RODRIGO VALENCIA QUIJANO: VINCIMANIA
Viernes 18 de agosto, 2006
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Rodrigo Valencia Quijano deja los pinceles y toma la pluma para
escribir sobre la davincimanía que está produciendo exorbitantes
fortunas.
Cordial saludo,
***
DAVINCIMANÍA
Por Rodrigo Valencia Q
Especial para El Liberal
Si me permiten una alusión personal, yo he sido ferviente admirador de Leonardo
desde mucho antes que estallara la ola sensacionalista a partir del “Código
Da Vinci”. De hecho, hace años realicé un autorretrato con Leonardo, otro
con Monalisa vestida con chaqueta de cuero, una Gioconda de perfil, dos cuadros
con el San Juan Bautista, y uno que otro dibujo donde expreso mi obsesión
davinciana.
Su carisma de hombre paradigmático en la búsqueda de un saber universal, su vida
secreta, un tanto misteriosa y solitaria, su extraordinaria sensibilidad... en
fin, su imagen de hombre completo y total, nos dan a pensar que nada tiene de
extraño que perteneciera al Priorato de Sión; que, como todas las organizaciones
esotéricas, rastrean, por los atajos secretos, un conocimiento heterodoxo,
oculto, relacionado con la búsqueda de lo trascendente. Nada de extraño, si
algunos han dicho que leía libros herméticos y neoplatónicos; ya que, en pleno
Renacimiento de los Medici, y también después, hubo una revaloración de las
tradiciones mágicas y herméticas antiguas, a través, por ejemplo, de Pico della
Mirándola, Marsilio Ficino, Pietro Pomponazzi, Tomassso Campanella, etc.
No he leído el “Código”, por el simple capricho, subjetivo y
cuestionable, además, de hacer caso omiso a los best-sellers, esos libros
que la cultura de masas manipula con sesgos comerciales y sensacionalistas. En
ello, las multitudes se obsesionan, se desvelan y decretan su propia credulidad
para la fábula, la horrorización, el escándalo y quizás el desencanto. Sí leo,
en cambio, libros que se han vuelto muy antiguos y que sondean en el secreto, en
las probabilidades místicas de la realidad, en el tinte de lo sagrado. Algunos
de éstos, verdaderamente esotéricos, apasionantes, como el “Evangelio de
Tomás” (“He aquí las palabras secretas que Jesús el Viviente ha dicho...”),
el “Evangelio de la Verdad” (“Así son los que tienen algo de arriba,
cerca de la Grandeza inconmensurable, mientras que ellos tienden hacia este
Único y perfecto que está allí para ellos...”), el “Evangelio según
Felipe” (“El que posee la gnosis de la verdad es libre...”), el
“Libro Secreto de Jaime” (“Si os digo siquiera una de las cosas que me
dijo, cogeríais piedras y me lapidaríais...”), el “Libro Secreto de Juan”
(“Ahora yo soy el Conocimiento Anterior perfecto de todo. Me transformé en
mis vástagos: nací primero, y pasé por todos los senderos de la vida...”),
etc., etc.
Ahora bien, no he leído, completo, el “Evangelio de Felipe”, sino algunos
extractos. Pero Elaine Pagels, en su obra “Los Evangelios Gnósticos”,
transcribe este fragmento: “La compañera del Salvador es María Magdalena.
Pero Cristo la amaba más que a todos los discípulos y solía besarla a menudo en
la boca. El resto de los discípulos se sentía ofendido por ello...” Lo cual
es como el punto crucial del tan debatido “Código Da Vinci”; polémica
que, seguramente, nadie podrá esclarecer con auténtica objetividad y
verosimilitud: la tan buscada relación de Jesús con Magdalena y su simbología
del Grial.
De todos modos, es interesante recordar que es María Magdalena quien enjuga el
rostro de Cristo con el sudario, imagen que ha llegado hasta nosotros como
“La Verónica”. Según Fulcanelli (“Las Moradas Filosofales”), la palabra
verónica no procede, como algunos autores lo han pretendido, del latín vera
iconica (imagen verdadera y natural) –lo que nada nos enseña- sino del griego,
que procura la victoria (de llevar, producir y victoria)...” En fin,
remedando licencias y métodos cabalísticos, podríamos traducirla por “Verdad
Única” (Vera Unica). ¿Cuál es esta verdad única?
“Los hombres buenos están, por naturaleza, ansiosos de saber”, escribe
Leonardo. Mientras tanto, en medio de la oscuridad de la historia, la sonrisa
enigmática de Gioconda, los rostros serenos de sus figuras, la mano del Bautista
señalando lo insondable, y todos los indescifrados secretos de Leonardo Da Vinci,
seguirán apuntando hacia el misterio, a la penumbra que los siglos civilizados,
con toda la prepotencia de su saber académico, han sido incapaces de penetrar.