerza del proceso de simplificación que habrá
atravesado, de la renovada capacidad para mirar dentro de sí
misma. ¿Cuál es la perspectiva que nos espera en Europa?
Para empezar, la Iglesia "se reducirá numéricamente".
Cuando hice esta afirmación, me llovieron de todas las partes
reproches de pesimismo. Y hoy que todas las prohibiciones parecen
caídas en desuso, entre ellas las que se refieren a lo que se
viene llamado pesimismo y que, a menudo, no es otra cosa que sano
realismo, cada vez son más los que admiten la disminución del
porcentaje de los cristianos bautizados en la Europa actual: en
una ciudad como Magdeburgo el porcentaje de los cristianos es tan
sólo del 8% de la población total, incluyendo todas las
confesiones cristianas. Los datos estadísticos muestran
tendencias irrefutables. En este sentido se reduce la posibilidad
de identificación entre pueblo e Iglesia en determinadas áreas
culturales. Debemos tomar nota con sencillez y realismo.
La Iglesia de masa puede ser algo muy bonito, pero no es
necesariamente la única modalidad de ser de la Iglesia. La
Iglesia de los primeros tres siglos era pequeña, sin por esto
ser una comunidad sectaria. Por el contrario, no estaba cerrada
en sí misma, sino que sentía una gran responsabilidad respecto
a los pobres, los enfermos, respecto a todos. En su seno
encontraban sitio todos aquellos que se nutrían de una fe
monoteísta, en búsqueda de una promesa. Esta conciencia de no
ser un club cerrado, sino de estar abiertos a la comunidad en su
conjunto, siempre ha sido un componente no eliminable en la
Iglesia Al proceso de reducción numérica que estamos viviendo
hoy, tendremos que hacerle frente también precisamente
explorando nuevas formas de apertura al exterior, nuevas
modalidades de participación de aquellos que están fuera de la
comunidad de los creyentes. No tengo nada en contra de que
personas que durante el año no han pisado la iglesia vayan a la
misa la noche de Navidad, o con ocasión de otra festividad,
porque también ésta es una forma de acercarse a la luz Debe,
por tanto, haber formas diversas de implicación y
participación.
--Pero la Iglesia ¿puede de verdad renunciar a su
aspiración de
ser una Iglesia de la mayoría?
Debemos tomar nota de la disminución de nuestras filas, pero
debemos seguir siendo igualmente una Iglesia abierta. La Iglesia
no puede ser un grupo cerrado, autosuficiente. Debemos ser, sobre
todo, misioneros, en el sentido de volver a proponer a la
sociedad aquellos valores que son los fundamentos de la forma
constitutiva que la sociedad misma se ha dado, y que están en la
base de la posibilidad de construir una comunidad social
verdaderamente humana. La Iglesia continuará proponiendo los
grandes valores humanos universales. Porque, si el Derecho ha
dejado de tener cimientos morales compartidos, se viene abajo
también en cuanto Derecho. Desde este punto de vista la Iglesia
tiene una responsabilidad universal. Responsabilidad misionera
significa precisamente, como dice el Papa, intentar
verdaderamente una nueva evangelización. No podemos aceptar
tranquilamente que el resto de la Humanidad vuelva a precipitarse
en el paganismo, debemos encontrar el camino para llevar el
Evangelio también a los no creyentes. La Iglesia debe recurrir a
toda su creatividad para hacer que no se apague la fuerza viva
del Evangelio.
--¿Qué cambios sufrirá la Iglesia?
Creo que tendremos que ser muy cautos a la hora de arriesgar
previsiones, porque el desarrollo histórico siempre ha dado
muchas sorpresas. La futurología se estrella frecuentemente.
Nadie, por ejemplo, se arriesgó a prever la caída de los
regímenes comunistas. La sociedad mundial cambiará
profundamente, pero todavía no estamos en grado de prever qué
implicará la disminución numérica del mundo occidental, que
todavía es el dominante, cuál será la nueva cara de Europa
transformada por los flujos migratorios, qué civilización y
qué formas sociales se impondrán. Lo que de todos modos sí es
claro es la diversa composición del potencial sobre el cual se
sostendrá la Iglesia occidental.
Lo que más cuenta es en mi opinión es el esencializar, por usar
una expresión de Romano Guardini. Es necesario evitar elaborar
preconstrucciones fantásticas de algo que podrá revelarse muy
diverso y que no podemos prefabricar en los meandros de nuestro
cerebro, para concentrarse, sin embargo, sobre lo esencial, que
podrá después encontrar nuevos modos de encarnarse. Es
importante un proceso de simplificación que nos consienta
distinguir lo que constituye la viga maestra de nuestra doctrina,
de nuestra fe, lo que en ella tiene un valor perenne. Es
importante volver a proponer en sus componente fundamentales las
grandes constantes de fondo, los interrogantes sobre Dios, la
salvación, la esperanza, la vida, sobre todo lo que éticamente
tiene un valor básico.