JAIME PAREDES PARDO
Miércoles 23 de marzo, 2005
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos payaneses:
El Tiempo nos ha dado la oportunidad de releer uno de los
artículos más famosos
del escritor payanés Jaime Paredes Pardo: "Cómo
la pedí en el Cristo de San Agustín".
Cordialmente,
***
Marzo 22 de 2005
'De cómo la pedí en el Cristo de San Agustín',
Por Jaime Paredes Pardo
El Tiempo.
Este texto del ex director de Lecturas Dominicales de EL TIEMPO
recrea las vivencias de un popayanejo en torno a sus tradiciones
centenarias.
Yo no soy propiamente un atleta. De mozo prefería los versos a
los partidos de foot-ball. Crecí a la manera de los popayanejos
bien popayanejos: comiendo melcocha en los recreos de la escuela,
tocando tamboras en las misas de aguinaldo y armando procesiones
chiquitas en la semana de Pascua. Dos personajes, dos especies de
próceres, cautivaron mi infancia: el hijo del sacristán del
Carmen, ni condiscípulo en la escuela de los Hermanos Maristas,
que hacía de embajador en la fiesta de los Reyes; y Luis
Bonilla, viejo amigo de mi casa, carguero en todas las noches de
la Semana Santa. Este buen don Luis Bonilla, seguramente el
decano de los cargueros, fue mi guía, mi maestro en el difícil
arte de la animasola, la alcayata, las alpargatas y el barrote.
Nadie en Popayán ha podido sustraerse a los hechizos de la
Semana Santa. Todo esto viene en la sangre. Cuando hacemos la
Primera Comunión, ya hemos sido los héroes de muchas
procesiones chiquitas; y nuestras primeras travesuras sobre el
mundo, las celebran nuestras tías regalándonos un túnico. Hay
animasolas desde el tamaño de tres cuartos, animasolas recién
nacidos, hasta animasolas para gigantes como Otón Sánchez. Para
el popayanejo el túnico está agobiado de ensoñaciones y de
embrujos como para el de Sevilla la capa y la montera.
Mis primeras letras en este arte del barrote, las hice en la
procesión de Pachito Velasco. Si mal no recuerdo, el barrote
valía cincuenta centavos. Pachito, amo y señor de sus judíos
marca Faoli, y de sus andas acabadas con todas reglas, Pachito se
sentía una especie de dictador, de promotor de grandes
espectáculos. Qué pinches los de Pachito atendiendo las
intrigas de las mil tías de los mil quicatos que queríamos
cargar en sus santos. Su casa zumbaba como una colmena. Idas y
venidas, vueltas y revueltas, y al fin Pachito podía sacar a la
calle los doce y hasta catorce pasos de su procesión.
Mis primos y yo teníamos la fortuna de que nos vistiera el
mismísimo Luis Bonilla. Ese día nos cortaban el pelo y nos
hacían comer desde las dos de la tarde. Luis Bonilla se
presentaba hecho un profesor, tomando muy a lo serio, casi a lo
trágico, sus oficios de carguero veterano.
Así nos vestían: unos pantalones largos, negros y por más
señas de género, hasta el tobillo; y en el pecho unos masajes
de cierto preparado mágico, con cierto efusivo olor a cebo. En
ese masaje estaba la fuerza. Debía ser con algo de la famosa
manteca de oso; y sobre el masaje, bien apretada, una faja con
muchas vueltas. Un carguero sin faja es como un mosquetero sin
coraza. -Ay del carguero que no se faje! En Popayán se cuenta la
historia de muchos cargueros que se quebraron por haberse dado
los humos de cargar sin faja. Después venía la animasola y en
la cabeza la capucha. Quedábamos como el verso de Machado,
"todo de negro hasta los pies vestido". Y sobre el
túnico, el paño con su remate de encajes relamidos. Y toda esa
humanidad fúnebre como un monje, sobre unas alpargatas que
debían ser marca "el presidio".
Ya vestidos, don Luis Bonilla, con una voz digna de un preceptor
inglés, no repetía instrucciones del perfecto carguero: el
pecho afuera, la cara en alto, el paso firme, y la alcayata a
plomo. Luis Bonilla no nos abandonaba. Frente a nuestro paso,
caminaría toda la noche indicándonos por señas las leyes del
carguero. Se comenzaba por San Juan.
De la procesión de Pachito Velasco pasé a la Verónica de San
Agustín. Esto era como entrar al bachillerato. Pachito se
quedaba atrás con sus santos de juguete, y ahora comenzaban los
síndicos a la manera de don Antonio Bonilla y de don Ezequiel
Murillo. Los sueños más amados de la primera infancia se
tornaban en realidad: -Era un carguero de las procesiones
grandes!
Pasaron varios años. Yo era un hombre profundo en esa ciencia,
tanto que podía sostener largos diálogos con cargueros del
prestigio de Carlos Correa, Azael Sánchez, Laurentino López,
Mariano Sánchez, Jorge Romero, Tomás Diago, etc. Ya me había
doctorado cargando en un paso de sitial. Francamente que me
sentía una de las mejores promesas, de los jóvenes de más
porvenir en el mundo de los cargueros de Semana Santa.
Pero llegó un día trágico. Mis amigos los Castellanos me
consiguieron un barrote en el Cristo de San Agustin. Este es un
paso mayor. Con su alto sitial, y con sus andas de madera verde,
el paso del Santo Cristo tenía fama de pesado. Yo consulté el
caso con don Luis Bonilla y sus consejos no fueron del todo
favorables. Luis consideraba que mi pobre fuerza le quedaba
pequeña al paso de mi cuento. Pero a Luis Bonilla le dio como
pena desahuciarme. Entonces me dio una especie de segunda
instancia; me dijo que me conversara con el maestro Carlos Correa
y fui: sus palabras fueron breves pero definitivas. Así me dijo
con su honda voz de trueno: "Paqué le voy a decir que no,
niño Jaime, pero la cosa es seria". Y agregó: "Si se
resuelve a cargar siempre es bueno que se mande un par de
aguardientes antecito de salir la procesión". Y yo cargué.
Me pusieron de esquinero en los barrotes de atrás.
Exactamente a la siete de la noche se presentó a mi casa el
maestro Correa. Luis Bonilla ya me había dado las instrucciones
de rigor. El maestro Correa también cargaba esa noche. Ya estaba
saliendo la procesión. Se oían los primeros misereres, y un
olor a incienso y a azucenas sahumaba la noche. Las alumbrantes
sonreían a los piropos de los estudiantes. Era la noche del
Martes Santo.
El maestro Correa me llevó a una tienda que daba precisamente
frente a la puerta mayor de San Agustín, y allí como si me
estuviera contando los planes de una conjuración, majestuoso,
grave y silencioso, me pasó una botella de aguardiente tapada
con una tusa. Ese aguardiente olía a manzanas y a duraznos.
"Es del chiquito", me dijo, cuando me destapaba la
botella. Yo me bebía un trago inmenso que se me fue por la
garganta arañándome y quemándome. Recuerdo que me patió como
cuando se dispara una carabina. Después un cigarrillo, unas
pocas palabras y otro trago de la misma botella. Realmente que yo
sentí que ese aguardiente de marras me ponía duros los
músculos. Y del tercer trago, derecho a meterme bajo el barrote
del Santo Cristo. Las primeras cuadras muy bien. Era el popayán
de las calles empedradas. Mis alpargatas nuevas chirriaban
parejas con las andas. Como un Hércules doble por la esquina de
San Agustín.
Unos pasos más y nuestro santo estacionaba frente a la tienda de
la negra Teresa (q.e.p.d.). Desde allí me llamó la mano de una
animasola. Hasta ahora ignoro quién fue el que me hizo beber de
un trago como tres aguardientes juntos. Instantáneamente sentí
que se me había caído el alma. En ese momento pensaba en los
toros que atraviesan los toreros con sus estoques. Toda mi
fuerza, mi pobre poquito de fuerza, quedó hecha añicos... Pero
había que volver a meterse debajo del barrote del Santo.
Ya con mi paso a mis espaldas lo primero fue mirar hacia
adelante: qué calle pa larga le decía a mi alma, mirando esa
cuadra y media que me faltaba para llegar a la esquina del reloj.
Sonó la señal de arrancar, y al segundo paso, yo estaba encima
de una de aquellas piedras de cantera que servían de tapa a las
antiguas cajas de agua. Por mis interioridades sonó un ruido de
costillas que se apachurraban. Los amarrijos de mi faja y todo,
debieron estallar porque yo sentí que dentro de mi túnico
quedaba desnudo. Y un frío igual al que traspasa el corazón de
los novios cuando se les muere la amada en las novelas
románticas, heló mi pobre humanidad. Sin embargo, yo seguí al
pie de mi santo. Media cuadra más y pasaba frente a los balcones
de la casa de mi tío Luis. Miré con ojos despavoridos hacia
arriba, y en la cara de mi buen tío comprendí la tragedia de mi
seco espinazo doblado tristemente bajo las andas que yo sentí de
plomo, del santo Crucifijo de San Agustín.
Había entrado en la terrible agonía de los cargueros que la
piden. Ni los puños crispados de mis primos que me amenazaban
desde los andenes, ni la mirada conmovida de una dulce niña que
había tenido el optimismo de mi porvenir de púgil, ya nada fue
capaz de reanimarme. No había duda de que mis instantes estaban
contados. Yo era un perfecto moribundo. Momentos después, con la
sensación de que escapaba de una pesadilla, de que lograba
salvarme de las ruedas de una aplanadora, huí por en medio de la
multitud. -La había pedido! Corrí muchas cuadras por unas
calles oscuras, todo helado y avergonzado. -A lo lejos llegaban a
lo más alto los misereres del negro Agustín!
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Jaime Paredes Pardo
Nacido en Popayán el 6 de mayo de 1911, Jaime Paredes Pardo se
graduó de Abogado en la Universidad del Cauca. Sin embargo,
nunca ejerció su profesión. Dedicó su vida a la literatura. Su
esposa Lola de Paredes recuerda que 'La mayoría de sus obras
fueron cuentos, dedicados sobre todo a los niños'.
Ejerció varios cargos públicos: fue alcalde de Popayán,
gobernador del Cauca, secretarioprivado y secretario general de
Presidencia (1943 a 1945) y embajador en Bolivia (1947-1948). A
su regreso de Bolivia ejerció el periodismo como director de
Lecturas dominicales, de EL TIEMPO, durante cerca de tres
lustros.
Entre sus cuentos publicados figuran: Bernarda, Los oficios
infantiles, Erase una montaña de silencio, De los duros
trabajos, Los pesebres de trapo e Historia de patos, patas y
paticos.También escribió dos biografías: la de Alfonso López
Pumarejo y la de Francisco José de Caldas y la obra de teatro La
cajita de oro.
Murió el 23 de septiembre de 1985.